Una amiga me invitó a un foro sobre violencia y libertad de expresión. Un espacio repleto de diplomáticos blancos y mujeres emperifolladas al borde de la menopausia y el colapso de los antidepresivos, que hablaban en círculos sobre sus hijos fuera del país, de sus viajes esporádicos a Europa y Estados Unidos, de lo fascinante que es la cultura Disney, y de sus esperanzas a que todo en el país cambiara, de que nuestros héroes esparcidos por el mundo regresaran para arreglar todo lo que la dictadura había destruido. Gente sencilla. Habían criaturas de diversas organizaciones y en particular miembros del partido Vente. Luego de la charla trillada por expertos de los tiempos de oscuridad y precariedad nos llevaron a una gran terraza para disfrutar de un agasajo: vino y pasapalos.
Empecé a tomar sin moderación porque ese era el fin del foro sobre violencia y libertad de expresión. De un momento a otro mi amiga me había plantado en un círculo de adultos mayores y una contemporánea del partido Vente, que se jactaba de su carrera de estudios liberales. Mi amiga me presentó como sociólogo, cosa de la que no estuve de acuerdo.
Mientras tragábamos tequeños estas personas hablaron de la «falta de cultura del venezolano», «el tercemundismo, hay un libro buenísimo de Carlos Rangel: «Del buen salvaje al buen revolucionario», si todos pudieran leerlo», «no somos ni la sombra de lo que éramos antes», «este país tiene con qué», «la ignorancia de los pobres, esa gente sin oportunidades, de carencias», de que «los chavistas son una cuerda de borregos acomodados», «de que se habían perdido los valores, ¿dónde estaban los valores?», la pregunta estúpida que hacen muchos adultos siempre viene seguida de otra pregunta más estúpida: «¿Cuándo te vas del país?, aquí nada sirve». «Los jóvenes son verdaderos héroes». «Dios está de nuestro lado».
En medio de toda esa charla comenté que la polarización había cerrado toda forma de accionar, porque tenemos cierto asco por el otro. Que no tenía sentido el juego de nuestros políticos, que parece que conspiran juntos para desquiciarnos. ¿Por qué no se habló de eso en el foro? No querer pensar mucho también es una forma de violencia. Pensar igual no nos hace mejores.
La chica Vente me pregunta si soy de la Central. Le respondo que sí. Ella me mira con lástima y me dice que a ella le dijeron que ahí nunca ven clase, que siempre hay paros. Que ahí poco se estudia. «¿Sociología?», pregunta, «muchos de los que están en el gobierno estudiaron ahí. En esa carrera ven puro Marx e ideología, cosas obsoletas». Repetí en mi mente Marx e ideología. Pensé en mis amigos, en mis futuros colegas, me preguntaba cómo podía tolerar esta clase de comentarios. Los demás se rieron con sorna. Ella siguió: «¿Y como humanista, qué piensas de esto?». Humanista…bueno:
«Después de casi veinte años viviendo en un bucle, tengo la certeza de que el chavismo ha sido tan bueno (arrechísimo), que hizo creer a la población que apoyaba algo, y que a su vez ese algo tenía una oposición. Lo mejor que ha hecho el chavismo ha sido gestionar su propia oposición. Financió a sus propios enemigos, y los configuró en función de sus caprichos megalómanos. Creó personajes de acuerdo a las circunstancias que iban viniendo, una temporada aquí y luego otra por acá. Temporadas de clímax. Generó en el venezolano la idea de que por momentos breves de la historia era el ombligo del mundo, un esfuerzo colectivo, considerando que ya nuestro ombliguismo forma parte de una cualidad idiosincrática, porque somos, por supuesto, el mejor país del mundo, cuando nos conviene decirlo, en grandes tarimas, para profesar la buena conciencia de los que se hacen pasar por altruistas. Somos demasiado hipócritas. El producto mayor del chavismo fue la MUD, y su último lanzamiento fue el personaje Hasbro de Juan Guaidó, un heterosexual católico, ingeniero, con una familia nuclear que incluye un perro, que para la lucha nunca se desprende del traje formal, porque lo formal es sinónimo de esperanza, de sueño perenne, si se me permite la expresión. Parece que todo ha consistido en un guerrilla de marcas, de rebranding y turismo de disturbio. Todo con el respaldo de la opinión pública, siempre enferma y cínica, idiota porque no puede ser otra cosa. Usted por ejemplo, es una valla andante de una entidad política que tiene entrevistas con la revista Hola y habla de capitalismo popular, mientras se ensucia las manos con la tierra de su jardín. Te puedo asegurar que sus seguidores no tienen idea de lo que es eso. No me mires así, te desconcierta que no sea un fanático. El problema es que aquí ustedes creen que son los buenos, y lo que no les parezca es lo malo, lo despreciable. Pensar distinto siempre es algo despreciable».
Mi comentario le cambió el rostro a los que estaban conmigo. Mi amiga tenía una cara de Picasso. La chica Vente, disgustada, me dijo que el problema era que yo no entendía el proceso, que no estaba considerando muchas cosas. Era cierto, pero realmente no me importaba. No me interesaba lo que pudieran pensar, ya los había escuchado demasiado tiempo.
No estaba ahí para convencer a nadie, pues se supone que era un foro sobre violencia y libertad de expresión. Entre mis idas y vueltas para buscar vino, escuché que una señora le comentaba a la chica del partido que era obvio que en mi escuela me habían adoctrinado, que en esa carrera lo que salen son servidores del régimen. Comunistas. No entendí eso.
Tomé un par de tequeños y me despedí de la manera más respetuosa que me permitió la curda. Di las gracias por todo. Les dije que estos espacios eran necesarios para recordarnos las razones por las que «no volverán ni van a llegar tampoco». Comentario desagradable, de poca educación sentimental y tacto. Queda claro que a estas cosas no me van a volver a invitar jamás.
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