El secreto del éxito japonés

por Alexander JM Urrieta Solano

En la casa se defienden de las estrellas. 

Lorca

I

Trabajé en una Fundación que dictaba cursos de oratoria y escritura en la biblioteca de un colegio.

Cuando acepté el cargo me dieron materiales para improvisar una oficina en el anexo de una casa en ruinas donde vivía alquilado.

Mis labores estaban repartidas en dos momentos que formaban una jornada completa. Por la tarde tenía que ir al colegio para abrir la biblioteca y quedarme hasta el cierre de los talleres. Con precaria expectativa acepté una forma de altruismo en mi vida. Llegaba con anticipación al colegio para armar el escenario de las clases, ordenar sillas y libros, montar el video-beam, barrer las sobras de los colores, despegar chicles y encender el aire. Por las mañanas tenía que estar en el anexo atendiendo llamadas por teléfono mientras llevaba el control de las inscripciones.

Era responsable de conservar los recuerdos acumulados de los que pasaron por ese cargo. Los objetos de la oficina venían en cajitas rojas etiquetadas con el eufemismo de juguetes anti-estrés para oficina. En un escritorio carcomido por las termitas ordené el inventario de la nostalgia: figuras metálicas balanceadas por imanes, péndulo de Newton, lámpara de lava, jardín zen en miniatura y una pelotica de gomaespuma impresa con la palabra Adelante.

Los sábados me reunía con mi jefe el señor Vunz. En los banquitos del patio nuestros diálogos se resumían a frases motivacionales para aplacar mi actitud negativa, cuando no era capaz de cubrir las inscripciones mínimas para el arranque de los cursos, así como trivializar la inconformidad de mi sueldo establecido, para defectos de la contadora, como honorario profesional. Las charlas aforísticas servían también para no hablar de la corrupción intestina del colegio, donde existía un ambiente de zozobra y desconfianza particular que reflejaba, en su lógica siniestra, la situación general del país. Lo único que importaba era llenar la biblioteca con cualquier tipo de público. Y ante mis preocupaciones, recibidas como lamentos bíblicos, el señor Vunz me respondía con su máxima resiliente favorita y siempre fuera de contexto:

El secreto del éxito japonés es hacer las cosas bien a la primera vez.

II

En el cargo pude aprender de escritores consagrados en un limitado trozo de país, uno donde por azar les había tocado existir: padecer una soledad específica.

Es necesario, decía la profesora Ribeyro, tener seguidores que orbiten en la obra que uno con esfuerzo ha creado, pero más importante son los detractores que destruyen la obra que ha caído en sus manos. Ellos son el caldo de cultivo para cualquier germen creativo. Esto es algo que no puedo decir en clases, más de uno dejaría de venir. Hay que mantener la ilusión de que todos pueden escribir, que no es lo mismo que lograr transmitir algo al escribir; son detalles. Los obstáculos forman la diminuta comparsa de las estrellas, desgracias con las que uno puede sostener su ego, uno que apueste a la vida, que dé la opción de la hoja antes que lanzarse por la ventana. Sin vanidad no puede existir el arte.

Soy parte de una pequeña constelación que abarca dos o tres municipios de la ciudad. Tal vez exagero, no te creas, decía con sus muecas agrieta-rostros el profesor Suárez, con su magister en narrativas hispánicas y mención honorífica en un concurso de cuentos que destacaba, en su papel de Sísifo, en el momento que se presentaba ante un público nuevo y entusiasmado cada mes. Al final no queda nada, decía tras una bocanada triste de fumador, no se puede evadir la infamia sistemática que forma olvidos tiranos, idiosincráticos, cuando se sabe que la voz no alcanza, cuando se sabe que uno no sirve más que a sus propios intereses. Hay que venderse como sea. Uno necesita el dinero. Se vive de transferencias, de la piedad del lector…

Y así el profesor Suárez terminaba el break de los cigarros, pisaba su colilla y me dejaba para irse con los participantes que lo envolvían en un cálido círculo de halagos y sonrisas de fuego.

III

Conocí a Zurama en el taller de Introducción a la escritura Creativa. Se inscribió también en el curso de oratoria que daban los jueves por la tarde, así que empecé a verla dos veces por semana. Tenía un pelo negro que le llegaba hasta la cintura. Era delgada y atractiva, de una piel tostada, como recién llegada de una playa. Usaba faldas muy cortas por lo que me resultaba inevitable mirarle cada tanto las piernas que mantenía cruzadas; digno de bajos instintos, esperaba la revelación de lo obvio en el momento que una de las piernas se cansara de soportar el peso de la otra.

Me empecé a hacer una idea de que podía gustarle.

Ella era cantante. Me mandó unos videos y audios mostrándome su talento. Ahora que lo recuerdo, su voz era estridente y subida de tono, algo que caracteriza en gran parte a las personas que no tienen realmente una voz para cantar, pero que tal vez, con disciplina y orientación pueden llegar a serlo; o en el mejor de los casos dedicarse a otra cosa. En un video Zurama se grabó con la cámara frontal caminando por un pasillo. Con una blusa roja, falda y botas de cuero interpretaba una canción de Christina Aguilera: Solamente tú…

IV

Mientras esperaba en el patio aprovechaba en leer novelas y textos de la universidad. Otras veces conversaba con el vigilante de turno que tenía un escritorio cerca de la entrada principal donde, si no estaba dando vueltas por el colegio, se sentaba a dormir inclinando la silla. Los lunes, miércoles y viernes estaba el señor Néstor, de buena conversa y muchas historias alteradas por una mitología personal. Creía en el recurso supremo de la fábula. Me hablaba de la amplia rotación de mi cargo. Nadie aguanta la rutina, decía, hasta los momentos eres uno de los que más tiempo ha durado.

Néstor cargaba un cuaderno que tenía en su portada un oso frontino durmiendo en un tronco. Durante su guardia nocturna se dedicaba a llenarlo.

—Hago cuentos para mi hija. Se los leo cuando la veo. Estoy divorciado. A veces no puedo verla tanto como quisiera. No me dejan. Uno es el malo. El trabajo quita tiempo para dedicarte a los tuyos. Escribir es una excusa para estar cerca de ella.

Le preguntaba sobre qué iban los cuentos y él me decía que había diversos temas, casi siempre de algo que veo camino al trabajo o de lo que escucho aquí de los profesores, lo que comentan las personas que vienen acá. Es un tema de tener oído. Hay que retener lo que dicen otros y luego anotarlo con rapidez porque después se olvida, decía Néstor, el oso.

—Una vez vi en el andén de la estación La Rinconada un rabipelado con suéter. Caminaba de un lado a otro. Estaba preocupado. Se me acercó a preguntarme la hora. Ya eran más de las tres y el bicho animal puso una expresión de horror. Me dijo que se le hacía tarde. Yo por respeto no quise meterme en sus asuntos, pero como se trataba de un rabipelado no pude evitar preguntarle el motivo de su angustia. Declaré mal unas facturas, me dijo. Yo me sentí mal porque no sabía nada de facturas ni declaraciones. Le respondí algo como: qué broma rabi te pelaste. La expresión en su rostro todavía no sé cómo describirla, era de horror, pero al mismo tiempo más allá del horror, algo que roza el espanto, pero muy en el fondo da risa porque la desgracia ajena es chistosa y uno quiere ocultar la carcajada. Algo así, no puedo ubicarlo. Tal vez sólo podía ser eso, un chiste cruel. Había gestos donde el animal me mostraba sus dientes chuecos y me provocaba risa, pero una risa buena, no burlona, de condescendencia, si así puedo llamar a una forma instantánea de gracia. No sé si lo que dije se lo tomó bien, porque justo llegando el tren el animal se lanzó a los rieles. El impacto sonó como cuando aplastas una bolsa llena de tomates, así lo puse en el cuento. La gente se asustó, pero como se trataba de un animal muy pequeño el tren siguió como si nada. Después la gente volvió a lo suyo.

» Entré al vagón tranquilo, sin tropiezo ni apuro. Me fui sentado. En el trayecto iba pensando en el aspecto aplastado del rabipelado dentro de la imagen fugaz de los tomates. También, por alguna razón, pensé en la Ignorancia, así, con la primera letra en mayúscula, no supe el motivo, o quise convencerme que no sabía, esa palabra en situaciones extrañas se afinca con fuerza en uno, sobre todo cuando sabes que no fuiste capaz de ayudar al otro. Un gesto es vital para tomar una decisión o insuficiente para evitar una tragedia. ¿Has leído a Esquilo? A veces es mejor quedarse callado. El control del silencio es un don. Quise escribir sobre eso, tratando de unir reflexión y vida, pero luego sentí que no había sitio para tratar el tema y me puse a pensar en otra cosa, en mi hija, en la impresión que puedo causar en ella con mis historias, en su rostro que cambia con violencia durante la ausencia, el paso de los años, en el pretexto fantástico que justifica el cuento, del tiempo que me queda y pierdo haciendo de vigilante… Lo más difícil es terminar algo sin desviarte de los motivos del principio. Disculpa…Así, más o menos, son los cuentos que pongo en este cuaderno.

Me dejaba pensando. Le pregunté cómo lo tomaba su hija y él me dijo que bien, de ese cuento me dijo que era una lástima que el rabipelado haya declarado mal, pero lo bueno es que su muerte no generó mayores retrasos. Es bueno que los personajes sean asertivos para la trama, el lector luego pensará lo que quiera. En este caso la ignorancia es una virtud inevitable, una condición natural para el avance de las cosas. Vea cómo es mi hija. Hay que contar historias honestas, decía Néstor, el oso.

—¿En un cuento son más importantes las acciones o las explicaciones?

—Depende ¿Dónde está la fuerza del giro?

—A veces en el gesto está la fuerza del giro ¿Usted qué piensa?

—No sé. Tal vez en el giro esté la expresión del gesto.

V

Después de la presentación el profesor animará a los participantes a compartir sus motivos y expectativas del curso/taller. (La coordinación tomará nota de las sugerencias y/o comentarios).

—Para escribir hay que tener valor. Pero se requiere de otra suerte de tripas para escribir sobre lo que en verdad nos interesa. Ahora, querer escribir y tener valor no garantiza que se escriba bien; tampoco garantiza que se logre escribir a cabalidad sobre lo que nos interesa. Y encima hacerlo bien. No es por desmotivar, pero eso es algo que deberían dejar claro en los talleres literarios. Muchas personas nos inscribimos sin tener idea de lo que podemos ser capaces o no de decir.

—Encuentro muchas semejanzas entre el proceso de escribir y cagar. Empezando porque ambos son medios de expresión y, a fin de cuentas, producciones humanas. Dependiendo de la gravedad de las oraciones, el estilo, las intenciones, la forma en que se presenta el texto, donde esté, sea dentro o afuera, tendrá un valor particular para quien interprete dichas expresiones.

—A mí me interesa en general todas las implicaciones que tiene la fragilidad de la vida en función de una cagada. Nada elaborado si nos quedamos en que aguantar las ganas de cagar es igual de contraproducente que aguantar la respiración. No sé si pasará lo mismo con el acto de escribir. Si aguantar las ganas de escribir son desesperantes como aguantar las ganas de cagar, entonces: ¿Tenemos las condiciones mínimas para volvernos, como quien dice, escritores?

—Un taller literario, básicamente, es un lugar donde el escritor aprovecha en robarse, si es que logró reunir al grupo adecuado (cosa que no puede determinar ni controlar pero que si lo consigue es una verdadera bendición de la providencia), las ideas de las personas que en principio pagan por escuchar de parte de ese escritor unos supuestos secretos del oficio.

—Hace años hice un taller de escritura donde sólo se enfocaban en técnicas narrativas. Un verdadero trauma. Sales con un saber que te ayuda capaz a leer mejor, pero no a escribir. Luego de culminar ese taller y haber presentado un cuento irrelevante en términos técnicos, como me dijeron aquella vez, decidí no escribir más. Un temor me invadía cuando sabía la gravedad de vida o muerte que implicada poner bien una coma. Es muy difícil. Un compañero que tuve en ese entonces decía que aprender a poner comas era lo más parecido al oficio del que aprende a desactivar bombas, o en tal caso, armarlas. Yo nunca entendí la analogía bélica, pensaba que un comista es aquel que tiene el ritmo interno de un baterista, alguien que domina las ciencias ocultas de la percusión, sus secretos los lleva dentro del cuerpo; no obstante, no todo percusionista es músico, así como no todo comista es un escritor de verdad, quiero decir, que lleve el ritmo a la letra. Ha pasado tanto desde ese taller, pero todavía me encuentro tratando de olvidar las técnicas. Rehaciéndome con todo tipo de materiales terminé trabajando en una ferretería. Irónico: terminé vendiendo herramientas. La soledad laboral es demasiado ruidosa. Me fascina la paleta de colores de la sección de pinturas. La mezcla de todo el espectro cromático suma la desidia de una jornada, esa repetición voluntaria donde mi fuerza de trabajo es procesada como sobrante de la industria cárnica. Pruebo las camas donde está prohibido dormir y soñar. Me repugnan los horribles diseños de productos que se ofrecen en liquidaciones a parejas jóvenes con pésimos gustos y cortas de dinero, cualidades de la humanidad sin alternativa, sin porvenir. Ignoro la indignación cuando veo a una madre que cachetea a su criatura en mitad del pasillo de las lámparas, mientras sacude la mano se reprocha el haber tenido hijos, y mientras maldice aprieta con furia la barra con que empuja su carrito luminoso hacía la esquina de los pesticidas. ¿Esa imagen, acaso, podría ser el presagio de nuestra extinción inminente? Ojalá. Estas escenas patéticas cotidianas son la fibra óptica de la escritura, ese tipo de cosas que, como digo, nada tienen que ver con técnicas narrativas, mucho menos con secretos, es simplemente mi vida: una que lamentablemente todavía soy incapaz de retratar.

—El escritor nunca admitirá ante su público que tales secretos del oficio no existen. No sirve comentarlo a otros porque sus métodos no pueden ser copiados ni asimilados por los demás. Se pueden plagiar las palabras, mas no la experiencia, ni el esfuerzo ni el dolor. Los escritores tienen que descubrir sus propios procesos de trabajo y por ende averiguar qué métodos van acorde a sus inquietudes espirituales.

—El moderador puede compartir sus experiencias con el grupo como parte de un acuerdo económico, dar testimonio residual de una experiencia que no puede replicarse bajo ninguna pedagogía (fuera de la existencia misma de exigirse, a punta de coñazos y frustraciones, escribir).

—Es evidente que un taller literario es un fenómeno del mercado. Se paga por la experiencia de poder escribir, aunque fuera de esa dinámica no lo hagas nunca.

—El escritor puede rentabilizar su farsa a partir de la expectativa de quien paga por él. Muchos creen que por pagar un curso y ganar un premio local se encaminan en la profesión de las letras. Esa es la ilusión de los mediocres, la base de una estafa: poseer mediante una transacción el bien de la palabra. Alguien diría que uno paga para que le enseñen, pero la escritura creativa no puede enseñarse. No es un saber, es un hacer.

—Es casi una cortesía invertir para que el artista hable de su hambre, de sus limitaciones, las bemoles y en parte los sufrimientos del arte, el fracaso, la insistencia que viene de la resaca diaria. Esa experiencia perdedora es para mí el contenido más gratificante de un taller al que yo estaría dispuesto a pagar. Un taller donde al terminar los participantes sean capaces de sincerarse con ellos mismos y aceptar si sirven (y están dispuestos) a tales entregas enfermizas de construcción. Mejor dedicarse a tareas menos infames, donde la palabra cueste menos, donde la imagen no refleje tanto nuestra debilidad. Aspiro un taller que revele lo que no somos, uno que nos dé como antesala, a modo de presupuesto, lo que tenemos que sacrificar.

VI

En el grupo de escritura creativa de los miércoles conocí a Graciela Drumont. Dentro de la planilla de inscripción, en la columna de profesión, se puso como trotamundos. Quería escribir porque consideraba que le habían pasado cosas muy locas en la vida. Tenía treinta y nueve años, piel blanca, tetas inmensas, espalda ancha y brazos bien tonificados. Me dijo que entre sus oficios practicaba el pole dance. Daba clases de zumba. Subía los fines de semana al Ávila. Fanática de la leche de almendras. Hacía yoga para mantener elástico su cuerpo. Me recomendó grupos apoyo en Caracas para dejar de comer carne, tema que no me interesaba.

Estaba también una pareja de contadores que profesaba el sexo tántrico; sostenían que dicha práctica salvaba relaciones podridas por la costumbre. Fueron ellos mismos los que, tras escuchar la experiencia de ayahuasca de Graciela la trotamundos, se pagaron un viaje alucinógeno en la clandestinidad de Galipán, experiencia que contaron con mucha alegría la siguiente clase.

Su viaje consistió en un recorrido extrasensorial a los rincones místicos del cerebro.

El contador estuvo atrapado en la jungla del inconsciente, vio a su Yo interior representado en la figura totémica de un gorila lomo plateado que se golpeaba el pecho y sonaba como los tambores de una orquesta.

La mujer tuvo un viaje más allá de las espirales del alma, viéndose en la casa de su infancia y caminando por un pasillo donde iba viendo escenas de toda su vida hasta llegar al final del rollo, la parte donde canta la gorda. Creo haber visto cómo voy a morir, dijo, pero en el viaje una voz me decía que debía conservar la escena como un secreto. Ella decía esto con una calidez incorrupta, casi orgásmica. Se puso a llorar. El esposo la miraba melancólico. Parecía entender, mientras su mujer compartía su delirio con el grupo que escuchaba con la boca abierta, que era mejor reservarse ciertos aprendizajes de un viaje, y más cuando se trata de uno realizado a las entrañas.

Anoté fascinado esas imágenes porque las consideraba más poéticas que etnográficas.

Un coaching ontológico, que tomó la decisión de ayudar al mundo luego de casi ser asesinado en un pub en la isla del Barbados, le contó al grupo cómo un destino errante lo había llevado allí, a esa isla extraña cuyo lenguaje no podía recordar porque la memoria es como una tiza. Él dijo aquellas palabras increíbles sin caer en cuenta que eran increíbles. Palabras que en su boca eran desperdiciadas por un afán de querer contar otra cosa. En su relato habló de la blancura de la playa y su reticencia a comer camarones con coco. Describió de manera confusa la semblanza de su asesino. El coaching ontológico habló con énfasis de una sombra. Cuando se está al borde de la muerte, decía, uno se prepara para encontrar la luz, ella se hace grande, te devora o te quema. Así debe sentirse la muerte. Pero sí no hay luz, decía, había que estar preparado para la oscuridad total, asumir el viaje al fin de la noche.

Maravilloso.

El profesor le decía que ahí estaba la base de un cuento, uno muy bueno. El resto del grupo secundaba la opinión. Ese es el cuento…Por ahí va la cosa…

Pero al coaching le daba igual. Insistía en un cuento de hombrecitos verdes mutantes invadiendo planetas desolados.

Leyó en voz alta después de una explicación innecesaria. El cuento: aburridísimo. Era de esos textos irrespetuosos que dejan la dura lección de que hay que evitar escribir así, como eso. El coaching abusó de anglicismos. Se jactó de mostrarnos un texto inédito en el género de la ciencia ficción. Alguien del grupo le preguntó si conocía a Robert Sheckley, este tomó la pregunta como una ofensa, a lo que respondió que no estaba interesado en hablar de nada que no tuviera que ver con su lectura. La ignorancia como es osada, recordando las reflexiones de Néstor, el oso, actúa sin vergüenza.

—Mis amigos —dijo el coaching interrumpiendo su lectura entre un párrafo y otro— han dicho que este texto es una monstruosidad. Estalactita literaria. No me quiero exceder. Modestia. Estoy aquí mostrándoselos, pero no debería, porque pienso publicarlo en una antología en el extranjero…pero voy a seguir…y las catapultas lunares de la estación Quaker-Kraft…

Ich kann es nicht verstehen.

¡No puedo comprenderlo!

Yo no entendía:

¿Por qué a ese hombre no lo mataron en Barbados?

¿¡Por qué!?

¿Qué hacía en la biblioteca, lastimándonos de esa manera?

Terminó de leer, pero siguió hablando de que su texto no era un cuento sino el primer capítulo de una novela, una trilogía, una saga, parecía no decidirse. Explicó los detalles del proyecto de una historia todavía no escrita, extasiado con el aire que entraba a sus pulmones, disfrutando su momento cumbre en la biblioteca, con todos allí escuchando y botando babas por la boca, volteando los ojos y teniendo erecciones, muriendo lenta y…

Afortunadamente hay formas de mandar a callar sin levantar la sospecha de que nadie está interesado en las cosas que andan diciendo.

Es un tema, dijo el profesor Suárez, incómodo y sin saber en qué palo ahorcarse. Una participante, bien astuta y que voy a recordar con alegría, dijo en relación al texto, entre dientes, pero bastante fuerte:

Dios le da barba a quien no tiene quijada.

Nos partimos de risa, a excepción del coaching ontológico. Después de esa sesión que nos leyó su dystopic teaser no regresó más al taller. Nadie lo extrañó. Algunos llegaron a decir que este había decidido volver a Barbados. Quise por un instante creer. Sin buscarlo aprendimos demasiadas cosas con aquel mentor de la vida.

VII

Regresaba con la trotamundos en el metro. Ella me hablaba de su experiencia en la Rue Crémieux de París. Trabajaba de mesonera en las mañanas y por las noches era bailarina de pole dance. No podía evitar mirarle las tetas. Qué fácil era decirle lo mucho que me gustaba a la trotamundos, pulsear en el trance de la parada de cada estación una invitación a su apartamento en Bellas Artes, tan fácil como ella diciéndome Aquí me bajo, si no se te hace tarde me puedes acompañar, te muestro dónde vivo y te doy un poco de café que traje de Estambul. Decido seguirla. Salimos al exterior. Atravesamos tomados de la mano las calles oscuras iluminadas por los puestos de perros. Me impregno del olor de margarina untada en las cachapas puestas en una plancha cerca de pilas de queso. El corazón se acelera. Casi todas las entradas de los edificios son sucias y tristes, pero esta vez son la antesala de una gloria, de un deseo que estalla en cada paso por aquel pasillo, en cada baldosa una escena erótica desfigurada. Sin mucho preámbulo hacemos el amor en el sofá. Uno. Dos. Tres. Cuatro veces. Como eremita descanso entre las tetas de la trotamundos. Desde una ventana enrejada con formas arabescas, como cosa rara en una ciudad tan contaminada, por primera vez puedo ver las estrellas desde un ángulo distinto. En mitad de semana, sin nada en los bolsillos, veía la realización de un sueño, los mundos posibles marcados en la punta de los pezones de Graciela la trotamundos, como la cúpula de esa mezquita que me describía, a la par de las puertas defectuosas del vagón por donde sale la gente sin esperanza, mientras yo en un par de implantes recuperaba las ganas de estar vivo. Bueno hasta aquí llego, decía, y salía de la estación mezclándose con la gente, desapareciendo como un destello por las escaleras. Preso de mis fantasías volvía al anexo solo, indispuesto a masturbarme con furia para después describir con precisión, una vez más, la ridiculez de mi existencia.

VIII

El señor Rafián me tomó desprevenido mientras pasaba la asistencia en la biblioteca. Me dijo que era escritor y sacó de su bolso con cierre mágico tres libros de su autoría. Me dijo que podía llevármelos para leerlos con calma y luego devolvérselos. Varios amigos me han dicho que dos títulos podían ser novelas totales, que podían ser difíciles de entender si no tenías el nivel necesario, pero no lo digo por ti, se ve que tú no tienes problema para leer, llévatelos. Y así seguía el señor Rafián.

No entendía la intención de la palabra problema en esa última oración. Era claro que el señor Rafián quería demostrar en términos materiales que era, en efecto, un escritor. Ese comportamiento narcistoide era un gaje del oficio. Algunos artistas no distinguen entre una persona y un mueble. Para el señor Rafián yo era una especie de perchero, una geisha complaciente a su servicio capaz de escucharlo, sonreír y ponerle en caso de ser necesario mi mano en su hombro, la señal sutil y consumada de aprobación a sus encantos. Debía estimarlo y tratarlo bajo los términos en que exigía ser tratado: como un artista.

Tres libros, muy amable que me quiera compartir sus libros. El compromiso es grande. Mi honestidad no fue suficiente para negarme a leer cosas que no me interesan. Bastó para no irritar la vanidad del señor Rafián. Le dije que me llevaría por cuestiones de tiempo el libro que yo escogiera. Al revisarlos vi que habían sido publicados y editados por él mismo durante los años noventa. Me decidí por un título sugestivo, pero lamentable: El sonido de la ausencia. Novela.

La parte inferior de la portada tenía una aclaratoria en una familia tipográfica distinta:

¿Quién coño pone esas cosas en un libro?

El señor Rafián me miró con ojos desorbitados esperando que dijera algo, una clase muy específica de comentario, un comentario al que tal vez en muchas ocasiones estaba, por culpa de relaciones poco sinceras, acostumbrado, su lenguaje corporal delataba a alguien demasiado seguro de sí mismo, alguien que busca recibir cumplidos para verse reflejado en el otro, incluso sin importar si ese otro se da cuenta, como era en este caso mi posición al estar sosteniendo de manera incómoda aquel libro entre mis manos, luego de cometer el error de leer en voz alta una aclaratoria, y estar tan cerca de aquel sujeto que por bastantes razones me daba asco, me vi en la obligación, en la terrible necesidad, de decirle algo.

—Mil novecientos noventa y nueve, qué buen año para las letras. Venezuela le dio un premio bien merecido a un grande.

—¿Sí? No me acuerdo quién ganó ese año. Son tantos que se pierden—dijo el Rufián.

—¿Cómo no se acuerda? Ese año premiaron a una de las mejores novelas escritas en estos últimos años… bueno, esa es mi opinión.

—A ver, recuérdame cuál novela es esa…

—El premio se lo dieron a Los Detectives Salvajes, de Roberto Bolaño ¿Ya se acuerda?

—Sí…claro, ya sé cuál es esa novela. No es tan buena.

—¿¡No es tan buena!? Depende. El tiempo ha dicho lo contrario. Pero entiendo que es cuestión de gustos. —Y quise enterrar el dedo en la llaga de Cristo, rasgarle las vestiduras a Caifás—. Fíjese también en los finalistas de ese año… una barbaridad: Las nubes de Juan José Saer, La tierra del fuego de Sylvia Iparraguirre, dos piezas argentinas; Caracol Beach de Eliseo Alberto, Dime algo sobre Cuba de Jesús Díaz, Mariel de José Prats Sariol, trípode cubano; Plenilunio de Antonio Muñoz Molina, español; Inventar Ciudades de María Luisa Puga, México; Margarita está linda la mar de Sergio Ramírez, Nicaragua; y una finalista venezolana: Victoria de Stefano con Historias de la marcha a pie…Pura mermelada, si me permite la opinión gastronómica, en cada novela se puede ver el queso fundido a la tostada, eso no hay que negarlo, menos dudarlo…Usted me entiende señor Rafián…Para escribir bien hay que leer a los hombres y mujeres que escriben de una sola manera: vitalmente, muy distinto a escribir correcto, porque hay gente que se expresa correctamente y no dice absolutamente nada, hacen textos mojigatos, sin alma, complacientes y prescindibles, yo le hablo de esos maestros que escriben de una manera maldita rigurosa y envidiable, y al mismo tiempo enseñan desde una desesperanza tácita que las palabras son estériles pero juntas siempre deben generar un efecto en nosotros, es una forma de aprender a leer, que en sí es muy difícil para luego ponerse a escribir, que eso tampoco es sencillo, luego en el proceder dejar algo que, no sé, provoque leerse, que sea vistoso, que las oraciones tengas pellejo, carne y sangre, que el lector necesite regresar, rayar las hojas, marcar frases que luego se puedan plagiar sin agradecer ni rendirle cuentas a nadie, es el masoquismo de la dificultad, una gimnasia de la crueldad…Todo desaparece….Pero no comento más, capaz estoy equivocado…

La semblanza del señor Rafián cambió por completo. Se puso a la par de una realidad insignificante hablando conmigo sobre su novela total. Me dio muchísima pena, pero la literatura es cruel por naturaleza, permite que toda situación pueda verse como un chiste, un recurso de la memoria donde nadie resulta en el fondo herido. Total, nadie va a leer esto que escribo. Marqué con una equis su nombre en el recuadro correspondiente al día. Di las gracias por el préstamo y seguí pasando la asistencia. La siguiente clase regresé la novela. No pasé de las diez páginas.

IX

Zurama vivía en un pent-house de las Residencias Rosal Plaza, en la Avenida Pichincha. Había quedado con ella en visitarla a su casa para discutir temas relacionados a las cosas que había dado el profesor en el taller.

Quería discutir a fondo el decálogo del cuento de Horacio Quiroga.

Ella llevaba una falda azul. Tenía un llavero de bola peluda rosada del tamaño de una pelota de tenis. Me dio un beso de media luna y me miró de abajo hacia arriba.

—Disculpa la tardanza, el ascensor no llegaba.

En el apartamento se me impregnó un olor a mueble nuevo, palosanto y sándalo. Había una pared con relieves lunares rosados que me recordaron cuando tuve lechina. Me asomé en la ventana de la sala para ver la ciudad. De un pasillo oscuro apareció una señora. Me la presentó como su mamá. No se parecían en nada. Era silenciosa y se movía despacio por la cocina.

Zurama me invitó a que nos acostáramos en una alfombra, también peluda y rosada. Saqué mi cuaderno y la copia del decálogo. Ella se sentía frustrada porque no sabía sobre qué escribir, no entendía lo que el profesor decía en clase. Yo tampoco tenía idea de cómo escribir un cuento. Hablamos sobre autores, citas y escenas inolvidables…Sus piernas rozaban las mías…La señora nos llamó para comer. Nos sirvieron pasta y jugo de guayaba y yo bien si-señora-gracias porque estaba tan ansioso por ver a Zurama desnuda que olvidé desayunar.

—¿Por qué tu mamá no se sienta con nosotras?

—Ella no es mi mamá, es como una…Historia complicada. Ella me ayuda, me cuida.

Terminamos de comer y volvimos a la alfombra peluda. Seguimos con algunos comentarios sobre cómo hacer un cuento. Ella decía que nunca terminaría uno. Yo tampoco había escrito ninguno. Entonces pensé que nunca sería escritor ni tampoco me cogería a Zurama. Cuando nos gusta alguien somos condescendientes por temor a estropear el momento que tenemos a la espera de que suceda eso que deseamos con intensidad. Tenía que actuar, hacer algo. Quiroga tenía la pauta para el giro de la historia. La clave estaba en los labios de Zurama. Me acerqué para besarla. Ella se hizo a un lado, pero seguía suspendida. Podía sentir su aliento a salsa de tomate y guayaba. Detallé las grietas de su rostro, de su cansancio tras haber intentado algo demasiadas veces y no haber logrado nada.

Me preguntó si yo era casado. Inesperado. Le dije que no. Volvió a preguntar. No salía de su asombro y ante mi segunda respuesta negativa hizo un gesto de decepción. Me preguntó cuántos años tenía, le dije que tenía veintiuno y ella se tapó la boca, ahora como apenada…qué carajos…qué hice mal…

—Pensé que serías alguien mucho mayor. Aparte no estás casado. Lo siento, no estoy como acostumbrada a esto…Jijijijiji…

Y así estaba, riéndose como la propia estúpida.

En realidad, en el fondo, el estúpido de esta historia, claramente era yo.

—Estoy haciendo los arreglos para irme. En este país no puedo ser cantante ni escritora. Afuera quizá pueda ser una de las dos cosas, pero aquí no ¿Tú tienes pensado irte?

—Creo todos nos tendremos que ir eventualmente. Te dejo la copia del decálogo. No dejes para última hora la entrega, trata de hacer por lo menos el cuento para la clase final.

—Tranquilo. Tengo casi completo el cuento en mi cabeza. Lo haré, pero debo descansar primero. Irse a cualquier sitio es muy complicado. Me siento estancada. Te abro, en un rato también me tengo que ir.

—Para despedirme de tu mamá…

—Olvídala se fue hace rato. Sabe que libra mañana. Desgraciada. Al menos dejó limpia la cocina. Te digo algo, creo que ella cuando puede, me roba. Yo me hago la que no sabe.

Nos despedimos. Me besó en la boca, con la promesa de un próximo encuentro.

Cuando llegó el día Zurama no se presentó a la clase final, tampoco presentó su cuento. Sin ninguna explicación desapareció. Nunca más la volví a ver.

***

Iba por la avenida Casanova, pendiente de los huecos y el paso desquiciado de los carros, fumando un cigarro y arrastrando las piernas. Fue entre el rayado y el cambio de luz del semáforo que nació la idea de renunciar a la coordinación. Escapar. Concluí en medio de aquel desplazamiento decepcionante, por mi modo de andar hacia ninguna parte, regresando de nuevo al principio, que podía hacer de mi cuerpo un testimonio del rechazo.

De regreso al anexo me tiré en la cama a mirar las filtraciones del techo.

Un conjunto de puntos formaba una constelación de estrellas negras.

Quise defenderme de ellas mirando a otro sitio.

Quise irme bien lejos sin dejar de estar allí,

pero el terror del espacio estaba en todas partes.

En lo que escribimos, independiente de los fines y mecanismos internos, prevalece una función terapéutica. Escribo para olvidarme. Quiero contar algo, el enigma está en el cómo… (Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia). Como parte de un rito iniciático encontré una noción, casi auténtica y eficaz, de fracasar con estilo.

X

No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida en el cuento.

Caracas – Puerto Ordaz (2022-2023)


Misceláneas:

Ensayo sobre el lugar silencioso

La esquina de barro

Lo que nos queda

La calle de los hoteles

Cómo estafar creyendo que salvas el planeta

Alto Prado

El poeta en el mundo

LHK (Nota al pie)

Hay un antes y un después de leer a Dostoyevski. No se pueden ver las cosas de la misma manera. En sus libros este parece susurrarnos un secreto evidente, pero por igual difícil de ver: nos cuenta el funcionamiento del mundo a través de una compleja galería de personajes y situaciones imposibles de olvidar. Al terminar LHK puedo seguir afirmando que los grandes libros están ahí para hacernos (des)creer de la vida, en la medida que enseñan a aferrarnos a ella. Contradictorio, pero ¿qué importa eso? La función de la literatura consiste en abrir ventanas. Los libros difíciles son aquellos que llevan la pesada tarea de inquietarnos, de explicarnos, a través de la mirada de otros, lo difícil que es ser una persona, la pesada carga que implica existir en un mundo donde solo estamos de paso, donde el conflicto central radica en la extraña convivencia de sentimientos antagónicos dentro de nosotros. Los personajes de Dostoyevski son fascinantes porque son reales, tranquilamente pueden ser la parodia de algún vecino, que detrás de una imagen superflua y banal esconde en su espíritu un cúmulo de conflictos inimaginables. Uno sabe, si lo piensa bien, que la banalidad es un rasgo determinante. Establece una dura medida de valor en nosotros. Del peso que hacemos en la tierra. Desde esa primicia somos propensos a justificar el mal, aplaudir el oprobio, el egoísmo y la ignorancia; del mismo modo, y casi en un acto necesario, también nos vemos cometiendo los actos más triviales para alcanzar alguna forma de redención, en donde demostramos que a pesar de todo necesitamos al otro, que la vida espiritual se cultiva, se enseña, que Dios está en los detalles, y que el bien no solo combate al mal, sino que la existencia de ambos es necesaria para soportar la incoherencia del mundo. LHK es una exposición total del debate interior de la humanidad entre ambas fuerzas. Hemos sido ruines, hipócritas y cínicos, y cuando conviene carentes de toda responsabilidad moral. Pero también hemos sido buenos, generosos, capaces de tener bondad y sacrificio, sin entender que estas posturas cambiantes son un reflejo de la concepción del ser humano como campo de batalla donde lucha el bien con el mal.

«Me gustan las personas sobre las que no podemos formarnos una opinión, en otras palabras, las que nos obligan a renovar constantemente la opinión que tenemos de ellas.»

Julio Ramón Ribeyro – La tentación del fracaso

Sala Fedora Alemán, Centro nacional de acción social por la música, Caracas.

Con frecuencia iba a sus presentaciones en el Sistema. También esperaba que saliera de sus ensayos de percusión. Luego la acompañaba hasta su casa en Campo Alegre. Caminábamos por el boulevard hasta llegar a Chacaíto. Cuando se hacía muy tarde me quedaba a dormir con ella; eso era lo ideal y lo mejor para mí, porque casi siempre nunca había forma de regresarme de donde había venido. ¿No les pasa eso? A veces no sabes cómo volver al sitio al que nunca te terminas de acostumbrar porque, en algún punto, en el fondo, detestas pero no puedes admitirlo y por eso buscas huir de él tomando distancia, pero sin saber cómo abandonar dicho sitio, porque en algún momento tienes, como aceptando tu fracaso, que volver a él porque no tienes otra alternativa. La costumbre nos arruina. Yo me había acostumbrado, claro, a las vigilias en casa de ella. Pasaba horas revisando sus discos de música clásica, tocando una melódica Hohner. Ella tenía una fijación por los compositores rusos, en particular por Rachmaninow. Los domingos íbamos a Colegio de Ingenieros a comer en los puestos de comida peruana. Tomábamos chicha morada y una ración de papas a la huancaína. Ella me dejaba las aceitunas negras que adornaban el plato. Los últimos trozos de papa los comía con cierta lentitud y tristeza. Esperaba ansioso ese momento porque solía decir algo inesperado, como si aquel rito específico, en que quedaba el último pedazo bañado de crema amarilla, estuviera la única oportunidad de decir eso tan puntual y enigmático que tenía mucho tiempo pensando. Una vez dijo que las piedras lloraban por la ira del sol; en otra ocasión que: «la soledad del Bisonte del Zoológico de Caricuao es el reflejo del caraqueño promedio, que es por naturaleza, una criatura sin aspiraciones, mediocre; casi todos los que vivimos aquí tenemos un parecido a las piedras, nos distingue, tal vez, la certeza de poseer un alma, pero de qué tipo, si al final tampoco éramos capaces de movernos para escapar. Duelen tantas limitaciones. La libertad (auténtica) es no tener que decidir sobre nada. Por la fuerza de la costumbre, como el bisonte, solo podíamos soñar que huíamos del sitio que despiertos no podíamos dejar.»

Souvenirs

por Alexander JM Urrieta Solano

Una pequeña escultura del David de Miguel Ángel reposa en la tapa de una poceta. La réplica no está hecha del soberbio mármol de su original en Florencia sino de un compuesto químico llamado polietileno, el mismo que sirve para hacer botellas de Coca-Cola, que luego termina en el mar formando inmensas islas de plástico o, en su caso más colateral y catastrófico, en pequeñas partículas que transitan ahora por nuestro organismo. Ese David en pequeña escala es uno de los tantos souvenirs que compró mi abuela en un arrebato de ansiedad por atrapar el espíritu vital de su viaje, motivado quizá, y eso es lo más seguro, por un consumismo inusitado en las ofertas del duty-free del aeropuerto de Roma, sumado a la necesidad de llevar un fragmento de memoria tanto a sus hijos como a sus nietos: la constancia de su viaje al país en forma de bota.

El souvenir concentra un intento fallido de inventariar la memoria mediante la materialización. Lo que adquirió mi abuela al comprar el David fue también el cumplimiento de un deseo, una necesidad inconsciente de capturar una vivencia mediante el objeto de consumo. Este solo puede dar constancia de una memoria atrofiada. Los souvenirs son objetos que “esconden una poderosa carga simbólica tras su aparente banalidad. Estos artefactos que pululan en todos los paisajes y escenarios turísticos, de muy distinta naturaleza en materiales y una enorme variedad de contenidos y estilos” (González, 2007). Walter Benjamin ha definido el souvenir como una “reliquia secularizada”, un anexo o complemento de la vivencia; al final el objeto es un testimonio de la experiencia, pero también la experiencia misma convertida en una mercancía, un efecto residual del turismo de masas y el desarrollo, cada vez más especializado y sofisticado, de la reproductibilidad técnica.

Benjamin nos dice que en la cultura de masas la obra de arte pierde su valor cultual y es reemplazado por un valor expositivo, una cualidad que permite el acceso a la reproducción de la obra por múltiples medios. La capacidad que tiene la obra de exhibirse ha incrementado de manera cuantitativa. Con el desarrollo de nuevas tecnologías es posible reproducir una obra en distintas escalas y dimensiones. Para Benjamin, con la invención de la fotografía, el valor de exhibición sustituye el valor ritual. Es a partir de esta expansión de las imágenes repetidas que la obra se multiplica y destruye lo que denomina su aura: aquello de lo que está envestida la obra, lo que la dota de una sensación de lejanía con el espectador, así como la cualidad que dota de sentido cuasi-religioso a la obra, pues también dicha cualidad define su Autenticidad: “la quintaescencia de todo lo que en ella, a partir de su origen, se puede transmitir como tradición, desde su permanencia material hasta su carácter de testimonio histórico” (Benjamin, 2018, pp. 28-29). En la medida que la pieza se multiplica, el aura se diluye. La existencia única de la obra se sustituye por una pluralidad de copias: “los diferentes procedimientos del arte fuera del seno ritual, aumentan para sus productos las oportunidades de ser exhibido (Benjamin, 2018, p. 36). La reproductibilidad técnica cambió la relación del arte con las masas. El souvenir es la demostración por excelencia de la eficacia de la reproductibilidad: es la articulación entre turismo y consumo de masas por el que se

construye un sistema de objetos y de relaciones sociales que reproducen la narrativa dominante de la modernidad, expresada en la idea de que el precio del progreso es la pérdida de autenticidad –de los objetos, de la experiencia y de las percepciones de objetos y experiencias– bajo las condiciones generalizadas de alta movilidad y de progresiva mercantilización de todas las cosas (González, 2008, p. 39).

No hay una experiencia estética profunda en el souvenir. Las piezas se replican dentro de un complejo aparataje de tecnologías que permiten el acceso inmediato a los espectadores. La obra (convertida en recuerdo) puede aparecer en formatos variados donde su único valor es la referencia lejana que evoca. No es lo mismo la pintura original de la Mona Lisa que la impresión de ella en una toalla de playa, o en una taza de porcelana; tampoco la reducción del David a un elemento decorativo del baño, o una lámpara de cerámica en forma de la Torre de Pisa en una mesa de noche. Los objetos solo cobran sentido a través del origen de una experiencia personal. Las réplicas y miniaturas de lugares y cosas emblemáticas tienen la capacidad de conjurar imágenes de los lugares donde fueron comprados(González, 2008). La proporción de sentidos otorga al souvenir “un fuerte potencial fetichístico; los souvenirs comienzan a ocupar el lugar de acontecimientos o situaciones con los que estuvieron asociados por casualidad, o a los que se suponía representaban, ganando con ello una vida propia” (Olalquiaga, 2007, p. 60). La mercancía referencial está despojada de su historia de fábrica; nace, por así decirlo, muerta. El souvenir abre lugar a una dialéctica del kitsch: se balancea en la noción de un pasado irrecuperable y un presente fragmentario. El kitsch no es más que una mercancía fallida que evoca todo lo que llegó a ser una vez. En otras palabras, lo kitsch es la decrepitud inherente en todas las cosas.

Con la reproducción en masa el aura sobrevivió como algo fragmentario y disperso que ya no se encontraba unido exclusivamente a un objeto esencial y auténtico. Este “aura trizada” se aproxima al sentimiento de singularidad, haciendo posible la experiencia histórica de la pérdida de dicho objeto. En consecuencia, los productos de la cultura de masas no son percibidos como innumerables o siquiera repetitivos, sino como los restos de un fenómeno más amplio que no sólo los precede, sino que los habita. Este carácter aureático residual resulta fundamental para comprender el cambio ocurrido con la industrialización y también sus limitaciones, así como la razón por la cual los productos en masa, en su paradójica resistencia y glorificación de una noción total de autenticidad, son despreciados críticamente como su versión degradada, es decir, kitsch (Olalquiaga, 2007, p18).

Para Benjamin la reproducción masiva favorece la de reproducción de las masas: esparce escombros de aura, dotando de una metáfora poderosa a las ruinas de la modernidad, en la que el efecto residual es el kitsch: “memoria suspendida cuya fugacidad se intensifica por su extrema iconicidad” (Olalquiaga, 2007, 23). Todas las grandes concentraciones tienen una estrecha conexión con el desarrollo de la técnica de grabación y repetición. El negocio de los recuerdos es un derivado de la industria del turismo de masas. El souvenir es un objeto que obtiene su autenticidad gracias a la experiencia turística; fuera de ese contexto no tiene ningún valor. Su principio radica precisamente en una repetición de lo mismo, por lo que no hay ningún rasgo de originalidad en su existencia. Sin embargo, puede albergar un recuerdo, una testificación histórica. Hace tangible la experiencia intangible del viaje, o lo que queda retenido en el objeto de dicha experiencia, la vivencia: las remembranzas que se comportan en

diversos modos de recepción, los cuales las convierten en fetiches cuyo amplio abanico de significados se conjuga de acuerdo con las necesidades del consumidor –y del mercado–. Sobresale entre estos modos la noción de que un objeto es capaz de trascender los límites de su propio significado para representar, completa o parcialmente, la totalidad del hecho que lo creó. Los souvenirs, por ejemplo, condensan los elementos en que supuestamente se fundó la situación particular: un determinado paisaje o panorama, una persona famosa, el objeto “típico” de una artesanía o una región, un momento importante (Olalquiaga, 2007, p. 59).

El único documento histórico que tiene el souvenir es el de la línea de ensamblaje (el grabado de su procedencia Made in china). Su particularidad, tal vez, podría estar en sus posibles defectos de fabricación. En la cultura de masas las particularidades de los objetos producidos en serie radican en sus imperfecciones con relación a su original, ya distante, inaccesible. “El aquí y ahora del original compone el concepto de su autenticidad; sobre ella descansa a su vez la idea de una tradición que habría conducido a ese objeto como idéntico a sí mismo hasta el día de hoy” (Benjamin, 2018, pp. 28-29). La copia no tiene historia propia, solo puede valerse de la referencia ajena, de la evocación a la pieza original. En la copia hay dos procesos relacionados: la reproducción y la serialidad.

La conversión de la primera en la segunda distingue a la copia moderna de todas las anteriores, pues solo con la industrialización llega la reproducción serial a convertirse en una fuerza cultural de importancia. Representación de una representación, la copia carece de todo derecho significativo. Desde un punto de vista simbólico, no significa nada o, más exactamente, indica el vacío referencial. De este modo las copias son excluidas de la jerarquía significativa y abandonadas a hacer lo que mejor pueden: replicarse. Sin embargo, el reproducirse infinitamente, las copias crean una acumulación inaudita que ocasiona el efecto contrario del vacío: la saturación (Olalquiaga, 2007, p. 194).

La variedad también es un síntoma de hastío. Consecuencia de abundancia de copias. No obstante, dentro de las diversidades iguales, el souvenir es la mercancía que niega su propia condición de mercancía. “Es un objeto que proclama su carácter único y exclusivo –incluso si es producido en masa– a través de las narrativas de su producción auténtica y de las historias personales de su adquisición” (González, 2008, p. 46). El souvenir se vincula con una experiencia subjetiva transcendental, en este caso, la del viajero que compra a las afueras de un parador turístico las baratijas donde se concentra la constancia material del viaje, y a su vez una garantía del retorno. La fuerza del souvenir por igual es restringida, pues siempre estará sometido a la espera de formar parte de un universo personal (Olalquiaga,2007). Sin el ensueño del consumidor el producto no tiene razón para existir.

Un ejemplo está en las bolas de cristal que encierran las ruinas de un sitio histórico. La contemplación revive la nostalgia. Para ser efectiva necesita ser diminuta. La bola de cristal encierra el recuerdo de una ficción personal. “Los souvenirs transcienden la imagen del deseo prefabricada de los bienes de consumo a través de la implicación personal de sus consumidores” (Olalquiaga,2007, p.61). Al mirar la diminuta escala del Coliseo romano en la bola de cristal se experimenta una remembranza. En la bola “se eterniza un ambiente, cerrándolo a la posibilidad de la experiencia vivida. En su ingenua presencia niegan el momento de la muerte imponiendo la estasis de una muerte eterna” (González, 2007). Todos los acontecimientos se reducen a experiencias de consumo. Se trivializan cuando hay una necesidad patológica por demostrar que estuvimos en un sitio.

En el nuevo mercado del turismo de masas las personas realizan los viajes a la espera de encontrarse con su propia expectativa. El deseo es encontrarse con la ficción con la que siempre soñó. Para el viajero contemporáneo resulta más importante la prueba material que el viaje en sí. Lo define también aquello que acumula en su rincón de universo. Una casa repleta de objetos empolvados pueden ser los restos vitales de un naufragio. Al mirar con detalle el pequeño David de polietileno en la tapa de la poceta, ya cubierta por el polvo cósmico del olvido, se establece la analogía fantasmática del mundo extinto de las cosas. Y concluimos, como Walter Benjamin, que la capa gris de polvo que cubre las cosas se ha convertido en su mejor parte.

Referencias bibliográficas

Benjamin, W. (2018). La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. En W. Benjamin, Estética de la imagen (págs. 25-82). La Marca Editora.

González, F. E. (17 de Agosto de 2007). ‘Souvenirs’ y turistas. Obtenido de El País: https://elpais.com/diario/2007/08/18/babelia/1187391967_850215.html

González, F. E. (2008). Narrativas de seducción, apropiación y muerte o el souvenir en la época de la reproductibilidad turistica. Acto. Revista de Pensamiento Artístico Contemporáneo, 34-49.

Olalquiaga, C. (2007). El reino artificial. Sobre la experiencia kitsch. Gustavo Gili.

Misceláneas:

Los demasiados libros, o las virtudes del exceso de plástico

La Broma infinita: sobre la experiencia lectora deportiva

Ensayo sobre el Lugar Silencioso

La calle de los hoteles

La esquina de barro

Tanizaki en Las Vegas

Apuntes para Abraxas

21 de enero

Hace un par de días me escribió desde un número desconocido. «Ya estoy aquí», dijo. Había olvidado las direcciones. Solo se acordaba del número fijo de una casa donde ya no vivía nadie. «He regresado a una ciudad extraña, una que ya no se acuerda de mí», me dice. Los lugares eran los mismos, pero lo que él había dejado ya no existía. Eso le molestó mucho. En una esquina había un café donde solíamos conversar después de bajar el Ávila; hoy es una tienda de zapatos que tiene en la entrada unos parlantes con la música de moda muy alta, siempre mala, porque para colmo en sus letras asquerosas dicen la verdad, una música que imagino la ponen con la intención de espantar a los clientes, o todo lo contrario, cosa que es peor. Él, como es típico, no entiende nada. A estas alturas ya no le interesa otra versión de los hechos que no sea la suya. Yo no estoy de acuerdo, pero le entiendo. ¿Quién quiere saber algo más? La ciudad es un cúmulo de recuerdos y ruidos blancos. La vieja librería a la que solíamos ir ahora es un depósito de detergentes. El olor a libro viejo que queda tiene un sutil aroma de lavaplatos y archivos. En las tablas nutricionales de los chocolates que ofrecen los ambulantes en la camioneta todo está en turco. «Caracas es la suma de sus contrabandos», me dice. Solo pudo recordar entre esos ingredientes incomprensibles una frase de Ahmet Rasim: «La belleza del paisaje está en su amargura». Tragando un caramelo, mientras esperaba en el andén del metro, se ha puesto a llorar. ¿Para qué volví?, me repetía varias veces al teléfono. Yo solo escucho, y parece que en mi silencio encontraba las respuestas que buscaba, algo que también lo mortificaba. Caracas solo podía ser un rastro de lo que dejó. No hay amigos, pareja ni librerías. Solo queda el apartamento de su tía ciega. Los adornos y recuerdos de una primaria confusa. «Hace tanto tiempo que me fui que ya no recuerdo el nombre de las vecinas. El que me recuerda es el gato tuerto de la conserje, el único ser con memoria». Caracas ahora parece prometer otras cosas. No le interesa. Mañana me dice que va renovar el pasaporte. Quiere agilizar todo muy rápido. Yo me imagino que se le hace insoportable el regreso.

20 de febrero

Han pasado 4 años del hurto de la estatua de Armando Reverón en el boulevard de Sabana Grande. Según información dada por los «aparatos culturales del chavismo» se trató de un acto «vandálico de la derecha». El ministro de cultura, que tristemente sigue de turno, en su momento hizo el tradicional vídeo demagogo acerca del atentado que tildó de fascista; luego anunció de manera oportuna que el siguiente fin de semana se organizaría una fiesta para conmemorar al artista (alguna actividad ridícula de masas para desviar las opiniones, de mantener el status quo: esa banalidad común que asfixia cualquier iniciativa crítica); luego, para variar, en su último comentario, dentro de aquel extenso e innecesario comunicado, la promesa burocrática del ministro: la pronta restitución de la pieza. Cosa que nunca ocurrió ni ocurrirá. La ciudad olvida por desinterés, por consensos deliberados de ingratitud. Sus habitantes tienen derecho a olvidar detalles. No podemos tener tan presente lo que nos han quitado, nuestras referencias, nuestra capacidad de asociar valores. Sin memoria no se puede construir resistencias. Y sin embargo podemos vivir sin recordar. Llevar una vida estúpida pero, en cierta medida, feliz. El olvido aquí no es terapéutico, es una política de Estado. A nadie le interesa el arte ni los artistas, menos la memoria de ellos. Han colocado una farmacia ambulante cerca de la ruina. Los que hacen la cola pueden pisar con normalidad la placa en la que todavía puede leerse: «Maestro de la luz, muñequero, arquitecto popular, titiritero, alquimista de lo cotidiano, de coletos y trapos hiciste lienzos inmortales. El fuego de tu visión aun nos conmueve e ilumina». Irónico. Cruel. Queda la negligencia hecha costumbre y ley de un estado que usó al artista como valla publicitaria, lo convirtió en una caricatura de sus políticas narcisistas; y por el otro lado, y no menos importante, claro, también nos quedan las infinitas huellas de los viandantes que no suelen mirar por dónde caminan ni qué pisan. No pasa nada. No puede existir la culpa cuando nadie sabe hacia dónde vamos. «Yo pinto con amarillo y mierda…» Más vigente que nunca está la tristeza del Castillete de Macuto.

17 de marzo

Nutriendo conciencias ¿Cómo una imagen puede concentrar tantos recuerdos? Quima y Lulú me invitaron a tomar birras en unos chinos por la esquina Bucare. Ellos estaban con una pareja de alemanes que habían venido por unos días a conocer la capital, penúltima escala de un tour por la insólita Ñamérica. Nos presentamos y entre ronda y ronda los temas de conversación variaban, limitados al precario dominio de los idiomas y al acuerdo tácito de un juego de preguntas simples. Ya después de siete tobos las personas, así como los poseídos de los evangelios, empiezan a hablar en lenguas. Los alemanes le pidieron a Lulú que describiera los sentimientos que le producían vivir en Venezuela. Ella se empezó a reír. Luego de un sorbo muy largo de birra, recuerdo, contestó: «Hay algo muy específico y particularmente triste en esa vivencia. No sé. No tiene nada que ver con la ubicación del mapa, ni la escasez, ni el clima, ni la política, ni la crisis que nos reprochan todos los días, se trata de una tristeza pegada en las paredes del estómago. A veces está en los ovarios, en la rodilla, en la garganta, en la pelvis o en la lengua, se parece a un quiste, digo, la tristeza. A veces esa tristeza duele, es incómoda y no te puedes concentrar. Depende. Es algo que percibo en mis amigos, en los vecinos, en los extraños del metro cuyas caras me veo en la necesidad de olvidar, y también en mí, pero de otra manera. Es como la sensación de estar quemada. Sentir que me asfixio a la orilla de un río. Tengo 25 años y no conozco otra cosa que no sea esto. Supongo que es suficiente para que la gente se vaya o se mate. Es igual. Lo demás es aburrimiento. Unas ganas decisivas de no tener hijos». Se rió y volvió a tomar. Los alemanes hicieron muecas. No quisieron entender. Lo había dicho todo. Lulú no exageraba. Tampoco supe que esa sería la última vez que la vería. Al despedirnos me dió un beso de media luna. Lulú al año siguiente se quitará la vida. Quima se irá a Lima. Yo me quedaré solo, asimilando cómo termino la carrera de sociología, viendo desde la ausencia de una pantalla a nuestros queridos alemanes presentando al mundo feliz a su primer hijo: Joseph.

Alexander JM Urrieta Solano

Liber Ludens

Hace 6 años con un querido amigo empecé a vender libros.

Nuestro gancho principal estaba en el servicio detectivesco. Rastrear libros y llevarlo a las manos del cliente.

Con parsimonia han llegado más personas interesadas en este servicio que ofrezco por los momentos aquí.

Vender libros es un oficio de propiedades múltiples.

El librero es un entusiasta aprendiz de hechicero.

Caracas es una ciudad de bichos raros. Repleta de maravillosos mostricos come hojas.
Lectores bárbaros, llamas de vela.

En la diferencia está la clave para mejorar el servicio.

El buen librero escucha y absorbe como una esponja.


En principio un lector recomienda lo que le gusta a sus amigos; por otra parte, el librero recomienda lo que posiblemente pueda enganchar al cliente.

Más adelante el librero y el cliente se hacen amigos. Se forma un círculo. Las pasiones se contagian de manera inevitable, porque siempre es grato encontrarse con personas que compartan los mismos vicios que nosotros.

Ese amor por la lectura aparece en los lugares más inesperados. Nacen admiraciones secretas. Siempre hay figuras anónimas que dejan su rastro de amabilidad, y con eso basta.

Es grato que el lector regrese envestido como un amigo.

A veces como un amante, y en el mejor de los casos como un discreto enemigo, tan necesario para ser mejores.

Con el tiempo he aprendido a darle un valor absoluto a la amistad.
Un amigo puede estar encerrado en un frasco
O en la página doblada por una esquina.

Amigo. Palabra gruesa y delicada.
Uno debe velar por juntarse con personas que nos ayuden a crecer, a ser mejores de lo que somos.

Uno quiere amigos grandes, que nos enseñen, que nos discutan la mínima coma, que sean brutalmente honestos y nos digan cuando tengamos mal aliento.

La asertividad se cultiva alrededor de los libros. Uno le agarra cariño a las pasiones ajenas.

El mayor deseo de muchos es poder mantenerse haciendo algo que le guste. Encontrar el equilibrio es difícil pero no imposible. Sin embargo, ya es bastante con tener claro a qué cosa te gusta dedicarte para vivir. Son cosas distintas. La segunda es más importante: otorga cualidades a tu esencia.

Una de las cosas más difíciles que hay es Ser una Persona.

La existencia es complicada. Se hace insoportable cuando no se tiene un motivo para vivir. Por eso es preciso encontrar una pasión, un interés. Algo nos tiene que gustar.

Mi hermana una vez me dijo que es muy triste encontrarse con una persona sin pasión, alguien que no tenga ningún interés por nada.

Muchas personas pueden vivir tranquilas sin pasiones, le digo a ella.
No pasa nada.
Lo triste es existir sin tener la más mínima idea de quién es uno.

Promover la lectura es la suma de convicciones.
Vivir de esto: la ambición de la esperanza.

Mis decisiones son estrictamente literarias.

Ya asumí, por supuesto, un estilo de vida.

Uno no solo debe creer sino amar lo que hace.

De esta manera cualquier vocación vale la pena.

Vivir sin duda es más importante que leer, pero leer ayuda a vivir.

Alexander JM Urrieta Solano

Ilustración realizada por Rossana Bermúdez

El palacio de los sueños

Un gran escritor es aquel que asume una herencia para integrarla de la mejor manera en la tradición de la literatura—sea trasnacional, global, universal o multiétnica. El trabajo de una herencia luego se vincula a una literatura que permite el desarrollo de un estilo, teniendo como mayor logro la capacidad de hablar de una particularidad local para un modo universal. Kadaré sin duda es un escritor que ha logrado ese estilo personal, ofreciendo una obra incómoda y compleja, plagada de guiños sobre la tradición de los Balcanes: una historia fabulada de Albania. El palacio de los sueños me ha parecido un libro hermoso, pero también profundamente triste. Es inevitable vincular lo que el libro va narrando con alguna situación personal, de sentir que el libro habla de algo que vivo como lector en otro mundo lejano y ajeno.

Una de las mayores virtudes que tiene la literatura es que permite acceder al conocimiento de la existencia de otros mundos en el territorio de la conciencia. Nos ayuda a experimentar otras formas de vida que siendo inevitable transforman nuestra manera de mirar la realidad, cambia nuestra forma de ver la cosas que conviven en nuestro andar, rodeado de objetos cotidianos confusos que alteran nuestros delicados estados de ánimo. Me parece que los grandes textos otorgan esa recompensa al lector: la de enseñar a ver. Abogo por un elogio de la dificultad, la lectura de libros difíciles. El mejor texto es aquel que se me presenta como un problema-río. En otras palabras, un libro que me haga caer en cuenta de lo mucho que me falta por ver. Una vida no alcanza.

Kadaré expone en su texto una reflexión sobre la condición humana. Se ve en el autor, ya por las otras referencias que he encontrado de futuros libros que pienso leer, incluido El Palacio de los sueños, cómo presenta explicaciones sobre los mecanismos opresivos de los sistemas totalitarios, sistema que somete al individuo a una destrucción paulatina y sistemática de su relación con el mundo. Es a través de la fábula y la alegoría donde el escritor puede construir su crítica, en ese terreno que permite infinitas interpretaciones y lecturas. Escribir es el último ejercicio de la libertad ante los cimientos estatales que aplastan al ser humano. Pone en evidencia, en un lenguaje lúdico y accesible, la presentación de un aparato opresivo que lapida la conciencia humana.

En una clase de teoría política recuerdo una profesora que tuve en ese momento estableció algunas diferencias entre dictadura y totalitarismo. Mencionó que la primera busca eliminar toda clase de oposición para mantenerse en el poder, aspira una estadía prolongada aplicando cualquier medida de opresión. La dictadura en particular no busca convencer, simplemente elimina las oposiciones. Esa, decía la profesora, es la diferencia más destacada que la distingue del totalitarismo, pues este último, además de eliminar (porque también es su inevitable consecuencia), busca por todos los medios convencer lo que no puede destruir por razones diversas.

El totalitarismo no solo busca perpetuarse en el poder temporal, también busca apropiarse del ser, quiere controlar su esencia, fundirse en el alma. Quiere dominar la era entera, estar en ese momento donde ya nadie esté y solo quede él.

Aspira en su composición biopolítica una gestión total de la vida.

Él necesita apropiarse del tiempo y el espacio concebido para cada ser.

Transgrede la soledad ajena, con la excusa del bien común y colectivo, por el bien del pueblo se cometen crímenes que rayan en el paroxismo.

La estupidez se tolera como al tarado de una tribu sin remedio que comete errores irreversibles.

Dependiendo del malestar estomacal del partido unos son pueblo y otros no, unos son enemigos y otros revolucionarios. Divide. Impresiona ver cómo el sistema envilece hasta el punto de lograr que los habitantes se destruyan por su propia cuenta.

Multiplica cada particularidad por cero, la anula para beneficio de la mediocridad de una época fantástica: de un renacimiento nacional. La estupidez se convierte en una especie de ley que se escuda con intelectuales y camaradas, cínicos que aprendieron que algunos tratados sirven por igual para destruir conciencias, comunidades enteras, enfermar memorias.

Garantiza la eficacia de la muerte. El totalitarismo es tan imponente en sus intenciones que hace imposible para los pueblos que lo padecen pensar, o incluso imaginarse, una realidad distinta o diferente a la que él imponte.

La idea es que después de él no puede existir el mañana.

La dictadura es pragmática, autoritaria, no le interesa la discusión; el totalitarismo es metódico, siembra en el pueblo un cáncer. Es la enfermedad y la cura. Su sistema se asemeja el avance lento de una gangrena, destruyendo hasta el tuétano el espíritu de generaciones enteras, impone una tiranía de la costumbre. Se sostiene por medio de una propaganda pedagógica que orbita entre el culto y el miedo. Es un sistema que embrutece, inventa enemigos externos, crea y destruye, a conveniencia del partido, sus propios molinos de viento.

Kadaré ha escrito una larga obra donde expone las relaciones de los seres humanos con el poder totalitario. Su obra tiene la misma envergadura de autores del calibre de Kafka, cuya obra siniestra nos habla de una fuerza abstracta superior por encima del hombre que es condenado a una burocracia asfixiante, un poder desconocido; Orwell, en donde los personajes son sometidos a un olvido forzado, provocando vacíos de la memoria, pues un sujeto sin recuerdos fácilmente puede ser aniquilado, un ser sin memoria puede ser dominado; Huxley, la dictadura perfecta de la tecnocracia, donde los seres son producidos en tubos de ensayo, la humanidad se produce en una línea de ensamblaje sin afectos ni amor.

El palacio de Kadaré nos habla de un país que cuenta con un gran ministerio cuyo propósito es llevar un seguimiento de los sueños de sus habitantes. El palacio cuenta con divisiones y subdivisiones para cada propósito de clasificar, seleccionar e interpretar cada sueño. El Palacio tiene diversas extensiones con sucursales esparcidas por todo el imperio. Los sueños se resguardan es incontables montañas de cartapacios, objeto trivial de oficina, que me ha parecido una de las imágenes más perturbadoras y hermosas del resguardo del sueño como documento. Los trabajadores requisan cada imagen del sueño, elaboran una poética onírica al servicio de la burocracia, traducida en un informe meticuloso de posibles mensajes de interés crucial para el resguardo y perpetuidad del Estado. Lo sueños maestros son aquellos que de los miles de sueños registrados son llevados al Sultán, al supremo, por su alto nivel interpretativo, sueños que luego de ser leídos determinarán las decisiones vitales del Estado. Las matanzas y detenciones arbitrarias, la devaluación de la moneda, la persecución de enemigos potenciales… todos los crímenes se justifican porque cuentan con la base indiscutible de los sueños.

—Nuestro Palacio de los Sueños, creado por deseo expreso y directo del Sultán Soberano, tiene como misión clasificar y examinar no ya los sueños aislados de personas individuales las cuales, por una u otra razón, constituían antes una esfera privilegiada y detentaban en la práctica el monopolio de las predicciones mediante la interpretación de los signos divinos, sino el Tabir Total, dicho de otro modo, el sueño de todos los súbditos sin excepción. Se trata de una empresa colosal, ante la que todos los oráculos de Delfos o las castas de profetas y magos de antaño resultan minúsculos y ridículos. La idea concebida por el Soberano de crear el Tabir Total se apoya en el hecho de que Alá lanza su sueño premonitorio sobre la superficie del globo terráqueo con idéntico descuido con que arroja una estrella o un rayo, o acerca de pronto a nosotros un cometa extraído de quién sabe qué ignotas profundidades del cosmos. Así pues, El arroja su señal sobre la Tierra sin fijarse dónde cae, pues en las alturas donde Él se encuentra no presta la menor atención a estos detalles que para nosotros son vitales. Es tarea nuestra vigilar dónde cae ese sueño, buscarlo entre los millones y miles de millones de otros sueños, tal como se busca una perla extraviada en un desierto de arena. Porque descifrar ese sueño, caído como una chispa perdida en el cerebro de una entre los millones de personas dormidas, puede prevenir la desgracia del Estado y su Soberano, evitar la guerra o la peste, hacer que germinen ideas nuevas. Por eso este Palacio de los Sueños no es una quimera sino uno de los pilares del Estado. Aquí, mejor que mediante ninguna clase de estudio, atestado, informe de inspectores, relación policial o de los gobernadores de los bajalatos, se aprecia la verdadera situación del Imperio. Porque en el continente nocturno del sueño se encuentran tanto la luz como las tinieblas de la humanidad, su miel y su veneno, su grandeza y su miseria. Todo lo que se muestra confuso y amenazante, o lo que pueda llegar a serlo al cabo de los siglos, manifiesta su señal mediante los sueños de los hombres. No existe pasión o pensamiento maléfico, adversidad o catástrofe, rebelión o crimen, que no proyecte su sombra en los sueños antes de materializarse en el mundo. Por eso el Badijá Soberano dispone que ningún sueño, aunque haya sido visto en el más apartado confín del Estado el día más anodino o concebido por el más insignificante siervo de Alá, debe escapar a la vigilancia del Tabir Saray. En cuanto al otro mandato imperial, aún más importante si cabe, consiste en que el reflejo resultante de la reunión, ordenamiento y estudio de los sueños del día, de la semana o del mes, sea verídico y no deformado. Con ese fin, del enorme trabajo necesario para la elaboración del material, reviste importancia primordial el mantenimiento del más absoluto secreto. El hermetismo del Tabir Saray hacia el exterior. Sabemos a ciencia cierta que fuera de este Palacio existen fuerzas diversas que, por una u otra razón, están interesadas en introducir su influencia aquí, de modo que sus objetivos, ideas o concepciones aparezcan después como supuestas señales divinas depositadas por Alá en los cerebros humanos dormidos (pp. 54-55).

¿Qué tipo de poder tiene un régimen que vigila lo que sueña su gente? Si el Estado puede saber lo que soñamos puede también controlar nuestros destinos. Dominar lo más recóndito de nuestros deseos. Prevenir la fatalidad, donde la pesadilla estimula una política prospectiva de Estado. Es una alegoría fascinante, pero terrible. Cualquier imagen extraña provocada en el dormir puede ser peligrosa. Entonces el miedo se traduce en insomnio. Mark-Alem, el protagonista de la novela, piensa justo en esta idea: no es lo mismo el insomnio de un pueblo al insomnio de un solo hombre. La vigilia es un estado latente de alerta, otra forma de morir en un lugar donde no es posible soñar. Despiertos no hay otra alternativa que la pesadilla.

—Algunos piensan— prosiguió el Visir —que el mundo de las pesadillas y de los sueños, en una palabra, vuestro mundo, es el que dirige a este otro de acá. Mas yo tengo la convicción de que es este mundo el que lo dirige todo. Es él, a fin de cuentas, el que decide qué sueños, pesadillas o delirios, conviene sacar a la superficie, como un cubo saca el agua de un pozo profundo. ¿Entiendes lo que quiero decir? Es este mundo el que elige en ese abismo lo que… le interesa (p.156)

Sin descanso solo puede haber locura: pesadilla: creación contestaria. Esas son las cosas que me ha dejado la lectura del gran escritor albanés Ismaíl Kadaré. Si las personas no pueden soñar no pueden crear, y solo cuando caen dormidas, ya producto del cansancio extremo, tal estado de agotamiento abre la puerta a la creación de diversos materiales que transitan la delgada línea de la pesadilla, aquel que sueña solo puede proyectar un conjunto de paranoias enfermizas.

En mi opinión, de todos los mecanismos del Estado, el Palacio de los Sueños es el más ajeno a la voluntad de los hombres. ¿Entendéis los que quiero decir? Es el más ajeno a la razón de todos, el más ciego, el más fatal, por tanto, también el más propiamente estatal (p.93).

Hace un tiempo leí una conferencia del poeta brasilero João Cabral de Melo Neto titulada Consideraciones sobre el poeta durmiendo, en donde habla del acto del dormir como un momento crucial para el poeta y su creación. Durmiendo el poeta puede acceder a las construcciones imposibles de los sueños, palpitaciones de su alma, escamas de inquietudes, una esperanza escondida en sucesiones de imágenes confusas. Para João el dormir es una aventura que no se cuenta, que no puede ser documentada y de la cual no se puede traer, porque de este no existe percepción, esos elementos, esas visiones, que son la parte objetiva del sueño (me gustaría que fuese percibido sin otras explicaciones el sentido en que empleo aquí la palabra: objetiva). El dormir es un estado, un pozo en el que nos sumergimos, en el que estamos ausentes. Esa ausencia nos enmudece. Más adelante João dice que el dormir predispone a la poesía, permite crear al despertar. El verbo dormir es una palabra hecha por sonidos que parecen prolongarse en la oscuridad. Dormir implica acceder, por medio de los sueños, a otro nivel de percepción, al cultivo de cierta vocación sobrenatural. Los sueños son la mutación de infinitas pulsaciones esotéricas, todo eso habita en nosotros. Por alguna razón Dios o los Dioses hicieron que las bestias durmieran, necesitan un espacio creativo para invocar lo que despiertos no pueden ver. Estas ideas no sé de dónde vendrán, pero estoy seguro de que no son mías. No es una casualidad que los sueños aparte de un carácter poético también tengan un carácter predictivo, especulativo, de un sentido oculto, que una vez despiertos solo podemos interpretar apenas como fragmentos de piezas de un rompecabezas incompleto, incomprensible, que no tiene sentido armar. Es en esa impotencia de no saber descifrar los mensajes que provienen de nuestro interior la clave del macabro juego del existir. Ya que hablamos del puzzle pienso en los versos poderosos de Shel Silverstein:

Nothing has more possibilities

Than one old wet picture puzzle piece.

Así son nuestros sueños: una posibilidad abierta. Por eso dormir en tiempos caóticos es muy importante. El asunto es saber descifrar los mensajes que decanta nuestra desesperación al estar despiertos. En algún punto todos podemos ser como Mark-Alem, interpretando la realidad mientras nos brota una lágrima por nuestro ojo más lúcido, esa gota salada es el sueño que se escapa a un mejor lugar. Y de nuevo volviendo al asunto, João por otra parte nos dice: Puede decirse del dormir, que favorece la formación de una zona oscura (un tiempo oscuro), donde esa fusión se desarrolla (nuestros sentidos oficiales adormecidos), y de donde subirán más tarde esos elementos que serán los elementos del poema y que el poeta sorprenderá un día sobre su papel sin que los reconozca.

La lectura de Kadaré abre una discusión sostenida de los peligros del totalitarismo. Nunca había pensado con tanta contundencia de esos peligros que envuelven el acto de dormir, o de soñar despierto. Actualmente vivimos en un mundo donde tenemos una vigilancia de nuestros sueños por medio de nuestros deseos. Hay una tecnología específica y muy sofisticada, de la cual ignoramos su funcionamiento, a la que rendimos cuentas. Las redes sociales, tal vez. Aquí solo especulo. Ese metaverso, traducido como la nueva utopía, en la que ocupamos gran parte de nuestro tiempo, conforma el hipermercado del sueño. Y la clasificación es exhaustiva y predictiva, hasta el punto de sentir asombro por la capacidad asertiva de nuestras prótesis tecnológicas, que nos consuelan en medio de la angustia de las pantallas. Nos ofertan mejores sueños para seguir consumiendo, los clasificamos y juzgamos como mejor nos parezca hasta el hastío, como si se tratara de una patología cognitiva, el ser incapaz de salir de ese infierno artificial donde hemos querido creer que somos felices. Un algoritmo nos muestra casualmente las cosas que deseamos ver, ¿acaso no es el mismo sistema del que habla Kadaré en su libro? El archivo donde se guardan nuestros secretos ahora es una nube. Más allá de pensar en el régimen totalitario del país que vivimos (depende de cómo lo vea cada soñante), la lectura más aterradora sería la de ese conjunto de sistemas totalitarios tecnológicos abstractos e impersonales, que dilatan y mercantilizan nuestras vanidades y placeres, a cambio de nuestros bienes más preciados. Nuestros sueños están marcados en los términos y condiciones de todos los servicios gratuitos que usamos sin asco, con un grado enfermizo de esmero, nos encerramos a una sala de incomunicación. El palacio de los sueños puede ser una realidad palpable de la que todos disfrutamos ser parte, pues el insomnio general no es solo una norma amigable para asentarse humillado ante el bien común, sino la única forma de sobrevivir a esa maquinaria sin forma, triste y cruel.

La vida de un hombre queda perturbada para siempre una vez que se encuentra atrapada en los engranajes del poder, pero eso no tiene parangón con el drama de un pueblo entero prisionero de ese mecanismo (p. 99)

Detrás de las pantallas se ha formado una nueva zona oscura.

Son muchas lecturas para pensar antes de quedarnos dormidos.

Alexander JM Urrieta Solano

Misceláneas

Los demasiados libros, o las virtudes del exceso de plástico

El Cuaderno de Blas Coll (Fragmentos)

La Broma infinita: sobre la experiencia lectora deportiva

Tanizaki en Las Vegas

Insensatez

Cómo estafar a otros y creer que salvas el planeta

Je me souviens

«La salud es un estado incierto y no augura nada bueno. Es mejor ser alguien que viva tranquilamente enfermo, así al menos uno sabe de qué va a morir.»

Olga Tokarczuk – Sobre los huesos de los muertos

La Casita Azul – Ubicada en El Conde, detrás de la Iglesia Nuestra Señora de Fátima. Av. Este 10, entre Avenidas Sur 17 y 19, Parque Central, Caracas.

Me acuerdo del pequeño altar en la Casita Azul, por Parque Central. Algunos viernes tomábamos allí y otros días entre semana en la Ratonera, que estaba en la misma calle. En la Ratonera Gus leía los poemas que tenía escritos en una pequeña libreta negra. Yo no decía nada, solo tomaba fotos, con esa sensación latente de que olvidaría aquellos lugares donde raras veces me sentía tranquila. Y pensar que en ciertos antros uno puede experimentar algo parecido a la gracia, la que se mezcla con los eructos de la clientela que pasada las doce deja de ser gente para ser querubina, y ese olor a cigarro y orine, que aceptas con una alegría que da pena. Como si el mañana no importara, pensando que nos quedaremos aquí para siempre, en la fiesta de la esquina, en el recuerdo de la ciudad y de la gente que entra y sale de nuestra vida. Gus terminaba de leer y Alejo comentaba sobre los versos. Gus asentía. Alejo fumaba demasiado y dibujaba lagartos en una servilleta. Luego ambos se miraban y recitaban a Santa Teresa de Jesús: «¡Ay, qué larga es esta vida!/¡Qué duros estos destierros,/esta cárcel, estos hierros/en que el alma está metida!/Sólo esperar la salida me causa dolor tan fiero,/que muero porque no muero». Nunca fui buena con los poemas. Nunca pude aprenderme ninguno de memoria. Pensar nostálgicamente me marea. Es un acto masoquista. Luego de varios años, que Alejo y Gus no están voy a beber sola a la Casita Azul. Veo el altar que tan poca importancia le daba antes. Recuerdo ahora muy tarde los primeros versos que nunca aprendí: «Vivo sin vivir en mí,/y tan alta vida espero,/que muero porque no muero». Este recuerdo en particular, junto a los fragmentos de un poema que nunca me voy a aprender, son de color azul ¿Los recuerdos pueden tener tonos cálidos y fríos al mismo tiempo? A todas esas mientras me tomaba la décima cerveza me preguntaba sobre qué color tenía la ausencia. O es que solo divago y de manera involuntaria y etílica me terminé aprendiendo algunos versos de memoria: «Porque si es dulce el amor,/no lo es la esperanza larga:/quíteme Dios esta carga,/más pesada que el acero,/que muero porque no muero». ¿Será?

Solenoide

La novela del escritor rumano Mircea Cărtărescu me ha gustado bastante. En particular cómo aborda los elementos de lo diminuto y los va exponiendo en una extensa y descriptiva galería de anomalías, a su vez que cada página es un tratado de entomología, donde usando recursos verbales increíbles expone a los bichos raros de aquella ciudad de Bucarest, arruinada por el comunismo.

Empezando por el mismo narrador: un profesor de rumano, escritor frustrado que vive en una casa laberíntica en forma de barco, construida sobre un solenoide, un dispositivo físico capaz de crear un campo magnético sumamente uniforme e intenso en su interior, uno por donde el lector entra y levita, transita por un espacio onírico que se mezcla con los recuerdos, los sueños y el presente.

Escribe un diario. La escritura es el tatuaje que va cubriendo la desnudez. La vida banal del protagonista concentra los grandes conflictos de la existencia: la repetición y la insignificancia, los contactos inevitables con un mundo paranormal y subterráneo, donde convive con los monstruos de la infancia y lo que no se pudo ser. No solo las anomalías internas sino las externas. Ambas, imposibles de ver en medio de toda esa ruina, la atmósfera de todo el libro. Una ciudad astillada, fea y sucia, edificios con caries y hongos, comidos por las termitas y habitada por personajes extraños, pequeños ácaros que viven en soledad en el brazo del creador.

El solenoide es la tesis que permite que la narración exponga lo onírico y lo real. Llega un punto donde en realidad no importa si lo que pasa es un sueño de Dios, una proyección de dimensiones generada por un cósmico teseracto que compone uno de los tantos millones de teseractos de infinitas galaxias y aterradoras estrellas. Y eso me parece un logro de la estructura, sus exposiciones ramales, mezcla de los mejores géneros del psicoanálisis y la ciencia ficción.

Me impactaron muchas partes. En particular el sacrificio de Virgil. La entrega plena al sufrimiento, a una vida entregada a la obra. Virgil, líder de la secta de los piquetistas, ordena al tumulto para protestar en varios lugares de la ciudad, hospitales, cementerios y tanatorios, este último descrito en toda su inmensidad monumental deprimente, quizá la institución pública más importante de las sociedades que aplican sin descanso el negocio de la necropolítica. Los piquetistas no protestan contra gobiernos de turno, lo hacen contra el dolor y el sufrimiento, la vejez, la epilepsia, la enfermedad y la muerte.

«¿Por qué vivimos?», empezó Virgil, como hablando consigo mismo, pero su voz retumbó brutalmente en el silencio de la noche. «¿Cómo es posible que existamos? ¿Quién ha permitido este escándalo y esta injusticia? ¿Este horror, esta abominación? ¿Qué imaginación monstruosa envolvió la conciencia en carne? ¿Qué espíritu sádico y saturnino permite que la conciencia sufra, que el espíritu aúlle torturado? ¿Por qué hemos descendido a este cenagal, a esta jungla, a estas hogueras llenasde odio y furia? ¿Quién nos ha arrojado desde las alturas? ¿Quién no ha encerrado en cuerpos, quién nos ha atado con nuestros propios nervios y nuestras propias arterias? ¿Quién nos ha obligado a tener huesos y cartílagos, esfínteres y glándulas, riñones y uñas, pieles e intestinos? ¿Qué hacemos en este mecanismo sucio y blando? ¿Quién nos ha sellado los ojos con nuestros propios ojos, quién nos ha tapado los oídos con nuestros propios oídos? ¿Quién ha consentido el dolor, quién ha consentido los sentidos? ¿Qué tenemos que hacer con los racimos de células de nuestro cuerpo? ¿Con la materia que fluye por él como a través de un tubo de carne agónica? ¿Qué estamos haciendo aquí? ¿Qué tomadura de pelo es esta? ¿Por qué nadamos en ácidos que ulceran nuestra piel? ¡Protestad. protestad contra la conciencia enterrada en la carne!

»¿Por qué nos duele, por qué nos atormentamos, por qué nos desgarran cuchillas y flechas envenenadas? ¿Por qué nos arrancan el corazón, por qué nos atan, con la cabeza cubierta por una capucha negra, a la silla de tortura? ¿Por qué nos llenamos de ampollas al más leve soplo de viento? ¿Por qué nos ulcera incluso el roce del plumón del diente de león? ¿Por qué aullamos atormentados en la agonía de nuestras vidas y por qué el mayor tormento, el más difícil de soportar, es el miedo? El miedo a la pérdida, a la desaparición, a desprenderte de la propia corteza que dejas atrás, al dolor y al placer, a la vida y al sueño, al sexo y al pensamiento pero, sobre todo, a la araña del tamaño de cien universos que teje la ilusión en la que nos encontramos. ¿Por qué han permitido el miedo, por qué bebemos a diario la copa de veneno de araña del miedo? ¿Por qué el miedo es la sustancia del mundo en el que vivimos? ¡Protestad contra el miedo, protestad contra las deyecciones que enturbian la claridad!

»Minúsculos en vuestra nimiedad, micelios de una mota de polvo en el infinito, ¡protestad contra la desaparición de las conciencias! Es diabólico, es intolerable que un espíritu muera. Está más allá de los límites del mal que un ser comprenda su destino. Es cruel, bárbaro, inútil, traer un espíritu a este mundo, al cabo de una noche infinita, solo para hundirlo, tras un nanosegundo, en una nueva noche infinita. Es sádico ofrecerle por adelantado el conocimiento completo del destino que le espera. Es abominable matar a millones y millones, a generaciones y generaciones, a santos, criminales, genios, héroes, putas, mendigos, campesinos, poetas, especuladores, beatos, torturadores, a verdugos y víctimas a la vez, tanto a malos como a buenos, es melancólica y desoladora esta obra propia de un criminal en serie. Nuestro mundo se extinguirá, el universo se pudrirá junto con los otros millones de universos, pero el ser y el no ser durarán lo que dure la eternidad, como un mal sueño, como una infinita telaraña. Y nosotros, las perlas de este mundo, los cristales que deberían brillar eternamente, no estaremos jamás, jamás, por mucho tiempo que pase y por muchos desastres que sucedan en el infierno que es el mundo físico, en la mazmorra infinita de la noche. ¡Protestad. protestad contra la extinción de la luz!

Quisiera poder transcribir más, pero sería una insensatez de mi parte. Del texto marqué muchas citas. La galería de personajes es amplia, y uno es más impresionante que otro. Honestamente no me alcanzan las palabras para expresar mi alegría por haber llegado a este libro que llegó a mis manos por gestiones de contrabando. Libro trance y cargado de fuerte esoterismo. Las ideas contundentes sobre la condición humana, que transcurre en un instante, porque después de esto no podemos saber si hay algo más: Vivimos un nanosegundo en una mota de polvo perdida en el cosmos, me dije.

Leer es fabricar soledades. Hay autores, y pienso que son los que valen la pena, que al leerlos nos proponen un experiencia con el lenguaje. Autores de los que no podemos salir indiferentes. No podemos seguir siendo los mismos. Sucede esto en autores, que están expuesto en el Solenoide, como sólido marco teórico, de una fuerza vital en sus palabras: Dostoievski, Rilke, Kafka, Mann, Borges, Sábato, Hamsun. Solenoide propone esa clase de experiencia. Y parte de la experiencia de solenoide trata de la importancia vital que tiene la lectura como resguardo de la soledad, una que nos permite explorar otras posibilidades de la palabra.

…La sonrisa es una disposición especial de la materia, una arruga de nuestra boca, así como la conciencia es una posición especial de las sinapsis de nuestro cerebro. Todos somos una sonrisa del vacío y de la noche, una arruga de los aterradores, silenciosos espacios pascalianos. Somos una forma imposible del mundo aleatorio e infinito, somos la caída de canto de una moneda con un grosor tan fino que se corta a sí misma billones de veces por segundo. Esta autodestrucción continua es nuestra patética naturaleza.

Alexander JM Urrieta Solano

Locura y creación

por Ludovico Silva

En una entrevista publicada en el «Papel literario» con José Solanes, el médico del gran Antonin Artaud, decía Solanes: «Las drogas no sugieren nada que no esté ya dentro de nosotros. Y el delirio como tal, tampoco». Solanes tuvo oportunidad de tratar frecuentemente a Artaud, como médico y amigo, durante sus años de sanatorio. Pudo ver de cerca a aquel cerebro privilegiado, con todos sus delirios creadores. Subsiste una pregunta: ¿Son asimilables la locura y la creación artística? La pregunta es vieja, y aún sin respuesta definitiva. Es más: las diversas escuelas poéticas han dado diferentes respuestas a la misma pregunta. Para los surrealistas, por ejemplo, el estado creador estaba rayano en la locura, pues se trataba de hacer un inmenso «desarreglo de los sentidos» (según la consigna de Rimbaud) para poder captar las irradiaciones del inconsciente y transmitirlas mediante la escritura automática, en un proceso del cual quedaba desterrada la «razón», según lo declarara expresamente André Breton en su definición de escritura automática. En efecto, su definición reza así: «Surrealismo. s.m. Automatismo psíquico puro por el cual nos proponemos expresar, ya sea verbalmente, ya por escrito, ya de cualquier otra manera, el funcionamiento real del pensamiento. Dictado del pensamiento, en ausencia de todo dominio ejercido por la razón fuera de toda preocupación estética y moral».

Este automatismo era capaz de producir, en una especie de delirio visionario, expresiones poéticas como estas:

El gran frigorífico blanco en la noche de los tiempos

que distribuye escalofríos en la ciudad canta para él solo

y el fondo de su canción se parece a la noche que hace bien todo lo que hace.

O bien, expresiones como estas:

Un poco antes de medianoche junto al desembarcadero

si una mujer desmelenada te sigue no hagas caso.

Es el azul…

Los surrealistas reivindicaban, y reivindican aún hoy (pues el surrealismo no ha muerto, es una respuesta constante y perenne) el papel de la locura y el delirio en el proceso de la creación literaria. Sin duda, las drogas tienen allí una puesto destacado, pues las drogas provocan estados de delirio. Pero si, como dice, José Solanes, las drogas no sacan de nosotros nada que no estuviera ya en nosotros, podemos preguntarnos: ¿son necesarias las drogas para el proceso creador? Personalmente, no creo que sean necesarias ni que hayan producido jamás ninguna obra de arte o literaria de significación por sí solas. Las encargadas de producir esas grandes obras del espíritu son la imaginación y la fantasía. Lo que ha ocurrido con esto es un quid pro quo. Como el artista necesita elevar su sensibilidad a alturas e intensidades inusuales, insólitas, el artista termina casi siempre por convertirse en un personaje extraño, extraviado, distinto del resto de los mortales, y con inclinación a las drogas, especialmente el alcohol. No se soporta tan fácilmente esa tensión de la fantasía creadora que exige el arte. Hace falta un gran temple. Sin embargo, hay tipos de artistas que realizan grandes esfuerzos imaginativos y de intuición y sin embargo, son capaces de conservarse perfectamente normales. Tal es el caso de Valéry, quien trabajaba sus versos no de acuerdo a un delirio, sino de acuerdo a una razón constructora.

El Nacional, 20 de octubre de 1976

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