“En la oscuridad, no podía distinguir a los amigos de los enemigos.”
Ralph Ellison
Soy un hombre invisible. Puede tomar un tiempo asimilar esta condición fantasmal, de cero a la izquierda, un sujeto sin importancia colectiva. Un animal cualquiera. En principio con lo único que se cuenta es con la voz. Una voz que puede ser distinta de acuerdo a las circunstancias. Mentir y sembrar rumores se vuelve una tarea sencilla porque nadie es capaz de verte. Si permanecemos en silencio podemos pasar desapercibidos.
Uno juega en la arena y otros pueden creer que se trata de una fuerza ejercida por el viento. Nuestra presencia no es más que aire sobre aire. Sospecha irrelevante. Así se tiene que vivir en esta ciudad de puercos y trasgos, volviéndose invisible. Lanzas una oración y la gente responde a ella, guiados por una rabia encuentran sentido en nuestra voz porque está presente en la de ellos. Voces parecidas que nadie sabe de dónde vienen. Ecos revoltosos de un mundo absurdo que nunca va a cambiar. Voces de arcilla, antiguas como el juego las ruedas. Voces presentes… ¿Qué tanto se acercan a lo que otros pueden sentir? Nos creemos astutos intermitentes porque nadie nos puede ver. De resto la vida es infame.
Mi jefe me pide semanalmente un escrito falaz sobre la ciudad. Yo acepto el compromiso como si se tratara de una tarea sencilla. La dificultad no está en la improvisación agitada de las palabras sino en la puntualidad de un tema específico. Tomar un tópico por el cuello para que hagamos un desastre que al final no sabemos si dará satisfacción al lector. Lo importante es sembrar una inquietud. Molestar porque no tenemos otro compromiso que exija cierta gimnasia de nuestra parte. Luchar contra la mediocridad de la hoja en blanco, evitar escabullirnos por las ramas, pues hay que respetar el tiempo valioso de quien nos lee, y más cuando se le introduce desde un principio una idea que concluida tal vez no lo deje tranquilo por un tiempo. Con un instante basta.
Caracas reclama velocidad. Cuesta todos los días llevar un ritmo impulsado por la taurina y la inflación meteórica. Cuesta concentrarse en un clima asfixiante que no garantiza que lo que hagamos ahora tenga sentido. El reto en esta ciudad se resume en un desafío diario a la derrota.
He escrito desde hace años en redacciones escandalosas que no llegan a ningún sitio, acosado por la obligación de una reseña cotidiana, de un fragmento íntimo y personal de lo que es vivir en una ciudad nefasta como Caracas. Aprendí con el tiempo que cuando se tiene algo que decir se puede escribir en cualquier parte. La indignación es más efectiva cuando se intenta describir con detalles cada molestia sin temor a las repeticiones. Las rabias se puedan evidenciar en las oraciones, pero eso ya no tiene porqué importarnos. Hay cosas más terribles que decir la verdad.
¿Qué les puedo decir? Vivimos en una ciudad enferma de costumbres deprimentes que nos hacen sentir un orgullo asqueroso, donde la gente escupe en cualquier parte y niega reconocerse en la mirada del otro. A la expectativa de un cambio drástico-celestial dejamos la empresa de la transformación a los mismos que de forma irresponsable nos gobiernan. Acusamos al universo por nuestra incapacidad de admitir el fracaso y seguir adelante. Muchos confunden esto con algo llamado resiliencia, cuando en realidad hablamos de un cinismo en estado puro. Aquí se condecora al payaso que nos haga reír más duro. Se suele ser hostil con aquel que nos conjugue ideas amargas con otras ideas más amargas. Si no hay chiste en el discurso no vale la pena tomarnos en serio nuestra miseria. Hay que darle prioridad a esos engendros de circo que nos recuerdan lo idiota y dóciles que podemos llegar a ser.
Esto es demasiado. Cuando se es invisible la voz de uno se confunde con la de otros. La invisibilidad permite que la voz alcance un tono abstracto de multitud. Hay una cualidad que compartimos y negamos con vergüenza: somos los reyes de la negligencia, no somos capaces de darle una continuidad a las cosas que empezamos. Es fácil deprenderse de los compromisos en un lugar donde nos han convencido que la felicidad duraría para siempre. Cuando no hay sentido del porvenir la esperanza es un analgésico desagradable, provoca piedras en los riñones, envilece a cualquier desgraciado.
La revolución me ha enseñado muchas cosas, entre ellas la pragmática y la virtud de ser ignorante. El valor de la disciplina y el estudio. La mediocridad cercana al poder de las masas se vuelve la medida de todas las cosas. Por otra parte, y esto creo que viene a ser lo más terrible, luego de acostumbrarte a la violencia de todos los días puedes soportar tiranías de orden superior, como la apatía o el silencio. Estas cualidades repugnantes se pueden concentrar en un grupo patético de hombres y mujeres que, con visiones cortas del porvenir, viven la inmediatez de una manera tan absurda y egoísta, que pueden prescindir tanto de su peso gravitacional como su propósito en la tierra. Son criaturas despreocupadas, concentradas en sí mismas. Estos seres logran generar un malestar tan grande que al ser tan repetitivo se hace común, y por una permisividad alcahueta se vuelven una ley, una aleación idiosincrática de fácil aprendizaje, porque la imbecilidad es contagiosa y es moda en todas las épocas. Aquí se aplaude al idiota y al payaso, ambos tienen méritos por igual. Al que piense distinto se le paga con ingratitud y desprecio.
En revolución aprendí que el fracaso está en los detalles. El pasado que impide comprender el presente. Todos los problemas que se puedan presentar en la sociedad se militarizan. Es muy sencillo. Caracas es una referencia de la derrota. Un proyecto inconcluso. Una ciudad que siempre está naciendo y que no aprende a caminar por su cuenta. Está viva y muerta a la vez. Es como un aborto, nadie le pidió que existiera, se hizo a punta de accidentes y violaciones. De campamento se hizo un Hotel. La sucursal de las prostitutas y los hombres embrutecidos por los electrodomésticos y el oro negro. Nuestra ciudad de plástico en eterna construcción. Un levantamiento que nunca termina de concretarse. Piensa en las alturas descuidando las bases.
Caracas parece ser la ciudad de las últimas cosas. Un día vemos que empiezan algo que promete ser útil para todos; mañana no es más que bloques y escombros, las cosas se pierden, se las roban, nadie reclama nada, todos enmudecen cuando la hipocresía se agranda, cuando sabemos que la culpa es nuestra y sólo nuestra. La ruina provisional se vuelve otro trofeo más en la estética de la ciudad. Los lugares se toman por un tiempo, luego se olvidan y se pierden, son tomados por el vandalismo y la oscuridad. El aire que se respira es una fusión de mierda con sangre, pilares indispensables para la creación del Hombre Nuevo. Observen con mayor atención, una vez que una puerta se cierra no se vuelve a abrir nunca más. Una vez que algo se daña no hay manera de repararlo. El parque temático es un sertón de chatarra de atracciones clausuradas en aparente recuperación. Todo hecho a la medida de una improvisación.
El secreto para vivir Caracas es imaginarse las cosas como si hubiesen funcionado alguna vez. Sólo la nostalgia le da sentido lúdico a nuestro caos, miseria en espiral. Aparentemente somos la generación de relevo que tiene que soportar esta tensión entre la fantasía y la impotencia de un recuerdo. Entre lo desconocido y lo que hubiese podido ser, lo que ya no es y que por mucho reproche que abunde no volverá a ser jamás. Nuestro dolor está en saber que no seremos suficientes para cambiar el presente, sin embargo está el compromiso titánico de evitar que este parque se nos derrumbe encima.
Hay que tratar de dejar las cosas mejor que como las encontramos. En esa primicia está la fuerza invisible de lo que somos ahora.
Si no, ¿qué más podemos hacer?
Pues de todo.
Alexander JM Urrieta Solano