Las casualidades no existen. El recuerdo tiene la función de un gatillo explosivo. Las personas que nos piensan siempre quedan en un reflejo. Se accionan cuando uno menos lo piensa, se accionan en una imagen cualquiera. Las noticias del otro llegan a velocidades insensatas. La distancia puede obviar el pesar del pensamiento. Una persona que pesa fuerte en el cuerpo se queda, es lo único que puedo decir con propiedad. Se acomoda el recuerdo de alguien en nosotros, como una costra en la piel. Toma el espacio a nuestro consentimiento, total uno permite lo que desea. Por eso ciertas enfermedades son sanas, porque alivian el cuerpo.
Un maestro inmenso me dijo que lo ideal era escribir sobre nuestras obsesiones. Lo mío era lo irremediable, lo que ya no estaba. Revisaba en mis gavetas como un enfermo con esa expectativa de hallar algo que me llenara, algo que ya no tenía conmigo. Comprendí que las personas que ya no se pueden tocar las puedes tener en objetos-recuerdo; cosa tonta pero eficaz, cuando no cuentas con paliativos todo se vale, así sea el detalle de eso que nos hizo llorar y reír al mismo tiempo. Es importante admitir que la enfermedad es innata, única para uno mismo. Nada de reproches, esto es un asunto personal. Alguien entra en el cuerpo de uno y se queda, la ausencia es lo de menos, lo que duele es el olvido, sentir que no servimos para el otro. Cierro una idea repetida tantas veces hasta el cansancio.
Todas estas pequeñas cosas valen cada segundo. Me arrepiento un instante por seguir adelante. Es un remedio lamentable. Practico como puedo. La lectura también es una enfermedad. Escribir es algo peor, es un ejercicio que puede prescindir de los méritos, uno ya no sabe para quién escribe. Total, ¿quién rayos nos lee?, tal vez no lleguemos a la persona que queremos, a ese objetivo cronometrado, al que detona estas palabras que de forma desesperada tratan de dejar algo, al menos un mensaje de Te extraño profundamente en el alma, quizás. Dirán muchas veces que ya no tengo remedio, que no tenemos remedio, pero somos un grupo de gente que se hunde en las mismas arenas movedizas. Pero sin embargo es una bendición estar enfermo. Un ser rebelde es aquel que se encuentra informado. No sé, ignorar es una garantía de ser feliz.
Se escribe a una musa de manera ingrata, sin fines de lucro. A ella tal vez ya no le importen mis palabras. Es algo comprensible, tal vez nunca he tenido la fuerza suficiente para redactar urgencias, debo estar tan decepcionado como para publicar mi desnudez. No me jacto de ser grande, pero admito que cada vez que escribo para ella me inflo de valor absurdo, pues no soy más que una mancha en la hoja, un punto y aparte. La historia sigue adelante. Ella en su vida y yo en la mía. Nadie puede entender una historia ajena. Eso tan íntimo viene a ser la reliquia personal de la felicidad.
He mejorado en cada cosa que escribo (creo yo). Es claro que siempre te he escrito. Aprendí que dejarse llevar es una forma de ser libre, pero cuando uno recuerda los posibles porvenires uno se llena de ansiedad y tristeza, pero no queda más que anhelar en silencio, pues nadie entiende esto salvo nosotros, salvo yo solo, porque admito que recuerdo de forma constante como si ya me hubiesen olvidado. Escribo mejor, o es lo que me dice el paso del tiempo. La práctica, la soledad, sirven como garantía al fin de estas ideas, es un ejercicio muscular, de oficio elástico de atleta condenado al fracaso. Igual no puedo acostumbrarme a las ausencias, me cuesta muchísimo, pero no tengo de otra. No sólo por ti, sino por todos lo que se van sin avisar, de un día para otro. Vivo en una ciudad de despedidas. Redacto como un loco un diagnóstico de país. Estar enamorado de algo fijo carece de importancia, ya nadie está interesado en seres pasionales, vale verga la nostalgia. Todos queremos cambios pero nadie quiere cambiar. Entonces, de manera rotunda y apocalíptica, concluyo que nos merecemos lo que tenemos.
Feliz fin de país, donde sea que te encuentres.
Alexander JM Urrieta Solano