El conformista

por Plinio Apuleyo Mendoza

Una buena novela se reconoce en un signo que es común a todas ellas: no admite una interpretación sino muchas, porque la ambición que impulsa a su autor ha buscado algo más que reflejar un entorno social o político, un cuadro de costumbres, un drama intimista o un retrato psicológico. Puede ser todas esas cosas a la vez y éste es el caso de El conformista, quizá la más profunda, más madura y hasta cierto punto de vista la más compleja de las obras de Alberto Moravia.

Habitualmente se ha visto El conformista como el retrato de un personaje muy representativo de la Italia fascista y, a través de él, el de la sociedad italiana de esa época, sociedad que habría dejado una huella profunda en la generación del propio Moravia. Dicha interpretación, desde luego, es válida pero insuficiente. Corre el riesgo de subordinar la novela sólo a un episodio histórico. Y El conformista, aun visto bajo esa iluminación, es más ambicioso. Busca disipar un enigma que ha torturado a historiadores y analistas políticos: la hipnosis colectiva que, en un momento dado, convierte a sociedades cultas, pensantes, con un brillante legado de artistas y de pensadores críticos, en un pasivo rebaño de ovejas dispuesto a seguir a un caudillo habitado por furias elementales y a una desquiciada ideología pregonada por él.

Los historiadores suelen explicar el repentino ascenso del totalitarismo y su permanencia en el poder mediante dos fenómenos: la enajenación de una ideología y su capacidad represiva, una vez que se ha hecho dueña del poder. La ideología puesta al servicio de un Estado totalitario representa para sus devotos una dispensa moral y a la vez una dispensa intelectual. Jean-Francois Revel lo ha explicado muy bien. En el fascismo, el nazismo o el comunismo, el fin justifica los medios. Todo lo que contribuya a la conquista o conservación del poder y al aniquilamiento de quienes se oponen a sus objetivos, está de antemano legitimado. El siglo xx fue, en última instancia, uno de los más sangrientos de la historia por esa suerte de licencia que anuló todas las conquistas logradas por la democracia y su respeto a las libertades individuales. No hay, éticamente hablando, límites para una acción represiva. Los ciudadanos son convocados a ser fieles servidores de una causa, que en unos casos se identificaba con la dictadura de una clase y de sus supuestos representan tes —un partido, un comité central, un secretario general—; en otros, como el nazismo, con el predominio de una raza y en el caso del fascismo de Mussolini, con el de una nación y sus pretensiones imperiales. La dispensa intelectual permite acreditar una teoría aberrante y obedecer ciegamente a un caudillo sin refutación posible porque el principio mismo de la discusión queda abolido. El doble blindaje —intelectual y ético— constituye su fuerza. La acción tiene esta capacidad motriz que la santifica y la convierte en un instrumento de movilización general.

Todo esto ha sido ampliamente tratado por los historiadores, pero hay un hecho determinante en la configuración de tal tipo de Estado y de sociedad que ha quedado huérfano de explicaciones más profundas y subjetivas: es la pasividad o el conformismo de la mayoría de ciudadanos que, en un momento dado, le sirven de soporte a esta clase de sistemas. Una exploración de este género es más propia de un novelista que de un analista político, pues se trata de mirar de qué manera se refleja la enajenación política en el interior de una conciencia. Y éste es el empeño de Moravia en El conformista. Marcello, el principal protagonista de la novela, de ante- mano encuentra justificable y plausible el régimen de su país. Comparte sus falsos valores y obedece a su disciplina. Le basta mirar a su alrededor para considerar que hace lo justo. En la uniformidad que busca, en el deseo de identificarse con el mundo que lo rodea —única manera de enmascarar perturbadoras y secretas tendencias suyas—, uno percibe la supervivencia de un instinto atávico, tan viejo como el mundo: el de pertenecer a la tribu renunciando a una autonomía individual, a una real libertad con toda su carga de singularidades, a un perfil propio ajeno a la sumisión al rebaño.

Sobre esta disyuntiva que se les plantea a los individuos en toda época y lugar —asumir su libertad o refugiarse en la opacidad de la tribu—, Moravia pone una mirada llena de humor. Marcello proviene de un mundo burgués. Es hijo de una madre estrafalaria que no se ajusta, ni por su carácter ni por su condición social, al modelo gris de esa vasta clase media que comparte idénticas aspiraciones, principios, ceremonias sociales y conformismo político, en la cual Marcello quiere incrustarse. Para él, normalidad es sinónimo de mediocridad. Los convencionalismos son las reglas de la tribu. Todo, en apariencia, corresponde a estos códigos comunes. Todo: la idea de la felicidad y del confort, una forma única de vida y hasta los detalles más triviales de su entorno doméstico. Nada escapa al ojo del novelista, ni los objetos de un apartamento, diseminados por encima de las consolas y de las mesas, que Moravia describe con una minuciosa ironía: «una muchacha desnuda arrodillada en el borde de un cenicero, un marinero de mayólica azul que tocaba el acordeón, un grupo de perros blancos y negros, dos o tres lámparas en forma de bola o de flor». Decidido a refundirse en este estrato social a través del matrimonio, encuentra a una mujer que en apariencia no es sino la copia de cientos de miles de chicas de la clase media romana. La boda con ella se realiza sin que falte un solo detalle consagrado por la costumbre, incluso el menú compuesto de un consomé frío, filetes de lenguado, surtido de quesos y helado diplomático. Moravia colecciona con risueña malevolencia todas las piezas del mosaico que identifica a la tribu social descrita por él.

Sin duda esa tribu cambia con el tiempo, pero sin dejar de ser tribu. La identificación entre quienes la conforman constituye el rasgo atávico. Así, los hombres y mujeres que en los años treinta paseaban por el Corso, en Roma, vestían seguramente de otra manera, oían otro género de canciones y tenían otra suerte de fidelidades o enajenaciones políticas, distintas a las de hoy. Pero se parecían entre si, eran idénticos como lo son hoy los muchachos que abarrotan en esta época la misma vía durante un día de fiesta Se igualan en la informalidad de sus vestimentas —vaqueros, chaquetas de cuero—, en la manera de teñirse o raparse el cabello o de llevar aretes y en su relación con el otro sexo. La sumisión a una forma ritual de rebeldía los remite de nuevo a la tribu.

Pero entendámonos: Moravia no se detiene en la pintura de esta mediocre normalidad. Su propósito va mucho más lejos. Muestra que ella es solo un juego de apariencias. Como ocurre en la vida misma, en cada personaje suyo describe una asombrosa singularidad. La compleja concurrencia de factores psicológicos propios hace de cada uno de nosotros un individuo distinto, único. La normalidad, en última instancia, no es sino un juego de representación, una careta.

Marcello, por ejemplo. Es el conformista. Funcionario del régimen, se sienta al lado de hombres que cumplen del mismo modo su rito burocrático. Actúa y piensa como el régimen espera que lo haga él y cuantos comulgan con el credo oficial. Se casa sin amor con una muchacha en suma banal, cuyas ambiciones no son distintas a las de todas las mujeres de su clase y de su tiempo: adquirir un apartamento, un auto y unos muebles; tener unos cuantos hijos. Pero nada de esto resulta cierto. En realidad, Marcello desde niño ha advertido en él rasgos de una anormalidad que lo llena de inquietud, quizá de pavor. Sin saber él mismo por qué, le gustaba destrozar el tallo de las flores y descuartizar lagartijas. Movido por una oscura crueldad, ha matado el gato de un vecino con su honda. Además, caprichos, coqueterías y otros rasgos femeninos de su carácter lo hacen apetecible a los ojos de un homosexual. A estas dos tendencias latentes en él le debe el hecho crucial de su vida: el que va a configurar su destino. Consciente de esta singularidad suya, comprende tardíamente que el mayor error de su vida ha sido «buscar una normalidad cualquiera a través de la cual comunicarse con los demás». Esa normalidad —lo descubrirá después— «no era sino una forma vacía, en cuyo interior todo era anormal y gratuito».

En el fondo, el drama de este conformista es el mismo de Raskolnikov, el personaje de Crimen y castigo. Raskolnikov comete su crimen, pero abrumado por la culpa busca inconscientemente dejar pistas a la policía, pistas que acaban delatándolo. Necesita ser castigado. Antes de Moravia, Dostoievski había explorado a fondo estas profundidades psicológicas. Hijo de una sociedad católica, que envuelve en sentimientos de culpa la aventura erótica, Marcello, como sin duda el propio Moravia, ha interiorizado profundamente la noción católica del pecado. También él mismo busca el castigo a través de una opacidad que lo haga invisible en medio del rebaño. Lo curioso es que la adaptación al mundo oficial donde se mueve ese sentimiento de culpa desaparece cuando debe facilitar la liquidación en París de un adversario del régimen. Para él, normal, en última instancia, es lo que los demás hacen o aprueban. Sólo que, poco a poco, nada corresponde al conformismo que se ha impuesto y al papel que, en su teatro personal, ha creído atribuirle a quienes ve como expresión de esa normalidad buscada. Giulia, su novia, no es la muchacha virgen que esperaba encontrar la noche de bodas. Su historia, al contrario, tiene vericuetos sórdidos. Experiencias poco santas pulverizan la imagen convencional que él se había hecho de ella. El amigo de la familia y padrino de la boda resulta ser un anciano sátiro que la doblega con innobles chantajes a sus caprichos.

Nada sucede como Marcello se lo había propuesto. Si somos aún, como decía un personaje de Bergman, «analfabetos del sentimiento», también en ese campo a veces tormentoso de los impulsos y de los instintos hay insospechadas cargas explosivas que desconocemos. En pleno viaje de bodas, Marcello, el conformista, se descubre una súbita pasión por una mujer que conoce bien su misión y lo desprecia. Esa mujer, a su turno, resulta sacudida por una pasión tan intensa como la suya, sólo que no por él sino por su esposa. En suma, nada corresponde al diseño del conformista.

De esta manera, Moravia se complace en destruir el mundo dentro del cual su personaje se ha refugiado. Pero no hay en ello el simple capricho de un gran fabulador. En realidad, está haciendo visible los secretos detonadores que gobiernan el destino humano y la manera como la vida es un juego de contingencias donde el azar con frecuencia es el auténtico protagonista.

En El conformista encuentra uno los temas que sitúan a Moravia en la vanguardia de su tiempo. En todo sentido es un novelista de esta época, de la posmodernidad, con todos los parentescos y con todas las rupturas con el pasado que esto supone. Uno advierte en él toda una línea de filiación, por ejemplo, con los escritores que en el tema del absurdo encontraron un reflejo del mundo contemporáneo. Ni el conformista ni el personaje de El extranjero, la célebre novela de Albert Camus, constituyen paradigmas. O bien responden a la denominación del antihéroe de nuestro tiempo cuyos actos rozan una cierta amoralidad, o bien son individuos cuyas vidas carecen de sentido propio porque no lo tiene tampoco el mundo o las circunstancias que les ha tocado vivir. Cuando la razón de Estado impone sus pautas sobre una sociedad, sin dejar campo para la expresión libre de ideas o propuestas, como ocurrió en la Italia fascista, en la Alemania nazi o en el mundo comunista, los individuos se convierten en simples correas de transmisión de una voluntad superior a ellos. Son marionetas de la historia. De modo que puede ocurrirles, como a Marcello, participar en el asesinato de un opositor, y tal fue el caso del profesor Quadri, para luego enterarse tardiamente de que había una contraorden, con lo cual su acto se revela gratuito e inconveniente. De igual manera, los cambios históricos los toman por sorpresa, y el conformismo que antes los colocaba a merced de un régimen ahora tiene que manifestarse a favor del orden que lo sustituye. Así, quienes aclamaban meses atrás al Duce ahora saludan tumultuosamente su caída arrastrados por un vértigo ajeno a principios y convicciones. Simplemente el re- baño, con otro pastor, ha cambiado de rumbo.

En esta perspectiva, el tema sartreano de la libertad también está presente en El conformista. Para Sartre todo hombre es libre de elegir su destino. La existencia precede a la esencia, una esencia configurada por aquellas elecciones que le dan su sentido a una vida. A primera vista, la elección de Marcello parecería dar razón a Sartre. Bajo el régimen fascista, su único choix o elección posible era el de ser confor- mista o rebelde, como el profesor Quadri. Y Marcello elige ser conformista. Sólo que, como lo hemos visto, esta elección deliberada, movida por la necesidad de no ser diferente a los demás, acomodándose a una situación socialmente plausible, común a la mayoría de los italianos, resulta ficticia, deleznable o al menos caricaturesca ante una realidad interior y exterior que acaba demoliendo sus propósitos. Moravia nos muestra, con su personaje, los límites de la libertad.

Desde luego, el sexo, el erotismo y sus fantasmas, otro tema que desde El amante de lady Chaterley tuvo una presencia muy marcada en la literatura y en el arte del siglo xx, impregna toda la obra de Moravia. Está en La romana, en Agostino, en El conformista y en el resto de sus libros, expuesto siempre con una sensualidad muy mediterránea que no sólo asedia a sus personajes, unas veces a través de palpitaciones adolescentes o de súbitos deslumbramientos en una edad madura, sino en la materia de su escritura, en el lenguaje mismo, utilizado como la paleta de un pintor para describirnos con suma voluptuosidad verbal un seno o un talle. La mujer es un eje de su obra. Sólo que en ese terreno inquietante del sexo, también le abre un espacio a las ambigüedades que un personaje como Marcello intenta enmascarar dentro de sí mismo y que, al mismo tiempo, lo convierten en sujeto de atracción para personajes equívocos.

Claro que sobre conductas y desvaríos eventuales el novelista hace sentir su mirada escrutadora de juez, una religiosidad a la que nadie, en un país profundamente católico como Italia, puede ser ajeno. Amigo de Passolini, expuesto él mismo a ese constante dilema entre la libertad y la repre- sión, la permisividad y la censura, Moravia no puede evitar que la religión de su infancia cubra de turbios escrúpulos las licencias de sus personajes, del mismo modo que uno lo percibe en las películas de Bergman o en las novelas de Graham Greene.

Hombre de su tiempo, el autor de El conformista deja traslucir en su obra influencias del arte moderno. Sobre todo en el siglo xx, las artes plásticas y aun el cine han encontrado equivalencias en la literatura. Son disciplinas que se relacionan estrechamente entre sí. No por casualidad Lorca, Dalí y Buñuel formaron en España un triunvirato estético que admitía grandes analogías en sus diversas expresiones. Moravia, hombre culto, sensible, receptivo, con los sentidos muy abiertos a todas las expresiones del arte, refleja cómo el cubismo penetra su obra. La manera de pintar un personaje, con planos rápidos y fragmentarios, remite inevitablemente a Picasso. ¿Acaso la siguiente descripción sacada de El conformista no recuerda aquel célebre retrato de Dora Maar llorando? «Esta vez Giulia se puso seria, como el tema requería, y bajó los ojos al plato. Mientras, el rostro de la madre sufría una transformación gradual: las lágrimas desbordaban copiosas de los ojos, al tiempo que una mueca patética le descomponía los rasgos fofos y deformes entre los mechones de los despeinados cabellos, de tal modo que colores y trazos parecían confundirse y desdibujarse como vistos a través de un vaso lleno de agua abundante».

Weeping Woman 1937 Pablo Picasso 1881-1973 Accepted by HM Government in lieu of tax with additional payment (Grant-in-Aid) made with assistance from the National Heritage Memorial Fund, the Art Fund and the Friends of the Tate Gallery 1987 http://www.tate.org.uk/art/work/T05010

Cubismo, pero también surrealismo. Quien haya visto los relojes blandos de Dalí sabe que también esta manera de crear, a partir de la realidad, una tercera forma, es posible lograrla con palabras, escribiendo, narrando. Hay nexos, hilos conductores de todo ese orden en el entramado que le sirve de soporte a la obra de Moravia y muy particularmente a este libro.

Y lo dicho a propósito de la pintura podria extenderse también al cine. La hipérbole visual, que permitió a Buñuel, a Fellini o a Passolini una forma novísima de lenguaje cinematográfico, es utilizada por Moravia para hacer en ciertos momentos un humorístico contrapunto a la opacidad de su personaje. Hay, en efecto, fogonazos fellinescos en la manera como de pronto hace salir al encuentro de Marcello a los diez perros pequineses de su madre. Uno puede sentir el ofensivo olor que despide aquella estancia tras varios días de encierro. La relación que Moravia deja suponer entre aquella anciana declinante y su joven chófer parece extraída también del mundo del celuloide.

Universal y fascinante, Moravia se pasea a través de su obra por todos los códigos de su identidad italiana con la furtiva seguridad de los gatos romanos. Moravia pertenece por entero a Roma, que en última instancia es una ciudad secreta, íntima, recogida sobre sí misma. De alguna manera es atemporal; no pertenece al mundo de internet y de los ejecutivos. Existe desde siempre. No en vano se le llama eterna. Y ese carácter está en su gente. Moravia lo expresa muy bien. Es un observador de su mundo, visto ante todo como una parábola de los comportamientos humanos.

En el mundo editorial, fiel reflejo del mundo que se extiende más allá de las librerías, hay autores que conocen un súbito renombre para eclipsarse luego. En realidad, estas contingencias tienen una importancia muy relativa. El tiempo no es necesariamente un sepulturero porque también consigue más de una resurrección milagrosa cuando en una obra hay valores perdurables. Éste es el caso de Moravia. Y la prueba es la presencia de El conformista en esta colección de grandes autores. Es que el conformista, como personaje de una sociedad, no perteneció exclusivamente a la época de Mussolini. Es un personaje de todos los tiempos y lugares. Responde a una urgencia de identificación para reconocerse siempre en el otro, en el que pasa a nuestro lado; en todos. Esta abolición de la singularidad pone sobre aviso con razón al artista, cuya sensibilidad y vocación buscan lo contrario: exaltar lo propio, lo que nos hace sujetos y no piezas de un engranaje político y social. Moravia, como pocos, supo percibirlo.

Misceláneas

El Cuaderno de Blas Coll (Fragmentos)

La calle de los hoteles

El fin de los dirigibles

Lo que nos queda

Je me souviens

Souvenirs

Selección natural

En el anochecer azul del mundo

por Bastián Desidel Escurra

El que puede cargar con su soledad
tiene todavía hombres en su interior

(Odysseas Elytis)

I o Al fin, el inicio de la calle

Ex fábrica Carozzi en Quilpué.

Para hablar de la poesía de Rubén Jacob, me resulta imposible no pensar en el café Lübeck, situado en una de las calles secundarias —no por eso menos concurridas— de Quilpué. En este tuve por primera vez noticia del Boston. Un amigo, y familiar considerable, traía como obsequio algunos libros entre los cuales se acomodaba la Poesía completa del autor. Admito que, al retornar a mi casa, me vi en la pugna entre el interés que suscita conocer la obra de un poeta que vivió en la misma ciudad en la cual yo había vivido casi la totalidad de mis años, y el tumulto de otros libros significativos que acompañaban este ejemplar. La extrañeza que sobrevino a la primera lectura —casi inmediata por lo demás— fue inevitable. No podía entrar, y si lo hacía por segundos me sentía expectante de un suceso el cual no terminaba de comprender. Pues hoy, al pensar en este suceso, casi como una premonición tardía, reparo en él y lo emparento aún más con la poética de Rubén Jacob; pienso cuánto desconozco los locales que esconde la Galería Colonial, totalmente ajenos a los que habitan en mi recuerdo; pienso en la disposición externa de la Iglesia de la ciudad, una reja negra que inhabilita el paso; pienso en el pequeño altar con vitrinas que se encontraba a su izquierda y que fue víctima de un secuestro fallido —sus ornamentos se encuentran presa de una “doble jaula de seguridad”— y en el hermetismo del cual padece el local colindante, sólo franqueable mediante el recuerdo de los primeros libros ilustrados de la Biblia, que mi madre me compraba para que aprendiera a leer. Pero, ¿qué relación guardan estas evocaciones de cariz personal con las lecturas que se pueden desprender de este poeta?

II o Divagaciones de lecturas sobre la angustia de un viejo caminante

La ciudad es uno de los factores comunes entre el poema de T.S. Eliot, “El “Boston Evening Transcript”” —matriz de las Variaciones—, y los poemas que componen el conjunto de Jacob. Al situarnos en la experiencia citadina de recorrer las calles y locales que ambientan nuestros entornos, podemos observar cómo se trasponen edificaciones, plazas, locales —algunos con más significados que otros. A través de los vestigios y las novedades es que se erige la “nueva ciudad” fruto devenido del desarrollo y el avance incontrolable del tiempo; más aún, si nos detenemos a reflexionar —caso del observador agudo— sobre la ausencia en sus calles y grietas, las pinturas en las murallas, aún se deja ver un rastro, un color, un guiño de algo perdido en los días. Retomando la experiencia literaria, pienso en la figura del Flâneur para aproximarse a la voz poética que se mueve en El Boston. Walter Benjamin, quien trató en diversos ensayos al flâneur en la poética de Baudelaire, nos recuerda que “en el mundo citadino se erige el hogar del flâneur”. No hay que ignorar la posición favorable y armonizante del flâneur con las conductas del observador, comenta Benjamin sobre Les Fleurs du mal, ya que, a pesar de verse dentro de la naturaleza de su espacio, siempre reconoce su diferencia con lo observado, su soledad dentro de la multitud, la identidad de una calle que le es imposible integrar.

Ecos me devuelven hacia la poesía de Jacob: notorio es el paseo por la ciudad, un ritmo reconocible en aquellas multitudes, símil al ritmo de la vida, que “Se remueven en el aire de los pinos”, “Ondean con el viento que llega desde el mar”, ya sea “Buscando los Sonetos Italianos/ O el Necronomicón” o a los que ”(…) divagan en los cafés nocturnos”. Los versos de estas Variaciones se nutren de este movimiento citadino, pues la ciudad se contiene a su vez en la estela de los pasos de sus habitantes, la vacuidad de los edificios clausurados. ¿Quién mejor que el flâneur para seguir huellas en la ciudad?

Parroquia Nuestra Señora del Rosario en Quilpué – Año 2022

Así pende entre las calles el hablante, identificando su lejanía eterna con toda figura que se yergue, reconociendo la imposibilidad de retener esa esencia que le permite integrar por momentos la unidad con los sucesos, ya que esta lo devuelve a sí mismo en su culminación. Situando un ejemplo, la voz poética que enuncia puede ser la sombra de un hombre que al salir de la proyección de una película, se devuelve a la sala de cine, alejándose de las multitudes que se dispersan por las calles, para volver a verse, una vez más, frente a la pantalla, que ahora yace apagada. Sin embargo, la figura del flâneur no permite asir en su totalidad al poeta que reflexiona y transita por los versos del Boston Evening Transcript, puesto que rápidamente la figura abandona el ejercicio de la caminata —al menos como eje central en la presentación de sus versos—, en tanto actividad placentera. La distancia particular del flâneur torna en violencia frente a la voz.

En paraje extraño se transforma la ciudad, produciendo una sensación de desarraigo en torno a la disposición del hablante. El desarraigo produce el extrañamiento de la voz. Las calles que se sentían repletas de gente ahora se colman de ausencia: “Recuerdo entonces que anduve/ Junto a la multitud errante y dolorida/ agolpada en los semáforos” (Variación XVIII[1]); las figuras humanas desaparecen, solo podemos escuchar los pasos del hablante deambulando, intentando arraigarse al ensueño de una “ciudad interior”[2], visualizada a través de las grietas de la ciudad presente, descascarada como una muralla ante la humedad; como nos recuerda Kavafis —con halo premonitorio—: “La ciudad te seguirá”. En esta nostalgia se deja ver la pérdida de los significados y significantes, la constatación de la metamorfosis espacial que tiende a un desconocimiento de lo antes conocido; el peso del transcurrir temporal se vertirá sobre el poema, haciendo más impropios los lugares de la ciudad. Aquella distancia en la que se posiciona el hablante, que transcurre en lo corpóreo respecto a las multitudes, transmuta en la duda espacio-temporal. “Yo venía del tráfago de las ciudades/ Huyendo del carnaval amargo del ruido/ Y de los funestos desahogos agrios/ Como un fantasma perdido” se lee en la variación XIX, prosigue con los versos: “¿Es que provenimos del inicio de las edades/ Y nos movemos despaciosamente/ Hacia el fin de los siglos?/ ¿O retrocederemos al pasado/ Como en la máquina del tiempo?”. La aparición de las figuras atemporales evocadas mediante la palabra y la memoria —ya sean las conocidas referencias literarias, políticas o familiares— no son ni por asomo mera casualidad, mención facilista, recurso estilístico o acrobacia intelectual. La intencionalidad de las evocaciones se remite ante la posibilidad de poblar la desolación; una manera de traer esperanza a la melancolía de la calle; es la potencialidad del conjuro: una evocación que atiborre el ocaso —o que al menos retenga su caída por unas horas, la cristalización del recuerdo antes de ser recuerdo. Pero la posición de desarraigo conlleva a una visión melancólica que desemboca en la conciencia de muerte, la fugacidad vital, la imposibilidad de cristalizar el momento:

Tened cuidado
El pasado en las ciudades
Se confunde con el futuro
Ayer anteayer pasado mañana
Hace treinta años Hoy
Dentro de un mes la semana próxima
Horribles expresiones palabras inquietantes
Que presagian la temida muerte

(V.XIX)

Pues, la condición permanente de la muerte, como parte del estado natural de las cosas, permite la convergencia de escenarios tras la difuminación del espacio-tiempo y la angustia, ante la imposibilidad de resolución de la vida: “Yo ya debo irme pronto/ Quiero estar en casa/ Muchos días falté de allí/ Y deseo arreglar mi entierro/(…)/Hasta pronto entonces querida prima/ Nos veremos otra vez algún día” (V.XIX). Así el tiempo y su flujo toman formas latentes en el hablante; la evocación se desplegará mediante la “búsqueda de comunión” en constante enfrentamiento a la “carencia del otro” —en palabras de Octavio Paz—, pues en esta búsqueda de comunión, mediante las evocaciones, frente a la duda del espacio-tiempo se erige el intento —bello e inútil— de sacralizar la memoria; la atracción que ejerce el recuerdo y la evocación del hablante, permite a los tiempos (dígase pasado, presente y futuro) reposar en un solo espacio: la calle.

Pero la idea de la convergencia del tiempo no corresponde solamente a un tema de fondo. La ausencia de puntuaciones y comas son partes del proceso escritural intencionado que Rubén Jacob deja entrever en su producción literaria. La pausa versal, como diría Denise Levertov, nos revela aquel proceso de pensar/sentir —y viceversa— del poeta. En este caso, estas pausas nos demuestran el intento de capturar una simultaneidad palpitante en la ciudad y, a la vez, el ritmo del proceso de reflexión y evocación del hablante ante la evanescencia de las figuras que lo rodean. Si se atiende a Marcelo Pellegrini en uno de los ensayos contenidos en Confróntese con la sospecha, dicho “simultaneísmo” se da en aquel intento de capturar las múltiples existencias de elementos en la escritura (lineal). Aquella reflexión que sostiene el hablante en las Variaciones, no sería un “atropello” de la realidad, más bien, es el mismo torrente de pensamientos que mana en la persona, voz expuesta a los estímulos que nacen de la ciudad y que promueven la reflexión ante el tiempo.  No sería casual la coda a El Aleph de Jorge Luis Borges, ni la forma en que leía Rubén Jacob sus propios poemas[3].

El hablante poetiza, por decirlo de alguna forma, de una manera pendular; los versos nos llevan a oscilar entre su memoria, la potencialidad de la evocación en las ausencias y la resquebrajada ciudad. Instantes álgidos se pueden leer en la Variación XXII: “Ah Días sin huellas/ ¿Es el amanecer o el anochecer? / Nunca más nunca más por fin / ¿Quién eres qué ocurre? / Me estás matando/ Te encuentro/ Me acuerdo de ti”. Otro ejemplo lo apreciamos en la Variación XX, donde se encuentran los siguientes versos de ambiente punzante, pues asir la figura y el espacio se dificulta aún más: “Comienza el Begin Perfidia Noche y día/ Corazón Loco Sibonei Vereda Tropical/ La Canción de Septiembre/ Abril en Portugal Frenesí/ La calle donde tú vives/ ¿Pero dónde estás tú?/ A los suscriptores del Boston Evening Transcript”.

Si atendemos al punto de inicio de las menciones, podemos identificar una cantidad de espacios públicos (estadios, plazas, sindicatos, teatros) y privados (la casa de los padres y la propia) que se encuentran íntimamente ligados con el reconocimiento de la soledad. La vacuidad de las calles y las casas ocurren como una silenciosa avalancha, y los significados que el hablante otorgaba a ellos sucumben ante el paso del tiempo. Quizás una de las mejores ilustraciones sobre esta reflexión poética, suceda en la afirmación eliotana: “Todo tiene su lugar y su tiempo/ Tal se dice en el enigma de las rocas colgantes/ El mundo nace y va creciendo/ Y va deshaciéndose/ No como una explosión sino como un gemido” (V.XVIII). Aquel tiempo y lugar ya no son los mismos, el significante ha quedado vaciado de significado, por lo que el hablante asiste a aquel deshacerse de la ciudad —a estas alturas por qué no él mismo—, disolviéndose en el gemido lento de los días. Distintos versos a lo largo del poemario nos dan señales del deterioro vital en las que el espacio está inmerso, si atendemos a la Variación II podemos leer: “Por si alguien apareciera/ Detrás de la mampara/ Tantos años que vengo haciéndolo/ Sin que nadie aparezca”. En la Variación XIV nos dice: “Por eso ya no iré más a la estación ferroviaria/ De San Francisco de Limache/ En esa inolvidable construcción antigua/ Las vigas de roble y las vías están podridas/ Ya no corren los trenes/ Trepidando en la creciente oscuridad”. E incluso si nos remontamos a la Variación XX, se nos constata: “Paredes desconchadas/ En la cercana finca de mis padres/ No hay rastros Nada se oye/(…) Se terminaron mis últimas andadas/ Una tras otra se apagan las farolas/ Nunca más rondaré por allí”. La degradación melancólica en que yacen estos lugares me lleva a pensar en el tiempo como un viento indiferente erosionando dunas, pero también murallas y plazoletas. Retornar siempre deja el sabor y la impresión de posicionarse en el lugar de inicio, lugar que ha cambiado sus inscripciones a un lenguaje ajeno.

Pues la degradación del espacio también implica la “carencia del otro”. Esta se visibiliza en la noción de ausencia de personas que, hace instantes, merodeaban por las calles: “No había voz alguna en la atardecida calle/ Así ha sido desde siempre/ Y lo seguirá siendo/ Por los siglos de los siglos” (V.XXII). Pero si la misma ciudad, la cual funcionaba como un nido, transmuta en terreno hostil, si las voces amigables trasvasijan en turbio tráfago y lo que creíamos conocer nos ha sabido tan extraño, si ya no quedan: “(…)vestigios/ Ni un rostro bello ni un rostro difuso”, si “Está todo oscuro oscuro oscuro“, ¿cómo el hablante ha de enfrentarse al tiempo que consume los espacios donde vio florecer la vida?

Mediante la evocación que realiza la voz al momento de mirar la calle, y en esta ver el tiempo, y en el tiempo a las figuras —como queriendo traernos una palabra—, dichas presencias no solo nos comparten su calidez, su esperanza, también arrastran su espacio-tiempo hasta la calle que observa el hablante. Podría decirse que la calle se torna aquel “punto impropio” en donde se cortan dos líneas paralelas, en este caso dos “tiempos”, los cuales se avizoran desde espacios como la casa. Permítaseme traer la idea de Bachelard respecto al dinamismo de la Casa y el Universo. En este caso, la Casa tiende a ser el espacio en donde nacen las evocaciones relacionadas a la vida personal del hablante, búsqueda de respuesta en la pregunta eliotana, el rescate de aquella memoria : ¿Dónde está la vida que perdimos viviendo? Rubén Jacob pareciera buscar la respuesta “hacia dentro”; mientras que la Calle será espacio de la universalización, donde emergen distintos personajes de tiempos recónditos,  sitio en cual florece la posibilidad de la deriva, el intento imposible de compartir con Borges los versos de Ungaretti en una plazoleta (V.XIII) o pedir respuestas a Kant sobre los juicios sintéticos a priori, entre la casa y una estación ferroviaria (V.XIV). De esta manera, se abre la posibilidad de la vida no vivida, mediante la lectura; caminar la calle se perfila como caminar el tiempo perdido en la posibilidad (común será la simbolización de las evocaciones, espacios, como si fuese el tiempo), el intento de rescate, el traer a nosotros la figura de los desolados y engullidos por sus días, para decirles que no estamos solos dentro de nuestra soledad.

Avenida Los Carrera, Quilpué

La universalización actúa a manera de abismo, extremando la tensión en que se desenvuelve esta poesía, ya que la particularidad vivida en la Casa se ve también acechada ante el paso del tiempo, es la muerte el fin del tiempo propio, más no del paso de los días. La voz poética nos dirá: “Vendrá un tiempo no sé cuando/ Y no sabremos el nombre de lo que amamos” (V.XXII). Todo se sumerge en un olvido y un desconocimiento de lo que fue nuestra vida. La Casa también está expuesta ante la universalización amenazante, si imaginamos dicha tensión de unificar todo fenómeno en una unidad, la muerte, y la Casa como una estructura cerrada que soporta los embates de este abismo. En el Boston, el tiempo se ha colado por las ventanas, umbrales y cerraduras, ampliando lentamente el fracaso inevitable de vencer el fin. En la variación XIX, el hablante dice:

Me fuí un día
En mi corazón resonaba perdurando
El estridor de las cigarras
En mi casa deshabitada durante ese lapso
Únicamente alojó el silencio
Y el tiempo penetró por las ventanas
En mi ausencia ahí no residió nadie
Ni amigos ni parientes
Solamente el tiempo penetró por las ventanas

(V.XIX)

El único lugar de protección ante el tiempo, ese espacio de identidad y particularidad, ha filtrado la angustia. ”Pero a qué tantas especulaciones/ Si al fin de cuentas siempre estaremos/ Como apátridas solitarios/ En distantes planetas o en esta tierra baldía” (V.XX). La muerte acecha detrás de las reflexiones del hablante y le recuerda que las evocaciones no son inmortales. Sírvase la Variación XIV: “(…) Como si la multitud fuera el tiempo/ y el tiempo fuera el mar/ Y el mar fuere la noche Y la lluvia)/ Y la noche fuere el existir/ Y también el tiempo y la muerte”.¿Como hemos de rescatar a esas “Muchas personas amadas alguna vez/ Seres ya perdidos de mi mirada”? La memoria se diluye. A pesar del resguardo en estas figuras, la condición efímera de la evocación es sabida, pues el hablante no puede hacer eternos los sucesos, la posibilidad baja su telón. Cae la noche en la ciudad, como si los signos se despidieran de nosotros, al final de la calle, que es el tiempo. “Seguramente entristecido/ Con una tranquila decepción con cierto desencanto”, solo queda la aseveración “Sobre cuán bella fue la vida/ Y cuán inútil” (Coda sobre un texto de J.L.Borges), y la seguridad de que “No podemos hablar con los muertos/ Ni recobrar el tiempo la transitoria lluvia/ Es por lo mismo que tampoco yo pregunto/ Porque llegó la oportunidad/ En que hablar o callar da lo mismo” (V.XXI).

III o Al final de la calle el inicio

Creer en la gratuidad de la mención en las variaciones, sería caer en un piso falso. En la poesía de Rubén Jacob no terminan de desfilar los amigos y familiares, los poetas y novelistas ya olvidados, lo que más hace pensar en la existencia de un “disco” girando en contra del sentido horario por debajo de las baldosas, o una fuerza que moviliza una cantidad no menor de engranajes ocultos a la vista. No es menor cómo se empapa de una esencia revisitada, un ejemplo podría ser la traducción de Pound al poema anglosajón “El navegante”, o los versos de Eliot que dictan: «This is the hour for which we waited. / This is the ultimate hour / When life is justified. / (…)/  at such peace I am terrified. There is nothing else beside.”, inclusive versos de Le Cimetière marin de Paul Valery. Jacob sitúa al lector dentro de la angustia tan natural, e inevitable, del ser humano producida por la toma de conciencia de la finitud carnal.

Grandes obras se han escrito bajo este halo dentro de la misma región. Un ejemplo es la de su amigo Hugo Zambelli, con su libro: De la mano del tiempo. La existencia de esta tradición y el despliegue de estas nos invita a posicionar a Rubén Jacob como uno de los grandes poetas de la Quinta Región. Mucho le queda por ofrecer a The Boston Evening Transcript, sin aún mencionar Llave de sol y Granjerías infames, pues muchos más espero que sean lectores de sus poemas.

Tras volver a la lectura de este poemario, herido por el afán de conocer a esos escritores que uno admira secretamente, solo me queda pensar en cuántas veces pudo Jacob caminar las mismas calles en las que me detuve golpeado por un halo de nada, cuántas filas, cuántas plazas, cuántas noches; queda agradecer a los bellos amigos, que en un café vacío nos acercan El Boston, con la cariñosa indicación de quien presenta una novedad entre las hojas. Pues hay noticias que no dejan de transcurrir en su destiempo y hay sombras que no cesan sus pasos, su eco habita el final de la calle recomenzando, preguntándose: ¿Dónde está aquella vida que perdimos viviendo?

Calle Andrés Bello, Quilpué

[1] De aquí en adelante, se referenciará los poemas mediante la abreviatura V.”número de la variación”, según lo requiera.

[2] Debo este término a Sergio Holas y su artículo Plegados del cuidado. La ciudadanía y la ciudad en Las cosas nuevas de Ennio Moltedo

[3] A causa del desfase temporal ante el fallecimiento y la edad de jóvenes lectores, esto puede ser apreciable mediante las grabaciones existentes en Internet.

Misceláneas

El intersticio primero

El poeta en el mundo

«Estamos en manos de la discrecionalidad de los que deciden.»

Ensayo sobre el Lugar Silencioso

Después de Karl Kraus

Crítica y canon

El secreto del éxito japonés

«Hasta hoy en la literatura y en la historia, el exiliado ha sido un personaje protagónico. Propongo otro: el quedado, el regresado, el que no puede (o no quiere) ir a ninguna parte. (¿A qué parte en un mundo en que los exilios comienzan a ser imposibles?) Apuesto por la pertinencia de estos seres, por su heroismo domiciliario.»

Eduardo Lalo – donde

Hotel frente a la Avenida las Américas

Durante mucho tiempo le atribuí a Tombo una frase que luego vi que estaba en el prólogo que hizo Vicente Huidobro en su Altazor:

«Los cuatro puntos cardinales son tres: norte y sur.»

Admito que la sentencia abría una discusión intensa entre nosotros que mantenía siempre el mismo hilo conductor: el porvenir. Pasaron los años y muchas de las personas con las que tenía estas reflexiones en el Hongo, detrás del Comedor, el café de estadística, la entrada de la Biblioteca Central, el Hueco, esperando en el andén, caminado a Zona Rental…ya no las tengo conmigo. En una revista académica regresó de nuevo el concepto de insilio, una especie de destierro de uno mismo. Normalizamos reconocer en muchas personas el síntoma particular de estar a menudo fuera de sí; ahora la palabra más acertada es disociarse, verbo que sin problema conjugamos en la primera persona del plural, como si se tratara de un estado de derecho que nadie nos puede cuestionar. Disociamos para evadir el porvenir. O lo que también sucede con más frecuencia: disociamos porque el porvenir se nos viene encima. Quisiera tener la capacidad de ubicar los cuatro puntos cardinales entre el norte y el sur. ¿Cuál es la dirección? La pregunta es abierta y dirigida a los ausentes. Seres queridos llevando el costo de la vida en sitios sin referencias para mí, solo tengo fotos, archivos, memoria, historias alteradas por mitologías personales, rayando entre la pena y la vanidad, historias de 24 horas de duración, que hacen de la eternidad un asunto de métricas y reacciones. El porvenir parece tener un vínculo íntimo con la soledad. Una forma de tristeza. Esa huida de nosotros, ¿qué objetivo propone? ¿Mientras más lejos estemos de nosotros, más cerca estará la meta? De ser así, ¿en qué consiste dicha meta? Queda la hospitalidad del recuerdo. Releo el final de un relato de Kafka:

«—¿Hacía dónde cabalga el señor?
—No lo sé —respondí—.Solo quiero irme de aquí, solamente irme de aquí. Partir siempre, salir de aquí, solo así puedo alcanzar mi meta.
—¿Conoce, pues, su meta?—preguntó él.
—Sí—contesté yo—.Lo he dicho ya. Salir de aquí, esa es mi meta.»

Sigo volviendo a ninguna parte.
Los regresos también son metas.