En un remate de libros que nadie quería encontré por un precio absurdo «El cuaderno de Blas Coll», del caraqueño Eugenio Montejo.
Siempre en los encargos que me ha tocado hacer para otros este autor es muy difícil de conseguir. Pasé mucho tiempo buscando sus poemas para un cliente, y nunca me imaginé encontrarme con este libro que para mayor asombro estaba firmado por el autor: «A Irama y Carlos Tortilero, con el viejo afecto y la amistad de Eugenio Montejo, Caracas, 30.III.1981». Hay una extrañeza dentro de esos libros que el azar nos pone en nuestra ruta y que están dedicados a otras personas. Uno lleva en sus manos un artículo que parece venir de un relevo fantasmal, de un inmenso descuido, o simplemente un olvido. El libro vive un proceso de transmigración de alma, el azar lo conduce a su siguiente lector potencial.
La voz heterónima de Blas Coll adentra al lector en las reflexiones de un tipógrafo rural, que durante se estadía en Puerto Malo, se encaminó en la empresa del diseño de un nuevo lenguaje, una nueva forma de nombrar las cosas. En una parte hace mención del día que inventó la vocal @, «cuya pronunciación exacta nos es por desgracia desconocida». El cuaderno es un ejercicio de transcripción fallido que deja en el lector un tremendo enigma sobre nuestro idioma, cada más esotérico, difícil, e incompresible.
El cuaderno comprende una serie de inquietudes sobre nuestra forma de comunicarnos, y el lenguaje como el paisaje en donde nacen y se dan las cosas. Blas Coll, deja en hojas de plátano y márgenes su mensaje fragmentario y algebraico.
Antes de entregar el Libro, con mucho dolor, al cliente que solicitó mis servicios, hice unas notas apresuradas de lo que más me gustó en mi cuaderno de espiral. El libro puede leerse en un viaje caluroso de metro. Tal vez no lo vuelva a ver:
La palabra del hombre tiende en secreto a una extensión máxima de dos sílabas, aunque su ideal expresivo sea siempre la unidad monosilábica. Una sola sílaba traduce cabalmente el esfuerzo de un paso sobre la tierra. Se corresponde con la distancia imaginaria a que nos situamos de todo objeto, hecho o acción. Pero debemos conceder que se juzgue más natural servirse no sólo de un pie, sino de ambos, es decir, que se procure emplear el mayor movimiento posible sin repetición: sístole y diástole del corazón humano. Al nombrar una cosa con tres sílabas ya estamos añadiendo un paso de más que fatiga la imaginación.
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Me río de los políticos que quieren ordenar las cosas de los hombres sin tocar su lenguaje. Tratan de ignorar adrede que las falacias de sus leyes es de índole lingüística más que jurídica.
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Una conversación -reza otro de sus fragmentos- plantea un movimiento verbal parecido al de una partida de ajedrez, de modo que es fácil señalar, al primer movimiento de los labios, si se está en presencia de un gran maestro o de un mero aficionado.
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No veo por qué el sustantivo verbal no ha de ser siempre el mismo que la primera persona de indicativo del verbo del cual derive: Un pienso, en vez de un pensamiento, pues no decimos un soñamiento sino sueño. Así también: un miro (por una mirada), un sufro (por un sufrimiento), etc.
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Cada lengua concibe una idea diferente de Dios. La forma de su representación, por abstracta que sea, no se desliga nunca de las letras con que la palabra Dios se escribe en esa lengua. Quien niega esta verdad, niega el poder mágico de las letras, y la forma en que estas operan sobre la imaginación de los hombres.
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Muchos se proclaman ateos ahora que Dios ha dejado de ser una moda. Nadie teme, a estas alturas del mundo, ser acusado de hereje, a no ser que se trate de las nuevas religiones políticas, sobre las cuales nada diremos por ahora. Y sin embargo, si lo miro bien, creo que el único hereje verdadero de estos tiempos soy yo. Al anunciar una lengua nueva, anuncio también, y todos lo saben, dioses inéditos.
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Los hombres son fatalmente conservadores, no hay más que verlos cómo reaccionan ante el lenguaje. En todo tiempo se hallan prestos a demoler el mundo, para rehacerlo de cabo a rabo, aunque ello no sea más que engendro de su hastío metafísico. La lengua muestra, en cambio, con cuánta comodidad se adecúan a la indolencia de antiguas formas. «Pueden meterse con todo, pero no toquen lenguaje», decía el terrible Voltaire.
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En un enunciado de cualquier lengua debe leerse la posibilidad expresiva más adecuada entre pensamiento y palabra, por lo que toda frase es una tentativa siempre perfectible. Es lo que tengo por expresión abierta, probada por la corrección y conveniencia del uso diario. Si algo puede ser dicho de un modo más conciso y eufónico, esta segunda fórmula se impone más naturalmente sobre toda otra menos perfecta, y ha de preferirse hasta que no se halle equivalente más eficaz. Se comprende así por qué los poetas, y no los académicos, son los mineros del idioma.
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Toda frase debe reproducir en su construcción, tanto como sea posible, la forma de gravitación de los astros que conocemos. El sujeto debe rotar como el sol.
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Un pensamiento es tanto más verdadero si lo que expresa puede ser representado sin palabras en nuestra conciencia. El hábito verbal le agrega un peso tal a toda idea, que casi nos es imposible salir de las palabras para pensar. Y, sin embargo, el ajedrecista puede concebir una variada serie de movimientos de formulaciones no verbales, del mismo modo que el músico concibe una estructura puramente tonal. Se me da así clara la diferencia entre prosa y poesía, siempre confusamente planteada. Prosa es toda representación de conceptos; poesía, en cambio, es imagen pura, acecho de la palabra desde la zona de nuestra mente no contaminada aún de verbalidad
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El cambio más importante en nuestra vida, del cual dependen casi todos los otros, será posible cuando dispongamos de una lengua que estimule el conocimiento no sólo por medio de ella, sino especialmente liberándonos de sus formas. Que el lenguaje sea el pensamiento, pero que nuestro pensamiento no desdeñe otras vías no implicadas en los hábitos lingüísticos y por ello más allá de este, tal como suele darse en algunos sistemas especializados: matemáticas, lógica simbólica, etc. Siendo que estos sistemas se hallan hoy suficientemente difundidos, sorprende que su influencia en los hábitos del pensamiento cotidiano aparezca tan reducida.
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El infierno debería ser esdrújulo.
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Los refranes y decires anónimos, hermosos y sintéticos, son las botellas que arroja al mar cada idioma de tiempo en tiempo.
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La estructura de la oración debería de variar con el transcurso del día, para señalarnos del modo más preciso el registro del tiempo. No conviene hablar por la mañana del mismo modo que lo hacemos por la noche.

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