Rüya después de seis días pudo darle un entierro religioso a su abuela. Falleció un viernes; dos días antes había sufrido una caída que le había sacado un hematoma en la frente. Comía con normalidad pero estaba sudando frío. Por la madrugada se quedó dormida para siempre. La primera complicación estuvo en sacar el cadáver: bajar nueve pisos por la escalera porque el ascensor de la residencia era inexistente. Además de la carta de defunción, que la vecina del ocho, que era doctora, se había negado a firmar, argumentando que necesitaba un supuesto permiso de un capitán de bomberos, cosa que no era cierta. Tales evasiones complicaron el trámite porque sin expresarlo en voz alta se presumía que la abuela no había muerto por causas naturales, sino que la habían matado, dado al golpe escandaloso que tenía el rostro de aquel cuerpo reducido de noventa y siete años. La cosa es que la abuela siempre se estaba cayendo. Rüya tuvo que lidiar con las especulaciones maliciosas de la vecina, especialista en pediatría, que terminaba sus observaciones con Solo Dios sabrá lo de uno, como para justificar su profesión y las creencias enervantes de la comunidad entera. Al final un conocido, no sin cobrar lo suyo, firmó el acta. Luego buscar el terreno y el servicio fúnebre adecuado al presupuesto, considerando que los muertos pueden prescindir de los lujos cuando no de los ritos. Yo nunca había ido como tal al Cementerio del Sur. Usted asimila que el abandono de los muertos se asemeja al abandono de muchos a su memoria. A lo lejos los mausoleos en ruinas evocaban un tiempo jurásico, uno tal vez mejor y más dichoso que este. Caracas es una ciudad de pocos siglos pero de incontables dinastías. La administración del cementerio se llevaba en una precaria garita, custodiada por dos estatuas angelicales de yeso masacradas por el tiempo. Las jornadas laborales están estructuradas para que ninguna maniobra pueda lograrse en un día. Es preciso que la gente pierda varios días, tanto como su energía y su dinero, gestionando una sola cosa. La tristeza se balancea entre una burocracia criminal y un dolor tantálico. No podemos, ni queriendo con furia, comprender el todo. Un sepelio en pandemia se celebra con la suma discreción de una barrica. En el dolor todos se abrazan alrededor de una urna iluminada por un sistema de velas artificiales, de llamas que varían en bombillos blancos y amarillos. En esa atmósfera de pesar me daba la impresión que los zancudos, junto a los dolientes, habían agarrado un gusto excesivo por el café y las lágrimas. Los hombres de antaño no lloran pero se esconden detrás de un Pontiac a beber un miche que después de probarlo me supo a diablo. Yo no creo en virus, decía uno, de igual manera nos vamos a morir. Yo no temo morir, decía otro, pero lo que me da pavor es sufrir; la muerte es una cosa segura, pero el sufrimiento es impredecible, algo por azar, como una lotería de animalitos. Adentro, sentada en una silla de plástico, el rostro de Rüya contra toda esperanza reflejaba grietas, constancia de una gimnasia de la decepción y el cansancio. Ahora estoy completamente sola, decía, mientras el rímel de los ojos se le descorría marcando sendas negras en la cara. Uno en esos momentos no sabe qué decir, basta un gesto de la mano y la mirada para expresar aquellas palabras que no existen, las que tal vez puedan curar.
Alexander JM Urrieta Solano
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Usted asimila que el abandono de los muertos se asemeja al abandono de muchos a su memoria.