
Hace unos años hice un diplomado de narrativas contemporáneas en la Universidad Católica. En una clase sobre escritura creativa nos mandaron a presentar un cuento. Por el volumen del curso cada sábado se presentaban varios participantes, leían en voz alta y luego el resto del grupo mediado por el profesor daba sus impresiones y críticas de los textos.
Recuerdo en particular un cuento donde las acciones y hechos eran realizados por un motorizado en la ciudad de Caracas: una rutina de envíos y humillaciones que terminaba en un asesinato confuso, como justificando una especie de venganza social, sin indicios de sátira ni enseñanzas morales.
El cuento en su estructura general tenía una serie de fallas a niveles técnicos, fallas que tenían soluciones muy puntuales; sin embargo tales observaciones tuvieron poca importancia cuando unos participantes empezaron a cuestionar la naturaleza del personaje.
Al parecer, como el protagonista era un mototaxista, no podía ser verosímil que este pudiera hablar de una manera «tan educada», este no podía decir «buenos días» ni «por favor» dentro de un diálogo con alguien, eso generaba extrañeza en los lectores. Para muchos la voz del personaje «no podía ser real» porque aparentemente un motorizado es alguien de por sí vulgar, y por supuesto: «negro y sucio», «alguien que no completa los estudios», una persona que por su condición jamás podría, ni siquiera en un relato de ficción, expresarse con tal grado de urbanidad. Alguien sugirió que para que fuera «todo más real» tenía que decir alguna que otra grosería (coño, mamahuevo, nojoda, marico). Otro dijo que le hacía ruido que un mototaxista «fuera capaz de expresarse con tanta formalidad; no podía ser caraqueño».
Lo malo de casi todos los talleres de escritura en los que llegué a participar, donde predominaba el frágil narcisismo de los que pagan para no escuchar a nadie, era muy difícil encontrar críticas constructivas sobre nuestras creaciones. Siempre la crítica más ambigua y severa es el silencio, y en el peor de los casos comentarios triviales como la incongruencia de las voces, o por qué un personaje decide tomar Nestea antes que café en un clima donde reina la asfixia y la desolación. ¿Por qué?
Los comentarios, como vemos en este caso, no solo ponen en evidencia la mirada poco atenta en grupos motivados por el entusiasmo de convertirse en escritores sin ninguna clase de esfuerzo ni disciplina mental, sino que además se constata la reproducción viral de nuestros prejuicios sobre el mundo, de la ciudad que se proyecta en nuestras opiniones vagas, un tipo de prejuicio que no permite, ni pagando todos los talleres del mundo, el desarrollo de facultades creativas.
Por supuesto al final de ese debate pedante donde se justificaba el endorracismo de las altas culturas de los participantes no se llegó a nada, solo que los motorizados no pueden expresarse «como la gente normal». El profesor sugirió cambiar los tonos para hacer más verídico el cuento. El autor, entre ofendido y decepcionado, no regresó más al diplomado. De más está decir que el texto falló en todos los sentidos de la composición. No tuvo la fuerza para defenderse solo.
Ese día al salir de clase decidí tomar una moto para regresar a mi casa rápido y olvidar la ranciedad de mis compañeros. En una línea estaban unos motoxistas esperando su salida, con sus chalequitos naranja se dedicaban a lidiar con los tiempos muertos que impone la velocidad, jugando cartas y fumando cigarros. Me fui con uno muy amable. Vi que estaba resolviendo un crucigrama.
En el tramo nos pusimos a hablar. Me contó de la carrera más larga que hizo, una vez rodando hasta Valencia ida y vuelta; luego me habló sobre el costo de los repuestos y su horario de trabajo dependiendo el estado del clima; me habló de sus hijas, de que el trabajo dignifica, ya que todas las ronchas tenían sentido por algo, pues hay que pensar siempre en el futuro; pero lo mejor de todo era su fascinación por los crucigramas. Me dijo que era bueno porque con eso aprendía cosas que no sabía antes, aprendía palabras nuevas para mejorar la labia porque uno al final tiene que hablar bien para defenderse en la calle. Esta situación me llevó al límite de la experiencia. La ciudad en los casos menos probables otorga gratis lecciones que luego debemos aplicar en nuestras narraciones, en nuestra vida en general. A pesar de lo corta que fue esa carrera pude jactarme al final del día que el motorizado de mi historia, contra todo pronóstico, se trataba de alguien real, de un ser humano.
Alexander JM Urrieta Solano
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