por Benjamín Carrasco
Sólo soy uno de esos epígonos
que viven en la vieja casa de la lengua.
K.K.
Es común que en los permanentes descubrimientos por los que nos lleva la literatura, demos con una piedra de toque que nos causa un inconsolable asombro, una que abate con creces nuestro fulgor anímico. Esto suele ocurrir en aquella edad romántica por excelencia, la juventud, en la cual las angustias creativas se palpan con mayor agudeza. Todo aquel que comienza su recorrido, bien sea como escritor o lector comentarista, prontamente colisiona con la trágica conciencia de su medio. Y no me refiero, necesariamente, a aquella profunda lucha (o agón) del novicio contra la originalidad que se le impele, que según Harold Bloom significaría “el gran cansancio de llegar tarde”. Esa sería, sin duda, una edad prematura que apuesta por la iconoclasia, contrastada con el aprendizaje consciente de sus predecesores que constituye un período de juicio sazonado. Mientras que en una etapa se batalla por vencer a la muerte, en la otra se esmera por si quiera nacer. Y probablemente sólo en esta posición de nacimiento perpetuo halle el escritor en su juventud algo de sensatez, una que no aparte de sí el aprendizaje riguroso, y a veces lacerante, que ponga en la balanza pertinencia e inteligente discreción. En fin, que aspire a mirar con recelo, pero también con gracia, sus propias palabras. Piedra de toque, decíamos, en forma de libros, escritores, personalidades, que nos devuelve acaso a un estado pueril, desprovisto de la soberbia verbal con que pretendiéramos ocultar nuestra patente falta de ideas. Edad primaria y desconcertante, aleccionadora en tanto el peligro de ese turbio manantial de descontento no nos dé alcance y pueble nuestros esmeros de fatuidad y falta de decisión, pues también husmea el peligro de la esterilidad, que no sabemos si es sólo un peligro o ya un hecho consumado.
He vuelto a leer a Karl Kraus, y no ha sido diferente la sensación de abatimiento de las primeras lecturas. Llegué a él, tal vez como muchos, a través de Elías Canetti, y me engañaría al decir que no le debo mi preocupante predisposición, aun si consideramos que de Kraus somos conocedores de tercera o cuarta mano, y que nos queda de su personalidad no más que el testimonio escrito de quienes padecieron y gozaron de su presencia por igual. Desde Canetti, ya me parecía una figura conflictiva a quien le buscaba un igual en nuestro tiempo, sin resultados favorables, limitado a permanecer como lector a contracorriente. Y no me atrevería a escribir de él luego de Roberto Calasso, Walter Muschg, Riccardo Morello o Adan Kovacsics —a este último le debemos en gran medida la posibilidad hispánica—, quienes le han dedicado sendos ensayos, si no fuera desde mi propia experiencia de lectura.
¿Qué hace que un hombre, que sienta en su escritorio a su época, como ante un tribunal, juzgando con énfasis y mordacidad exuberante, aflija el alma de escritores noveles de la nuestra? Probablemente, por la naturaleza de su persuasión, o más bien, de su “fuerza persuasiva” (Überzeugungskraft), contenida en esas “frases-fortaleza”, como las denomina Canetti. Fácil sería desprenderse de libros, de lecturas, de influencias solapadas, de llamativos impulsos juveniles, pero difícilmente se puedan esquivar los dardos de Kraus del quehacer literario si es que se ha tenido el afán de leerlo sin mayores resquemores. Aquellas frases casi axiomáticas de integridad moral, alto reaccionarismo y archiconservadurismo no son una imposición ideológica, ni mucho menos; ni tampoco comparables a los pecados de juventud que significan Cioran o una mala lectura de Nietzsche. Esto comprueba que quien desee ser seducido es capaz de encontrar en los males de su época los despojos consecutivos de las anteriores sin hipotecar a cambio la propia conciencia histórica. Lo es porque desde los últimos días de la casa habsbúrgica hasta el auge del nacionalsocialismo que presenció y denunció Kraus, muchos de los mecanismos de la palabra, como los medios de comunicación y la cínica intelectualidad, que por cierto vieron el nacimiento de un nuevo tipo de propaganda, no han dejado de reelaborar sus tretas hasta nuestros días. Allende la actualidad en pugna —la Viena del cambio de siglo, a la que llegó a llamar “el laboratorio del fin del mundo”— su incitación es imperecedera por cuanto el sentido apocalíptico que imprimió en sus críticas periodísticas, poemas o en su irrepresentable drama Los últimos días de la humanidad, no termina por consumirse y se transforma en una alerta que se place en apabullar la corruptibilidad de un lenguaje que ya comenzaba a anegarse en las trincheras de Europa.
Para Kraus, la reacción natural consistió en practicar el lenguaje con especial celo y devoción, como último eslabón de un dominio sagrado frente a la decadencia de Occidente que ya sentenciara Spengler, con una escritura en que aún cabía lo intrincado, con sus jugarretas alusivas y metafóricas, dado a la ironía y al ataque sanguinario, refugio de la parodia y de la paideia, como si una comedia —de la vanidad— se tratase. Que haya sido a través de la palabra no sólo volvía una tarea desazonada el mostrar la degradación a la que se sometía con un avance desenfrenado una civilización completa, también corría el riesgo de una peligrosa complicidad. Para ello debió revestirla de los más maliciosos artilugios y levantar lo que algunos llamaron “el tribunal de la lengua”, tal como se presenta en el filo expresionista de sus aforismos que en su espejo refleja el vértigo mismo de la locura.
El iniciado escritor o comentarista de libros se preguntará al caso si es que su propia lengua no está en un estado semejante, enervada y maltraída; si es que no es parte él mismo de las fabulaciones de los críticos literarios y poetastros, sociólogos y aun profesores, o de la vacuidad de habla de la politiquería, complacida en tanto remilgo y rodeo, también las del lumpen. En una posición así, no deberá advertir sino el pie en falso ante cualquier palabra y de paso difuminar el contorno de las máscaras de escritura para encontrar allí un espantoso conformismo. De ahí que la necesidad de soportar ese destino político y ético que plantea Kraus en torno a la escritura consista en una ampliación de la propia conciencia, a razón de un juicio crítico, fruto de una deslenguada provocación, en oportunidades efectista y en otras de condenado ingenio. Sin motivos para ponerle tapujos a su retórica, la intransigencia en la relación entre forma y pensamiento ya delatará cuán desvergonzadamente podemos ofertar el razonamiento a la perorata de turno, y que una degradación verbal puede conducir a la justificación de mal gustos, crímenes y vilezas, resultado de elucubraciones y artificios expresivos y de una jerga engolosinada consigo misma.
A la postre, descubrir allí los vicios de un credo que empieza a pisarse la cola y cuyo regusto por sazonarse en sus propios jugos es más que curioso; desconfiar de aquella palabra que se ha enseñoreado en sus ardides y de un mundo que se ufana en su seno. Conciliar la severidad con la creación, pues ante el aliento intempestivo de Kraus, ¿qué más podemos hacer? ¿Cómo escapar de sus frases-fortaleza si a medida que nos adentramos en ellas cada vez más nos damos por advertidos, si no aludidos? Después de leer a Karl Kraus, cualquiera tendría miedo de tomar un lápiz.
B.C.B.
Viña del Mar, VII-020
Misceláneos