Der Soul Prozess

Recientemente vi Soul con mis padres. En estos días salió un artículo por un medio español donde una señora comentaba que ahora Pixar está haciendo contenidos olvidando que sus películas también la están viendo niños. Contaba el caso particular de sus hijos, ella dice que no sabe cómo lidiar ante las preguntas ontológicas que formulan durante y después de cada película, y en particular esta última que trata el tema de la muerte, o en este caso la evasión de ella, de la mano de posibilidades cuánticas y una excelente exposición visual. Este artículo abrió el debate de lo correcto y las explicaciones de la crianza ideal, no sin mucho alboroto acerca de la existencia o no de un dios, cosa que a estas alturas, y para este texto breve, no me interesa abordar. Muchos de los comentarios eran acerca de la «inteligencia limitada» de los niños, y era cosa de esperarse que esto ponía al descubierto más la inteligencia de los propios padres: casos muy puntuales que daban mucho qué pensar, sobre todo cuando tienes que asimilar la cantidad de gente retrasada que toma la decisión de reproducirse para perpetuar la especie. Todo esto lo despertó una película clase A de casi hora y media. No sin contar a los eruditos del entretenimiento que tienen que hacer un comentario degradante de los productos que ellos mismos son incapaces de hacer. Basta una mínima complejidad para que muchos se sientan más inteligentes que otros para decir que una obra no es para todo el mundo; a esa gente hay que aprender a ubicarla para mandarla discretamente a la mierda. El texto de la señora sugiere una añoranza por las viejas historias de estereotipo gringo, que en sus tonos mágicos proponen perpetuar el sistema, o que se incentive al niño a que solo quiera el nuevo producto de plástico que viene en la promoción de la cajita feliz; se quiere eso de los niños, no que anden preguntado qué es una entidad cuántica. Ella deja muy claro que su mayor desconcierto fue terminar viendo algo que no era lo que estaba esperando ver. «A medida que avanzábamos en el complicado argumento de la película [¿Complicado? ¿De verdad?], me quedó claro que no me iba a encontrar con la película que pensaba». Esta me parece la idea central de su frustración, su insatisfacción como consumidora. Es entendible pero discutible. Era claro que al ser el «filme de jazz» de la compañía teníamos que esperar una trama de Jazz, obviamente, cosa que yo también presentía pero no asumía; da igual porque al final lo terminó siendo, en sus justas proporciones: las viejas chismosas costureras negras, la barbería con clientes negros, Nueva York multicultural pero para defectos enfocada en la comunidad negra… negros y más negros. Black lives matter, circunstancias del mercado, ya lo sabemos, pero esto no es lo relevante. Si quieres jazz busca algo en youtube, que los algoritmos te guíen. No conforme con eso a la articulista, aparte, le pareció admirable que los productores de la película «resistieran la tentación de darle a Joe una trama amorosa, por ejemplo, una de las muchas reglas de guión que se salta Soul» ¿Qué tiene eso de admirable? ¿De qué reglas está hablando? Creo que Begoña no entendió la película. Es evidente que hay una relación de amor sostenida en toda la trama: el amor por la música. A la sociedad del espectáculo (mitológica al fin) le parece reprochable un heroísmo sin propósito. Soul deja muy claro que no se necesita ninguno, ni siquiera para tener una segunda oportunidad en la tierra. Tal vez por eso ciertos espectadores le dieron más importancia a los detalles triviales de la trama, porque estaban esperando ver otra cosa, como no lo vieron se enfrascaron en el color de los personajes, en que no hay un tal dios al final del viaje, o que al final el héroe se quedara solo, que no le cuadraran una jeva, o un jevo por lo menos, como si la soledad fuese una cosa ofensiva. Estos son los detalles que relucen cuando el argumento de una obra no tiene fuerza o cuando las personas no prestan atención a lo que están viendo realmente, y concluyen que tal cosa no es un contenido apto para niños porque toca «temas profundos» ¿Pero esto tiene importancia? No. Hay un gato que habla, con eso basta, hay diálogos hermosos y ocurrentes, la animación y la banda sonora la parten bastante, Pixar siempre lo logra, aunque muchos adultos no lo entiendan. Cada vez pesa menos el criterio del consumidor insatisfecho (el hater-incel), siempre y cuando se cubra la demanda con el consumidor conformista, que no exige demasiado a la mirada. La articulista tal vez debería consultar la programación actual que se transmite a sus hijos en este mundo saturado de locura. Creo que ahora una audiencia que tiene acceso a series como The Amazing World of Gumball puede entender cualquier propuesta bizarra y bien presentada por las grandes cadenas de entretenimiento infantil. No veo qué tiene de malo decirle a la gente que algún día se va a morir, una razón válida para dedicarse de lleno a vivir sin condiciones ni pretensiones fundadas en el terror de que hay algo después de esto. Cruel es convencerse que al final todos iremos a un gran juicio extraordinario, un proceso kafkiano donde seremos pesados por un entidad suprema sin objeto, para luego ser condenados a pasar la eternidad en alguna parte, ¿Dónde? ¿Quién sabe? A un lugar donde vagaremos «como perros» celestes. [«No», dijo el sacerdote, «No hay que creer que todo sea verdad; hay que creer que todo es necesario». «Una opinión desoladora», dijo K. «La mentira se convierte en el orden universal»]. Soul me pareció buena, tiene un mensaje muy lindo: estar vivo es maravilloso. En particular me gusta como ilustra la depresión contemporánea, tema ya de salud pública y urgente, sin dejar de insinuarle a la gente que tiene que seguir consumiendo productos Disney. Después de todo la industria del ratón tiene la virtud de haber logrado infantilizar (a su modo) la mente de los adultos, en la medida que logró patentar, a costa de grandes inversiones y derechos, la imaginación total de Occidente.

Alexander JM Urrieta Solano

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Autor: @LiberLudens

También los animales son ciudades.

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