«Yo antes quería ser los otros para conocer lo que no era yo. Entonces entendí que yo había sido los otros y que eso era fácil. Mi experiencia más grande sería ser el otro de los otros: el otro de los otros soy yo.»

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Clarice Lispector – Para no olvidar

El fin de los dirigibles

por Daniel Hernández

Van a cumplirse veinte años. Desde esa fecha –6 de mayo de 1937– ningún dirigible ha vuelto a surcar los cielos en misión comercial. Esa noche se derrumbó para siempre el creciente imperio de las aeronaves más livianas que el aire y se esfumó el sueño de un visionario.

La catástrofe del Hindenburg, que ahora recordamos, conmovió al mundo. Muy pocos acontecimientos han sacudido tan hondamente la sensibilidad pública. Desde el preciso instante en que la voz del locutor Herbert Morrison, que efectuaba una transmisión de rutina desde el aeropuerto de Lakehurst, se quebró para anunciar a millares de incrédulos oyentes: «¡Se incendia…! ¡Estalla… estalla!», desde ese instante una ola de asombro se propagó por los cuatro puntos cardinales. Y el asombro no ha cesado todavía.

El Hindenburg era la última maravilla de la ingeniería alemana. Algo colosal en sus dimensiones, bello en sus formas, ágil en su desplazamiento. Ni antes ni después ha remontado vuelo nada que se le pueda comparar. Medía 250 metros de largo y 45 de alto. Sostenido en el aire por ocho millones de pies cúbicos de hidrógeno, impulsado por cuatro poderosos motores Mercedes-Benz, con una autonomía de 8.700 millas y una capacidad de carga de 18 toneladas, era capaz de atravesar el Atlántico en dos días y medio, sorteando las peores tormentas con la facilidad de un gigantesco lebrel que ahuyentara una tribu de ardillas.

El Hindenburg era rápido. Cuatro veces más rápido que los buques que efectuaban la travesía transatlántica.

El Hindenburg era cómodo. Reunía las máximas posibilidades de confort para los pasajeros: cabinas individuales, grandes salones, ventanales de observación, calefacción, cocina perfecta.

El Hindenburg era seguro. Transportaba –es cierto– una mortífera carga de hidrógeno inflamable, pero el sistema de aislamiento se consideraba perfecto. Tanto que el Lloyd’s de Londres le había otorgado seguros por 500.000 libras a una tarifa muy baja.

El Hindenburg era hermoso, liviano, indestructible.

Hasta esa fatídica noche del jueves 6 de mayo.

Ya llevaba realizados diez viajes transatlánticos cuando el lunes 3, a las ocho de la mañana, zarpó por última vez de Frankfurt, Alemania.

Para esta travesía se designó comandante al capitán Max Pruss, en reemplazo del viejo Ernst Lehmann, que lo condujera en las anteriores. Lehmann, sin embargo, iba a bordo, quizá para completar la formación de su discípulo.

El dirigible debía llegar a la base aeronaval de Lakehurst, en Nueva Jersey, Estados Unidos, con las primeras horas del 6 de mayo. Vientos de frente lo retrasaron en el camino. Al amanecer, sin embargo, volaba sobre Nueva Escocia, y a las tres de la tarde era avistado en Nueva York, rumbo al sur. A las cuatro, el público y los reporteros congregados desde temprano en la base lo divisaban en el horizonte.

Pero el Hindenburg pasó sobre sus cabezas sin descender. El capitán Pruss acababa de comunicar al comodoro Charles Rosendahl, jefe de la base, que postergaría el descenso hasta las seis, porque no le gustaban las nubes de tormenta que se estaban acumulando en la zona. Y la aeronave siguió rumbo al sur. Poco más tarde cayó un chaparrón.

A las seis, Rosendahl informó por radio que a su juicio las condiciones atmosféricas habían mejorado lo bastante como para intentar el descenso. A las siete repitió el mensaje. Pero ya el zepelín se acercaba desde el sur, con las luces encendidas.

–Ahí viene –anunció el locutor Morrison a sus oyentes–, ahí viene hacia nosotros, como una gigantesca pluma, el Hindenburg

Los hombres que componían la dotación de amarre (150 en total) corrieron a sus puestos. Todavía lloviznaba ligeramente, pero el viento había disminuido y la visibilidad era bastante buena. La aeronave pasó sobre el campo, a 150 metros de altura, y viró en redondo para dirigirse a la torre de amarre.

El capitán Pruss y sus oficiales controlaban el descenso. Las válvulas comenzaron a expeler hidrógeno. El Hindenburg estaba ahora a sesenta metros de altura. Las hélices de los motores empezaron a girar en sentido inverso y el dirigible pareció detenerse de pronto.

Los fotógrafos lo enfocaban con sus cámaras. Los pasajeros se asomaban a los ventanales. A las 19:21 se soltó el primer cabo de amarre. Poco después, el segundo. Los hombres de tierra se apoderaron de ellos.

A las 19:22 la maniobra estaba prácticamente terminada. El dirigible flotaba seguro a unos 25 metros del suelo. Los pasajeros se aprestaban a descender cuando tocase tierra.

Al parecer, el Hindenburg había completado con éxito su undécimo viaje.

Pero faltaba exactamente un minuto para que se convirtiera en una gigantesca antorcha, y llegara a su término la era de los zepelines.

Era un orgulloso sueño el que iba a concluir allí, en las arenas de Nueva Jersey. Y un sueño al que se encuentra inevitablemente ligado el nombre del conde Fernando de Zeppelin.

El conde Zeppelin era un general alemán retirado, un hombre que ya casi había cerrado la órbita de su vida cuando a fines del siglo pasado empezó a soñar con una aeronave rígida, capaz de ser dirigida a voluntad, que reemplazara a los globos de incierto manejo. Y al servicio de esta fantasía, puso toda su tenacidad teutónica.

Otros hombres trabajaban en distintas direcciones para resolver el mismo problema. Faltaba poco para que en el taller de bicicletas de los hermanos Wright naciera el aeroplano. Las ascensiones en aeróstatos y planeadores se hacían cada vez más numerosas.

En 1900 terminó Zeppelin su primer aparato y lo hizo volar. Fue un desastre: se incendió en el aire. Pero él no se desanimó. Y tampoco se desanimaron los hombres que habían acogido con entusiasmo su idea.

A partir de entonces, la historia de los zepelines es una larga serie de esperanzas y fracasos, de hazañas y catástrofes.

Mientras el conde prosigue sus ensayos, los franceses construyen también un dirigible: el République. Se estrella en 1909, matando a sus cuatro tripulantes. En 1913 pierden otro: el L-2. Aquí los muertos son trece.

Pero viene la Primera Guerra Mundial. Y son los alemanes, naturalmente, los que creen ver en el zepelín un arma decisiva. Empiezan a construirlos afiebradamente. Y los lanzan sobre los campos de batallas y las ciudades enemigas cargados de bombas. Los resultados son catastróficos… para los zepelines. Los cañones antiaéreos y los cazas aliados los derriban fácilmente. En un solo «raid» sobre Londres intervienen doce de estos monstruos aéreos. Ninguno vuelve a su base.

Cuando termina la guerra, los alemanes han perdido cincuenta y siete dirigibles. Sólo les quedan tres. A partir de entonces se acepta que no sirven para la guerra.

Pero, ¿no servirían para fines de paz?

Los norteamericanos han recogido la idea. Y el saldo de desgracias que parece acompañarla. En 1922 se les estrella el Roma, con treinta y cuatro muertos. Más tarde construyen un gigante: el Shenandoah. Cuando estalla en el aire, mueren catorce hombres. El comodoro Rosendahl –a quien ya hemos nombrado como jefe de la base de Lakehurst– estaba allí. Fue uno de los sobrevivientes.

Tercian los ingleses. En 1930 pierden el enorme R-101. Cuarenta y ocho muertos.

Insisten los norteamericanos, esta vez con el Akron. En 1933 desaparece en el mar con setenta y dos tripulantes.

Y ya tenemos a los alemanes listos para volver a la brecha, a pesar de tantos contrastes. Ellos van a recoger la bandera de Zeppelin –ahora que los otros países parecen dispuestos a abandonarla–, la van a poner en manos de un genial conductor, el doctor Eckener, y tratarán de llevarla al triunfo. Si no lo consiguen, no será por falta de constancia y heroísmo.

Eckener construye el Graf Zeppelin, esa maravilla plateada que muchos porteños recuerdan haber visto hace veintitrés años sobre Buenos Aires. Con él se inaugura un servicio regular de Alemania a Sudamérica. Rápido y seguro, conquista inmediatamente la confianza del público.

Luego viene el Hindenburg. Representa un enorme avance sobre el Graf Zeppelin. Es, casi, la perfección. Y se lo destina a la travesía Alemania-Estados Unidos.

El Hindenburg acaba de terminar su undécimo viaje. Se halla junto a la torre de amarre, en Lakehurst. Son las 19:23…

Súbitamente una lengua de fuego nace de la quilla del dirigible, a popa, corre como una víbora, se extiende y en pocos segundos se propaga por todas partes. El Hindenburg se convierte en una pira colosal. Las llamas ascienden a más de cien metros de altura. El temible hidrógeno arde, arde furiosamente…

La aeronave empieza a inclinarse por la popa, hacia tierra, con lentitud de pesadilla.

La voz del locutor Morrison, que transmite a millares de oyentes, se ha llenado de espanto:

–¡Arde…! ¡Se estrella, se estrella…, terrible!

En la dotación de tierra y en los espectadores hay momentos de pánico. La inmensa mole incendiada se les viene encima. Fragmentos incandescentes llueven sobre ellos.

El comodoro Rosendahl está en la torre de amarre.

–¡Santo Dios! –exclama al ver el resplandor que ilumina el cielo.

El dirigible caía directamente sobre él. Tuvo que correr como un poseído para ponerse a salvo.

En su cabina, Morrison todavía tiene ánimo para seguir transmitiendo:

–¡Esto es espantoso! –grita–. ¡Se incendia y cae sobre la torre de amarre! ¡Esta es una de las peores catástrofes del mundo!

Entretanto, dentro del Hindenburg, donde hay cincuenta y nueve tripulantes y treinta y dos pasajeros, reina el caos más absoluto. Solamente los oficiales parecen mantener una extraordinaria serenidad. El capitán Pruss, en la cabina de control, ha sentido una explosión no muy fuerte y ha escuchado el clamor del público. Se asoma a la ventanilla de la góndola, pero en el primer momento no observa nada anormal.

–¿Qué sucede? –pregunta.
–¡La nave está en llamas! –le contesta un oficial.

El capitán obra con seguro instinto. Podría mantener durante algunos segundos la estabilidad de la nave, soltando el lastre de la popa, pero permite que ésta descienda a tierra, dando una oportunidad de salvación a los que se encuentran allí.

Al inclinarse el zepelín, pasajeros y tripulantes han rodado por pasillos y camarotes. Después empiezan a desprenderse como hormigas por cuanta escotilla o agujero deja la estructura en llamas. De los que logran salvarse, muy pocos sabrán más tarde cómo lo hicieron.

Algunos son despedidos, otros rompen ventanillas y se tiran, los más son arrancados de las llamas por las patrullas de salvamento rápidamente organizadas.

Joseph Spah, un acróbata profesional, permanece varios segundos colgado del marco metálico de una ventanilla, calentado a una temperatura que sólo él puede resistir… porque está acostumbrado a hacer una prueba semejante. Cuando cree llegado el momento oportuno, intenta un prodigioso salto desde quince metros de altura, corre por la arena húmeda –el chaparrón de la tarde resultó providencial– y se salva.

Un chico de catorce años, que trabaja de botones en la nave, se deja caer por una escotilla. Pero una masa de fuego desciende sobre él. Está perdido. En ese momento estallan los tanques de agua que sirven de lastre, lo empapan y le dan una increíble oportunidad de salvación, que el chico aprovecha corriendo como un gamo.

Una señora sale por el camino normal: por la planchada. No parece inmutarse. Dos marineros la arrebatan a los tirantes de acero incandescente que se precipitan sobre ella.

Un hombre surge caminando tranquilamente de las llamas, con todas las ropas quemadas. Alguien corre a su encuentro. El hombre habla pausadamente en alemán, sin dar muestras de excitación. De pronto, gira sobre sí mismo y se desploma, muerto.

Otro fugitivo del siniestro se ha sentado sobre la arena, con los codos apoyados en las rodillas. Y arde. Arde de pies a cabeza. Cuando se acercan a ayudarlo, tiene en el rostro incendiado un gesto de profunda concentración, como si reflexionara. Muere en seguida.

Entre las primeras víctimas llevadas a la enfermería de la base hay un joven tripulante del Hindenburg. Pide que envíen un cable a su joven esposa.

–¿Qué le decimos? –le preguntan.
–Que estoy bien. Que estoy con vida.

Apenas termina de decirlo, muere.

Los últimos en abandonar el Hindenburg fueron el capitán Pruss, el capitán Lehmann y diez oficiales más que estaban a proa, en la cabina de control. Lo hicieron cuando ya casi todo el resto de la aeronave estaba consumido por las llamas.

Pruss sobrevivió, a pesar de los numerosos viajes de regreso al siniestro que efectuó en busca de sobrevivientes. Sólo se le oía gritar:

–¡Los pasajeros…! ¡Los pasajeros…!

El capitán Lehmann, en cambio, se quebró la columna vertebral y sufrió terribles quemaduras al saltar de la góndola.

Murió esa misma noche, conservando plena lucidez hasta el último momento y sin que nadie le oyera quejarse de sus terribles dolores. Antes de expirar, habló largamente con su viejo amigo Rosendahl. El total de muertos causados por el accidente ascendió a treinta y seis, de los cuales trece eran pasajeros.

En cuanto a las causas del desastre, se han propuesto muchas explicaciones. Algunos opinaron que la electricidad estática había inflamado una pérdida de hidrógeno. Otros, que al saltar un fragmento de una hélice perforó la envoltura del dirigible, permitiendo la combustión espontánea del hidrógeno en contacto con el aire. Y no faltan quienes aseguran que antes de zarpar el Hindenburg para su último viaje, el gobierno alemán recibió denuncias anónimas de que se atentaría contra él.

Pero el misterio subsiste. Quizá la mejor respuesta sean aquellas palabras que pronunció el capitán Lehmann antes de cerrar los ojos para siempre:

Ich kann es nicht verstehen. «No puedo comprenderlo.»

 

[Este texto forma parte de la obra periodística de Rodolfo Walsh, que escribió en varias oportunidades bajo el seudónimo de Daniel Hernández. Abajo podrá encontrar un enlace para que pueda acceder al libro completo.]

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Rodolfo Walsh – El violento oficio de escribir

Tanizaki en Las Vegas (reprise)

Había terminado de leer El elogio de la sombra, del escritor japonés Junichiro Tanizaki. El ensayo hablaba sobre las virtudes de la oscuridad como rasgo idiosincrático de la cultura japonesa. Al mismo tiempo, la sombra como complemento esencial dentro de las estéticas de los espacios y la belleza, que se presentan en los hallazgos expresivos de las artes y la vida cotidiana. El elogio es una crítica a la obsesión que tenemos los occidentales por la luz, por el deslumbramiento, sinónimo del progreso civilizatorio justificado en la razón, mito heredado del Siglo de las Luces.

Pensé entonces que las ciudades con exceso de luz tienen la desventaja de poner en evidencia con mayor claridad sus defectos. No dan cabida al ocultamiento, tan solo se hacen más evidentes y grotescos los lugares y detalles que no resultan gratos a la mirada. A raíz de todo esto pensé en una ciudad occidental referencial, una ciudad que dentro de sus dinámicas diera el ejemplo totalizador de lo que tanto criticaba Tanizaki: Las Vegas, una ciudad en medio del desierto que nos sugiere con su arquitectura artificial, con sus luces y espectáculos insaciables, el resultado de un hecho urbanístico novedoso. Un fenómeno espacial que le resultaría vulgar al escritor japonés.

Las Vegas, además de presentarse como una ciudad mensaje, diseñada completamente de signos, funciona para comunicar nostalgias, consumo, derroche y fantasía. Ella logra engañar con su espejismo lúdico, construido a partir de pruebas atómicas, neones y máquinas tragamonedas. Viéndolo de esta forma, la luz de Las Vegas, o nuestras ciudades, proponen una estrategia de la ilusión. La sombra, o la idea precisa de ella, es un elemento para pensar las ciudades, que llega a presentarse como una crítica incómoda.

Vivimos atados a rutinas dentro de tantos espacios lumínicos, que evitamos hasta el hastío cualquier clase de reflexión. Digamos, el apreciar en tanta aceleración el placer de las pausas, el placer que puede brindar la penumbra de tanta mecánica de soledades, trabajos aburridos, rutinas asesinas, rostros cansados por la costumbre que conduce al suicidio, rostros con necesidad de algún grado de templanza para ocultar el agotamiento propiciado por los espacios, que no dan consenso a la contemplación de nuestra propia oscuridad.

Todas las ciudades occidentales aspiran superar sus propias ficciones, para enmarcarse en el viaje a la hiperrealidad en donde la imaginación occidental quiere ante todo buscar la verdad, y para eso necesita construir lo falso en un sentido absoluto. Al fin y al cabo, nos vemos en la urgencia enfermiza de creer que creemos. ¿Cuántas veces nos hemos dejado seducir por esa búsqueda plástica y superficial de iluminación?

Elaborar nuestra propia poética del espacio, contrastando los lugares tanto luminosos como oscuros de nuestro día a día, también es una terapia válida para la afinación de la mirada, tan irritada por las imágenes brillantes. De aquí tal vez la virtud de aprender a mirar la ciudad con un grado de cautela mayor, como Tanizaki en Las Vegas.

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Alexander JM Urrieta Solano

 

El árbol de la ciencia

El árbol de la ciencia es una novela del escritor español Pío Baroja publicada en 1911. La he disfrutado mucho. Durante los días que abordé su lectura me hizo pensar en muchos temas relacionados con la incertidumbre y el estado de concentración que puede lograrse luego de tanto tiempo encerrado, evitando no pensar mucho sobre la misma incertidumbre, los oficios mal pagados y la repetición.

La vida de Andrés Hurtado, el personaje principal, me conmovió de tal manera que me llevó a sostener la idea de que las grandes novelas son esas que nunca terminan de decir lo que pretenden decir. Quedan a merced de lecturas perennes. Quedan abiertas para el deleite de lo infinito, para abrir debates en defensa o destrucción de la obra misma.

Con certeza Baroja al momento de publicar su novela llegó a comentar que su Árbol era el libro más acabado de todos. Los grandes libros se nos presentan como un manual de instrucciones que hay que leer con mucha cautela, porque cada oración, diálogo, detalle de un salto a otro son lecciones de un dominio pleno del estilo. Una enseñanza literaria.

Baroja es uno de los escritores más representativos de la generación del 98, conformada por personajes que al igual que él veían con angustia el panorama de su España decadente. Su texto muestra críticas contundentes, su dolor por España, que por muy contradictorio que fuera, era el lugar que amaba pero que al mismo tiempo no le gustaba.

Es triste todo eso. Siempre en este Madrid la misma interinidad, la misma angustia hecha crónica, la misma vida sin vida, todo igual.

La brevedad de los capítulos, que a su vez conforman el conjunto total de la novela, son un recorrido de diversos personajes que el narrador va presentando en todos sus defectos, raras veces destaca la virtud de alguno. Las descripciones de los lugares de España junto a las situaciones forman un interesante y jocoso acercamiento al siglo XX. El Árbol es una disección filosófica de la época.

Hay una dureza en Hurtado en la forma como se expresa de su gente. El doctor es un extranjero en una tierra que no entiende. Es severo con las diferencias que hay entre los ricos y pobres, injusticias donde los desamparados, los niños, las mujeres y los analfabetas son las alteridades despreciadas por el progreso; los personajes en su petulancia ibérica esconden sus miserias; la ignorancia que deriva de amnesias voluntarias de un país que poco interés tiene por su historia, donde la tradición cristiana ha conjugado todas las formas de hacer la vida, un rutina plagada de egoísmos sembrados en largas estirpes.

Las reflexiones se desarrollan de una manera lúcida en la temporada que Hurtado está en el pueblo de Alcolea, pueblo que termina despreciando. Alcolea es la representación de su España enferma, una población que fácilmente puede ser cualquier lugar del mundo. El diagnóstico médico de lo particular a lo general.

Las costumbres de Alcolea eran españolas puras, es decir, de un absurdo completo.

El pueblo no tenía ningún sentido social; las familias se metían en sus casas, como los trogloditas en su cueva. No había solidaridad; nadie sabía ni podía utilizar la fuerza de asociación. Los hombres iban al trabajo y a veces al casino. Las mujeres no salían más que los domingos a misa.

Por falta de instinto colectivo,  el pueblo se había arruinado.

Algo que me dejó también desconcertado era afán de la nostalgia, ese cuando antes éramos ricos lo sentí en la novela como un reproche a mi realidad. Ese orgullo que llena de tanto asco al médico Hurtado, en sus reflexiones sobre la decadencia de un país embobado por los prejuicios, la moral religiosa, la corrupciones de los políticos. Los españoles no eran muy distintos de los venezolanos. Madrid fácilmente podía ser Caracas.

El tema central del libro: el árbol de la ciencia, que tiene como contra parte el árbol de la vida, ambos referentes de los pasajes bíblicos que conforma una de las primeras narrativas de la Cultura Occidental. Los pasajes donde Hurtado mantiene discusiones filosóficas con su tío Iturrioz, tocan temas relacionados a desorientaciones existenciales, el sentido de la vida, el amor, las caducidad de los cuerpos y el porvenir de las cosas. Son las partes que junto a los pequeños relatos dotan de una fuerza única a la novela. Las lecturas de Kant y Schopenhauer son los puntos de referencia de las inquietudes filosóficas de Hurtado.

…Kant ha sido el gran destructor de la mentira grecosemítica. Él se encontró con esos dos árboles bíblicos de que usted hablaba antes y fue apartando las ramas del árbol de la vida que ahogaban al árbol de la Ciencia. Tras él no queda, en el mundo de las ideas, más que un camino estrecho y penoso: la Ciencia. Detrás de él, sin tener quizá su fuerza y su grandeza, viene otro destructor, otro oso del Norte, Schopenhauer, que no quiso dejar en pie los subterfugios que el maestro sostuvo amorosamente por falta de valor. Kant pide por misericordia que esa gruesa rama del árbol de la vida, que se llama libertad, responsabilidad, derecho, descanse junto a las ramas del árbol de la ciencia para dar perspectivas a la mirada del hombre. Schopenhauer, más austero, más probo en su pensamiento, aparta esa rama, y la vida aparece como una cosa oscura y ciega, potente y jugosa, sin justicia, sin bondad, sin fin; una corriente llevada por una fuerza X, que él llama voluntad y que, de cuando en cuando, en medio de la materia organizada, produce un fenómeno secundario, una fosforescencia cerebral, un reflejo, que es la inteligencia. Ya se ve claro en estos dos principios: vida y verdad, voluntad e inteligencia

La novela es una composición de pequeñas anécdotas que sumadas hacen la vida de Andrés Hurtado, médico melancólico, enfermo, confundido y aterrado por el alma de su tiempo, que confunde su vocación práctica de salvar o preservar la vida, a la par que desprecia el porvenir de la humanidad. En la novela quedé con la impresión que la amistad también es un terreno de camaradería repleto de vivencias, que también abre de manera inevitable los espacios para las rencillas y las envidias, porque es sabido que los amigos están para hablar mal siempre de uno, al menos los que tienen o comparten las mismas pasiones o disgustos, por muy distintos que sean. Los amigos se encuentran y se unen por esas mismas diferencias; entre esas posturas, hablar mal del otro, solo manifiesta un afán de proyección, de aprender a sentir placer en los fracasos de otros para evitar pensar en los propios.

Esta manera de retratar la amistad entre Hurtado, Montaner y Aracil me pareció muy honesta, porque toca un tema que muchos han sentido pero son incapaces de retratar. Esas pasiones oscuras que mueven los hilos entre los amigos, que no parecen cambiar con el paso de los años. Pero ellos también son movidos por esa lucha de convertirse en alguien, sentar cabeza, cumplir con las aspiraciones mínimas que dan acceso a lo mundano y material.

Ciertos personajes no tienen alternativa que la de soportar el peso que implica el desencanto del mundo. No tienen otra ley que la de sufrir eso que no entienden. Todo va mal porque el personaje no tiene otro destino. Lo llega a asumir de tal manera que termina optando por el suicidio escalonado, aquel en donde se tiene que seguir viviendo después de fracasar. Las grandes historias sobre la existencia parece que nos sugieren las mismas posturas, como si se concluyera, al igual que en el Proceso de Kafka, que es el miedo y la mentira los elementos que dan forma al mundo, y nosotros no tenemos otra opción que la de morir ¡como un perro!

Los hombres son egoístas por naturaleza y necesitan de paraísos artificiales de los cuales aferrarse, para moverse en conjunto porque la soledad sin contemplación puede llegar a ser insoportable. Esta forma de derrota junto con la intrascendencia son elementos universales que definen a los mejores (anti)héroes de la novela moderna.

Disociación

 —No sé, no sé, murmuró Iturrioz. Creo que vuestro intelectualismo no os llevará a nada. ¿Comprender? ¿Explicarse las cosas? ¿Para qué? Se puede ser un gran artista, un gran poeta, se puede ser hasta un matemático y un científico y no comprender en el fondo nada. El intelectualismo es estéril. La misma Alemania, que ha tenido el cetro del intelectualismo, hoy parece que lo repudia. En la Alemania actual casi no hay filósofos, todo el mundo está ávido de vida práctica. El intelectualismo, el criticismo, el anarquismo van de baja.

 — ¿Y qué? ¡Tantas veces han ido de baja y han vuelto a renacer! contestó Andrés.

 — ¿Pero se puede esperar algo de esa destrucción sistemática y vengativa?

 —No es sistemática ni vengativa. Es destruir lo que no se afirme de por sí; es llevar el análisis a todo, es ir disociando las ideas tradicionales, para ver qué nuevos aspectos toman, qué componentes tienen. Por la desintegración electrolítica de los átomos van apareciendo estos iones y electrones mal conocidos. Usted sabe también que algunos histólogos han creído encontrar en el protoplasma de las células granos que consideran como unidades orgánicas elementales y que han llamado bioblastos. ¿Por qué lo que están haciendo en física en este momento los Roentgen y los Becquerel y en biología los Haeckel y los Hertwig no se ha de hacer en filosofía y en moral? Claro que en las afirmaciones de la química y de la histología no está basada una política, ni una moral, y si mañana se encontrara el medio de descomponer y de transmutar los cuerpos simples, no habría ningún papa de la ciencia clásica que excomulgara a los investigadores.

 —Contra tu disociación en el terreno moral, no sería un papa el que protestara, sería el instinto conservador de la sociedad.

 —Ese instinto ha protestado siempre contra todo lo nuevo y seguirá protestando; ¿eso qué importa? La disociación analítica será una obra de saneamiento, una desinfección de la vida.

 —Una desinfección que puede matar al enfermo.

 —No, no hay cuidado. El instinto de conservación del cuerpo social es bastante fuerte para rechazar todo lo que no puede digerir. Por muchos gérmenes que se siembren, la descomposición de la sociedad será biológica.

 — ¿Y para qué descomponer la sociedad? ¿Es que se va a construir un mundo nuevo mejor que el actual?

 —Sí, yo creo que sí.

 —Yo lo dudo. Lo que hace a la sociedad malvada es el egoísmo del hombre, y el egoísmo es un hecho natural, es una necesidad de la vida. ¿Es que supones que el hombre de hoy es menos egoísta y cruel que el de ayer? Pues te engañas. ¡Si nos dejaran!; el cazador que persigue zorras y conejos cazaría hombres si pudiera. Así como se sujeta a los patos y se les alimenta para que se les hipertrofie el hígado, tendríamos a las mujeres en adobo para que estuvieran más suaves. Nosotros, civilizados, hacemos jockeys como los antiguos monstruos, y si fuera posible les quitaríamos el cerebro a los cargadores para que tuvieran más fuerza, como antes la Santa Madre Iglesia quitaba los testículos a los cantores de la Capilla Sixtina para que cantasen mejor. ¿Es que tú crees que el egoísmo va a desaparecer? Desaparecería la humanidad. ¿Es que supones, como algunos sociólogos ingleses y los anarquistas, que se identificará el amor de uno mismo con el amor de los demás?

 —No; yo supongo que hay formas de agrupación social unas mejores que otras, y que se deben ir dejando las malas y tomando las buenas.

 —Esto me parece muy vago. A una colectividad no se le moverá jamás diciéndole: Puede haber una forma social mejor. Es como si a una mujer se le dijera: Si nos unimos, quizá vivamos de una manera soportable. No, a la mujer y a la colectividad hay que prometerles el paraíso; esto demuestra la ineficacia de tu idea analítica y disociadora. Los semitas inventaron un paraíso materialista (en el mal sentido) en el principio del hombre; el cristianismo, otra forma de semitismo, colocó el paraíso al final y fuera de la vida del hombre y los anarquistas, que no son más que unos neocristianos; es decir, neosemitas; ponen su paraíso en la vida y en la tierra En todas partes y en todas épocas los conductores de hombres son prometedores de paraísos.

—Sí, quizá; pero alguna vez tenemos que dejar de ser niños, alguna vez tenemos que mirar a nuestro alrededor con serenidad. ¡Cuántos terrores no nos ha quitado de encima el análisis! Ya no hay monstruos en el seno de la noche, ya nadie nos acecha. Con nuestras fuerzas vamos siendo dueños del mundo.

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Alexander JM Urrieta Solano

La normalidad relativa

Hace unas semanas en Cumaná los familiares de un fallecido tuvieron que trasladarse al cementerio con coronas y urna en transporte público, luego de que la carroza fúnebre a mitad del camino se quedara sin gasolina.

Una pimpina de gasolina puede conseguirse al módico precio de 20 dólares. Los distribuidores formalmente son miembros activos de la corporación militar. Muchos ciudadanos comunes, engendros de la viveza, han sido detenidos por andar vendiendo gasolina en divisas, siendo acusados de especuladores y traidores de la patria, porque es bien sabido que las transacciones en moneda extranjera están prohibidas.

La distribución de aguas es la explicación clara del socialismo en palitos: de circunstancias imprecisas y azarosas, cuestión de fluidos, igualdad relativa que tiene solo sentido en los que siguen creyendo en el cuento de la justicia social, o le es indiferente el asunto de la higiene. Un día puedes tener agua corriendo sin problema uno o dos días, y luego puedes pasar meses sin una gota de agua.

Una cisterna de agua puede abastecer con once mil litros al menos medio tanque de un edificio regular de 10 o 12 pisos. Se necesita por lo menos dos servicios que pueden salir al módico precio de 90 a 100 dólares en efectivo. Al no saber cuándo volverá a entrar el agua por las tuberías formales de la calle se tiene que regular el tiempo del agua, un tiempo coherente, insano, que obliga a los grupos familiares a la superación diaria en materias de velocidad y agilidad como aguadores: tener agua media hora por la mañana y media hora por la noche. Y así. Estas duraciones pueden variar pero nunca pueden ser corridas ni extensas. Eso es un privilegio inexistente.

Sobre la luz mejor no hablemos. Pensemos en el Elogio de la Sombra.

Un amigo sostiene que el chavismo es un fenómeno lingüístico.

Han manipulado el lenguaje de tal manera que el fracaso significa victoria no lograda. El dialecto visceral del corazón patrio es una retahíla de oraciones bélicas, de logros dudosos de un pueblo guerrero con la hemoglobina alta, sumamente enfermo, y con trastornos que van de la ansiedad a la depresión.

En su arrogancia los rojos comprendieron que había que cambiar todo desde las entrañas del lenguaje.

Construyeron una narrativa nacional omnipresente para convencernos a todos que después de ellos no sería posible plantearse el mañana.

Fusionaron el relato mítico con las técnicas del marketing, creando el rebranding de las identidades, muy conveniente con el fin del milenio y la crisis de los paradigmas.

Cada año desde 1999 hubo una implementación sutil de políticas respaldadas por decisiones semánticas y económicas.

La corrupción siempre estuvo presente en el abuso excesivo del lenguaje.

La clase dirigente opositora fue el resultado simultáneo de esos usos inconscientes del lenguaje. (Oposición que tiene años sin entender que su incompetencia para rivalizar es una cualidad congénita heredada de su creador).

De todos los ejemplos pensemos en un caso trivial, de pertinencia lingüística: el eslogan, frase breve, expresiva y fácil de recordar.

En revolución cada eslogan sugiere en sus composiciones cutres un radicalismo sistemático, místico, de interacción simbólica, que llevó a la población a padecer de síntomas de polarización, de una inclinación abismal a la vergüenza étnica, a negar con orgullo al otro, convertir la repugnancia por lo distinto en una normalidad aceptable, pues es obvio que donde hay que tomar postura un niní es una clase de monstruo que nadie quiere, convirtiéndonos en consumidores potenciales de propaganda pedagógica y religiosa. Ilustremos con ejemplos:

“Venezuela ahora es de todos”
“Patria socialismo o muerte…venceremos”
“Pueblo victorioso”
(«Estamos del lado correcto de la historia»)
“Unión Cívico Militar”
“Venezuela Indestructible”
“Venezuela Heroica”

“Hechos de verdad” (!!!)

El mes de junio arranca con el nuevo eslogan de la revolución permanente: «La nueva normalidad relativa». Abiertas las bombas de gasolina premium que aceptan sin mayor inconveniente divisas, sin mencionar la imposibilidad de pagar de otra manera, por lo que los expertos aconsejan a los usuarios que busquen la manera de resolver por su lado.

El supremo fue muy claro: «La gasolina que hemos traído la hemos pagado en dólares y debemos cobrarla, por eso estamos haciendo un grupo de encuestadores para determinar el monto de cobro de la gasolina». Este hombre no puede ocultar cuando se atraganta de inteligencia. Es admirable, con razón le gusta tanto la Casa de Papel.

Anoto una cita del periodista Martín Caparrós sobre las normativas:

«El mecanismo es conocido: sucede algo que nos parece intolerable (la medida que toma el gobierno), lo toleramos suponiendo que no va a durar mucho, dura mucho, nos olvidamos de que nos parecía intolerable, se convierte en la norma.»

El subsidio, como todos sabemos, es parte de la retórica revolucionaria que da luz verde a los mercados paralelos, acaparamientos, especulación y corrupción. Los subsidios son el negocio activo de la revolución.

Donde hay subsidio hay crimen.
Donde hay subsidio colapsa y escasea todo.
Esto es un refrito de lo bueno.

En estos días entregaron el bono de «Disciplina y conciencia». Antes fue el especial #QuedateEnCasa, el día de la madre, el día del trabajador, el bono 100% amor mayor… y la lista es infinita. Es la modalidad de pago que otorga la gran corporación del estado a sus dependientes. Un grillete numérico. No se trata de que el carnet de la patria tenga o no control sobre la vida, basta solo vender la idea de que lo hace. Esa sensación de control se hace verosímil en la necesidad, en la sumisión y el monopolio del miedo. Nadie puede negar que estas entradas de dinero aun siendo pírricas logra mantener a la población contenta, al menos en el instante que la plata como llega se va. El último bono fue de 500.000 bolívares, que esto al cambio promedio es de 2 dólares con cincuenta y cinco centavos.

Leí un tweet el día del pago:

«Yo @piensalobien: Gracias camarada presidente Nicolás Maduro (el mago) me llegó el bono disciplina y conciencia. No sé cómo lo hace en medio de tanta traición y saboteo interno, sanciones y bloqueos. Lo cierto es que el pueblo está protegido con su capacidad de servicio y sacrificio»

El arte de la adulancia. Quisiera aprender a chupar medias de esa manera tan pulcra y honesta.

Mientras acontece en versión streaming las consecuencias del Estado Mágico, donde el chavismo como mago saca ocurrencias de una boina, circula una imagen de una biblioteca de la Universidad de Oriente, reducida a cenizas por la ola de actos vandálicos cometidos a las universidades desde hace tiempo.

Hagamos memoria de todos los ataques a las casas de estudios que han quedado impunes, donde nadie supo nada ni vio nada. Y luego los miembros importantes terminan declarando en anuncios extraordinarios que hay que «mantener la calidad universitaria». El estudiante y el docente, los trabajadores universitarios, forman un gremio único por debajo del reino de las cucarachas. Todos esperan demasiado de ellos. Todos esperamos algo de lo que somos incapaces de dar: Empatía.

El bibliocidio es una de las tantas maneras violentas de borrar la memoria. De promover amnesias en lugares donde ha ganado la apatía.

Los ataques a las universidades, la guerra contra los oídos y cerebros, son una agenda de prioridad en los sistemas totalitarios. Aquí la solución es militarizar y hacer de lo tomado algo inservible. Que la gente deje de hacer sus cosas por acumulación de resignación. Una manera muy baja de ir devorando el alma a punta de decepciones.

Según palabras de los ministros que salen todos los días en las cadenas, que dedican un tiempo considerable a repetir las mismas peroratas, destacan la admirable labor del pueblo en un proceso de «lucha y de conciencia profunda producto de esta unión cívico militar» (¿conciencia profunda?), que se ha vuelto un rasgo distintivo para nuestro narcisismo heroico local, donde se nos repite hasta el agotamiento que somos ejemplo incuestionable para todos los países latinoamericanos.

La crisis humanitaria para que no duela se vuelve entretenimiento gratuito.

Razones nos sobran para sentirnos victoriosos, así no dispongamos de lo obvio que ahora es un lujo.

Alexander JM Urrieta Solano

«Pienso en las circunstancias del pasado: guerras, pactos, facciones, etc. Es tan nimio el interés que sentimos por ellas, que nos preguntamos cómo es posible que el hombre se hubiera ocupado y consternado por cosas tan transitorias. Miro el tiempo presente, los humores, al respecto, son los mismos y seguimos sin cuestionarnos.»

Jonathan Swift – La conjura de los necios