
El recurso del método.
Identificar estrellas es un conocimiento indispensable para orientarse en la oscuridad. Muy conveniente para invocar situaciones de la nada, puntuales o abstractas. Parece que hay una confusión entre estabilidad general y dolarización de la economía, por ejemplo, Neoliberalismo rojo y Plan País. Corporación militar y Capitalismo popular. El rebranding revolucionario, con nuevos patrocinadores de la viveza criolla forestal, ha traído fanáticos religiosos montando templos para domesticar bestias y formar ejércitos de salvación momentánea; estoy harto de los evangélicos, esconden su miseria moral con faldas largas y corbatas que no combinan con su manera de vivir, vendedores de lavadoras viejas, dios detergente líquido, suavizante para todo tipo de trapo y mancha, y la biblia, depende de donde la compres, el único material bibliográfico que hay que leer para entenderlo todo y decirle a otros cómo se tiene que vivir. Tiene mucho sentido, pero en el fondo es aburrido cuando quieres justificar en versículos la inteligencia media y los prejuicios.
Hemos sido muy tolerantes con la intolerancia, por temor a ser tildados de intolerantes, cuando no pendejos o indiferentes. Hemos puesto nuestro grano de arena en el desvalijamiento y alcahueteo de la corrupción, consorcios mineros con nómina indígena y milica que auspician el ecocidio a cambio de oro azul, impostores de vocación, quiromantes financieros, brujos de la propaganda, eruditos de la economía extranjera aplicada a regiones incongruentes, empresarios de la fe, movimientos kamikazes estudiantiles, cerebros destruidos por actualizaciones curriculares y la pérdida de visión de sus cualidades, fracasados laborales, juventudes depresivas, adultos infantilizados reproduciéndose como conejos porque desean ser padres y ser eternos, gurúes del consumo y el coaching ontológico, descarte y ampliaciones del slogan de la Soberanía y la Libertad, términos y condiciones que sean compatibles con la democracia y los intereses personales.
Cambian las palabras solo para perfeccionar las promesas y alargar las mentiras, alguna que otra inversión para llenar bolsillos de ladrones, dejando como prioridad última la conciencia (y que de clase, si ya nadie le interesa la clase, todos queremos dinero y que nos chupen la intimidad en la oscuridad).
Hay una guerra declarada contra el oído y el cerebro en la era del entretenimiento.
El éxito del hombre mediocre está en llegar a su casa después del trabajo y quemarse frente a la pantalla, pagando suscripciones para darle sentido a su vida, igualando sus gustos con los de todo el mundo, atrapado en esa pesadilla que producen los ansiolíticos, las horas pico, el zapping, la comida rápida, el insomnio y la fibra óptica.
Creo que ya entiendo de qué va la Broma Infinita, el meollo de su trama demencial: ¿Se puede dominar a la población por medio del entretenimiento, embrutecerla hasta hacerla una sola masa discreta, que pueda mantenerse quieta viendo miles de pantallas a la vez sin pensar nada más que en su placer individual mientras todo se desmorona? Sí.
El nuevo mundo feliz es donde los políticos, las estrellas artificiales, los estadistas y magnates del big data, pueden dejar que la opinión pública se destruya a sí misma sin llegar a nada, debatiendo sobre las tendencias más triviales, mientras el status quo sea toda una ola de acontecimientos cuya duración equivalga a un estado de whatsapp: veinticuatro horas. Del Super Bowl sacaremos estadísticas de cuántas toneladas de alitas de pollo se comen potenciales americanos promedio durante un partido, o cuántas personas escribieron la palabra Bunny desde su móvil para gastar el recurso ciudadano de poder expresarse, creyéndose parte del mundo, de otra fiesta de la Western Kulture Inc., sopesando las probabilidades de que cuando se acabe el chavismo, el capitalismo, el orden global o lo que sea, nos caiga como una plaga egipcia la pandemia total que nos obligue a perder toda esperanza en nosotros mismos, la poca que nos queda, cotizada en una moneda con el rostro de nuestro padre supremo Bolívar Simio, que ya no vale nada, pero que sigue siendo la referencia y modelo a seguir, pues su voluntad define nuestro trágico destino, que insiste en sobrellevar la realidad como una epopeya y un instinto de hipocondríaco. Sería muy triste pero hermoso que todo terminara así, aquí. Salir de una situación kafkiana para morirnos de gripe mientras bandeamos una bandera azulada de OMS, que junto a la ONU y otras entidades que ya convertidas en aberraciones extremas de la patafísica, en sus objetivos de desarrollo sostenible, promoviendo su guía de vagos para salvar el mundo, erradicarán en los próximos años la miseria y la pobreza en su totalidad. Estos planes quiméricos no aplican para ciertos lugares, pues no todos los lugares son parte de la humanidad y no todos los lugares tienen garantías de soluciones dentro de ese proyecto temático que es la humanidad.
El mundo ya no es importante, lo que importa es el nosotros, pero más que eso el Yo. Narcisos colectivos, podridos de soledad. Insisto, el mundo ya no es importante, el país menos. Un día se habla de la Tercera Guerra Mundial, sucesión de imágenes por segundo de algo lejano donde muere gente y hacemos de todo un enorme chiste que se vuelve la versión bola de nieve que se hilvana con las angustias generales, que con una actualización del muro se olvida; al otro día se muere un basquetbolista que le sobraba tanta plata para morirse en un helicóptero, y por un instante, durante la tendencia de la muerte todos son expertos de la materia hasta que la noticia deja de tener importancia para recibir otra, y así, se mueren en un incendio continental millones de especies y el mundo se lamenta, asesinan a un líder carismático con descargas explosivas, la fiesta es interminable, violaciones de niños simultáneas y paralelas a condecoraciones a otros niños con infancias más felices, feminicidios sin importancia, la selfie oportuna del político de nuestro agrado, fingiendo su vida tranquila costeada por sus seguidores pobres, derrames petroleros, linchamientos virtuales y pruebas nucleares, uso de juguetes que destruyen corales y condenan a poblados enteros a nacer y morir en la enfermedad, el deleite del poder, la virtud de sobrevivir y decidir quién se queda y se va…
Las inmensas desgracias y las pequeñas alegrías forman parte del mismo segmento del entretenimiento.
La ironía y el sentido de vivir están concentrados en la burla de aquellas cosas que no entendemos o que no nos interesan. La felicidad es asegurada en los lugares donde podamos evitar los conflictos compartiendo con aquellos que piensen igual a nosotros. Esa comodidad es suficiente para hacernos personas sin criterio, con pensamientos más homogéneos y radicales, cualidad eximia de la idiotez, que mueve a pueblos enteros a destruir la poca memoria que puede retener en sus libros escolares y monumentos, en sus calles deterioradas cuyo tránsito por el descuido se vuelven peligrosas.
No es sencillo explicar de una manera breve y concisa lo que pasa en Venezuela, menos explicar lo que pasa en el mundo. Lo que puede hacerse, mínimamente, es dejar en alguna parte un testimonio compartido de la pesadilla común, pero también la más personal, por lo que no tiene que interesarle a nadie.
En medio de la oscuridad aprendo a identificar estrellas. Por medio de un ejercicio de mnemotecnia las ubico en sus respectivas constelaciones. Algo parecido hacemos con las ideas, y a pesar de nuestros esfuerzos logramos apenas decir algo, muy distante de lo que pensábamos en un principio.
Alexander JM Urrieta Solano
Reblogueó esto en La hora del delirio.
Gracias por compartir! Ya nada tiene sentido excepto la búsqueda del sentido. Ya que anda en el tema de ubicar estrellas… Soy de las que cree que el entretenimiento, o el poder de la ficción, es un elemento crucial en el eterno rebranding cultural
Gracias por tu tiempo para leer y responder.
El presente resulta ser un poco confuso y agitado. Es también un ejercicio personal ver como no nos dejamos llevar por la licuadora de eventos. Hay una ventaja, como dices, y creo que es la de buscar de todos lados un sentido, al menos uno que nos mantenga siempre con el apetito despierto.