Mi cuento breve a Mishima (6 de abril)
De regreso a mi casa por la esquina Aguacate, antes de llegar al puente, en la acera me encontré una paca de billetes de 1000. Los agarré con extrañeza y volteé pensando que podían ser de la señora que ya estaba muy lejos como para preguntarle. En eso veo que hay más billetes en el suelo. También los tomé. Desesperado caminé con rapidez hacia el puente creyendo que alguien me estaba siguiendo. Era la culpa que me atormentaba y me hacía creer que ojos testigos me juzgaban. Estaba oscureciendo. A mitad del puente me sentí seguro atribuyendo los hechos de nuevo al azar. Un alivio me calmó la arritmia y todo pesar dejó de importar. Llegué a mi casa y conté el ruin botín: 11.500 bolívares. No me sentí mal pero tampoco me sentí bien. Mi suerte, la sentí insignificante. Era una cantidad ridícula y banal, que a la vez se trataba de un lujo incomprendido y lamentable en esta ciudad de seres patéticos y miserables.
Boceto para Thomas Pynchon (10 de junio)
Hoy sucedió algo muy triste en el metro. Estaba regresando a mi casa. En la estación El Silencio, mientras esperaba sentado en un vagón acalorado modo sauna, un hombre decidido a montarse en otro lado se movió apresurado. Era ese tipo de apuro que no tolera las indecisiones. Justo antes de salir se le cayó un jugo de naranja que de forma absurda se fue por la grieta oscura que hay entre el vagón y el andén. El señor no dio crédito a la pérdida ni a la vergüenza. Todo sucedió muy rápido. Dijo una palabra incomprensible y se fue. Dentro del vagón hubo un lamento general. Entonces todos nos miramos unos a otros en silencio, y cada uno expresó en su rostro un Verga que mala suerte. Nadie emitió, como en muchas otras oportunidades, ninguna opinión sobre la desgracia ajena. Había un cansancio común y tantas ganas de volver a alguna parte que parecía que tal evento no era otra cosa que una réplica de la costumbre. Comprendí que el silencio también es una muestra sencilla de empatía. A más de uno en la rutina le ha tocado extraviar cosas quizá de formas más insólitas que esta.
Un corto invisible para Alf y Rafita (26 de junio)
Una amiga muy querida pasó por mi escuela para despedirse de mí. Al día siguiente atravesaría la frontera de Brazil para llegar a un sitio lejano y distinto de aquí. El tiempo en su contra hizo que todo se diera de forma breve, pero fue suficiente para decir lo puntual en última instancia. Le confesé mi tristeza y la angustia que tenía al sentir que no iba a volverla a ver. Se me hizo un revoltillo en el estómago y se gatilló en un instante el recuerdo de todas las personas que tuve que despedir de distintas maneras, como agregando a mi protocolo otra forma nueva de decir adiós. Surgió la pregunta de cuándo me iba yo. La interrogante se me había formulado tantas veces en distintos adioses. Caí en cuenta que todas eran diferentes y que ninguna era del todo certera, siempre divagando una respuesta, y a la vez sintiendo un alivio divino por saber que por tantas cosas buenas sería recibido de la mejor manera en cualquier parte del mundo. Supongo que son las cosas que a larga uno se gana. En la vida todo consiste en aprender a dar. La gratitud y el detalle más grande estaban en saber despedirse. Un detalle que cada quien expresa a su manera, y que no siempre se tiene la oportunidad de experimentar. El compromiso recae entonces en uno, que en tiempos mejores irá a todos los rincones del globo para ponerse al día. Con este repertorio me desentendí de los ausentes porque la gente que quiere perderse se pierde; es una forma sana de descartar a los que ya no nos piensan y que sin embargo nos duelen porque no logramos establecer una tregua con nosotros mismos. Es preciso poner por encima a todos esos que están presentes siempre a pesar de las distancias.
Regresando a mi casa en un vagón repleto de rostros y quejas lamentables me preguntaba: ¿Cuántos adioses se necesitan para lograr una tregua plena?¿Qué ansiolítico resulta eficaz para sobrellevar un guayabo y seguir adelante con nuestras vidas? Lo mejor es desear que el otro sea feliz, donde sea que esté.
Nota (in)oportuna sobre Abaddón el Exterminador (21 de agosto)
El temblor me agarró en la panadería. La cola estaba muy larga. Una señora detrás de mí buscaba conversación sobre los mismos temas mediocres del país, sobre su proyección personal de la mediocridad que ella ignoraba cargaba encima: que ahora los panes son más pequeños y más caros, que esta mierda no sirve, que la reconversión es paja, que esto antes no era así (pero claro, nada en este inmundo Hotel era así, todo era nostálgicamente mejor, había de todo, éramos (estúpidos) felices y no lo sabíamos)… que Dios proveerá (¿qué coño proveerá, más creyentes como ella?). Con el tiempo he aprendido que a Dios hay que tenerlo al lado, y no en el medio como hacen muchos idiotas, porque resulta un estorbo que impide pensar con claridad, sólo prospera aquel que se lucra de él estafando a otros soñadores, el que lo toma en serio vive una miseria hermosa (pero esto no hay que decirlo en voz alta porque más de uno se ofende, pero qué me importa ya la gente que se ofende con estas boberías, más ofendido estoy yo; cosas más repugnantes ocurren todos los días y la gente ni un pelo se le engrincha, así funciona la hipocresía global). Uno tiene que soportar las habladurías cotidianas de ancianos y jóvenes descerebrados. Ya casi llegando a la caja el suelo se empezó a mover. La señora que con sus comentarios detestaba me agarró por el brazo. Me soltó. Las botellas de refresco se balanceaban con mayor brusquedad en las vitrinas. El pánico se apoderó del local. La gente escandalizada salía apurada por las puertas de vidrio. Yo me quedé inmóvil, no sé si por miedo o porque había asumido mi destino. Los administradores del local se atravesaron en la entrada impidiendo que la gente saliera porque no se podían ir sin pagar. Era claro que varios aprovecharon el caos para irse, como siempre lo que sobra en este país son los oportunistas, las ratas que más abundan en este barco. La señora me había vuelto apretar el brazo. Le pedí que no me tocara en un tono serio y lleno de nerviosismo, la estaba odiando hasta el alma. Todo había terminado. La cola se empezó a ordenar con los movimientos de un parásito en las tripas de alguien. Muchos hablaron de haberse sentido mareados; otros lloraban de desesperación; otros menos lúcidos hablaban de una señal para los venezolanos. Un par de Guardias Nacionales volvieron a la cola y uno de ellos dijo que había corrido porque arriba de nosotros estaba una placa, cada quien justificando su cobardía. Luego vino el comentario más deprimente del guardia, después de tantas explicaciones dijo que esto del temblor “y todo lo que está pasando ya está escrito, que esto fue predicho en las sagradas escrituras”…lo que faltaba, la clarividencia barata de un militar cristiano. El miedo y la ignorancia son fáciles de reconocer porque no sólo andan juntas, sino que se expresan en una lengua extraña que igual todos entendemos. Por fin llegué a la caja. Pagué por dos panes veintitrés miserables soberanos. La patria es grande, mi existencia también. Al salir todos los vecinos estaban en las afueras de sus tristes edificios. Me sentí rancio pensando en la brevedad del caos y la reconversión del miedo, no estamos listos para absolutamente nada. Desmontando la existencia de Dios lamenté que el temblor no hubiese durado más tiempo.
Idea de cierre (22 de octubre)
Llegué empapado a mi casa. La porquería que se nos devuelve es la queda impregnada en la ropa, en las costumbres tristes que llamamos virtudes. La gripe creciente sirve como antesala para evidenciar enfermedades mayores, de esas terminales auspiciadas por los demonios, los malestares rutinarios y la precaria alimentación. Este ritmo constante de precipitaciones, en conjunto con la complicidad de habitantes asquerosos, que piensan que viven en un hotel y que su basura (junto con su actitud ignorante) no generan estragos considerables, porque la miseria no es capaz de medirse a si misma, más la negligencia parasitaria del Estado revolucionario, que mantiene tercamente la política irreductible de subsidiarlo todo, a devaluarlo todo, soslayando las mejoras y el mantenimiento, porque poco importa si las cosas funcionan realmente, porque aceptar la falla es aceptar el fracaso. A este paso ya no tenemos idea del valor que pueden llegar a tener las cosas, la especulación es la medida con que trazamos nuestros tratos con el otro. No es la costumbre sino el reproche de esa derrota descarada, que se evidencia en el rostro de la gente esperando bajo un toldo a que se calme el agua que ordeña el cielo, con una paciencia insoportable que inspira lástima porque hablamos de tiempos irrecuperables. Sin cartas bajo la manga, sin planes de contingencia, sólo aceptar el colapso de todo, y que estamos sumergidos en el mismo juego, en esa trivialidad que volvimos algo normal, lo cual resulta patético. A este ritmo improvisado y nauseabundo, una vez desbordado el Guaire y tapada todas las cloacas y las cabezas de cada habitante de esta ciudad, subirá tanto el agua que por fin tendremos nuestra Pequeña Venecia que tanto esfuerzo ha costado recrear.
«Rostros buenos, como formados para siempre» (1 de noviembre)
Ayer murió mi tía Julia. Su partida se me había anticipado en un sueño que tuve la noche anterior. Estaba ella en un gran salón, repleto de personas vivas y muertas que lo único que tenían en común era que ya no estaban conmigo. La vi sentada al lado de mi abuela, comiendo juntas un ligadito de mazamorra y arroz con leche; por razones desconocidas se me impedía acercarme a ellas. Saludaba a los ausentes de forma distante y alegre. Luego me vi obligado a salir de la fiesta apurado porque una voz desconocida me dijo al oído que yo no estaba invitado. Desperté sin darle mucha importancia a los sueños. Luego más tarde por un mensaje tardío de mi mamá fue que asimilé todas las piezas del día. Los muertos por parte de mamá siempre buscan la forma de manifestarse más extraña, todo un ritual de la despedida, señales para dejar a los vivos más confundidos que antes, sin derecho a ningún tipo de aclaratoria, porque es lo justo, vivir con esa inquietud hasta el día de nuestra partida. Uno logra comprender estas cosas demasiado tarde, cuando ya no se puede hacer nada salvo recordar todo los hermoso en un instante, invocar una vez más un poco de todo, antes de seguir con nuestras miserables vidas. Regresando a mi casa recordé fragmentos de la tía Julia. Recordé el pueblo de San Benito, aquel lugar sencillo de casas de barro, uvas y duendes, donde tantas veces fui feliz. La dicha de algunas familias, como la mía, está en sus comidas, en sus platos inolvidables; aprendí en el seno de poemas y cubiertos que ante todo se aprende a amar primero por el estómago y después por el corazón. Volver a los lugares de infancia nos obliga a aceptar con derrota que Dios se encuentra en los detalles. La última vez que vi a la tía Julia fue un día azaroso. Habíamos decidido pasar de visita casual antes de partir a Lima. Era el cumpleaños de un primo de mamá. Llegamos rezando a las ánimas, justo iban a servir el almuerzo. Habían preparado un pastel cuyos ingredientes seguirán siendo un misterio para mí. Luego el plato fuerte del día: sopa seca de camarones; es difícil explicar cómo se devora un plato con tanta parsimonia y placer; tuve una sensación de nostalgia porque supe al terminar que esto no se volvería a repetir. Hay cosas que no se pueden volver a comer. Luego la sobremesa, donde todos inflados oíamos la lucidez de noventa y cinco vueltas al sol. Mi tía a su edad tenía una memoria increíble, una memoria de árbol y estrellas. Nos habló de los días donde San Benito era zona de hacendados y la existencia de un río que ahora no es más que un canal de cloacas. La llegada de los militares y la Segunda Guerra Mundial. Que antes los camarones eran más grandes, que antes todo era mejor, que no hay más allá donde curarnos del aquí. Cuando empezó a hablar de la llegada del hombre a la luna me quedé dormido. Desperté de nuevo y tomé algunas fotos. Luego llegó la hora del postre. Mi hermana y yo estábamos felices por volver a comer el famoso pie de manzana. Mi hermana le pidió la receta de forma muy sutil. Todos estábamos ansiosos por saber el secreto del pie de manzana. La tía Julia mirando al vacío le dijo: «Todas las recetas las he olvidado, ya no sé cocinar, ya no me acuerdo de nada». Sus secretos se los llevará a la tumba, pensé. En la cocina había una vitrina con una puerta dañada que traté de mover con dificultad para meter unos platos. Vi que sólo había que ajustar un tornillo. «No te preocupes por esa puerta que no se puede arreglar», dijo la tía Julia. «Claro que sí», le repliqué, «mire…ya está arreglada, pruebe ahora, sólo había que ajustar acá y mover acá». – «Qué cosas hijo, y después de tantos años con esa puerta así. Ustedes los venezolanos son una especie de brujos» – «¿Por qué dice eso tía?» – «Porque arreglan las cosas que pensábamos ya no servían. Hacen magia con aquello que parece estar dañado». Esa fue nuestra última charla. Dejé el pueblo de mamá con extrañeza. Dejé el Sur. Me despedí de la tía Julia con la gratitud que sólo se puede demostrar cuando se tiene la sospecha de no volver a ver a alguien otra vez. Recuerdo que no supe responderle nada. Y todavía años después, en Caracas, recordándola en un vagón de regreso a casa todavía sigo sin encontrarle un sentido a sus palabras. ¿Qué habrá querido decirme con eso? ¿Por qué lo dijo de esa manera? Los venezolanos, ¿unos brujos? Reparar ¿Qué argumentos tenía mi tía para dar una declaración con tanta certeza? ¿Si teníamos esas cualidades por qué no éramos capaces de arreglarnos a nosotros? ¿Qué tipo de magia se necesita para reparar lo dañado y defectuoso que habita en nosotros? El fin era sólo el principio. Las palabras no hacen más que comprometernos a tareas de orden superior. Es una gimnasia de enfermedad y dolor. En la distancia brindé por la tía Julia y los ausentes del Sur. Siento que escribiendo sobre ella reparo con torpeza algún compromiso con la memoria. Nunca se logra escribir lo que se tiene en mente, y esto casi siempre es vergonzoso. Como brujo entusiasta, mi primer trabajo consistirá entonces en aprender a interpretar los sueños.
Fragmentos de apocalipsis (19 de noviembre)
Sucede que cuando llega el agua se va el internet. Está bien. Cuando pasa al revés la diferencia no es mucha tampoco. Se adquiere un control pleno del cuerpo a la hora de usar el baño y se tiene que recordar que a ciertas horas no hay que bajar la palanca porque el tanque no puede quedar vacío, siempre y cuando se trate de un caso extremo de podredumbre total, donde todo resulte insoportable y se acaben los suministros del tobo. No hay que ceder ante la molestia de sentirse sucio o medio limpio, es normal que a veces surja esa necesidad de destruir la poceta a batazos, pero ella no tiene la culpa, aparte que después cómo te puedes costear una nueva, y luego el predicamento del porvenir: ¿Dónde cagaré después? Hay que tener algo de honor. Dios mio. Caracas es el reino de las cucarachas y los zancudos. Apenas se distinguen personas, que con el paso de los días se acercan a las costumbres de las ratas y los monstruos de la basura. Uno se vuelve una persona metódica, medianamente útil en el soporte del hogar, paranoica, inmune a las arrecheras, pero cuando se pierde el equilibrio hay que saber drenar las molestias en alguna parte. Siempre está la opción de inmolarse en el metro, pero si se piensa fríamente no vale la pena, los venezolanos seguiremos existiendo por montones como clones y conejos. La vida tiene que seguir, así se cuente con internet y agua en momentos intermitentes del día a día.
Cierre de Tala (4 de diciembre)
Regresando a mi casa tuve una experiencia religiosa. Me bajé en la estación de Capuchinos. Por la esquina Albañales la gente estaba en la calle celebrando el día de Santa Bárbara, tomaban curda y fumaban tabacos, un señor con un micrófono cantaba baladas a un público ebrio que rendía ofrendas de fruta sobre un altar con unas Bárbaras de túnica azul y otra de rojo. Como andaba de paso me persigné tres veces. Le pedí a la santa que me cuidara a mi y a la gente que yo quería. La marcha siguió tranquila hasta llegar al puente Ayacucho para cruzar a El Paraíso. Iba pensando en el día que me dieron el muletazo y la maldad de la gente, la enfermedad y sus metáforas, Caracas y su frío decembrino. En mitad del puente una moto me viene de frente y se orilla, el tipo que va con el motorizado me golpea el vientre mientras cierra el puño como tratando de quitarme algo. En mi mano sólo llevaba un libro de Susan Sontag. «Mamahuevo», me dijo el motorizado mientras se perdía en la bajada del puente con lentitud. Otro que cruzaba el puente que estaba más adelante se devolvió y me preguntó si me habían hecho algo, «me golpearon», le dije, «pero no me quitaron nada». Una corriente de rabia me impedía mantenerme recto, era el miedo llegando tarde, demasiado tarde. Pensé en Santa Bárbara, en la eficacia de mis plegarias. Después de todo sentí un alivio ameno pero igual miserable. Basta este tipo de experiencias cotidianas para asimilar que sin importar nuestra suerte o destino, de que vuelan vuelan.
El Reloj de Arena: Fin de año en un hotel (31 de diciembre)
Logré reparar el reloj de la cocina que ya tenía meses marcando una hora que no era. Atribuí el reparo a una buena señal del mañana. Salí a la calle un poco más tranquilo porque después de tanto pude sincronizar alguno de mis tiempos. Desprovisto de mi fascinación interior todo afuera seguía igual. Todo por igual muy caro, y comentar eso es algo irrelevante, siento que hemos llegado a un punto donde eso ya no importa. Si nos proyectamos siempre concluimos que todo gasto para ya mismo es mejor porque igual mañana no se sabe. Aquí concluimos que nuestro mayor pesar es el tiempo como idea que hay que evitar, y por otra parte nuestra poca noción de él. En el Hotel se tiene que vivir bajo esa condición de no saber lo que vendrá después. Año nuevo no es una excepción a las reglas: es un todo lo que puedas, mientras puedas. Ante la subida excesiva de la uva se reemplazan fácilmente por mandarinas, que para esta fecha están en temporada y resultan ser más baratas. Las uvas del tiempo son cambiadas por las mandarinas del tiempo, cuya efectividad para los deseos del año no presentan una variación, tal vez de forma y color. Siempre está permitido comerse más de una fruta por cada mes. Doce uvas para cada mes del año, cada propósito por cumplir. Doce mandarinas para no descartar el típico ritual y pasar por alto las adversidades. El acelerador de partículas cumple su función en la continuidad del año dos mil, entre mis deseos de uvas y mandarinas está la tranquilidad que no da la velocidad, la cual cada vez se convierte en un lujo inaccesible. Solo pienso en la rumba que acontece en mi tripas por mis descuidos alimenticios, mi decisión deliberada de beber hasta partirme el rostro mientras armo el guarapo de los ojos y me pongo a llorar por todas las personas que no se encuentran conmigo. Caracas recibe el año entre pirotécnicos y disparos. Ya con el tiempo conoces la diferencia descarada entre un sonido y el otro, el que detona y bota luces, al de los tiros repetidos que rebotan caos y muerte. Los vecinos del edificio del frente salen a la calle con sus maletas y mochilas, con la esperanza de poder estar más pronto que tarde en alguna otra parte, con la ventaja, tal vez, de volver siempre por donde han venido. En la fiesta todos los ruidos se toleran formando uno solo, un ruido sostenido sin fondo que evoca las pesadillas y aviva el tortuoso proceso de recordar. El defecto de volver atrás. Recordar la casa de antes tan alegre y llena de gente ante una casa ahora vacía y en silencio. Una mesa de adornos minimalista porque no sé cuenta con el sentido estético de una madre o de una hermana. Los detalles no han sido nunca mi fortaleza. Una tristeza es recordar, sentirme distante de aquello que sentía tan mío. Cada miembro de una inmensa familia buscando acercarse desde el otro extremo del mundo, dependiente de prótesis inteligentes. Y esa alegría de no estar aquí y de necesitarlos al mismo tiempo. En la ausencia se valora con mayor fuerza. Los detalles importantes de una mesa y la risa tras el sonido alegre de un brindis, la música que nos recuerda de donde somos, gatillos de instantes increíbles, efecto que no se logra asemejar a ninguna otra cosas creada. Basta solo un canción para desmoronarnos, para eyectarnos a las miles de formas que son la habitación de la vida. Basta sólo una canción para dar las gracias por tantas cosas buenas. Comprender es poder ver en el presente el pasado, asimilarlo como algo nuestro de la cual deriva todo pequeño traste de existencia. El tiempo pasa y nos arrolla con sus enormes cascos sin ningún tipo de concesión, y uno aquí todo borracho y contento como si no pasara nada.
Alexander JM Urrieta Solano
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