El cocuy que alumbra

por Alexander JM Urrieta Solano

29 de diciembre 2025

Palabra del año: Bregar.

Se trata de un código. El verbo, para Díaz Quiñones, «lleva impreso por lo menos tres marcas. En primer término está la del trabajo, la disciplina y el talento. En segundo lugar, encontramos el bregar sexual, en el que las dos esferas, la del trabajo y la erótica, se entrecruzan con el ritmo del cuerpo. El tercero lleva las marcas de los intensos dilemas psicológicos, espirituales y políticos que afectan directamente a los individuos y a la comunidad».

Bregar es resolver. Conjunto de herramientas persuasivas, distante a imperativos morales o heroicos. Bregar es tantear posibilidades de amortiguar conflictos. Maniobrar con destreza sin perder, en la medida de lo posible, la dignidad.

Nos valemos de estrategias comediográficas para afrontar la vida. Nos aplicamos con cautela y placer al juego de ser otros. «Esa teatralidad aprendida se funda en fórmulas del habla, en la posibilidad de escudarse detrás de las máscaras y en el juego de roles de la vida cotidiana». Ser uno mismo en el desierto de las apariencias puede ser insoportable. Esto no responde a ninguna actitud buena o mala, es lo que menos importa. Bregar fabrica éticas y concibe su propia conciencia.

Se habla del venezolano como un ser resiliente, que sobrelleva la adversidad de «manera positiva», sin necesidad de que reflexione mucho sobre su entorno o sobre sí mismo, recreando la parodia de Job que, en contra de su voluntad, debe resistir la desgracia mientras se adapta. La resiliencia como etiqueta sirve para todo. Pero la palabra, así como infla el ego lo enerva. Quima me dijo que «la resiliencia, fagocitada por las tiranías positivas del mercado, reduce las capacidades a fetiches de resistencia».

No pretendo que una palabra cambie por otra. Pero considero bregar como verbo transitivo para reconocer(se), «otro orden de saber, un difuso método de alarde para manejar la vida…donde todo es extremadamente precario, cambiante o violento», como ha sido lo que va de siglo, como lo ha sido en un país que no despierta nunca de su pesadilla, narcotizado por la esperanza. El venezolano es un ser aplicado en el arte de bregar. Aplicado al cultivo de promesas y metáforas.

10 de enero 2026

Después del bombardeo no he podido dormir bien. Me saturé de opiniones, algunas acertadas y muchas otras desoladoras. Para algunos somos resilientes, mercuriales; para otros somos gusanos, fachos. Ambas posturas son ciertas. ¿Vale la pena discutirlas? No. Lo que ofende es la falta de adjetivos que nos reduce a la mínima expresión.

Los venezolanos podemos ser insoportables. Alguien me dijo que nuestro narcisismo es derivado del trauma. No veo mérito en eso. En la intensa búsqueda por averiguar quiénes somos es comprensible que la desmesura salga por las costuras.

La crisis ha sido de sentido. La revolución nos hizo cómplices de la destrucción. Ha sido un proceso meticuloso y cínico. De gestos egoístas se quiso hacer un «Hombre Nuevo»; y lo hicieron. Nos convertimos en esto. Las oposiciones se eliminaron. El delirio por la utopía nos sometió a una dieta estricta de abstracciones y mierda. Exigimos por años el respeto a la soberanía de nuestras fantasías. A cambio se mató a punta de hambre.

Se desató una disputa entre los que se quedaron y los que se fueron.

Normalizamos la indolencia y el odio. Rivalizamos la validez de nuestro dolor. El país declaró guerra al oído y al cerebro. Quima me dijo: «Lo lograron, rojos e imperios nos hundieron más en la herida de la que tanto nos cuesta salir y cerrar, una herida que embrutece mientras se pudre, que fragmenta y distancia opciones». La pobreza más extrema es la que priva de pensarse distinto.

Después de Ellos parece que no puede existir el mañana. Es la evidencia: un daño de casi treinta años. De nuestra deshumanización se formula toda clase de conjeturas. Se cristalizan prejuicios. Nuestro pesar eleva métricas espectaculares, pero no encuentra alivio ni soluciones. No queda más que bregar la crisis.

Se habla hasta el asco, y no es para menos, de un deber de memoria, pero en un sentido irresponsable y maniqueo.

Me pregunto cuándo tendremos derecho al olvido.

¿Seré capaz de perdonar(me)?

Todavía escucho los disparos. Todavía despierto en la misma pesadilla. Todavía veo por mi ventana el maldito letrero colgado en la ciudad: «Dudar es traición».

No tenemos otra ley que la de sufrir eso que no entendemos.

24 de enero 2026

El Fichero:

Antonio Porchia: «El dolor no nos sigue: camina adelante»

Elias Canetti: «Un país en el que sólo se respira por pura nostalgia»

Marc Augé: «El deber de la memoria es el deber de los descendientes y tiene dos aspectos: el recuerdo y la vigilancia. La vigilancia es la actualización del recuerdo, el esfuerzo por imaginar en el presente los que podría semejarse al pasado, o mejor (pero sólo los supervivientes podrían hacerlo y son cada vez menos numerosos) por recordar el pasado como un presente, volver a él para reencontrar en las banalidades de la mediocridad ordinaria la forma horrible de lo innombrable. Pero la memoria oficial necesita monumentos: estetiza la muerte y el horror.

El olvido nos devuelve al presente, aunque se conjugue en todos los tiempos: en futuro, para vivir el inicio; en presente para vivir el instante; en pasado, para vivir el retorno; en todos los casos, para no repetirlo. Es necesario olvidar para estar presente, olvidar para no morir, olvidar para permanecer siempre fieles»

Roberto Juarroz: «Nuestros recuerdos son entonces de otro, a quien apenas recordamos»

Hugo De Sanctis: «Para aliviar el arpón que la vida nos clavó desde los astros».

26 de febrero 2026

La literatura como decisión tiene sus propias decepciones. Cada vida está involucrada en una dificultad característica. Se puede llevar, como estuve revisando en estos días, un listado de enfermedades congénitas, alergia a ciertos detalles, avatares laborales, no saber dirigir las emociones. Poco valor damos a la salud cuando estamos llevados por ese narciso insistente que nos impulsa, en un sentido casi patológico, a demostrar algo a un público al que no le importamos un carajo; no asimilamos el valor que tiene moverse, disponer de uno mismo, tener la capacidad, todavía, de limpiarnos el culo, manifiesto indiscutible de la poca independencia que tenemos en la vida. Duele no tener dinero, pero duele más no contar con palabras. La libertad como sinónimo de consumo, al igual que la literatura, lidia con diversas formas de amargura. No quiero que esto se tome con pesimismo. Por favor, sonría mientras lee. Como lo que evadimos nos enferma, no hay mejor opiáceo que la literatura. Decepción está en sabernos caducos, prescindibles, como ciertos libros que no vale la pena hojear, como ciertas opiniones que tampoco vale la pena tomar. Decepción es saber que no vamos a leer todo lo que queramos. Mi generación ha engendrado una estirpe de seres agotados, agrietados por el éxito y el imperativo de ser felices. Hay un temor tremendo a la renuncia. Otro mayor a fracasar. Por una parte, quisiera sostener el adagio griego: de todo exceso poco, y al menos concebir una vida no tanto privada de cosas sino de una donde valore lo que tengo: ¿una vitalidad auténtica? Lo dudo. La literatura demuestra que la lucha a estos grandes temores ha dejado como testimonio las obras más importantes de la humanidad. Nos conmueve, en preocupante demasía, la lectura que hace de la ruina y la desesperación una virtud tan bien contada. La crueldad radica en que uno solo quiere leer la circunstancia ajena, no padecerla. Y sin embargo atravesar lo ajeno nos puede hacer más comprensivos: a formar sonrisas en la grieta. Por eso la literatura sirve, dependiendo de las decisiones que se tomen, para forjar el carácter, y en el mejor de los casos, destrozarlo…para sobrevivir decepcionados, por supuesto.

12 de marzo 2026

En un texto de Exorcismos de Esti(l)o Cabrera Infante se pregunta qué (c)olor tiene el recuerdo. ¿La imagen de un recuerdo puede cambiar de tono y consistencia, deformarse en la caja negra que llevamos por dentro? ¿El instante o sucesión de imágenes se cubren con celofán azul, amarillo o verde? ¿La memoria es propensa a oxidarse como los papeles de un libro? ¿Cuando recordamos algo lo colocamos en un marco? ¿O estamos en una experiencia inmersiva en nosotros mismos? ¿Es posible saturar el presente con eso que ya no se tiene? ¿Eso acaso no es la enfermedad de la nostalgia? ¿No es a partir de esta arqueología que nace esa tristeza del presente, que invade a individuos y pueblos enteros? Un dolor que empieza en el estómago nos acompaña en la especulación de futuros perdidos ¿Cuál es el rango de frecuencia del olvido? ¿Qué olor tienen las cosas perdidas? ¿Tiene algún olor específico la ausencia, o podemos asociar fragancias familiares en el miasma, esa espesura fantasmal que sugiere un rastro a seguir? ¿Cuáles son los olores que usted vincula con el olvido? Lulú decía que el olvido tenía olor de alcanfor en gavetas. Quima dijo que una vez que algo se pierde se empieza a producir una merma, una especie de tejido sentimental, residuo que va quedando de las cosas que se fueron. Uno dice que hay que recordar a los que se fueron en la palabra: souvenires que encapsulan la esencia en detalles triviales pero poderosos, conservando estimas y afectos en cuentos, risas, brindis, lágrimas y frascos. He pensado en memorias untables, en recuerdos-lociones, en pasados de boutique ¿Cuánto tiempo permaneceremos vivos en el recuerdo de la gente cuando ya no estemos? Requiere de buenos aditivos las anécdotas para untar, instrucciones comunes, todas estas formas de amar sostenidas en el éxtasis del recuerdo. Los sitios y personas que amamos que ya no existen comprenden ese sutil rasgo que nos distingue y al mismo tiempo nos asemeja, las migajas de algo a lo que no se puede volver. Más que aquello que recordamos, nos parecemos más en aquellas cosas que olvidamos. Apenas somos el recuerdo de un recuerdo. La memoria es esa pequeña luz que irradia el cocuy en medio de la oscuridad.

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Autor: @LiberLudens

También los animales son ciudades.

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