«La mayor de las locuras es creer que caminamos sobre algo sólido. En cuanto la historia se insinúa, nos persuadimos de lo contrario. Nuestros pasos parecían adherirse al suelo y descubrimos bruscamente que no hay nada que se asemeje al suelo, que tampoco hay nada que se asemeje a los pasos.»

E.M. Cioran – Desgarradura

A

En la reunión de despedida, donde terminamos de leer «El desierto de los tártaros» de Buzzati, Quima preguntó a Meneses cómo mejorar el desempeño al leer, plagiar, repetir y mentir (?)… Era una pregunta ambigua y general, acaso pertinente porque muy en el fondo, como grupo sabíamos, o teníamos esa sensación, de que más nunca nos volveríamos a ver bajo esas condiciones, o al menos sabíamos que a Meneses, por lo menos en ese estado de honestidad brutal, no lo volveríamos a ver. La pregunta, luego de diez tobos de cerveza, no pareció tomarlo desprevenido. Presionó con la punta de sus dedos dos chapas y patinó con ellas sobre la mesa encharcada. Miró a Quima y a Lulú. Después de sonreír eructó. Pidió disculpas y siguió haciendo formas en el agua:

«Los verbos se pueden conjugar con estos presupuestos que, me parece, son bastante claros…da igual escribir.

1. No inviertas tu dinero (pero sobre todo tu tiempo) en negocios que no conoces.

2. Nunca valerse de un préstamo para pagar deudas (ni caer en el punto uno).

3. Trata de dejar las cosas mejor que como las encontraste. Si usted no tiene nada acertado que decir mejor guárdese.

4. En la paciencia y el silencio nos hacemos mejores. Es preciso contar con una mínima disciplina para seguir vivo. «Hacer el ladrillito diario» (Murrex).

5. Las relaciones, así como los juguetes y los huesos, tienen derecho a romperse. Son productos de la naturaleza, es decir: de la fuerza de los elementos.

6. Los amigos son la familia que uno escoge —»Son la hospitalidad que nos da el camino»(Quima).

7. Júntese con personas que considere mejores que usted. Entre talento y corazón, prevalece el último.

8. Siempre tendrá el derecho de irse. Considere que quedarse también es una forma de renuncia. Un tipo de desgaste (Bataille).

9. En el mundo hay dos clases de personas: las que pueden cagar y las que no.

10. No hagas el bien (en realidad, no hagas un coño) a otros si no eres capaz de soportar la ingratitud.

«La mayor satisfacción de la vida es aprender a reconocer cuándo uno quiere permanecer o irse de un sitio –en ese reconocimiento está la dificultad de escribir. La certeza de dudar si vale la pena o no esto…

B

Agradezco los amigos que me dieron los libros. Hoy celebremos la resistencia. Es irónica la fuerza de las apariencias. ¿Cómo celebramos el libro en un país donde las librerías, los libreros y bibliotecas, han desaparecido? Celebramos la pose. La sacarosa mediática. Así vivimos. Pensemos los lugares que han sido liquidados por la indiferencia y abandono de años. Este es el país de las últimas cosas. Hay que conformarse con lo que queda y se hace. No sé ustedes pero percibo cierto imperativo en esa postura. Donde no hay memoria no hay relevos. Somos un país distraído crónico. Superficiales para las cosas que atañen al espíritu. Toda crítica donde no se hace crítica es propensa a la censura. Las sociedades que no saben concentrarse no pueden construir democracia, tampoco aprenden a pensarse distinto; suceptibles a la ignorancia, que también es una forma de poder ¿Cómo se lee y escribe bajo condiciones tan mediocres? Cuestión que parece no interesarle a las instituciones pertinentes, sin importar la postura política. El espectáculo aplaca. Las rosas se venden. Y el libro usado con la copia mala son curitas para la gangrena. Y el tufo de la diversidad de lo igual nos recuerda donde vivimos. Si es por lucro sutil: propongo una ruta donde se lleve al público a los lugares donde hubo librerías y vean en lo que se han convertido. Sería una forma sensata de recordar el olvido. Nos patrocinaría una farmacia, por supuesto. Me expreso por mis amigos libreros, con los que en tantas ocasiones he compartido preocupaciones por el porvenir. Empatizo sus dilemas y dificultades, lo que implica dar a valer un oficio sagrado, en detrimento de tantas chácharas de filantropías de acción con daño, gurúes e influencers huecos, mercaderes rancios y narcisos oportunistas; son parte del todo. Y está bien. Somos un país con más rentas que reclamos. Nos esforzamos más en la forma que en el fondo. Capaz eso explica que no despertemos de esta pesadilla; es muy cómoda. Mi inquietud es la celebración dentro de la crisis. Para mi el día del libro es todos los días. Y si celebro algo hoy, que sea la defensa de la memoria y la palabra. XOX

C

«La pasión narcisista es la clave del nuevo imaginario. El sujeto es una serie de ensamblajes parciales en medio de un campo refractario a toda unificación. Nuestra época, manifiestamente, trata de liberarse del inconsciente. Sus bordes erógenos, los circuitos pulsionales y la materia significante expresan una época que no quiere saber nada ni de la pérdida, ni de la deuda, ni siquiera de la autoridad. Gozar es acumular, sí, pero es, sobre todo, gastar, evacuar, dilapidar. También es una época caracterizada por el rechazo de la última palabra. La esfera pública se reduce a ese lugar imposible, receptáculo de autorretratos imposibles. Se dibuja, pues, una nueva psicología de las masas y con ella una nueva forma política, la de los afectos. Gobernar es, en complicidad con el capital, producir estructuras del deseo y de los modos de gozar. Si alguna proyección hay, es una proyección egocentrada, dirigida al yo. Es uno mismo lo que se trata de proyectar en cosas externas, en otras personas que se toman como pantallas. A primera vista, todo se reduce, pues, a la autopresentación y a la autonominación. Pero tal vez estemos asistiendo a algo a la vez más oscuro y más elástico, a nuevas conformaciones a las que las nanotecnologías contemporáneas sirven de molde.

Un ejemplo de esas «pequeñas máquinas», y «nanoobjetos» es el teléfono móvil, cuya introducción en el continente africano ha sido un acontecimiento tecnológico de una singularidad considerable. El teléfono móvil no es simplemente un objeto usual. Se ha convertido en un verdadero granero de conocimientos y un ensamblaje crucial que ha cambiado la manera de hablar, de actuar, de escribir, de comunicarse y de imaginar de las personas, ha cambiado lo que son su relación consigo mismas, con los demás y con el mundo en general.»

Achille Mbembe – Brutalismo, p.74

D

Anoto una cita de la Desgarradura de Cioran: «Tal vez solo habría que publicar lo que brota en un primer momento, antes de saber nosotros mismos a donde queremos llegar». Quima me pide que haga una revisión de poetas que escribieron sobre el exilio. Entiendo que ciertas peticiones vienen de una nostalgia sintomática.

Él cuenta que junto a un amigo, el Yunque, quiere dejar grafitis en las paredes de Lima la gris. «El país natal no es el que aprendí a dibujar en la primaria», dice Quima, «solo puedo moldear una patria en el alma, en la poesía, si acaso esa idea todavia existe en el apocalipsis de nuestro tiempo, como dijeron, a su manera, Witoldo y Celan; no puedo sino escribir desde el sentir.».

Bolaño cuando estuvo en Caracas habló de las varias patrias del escritor: el lenguaje, amigos, bibliotecas, lealtades y personas queridas…la escritura tenía que ser el unico pasaporte para moverse por la desesperación de la época.

A orillas de un mural, cerca de Barranco, Yunque traza unos versos de Juan Gustavo Cobo Borda:

«Los exiliados hablan de su país
como si este todavía existiese.
Se olvidan, sin embargo,
de que al subir al avión
el país se convierte
en un poco de ironía
y persistentes recuerdos.
Podrán volver, es cierto,
pero el país será diferente.
Los exiliados continúan hablando de su país
y el país, a espaldas suyas, crece…»

Quima comparte: «Es posible que vivir consista en la travesía de nuevos territorios. Escribo bajo la espesura de la nostalgia, lo único que sostiene a los que perdieron la fe en el futuro.»

La nostalgia es la enfermedad del exiliado, así como la perla es la enfermedad de la ostra. Le doy a Quima unos versos de Pedro Lastra, para rayar alguna puerta de baño público:

«El desterrado busca,
y en sueños reconoce su espacio más hermoso,
la casa de más aire.»

Quima raya algunas paredes con este verso de Porchia:

«Se vive con la esperanza de llegar a ser solo un recuerdo».

De mis amigos quedan, como dice Ivan Oñate:

«La patria, el sueño,
la casita propia,
la evolución de las especies,
la seguridad social
la familia».

Yunque, al recordar su infancia en la sierra, se pone a llorar. «Es solo arena: la memoria: el mar».

«Hasta hoy en la literatura y en la historia, el exiliado ha sido un personaje protagónico. Propongo otro: el quedado, el regresado, el que no puede (o no quiere) ir a ninguna parte. (¿A qué parte en un mundo en que los exilios comienzan a ser imposibles?) Apuesto por la pertinencia de estos seres, por su heroismo domiciliario.»

Eduardo Lalo – donde

Hotel frente a la Avenida las Américas

Durante mucho tiempo le atribuí a Tombo una frase que luego vi que estaba en el prólogo que hizo Vicente Huidobro en su Altazor:

«Los cuatro puntos cardinales son tres: norte y sur.»

Admito que la sentencia abría una discusión intensa entre nosotros que mantenía siempre el mismo hilo conductor: el porvenir. Pasaron los años y muchas de las personas con las que tenía estas reflexiones en el Hongo, detrás del Comedor, el café de estadística, la entrada de la Biblioteca Central, el Hueco, esperando en el andén, caminado a Zona Rental…ya no las tengo conmigo. En una revista académica regresó de nuevo el concepto de insilio, una especie de destierro de uno mismo. Normalizamos reconocer en muchas personas el síntoma particular de estar a menudo fuera de sí; ahora la palabra más acertada es disociarse, verbo que sin problema conjugamos en la primera persona del plural, como si se tratara de un estado de derecho que nadie nos puede cuestionar. Disociamos para evadir el porvenir. O lo que también sucede con más frecuencia: disociamos porque el porvenir se nos viene encima. Quisiera tener la capacidad de ubicar los cuatro puntos cardinales entre el norte y el sur. ¿Cuál es la dirección? La pregunta es abierta y dirigida a los ausentes. Seres queridos llevando el costo de la vida en sitios sin referencias para mí, solo tengo fotos, archivos, memoria, historias alteradas por mitologías personales, rayando entre la pena y la vanidad, historias de 24 horas de duración, que hacen de la eternidad un asunto de métricas y reacciones. El porvenir parece tener un vínculo íntimo con la soledad. Una forma de tristeza. Esa huida de nosotros, ¿qué objetivo propone? ¿Mientras más lejos estemos de nosotros, más cerca estará la meta? De ser así, ¿en qué consiste dicha meta? Queda la hospitalidad del recuerdo. Releo el final de un relato de Kafka:

«—¿Hacía dónde cabalga el señor?
—No lo sé —respondí—.Solo quiero irme de aquí, solamente irme de aquí. Partir siempre, salir de aquí, solo así puedo alcanzar mi meta.
—¿Conoce, pues, su meta?—preguntó él.
—Sí—contesté yo—.Lo he dicho ya. Salir de aquí, esa es mi meta.»

Sigo volviendo a ninguna parte.
Los regresos también son metas.

«…finalmente hemos de poder justificar el hecho más básico de la experiencia estética, el hecho de que el deleite se encuentra en algún lugar entre el aburrimiento y la confusión»

E.H. Gombrich – El sentido del orden

Parque La Llovizna, Ciudad de Puerto Ordaz

Quima ha estado leyendo «La Melancolía del Ciborg» de Broncano, me comparte fragmentos, pregunta cómo es la ciudad donde vivo mientras me habla de la suya, también me dice que nada queda, las cosas se hacen para que no duren, así pues, nuestra relación con los otros, imágenes cargadas de historia. No vale la pena tomarse algo personal. En cuestión de meses todo cambia radicalmente. Le hablo de que la felicidad consiste en reconocer esos cambios. Me repito una frase del diario de Ribeyro: «Me gustan las personas sobre las que no podemos formarnos una opinión, en otras palabras, las que nos obligan a renovar constantemente la opinión que tenemos de ellas». Él por su parte, asertivo, cita a Broncano: «Las prótesis son una suerte de exilio: las patrias, las infancias y aquellos otros lugares del que los humanos son expulsados son construcciones donde las raíces crecen en un suelo de hábitos, un trasfondo efervescente de creaciones y cambios impulsados por las diversas prótesis que nos habitan o habitamos y que nos empujan fuera de los orígenes. Todos los exilios se viven como expulsión, como malestar y como nostalgia de lo ido sin que quepa la esperanza de recobrar el lugar perdido, como cuando volvemos al pueblo y tras los saludos y los parabienes notamos el cambio irreversible de un sitio que ya no es nuestro: el viejo cine cerrado, la gente que se ha vuelto rica y engreída, no reconocemos al amigo entrañable en esa cara devastada por el tiempo, ni a la antigua adolescente que amamos en esa opulenta madre. Las prótesis producen el mismo efecto. Al caminar desnudos y descalzos por un momento sentimos el placer inmenso de la vuelta a nuestro cuerpo, pero al poco sentimos que ya no es nuestro estado, que nos dañan las piedras, que nos invade el pudor y que esa visita a lo natural no puede extenderse más allá de ese instante. Las vueltas del exilio no son las vueltas del hijo pródigo (tampoco sabemos qué sintió el hijo pródigo, acaso un inmediato arrepentimiento por la vuelta). El ciborg nunca vuelve de su exilio: las posibilidades ganadas le han transformado hasta un punto que el mundo se ha convertido en otro mundo.» ¿La memoria, acaso, también es una prótesis?

«Quizá todas las invitaciones deban proceder del cielo; quizá sea inútil que los hombres traten de unirse, porque al intentarlo solo consiguen ensanchar el abismo que los separa.»

 E. M. Forster A Passage to India

Parque La Llovizna – Puerto Ordaz

«Me gustan las personas sobre las que no podemos formarnos una opinión, en otras palabras, las que nos obligan a renovar constantemente la opinión que tenemos de ellas.»

Julio Ramón Ribeyro – La tentación del fracaso

Sala Fedora Alemán, Centro nacional de acción social por la música, Caracas.

Con frecuencia iba a sus presentaciones en el Sistema. También esperaba que saliera de sus ensayos de percusión. Luego la acompañaba hasta su casa en Campo Alegre. Caminábamos por el boulevard hasta llegar a Chacaíto. Cuando se hacía muy tarde me quedaba a dormir con ella; eso era lo ideal y lo mejor para mí, porque casi siempre nunca había forma de regresarme de donde había venido. ¿No les pasa eso? A veces no sabes cómo volver al sitio al que nunca te terminas de acostumbrar porque, en algún punto, en el fondo, detestas pero no puedes admitirlo y por eso buscas huir de él tomando distancia, pero sin saber cómo abandonar dicho sitio, porque en algún momento tienes, como aceptando tu fracaso, que volver a él porque no tienes otra alternativa. La costumbre nos arruina. Yo me había acostumbrado, claro, a las vigilias en casa de ella. Pasaba horas revisando sus discos de música clásica, tocando una melódica Hohner. Ella tenía una fijación por los compositores rusos, en particular por Rachmaninow. Los domingos íbamos a Colegio de Ingenieros a comer en los puestos de comida peruana. Tomábamos chicha morada y una ración de papas a la huancaína. Ella me dejaba las aceitunas negras que adornaban el plato. Los últimos trozos de papa los comía con cierta lentitud y tristeza. Esperaba ansioso ese momento porque solía decir algo inesperado, como si aquel rito específico, en que quedaba el último pedazo bañado de crema amarilla, estuviera la única oportunidad de decir eso tan puntual y enigmático que tenía mucho tiempo pensando. Una vez dijo que las piedras lloraban por la ira del sol; en otra ocasión que: «la soledad del Bisonte del Zoológico de Caricuao es el reflejo del caraqueño promedio, que es por naturaleza, una criatura sin aspiraciones, mediocre; casi todos los que vivimos aquí tenemos un parecido a las piedras, nos distingue, tal vez, la certeza de poseer un alma, pero de qué tipo, si al final tampoco éramos capaces de movernos para escapar. Duelen tantas limitaciones. La libertad (auténtica) es no tener que decidir sobre nada. Por la fuerza de la costumbre, como el bisonte, solo podíamos soñar que huíamos del sitio que despiertos no podíamos dejar.»

«La salud es un estado incierto y no augura nada bueno. Es mejor ser alguien que viva tranquilamente enfermo, así al menos uno sabe de qué va a morir.»

Olga Tokarczuk – Sobre los huesos de los muertos

La Casita Azul – Ubicada en El Conde, detrás de la Iglesia Nuestra Señora de Fátima. Av. Este 10, entre Avenidas Sur 17 y 19, Parque Central, Caracas.

Me acuerdo del pequeño altar en la Casita Azul, por Parque Central. Algunos viernes tomábamos allí y otros días entre semana en la Ratonera, que estaba en la misma calle. En la Ratonera Gus leía los poemas que tenía escritos en una pequeña libreta negra. Yo no decía nada, solo tomaba fotos, con esa sensación latente de que olvidaría aquellos lugares donde raras veces me sentía tranquila. Y pensar que en ciertos antros uno puede experimentar algo parecido a la gracia, la que se mezcla con los eructos de la clientela que pasada las doce deja de ser gente para ser querubina, y ese olor a cigarro y orine, que aceptas con una alegría que da pena. Como si el mañana no importara, pensando que nos quedaremos aquí para siempre, en la fiesta de la esquina, en el recuerdo de la ciudad y de la gente que entra y sale de nuestra vida. Gus terminaba de leer y Alejo comentaba sobre los versos. Gus asentía. Alejo fumaba demasiado y dibujaba lagartos en una servilleta. Luego ambos se miraban y recitaban a Santa Teresa de Jesús: «¡Ay, qué larga es esta vida!/¡Qué duros estos destierros,/esta cárcel, estos hierros/en que el alma está metida!/Sólo esperar la salida me causa dolor tan fiero,/que muero porque no muero». Nunca fui buena con los poemas. Nunca pude aprenderme ninguno de memoria. Pensar nostálgicamente me marea. Es un acto masoquista. Luego de varios años, que Alejo y Gus no están voy a beber sola a la Casita Azul. Veo el altar que tan poca importancia le daba antes. Recuerdo ahora muy tarde los primeros versos que nunca aprendí: «Vivo sin vivir en mí,/y tan alta vida espero,/que muero porque no muero». Este recuerdo en particular, junto a los fragmentos de un poema que nunca me voy a aprender, son de color azul ¿Los recuerdos pueden tener tonos cálidos y fríos al mismo tiempo? A todas esas mientras me tomaba la décima cerveza me preguntaba sobre qué color tenía la ausencia. O es que solo divago y de manera involuntaria y etílica me terminé aprendiendo algunos versos de memoria: «Porque si es dulce el amor,/no lo es la esperanza larga:/quíteme Dios esta carga,/más pesada que el acero,/que muero porque no muero». ¿Será?

«Cuando el hombre quisiere ser más espiritual, tanto le será más amarga la vida, porque siente mejor y más claro los defectos de la corrupción humana.»

Kempis – Imitación de Cristo

Vitral de la Biblioteca de la Universidad Central de Venezuela.

La ciudad es una historia siempre en proceso de construcción. Caracas para mí ha sido una versión incompleta de un sueño ajeno y profundo, un sueño que tiene algún extraño que ignoro cuándo despertará. Estando tan lejos solo puedo ordenar mis recuerdos a partir de un procedimiento sencillo, cuando no riguroso, de guardar las fotos que fui tomando, montarlas en alguna parte, exponerlas y compartir algún testimonio onírico. La torre de Parque Central vista desde la entrada del Teatro Teresa Carreño. Solo me quedan estos recursos, una visión personal de una ciudad que hasta cierto punto consideraba mía. Desde aquí ahora solo es un sueño que se desvanece en otras rutinas, el trabajo, la agitación, el arriendo, la lista del mercado esperando en el imán en forma de maleta en la nevera, los vecinos silenciosos sin sentido del humor, el olor a extranjero que cargo encima, mi frágil sentido del gusto, en fin, una vida adulta donde el aburrimiento solo conduce a olvidar los lugares de donde venimos; un tipo de olvido donde voy perdiendo el interés de mi propia historia. Una imagen para la distracción de una vida lejana y nostálgica. Recuerdo todas las veces que pasando por la entrada del teatro, al mirar la torre, a veces luminosa y otras veces cubierta de una oscuridad espectral, me preguntaba qué entidad soñaba esta ciudad, en qué sueño ajeno nos encontrábamos. ¿Qué pasaría si en el momento que la entidad despertara, tras un sobresalto de pesadilla, y en un abrir de ojos, si es que hay tales ojos, todo esto, por fin, desapareciera? No sé.

«La naturaleza mezcla algunas veces sus efectos y sus espectáculos con nuestras acciones, con una especie de propósito sombrío e inteligente, como si quisiera hacernos reflexionar.»

Los miserables – Víctor Hugo

«Casi todos los hombres nos aburrimos inconscientemente. El aburrimiento es el fondo de la vida, y el aburrimiento es el que ha inventado los juegos, las distracciones, las novelas y el amor. La niebla de la vida rezuma un dulce aburrimiento, licor agridulce.»

Niebla – Don Miguel de Unamuno