Héctor Abad Faciolince – Angosta
Me gusta que escribas
Me encanta tu postura hacia la vida
Me encanta que sepas que con las palabras se puede seducir todavía
En un verso desmembrar el alma
En una oración erizar la piel
Me encanta que leas y cuestiones tu universo
Me encanta que seas franca
Me encantan tus notas breves por las mañanas,
llenas de atención seguidas de drama y buena acotación
Ideas para lidiar el día a día
Recetas para aliviarnos desde tan lejos
Me encanta que seas artista
Me encanta que estés hecha de polvo de estrellas, que seas puro presente, y que nunca menciones ni el pasado ni el futuro, porque vives y respiras los momentos dejando de lado la importancia del tiempo
Me encantan tus anécdotas nocturnas
Cuentos para dormir tranquilos
Cuentos para alborotarnos los sueños
Me encanta tu soledad tan mía, mi soledad tan tuya
Me encanta tu ausencia, porque me dejas pensarte como quiera
Porque eres poesía prohibida,
y porque eres galaxia desconocida, me encantas
en la más amplia acepción de la palabra.
Alexander Urrieta
I
La única certeza del venezolano es que pocas certezas tiene. Levantándose pero aún soñoliento, pues no serán las maniobras de mártires políticos, ni la campaña mediática, ni la muerte de un estudiante, ni el irreflexivo grito de auxilio al mundo, ni la sublevación de unos cuantos milicos, sino el Hambre lo que hará que este pueblo despierte por completo. Quizá no de la mejor manera, pero lo hará al fin. Si seguimos a este ritmo nos espera un triste destino inminente. El tocar fondo no sólo será un deber sino un privilegio para todos. La locura que produce la necesidad resulta contagiosa, y sobre todo a los que poco tienen. Es normal que un pueblo en estado terminal, no se cohíba de resaltar su lado exquisito marginal. Los saqueos –por ejemplo– son el resultado de una suma de factores, que bien tiene mucho que ver con el deterioro tanto individual como colectivo de una nación. Uno de los tantos síntomas comunes que puede padecer una población desesperada, embrutecida, totalmente desquiciada y sumergida en una demencia masiva. La estupidez en una enfermedad tan contagiosa como la gripe, y llega incluso a ser tan letal como un cáncer. Somos lo que nos merecemos. Llegamos justo a donde pertenecemos. Con la punta de los pies vamos tocando fondo. La idiotez está en su máximo apogeo. Vamos dando pasos de cangrejo moribundo. La insana locura ha hecho metástasis en nuestra gente. La división ha sido el logro más sublime de esta Revolución. Supuesta dignidad para unos, desprecio total para otros.
II
Antes de tener ínfulas de manifestante los venezolanos debemos aprender primero a ser gente, luego ciudadanos, si no sabemos ser una cosa mucho menos sabremos ser otra. Ser individuos con conciencia colectiva. Tener al menos una noción de cuáles son nuestros derechos, para reclamar con fuerza y convicción ante el abuso de una autocracia bananera energúmena y temerosa, que se ha mantenido viva gracias a la bien conservada ignorancia de un pueblo. Tener precisado el objetivo de una lucha: Se vino a protestar, no es un encuentro festivo para elevar el ego individual en ridículas e innecesarias sesiones de fotos; Esto es un una marcha, no una bailoterapia pública. Muchos venezolanos tienden a confundirse en estos asuntos banales, confundir acción con mera asistencia y faranduleo, e incluso en el más terrible de los casos, llegar a confundir acción con vandalismo desmedido. Ya por ahí vamos mal. La resistencia emergente necesita de ese mínimo factor de reflexión y conciencia para convertirse en un movimiento real, de cambio masivo radical. Un cambio que comienza… a partir de uno.
Alexander Urrieta
Ya no sé si seguir escribiéndote. Me resulta absurdo ponerme a narrar sobre lo poco que conozco. Estoy convencido que escribir es un arte donde el ejecutante trabaja buscando dentro de sí mismo: alimentándose de sus propias entrañas, de sus recuerdos, transformando la materia prima de su pensamiento. Refinando ideas y plasmándola en palabra escrita. El producto final es llegar a ser entendido. Dejar bien claro lo que tienes en mente. Pero, qué sucede cuando ya no tengo nada que decir, o para ser más preciso, nada que decirte. Resulta que la franqueza me sobra. Ya ni el recuerdo ameno me basta para escribirte un verso. Que el descuido tuyo quizá sea el beneficio de otras. Que estar contigo no resulte tan divertido como pensaba en un principio. Debe ser por falta de interés, poca certeza de las cosas, deseos de alejarme del mundo, lo que ya no me motiva a escribir contigo. Porque ya ni te sueño, y es algo que me resulta lamentable. Que mis alas contigo sólo sirvan de adorno en tu vitrina de caprichos no quiere decir que no las use recorriendo otros mundos, otros tiempos, otros súcubos. Cada quien vuela con quien lo quiere a uno. Difícil, innecesario, y algo idiota quedarse en el letargo. A la espera de volar con quien se quiere, uno corre el riesgo de quedarse atrapado en la tierra, echando raíces de pura necia ilusión. A veces no se le pueden dar tantos lujos a ciertos amores, y más si el lujo depende de garantías ilusorias: de promesas inciertas.
Alexander Urrieta
Pase lo que pase conservaré mis ideas intactas todavía
I
Hay un momento, antes de quedarte dormido, que se tiene algo que decir. A veces las palabras salen por mero instinto y no saben a dónde quieren ir, tratando de revelar algún secreto bien guardado en el caparazón de uno. Por no tener nada que perder, como último recurso, decido apoyarme en ti. Quizá haga esto porque no tengo donde plasmar las palabras. Quizá lo haga porque tengo malicia de sobra en mi cuerpo, o porque de verdad tengo intenciones de buscar lo que no se me ha perdido. Jugando con fuego, metiéndome en donde nada me es permitido. Escribiéndole a usted: compañía solitaria anónima a tiempo completo. A veces me pregunto cómo será verla de frente; cómo lucir y presentarme; cómo afrontaría una inminente contienda, de esas donde las fuerzas de la lengua no son suficientes ante tanta exorbitante belleza brotando por todos lados; cómo no cuestionaría mi destino librano; cómo no verme tentado a querer conocerlo todo. Conocer ese supuesto cien por ciento que tienes para dar. Pero todo (en repaso de pensamiento) cambia, y al rato me callo, y me reservo el comentario porque usted para mí: “sos un asunto (importado) prohibido” incluso para mi boca. Pero, acaso importa. En el fondo igual lo sé. En el fondo tú lo sabes también. En tus adentros apruebas sin tapujo a este extraño, porque disfrutas que desde un lugar tan desolado te piense y te escriba… sin razón alguna.
II
El tiempo juega con nosotros. Aparentemente, nuestra conversación está a veinte minutos más al futuro, según el reloj del teléfono, que está a veinte minutos del pasado, espacio distante donde te escribo. A diferencia de mi reloj de pared, que está una hora adelantado de mi reloj de escritorio, que supuestamente marca la hora exacta dictada por el reloj de mi sala. Ahora que lo pienso, no sé si estos asuntos de jugar con el tiempo influyen en mi trato con las personas, por no decir Contigo. No sé si hablarte desde el pasado altera de alguna forma tu futuro. No estoy seguro si estoy viviendo un presente parecido al tuyo. Quizá por andar en cuentas distintas cada uno esté más Adelantado en su retraso o más Retrasado en su adelanto. Tal vez la única certeza que tenemos será que siempre vamos a intentar evadir al tiempo, que tendrá siempre un buen pretexto para comernos. No sabemos si esto que escribo está adelantado a nuestro actual contexto, o fue una declaración ya planteada y retomada desde un pasado, que en más una ocasión se reservó salir del pensamiento. Sea lo sea, no puedo darme el lujo de no decirlo, de darlo por sentado y después tenerlo olvidado (callado); tal vez sea cierto pero, por minutos de diferencia no creo que exista inconveniente. Por eso mejor tarde que nunca, aunque en ciertos casos también sería mejor cuanto antes que nunca.
Alexander Urrieta
Y yo hubiera sido, sin duda, de esta última especie de ingenios, si no hubiese tenido en mi vida más que un solo maestro o no hubiese sabido cuán diferentes han sido, en todo tiempo, las opiniones de los más doctos. Mas, habiendo aprendido en el colegio que no se puede imaginar nada, por extraño e increíble que sea, que no haya sido dicho por alguno de los filósofos, y habiendo visto luego, en mis viajes, que no todos los que piensan de modo contrario al nuestro son por ello bárbaros y salvajes, si no que muchos hacen tanto o más uso que nosotros de la razón; y habiendo considerado que un mismo hombre, con su mismo ingenio, si se ha criado desde niño entre franceses o alemanes, llega a ser muy diferente de lo que sería si hubiese vivido entre chinos o caníbales; y que hasta en las modas de nuestros trajes, lo que nos ha gustado hace diez años, y acaso vuelva a gustarnos dentro de otros diez, nos parece hoy extravagante y ridículo, de suerte que más son la costumbre y el ejemplo los que nos persuaden, que un conocimiento cierto; y que, sin embargo, la multitud de votos no es una prueba que valga para las verdades algo más difíciles de descubrir, porque más verosímil es que un hombre solo dé con ellas que no todo un pueblo, no podía yo elegir una persona, cuyas opiniones me parecieran preferibles a las de las demás, y me vi como obligado a emprender por mí mismo la tarea de conducirme.
Pero como hombre que tiene que andar solo y en la oscuridad, resolví ir tan despacio y emplear tanta circunspección en todo, que, a trueque de adelantar poco, me guardaría al menos muy bien de tropezar y caer. E incluso no quise empezar a deshacerme por completo de ninguna de las opiniones que pudieran antaño deslizarse en mi creencia, sin haber sido introducidas por la razón, hasta después de pasar buen tiempo dedicado al proyecto de la obra que iba a emprender, buscando el verdadero método para llegar al conocimiento de todas las cosas de que mi espíritu fuera capaz.
René Descartes – El discurso del metódo