Aires de familia: cómo nos acostumbramos a los billetes de monopolio

La guerra económica la perdimos cuando los borrachos de plaza empezaron a pagar sus vicios con billetes arrugados de cinco dólares. Cuando las parejas de enamorados, por un tema de apariencias, empezaron a pagar sus merengadas de oreo con billetes sueltos de un dólar y la diferencia la pasaban por el punto. Es la ironía más grande de la economía socialista. Y esto lo digo sin ánimos de molestar, aunque igual la realidad no debería molestar a nadie. Hay que asumirla como un caso clínico.

El mercado de los corotos es un lugar de nostalgia y reflexión con aires de familia. En el mercado abunda el abuso de gente que quiere salir de sus cosas de una manera desesperada. No puede ser que uno se encuentre con precios exagerados y estar consciente de eso, a pesar de no estar del todo actualizado de los precios convencionales de cosas que quieren pasar por nuevas, pero que no pueden ocultar que son de segunda, tercera y hasta cuarta mano, hay todo un manoseo especulativo de objetos indispensables para la vida diaria.

La experiencia Venezuela nos lleva a entender dos cosas: 1) todas las sanciones son económicas, pero parece que esta primicia no es del todo comprendida por los que están convencidos del advenimiento de Cristo, o en su defecto, por los que aspiran o temen la llegada de un ejército mercenario transnacional, cuya imagen está concentrada en las expectativas que nos venden los estereotipos del cine norteamericano; y 2) la soberanía es una fachada para no aceptar que la batalla por la domesticación de la barbarie la perdimos hace tiempo. No tenemos una noción del concepto de perder. Nosotros reinventamos el concepto a la sana elocuencia del empate y el sabotaje. Aquí siempre hay alguien pendiente de jodernos.

Tales resistencias, al menos las propuestas ideológicas, forman parte de la retórica revolucionaria. Lo que impresiona es que todavía hay gente convencida de esta vaina. Todas las grandes revoluciones son un bastión de grandes relatos, habladeras de paja que al final solo encuentran consuelo en las grandes reuniones de intelectuales y estudiantes soñadores. Pienso en la estafa de lo decolonial y la supuesta liberación del pensamiento (esto me deprime mucho, a veces). Muy bonito todo, todo en los libros es maravilloso, son ideas pertinentes cuando necesitas distraerte, mientras llenas tu balde de agua con un cuentagotas miserable, ves tus aparatos electrónicos morir por algún pico inesperado de corriente, o velas porque te llegue una rayita de internet para tener la impresión de que sigues en sintonía con el mundo. Y no hablemos de la vida precaria de las pocetas y la pésima programación que ofrecen las televisoras nacionales, que nos educan para hacer de nosotros seres excepcionales.

Todo ideólogo sabe que las grandes empresas nacen de pequeños relatos. Relatos que provienen de revelaciones cósmicas y solipsistas de algún sujeto sin importancia, que sumergido en la masa se vuelve el eslogan de un pueblo. Normal. Tengo toda mi vida lidiando con un malestar histórico. Ya no me hago mala vida por el fanatismo político o religioso (también productos pasteurizados de la economía). Son enfermedades históricas que como el sida y el cáncer se pueden tratar pero no erradicar. Por eso no me extraña el funcionamiento del cerebro de algunos venezolanos actualmente. Hay muchos que quieren economizar en la medida que se devalúan.

Entiendo la decepción de los adultos por nuestra generación de poco esfuerzo cerebral y mucha selfie. Con sinceridad no deberían esperar nada de nosotros, nadie les exigió nada a ellos. Pero coño, no podemos darle la razón a todos. No tiene tampoco que haber un esfuerzo por tratar de convencer a alguien. Son momentos tan líquidos y voraces que lo que podamos decir hoy puede perder todo su sentido mañana. Tampoco pueden estar creyendo que la idea de reconstrucción y futuro motivan alguna maniobra extraordinaria por parte de la juventud. Ya nada debería asombrarnos.

Volviendo al mercado de los corotos. Tampoco nada de lo que podía encontrar allí me sorprendía. No es de extrañar que alguien me quiera vender un libro de la saga de Crepúsculo en 10$ porque «está en buen estado y es un libro muy bueno, un best seller». Siempre hay una primera vez. «Yo me leí todos los libros de García Márquez, qué maravilloso ese hombre». No me interesa. «Por acá tengo otra joya de la literatura: El Principito, en 5$», «las 7 leyes espirituales sobre el éxito de Chopra, Los hombres son de marte y las mujeres de Venus…este libro te puede servir para que nos entiendas a nosotras, las mujeres (me guiña un arrugado ojo derecho, qué pésima vendedora)…te lo dejo barato: 4$». Ok. Tengo que admitir que por un momento sentí que estas vendedoras me estaban viendo la cara de estúpido.

Por otra parte me quisieron vender una serie de enciclopedias Espasa (incompleta), a un precio tan trivial y lamentable que puse en consideración la compra de un par de medias, que viéndolo objetivamente resultaba una mejor inversión para mi futuro incierto, exento de dólares y billetes de monopolio. Internet acabó con el negocio de las enciclopedias. Ahora vivimos en un mundo de ignorantes que creen estar informados porque cuentan con una sesión abierta en alguna parte. Las enciclopedias ahora son pilas que forman parte de reliquias innecesarias en hogares fragmentados por las deudas y el milenio. Ante toda la situación de oferta en el fondo escucho una conversación de los mismos vendedores del mercado. Hablan de que hay personas que abusan (o tal vez no saben) sobre las conversiones de bolívares a dólares en los productos que ofrecen en sábanas extendidas: «la viveza criolla nos hace tanto daño». Oye, no lo sabemos, quizá se trate de lo mejor que nos ha pasado en la historia de las ideas. Eso y la idea del mestizaje, porque eso justifica que en este país no haya racismo, y eso es un verdadero alivio ¿Verdad?

En la panadería que está a una cuadra de mi casa venden muchas cosas ricas pero un pan asqueroso. Para que el pan sea rendidor le ponen más levadura a la masa y el sabor es dulzón y molesto, aparte que si no te lo comes rápido a los dos días el pan se convierte en un arma tiesa medieval. Como todos los locales prolíficos de la ciudad esta panadería cuenta con una caja que recibe dólares. El mostrador ofrece ofertas de Nutella y Pringles al mismo precio que estaba el libro de la saga de Crepúsculo en el mercado de los corotos: un frasco por 10$, tres Pringles por 15$, Nerds en 5$, y así. Los clientes típicos de la panadería me parecen una deformación grotesca del país. No se tratan de modelos absolutos, pero si sospechosamente endémicos. Las mujeres son una aleación entre plástico y cosméticos; los hombres son Hércules andantes de publicidad deportiva y exceso de gimnasio.

Creo que hay muchas familias que se están formando bajo el espectro de Htv, (insisto que esto no se trata de un prejuicio). Toda esta carnicería estética tiene como forma de pago el dólar, que humilla las pilas de bolívares, porque al final la lógica de la economía consiste en un amplio programa de juegos. Para poder gastar los bolívares en cualquier capricho debemos hacer como si no tuvieran ningún valor, eso incluye a las personas, lo que consumimos, lo que desechamos, incluso nosotros mismos ya convertidos en cachorros imperiales.

Una vez devaluado el billete solo queda el juego de los signos y las políticas públicas, fichas reducidas a elementos para facilitar nuestro andar por las casillas de monopolio en una ciudad donde los habitantes no tienen idea de lo que son. Es importante que bajo ningún concepto nos pongamos a pensar en el precio de las cosas. De esta manera resulta más sencillo ajustar los valores en función de la Necesidad, la única moneda de valor inalcanzable, medida de todas las circunstancias y las cosas. En este universo paralelo, inexplicable para aquellos que no viven aquí, el consumidor promedio se hace la idea de que vive en los límites de un cuerno de la abundancia ficticio, donde el contraste de la gente comiendo de la basura, y las bandas de mendigos que no llegan a los quince años, y las vitrinas repletas de cereales Trix y Captain Crunch dan la impresión de que todo es generosamente ofrecido. En el juego está permitido ver pero no poseer. Y sin embargo, a pesar de todas estas incongruencias seguimos estando mal.

Alexander JM Urrieta Solano

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Autor: @LiberLudens

También los animales son ciudades.

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