Insensatez

He terminado de leer Insensatez de Horacio Castellanos Moya. Una novela que retrata el horror y la desesperación a través de la ironía. Un juego de humor negro y erotismo entretejido en prosas interminables que trasmiten la sensación de asfixia, la velocidad del narrador, un joven que acepta un trabajo de corrección de estilo de un informe monumental donde están plasmados los testimonios de indios sobrevivientes de una masacre ejecutada por grupos militares. «Yo no estoy completo de la mente, decía la frase que subrayé con el marcador amarillo, y que hasta pasé en limpio en mi libreta personal, porque no se trataba de cualquier frase, mucho menos de una ocurrencia, de ninguna manera, sino de la frase que más me impactó en la lectura realizada durante mi primer día de trabajo, de la frase que me dejó lelo en la primera incursión en esas mil cien cuartillas impresas casi de a renglón seguido, depositadas sobre lo que sería mi escritorio por mi amigo Erick, para que me fuera haciendo una idea de la labor que me esperaba». Así empieza la novela.

En la Insensatez hay una relación clara entre la crítica y la ficción, el relato testimonial como documento histórico, así como el uso del poder mediante el ejercicio de la escritura, práctica que moldea la memoria de las víctimas y los hechos violentos, en la medida que legitima la postura de quien escribe, sometiendo al lector a cuestionar la brecha que existe entre los hechos reales y la manera en que se narran las cosas. De igual forma, la estructura de la novela responde a necesidades no solo técnicas sino también estéticas, ajustadas a los fines de presentación de la obra: largos párrafos que prescinden de manchas de texto, un ejercicio bernhardiano que sirve para transmitir una forma acelerada y paranoica de conducir una trama, mediante una voz que solo puede desenvolverse en un terreno monolítico, sin ningún tipo de interrupciones. Donde la coma no solo establece ritmos sino que engancha al lector con la angustia del narrador, junto a su oficio de corrección en un lugar donde la realidad misma comprende una trama incorregible.

Era la totalidad de los habitantes de ese país la que no estaba completa de la mente, lo cual me condujo a una conclusión aun peor, más perturbadora, y es que sólo alguien fuera de sus cabales podía estar dispuesto a trasladarse a un país ajeno cuya población estaba incompleta de la mente para realizar una labor que consistía precisamente en editar un extenso informe de mil cien cuartillas en el que se documentaban las centenares de masacres, evidencia de la perturbación generalizada. Yo tampoco estoy completo de la mente, me dije entonces.

La violencia es un género ampliamente abordado en la narrativa latinoamericana. Este acercamiento al escritor Horacio Castellanos Moya nos plantea, además de una propuesta estilista y argumental desde Centro América, un bosquejo de la realidad de los países en el continente hispano en general; no solo tenemos en común el idioma y las torturas, también la condición reverberante de la invisibilidad, posible gracias a la docilidad con que permitimos que fuerzas mayores narren nuestra historia, que se amputan y carnavalizan en medios de comunicación irresponsables (mediáticamente insensatos), y que para colmo definen lo que podemos llegar a ser, un cúmulo de testimonios narrados en tercera persona, editados por la censura.

Insensatez es una novela muy recomendable para problematizar acerca de la producción discursiva de la violencia y la hipocresía global, así como las formas de presentar dichos reclamos desde el dominio consciente del estilo. El autor se vale de esto para asumir mediante el sarcasmo escrito la responsabilidad del arte, desclasificar las versiones oficiales en medio de tanta confusión; ataca la triada encabezaba por la Iglesia, el Estado encabezado por sus dirigente y servidores de izquierda y la ONG, que también desde su aparente labor desinteresada, solo puede abordar desde cierta distancia institucional lo irreparable. Porque no es mentira para nadie que la miseria y la desgracia, son a toda voces, una forma insensata de lucro y entretenimiento.

El trasfondo es doloroso, apenas podemos asimilar la monstruosidad de los hechos, aquellos que surgen de las descripciones horrendas del narrador, en la que mezcla sus impresiones, su temperamento regulado por un sarcasmo proporcional a su paranoia, que empata con las oraciones que saca del informe y recopila en su libreta. El corrector queda fascinado por la sintaxis de aquellos testimonios, a los que atribuye de cualidades poéticas congénitas en los indígenas sobrevivientes, atrofiados por el maltrato irreversible que nadie puede reparar: Yo no estoy completo de la mente; Porque para mi el dolor es no poder enterrarlo yo; ¡Pero siempre me siento muy cansado de que no puedo hacer nada!; Que siempre los sueños allí están todavía; Si yo me muero, no sé quién me va a enterrar; Hay momentos en que tengo ese miedo y hasta me pongo a gritar; Eran personas como nosotros a las que teníamos miedo…

Alexander JM Urrieta Solano

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Autor: @LiberLudens

También los animales son ciudades.

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