That astonishing thing

I

La versión de los tres amigos sobre el suicidio fue verificada y adjuntada al expediente oficial. Cándido fue el primero en llegar y en irse: estuvo desde las dos hasta las siete de la noche. César y Cicerón llegaron juntos y se fueron respectivamente a las ocho y el otro a las nueve y media.

Según el informe de autopsia Vizcaya se quitó la vida entre las diez y once de la noche del día jueves.

Cándido regresando a su apartamento permaneció detenido por tres horas en una alcabala por presentar estado de ebriedad y aptitud violenta hacia el personal de seguridad; después de tantos disgustos llegó a casa y se quedó dormido a eso de las dos de la mañana. César se había ido caminando hasta la estación del metro Chacaíto y se bajó en Gato Negro; pasó la noche en la residencia de su amante, Cálcifer. Cicerón manejó sin problema por la autopista sin tráfico y llegó a su casa a las diez; tomó una ducha más dos barbitúricos y se acostó a las once, olvidando apagar el televisor que transmitía un programa donde bendecían vasos de agua.

Los tres amigos habían estado en casa de Rogi Vizcaya celebrando su cumpleaños y la publicación de su último libro: La Escolopendra. En la suma de alegrías ninguno sospechó las intenciones siniestras del poeta.

La declaración de los amigos coincidía con la versión de la empleada doméstica, la señora Nilde. Ella vivía en un anexo cerca de la casa Vizcaya; se fue a la misma hora que Cándido. Más tarde regresó a la casa, antes de la partida de Cicerón, para pedirle al poeta que se acordara de ponerle una dedicatoria al ejemplar de La Escolopendra que le había regalado. Entregó el poemario y aprovechó en salir con Cicerón por el portón, regresó al anexo y se acostó.

Según el primer informe el orden de las posibles acciones una vez culminada la reunión fue el siguiente: Vizcaya recogió los platos y los apiló en el fregadero de la cocina. Subió al estudio y se cambió la ropa. Se sirvió un vaso corto de Ron Mantuano con agua y le agregó medio gramo de cianuro de potasio a la mezcla. Bebió sentado en su escritorio mientras hacía la dedicatoria de la señora Nilde. Al saberse morir anotó en su cuaderno aparte una cita lapidaria, que luego de averiguaciones atribuimos a Wittgenstein: La muerte no es un acontecimiento de la vida. No se vive la muerte. Se levantó y dio unos breves pasos. Cayó rendido en el piso del estudio con La Escolopendra entre sus dedos artríticos.

Una conclusión puede ser lógica pero no por eso tiene que ser verdadera. El orden hipotético de los sucesos estaba lleno de muchas inconsistencias. Luego de una revisión junto con mi compañero Blas consideramos inverosímil el suicidio del poeta. No obstante, él tuvo que haber sido el único en colocar el cianuro en el trago, o tal vez no. Se hizo el análisis de la botella de ron y no se encontró veneno. Tampoco se encontró nada en el agua. Consideramos que el polvo ya estaba en el fondo del vaso, pero así como nos planteamos la idea la descartamos porque habían muchos vasos en la vitrina de la casa, y el presunto asesino, si es que hubo, no podía acertar al vaso que terminaría escogiendo Rogi. Se hicieron los análisis respectivos a todos los envases y tampoco se encontró ningún rastro de cianuro.

El asunto me causaba ruido. Una prueba que parecía obvia era la cita encontrada en el cuaderno hecha ese mismo día, que en palabras de Blas: era un anticipo de las acciones poéticas de Vizcaya. Pero la idea que escribiera una dedicatoria a su empleada doméstica mientras se tomaba el trago me parecía absurda. No se relacionaba la situación con el perfil psicológico de un potencial suicida. Al menos en los casos que he trabajado muchos llegan a coincidir en ciertos patrones de conducta.

Contrastando el informe con los testimonios no cabía duda que el veneno estaba en el vaso. Para la hora que Rogi murió no había nadie en la casa. Estaba algo contrariado, entre una situación que parecía superficial y las costuras que sobresalían de los hechos. Pero más allá de eso, en el fondo, tenía temor de aceptar mi fracaso como investigador. Me aferraba a la idea de los elementos simples del crimen. Tras revisar con minuciosidad la casa no encontramos el recipiente donde podía estar el resto del cianuro. Esto evidentemente se tratada de un indicio. También estaban otras constantes en la ecuación Vizcaya: los tres amigos, cuyas historias tampoco eran las mejores referencias.

II

Los tres amigos, durante casi veinte años, se lucraron de los bienes de Rogi: hijo único, poseedor de una cuantiosa herencia de sus padres, lo que le permitió dedicarse de lleno al oficio de la poesía y obtener en varias ocasiones reconocimiento por sus creaciones. Actualmente ellos llevaban estilos de vida un tanto inestables.

Cándido Plaza era un artista plástico que hacía esculturas con técnicas de bronce patinado. Su nombre puede encontrarse en la lista de becarios del Programa Ayacucho que mandó a varios artistas prometedores a residencias al exterior por los años ochenta. Su conducta en el medio era sospechosa, se le tildaba de envidioso y petulante, no fue hasta que lo suspendieron del programa cuando se corroboró que había plagiado una tesis de maestría sobre las visiones de fatalidad en la obra de Joan Miró. Después de eso perdió credibilidad y se dedicó al oficio de la herrería y las apuestas de caballos, contrayendo exorbitantes deudas que eran liquidadas por Rogi; este hacía los “préstamos”, cuando no de mala gana, sí con cierta benevolencia ramplona, cosa que irritaba mucho al artista del hambre Cándido.

César Dávila era fotógrafo. Trabajaba medio tiempo en un laboratorio de revelados por los Chaguaramos. Tenía un matrimonio fracturado por la costumbre. Eso lo animó a participar en unos talleres dictados por su amigo el poeta, a fin de despejar su mente con la lectura de versos anglosajones. Allí conoció a Cálcifer y empezaron a verse en secreto. Esta situación tensó la relación entre los dos amigos. Presuntamente Rogi también se sentía atraído por Cálcifer. Escondía sus celos infantiles bajo el pretexto de que solo quería que César arreglara su matrimonio; este lo llegó a considerar una sutil forma de amenaza, temiendo después que su coartada fuese descubierta por su esposa. Considerando además que Vizcaya era una criatura influyente, que vivía una soledad extrema y se sentía en el derecho de saciar sus deseos cuando quisiera, valiéndose siempre del manejo tenaz de las palabras.

Cicerón Ospina era un pediatra especialista en alergias. Mientras ejercía la docencia en la Universidad Central se ligó con un estudiante de su clase de inmunología. El joven al caer en cuenta que Cicerón no quería algo más que encuentros casuales se sintió ofendido y usado, razones suficientes para acusarlo públicamente de abuso. Cicerón no le quedó otra alternativa que renunciar. Perdió su puesto privilegiado y manchó su reputación. Sus inclinaciones sexuales despertaron suposiciones entre los colegas del gremio: de que había elegido dicha profesión para tener mayor contacto con los menores; comentarios desagradables que despertaban toda clase de dudas. De manera precaria conservaba un consultorio en el Instituto Diagnóstico cuyo alquiler era pagado por el poeta. Cicerón se dedicaba a la venta de récipes a pacientes adictos a los ansiolíticos. Era una persona reprimida y prepotente, cualidades que distaban mucho del código hipocrático y el trato con los niños. En varias oportunidades se llegó a sentir humillado por los comentarios de Rogi, donde este le reprochaba su falta de normalidad, no sin hacer un inventario de sus fracasos y la urgencia de corregirse cuanto antes.

Estos eran los amigos de Rogi Vizcaya.

III

El día que se “suicidó” el poeta estaba cumpliendo 63 años. Su semblanza era bastante buena, muy acorde a su estilo de vida burgués, repleto de artículos de lujo y comodidades: una despensa llena, acabados de mármol y caoba, biblioteca sublime y una serie de animales exóticos disecados, soberbios y mejor conservados que los mamotretos del Museo de Ciencias; de no haber ocurrido aquel incidente el bardo caraqueño hubiese podido vivir cuarenta años más. Se había divorciado cinco veces. Al sentirse más viejo escatimaba esperanzas de encontrar el amor. Direccionaba su fuerza en la construcción metódica de una obra fragmentaria, o lo que consideraba en sus ínfulas megalómanas como su legado literario: Oh Cristo de cien mil pies/dolor nuestro que pisas la tierra, dicen los versos sueltos de su Escolopendra.

Llegó a comentar a sus amigos que los apreciaba tanto que les dejaría su herencia. Estas cosas las decía Rogi medio en broma y medio en serio, tal vez porque estaba muy consciente de la dependencia enfermiza que provocaba en ellos. Engendró en los tres amigos, que llevaban a su modo vidas larvarias y miserables, la idea que podían vislumbrar un futuro próspero, de expectativas económicas. Las circunstancias que daban sentido a esa amistad los convencieron que la fortuna se trataba de un hecho consumado. La muerte del poeta beneficiaba por igual a los tres parásitos. Dar por sentado entonces que una persona extravagante como Vizcaya podía matarse era desconocer, en cierto grado, las formas ambiguas de la vileza humana.

La empleada doméstica era una señora muy devota. Ante cada declaración que daba se hacía la señal de la cruz y buscaba el cielo. Ella fue la que descubrió el cadáver a eso de las ocho de la mañana, hora que empezaba su jornada y le llevaba el desayuno al poeta. No lo encontró en su cuarto y se dirigió al estudio. Golpeó la puerta y no tuvo respuesta, quiso abrir pero la cerradura tenía puesto el seguro. En su desesperación buscó una llave maestra que tenía reservada para casos de emergencia. El olor a encierro y muerte la puso en estado de trance religioso. Llamó a las autoridades que llegaron a eso de las once de la mañana. La hallaron recostaba en la columna carmesí del pórtico, con los brazos extendidos diciendo frases incoherentes al aire; más tarde Blas me comentó que se trataba de un latín precario, de los que recitan algunos curas al cierre de las homilías.

Como expuse en el informe estuve con Blas y el equipo de análisis hasta las cinco de la tarde del día viernes. Pasé un rato intrigado contemplando el vaso, sacando conclusiones descabelladas que le dieran algún sentido al enigma. Conclusiones típicas de las novelas policiacas que tanto me gustaban. Al final de la tarde me quedé sin conjeturas. Decepcionado salí de la casa Vizcaya deseando que me aplastara la noche. Estaba perdido en mis pensamientos, sin percatarme que el asunto Vizcaya me inquietaba y me robaba el sueño de los ojos; ya no se trataba de un mero caso policial sino de una obsesión literaria, que me llenaba de una angustia deportiva. Entre mis objetos de valor recordé mi pila de libros y me sentí un mal Quaresma, incapaz de descifrar misterios. Era un pésimo aprendiz del Padre Brown y Mario Conde.

IV

Quedé con Blas para cenar por una tasca española en La Candelaria. Llegué primero al local, me senté en la barra y pedí un jugo de naranja. Al rato llegó mi compañero, que se disculpó por la demora, mientras sacaba de su bolso un ejemplar de La Escolopendra que había sacado de la casa.

—No sé nada de poesía, pero me llamó la atención. Te lo puedes quedar.

Tomé el ejemplar rústico y con sorna vi la portada: un monstruoso ciempiés hecho en aguafuerte. Revisé las primeras páginas, pasando la dedicatoria (A mis 3C con afecto/esta fatalidad para ustedes), hasta llegar al epígrafe que daba apertura al libro:

That astonishing thing that happens when you crack a needle-awl into a block of ice…

-C.K. Williams-

Curioso. Miré la extensión de la barra y los estantes que exhibían diferentes botellas con licores de marcas nacionales e importadas. Nos trajeron los platos que pedimos y empezamos a comer. Pedí una recarga de jugo y Blas pidió un cuba libre.

—Blas, ¿tú con qué frecuencia bebes?

—Solo cuando la situación lo amerita, depende. Bebo ahora porque estamos comiendo. ¿Tú aparte del jugo no te tomas nada?

—No bebo…Oye, cuando se trata de un buen trago, en este caso un ron, por ejemplo, ¿cómo hay que tomárselo?

—Si es por lo que me estoy tomando no tiene mucha importancia, es un trago barato y mejor es ligarlo con cualquier cosa. Normalmente, si se trata de un buen ron, uno de calidad, se recomienda tomarlo seco para degustar todos los sabores. Yo lo prefiero así. Ahora, hay personas que también lo beben a las rocas, con una conchita de limón; también le agregan un poco de agua normal o gasificada. Depende del gusto.

—A las rocas…

—Sí, con un poco de hielo. —Blas tomaba sorbos largos de su trago negro.

A block of ice. Hielo… ¡¡Hielo!!

Una idea me surgió de repente ¿Cómo no lo había pensado antes?

Me agité en el asiento de patas largas de la barra. Llamé al mesonero y pedí la cuenta. Le dije a Blas que teníamos que volver a la casa Vizcaya. En el camino una nueva hipótesis me taladraba el cerebro. Al llegar tenían a la señora Nilde detenida en la biblioteca. Estaba ensimismada con los ojos cerrados rezando un rosario.

—Disculpe señora, por favor…le tengo que hacer una pregunta y quiero que sea clara. El señor Vizcaya: ¿cómo tomaba sus tragos, con hielo o sin hielo?

—Con hielo. El señor solía tomar las cosas con hielo.

—¿El hielo lo compraban en alguna parte?

—No. En la casa hay una dispensadora que los hace en cubitos.

—¿Dónde está? Llévenos.

La máquina dispensadora estaba en un pequeño cuarto en la parte trasera de la casa. Estaba junto a los suplementos de jardinería y alimentos de conserva. Era un modelo Hoshizaki, de tamaño mediano, parecido a esos que ponen al final de los pasillos de algunos hoteles. Mientras mirábamos por encima la máquina la señora Nilde tuvo un breve lapso de lucidez:

—No les había comentado, señores, pero esa máquina estuvo un buen tiempo dañada; fue antes de ayer que el señor Dávila vino a repararla con un técnico y la puso de nuevo a funcionar. Dios lo bendiga. Es un buen hombre, aunque siempre que lo veo está triste.

Nos miramos todos en silencio. De inmediato se llamó al personal de análisis para revisar el agua que estaba depositada en la máquina. Los resultados mostraron la presencia de partículas tóxicas en el vital líquido. El veneno se concentraba en el hielo.

Miré a Blas con emoción cómplice. El caso se había resuelto. Solo quedaba ordenar los hechos del crimen para reescribir el informe. El día miércoles el ciudadano César Dávila fue con un técnico a la residencia de Rogi Vizcaya con excusa de reparar la dispensadora. El técnico ubicó la falla en un condensador que se había quemado en algún pico de corriente. Dávila aprovechó las pruebas para poner en el depósito una cantidad considerable de cianuro en polvo que pasó a disolverse en el líquido. Confirmamos después, al revisar el inventario, que el químico había sido extraído del depósito del laboratorio fotográfico donde trabajaba. Al quedarse solo Rogi se preparó el trago de ron agregando los cubos de hielo al vaso, volviendo a estrenar después de mucho tiempo la máquina. Haciendo la dedicatoria el hielo se derretía lentamente. El cianuro es miscible en agua y alcohol, por lo que el trago se convirtió en una dosis sumamente letal para matarlo rápido. No le dio tiempo de hacer nada.

Por el trazo ilegible de la cita de Wittgenstein comprobamos que Rogi no había terminado la frase. El compañero Blas ubicó las oraciones faltantes para completar el informe: Si por eternidad se entiende, no una duración temporal infinita, sino intemporalidad, entonces vive eternamente quien vive en el presente. Nuestra vida es tan infinita como ilimitado es nuestro campo visual (Tractatus, prop. 6.4311).

Ciertamente, más allá de las demostraciones lógicas (que están presentes en el uso del lenguaje cotidiano), para la resolución de ciertos casos son necesarias las proposiciones místicas (que están presentes en las disoluciones más simples).

That astonishing thing…

Fuimos a buscar al fotógrafo. Ni su esposa ni los empleados del laboratorio sabían su paradero. Agotadas las opciones quedaba solo la referencia de Cálcifer. Ella vivía en un complejo residencial de torres grises gastado por las filtraciones y el descuido del granito. Los pasillos que conectaban un edificio con otro me provocaban una sensación de asfixia. Sorprendimos a Dávila entrando al apartamento. Al vernos hizo un sonido extraño, incomprensible, seguido de un:

Maldito Cicerón…me jodieron…            Ella...

Dio un paso en falso, tropezó y cayó por las escaleras. El sonido del quiebre es inolvidable. En el fondo se oyó un grito de horror: el lamento de Cálcifer. Lloraba sobre el cuerpo tendido de César, mientras los vecinos se amontonaban confusos alrededor de esa pequeña isla de carne y sangre. Un derrame cerebral lo mató al instante.

En el apartamento entre los cosméticos de Cálcifer, encima de un ejemplar corroído de La Escolopendra, estaba el recipiente del veneno.

Alexander JM Urrieta Solano

Caracas, 30 de agosto de 2020

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Autor: @LiberLudens

También los animales son ciudades.

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