Mamá pica perejil y cebolla con una destreza digamos, casi congénita.
Papá afila sus cuchillos con la paciencia de un samurái que entre sus escamas de dragón prepara todo lo necesario para prender los fogones.
Mi hermana explica la diferencia entre un café tipo gesha y un tipo moka, de los tipos de tostión y el equilibrio entre los aromas y la acidez de un café bien preparado.
Los invitados observan a mis padres en sus maniobras a cuatro manos. Ellos preguntan de manera cordial si pueden ser útiles en algo.
Mamá pide entonces que pelen ajos y separen las semillas de café y que luego las pongan en el molino de piedra.
Otro invitado se asigna a voluntad en preparar los tragos de cada uno. El voluntario prepara cada coctel con la astucia y gravedad de un brujo.
Otro barre el espacio, como alguien decidido a combatir el cambio climático.
Hay cerveza fría en la nevera. Saca y pica hielo hasta que queden al tope los vasos que hace calor y el cielo promete lluvia.
Papá bebe whisky con un poco de agua y el amigo de infancia ron seco, su mujer, bien selectiva, pide al voluntario mojitos porque desde el primero que probó supo que todo lo hacía bien.
La casa gira en función de la comida. La cocina es el epicentro de la amistad y la tertulia.
La cocina es la medida de todas nuestras costumbres. Los rituales más importantes ocurren entre ollas, cubiertos, risas, aromas y sofritos.
Mis padres amados desterrados de Indias dan a probar los resultados de una salsa buscando sugerencias.
Un poquito más de sal para esto, algo de romero y tomillo, pica más ajo para el camarón, ya verán que todo junto queda mejor.
La cocina es pura inspiración, decía mi abuelo Cabeza de Vaca, que dedicó toda su vida a la venta de carne y se ponía detrás de la oreja una rama de ruda para la buena suerte.
Hay personas, opina un extraño, que no tienen criterio ni para comer ni dar consejos.
Ven la cocina como una actividad tortuosa que tienen que ejercer todos los días al igual que las palabras.
Todo les sabe igual, y se conforman con lo precario de sus esfuerzos al crear un plato que al menos engañe al hambre.
Uno tiene que ser puntual con los amigos que escoge. Se llega a conocer a las personas mejor comiendo y bebiendo.
Los amigos son la familia que elegimos para nuestro viaje hacia la eternidad culinaria.
Tal vez, concluye el extraño, se trate de un punto de vista personal, porque en casa mi madre me enseñó siempre que uno aprende a querer desde el estómago antes que por el corazón.
Y la lengua, dijo una amiga de años, tan importante resulta ser a la hora de pedir algo. También probar afina nuestro criterio para tomar decisiones. Cada quien con su opinión. Igual es comprensible que comer sea un acto prescindible para muchos.
Nosotros hablamos desde un romance de paladar. Es difícil, pero comer es tan placentero. Incluso siento que paso cosas por encima de este placer. Sin embargo, no tengo afán de imponerle gustos a nadie.
Esta es la forma de felicidad que elegimos como tribu, nada más.
Alexander JM Urrieta Solano