Un día como hoy en 1936 mataron a Federico García Lorca.
Esto me recordó cuando hace más de un año hice un taller de argumentación. En una de las clases se habló de la falacia: un argumento falso, que tiene la apariencia de ser coherente pero que termina siendo una trampa de la cual nos valemos mucho a la hora de conversar, sirve para disociar o persuadir a los demás. El orientador nos habló de que existen más de cien tipos de falacias, pero destacó por temas de tiempo las más comunes. Entre tantas estaba la falacia ad hominem, el ataque personal, se presenta cuando alguien descalifica al otro para debilitar su postura y ganar terreno sin ninguna justificación. Para ejemplificar la falacia el orientador nos contó una anécdota:
—Cuando estudiaba letras en la Universidad Católica la materia de Literatura española era dictada por un profesor eminente, muy respetado en el gremio, del cual me voy a reservar el nombre, porque sigue dando clase y tiene mucha influencia intelectual. Al comienzo del semestre se nos presentó el programa de trabajo y una lista de autores correspondientes al Siglo de Oro español. Luego de revisarlo levanté la mano y le pregunté al profesor por qué dentro del programa de estudio no estaba García Lorca. A lo que el profesor me respondió: «¿Para qué? Si ese era un pobre marico.»
¿Cuántas veces vemos situaciones como esta en la incomunicación de todos los días? Basta una revisión mínima de lo que hemos dicho alguna vez para caer en cuenta que han sido pocas las veces que hemos dicho algo inteligente, sin contar las veces que hemos aplaudido los comentarios falaces de los demás. Llevo un registro de las falacias que (escandalosamente) son más comunes y abundantes que las opiniones constructivas. Desde ese día me reservo muchos comentarios y tengo entre mis libros de cabecera el Poeta en Nueva York.
Ciudad sin sueño
(Nocturno del Brooklyn Bridge)
No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.
No duerme nadie.
Las criaturas de la luna huelen y rondan sus cabañas.
Vendrán las iguanas vivas a morder a los hombres que no sueñan
y el que huye con el corazón roto encontrará por las esquinas
al increíble cocodrilo quieto bajo la tierna protesta de los astros.No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie.
No duerme nadie.
Hay un muerto en el cementerio más lejano
que se queja tres años
porque tiene un paisaje seco en la rodilla;
y el niño que enterraron esta mañana lloraba tanto
que hubo necesidad de llamar a los perros para que callase.No es sueño la vida. ¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta!
Nos caemos por las escaleras para comer la tierra húmeda
o subimos al filo de la nieve con el coro de las dalias muertas.
Pero no hay olvido, ni sueño:
carne viva. Los besos atan las bocas
en una maraña de venas recientes
y al que le duele su dolor le dolerá sin descanso
y al que teme la muerte la llevará sobre sus hombros.Un día
los caballos vivirán en las tabernas
y las hormigas furiosas
atacarán los cielos amarillos que se refugian en los ojos de las vacas.Otro día
veremos la resurrección de las mariposas disecadas
y aún andando por un paisaje de esponjas grises y barcos mudos
veremos brillar nuestro anillo y manar rosas de nuestra lengua.
¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta!
A los que guardan todavía huellas de zarpa y aguacero,
a aquel muchacho que llora porque no sabe la invención del puente
o a aquel muerto que ya no tiene más que la cabeza y un zapato,
hay que llevarlos al muro donde iguanas y sierpes esperan,
donde espera la dentadura del oso,
donde espera la mano momificada del niño
y la piel del camello se eriza con un violento escalofrío azul.No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.
No duerme nadie.
Pero si alguien cierra los ojos,
¡azotadlo, hijos míos, azotadlo!Haya un panorama de ojos abiertos
y amargas llagas encendidas.No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie.
Ya lo he dicho.
No duerme nadie.
Pero si alguien tiene por la noche exceso de musgo en las sienes,
abrid los escotillones para que vea bajo la luna
las copas falsas, el veneno y la calavera de los teatros.
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No es sueño la vida. ¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta!