Addenda para fin de país

Querido lector:
Un gran escritor es el amigo y benefactor de sus lectores.

Macaulay

La conjura de los necios – John Kennedy Toole.

 

Lo ideal es compartir el texto y dejarlo morir ante lo incierto del público. En la inmensidad de la información siempre estará seguro para bien o para mal. Soy promotor de la idea de que todos los conocidos que escriben algo deben ser leídos por todos. Sus ideas son urgentes, así me parezcan dispares o poco elocuentes, ameritan siempre su debida atención. Apoyar a tus semejantes es una forma de sembrar entusiasmo. Creo en las virtudes de la difusión, porque siento que es una forma de alentar a mis amistades a seguir trabajando en un oficio tan difícil como el de escribir.

No todos nacemos para esto. Pero eso no implica que se deba dejar de lado tal ejercicio del cuerpo. Admito que no puedo soslayar mis dudas ni tampoco mis inseguridades, por estas mismas razones lo sigo intentando, de una manera casi forzosa e incluso hasta ingrata. Total, a mi nadie me dijo que yo era bueno para esto. Por otra parte, he aprendido con el tiempo que no se puede esperar opiniones sinceras de otros escritores. Siempre está una envidia, una lástima, un desprecio de por medio, ya sea porque uno no lo hace bien o lo hace extremadamente bien; en este caso existe una admiración clandestina, que se resguarda en el balbuceo y las críticas plásticas, que al final nunca son del todo reales porque son más reservadas que puntuales. Uno lo siente, y lo sabe porque en más de una ocasión lo ha hecho. De cualquier forma, las dos son lamentables.

Es triste sentir que se escribe mediocremente, y que de igual forma amistades te compartan como parte de un protocolo liberador. Pero es mucho más triste, sentir que se logra decir algo por un instante, compartirlo con alguien a la espera de una opinión y no recibir nada. Entonces no se sabe si lo escrito está bueno o no sirve. El silencio es una forma versátil de juzgar. Me ha sorprendido que las opiniones que he recibido de mis escritos han venido de los lugares menos esperados, cosa distinta a los lugares donde mi obviedad termina en una especie de sala de espera, que tiene la peculiaridad de no poder ser reprochable, porque nadie está obligado a leer nuestras petulancias, ni tampoco a emitir opiniones acerca de ellas; esto igual no quita la necesidad de buscar sugerencias.

Comprendí luego de tantos textos que pasan sin pena ni gloria que escribir es un oficio donde no existen los amigos. Es una actividad solitaria, profundamente íntima y personal. En el caso más estricto, disciplinaria y enervante. La prioridad mayor aquí es el lector, y ese lector puede ser de cualquier parte. Me gusta pensar que la gente que más me detesta es la que más me lee. Anónimos enemigos que desprecian en secreto. Conocidos silenciosos, de esos que te saludan pero nunca comentan nada de lo que haces. Esas personas detestables tienen que ser la prioridad junto con aquellos lectores pacientes y potenciales, aquellos que uno con desespero trata de atraer como un imán a nuestra mirada.

Para saber quiénes son buenos escritores hay que tener precisado a todos esos que consideramos pésimos, pues hay que tener referentes de lo que debemos evitar ser; del otro lado tener presente a los grandes maestros, que debemos plagiar hasta el cansancio con la mayor rigurosidad posible. Esto que digo no es ninguna novedad, está escrito en la Biblia, unos de los libros más importantes de la Western Culture Inc.

En el Evangelio de San Lucas, capítulo VI, versículo 40, este dice: El discípulo no es sobre su maestro, mas cualquiera que fuera como el maestro será perfecto. Esto es palabra de Dios. Te alabamos escritor.

Es sabroso hablar mal de los demás. Para mi un mal escritor es aquel que no logra darse a entender. Digo esto no por otros, sino más que todo por mí; admito que me cuesta mucho darme a entender, a veces ni yo mismo sé lo que estoy diciendo. Pero nunca está de más intentarlo. Puedo aceptar que para algunos lectores exigentes yo forme parte de esa calaña de escribidores rancios. Es muy probable que lo sea; prefiero no discutir eso con nadie, tengo todas las de perder. El lector siempre tendrá la razón, así no la tenga; es lo justo, todos cometemos errores alguna vez y a cada rato. Mis palabras no pueden saciar todas las lenguas. La verdad, es muy difícil saber si las palabras de uno logran satisfacer los apetitos de algún lector.

¡Qué cosa tan delicada es el lector! Un mal escritor no piensa en estas cosas porque está tan enfocado en sí mismo, que sólo escribe para su propia vanidad y es evidente cuando se expone a los demás, carece de voz propia y sentido del estilo. Son de esas estirpes que le dan más peso a la bajada de una musa que al esfuerzo cotidiano. Son terribles lectores, eso queda más que claro. Conozco muchos contemporáneos que se empluman porque han publicado libros, los invitan a foros, son licenciados y compartidos en prestigiosos medios, pero hay un detalle mínimo, muy puntual e insignificante: no saben todavía cómo llegarle a la gente. Publicar no garantiza ser leído, y mucho menos ser entendido.

Existen tantas ventajas para pasar desapercibido. Mientras un texto no sea leído no presentará ningún problema. En estos niveles desconcertantes de fluyo de información es mejor ir por lo seguro, descartar todas las propuestas posibles, inclinarse a las recomendaciones de viejos amigos y entidades sagradas. Todavía necesitamos del respaldo de los ancianos, las celebridades que todavía les cuesta mucho usar las redes sociales, desconocidos por los nuevos lectores adictos a las pantallas.

Me he encontrado con gente que me pregunta por qué insisto en escribir y compartir ideas ante públicos grandes donde son pocos los que se toman la molestia de leer. Para mí es lo mismo que tomarme fotos desnudo, compartir cualquier registro escandaloso de mi vida; el detalle está que esta desnudez, a diferencia de un selfie instantáneo, es que no pretendo retratar una felicidad, me resulta imposible, sería hipócrita de mi parte. Me repugna esa gente que trata de aparentar una vida que no tiene, o al contrario, quizá sea esa la vida que desea: una vida estática, frívola y banal, de esas que tanto patentan los falsos sueños de la televisión basura. No veo la diferencia entre mis escritos y un video itinerante de perros. Mis publicaciones también son un reflejo falso, tan falso y semejante al de cualquiera. Lo curioso es que tal vez al creer que todo entra en el mismo saco no provoque cierta empatía. Pero esta es la virtud de la revolución horizontal. Aquí todos somos iguales.

Consumimos lo que nos conviene. A mí particularmente me gustan los cuerpos, la figura humana siempre (y más después de la pubertad) me ha provocado intrigas y constantes disputas internas. Lo que no pertenece a uno resulta siempre un plato tentador. Digo estas cosas con la propiedad de un antropófago.

La velocidad virtual abre paso a la imposibilidad y la frustración. Deseos de tragarse el mundo desde un encierro. No tenemos de otra, ante tanta calamidad lo mejor es morbosear en silencio. Devorarse a los otros calladamente. Leer a una distancia prudencial. Toda publicación es una exaltación al ego. Un corpúsculo para el alivio de nuestra atención sin importancia. Nada más. Una búsqueda desesperada de un atento lector, que luego de haber sido amable y haber dado tantas vueltas en un mismo sitio no termine, en un ajuste de cuentas repentino, decepcionado con nosotros.

Alexander JM Urrieta Solano.

 

 

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Autor: @LiberLudens

También los animales son ciudades.

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