La isla, mi ciudad

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“La actualidad no tiene esperanza, y la actualidad no tiene futuro: el futuro será exactamente de nuevo una actualidad.

Estaba tan asustada que había permanecido todavía más quieta dentro de mí. Pues me parecía que finalmente iba a tener que sentir.”

Clarice Lispector

Estaba muy cansada del trabajo. Creo que una de las cosas que se me hace más difícil es mantener la compostura. Transmitir esa mirada tranquila frente a las personas que me quieren.

Quiero dar la impresión de que siempre conservo la calma y que soy fuerte, que puedo maniobrar en cualquier tipo de situación extrema. Aunque en realidad, son más las veces que me desmorono por dentro que las que puedo demostrar al exterior con franqueza.

Siempre sucede algo, como que al final de cierto punto, algún percance o situación trivial nos termina quebrando, y una se pone a llorar a cántaros en alguna soledad de vagón de metro, regresando de algún sitio agitado. En medio de los ruidos molestos y ese ambiente de asfixia general de roedores humanos, de personas agotadas como yo, con las mismas ganas de volver a sus casas. Tomar la ducha fría, si por suerte se tiene agua.

Vivir en Caracas me ha servido para refinar un tipo de silencio que me hace sentir distinta.

Me cuesta darme a entender. A veces para economizar palabras cambio algunas emociones por signos. Un ejercicio que cuando no es absurdo es indispensable para combatir el aburrimiento. Es como si se tratara de un juego personal, una especie de trama donde registro un lenguaje esotérico que me sirve para lidiar con mis rabias y tristezas, de sentirme siempre otra, de que me haya acostumbrado a sentirme cada vez más irreal.

Toda mi vida aprendí a verme con otros ojos. Y esto lo fui comprendiendo cuando empecé a sentir esos cambios toscos en mi cuerpo. Y ese ritual familiar donde cada miembro cercano empieza a decirte cómo tienes que asumir esas transformaciones. Esa obligación de tener que siempre ser linda, de llamar la atención a los hombres, como si en algún punto pasara de ser una niña a una valla publicitaria que pide una atención desenfrenada. Atención que a estas alturas de mi vida no me interesa.

Hay una especie dolor general que he sentido en mi generación. Es como si en la ciudad solo hubiese aprendido a tener miedo de todo lo que no soy

Me molesta a veces que muchos hombres, que corresponden a una muestra de interés, se disocien de la idea de que una mujer lea entre líneas. Quizá no he tenido la mejor de las suertes. Prácticamente he podido hacer una lista sobre las cualidades innatas de hombres que solo viven para ser modelos de lo que nunca se tiene que ser. La lectura no es un requisito, pero ayuda a descartar ciertas cosas y nos ahorra tiempo. Un amigo siempre me comenta que los hombres no sirven para nada. Ellos asumieron un compromiso para el cual ni siquiera fueron llamados.

Al comentar estas cosas siempre sale el comentario falaz de que soy feminista y que ese odio hacia los hombres no me hace una mujer accesible. Todos se van por los argumentos más fáciles de llevar. Sin escatimar esfuerzos en la inteligencia. Porque los hombres cuando piensan en estas cosas llevan todo pretexto a la potestad de mi vagina, y aparecen los contrastes de la cultura general, de las lecciones aprendidas en una pedagogía de guerra de los sexos y chistes de mal gusto, adjuntos de revistas y sopa de letras.

Están los extremos de que por mi condición pensante o soy rígida, o termino montada en un pedestal, porque mi aspiración más grande es tener a un hombre que me trate como una dama, algo que desde pequeños nos enseñaron, pero ¿acaso alguien simplemente no puede aprender a respetar al otro, sin conflictuarse por las distinciones? Esa idea me genera en primera instancia un imán de atracción.

Para desgracia de mi género, o de todas las grandes historias de las ideas que incluyen al género, los radicalismos establecen siempre las mejores definiciones en la masa ignorante. También con el tiempo me he dejado de mortificar por debatir con personas que sé que no tienen el mínimo interés por debatir, solo imponer su postura como si se tratara de una marca de refresco, postura política o creencia religiosa.

Muchas personas en su mayoría no están en la disposición de escuchar, sino que están concentradas en elaborar una respuesta mientras no escuchan. Responden en función de lo que le están diciendo, y de eso que apenas han retenido pero no comprendido, hacen de la comunicación un ejercicio que mortifica hasta las piedras.

Esas discusiones sobre mi condición femenina me tienen sin cuidado. Después de todo, una es la que tiene que ver cómo no permite que la sigan histerizando en esta ciudad, en este país, en este mundo, que gira en su propio eje y se apoya de un filoso falo, que por cuestiones alegóricas lo llaman en las mitologías como el Atlas. Otro hombre más.

Resulta todavía sorprendente para algunos hombres que una mujer lea, y que sobre todo escriba, con algunas deficiencias, todas las cosas que piensa. Este mundo de adultos y televisoras nos ha metido en la cabeza que las mujeres en primera instancia no piensan. Sobreviven gracias a su frivolidad y su insana batalla contra el tiempo, porque además tengo la obligación de mantenerme joven a los ojos de Dios y del resto de los hombres no tan dioses.

Pero es entendible. Estas prácticas son atribuidas a los hombres, porque nos han enseñado que nosotras no hacemos esas cosas, nuestras capacidades han sido direccionadas de otra manera. Como que sí. Al final esas mismas barreras de estereotipos nos dictaron lo que el mundo siempre ha sido.

Pasan los años y veo a las que por un tiempo fueron mis compañeras tan dependientes de sus parejas y sus oficios depresivos, sometidas en diversos grados a esa norma horrenda de tener que ser mujer, enfocadas en demostrar que son lindas y que aparte de eso son más felices que otras. Amigas que a pesar de tanta preparación no están satisfechas consigo mismas, no pueden concebir otra manera de mirar su cuerpo, ni mucho menos extender nuevos horizontes, porque pareciera que esa mirada masculina con la que se miden solo despierta rencillas entre ellas y nosotras, ante la broma que expresa un mundo donde tenemos que prostituirnos (de alguna manera) para que puedan tomarnos en serio.

Mientras se trata de vivir sin sosiegos, a nuestro alrededor pareciera que nunca dejamos de darle insinuaciones al mundo, plagado de malicia y lujurias.

Sobran los enfermos. Los hombres comunes e irrespetuosos, que parecen cortados de la misma tela embarrada en mierda, que pretenden que por cualquier cosa banal tenemos que abrirle las piernas, o tolerar con silencio e impotencia sus groserías al caminar por las calles.

¿Cuántas veces me he sentido violada por los relieves y las miradas de otros?

¿Cuántas veces sentí la traición de mis compañeras cuando en un consenso de vivencias una tiene que asumir la culpa de sus miserias? Aceptar que las cosas nos ocurren por ser tan putas.

Ante cualquier amenaza como mujer siempre tendré la culpa: porque estaba sola, porque nadie me mandó a estar en el lugar equivocado, todos juzgan de una forma tan severa las vidas que desconocen. Evidenciar cualquier error es una forma de ser tan vulnerable en estos tiempos de imágenes e hipocresía.

No quiero reducir estas molestias a la dificultad de ser mujer, pero si la de resaltar la idea de tener que existir en un mundo así y tener que ser mujer. No es lo mismo. Cada quien ha interpretado su reivindicación de la manera más viable posible. Muchos no entienden que el feminismo es uno de los tantos resultados lógicos de tantas luchas contra la diferencia que ha tenido la humanidad.

Todas las otredades han tenido que actuar de manera radical y desesperada porque el orden del mundo es tan sádico que no hubo ni hay otra manera de hacer las cosas. Esas reducciones de los esfuerzos por parte de las personas que adoran generalizar me indigna como ser humano. Críticas provenientes de seres insignificantes que no entienden el valor que tiene la palabra Lucha. No tengo que hacer de mi vagina una bandera cuando en toda mi esencia puedo establecer una completa batalla por mi gente. Mi dignidad, maldita sea.

Qué importante es aprender a reconocer los monstruos de las rutinas y la infancia. Eso es algo que Caracas me ha enseñado de la manera más hostil.

A veces cuesta aceptar que muchas de las experiencias giran en la mera idea causal de haber sido mujer. Y una tiene que aceptar esta tristeza de ser otra sin cuestionamiento porque en cualquier momento alguien te condecora con el título de loca, de que te falta sexo y aventuras, de que cada veintiocho días tengo que avergonzarme porque me sangra la raja.

Una no tiene que conformarse con las vacilaciones del mundo que solo te quiere meter el pene-paquete de que somos el País de las mujeres bellas. Como si solo bastara ese consuelo de reconocimiento tan superficial, de ser la Barbie idiota de mis círculos familiares y amigos, objeto de deseo y culto, pero propensa a que ante cualquier arranque de fobia pueda terminar flotando en el Guaire.

No puedo evitar pensar cuántos siglos de locura se evidencian en mi cuerpo, en mis palabras, en estas inquietudes amargas de sentirme sustancia y estar tan calmada ante tanto bochorno global, de esculturas célebres deportivas y descerebradas por la industria.

La ciudad es violenta de tantas maneras. Mi identidad es la de una máquina de asalto, una máquina de follar, hacer hijos y de propuestas carnales.

A pesar de los esfuerzos y esta sororidad que puedo compartir con todas mis amigas y extrañas, cada quien en su soledad asume una existencia vital como si se tratara de una isla. Somos un cúmulo de islas, de memorias comunes.

Estamos atrapados en esta ciudad invisible que pareciera estar gobernada por las apariencias y los crímenes. Aspiramos un aire más consistente para tener mejores ideas.

A falta de algo que ya no existe, Caracas siempre está surgiendo como banco de arena que exhibe sus ruinas, y que siempre permanece igual, indiferente a nuestros movimientos.

En ruinas como yo, que existe con orgullo visceral, en este cuerpo mío.

Alexander JM Urrieta Solano

 

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Autor: @LiberLudens

También los animales son ciudades.

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