Alto Prado

Cuando uno de tus mejores amigos se quita la vida el impacto puede tardar en llegar. No me refiero al suceso sino a la reacción que tenemos ante el suceso. Nunca llegamos a conocer en realidad a las personas, ni ellas tampoco llegan a conocernos en una mayor complejidad. Tampoco nosotros somos capaces de conocernos en una medida clara, por lo que anticipar un suicidio es prácticamente imposible, en algunos casos.

Una oración como: “Gustavo se mató puede dislocar porque cada vez que volvemos a ella parece siempre decirnos algo distinto. Caer en cuenta que todavía se está vivo y sufriendo, que sólo en ese estado de trance que es vivir podemos ver abismados lo que realmente puede ser el mundo. Tan indiferente a nuestra existencia.

Volver al sitio de trabajo después de un trauma cuesta más de lo que uno se imagina, pensaba en mi silla giratoria. El escritorio es un laboratorio teratológico. Se tiene que lidiar de una manera vergonzosa con la disyuntiva de lo monstruoso y lo mediocre. Para hacernos una idea basta primero con ordenar y diagnosticar el desastre acumulado de meses y años. Las distracciones más pequeñas impiden darle un orden claro a nuestra vida.

Mi temor se aferraba en la idea íntima del suicidio, un tipo de suicidio que no tenía que ver con salir eyectado al espacio de forma deliberada, un suicidio no tan cercano pero sí relacionado al de Gustavo.

Hay un tipo de suicidio que consiste en la asimilación, que es tal vez el único que podemos encarar, tomar precauciones útiles ante él, cuando no menos disparatadas, no para evitarlo sino para soportarlo en la rutina de los días que nos toca afrontar con cierto grado de miedo. Esa forma de suicidio que es el tener que vivir después de fracasar. Allí está el epicentro del caos, el horror, la pesadilla de lidiar con nosotros mismos. Nuestros mayores temores presentes en cada página, en ese ritual pugilístico de la escritura. Las formas exageradas de retomar algo doloroso.

Voces sin importancia rebotan en las paredes de mi encierro. Como que sólo podemos tener un registro de las cosas que nos parecen urgentes. Pero qué pasa cuando eso que nos parece urgente lo sigue siendo de una forma repetitiva y dolorosa, algo así como el suicidio de Gustavo, que no podemos soltar porque sólo esa idea urgente es la que nos hace seguir escribiendo a un pulso distinto que no sabe de mejoras ni estancamientos. Que insiste en eso que tanto nos divierte de manera incomprendida y sádica. Lo urgente es obsesivo si lo volvemos a plasmar en la hoja una y otra vez.

Hay que concentrar nuestras energías cerebrales en todo lo que nos obsesiona, aquello que nos roba el sueño de los ojos y obliga a escribir a ciegas en la intemperie, en la tortura del insomnio y el duelo. A veces, pensaba en mi silla giratoria, quería tener la iniciativa de pensar en otra cosa que no fuese eso tan urgente, pero el suicidio de Gustavo era la constante que distraía todas mis empresas. Entonces el laboratorio de horrores arrojaba otra clase de resultados inesperados. No sabía si en mi intento de hacer otra cosa estaba condenado a la repetición. Volver por donde había empezado. Toda forma siniestra parte de una angustia especial.

Eso era lo más grande que había que aceptar, pensaba en mi silla giratoria, la obsesión que conduce a la enfermedad, un tipo de enfermedad derivado de la falta de sueño y desesperación. La ciencia de las enfermedades es la más poética de todas las ciencias, decía esto Gustavo. Los días nuevos se me presentaban como un desafío para una nueva maniobra elemental. Había diseñado mi propia fenomenología del fracaso. Una filosofía de la experiencia sustentada de forma exclusiva en la derrota personal.

Cada texto si lo tomamos con suma seriedad es un manual de instrucciones, un fragmento de memorias a la disposición del lector para que este lo recree, decía esto Gustavo. Los textos son ese juego eterno sometido a la precariedad del olvido, dependen de lecturas para seguir existiendo. Cuesta demasiado expresarse en un solo bloque, no puedo concebir otra manera de hacerlo, pensaba en mi silla giratoria. Cada trama impone cruelmente su propia estructura ósea. El cuerpo plagiario artesanal tiene quizá un rasgo original, su estética, nada más. Igual todo esfuerzo estético ha dejado de valer la pena. Si se trata de algo medio hecho o ligeramente mediocre pasa sin pena ni gloria por algo ridículo.

El texto en su contenido retrata una cartografía humana del pensamiento, decía Gustavo algunas veces, cuando nos dedicábamos a pasearnos horas y horas en ferias itinerantes, marcando libros, regateando obras maestras con comerciantes ruines y libreros. Otras veces robando, que era la forma más hermosa de adquirir un libro, pues era el trofeo que otorgaba el riesgo. Algunos libros, quizá los mejores, son los ventanales supremos que tenemos que encontrar por misterioso azar para dar una luminosidad desoladora a nuestra oscuridad. Subrayo luminosidad desoladora porque esa unión de palabras fascinaba de forma incontenible a Gustavo.

¿Qué texto desolador se hace su espacio en la calidez infernal y horrorosa de su tiempo? ¿Qué debe tener un texto para dejarnos perplejos?, me preguntaba en mi silla giratoria. Ahora nada nos parece asombroso. Y sin embargo lo más idiota nos conmueve. Todo es un refrito de lo bueno, pero a alguien que le apasione el oficio de la construcción no tiene por qué interesarle eso, al contrario, debe ignorar todos los comentarios de la banalidad de una época y seguir concentrado en su actividad de alto grado, decía Gustavo. Son fruslerías que sirven como pretexto para desmotivar y fomentar la flojera entre nuestros contemporáneos. Nadie se atreve a levantar algo grande porque la excusa es que ya todo está prácticamente hecho. Eso explica el auge de lo mediocre en este país de borregos y fanáticos, el culto a la sensiblería. Una fábrica de sueños Disney es más lucrativa que una exposición de horrores.

Qué duro es aceptar una narrativa de decepciones, pensaba en mi silla giratoria. Gustavo no sólo era mi compañero de investigaciones literarias y recorridos etílicos urbanos, era también un socio inestable con quien podía conversar acerca de mis patéticas inestabilidades.

Había conocido a Gustavo cuando repartía de forma gratuita pasquines de una red anarquista llamada El Libertario. Los anarquistas proponían una salida suiza de combate para poder superar ese molesto concepto del Estado. Pero era claro que no podías aplicar un anarquismo suizo disfrazado de latinoamericano, así como tampoco podías hablar de socialismo escandinavo para explicar la complejidad de nuestro país al norte del sur. Era muy sencillo mezclar realidades distintas, desde el centro a la periferia, porque esa actividad de extrapolar, hacer malabares de conceptos, vociferar la ignorancia para aplacar la ignorancia, era el hobby principal de los jóvenes de este país, que ya no sabíamos si vivíamos en el anarquismo o el zoocialismo, si era una cagada de la extrema izquierda o la extrema derecha. Al final éramos puras ideas de muertos, codicia de batracios y enanos. Generaciones perdidas en espirales de fibra óptica y revoluciones por minuto.

Nos resultaba (y nos resulta todavía) fácil imaginarnos el fin de todas las cosas, pero cómo nos cuesta imaginarnos una realidad distinta a esta, pensaba en mi silla giratoria. Cuando nos conocimos Gustavo me había ofrecido un ejemplar de La conquista del pan de Kropotkin, el cuál rechacé a cambio de un libro de Papini de cuentos titulado Palabras y sangre. Era claro que nuestros gustos literarios eran distintos.

Gustavo sabía pero no admitía la utopía escurridiza que sugerían las narrativas de nuestro tiempo. La excusa siempre puede ser que uno es sumamente joven y de pocas lecturas (poco experimentado), pero es lamentable cuando ves a personas mayores con excusas parecidas, que ponen en duda muchas cosas pero sobre todo la inteligencia propia, porque a veces llegamos a admirar a ciertas figuras por lo que dijeron o escribieron alguna vez, y luego después de un tiempo las vuelves a escuchar o leer y la fascinación de un principio se vuelve una especie de repulsión casi asesina.

Los adultos nos han engañado, ahora y que depende de nosotros recuperar el país, decía Gustavo entre moretones y escupideras de sangre. Toda una épica del desencanto. Mientras más crecidas veíamos a nuestras figuras de acción mayores eran los caprichos que conducían hacía la estupidez y la frustración. A pesar de tantas lecturas y experiencias no podemos dar ningún tipo de consenso a nuestras antiguas figuras de acción, que todavía sueñan desde una mentalidad infantiloide, y convencen a muchos de que basta sólo enlistar deseos y aferrarse a los delirios de mesías y escapularios. A la mayoría los años les pasan por encima sin cambiarlos en absolutamente nada: somos viles víctimas de un estruendo de cascos.

La salvación de Gustavo, y quizá la mía, lejos de todas estas ideologías rancias fue la estricta relación visceral con la poesía. También el consuelo de estudiar juntos en la escuela de sociología, en la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales. Ver clases con Gustavo generó entre nosotros una suerte de intimidad intelectual enfermiza, una complicidad adicional a nuestros íntimos procesos autodestructivos. Caracas no nos permitía ser jóvenes de otra manera. Nuestras conclusiones estaban mediadas por la ciudad que nos tocó de forma irreductible vivir (y sufrir), así como las visiones precarias del futuro, que por todo lo acontecido nunca existió. El futuro y la libertad son recursos indispensables de la imaginación.

Caracas fue para nuestras investigaciones el escenario ideal de una trama suicida. Una ciudad que reprochaba su pasado en el esplendor de lo que llegó a ser alguna vez. En sus ruinas de parque temático, en sus escaleras, en sus paréntesis y comas, en sus muros agrietados por la agitación, el disturbio y el descuido, recreaba eventos que ya no le pertenecían. El derroche evidente en sus esquinas y locales cerrados, en sus edificios y calles oscuras invadidas por la incertidumbre, por el sosiego embrutecedor que dejaron las promesas y la retórica. Legado apocalíptico nos dejaron las coreografías intensas de lavadoras y taladros petroleros en movimiento. Caracas daba la impresión desquiciante de estar siempre naciendo de nuevo. Una ciudad enferma, estancada en la nostalgia de lo que nunca podrá ser jamás. Caracas era el espacio carnavalesco por excelencia para la fundición de toda clase de sentidos, así Gustavo, así nosotros.

Nuestra labor detectivesca y libertaria, además de buscar pistas de maestros antiguos, consistía también en enterrarlos en todos los lugares posibles. Nos propusimos no sólo abrir una línea de trabajo literario, sino que además nos dedicamos a esconder bajo tierra y escombro incontables libros por la ciudad como parte de un oficio entusiasta. Excavadores empedernidos. Sembrar recuerdos y fijar paradas, decía Gustavo, con pala en mano y cigarro en boca caminamos por terrenos baldíos desde Parque Central hasta Parque Caiza.

Enterrábamos los libros porque carecíamos de un almacén decente para mantenerlos a salvo. Tenía la expectativa de que luego una vez abierta nuestra librería real los pudiésemos ofrecer al público. Al carecer de espacio enterrar libros era una tarea sucia pero provisional, como todo lo que se hacía en este país. Esconder libros en su mayoría robados que la tierra conservaría para evitar su devaluación exponencial, mantenerlos ocultos de la tirana inflación meteórica.

Era preciso elaborar un soundtrack para nuestras acciones, orquestar nuestra fantasía rocambolesca, nuestras ínfulas de grandeza, de que en actos insensatos nos podíamos perpetuar en las cosas. Las descargas de la banda punk Eskorbuto: Mucha policía, poca diversión, Cerebros destruidos, mis canciones favoritas del disco Maldito País, y seguido en modo aleatorio la ópera del Barbero de Sevilla, el Adagio un poco mosso de Beethoven, fueron referencias para equilibrar nuestro oficio librero acabatrapo. La música era la forma de salvación de todas nuestras pesadillas, pensaba en mi silla giratoria. No tenía ningún sentido nuestro trabajo, la verdad tampoco importaba mucho lo que podía pensar la gente.

En la escuela éramos un par detestable. Ahora sólo soy un idiota detestable. Nuestra praxis política era un afán de recrear una parodia. Este el sueño de los héroes, nuestro sacar en cara el mañana, decía Gustavo. Nuestra diversión orbitaba en la piromanía y el mar. Varias veces nos entretuvimos quemando montañas de libros de autoayuda y ejemplares de El Principito, convenciendo a estudiantes confusos que en el fuego y el ska estaba el sentido de la vida, que bailar alrededor del caos era una terapia de redención: lo esencial es todo eso que aterra y nos encandila los ojos. Queríamos llevar todo al extremo. Mientras me balanceaba en una hamaca a las orillas de una playa en Unare, pasando los demonios de la resaca, Gustavo aprendió a hacer nudos marinos. Meditó de manera silenciosa la eficacia de una soga.

A Gustavo lo encontraron ahorcado en la terraza de su casa en Alto Prado. El suicidio, como todos, ocurrió en una hora imprecisa. Los cuerpos forenses al llegar a la escena hicieron una revisión exhaustiva de la casa en Alto Prado, que consistía en interrogatorios a los vecinos y el saqueo de bienes materiales que nadie volvería a reclamar. ¿Cuáles eran los bienes de Gustavo?, sus libros sobre materialismo histórico, su franela de los Tiburones de la Guaira, equipo que lastimosamente no vio ni verá ganar. Sus novelas rusas de resurrección y filosofía griega, su colección personal de textos de García Bacca publicados por la Universidad Central de Venezuela. Su petaca de acero inoxidable para el ron, el cocuy, el vodka, o el aguardiente. Los poemarios de Ludovico Silva: el poeta más lacra de nuestro tiempo, y Sor Juana Inés de la Cruz: hombres necios.

Recuerdo que varias veces caminando por Sabana Grande Gustavo me preguntaba: ¿Dónde aprendió tanto Sor Juana Inés?, y yo le respondía que de sus encierros con Dios y de sus escapes por el mundo. Era claro que se masturbaba fantaseando con el propio Cristo, decía Gustavo. Una experiencia religiosa la dotaba de versos poderosos, pensaba en mi silla giratoria. Una experiencia así también la puede provocar el contacto de una cuerda con el cuello, un pie en el piso y otro pie en el vacío, a solo un paso de sumergirse en la nada, el instante le da un valor ingrato a toda clase de fuga.

Días después del entierro de Gustavo en el Cementerio del Este tuve que ir por petición de su madre a lidiar con la monstruosidad que había dejado su hijo. Al parecer yo era el único capacitado para ordenar y examinar todos los escritos relacionados con la (excesiva y minuciosa) investigación y documentación personal. Incontables pilas de libros me reprochaban las tareas pendientes. Bocetos y dibujos en bolígrafo me sometían a una labor casi arqueológica de levantar hechos imposibles.

La casa de Alto Prado estaba bajo los efectos siniestros del suicidio de Gustavo. Las personas que rondaban la casa también estaban bajo la sombra del suceso. Se movían de un lado a otro, como espectros agitados por el parentesco y la locura. Yo también estaba bajo la impresión del suicidio de Gustavo. La expresión que todos podíamos demostrar en la inmensidad de esa casa, construida por los padres ingenieros de Gustavo, con el fin de destinar ese espacio al habitar de la máxima felicidad posible de todos, era el asombro de una ruina de proporciones arquitectónicas molesta. En cada pasillo un eco insistía en un dolor sostenido. No sólo estaba el olor de libros viejos y cosas guardadas en cofres, vitrinas y gavetas, sino el olor mismo del encierro y de la muerte.

Tanta tristeza gris como la niebla. Ordenar y examinar. Era algo que hubiese querido él, decía la madre de Gustavo, que continuaras con aquello que habían emprendido juntos. Algo que hubiese querido él. Cinco palabras que formaban un deseo desagradable. ¿Algo que hubiese querido él? Realmente no lo sé.

Era ya una incomodidad dolorosa para mí sentarme en el escritorio de trabajo de Gustavo. Ordenar y examinar los escritos relacionados con nuestra investigación acerca de la identidad lectora caraqueña. Una investigación que se trataba de un trabajo inédito en la escuela de sociología, que exigía el más alto grado de concentración y calibración, porque toda labor innovadora promovía una destrucción paulatina del cuerpo, así Gustavo.

Mi mayor malestar fue encarar entre confusión y lágrimas la monstruosidad de mi amigo. En medio del desorden tenía la sensación de estar asfixiándome a la orilla de un río.

Es lamentable que sean siempre esas personas que quisimos tanto por su talento y cuya cercanía era tan amena y especial, aquellas en las que descansaban nuestras esperanzas, las primeras en irse, las que tienen el valor descarado de matarse. Comprendí que muchos en un momento determinado son aniquilados por la monstruosidad de sus vidas. Uno puede decidir lidiar con ella, asumiendo que incluso tal monstruosidad nos amenace y haga de nosotros algo más terrible. No existen garantías de lo que podamos llegar a construir. Los costos de construcción son elevados y demenciales. Todos tenemos un punto decisivo en nuestra vida en la que podemos evadir o acometer y terminar nuestra monstruosidad, asumirla como una obra de arte escandalosa que sólo podemos afrontar en un desamparo absoluto, solos, y en donde todo está en nuestra contra.

Rabia espumosa. Gustavo me había dejado con sus Pobres Gentes y Noches Blancas. Me había dejado el pelero. Ahora me tenía que debatir solo con la monstruosidad que habíamos emprendido juntos, una empresa intelectual de construcción que no podía ejecutar nadie más que nosotros, porque muchos tenían esos deseos de construir algo pero no todos estaban capacitados para construir. Ya en una ausencia donde la desgracia era impeorable buscaba la empatía del suicidio. Me parecía digno de valor que alguien de forma violenta decidiera irse de este mundo estúpido. Pensándolo fríamente en mi silla giratoria me pareció que ahora podía estar mejor, que fue la decisión más sensata que pudo haber tomado. Sé que esto resulta descarnado, pero me alivia pensar así.

Sólo quedan reflexiones póstumas del suicidio de Gustavo. La vida por muy caótica que fuera tenía que seguir. En esa casa de Alto Prado hice un recorrido inquieto de los espacios vacíos de un criminal cuya tesis violenta nunca retrocedió ante nada. Era parte de mi duelo convertir esa desgracia en una obra, reconstruir los hechos de la manera más egoísta posible, asumiendo un estado de agotamiento mayor, una forma desesperada de conservar a mi querido amigo en las tinieblas letras, en el éxtasis del recuerdo.

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Alexander JM Urrieta Solano

La isla, mi ciudad

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“La actualidad no tiene esperanza, y la actualidad no tiene futuro: el futuro será exactamente de nuevo una actualidad.

Estaba tan asustada que había permanecido todavía más quieta dentro de mí. Pues me parecía que finalmente iba a tener que sentir.”

Clarice Lispector

Estaba muy cansada del trabajo. Creo que una de las cosas que se me hace más difícil es mantener la compostura. Transmitir esa mirada tranquila frente a las personas que me quieren.

Quiero dar la impresión de que siempre conservo la calma y que soy fuerte, que puedo maniobrar en cualquier tipo de situación extrema. Aunque en realidad, son más las veces que me desmorono por dentro que las que puedo demostrar al exterior con franqueza.

Siempre sucede algo, como que al final de cierto punto, algún percance o situación trivial nos termina quebrando, y una se pone a llorar a cántaros en alguna soledad de vagón de metro, regresando de algún sitio agitado. En medio de los ruidos molestos y ese ambiente de asfixia general de roedores humanos, de personas agotadas como yo, con las mismas ganas de volver a sus casas. Tomar la ducha fría, si por suerte se tiene agua.

Vivir en Caracas me ha servido para refinar un tipo de silencio que me hace sentir distinta.

Me cuesta darme a entender. A veces para economizar palabras cambio algunas emociones por signos. Un ejercicio que cuando no es absurdo es indispensable para combatir el aburrimiento. Es como si se tratara de un juego personal, una especie de trama donde registro un lenguaje esotérico que me sirve para lidiar con mis rabias y tristezas, de sentirme siempre otra, de que me haya acostumbrado a sentirme cada vez más irreal.

Toda mi vida aprendí a verme con otros ojos. Y esto lo fui comprendiendo cuando empecé a sentir esos cambios toscos en mi cuerpo. Y ese ritual familiar donde cada miembro cercano empieza a decirte cómo tienes que asumir esas transformaciones. Esa obligación de tener que siempre ser linda, de llamar la atención a los hombres, como si en algún punto pasara de ser una niña a una valla publicitaria que pide una atención desenfrenada. Atención que a estas alturas de mi vida no me interesa.

Hay una especie dolor general que he sentido en mi generación. Es como si en la ciudad solo hubiese aprendido a tener miedo de todo lo que no soy

Me molesta a veces que muchos hombres, que corresponden a una muestra de interés, se disocien de la idea de que una mujer lea entre líneas. Quizá no he tenido la mejor de las suertes. Prácticamente he podido hacer una lista sobre las cualidades innatas de hombres que solo viven para ser modelos de lo que nunca se tiene que ser. La lectura no es un requisito, pero ayuda a descartar ciertas cosas y nos ahorra tiempo. Un amigo siempre me comenta que los hombres no sirven para nada. Ellos asumieron un compromiso para el cual ni siquiera fueron llamados.

Al comentar estas cosas siempre sale el comentario falaz de que soy feminista y que ese odio hacia los hombres no me hace una mujer accesible. Todos se van por los argumentos más fáciles de llevar. Sin escatimar esfuerzos en la inteligencia. Porque los hombres cuando piensan en estas cosas llevan todo pretexto a la potestad de mi vagina, y aparecen los contrastes de la cultura general, de las lecciones aprendidas en una pedagogía de guerra de los sexos y chistes de mal gusto, adjuntos de revistas y sopa de letras.

Están los extremos de que por mi condición pensante o soy rígida, o termino montada en un pedestal, porque mi aspiración más grande es tener a un hombre que me trate como una dama, algo que desde pequeños nos enseñaron, pero ¿acaso alguien simplemente no puede aprender a respetar al otro, sin conflictuarse por las distinciones? Esa idea me genera en primera instancia un imán de atracción.

Para desgracia de mi género, o de todas las grandes historias de las ideas que incluyen al género, los radicalismos establecen siempre las mejores definiciones en la masa ignorante. También con el tiempo me he dejado de mortificar por debatir con personas que sé que no tienen el mínimo interés por debatir, solo imponer su postura como si se tratara de una marca de refresco, postura política o creencia religiosa.

Muchas personas en su mayoría no están en la disposición de escuchar, sino que están concentradas en elaborar una respuesta mientras no escuchan. Responden en función de lo que le están diciendo, y de eso que apenas han retenido pero no comprendido, hacen de la comunicación un ejercicio que mortifica hasta las piedras.

Esas discusiones sobre mi condición femenina me tienen sin cuidado. Después de todo, una es la que tiene que ver cómo no permite que la sigan histerizando en esta ciudad, en este país, en este mundo, que gira en su propio eje y se apoya de un filoso falo, que por cuestiones alegóricas lo llaman en las mitologías como el Atlas. Otro hombre más.

Resulta todavía sorprendente para algunos hombres que una mujer lea, y que sobre todo escriba, con algunas deficiencias, todas las cosas que piensa. Este mundo de adultos y televisoras nos ha metido en la cabeza que las mujeres en primera instancia no piensan. Sobreviven gracias a su frivolidad y su insana batalla contra el tiempo, porque además tengo la obligación de mantenerme joven a los ojos de Dios y del resto de los hombres no tan dioses.

Pero es entendible. Estas prácticas son atribuidas a los hombres, porque nos han enseñado que nosotras no hacemos esas cosas, nuestras capacidades han sido direccionadas de otra manera. Como que sí. Al final esas mismas barreras de estereotipos nos dictaron lo que el mundo siempre ha sido.

Pasan los años y veo a las que por un tiempo fueron mis compañeras tan dependientes de sus parejas y sus oficios depresivos, sometidas en diversos grados a esa norma horrenda de tener que ser mujer, enfocadas en demostrar que son lindas y que aparte de eso son más felices que otras. Amigas que a pesar de tanta preparación no están satisfechas consigo mismas, no pueden concebir otra manera de mirar su cuerpo, ni mucho menos extender nuevos horizontes, porque pareciera que esa mirada masculina con la que se miden solo despierta rencillas entre ellas y nosotras, ante la broma que expresa un mundo donde tenemos que prostituirnos (de alguna manera) para que puedan tomarnos en serio.

Mientras se trata de vivir sin sosiegos, a nuestro alrededor pareciera que nunca dejamos de darle insinuaciones al mundo, plagado de malicia y lujurias.

Sobran los enfermos. Los hombres comunes e irrespetuosos, que parecen cortados de la misma tela embarrada en mierda, que pretenden que por cualquier cosa banal tenemos que abrirle las piernas, o tolerar con silencio e impotencia sus groserías al caminar por las calles.

¿Cuántas veces me he sentido violada por los relieves y las miradas de otros?

¿Cuántas veces sentí la traición de mis compañeras cuando en un consenso de vivencias una tiene que asumir la culpa de sus miserias? Aceptar que las cosas nos ocurren por ser tan putas.

Ante cualquier amenaza como mujer siempre tendré la culpa: porque estaba sola, porque nadie me mandó a estar en el lugar equivocado, todos juzgan de una forma tan severa las vidas que desconocen. Evidenciar cualquier error es una forma de ser tan vulnerable en estos tiempos de imágenes e hipocresía.

No quiero reducir estas molestias a la dificultad de ser mujer, pero si la de resaltar la idea de tener que existir en un mundo así y tener que ser mujer. No es lo mismo. Cada quien ha interpretado su reivindicación de la manera más viable posible. Muchos no entienden que el feminismo es uno de los tantos resultados lógicos de tantas luchas contra la diferencia que ha tenido la humanidad.

Todas las otredades han tenido que actuar de manera radical y desesperada porque el orden del mundo es tan sádico que no hubo ni hay otra manera de hacer las cosas. Esas reducciones de los esfuerzos por parte de las personas que adoran generalizar me indigna como ser humano. Críticas provenientes de seres insignificantes que no entienden el valor que tiene la palabra Lucha. No tengo que hacer de mi vagina una bandera cuando en toda mi esencia puedo establecer una completa batalla por mi gente. Mi dignidad, maldita sea.

Qué importante es aprender a reconocer los monstruos de las rutinas y la infancia. Eso es algo que Caracas me ha enseñado de la manera más hostil.

A veces cuesta aceptar que muchas de las experiencias giran en la mera idea causal de haber sido mujer. Y una tiene que aceptar esta tristeza de ser otra sin cuestionamiento porque en cualquier momento alguien te condecora con el título de loca, de que te falta sexo y aventuras, de que cada veintiocho días tengo que avergonzarme porque me sangra la raja.

Una no tiene que conformarse con las vacilaciones del mundo que solo te quiere meter el pene-paquete de que somos el País de las mujeres bellas. Como si solo bastara ese consuelo de reconocimiento tan superficial, de ser la Barbie idiota de mis círculos familiares y amigos, objeto de deseo y culto, pero propensa a que ante cualquier arranque de fobia pueda terminar flotando en el Guaire.

No puedo evitar pensar cuántos siglos de locura se evidencian en mi cuerpo, en mis palabras, en estas inquietudes amargas de sentirme sustancia y estar tan calmada ante tanto bochorno global, de esculturas célebres deportivas y descerebradas por la industria.

La ciudad es violenta de tantas maneras. Mi identidad es la de una máquina de asalto, una máquina de follar, hacer hijos y de propuestas carnales.

A pesar de los esfuerzos y esta sororidad que puedo compartir con todas mis amigas y extrañas, cada quien en su soledad asume una existencia vital como si se tratara de una isla. Somos un cúmulo de islas, de memorias comunes.

Estamos atrapados en esta ciudad invisible que pareciera estar gobernada por las apariencias y los crímenes. Aspiramos un aire más consistente para tener mejores ideas.

A falta de algo que ya no existe, Caracas siempre está surgiendo como banco de arena que exhibe sus ruinas, y que siempre permanece igual, indiferente a nuestros movimientos.

En ruinas como yo, que existe con orgullo visceral, en este cuerpo mío.

Alexander JM Urrieta Solano

 

Amor y control

Mamá pica perejil y cebolla con una destreza digamos, casi congénita.

Papá afila sus cuchillos con la paciencia de un samurái que entre sus escamas de dragón prepara todo lo necesario para prender los fogones.

Mi hermana explica la diferencia entre un café tipo gesha y un tipo moka, de los tipos de tostión y el equilibrio entre los aromas y la acidez de un café bien preparado.

Los invitados observan a mis padres en sus maniobras a cuatro manos. Ellos preguntan de manera cordial si pueden ser útiles en algo.

Mamá pide entonces que pelen ajos y separen las semillas de café y que luego las pongan en el molino de piedra.

Otro invitado se asigna a voluntad en preparar los tragos de cada uno. El voluntario prepara cada coctel con la astucia y gravedad de un brujo.

Otro barre el espacio, como alguien decidido a combatir el cambio climático.

Hay cerveza fría en la nevera. Saca y pica hielo hasta que queden al tope los vasos que hace calor y el cielo promete lluvia.

Papá bebe whisky con un poco de agua y el amigo de infancia ron seco, su mujer, bien selectiva, pide al voluntario mojitos porque desde el primero que probó supo que todo lo hacía bien.

La casa gira en función de la comida. La cocina es el epicentro de la amistad y la tertulia.

La cocina es la medida de todas nuestras costumbres. Los rituales más importantes ocurren entre ollas, cubiertos, risas, aromas y sofritos.

Mis padres amados desterrados de Indias dan a probar los resultados de una salsa buscando sugerencias.

Un poquito más de sal para esto, algo de romero y tomillo, pica más ajo para el camarón, ya verán que todo junto queda mejor.

La cocina es pura inspiración, decía mi abuelo Cabeza de Vaca, que dedicó toda su vida a la venta de carne y se ponía detrás de la oreja una rama de ruda para la buena suerte.

Hay personas, opina un extraño, que no tienen criterio ni para comer ni dar consejos.

Ven la cocina como una actividad tortuosa que tienen que ejercer todos los días al igual que las palabras.

Todo les sabe igual, y se conforman con lo precario de sus esfuerzos al crear un plato que al menos engañe al hambre.

Uno tiene que ser puntual con los amigos que escoge. Se llega a conocer a las personas mejor comiendo y bebiendo.

Los amigos son la familia que elegimos para nuestro viaje hacia la eternidad culinaria.

Tal vez, concluye el extraño, se trate de un punto de vista personal, porque en casa mi madre me enseñó siempre que uno aprende a querer desde el estómago antes que por el corazón.

Y la lengua, dijo una amiga de años, tan importante resulta ser a la hora de pedir algo. También probar afina nuestro criterio para tomar decisiones. Cada quien con su opinión. Igual es comprensible que comer sea un acto prescindible para muchos.

Nosotros hablamos desde un romance de paladar. Es difícil, pero comer es tan placentero. Incluso siento que paso cosas por encima de este placer. Sin embargo, no tengo afán de imponerle gustos a nadie.

Esta es la forma de felicidad que elegimos como tribu, nada más.

Alexander JM Urrieta Solano

Aires de familia: cómo nos acostumbramos a los billetes de monopolio

La guerra económica la perdimos cuando los borrachos de plaza empezaron a pagar sus vicios con billetes arrugados de cinco dólares. Cuando las parejas de enamorados, por un tema de apariencias, empezaron a pagar sus merengadas de oreo con billetes sueltos de un dólar y la diferencia la pasaban por el punto. Es la ironía más grande de la economía socialista. Y esto lo digo sin ánimos de molestar, aunque igual la realidad no debería molestar a nadie. Hay que asumirla como un caso clínico.

El mercado de los corotos es un lugar de nostalgia y reflexión con aires de familia. En el mercado abunda el abuso de gente que quiere salir de sus cosas de una manera desesperada. No puede ser que uno se encuentre con precios exagerados y estar consciente de eso, a pesar de no estar del todo actualizado de los precios convencionales de cosas que quieren pasar por nuevas, pero que no pueden ocultar que son de segunda, tercera y hasta cuarta mano, hay todo un manoseo especulativo de objetos indispensables para la vida diaria.

La experiencia Venezuela nos lleva a entender dos cosas: 1) todas las sanciones son económicas, pero parece que esta primicia no es del todo comprendida por los que están convencidos del advenimiento de Cristo, o en su defecto, por los que aspiran o temen la llegada de un ejército mercenario transnacional, cuya imagen está concentrada en las expectativas que nos venden los estereotipos del cine norteamericano; y 2) la soberanía es una fachada para no aceptar que la batalla por la domesticación de la barbarie la perdimos hace tiempo. No tenemos una noción del concepto de perder. Nosotros reinventamos el concepto a la sana elocuencia del empate y el sabotaje. Aquí siempre hay alguien pendiente de jodernos.

Tales resistencias, al menos las propuestas ideológicas, forman parte de la retórica revolucionaria. Lo que impresiona es que todavía hay gente convencida de esta vaina. Todas las grandes revoluciones son un bastión de grandes relatos, habladeras de paja que al final solo encuentran consuelo en las grandes reuniones de intelectuales y estudiantes soñadores. Pienso en la estafa de lo decolonial y la supuesta liberación del pensamiento (esto me deprime mucho, a veces). Muy bonito todo, todo en los libros es maravilloso, son ideas pertinentes cuando necesitas distraerte, mientras llenas tu balde de agua con un cuentagotas miserable, ves tus aparatos electrónicos morir por algún pico inesperado de corriente, o velas porque te llegue una rayita de internet para tener la impresión de que sigues en sintonía con el mundo. Y no hablemos de la vida precaria de las pocetas y la pésima programación que ofrecen las televisoras nacionales, que nos educan para hacer de nosotros seres excepcionales.

Todo ideólogo sabe que las grandes empresas nacen de pequeños relatos. Relatos que provienen de revelaciones cósmicas y solipsistas de algún sujeto sin importancia, que sumergido en la masa se vuelve el eslogan de un pueblo. Normal. Tengo toda mi vida lidiando con un malestar histórico. Ya no me hago mala vida por el fanatismo político o religioso (también productos pasteurizados de la economía). Son enfermedades históricas que como el sida y el cáncer se pueden tratar pero no erradicar. Por eso no me extraña el funcionamiento del cerebro de algunos venezolanos actualmente. Hay muchos que quieren economizar en la medida que se devalúan.

Entiendo la decepción de los adultos por nuestra generación de poco esfuerzo cerebral y mucha selfie. Con sinceridad no deberían esperar nada de nosotros, nadie les exigió nada a ellos. Pero coño, no podemos darle la razón a todos. No tiene tampoco que haber un esfuerzo por tratar de convencer a alguien. Son momentos tan líquidos y voraces que lo que podamos decir hoy puede perder todo su sentido mañana. Tampoco pueden estar creyendo que la idea de reconstrucción y futuro motivan alguna maniobra extraordinaria por parte de la juventud. Ya nada debería asombrarnos.

Volviendo al mercado de los corotos. Tampoco nada de lo que podía encontrar allí me sorprendía. No es de extrañar que alguien me quiera vender un libro de la saga de Crepúsculo en 10$ porque «está en buen estado y es un libro muy bueno, un best seller». Siempre hay una primera vez. «Yo me leí todos los libros de García Márquez, qué maravilloso ese hombre». No me interesa. «Por acá tengo otra joya de la literatura: El Principito, en 5$», «las 7 leyes espirituales sobre el éxito de Chopra, Los hombres son de marte y las mujeres de Venus…este libro te puede servir para que nos entiendas a nosotras, las mujeres (me guiña un arrugado ojo derecho, qué pésima vendedora)…te lo dejo barato: 4$». Ok. Tengo que admitir que por un momento sentí que estas vendedoras me estaban viendo la cara de estúpido.

Por otra parte me quisieron vender una serie de enciclopedias Espasa (incompleta), a un precio tan trivial y lamentable que puse en consideración la compra de un par de medias, que viéndolo objetivamente resultaba una mejor inversión para mi futuro incierto, exento de dólares y billetes de monopolio. Internet acabó con el negocio de las enciclopedias. Ahora vivimos en un mundo de ignorantes que creen estar informados porque cuentan con una sesión abierta en alguna parte. Las enciclopedias ahora son pilas que forman parte de reliquias innecesarias en hogares fragmentados por las deudas y el milenio. Ante toda la situación de oferta en el fondo escucho una conversación de los mismos vendedores del mercado. Hablan de que hay personas que abusan (o tal vez no saben) sobre las conversiones de bolívares a dólares en los productos que ofrecen en sábanas extendidas: «la viveza criolla nos hace tanto daño». Oye, no lo sabemos, quizá se trate de lo mejor que nos ha pasado en la historia de las ideas. Eso y la idea del mestizaje, porque eso justifica que en este país no haya racismo, y eso es un verdadero alivio ¿Verdad?

En la panadería que está a una cuadra de mi casa venden muchas cosas ricas pero un pan asqueroso. Para que el pan sea rendidor le ponen más levadura a la masa y el sabor es dulzón y molesto, aparte que si no te lo comes rápido a los dos días el pan se convierte en un arma tiesa medieval. Como todos los locales prolíficos de la ciudad esta panadería cuenta con una caja que recibe dólares. El mostrador ofrece ofertas de Nutella y Pringles al mismo precio que estaba el libro de la saga de Crepúsculo en el mercado de los corotos: un frasco por 10$, tres Pringles por 15$, Nerds en 5$, y así. Los clientes típicos de la panadería me parecen una deformación grotesca del país. No se tratan de modelos absolutos, pero si sospechosamente endémicos. Las mujeres son una aleación entre plástico y cosméticos; los hombres son Hércules andantes de publicidad deportiva y exceso de gimnasio.

Creo que hay muchas familias que se están formando bajo el espectro de Htv, (insisto que esto no se trata de un prejuicio). Toda esta carnicería estética tiene como forma de pago el dólar, que humilla las pilas de bolívares, porque al final la lógica de la economía consiste en un amplio programa de juegos. Para poder gastar los bolívares en cualquier capricho debemos hacer como si no tuvieran ningún valor, eso incluye a las personas, lo que consumimos, lo que desechamos, incluso nosotros mismos ya convertidos en cachorros imperiales.

Una vez devaluado el billete solo queda el juego de los signos y las políticas públicas, fichas reducidas a elementos para facilitar nuestro andar por las casillas de monopolio en una ciudad donde los habitantes no tienen idea de lo que son. Es importante que bajo ningún concepto nos pongamos a pensar en el precio de las cosas. De esta manera resulta más sencillo ajustar los valores en función de la Necesidad, la única moneda de valor inalcanzable, medida de todas las circunstancias y las cosas. En este universo paralelo, inexplicable para aquellos que no viven aquí, el consumidor promedio se hace la idea de que vive en los límites de un cuerno de la abundancia ficticio, donde el contraste de la gente comiendo de la basura, y las bandas de mendigos que no llegan a los quince años, y las vitrinas repletas de cereales Trix y Captain Crunch dan la impresión de que todo es generosamente ofrecido. En el juego está permitido ver pero no poseer. Y sin embargo, a pesar de todas estas incongruencias seguimos estando mal.

Alexander JM Urrieta Solano

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Las casualidades no existen. El recuerdo tiene la función de un gatillo explosivo. Las personas que nos piensan siempre quedan en un reflejo. Se accionan cuando uno menos lo piensa, se accionan en una imagen cualquiera. Las noticias del otro llegan a velocidades insensatas. La distancia puede obviar el pesar del pensamiento. Una persona que pesa fuerte en el cuerpo se queda, es lo único que puedo decir con propiedad. Se acomoda el recuerdo de alguien en nosotros, como una costra en la piel. Toma el espacio a nuestro consentimiento, total uno permite lo que desea. Por eso ciertas enfermedades son sanas, porque alivian el cuerpo.

Un maestro inmenso me dijo que lo ideal era escribir sobre nuestras obsesiones. Lo mío era lo irremediable, lo que ya no estaba. Revisaba en mis gavetas como un enfermo con esa expectativa de hallar algo que me llenara, algo que ya no tenía conmigo. Comprendí que las personas que ya no se pueden tocar las puedes tener en objetos-recuerdo; cosa tonta pero eficaz, cuando no cuentas con paliativos todo se vale, así sea el detalle de eso que nos hizo llorar y reír al mismo tiempo. Es importante admitir que la enfermedad es innata, única para uno mismo. Nada de reproches, esto es un asunto personal. Alguien entra en el cuerpo de uno y se queda, la ausencia es lo de menos, lo que duele es el olvido, sentir que no servimos para el otro. Cierro una idea repetida tantas veces hasta el cansancio.

Todas estas pequeñas cosas valen cada segundo. Me arrepiento un instante por seguir adelante. Es un remedio lamentable. Practico como puedo. La lectura también es una enfermedad. Escribir es algo peor, es un ejercicio que puede prescindir de los méritos, uno ya no sabe para quién escribe. Total, ¿quién rayos nos lee?, tal vez no lleguemos a la persona que queremos, a ese objetivo cronometrado, al que detona estas palabras que de forma desesperada tratan de dejar algo, al menos un mensaje de Te extraño profundamente en el alma, quizás. Dirán muchas veces que ya no tengo remedio, que no tenemos remedio, pero somos un grupo de gente que se hunde en las mismas arenas movedizas. Pero sin embargo es una bendición estar enfermo. Un ser rebelde es aquel que se encuentra informado. No sé, ignorar es una garantía de ser feliz.

Se escribe a una musa de manera ingrata, sin fines de lucro. A ella tal vez ya no le importen mis palabras. Es algo comprensible, tal vez nunca he tenido la fuerza suficiente para redactar urgencias, debo estar tan decepcionado como para publicar mi desnudez. No me jacto de ser grande, pero admito que cada vez que escribo para ella me inflo de valor absurdo, pues no soy más que una mancha en la hoja, un punto y aparte. La historia sigue adelante. Ella en su vida y yo en la mía. Nadie puede entender una historia ajena. Eso tan íntimo viene a ser la reliquia personal de la felicidad.

He mejorado en cada cosa que escribo (creo yo). Es claro que siempre te he escrito. Aprendí que dejarse llevar es una forma de ser libre, pero cuando uno recuerda los posibles porvenires uno se llena de ansiedad y tristeza, pero no queda más que anhelar en silencio, pues nadie entiende esto salvo nosotros, salvo yo solo, porque admito que recuerdo de forma constante como si ya me hubiesen olvidado. Escribo mejor, o es lo que me dice el paso del tiempo. La práctica, la soledad, sirven como garantía al fin de estas ideas, es un ejercicio muscular, de oficio elástico de atleta condenado al fracaso. Igual no puedo acostumbrarme a las ausencias, me cuesta muchísimo, pero no tengo de otra. No sólo por ti, sino por todos lo que se van sin avisar, de un día para otro. Vivo en una ciudad de despedidas. Redacto como un loco un diagnóstico de país. Estar enamorado de algo fijo carece de importancia, ya nadie está interesado en seres pasionales, vale verga la nostalgia. Todos queremos cambios pero nadie quiere cambiar. Entonces, de manera rotunda y apocalíptica, concluyo que nos merecemos lo que tenemos.

Feliz fin de país, donde sea que te encuentres.

Alexander JM Urrieta Solano

Figuraciones de la memoria

Escribe que algo queda. En nombrar las cosas nunca hubo un primero. Todo se repite. Lo que varía por supuesto son los errores. La memoria de uno es la memoria de todos, por lo tanto los fracasos siempre son colectivos y la gloria sin duda la virtud de uno solo. Majestuoso. La vida es un juego de ruedas sobre ruedas. Incesante vínculo desastroso. Ruinas circulares. Hay algo en parte azaroso en nuestra forma de decir las cosas, pero más en las miles de formas de callarlas; tenerlas ocultas como si en el secreto se pudiese cotizar algo increíble. Escribe que algo queda. Una palabra que necesita de otra para ser explicada. Un ladrillo sobre otro para levantar un muro de contención con grietas que evidencian todo un compendio de culpas. Silencio. Todo eso que antecede al movimiento, a esa palpitación cardíaca proveniente de los tambores. Percusión de horrores que acusa en un escándalo sostenido al asesino.

Escribir. ¿Tiene esto alguna utilidad? Resulta pertinente encerrarse en los límites confusos de estas palabras, distantes de todo fin, propensas al encierro que proponen los descuidos y las gavetas. Cada texto es un pequeño fragmento de nosotros. Una confesión no está exenta de la burla ni la vergüenza. Intimidad meticulosamente aprobada para exponer al público, o tal vez un disparate accidental que en un principio creímos inconcebible compartir. Una de tantas pistas que dejamos colando en un universo infinito de partículas. Un tributo sutil a la in(existencia).

Se puede hablar de lo mismo siempre pero no de la misma forma. Esto para mí ha sido la inquietud más grande. La forma. La voz. El hilo discursivo con que vamos empatando las cosas, las ideas que no terminan de pensarse por completo. Entonces el argumento es jactarse de poder decir algo a medias, sabiendo en el fondo que nunca lograremos terminar de explicar nada.

Elena. La primera palabra. Tengo que aclarar desde un principio que lo que voy a contarles se trata de una novela inconclusa. Nunca hubo intensiones de terminar nada. La verdad esto bien se puede tratar de una lectura de comienzos, dedicada a lectores de principios, honestos, que saben muy bien que cuando la trama no funciona se puede tomar la opción de abandono sin remordimiento. Para dejar morir un texto lo que sobra son las excusas. Lo que a veces es reprochable tal vez es la tristeza con la que se deja para siempre ciertas cosas.

Ojalá la vida fuese así de sencilla. Donde pudiese marcar mis propias pausas sin llevar a rastra las molestias de aquellas cosas que dejé incompletas. De tener el recurso del abandono siempre presente como un comodín-botiquín de primeros auxilios. ¿Cuántas veces se me hubiese permitido utilizarlo a cuesta de infames y retorcidos pretextos, que ya por pertenecer al pasado ya no vienen al caso? Saco la cuenta. Cuentas, porque nuestro bagaje así no nos guste es plural, retorcido, lleno de lagunas y celuloides en llamas.

Hubiese tenido el privilegio de haber dejado tantas cosas a la mitad, haberme librado de la pesada carga de dar por terminado algo. Insisto que para mí terminar siempre me ha parecido difícil. Cosa distinta a los comienzos, a las sangrías, a ese abismo entre el suspiro y la hoja, ese inhalar profundo que me recuerda que a veces se puede ser bueno reteniendo hasta el polvo nuclear del aire.

Elena. Te había preguntado una vez qué era la memoria. Quería elaborar mis propias definiciones de ella. Pero de forma inconsciente resumía lo que había escuchado y leído en otras partes.

La memoria es un salpicado de islas. La memoria es volver al índice de referencias.

La memoria es un almacén de escombros. La memoria es una pila de cartas ya jugadas.

San Agustín en sus Confesiones define la memoria como el estómago del alma. ¡Qué bicho! ¿¡Cómo llegó a esas conclusiones!?

La memoria es el depósito de los recuerdos, la capacidad de recordar lo que hemos creído haber olvidado. Esa chispa del instante, explosión fugaz. Eso Elena, eso también tiene que ser la memoria: aquel polvo siniestro que deriva de nuestros actos incongruentes.

Olvidar también es una necesidad. El olvido es la memoria descartada. Eso que se escurre por las grietas del cerebro. Olvido. Hay una estricta relación entre una palabra y la otra. Entre eso que ha sido y lo que vendrá, de ese imposible nosotros cuesta arriba. Cada día que pasa con tu ausencia se desvanece un mundo paralelo en donde hubiésemos podido ser felices, ridículamente felices. La virtud de olvidar ciertas palabras es lo que nos permite crear otras nuevas. Conjugar el olvido es parte de la anatomía de la memoria, de sus procesos oscuros de fluidos alquímicos. Hay tantas formas de pensarnos apoyándonos en aquello que pudimos haber sido.

Resumen. Llegaste un mes de junio. Te fuiste en agosto. No podemos medir con exactitud todos los detalles de nuestras alegrías. Basta con dejar un inventario de las frustraciones. Sé que es enfermizo pero admito que me produce cierto tipo de placer.

Yo trabajaba en la librería vasca. Tú en un taller de artes visuales. Nos encontrábamos en la cola para pedir café. Te gustaba el expreso y a mí el marrón claro. Quizá les parezca tonto pero son a partir de los detalles que se entiende la complejidad de las personas. De amigos íntimos a romance índigo. Luego ese lugar común que todos resumen como amor. Luego los desencantos, la antesala de todas las rabias que justifica cualquier crimen.

Ya no tengo palabras para elaborar una historia concisa de aquello que creí tan mío, sólo hablar de las consecuencias.

Cerca del delito ella pudo elegir si quedarse o irse a Barcelona. ¿Cómo se puede anticipar una declaración de fuga a partir de un margen de error? Los accidentes ocurren todo el tiempo. Elena. Cuesta saber hacia dónde van nuestros inventos. De ahí la incertidumbre de no saber hasta dónde llegan nuestras palabras, nuestras ficciones sin finales felices.

Diez días custodié tu cadáver. Hay que ver que se necesita una tolerancia casi visceral para los olores que emana la muerte. Pero si eran los tuyos, ¿por qué habrían de perturbarme? Cuesta lidiar con la putrefacción y el desgaste injusto de los cuerpos. Lo cierto es que no soporté demasiado…

No puedo continuar escribiendo porque ya no soporto tu silencio.

He tratado el reelaborar esta historia tantas veces. Insatisfecho, dejando de lado cada detalle que exponga la infamia, y que a su vez logre por su propia cuenta sugerir un giro fabuloso.

Imposible. Mejor es claudicar, huir si se puede.

Alexander JM Urrieta Solano

 

Relato Etnográfico: experiencia en el mercado de Corotos

El Bachiller inocente (Apuntes a modo de introducción)

Para mi proyecto etnográfico tenía pensado observar el mercado de corotos que se hace los domingos en la sede de Acción Democrática, en El Paraíso. Hacer un recorrido breve, de proporciones reflexivas, sobre la relación que tenemos los occidentales con los objetos.  Debo admitir que la propuesta de salir a campo es una formalización del movimiento. Asumir una postura: un rol de investigador, cuya presencia altera también la cotidianidad de otras personas. La memoria juega un papel importante dentro del registro de aquello que se observa. Es un constante intercambio donde las personas te van dejando cosas, datos, palabras, detalles importantes para nuestro hacer etnográfico, o en mi caso particular, experimentos literarios, con cierto sustento científico de orden antropológico y sociológico.

¿Cómo justificar la validez de un estudio etnográfico? Además de un breve respaldo teórico, el escrito dependerá de la experiencia del investigador.  El aspecto no verbal de la cultura envuelve lo que reclama el silencio, lo que antecede al movimiento. El aspirante a esta forma de entender al otro, el etnógrafo, debe entender en primera instancia que sólo se llega a un aproximado de las cosas. Entrelazar diversas interpretaciones a partir de nuestro filtro particular. Es preciso llevar entonces un diario para llevar un registro de lo que se percibe (considerando que, el acto de escribir puede provocar consecuencias en el espacio, y también pérdida de información). La escritura forma parte de un ejercicio disciplinario y un acto de composición. Ambas cuestiones, se correlacionan en una poética de la observación e interpretación.

El orden del coroto

Coroto es una voz de origen indígena, que designa una suerte de recipiente proveniente del fruto del árbol del totumo (Crescentia cujete). Más adelante, la palabra vino a usarse para designar todo tipo de cosas o asuntos como forma de auxilio (Pérez, 2011). Luego la misma palabra en la búsqueda de su orden etimológico fue relacionada con un célebre pintor francés llamado Camille Corot. En resumidas cuentas, la palabra en la actualidad sirve para designar objetos: artículos de segunda mano, porque la palabra puede pasar de sustantivo concreto a un adjetivo calificativo, o en el menos común de los casos hasta uno peyorativo.

El Mercado: Lugar y no Lugar

Asistí cuatro domingos seguidos al Mercado de los Corotos, guiado por el interés de conocer las dinámicas de una venta de productos usados. La sede principal de Acción Democrática es un espacio que se presta para hacer diversas actividades durante la semana. Los días miércoles por ejemplo, hacen un mercado de alimentos fijo, donde venden carnes y hortalizas a precios (relativamente) económicos. También se organizan desde fiestas de cumpleaños, hasta conciertos de rock, pero estos son eventos esporádicos.

El Mercado de Corotos es un espacio que evoca al recuerdo drásticamente. El espacio público, en un primer sentido, es el espacio institucional en el que se elabora la opinión pública y se propicia el debate (Augé, 2004). La Casa de Acción Democrática es, en primera instancia, un lugar, puesto que en él se expresa la identidad, la relación y la historia de los diferentes sujetos que hacen vida en ella; por otra parte, este espacio también es un no lugar, en la medida que no expresa nada, es decir, que no se realizan intercambios de identidad y significación, sino que más bien se puede convertir en mero espacio transitorio: de estadía temporal. Entonces podemos decir que el mercado es tanto Lugar como No Lugar.

De los cuatro días que fui al mercado el primero me dediqué a hacer un ejercicio de observación. Luego el resto de los días me propuse conversar con diferentes vendedores del mercado, hice mi tanteo con casi trece vendedores, de los cuales sólo tres personas me dieron la información que en mi tanteo inocente, creía estar buscando. Entendí que no todos están dispuestos a conversar, si acaso no hay venta concretada no hay palabras que valgan, así sean por mera curiosidad. Me costó mucho. Mi proceder fue improvisado y en ciertos casos torpe e insuficiente. A falta de grabadora me aferré a mis escritos en el diario de campo: mi único registro posible, sustentado en la palabra.

Para los occidentales, los objetos se van devaluando en la medida que surgen otros que lo reemplacen, pues así funciona la lógica de la innovación dentro de las sociedades de consumo. Entre mis dilemas sobre la etnografía, puse en duda la viabilidad de este espacio. No obstante conservé en pequeñas dosis mi esperanza.

El primer domingo, luego de una observación de casi dos horas me dispuse a elaborar un inventario, puesto que consideré crucial destacar qué tipo de artículos conforman o entran dentro de la categoría totalizadora del coroto. Durante los cuatro domingos que asistí, formulé mi propia tipología del coroto. Considerándome un neófito en asuntos etnográficos elaboré un inventario de los corotos comunes en orden de prioridades: ropa, calzado, juguetes, utensilios de cocina, componentes electrónicos, herramientas, platos y figuras de cerámica y vidrio, adornos de madera y porcelana, material de papelería, enciclopedias, textos escolares (los libros literarios son escasos o casi inexistentes), bisutería y cosméticos.

El segundo domingo, luego de haber adquirido un diccionario de latín-español pude establecer una conversación con el vendedor Rubén Gonzales, (mi primer informante). Vendía pantalones, películas, correas y artículos deportivos. En una cesta tenía un conjunto de libros que parecían ser tomados al azar, puesto que no abarcaban un tópico en particular: iban de manuales de ortografía a folletos del derecho civil, y novelas cortas de esas que formaron parte de un inventario escolar: Casas muertas, Pedro Páramo, un libro forrado con un papel contact de Mickey mouse que al abrirlo titulaba El lobo estepario. El libro que compré pertenecía a su hijo: “Se lo pidieron para el bachillerato y nunca lo usó. Terminó el colegio y se puso a estudiar derecho y se desentendió de los libros”. No entendí qué relación había entre una cosa y la otra, admito que me hizo ruido lo inusual que es entrar en la carrera de derecho y desentenderse del latín, pero eso no venía al caso. Aproveché el comentario sobre el hijo para preguntarle la procedencia de sus corotos: “Hay unos que son míos y otras cosas que no, ropa que ya no me queda o que pasó de moda; estas de acá por ejemplo (señalando los artículos deportivos), eran de un sobrino mío de Puerto Ordaz que se fue del país. Para mi suerte las ideas fluyeron solas, y sin preguntarle me contó los motivos de montar un tarantín: “La cosa está difícil, ya uno no le queda otra que ponerse a buscar corotos que sirvan para vender, no es mucho pero algo es algo…ese libro que te estás llevando es un regalo…barato te lo dejé”. ¿Y le ha ido bien?, le pregunté: “más o menos, la clave está en tener algo que la gente necesite, no te puedo decir si es bueno o malo eso, porque mira tú, hay domingos donde no vendo nada de nada, pero hay otros donde te puedes encontrar con un cliente (como tú) que encuentre en tu puesto algo que andaba buscando desde hace tiempo”. ¿Entonces es una cuestión azarosa?, pregunté de nuevo: “casi siempre, el que busca encuentra, yo pienso que es cuestión de suerte, aunque no te creas, hacer la venta es difícil, porque sabes, al final son corotos y mucha gente va pendiente de que le regalen las vainas, y eso no es así”.

Podemos separar las relaciones del mercado en dos tipos de personas (tomando en cuenta que no son sólo las únicas): En los que van al mercado para adquirir corotos, y los que van al mercado para deshacerse de ellos. Es un asunto que se basa en el intercambio, no sólo monetario, pues aquí se manejan (a veces) las dinámicas del trueque, siempre y cuando los corotos a intercambiar sean equiparables en escala de intereses y funciones, y cuando no resultan tan evidentes se recurre al equivalente de los precios en contraste con el mercado imperante. No obstante, está el recurso del regateo: pues siempre se puede conseguir bajar la oferta de quien ofrece sus corotos.

El tercer domingo, luego de la adquisición de una baraja española, establecí conversaciones con la señora Mariela Echenique y su vecina de tarantín Miroslava Azorla, que para no desfavorecerla en su negocio, también le compré un folletín turístico con un mapa de la ciudad Caracas y un par de bolígrafos paper mate. Convencido de que no botaba mis riales me consolé en los fines académicos. Seguí con mis experimentos. La señora Mariela era una psicóloga egresada del pedagógico de Caracas, ya jubilada aprovechaba sus días de ocio para vender lazos y torta de pan que ella misma hacía con su hija, Camila, estudiante de comunicación social en la Santa María: “Después de la muerte de mi marido quedamos solas y bueno, lo que queda es vender lo que queda de él, ocupa espacio en la casa, y si tengo la oportunidad de salir y ganarme alguito está bien, además esta crisis nos obliga a todos a sacar ganancias de lo que sea, pero en lo personal disfruto vender más tortas que ropa de viejo”. Era demasiado contenido para unas preguntas vagas, tenía que aprovechar que contaba con tres informantes potenciales; traté de buscarle conversación a Camila pero ella cedió poco (por no decir que estaba poco interesada), iba a venía, como suelen hacer las chicas que se saben importantes y guapas. No quise dar crédito a mis prejuicios, puesto que no podía evitar sentirme atraído por la hija de Mariela. Por suerte se fue un rato largo, y pude seguir con mi empresa etnográfica ¿Las cosas de su marido no le han provocado nostalgia?, pregunté: “Al principio es duro, pero las cosas ya no son de él, no son de nadie porque ya no está…a veces pega sabes, un día quieres vender todo y otro día no quieres vender nada, pero sabes, las cosas materiales no duran, uno se muere y son los vivos los que tienen que lidiar con los corotos. Mi hija no estaba de acuerdo, pero luego terminó asumiendo que las cosas en la casa eran un estorbo insoportable”. El duelo vive en los corotos, dije sin pensar: “El polvo hijo, el polvo se pone a vivir en los corotos, ya no tengo tiempo para la limpiar y ordenar, estoy cansada, ya poco a poco las cosas se las irán llevando…siempre hay alguien interesado, siempre hijo”.

La señora Miroslava era ama de casa, casada y con dos hijos que después de graduarse se fueron del país. Ella vendía su ropa y calzado que por los años ya no tenía oportunidad de ponerse: “Tú dices que eso no importa, pero cuando pasan los años te das cuenta de lo anticuada que son las cosas que compramos; yo en los ochenta me ponía esta ropa pero ahora me da pena andar con eso, estoy vieja. Eso ahora lo compran las chamas a si de tu edad, y como de la edad de Camila”. La moda es cíclica, usted se puede poner lo que quiera, le dije. Vi que en su puesto tenía en una esquina una pila de libros (otra vez de orden escolar, más un libro manualesco de sudokus y una guía turística de Elizabeth Kline del año 98). En mi inconformidad con las propuestas literarias que tenía le pregunté si tenía más libros: “Tengo más libros, pero no los puedo traer todos porque pesan mucho. Tú te imaginas, tendría que además de traer esta maleta donde me traigo la ropa, traerme otra para los libros. Los libros pesan y son molestos cuando nadie los compra, luego llueve, se te mojan y se ponen feos, por eso me quedo con la ropa, con el sol se vuelve a secar y no pasa nada, es muy raro que traigan libros, si alguien me ayudara podría traer más, tampoco son rentables, a muy poca gente le gusta leer, yo me quedo con mi ropa vieja”. Evidentemente tenía razón, no fue hasta ese momento que consideré las dificultades logísticas de mover los corotos de un lado a otro.

De los cuatro días que fui al mercado el último domingo fue el menos fructífero, puesto que un palo de agua hizo que el mercado cerrara sus puertas más temprano. Aproveché la circunstancia para elaborar en mi cuaderno unos apuntes finales sobre la casa de Acción Democrática, pero sinceramente no hice nada. No hablé con nadie ese último día, aunque estaba dispuesto a volver a contactarme con algunos de los tres informantes anteriores pero por la lluvia habían dejado el espacio temprano. Tampoco los vi. Lo inesperado nos obliga a forzar nuestro análisis, la falta de tiempo y experiencia nos facilitan las vías para concluir, de alguna forma u otra. Sin embargo uno está sometido a lidiar con resultados escuetos que bien nos llevarán a conclusiones no del todo alentadoras. Aunque siempre se abre la posibilidad de volver, pues toda investigación se cierra ante la apertura de una nueva. Me comprometí a mí mismo volver todos los domingos, por el simple hecho de estar rodeado de recuerdos. Un comentario que para un relato etnográfico está demás, pero que sin duda dice más que cualquier registro o cita académica. Siempre queda algo por decir.

Los objetos evocan recuerdos, hay cierta intimidad concentrada en ellos. Ya no podemos hablar del objeto como tal sino cómo el objeto nos hace sentir, he ahí el dilema que envuelve estos espacios. El mercado de corotos ya de por sí evoca nostalgia. No podía evitar quedarme en un puesto viendo la cantidad de cosas que me trasladaron a la infancia: juguetes noventeros. Recuerdo con mucha alegría un puesto donde estaban vendiendo una cartuchera llena de tazos; otro puesto estaba vendiendo un Nintendo 64; otro vendía un castillo y barco pirata de Fisher Price; un tarantín distante vendía dvds de Kurosawa y la trilogía de Star Wars en VHS…puras reliquias (y fetiches) de la cultura occidental. Sin duda este trabajo con ínfulas etnográficas fue un ejercicio de regresión constante: era un sujeto que en sus intenciones de ver sujetos, terminaba sucumbiendo ante los objetos y el recuerdo.

Alexander Urrieta Solano

Bibliografía

  • Pérez, Francisco Javier (2011): Diccionario histórico del español de Venezuela. Caracas: Bid & Co. Editor
  • Augé, Marc (2004): ¿Por qué vivimos? Por una antropología de los fines. Barcelona, España: Gedisa.

Apuntes para un taller

I

El blog es una especie de taller donde plasmamos cosas que dejan de pertenecernos. Un ejercicio virtual para no salir de la rutina; publicar nos hace sentir que al menos se hace algo con el ocio. Igual no importa. Hay tantas cosas que ahora todas parecen ser determinadas por el azar. Uno trata de darle una explicación cósmica a cualquier cosa que nos resulte trascendental en nuestro día a día. Rutina mecanizada y drástica, vamos justificando las dichas, como tratando de sobrellevar las lagunas que provoca el instante.

Uno escribe siempre pensando en un potencial lector, un otro distante, desconocido o tal vez cercano. Se supone que todo forma parte de un entrenamiento, letra y pulso, no olvidemos que el músculo más fuerte del cuerpo es la lengua… qué tanto practicamos, de qué forma hacemos uso de las palabras. Yo me pregunto: ¿Somos de esos pueblos condenados a vivir de la nostalgia, o la repetición laudatoria? Acaso es un rasgo absoluto. Entonces, re-inventar todo resulta un imperativo forzoso. Empresa titánica la de impensarnos fuera de toda narrativa de fracaso. Como que hay que estar a la par del mundo en constante movimiento: pretender que descubrimos el agua tibia, cuando ahora todo gira en función de una economía del plagio.

Leí una vez que las grandes ideas se escribieron en el siglo XIX, lo que ahora vemos es un refrito de lo pensado, el reciclaje de la originalidad, que se codea con la ignorancia y el mal gusto de las masas esquizofrénicas, que viven en la sublime amnesia que produce el porvenir. Por suerte lo fantástico se alimenta de la inagotable imaginación de los seres humanos. Imaginación, punto de partida, matriz de los hechos, macrocosmo del proceso creativo. Y yo que nunca he escrito un cuento dejo a la voz pública el registro de mi derrota. Escribir por escribir cumple sus funciones terapéuticas.

II

Pienso que esta ciudad dentro de sus ínfulas de ser única, se asemeja a cualquier otra ciudad del resto del mundo, ¿o es que el deterioro sólo se encuentra en el bajo “tercer” mundo? ¿Hasta cuándo asumir las mentiras del hombre blanco? ¿Hasta cuándo creernos plenos borregos en esta dictadura de pensamiento? Naciones soberbias encerradas en su propia exaltación. Occidente es un pandemónium de bestias y dioses, pues cada pueblo tiene lo suyo. Las ciudades en occidente, todas, son un espacio destinado a la aculturación. A esa soledad de apartamento que asfixia. Se vive del pipazo y la arcilla, la compañía de los libros y el reproductor eterno, del disco eterno, que narra la vida breve, fugaz y estática… Rincón de universo es el cuarto de uno. Lentamente se vuelve una jaula de hierro, y vamos repitiendo los conjuros para poco a poco ir desapareciendo.

III

Casi siempre olvidamos la conclusión. Todo sucede tan rápido que no hay momento para reflexiones más extensas, pues por los momentos uno está convencido de haberlo dicho todo: aparentemente todo. Instantes fugaces como orgasmos, el lugar común que nos recuerda lo mucho que uno desea su cuerpo, y lo mucho que necesita estrecharlo con otro. No quiero tampoco caer es discusiones corporales. El fin nos obliga a postergar estas ideas para otro momento. Debo seguir trabajando en ellas. Siempre queda algo por decir (?)

Alexander Urrieta Solano

La secta de los treinta

por Jorge Luis Borges

El manuscrito original puede consultarse en la Biblioteca de la Universidad de Leiden; está en latín, pero algún helenismo justifica la conjetura de que fue vertido del griego. Según Leisegang, data del siglo cuarto de la era cristiana. Gibbon lo menciona, al pasar, en una de las notas del capítulo decimoquinto de su Decline and Fall. Reza el autor anónimo:

«… La Secta nunca fue numerosa y ahora son parcos sus prosélitos. Diezmados por el hierro y por el fuego duermen a la vera de los caminos o en las ruinas que ha perdonado la guerra, ya que les está vedado construir viviendas. Suelen andar desnudos. Los hechos registrados por mi pluma son del conocimiento de todos; mi propósito actual es dejar escrito lo que me ha sido dado descubrir sobre su doctrina y sus hábitos. He discutido largamente con sus maestros y no he logrado convertirlos a la Fe del Señor.

 »Lo primero que atrajo mi atención fue la diversidad de sus pareceres en lo que concierne a los muertos. Los más indoctos entienden que los espíritus de quienes han dejado esta vida se encargan de enterrarlos; otros, que no se atienen a la letra, declaran que la amonestación de Jesús: Deja que los muertos entierren a sus muertos, condena la pomposa vanidad de nuestros ritos funerarios.

»El consejo de vender lo que se posee y de darlo a los pobres es acatado rigurosamente por todos; los primeros beneficiados lo dan a otros y éstos a otros. Ésta es explicación suficiente de su indigencia y desnudez, que los avecina asimismo al estado paradisíaco. Repiten con fervor las palabras: Considerad los cuervos, que ni siembran ni siegan, que ni tienen cillero, ni alfolí; y Dios los alimenta. ¿Cuánto de más estima sois vosotros que las aves? El texto proscribe el ahorro: Si así viste Dios a la hierba, que hoy está en el campo, y mañana es echada en el horno, ¿cuánto más vosotros, hombres de poca fe? Vosotros, pues, no procuréis qué hayáis de comer, o qué hayáis de beber; ni estéis en ansiosa perplejidad.

»El dictamen Quien mira una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón es un consejo inequívoco de pureza. Sin embargo, son muchos los sectarios que enseñan que si no hay bajo los cielos un hombre que no haya mirado a una mujer para codiciarla, todos hemos adulterado. Ya que el deseo no es menos culpable que el acto, los justos pueden entregarse sin riesgo al ejercicio de la más desaforada lujuria.

»La Secta elude las iglesias; sus doctores predican al aire libre, desde un cerro o un muro o a veces desde un bote en la orilla.

»El nombre de la Secta ha suscitado tenaces conjeturas. Alguna quiere que nos dé la cifra a que están reducidos los fieles, lo cual es irrisorio pero profético, porque la Secta, dada su perversa doctrina, está predestinada a la muerte. Otra lo deriva de la altura del arca, que era de treinta codos; otra, que falsea la astronomía, del número de noches, que son la suma de cada mes lunar; otra, del bautismo del Salvador; otra, de los años de Adán, cuando surgió del polvo rojo. Todas son igualmente falsas. No menos mentiroso es el catálogo de treinta divinidades o tronos, de los cuales uno es Abraxas, representado con cabeza de gallo, brazos y torso de hombre y remate de enroscada serpiente.

»Sé la Verdad pero no puedo razonar la Verdad. El inapreciable don de comunicarla no me ha sido otorgado. Que otros, más felices que yo, salven a los sectarios por la palabra. Por la palabra o por el fuego. Más vale ser ejecutado que darse muerte. Me limitaré pues a la exposición de la abominable herejía.

»El Verbo se hizo carne para ser hombre entre los hombres, que lo darían a la cruz y serían redimidos por Él. Nació del vientre de una mujer del pueblo elegido no sólo para predicar el Amor, sino para sufrir el martirio.

»Era preciso que las cosas fueran inolvidables. No bastaba la muerte de un ser humano por el hierro o por la cicuta para herir la imaginación de los hombres hasta el fin de los días. El Señor dispuso los hechos de manera patética. Tal es la explicación de la última cena, de las palabras de Jesús que presagian la entrega, de la repetida señal a uno de los discípulos, de la bendición del pan y del vino, de los juramentos de Pedro, de la solitaria vigilia en Gethsemaní, del sueño de los doce, de la plegaria humana del Hijo, del sudor como sangre, de las espadas, del beso que traiciona, de Pilato que se lava las manos, de la flagelación, del escarnio, de las espinas, de la púrpura y del cetro de caña, del vinagre con hiel, de la Cruz en lo alto de una colina, de la promesa al buen ladrón, de la tierra que tiembla y de las tinieblas.

»La divina misericordia, a la que debo tantas mercedes me ha permitido descubrir la auténtica y secreta razón del nombre de la Secta. En Kerioth, donde verosímilmente nació, perdura un conventículo que se apoda de los Treinta Dineros. Ese nombre fue el primitivo y nos da la clave. En la tragedia de la Cruz —lo escribo con debida reverencia— hubo actores voluntarios e involuntarios, todos imprescindibles, todos fatales. Involuntarios fueron los sacerdotes que entregaron los dineros de plata, involuntaria fue la plebe que eligió a Barrabás, involuntario fue el procurador de Judea, involuntarios fueron los romanos que erigieron la Cruz de Su martirio y clavaron los clavos y echaron suertes. Voluntarios sólo hubo dos: El Redentor y Judas. Éste arrojó las treinta piezas que eran el precio de la salvación de las almas e inmediatamente se ahorcó. A la sazón contaba treinta y tres años, como el Hijo del Hombre. La Secta los venera por igual y absuelve a los otros.

»No hay un solo culpable; no hay uno que no sea un ejecutor, a sabiendas o no, del plan que trazó la Sabiduría. Todos comparten ahora la Gloria.

»Mi mano se resiste a escribir otra abominación. Los iniciados, al cumplir la edad señalada, se hacen escarnecer y crucificar en lo alto de un monte, para seguir el ejemplo de sus maestros. Esta violación criminal del quinto mandamiento debe ser reprimida con el rigor que las leyes humanas y divinas han exigido siempre. Que las maldiciones del Firmamento, que el odio de los ángeles…»

El fin del manuscrito no se ha encontrado.

El libro de Arena (1975)

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Niebla

Ahora que tenemos cambio, me pregunto si la gente estará dispuesta a cambiar de verdad. La dificultad ahora está en erradicar la barrera entre ellos y nosotros/nosotros y ellos. La polarización sin duda opaca cualquier expectativa. Tal vez puedo aspirar a sueños menos radicales, donde el bobositor y el chavistoide pasen a ser meros recursos literarios del pasado. Digamos que este pueblo ignorante no es del todo ignorante, porque vive de pequeñas dosis de nostalgia, que después olvida, cuando sus héroes se equivocan por cualquier razón, ellos no merecen nuestro perdón, pues ante nosotros su deber es ser perfectos, (estas son vainas que nunca voy a entender de este país). Con mesías y cultos irreversibles hemos forjado la identidad de un pueblo. Terrible es asumir que somos una generación normal, pero mucho más terrible es no aceptar que venimos con defectos de fábrica, nuestra otredad ha sido inventada (he aquí la desventaja de no saber de donde venimos), cualquier político de prestigio o intelectual de pacotilla se aprovecha y nos embarra un relato fantasioso: el típico discurso del país de las grandes riquezas, mujeres hermosas (y no le pongan play a la maldita canción de Alma llanera, que ya me tiene harto con sus hermanos de espuma)… Creo que estamos cansados de caernos a coba nosotros mismos, (o tal vez sea necesario vivir de ilusión). Mi preocupación está en que la euforia y el delirio siempre han sido nuestra piedra en el zapato. Nos quedamos siempre en el optimismo lírico, inflamos el ego llamándonos Venezuela cada vuelta al sol, (o cuando el azar juega a nuestro favor). No podemos creer que las cosas son tan fáciles (no deberían serlo). Con cortar una cabeza bien sabemos que no matamos a la hidra. Sin pensamiento crítico el cambio seguirá siendo inaccesible, y hasta imposible. Seguiremos frustrados ante el cambio que no logramos culminar, porque nunca quisimos aceptar que desde el principio estuvimos mal. Mientras no exista confrontación para el diálogo seguiremos perdiendo el tiempo; nuestros esfuerzos se irán en una publicación que busca dañar al otro, el potencial de acción reducido a montajes balurdos y mediatismos, pues lo que prolifera en las glorias son los idiotas y borregos que cantan victoria sin medir las magnitudes del porvenir. Me preocupa la ingenuidad con que llegamos a asumir nuestros logros colectivos, porque ahora que somos Venezuela pues, me puedo dar el lujo de hablar por todxs. Perdonen el pesimismo pero temo que el cambio haya sido de tinte y no de forma; el odio a diferencia de la alegría es un problema estructural que no se encuentra con facilidad. Pienso que más aprendizaje sacamos de nuestras derrotas; las victorias son efímeras y banales, nadie se detiene a dar planteamientos sobre ella. Insisto, los problemas empezaron cuando se creyó tener la razón. Vamos a ver si logramos salir de nuestro karma histórico, mientras somos capaces de re-plantearnos la realidad; quizá cambiando las formas de vernos tal vez encontremos puntos medios: contrastes más cálidos, donde los problemas no sean evadidos con humor déspota ni rancio proselitismo político. Al menos hacer el intento, el mínimo esfuerzo de ser menos estúpidos cada día, aunque se pida demasiado a los cielos, pues hasta Dios (si es que existe) está saturado de nuestra idiotez que parece costumbre heredada. Que el «cambio» no se quede en un simulacro democrático, recordemos que la dictadura de la mayoría tienes sus ventajas y desventajas…Entonces, mi querido Otro-Venezolano-Polarizado ¿Sólo por estar de frente hay que enfrentarnos? No lo creo. Si quieres un puente, te lo doy, pero que no sea por sumisión invocada, sino por convicción reaccionaria.

Inventamos o erramos, pero haciendo lo mismo no iremos a ningún lado.
Feliz inicio de semana, y sopórtenla con el consumismo.

Un abrazo, desde este Valle incomprendido.

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Alexander Urrieta Solano