«Me gustan las personas sobre las que no podemos formarnos una opinión, en otras palabras, las que nos obligan a renovar constantemente la opinión que tenemos de ellas.»

Julio Ramón Ribeyro – La tentación del fracaso

Sala Fedora Alemán, Centro nacional de acción social por la música, Caracas.

Con frecuencia iba a sus presentaciones en el Sistema. También esperaba que saliera de sus ensayos de percusión. Luego la acompañaba hasta su casa en Campo Alegre. Caminábamos por el boulevard hasta llegar a Chacaíto. Cuando se hacía muy tarde me quedaba a dormir con ella; eso era lo ideal y lo mejor para mí, porque casi siempre nunca había forma de regresarme de donde había venido. ¿No les pasa eso? A veces no sabes cómo volver al sitio al que nunca te terminas de acostumbrar porque, en algún punto, en el fondo, detestas pero no puedes admitirlo y por eso buscas huir de él tomando distancia, pero sin saber cómo abandonar dicho sitio, porque en algún momento tienes, como aceptando tu fracaso, que volver a él porque no tienes otra alternativa. La costumbre nos arruina. Yo me había acostumbrado, claro, a las vigilias en casa de ella. Pasaba horas revisando sus discos de música clásica, tocando una melódica Hohner. Ella tenía una fijación por los compositores rusos, en particular por Rachmaninow. Los domingos íbamos a Colegio de Ingenieros a comer en los puestos de comida peruana. Tomábamos chicha morada y una ración de papas a la huancaína. Ella me dejaba las aceitunas negras que adornaban el plato. Los últimos trozos de papa los comía con cierta lentitud y tristeza. Esperaba ansioso ese momento porque solía decir algo inesperado, como si aquel rito específico, en que quedaba el último pedazo bañado de crema amarilla, estuviera la única oportunidad de decir eso tan puntual y enigmático que tenía mucho tiempo pensando. Una vez dijo que las piedras lloraban por la ira del sol; en otra ocasión que: «la soledad del Bisonte del Zoológico de Caricuao es el reflejo del caraqueño promedio, que es por naturaleza, una criatura sin aspiraciones, mediocre; casi todos los que vivimos aquí tenemos un parecido a las piedras, nos distingue, tal vez, la certeza de poseer un alma, pero de qué tipo, si al final tampoco éramos capaces de movernos para escapar. Duelen tantas limitaciones. La libertad (auténtica) es no tener que decidir sobre nada. Por la fuerza de la costumbre, como el bisonte, solo podíamos soñar que huíamos del sitio que despiertos no podíamos dejar.»

Souvenirs

por Alexander JM Urrieta Solano

Una pequeña escultura del David de Miguel Ángel reposa en la tapa de una poceta. La réplica no está hecha del soberbio mármol de su original en Florencia sino de un compuesto químico llamado polietileno, el mismo que sirve para hacer botellas de Coca-Cola, que luego termina en el mar formando inmensas islas de plástico o, en su caso más colateral y catastrófico, en pequeñas partículas que transitan ahora por nuestro organismo. Ese David en pequeña escala es uno de los tantos souvenirs que compró mi abuela en un arrebato de ansiedad por atrapar el espíritu vital de su viaje, motivado quizá, y eso es lo más seguro, por un consumismo inusitado en las ofertas del duty-free del aeropuerto de Roma, sumado a la necesidad de llevar un fragmento de memoria tanto a sus hijos como a sus nietos: la constancia de su viaje al país en forma de bota.

El souvenir concentra un intento fallido de inventariar la memoria mediante la materialización. Lo que adquirió mi abuela al comprar el David fue también el cumplimiento de un deseo, una necesidad inconsciente de capturar una vivencia mediante el objeto de consumo. Este solo puede dar constancia de una memoria atrofiada. Los souvenirs son objetos que “esconden una poderosa carga simbólica tras su aparente banalidad. Estos artefactos que pululan en todos los paisajes y escenarios turísticos, de muy distinta naturaleza en materiales y una enorme variedad de contenidos y estilos” (González, 2007). Walter Benjamin ha definido el souvenir como una “reliquia secularizada”, un anexo o complemento de la vivencia; al final el objeto es un testimonio de la experiencia, pero también la experiencia misma convertida en una mercancía, un efecto residual del turismo de masas y el desarrollo, cada vez más especializado y sofisticado, de la reproductibilidad técnica.

Benjamin nos dice que en la cultura de masas la obra de arte pierde su valor cultual y es reemplazado por un valor expositivo, una cualidad que permite el acceso a la reproducción de la obra por múltiples medios. La capacidad que tiene la obra de exhibirse ha incrementado de manera cuantitativa. Con el desarrollo de nuevas tecnologías es posible reproducir una obra en distintas escalas y dimensiones. Para Benjamin, con la invención de la fotografía, el valor de exhibición sustituye el valor ritual. Es a partir de esta expansión de las imágenes repetidas que la obra se multiplica y destruye lo que denomina su aura: aquello de lo que está envestida la obra, lo que la dota de una sensación de lejanía con el espectador, así como la cualidad que dota de sentido cuasi-religioso a la obra, pues también dicha cualidad define su Autenticidad: “la quintaescencia de todo lo que en ella, a partir de su origen, se puede transmitir como tradición, desde su permanencia material hasta su carácter de testimonio histórico” (Benjamin, 2018, pp. 28-29). En la medida que la pieza se multiplica, el aura se diluye. La existencia única de la obra se sustituye por una pluralidad de copias: “los diferentes procedimientos del arte fuera del seno ritual, aumentan para sus productos las oportunidades de ser exhibido (Benjamin, 2018, p. 36). La reproductibilidad técnica cambió la relación del arte con las masas. El souvenir es la demostración por excelencia de la eficacia de la reproductibilidad: es la articulación entre turismo y consumo de masas por el que se

construye un sistema de objetos y de relaciones sociales que reproducen la narrativa dominante de la modernidad, expresada en la idea de que el precio del progreso es la pérdida de autenticidad –de los objetos, de la experiencia y de las percepciones de objetos y experiencias– bajo las condiciones generalizadas de alta movilidad y de progresiva mercantilización de todas las cosas (González, 2008, p. 39).

No hay una experiencia estética profunda en el souvenir. Las piezas se replican dentro de un complejo aparataje de tecnologías que permiten el acceso inmediato a los espectadores. La obra (convertida en recuerdo) puede aparecer en formatos variados donde su único valor es la referencia lejana que evoca. No es lo mismo la pintura original de la Mona Lisa que la impresión de ella en una toalla de playa, o en una taza de porcelana; tampoco la reducción del David a un elemento decorativo del baño, o una lámpara de cerámica en forma de la Torre de Pisa en una mesa de noche. Los objetos solo cobran sentido a través del origen de una experiencia personal. Las réplicas y miniaturas de lugares y cosas emblemáticas tienen la capacidad de conjurar imágenes de los lugares donde fueron comprados(González, 2008). La proporción de sentidos otorga al souvenir “un fuerte potencial fetichístico; los souvenirs comienzan a ocupar el lugar de acontecimientos o situaciones con los que estuvieron asociados por casualidad, o a los que se suponía representaban, ganando con ello una vida propia” (Olalquiaga, 2007, p. 60). La mercancía referencial está despojada de su historia de fábrica; nace, por así decirlo, muerta. El souvenir abre lugar a una dialéctica del kitsch: se balancea en la noción de un pasado irrecuperable y un presente fragmentario. El kitsch no es más que una mercancía fallida que evoca todo lo que llegó a ser una vez. En otras palabras, lo kitsch es la decrepitud inherente en todas las cosas.

Con la reproducción en masa el aura sobrevivió como algo fragmentario y disperso que ya no se encontraba unido exclusivamente a un objeto esencial y auténtico. Este “aura trizada” se aproxima al sentimiento de singularidad, haciendo posible la experiencia histórica de la pérdida de dicho objeto. En consecuencia, los productos de la cultura de masas no son percibidos como innumerables o siquiera repetitivos, sino como los restos de un fenómeno más amplio que no sólo los precede, sino que los habita. Este carácter aureático residual resulta fundamental para comprender el cambio ocurrido con la industrialización y también sus limitaciones, así como la razón por la cual los productos en masa, en su paradójica resistencia y glorificación de una noción total de autenticidad, son despreciados críticamente como su versión degradada, es decir, kitsch (Olalquiaga, 2007, p18).

Para Benjamin la reproducción masiva favorece la de reproducción de las masas: esparce escombros de aura, dotando de una metáfora poderosa a las ruinas de la modernidad, en la que el efecto residual es el kitsch: “memoria suspendida cuya fugacidad se intensifica por su extrema iconicidad” (Olalquiaga, 2007, 23). Todas las grandes concentraciones tienen una estrecha conexión con el desarrollo de la técnica de grabación y repetición. El negocio de los recuerdos es un derivado de la industria del turismo de masas. El souvenir es un objeto que obtiene su autenticidad gracias a la experiencia turística; fuera de ese contexto no tiene ningún valor. Su principio radica precisamente en una repetición de lo mismo, por lo que no hay ningún rasgo de originalidad en su existencia. Sin embargo, puede albergar un recuerdo, una testificación histórica. Hace tangible la experiencia intangible del viaje, o lo que queda retenido en el objeto de dicha experiencia, la vivencia: las remembranzas que se comportan en

diversos modos de recepción, los cuales las convierten en fetiches cuyo amplio abanico de significados se conjuga de acuerdo con las necesidades del consumidor –y del mercado–. Sobresale entre estos modos la noción de que un objeto es capaz de trascender los límites de su propio significado para representar, completa o parcialmente, la totalidad del hecho que lo creó. Los souvenirs, por ejemplo, condensan los elementos en que supuestamente se fundó la situación particular: un determinado paisaje o panorama, una persona famosa, el objeto “típico” de una artesanía o una región, un momento importante (Olalquiaga, 2007, p. 59).

El único documento histórico que tiene el souvenir es el de la línea de ensamblaje (el grabado de su procedencia Made in china). Su particularidad, tal vez, podría estar en sus posibles defectos de fabricación. En la cultura de masas las particularidades de los objetos producidos en serie radican en sus imperfecciones con relación a su original, ya distante, inaccesible. “El aquí y ahora del original compone el concepto de su autenticidad; sobre ella descansa a su vez la idea de una tradición que habría conducido a ese objeto como idéntico a sí mismo hasta el día de hoy” (Benjamin, 2018, pp. 28-29). La copia no tiene historia propia, solo puede valerse de la referencia ajena, de la evocación a la pieza original. En la copia hay dos procesos relacionados: la reproducción y la serialidad.

La conversión de la primera en la segunda distingue a la copia moderna de todas las anteriores, pues solo con la industrialización llega la reproducción serial a convertirse en una fuerza cultural de importancia. Representación de una representación, la copia carece de todo derecho significativo. Desde un punto de vista simbólico, no significa nada o, más exactamente, indica el vacío referencial. De este modo las copias son excluidas de la jerarquía significativa y abandonadas a hacer lo que mejor pueden: replicarse. Sin embargo, el reproducirse infinitamente, las copias crean una acumulación inaudita que ocasiona el efecto contrario del vacío: la saturación (Olalquiaga, 2007, p. 194).

La variedad también es un síntoma de hastío. Consecuencia de abundancia de copias. No obstante, dentro de las diversidades iguales, el souvenir es la mercancía que niega su propia condición de mercancía. “Es un objeto que proclama su carácter único y exclusivo –incluso si es producido en masa– a través de las narrativas de su producción auténtica y de las historias personales de su adquisición” (González, 2008, p. 46). El souvenir se vincula con una experiencia subjetiva transcendental, en este caso, la del viajero que compra a las afueras de un parador turístico las baratijas donde se concentra la constancia material del viaje, y a su vez una garantía del retorno. La fuerza del souvenir por igual es restringida, pues siempre estará sometido a la espera de formar parte de un universo personal (Olalquiaga,2007). Sin el ensueño del consumidor el producto no tiene razón para existir.

Un ejemplo está en las bolas de cristal que encierran las ruinas de un sitio histórico. La contemplación revive la nostalgia. Para ser efectiva necesita ser diminuta. La bola de cristal encierra el recuerdo de una ficción personal. “Los souvenirs transcienden la imagen del deseo prefabricada de los bienes de consumo a través de la implicación personal de sus consumidores” (Olalquiaga,2007, p.61). Al mirar la diminuta escala del Coliseo romano en la bola de cristal se experimenta una remembranza. En la bola “se eterniza un ambiente, cerrándolo a la posibilidad de la experiencia vivida. En su ingenua presencia niegan el momento de la muerte imponiendo la estasis de una muerte eterna” (González, 2007). Todos los acontecimientos se reducen a experiencias de consumo. Se trivializan cuando hay una necesidad patológica por demostrar que estuvimos en un sitio.

En el nuevo mercado del turismo de masas las personas realizan los viajes a la espera de encontrarse con su propia expectativa. El deseo es encontrarse con la ficción con la que siempre soñó. Para el viajero contemporáneo resulta más importante la prueba material que el viaje en sí. Lo define también aquello que acumula en su rincón de universo. Una casa repleta de objetos empolvados pueden ser los restos vitales de un naufragio. Al mirar con detalle el pequeño David de polietileno en la tapa de la poceta, ya cubierta por el polvo cósmico del olvido, se establece la analogía fantasmática del mundo extinto de las cosas. Y concluimos, como Walter Benjamin, que la capa gris de polvo que cubre las cosas se ha convertido en su mejor parte.

Referencias bibliográficas

Benjamin, W. (2018). La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. En W. Benjamin, Estética de la imagen (págs. 25-82). La Marca Editora.

González, F. E. (17 de Agosto de 2007). ‘Souvenirs’ y turistas. Obtenido de El País: https://elpais.com/diario/2007/08/18/babelia/1187391967_850215.html

González, F. E. (2008). Narrativas de seducción, apropiación y muerte o el souvenir en la época de la reproductibilidad turistica. Acto. Revista de Pensamiento Artístico Contemporáneo, 34-49.

Olalquiaga, C. (2007). El reino artificial. Sobre la experiencia kitsch. Gustavo Gili.

Misceláneas:

Los demasiados libros, o las virtudes del exceso de plástico

La Broma infinita: sobre la experiencia lectora deportiva

Ensayo sobre el Lugar Silencioso

La calle de los hoteles

La esquina de barro

Tanizaki en Las Vegas

Apuntes para Abraxas

21 de enero

Hace un par de días me escribió desde un número desconocido. «Ya estoy aquí», dijo. Había olvidado las direcciones. Solo se acordaba del número fijo de una casa donde ya no vivía nadie. «He regresado a una ciudad extraña, una que ya no se acuerda de mí», me dice. Los lugares eran los mismos, pero lo que él había dejado ya no existía. Eso le molestó mucho. En una esquina había un café donde solíamos conversar después de bajar el Ávila; hoy es una tienda de zapatos que tiene en la entrada unos parlantes con la música de moda muy alta, siempre mala, porque para colmo en sus letras asquerosas dicen la verdad, una música que imagino la ponen con la intención de espantar a los clientes, o todo lo contrario, cosa que es peor. Él, como es típico, no entiende nada. A estas alturas ya no le interesa otra versión de los hechos que no sea la suya. Yo no estoy de acuerdo, pero le entiendo. ¿Quién quiere saber algo más? La ciudad es un cúmulo de recuerdos y ruidos blancos. La vieja librería a la que solíamos ir ahora es un depósito de detergentes. El olor a libro viejo que queda tiene un sutil aroma de lavaplatos y archivos. En las tablas nutricionales de los chocolates que ofrecen los ambulantes en la camioneta todo está en turco. «Caracas es la suma de sus contrabandos», me dice. Solo pudo recordar entre esos ingredientes incomprensibles una frase de Ahmet Rasim: «La belleza del paisaje está en su amargura». Tragando un caramelo, mientras esperaba en el andén del metro, se ha puesto a llorar. ¿Para qué volví?, me repetía varias veces al teléfono. Yo solo escucho, y parece que en mi silencio encontraba las respuestas que buscaba, algo que también lo mortificaba. Caracas solo podía ser un rastro de lo que dejó. No hay amigos, pareja ni librerías. Solo queda el apartamento de su tía ciega. Los adornos y recuerdos de una primaria confusa. «Hace tanto tiempo que me fui que ya no recuerdo el nombre de las vecinas. El que me recuerda es el gato tuerto de la conserje, el único ser con memoria». Caracas ahora parece prometer otras cosas. No le interesa. Mañana me dice que va renovar el pasaporte. Quiere agilizar todo muy rápido. Yo me imagino que se le hace insoportable el regreso.

20 de febrero

Han pasado 4 años del hurto de la estatua de Armando Reverón en el boulevard de Sabana Grande. Según información dada por los «aparatos culturales del chavismo» se trató de un acto «vandálico de la derecha». El ministro de cultura, que tristemente sigue de turno, en su momento hizo el tradicional vídeo demagogo acerca del atentado que tildó de fascista; luego anunció de manera oportuna que el siguiente fin de semana se organizaría una fiesta para conmemorar al artista (alguna actividad ridícula de masas para desviar las opiniones, de mantener el status quo: esa banalidad común que asfixia cualquier iniciativa crítica); luego, para variar, en su último comentario, dentro de aquel extenso e innecesario comunicado, la promesa burocrática del ministro: la pronta restitución de la pieza. Cosa que nunca ocurrió ni ocurrirá. La ciudad olvida por desinterés, por consensos deliberados de ingratitud. Sus habitantes tienen derecho a olvidar detalles. No podemos tener tan presente lo que nos han quitado, nuestras referencias, nuestra capacidad de asociar valores. Sin memoria no se puede construir resistencias. Y sin embargo podemos vivir sin recordar. Llevar una vida estúpida pero, en cierta medida, feliz. El olvido aquí no es terapéutico, es una política de Estado. A nadie le interesa el arte ni los artistas, menos la memoria de ellos. Han colocado una farmacia ambulante cerca de la ruina. Los que hacen la cola pueden pisar con normalidad la placa en la que todavía puede leerse: «Maestro de la luz, muñequero, arquitecto popular, titiritero, alquimista de lo cotidiano, de coletos y trapos hiciste lienzos inmortales. El fuego de tu visión aun nos conmueve e ilumina». Irónico. Cruel. Queda la negligencia hecha costumbre y ley de un estado que usó al artista como valla publicitaria, lo convirtió en una caricatura de sus políticas narcisistas; y por el otro lado, y no menos importante, claro, también nos quedan las infinitas huellas de los viandantes que no suelen mirar por dónde caminan ni qué pisan. No pasa nada. No puede existir la culpa cuando nadie sabe hacia dónde vamos. «Yo pinto con amarillo y mierda…» Más vigente que nunca está la tristeza del Castillete de Macuto.

17 de marzo

Nutriendo conciencias ¿Cómo una imagen puede concentrar tantos recuerdos? Quima y Lulú me invitaron a tomar birras en unos chinos por la esquina Bucare. Ellos estaban con una pareja de alemanes que habían venido por unos días a conocer la capital, penúltima escala de un tour por la insólita Ñamérica. Nos presentamos y entre ronda y ronda los temas de conversación variaban, limitados al precario dominio de los idiomas y al acuerdo tácito de un juego de preguntas simples. Ya después de siete tobos las personas, así como los poseídos de los evangelios, empiezan a hablar en lenguas. Los alemanes le pidieron a Lulú que describiera los sentimientos que le producían vivir en Venezuela. Ella se empezó a reír. Luego de un sorbo muy largo de birra, recuerdo, contestó: «Hay algo muy específico y particularmente triste en esa vivencia. No sé. No tiene nada que ver con la ubicación del mapa, ni la escasez, ni el clima, ni la política, ni la crisis que nos reprochan todos los días, se trata de una tristeza pegada en las paredes del estómago. A veces está en los ovarios, en la rodilla, en la garganta, en la pelvis o en la lengua, se parece a un quiste, digo, la tristeza. A veces esa tristeza duele, es incómoda y no te puedes concentrar. Depende. Es algo que percibo en mis amigos, en los vecinos, en los extraños del metro cuyas caras me veo en la necesidad de olvidar, y también en mí, pero de otra manera. Es como la sensación de estar quemada. Sentir que me asfixio a la orilla de un río. Tengo 25 años y no conozco otra cosa que no sea esto. Supongo que es suficiente para que la gente se vaya o se mate. Es igual. Lo demás es aburrimiento. Unas ganas decisivas de no tener hijos». Se rió y volvió a tomar. Los alemanes hicieron muecas. No quisieron entender. Lo había dicho todo. Lulú no exageraba. Tampoco supe que esa sería la última vez que la vería. Al despedirnos me dió un beso de media luna. Lulú al año siguiente se quitará la vida. Quima se irá a Lima. Yo me quedaré solo, asimilando cómo termino la carrera de sociología, viendo desde la ausencia de una pantalla a nuestros queridos alemanes presentando al mundo feliz a su primer hijo: Joseph.

Alexander JM Urrieta Solano

Liber Ludens

Hace 6 años con un querido amigo empecé a vender libros.

Nuestro gancho principal estaba en el servicio detectivesco. Rastrear libros y llevarlo a las manos del cliente.

Con parsimonia han llegado más personas interesadas en este servicio que ofrezco por los momentos aquí.

Vender libros es un oficio de propiedades múltiples.

El librero es un entusiasta aprendiz de hechicero.

Caracas es una ciudad de bichos raros. Repleta de maravillosos mostricos come hojas.
Lectores bárbaros, llamas de vela.

En la diferencia está la clave para mejorar el servicio.

El buen librero escucha y absorbe como una esponja.


En principio un lector recomienda lo que le gusta a sus amigos; por otra parte, el librero recomienda lo que posiblemente pueda enganchar al cliente.

Más adelante el librero y el cliente se hacen amigos. Se forma un círculo. Las pasiones se contagian de manera inevitable, porque siempre es grato encontrarse con personas que compartan los mismos vicios que nosotros.

Ese amor por la lectura aparece en los lugares más inesperados. Nacen admiraciones secretas. Siempre hay figuras anónimas que dejan su rastro de amabilidad, y con eso basta.

Es grato que el lector regrese envestido como un amigo.

A veces como un amante, y en el mejor de los casos como un discreto enemigo, tan necesario para ser mejores.

Con el tiempo he aprendido a darle un valor absoluto a la amistad.
Un amigo puede estar encerrado en un frasco
O en la página doblada por una esquina.

Amigo. Palabra gruesa y delicada.
Uno debe velar por juntarse con personas que nos ayuden a crecer, a ser mejores de lo que somos.

Uno quiere amigos grandes, que nos enseñen, que nos discutan la mínima coma, que sean brutalmente honestos y nos digan cuando tengamos mal aliento.

La asertividad se cultiva alrededor de los libros. Uno le agarra cariño a las pasiones ajenas.

El mayor deseo de muchos es poder mantenerse haciendo algo que le guste. Encontrar el equilibrio es difícil pero no imposible. Sin embargo, ya es bastante con tener claro a qué cosa te gusta dedicarte para vivir. Son cosas distintas. La segunda es más importante: otorga cualidades a tu esencia.

Una de las cosas más difíciles que hay es Ser una Persona.

La existencia es complicada. Se hace insoportable cuando no se tiene un motivo para vivir. Por eso es preciso encontrar una pasión, un interés. Algo nos tiene que gustar.

Mi hermana una vez me dijo que es muy triste encontrarse con una persona sin pasión, alguien que no tenga ningún interés por nada.

Muchas personas pueden vivir tranquilas sin pasiones, le digo a ella.
No pasa nada.
Lo triste es existir sin tener la más mínima idea de quién es uno.

Promover la lectura es la suma de convicciones.
Vivir de esto: la ambición de la esperanza.

Mis decisiones son estrictamente literarias.

Ya asumí, por supuesto, un estilo de vida.

Uno no solo debe creer sino amar lo que hace.

De esta manera cualquier vocación vale la pena.

Vivir sin duda es más importante que leer, pero leer ayuda a vivir.

Alexander JM Urrieta Solano

Ilustración realizada por Rossana Bermúdez

El palacio de los sueños

Un gran escritor es aquel que asume una herencia para integrarla de la mejor manera en la tradición de la literatura—sea trasnacional, global, universal o multiétnica. El trabajo de una herencia luego se vincula a una literatura que permite el desarrollo de un estilo, teniendo como mayor logro la capacidad de hablar de una particularidad local para un modo universal. Kadaré sin duda es un escritor que ha logrado ese estilo personal, ofreciendo una obra incómoda y compleja, plagada de guiños sobre la tradición de los Balcanes: una historia fabulada de Albania. El palacio de los sueños me ha parecido un libro hermoso, pero también profundamente triste. Es inevitable vincular lo que el libro va narrando con alguna situación personal, de sentir que el libro habla de algo que vivo como lector en otro mundo lejano y ajeno.

Una de las mayores virtudes que tiene la literatura es que permite acceder al conocimiento de la existencia de otros mundos en el territorio de la conciencia. Nos ayuda a experimentar otras formas de vida que siendo inevitable transforman nuestra manera de mirar la realidad, cambia nuestra forma de ver la cosas que conviven en nuestro andar, rodeado de objetos cotidianos confusos que alteran nuestros delicados estados de ánimo. Me parece que los grandes textos otorgan esa recompensa al lector: la de enseñar a ver. Abogo por un elogio de la dificultad, la lectura de libros difíciles. El mejor texto es aquel que se me presenta como un problema-río. En otras palabras, un libro que me haga caer en cuenta de lo mucho que me falta por ver. Una vida no alcanza.

Kadaré expone en su texto una reflexión sobre la condición humana. Se ve en el autor, ya por las otras referencias que he encontrado de futuros libros que pienso leer, incluido El Palacio de los sueños, cómo presenta explicaciones sobre los mecanismos opresivos de los sistemas totalitarios, sistema que somete al individuo a una destrucción paulatina y sistemática de su relación con el mundo. Es a través de la fábula y la alegoría donde el escritor puede construir su crítica, en ese terreno que permite infinitas interpretaciones y lecturas. Escribir es el último ejercicio de la libertad ante los cimientos estatales que aplastan al ser humano. Pone en evidencia, en un lenguaje lúdico y accesible, la presentación de un aparato opresivo que lapida la conciencia humana.

En una clase de teoría política recuerdo una profesora que tuve en ese momento estableció algunas diferencias entre dictadura y totalitarismo. Mencionó que la primera busca eliminar toda clase de oposición para mantenerse en el poder, aspira una estadía prolongada aplicando cualquier medida de opresión. La dictadura en particular no busca convencer, simplemente elimina las oposiciones. Esa, decía la profesora, es la diferencia más destacada que la distingue del totalitarismo, pues este último, además de eliminar (porque también es su inevitable consecuencia), busca por todos los medios convencer lo que no puede destruir por razones diversas.

El totalitarismo no solo busca perpetuarse en el poder temporal, también busca apropiarse del ser, quiere controlar su esencia, fundirse en el alma. Quiere dominar la era entera, estar en ese momento donde ya nadie esté y solo quede él.

Aspira en su composición biopolítica una gestión total de la vida.

Él necesita apropiarse del tiempo y el espacio concebido para cada ser.

Transgrede la soledad ajena, con la excusa del bien común y colectivo, por el bien del pueblo se cometen crímenes que rayan en el paroxismo.

La estupidez se tolera como al tarado de una tribu sin remedio que comete errores irreversibles.

Dependiendo del malestar estomacal del partido unos son pueblo y otros no, unos son enemigos y otros revolucionarios. Divide. Impresiona ver cómo el sistema envilece hasta el punto de lograr que los habitantes se destruyan por su propia cuenta.

Multiplica cada particularidad por cero, la anula para beneficio de la mediocridad de una época fantástica: de un renacimiento nacional. La estupidez se convierte en una especie de ley que se escuda con intelectuales y camaradas, cínicos que aprendieron que algunos tratados sirven por igual para destruir conciencias, comunidades enteras, enfermar memorias.

Garantiza la eficacia de la muerte. El totalitarismo es tan imponente en sus intenciones que hace imposible para los pueblos que lo padecen pensar, o incluso imaginarse, una realidad distinta o diferente a la que él imponte.

La idea es que después de él no puede existir el mañana.

La dictadura es pragmática, autoritaria, no le interesa la discusión; el totalitarismo es metódico, siembra en el pueblo un cáncer. Es la enfermedad y la cura. Su sistema se asemeja el avance lento de una gangrena, destruyendo hasta el tuétano el espíritu de generaciones enteras, impone una tiranía de la costumbre. Se sostiene por medio de una propaganda pedagógica que orbita entre el culto y el miedo. Es un sistema que embrutece, inventa enemigos externos, crea y destruye, a conveniencia del partido, sus propios molinos de viento.

Kadaré ha escrito una larga obra donde expone las relaciones de los seres humanos con el poder totalitario. Su obra tiene la misma envergadura de autores del calibre de Kafka, cuya obra siniestra nos habla de una fuerza abstracta superior por encima del hombre que es condenado a una burocracia asfixiante, un poder desconocido; Orwell, en donde los personajes son sometidos a un olvido forzado, provocando vacíos de la memoria, pues un sujeto sin recuerdos fácilmente puede ser aniquilado, un ser sin memoria puede ser dominado; Huxley, la dictadura perfecta de la tecnocracia, donde los seres son producidos en tubos de ensayo, la humanidad se produce en una línea de ensamblaje sin afectos ni amor.

El palacio de Kadaré nos habla de un país que cuenta con un gran ministerio cuyo propósito es llevar un seguimiento de los sueños de sus habitantes. El palacio cuenta con divisiones y subdivisiones para cada propósito de clasificar, seleccionar e interpretar cada sueño. El Palacio tiene diversas extensiones con sucursales esparcidas por todo el imperio. Los sueños se resguardan es incontables montañas de cartapacios, objeto trivial de oficina, que me ha parecido una de las imágenes más perturbadoras y hermosas del resguardo del sueño como documento. Los trabajadores requisan cada imagen del sueño, elaboran una poética onírica al servicio de la burocracia, traducida en un informe meticuloso de posibles mensajes de interés crucial para el resguardo y perpetuidad del Estado. Lo sueños maestros son aquellos que de los miles de sueños registrados son llevados al Sultán, al supremo, por su alto nivel interpretativo, sueños que luego de ser leídos determinarán las decisiones vitales del Estado. Las matanzas y detenciones arbitrarias, la devaluación de la moneda, la persecución de enemigos potenciales… todos los crímenes se justifican porque cuentan con la base indiscutible de los sueños.

—Nuestro Palacio de los Sueños, creado por deseo expreso y directo del Sultán Soberano, tiene como misión clasificar y examinar no ya los sueños aislados de personas individuales las cuales, por una u otra razón, constituían antes una esfera privilegiada y detentaban en la práctica el monopolio de las predicciones mediante la interpretación de los signos divinos, sino el Tabir Total, dicho de otro modo, el sueño de todos los súbditos sin excepción. Se trata de una empresa colosal, ante la que todos los oráculos de Delfos o las castas de profetas y magos de antaño resultan minúsculos y ridículos. La idea concebida por el Soberano de crear el Tabir Total se apoya en el hecho de que Alá lanza su sueño premonitorio sobre la superficie del globo terráqueo con idéntico descuido con que arroja una estrella o un rayo, o acerca de pronto a nosotros un cometa extraído de quién sabe qué ignotas profundidades del cosmos. Así pues, El arroja su señal sobre la Tierra sin fijarse dónde cae, pues en las alturas donde Él se encuentra no presta la menor atención a estos detalles que para nosotros son vitales. Es tarea nuestra vigilar dónde cae ese sueño, buscarlo entre los millones y miles de millones de otros sueños, tal como se busca una perla extraviada en un desierto de arena. Porque descifrar ese sueño, caído como una chispa perdida en el cerebro de una entre los millones de personas dormidas, puede prevenir la desgracia del Estado y su Soberano, evitar la guerra o la peste, hacer que germinen ideas nuevas. Por eso este Palacio de los Sueños no es una quimera sino uno de los pilares del Estado. Aquí, mejor que mediante ninguna clase de estudio, atestado, informe de inspectores, relación policial o de los gobernadores de los bajalatos, se aprecia la verdadera situación del Imperio. Porque en el continente nocturno del sueño se encuentran tanto la luz como las tinieblas de la humanidad, su miel y su veneno, su grandeza y su miseria. Todo lo que se muestra confuso y amenazante, o lo que pueda llegar a serlo al cabo de los siglos, manifiesta su señal mediante los sueños de los hombres. No existe pasión o pensamiento maléfico, adversidad o catástrofe, rebelión o crimen, que no proyecte su sombra en los sueños antes de materializarse en el mundo. Por eso el Badijá Soberano dispone que ningún sueño, aunque haya sido visto en el más apartado confín del Estado el día más anodino o concebido por el más insignificante siervo de Alá, debe escapar a la vigilancia del Tabir Saray. En cuanto al otro mandato imperial, aún más importante si cabe, consiste en que el reflejo resultante de la reunión, ordenamiento y estudio de los sueños del día, de la semana o del mes, sea verídico y no deformado. Con ese fin, del enorme trabajo necesario para la elaboración del material, reviste importancia primordial el mantenimiento del más absoluto secreto. El hermetismo del Tabir Saray hacia el exterior. Sabemos a ciencia cierta que fuera de este Palacio existen fuerzas diversas que, por una u otra razón, están interesadas en introducir su influencia aquí, de modo que sus objetivos, ideas o concepciones aparezcan después como supuestas señales divinas depositadas por Alá en los cerebros humanos dormidos (pp. 54-55).

¿Qué tipo de poder tiene un régimen que vigila lo que sueña su gente? Si el Estado puede saber lo que soñamos puede también controlar nuestros destinos. Dominar lo más recóndito de nuestros deseos. Prevenir la fatalidad, donde la pesadilla estimula una política prospectiva de Estado. Es una alegoría fascinante, pero terrible. Cualquier imagen extraña provocada en el dormir puede ser peligrosa. Entonces el miedo se traduce en insomnio. Mark-Alem, el protagonista de la novela, piensa justo en esta idea: no es lo mismo el insomnio de un pueblo al insomnio de un solo hombre. La vigilia es un estado latente de alerta, otra forma de morir en un lugar donde no es posible soñar. Despiertos no hay otra alternativa que la pesadilla.

—Algunos piensan— prosiguió el Visir —que el mundo de las pesadillas y de los sueños, en una palabra, vuestro mundo, es el que dirige a este otro de acá. Mas yo tengo la convicción de que es este mundo el que lo dirige todo. Es él, a fin de cuentas, el que decide qué sueños, pesadillas o delirios, conviene sacar a la superficie, como un cubo saca el agua de un pozo profundo. ¿Entiendes lo que quiero decir? Es este mundo el que elige en ese abismo lo que… le interesa (p.156)

Sin descanso solo puede haber locura: pesadilla: creación contestaria. Esas son las cosas que me ha dejado la lectura del gran escritor albanés Ismaíl Kadaré. Si las personas no pueden soñar no pueden crear, y solo cuando caen dormidas, ya producto del cansancio extremo, tal estado de agotamiento abre la puerta a la creación de diversos materiales que transitan la delgada línea de la pesadilla, aquel que sueña solo puede proyectar un conjunto de paranoias enfermizas.

En mi opinión, de todos los mecanismos del Estado, el Palacio de los Sueños es el más ajeno a la voluntad de los hombres. ¿Entendéis los que quiero decir? Es el más ajeno a la razón de todos, el más ciego, el más fatal, por tanto, también el más propiamente estatal (p.93).

Hace un tiempo leí una conferencia del poeta brasilero João Cabral de Melo Neto titulada Consideraciones sobre el poeta durmiendo, en donde habla del acto del dormir como un momento crucial para el poeta y su creación. Durmiendo el poeta puede acceder a las construcciones imposibles de los sueños, palpitaciones de su alma, escamas de inquietudes, una esperanza escondida en sucesiones de imágenes confusas. Para João el dormir es una aventura que no se cuenta, que no puede ser documentada y de la cual no se puede traer, porque de este no existe percepción, esos elementos, esas visiones, que son la parte objetiva del sueño (me gustaría que fuese percibido sin otras explicaciones el sentido en que empleo aquí la palabra: objetiva). El dormir es un estado, un pozo en el que nos sumergimos, en el que estamos ausentes. Esa ausencia nos enmudece. Más adelante João dice que el dormir predispone a la poesía, permite crear al despertar. El verbo dormir es una palabra hecha por sonidos que parecen prolongarse en la oscuridad. Dormir implica acceder, por medio de los sueños, a otro nivel de percepción, al cultivo de cierta vocación sobrenatural. Los sueños son la mutación de infinitas pulsaciones esotéricas, todo eso habita en nosotros. Por alguna razón Dios o los Dioses hicieron que las bestias durmieran, necesitan un espacio creativo para invocar lo que despiertos no pueden ver. Estas ideas no sé de dónde vendrán, pero estoy seguro de que no son mías. No es una casualidad que los sueños aparte de un carácter poético también tengan un carácter predictivo, especulativo, de un sentido oculto, que una vez despiertos solo podemos interpretar apenas como fragmentos de piezas de un rompecabezas incompleto, incomprensible, que no tiene sentido armar. Es en esa impotencia de no saber descifrar los mensajes que provienen de nuestro interior la clave del macabro juego del existir. Ya que hablamos del puzzle pienso en los versos poderosos de Shel Silverstein:

Nothing has more possibilities

Than one old wet picture puzzle piece.

Así son nuestros sueños: una posibilidad abierta. Por eso dormir en tiempos caóticos es muy importante. El asunto es saber descifrar los mensajes que decanta nuestra desesperación al estar despiertos. En algún punto todos podemos ser como Mark-Alem, interpretando la realidad mientras nos brota una lágrima por nuestro ojo más lúcido, esa gota salada es el sueño que se escapa a un mejor lugar. Y de nuevo volviendo al asunto, João por otra parte nos dice: Puede decirse del dormir, que favorece la formación de una zona oscura (un tiempo oscuro), donde esa fusión se desarrolla (nuestros sentidos oficiales adormecidos), y de donde subirán más tarde esos elementos que serán los elementos del poema y que el poeta sorprenderá un día sobre su papel sin que los reconozca.

La lectura de Kadaré abre una discusión sostenida de los peligros del totalitarismo. Nunca había pensado con tanta contundencia de esos peligros que envuelven el acto de dormir, o de soñar despierto. Actualmente vivimos en un mundo donde tenemos una vigilancia de nuestros sueños por medio de nuestros deseos. Hay una tecnología específica y muy sofisticada, de la cual ignoramos su funcionamiento, a la que rendimos cuentas. Las redes sociales, tal vez. Aquí solo especulo. Ese metaverso, traducido como la nueva utopía, en la que ocupamos gran parte de nuestro tiempo, conforma el hipermercado del sueño. Y la clasificación es exhaustiva y predictiva, hasta el punto de sentir asombro por la capacidad asertiva de nuestras prótesis tecnológicas, que nos consuelan en medio de la angustia de las pantallas. Nos ofertan mejores sueños para seguir consumiendo, los clasificamos y juzgamos como mejor nos parezca hasta el hastío, como si se tratara de una patología cognitiva, el ser incapaz de salir de ese infierno artificial donde hemos querido creer que somos felices. Un algoritmo nos muestra casualmente las cosas que deseamos ver, ¿acaso no es el mismo sistema del que habla Kadaré en su libro? El archivo donde se guardan nuestros secretos ahora es una nube. Más allá de pensar en el régimen totalitario del país que vivimos (depende de cómo lo vea cada soñante), la lectura más aterradora sería la de ese conjunto de sistemas totalitarios tecnológicos abstractos e impersonales, que dilatan y mercantilizan nuestras vanidades y placeres, a cambio de nuestros bienes más preciados. Nuestros sueños están marcados en los términos y condiciones de todos los servicios gratuitos que usamos sin asco, con un grado enfermizo de esmero, nos encerramos a una sala de incomunicación. El palacio de los sueños puede ser una realidad palpable de la que todos disfrutamos ser parte, pues el insomnio general no es solo una norma amigable para asentarse humillado ante el bien común, sino la única forma de sobrevivir a esa maquinaria sin forma, triste y cruel.

La vida de un hombre queda perturbada para siempre una vez que se encuentra atrapada en los engranajes del poder, pero eso no tiene parangón con el drama de un pueblo entero prisionero de ese mecanismo (p. 99)

Detrás de las pantallas se ha formado una nueva zona oscura.

Son muchas lecturas para pensar antes de quedarnos dormidos.

Alexander JM Urrieta Solano

Misceláneas

Los demasiados libros, o las virtudes del exceso de plástico

El Cuaderno de Blas Coll (Fragmentos)

La Broma infinita: sobre la experiencia lectora deportiva

Tanizaki en Las Vegas

Insensatez

Cómo estafar a otros y creer que salvas el planeta

Je me souviens

«La salud es un estado incierto y no augura nada bueno. Es mejor ser alguien que viva tranquilamente enfermo, así al menos uno sabe de qué va a morir.»

Olga Tokarczuk – Sobre los huesos de los muertos

La Casita Azul – Ubicada en El Conde, detrás de la Iglesia Nuestra Señora de Fátima. Av. Este 10, entre Avenidas Sur 17 y 19, Parque Central, Caracas.

Me acuerdo del pequeño altar en la Casita Azul, por Parque Central. Algunos viernes tomábamos allí y otros días entre semana en la Ratonera, que estaba en la misma calle. En la Ratonera Gus leía los poemas que tenía escritos en una pequeña libreta negra. Yo no decía nada, solo tomaba fotos, con esa sensación latente de que olvidaría aquellos lugares donde raras veces me sentía tranquila. Y pensar que en ciertos antros uno puede experimentar algo parecido a la gracia, la que se mezcla con los eructos de la clientela que pasada las doce deja de ser gente para ser querubina, y ese olor a cigarro y orine, que aceptas con una alegría que da pena. Como si el mañana no importara, pensando que nos quedaremos aquí para siempre, en la fiesta de la esquina, en el recuerdo de la ciudad y de la gente que entra y sale de nuestra vida. Gus terminaba de leer y Alejo comentaba sobre los versos. Gus asentía. Alejo fumaba demasiado y dibujaba lagartos en una servilleta. Luego ambos se miraban y recitaban a Santa Teresa de Jesús: «¡Ay, qué larga es esta vida!/¡Qué duros estos destierros,/esta cárcel, estos hierros/en que el alma está metida!/Sólo esperar la salida me causa dolor tan fiero,/que muero porque no muero». Nunca fui buena con los poemas. Nunca pude aprenderme ninguno de memoria. Pensar nostálgicamente me marea. Es un acto masoquista. Luego de varios años, que Alejo y Gus no están voy a beber sola a la Casita Azul. Veo el altar que tan poca importancia le daba antes. Recuerdo ahora muy tarde los primeros versos que nunca aprendí: «Vivo sin vivir en mí,/y tan alta vida espero,/que muero porque no muero». Este recuerdo en particular, junto a los fragmentos de un poema que nunca me voy a aprender, son de color azul ¿Los recuerdos pueden tener tonos cálidos y fríos al mismo tiempo? A todas esas mientras me tomaba la décima cerveza me preguntaba sobre qué color tenía la ausencia. O es que solo divago y de manera involuntaria y etílica me terminé aprendiendo algunos versos de memoria: «Porque si es dulce el amor,/no lo es la esperanza larga:/quíteme Dios esta carga,/más pesada que el acero,/que muero porque no muero». ¿Será?

Solenoide

La novela del escritor rumano Mircea Cărtărescu me ha gustado bastante. En particular cómo aborda los elementos de lo diminuto y los va exponiendo en una extensa y descriptiva galería de anomalías, a su vez que cada página es un tratado de entomología, donde usando recursos verbales increíbles expone a los bichos raros de aquella ciudad de Bucarest, arruinada por el comunismo.

Empezando por el mismo narrador: un profesor de rumano, escritor frustrado que vive en una casa laberíntica en forma de barco, construida sobre un solenoide, un dispositivo físico capaz de crear un campo magnético sumamente uniforme e intenso en su interior, uno por donde el lector entra y levita, transita por un espacio onírico que se mezcla con los recuerdos, los sueños y el presente.

Escribe un diario. La escritura es el tatuaje que va cubriendo la desnudez. La vida banal del protagonista concentra los grandes conflictos de la existencia: la repetición y la insignificancia, los contactos inevitables con un mundo paranormal y subterráneo, donde convive con los monstruos de la infancia y lo que no se pudo ser. No solo las anomalías internas sino las externas. Ambas, imposibles de ver en medio de toda esa ruina, la atmósfera de todo el libro. Una ciudad astillada, fea y sucia, edificios con caries y hongos, comidos por las termitas y habitada por personajes extraños, pequeños ácaros que viven en soledad en el brazo del creador.

El solenoide es la tesis que permite que la narración exponga lo onírico y lo real. Llega un punto donde en realidad no importa si lo que pasa es un sueño de Dios, una proyección de dimensiones generada por un cósmico teseracto que compone uno de los tantos millones de teseractos de infinitas galaxias y aterradoras estrellas. Y eso me parece un logro de la estructura, sus exposiciones ramales, mezcla de los mejores géneros del psicoanálisis y la ciencia ficción.

Me impactaron muchas partes. En particular el sacrificio de Virgil. La entrega plena al sufrimiento, a una vida entregada a la obra. Virgil, líder de la secta de los piquetistas, ordena al tumulto para protestar en varios lugares de la ciudad, hospitales, cementerios y tanatorios, este último descrito en toda su inmensidad monumental deprimente, quizá la institución pública más importante de las sociedades que aplican sin descanso el negocio de la necropolítica. Los piquetistas no protestan contra gobiernos de turno, lo hacen contra el dolor y el sufrimiento, la vejez, la epilepsia, la enfermedad y la muerte.

«¿Por qué vivimos?», empezó Virgil, como hablando consigo mismo, pero su voz retumbó brutalmente en el silencio de la noche. «¿Cómo es posible que existamos? ¿Quién ha permitido este escándalo y esta injusticia? ¿Este horror, esta abominación? ¿Qué imaginación monstruosa envolvió la conciencia en carne? ¿Qué espíritu sádico y saturnino permite que la conciencia sufra, que el espíritu aúlle torturado? ¿Por qué hemos descendido a este cenagal, a esta jungla, a estas hogueras llenasde odio y furia? ¿Quién nos ha arrojado desde las alturas? ¿Quién no ha encerrado en cuerpos, quién nos ha atado con nuestros propios nervios y nuestras propias arterias? ¿Quién nos ha obligado a tener huesos y cartílagos, esfínteres y glándulas, riñones y uñas, pieles e intestinos? ¿Qué hacemos en este mecanismo sucio y blando? ¿Quién nos ha sellado los ojos con nuestros propios ojos, quién nos ha tapado los oídos con nuestros propios oídos? ¿Quién ha consentido el dolor, quién ha consentido los sentidos? ¿Qué tenemos que hacer con los racimos de células de nuestro cuerpo? ¿Con la materia que fluye por él como a través de un tubo de carne agónica? ¿Qué estamos haciendo aquí? ¿Qué tomadura de pelo es esta? ¿Por qué nadamos en ácidos que ulceran nuestra piel? ¡Protestad. protestad contra la conciencia enterrada en la carne!

»¿Por qué nos duele, por qué nos atormentamos, por qué nos desgarran cuchillas y flechas envenenadas? ¿Por qué nos arrancan el corazón, por qué nos atan, con la cabeza cubierta por una capucha negra, a la silla de tortura? ¿Por qué nos llenamos de ampollas al más leve soplo de viento? ¿Por qué nos ulcera incluso el roce del plumón del diente de león? ¿Por qué aullamos atormentados en la agonía de nuestras vidas y por qué el mayor tormento, el más difícil de soportar, es el miedo? El miedo a la pérdida, a la desaparición, a desprenderte de la propia corteza que dejas atrás, al dolor y al placer, a la vida y al sueño, al sexo y al pensamiento pero, sobre todo, a la araña del tamaño de cien universos que teje la ilusión en la que nos encontramos. ¿Por qué han permitido el miedo, por qué bebemos a diario la copa de veneno de araña del miedo? ¿Por qué el miedo es la sustancia del mundo en el que vivimos? ¡Protestad contra el miedo, protestad contra las deyecciones que enturbian la claridad!

»Minúsculos en vuestra nimiedad, micelios de una mota de polvo en el infinito, ¡protestad contra la desaparición de las conciencias! Es diabólico, es intolerable que un espíritu muera. Está más allá de los límites del mal que un ser comprenda su destino. Es cruel, bárbaro, inútil, traer un espíritu a este mundo, al cabo de una noche infinita, solo para hundirlo, tras un nanosegundo, en una nueva noche infinita. Es sádico ofrecerle por adelantado el conocimiento completo del destino que le espera. Es abominable matar a millones y millones, a generaciones y generaciones, a santos, criminales, genios, héroes, putas, mendigos, campesinos, poetas, especuladores, beatos, torturadores, a verdugos y víctimas a la vez, tanto a malos como a buenos, es melancólica y desoladora esta obra propia de un criminal en serie. Nuestro mundo se extinguirá, el universo se pudrirá junto con los otros millones de universos, pero el ser y el no ser durarán lo que dure la eternidad, como un mal sueño, como una infinita telaraña. Y nosotros, las perlas de este mundo, los cristales que deberían brillar eternamente, no estaremos jamás, jamás, por mucho tiempo que pase y por muchos desastres que sucedan en el infierno que es el mundo físico, en la mazmorra infinita de la noche. ¡Protestad. protestad contra la extinción de la luz!

Quisiera poder transcribir más, pero sería una insensatez de mi parte. Del texto marqué muchas citas. La galería de personajes es amplia, y uno es más impresionante que otro. Honestamente no me alcanzan las palabras para expresar mi alegría por haber llegado a este libro que llegó a mis manos por gestiones de contrabando. Libro trance y cargado de fuerte esoterismo. Las ideas contundentes sobre la condición humana, que transcurre en un instante, porque después de esto no podemos saber si hay algo más: Vivimos un nanosegundo en una mota de polvo perdida en el cosmos, me dije.

Leer es fabricar soledades. Hay autores, y pienso que son los que valen la pena, que al leerlos nos proponen un experiencia con el lenguaje. Autores de los que no podemos salir indiferentes. No podemos seguir siendo los mismos. Sucede esto en autores, que están expuesto en el Solenoide, como sólido marco teórico, de una fuerza vital en sus palabras: Dostoievski, Rilke, Kafka, Mann, Borges, Sábato, Hamsun. Solenoide propone esa clase de experiencia. Y parte de la experiencia de solenoide trata de la importancia vital que tiene la lectura como resguardo de la soledad, una que nos permite explorar otras posibilidades de la palabra.

…La sonrisa es una disposición especial de la materia, una arruga de nuestra boca, así como la conciencia es una posición especial de las sinapsis de nuestro cerebro. Todos somos una sonrisa del vacío y de la noche, una arruga de los aterradores, silenciosos espacios pascalianos. Somos una forma imposible del mundo aleatorio e infinito, somos la caída de canto de una moneda con un grosor tan fino que se corta a sí misma billones de veces por segundo. Esta autodestrucción continua es nuestra patética naturaleza.

Alexander JM Urrieta Solano

Locura y creación

por Ludovico Silva

En una entrevista publicada en el «Papel literario» con José Solanes, el médico del gran Antonin Artaud, decía Solanes: «Las drogas no sugieren nada que no esté ya dentro de nosotros. Y el delirio como tal, tampoco». Solanes tuvo oportunidad de tratar frecuentemente a Artaud, como médico y amigo, durante sus años de sanatorio. Pudo ver de cerca a aquel cerebro privilegiado, con todos sus delirios creadores. Subsiste una pregunta: ¿Son asimilables la locura y la creación artística? La pregunta es vieja, y aún sin respuesta definitiva. Es más: las diversas escuelas poéticas han dado diferentes respuestas a la misma pregunta. Para los surrealistas, por ejemplo, el estado creador estaba rayano en la locura, pues se trataba de hacer un inmenso «desarreglo de los sentidos» (según la consigna de Rimbaud) para poder captar las irradiaciones del inconsciente y transmitirlas mediante la escritura automática, en un proceso del cual quedaba desterrada la «razón», según lo declarara expresamente André Breton en su definición de escritura automática. En efecto, su definición reza así: «Surrealismo. s.m. Automatismo psíquico puro por el cual nos proponemos expresar, ya sea verbalmente, ya por escrito, ya de cualquier otra manera, el funcionamiento real del pensamiento. Dictado del pensamiento, en ausencia de todo dominio ejercido por la razón fuera de toda preocupación estética y moral».

Este automatismo era capaz de producir, en una especie de delirio visionario, expresiones poéticas como estas:

El gran frigorífico blanco en la noche de los tiempos

que distribuye escalofríos en la ciudad canta para él solo

y el fondo de su canción se parece a la noche que hace bien todo lo que hace.

O bien, expresiones como estas:

Un poco antes de medianoche junto al desembarcadero

si una mujer desmelenada te sigue no hagas caso.

Es el azul…

Los surrealistas reivindicaban, y reivindican aún hoy (pues el surrealismo no ha muerto, es una respuesta constante y perenne) el papel de la locura y el delirio en el proceso de la creación literaria. Sin duda, las drogas tienen allí una puesto destacado, pues las drogas provocan estados de delirio. Pero si, como dice, José Solanes, las drogas no sacan de nosotros nada que no estuviera ya en nosotros, podemos preguntarnos: ¿son necesarias las drogas para el proceso creador? Personalmente, no creo que sean necesarias ni que hayan producido jamás ninguna obra de arte o literaria de significación por sí solas. Las encargadas de producir esas grandes obras del espíritu son la imaginación y la fantasía. Lo que ha ocurrido con esto es un quid pro quo. Como el artista necesita elevar su sensibilidad a alturas e intensidades inusuales, insólitas, el artista termina casi siempre por convertirse en un personaje extraño, extraviado, distinto del resto de los mortales, y con inclinación a las drogas, especialmente el alcohol. No se soporta tan fácilmente esa tensión de la fantasía creadora que exige el arte. Hace falta un gran temple. Sin embargo, hay tipos de artistas que realizan grandes esfuerzos imaginativos y de intuición y sin embargo, son capaces de conservarse perfectamente normales. Tal es el caso de Valéry, quien trabajaba sus versos no de acuerdo a un delirio, sino de acuerdo a una razón constructora.

El Nacional, 20 de octubre de 1976

Otros textos ajenos

Un mundo inmóvil

3120-5699-1184 (Lenguaje universal cifrado)

Vida y destina (Fragmento)

El fin de los dirigibles

¡Cuidado con la Fridamanía!

Las secta de los treinta

Elogio del tamagotchi

Una amiga me mandó uno de esos reportajes cortos de la Deutsche Welle sobre un tipo que se gana la vida haciendo nada. Se llama Shoji Morimoto. Lo contratan para que sea una suerte de compañía. Depende de lo que el cliente quiera este puede hablar o solo escuchar. Se alquila para estar.

Una de las clientes de Shoji comenta lo versátil que es tener este tipo de servicio. Ella dice que al estar con sus amigos siente la presión de tener que entretenerlos, de tener que estar ahí a la expectativa de generar algo en ellos, ya sea una impresión mínima, un gesto, una palabra, situación que la hace sentir incómoda. Siente que al final la compañía del otro exige un intercambio que a veces no sabe si es capaz de dar. Por eso antes que seguir sometiéndose a esas condiciones de ansiedad alquila una compañía con la que no tiene la necesidad de sentirse, a fin de cuentas, juzgada o presionada.

Shoji tiene la modalidad de hablar o de simplemente escuchar, dependiendo de lo que el cliente le pida. Su negocio ha ido creciendo. Ha tenido un promedio de casi cuatro mil salidas donde no hace absolutamente nada. Si se lo piden come, asienta, se muestra atento a los sentimientos ajenos. Asertivo, su silencio se cotiza en la bolsa, en las calificaciones de los usuarios.

Hay renovación de salidas, hay flujo de retorno; algo muy positivo para el negocio de la soledad. Estamos hablando de las profesiones del presente.

Otra cliente lo contrató para no sentirse sola mientras en una salida iba disfrazada de Pikachu. La compañía le da seguridad suficiente para no sentirse ridícula, una sensación que parece no encontrar sitio en las amistades sinceras. Mediante el pago se evade cualquier forma de vergüenza.

Lo que me llama la atención es que tenemos a ese otro que podemos configurar de acuerdo a nuestras necesidades. Como me dice una amiga: en el presente el otro es a la carta. Yo lo configuro de acuerdo a las urgencias de mi soledad. Entonces silenciamos, censuramos, bloqueamos, establecemos restricciones para protegernos del otro. Resguardamos una soledad frágil como el cuerpo interno de un cangrejo.

En parte admiro el negocio de Shoji.


En parte no me interesa. Sin embargo, no se puede descartar la posibilidad…


Me hace pensar que detrás del oficio agotador de la vanidad está empozada a nueva forma de tristeza. La soledad que alimentamos como un tamagotchi: mostrico que se satisface con mínimas muestras artificiales de afecto. Mostrico que vive de las relaciones estériles que no llegan ningún sitio. Un mundo donde el otro es solo un medio para alcanzar la exaltación personal. De ahí la virtud compensatoria de los likes y corazones en las redes. El camino a unas mejores formas de incomunicación.

El otro está para consolarnos en la medida de nos infla, a riesgo de reventarnos o quemarnos. Esa quizá puede ser una de las bemoles del oficio de Shoji: el cliente se hunde tanto en su ego que no vuelve más, aunque es algo paradójico, porque se supone que debería generar un efecto contrario, uno que a fin de cuentas pone en peligro es la soledad de Shoji, su cualidad más valiosa, que corre el riesgo de dejar de ser inédita, o lo que es peor o evidente: que aburra.

Gabriel Zaid en su ensayo de Los demasiados libros habla del surgimiento de una nueva profesión en la nueva era del ensimismamiento: los que escuchan.

Una solución de welfare state sería crear un servicio nacional de geishas literarias, con maestría en letras y psicología autoral, que trabajaran a tiempo completo en leer, escuchar, elogiar y consolar a todos los autores no leídos.

Persona con un don legítimo para escuchar nuestros lamentos. Como un cura detrás del confesionario, uno que no tiene que darnos penitencia. Una persona que alivie nuestro ego, ya que la misma situación nos evade de asimilar la poca relevancia que tenemos. Pero como nos enseña Shoji, y su humilde oficio de no hacer nada, el dinero puede brindarnos, así sea en una situación simulada, de no ser lapidados por el servicio que contratamos. Pagar por la ilusión de los afectos.

Me parece una misma vertiente del coroteo, otra rama de la prostitución. Yo a todas estas me pregunto si Shoji siente afecto por un cliente, digo: ¿al sentir empatía su negocio se diversifica, o se jode? ¿La lástima altera los servicios de no hacer nada? ¿O es que la clave del éxito del negocio de no hacer nada radica en la misma indiferencia que establece el contrato mismo?

¿Tú qué piensas?

Shoji hace de la terapia una profesión ambulante. Ya no tienes que pagar para ir al psicólogo, él va por ti. No cuestiona, simplemente le pagas para que sea una versión amueblada de tu propio espejo.

Lo interesante es la pregunta que el reportaje de la DW deja al espectador:

¿Y, a qué se dedica el hombre que no hace nada después del trabajo?
Esperemos que algo.

La compañía tiene un precio. El otro al final nos aterra porque nos hace sentir vulnerables. La velocidad de las cosas ha cambiado radicalmente ´como se comporta o piensa la gente. El aburrimiento es la cara oculta del entretenimiento.

El oficio de Shoji es solo otro síntoma del presente.

Alexander JM Urrieta Solano

Textos con cangrejos

Lo que nos queda

Selección natural

La esquina de barro

Tanizaki en Las Vegas

Cómo estafar a otros y creer que salvas el planeta

Ensayo sobre el Lugar Silencioso

por Alexander JM Urrieta Solano

Paso una buena parte de mi vida leyendo, aunque no lo suficiente, en el baño. La poceta es un objeto indispensable, no solo porque sirve para cubrir las urgencias físicas, sino porque además permite la apertura de asentarse sobre dicho objeto y asimilar nuestra íntima vulnerabilidad. El baño se convierte, dependiendo de cuál sea, en un lugar para meditar acerca de nuestras flaquezas espirituales. Allí, en el baño, las angustias más comunes, las ansiedades más diversas, los pesares y secretos del alma se conjugan con actos primitivos.

Al terminar el Ensayo sobre el Lugar Silencioso de Peter Handke me pareció necesario poner en práctica la experiencia que el mismo autor propone en su breve apología del cuarto de baño. Lugar alejado de todo, de las multitudes, del ruido, donde hay una experiencia muy específica de soledad, una soledad recubierta de humedad y sonidos sostenidos de tubería, de hongos que se acumulan en las esquinas, de sobras de pasta de diente, una soledad de cuentagotas, en la que uno puede escucharse a sí mismo, auscultarse, esconderse, divagar, imaginar. Un espacio donde nace, de manera insospechada, una revelación creativa.

Me puse a enlistar los baños en los que me sentí tranquilo y particularmente reflexivo en diferentes momentos de mi vida; o en muchos otros casos, aquellos baños en donde asistía lleno de miedo, preocupado porque me llegara a pasar algo, tratando de orinar de manera incómoda y apresurada, atento a las amenazas más amargas, a las precariedades más comunes, como la falta de papel, jabón y agua; también, y siempre como elemento memorable, atento de los mensajes improvisados en papeles con alguna observación para el usuario insolente: Apunte bien; No hay agua, así que no haga del número 2; Rollo de papel a 1 bolívar; Orine contento pero orine adentro; Jesús te ama, pero lávate las manos

Ensayo sobre el Lugar Silencioso es una exploración de los lugares aislados para la contemplación. Las reflexiones de Handke van ligadas a situaciones autobiográficas y cómo las experiencias de los espacios remotos han despertado en él un incentivo para la introspección, para desarrollar una poética del espacio: donde la ensoñación amplía las posibilidades del lenguaje con el que se describen las cosas más banales de la existencia. El hilo conductor entre un baño y otro son las sensaciones que ha experimentado en cada lugar, llevando esa descripción de los detalles a una expansión de la escritura de los márgenes, a desarrollar en el lector un ejercicio luminoso de encontrar nuevas formas expresivas en aquellas cosas que tomamos por triviales. Para mí esta ha sido la mayor virtud de leer a Handke. Es un escritor que propone una experiencia en la que es inevitable que mientras lo estemos leyendo vayamos haciendo contrastes con las vivencias personales. Handke invita al lector a indagar en sus recuerdos mediante la exposición de los suyos, algo que logra con agradable sencillez.

Lugar Silencioso: retretes, evacuatorios, sanitarios, inodoros, cagaderos, sinónimos de esos lugares ubicados en espacios de tránsito como sitios estáticos, predeterminados, fuera de servicio o apenas funcionales. Lugares de paso, como los baños de los terminales y aeropuertos, de centros comerciales, clínicas y universidades. Todos pensados para una finalidad puntual, y sin embargo, reconocerse en esos espacios permite exaltar sus particularidades, en la medida que somos capaces de extraer alguna fascinación, algún recuerdo que nos dispare a un descubrimiento que revela un posible hallazgo de sensibilidad espacial.

Handke expone un recuento de los comentarios que Tanizaki hace en su maravilloso ensayo El elogio de la sombra, en donde dedica varias páginas a la importancia del baño dentro de la composición de un lugar, y su especial diseño en la cultura japonesa. Este comenta sobre los baños de los templos budistas. Su visita al baño, señala, lo hizo renovar su afecto por la arquitectura japonesa.

Escribe Tanizaki: En el retrete japonés reina una tranquilidad reconfortante que calma los nervios. Como está instalado casi siempre en un anexo, a cierta distancia de la casa principal, a la sombra de algún bosquecillo con olor a hojas reverdecidas o musgo fresco, se llega allí por un largo pasillo que atraviesa el jardín. Una vez agachado en esa penumbra, se disfruta de un inefable placer, meditando bajo el tenue reflejo de la ventana forrada de papel o contemplando el paisaje del jardín a través del cristal. Dicen que el maestro Soseki experimentaba un intenso goce fisiológico mañana tras mañana cuando acudía a sentarse en el retrete. A mi modo de ver, no hay nada mejor que el retrete al estilo japonés, rodeado de paredes silenciosas y veta pulcras de madera, y con una vista del cielo azul y las hojas verdes, para disfrutar de aquel placer fisiológico. Insisto que son indispensables cierto grado de penumbra, una limpieza impecable y un silencio absoluto que haría resaltar incluso el zumbido de un mosquito. ¡Cómo me agrada permanecer atento al sonido pausado de la lluvia en esos retretes! …Para mí, el retrete es un sitio ideal para apreciar la belleza de las estaciones, ya sea el canto de grillos y de pájaros o la luna llena, y sospecho que en aquel lugar era donde se inspiraban los antiguos poetas del haikú. Me parece incluso pertinente afirmar que el retrete es el punto más refinado de la arquitectura japonesa. Nuestros ancestros, que poetizaban todo cuanto estuviese a su alcance, convirtieron el lugar supuestamente más repugnante en un sitio de lujo, asociándolo con la belleza de la naturaleza, para envolverlo en un aura de nostalgia. En comparación con los occidentales, que lo detestan a tal grado que evitan mencionarlo en público, los japoneses somos más sabios y expertos en lo que se refiere a la elegancia.

Justo cuando leí ese ensayo por primera vez me impactó mucho la reflexión sobre el baño y la diferencia entre las pocetas japonesas y las occidentales, la superioridad de la primera sobre la otra en cuanto a su estética, el desgastado que se embellece por el uso diario. Básicamente el asunto estaba en el color, en el veredicto del tiempo. Las pocetas occidentales, como todos sabemos, es sin excepción alguna de porcelana blanca con manivelas metálicas relucientes. Para mi gusto personal, la taza más bella, tanto masculina como femenina, es la de madera, preferentemente con barniz de cera, que se ennegrece paulatinamente según el uso, extrayendo de las vetas un encanto singular que nos infunde serenidad. En particular, me fascina la que tiene forma de flor de enredadera, rellena de hojas de cedro, que posee una apariencia grata y un efecto amortiguado que apaga los ruidos más leves. Sin aspirar a semejante lujo, me hubiera gustado idear a mi propio contento algún recipiente aplicable al retrete de agua corriente, pero no me quedó más remedio que renunciar a esta idea debido al notable aumento en los costos y al tiempo requerido para su realización. Sin embargo, no pude dejar de preguntarme, desde luego sin la menor intención de oponerme a la aplicación de la última tecnología, por qué no se investigaba hasta dar con los utensilios, ya sea de iluminación, calefacción o higiene, acordes con nuestros hábitos y nuestra estética.

Las casas de mi familia en Lima tienen algo en común: están dotadas de una reverberación excesiva. Hay eco en todas partes. En particular los baños de estas casas me delataban como una persona ruidosa. Los sonidos de las páginas eran parecidos a los ruidos de mis problemas, si se me permite, claro, jugar con las metáforas. Como en la ciudad no llueve nunca (tal vez a lo mucho acontece lo que llamamos acá garúa) se estila en los diseños la puesta de varios tragaluces, algo muy bueno para el verano, pero muy violento en el invierno. Esos tragaluces atraviesan los baños en una fila intestinal vertical hasta el fin de la tierra. Esa luz cuadriculada entrando por las mañanas o durante la tarde ofrece una iluminación espectral y apacible, que no solo brinda una sensación nostálgica, sino que da el grado de luz preciso para leer mientras se caga. Algún tragaluz está puesto justo debajo de la poceta, dando al objeto rodeado de oscuridad un grado sugestivo de magnificencia, como esa luz lineal que atravesaba los templos e iluminaba una reliquia en las películas de Indiana Jones. Al final los mitos se reflejan en los rincones cotidianos, y nosotros solo tenemos que jugar, asociar una cosa con la otra. La poceta blanquecina al recibir esa luz, puesta o no de manera intencionada, otorga una cualidad museística que evitaba el gasto innecesario de electricidad durante el día.

En dos ocasiones tuve que ir a un centro de fertilidad motivado por un dolor testicular que luego se me diagnosticó como varicocele. Para los exámenes se me pedía una muestra de esperma. Una enfermera me llevó a un baño que se encontraba dentro del mismo laboratorio, que daba a un estante donde los trabajadores calentaban su almuerzo en un microondas. En una pared al lado de la entrada del baño había un letrero que pedía guardar silencio mientras la luz del baño estuviera apagada. En el baño había una silla giratoria de cuero negra y una pequeña pantalla rectangular empotrada en la pared, cerca del lavamanos. Me dijeron que me tomara mi tiempo, que me sintiera cómodo y que tratara de acabar dentro del pote todo lo que pudiera. En particular la pulcritud de ese baño era sospechosa, me daba grima sentarme en la silla, sentir que mis nalgas tuvieran contacto con aquel cuero tibio. Ese Lugar Silencioso en particular concentraba todas las cualidades de nuestra sociedad fármaco-pornográfica. El silencio era absoluto. Al encender la pantalla se reproducía una película porno en un loop infinito, una producción deprimente y de bajo presupuesto, que no despertaba ningún apetito y que conspiraba junto con el aire frío del laboratorio que fuera capaz de ponerme duro. Estaba allí por temas de salud, pensaba, y el clima del baño se me hacía cuesta arriba, a pesar de la extrema calma que sentía, a tal punto que, con la luz apagada, en medio de la oscuridad, podía percibir el sonido mínimo de la pantalla, los orgasmos falsos con un fondo musical ochentoso. Las escenas variaban, un encuentro casual en escritorio de oficina y luego un altar de sacrificio con antorchas alrededor. Mientras más rato estaba en aquella silla peor era la experiencia. Eran escenas donde era inevitable ver los horrendos cortes de cabello, los tatuajes en los pectorales de esos hombres excesivamente bronceados con mujeres deformadas por cirugías plásticas y abuso de botox, donde afortunadamente la pésima resolución del video mostraba los sexos pixelados, algo así como una censura por defecto. Dichas condiciones, a oscuras, solo me llevaban a trabajar la imaginación. Masturbarme con mis propias fantasías, lo que hacía más amena la frialdad de aquel baño. Al salir era extraña la sensación de entregar mi pequeña muestra. Aunque, por otro lado, la semblanza de esas personas era una formación establecida por la rutina y la costumbre, por lo que mi vergüenza se anulaba de una manera contundente en el momento que me despedía y daba las gracias, atento a que me mandaran los resultados por correo, en un plazo no mayor a quince días.

Durante una temporada a finales de la primaria me regresaba con unos vecinos que estudiaban conmigo en el mismo colegio. Antes de ir a casa nos íbamos al club deportivo de los Cocodrilos a unas sesiones de tenis, en la que ellos y sus padres estaban metidos. Yo me quedaba esperando con mi hermana sentados en algún cafetín del club, sin hacer gran cosa. Me daba por caminar por las instalaciones. En ese rato que paseaba me quedaba en las áreas comunes del club que daban a las canchas de bowling, y luego me iba por los pasillos que daban a las canchas de arcilla. En esos ratos tenía una atracción en particular por los vestidores. En la entrada de esos baños había una figura de cocodrilo vestido de tenista blanco, sin hacer evocaciones forzadas a la marca Lacoste. El lugar en sí era muy calmado, los huecos de los baños daban la impresión de entrar en un enorme laberinto. Las baldosas eran verdes y de formas geométricas intercaladas. La pulcritud de aquel lugar me fascinaba, y llegué a establecer una relación especulativa entre el silencio y lo que está muy limpio. Los bancos de madera tenían ese brillo que luego de haber recibido mucha humedad y aceite de teca, decretaban una forma de seguridad. Pasaba mucho rato en los vestidores. En fila estaban los cubículos, y el silencio del espacio era emocionante, el vapor del agua era un rasgo por igual de inmensidad, de instante pleno de relajación. En esos vestidores fue la primera vez que vi a dos hombres besándose. Eran unos hombres tonificados que habían terminado su ronda de squash. Ya los había visto jugar a través de los vidrios en otras ocasiones. Al verme se separaron con brusquedad, como si mi presencia infantil hubiese roto un equilibrio natural, un pacto secreto de los vestidores. Mi impresión fue de susto y salí corriendo del lugar. Luego cerca del cafetín mientras nos daban de comer tequeños, pude ver al rato salir a los dos amantes. Cada uno tomando una dirección opuesta como si no se conocieran. Mientras me colgaba un hilo de queso en la boca hice contacto visual con uno de los hombres. Su mirada me transmitía una culpa distante. No había reproche, solo la vergüenza de haber sido descubierto. Mientras se alejaba vi que iba al encuentro de su esposa, que estaba sentada en uno de los bancos, junto a un pequeño cochecito de bebé y una pila de raquetas.

Un Lugar Silencioso memorable son los pozos sépticos de Cayo Sombrero, en el Parque Nacional Morrocoy. Unos cubículos en forma de cilindros en medio de uvas de playa. Uno cuando está en la playa normalmente se orina a mar abierto, se va a lo hondo, buscando el frío, naturalmente, buscando cierta confianza en la profundidad. Cuando no se puede hacer eso quedan los baños que ofrece el cayo. El cilindro no tiene puertas, por lo que la privacidad es de acuerdo a cuánto tiempo esté la próxima persona acercándose al cilindro, es decir: que la privacidad es relativa. Entras en él y apenas tiene una forma de cierre como de caracol, en espiral, donde al doblar te encuentras con el hueco de una oscuridad y terror cósmicos. Hay que ponerse de cuclillas y mantener el equilibrio, con el riesgo de que durante ese acto un calambre te descompense y termines cayendo en hueco. De ahí que se presenten pensamientos de angustia, y la alerta de no ser sorprendidos mientras pensamos sobre lo mal que comemos durante las vacaciones, de que no hay que gastar tanto dinero en camarones o vuelve-a-la-vida. La forma del cilindro concentra su propio silencio, junto al sonido de la brisa, las olas del mar, el motor de las lanchas trayendo y llevándose a turistas escandalosos. La ausencia de puerta, de una barrera protectora, incrementa el riesgo, si uno está urgido o apurado podría encontrarse con alguien cagando. Y entre esa preocupación de que te sorprendan agachado también nace en paralelo caerse en el hueco. Ese lugar, de todas las experiencias del cayo, generaba en mí una preocupación tremenda. Y más cuando incluso los que alquilaban los toldos y sillas en el cayo comentaban entre dientes, mientras uno se comía una oblea con chispas de chocolate y arena, que más de uno se había caído en el hueco. Unos se salvaban, otros no volvían. El cilindro quedó como un recuerdo de necesidad hostil. Algún día volveré al cayo y haré las paces con el cilindro, si es que todavía existe, o si todavía seguiré existiendo yo.

Los baños de mi infancia los pude asociar a los recuerdo que exponía Handke. Los encierros estaban reservados también para huir, una búsqueda de paz temporal en medio del caos. Los baños de primaria no se parecían a los de bachillerato; luego vinieron los baños de la universidad, siempre oscuros, sin fluxómetros, sin futuro. Los diferenciaba por la altura y la forma de los urinarios. Creí haber olvidado el tedio que me generaba el colegio y después la universidad, las salidas urgentes al baño para pasar un tiempo considerable sentado haciendo nada, mirando al techo, escuchando el sonido del lavamanos y el paso de otros. El baño es un sitio de reflexión. Para mí es una suerte de privilegio, saben, leer hasta que se me duerman las piernas. Caer en cuenta de que he pasado demasiado tiempo sentado sin hacer más que deambular en alguna página, divagando en mi propio vacío. Es sentado allí donde podemos dar testimonio claro de lo insignificante que somos.

Lo que ahora, mientras estaba escribiendo estas notas, me he estado preguntando en secreto me lo pregunto ahora por escrito: mi búsqueda de los Lugares Silenciosos, a lo largo de mi vida, algo así como por todo el mundo, muchas veces, además, sin una especial necesidad, ¿era una expresión, si no de huir del grupo, sí, no obstante, de una aversión al grupo, de un hastío de esta sociabilidad? El hecho de que, estando en medio de los otros, me levantara de repente y me marchara de su compañía, a ser posible doblando varias esquinas y pasando por más de nueve veces treinta escalones: ¿un acto asocial, antisocial? Sí, éste es el caso, y lo es a veces de un modo incontestable. Pero por regla general esto era así sólo en los primeros momentos, al levantarme de repente y marcharme. Ya durante el trayecto, a ser posible con rodeos, hacia allí, diciendo al mismo tiempo: «¡Nada como ir hacia allí!», al Lugar Silencioso, la cosa podía llegar a ser de otra manera; la univocidad podía transformarse en plurivocidad. Y además era verdad también que el hecho de cerrar la puerta del servicio fuera una sola cosa con un gran suspiro: «¡Al fin solo!».

Misceláneas para leer en el baño:

Tanizaki en Las Vegas

Selección Natural

La calle de los hoteles

Cómo estafar a otros y creer que salvas el planeta

El poeta en el mundo

La Broma infinita: sobre la experiencia lectora deportiva

Los demasiados libros, o las virtudes del exceso de plástico