Registros de un huésped.
Crónica para Cangrejo (28 de febrero)
Me remito a la versión breve y perturbadora de mi padre. Una amiga cuenta que su Tía en Cabudare se encontró después de mucho tiempo con una señora que le limpiaba la casa. Hay saludos y extrañamiento: «Hola vale, ¿cómo estás? Tanto tiempo, ¿Qué pasó contigo? » – «Bueno nada, estaba perdida pero ahora estoy aquí. Cuando lo necesite puedo pasar y limpiarle la casa como antes» – «Está bien, en cualquier momento la llamo y cuadramos». A los días la señora de manera inusitada se aparece en casa de la Tía. «Pero si yo no te he llamado, además tampoco tengo como pagarle» – «Estoy aquí para ayudarla como le había dicho, por el dinero no se preocupe». La señora se ha puesto a limpiar la casa de la Tía. Pasan las horas y en eso se hacen las cuatro de la tarde y la señora ha terminado pero no se ha ido sino que se queda viendo televisión en la sala de lo más tranquila. La Tía inquieta le dice que ya es tarde y que después de las cinco ya no hay transporte para volver. La señora le dice que tiene razón que va a salir a ver si puede tomar el transporte, «en caso de que no encuentre me regreso para acá». Pasó el rato y como era esperarse (o no) la señora regresó a la casa. «No encontré transporte, me vine a quedar». En vista de esa situación la Tía y su esposo le preparan una cama para que pase la noche. Aquí en el relato se presenta una laguna, a la pareja les pegó el sueño y se durmieron. A la mañana siguiente la pareja despierta y ven que la señora los había mudado. Durante la noche según algunos testimonios confusos llegó un camión a la entrada de la casa con dos hombres, sombras que entraban y salían de la casa llevando cosas en medio de la oscuridad. Lo que al final quedó fue una casa vacía, la confianza desvalijada de un par de ancianos sin derecho a prórroga, y un retrato sutil de la miseria humana típica de este país.
Crónica para Cangrejo II (19 de marzo)
Venezuela después del apagón es un retrato decepcionante que vale la pena compartir. No puedo decir que luego de todo este episodio de malestar provocado por otro malestar me haya generado alguna expectativa de que algo mejorara. Aquí se puede vivir tranquilo sin expectativas porque aquel que no tiene expectativas es menos propenso a las decepciones que nacen cuando se tienen altas expectativas. Es claro que nada pasó, por suerte no me generé ninguna expectativa, no obstante vivo decepcionado porque antes me había creado grandes expectativas que llegaron incluso a darme cierto alivio esperanzador, porque en la vida uno no puede vivir sólo de realidades sino también de ilusiones, por muy mediocre que suene esto se trata de una verdad incómoda, nuestra vida es un compendio de mediocridades e ilusiones que en conjunto monstruoso nos plantan en la decepción más grande, que es la conciencia de seguir aquí, jugando a estar vivos, insistiendo en legados de milicos muertos. Hay una imagen desagradable del apagón que nunca me voy a poder quitar de encima. Un recuerdo insignificante para adornar la memoria revolucionaria. Ese día jueves, cuando estaba tratando de regresarme a mi casa, la noche me agarró por la altura de Bellas Artes. El regreso era agitado y desesperante, se trataba quizá de la marcha más honesta en la que todos, sin importar lo que pudiésemos creer o defender, estábamos juntos en masa moviéndonos hacía alguna parte, obligados a unirnos por una causa estúpida, porque aquí ya se hizo costumbre movilizarse por cuanta cosa hay de estúpida. Se trataba de la prueba empírica más aberrante de la igualdad, la evidencia de nuestra banalidad como país, de que no estamos preparados para lidiar con nada, y que el motor más poderoso de este proceso es las indiferencia y el miedo. Por la altura de la Hoyada, en la esquina los Chorros ya no se podía ver nada. El terror se había apoderado de mí. El hampa se aprovechaba de toda esa confusión para robar a los desprevenidos. Por instinto nadie quería quedarse solo. Ya llegando a Capitolio me esperaba lo peor. Por el Palacio de las Academias el caos estaba en su máxima expresión. Las únicas guías eran las sombras, provocadas por los destellos de luces intermitentes de los carros. Entonces allí estaba, en medio de toda esa oscuridad, al final lo único que podía verse era la llama soberbia del Cuartel de la Montaña. El terror de aquella escena me hizo sentir una rabia incomprendida y exagerada, sin darme cuenta me había convertido en otra sombra más dentro del todo, un sombra cuya opinión era irrelevante. Así se siente vivir en Venezuela. Pero eso ya no importa. Yo solo pienso en la Patria Grande, en que soy una pieza joven fundamental de algún proceso kafkiano, intentado llegar a alguna parte, ignorando todo principio y fin, sometido a las fuerzas de mi pequeñez. Lo que más puede dolerme son las formas en las que hemos perfeccionado nuestras maneras de perder el tiempo. Un oficio de entusiastas y tiranos individuales. El respaldo de que la Revolución de la conciencia crece y da frutos inesperados, sorpresas provenientes de la oscuridad. No habrá tiempo mejor para nosotros que este, el único posible.
Apuntes para Falke: el mercado (15 de abril)
Como todos los domingos me di una vuelta por el mercado de los corotos que hacen en los espacios de la sede principal del partido Acción Democrática, la Casa del Pueblo, ubicada en El Paraíso, un lugar repleto de nostalgia donde la basura de unos resulta ser el tesoro de otros. Espacio destinado a festividades, mercado andino itinerante, y alguna que otra celebración de militancia donde se vocifera sin asco las palabras Pueblo, Libertad, Democracia y otras tantas peroratas que alimentan el recurso de la imaginación de los hombres, un lugar de promesas donde se juega con los sueños de la gente. En los días sin importancia la Casa del Pueblo sirve como arena para ancianos que invierten su tiempo en partidas eternas de dominó. Atravesando el patio hay una parte techada con ventiladores colgantes que más que aire reparten una suciedad de años. Siempre al caminar por ahí me provoca una congestión nasal que es tolerable mientras encuentre algún coroto de interés. En medio de ese lugar hay un podio de madera con el logo del partido que se utiliza para todos los eventos donde resulta indispensable que alguien se pronuncie ante las multitudes. No le había prestado mucha atención al lema del partido, hasta que leí en el podio y pude detallar que faltaba una letra, la letra «y», entonces el mensaje curvilíneo decía: «Por una Venezuela libre _ de los venezolanos». Un pequeño detalle que carece de importancia, el descuido de las palabras, por no decir de todo un enunciado, que al final resulta convertirse en una forma de vida, una ley incuestionable que se impone desde las tinieblas letras, un descuido que refleja la realidad del país, donde pocos se toman la molestia de leer, porque esa actividad de resistencia requiere de un esfuerzo que no todos están dispuestos a tomar, mirar de otra forma es un trabajo doloroso pero necesario en tiempos tan difíciles y mediocres como estos. Resulta irónico que en los detalles más nimios se marque el destino trágico de todos. Tampoco hay consuelo en la corrección. El lema del partido con la letra que falta tiene un significado más inverosímil que el otro, una quimera discursiva que raya en el insulto de la inteligencia. En esa ausencia de letra es más cómodo vivir, porque es claro que Venezuela sería otra cosa sin los venezolanos. No puedo reprocharle nada a quien esté de acuerdo con eso. Yo he sentido asco de mi propia gente en la medida que siento asco de mi mismo. Y es algo terrible. El contraste del mensaje con el ambiente de abandono, los corotos regados en sábanas y tarantines improvisados, esa necesidad de buscar lucro en aquellas cosas inservibles eran síntomas de un presagio. Era el diagnóstico de una enfermedad personal. La radiografía de un país que no tiene noción de lo que fue ni mucho menos de lo que será, y que concluye que puede ser libre cuando por fin se libere de lo que aparentemente es.
Pa’la otra jorobado (16 de abril)
El incendio de la Catedral de Notre Dame ahora se trata de una «pérdida para la humanidad», «un fragmento de la humanidad». Se quemó la Catedral, «una tragedia para la humanidad». Ahora todos se muestran interesados porque es la «Historia de la Humanidad» la que se «ha perdido». Y ahora los conmovidos son todos, incluso los que no formamos parte interesante de esa «humanidad», incluso esos que aceptan que otros determinen cuando algo amerita ser tildado de «humanidad». Ahora es la Historia de todos, por un instante, una vez más. Lo más terrible de este asunto es tener la certeza que este evento la semana que viene perderá vigencia para ser reemplazado por otro, porque en el fondo no nos importa. Así de irritante es el siglo de la hiperinformación. La velocidad de los eventos no tiene concesiones ni siquiera con las cosas «sagradas». La hipocresía si es una cualidad clara de la Humanidad. Es curioso como ante tantos sucesos que ocurren a diario, en su mayoría terribles, devastadores, invisibles ante el totalitarismo insano de los medios de comunicación, de constantes destrucciones y pérdidas irremediables (a diferencia de la corona de Cristo), hayamos aprendido a diferenciar los casos que son de la Humanidad y los que sencillamente no lo son. Cuando a Europa le duele algo nos tiene que doler a todos. Expresar estas cosas bien puede caer muy mal, pero negarlas es de cínicos.
Apuntes para Falke II: Zerópolis (7 de mayo)
Caminar Caracas forma parte de una gimnasia de la decepción.
Fui a la Catedral de Caracas porque quería ver «La última cena» incompleta de Michelena. Una referencia precaria de nuestra realidad impregnada en las paredes de un templo. Llegué y sólo estaba abierta la parte de la capilla, pero entre rejas se podía ver todo el inmenso espacio a oscuras cerrado al público. Pregunté por qué estaba cerrado y me dijeron que ahora la Catedral no puede abrir todos los días porque se tenía «que ahorrar la luz de los bombillos, porque reponerlos sale muy costoso y no hay fondos para pagarlos». Qué tristeza, pensé. ¿Qué queda para el resto de las Iglesias? ¿Qué queda para el resto de Caracas? Por mucho entusiasmo que podamos tener al andar, los espacios sólo reflejan la derrota y el descuido de sus habitantes, la ingratitud de los rostros cansados, sometidos a un proceso monstruoso de humillaciones, producto de una mecánica de la soledad, de gestiones deportivas colectivas donde la regla es determinar cuánto tiempo hemos perdido lidiando con alguna banalidad, banalidad que luego contamos a nuestros conocidos como parte de nuestra épica urbana, nuestra narrativa personal de frustraciones y fracasos. Hay que aceptar una rutina donde no existe la planificación, la improvisación es nuestro método de primera necesidad. Uno puede diagnosticar las enfermedades de una Ciudad por sus esquinas rotas, sus calles y locales cerrados, sus estatuas y plazas amputadas por el olvido y el vandalismo de años, símbolos confusos impuestos que promueven la desmemoria y el delirio. La ciudad sugiere pequeños oasis para que la gente se distraiga mientras evade su tristeza y la confunde en una mofa, en una diversión breve porque aparentar es más sensato que aceptar la realidad incómoda de todos los días: que para llegar a todo nicho de placer hay que atravesar calles repletas de basura y respirar un aire de mierda, de sincera humanidad, de justicia social, palabras de las cuales se jactan muchos fanáticos cínicos, militantes conformistas. En anuncios revolucionarios gigantes se irrita la mirada de los transeúntes: vallas de odio que promueven amor, ministerios de burocracia, murales mutantes, toldos, consignas, bulla obligatoria, turbas unicolores, poblaciones armadas y colas infinitas, toda una feria de vanidades y abandono. El esfuerzo siempre ha consistido en producir imágenes eficaces y violentas. Hemos aprendido que la cotidianidad es una eterna guerra contra enemigos invisibles, el día a día es una adaptación absurda de nuestra lucha por seguir existiendo sin perder los estribos. Caracas es un reflejo molesto de una ciudad que aspiró siempre ser otra cosa.
Apuntes para Falke II: Escaleras (19 de junio)
Hoy en la estación de Plaza Venezuela vi algo que me dejó bien trastornado. Saliendo del vagón en dirección Propatria fui llevado por la inercia típica de la multitud a las escaleras. Mucha gente. Ya uno se acostumbra al verdadero olor de la humanidad: sudor y mierda. La opción es que no existe opción, sólo alternativas revolucionarias, las únicas posibles, las más terribles porque siempre logran, de forma asombrosa, decepcionarnos. Subía con lentitud. Vi que la gente se empezó a arrimar dejando despejado el lado izquierdo de las escaleras. Arriba, un hombre se ha salido de su silla de ruedas para bajar las escaleras a mano, arrastrándose de escalón en escalón. Lo seguía detrás un muchacho que cargaba la silla de ruedas. Mientras iba bajando la silla dejaba en cada escalón un rastro de jeringas y baquelitas. Regresé por donde había empezado. Recogí cada pieza que iba cayendo y se las di al hombre que las metió en su bolso tricolor colgando en la silla de ruedas. En el fondo los parlantes anunciaban con una voz femenina que a partir de la fecha «x» el sistema metro va a cobrar. Algo irónico, como si el metro en todo su sistema nefasto no le cobrara suficiente a sus usuarios. Hay que ver de qué manera nos han puesto a arrastrarnos hacia el vacío. ¿Qué diferencia son unos cuantos bolívares, cuando el precio más duro que pagamos en este país es nuestro insignificante, devaluado y asqueroso tiempo?
Línea de San Ruperto, un relato para Michel (24 de octubre)
En la camionetica para ir a la Universidad un señor venía hablando con una señora sobre la crisis política. Que este gobierno acabó con «todo lo bello que teníamos como país», los valores, la cultura y todas esas cosas abstractas que siempre nos dicen que se han perdido, y que nadie sabe dónde coño están.
El señor hablaba muy duro, lo que hacía que sus comentarios fueran más molestos, porque aparte que a nadie le interesa tu postura personal de la crisis en una camionetica, tampoco eran pertinentes ni constructivas las cosas que decía. Eran las ranciedades típicas de los adultos, de esos que parece que el cerebro no les da para más, como si la crisis la llevaran por dentro y la negaran ofendiendo a los demás. Eso lo comprobé más adelante.
La señora asentía y le respondía al señor cosas incomprensibles, y el señor la motivaba diciéndole: «usted sí sabe bastante, la felicito, me atrevo a decirle que sabe mucho, si quiere le hablo en términos económicos para que nadie me entienda, soy un egresado de la Universidad Central». Se ríe y sigue hablando, la señora hace una sonrisa de alguien que ha perdido su prótesis dental. Yo iba como siempre, tarde a alguna parte, y trataba de concentrarme en mi lectura.
El señor le preguntó a la señora si leía, y ella le decía que no tanto por problemas de la vista. El señor decía que él se consideraba un «lector empedernido», que había leído mucho y que en su casa habían demasiados libros. Le empezó a hacer un test a la señora: «¿Ha leído a Dostoyeski: El Jugador, Cumbres borroscosas, El Principito, Cien Años de Soledad? El Gabo, he leído casi todo lo del Gabo, Vargas Llosa también, claro… ¿Ha leído El Extranjero?, ¿El túnel? Todas esas joyas de la literatura…Ya los jóvenes no leen nada, son flojos, todo eso se perdió, ahora todo es el celular y reggaetón».
Por la altura de la Iglesia San Pedro se montó un señor y la conversación de literatura había cambiado de nuevo por la crisis. «Esta ciudad horrible, sucia, eso es culpa de la alcaldesa», dijo el señor lector, a lo que el otro señor recién llegado gritó un No sostenido y asertivo. Se metió en la conversación: «En la avenida Urdaneta hay treinta y ocho edificios invadidos, y todos respaldados por la Alcaldesa de Caracas»
«Esa alcaldesa», dijo el primer señor, «aparte de periquera, lesbiana…Bueno, lo de lesbiana se lo Perdono porque Yo no soy homofóbico». «Esas cosas igual se ven muy mal en una mujer», dijo la anciana. «Ellos siempre promueven lo malo».
Gracias por aclarar a todos sus puntos de vista, señores Pajúos. ¿Cuántos sujetos como estos andan todavía existiendo en esta ciudad, en este mundo asqueroso?
Al bajarme en Las Tres Gracias recordé una cita de Gabriel Zaid que me dio algo de alivio: «La medida de la lectura no debe ser el número de libros leídos, sino el estado en que nos dejan». No importa lo que hayas leído, lo imbécil no te lo quitan ni las mejores joyas de la literatura, ni mucho menos un egreso de la Universidad Central.
Sin título (11 de noviembre)
Me encantan tus memes, pero tus opiniones políticas son una mierda. Igual te sigo teniendo como amigo.
Hay una cosa que no entiendo. Esos venezolanos (por meterme exclusivamente con mi gente) en condición de inmigrantes que desde su marginalidad hablan con tanta propiedad de políticas exteriores, pero lo único que saben hacer (porque el cerebro no les da para otra cosa) es satanizar lo que ellos entienden por izquierda, (como una forma de explicarse a ellos mismos algo desde un trauma, una opinión visceral que inspira lástima y hasta da pena ajena) , pero lo que es peor, lo contraponen con eso que, a cosa de no saber cómo llamarla, no es para ellos izquierda, y algo que es mucho peor, lo que para ellos se trata en su lógica de algo que está bien: «El consumismo es libertad», «Democracia es lo que entiendo está bien», «el determinismo social es lo justo», «el aborto no debería ser gratuito porque eso lo pago con mis impuestos», «el pobre es pobre porque quiere», «La educación no debería ser gratuita, lo privado es mejor»…(usted lector ya se va haciendo la lista de comentarios en su memoria, si acaso tiene alguna).
Este venezolano no sabe conversar. No le interesa contrastar la banalidad de su vida con otras distintas a la de él, es demasiado feliz porque puede despotricar su tierra y la de otros sin que le quede nada por dentro. Son nuestro mejor producto de exportación. Expertos en cualquier materia que se acomode a sus terrenos. Todo lo que no le parezca es comunista, todo reclamo social es de izquierda, todo lo distinto parece entrar en una cajita feliz de inconformidades, y así viven tranquilos, insultando a todo el mundo. Su desmemoria la equilibran con su incapacidad de asimilar que el mundo donde viven no es una batalla minimalista entre socialistas y capitalistas. A estas alturas, y con tanta información y opiniones circulando, hay que ser demasiado idiota para creer que el mundo se puede reducir así.Somos demasiado tolerantes con la gente que se enorgullece de ser intolerante. Basta que ocurra algún evento polémico en alguna parte para que estas personas salgan a la luz con sus «opiniones constructivas» del panorama. Uno por respeto atiende y lee sus comentarios y lamenta que el paso del tiempo no les haya enseñado nada.
Comparto la cita de un compañero, cuyas palabras me dieron un alivio de que todavía hay personas que tienen la lucidez necesaria para estos momentos tan caóticos: «La gente en Latinoamérica se rebela contra el poder sea de derecha o de izquierda. Ojalá veamos los contextos con una visión periférica y así podremos entender la ira de la gente en la región, sin tanto fanatismo ramplón.»
Sin título (13 de noviembre)
En resumen: ¿Quién quiere asumir la responsabilidad de un grupo de gente que al perder la paciencia esperando a su artista termina arrojando sus zapatos a la tarima en señal de protesta, y que encima termina aplastándose y matando a unas cuantas personas? ¿Les parece justo que el «artista trap del año» tenga que pagar el costo elevado de su público?, ¿o será que los creadores del artista tienen que asumir por igual los frutos de su siembra? Tal vez lo mejor será olvidar el suceso, así como se supera cualquier atrocidad en este país. Mejor así.
¿Día del estudiante? (21 de noviembre)
El día del estudiante pasó a ser parte de otra celebración fetiche de nuestro calendario litúrgico. Hoy después de ser parte de otro espectáculo que no llevó a nada, pude ver que el día que celebran con tanta pomposidad mediocre es el día donde la universidad está más sola. Abandonada, a merced de una inmensidad que nadie quiere terminar de aceptar como la verdadera evidencia de la derrota. Una ironía, que parece que los movimientos estudiantiles pueden soslayar sin ningún tipo de problema.
Tal vez el acto de protesta exonera requisitos como la personalidad y la inteligencia individual. Es tan difícil tener un criterio propio en medio de un país donde se condena toda diferencia ajena a lo polarizado. Vi dentro de la marcha personas muy comprometidas, gente muy empática con la lucha, pero subordinadas a figuras que se esfuerzan más en quedar como celebridades destacadas y personalistas, como rudas piezas mandadas a hacer desde los partidos políticos que tanto daño le han hecho al país, jugando con las promesas de las personas que a pesar de tanta mala racha siguen creyendo en ellos. Vi muchas discusiones entre los mismos líderes. Era la misma fragmentación que producen los intereses y los caprichos personales. La gente comentaba estas incongruencias en la marcha, que prácticamente fue una procesión que culminó en la entrada de Bimbolandia.
Lo que resultaba más molesto es que en el país se celebraban dos versiones del día del estudiante. En Plaza Venezuela, estaba una gran fiesta con filas de autobuses estacionados, y allí estaba toda esa marea de jóvenes traídos de muchas partes con sus franelas rojas, con sus propias versiones del futuro, posando en la fuente activa de la plaza, mientras unas cornetas ponían música a todo volumen diciendo que hoy era un día de celebración porque estaban los estudiantes que luchaban por la paz. ¿Qué paz era esa?
En la Universidad Central, en Plaza del Rectorado, había otra fiesta, de banderas y gritos que justificaban los hechos del pasado, yo me pregunto hasta qué punto los venezolanos, al menos los que se jactan de ser estudiantes, usan el argumento del pasado para justificar la incompetencia del presente.
¿Qué se supone, según la versión del gobierno y la oposición, es ser estudiante? Creo que para ambos somos lo que con propiedad llaman unos pendejos generacionales. Se esperan grandes cosas de nosotros.
Las redes eran otra cosa, una versión hiperbólica de lo que en realidad estaba pasando. Las redes estaban encendidas exaltando una figura abstracta, casi idílica, de un Estudiante que difícilmente estudia, pero que constantemente se ve comprometido a luchar, se le exige que haga algo: el tomar protagonismo en eso que de manera irrisoria llamamos el futuro. Una serie de cargas sobre ese imbécil que si no participa en la vida política y descuida lo que realmente lo hace ser estudiante, lo convierte en un ser invisible, que viéndolo de esta manera tan descarnada, tal vez diste mucho de lo que muchas personas esperan de nosotros. Como siempre, solemos decepcionar a más de uno.
Pero mañana la fiesta sigue, y de seguro la universidad estará llena, porque la celebración también ofrece su circo de consuelo, para que tampoco nos sintamos tan mal, mientras nos ofrezcan la comida de un comedor que ahora solo sirve comida de manera exclusiva e itinerante, porque también se nos olvidó que no hay que esperar a cierta fecha lunar para ver que las cosas funcionen de vez en cuando, y que aparte tengamos que sentir una clase de orgullo por ello… Entonces, luego de estas incómodas conjeturas, me pregunto de nuevo: ¿qué se supone es ser un estudiante?
Fin de semestre sin novedades (3 de diciembre)
Todos los finales de semestre acaban siempre con una anécdota deprimente. Este oficialmente es para mí el penúltimo. El malestar personal y la empatía hacia mis compañeros me trasmiten otro malestar parecido pero elevado a la ene. Es algo triste decirlo pero sus problemas también son mis problemas. Es como una acción en cadena.
Los números no dicen nada de las personas, sus posturas y silencios sí. Esa es la lección más importante. Hay quienes deberían tener la decencia mínima de admitir que no sirven para ciertas cosas. No me interesa lidiar con personas cuyo afán esté en sacar buenas notas, y quedar bien con los maestros en su sentido jalabolista, mientras se olvidan del resto del mundo, y olvidan los principios de lo que es un trabajo en equipo. Creo que esos temas hay que superarlos como el bachillerato, la cuarta república y la gran Venezuela. Hay personas que pretenden liderar cuando apenas son capaces de liderarse a ellas mismas. Esto es una apreciación general que me da la experiencia de la universidad. Incluso hasta la vida real resulta ser hasta más grata, porque al menos no esconde su ruindad natural, que es la rutina. La Escuela es un simulacro de pequeñas proporciones.
Ayer un compañero fue a solicitar su kardex en la oficina de control de estudios de la Facultad. La visita fue bastante breve. La respuesta ante su solicitud fue esta: «Olvídate de eso»; mientras tanto los movimientos estudiantiles hacían el recorrido guiado a los nuevo ingreso por la Universidad, recorrido encabezado por unas personas que a convenio de los mismos partidos eran llamados «los imparciales», porque la muta política, sin personalidad, necesita etiquetar a las personas, porque el mundo se divide entre moluscos y mariscos.
El recorrido, anclado a nuestras tradiciones más elementales, difícilmente genera alguna inquietud. Lo que resulta irónico son los hechos simultáneos: por una parte la exaltación de la universidad en un lenguaje romance, que pierde su encanto durante el curso de la carrera, que no está mal, grave es mantener ese romance imposible con los espacios que nunca fueron nuestros; y por el otro lado el desgaste en su estado puro, de quien ya no es nuevo y tiene que «olvidarse de eso», porque ya todo ese culto al monumento solo es parte del protocolo de iniciación a la decepción. ¿Con qué motivaciones uno puede seguir estudiando? Ante este panorama lo mejor es que nos indiquen dónde queda la salida y agilizar la huida lo más pronto posible.
Mi compañero indignado hacía los contrastes de los eventos del día. Le parecía, con bastantes razones, alarmante que todo el mundo estuviese preocupado por figurar en la captación de los nuevo ingreso, y que nadie estuviera pendiente de problemas tan puntuales, como el que alguien no pueda sacar su kardex, y que la respuesta de las entidades competentes sea: «Olvídate de eso»; otra cosa peor está en que no hay una respuesta agradable que puedas darle a un nuevo ingreso cuando te pregunta dónde quedan los baños. A uno se lo come la vergüenza por dentro.
Cuando expresas una queja, tienes que incluso sentirte mal, nadie puede darte un respaldo, porque tú tampoco respaldas el movimiento, y uno piensa que solo bastaba con ser estudiante para sentir que alguien te representa sin ninguna clase de distinción. Entonces te haces enemigo de la institución que te repudia por reclamar y de aquellos que te dicen que te van a representar, mientras no los cuestiones bajo ningún concepto. Supongo que la política nunca será lo mío, cada vez la entiendo menos.
Comparto un cita de un ensayo de Thoreau: «Desobediencia civil», en donde me tomé la libertad de cambiar las palabras Gobierno y Estado por Universidad. Aunque en este punto todo viene a ser como lo mismo, todos por igual nos han dejado morir:
«Si la injusticia forma parte de la necesaria fricción de la máquina de [la universidad], dejadla así, dejadla. Quizás desaparezca con el tiempo; lo que si es cierto es que la máquina acabará por romperse. Si la injusticia tiene un muelle o una polea o una cuerda o una manivela exclusivamente para ella, entonces tal vez debáis considerar si el remedio no será peor que la enfermedad; pero si es de tal naturaleza que os obliga a ser agentes de la injusticia, entonces, os digo, quebrantad la ley. Que vuestra vida sea un freno que detenga la máquina. Lo que tengo hacer es asegurarme de que no me presto a hacer el daño que yo mismo condeno.
En cuanto a adoptar los medios que [la universidad] aporta para remediar el mal, yo no conozco tales medios. Requieren demasiado tiempo y se invertiría toda la vida. Tengo otros asuntos que atender. No vine al mundo para hacer de él un buen lugar para vivir, sino vivir en él, sea bueno o malo. Un hombre no tiene que hacerlo todo, sino algo, y debido a que no puede hacerlo todo, no es necesario que haga algo mal.”
La máquina de contenido (10 de diciembre)
Un amigo me manda un anuncio de trabajo. Redactores creativos de diversos temas: productores de plástico, ideas bajas en calorías y sintáxis, nada de exigencias para el lector. Cuatro mil palabras por un dólar. El anuncio era exclusivo para personas de Venezuela. «Preferred qualifications». Eso me molestó bastante.
«Native Spanish Speakers: no experience needed». Es claro que las únicas personas que se necesitan para esta clase de trabajo son venezolanos. Sacando la cuenta, cuatro mil palabras llegan a ser casi diez cuartillas de contenido. ¿De qué?, piensa cualquier cosa. No importa el tema del que tengas que escribir, es demasiado. Primero se ve la devaluación y la poca seriedad con que se asume el ejercicio de escribir, que no hay que tomárselo en serio.
Viéndolo así no es la gran cosa, cualquiera puede hacerlo, no hay exigencias para escribir sobre una banalidad y mandarla al hiperespacio, así no sepas qué decir, igual puede llegar a personas que apenas sepan leer. Claro que tampoco hay créditos. «Lots of work aviable». La segunda cuestión es más deprimente, y es que el venezolano no sabe el valor de su trabajo, no tiene idea de cómo ponerle un precio a su tiempo, algo que es irrecuperable, y que aquí resulta ser la medida de cambio para todas nuestras transacciones.
Todos sacan jugo de la misma situación. El sub-sub-sub-contratado dispuesto a servir, porque incluso, llegaría a producir a un ritmo endemoniado más de lo que haría en un horario normal de trabajo bajo sueldo mínimo ¿Pero a qué precio?. Y encima hay que agradecer porque esta forma posmoderna de trabajo resulta ser una arista de la ayuda humanitaria que aceptamos sin mucho escándalo. «Nos toman en cuenta».
El freelancer no es un emprendedor de nada (el cree que lo es), tampoco es dueño de su tiempo, simplemente es su propio esclavo y opresor. Nueve de cada diez enfermedades del ahora son producto del estrés y la irritación de las pantallas. Hay que conformarse con las compensaciones mínimas de esos esfuerzos demenciales. Te sientes mejor cuando mides la desgracia de otros. Luego ves a generaciones de personas agotadas, tragando series y consumiendo lo que pueden, como si se tratara de un lujo el poder costearse la fibra óptica.
Aprovecho en anotar en mi cuaderno algo sobre la «Sociedad del cansancio», de Byung Chul-Han, que no me hace sentir mejor:
«La sociedad disciplinaria de Foucault, que consta de hospitales, psiquiátricos, cárceles, cuarteles y fábricas, ya no se corresponde con la sociedad de hoy en día. En su lugar se ha establecido desde hace tiempo otra completamente diferente, a saber: una sociedad de gimnasios, torres de oficinas, bancos, aviones, grandes centros comerciales y laboratorios genéticos. La sociedad del siglo XXI ya no es disciplinaria, sino una sociedad de rendimiento. Tampoco sus habitantes se llaman ya «sujetos de obediencia», sino «sujetos de rendimiento». Estos sujetos son emprendedores de sí mismos.
La sociedad de rendimiento se desprende progresivamente de la negatividad. Justo la creciente desregularización acaba con ella. La sociedad de rendimiento se caracteriza por el verbo modal positivo poder (können) sin límites. Su plural afirmativo y colectivo «Yes, we can» expresa precisamente su carácter de positividad. Los proyectos, las iniciativas y la motivación reemplazan la prohibición, el mandato y la ley. A la sociedad disciplinaria todavía la rige el no. Su negatividad genera locos y criminales. La sociedad de rendimiento, por el contrario, produce depresivos y fracasados.»
La máquina de contenido II: El Samizdat (27 de diciembre)
Recordar para olvidar lo que nos conviene forma parte de una terapia de sanación. En una charla con unos amigos sobre la novela de David Foster Wallace: La Broma Infinita (Infinite Jest), estuvimos conversando el contexto en que transcurre la trama: una serie de Años subsidiados para el mantenimiento de un Estado Ecologista Totalitario llamado ONAN, que en la novela es la unión entre Estados Unidos, Canadá y México. La época en que transcurren las historias: El Año de la Ropa Interior para Adultos Depend. Esto es gracioso porque la Broma de Wallace nos llevó a conversar sobre nuestro contexto Venezuela, y nos pusimos a pensar que nosotros como país hemos vivido grandes periodos subsidiados gracias a la magia del rentismo.
El Estado Mágico nos convenció a largo plazo que podíamos ahorrarnos hasta la molestia de pensar, sobre todo pensar para ejercitar la memoria. Todo este asunto del Cesarismo, El Bolívar Dream, y la Gran Venezuela no fueron más que conspiraciones de mercadeo para domesticar el espíritu de la nación, que para muchos intelectuales consideraban enfermo y contraproducente, y que solo formando ciudadanos podíamos salir de ese trance de pesadilla que muchos llaman el Tercer mundo, un concepto que a estas alturas resulta de mal gusto porque solo sirve para destacar aspectos peyorativos de nuestra identidad. Hay que empeñar el culo para hablar de soberanía, esto también disgusta mucho a los que se consideran revolucionarios, o quieren hacerse la idea de que lo son o llegaron a serlo alguna vez. Nadie puede juzgar ni decirle a otros cómo tienen que vivir sus mentiras.
Duele aceptar que la libertad es un paquete que cuenta con suscripciones de pago. Ciertos productos nos sugieren un demo que después nos hace sentir peor que antes de haberlos consumido. En eso consiste el placer: el deseo de entretenimiento.
Los tiempos subsidiados son como el calendario de la Revolución Francesa, es decir que podemos inventar los meses y eventos que queramos, teniendo como única referencia el Recuerdo. Los tiempos son nuestros, nadie puede decirnos lo contrario. El orden no está del todo claro, depende del lector ordenarlos:
-El Año donde empezó el apocalisis local: el deslave de Vargas.
-El Año de la constitución pluricultural, vamos a poner el adjetivo Bolivariano porque ajá. Las Patentes.
-El Año de Oderbrecht.
-El Año del dólar a 4,30.
-El Año del paro petrolero.
-El Año de la polarización en su versión más primitiva (Ellos y nosotros).
-El Año del juicio popular a la Estatua de Cristóbal Colón.
-El Año que ganamos el certamen Miss Universo y fuimos considerados en el libro de Record Guinness como el país más feliz del mundo.
-El Año del Blackberry y las carpeticas Cadivi.
-El Año que Cerati se vino a morir aquí.
-El Año de la muerte de Chávez.
-El Año del fin del mundo, que fue antes del Año de la muerte de Chávez (Supuestamente).
-El Año del demonio de las colas.
-El Año de las ladronas de cabello.
-El Año de los puertos aduaneros llenos de comida podrida.
-El Año de Ay se robaron los reales otra vez. No tenemos pruebas pero tampoco dudas.
-El Año de las lentejas multiuso.
-El Año de las mafias de los consejos comunales y las utopías solipsistas conuqueras.
-El Año de los apagones y la Cosiata de las iguanas imperiales.
-El Año de la ayuda humanitaria, que consistió en una inflación meteórica de la moneda seguida de grandes cargamentos de chupetas para soportar los ratos amargos cuando el sueldo no te alcanzara para una mierda.
-El Año de los puestos de Cocadas y aparición de los cereales gringos y cerveza Corona.
-El Año en que la región de América Latina volvió a donde había empezado porque acordó que los monstruos que lo hacían sufrir eran los monstruos que a fin de cuenta lo hacían feliz. Alguna rabia de vez en cuando. Ya la (hipotética) juventud: el futuro, no puede pensar en la jubilación porque no la ven (difícilmente ven un mañana), y esto es algo que los adultos ni las grandes empresas les interesa entender.
-El Año de la hiperproletarización del mundo laboral venezolano.
-El Año del Ministerio de la Suprema Felicidad.
-El Año de los barriletes de menta.
-El Año de No vamos a seguir cobrando el metro ni tampoco vamos a invertir en él. (Así nadie se puede quejar de un servicio, porque no le cuesta).
-El Año que se atomizó el tema del aborto porque los conservadores recién se enteraron de que era una práctica que tenía mucho tiempo haciéndose, como la pedofilia y la trata de personas no consideradas humanas, y decidieron combatirla desde el recurso legislativo para prohibirla.
-El Año que internet fagocitó el periodismo, el pensamiento crítico y la política local, y la verdad se concentró en la opinión pública tribalista y xenofóbica.
-El Año de la minería ecológica y el instituto decolonial.
Este año, por ejemplo, fue:
-El Año del Cese de usurpación, la estafa de los Mantuanos y la Corporación militar que cambió ecosistema por coltán, guarimbas por Food Trucks.
Nadie puede ser tan cínico como para decir que no hubo ninguna transición considerable. Sí la hubo. Más pronto que nunca pasamos al siguiente nivel:
-El Año de la bodegonización de la vida y la expansión de los BRICS.
Una vez más, nuestra independencia la administran otros.
Recordar otros tiempos subsidiados nos ayuda a ubicarnos en lo complejo que ha sido la Revolución como Broma y su insistencia profunda a no cambiar de modelo bajo ningún sentido. Ahora sin mucho floro ya no se habla de Guerra Económica sino de Dolarización Chavista: “De recuperación”. El Socialismo parece una práctica deportiva llena de prórrogas y tiempos muertos, que nunca acepta sus fallas, su tramposería vital. Resulta más molesto reconocer que ningún sistema es compatible con el software de la democracia. El detalle aquí es que del sueño se sale al despertar sudando. Todos sabemos que si quitan los subsidios la revolución deja de existir. Estamos a la expectativa de algo que no sabemos pueda llegar a ser el país, pero mientras tanto esperemos al final de la época:
-El Año que Disney adquirió los derechos para trasmitir en 1080p todas las temporadas de Aló Presidente en su diversas plataformas streaming. Incluida una serie especial de Bolívar donde es homosexual y asesina cristianos. Gore, apto para todo público.
El subsidio carece de ética.
La última parada: el templo del cuerpo (31 de diciembre)
¿Se puede desarrollar una ética kamikaze en la Venezuela actual? Me refiero a dedicar la vida al servicio y la disciplina, así como estar consciente todos los días que estamos propensos a morir en cualquier momento, de que este día puede ser el último y que no deberíamos tener miedo. Esto es un ejercicio de pura estética, un oficio de construcción. La partida de muchos amigos y el fracaso por la independencia de mi país ante las potencias extranjeras me hicieron caer en cuenta que la esperanza es lo último que se pierde. La indiferencia también es otro estímulo para vivir.
Eso de creerse distinto es el lugar común de la distinción, que cada vez es más igualitaria y poco receptiva. Esto lo puede anteceder la depresión o el desquiciamiento sistemático, la fiebre y la toma de analgésicos para los dolores musculares y alguno que otro trastorno cerebral. Vivimos encerrados en comunidades imaginadas que hacemos llamar países. Vivimos una era de usuarios, cada vez más cínica y distanciada de las posibles soluciones a nuestros problemas en la vida real, la que cuesta porque hay que soportarla huyendo a otra vida configurada para nuestro entretenimiento.
Nos llenamos de deseos infernales que en esta inmutabilidad no vamos a ser capaces de cumplir. Compartir aspiraciones no es lo mismo que buscar cumplirlas. Nos llenamos la boca diciendo que nuestro espacio tiene suficientes virtudes para esconder incontables defectos, descartando la historia, el respeto a la memoria y ese culto a la amnesia, que cuenta con el patrocinio del entretenimiento globalizado: all you can eat. La distinción aterra, debe ser por eso que nos fascina el efecto dopante que propicia la costumbre, y nos hacemos esa idea de felicidad en rutinas de mierda, superándonos de maneras egoístas en una carrera repleta de enfermos emprendedores. Gran cosa. Esto claro, es una exageración.
La identidad propia es confusa. Eso me hizo pensar mucho que la vida se hace menos pesada cuando caemos en cuenta que nadie piensa tanto en nosotros como creemos que supuestamente lo hacen. No somos tan importantes como llegamos a creer en una modesta ceguera. Hay quienes hacen mucho alarde de su vida porque precisamente ese alarde es lo único que tienen. Eso da mucha lástima, porque la vanidad de la exposición solo es un estado constante de soledad espacial, un tipo de soledad que parece solo poder expresarse mediante ese alarde, esa llamada de atención tan superficial de selfie y desnudez virtual. Esto puede sonar cruel, pero tanto alarde da pena, y eso viene a ser mucho más cruel que darse cuenta de eso. Total, igual eso no tiene que ser nuestro problema. La mayoría de las personas en su mayoría no tienen realmente una vida interesante, son vidas guiadas por el aburrimiento que no sabe en qué palo ahorcarse. Hay personas que solo vinieron a este mundo a posar. No somos parte de tantos elencos como creíamos en un principio, el error es insistir en una creencia que no lleva a ninguna parte, como creerse el ombligo del mundo, de un parcializado y reducido mundo de nociones, muy pequeñas pero suficientes como para creernos la gran cosa, como si eso fuese la garantía de algo eterno, como si la tendencia nos diera de comer. Son pocos los agraciados que pueden vivir de eso, de su imagen. Hemos llegado a confundir de manera corrosiva el narcisismo con el amor propio. No es lo mismo. Esa exaltación del Yo ha empobrecido nuestra capacidad de mirar y escuchar al otro. Uno no asimila el horror hasta que se da cuenta que es uno mismo la raíz de las pesadillas. Cuesta mucho concentrarse con tanta irritación de notificaciones vibrantes y aparatos de litio.
Hay un apocalipsis personal que ya no vale la pena contar, sino soportarlo en grupo, con las personas que amamos, las únicas que valen la pena. El consumo de datos nos ofrece pequeños acercamientos a la felicidad. La Tecnocracia es la nueva Teocracia. Las religiones parece que han olvidado la finalidad de su existir, han permitido que sus fanáticos y burócratas vendan las doctrinas como productos de línea blanca, como si la fuerza centrífuga de las lavadoras nos pudiera llevar a un estado de transcendencia donde podamos sentir la presencia mezquina de Dios. Hay más milagros cumplidos en un agencia de viajes que en un espacio alquilado a medio tiempo, que de día es una tienda de cosméticos y de noche se vuelve una casa de oración, donde todos bailan y actúan como epilépticos que expulsan el mal de su cuerpo, incluso llevando una ropa incómoda, como si lo divino nos exigiera etiqueta para no hacernos sentir tan ridículos al depositar nuestra fe en el rezo y el diezmo (justo y necesario). Los cristianos insisten que la biblia nos dice que amemos a nuestro prójimo como a nosotros mismos, pero nunca nos dijeron Ámate. Hay promesas más gratas en los programas políticos que en los panfletos protestantes. Ambos se lucran de la miseria de las ilusiones. Ambos parecen exigirte un cambio radical de tu rutina que encima te hace sentir que todo lo que pudiste llegar a ser es aborrecible para ese nuevo Tú que ellos te dicen tienes que ser. Reformar no necesariamente es olvidar. No hay salvación sana ni gratuita, si esperamos hallarla en un grupo de liberación guiado por pastores y dementes entonces, tampoco nos pueden extrañar las bajezas de los vicios de otros, o en como otras personas crían a sus hijos o dirigen sus decisiones sin importar mucho el daño que puedan causar a los demás, porque son estas mismas personas que creen que todo está mal excepto ellos. Todo parece tan irónico cuando enlistamos ejemplos reales de gente que se esfuerza por ser normal y le dice a otros cómo tienen que ser normales. Si lo vemos de esa forma, tampoco nos debería sorprender el terrorismo del suicidio. Es comprensible que la gente pierda las esperanzas y se canse de seguir en este mundo. Pensar en la insignificancia me hizo se sentir muy bien, pero lleno de nuevas preguntas.
Hemos aprendido muchas formas de perder el tiempo sin sacar provecho de tales pérdidas. La comodidad más terrible es la que se tiene en lugares donde estás tan seguro de ti mismo porque todos piensan igual a ti, nadie va a contradecirte. En donde nadie piensa distinto la realidad disimula acercarse a la libertad, a la dictadura de las mayorías, la de los iguales, eso me da una noción pero no me explica por completo el país que vivimos, lleno de contradicciones que parecen no sugerirle inquietudes a muchos, y eso viene a ser lo más preocupante.
Hay mucha infelicidad concentrada en el esfuerzo por aparentar con los demás que eres feliz. La modernidad parece una gran conspiración en contra de la contemplación. Eso cuesta aceptarlo, cuando estamos tan metidos en nuestro narcisismo no tenemos ningún interés por lo que sucede en el mundo, tampoco tienes la obligación de tener intereses sobre el mundo, no importa en realidad si tienes algún tipo de interés distinto a la exaltación de ti mismo. La cosa es convencerte de que tu vida es interesante como para no sentir interés mínimo por otras cosas. No somos más que huéspedes que firman y después se van. Hay que tratar de dejar este mundo mejor que como lo encontramos. Dejo este templo del cuerpo sin sentirme bendecido. Agradezco por un año más en la tierra. Ya no tengo más espacio en la hoja. Listo.
Alexander JM Urrieta Solano
Reblogueó esto en La hora del delirioy comentado:
Hay una infelicidad concentrada en el esfuerzo por demostrar a los demás que eres feliz.La vida se hace menos pesada cuando caemos en cuenta que nadie piensa tanto en nosotros como creemos que supuestamente lo hacen. No somos tan importantes como llegamos a creer en una modesta ceguera. Hay quienes hacen mucho alarde de su vida porque precisamente ese alarde es lo único que tienen. Hay un apocalipsis personal que ya no vale la pena contar, sino soportarlo en grupo, con las personas que amamos, las únicas que valen la pena.
(Comparto con ustedes un pequeño registro del 2019).