Alto Prado

Cuando uno de tus mejores amigos se quita la vida el impacto puede tardar en llegar. No me refiero al suceso sino a la reacción que tenemos ante el suceso. Nunca llegamos a conocer en realidad a las personas, ni ellas tampoco llegan a conocernos en una mayor complejidad. Tampoco nosotros somos capaces de conocernos en una medida clara, por lo que anticipar un suicidio es prácticamente imposible, en algunos casos.

Una oración como: “Gustavo se mató puede dislocar porque cada vez que volvemos a ella parece siempre decirnos algo distinto. Caer en cuenta que todavía se está vivo y sufriendo, que sólo en ese estado de trance que es vivir podemos ver abismados lo que realmente puede ser el mundo. Tan indiferente a nuestra existencia.

Volver al sitio de trabajo después de un trauma cuesta más de lo que uno se imagina, pensaba en mi silla giratoria. El escritorio es un laboratorio teratológico. Se tiene que lidiar de una manera vergonzosa con la disyuntiva de lo monstruoso y lo mediocre. Para hacernos una idea basta primero con ordenar y diagnosticar el desastre acumulado de meses y años. Las distracciones más pequeñas impiden darle un orden claro a nuestra vida.

Mi temor se aferraba en la idea íntima del suicidio, un tipo de suicidio que no tenía que ver con salir eyectado al espacio de forma deliberada, un suicidio no tan cercano pero sí relacionado al de Gustavo.

Hay un tipo de suicidio que consiste en la asimilación, que es tal vez el único que podemos encarar, tomar precauciones útiles ante él, cuando no menos disparatadas, no para evitarlo sino para soportarlo en la rutina de los días que nos toca afrontar con cierto grado de miedo. Esa forma de suicidio que es el tener que vivir después de fracasar. Allí está el epicentro del caos, el horror, la pesadilla de lidiar con nosotros mismos. Nuestros mayores temores presentes en cada página, en ese ritual pugilístico de la escritura. Las formas exageradas de retomar algo doloroso.

Voces sin importancia rebotan en las paredes de mi encierro. Como que sólo podemos tener un registro de las cosas que nos parecen urgentes. Pero qué pasa cuando eso que nos parece urgente lo sigue siendo de una forma repetitiva y dolorosa, algo así como el suicidio de Gustavo, que no podemos soltar porque sólo esa idea urgente es la que nos hace seguir escribiendo a un pulso distinto que no sabe de mejoras ni estancamientos. Que insiste en eso que tanto nos divierte de manera incomprendida y sádica. Lo urgente es obsesivo si lo volvemos a plasmar en la hoja una y otra vez.

Hay que concentrar nuestras energías cerebrales en todo lo que nos obsesiona, aquello que nos roba el sueño de los ojos y obliga a escribir a ciegas en la intemperie, en la tortura del insomnio y el duelo. A veces, pensaba en mi silla giratoria, quería tener la iniciativa de pensar en otra cosa que no fuese eso tan urgente, pero el suicidio de Gustavo era la constante que distraía todas mis empresas. Entonces el laboratorio de horrores arrojaba otra clase de resultados inesperados. No sabía si en mi intento de hacer otra cosa estaba condenado a la repetición. Volver por donde había empezado. Toda forma siniestra parte de una angustia especial.

Eso era lo más grande que había que aceptar, pensaba en mi silla giratoria, la obsesión que conduce a la enfermedad, un tipo de enfermedad derivado de la falta de sueño y desesperación. La ciencia de las enfermedades es la más poética de todas las ciencias, decía esto Gustavo. Los días nuevos se me presentaban como un desafío para una nueva maniobra elemental. Había diseñado mi propia fenomenología del fracaso. Una filosofía de la experiencia sustentada de forma exclusiva en la derrota personal.

Cada texto si lo tomamos con suma seriedad es un manual de instrucciones, un fragmento de memorias a la disposición del lector para que este lo recree, decía esto Gustavo. Los textos son ese juego eterno sometido a la precariedad del olvido, dependen de lecturas para seguir existiendo. Cuesta demasiado expresarse en un solo bloque, no puedo concebir otra manera de hacerlo, pensaba en mi silla giratoria. Cada trama impone cruelmente su propia estructura ósea. El cuerpo plagiario artesanal tiene quizá un rasgo original, su estética, nada más. Igual todo esfuerzo estético ha dejado de valer la pena. Si se trata de algo medio hecho o ligeramente mediocre pasa sin pena ni gloria por algo ridículo.

El texto en su contenido retrata una cartografía humana del pensamiento, decía Gustavo algunas veces, cuando nos dedicábamos a pasearnos horas y horas en ferias itinerantes, marcando libros, regateando obras maestras con comerciantes ruines y libreros. Otras veces robando, que era la forma más hermosa de adquirir un libro, pues era el trofeo que otorgaba el riesgo. Algunos libros, quizá los mejores, son los ventanales supremos que tenemos que encontrar por misterioso azar para dar una luminosidad desoladora a nuestra oscuridad. Subrayo luminosidad desoladora porque esa unión de palabras fascinaba de forma incontenible a Gustavo.

¿Qué texto desolador se hace su espacio en la calidez infernal y horrorosa de su tiempo? ¿Qué debe tener un texto para dejarnos perplejos?, me preguntaba en mi silla giratoria. Ahora nada nos parece asombroso. Y sin embargo lo más idiota nos conmueve. Todo es un refrito de lo bueno, pero a alguien que le apasione el oficio de la construcción no tiene por qué interesarle eso, al contrario, debe ignorar todos los comentarios de la banalidad de una época y seguir concentrado en su actividad de alto grado, decía Gustavo. Son fruslerías que sirven como pretexto para desmotivar y fomentar la flojera entre nuestros contemporáneos. Nadie se atreve a levantar algo grande porque la excusa es que ya todo está prácticamente hecho. Eso explica el auge de lo mediocre en este país de borregos y fanáticos, el culto a la sensiblería. Una fábrica de sueños Disney es más lucrativa que una exposición de horrores.

Qué duro es aceptar una narrativa de decepciones, pensaba en mi silla giratoria. Gustavo no sólo era mi compañero de investigaciones literarias y recorridos etílicos urbanos, era también un socio inestable con quien podía conversar acerca de mis patéticas inestabilidades.

Había conocido a Gustavo cuando repartía de forma gratuita pasquines de una red anarquista llamada El Libertario. Los anarquistas proponían una salida suiza de combate para poder superar ese molesto concepto del Estado. Pero era claro que no podías aplicar un anarquismo suizo disfrazado de latinoamericano, así como tampoco podías hablar de socialismo escandinavo para explicar la complejidad de nuestro país al norte del sur. Era muy sencillo mezclar realidades distintas, desde el centro a la periferia, porque esa actividad de extrapolar, hacer malabares de conceptos, vociferar la ignorancia para aplacar la ignorancia, era el hobby principal de los jóvenes de este país, que ya no sabíamos si vivíamos en el anarquismo o el zoocialismo, si era una cagada de la extrema izquierda o la extrema derecha. Al final éramos puras ideas de muertos, codicia de batracios y enanos. Generaciones perdidas en espirales de fibra óptica y revoluciones por minuto.

Nos resultaba (y nos resulta todavía) fácil imaginarnos el fin de todas las cosas, pero cómo nos cuesta imaginarnos una realidad distinta a esta, pensaba en mi silla giratoria. Cuando nos conocimos Gustavo me había ofrecido un ejemplar de La conquista del pan de Kropotkin, el cuál rechacé a cambio de un libro de Papini de cuentos titulado Palabras y sangre. Era claro que nuestros gustos literarios eran distintos.

Gustavo sabía pero no admitía la utopía escurridiza que sugerían las narrativas de nuestro tiempo. La excusa siempre puede ser que uno es sumamente joven y de pocas lecturas (poco experimentado), pero es lamentable cuando ves a personas mayores con excusas parecidas, que ponen en duda muchas cosas pero sobre todo la inteligencia propia, porque a veces llegamos a admirar a ciertas figuras por lo que dijeron o escribieron alguna vez, y luego después de un tiempo las vuelves a escuchar o leer y la fascinación de un principio se vuelve una especie de repulsión casi asesina.

Los adultos nos han engañado, ahora y que depende de nosotros recuperar el país, decía Gustavo entre moretones y escupideras de sangre. Toda una épica del desencanto. Mientras más crecidas veíamos a nuestras figuras de acción mayores eran los caprichos que conducían hacía la estupidez y la frustración. A pesar de tantas lecturas y experiencias no podemos dar ningún tipo de consenso a nuestras antiguas figuras de acción, que todavía sueñan desde una mentalidad infantiloide, y convencen a muchos de que basta sólo enlistar deseos y aferrarse a los delirios de mesías y escapularios. A la mayoría los años les pasan por encima sin cambiarlos en absolutamente nada: somos viles víctimas de un estruendo de cascos.

La salvación de Gustavo, y quizá la mía, lejos de todas estas ideologías rancias fue la estricta relación visceral con la poesía. También el consuelo de estudiar juntos en la escuela de sociología, en la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales. Ver clases con Gustavo generó entre nosotros una suerte de intimidad intelectual enfermiza, una complicidad adicional a nuestros íntimos procesos autodestructivos. Caracas no nos permitía ser jóvenes de otra manera. Nuestras conclusiones estaban mediadas por la ciudad que nos tocó de forma irreductible vivir (y sufrir), así como las visiones precarias del futuro, que por todo lo acontecido nunca existió. El futuro y la libertad son recursos indispensables de la imaginación.

Caracas fue para nuestras investigaciones el escenario ideal de una trama suicida. Una ciudad que reprochaba su pasado en el esplendor de lo que llegó a ser alguna vez. En sus ruinas de parque temático, en sus escaleras, en sus paréntesis y comas, en sus muros agrietados por la agitación, el disturbio y el descuido, recreaba eventos que ya no le pertenecían. El derroche evidente en sus esquinas y locales cerrados, en sus edificios y calles oscuras invadidas por la incertidumbre, por el sosiego embrutecedor que dejaron las promesas y la retórica. Legado apocalíptico nos dejaron las coreografías intensas de lavadoras y taladros petroleros en movimiento. Caracas daba la impresión desquiciante de estar siempre naciendo de nuevo. Una ciudad enferma, estancada en la nostalgia de lo que nunca podrá ser jamás. Caracas era el espacio carnavalesco por excelencia para la fundición de toda clase de sentidos, así Gustavo, así nosotros.

Nuestra labor detectivesca y libertaria, además de buscar pistas de maestros antiguos, consistía también en enterrarlos en todos los lugares posibles. Nos propusimos no sólo abrir una línea de trabajo literario, sino que además nos dedicamos a esconder bajo tierra y escombro incontables libros por la ciudad como parte de un oficio entusiasta. Excavadores empedernidos. Sembrar recuerdos y fijar paradas, decía Gustavo, con pala en mano y cigarro en boca caminamos por terrenos baldíos desde Parque Central hasta Parque Caiza.

Enterrábamos los libros porque carecíamos de un almacén decente para mantenerlos a salvo. Tenía la expectativa de que luego una vez abierta nuestra librería real los pudiésemos ofrecer al público. Al carecer de espacio enterrar libros era una tarea sucia pero provisional, como todo lo que se hacía en este país. Esconder libros en su mayoría robados que la tierra conservaría para evitar su devaluación exponencial, mantenerlos ocultos de la tirana inflación meteórica.

Era preciso elaborar un soundtrack para nuestras acciones, orquestar nuestra fantasía rocambolesca, nuestras ínfulas de grandeza, de que en actos insensatos nos podíamos perpetuar en las cosas. Las descargas de la banda punk Eskorbuto: Mucha policía, poca diversión, Cerebros destruidos, mis canciones favoritas del disco Maldito País, y seguido en modo aleatorio la ópera del Barbero de Sevilla, el Adagio un poco mosso de Beethoven, fueron referencias para equilibrar nuestro oficio librero acabatrapo. La música era la forma de salvación de todas nuestras pesadillas, pensaba en mi silla giratoria. No tenía ningún sentido nuestro trabajo, la verdad tampoco importaba mucho lo que podía pensar la gente.

En la escuela éramos un par detestable. Ahora sólo soy un idiota detestable. Nuestra praxis política era un afán de recrear una parodia. Este el sueño de los héroes, nuestro sacar en cara el mañana, decía Gustavo. Nuestra diversión orbitaba en la piromanía y el mar. Varias veces nos entretuvimos quemando montañas de libros de autoayuda y ejemplares de El Principito, convenciendo a estudiantes confusos que en el fuego y el ska estaba el sentido de la vida, que bailar alrededor del caos era una terapia de redención: lo esencial es todo eso que aterra y nos encandila los ojos. Queríamos llevar todo al extremo. Mientras me balanceaba en una hamaca a las orillas de una playa en Unare, pasando los demonios de la resaca, Gustavo aprendió a hacer nudos marinos. Meditó de manera silenciosa la eficacia de una soga.

A Gustavo lo encontraron ahorcado en la terraza de su casa en Alto Prado. El suicidio, como todos, ocurrió en una hora imprecisa. Los cuerpos forenses al llegar a la escena hicieron una revisión exhaustiva de la casa en Alto Prado, que consistía en interrogatorios a los vecinos y el saqueo de bienes materiales que nadie volvería a reclamar. ¿Cuáles eran los bienes de Gustavo?, sus libros sobre materialismo histórico, su franela de los Tiburones de la Guaira, equipo que lastimosamente no vio ni verá ganar. Sus novelas rusas de resurrección y filosofía griega, su colección personal de textos de García Bacca publicados por la Universidad Central de Venezuela. Su petaca de acero inoxidable para el ron, el cocuy, el vodka, o el aguardiente. Los poemarios de Ludovico Silva: el poeta más lacra de nuestro tiempo, y Sor Juana Inés de la Cruz: hombres necios.

Recuerdo que varias veces caminando por Sabana Grande Gustavo me preguntaba: ¿Dónde aprendió tanto Sor Juana Inés?, y yo le respondía que de sus encierros con Dios y de sus escapes por el mundo. Era claro que se masturbaba fantaseando con el propio Cristo, decía Gustavo. Una experiencia religiosa la dotaba de versos poderosos, pensaba en mi silla giratoria. Una experiencia así también la puede provocar el contacto de una cuerda con el cuello, un pie en el piso y otro pie en el vacío, a solo un paso de sumergirse en la nada, el instante le da un valor ingrato a toda clase de fuga.

Días después del entierro de Gustavo en el Cementerio del Este tuve que ir por petición de su madre a lidiar con la monstruosidad que había dejado su hijo. Al parecer yo era el único capacitado para ordenar y examinar todos los escritos relacionados con la (excesiva y minuciosa) investigación y documentación personal. Incontables pilas de libros me reprochaban las tareas pendientes. Bocetos y dibujos en bolígrafo me sometían a una labor casi arqueológica de levantar hechos imposibles.

La casa de Alto Prado estaba bajo los efectos siniestros del suicidio de Gustavo. Las personas que rondaban la casa también estaban bajo la sombra del suceso. Se movían de un lado a otro, como espectros agitados por el parentesco y la locura. Yo también estaba bajo la impresión del suicidio de Gustavo. La expresión que todos podíamos demostrar en la inmensidad de esa casa, construida por los padres ingenieros de Gustavo, con el fin de destinar ese espacio al habitar de la máxima felicidad posible de todos, era el asombro de una ruina de proporciones arquitectónicas molesta. En cada pasillo un eco insistía en un dolor sostenido. No sólo estaba el olor de libros viejos y cosas guardadas en cofres, vitrinas y gavetas, sino el olor mismo del encierro y de la muerte.

Tanta tristeza gris como la niebla. Ordenar y examinar. Era algo que hubiese querido él, decía la madre de Gustavo, que continuaras con aquello que habían emprendido juntos. Algo que hubiese querido él. Cinco palabras que formaban un deseo desagradable. ¿Algo que hubiese querido él? Realmente no lo sé.

Era ya una incomodidad dolorosa para mí sentarme en el escritorio de trabajo de Gustavo. Ordenar y examinar los escritos relacionados con nuestra investigación acerca de la identidad lectora caraqueña. Una investigación que se trataba de un trabajo inédito en la escuela de sociología, que exigía el más alto grado de concentración y calibración, porque toda labor innovadora promovía una destrucción paulatina del cuerpo, así Gustavo.

Mi mayor malestar fue encarar entre confusión y lágrimas la monstruosidad de mi amigo. En medio del desorden tenía la sensación de estar asfixiándome a la orilla de un río.

Es lamentable que sean siempre esas personas que quisimos tanto por su talento y cuya cercanía era tan amena y especial, aquellas en las que descansaban nuestras esperanzas, las primeras en irse, las que tienen el valor descarado de matarse. Comprendí que muchos en un momento determinado son aniquilados por la monstruosidad de sus vidas. Uno puede decidir lidiar con ella, asumiendo que incluso tal monstruosidad nos amenace y haga de nosotros algo más terrible. No existen garantías de lo que podamos llegar a construir. Los costos de construcción son elevados y demenciales. Todos tenemos un punto decisivo en nuestra vida en la que podemos evadir o acometer y terminar nuestra monstruosidad, asumirla como una obra de arte escandalosa que sólo podemos afrontar en un desamparo absoluto, solos, y en donde todo está en nuestra contra.

Rabia espumosa. Gustavo me había dejado con sus Pobres Gentes y Noches Blancas. Me había dejado el pelero. Ahora me tenía que debatir solo con la monstruosidad que habíamos emprendido juntos, una empresa intelectual de construcción que no podía ejecutar nadie más que nosotros, porque muchos tenían esos deseos de construir algo pero no todos estaban capacitados para construir. Ya en una ausencia donde la desgracia era impeorable buscaba la empatía del suicidio. Me parecía digno de valor que alguien de forma violenta decidiera irse de este mundo estúpido. Pensándolo fríamente en mi silla giratoria me pareció que ahora podía estar mejor, que fue la decisión más sensata que pudo haber tomado. Sé que esto resulta descarnado, pero me alivia pensar así.

Sólo quedan reflexiones póstumas del suicidio de Gustavo. La vida por muy caótica que fuera tenía que seguir. En esa casa de Alto Prado hice un recorrido inquieto de los espacios vacíos de un criminal cuya tesis violenta nunca retrocedió ante nada. Era parte de mi duelo convertir esa desgracia en una obra, reconstruir los hechos de la manera más egoísta posible, asumiendo un estado de agotamiento mayor, una forma desesperada de conservar a mi querido amigo en las tinieblas letras, en el éxtasis del recuerdo.

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Alexander JM Urrieta Solano

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Autor: @LiberLudens

También los animales son ciudades.

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