Es la pérdida misma la que se ha perdido

por Alexander JM Urrieta Solano

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No sé cuándo empecé a vender libros.

Quizá comenzando sociología. Capaz un poco antes, cuando era mensajero de un bufete que se reunía a comer y beber en El Dragón Verde, unos chinos por el Bosque.

Por las noches trabajaba recogiendo cables en bodas, quinceaños y graduaciones.

Tenía diecinueve años.

Cuando mi jefe (El Jano) estaba de buenas o pasado de tragos, dedicado a bailar con las niñas y seducir a las matrioskas, me dejaba usar el mixer pasada las doce, cuando la pista se llena de gente en el orto. Ponía mi sesión electrónica: Daft Punk, DJ Sammy, Chemical Brothers, Fake Blood, Soulwax, Justice, Dada Life. Dependiendo del momento tenía mi selección salsera: Dimensión Latina, Cortijo, Ray Barreto, La Orquesta Harlow, los Hermanos Lebrón, el Disco Blanco de Palmieri (que suena mejor a las cuatro de la mañana y a las dos de la tarde), La Sonora Matancera y la dicha de Fania All Stars.

Esta constelación de referencias fue la herencia de mis tíos de la Oficina N°1, hombres alegres que luego de entregarse a los evangélicos dejaron la melomanía para siempre. La desmesura espiritual los hizo seres aburridos y entristecidos en la fe. El pasado festivo quedó retenido en la gaveta de la vergüenza, que para los cristianos es lo mundano, para los druidas urbanos (amantes de Herman Hesse) el Samsara, y para los lacanianos, lo real, la caja negra del inconsciente (esto claro, hablando en términos aeronáuticos).

Luego Perdomo me explicará en la Tasca Los Hermanos que lo real es una estaca clavada en el océano, una vara que mide lo que no puede medirse. Por medio del lenguaje, me dijo, tratamos de dar orden y sentido a lo caótico de la vida. Eso es lo real. Ese intento frustrado de retener lo inefable con las palabras.

Mezclar lo que nos provoca es lo más parecido a ser Dios. En tal caso, un pequeño demiurgo.

El porvenir, gracias a la extravagancia de la juventud, la tristeza, las ilusiones y la falta de experiencia, se podía evadir.

Tenía sueños desordenados.

Los recuerdos son imágenes fijas en segundos de canciones.

Años después leí la definición de Instante para Leidy, una niña de diez años: El instante “es lo único que uno le pide a una persona”.

Rayado en Bello Monte

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Escribía reseñas para una agencia de objetivos promiscuos: “promover bandas emergentes”.

Estamos en el 2011.

Había muchos conciertos gratis; lo gratuito presagiaba una metástasis discreta.

Escucho System of a Down, MGMT, Morricone, Ratatat y Kavinsky.

Me ofrecía para llenar y ordenar iPods nano y clásicos. Tenía que crear listas y proponer antologías para el mañana. El éxito de los servicios (tanto escribir como llenar iPods) radicaba en la garantía de un sentido del gusto por los detalles. Requisito indispensable para el librero. Pero eso vendría después.

Con la música los trabajos eran sencillos, de reconocimiento; más que las canciones, de uno mismo. El descubrimiento y asombro son cruciales para el DJ, selector, entusiasta o cualquier cronista en formación durante los años difíciles, etapa que particularmente nunca termina para el espíritu inquieto.

El sentido del gusto se construye. Orbita entre novedades y posturas fósiles. Hay cierto recelo sagrado por las cosas inútiles. A veces una mezquindad inusitada nos priva de alternativas para ser mejores.

Mi problema con la agencia era cuando una banda era mala y tenía que venderla como buena, justificando un sueldo… intereses ajenos de rapiña.

También me pasará vendiendo libros. Metido en discusiones estériles por la defensa del lector—el respeto del tiempo, mantener relaciones públicas (inevitables pero necesarias) con escritores insoportables, artistas sin talento y narcisistas, empeñados en la pose que está por encima de su obra —se tiene que ser comedido en la distribución de los elogios.

Tendré hitos canallescos, así como pequeñas alegrías donde recuperaré la fe en la humanidad, para perderla al día siguiente.

Pero no quiero adelantarme. El ahora es pasado.

Nunca me interesó escribir. Mejor es ver y escuchar. Acumular canciones. Volver para siempre a las mejores partes de nuestra vida. De ahí el origen del Juego de las listas, intentos de inventariar recuerdos. Dejar constancia del rastro.

Tendré nuevas definiciones de la palabra Espíritu.

Para Pablo, de 10 años: “El espíritu es un recuerdo de la mente”.

Para Andrés, de 9 años: “Es el segundo cuerpo que vive en la muerte».

Mural en la Avenida San Martín

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Anoto una frase de “El libro de las semejanzas” de Edmond Jabès:

“Existo porque tú me conoces, decía. De ti proviene mi semejanza.”

Asunto crónico de la memoria: perder la capacidad de concentrarse. Extraviar los vínculos con la semejanza.

Sobreestimulados por los signos de la rutina se nos priva el espacio del aburrimiento. En un caso terminal se nos niega el espacio para contemplar: cultivar la mirada atenta en una sociedad farmaco-pornográfica.

Reviso un libro de Mark Fisher: “Los fantasmas de mi vida: escritos sobre depresión, hauntología y futuros perdidos”. Se menciona la facilidad que ahora tenemos para acceder a cualquier información. Fisher dice que prácticamente todo lo que queremos está disponible para ser visto una y otra vez. Concluye que “bajo las condiciones de la memoria digital, es la pérdida misma la que se ha perdido.”

Baudrillard encontró un problema en la llamada memoria digital. Los servidores (computadoras y prótesis inteligentes) no pueden recordar como tal puesto que no tienen la capacidad de olvidar.

¿A qué viene ese consentimiento para que una prótesis recuerde por mí? Agendamos citas, cumpleaños, afectos dispersos en imágenes, con la plena seguridad de que podemos incluso darnos el lujo de olvidar con mayores excedentes, aplacando los detalles, en la medida que el ritmo acelerado de vida justifica nuestro déficit de atención. ¿Cómo hacemos memoria a partir de esos (des)entendimientos?

Lo digital como memoria encuentra una paradoja: pretende ser una cosa que es y al mismo tiempo no es (es hauntológica). La memoria no es una “cosa” o un objeto que se encuentra o se pierde. Siguiendo a Gillis, la memoria no es una cosa Sobre la que pensamos sino una cosa Con la que pensamos. Ella no puede existir fuera de nosotros, nos constituye. En cambio, con la memoria digital (supongamos: la data: los recuerdos) se puede prescindir de nosotros. De hecho, esta forma de memoria protésica, para que contradictoriamente exista debe estar siempre en otra parte.

Con ironía siniestra el algoritmo sugiere una frase de Antonio Porchia: “Mis cosas totalmente perdidas son aquellas que, al perderlas yo, no las encuentran otros.”

La Candelaria

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Releo «Terapia para el Emperador», de Manuel Llorens, donde cuenta sus experiencias como psicólogo de la Vinotinto. Llorens reflexiona sobre una herida. La Vinotinto como reflejo de nosotros. Dice: “Las pasiones que ha desatado la Selección Nacional de Fútbol han servido para repensar nuestros apasionamientos, nuestras aspiraciones. Maniacodepresivos dice el Dr. Fernando Rísquez que somos los venezolanos. Pasamos del festín, a la desilusión. Sufrimos de esperanzas espasmódicas, mercuriales. Vivimos de quince y último. Derrochamos con alegría el fin de semana y nos quejamos los días restantes”. La selección como nuestro espejo. La ilusión se concentra en la satisfacción inmediata. Poco creemos en el trabajo discreto de todos los días. Venezuela piensa en la gratificación efímera del presente, a costa de siempre evadir el porvenir. Tenemos “la mirada eternamente perdida en un lugar que no es el nuestro. Confundidos sobre nuestro lugar en el mundo…Dudosos y ambivalentes sobre nuestro propio valor”. Estas huellas oscilan en nuestra cultura. La tendencia es la resignación: “No hay mal que dure mil años, ni cuerpo que lo resista”. Para Llorens, “una manera extrema de sostener la esperanza”. El «Mano tengo fe», exprimido hasta el fetiche comercial, es otra píldora para tolerar la amarga realidad. “Difícil mantenerse sereno ante las posibilidades de victoria. Se teme ilusionarse demasiado. Se ha estado esperándola tanto tiempo que cuando se ve cerca se teme que sea una mera fantasía…Nuestras esperanzas son frágiles…Hay que sacrificar demasiadas cosas para mantener una meta a largo plazo. Y no parece rentable sacrificar el presente por un futuro que no termina de llegar”. Hemos sido poco críticos con las fantasías que nos vendió un sistema afanado en elevar nuestra fe a la insensatez. Parece salpicarnos en otras formas de vida, condenados a “tener que revivir el sufrimiento de perder lo que se desea”. La esperanza tiene un alto contenido psíquico. Reducida a mercancía deviene en ceguera, fanatismo. La esperanza miope es una cárcel. Cierro y cito a Sasha Guitry: “Un hombre inteligente se repone pronto de un fracaso. Un hombre mediocre, no se repone jamás de un triunfo.»

Maurice Pinguet – La muerte voluntaria en Japón

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He pensado en unos versos de Derek Walcott:

House of umbrage, house of fear,
house of multiplying air

House of memories that grow
like shadows out of Allan Poe

House where marriages go bust,
house of telephone and lust

House of caves, behind whose door
a wave is crouching with its roar

House of toothbrush, house of sin,
of branches scratching, “Let me in!”

House whose rooms echo with rain,
of wrinkled clouds with Onan’s stain

House that creaks, age fifty-seven,
wooden earth and plaster heaven

House of channelled CableVision
whose dragonned carpets sneer derision

Unlucky house that I uncurse
by rites of genuflecting verse

House I unhouse, house that can harden
as cold as stones in the lost garden

House where I look down the scorched street
but feel its ice ascend my feet

I do not live in you, I bear
my house inside me, everywhere

until your winters grow more kind
by the dancing firelight of mind

where knobs of brass do not exist,
whose doors dissolve with tenderness

House that lets in, at least, those fears
that are its guests, to sit on chairs

feasts on their human faces, and
takes pity simply by the hand

shows her her room, and feels the hum
of wood and brick becoming home.

Esta es la casa en ruinas de mis semejantes. Pienso tanto en los que se han quedado y tienen la vida presa en otro sitio, en un tiempo desprovisto de futuros, en un ahora sacudido por la especulación de lo que pudo haber sido, de lo que nunca fue. Idealizar el futuro es una forma de quemar el presente. La nostalgia es el salitre de la memoria. Filtración en medianera. En mi prótesis elijo ver un panorama menos doloroso del mundo, sesgado más por lo que consumo que por lo que en realidad importa. «En algún lugar lejano detrás de mí, el paisaje de mi enloquecido país está cada vez más pálido, aquí delante de mí, una escalera que no lleva a ninguna parte» (Ugrešic). Junto a seres amados quedamos, como si la alternativa fuese un lujo, en seguir adelante, dándole un sentido discreto al derecho de vivir despierto. Ahora creo entender mejor lo que dice el poeta Alfredo Herrera en sus Remanentes: «el amor a las sustancias requiere alta actividad del alma».

Esquina el Hoyo

Misceláneas

«La mayor de las locuras es creer que caminamos sobre algo sólido. En cuanto la historia se insinúa, nos persuadimos de lo contrario. Nuestros pasos parecían adherirse al suelo y descubrimos bruscamente que no hay nada que se asemeje al suelo, que tampoco hay nada que se asemeje a los pasos.»

Vivir con nuestros muertos

El secreto del éxito japonés

Tanizaki en Las Vegas

El poeta en el mundo

El expediente H

Demolición y cábala

Avatar de Desconocido

Autor: @LiberLudens

También los animales son ciudades.

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