SE SOSTIENE EL PRESUPUESTO
y en varias ocasiones me lo llegaron a decir, tal vez para hacerme sentir mejor, tratando de paliar con un comentario cierta forma de rabia inexplicable, que una persona decide quitarse la vida porque busca una solución rápida y cobarde ante el hecho de no tener suficientes recursos para encarar la vida. Lo que no entendemos bajo esta afirmación, cínica y cómoda, es que un suicida hace lo que hace porque lleva consigo un dolor psíquico que precisamente no le permite seguir viviendo. En «La Broma infinita», David Foster Wallace, explica este tipo de dolor de una manera triste y clara: una persona que sufre se encuentra atrapada en la última planta de un edificio en llamas. Esta decide lanzarse. Su acto lo hace no porque no tenga miedo. Lo tiene, y mucho. Lo que sucede es que su temor a quemarse con las llamas que lo rodean es superior, un temor mucho más fuerte que el horror mismo del vacío. Desde afuera, ajenos, miramos desde abajo las alturas que nos distancian de aquel ser que sufre. No somos capaces de asimilar la magnitud del horror que vive esa persona. Ignoramos desde hace cuánto tiempo lleva habitando en esa estructura en llamas. El suicidio es el punto final de un proceso de quemadura prolongada, de grietas en el amor, heridas que no se pudieron tratar en el tiempo del modo apropiado. ¿Pero qué es lo apropiado? ¿Basta solo el amor? ¿Cómo prevenirlo? Suicidio: práctica en ascenso en un mundo donde nos sentimos cada vez más solos. Ensimismados, muchos orbitan en la idea atroz: creer que el único que sufre es uno. Ayer se celebró el día de la prevención del suicidio. Me asaltaron de nuevo estas preguntas. Concluí que en muchos casos no se podía hacer nada. Pienso desde el pesimismo. La derrota. Lo que más duele después de la partida del suicida es el estado en el que quedan los que le sobreviven. Al final también algo en ellos, en nosotros, en mí, está muerto. Irónicamente, la idea de llevar algo muerto me hace aferrarme más a la vida: ofrecer amor al que lo necesite. Esa es la única esperanza de los que quedan. Conservar el latido de los ausentes en el recuerdo de los gestos. Después de todo, también somos lo que hemos perdido.
APUNTES DE ANTIOQUIA
«Recordar es una acción ética, tiene un valor ético. La memoria es, dolorosamente, la única relación que podemos sostener con los muertos. Así, la creencia de que la memoria es una acción ética yace en lo más profundo de nuestra naturaleza humana: sabemos que moriremos, y nos afligimos por quienes en el curso natural de los acontecimientos mueren antes que nosotros […]. La insensibilidad y la amnesia parecen ir juntas. Pero la historia ofrece señales contradictorias acerca del valor de la memoria en el curso mucho más largo de la historia colectiva. Y es que simplemente hay demasiada injusticia en el mundo. Y recordar demasiado […] nos amarga. Hacer la paz es olvidar. Para la reconciliación es necesario que la memoria sea defectuosa y limitada» (Sontag, 2004, 134).
La construcción de una «memoria justa» no puede evadir el manejo del olvido. Memoria y olvido son conceptos inseparables. Para Candau existe un «consenso en reconocer que la memoria es menos una restitución fiel del pasado que una reconstrucción, una puesta al día continua del mismo». Memoria y olvido comprenden un marco, son estrategias que responden más a su utilización que a su contenido. Tanto la memoria como el olvido se ligan a las diversas interpretaciones que tenemos del pasado, tomando en cuenta que el contenido viene de cómo interrogamos dicho pasado desde el ahora. Esta forma de verlo tiene que ver con los cambios tanto políticos como culturales— y, ¿por qué no agregarlo?, temperamentales en uno mismo, los intereses cambian el foco de nuestra mirada, el gusto, después de todo, también se construye. Poniendo en este caso: un viajero hace registro de sus recuerdos, es alguien que está de paso por espacios cuya memoria le es ajena, donde no puede dejar de ser un turista de masas, una mancha de tinta en el registro de migraciones y recepciones de sitios destinados a la preservación, al recuerdo. El viajero mira con ojos de extrañeza, todo le fascina, todo le conmueve, después se le olvida. Incapaz de procesarlo todo se disloca, no tiene tiempo, su mirada se altera por el itinerario, las distancias, la improvisación de sus pasos. Cada lugar para el viajero es crucial para analizar —claro, si este tema le interesa—cómo lo que se ha olvidado y lo que no se convierte en recuerdo, y a su vez, cómo esto lleva a la repetición de las mismas acciones: la visita a lugares de «interés turístico». El que viaja solo tiene la virtud del asombro, pasa por los mismos sitios que ya previamente otros le han señalado. Registra lo que más le interesa. Fija una memoria desde la dimensión individual. Los recuerdos son pequeñas impresiones de lo que apenas se conoce. La ciudad, convertida en parque temático de atracciones evoca recuerdos que no le pertenecen—o todo lo contrario, es una máquina de ficciones donde podemos tener recuerdos que ni siquiera necesitan ser vividos—, pero que quedan registrados en la mirada del viajero. Una mirada, claro, propensa a la presbicia.
«Ante una imagen -tan reciente, tan contemporánea como sea-, el pasado no cesa nunca de reconfigurarse, dado que esta imagen sólo deviene pensable en una construcción de la memoria, cuando no de la obsesión. En fin, ante una imagen, tenemos humildemente que reconocer lo siguiente: que probable mente ella nos sobrevivirá, que ante ella somos el elemento frágil, el elemento de Paso, y que ante nosotros ella es el elemento del futuro, el elemento de la duración. La imagen a menudo tiene más de memoria y más de porvenir que el ser que la mira» (Didi-Huberman, 2008, 32).
CAST YOUR FATE TO THE WIND
Comparto con Quima detalles de mi viaje. Le digo que la hospitalidad del sur ha sido buena. Es grato recordar que los amigos son como las costillas, que abrazan y protegen los órganos vitales que nos ayudan a existir, en la medidas de nuestros errores y fracasos, mejor. Hablamos largo y extendido sobre la experiencia y el elogio de la lentitud. Ciertamente vivimos en tiempos acelerados, altos en azúcar, fugaces y dañinos. Épocas que le han declarado la guerra al oído y al cerebro, a la concentración, a la mirada atenta. Quima me repite una frase latina que piensa tatuarse en el brazo izquierdo: Unde habeas quaerit nemo, sed oportet habere: nadie pregunta de dónde procede lo que posees, pero es preciso poseer. No es fácil mantener la atención fija en una sola cosa. Para Lulú la felicidad estaba en cosas muy puntuales: el lujo de mirar las formas del cielo, tomar una birras con los amigos a la orilla del mar, fumar marihuana mirando el atardecer, degustar una crema de apio…Para Falke, decía Quima, eran los recuerdos de los vivos estando vivos—los seres que se aman, así ya no estén con nosotros, se conjugan en presente continuo. Digo, decimos, hay que saber relativizar las distancias, cuando ya dejamos de existir o migrar en el paisaje de los otros. Olvidar es saberse olvidado, decía el buen Gufer. Veamos quién pasa liso las pruebas del olvido. Sigamos, como podamos, nuestros asuntos cotidianos, rutinas que no llevan a ninguna parte. Solo queda constancia de lo hecho, el peso de las imágenes. Si lo piensas te das cuenta que es allí, en los instantes que tenemos con los otros, donde palpita la gracia. Quima me comparte esto mientras mira las fotos. Fuera de contexto permito que pueda darme su opinión de lo que quiera. Al final le sugiero otra frase para un potencial tatuaje, le digo que se lo ponga en sitio digno, secreto, donde no le pegue el sol, sitio que solo puedan ver las personas más cercanas a su ser, dignas de confianza: In petris, herbis vis est, sed maxima verbis: las piedras y las hierbas tienen virtudes, pero mucho más las palabras. Aunque mucho mejor sería, en mi humilde opinión: Fortuna rerum humanarum domina.
Alexander JM Urrieta Solano

