El circo del mundo

No tengo mucho que decir queridos extraños. Las dinámicas se hicieron para que nadie se hiciera amigo de nadie. En cada sesión maceraba una suerte de decepción interior. Actitud masoquista, pues uno ya de antemano debe asumir que la originalidad rara veces se encuentra por ahí. Es subrepticia y tímida. Muchos anhelan encontrar dicha inspiración: un estado de lucidez absoluta que nos de la capacidad de expresarnos de la mejor manera ante una audiencia virtual repleta de desconocidos. La obsesión de convertirnos en escritores: preclaros de la metrópolis, llevando las riendas y destacando cierta destreza por encima del resto de los animales; porque recordemos que el conocimiento es poder, y al poseerlo nos sitúa en un rango por encima de otros, cosa que resulta terrible cuando olvidamos trabajar con humildad. La soberbia es algo común en los medios artísticos, y más en esos medios dónde se eyaculan las ideas y quedan plasmadas por escrito. Hay que saber la diferencia entre un verdadero maestro literario y un estafador de librería.

Hoy en día es mucho más sencillo pretender que se sabe mucho de la vida, simplemente basándonos en experiencias ajenas, en ideas que nunca fueron nuestras, que como muchos han olvidado, nos permiten apoderarnos de ellas, hablar con autoridad de lo que se teme y desconoce es el pasatiempo de los idiotas. En estos tiempos modernos de instante y agitación, cualquier patán letrado es tomado en cuenta. Está el sempiterno caso de los políticos, que vienen a ser lo mismo que cualquier estrella de rock o deportista popular. Convertirse en celebridad es asumir el absoluto de los prejuicios de este mundo que cada día es más estúpido y absurdo, pero sin embargo, funciona en su perfecto caos. Una maquinaria colosal y perfecta que no se detiene a reflexionar. Si hablamos de forma general, el mundo ya lo perdimos… lo acabamos hace muchísimo tiempo.

Tal vez sea suerte, o quizá desgracia para nosotros, que todavía permanezcamos pensantes y vivos. Algo bueno debemos estar creando dentro de nuestras entrañas. Sin pretensiones de ego, pero ciertas ínfulas nos hacen sentir menos insignificantes. Es muy fácil convertirse en ladrillo. Gran parte de nuestra vida solar gira en torno a nuestro afán de encajar en algún muro…creo que aquí radica gran parte de nuestra soledad.

Creer que nuestras acciones no afectan el orden natural de las cosas es signo de inferioridad. Inferioridad aprendida durante años, porque como habitantes del mundo, y como seres individuales sin importancia colectiva, nos vamos definiendo en función de los otros, digamos que el factor externo nos conduce por la selva de concreto. Hay una necesidad casi insana por definirnos y ser reconocidos ante los demás, pues idealizamos hasta lo improbable. La miseria de estos tiempos está en la ignorancia de nuestra propia ignorancia. Con lo poco que tenemos jugamos a ser Dioses, lideres energúmenos, hombres comunes que se derriten ante cualquier banalidad propuesta por una maniobra del mercado. La ridiculez de sentirnos vivos… temo que en este país (y no pongo en duda que en otros lugares suceda) desconocemos y le hemos dado un concepto ambiguo a la libertad: palabra gastada y trillada, pero sin embargo poderosa, quizá por su alto grado de contenido fantástico.

Palabras gastadas van y vienen para construir el discurso de nuestra historia. Por desgracia seguimos viendo la historia desde los ganadores. Pienso que el país se va a la mierda por nuestra falta de tacto, por nuestra incapacidad de reconocer dónde estamos parados. La ignorancia de los intelectuales es la que quizá hace más daño, pues son estos pelícanos encorbatados los que mueven al resto de borregos, que se sienten superiores en su burbuja de saberes de élite; es una lástima que el saber tenga que demostrarse en méritos de papel; pienso que el verdadero saber se forma fuera de la exigencia académica. Una calificación en estos tiempos ya no puede definir qué alumnos son buenos y qué alumnos no. Todo tiene que ver con etiquetar a los seres. Cuántos saberes y talentos se han matado en las escuelas, para evitar alterar el orden mecanizado de nuestros días. Todavía el espectro de la meritocracia siembra ideales patéticos en la sociedad, produciendo seres competitivos abanderados de individualismo, que plantean el orden y el progreso pero solamente para ellos mismos… el discurso del desarrollo ya se quedó obsoleto para los tiempos decadentes.

No debemos olvidar que la Razón nos trajo hasta aquí. En nuestro prometeico intento de dominación logramos destronar al Sol: con el hongo atómico logramos igualar el poderío del astro rey… La bomba nuclear se convirtió en la medida de todas las cosas. Nuestro afán de tener la razón conoce sus límites y a partir de ellos traza unos nuevos, porque la idea es la trascendencia humana, llegar a la imagen y semejanza de Dios sin importar los medios. La satisfacción de estos límites ya no considera si hacemos daño al espacio dónde nos encontramos, lo importante es lograr cumplir nuestros sueños…qué importa si la realidad se desmorona ante nosotros. Vivimos para saciar el morbo y lo enfermizo, la medida de la experiencia se reduce al placer de las audiencia. Ya no soy un sujeto sino un pobre cliente. El despilfarro del consumo nos mantiene dopados en la medida que vamos destruyendo la tierra. La violencia y el abuso se han normalizado hasta tal punto que el caos lo aceptamos como algo irreversible, pero completamente ajeno a nosotros. Es como una especie de negación hacia nuestra cruda naturaleza.

Los animales que comemos, los clonamos para perpetuar nuestro apetito. Y los animales que no podemos comer, los encerramos en zoológicos, los cazamos por diversión, tiranizamos la vida de otros para complacer la nuestra. Hay un gusto exacerbado por el caos, que se necesita para prevalecer cierto equilibrio: estabilidad para uno, pero por qué no para todos. Nos resulta sencillo imaginarnos el fin del mundo: un estado de caos y destrucción: el apocalipsis resulta un evento amistoso, pero, cómo nos cuesta re-pensar la cosas, nos resulta imposible imaginarnos un mundo que funcione de otra manera. No de una sola manera, sino de muchas maneras. No resulta inconcebible imaginarnos un mundo donde sean posibles otros mundos.

Alexander Urrieta Solano

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Fragmentos del Reino

Creo que no tengo la costumbre de escribir mis comentarios de las cosas que leo. Uno se ve más inclinado a las cosas que observa. Se supone  que uno escribe sobre las cosas que lo cautivan constantemente. Es como un impulso nervioso, como esa necesidad que surge cuando quieres fumarte un cigarro. Digamos que uno anda criseado buscando calmarse con cualquier cosa. Supongo que por eso prefiero estar escondido en mis libros, en mis fantasías literarias: en mi libertad reducida a meras letras y tinta. Uno lee para aprehender, en un acto de placer incomprendido para aquellos que desconocen la soledad apacible. La locura se macera de forma extraña en nosotros. En lo particular, los cuentos vienen a ser dosis para la dislocación de los sentidos. Pequeños relatos que se leen de un tiro, la poesía también tiene sus virtudes. Sin intermedios uno disfruta un descargue violento de sanaciones y emociones internas.

Uno de los libros que más he disfrutado en lo que llevo de vida quizá sea la mirífica obra “Du Domaine”, del poeta francés Eugène Guillevic. En la versión traducida por Monte Ávila Editores, se presenta bajo el título “Del Reino”. Un poemario imprescindible que de forma inusitada llego a mis manos. Un libro de carácter esotérico, mágico por la complejidad de su sencillez. Poemas entrelazados a su suerte para promover la decapitación del lector.

 

Hay quienes duermen

Todas sus dimensiones.

Cierto encuentro cercano de orden mayor le da una estructura sólida al poemario. Uno se pierde en el trance de los vaivenes, orbitando en un espacio imaginario delimitado por el paso de las palabras breves, que juntas forma versos alucinantes y precipitados.

Mirarnos

Como nos miran

Las avispas

 

Cada palabra parece tener un sentido sagrado y cósmico. El misterio envuelve los versos de Guillevic. Las cosas concretas, aquellas que poseen carga de vida,  quedan como ejemplo claro de que, en lo sencillo sin duda podemos encontrar lo divino. Es un libro que me ha enseñado bastante. Y por ello me encuentro agradecido.

Ella te preguntará

Si conoces su hora.

*

No tendrán que lanzarse

Desde lo alto de la torre.

*

Si desconfías de ella,

Teme

 

Por tu pasado en el reino

*

Ella no te desea otro mal

Sino confiarte el suyo.

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Alexander Urrieta Solano

La ciudad de los crepúsculos

Valera está a ocho horas de Caracas. Estábamos en el terminal de La Bandera. El primer intento para irnos fue el sábado, fracasamos. Después de una cola de casi tres horas mandamos todo a la mierda. De regreso al apartamento quedamos en irnos el domingo temprano: tipo cinco.

Era Domingo de Ramos. En la Plaza Madariaga tomamos un autobús al terminal. Decidimos viajar haciendo escala en Barquisimeto para visitar al Guaro, un amigo de la facultad, para luego irnos el lunes temprano a Valera. Nos fuimos en una guagua, tuneada hasta el volante, amarilla, con cauchos que parecían sacados de una utilería de cine épico, una latonería con doble capa de pintura, llena de enigmáticas calcomanías arabescas, escarchadas, como barajita rara de álbum Panini. Era el autobús mágico en su versión psicodélica. Nos tocaron los últimos dos asientos de la izquierda, besando el woofer. En el pasillo, que daba a la puerta de atrás, había una montaña de sacos y maletas, parecía una trinchera. A lo lejos, estaban pasando en la pantalla un video de reggaetón. El conductor arrancó, subió el volumen. Elejota y yo comprendimos el privilegio de nuestros puestos. Fueron cuatro horas de estruendo de bajos: bachata y reggaetón, misoginia audiovisual para ambientar nuestros viajes por el interior de país.

Me acostumbré a la bulla y la vibración. Me quedé dormido. En un sueño intermitente iba ubicándome en el espacio. La salida de Caracas por occidente. La bajada de Tazón. El gran vertedero que se alza como imperio de basura. Parque Vinicio Adames. Sueño. Paracotos. Tejerías. La Victoria. Túnel. Recuerdo el lago de Valencia, las plantaciones de caña de azúcar, el puente en ruinas; una simetría de esferas y banderas nos dio la bienvenida: Carabobo. Los mensajes de “Peligro, ráfaga de viento”, los galpones comidos por el óxido, las tierras sembradas de olvido. Encrucijada, el pueblo de El Palito: los incontables puestos de empanadas, taguaras con maniquíes grises luciendo trajes de baño, combitos de pala rastrillo y tobo para la construcción de castillos de arena, cocodrilos inflables, lociones pal cuerpo, bronceado cigarros y habanos. Un local que sólo vende hielo, más puestos de empanadas. Olor a gasolina, aceite quemado, licorerías por todos lados. Refinería Morón. Elejota en su sueño me babeó el hombro. Al rato volví a cerrar los ojos con ella.

La autopista Centro occidental estaba adornada con manchas de colores. Según los sabios de pueblo, era primavera. Casi todos los árboles floreaban, y los que no, parecía que trataban de decirnos algo, o nosotros pretendíamos percibir algo en ellos. Era una obsesión contemplar el paisaje. Por fin habíamos llegado a la capital de Lara. En una colinita, unos ladrillos con pretensiones de figuras de Tetrix formaban la palabra “Barquisimeto”. El ouróboro musical de reggaetón y bachata había terminado. Mirábamos desde la ventana la Ciudad de los Crepúsculos, en silencio.

Nos libramos de la guagua mágica como a eso de las once. El Guaro nos pasó buscando en el terminal con su hermana y su papá. Llegamos a su casa. Dejamos los bolsos en su cuarto y comimos. Salimos de nuevo. Pasamos lo que quedaba de la tarde caminando por las enormes cuadrículas de Barquisimeto. Las calles estaban tranquilas, poco carro y nosotros tres. En una licorería compramos un six-pack de Pilsen. Nos llegamos a la Flor de Venezuela, un complejo arquitectónico alucinante, para ver el atardecer. Y mientras el tiempo corría, hicimos lo que cualquier grupo de carajos que toma curda encaletado en las faldas de una escalera hace: filosofar, hablar paja.

Se hizo la noche. El Guaro me dijo en la tarde que le escribiera a Jesús, otro pana de la facultad, para encontrarnos por ahí. Como a eso de las siete nos pasó recogiendo en su carro por la entrada del Sambil, que por cierto en un momento le hicimos una visita breve, es un centro comercial en forma de cuatro. Ya en el carro, fuimos a buscar a dos amigos más de él, una pareja, Andrés y Beatriz. Empezamos a dar vueltas buscando una licorería abierta. Llegamos a una y pedimos una caja de cerveza Zulia y un paquete de cigarros. Nos movimos a los espacios verdes dentro de las residencias de Andrés. Éste pana destapaba las botellas con yesquero. Nos empezamos a caer a birras. Prendieron un porro y dieron inicio a la rueda. Elejota estaba sentada a mi derecha. Todo nos daba igual así que fumamos también. Todo era euforia y distorsión.

Entre filosofía y nimiedades, fue una leyenda urbana la que atrapó mi atención. El Guaro y Beatriz nos contaron acerca de las Torres del Sisal. Un conjunto de edificios residenciales de veinticinco pisos cada uno, abandonados a su suerte, que se hicieron polémicos por ser un punto de encuentro para quitarse la vida. Los años de abandono que tienen las torres coinciden raramente con el número de suicidios. Con el tiempo se volvieron ruinas embrujadas. Las Torres del Sisal, el trampolín de la muerte. Dicen que entre los pisos sin paredes se han visto ánimas y espectros deambular, y que por las noches se escuchan gritos desgarradores, inspirando terror en los habitantes de la zona. También hablaron de rastros de rituales satánicos y sacrificio de animales. Eso me perturbó bastante. Pensé en el suicidio, el crepúsculo, domingo de ramos, psicotrópicos y etílicos… esta ciudad me había dislocado. Se hicieron las doce. Estábamos todos en el orto. Nos despedimos de Andrés y Beatriz. Jesús nos llevó hasta casa del Guaro.

Y eso fue todo. Al llegar me acosté con Elejota en la cama más grande del cuarto, ella se durmió al toque, yo la seguí después. Antes de cerrar los ojos el recuento del día sazonó mi delirio hasta quedarme dormido. Teníamos que pararnos en seis horas. Mi mente se perdió en la oscuridad y la luz de un televisor prendido. Caracas ya no existía para mí. Valera no estaba tan lejos. Todavía nos quedaban cuatro horas por recorrer.

Alexander Urrieta oriente20-998crepus3

Sobre llegar temprano

Moverse por Caracas resulta una especie de ritual permanente. El viaje a la universidad me lo sé de memoria. Me levanté tarde. Tomé un desayuno que no me llegó a ninguna parte. Agarré la camioneta en la plaza Madariaga, con la esperanza de llegar temprano a clase de estadística. Por una mínima diferencia de minutos puedes encontrar la avenida despejada y cero rollo pero, a veces por mala suerte tienes que lidiar con la cola más rancia de tu vida. Caracas es impredecible: hoy me tocó tráfico; típico, cuando hay urgencia el viaje se alarga más.

La ciudad produce trastornos. Los psicotrópicos también. En una cola interminable llegando a Roca Tarpeya el conductor consideró apropiado poner algo de música: bachata para variar; perdido en una lírica misógina me adentré en el paisaje de mi ventana con salida de emergencia. En la acera del frente había un tarantín que vendía instrumentos musicales y hamacas de moriche. Pasando por el Helicoide vi un indigente vestido como Superman: en calzoncillo y capa roja iba inspirando lástima a los transeúntes que salían de la estación del Bus Caracas.

Semáforo en rojo.  Amarillo y verde. La camioneta entre frenazos y cambios de primera a segunda llegó a la avenida Victoria. En la primera esquina, la Funeraria Nazareth estaba colapsada de gente. Hice la señal de la cruz por respeto a las lágrimas y los muertos. La camioneta hizo su primera de tantas paradas frente al centro comercial Multiplaza, donde se llenó hasta reventar. En aquel destartalado transporte no entraba nadie pero igual había espacio para uno más. Del clima frío pasamos al caliente. El catire empezó a salir con su calor mañanero. Me sentí bien por estar sentado en la ventana, porque evité verme en la obligación de darle el puesto a una vieja convaleciente. Había tanta gente que no se podía ceder el espacio. El tiempo corría. Ya tenía como media hora perdida de clase. Rodando llegamos a la altura de las Acacias. El sol calentaba y la camioneta parecía una caja china por dentro.

La avenida Victoria se caracteriza mucho por sus edificios de diseño, entre cuatro y cinco pisos. Edificios estancados en el tiempo: de los cincuenta y setenta, épocas donde la obsesión monomaníaca era ser moderno como fuera. Los nombres de las residencias van desde Arturo Michelena hasta Auyantepui. Raros contrastes. Mi mirada alucinaba con las pequeñas construcciones, los incomprensibles grafitis que no se saben si son arte o vandalismo, las largas colas para el banco y el supermercado. Había un puesto de shawarma que exhibía su enorme trompo de milanesas girando en su propio eje. Recordé que tenía hambre. Quería distracción y al mismo tiempo deseaba llegar rápido a mi destino.

La bachata seguía sonando y trataba de no darle importancia a la voz llorona de Romeo. Poco a poco la camioneta se fue vaciando, pero sin dejar de estar llena. A paso lento pero seguro llegamos a otra tranca. Había sido provocada por un choque: una moto contra un Twingo. El moto taxista atravesó el parabrisas provocando su muerte instantánea. Desde mi enorme ventanal con papel ahumado pude ver la mitad del cuerpo, con las piernas suspendidas como maniquí parecía una espina enterrada en el carrito. Como a veinte pasos, en la mitad de la calle, una señora rodeada de fiscales y paramédicos fumaba cigarrillo desesperadamente. Lloraba y maldecía de forma desquiciada: cada imprecación seguida de una bocanada de humo. Asumí que era la conductora del Twingo. Otra mujer se daba a la labor de limpiarle la frente ensangrentada. La atención de todos los pasajeros por un momento estaba en ese terrible accidente. Se asomaron tantas cabezas que la camioneta se inclinó hacia la izquierda, como con ganas de voltearse. Todo era un morbo provocado por el espectáculo, por una desgracia ajena.

Superado ya el tráfico la avenida se acabó. La camioneta se metió por un breve túnel y caímos justo al frente de la iglesia San Pedro. Esta vez me persigné por inercia. Miré con detalle las cuatro estatuas de los evangelistas que oteaban desde la cornisa. Cerca de allí se bajó casi toda la gente, muchos iban para el Clínico. En esa parada saqué mi celular del bolsillo: hora y media tarde. En dos cuadras me tenía que bajar. Ya para esa hora la calle estaba llena de vida: bachilleres, corredores, dueños y perros, quioscos abiertos y ambulantes vendiendo café. La camioneta me dejó en la parada de las Tres Gracias. Era el último pasajero. Andaba a pasos acelerados. Llegué a la entrada de Ciudad Universitaria. Cruce por el pasillo de ingeniería hasta el edificio de Faces. Subí las escaleras hasta piso seis. El salón seiscientos treinta dos estaba vacío. Había una nota en la puerta: “Suspendida la clase de las siete, el preparador sufrió un accidente, nos vemos la semana que viene”. En vista de mi circunstancia bajé obstinado las escaleras de nuevo. Volví a repetir mi periplo pero esta vez a la inversa. Estaba molesto. Sin embargo, sabía que todavía era temprano para mí.

Alexander Urrieta Solano

0013En la parada por favor…

Rasgos Magnéticos

Prosa del Cadalso

Inventario del veintitrés 

El brindis

Primero que nada, quiero hacer un brindis por la prostitución de la verdad. Brindo por la ignorancia, y por aquél que anhela la paz mundial y sin embargo le compra a sus hijos pistolas y ballestas de plástico; por aquél que repudia la violencia pero le fascina entrarse a tiros en su consola y soledad de apartamento. Por los implantes de silicona, y el precursor de la pornografía. Brindo por la carga del hombre blanco, por esta ropa que tengo puesta, y ese sueño de tener lo que el otro tiene. Brindo por el egoísmo, la piedra angular de la acción. Por esa mujer que habla de independencia pero que todavía busca la aprobación en la mirada del hombre. Brindo por el consumismo, porque el hacer del día se traduce en mercancía. Brindo por el revolucionario wannabe, que poco sabe de todo, y que repite al caletre lo que otro le explicó de una idea incompleta. Brindo por la juventud que se hunde en las drogas y el alcohol. Por esos padres que maltratan a sus hijos dándole todo lo que piden. Brindo por el resentido, que cada día tiene más facilidades en el mundo: un día no es nada y al otro día es político. Brindis especial por la guerrilla mediática, la deformación de los hechos para beneficio de pocos, para embrutecer a toda una audiencia. Un aplauso a los partidos de izquierda y derecha que buscan cerebros de plastilina en los primero semestres de universidad. Brindo por los intelectuales de red social, que confunden cultura con urbanidad, que alaban épocas de antaño que nunca conocieron, para menospreciar el presente. Por nuestros contemporáneos parásitos con complejos seculares, que somos latinos, el tercer mundo, el mito de progreso…y la lista sigue. Brindo por los dogmáticos y por el sistema educativo que me enseñó a ser vil e individual; que me obligó a memorizar pero nunca a razonar. Brindo por la televisión y nuestros comunicadores sociales, que han promovido la estupidez colectiva, con sus programas de farándula y peleas familiares, con su «salud es belleza», con su aberrante guerra de los sexos. Brindo por el macho, el estado mágico, y por aquéllos que creen ciegamente en la viveza criolla, porque resulta más sencillo resumir nuestras penas a discursos racistas, para no entrar en contradicción con nosotros mismos: «nosotros somos así porque sí» «es típico de nosotros» «así somos los venezolanos». No pensemos tan a fondo las cosas que nos vamos hacer más daño. Brindo por la desigualdad, las fobias, las manías y el cinismo. Brindo por un Dios que cada día se parece más a mí. Por la burocracia. La ineficacia ministerial. Por la pereza intelectual, porque nos enseñan desde párvulos que pensar nos hace daño, mejor echarle la culpa al otro. Brindo por la normalidad, porque ser normal es ver las cosas como la ven los demás, de lo contrario te pueden tildar de loco, raro, enfermo… anormal. Brindo por la contradicción, por los gobiernos populistas, por el pan y circo, por la apatía ciudadana. Brindo, porque nunca hemos tenido tanta información a nuestro alcance, y es tanta que la evitamos para ser felices, la sabiduría  resulta asquerosa. Brindo por un año más juzgando al otro, a ese bicho raro, que no es lo que soy yo. Brindo por esta vuelta al sol, por seguir vivo, en este mundo tan inverosímil, que abarca todos los matices… gustos y colores. Brindo por un mundo que cada día se parece más a una bola de grasa carne y destrucción. Brindo por mí, otro ladrillo más en el muro: otro huevón más: pobre individuo, sin importancia colectiva. Feliz año, querida realidad que más de uno quiere ocultar, que no conviene comentar. Feliz año, maravilloso mundo en aparente ascenso, hermoso mundo en movimiento.

Alexander Urrieta

0055

La Casa de Asterión

por Jorge Luis Borges

Y la reina dio a luz un hijo

que se llamo Asterión.

APOLODORO, Biblioteca, III, 1

Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aqui ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la Tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el Sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo; aunque mi modestia lo quiera.

El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda trasmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Las enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro porque las noches y los días son largos.

Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos). Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya veras cómo el sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.

No sólo he imaginado esos juegos; también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce (son infinitos) los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce (son infinitos) los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado Sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el Sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo.

Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que, alguna vez llegaría mi redentor. Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara todos los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?

El Sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.

-¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió.

  El Aleph (1949)

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Fragmento de Molestias

Necesito un nuevo orden en mi vida. No puedo seguir mezclando la realidad con la ficción. Debo mantener una estructura, y que mejor cosa que un diario para dejar constancia de mi búsqueda de orden. Sin comentarios. Patético, lo sé. Pero creo que todos necesitamos una especie de impulso para empezar a hacer las cosas. Por qué habría de sentirme temeroso de exponerme. Nadie mira de reojo a esa gente rancia que gasta dinero en libros esotéricos, que hablan acerca de la culpabilidad de una vaca, robos de queso, armaduras oxidadas, secretos, monjes y ferraris, leche y actitud, ley de atracción, gente tóxica, manuscritos perdidos, puro coelhismo de estantería, Walter Riso o cualquier vaina de Osho. Verga, cualquier vaina. Antes que recurrir a leer estas vainas. De pana. Antes que meterme basura editorial, antes que caer en la Heroína Autoayuda, bueno, prefiero sumirme en mi propio peo. Si nadie se mete con esta gente que tiene graves problemas de gusto y autoestima, por qué meterse con un marginado adicto sin remedio como yo. Qué me pasa vale, no la estoy soportando. Debo evitar la exaltación. Paciencia Alexander, relájate. Antes que nada debo tener las ideas claras. Apuntar en la dirección correcta. No desviar el curso inicial fijado para este cuaderno de espiral. Dejar el vicio a un lado y ponerme a trabajar de verdad. Porque esto de querer ser poeta en estos tiempos fue la peor elección que pude haber tomado en mi vida. Esto de querer ser escritor tampoco sirve, para qué. Cada día la gente tiende a leer menos; o quizá no a leer menos sino a leer más mierda, lo que lleva a pensar menos. Escuché en estos días en clase que el profesor decía que “ahora somos la generación de ojo”, vivimos en un mundo dominado por las imágenes. La imagen, el concepto de imagen, creo que es lo más cercano que tenemos a un falo. Nos meten la imagen por todos lados, con un lubricante tan fino que apenas sentimos. Y Los procesos de pensamiento se limitan a captar, aceptar y digerir: analizar menos, y a crearnos un mundo superficial de fantasía limitado. Limitado, o en otras palabras lo que te ofrece un mercado de satisfacciones “ilimitadas”. Entretenimiento masivo. Gusto colectivo. Y sin desviarnos mucho del tema. Algo así como sagas misóginas-vampíricas-eróticas-zombies (pop-pop-pop-pop…porque ahora toda mierda es pop) que tanto me sacan la piedra: es que siempre es la misma vaina coño. Caen en el cliché perenne del mal gusto, de la fascinación desquiciada por las tramas tontas que son fáciles de adaptar en Hollywood, que no hacen más que ridiculizar la literatura, y todo lo demás; para luego simplemente, vender en masa, con ese cinismo editorial de que se promueve la lectura para no decir consumismo, para no decir moda temporal. Siento que caigo mal, pero qué chucha me importa. Ya será para otra vida. Buen fin para otro comienzo.

Alexander Urrieta

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Refinerías

No es un dolor parecido a los de antaño. Este en un dolor visceral. Este es un dolor que sangra hasta los tuétanos. Este es un dolor que provoca de todo: que provoca mareo: que provoca cansancio: que provoca llanto. Saben, un dolor que dilata pupilas, y deja rastro de lágrimas. Un dolor para perder la compostura, para olvidarnos del porvenir: de ese Qué será de nosotros el día de mañana, cuando nos quedemos solos: completamente solos. Un dolor de soledad empolvada, que se asoma cada vuelta al sol. Un dolor agitador, lleno de espasmos y verdades. Un dolor así, nadie quiere tener. Un dolor que provoca sueño y a la vez tristeza. Melancolía tal vez, quizá euforia. Ambos se mezclan para dejar un colado de Ansiedad; este dolor se mantiene vivo, y se endulza dentro de una espesa contradicción.

Si bien ciertas cosas pueden hacernos daño. Si bien la memoria nos reprocha de vez en cuando. Tienen acaso algún valor las palabras. No debería tener vergüenza. Aceptar las cosas, no es sinónimo de sumisión: no es sinónimo de derrota. La mente se ejercita con los recuerdos. A veces este detalle lo pasamos por alto. Ignoramos que somos una suma total de pasado. De espesura histórica. De ascesis perenne. Atentos. Vamos recorriendo los infinitos pasillos de nuestro pensamiento: recordando cosas que creíamos haber olvidado: que pensábamos se habían desvanecido en el tiempo.

En un rincón solitario nos castiga el rencor. El dolor queda resumido a una expectativa: a la suma de decepciones y realizaciones. Listo. Ya quedó dicho. A partir de ahora dejo de pensar. De pensarte. Porque me haces tanto daño. Vicio divino, que tanta falta me haces. Tu ausencia provoca punzadas, que parecen antesalas de infarto. Infarto que se siente cual pisada de elefante astillando cada parte de mi vulnerable armazón, llevándome a un estado de exaltación, de sinrazón y sublime locura,  dejándome impávido: listo para entregarme a los vaivenes de este mar de ebriedad, para convertirme en otro esclavo más del tirano etílico. Chapas y vidrio forman el pasaje de mi delirio. Marcas circulares va dejando mi botella borracha. Rastro de olvido va quedando en el mantel de la mesa. Queridos amigos, no existe nada más patético que un hombre bebiendo solo. Que no tiene donde morir, y se queda hasta tarde en algún local esperando a que lo boten, o en un larga espera desquiciada lo recojan las casualidades de una noche. Las ofertas para un hombre que no tiene nada que perder resultan ser infinitas pero vacías.

Cada náufrago bebiendo en su mesa. Somos islas rodeadas de olvido. Nos parecemos al metal carcomido por el salitre. Hemos dejado parte de nosotros en este mar de recuerdos. Seguimos lucubrando y nos inflamos hasta el tope de cándida vanidad. Así funciona la memoria. El presente lo justificamos con lo que una vez llegamos a ser. O creímos ser. Esa totalidad ilusoria, el rompecabezas incognoscible de nuestra vida. Nuestro espíritu infinito que nunca se llenará por completo. Entonces, si el pasado define lo que somos ahora, por qué tenerle miedo al porvenir. Ese más allá tan fascinante, donde la única certeza que se tiene es la de la muerte. Nada más queridos amigos. No perdamos el tiempo en los adioses del ayer. No podemos embalsamar el miedo desde el pasado. Hay que aferrarse al Ahora.

Nos acompaña la soledad. No parecemos a un lamento estereotipo de taberna, y al estar conscientes de ello, propiciamos la lástima y postergamos el consuelo. Consuelo que no tardará en venir en su presentación exquisita de soma para matar diez pasiones. Embotellado para comodidad y consumo. Nos encanta, a mí me encanta: me siento a gusto con mi fortaleza de vidrio en construcción. La mesa poco a poco se va llenando de refinerías negras. Y en cada sorbo, calmo una sed inventada por mis adicciones. Me ahogo en soliloquios. Me ahogo en esta pena.

Alexander Urrieta Solano

Mareas

Este cuento termina aquí, en el fondo del océano. Con zapatos de cemento sellando mi pacto. Mi entrega al reino de lo que no está vivo ni muerto, mis infiernos, mis dudas, mis flaquezas, mis fallas y heridas, todo un acontecer de promesas rotas palpitantes; un corazón gastado, nada más. Un rostro calcinante, perdido en juegos de espanto y tradiciones de camino. Con una espina enterrada en la garganta, voy tomando apuntes en la burbuja de soledad a medianoche, invocando a los súcubos y al molesto insomnio, que ataca y destruye cada rincón de mínima calma. Con la mano negra de la amargura marcando mi hombro, me doy por vencido, y me sumerjo a este vacío de agua salada. De incertidumbre suspendida, en lo más profundo de mis miedos. De un talón de Aquiles expandiéndose por todo el cuerpo. De cobardía pura. De resignación a la vida misma. Terror que me define mejor, a mí, el gran engañado, el loco ignoto. Entusiasta atorrante, melancólico bajo condición. Adicto a la fuga, con pocos planes a futuro; con un complejo de Ícaro, que olvida sus planes al tocar la dicha de los cielos. Que poco sabe ganar porque olvida perder. A mí, que a tanta altura, soy el primero en anticipar la lluvia caer. Y en un estallido de todo, me desmorono en mi débil fortaleza de naipes, bajo las armas, se me quiebra la voz, rompo el cántaro del pecho, y me pongo a llorar.

Alexander Urrieta

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Rasgos magnéticos

Tengo días que no escribo. Quizá se deba a que he estado un tanto distraído conmigo. Resolviendo misterios. Empatando cosas. Buscándome. Tratando de establecer mi nueva maniobra. Difícil. Difícil me resulta, y más cuando caigo en cuenta que mi vida se enaltece en tiempos de Tormenta. Me siento dichoso, pero al mismo tiempo tan desgraciado. Es la disyuntiva del placer. El precio que debo pagar para convertirme en un ser cósmico y maravilloso, pero también enfermo y maldito. Estoy claro, y admito que temeroso también. Que pendo de un hilo, que en cualquier momento me quedaré solo. Sin tener certeza de nada. Sin llegar a saber a ciencia cierta, qué razones me llevaron a querer desaparecer por completo de este mundo. Desvanecerme sin dejar rastro. Dejar todo en manos del azar. Que una decisión bala fría marque el punto final de mi vida. Poder desprenderme de todo. De un tajo liberarme de esos hilos que dominan mi destino: que controlan mis pasos. Desapego, sólo podemos alcanzarlo a través de la muerte. Digo yo. No lo sé. No me atrevo a hacer declaraciones rotundas. Todavía sigo aquí, vivo, escribiendo, en un sublime estado de éxtasis, dejándome llevar por los delirios, por las oraciones ambiguas, y ese absurdo deseo de morirme en tu recuerdo. Que mis palabras ya no tengan que ver contigo.

No sé si la muerte me esté esperando en algún pasaje de tu cuerpo. No tengo noción del dolor ni la alegría a sentir en un futuro. No tengo talento para amarte querida amiga. Perdóname. Yo, soy de vez en cuando, el ingrato más grande. Disculpa que pretenda ser sensato. Soy un perro andariego, que come fruta prohibida: cargada de exquisito y amargo veneno. Me pierdo en divagaciones. Me distraigo de nuevo. Te pienso, y una vez más, me dejo llevar por las quimeras de tu rostro. Dulce es la alborada de tus ojos por las mañanas. Cuando te despiertas en medio de un silencio escandaloso provocado por mi taquicardia de adicto. Momento catártico donde las pupilas se encuentran y las emociones del primer contacto se empiezan a fundir en el crisol del otro. Mujer incógnita, cómo agita mis sentidos. Me cansa la lengua, me eriza el tacto, me hipnotiza al oído, me sonroja la piel. Pero, sabes algo. Lo que más me gusta de ti, es la mirada. Esa mirada. Sí. Esa mirada que mueve el piso. Que apaga infiernos, y agrieta paredes. De saber que te llamabas sosiego, hubiera preferido quedarme durmiendo en tus brazos hace tiempo. De saber que andabas escondida en mi pensamiento, me hubiese pasado días enteros buscándote. En medio de un tormento descomunal, arrasando todo, excepto tu recuerdo. Curioso, ese momento apoteósico donde damos por sentado nuestro encuentro cercano de tercer tipo. Con tanta cercanía y cierto aire de extrañeza, lo puedo entender todo; existe una tierna calidez entre nosotros. Conocedora de universos atrapados en celuloide: nos hemos conocido hace tiempo, pero lo hemos olvidado por completo.

No cabe duda

Eres la armonía de las estrellas.

Alexander Urrieta

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