A un exiliado le parece que el estado de exilio tiene la estructura de un sueño. De repente, como en un sueño, aparecen unas caras de las que se había olvidado, que quizá nunca había visto, unos lugares que seguramente ve por primera vez, pero que le parece que le suenan de algo. El sueño es un campo magnético que atrae imágenes del pasado, del presente y del futuro. Al exiliado se le aparecen de repente, despierto, caras, acontecimientos e imágenes atraídos por el campo magnético del sueño; de repente le parece que su biografía ha sido escrita mucho antes de que se cumpla y que, por lo tanto, el exilio no es resultado de las circunstancias externas, ni es elección propia, sino que son coordenadas confusas que el destino había trazado para él desde hace mucho. Atrapado en este dulce y apasionante pensamiento, el exiliado empieza a descifrar las señales confusas, las crucecitas y los nuditos, y de repente le parece que en todo esto lee una secreta armonía: la lógica redonda de los símbolos». pp. 359-360.
Dubravka Ugrešić – Museo de la Rendición Incondicional
Quima nos contó de la fiesta de exes.
Mi primera novia de bachillerato, dijo, luego de siete años me invitó a su cumpleaños, en el apartamento de su reciente ex novio, un conductista. Al llegar R. me presentó. Durante la noche me puse al tanto de la trayectoria de cada ex. El conductista me abordó en la terraza. Me preguntó de dónde conocía a R. y yo le dije que con ella había perdido la virginidad, decía Quima, para mi suerte el conductista solo me veía como una cucaracha del pasado y se afanó, como buen anfitrión, en hablar exageradamente de él. Supe que luego de casi estar comprometido ahora prestaba la casa a su ex que, mientras celebraba la dicha de existir, presentaba su amor más reciente al público. Era la maravilla. Yo no entendía, como siempre, nada. Había un señor durmiendo en el mueble, ese mastodonte fue en algún momento el casi todo y casi nada de R., una persona en la podía reconocer a mi padre, lo cual fue tenebroso, decía Quima. Otro era un estudiante de letras, pésimo lector de Rilke. Había un pasante de farmacia. Un director de teatro. Una profesora de portugués. A cada uno pregunté qué entendían por amor: «el arte de la vida consiste en ocultarle a las personas más queridas la alegría de estar con ellas, pues de otra manera se pierden»(Pavese). Es darse al otro de manera egoísta. Solemos confundir el estado de nuestras emociones, decía una ex: a veces no nos enamoramos de alguien sino de una necesidad de afecto; otras veces, dijo otro, solo nos enamoramos de la forma en cómo otro nos ama, lo cual es doloroso para la vanidad. A veces solo nos atrae una idea del otro, una serie de imágenes creadas a partir de la expectativa, lo cual da a la relación cierto grado de ficción. Otras veces, solo estamos con personas que exigen de nosotros demasiada atención y no están dispuestas a hacer lo mismo, lo cual es agotador. Es alarmante reconocer al narciso del otro. Fui a buscar un trago. En la barra el conductista le pregunta a R. en tono de complicidad: «¿De todos tus exes, cuál es el mejor? ¿Yo?» Tremendo bocabierta. Por la madrugada, ebrio y sin despedirme de nadie, me fui corriendo por la avenida. La fiesta de exes era una casa de pisar duro.

Diciembre se resume en reencuentros, nostalgia y diarrea.
Esta última no tiene mayor explicación, resultado del abuso de nuestras facultades cristianas capitalistas. En Diciembre como y bebo de más, me tomo con seriedad las fiestas paganas, pretexto de celebrar la dicha de estar vivo. No puedo pedirle a mi sistema digestivo que esté a la par de mis desórdenes alimenticios, y sin embargo lo hace. Hay que colaborar e incorporar el consumo de fibra vegetal, que ayuda a la degradación y absorción en el intestino (manzanas, papa con piel y zanahorias). Ya lo dijo Florita Almada: «Tener diarrea no es bueno, salvo en contadas excepciones, pero ir al baño una a dos veces al día proporciona tranquilidad y mesura, una especie de paz interior». De más están las metas que muchos hacen año tras año de iniciar una dieta o asistir al gimnasio, que no está mal, aunque para mí la salud es no tomarse las cosas personal y poder ir al baño todos los días, delgada línea entre la dicha y la desgracia. Cada quien con su opinión. Vive y no jodas. En diciembre, claro, nos sometemos a la diversidad de opiniones inevitables en el reencuentro con los otros. Me duele en muchos casos, al regresar siempre a un lugar, notar que las cosas cambiaron pero que siguen igual, un complejo gatopardista, aceptar que nosotros también seguimos igual, pero distintos. Pasa mucho en los sitios donde ya no tenemos permitido construir nuevos recuerdos. Siento que Caracas es una ciudad que exige ser vivida a partir de lo que ya no tiene, de lo que fue o trata de ser. Quien puede recordar tiene solo como ventaja reconocer la eficacia de su propio olvido. Volver a los amigos, a las personas que amamos, nos da una referencia de lo que fue y es; también lo que pudo haber sido: el jamás. La esperanza es una renovación de la nostalgia, nos ayuda a vivir en lo posible. Gran parte de nosotros sentimos nostalgia todo el tiempo. En el fondo, lector, no anhelas otro país ni un presente distinto, anhelas algo en ti que no tienes o que no has podido encontrar. Los comienzos nos dan la sensación de improvisar una nueva fórmula para las promesas. Una posible mejor versión, menos nostálgica y capaz de purgarse, de nosotros.

La mayoría de los hombres vive con espontaneidad una vida ficticia y ajena. «La mayoría de las personas son otras personas», dijo Oscar Wilde, y qué razón tenía. Unos gastan su vida persiguiendo alguna cosa que no quieren; otros la emplean en la búsqueda de lo que quieren y no les sirve; otros más se pierden.
Pero la mayoría es feliz y goza de la vida sin darle la menor importancia. En general, el hombre llora poco, y, cuando se queja, es su literatura. El pesimismo tiene poca viabilidad como fórmula democrática. Los que lloran los males del mundo quedan aislados—no lloran sino su propio mundo. ¿Qué un Leopardi o un Antero no tienen amado o amante? El universo es un mal. ¿Que un Vigny es mal o poco amado? El mundo es una cárcel. ¿Que un Chateaubriand sueña algo más allá de lo posible? La vida humana es un tedio. ¿Que a un Job se le cubre el cuerpo de ampollas? La tierra está cubierta de ampollas. ¿Que le pisan los callos al triste? Ay de los pies de los soles y de las estrellas.
Ajena a todo esto, y llorando sólo lo justo y el menor tiempo posible—cuando se le muere el hijo que acabará olvidando a lo largo de los años, excepto en los aniversarios; cuando pierde dinero y llora hasta que encuentra más o se adapta a la situación de pérdida —la humanidad continua dirigiendo y amando.
La vitalidad recupera y anima. Los muertos quedan enterrados. Las pérdidas perdidas quedan. pp. 298-299
Fernando Pessoa – Libro del desasosiego

Quima se levanta temprano para ir a trabajar en una tienda de cosméticos en Jirón Paruro.
Me dice que hay que escribir como si se tratara siempre de una última vez. Esto quiere decir que hay escribir como si nos estuviésemos presentando y despidiendo al mismo tiempo. Me pregunto ante quiénes me presento y de quiénes me estoy despidiendo. La palabra permite dar claridad en la medida que extiende su enigma. Quima se ha formado hábitos de un desterrado. Camina las calles de Lima envestido como el gran otro, el mostrico, aquel que tiene el lujo de no contar con alternativas; solo tiene permitido volver a sus recuerdos, la única patria de los que se van. En su repetición está la clave del asombro y también, claro, de su decepción: detalles de una ciudad que es gris y confusa todo el año, pero donde se come bien. Retiene con mayor precisión el rostro de la frustración colectiva del Metropolitano en hora pico; la apatía está en el borracho desmayado en las escaleras de Estación central…también en la larga fila de perros muertos en los bordes de la Panamericana…en el despilfarro de las ferias de comida…en el hambre…en las manchas solares de la piel…en el esfuerzo de una rutina de apariencias…máscaras de la depresión…Quima me dice que la forma de pobreza más extrema y violenta que existe es la que no permite pensarnos distinto. Esta no discrimina a nadie. Quima se detiene a mirar las flores y arbustos que salen por las grietas de una acera, para él, un claro mensaje de resistencia, de la vida abriéndose paso. En una videollamada presta mayor atención a las arrugas de su madre, los mensajes ambiguos del padre cuando publica en un idioma desconocido: el lenguaje de las reacciones. Piensa con frecuencia en la soledad de sus hermanos, perdidos como él, en otros extremos del mundo, por lo que se siente más solo. Lo genuino sigue siendo la hospitalidad de los amigos. Quima no me manda fotos, solo fragmentos de lo que lee. A veces, quiero creer, me dice entre líneas ajenas cómo se siente. Me comparte la voz de Antonio Porchia: «Cuando las estrellas bajan, ¡qué triste es bajar los ojos para verlas!»…»Todo es una comedia de las distancias». Reacciono:

Alexander JM Urrieta Solano
*Las últimas tres fotos compartidas en este texto son tomadas del libro Caracas, amada Caracas… de Helmut Neumann.
