Cuando regreso a la hoja lo hago con la insistencia que exige la misma disciplina. En repetidas ocasiones he hablado del blog como un ejercicio de taller, de carácter lúdico y hasta incluso vanidoso. Se escribe con la finalidad de enganchar lectores y las ideas se comparten para desprendernos de ellas, y que alcancen tal vez velocidades altas mientras transitan de forma improbable por el hiperespacio. La publicación esporádica la veo como una actividad ingrata pero necesaria para mis experimentos, donde me someto a las más duras evaluaciones, como el escarnio de la indiferencia que impone la misma velocidad; las pruebas de voz son duras porque son gratuitas, motivadas por el impulso y esas ganas de decir algo, de gritar cada cierto tiempo, lo cual cada vez me resulta más difícil.
Me toma cada vez más tiempo desarrollar una idea, dudoso de que suene igual que la vez anterior. Sé que se trata de una exageración, pues nunca se vuelve a decir lo mismo, al menos con las mismas palabras no. Siempre uno vive con sus inseguridades, con esa traba de no saber qué oración poner después de la otra y que a su vez no genere ningún tipo de confusión. Doy vueltas en las mismas obsesiones. Tengo esa inquietud por la tonalidad y dirección que van tomando los textos. El problema es siempre la forma, la exposición del asunto.
Tengo un colega que le mando mis escritos cuyas opiniones nunca recibo, pero él siempre me exige una respuesta inmediata cuando me manda los suyos, de una forma sutil, casi infantil porque quiere dar la idea de que escribir para él no tiene la mayor importancia, pero espera una observación puntual de mi parte. Yo también espero algo de él, pero su silencio es una respuesta suficiente, que admito me produce conflictos momentáneos. Yo no le reprocho nada, porque cada texto que recibo de cualquier parte lo reviso como si se tratara de un gran esfuerzo ajeno, que tengo que revisar con pinza y paciencia, porque por igual pide que se le señalen las costuras, (es la primera vez que asumo la lectura como un trabajo); yo también espero lo mismo, pero he aprendido con el tiempo que no puedes obligar a los demás a leer tus menudencias y que luego te den una opinión sensata. No se le puede pedir eso a nadie, y mucho menos a los amigos, que a veces no son los mejores lectores.
La amistad compromete de cierta forma y se puede perder la claridad de lo que se tiene que hallar al leer. Hay que ser un gran amigo para tener el valor de decirle al otro que sus textos son una mierda, de lo contrario, si se trata de alguien bueno, motivarlo de manera tal que no sienta que está por las nubes, que tiene algo, pero que todavía no es nada, que puede ir mejorando poco a poco, incitarlo a que se concentre más en las palabras, en la investigación sistemática para el perfeccionamiento de ellas, de su posicionamiento a la hora de ordenar las ideas, y ser capaz de expresarse con mayor claridad. Es un tema de equilibrio. Pero igual no podemos encomendar todos los criterios a las amistades.
Los motivos están en los grandes públicos. Lo ideal es lanzar nuestras entradas al oscuro lago de los cocodrilos y renacuajos, donde los extraños descuartizan sin asco o aplauden exageradamente. En cualquiera de los casos, siempre habrá formas civilizadas para decirle a un escritor que siga entreteniendo con sus invenciones, o que se calle la boca, que es lo que sucede mayormente. De cualquiera de las dos formas se puede evidenciar un talento construido con esfuerzo de algunos, o a veces la suerte de ciertos oportunistas. Ambas válidas, pero una prevalece sobre la otra. Eso lo decidirán los lectores. La actividad discursiva es un terreno de competencias deportivas. Se trata de un medio repleto de envidias silenciosas, de atletas fracasados y criaturas solitarias, pero sobre todo de buenos y malos lectores. Es un tema azaroso, y de aniquilación sistemática del ego, porque caemos en cuenta, en esta arena de vanidades, que somos cualquier vaina.
De mi colega siempre he pensado que escribe bien, pero carece de estilo, desprecia las críticas, entregándose a la frivolidad de una musa espontánea, que no es más que la excusa de la flojera. Y lo que es más lamentable, se siente satisfecho con lo que escribe. Tal vez por eso lo envidio, o lo que realmente siento es decepción, porque está convencido de su mínima proeza. Si encuentra plenitud en lo que hace entonces qué sugerencias puedo darle. Por otra parte también he pensado que mis sugerencias tampoco tienen por qué ser importantes. Es muy fácil escribir mal. Un texto deficiente en principio es un texto de pocas lecturas. Lo digo desde mi breve experiencia, que se evidencia en cada texto que voy dejando atrás, en las torpes maneras que busco darme a entender.
Puede que el pequeño conflicto con mi colega no sé trate de la falta de fuerza que percibo en lo que hace, sino en la insatisfacción que encuentro siempre en cada cosa que hago por mi parte. La otra cosa tal vez sea que yo no sea el mejor crítico. Tampoco el mejor lector. Tras varios experimentos caí en cuenta que en realidad yo no sabía leer. Que tenía años pretendiendo hacer algo por inercia. Sucede cuando vuelves a releer un texto que las palabras tienen otro significado. La primera pasada a veces es rápida y muy violenta. Con esa actitud devoradora nos tragamos libros de la misma manera, pero hay que preguntarse qué logramos retener de esos libros, si al final logramos interiorizar algo. La relectura entonces se trata de un proceso digestivo más lento, donde se comprueba que evidentemente la primera vez no entendimos nada. Entonces se digiere el texto y absorbes de otra manera las propiedades vitales y proteicas de otros. La mayoría de las críticas son malas porque se hacen desde una primera lectura apresurada, obviando los detalles vitales que le dan sentido a la creación que pasan desapercibidos. Por eso el trabajo de un corrector es sumamente difícil.
Muchas de nuestras críticas están sustentadas en primeras lecturas, y quizá por eso somos mediocres a la hora de argumentar. Claro que estamos hablando exclusivamente del acto de la lectura. No pretendo dar la impresión de extrapolar este acto a cosas de otra índole, como algo que trasciende y atraviesa nuestra cotidianidad (aunque bien podría hacerlo). Nada de eso. Si asumimos que hemos leído mal ¿entonces dónde radica el problema? ¿En el autor que no sabe transmitir lo que piensa? ¿En el lector ingenuo? ¿Una falla mutua derivada de la misma tramoya y la imposibilidad de comunicarnos con plenitud? ¿Podemos mantener el principio de que malos lectores producen malos escritores, y que este mismo principio puede darse a la inversa? Me parece un tema muy delicado. Encasillar es una forma sencilla de justificar todo, pero se trata de algo mucho más complejo.
Poniendo de lado la actividad de la escritura, uno se podría hacer una pregunta de manera personal: ¿seré acaso un buen lector? La verdad no hay forma de determinar esta pregunta, no sabemos si realmente podamos darle una respuesta. Podríamos jactarnos de las cosas que hemos tenido la oportunidad de leer, lo cual puede estar desprovisto del hecho de haber realizado lecturas buenas o malas, cuando lo que cuenta al final es el disfrute de la lectura. Queda siempre algo en el fondo, leer es una actividad íntima. Queda sólo seleccionar eso que nos atraiga, y velar que sea siempre lo mejor. En ese sentido opino que no hay que perder el tiempo en cosas que no nos interesan.
La lectura está ligada a los gustos personales, y estos gustos no están sujetos a ningún tipo de reglas. Harold Bloom en un texto titulado el Canon Occidental, en la parte final anexa una lista de autores mayores con títulos de libros separados por distintas eras y en función de su procedencia y la magnitud y relevancia de cada obra. Sobre la lectura y las sugerencias que plantea dice: “Es improbable que el lector corriente tenga tiempo de leerlos a todos. No hay una relación constante entre la comprensión, la velocidad y el placer de leer. A medida que la historia se prolonga el canon se expande. Cuesta entonces determinar qué es lo que realmente tenemos que leer, aunque es realidad eso no es problema de nadie”.
Alexander JM Urrieta Solano
Un comentario en “Sobre lectores y escritores flojos”