por Alexander JM Urrieta Solano
Me gusta mi colegio porque es verde y hay poca tierra. En mi casa todo es gris y sucio. Me gusta estar en casa de un amigo por las tardes y preguntar por el que no vino. El tata de mi amigo dice que no va al colegio porque no tiene comida. El año pasado se fue mucha gente, la profesora dice que salieron a buscar algo. A veces sueño con los que ya no están. Lo que más me gusta de mi colegio es el canto de la mañana. Hablo del himno nacional, por supuesto. También el ruido del carro de papá calentándose en el estacionamiento para llevarme. Por mi casa todo es edificio y rejas con puyas. Los pájaros no existen, si hay deben estar en otra parte. Yo esas cosas las puedo entender porque soy grande. Donde yo vivo todo es como muy feo. Me gusta el olor de la cantina por la mañana, cuando todo está oscuro y se ven todavía las estrellas, o los bombillos, no sé, a veces son como lo mismo. El estómago a veces me duele por las empanadas y merengadas que desayuno, pero yo no digo nada porque después me quitan el dinero de la comida y me toca comer lo que hace mi mamá y eso si es lo peor porque su comida no me gusta para nada, pero igual uno debe ser agradecido, porque hay muchos que no comen. Pasa que algún compañero se desmaya en la formación y las maestras corren a recogerlo. Los niños caen como árboles, siempre se desmaya uno mientras vamos cantando el himno, se caen cuando vamos por esa frase que dice “el vil egoísmo que otra vez triunfó”, sé que no es chistoso, pero a mí me da risa, porque hacen como puff y se quedan ahí, como muertos vivos, pero con hambre, que no sé si sea lo mismo. Esas son las cosas que tengo para opinar aquí. Ojalá los que se fueron vuelvan pronto, mañana y pasado mañana tenemos clase. Cualquier cosa puedo prestar mis cuadernos para que copien las tareas y no estén tan perdidos cuando regresen. Quisiera que la maestra me deje llevarme una planta del jardín para ponerla en mi casa, si se puede.
Alumno cursante de 4to grado “C”. Publicado en la Revista Estudiantil El Tucusito, sección: Voces pequeñas del futuro, año IV, 2015. Unidad Educativa “Colegio Leoncito Barrios”, Caracas.
—Pensemos la nostalgia como una sucesión de imágenes en la tradición.
—Si nos remitimos —o, mejor dicho, nos tomamos el atrevimiento de extrapolar—a una lectura hipotética de la cábala (tradición) en nuestro sentimiento trágico, podemos ver que la nostalgia en las Sefirot (conjunto de imágenes poéticas) es una pequeña esfera ubicada entre la Gedullah (la grandeza) y la Gevunah (el poder); o bien la nostalgia se encuentra entre Hesed (el amor) y el Din (el rigor). Puede resultar desmesurado plantear esta relación alegórica de imágenes para explicar un acontecimiento del alma, pero mientras tanto (como bien lo justifica el texto) me quedo con este ejemplo de cómo dar dimensiones al acto de recordar; las vinculaciones múltiples que arrastra consigo el concepto de la nostalgia.
—Con la noción de las Sefirot se pretende evocar una imagen posible del alma. De modo especulativo: la ubicación cartográfica de la nostalgia. Es un dibujo libre, tal vez pueda rayar en el desacierto.
—Si el alma se puede representar como un edificio, como lo han hecho los psicoanalistas y fenomenólogos, y nos aproximamos de igual manera a la estructura de las Sefirot que dan forma a la cábala, ¿podemos decir que la nostalgia es una mezzanina?
—¿Puede también ser un pasillo que conecta habitaciones, pasajes, pero nunca conectados con ninguna salida?
—¿Puede conectarse un gran salón de la memoria con alguna forma de buhardilla del olvido? Si se me permite estas imágenes dentro de la pregunta.
—El olvido es un archivo comido por las termitas.
—¿La nostalgia como medio de tránsito también puede ser una escalera?
—Una escalera hacia ninguna parte.
—Una imagen más acertada si cambiamos la estructura de edificio-alma por casa-alma. La memoria puede estar regada en los objetos más triviales de una casa, un local plagado de nostalgias malditas, como diría el buen Quima.
—La casa es como una agenda. Cada objeto tiene una historia personal. Son esas piezas de rompecabezas que arman el marco de la memoria. Es justo cuando se me acumulan tantas cosas que asimilo las cosas que he perdido.
—Hablando de cosas perdidas. Me he quedado viendo en loop infinito un video de nueve segundos donde una excavadora destruye la entrada de un restaurante en Las Mercedes. La entrada tenía la forma de una cabeza de dragón chino. No puedo recordar si en alguna parte, cuando trabaja en el Avant Bistró, le tomé alguna foto. Solo queda para mí la imagen retenida de la destrucción. Nunca fui al restaurante. No conservo ningún recuerdo.
—El autor de la publicación en la descripción pone: “La ciudad no preserva. Sustituye. Una cabeza de dragón colapsa bajo el peso de la maquinaria”.
—Esto me recuerda a las reflexiones melancólicas que leí en un texto de José Ignacio Cabrujas. El parecía decepcionado al mencionar que Caracas es una de esas ciudades donde es imposible la existencia de recuerdos: “Es una ciudad en permanente demolición que conspira contra cualquier memoria; ese es su goce, su espectáculo, su principal característica”.
—Cabrujas hace una distinción entre pueblos que construyen y pueblos que destruyen. Nosotros, por supuesto, entramos en la segunda categoría. Tal vez sea una cualidad idiosincrática, quiero decir: es en la destrucción donde radica el sentido de nuestra pequeña existencia. Cierto que algunos pueblos destacan sobre otros por su forma de gestionar la memoria, así como están otros pueblos, como el nuestro, que ejercen las más variadas y crueles gestiones de olvido.
— “These are the last things…One by one they disappear and never come back…Close your eyes for a moment, turn around to look at something else, and the thing that was before you suddenly gone”. Pienso en oraciones dispersas de una novela de Paul Auster. Caracas es un proyecto de reconstrucción permanente. Las referencias que tengo de ella tienen como punto de partida las cosas que ya no existen. La pérdida es un valor no negociable de la ciudad. Es característico que nuestro habitus (forma de ver, hacer y ser) se legitime bajo los estandartes de lo provisional. “En Caracas nada se concluyó. Por eso, los caraqueños hemos soñado siempre con el día en que inauguraremos la ciudad, una ciudad que se parezca a nosotros mismos, lo cual es virtualmente imposible, pero al mismo tiempo un delirio colectivo” (Cabrujas).
—He sido testigo de cierres de refugios y fugas repentinas de amigos que, una vez expulsados del reino y dispersados en la nada migratoria, se han vuelto extraños cuya vida artificial veo progresar detrás de una pantalla que propicia irritaciones y problemas de la vista; he sido testigo de liquidaciones en librerías y ferias convertidas en bazares y esperanzas de bingo y lotería de animalitos; he sido testigo de tala de árboles, auspiciada por orcos gubernamentales, cuya existencia de siglos se desvanece en cuestión de segundos, la misma duración del video donde el político analfabeta se pavonea al son de una excelsa gestión ecocida.
—He visto, con cierto grado de asombro y cinismo, el desarrollo brutal del retraso. Otros cínicos, a lo mejor más avezados que nosotros, dirán que los cambios son inevitables, que la destrucción es inminente. ¿Pero cuál es la ciudad que a pasos rizomáticos estamos construyendo o, para ser más dramáticos —y en tal caso ridículos—, estamos disfrutando ver desaparecer? Cierto que las reflexiones de Cabrujas parten de una especie de tragedia estética: Caracas es la ciudad de paso, el campamento que a largo plazo —gracias a los ingresos excesivos de las rentas y la fantasía— se convirtió en hotel.
—El ciudadano de Cabrujas se traduce en monstruoso huésped: un parásito de la circunstancia. Este por naturaleza, fuerza opuesta de la costumbre, se encuentra en estado de paso, vive en la bruma del tránsito. Todo lo que le rodea parece y tiene que hallarse disponible y siempre a su servicio. Sin ánimos de generalizar —particularmente no me interesan las proposiciones pardas— el huésped de esta ciudad puede llevar una existencia media y llevadera, plácida (mente mediocre), libre de preocupaciones y esfuerzos: un sujeto incapacitado de reconocer el valor de la memoria y la palabra.
—Como la aspiración del huésped se sostiene en un mientras tanto se nos permite desplazarnos por el espacio con una libertad insensata, inmunes al reproche de los recuerdos. Podríamos decir que aquello que olvidamos nos define por encima de lo que somos capaces todavía de recordar. No tienen que sorprendernos los productos residuales de estas formas legítimas y nada vergonzosas de existir. Peor que un huésped cínico y pesimista, encontramos el huésped terminal nostálgico, el desmemoriado…cuando nos referimos a los casos más lamentables. Tanto los terminales nostálgicos como los desmemoriados hacen del pasado un espectáculo que aspira la captación de audiencias por igual trastornadas por aquello que han perdido.
—Aceptar los cambios y el paso agresivo del tiempo es una forma de reconciliarnos con el pasado. El acto de recordar estimula las posibilidades del músculo, ayuda en la digestión, libera cólicos, alivia, aplaca los problemas de aliento.
—En ciertos puntos difiero con la melancolía extrema de Cabrujas. Todos los espacios permiten la existencia de recuerdos. El dilema aquí está cuando perdemos la potestad de acceder a ellos: decidir por nuestros medios el cómo y cuándo podemos olvidar. El mayor dolor es sobrellevar la desgarradura del recuerdo. En una ciudad de grandes destructores es inevitable la existencia de grandes derroteros, grandes aspirantes de la nostalgia. Hemos perdido los vínculos físicos para ubicar —y por qué no decir: clasificar, ordenar, sustanciar—nuestros recuerdos.
—De hecho, ese vínculo perdido, paradójicamente, es la nostalgia, impotencia del nómada, prótesis del exiliado: espina dorsal del movimiento.
—Al ver cómo la máquina destruía la cabeza del dragón experimenté una sensación de pérdida. Una cabeza que recibía a los comensales devorándolos. He aquí una imagen operacional de la nostalgia. Esta sensación de pérdida no es nueva. Lo que resulta una novedad, y admitirlo duele, es reconocer cómo se manifiesta dicha pérdida en mí.
—¿Cómo ciertas piezas de mi mundo son demolidas por las mismas fuerzas del recuerdo? Regreso y creo entender a qué se refería Cabrujas con esa “permanente demolición que conspira contra cualquier memoria”.
—Sabes que algo se ha perdido cuando todavía puedes recordar lo que has olvidado.
—¿Cuántas cabezas de dragón tenemos que demoler para recuperar la nuestra?

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