Hace unas semanas en Cumaná los familiares de un fallecido tuvieron que trasladarse al cementerio con coronas y urna en transporte público, luego de que la carroza fúnebre a mitad del camino se quedara sin gasolina.
Una pimpina de gasolina puede conseguirse al módico precio de 20 dólares. Los distribuidores formalmente son miembros activos de la corporación militar. Muchos ciudadanos comunes, engendros de la viveza, han sido detenidos por andar vendiendo gasolina en divisas, siendo acusados de especuladores y traidores de la patria, porque es bien sabido que las transacciones en moneda extranjera están prohibidas.
La distribución de aguas es la explicación clara del socialismo en palitos: de circunstancias imprecisas y azarosas, cuestión de fluidos, igualdad relativa que tiene solo sentido en los que siguen creyendo en el cuento de la justicia social, o le es indiferente el asunto de la higiene. Un día puedes tener agua corriendo sin problema uno o dos días, y luego puedes pasar meses sin una gota de agua.
Una cisterna de agua puede abastecer con once mil litros al menos medio tanque de un edificio regular de 10 o 12 pisos. Se necesita por lo menos dos servicios que pueden salir al módico precio de 90 a 100 dólares en efectivo. Al no saber cuándo volverá a entrar el agua por las tuberías formales de la calle se tiene que regular el tiempo del agua, un tiempo coherente, insano, que obliga a los grupos familiares a la superación diaria en materias de velocidad y agilidad como aguadores: tener agua media hora por la mañana y media hora por la noche. Y así. Estas duraciones pueden variar pero nunca pueden ser corridas ni extensas. Eso es un privilegio inexistente.
Sobre la luz mejor no hablemos. Pensemos en el Elogio de la Sombra.
Un amigo sostiene que el chavismo es un fenómeno lingüístico.
Han manipulado el lenguaje de tal manera que el fracaso significa victoria no lograda. El dialecto visceral del corazón patrio es una retahíla de oraciones bélicas, de logros dudosos de un pueblo guerrero con la hemoglobina alta, sumamente enfermo, y con trastornos que van de la ansiedad a la depresión.
En su arrogancia los rojos comprendieron que había que cambiar todo desde las entrañas del lenguaje.
Construyeron una narrativa nacional omnipresente para convencernos a todos que después de ellos no sería posible plantearse el mañana.
Fusionaron el relato mítico con las técnicas del marketing, creando el rebranding de las identidades, muy conveniente con el fin del milenio y la crisis de los paradigmas.
Cada año desde 1999 hubo una implementación sutil de políticas respaldadas por decisiones semánticas y económicas.
La corrupción siempre estuvo presente en el abuso excesivo del lenguaje.
La clase dirigente opositora fue el resultado simultáneo de esos usos inconscientes del lenguaje. (Oposición que tiene años sin entender que su incompetencia para rivalizar es una cualidad congénita heredada de su creador).
De todos los ejemplos pensemos en un caso trivial, de pertinencia lingüística: el eslogan, frase breve, expresiva y fácil de recordar.
En revolución cada eslogan sugiere en sus composiciones cutres un radicalismo sistemático, místico, de interacción simbólica, que llevó a la población a padecer de síntomas de polarización, de una inclinación abismal a la vergüenza étnica, a negar con orgullo al otro, convertir la repugnancia por lo distinto en una normalidad aceptable, pues es obvio que donde hay que tomar postura un niní es una clase de monstruo que nadie quiere, convirtiéndonos en consumidores potenciales de propaganda pedagógica y religiosa. Ilustremos con ejemplos:
“Venezuela ahora es de todos”
“Patria socialismo o muerte…venceremos”
“Pueblo victorioso”
(«Estamos del lado correcto de la historia»)
“Unión Cívico Militar”
“Venezuela Indestructible”
“Venezuela Heroica”
“Hechos de verdad” (!!!)
El mes de junio arranca con el nuevo eslogan de la revolución permanente: «La nueva normalidad relativa». Abiertas las bombas de gasolina premium que aceptan sin mayor inconveniente divisas, sin mencionar la imposibilidad de pagar de otra manera, por lo que los expertos aconsejan a los usuarios que busquen la manera de resolver por su lado.
El supremo fue muy claro: «La gasolina que hemos traído la hemos pagado en dólares y debemos cobrarla, por eso estamos haciendo un grupo de encuestadores para determinar el monto de cobro de la gasolina». Este hombre no puede ocultar cuando se atraganta de inteligencia. Es admirable, con razón le gusta tanto la Casa de Papel.
Anoto una cita del periodista Martín Caparrós sobre las normativas:
«El mecanismo es conocido: sucede algo que nos parece intolerable (la medida que toma el gobierno), lo toleramos suponiendo que no va a durar mucho, dura mucho, nos olvidamos de que nos parecía intolerable, se convierte en la norma.»
El subsidio, como todos sabemos, es parte de la retórica revolucionaria que da luz verde a los mercados paralelos, acaparamientos, especulación y corrupción. Los subsidios son el negocio activo de la revolución.
Donde hay subsidio hay crimen.
Donde hay subsidio colapsa y escasea todo.
Esto es un refrito de lo bueno.
En estos días entregaron el bono de «Disciplina y conciencia». Antes fue el especial #QuedateEnCasa, el día de la madre, el día del trabajador, el bono 100% amor mayor… y la lista es infinita. Es la modalidad de pago que otorga la gran corporación del estado a sus dependientes. Un grillete numérico. No se trata de que el carnet de la patria tenga o no control sobre la vida, basta solo vender la idea de que lo hace. Esa sensación de control se hace verosímil en la necesidad, en la sumisión y el monopolio del miedo. Nadie puede negar que estas entradas de dinero aun siendo pírricas logra mantener a la población contenta, al menos en el instante que la plata como llega se va. El último bono fue de 500.000 bolívares, que esto al cambio promedio es de 2 dólares con cincuenta y cinco centavos.
Leí un tweet el día del pago:
«Yo @piensalobien: Gracias camarada presidente Nicolás Maduro (el mago) me llegó el bono disciplina y conciencia. No sé cómo lo hace en medio de tanta traición y saboteo interno, sanciones y bloqueos. Lo cierto es que el pueblo está protegido con su capacidad de servicio y sacrificio»
El arte de la adulancia. Quisiera aprender a chupar medias de esa manera tan pulcra y honesta.
Mientras acontece en versión streaming las consecuencias del Estado Mágico, donde el chavismo como mago saca ocurrencias de una boina, circula una imagen de una biblioteca de la Universidad de Oriente, reducida a cenizas por la ola de actos vandálicos cometidos a las universidades desde hace tiempo.
Hagamos memoria de todos los ataques a las casas de estudios que han quedado impunes, donde nadie supo nada ni vio nada. Y luego los miembros importantes terminan declarando en anuncios extraordinarios que hay que «mantener la calidad universitaria». El estudiante y el docente, los trabajadores universitarios, forman un gremio único por debajo del reino de las cucarachas. Todos esperan demasiado de ellos. Todos esperamos algo de lo que somos incapaces de dar: Empatía.
El bibliocidio es una de las tantas maneras violentas de borrar la memoria. De promover amnesias en lugares donde ha ganado la apatía.
Los ataques a las universidades, la guerra contra los oídos y cerebros, son una agenda de prioridad en los sistemas totalitarios. Aquí la solución es militarizar y hacer de lo tomado algo inservible. Que la gente deje de hacer sus cosas por acumulación de resignación. Una manera muy baja de ir devorando el alma a punta de decepciones.
Según palabras de los ministros que salen todos los días en las cadenas, que dedican un tiempo considerable a repetir las mismas peroratas, destacan la admirable labor del pueblo en un proceso de «lucha y de conciencia profunda producto de esta unión cívico militar» (¿conciencia profunda?), que se ha vuelto un rasgo distintivo para nuestro narcisismo heroico local, donde se nos repite hasta el agotamiento que somos ejemplo incuestionable para todos los países latinoamericanos.
La crisis humanitaria para que no duela se vuelve entretenimiento gratuito.
Razones nos sobran para sentirnos victoriosos, así no dispongamos de lo obvio que ahora es un lujo.
Alexander JM Urrieta Solano
Un comentario en “La normalidad relativa”