Quizá comenzando sociología. Capaz un poco antes, cuando era mensajero de un bufete que se reunía a comer y beber en El Dragón Verde, unos chinos por el Bosque.
Por las noches trabajaba recogiendo cables en bodas, quinceaños y graduaciones.
Tenía diecinueve años.
Cuando mi jefe (El Jano) estaba de buenas o pasado de tragos, dedicado a bailar con las niñas y seducir a las matrioskas, me dejaba usar el mixer pasada las doce, cuando la pista se llena de gente en el orto. Ponía mi sesión electrónica: Daft Punk, DJ Sammy, Chemical Brothers, Fake Blood, Soulwax, Justice, Dada Life. Dependiendo del momento tenía mi selección salsera: Dimensión Latina, Cortijo, Ray Barreto, La Orquesta Harlow, los Hermanos Lebrón, el Disco Blanco de Palmieri (que suena mejor a las cuatro de la mañana y a las dos de la tarde), La Sonora Matancera y la dicha de Fania All Stars.
Esta constelación de referencias fue la herencia de mis tíos de la Oficina N°1, hombres alegres que luego de entregarse a los evangélicos dejaron la melomanía para siempre. La desmesura espiritual los hizo seres aburridos y entristecidos en la fe. El pasado festivo quedó retenido en la gaveta de la vergüenza, que para los cristianos es lo mundano, para los druidas urbanos (amantes de Herman Hesse) el Samsara, y para los lacanianos, lo real, la caja negra del inconsciente (esto claro, hablando en términos aeronáuticos).
Luego Perdomo me explicará en la Tasca Los Hermanos que lo real es una estaca clavada en el océano, una vara que mide lo que no puede medirse. Por medio del lenguaje, me dijo, tratamos de dar orden y sentido a lo caótico de la vida. Eso es lo real. Ese intento frustrado de retener lo inefable con las palabras.
Mezclar lo que nos provoca es lo más parecido a ser Dios. En tal caso, un pequeño demiurgo.
El porvenir, gracias a la extravagancia de la juventud, la tristeza, las ilusiones y la falta de experiencia, se podía evadir.
Tenía sueños desordenados.
Los recuerdos son imágenes fijas en segundos de canciones.
Años después leí la definición de Instante para Leidy, una niña de diez años: El instante “es lo único que uno le pide a una persona”.
Rayado en Bello Monte
1X2
Escribía reseñas para una agencia de objetivos promiscuos: “promover bandas emergentes”.
Estamos en el 2011.
Había muchos conciertos gratis; lo gratuito presagiaba una metástasis discreta.
Escucho System of a Down, MGMT, Morricone, Ratatat y Kavinsky.
Me ofrecía para llenar y ordenar iPods nano y clásicos. Tenía que crear listas y proponer antologías para el mañana. El éxito de los servicios (tanto escribir como llenar iPods) radicaba en la garantía de un sentido del gusto por los detalles. Requisito indispensable para el librero. Pero eso vendría después.
Con la música los trabajos eran sencillos, de reconocimiento; más que las canciones, de uno mismo. El descubrimiento y asombro son cruciales para el DJ, selector, entusiasta o cualquier cronista en formación durante los años difíciles, etapa que particularmente nunca termina para el espíritu inquieto.
El sentido del gusto se construye. Orbita entre novedades y posturas fósiles. Hay cierto recelo sagrado por las cosas inútiles. A veces una mezquindad inusitada nos priva de alternativas para ser mejores.
Mi problema con la agencia era cuando una banda era mala y tenía que venderla como buena, justificando un sueldo… intereses ajenos de rapiña.
También me pasará vendiendo libros. Metido en discusiones estériles por la defensa del lector—el respeto del tiempo, mantener relaciones públicas (inevitables pero necesarias) con escritores insoportables, artistas sin talento y narcisistas, empeñados en la pose que está por encima de su obra —se tiene que ser comedido en la distribución de los elogios.
Tendré hitos canallescos, así como pequeñas alegrías donde recuperaré la fe en la humanidad, para perderla al día siguiente.
Pero no quiero adelantarme. El ahora es pasado.
Nunca me interesó escribir. Mejor es ver y escuchar. Acumular canciones. Volver para siempre a las mejores partes de nuestra vida. De ahí el origen del Juego de las listas, intentos de inventariar recuerdos. Dejar constancia del rastro.
Tendré nuevas definiciones de la palabra Espíritu.
Para Pablo, de 10 años: “El espíritu es un recuerdo de la mente”.
Para Andrés, de 9 años: “Es el segundo cuerpo que vive en la muerte».
Mural en la Avenida San Martín
1X3
Anoto una frase de “El libro de las semejanzas” de Edmond Jabès:
“Existo porque tú me conoces, decía. De ti proviene mi semejanza.”
Asunto crónico de la memoria: perder la capacidad de concentrarse. Extraviar los vínculos con la semejanza.
Sobreestimulados por los signos de la rutina se nos priva el espacio del aburrimiento. En un caso terminal se nos niega el espacio para contemplar: cultivar la mirada atenta en una sociedad farmaco-pornográfica.
Reviso un libro de Mark Fisher: “Los fantasmas de mi vida: escritos sobre depresión, hauntología y futuros perdidos”. Se menciona la facilidad que ahora tenemos para acceder a cualquier información. Fisher dice que prácticamente todo lo que queremos está disponible para ser visto una y otra vez. Concluye que “bajo las condiciones de la memoria digital, es la pérdida misma la que se ha perdido.”
Baudrillard encontró un problema en la llamada memoria digital. Los servidores (computadoras y prótesis inteligentes) no pueden recordar como tal puesto que no tienen la capacidad de olvidar.
¿A qué viene ese consentimiento para que una prótesis recuerde por mí? Agendamos citas, cumpleaños, afectos dispersos en imágenes, con la plena seguridad de que podemos incluso darnos el lujo de olvidar con mayores excedentes, aplacando los detalles, en la medida que el ritmo acelerado de vida justifica nuestro déficit de atención. ¿Cómo hacemos memoria a partir de esos (des)entendimientos?
Lo digital como memoria encuentra una paradoja: pretende ser una cosa que es y al mismo tiempo no es (es hauntológica). La memoria no es una “cosa” o un objeto que se encuentra o se pierde. Siguiendo a Gillis, la memoria no es una cosa Sobre la que pensamos sino una cosa Con la que pensamos. Ella no puede existir fuera de nosotros, nos constituye. En cambio, con la memoria digital (supongamos: la data: los recuerdos) se puede prescindir de nosotros. De hecho, esta forma de memoria protésica, para que contradictoriamente exista debe estar siempre en otra parte.
Con ironía siniestra el algoritmo sugiere una frase de Antonio Porchia: “Mis cosas totalmente perdidas son aquellas que, al perderlas yo, no las encuentran otros.”
La Candelaria
1×4
Releo «Terapia para el Emperador», de Manuel Llorens, donde cuenta sus experiencias como psicólogo de la Vinotinto. Llorens reflexiona sobre una herida. La Vinotinto como reflejo de nosotros. Dice: “Las pasiones que ha desatado la Selección Nacional de Fútbol han servido para repensar nuestros apasionamientos, nuestras aspiraciones. Maniacodepresivos dice el Dr. Fernando Rísquez que somos los venezolanos. Pasamos del festín, a la desilusión. Sufrimos de esperanzas espasmódicas, mercuriales. Vivimos de quince y último. Derrochamos con alegría el fin de semana y nos quejamos los días restantes”. La selección como nuestro espejo. La ilusión se concentra en la satisfacción inmediata. Poco creemos en el trabajo discreto de todos los días. Venezuela piensa en la gratificación efímera del presente, a costa de siempre evadir el porvenir. Tenemos “la mirada eternamente perdida en un lugar que no es el nuestro. Confundidos sobre nuestro lugar en el mundo…Dudosos y ambivalentes sobre nuestro propio valor”. Estas huellas oscilan en nuestra cultura. La tendencia es la resignación: “No hay mal que dure mil años, ni cuerpo que lo resista”. Para Llorens, “una manera extrema de sostener la esperanza”. El «Mano tengo fe», exprimido hasta el fetiche comercial, es otra píldora para tolerar la amarga realidad. “Difícil mantenerse sereno ante las posibilidades de victoria. Se teme ilusionarse demasiado. Se ha estado esperándola tanto tiempo que cuando se ve cerca se teme que sea una mera fantasía…Nuestras esperanzas son frágiles…Hay que sacrificar demasiadas cosas para mantener una meta a largo plazo. Y no parece rentable sacrificar el presente por un futuro que no termina de llegar”. Hemos sido poco críticos con las fantasías que nos vendió un sistema afanado en elevar nuestra fe a la insensatez. Parece salpicarnos en otras formas de vida, condenados a “tener que revivir el sufrimiento de perder lo que se desea”. La esperanza tiene un alto contenido psíquico. Reducida a mercancía deviene en ceguera, fanatismo. La esperanza miope es una cárcel. Cierro y cito a Sasha Guitry: “Un hombre inteligente se repone pronto de un fracaso. Un hombre mediocre, no se repone jamás de un triunfo.»
Maurice Pinguet – La muerte voluntaria en Japón
1X5
He pensado en unos versos de Derek Walcott:
House of umbrage, house of fear, house of multiplying air
House of memories that grow like shadows out of Allan Poe
House where marriages go bust, house of telephone and lust
House of caves, behind whose door a wave is crouching with its roar
House of toothbrush, house of sin, of branches scratching, “Let me in!”
House whose rooms echo with rain, of wrinkled clouds with Onan’s stain
House that creaks, age fifty-seven, wooden earth and plaster heaven
House of channelled CableVision whose dragonned carpets sneer derision
Unlucky house that I uncurse by rites of genuflecting verse
House I unhouse, house that can harden as cold as stones in the lost garden
House where I look down the scorched street but feel its ice ascend my feet
I do not live in you, I bear my house inside me, everywhere
until your winters grow more kind by the dancing firelight of mind
where knobs of brass do not exist, whose doors dissolve with tenderness
House that lets in, at least, those fears that are its guests, to sit on chairs
feasts on their human faces, and takes pity simply by the hand
shows her her room, and feels the hum of wood and brick becoming home.
Esta es la casa en ruinas de mis semejantes. Pienso tanto en los que se han quedado y tienen la vida presa en otro sitio, en un tiempo desprovisto de futuros, en un ahora sacudido por la especulación de lo que pudo haber sido, de lo que nunca fue. Idealizar el futuro es una forma de quemar el presente. La nostalgia es el salitre de la memoria. Filtración en medianera. En mi prótesis elijo ver un panorama menos doloroso del mundo, sesgado más por lo que consumo que por lo que en realidad importa. «En algún lugar lejano detrás de mí, el paisaje de mi enloquecido país está cada vez más pálido, aquí delante de mí, una escalera que no lleva a ninguna parte» (Ugrešic). Junto a seres amados quedamos, como si la alternativa fuese un lujo, en seguir adelante, dándole un sentido discreto al derecho de vivir despierto. Ahora creo entender mejor lo que dice el poeta Alfredo Herrera en sus Remanentes: «el amor a las sustancias requiere alta actividad del alma».
En el sepelio de mi abuela me iba a entrar a coñazos con un enano.
Cuando muere alguien en provincia se cierra la calle frente a la casa con sillas y guirnaldas.
Vienen dolientes del norte y del sur. En cuestión de horas el desconocido es un familiar improbable: la sangre es un asunto de siglos. Congregaciones y logias por igual dejan sus respectivas coronas de diversos tamaños en un orden elíptico a los lados de la urna.
Siempre vuelvo a la casa de Cañete: la escena de una sala repleta de gente y un intenso olor a formol.
Estábamos tan tristes que habíamos perdido el sueño de dos días, ignorando que esa pérdida, o al menos ese vacío que provocan los ausentes, se prolongaría por años.
La comida es un elemento indiscutible y sagrado en la familia, sobre todo en fiestas y velorios. Ese día se preparó carapulcra en cuatro ollas gigantescas. El plato consiste en un guiso de papa seca, comino, cebolla, ajo, ají panca, maní troceado y cerdo. Cuando el guiso hierve se le agrega una barra de chocolate oscuro, que sirve para elevar y calibrar los sabores amargos y ácidos de la papa y el ají; mis tías prefieren el chocolate clásico Sublime. La carapulcra se acompaña con arroz o tallarines y una salsita criolla.
Repartíamos un plato a cada visitante. Ahí fue mi primer encuentro con el enano, que le colgaban las piernas en un largo mueble de la sala. Todos comieron. Faltaba la gente de la calle. Pasé con la nueva ronda. Vi que el enano estaba sentado en otra silla de afuera, como si nada. Se le dio otro plato. En la tercera vuelta lo volví a ver, recostado cerca del portón del garaje, esperando de nuevo.
¿Quién coño es ese enano? No sabemos.
¿Familiar? ¿Amigo? Tampoco sabemos.
Por favor, ese carajo ya ha comido tres veces.
Me le acerco. Me mira y me extiende sus manos. Disculpe, le pido por favor que se vaya.
Oe, si yo apenas he llegado y no he comido nada, dijo el enano.
Lo levanté y le dije que se fuera por la buenas. Lo empujé. El enano en medio de la calle me ofreció la mano, mientras me decía: «no eres hijo de dios, dame la mano».
No te voy a tocar, maldito enano.
Te voy a acusar, dijo, y empezó a bailar un huayno.
Grosero, estás en un velorio, iba a darle una cachetada con el plato.
Fue mi momento Laiseca, solo me faltaba el garrote.
Un primo me agarró por el brazo y me metieron a la casa. El chamo está asado, decían.
El enano después le ofreció la mano a mi tío. Este desistió y el enano entonces dijo: «lo que pasa es que ustedes no son feos como yo». Y se fue corriendo.
Nos cagó… dijo mi tío.
Más tarde llegó un hombre vestido de blanco. Se acercó a una de mis tías. Le dio el pésame mientras le entregaba una piedra de colores en un saquito de tela. Luego colocó dos vasos de agua bajo la urna de la abuela. Declamó unos versos en reverso, como lo hacen los sanadores de la sierra y los encantados de las lagunas.
Unas viejas cubiertas de negro se pronunciaban con miedo desde la placa de sus dientes: «Ese de ahí…no es cristiano, es un rabdomante». Se persignaban y oraban no tanto por la muerta sino para protegerse ellas.
¿Para qué son los vasos?, preguntaba.
Para calmar la sed del viajero, me decían voces confusas por el duelo.
¿Los muertos tienen sed?
El cuerpo ya no, lo sediento siempre es el alma, que sigue andando por ahí.
No sabemos cuánto tiempo le tomará llegar hasta allá, cosa ya tan lejos de aquí.
¿Y dónde queda ese allá?
Nadie sabe, pero no tiene nada que ver con el acá.
La cosa es que tampoco ese allá queda tan lejos. Pero uno por miedo no quiere saber de distancias.
Más tarde, cuando se sacó la urna de la casa para llevarla al cementerio, los vasos de agua burbujeaban y hervían como si alguien con un pitillo invisible los soplara desde el fondo. Pero yo estaba tan entregado a mi dolor que no le di mayor importancia a lo paranormal.
En la calle nos esperaba el pueblo de Cañete, junto a una banda marcial contratada para las procesiones fúnebres. El camino de la casa al cementerio no era largo. Nos movíamos todos con parsimonia por las calles de San Vicente, haciendo paradas e inclinando la urna frente a los lugares donde mi abuela pasó la mayor parte de su vida. Trabajando en el hospital, en la congregación del Opus Dei, en la catequesis de la Iglesia frente a la Plaza de Armas, la calles intestinas del mercado, la entrada colonial del Santuario (en cuyo umbral reposa una pequeña virgen que llora sangre). Fueron en estos jirones donde la abuela fue feliz, entregada a la devoción de sus hijos y nietos, recorriendo los mismos lugares condenados por igual a desaparecer…La música de la banda llevaba toda forma de tristeza a la exageración.
Uno es capaz de palpar la memoria en el éxtasis del recuerdo.
La entrada del cementerio es una calle recta y arenosa, vecina de una cancha de fútbol. La provincia de Lima en general es una inmensa ciudad perdida en el desierto. La banda empezó a tocar unas piezas de marinera norteña. Varios primos con sus pañuelos se pusieron a bailar alrededor de la urna, en la medida que nos íbamos acercando a la necrópolis. Al poner la urna en el altar de la recepción la tierra empezó a temblar. La gente comenzó a gritar. Algunos ojos se voltearon hasta ponerse blancos: «ha muerto una santa», decían, «se ha ido y así se despide del pueblo entero». Varios se desmayaron. Los perros lloraban y los borrachos vomitaban a orillas de las tumbas, apoyándose en lápidas de mármol y ángeles de yeso. La réplica duró apenas un instante, que es lo mismo que la eternidad. Estaba eufórico. Pensé por un momento que me iba a desplomar durante el trance. Tuvieron que pasar muchos años para asimilar los sucesos escalonados y fantásticos de ese día. Siempre tuve problemas de cómo iba a contarlo, cómo se podía plasmar con detalles esas imágenes imposibles de la despedida de mi abuela.
Extraigo una cita del libro de Vivir con nuestros muertos de Delphine Horvilleur:
«Hay muchas maneras de narrar la vida de quienes nos dejan, incluso cuando su desaparición resulta extremadamente dramática. Quizá necesitamos asegurarnos de que nuestra memoria permanece fiel a la complejidad de su existencia, que nunca se resume en el componente trágico de su interrupción.
»Me he dicho muchas veces que tanto para mí como para mis seres queridos deseo que el día de nuestro entierro nuestras vidas puedan ser evocadas desde una perspectiva distinta de la tragedia, que se nos brinde la posibilidad de ser rememorados mediante otros léxicos y otros registros, que nuestras vidas puedan verse como un thriller, una serie romántica, una leyenda mitológica o incluso una comedia popular. Lo que sea con tal que en nuestro entierro se nos permita no ser reducidos a nuestras muertes y transmitir cuán vivos estuvimos en vida.»
Al releer este fragmento no había considerado que los eventos ocurridos durante el velorio y el entierro de mi abuela no eran sino el resultado de la vida agitada y plena que tuvo. Llena de viajes y personajes extraños, siempre acompañada de alguna que otra situación incomprensible que solo podemos llamar, por falta de palabras, experiencias al borde del milagro. De hecho, la historia familiar es una cadena de situaciones milagrosas que muy pocas veces se recuerdan.
Luego del entierro papá recuerda un evento que yo había olvidado. La familia ya encerrada en casa, evocando historias en torno a la abuela. Ella cultivó en sus hijos una práctica a la que pensé había llegado tarde, pero ignoraba que siempre había estado presente en mi vida: la poesía. Cada hijo, hermano, sobrino y nieto, tenía en su memoria una serie de poemas memorizados que cuando había reuniones especiales declamaban frente a todos. A mi me tocaba el Palabreo de la loca Luz Caraballo, de Andrés Eloy Blanco, poema que era bien recibido por extraños y aparecidos, puesto que parecía sugerir épocas y lugares ajenos a todos. Al terminar era capaz de establecer la distinción de alguien criado en dos tierras distintas: Perú y Venezuela. Creo que en eso radica la lógica religiosa de la poesía, una declaración pública de principios en la que se demuestra a partir de simples gestos el poder de las palabras. A mí particularmente me gustaba mucho los poemas que el azar le otorgó a mis otros primos, que sentía mejores que los míos, más conmovedores, más desgraciados, por mucho que los disfrutara nunca me pude aprender ninguno de memoria. Era grato escuchar a mi primo B. en la sala declamar por enésima vez El payaso de José de Maturana:
Es el payaso en esta vida, a quien Dios destinó a sufrir pues tiene que hacer reír aunque tenga el alma herida.
con su sonrisa fingida, tiene penas que ocultar y si el payaso pudiera hablar, y contar sus amarguras, hasta las almas más duras podrían con él llorar.
No pidáis que me ría, que de mi risa me espanto he reído tanto, y tanto carcajadas de dolor que en este mundo traidor se aprende a reír con llanto.
Lloramos como los buenos payasos que somos la familia, esa cosa imperfecta y amorfa que, en la definición de Jorge Iván Soto, un niño de 8 años: «Es una reunión de toda la vida». Es curioso pensar que «todo el tiempo nos hemos reído de las incomodidades sin entender que eran los días más felices de nuestra vida.» (El sueño de los héroes). Que lo más valioso de estos eventos de la muerte capaz esté en la capacidad de asimilar la vida posible que, esa persona que se fue, nos ha dejado como enigma. La única gratitud que se nos pide a los que se quedan es la de permanecer unidos en la memoria. Si esto acaso, claro, en algunas familias tiene algún sentido.
No hace falta creer en una forma de vida en el más allá; tampoco en la presencia de almas andantes y sedientas; mucho menos es necesario creer en la presencia de entidades en nuestras casas para reconocer, siguiendo a la rabina Horvilleur, «que todos convivimos con fantasmas…Están los de nuestras historias personales, familiares o colectivas; los de las naciones que nos vieron nacer; los de las culturas que nos acogen; los de las historias que nos han contado (o no), y, a veces, los de las lenguas que hablamos». Ya el asunto es con qué intensidad y propósito conservamos en el recuerdo la memoria de ellos, nuestros muertos.
Hoy mi abuela estaría cumpliendo 94 años.
Me valgo de la anécdota de la muerte para destacar el valor de la vida. Ella, como todo fantasma, lleva consigo la huella de su historia deshilachada, repartida en cada miembro que la recuerde, siempre atenta a regresar. Esperando plantar en cara esas historias para ver de qué manera repercuten en nosotros en un momento específico, uno que cada instante deja de pertenecernos.
Enlisto, como de costumbre, algunas definiciones sobre la muerte:
Para Ancízar Arley López, de 11 años: «Es una cosa que no regresa»
Para Juan Esteban Restrepo, de 10 años: «La muerte es cuando yo muero por causa del cuerpo»
Para Edison Hidalgo, de 12 años: «Es algo que dios hizo por nosotros»
Para Jorge Andrés Giraldo, de 6 años, la muerte es: «El país.»
¿Y dónde queda la vida?
Para Nelson Ferney Ramírez, de 7 años, la vida es una: «Fuerza profundamente del corazón»
Para Walter de Jesús Arias, de 10 años: «La vida es trabajo, amargura y libertad»
Para Juan Pablo Cardona, de 12 años: «Sentir, nacer, tener esperanza en que uno es uno»
Para Lina María Murillo, de 10 años: «Lo que se toma y se pierde cada día en la tierra.»
Publicado en la sección Siete Días, El Nacional, domingo 24 de agosto de 2008.
Librero de la vieja guardia, como se dice, y famoso por su discreción, paciencia y cordialidad con los clientes de Estudios Este (la librería que dirige en La Castellana), Javier Marichal confiesa: «No puedo expresarme sino a título personal, como librero y como ciudadano, no en nombre de ninguna empresa». Es su manera de exorcizar la pasión que podría poseerlo cuando comienza a hablar de la nueva sombra que pende sobre el mercado editorial venezolano desde el 3 de marzo de 2008.
Fue ese día cuando apareció en la Gaceta Oficial número 38882, un decreto que obliga a las empresas importadoras de libros a solicitar al Ministerio de Industrias Ligeras y Comercio el Certificado de No Producción Nacional o Producción Insuficiente como licencia para poder traer al país cuanto título se tenga en mente. Esto incluye desde los misales del domingo hasta, por decir algo, la novela de Firmin, Sam Savage (Seix Barral), de la cual se han hecho desde su aparición en España en octubre de 2007, al menos 10 ediciones —pero aquí como si aún fuese inédita.
Con todo, asegura Marichal, la resolución del Milco no puede verse como un problema aislado: «Para poder verla así tendríamos que tener un ecosistema editorial sano, lo cual no ocurre y esto no es nuevo. El problema comenzó hace décadas cuando los grandes conglomerados económicos pusieron la vista en el mundo del libro y empezaron a aplicarse políticas perversas: como ejercer presión sobre la industria editorial para que se convirtiera en la caja de resonancia de eso que alguien llamó «los autores con nombre de marca», es decir, escritores que tienen asegurada una venta masiva. Esto hizo que se dejaran de lado autores, títulos y temas que son fundamentales para el tejido social, cultural y político en general. Claro que hay editoriales independientes que tratan de tener estos títulos en sus catálogos, pero su presencia es muy marginal. Dada esta situación hay políticas públicas que no son beneficiosas. La resolución del Milco no beneficia a las pequeñas editoriales, las que no tienen una presencia continua y sostenida en Venezuela: sólo agrava un problema que ya existía».
—¿De qué manera lo hace?
—Reduciendo todavía más la posibilidad de diversidad, de que el libro minoritario, que no despierta un interés masivo, pueda llegar al lector. Estos van desde reediciones de autores venezolanos que se han hecho en el extranjero, hasta de otros escritores. En ningún lugar del mundo (pienso ahora en España) se apoya a la industria nacional dificultando que ingrese lo de fuera. Hay muchas otras maneras de apoyar el desarrollo de la industria tanto de la impresión como la de edición.
—En general, ¿el sector editorial venezolano, público y privado, debe mejorar su estrategia de producción y mercadeo?
—Absolutamente
—¿Qué apoyos necesitaría recibir del Estado?
—Lo básico es tener claras las reglas jurídicas del juego. Por otro lado, el Estado debe tomar medidas contra la piratería. La democratización del libro pasa, entre otros puntos por su precio. Pero entonces hay voces que se levantan para apoyar la piratería en nombre de la democratización. Avalan que un bien terminado, en el que se ha invertido, en el que se ha trabajado un equipo muy grande, que va desde el autor hasta el que ha hecho la portada, sea fotocopiado una vez que está garantizada su venta, una vez que no se está apostando por que se vaya a vender o no, como si lo hizo el editor original, que se puso en riesgo. Otra cosa: el Estado debe invertir en la formación de lectores de la manera más amplia posible. En Venezuela, en este reino de la cantidad en que vivimos, Monte Ávila logró lanzar una colección cuyos libros se venden a cinco bolívares fuertes, y donde está parte de nuestra mejor literatura. Esa es una forma de poner la lectura al alcance de muchos sectores. Pero para que esos puedan acogerla, tienen que recibir una buena educación. Si ya antes de la llegada del presidente Chávez se veían como insuficientes los seis años de educación básica y los cinco de educación secundaría para la formación de un lector con capacidad de comprensión suficiente para entrar en la universidad, ¿el problema queda solucionado con las misiones que sacan bachilleres en mucho menos tiempo? En fin, el Estado venezolano debe hacer lo que cualquier otro Estado: apostar por una educación sólida, democrática y plural.
—Y en cuanto al mercado del libro ¿cómo podría ayudar?
—Con facilidades que favorezcan la libre circulación de los bienes culturales. La resolución del Milco a todas luces van en contra de esa libertad. El Estado ayudaría con los subsidios y con firmas de convenios con otros países. Desde hace unos años, sobre todo durante este gobierno, se viene hablando con mucha fuerza sbre la necesidad de la integración latinoamericana. Ya no con el librero sino como lector, yo desearía tener la posibilidad de acceder a mucho de lo que se está produciendo en Argentina, por ejemplo, socio comercial muy cercano con Venezuela. Hace un año, cuando se le dedicó la Feria Internacional del Libro de Venezuela, en el Parque del Este, en el stand del país invitado, en los catálogos, que lo único que se podía obtener, podíamos encontrar un número altísimo de editoriales argentinas que están publicando títulos sobre el pensamiento crítico y las ciencias sociales. ¿Por qué estos libros no están presentes en las Librerías del Sur? Hay muchos que incluso son afines al pensamiento político del Gobierno, México y Chile son otros ejemplos.
—¿Cómo atenta la resolución del Milco contra la libre circulación del libro?
—No hay elementos suficientes para hablar de censura. Pero si no se obtiene la autorización para recibir los dólares de Cadivi, se podría importar gracias a los bonos de deuda pública, lo que se llama el dólar permuta, que es legal. En este momento no existe una diferencia sustancial entre un dólares y otro. Sin embargo, en algún momento puede ocurrir que la diferencia se abra, como antes ¿Qué va a suceder entonces? Que el precio del libro aumentará sustancialmente, y esto cercenará el acceso a muchos venezolanos que no podrá comprarlo. Como he dicho, esta resolución lo que ha hecho es agravar un problema que ya existía antes de Cadivi y del Milco: la desaparición de editoriales completas del mercado venezolano, por la falta de interés de los inversionistas privados de traerlas al país. Poco a poco, van desapareciendo autores porque no tiene rotación. Esto va en perjuicio de la diversidad de la libertad que debería tener cada persona para discutir con las ideas y formarse un criterio propio.
—¿Cree que el certificado de No Producción Nacional puede impedir que lleguen al país distintas ediciones de un mismo libro?
—Ese es otro de los problemas. Ningún libro sustituye a otro, ninguna edición sustituye a otra. Más allá del hecho fetichista de coleccionar Quijotes, por ejemplo, ciertamente una edición y otra pueden tener variantes, estudios, nuevas lecturas que se han hecho y aunque uno sigue leyendo a Cervantes y se mantiene atento a la misma historia, las interpretaciones, las visiones, los hallazgos, hacen válida la posibilidad de tener varias ediciones del mismo libro. Esto para no hablar de las traducciones. Un buen lector conoce no una sino varias traducciones de un mismo poeta. Eso es enriquecedor. Que esta resolución pueda cercenar esta posibilidad, es una hipótesis. Porque cuando no se tiene claridad sobre cuáles son los parámetros legales estamos en manos de la discrecionalidad de los que deciden.
Las librerías
—¿Estaría de acuerdo con que las librerías estén controladas, para que no se abuse con el costo de los libros?
—El precio único ha sido beneficioso en países como España y México. Se ha aplicado sobre todo, pensando en las pequeñas librerías, que no pueden competir con las grandes cadenas editoriales de los editores y distribuidores. Ahora, en una situación como la que vivimos en Venezuela, donde los controles de precio han causado distorsiones dentro de la economía, especialmente por el mantenimiento durante mucho tiempo de un monto para adquirir algún producto, la medida sería peligrosa. En esto podría ayudar, más bien, las cadenas editoriales a las que me refiero. Deberían conocer no sólo los bienes de los que son propietarios, sino también el mercado al que prestan servicio. Ello ayudaría a que editoriales esenciales como Seix Barral, Crítica y Paidós, por citar tres casos, tuvieran una presencia mucho más sana en el país. Si los libros de estos sellos llegaran a través de estos grandes grupos y no de los importadores particulares, con toda seguridad los precios sería mucho menores.
—¿Desde cuando su librería no recibe libros?
—Los libros han seguido llegando, sobre todo los que quedan en los almacenes de los importadores y los producidos en el país. Pero el servicio de encargo está prácticamente cerrado: la última remesa que llegó desde España a esta librería fue la que ordenamos en noviembre de 2007. Antes un libro que encargábamos para algún cliente se tardaba alrededor de dos meses. Ahora pueden llegar hasta seis y ocho meses después. No hablemos de la lectura que se hace como ocio, pensemos en los investigadores y académicos: ese es un tiempo insostenible para ellos.
Fotografía de Nelson Castro
El ejercicio de recordar comprende acumular un conjunto de testimonios que permiten establecer algunos contrastes con el presente. El papel se conserva con el tiempo, se acidifica, las ideas se tornan amarillentas y a veces, lo que nos parecía impensable, es cubierto por la sospecha de los hongos, la tiranía de las termitas, en suma: la indiferencia que garantiza amnesias voluntarias. Pero ¿Cuántos tenemos acceso real a estos documentos? ¿Qué intereses o fines hay en rescatar estos temas que al parecer ya no tienen nada que ver con nosotros? Este testimonio, viéndolo en las condiciones actuales, me ha resultado desgarrador. Ya no se trata de una falta o ausencia de novedades, sino de la existencia de lugares para acceder a ellas. Vivimos en un país donde las librerías fueron dejadas a su suerte, fueron desapareciendo, una por una, como los viejos que mueren lentamente y con discreción en un centro geriátrico. Se aspira que se retomen los espacios lúdicos para la lectura, pero la empresa también implica la existencia de ciudadanos capaces de recordar, pues sin referencias no es viable construir nada. Se requiere de una mínima lucidez para afrontar el doloroso desafío de recordar. Parte de rescatar esta entrevista se enmarca en un proyecto personal de averiguar qué ha pasado durante estos momentos tan ambiguos en los que apenas estaba cursando mi bachillerato, calcinándome en una burbuja escolar, preparándome para hacerme un modesto e irrelevante profesional, ignorando el país que me tocaría padecer, con sus incongruencias y exilios, uno que se me vino encima por estas pequeñas atrocidades. Me parece importante tomar las virtudes de los espacios digitales para reconstruir una versión de la memoria, de un país que dejó de existir en nosotros hace tiempo, pero que se conserva en las pequeñas gavetas, en algún archivo abandonado que acumula el hermoso polvo del olvido.
Jorge Luis Borges en “El escritor argentino y la tradición” escribió que “la idea de que una literatura debe definirse por los rasgos diferenciales del país que la produce es relativamente nueva; también es nueva y arbitraria la idea de que los escritores deban buscar temas de sus países”(p.103). Dicho planteamiento, más allá de una novedad, se ha convertido en una obsesión, bien que podría contrastar con la demanda de escribir temas ligados al contexto donde el escritor vive. Responder a las inquietudes particulares de su contexto.
Dichas producciones literarias parecen estar obligadas a plantearse problemas de su representatividad y arraigo a la cultura a la cual pertenece. Los campos literarios operan, de una manera (más o menos discreta, declarada o abierta), bajo un conjunto de características deseables en un autor para darle o negarle carta plena de ciudadanía literaria. Estos criterios de selección también forman parte de los circuitos en donde las producciones realizadas por los escritores circulan. Bajo el panorama constante que exigen las tendencias se establecen los textos que son más relevantes por encima de otros. Se configura una suerte de canon, sectorizado por la coyuntura actual. “El canon, como ley escrita, no intenta sino homogeneizar gusto y producción estética”. (Montaldo, p. 74). La literatura que se prioriza responde al nivel de compromiso con el contexto social. Las temáticas dentro de la diversidad de lo distinto operan bajo la lógica de sus mecanismos internos. No se sabe hasta qué nivel dichas literaturas estás comprometidas consigo mismas, o lo están con un público potencial.
Ante esta necesidad de múltiples urgencias la calidad de la obra puede ser claramente discutible. Las obras que se hacen no tienen como tal un fin social, lo que sí pueden tener es un destino social, dependiendo de la capacidad que tenga la obra misma de defenderse y circular por su cuenta, con o sin ayuda de factores determinantes como la publicidad, o diversas estrategias de mercadeo que dan cierta vitalidad a la vigencia de dicha obra, que facilitan su acceso y consumo inmediato. Sin embargo, esto no garantiza que la obra se pueda sostener por méritos propios, es decir, que sea capaz de coexistir por su propia fuerza verbal, de manera independiente en los circuitos del mercado, ni siquiera bajo el respaldo de la figura del escritor-marca, que se presenta como una garantía de calidad; pero esto es un asunto cuestionable.
La literatura es una forma de conocimiento. El escritor se bandea dentro de esa producción de conocimiento en función de su nivel de compromiso a niveles históricos, políticos, lúdicos y sociales de una época. Escribir implica una responsabilidad. El escritor tiene quizá la obligación, a menos que decida hacer otra cosa, de analizar la realidad como si se tratara de un caso clínico del cual tiene que desarrollar una poética discursiva que pueda transmitirse al resto de sus semejantes, sea con dificultades en su presente, o en un futuro donde el novelista no exista físicamente pero su obra sea capaz, de manera independiente, de poder defenderse sola bajo su propia lógica constructiva, así como su formación estética, resultado de una memoria particular.
Los textos que responden a las necesidades de la circunstancia, que se ajustan a la particular imaginación de una época, pasan a una sistemática consagración que ya no queda solo limitada ni determinada por un grupo específico, sino que dentro de esa consagración se tejen redes de relaciones para la consolidación de un conjunto de textos que, pasando por las diversas redes de relaciones, pueden ser clásicos, concentrar en las propuestas (sin tomar para esta problemática la calidad de dicha obra) un conjunto de valores estéticos. Son esta suma de cualidades las que conforman la idea de corpus.
El corpus, es decir, el conjunto de textos que conforman lo que bajo el nombre de literatura una determinada época pone a circular de manera legítima, es aquella escritura permitida que ha pasado las pruebas de autorización de los agentes del campo intelectual. El canon es la forma en que se arma, con los textos del corpus, el conjunto del paradigma estético de una época, aunque en menor medida que el corpus, también está ligado a la idea de organización nacional de una cultura y tiene que ver con la constitución de los clásicos. Los clásicos son textos que cultural y convencionalmente se instituyen como modelos (Montaldo, p.74).
Los textos que conforman el corpus, y a su vez se clasifican en un orden canónico, o marginal, funcionan como una mediación de lenguaje. La pregunta que nace ante este panorama incesante es cómo producir una crítica de los textos que vendrán. Roland Barthes estableció una discusión entre la vieja crítica y la nueva crítica. La vieja crítica se basa de la noción de lo verosímil, planteada por Aristóteles, lo que proviene de aquello establecido por la tradición, que toma como punto de apoyo el pasado. El método abre una pregunta a eso que no sabemos. Quien tiene la verdad no se pregunta nada, no se cuestiona, solo establece. A través del método se impone la duda, una duda que se interroga por el azar y el sentido de la naturaleza. Sin preguntas no puede existir el método.
La crítica clásica ha concebido la idea de objetividad, al momento de abordar un texto, bajo un molde establecido. La obra bajo una nueva crítica, necesita ser medida en sus justas dimensiones, como un elemento autónomo.
Cada época puede creer, en efecto, que detenta el sentido canónico de la obra, pero basta ampliar un poco la historia para transformar ese sentido singular en un sentido plural y la obra cerrada en obra abierta. La definición misma de la obra cambia; ya no es un hecho, histórico: pasa a ser un hecho antropológico puesto que ninguna historia lo agota. La variedad de los sentidos no proviene pues de un punto de vista relativista de las costumbres humanas; designa, no una inclinación de la sociedad al error, sino una disposición de la obra a la apertura; la obra detenta al mismo tiempo muchos sentidos, por estructura, no por la invalidez de aquellos que la leen. Por ello es pues simbólica: el símbolo no es la imagen sino la pluralidad de los sentidos (Barthes, p.54).
El gusto está signado por la crítica tradicional en definiciones abstractas, como aquello que es bueno o malo, basados en modelos esenciales ¿cómo se adjudica lo bello y lo bueno en el lenguaje? ¿Cómo el texto en cuestión se somete a evaluaciones consolidadas con el paso de los años, donde han cambiado de manera simultánea las propuestas artísticas? Es lo que la crítica nueva busca cuestionar: cómo analizar una obra total a partir de la reducción entre lo bueno y malo, lo bello y lo feo. La nueva crítica busca analizar las obras desde enfoques distintos, más que las técnicas, consecuencias del lenguaje, no como algo estático, sino como un conjunto de procesos multifactoriales que la misma escritura genera y, a su vez, cómo se experimenta todo este conjunto de cualidades en una obra, en el lector.
La crítica se vale de su propia jerga, de su propio orden del discurso, su abordaje específico de los fenómenos; es ideológico, y se da como una verdad, establecida desde el poder (Focault). La jerga es el lenguaje del otro, pero cómo esta se legitima dentro de los espacios del saber, cuyas miradas, declaraciones, determina el porvenir de lo que se lee y lo que no puede, o no debería tenerse en cuenta. El lenguaje de la nueva crítica aboga por la presencia del otro, pero eso no la excluye de volverse, situación inevitable, con el paso del tiempo, en un discurso por igual hegemónico. Apertura a los sentidos del texto.
Consultas bibliográficas
Barthes, Roland. Crítica y Verdad. Buenos Aires: Siglo XXI Editores, 1992.
Borges, Jorge Luis. El Escritor argentino y la tradición. Barcelona: Círculo de lectores, 1975.
Focault, Michel. El orden del discurso. Barcelona: Tusquets Editores, 1999.
Montaldo, Graciela. Teoría Crítica. Teoría Cultural. Caracas: Equinoccio, Ediciones de la Universidad Simón Bolívar, 2001.
Estamos a mitad de julio. El Centro está repleto de buhoneros con productos puestos en diversas sábanas extendidas. Muchos artículos escolares. También muchos juguetes. En los parabrisas de los carros se pueden leer los logros de extraños: «mi hijo pasó a primer grado», «familia orgullosa por su bachiller», «sobrina hermosa ya sabes leer»,»me graduaron». Ves a los chamos entrando a la farmacia con sus chemises rayadas: «éxitos nunca cambies», «te voy a extrañar no me olvides». Hay tanta gente en la Hoyada que no se puede caminar. La saturación en las ciudades son mezcla de nostalgia con desesperación, que en suma viene a ser lo mismo que otra máscara de la esperanza. Gastar implica una forma de ser feliz. Eso, en tiempos y lugares tan caóticos y absurdos, no se tiene que discutir. Vamos a paso de fila india, como las hormigas. Sin ánimos de pisar la mercancía ajena. La oferta de mangos y ropa íntima a un dólar. Parece que la fecha próxima al día del niño no conoce rango de edades. El mundo está tan infantilizado que la idea de ser adulto se toma con vergüenza. La gente de quince años no asume que ya tiene treinta. El metabolismo y el dolor no son iguales. Crecer es una ambigüedad. Crecer es andar desnudo, lidiar con tu soledad. Para ignorar el paso del tiempo nos refugiamos en algún ejercicio de vanidad, exponer la vida irrelevante que se tiene, esperando que otros consuman lo que ofreces de ti, creyendo que tu contenido, bueno o malo, es garantía de un tipo de gusto consumado, una necesidad patológica por demostrar que estás siempre haciendo algo, que tu vida es interesante, cuando no lo es. Creces, pero no maduras. Pero justo es eso, se trata de esa búsqueda de atención, como la que necesitan los niños, ahora como adultos niño. Para calmar a mi niño interior me doy un paseo por el puente. En una mesa encuentro la poesía completa de Alberto Caeiro. Una edición llena de hongos y polvo. El libro tiene una vida dentro de otras vidas. Leo: «el defecto de los hombres no es el de estar enfermos:/es el de llamar salud a su enfermedad,/y por eso no buscan curarse/y realmente no saben qué es salud y qué enfermedad». Crecer duele, ¡pero qué bueno es! Madurar, no sé.
15 de agosto-2023
Fragmento de Ética de la Crueldad de José Ovejero:
«Los humanos necesitamos certidumbres. Tendemos a preferir libros con un mensaje que nos conforta, es decir, que hacen explícito lo que ya pensábamos antes de leerlos. Una crítica a la religión será siempre bien recibida por los ateos, una crítica al vicio por el pío, una crítica hacia los poderosos por los que no tienen poder…y también por los poderosos que no se sienten cómodos con su condición y prefieren contarse entre los impotentes. Una explicación del mundo que me alivie de mis culpas o que al menos las haga más llevaderas será acogida con gratitud. El lector suele apreciar las novelas en las que los protagonistas hacen lo que él siente que debería hacer pero no hace. Cuánta gente que lleva una existencia perfectamente burguesa disfruta las aventuras del revolucionario que sacrifica su vida luchando por sus ideales. Siempre me ha llenado de estupor el éxito de esos libros mediante los que asistimos al sufrimiento injusto de una persona cuyo partido tomamos no porque nuestras vidas sean o hayan sido similares, sino precisamente porque no lo han sido. No nos identificamos sino que sentimos simpatía, nos identificamos más bien con los justos que consideran que aquello es una injusticia; coincidimos con el autor en que el mundo es malvado, pero no por nuestra culpa, puesto que estamos al lado de las víctimas. En cierto sentido muchos de esos libros que pretenden ser morales -el autor revela con ellos lo ruin que es el mundo pero no él, ya que él condena esa maldad- son también extremadamente conservadores. Procuran al lector la sensación de encontrarse del lado de la razón mientras leen, de forma que no es necesario que lo hagan también mientras viven. Todos estamos a favor de la justicia, pero solo unos pocos actúan para conseguirla. Leer no es en muchos casos, como nos dicen desde el poder, una forma de crecimiento y liberación personal, sino una estrategia de enquistamiento. La lectura, igual que viajar, se ha convertido para la mayoría en una actividad recreativa. Si una vez y otra recibimos el mensaje de que leer es bueno se debe a que leer, como escribir, se ha vuelto inocuo. Pan y circo. Y literatura. E Internet. La literatura es el opio del pueblo.» pp. 71-72.
30 de septiembre-2023
¿Qué es la memoria? En sus Confesiones San Agustín dice que es el estómago del alma. Bernardo Atxaga, en el Obabakoak, dice que la memoria es un salpicado de islas. Quima formula su propia definición: circuito turístico de cayos que transitamos como huéspedes dentro de un cuerpo frágil con fecha de vencimiento. Volvemos al lugar donde fuimos extremadamente felices o tristes, en aquel sitio que no obedece ninguna ley física se permiten las contradicciones, no hay distinción dentro del doloroso placer de recordar. La soberanía de la memoria, dice, la que por los momentos considero plena, es saber que la única patria que tenemos son los recuerdos, en nuestros sótanos todavía nos sostiene la infancia, nuestro primer castillo de arena levantado con inocencia frente al mar, los dientes de leche mezclados en un frasco con monedas y metras. Por otra parte, M. dice que la memoria es un inventario de sucesos que conservamos como objetos, corotos ocultos en gavetas, cofres y bolsillos que dan sentido a nuestra versión personal del Génesis. También son imágenes. Imágenes perdidas que recuperamos en instantes inexplicables. He revivido mil formas de vida en el perfume de una madre, en el olor del guiso que prepara esa extraña que me ha cedido un sitio en su mesa para comer. Muchas respuestas en el pelo escondido en la funda de una almohada. He vuelto a tener cinco años al contemplar a unos niños jugando en el parque. He recordado la miseria por un pan lleno de hongos, en una olla mal lavada, en la extensión de una avenida oscura y sola. Una alegría se destapa en mi corazón al ver una foto de mi último viaje a Puerto Ordaz con personas que ya no tengo conmigo, pero que conservo en algún sitio. En un gesto está guardado el universo, la casa de las estrellas. La memoria es un archivo, caja de música, obra inconclusa. Es el lugar donde situamos varios lugares. Allí están los seres que me llenan, los ausentes, los desaparecidos, los eternos. El olvido también es recuerdo, piezas perdidas, ocultas. La pregunta que uno se hace es: ¿Cómo mediante gestos tan simples se recuperan las imágenes? ¿Qué detalles me llevan a ese lugar que, por mucho tiempo, había dado por perdido?
6 de noviembre-2023
Hay que ganarse la voluntad. Esta frase la tengo presente cada vez que despierto ante la insistencia de una alarma desquiciada, la que me ayuda a liberar la carga de cortisol necesaria para poder levantarme y, como Sísifo, ordenar la cama una vez más. Encarar el nuevo día. Estando lejos pienso en los amigos, esa formación antigua y delicada, de origen misterioso, que junto a los recuerdos hacen la patria mínima que da forma a nuestra soledad. He dado con la tarea de cartografiar la memoria, recuperar imágenes perdidas que me permitan pensar de otra manera el presente. Dejar constancia de que la vida ha sido y sigue siendo buena. Anoto: En la sabana todo es aterradoramente eterno. El territorio nos exige aceptar nuestra caducidad. Los músculos tienen memoria, los tepuyes también. Cada paso hacia lo desconocido comprende un margen de error y éxito incomprendido. Hay quienes se jactan de mostrar procesos y resultados, yo estoy tranquilo porque no aspiro a demostrar nada, solo dejar las cosas mejor que como las encontré. Mi mayor dicha ha sido fracasar y saber recuperarme de inmediato, me dijo Quima una vez, es el don de la insistencia, la terquedad quijotesca que da sentido a la vida. Alcanzar una meta requiere de esfuerzo y disciplina. Por eso me contento cuando veo a alguien que estimo llegar, por así decirlo, a alguna parte, ignoro si es bueno o malo, solo considero que al final todo vale la pena. De las grandes caminatas podemos aprender mucho sobre las nociones de resistencia y voluntad. Los logros de los amigos los siento míos, en cierta forma, porque uno desea pensar que así como somos parte de los momentos de angustia también podemos ser parte de las dichas. Claro, si los afectos lo permiten. Y digo esto con reservas porque en la hora más tenebrosa son pocos lo que quedan, y con eso basta. A pesar de que cada quien lleva su peso solo, no debemos despreciar la compañía temporal del otro. El trayecto no termina y el rey sol no perdona. Ruta complicada porque no podemos prevenir los cambios, por eso cada pequeño gesto proveniente de la extrañeza del otro es una grata recompensa. Entonces concluyo: Los amigos son la hospitalidad que da el camino.
31 de diciembre-2023
Quima me escribe: «Aspiro una memoria sin nostalgia, es decir: el olvido. Celebro la dicha de ser, hasta donde puedo, tu amigo». Pienso entonces: ¿en qué consiste olvidar? ¿Por qué hablar del olvido resulta tan pertinente ahora, en el cierre de un ciclo, el fin de año, donde precisamente hay un ejercicio inevitable de rememorar todo lo vivido? Lévi-Strauss dice que «olvidar es no poder decirse a uno mismo lo que uno debería haber podido decirse». No creo que el olvido tenga que reducirse a una falta o pérdida. Creo que los olvidos son vacíos que están llenos de algo vital. Archivos no encontrados o perdidos a propósito, por negligencia o temas terapéuticos. «Celebrar el año nuevo», dice Quima, «es el pretexto para invocar el olvido, que también puede ser la mutación de un recuerdo, digo, el olvido también es un tipo de memoria». La idea de borrón y cuenta nueva para fin de año, el compromiso que uno se hace (en medio de ritos y cábalas responden a una necesidad consumada en el propio arte de la memoria, la necesidad de renovarse, es decir, de envejecer), la promesa de un porvenir mejor implica que seamos capaces de olvidarnos de quiénes fuimos o seguimos siendo. Esa promesa que nos hacemos exige una tarea (in)voluntaria. «Hay que saber olvidar, por ejemplo la memoria del dolor, la muerte de un semejante». La memoria consiste en privilegiar unos acontecimientos sobre otros. A pesar de no tener contacto alguno con el otro, en lo más profundo, en la memoria más recóndita de mi ser: lo amo y lo extraño, y por alguna razón, sé que en este momento también lo olvido. Así funciona, después de todo, la mecánica de la soledad. El olvido suele hacernos daño porque sigue siendo una forma de memoria. Solo podemos alcanzar la plenitud olvidando que hemos olvidado. Recordamos en función de un olvido posible. «El olvido, lejos de ser una antinomia de la memoria, es la esencia misma y se le reservan ciertos momentos». Entonces, cuando levantemos nuestras copas y brindemos por el porvenir recordemos, así nos parezca paradójico, aquello que hemos olvidado. Te abrazo en la ausencia, porque sé que luego de esto, tampoco te acordarás de mí. Somos olvidos empiernados.
10 de febrero-2024
Año nuevo chino
A pesar de tantas cosas, puedo decir que, en el fondo, seguimos vivos y olvidando los sueños, me dice Quima. En lo trivial está la belleza, sigue, y no es para menos, si me doy a entender. En las situaciones más extrañas he llegado a pensar que las despedidas que vivo dormido, por ejemplo, son vitales para renovar mi esperanza al despertar, quiero decir, que la esperanza es lo más parecido a lo que podemos experimentar como un sueño a punto de cumplirse. Yo por mi parte tengo una relación extraña con los sueños, le digo. A veces pienso que recuerdo un sueño pero otras veces el sueño me recuerda a mí. Lo que pasa en otras situaciones es que creo olvidar que he soñado. Pasan los días y claro, el sueño, evidentemente, se ha ido, pero entonces en un momento recuerdo que había olvidado algo, y ese algo es el sueño perdido, y cuando recuerdo que lo olvidé el sueño vuelve de manera fragmentaria, en forma tráiler, y algunas cosas se aclaran, pero por igual me inquieto. Cuando recuerdo el sueño que creí haber olvidado es cuando tiene mayor sentido para mí. Capaz es una tontería. No hay que darle tanta importancia como a las cosas que padecemos despiertos. Es curioso, dice Quima, el sueño es una manifestación de una ficción posible, que es lo mismo a decir que se trata de una realidad seleccionada con pinza de lo que vivimos despiertos. Desde hace tiempo anoto mi sueños ¿Lo has intentado?, le pregunto. Si lo anoto está bien, pero no es lo mismo. Escribir el sueño que tengo retenido al momento de despertar sigue siendo un ejercicio sometido al error. No es igual escribir el sueño luego de haberlo tenido porque lo que escribo ya no se trata de un sueño sino de un recuerdo. Es una trampa. El tema nos conduce al fracaso secreto. Porque una cosa es lo que vivo y otra lo que sueño. Lo ideal, para una certeza más exacta de nuestro interior, es tener la capacidad de poder escribir mientras soñamos. ¿Escribir dormido? No ¿Qué tiene que ver eso? Yo me refiero a la capacidad de escribir al ras del sueño. Son contados los que han logrado transmitir esa obsesión esotérica a otros, digo, después de todo, escribir con sueño es también un método para olvidarse de la esperanza.
Una pequeña escultura del David de Miguel Ángel reposa en la tapa de una poceta. La réplica no está hecha del soberbio mármol de su original en Florencia sino de un compuesto químico llamado polietileno, el mismo que sirve para hacer botellas de Coca-Cola, que luego termina en el mar formando inmensas islas de plástico o, en su caso más colateral y catastrófico, en pequeñas partículas que transitan ahora por nuestro organismo. Ese David en pequeña escala es uno de los tantos souvenirs que compró mi abuela en un arrebato de ansiedad por atrapar el espíritu vital de su viaje, motivado quizá, y eso es lo más seguro, por un consumismo inusitado en las ofertas del duty-free del aeropuerto de Roma, sumado a la necesidad de llevar un fragmento de memoria tanto a sus hijos como a sus nietos: la constancia de su viaje al país en forma de bota.
El souvenir concentra un intento fallido de inventariar la memoria mediante la materialización. Lo que adquirió mi abuela al comprar el David fue también el cumplimiento de un deseo, una necesidad inconsciente de capturar una vivencia mediante el objeto de consumo. Este solo puede dar constancia de una memoria atrofiada. Los souvenirs son objetos que “esconden una poderosa carga simbólica tras su aparente banalidad. Estos artefactos que pululan en todos los paisajes y escenarios turísticos, de muy distinta naturaleza en materiales y una enorme variedad de contenidos y estilos” (González, 2007). Walter Benjamin ha definido el souvenir como una “reliquia secularizada”, un anexo o complemento de la vivencia; al final el objeto es un testimonio de la experiencia, pero también la experiencia misma convertida en una mercancía, un efecto residual del turismo de masas y el desarrollo, cada vez más especializado y sofisticado, de la reproductibilidad técnica.
Benjamin nos dice que en la cultura de masas la obra de arte pierde su valor cultual y es reemplazado por un valor expositivo, una cualidad que permite el acceso a la reproducción de la obra por múltiples medios. La capacidad que tiene la obra de exhibirse ha incrementado de manera cuantitativa. Con el desarrollo de nuevas tecnologías es posible reproducir una obra en distintas escalas y dimensiones. Para Benjamin, con la invención de la fotografía, el valor de exhibición sustituye el valor ritual. Es a partir de esta expansión de las imágenes repetidas que la obra se multiplica y destruye lo que denomina su aura: aquello de lo que está envestida la obra, lo que la dota de una sensación de lejanía con el espectador, así como la cualidad que dota de sentido cuasi-religioso a la obra, pues también dicha cualidad define su Autenticidad: “la quintaescencia de todo lo que en ella, a partir de su origen, se puede transmitir como tradición, desde su permanencia material hasta su carácter de testimonio histórico” (Benjamin, 2018, pp. 28-29). En la medida que la pieza se multiplica, el aura se diluye. La existencia única de la obra se sustituye por una pluralidad de copias: “los diferentes procedimientos del arte fuera del seno ritual, aumentan para sus productos las oportunidades de ser exhibido (Benjamin, 2018, p. 36). La reproductibilidad técnica cambió la relación del arte con las masas. El souvenir es la demostración por excelencia de la eficacia de la reproductibilidad: es la articulación entre turismo y consumo de masas por el que se
construye un sistema de objetos y de relaciones sociales que reproducen la narrativa dominante de la modernidad, expresada en la idea de que el precio del progreso es la pérdida de autenticidad –de los objetos, de la experiencia y de las percepciones de objetos y experiencias– bajo las condiciones generalizadas de alta movilidad y de progresiva mercantilización de todas las cosas (González, 2008, p. 39).
No hay una experiencia estética profunda en el souvenir. Las piezas se replican dentro de un complejo aparataje de tecnologías que permiten el acceso inmediato a los espectadores. La obra (convertida en recuerdo) puede aparecer en formatos variados donde su único valor es la referencia lejana que evoca. No es lo mismo la pintura original de la Mona Lisa que la impresión de ella en una toalla de playa, o en una taza de porcelana; tampoco la reducción del David a un elemento decorativo del baño, o una lámpara de cerámica en forma de la Torre de Pisa en una mesa de noche. Los objetos solo cobran sentido a través del origen de una experiencia personal. Las réplicas y miniaturas de lugares y cosas emblemáticas tienen la capacidad de conjurar imágenes de los lugares donde fueron comprados(González, 2008). La proporción de sentidos otorga al souvenir “un fuerte potencial fetichístico; los souvenirs comienzan a ocupar el lugar de acontecimientos o situaciones con los que estuvieron asociados por casualidad, o a los que se suponía representaban, ganando con ello una vida propia” (Olalquiaga, 2007, p. 60). La mercancía referencial está despojada de su historia de fábrica; nace, por así decirlo, muerta. El souvenir abre lugar a una dialéctica del kitsch: se balancea en la noción de un pasado irrecuperable y un presente fragmentario. El kitsch no es más que una mercancía fallida que evoca todo lo que llegó a ser una vez. En otras palabras, lo kitsch es la decrepitud inherente en todas las cosas.
Con la reproducción en masa el aura sobrevivió como algo fragmentario y disperso que ya no se encontraba unido exclusivamente a un objeto esencial y auténtico. Este “aura trizada” se aproxima al sentimiento de singularidad, haciendo posible la experiencia histórica de la pérdida de dicho objeto. En consecuencia, los productos de la cultura de masas no son percibidos como innumerables o siquiera repetitivos, sino como los restos de un fenómeno más amplio que no sólo los precede, sino que los habita. Este carácter aureático residual resulta fundamental para comprender el cambio ocurrido con la industrialización y también sus limitaciones, así como la razón por la cual los productos en masa, en su paradójica resistencia y glorificación de una noción total de autenticidad, son despreciados críticamente como su versión degradada, es decir, kitsch (Olalquiaga, 2007, p18).
Para Benjamin la reproducción masiva favorece la de reproducción de las masas: esparce escombros de aura, dotando de una metáfora poderosa a las ruinas de la modernidad, en la que el efecto residual es el kitsch: “memoria suspendida cuya fugacidad se intensifica por su extrema iconicidad” (Olalquiaga, 2007, 23). Todas las grandes concentraciones tienen una estrecha conexión con el desarrollo de la técnica de grabación y repetición. El negocio de los recuerdos es un derivado de la industria del turismo de masas. El souvenir es un objeto que obtiene su autenticidad gracias a la experiencia turística; fuera de ese contexto no tiene ningún valor. Su principio radica precisamente en una repetición de lo mismo, por lo que no hay ningún rasgo de originalidad en su existencia. Sin embargo, puede albergar un recuerdo, una testificación histórica. Hace tangible la experiencia intangible del viaje, o lo que queda retenido en el objeto de dicha experiencia, la vivencia: las remembranzas que se comportan en
diversos modos de recepción, los cuales las convierten en fetiches cuyo amplio abanico de significados se conjuga de acuerdo con las necesidades del consumidor –y del mercado–. Sobresale entre estos modos la noción de que un objeto es capaz de trascender los límites de su propio significado para representar, completa o parcialmente, la totalidad del hecho que lo creó. Los souvenirs, por ejemplo, condensan los elementos en que supuestamente se fundó la situación particular: un determinado paisaje o panorama, una persona famosa, el objeto “típico” de una artesanía o una región, un momento importante (Olalquiaga, 2007, p. 59).
El único documento histórico que tiene el souvenir es el de la línea de ensamblaje (el grabado de su procedencia Made in china). Su particularidad, tal vez, podría estar en sus posibles defectos de fabricación. En la cultura de masas las particularidades de los objetos producidos en serie radican en sus imperfecciones con relación a su original, ya distante, inaccesible. “El aquí y ahora del original compone el concepto de su autenticidad; sobre ella descansa a su vez la idea de una tradición que habría conducido a ese objeto como idéntico a sí mismo hasta el día de hoy” (Benjamin, 2018, pp. 28-29). La copia no tiene historia propia, solo puede valerse de la referencia ajena, de la evocación a la pieza original. En la copia hay dos procesos relacionados: la reproducción y la serialidad.
La conversión de la primera en la segunda distingue a la copia moderna de todas las anteriores, pues solo con la industrialización llega la reproducción serial a convertirse en una fuerza cultural de importancia. Representación de una representación, la copia carece de todo derecho significativo. Desde un punto de vista simbólico, no significa nada o, más exactamente, indica el vacío referencial. De este modo las copias son excluidas de la jerarquía significativa y abandonadas a hacer lo que mejor pueden: replicarse. Sin embargo, el reproducirse infinitamente, las copias crean una acumulación inaudita que ocasiona el efecto contrario del vacío: la saturación (Olalquiaga, 2007, p. 194).
La variedad también es un síntoma de hastío. Consecuencia de abundancia de copias. No obstante, dentro de las diversidades iguales, el souvenir es la mercancía que niega su propia condición de mercancía. “Es un objeto que proclama su carácter único y exclusivo –incluso si es producido en masa– a través de las narrativas de su producción auténtica y de las historias personales de su adquisición” (González, 2008, p. 46). El souvenir se vincula con una experiencia subjetiva transcendental, en este caso, la del viajero que compra a las afueras de un parador turístico las baratijas donde se concentra la constancia material del viaje, y a su vez una garantía del retorno. La fuerza del souvenir por igual es restringida, pues siempre estará sometido a la espera de formar parte de un universo personal (Olalquiaga,2007). Sin el ensueño del consumidor el producto no tiene razón para existir.
Un ejemplo está en las bolas de cristal que encierran las ruinas de un sitio histórico. La contemplación revive la nostalgia. Para ser efectiva necesita ser diminuta. La bola de cristal encierra el recuerdo de una ficción personal. “Los souvenirs transcienden la imagen del deseo prefabricada de los bienes de consumo a través de la implicación personal de sus consumidores” (Olalquiaga,2007, p.61). Al mirar la diminuta escala del Coliseo romano en la bola de cristal se experimenta una remembranza. En la bola “se eterniza un ambiente, cerrándolo a la posibilidad de la experiencia vivida. En su ingenua presencia niegan el momento de la muerte imponiendo la estasis de una muerte eterna” (González, 2007). Todos los acontecimientos se reducen a experiencias de consumo. Se trivializan cuando hay una necesidad patológica por demostrar que estuvimos en un sitio.
En el nuevo mercado del turismo de masas las personas realizan los viajes a la espera de encontrarse con su propia expectativa. El deseo es encontrarse con la ficción con la que siempre soñó. Para el viajero contemporáneo resulta más importante la prueba material que el viaje en sí. Lo define también aquello que acumula en su rincón de universo. Una casa repleta de objetos empolvados pueden ser los restos vitales de un naufragio. Al mirar con detalle el pequeño David de polietileno en la tapa de la poceta, ya cubierta por el polvo cósmico del olvido, se establece la analogía fantasmática del mundo extinto de las cosas. Y concluimos, como Walter Benjamin, que la capa gris de polvo que cubre las cosas se ha convertido en su mejor parte.
Referencias bibliográficas
Benjamin, W. (2018). La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. En W. Benjamin, Estética de la imagen (págs. 25-82). La Marca Editora.
González, F. E. (2008). Narrativas de seducción, apropiación y muerte o el souvenir en la época de la reproductibilidad turistica. Acto. Revista de Pensamiento Artístico Contemporáneo, 34-49.
Olalquiaga, C. (2007). El reino artificial. Sobre la experiencia kitsch. Gustavo Gili.
Hace 6 años con un querido amigo empecé a vender libros.
Nuestro gancho principal estaba en el servicio detectivesco. Rastrear libros y llevarlo a las manos del cliente.
Con parsimonia han llegado más personas interesadas en este servicio que ofrezco por los momentos aquí.
Vender libros es un oficio de propiedades múltiples.
El librero es un entusiasta aprendiz de hechicero.
Caracas es una ciudad de bichos raros. Repleta de maravillosos mostricos come hojas. Lectores bárbaros, llamas de vela.
En la diferencia está la clave para mejorar el servicio.
El buen librero escucha y absorbe como una esponja.
En principio un lector recomienda lo que le gusta a sus amigos; por otra parte, el librero recomienda lo que posiblemente pueda enganchar al cliente.
Más adelante el librero y el cliente se hacen amigos. Se forma un círculo. Las pasiones se contagian de manera inevitable, porque siempre es grato encontrarse con personas que compartan los mismos vicios que nosotros.
Ese amor por la lectura aparece en los lugares más inesperados. Nacen admiraciones secretas. Siempre hay figuras anónimas que dejan su rastro de amabilidad, y con eso basta.
Es grato que el lector regrese envestido como un amigo.
A veces como un amante, y en el mejor de los casos como un discreto enemigo, tan necesario para ser mejores.
Con el tiempo he aprendido a darle un valor absoluto a la amistad. Un amigo puede estar encerrado en un frasco O en la página doblada por una esquina.
Amigo. Palabra gruesa y delicada. Uno debe velar por juntarse con personas que nos ayuden a crecer, a ser mejores de lo que somos.
Uno quiere amigos grandes, que nos enseñen, que nos discutan la mínima coma, que sean brutalmente honestos y nos digan cuando tengamos mal aliento.
La asertividad se cultiva alrededor de los libros. Uno le agarra cariño a las pasiones ajenas.
El mayor deseo de muchos es poder mantenerse haciendo algo que le guste. Encontrar el equilibrio es difícil pero no imposible. Sin embargo, ya es bastante con tener claro a qué cosa te gusta dedicarte para vivir. Son cosas distintas. La segunda es más importante: otorga cualidades a tu esencia.
Una de las cosas más difíciles que hay es Ser una Persona.
La existencia es complicada. Se hace insoportable cuando no se tiene un motivo para vivir. Por eso es preciso encontrar una pasión, un interés. Algo nos tiene que gustar.
Mi hermana una vez me dijo que es muy triste encontrarse con una persona sin pasión, alguien que no tenga ningún interés por nada.
Muchas personas pueden vivir tranquilas sin pasiones, le digo a ella. No pasa nada. Lo triste es existir sin tener la más mínima idea de quién es uno.
Promover la lectura es la suma de convicciones. Vivir de esto: la ambición de la esperanza.
Mis decisiones son estrictamente literarias.
Ya asumí, por supuesto, un estilo de vida.
Uno no solo debe creer sino amar lo que hace.
De esta manera cualquier vocación vale la pena.
Vivir sin duda es más importante que leer, pero leer ayuda a vivir.
Me acuerdo de la playa Los Lobos y el mar oscuro del Océano Pacífico. Enterrábamos patillas en la orilla para después comerlas frías.
Me acuerdo de la fábrica de helado cerca de la casa de la abuela, en el jirón O’Higgins de San Vicente de Cañete. Iba con mis primos a comprar y como los helados venían sin envolturas los poníamos en platos y bandejas hondas de cerámica. El sabor del helado del chocolate. Helado de lúcuma. Helado de Fresa.
Me acuerdo cuando iba con mis padres y mi hermana al Jardín Botánico. Nos tírábamos en la grama y tomaba té de limón en una botella de vidrio.
Me acuerdo del Parque de Dinotrópolis. Las máquinas de video. El supermercado de plástico y un arenal con un esqueleto de dinosaurio, las cotufas amarillas y el olor de los tequeños.
Me acuerdo del heladero que se ponía en la entrada del colegio. Vendía pelotas de goma, calcomanías de Dragon Ball, trompos y metras. También los puestos de dona que se improvisaban en los maleteros de los carros parqueados. Me gustaba ver esas rejillas donde se acomodaban las donas.
Me acuerdo cuando me iba al estadio olímpico de la UCV a caminar con mi papá y mi hermana, haciendo tiempo a que saliera mamá de sus clases nocturnas en la facultad de derecho.
Me acuerdo cuando en el edificio dejaron de pagar las cuotas de mantenimiento. Las figuras religiosas reemplazaron a los extintores. Ahora muchos vecinos se sienten más protegidos que antes, a pesar de la falta de presupuesto.
Me acuerdo cuando mi hermana hizo por primera vez brownies de marihuana y durante toda la nota estuvo sonando en un loop infinito la canción de «Nightcall» de Kavinsky.
Me acuerdo de la canción Animales de Cuentos Borgeanos sonando desde un televisor mientras hacía el amor por primera vez. Uno de los momentos más felices de mi vida. Basta solo una canción para desmoronarse.
Me acuerdo del cuento de Los últimos gigantes de François Place. Creo que después de ese libro supe en el fondo que quería escribir. Intenté plagiarlo en un cuaderno de espiral de mamá donde tenía sus apuntes de derecho procesal penal. No pasé de la primera página. Eso es plagio, decía mamá, inventa tu propia historia.
Me acuerdo de mi primer trabajo como mensajero. Pasaba mucho tiempo caminando por Caracas. En una libreta diseñé una ruta personal de librerías.
Me acuerdo de las merengadas de oreo de Crema Paraíso.
Me acuerdo del taller de reseñas literarias con Carlos Sandoval y cómo perdí mi virginidad leyendo a Onetti.
Me acuerdo del taller de Diálogo como prosa artística con José Tomás Angola. Presenté mi Soliloquio del Kamikaze y al terminarlo el profesor extrañado me preguntó como había hecho ese texto.
Me acuerdo de mi primer trío en el Altamira Suites.
Me acuerdo cuando en un hotel me encontré en la ducha una cachito de marihuana que me lo fumé varios días después.
Me acuerdo del espejo y el laberinto del Parque del Este. A veces iba a tomar fotos con el Observador de Aves y el desaparecido Alejandro (¿dónde estarás ahora?). Tomábamos fotos a las hormigas, a los entusiastas que hacen yoga, a los jabillos y samanes, a las esculturas gastadas y a los niños que hacían burbujas de jabón y comían helados de vasito de papelón y tizana.
Me acuerdo una semana santa que estaba bajo los efectos del xanax y me acosté con tres mujeres distintas.
Me acuerdo del diplomado de narrativa contemporánea en el edificio Cerpe, donde tuve mi primer acercamiento con la mediocridad literaria venezolana.
Me acuerdo del Vano Ayer y El País de la Canela.
Me acuerdo cuando acompañé a Tombo a sacar copias de un ejemplar titulado La Colonialidad del Saber: eurocentrismo y ciencias sociales.
Me acuerdo del Orientalismo de Edward Said, Los condenados de la tierra de Franz Fanon, La construcción social de la realidad de Berger y Luckmann.
Me acuerdo cuando en uno de los locales del callejón de la puñalada me encerré en un baño a meterme perico y de fondo sonada una canción de Gustavo Cerati.
Me acuerdo de las Confesiones de San Agustín, el día que perdí la virginidad.
Me acuerdo de la Facultad de Ciencias y los primeros encuentros con los Aldeanos, los Pura Porquería, estudiantes de biología y computación.
Me acuerdo cuando aprendí a manejar bicicleta en las calles de El Pinar, en el Municipio de Comas, de Lima la horrible, Lima la gris.
Me acuerdo de Farma, el mitómano de Narnia.
Me acuerdo de las horas que pasé jugando truco en la Plaza de La Langosta.
Me acuerdo de las Parrilleras de Ciencias donde conocí al Cónsul Estrada. Lo habíamos encontrado el Mono Cisneros y yo ebrio en las escaleras verdosas de moho y cristales, delirando con el día de los muertos. Estrada era la reencarnación de Malcolm Lowry.
Me acuerdo de El Palacio del Pollo que estaba al lado del Hotel Limón. La luces de neón y el olor de gasolina que se mezclaba con las brasas de la parrilla oscura. Muchas veces estuve con G. caminando por ahí, fumando y bebiendo al final de la avenida Lecuna, perdidos en las entrañas comerciales de Parque Central. Era más fácil pasar la noche en el hotel que volver a casas que no se sentían como hogares. Y así. De noche todo era distinto.
Me acuerdo de La consagración de la primavera de Carpentier, libro que compré en el pasillo de ingeniería de la central. El pasillo, su recorrido diario como forma de felicidad.
Me acuerdo de Chichiriviche y la posada «Kalamar», con sus pasillos estrechos y blancos, su nevera con botellas de vino y tortas tres leches.
Me acuerdo cuando el boulevard de Sabana Grande estaba lleno de punta a punta de Buhoneros y mi madre por 50.000 bolívares de ese entonces me compró una edición centenaria de El señor de los anillos, los tres libros en un solo tomo, cincuenta ilustraciones de Alan Lee. El libro estaba forrado en papel film.
Me acuerdo de las uvas que crecían en la parte trasera de la casa de la tía Julia, en el pueblo de San Benito.
Me acuerdo de mis ejemplares de poesía de Cesare Pavese y Mahmud Darwish, Derek Walcott y Eugenio Montejo, César Vallejo y Juan Sánchez Peláez, Mark Strand y Fernando Pessoa, Joseph Brodsky y Alfredo Armas Alfonzo, Seamus Heaney y Abdellatif Laâbi, Vicente Gerbasi y Attila József, Cintio Vitier y Francis Ponge, Rafael Cadenas y Paul Celan, Harry Almela y Georg Trakl, Armando Rojas Guardia y Czesław Miłosz, Igor Barreto y Ósip Mandelshtam.
Me acuerdo cuando caminaba sobre la espalda de mamá para aliviar sus dolores musculares.
Ma acuerdo cuando me iba a caer a birras en el Cordon Bleu de Plaza Venezuela, subiendo por la calle del hambre.
Me acuerdo de la canción de Los dinosaurios de Charly García. Al final estamos condenados a desaparecer.
Me acuerdo cuando trabajaba en un restaurante en las Mercedes. Al salir me regresaba caminando hasta la estación de Bello Monte. En la rutina me fui acostumbrando al silencio de la estación, a su abandono siempre mezclado con ese extraño olor a nuevo de tuberías y bombas de aire, servicio gratuito y torniquetes que brillaban mucho pero no servían. Mientras bajaba sus dos niveles de escaleras me preguntaba cuándo sería la última vez que volvería a la estación. La llegada del tren se me hacía eterna. Leer en el andén era particularmente ameno, hasta cierto punto, donde se hacía demasiado incómodo seguir las líneas de una novela. Ya en ese punto solo quedaba escribir sobre el tedio personal, de cuclillas, apoyando la espalda en el cemento frío de una obra inconclusa. La novedad de la estación era apenas un reflejo de una promesa rota. Un registro minúsculo de la ciudad que me tocó vivir. Todo era cuestión de paciencia. Olvidar que se estaba ahí por una razón: volver, ¿pero a dónde? Daba lo mismo. Ya era normal aquí que el tiempo se nos fuera esperando algo.
Me acuerdo del barco pirata, el castillo y el bosque de Fisher Price.
Me acuerdo cuando empecé a robar libros sin saber que más adelante se volvería una necesidad. Ya cuando había armado un modesto estante te puros hurtos entre ellos estaba la novela de Los detectives salvajes que para ese entonces todavía no había leído. Sentí empatía y sentimientos encontrados con el realismo visceral. Hacía mis recorrido por la ciudad solo, acompañado de los personajes que poco a poco me había inventado.
Me acuerdo cuando me metí una pepa de clonazepam y me explotó el efecto mientras caminaba por la transferencia inclinada de El Silencio hasta Capitolio. Iba escuchando To love somebody de los Bee Gees. Fue hermoso.
Me acuerdo de la canción Rap Can de Cayayo con Cangrejo. La escuché por primera vez en Boca de Uchire. Esa canción es pieza fundamental de los procesos creativos del porvenir venezolano: Tanta tristeza gris como la niebla.
Me acuerdo de los dedos de mi madre, gruesos y rosados, pelando las cáscaras de huevo sancochado para preparar una ensalada rusa.
Me acuerdo cuando Alejo me llevó por primera vez al Bowling, uno que quedaba en el Laguito de los Próceres. Me presentó a sus amigos, todos estudiantes de sociología. Él luego me fue dando detalles de cada uno de ellos. Me dijo que había tomado apuntes, les dedicó una sección en su historia: La Liga de los Estudiantes Sin Superpoderes (LESS). Una pequeña sociedad-juego que fui conociendo con el avance de la historia que Alejo me daba por partes. Cada perfil era una migaja. Me dio permiso de escribir apenas algunas cosas de lo que recuerdo. En mi línea me tocaron bolas muy pesadas, descubriendo en mi brazo izquierdo una falta de fuerza reprochable y un futuro frustrado para los deportes. No hice ninguna chuza. La verdad estaba distraído, fascinado por las imágenes aleatorias de animales y paisajes de las pantallas luminosas que llevaban los puntajes del grupo, imágenes que tenían el propósito de calmar a los jugadores intensos, profesionales violentos por la perfección. Una imagen de cielo, otra de perrito durmiendo en una cesta, marsupiales comiendo hojas, osos polares, estrellas, gatos con ropa aplacaban cualquier forma de ira, pensaba. Recuerdo las mesas con promociones de tobos de cerveza y raciones de tequeños. Abajo de nuestras mesas con sillas giratorias se amontonaban los zapatos impares de garantía. Llevaba puesto unos zapatos gastados para bolera KR Strikeforce Flyer que me quedaban muy grandes. Tal desproporción me hacía sentir el propio payaso cumpleañotriste de algún adulto con afán de volver a su infancia. Así veía todo.
Me acuerdo de una vez que fuimos a la isla de Margarita y nos hospedamos en una posada que al cruzar una calle daba al mar. Entre las áreas comunes había una bar. Sentado en la barra había un alemán, borracho, como un personaje de Malcolm Lowry, otra vez. Apenas pude hablar con él en inglés. En medio de lo trivial le pregunté al bardo ebrio el significado de los colores de su bandera. El cónsul, inflado y dichoso se inclinó en la barra pensativo. Después de un silencioso eructo dijo:
Yellow, my drink…
Red, my skin…
Black, my soul…
Me acuerdo de la cabaña de Xinia y Peter, una pareja de alemanes asentados en Mérida. Habían recreado en sus casitas en fila una aldea bávara en medio del páramo. En la casa principal, donde vivía la pareja, en la entrada, cerca del pórtico, había una inscripción grabada en acero, que tenía una frase que traducida del alemán era algo como:
Ich bevorzuge hundert Tage Hunger
dass ein Tag des Krieges
Prefiero cien días de hambre
que un día de guerra
Me acuerdo del Gorila lomo plateado del zoológico de El Pinar que se montaba en las rejas de su jaula y le escupía al público que se amontonaba y se quedaba expectante a esquivar o recibir con diversión el gesto de inconformidad y tristeza del animal.
Me acuerdo de los monos del zoológico de Caricuao que le arrebataban la comida a los visitantes de las manos.
Ma acuerdo de la comiquita francesa Érase una vez…el hombre que pasaban por Vale TV: el mundo en un solo canal.
Me acuerdo de la Plaza Balzac, al lado del Ateneo de Caracas, por Bellas Artes. También los puestos de libros usados y discos de vinilo, la música, los arreglos orfebres y los actos de títeres y marionetas.
Me acuerdo de Las correcciones de Jonathan Franzen. También de la Corrección de Thomas Bernhard.
Me acuerdo cuando fui con Alejo a un curso de observación de estrellas en el Planetario Humboldt, en el Parque del Este. Él salía de trabajar y yo lo esperaba en la entrada, cerca de un puesto que vendía martillos inflables y cotufas acarameladas. El Planetario se volvió nuestro lugar favorito. Cuando las luces se apagaban con lentitud, simulando el atardecer caraqueño, el proyector iba reflejando poco a poco las estrellas del cielo. El presentador ponía de fondo la música de Star Trek, a veces la del Código Da Vinci (la canción que ponen cuando Robert Langdon, interpretado en la película por Tom Hanks, está descifrando el mensaje final del criptex), o incluso la canción «My Name Is Lincoln», de Steve Jablonsky, que sale en la parte final de la Isla, (con Ewan McGregor, en esa parte que destruyen un búnker y los clones salen al desierto y ven la verdad: de que son pólizas de seguro). Aparte de hablar de películas no tan buenas Alejo solo podía recordar las estrellas principales del cinturón de Orión, la de los tres reyes Magos, estrellas que tienen nombres árabes: Alnitak, Alnilam y Mintaka. En el curso aprendimos el nombre de aproximadamente ochenta estrellas. Luego de eso, mirar el cielo por las noches era nuestra actividad conjunta.
Me acuerdo cuando postulé por octava vez a un concurso de cuentos locales y al leer los cuentos ganadores en la agresividad del vacío me sentí aliviado de la irrelevancia de mis trabajos.
Me acuerdo una temporada que fui al mismo hotel de Chacaíto con tres mujeres distintas. En una ocasión la que atendía en un momento de descuido me vio, sacó la lengua y me guiñó el ojo derecho. En otra oportunidad no me cobró la habitación. Una complicidad inconfesable. Así debe sentirse, pensaba, ser miembro de una sociedad secreta.
Me acuerdo la primera vez que intimé con un hombre en el polideportivo del colegio, en el deposito de las colchonetas y pelotas.
Me acuerdo de los juguetes de la cajita (in)feliz de McDonald’s.
Me acuerdo de los apagones de una semana y lo importante de aprovechar la luz de sol. Aprendí a leer en la oscuridad.
Me acuerdo de Nadiezhda Mandelstam, Yolanda Pantin, Miyó Vestrini, Denise Levertov, Victoria de Stefano, Wisława Szymborska, Antonia Palacios, Susan Sontag, Joan Didion, Lucia Berlin, María Fernanda Palacios, Hanni Ossott, Anna Ajmátova y Elisa Lerner. Siempre estuve buscando una voz parecida al llanto, al reclamo, a la fuerza de los elementos.
Me acuerdo de la pista del Pedagógico, la barra de flexiones gastada debajo del puente que luego de agarrarla te dejaba las manos oliendo a óxido.
Me acuerdo el fuerte olor a orine de una parada camino a Puerto Cabello. En el baño los hombres orinaban en filas en una enorme tina rectangular llena de conchas de naranjas picadas por la mitad.
Me acuerdo de mi último viaje a la frontera y lo fácil que era todo en ese momento.
Me acuerdo del Pasaje Zingg y las primeras escaleras mecánicas del país hechas de madera. El pasaje conecta la Avenida Universidad con la Avenida 6. Cuando tenía dieciocho me enamoré de una chica que solía acompañar a clases de dibujo allí. Mientras la esperaba hacía hora en la librería técnica Dieguez, atendida por dos señoras. Fue en ese estado de ocio que descubrí mis primeras lecturas, pero además caí en cuenta de que en fondo no sabía leer. Empecé con Siddhartha de Hesse y una copia de El Extranjero de Camus. «Hoy, mamá ha muerto», así comenzaba ese libro francés que luego de terminarlo me dejó impactado. Me volví un entusiasta compilador de principios, frases gancho, marcador de oraciones simples y contundentes. En la librería recuerdo que seguí con una novela de Kafka y un ensayo de Tomás Straka: La épica del desencanto; luego descubrí una atracción por el culto a los héroes de infancia y la ufología, un interés incipiente por la historia oficial y los crímenes de la memoria sin resolver. Nació una necesidad de aprenderme los nombres de todas las esquinas de Caracas, así como visitar los rincones que una ciudad con artritis reserva a sus dioses epónimos: plazas públicas y centros comerciales, cementerios y contados recintos de salvación y locura. Los casos clínicos los archivaba en una carpeta bajo el nombre de «la enfermedad bolivariana», como decía con cierta regularidad Tombo: el culto a las ruinas y esa obsesión por la nostalgia. Irónicamente, el Pasaje Zingg era consecuencia de un exceso de ambas. Los objetos detrás de las vidrieras conservan la idea de un pasado prometedor. A través del vidrio contemplamos las urgencias de un nuevo mundo mientras se empolvan los fragmentos de otro mundo perdido, imposible de recuperar. La proliferación masiva de copias de cualquier producto supuso para nuestra época el fin de la autenticidad. La diversidad de lo igual. Detrás de los vidrios los objetos se retuercen en el fetiche de su pasado, única forma de prevalecer en el presente. Ellos, los objetos, logran mantener nuestra atención a través del reflejo en los vidrios sucios, haciéndonos sentir por igual viejos y anticuados.
Me acuerdo un momento que había en la casa tres ejemplares de Los detectives salvajes, cinco de Cien años de soledad, dos Silmarillions y tres Ulises.
Me acuerdo del grafiti entusiasta-motivacional en la pared lateral de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la Universidad Central de Venezuela. En silencio concluí que el coaching ontológico junto a los gurúes del mindfulness, las instructoras de yoga narcisistas y otros subproductos charlatanes del mercado habían llegado a la división ultraespecializada del trabajo para reemplazar y dejar sin empleo a toda la calaña de humanistas y científicos sociales. La tecnocracia prioriza la técnica pragmática estandarizada antes que al pensamiento analítico. Profesionales que terminarían haciendo community manager o redacción SEO en alguna agencia cuya especialidad es tercerizar el conocimiento hasta deshumanizar por completo a toda una generación que tiene prohibido escribir o mencionar la palabra problema en horario laboral, y que tiene por obligación en las redes sociales aparentar un agradecimiento lisonjero, con mensajes igual de triviales como esos que hicieron muy populares los libros de autoayuda y demás derivados el plástico editorial. Es ´fácil aparentar ser feliz, otra cosa es demostrarlo. Es sonreír o morir. Depresión. Agotamiento digital. Expectativas salariales. Soledades virtuales. El camino frustrante del éxito. Dopajes voluntarios. Las promesas de la sociedad fármaco pornográfica. Sueños de fuga, aburrimiento…suicidio. Claro que ahora el eclecticismo es un incentivo para aclimatar la feroz competencia dentro de las bolsas de empleo, papeles y roscas valen más que la experiencia. La vejez empieza a los treinta. Y uno tiene que sentirse mal por haberse tomado su tiempo. Sonreír, no olvides nunca sonreír, oculta la pesadilla interior con una estrategia de marketing, con un filtro de belleza que simule tu semblanza acabada. En el consumo está la garantía de la felicidad, la libertad que permite el costo de la vida, donde todos por igual estamos reducidos a una cifra etérea que no somos capaces de comprender, a un capricho del algoritmo.
Me acuerdo que leyendo las últimas páginas del Eterno Marido de Dostoievski me puse a llorar.
Me acuerdo cuando Gustavo leía fragmentos de las Noches Blancas de Dostoievsky y se ponía a llorar.
Me acuerdo cuando leí por primera vez Los Demonios de Dostoievsky y tuve pesadillas con Stavroguin.
Me acuerdo de ese párrafo en Sobre héroes y tumbas de Ernesto Sábato:
Para no decir nada del otro aforismo supremo: «la debidas proporciones». Como si hubiera habido algo importante en la historia de la humanidad que no haya sido exagerado, desde el Imperio Romano hasta Dostoievsky.
Me acuerdo de La hoguera de las vanidades de Tom Wolfe. También del El ángel que nos mira, de Thomas Wolfe.
Me acuerdo de las Hermanas Karamazov, un par de señoras que venían de San Cristóbal a limpiar casas en Caracas. Sus cuentos, en parte sacados de sus experiencias personales, eran perturbadores y tristes.
Me acuerdo de mi colección de correos de postulaciones de trabajo rechazadas a casi cientos cincuenta puestos.
Me acuerdo de mi carpetica de cuentos perdedores de concursos.
Me acuerdo del apartamento del señor Armando, amigo del Jeque, frente a la Plaza Bélgica. El edificio tendría más de cincuenta años. Ya no me acuerdo de su nombre. Uno puede ver lo viejo de un lugar por lo ancho de sus escaleras y lo estrecho de sus ascensores. El olor a cigarrillo impregnado en las maderas. Las letras doradas oxidadas con la palabra Piso. Los ceniceros obsoletos que adornan los pasillos junto a duendes de barro y figuritas de vírgenes y beatos. En el apartamento me quedaba hojeando revistas del club hípico y anotaba fascinado nombres de caballos: Míster Atlas, Justo y Preciso, Annapurna, Perséfone, Cristal Raider, Flor de la pasión, Don Memo, Rata Caela, Perro Muerto, Confundida, El Gran Tito, Romikiu, Mandelstam, Parafernálico, Antonia Salomé. También de los pocos libros que quedaban del dueño anterior estaba uno de Miguel Delibes. Me llevé en su momento una cita que acompaña a los nombres top de los caballos ganadores en abiertos en Suramérica: «Y empecé a darme cuenta, entonces, de que ser de pueblo era un don de Dios y que ser de ciudad era un poco como ser inclusero y que los tesos y el nido de la cigüeña y los chopos y el riachuelo y el soto eran siempre los mismos, mientras las pilas de ladrillo y los bloques de cemento y las montañas de piedra de la ciudad cambiaban cada día y con los años no restaba allí un solo testigo del nacimiento de uno, porque mientras el pueblo permanecía, la ciudad se desintegraba por aquello del progreso y las perspectivas de futuro». Estaba en un edificio testigo de la desaparición de tantas cosas, en una ciudad cuyo origen, como los nombres diversos de los caballos, ignoraba. La ciudad raras veces da concesiones a la memoria, porque todo sucede muy rápido. Vivimos el cambio, poco interesa comprenderlo. A veces no asimilamos lo mucho que ignoramos del lugar donde siempre hemos estado, no sabemos de dónde venimos, ignoramos la historia de nuestra propia historia, esa inscrita en las estadísticas y los pie de nota, en el grosor de una revista hípica. Cuántas cosas han cambiado. Entre carrera y carrera se nos escapan tantos datos para prologar el futuro, si acaso eso existe. Se apuesta a las pequeñas certezas.
Me acuerdo de la ciguatera.
Me acuerdo de una frase del Discurso sobre el colonialismo de Aimé Césaire:
Por la cabeza no se pudren las civilizaciones. Lo harán, en primer lugar, por el corazón.
Me acuerdo cuando una noche vi medianamente armada la insignificante obra de mi vida. Apenas una referencia.
Me acuerdo la diatriba que tuve entre dos libros: No es un deporte de alto riesgo y la Antología de la literatura marginal. Me quedé con Caupolicán Ovalles.
Me acuerdo de la frase de Antonio Gamoneda: Ayer y hoy son ya el mismo día en mi corazón.
Una vez más había ido al Teatro Teresa Carreño para que, a pesar de mis expectativas irregulares y prejuicios recurrentes con la polarización, me volvieran a decepcionar. Morrison me había invitado a una función llamada Descampado, una cosa así, no será sino hasta el final de aquella desastrosa presentación que entenderé la relación título contenido, la relación contexto y función, la función del arte y la vida, las formas sutiles de hacer algo grandiosamente mal, en suma, una dosis visceral suficiente de energía para (des)escribirle a usted, querido lector, tal experiencia de amargura porque quizá, y eso no lo pongo en duda, es mí única forma de venganza, de poner en práctica mi frágil soberanía por escrito. No me interesa el más allá. Morrison tenía altas expectativas como yo. Había un amigo suyo que hacía la música del evento y el día que fue ella a buscar las entradas este le comentó de todo lo increíble que sería esa experiencia, toda esa fusión de danza, circo, sinfónica y teatro, un mega evento. Morrison le creyó, al mismo tiempo que yo le creí a ella y ambos creímos al entrar y esperar sentados en la sala Ríos Reina a que empezara la función. Al llegar había una cola larga que se iba moviendo con lentitud hacia la entrada, tomando las respectivas distancias pandémicas. Para el asombro de algunos espectadores se comentaba en la fila que el gobierno había recuperado el espacio del Teresa. Recuperar (¿otra vez?), ese verbo transitivo y patético siempre pertinente en revolución. En efecto el espacio estaba mantenido en su mismo secuestro, como parte de la gobernanza cultural autoritaria donde los espacios se prestan para ciertas cosas y otras no, entre esas claro: Descampado. Pero esto es una obviedad para cualquiera que viva aquí en este Hotel, donde la cultura es para algunos, los que siguen creyendo con cinismo en este proyecto de justicia social, un recurso que puede patentarse para fines partidistas. Afortunadamente nada construido sobre esos principios prevalece en el tiempo. Los lugares tomados por el capricho político permiten que la gente comente cosas como esta, por ejemplo: Ustedes no saben lo feliz que me hace ver al Teresa Carreño súper acondicionado. Ya era tiempo de hacerle un cariño a estos espacios que son del pueblo. Dice esto una revolucionaria fresálida comprometida con el proceso, al menos virtualmente, miembro de esa entelequia llamada pueblo. Es culpa mía no haber captado desde que pisé el Teresa las mismas señales de siempre. Morrison compartía la idea de que hay que darle oportunidad a los lugares, pero en el caso del chavismo solo podemos esperar lo mismo, la misma fatalidad cutre en todo lo que hace, como hecha a propósito, que exige que no haya críticas y que encima nos impone a todos el tener que sentirnos orgullosos de esta atmósfera total de fracaso que invade la vida cotidiana, al menos en los que ya no son capaces de creer más, es decir, los escépticos invisibles. Yo quisiera para el abasto de mi felicidad creer que creo, tal vez así la experiencia del Descampado me hubiese parecido más conmovedora que deprimente, reconocer entre tantas bemoles el valor del esfuerzo humano, pero ¿cómo es posible creer cuando se ha descreído tantas veces? Ya creer con orgullo en sí es una forma de estupidez. En fin, ya era demasiado tarde cuando Morrison y yo caímos en cuenta que la función Descampado era otro panfleto político de aquel relato invariable de la epopeya bolivariana, una presentación con motivos del bicentenario de la batalla de Carabobo y el homenaje del Bravo Pueblo1. Todo mal. La función empezaba con un grupo de mujeres que gritaban y luego decían cosas sobre el bravo pueblo y la independencia seguido de unas frases africanas; me pareció algo fastidioso que no pusieran subtítulos para saber lo que andaban diciendo, por lo menos, no pude evitar pensar toda esa tendencia que adolece en el grupo de whatsapp de la junta de condominio de mi edificio, repleto de católicos de dudoso coeficiente intelectual, donde comparten cadenas diciendo que el país está sumido en la brujería africana, que hay que aferrarse a los ángeles y al poder supremo de Cristo, que satanás está en las frases incomprensibles donde declaman a Eleguá y Yemayá, lo que hace plausible pensar que las mujeres que estaban ahí gritando en el teatro fácilmente estaban lanzando algún tipo de sorcery foráneo al público, no sé, alguno que hiciera más digerible el gusto por la obra que apenas iba por el prólogo. Mientras sucedía eso unas mujeres se encaramaban en unas telas pero nunca terminaron de presentarse, lástima. Esa fue la primera señal de alarma. Luego un señor detrás de un telón negro apareció diciendo cosas de España, asumí, si mi conocimiento de historia primaria no fallaba, que era el general Monteverde, hablando de un armisticio y el cese de las armas y la paz, ¿cuál paz, camarada? Luego llegó el protagonista inevitable de la obra: un Bolívar versión Kudai hablando de nuevo sobre el Bravo pueblo y el solipsismo que rodea la figura mítica del mismo Bolívar, en este caso el actor que con su corte emo-bicentenario representaba la divinidad suprema nacional, después de Chávez por supuesto, que como todo los huéspedes sabemos, está impregnado en todas las cosas, en nuestro hacer diario repleto de incertidumbres, narcisismos, abandono, frustraciones heroicas que no llevan a ningún sitio, de rigideces espaciales, propagandas pedagógicas donde el tiempo es el recurso explotable que desperdiciamos en cualquier trámite trivial, es la inversión que lleva consigo el culto a nosotros mismos, a ese error colectivo que somos, precario inventario, insuficiente para los elogios excesivos de la sombra del comandante, que cubre y nos protege de nuestra propia locura autodestructiva2. Déjame gritar, como el coro de esa canción que pasaban por Mtv que tristemente no puedo olvidar y recordaba mientras miraba al Bolívar gritar libertad y soberanía, eslóganes dignos para regímenes totalitarios y comerciales de tarjetas de crédito. Entonces así se iba orquestando la desgracia, o al menos mi burla, el momento de la sensación verdadera donde sabes que has ido a un lugar para que simplemente se burlen de ti, de tu dudosa inteligencia, sin derecho a reembolso ideológico. No quiero exagerar ni hablar de manera generalizada pero es lo que personalmente siento que muchos sienten al tener que vivir aquí, en la fauna bicentenaria3, que aparte de aburrida es mala para la estabilidad mental y financiera. Después de sufrir covid perdí por completo el sentido del gusto y porcentaje del olfato, pero al asistir al Teresa de nuevo no me sentí tan desolado por dichas pérdidas, porque noté que otros, muchos otros, habían perdido hacía mucho rato, aparte del gusto, el criterio para elegir. Solo un pendejo abusa de la palabra libertad. Los más ignorantes envilecen el uso de la palabra cultura. Las coreografías de danza no estuvieron mal, no se reprocha el esfuerzo del cuerpo, pero queda solapado por el afán de priorizar un panfleto partidista a la poke sí, haciendo que los bailes no tuvieran sentido con lo que se pretendía transmitir. Bailaban los bailarines y luego salió de la nada una mujer diciendo que era cimarrona y que estaba dispuesta a luchar por la libertad, gritaba tres cosas más y se iba; vi que esa fue la única forma de conectar una situación con la otra, un personaje diciendo lo pertinente a la obra y luego las presentaciones inconexas de danza. Midiendo todo en justas proporciones me pareció surreal que una mujer haciendo su papel de negra cimarrona hablara con tanta convicción de la lucha independentista, considerando que la abolición de esclavos no se concretó hasta 1854, desde Carabobo tuvieron que pasar 33 años (lapso de vida de Cristo) para que hipotéticamente los negros pudieran declararse libres, incluso ser considerados personas, sin que el calificativo cimarrón fuera algo relevante para destacar en un diálogo doscientos años después. La música era lo único rescatable, pero difícil de apreciar en el contexto mismo del Descampado. Morrison decía que hubiese sido mejor la orquesta y ya, o incluso mejor era cerrar los ojos y evitarse las molestias visuales que no iban al caso. El resto de la función fue así. Hubo una parte terrible que sacaron a escena cuatro situaciones donde bailaban, pero al final no entendí ninguna escena, en particular una que era un baile alrededor de una piñata enorme que quería ser árbol pero al final solo era algo que me imagino terminarán cayendo a palos los mismos artistas tras bastidores. Muy buenos los bailes, después de todo, pero ¿de qué se trata todo esto? Claro, el bicentenario. Las escenas eran innecesariamente largas. Una muy rancia fue una donde Bolívar Kudai danzaba con una contorsionista que era la muerte, seguido de más gritos, tanto así que ya la música no era importante, nunca lo fue. Me siento terrible al dedicar tiempo de mi vida en relatar sobre algo que me desagrada, pero es muy preocupante cuando eso que consideras está mal es aplaudido por todos hasta el paroxismo. Me costó mucho aplaudir, no pude hacerlo. No me sentía así desde esa vez que había ido a esa misma sala a ver un ballet de la vida de Chávez con un público desquiciado que gritaba de emoción ante cada aparición del supremo en sus facetas juveniles, cuando era pelotero, cuando era paracaidista, cuando escribía en su diario secreto de cadete a lo Flaubert, cuando era todo y a la vez nada, cuando nadie sospechaba que en aquel hombrezuelo estaría el alfa y el omega de nuestra capacidades totales, muy limitadas, propensas al pesimismo y la mediocridad garantizada por las armas y los medios de comunicación. No digo que el arte político sea malo, puede ser bueno si no se malusa para los fines políticos, son procedimientos distintos. Toda esa muestra de espectáculos son síntomas del estado del arte local, o lo que ellos, los agregados al club de la cultura popular dicen que es el arte. El trasfondo está en el cómo de manera eficaz se logra hacer de la memoria una caricatura y que los artistas cómplices consideren que todo al final se trata de una gran idea, es claro, porque cobran los suyo, no hay discusión luego del respectivo depósito bancario, y es hasta innecesario recordar que las pasiones, sean las que sean, tampoco se negocian. Fue un alivio que Morrison no haya gastado dinero en las entradas. Eso me hubiera dolido mucho. Sin embargo lo gratuito puede ser infame, hasta el punto que se pierde el horizonte del valor de las cosas. Tal vez te cuento esto porque no quiero olvidarlo. Aquí la amnesia es una forma muy eficaz de perder sin darse cuenta. Igual siempre volveré al teatro, pues no se puede perder la esperanza que evoca el espacio. Al salir, lejos de la montonera aduladora que olvida la pandemia después del show, quedaba el horror de la realidad, una ciudad de muerte-diurna, de santamarías grises, avenidas estrechas sin transporte ni luces, repleta de murales de mal gusto con lemas de una happytocracia bélica4, un culto disfrazado a la muerte, somos invencibles, inmunes a la derrota porque somos la encarnación de ella, el legado fabuloso de nuestros héroes. Así se siente el bicentenario. El clima enervante de una Caracas Kitsch que nos echa en cara el costo del pasado, donde todo es posible, y que al cierre del día nos da un consuelo nostálgico en sus arreboles, aquel que brinda de un tinte hermoso el más latente descampado de nuestras vidas, unas que mientras transitamos anónimos por estas calles temáticas pierden sentido.
Notas al pie:
1. «Si bien se reconoce la participación de las clases populares durante el proceso independentista, existe una valoración vacía del pueblo. En otras palabras, se habla del bravo pueblo como icono positivo de la independencia, pero no tiene peso en los estudios históricos frente al panteón de los héroes; por tanto, es una categoría retórica y en cierto modo artificial, creada y consolidada por la historia (y reafirmada por la vía institucional [pedante y agobiante] del Estado). Si bien nadie puede negar la participación de los sectores populares en la guerra de independencia, continúan como protagonistas ausentes y abstractos del proceso emancipador…Es decir, al pretender establecer el bloque independentista como un cuerpo unido y sin fisuras, donde todos los integrantes de la sociedad fuesen del estrato social que fuesen, luchaban por igual contra la dominación española, se simplifica de tal manera la compleja estructura de la sociedad que se crea una identidad nacional inclusive antes de que pueda existir. Los venezolanos no lucharon como bloque en la guerra de independencia. De hecho, la declaración de independencia y la primera república son llevadas adelante por un pequeño sector de criollos y de algunos propietarios ante la mirada atónita del resto de la población».
Pernalete Túa, C. (2011). El mito del bravo pueblo. En I. Quintero, El Relato Invariable. Independencia, mito y nación (págs. 58-60). Editorial Alfa.
2. A veces se comete el error de dar comentarios relacionados con la idiotez generalizada del lugar donde uno tristemente le tocó vivir. En especial cuando los comentarios tocan la sensibilidad del pueblo. Una persona puede tener toda la originalidad que quiera y lograr decir de cierta manera las cosas, pero las costumbres, las taras y pasiones de los pueblos son estables, inmunes a los cambios radicales, intolerante y tirano a todo lo que lo desconcierta, se conservan por medio de estrategias de reproducción social que van más allá de nuestra compresión de lo que está bien o mal. Ante esa maquinaria de las tradiciones no podemos ganar.
3. Las efemérides en Venezuela se pueden dividir en dos prácticas patológicas: las que exaltan el fervor religioso, y las que exaltan el fervor heroico. Sin dejar de lado, claro está, las celebraciones del calendario litúrgico del consumo capitalista que impone el monstruo amable, como el día de los abrazos, el día de las enfermedades mentales, el día de la mujer y el mes del orgullo gay. Hay un cronograma para saber qué rememorar mediante el gasto de nuestra experiencia a compartir nuestra identidad respaldada por la esquizofrenia del mercado, que no distingue reivindicaciones ni luchas, en realidad no le importa, las celebraciones pueden prescindir del factor humano, basta con sentir que además de nuestro cumpleaños hay un día especial para cualquier cosa que dependiendo de nuestro humor e ignorancia celebremos sin miramientos. El triunfo del capitalismo está en que sin importar lo que decidamos nunca nos desviaremos de sentirnos bien, nunca lo que consumamos nos hará sentir como potenciales estúpidos; y esa es la clave de la libertad: el gasto desmedido de uno mismo.
4. Ya muchos nos habíamos hecho una idea de lo insoportable que es el chavismo con el tema de las celebraciones, como buenos aprendices de los programas cristianos y neoliberales, aplican una agenda a la bolivariana para todo, Bolívar es una especie de Ditto ideológico que penetra nuestras vidas como un cáncer de heroísmo que al tenerlo tan presente no es posible sentirse un ser capacitado de superar la artritis histórica, con facilidad se hace de la memoria una caricatura siniestra que refleja lo peor de nosotros. Se ha hablado demasiado del tema, hay expertos que se han dedicado a estudiar el fenómeno del culto como caso clínico, sexual, político, cultural y mercadotécnico que sienta las bases de nuestra idiosincrasia, no obstante discutirlo no implica que tengamos la voluntad de superarlo. Es una maniobra de exorcismo imposible de llevar a cabo.
Sé que anoté esto en alguna parte pero igual te lo cuento para que no te jodan. Estaba desempleado. En Facebook vi un anuncio de trabajo: «Los Tres Reinos», de la Fundación Empatía y Evolución. Considerando en ese momento que era una buena idea llamé al número del flyer que solicitaba ayudantes para trabajar en el reino. Me dieron cita al día siguiente en el Tecni-ciencia del Sambil a la una de la tarde. Me puse formal para nada. Estaba disfrazado de evangélico entusiasmado por un día sábado; tenía que verme como tal, dar la impresión de portar encima una suerte de fe marcada en el sudor intenso de mis axilas, despotricando cierta marca acuosa de desodorante que compré al precio módico de No me queda otra opción. Tenía que seguir las señales del altísimo. La necesidad nos hace creer en los anuncios publicitarios más fantasiosos y ridículos. Una cosa así como Los Tres Reinos. Imagínate.
El viaje hasta Chacao fue rápido. La librería Tecni-ciencia es grande, tiene un segundo nivel tipo mezzanina que en sus días mozos, cuando el local se parecía a la juguetería Duncan de la película Home Alone 2, funcionaba un cafetín donde los clientes se sentaban a leer y comer cachitos rellenos de queso y fiambre. Ahora es un piso baldío lleno de sillas, cajas y mesas solas, y claro, un espacio mínimo ocupado por los Tres Reinos. La chica que suponía me había atendido por teléfono estaba sentada en una de las mesas donde hay una vista panorámica de la librería. Me sentí incómodo porque su mirada me siguió desde que entré. Al llegar saludé y dije que era el chico que había llamado por el trabajo. Sonrió y me dio la bienvenida.
—Antes que nada es importante que aprendas a jugar. Esta no es una entrevista convencional—decía mientras sacaba de un cilindro de polietileno un tablero circular.
Estaba con ella un chico pálido que parecía un personaje del laboratorio de Dexter, alto, macilento, frenos que indicaban una deuda pendiente y casi inútil de ortodoncia, con una moquera excesiva que me daba asco. Me dio la mano y una segunda bienvenida rinítica a los Tres Reinos. Entre el chico (Javier) y la entrevistadora (Ivana) me empezaron a contar el origen del juego que (in)formalmente se conocía como Ajetrez: un ajedrez para tres personas. Único en el mundo, según ellos.
—El juego es una iniciativa del Maestro Morrales. El Creador, como le decimos de cariño. El maestro se dio cuenta que el ajedrez es un juego que tradicionalmente se caracteriza por ser cruel y violento, promueve el maltrato y la confrontación entre los seres humanos. El maestro pensó en algo mejor y diseñó este juego. El ajedrez es convencional y aburrido, es acción y reacción sin llegar a nada, en cambio el ajetrez es acción + reacción = consecuencia.
¿Cruel? Nunca en mi vida había escuchado que el Ajedrez se tratara de un juego violento, ni siquiera recuerdo estando en el equipo del colegio sentir esa hostilidad con la que Ivana se expresaba. Por otra parte me llamaba la atención ese calificativo del Creador, que lo pronunciaban con un tono benévolo y exagerado, como de alguien que evoca en una reunión el nombre de Chayanne y todos asienten con condescendencia porque entendemos que está diciendo algo cierto, divino, cosa que de entrada, y en ese ambiente de entrevista laboral, era horrible.
El ajedrez para tres personas no se trataba de ninguna novedad como decían. Es un producto que existe desde hace mucho tiempo en el mercado, incluso hay hasta tableros para cuatro personas. Por puro morbo me quedé callado escuchando. Procedí a jugar siguiendo las indicaciones que me dieron sobre aquel juego que a primera vista era amorfo, por no decir fallidamente artesanal.
Mientras me decían esto llegó otro chico convocado a la misma hora para la entrevista. Para los fines prácticos del relato (pero sobre todo por respeto a su integridad y destino) lo llamé Randy. Era más joven que yo, pelo amarillo corto, estilo nickelodeon, también delgado y de piel tostada. La única referencia que tuve de él era su sonrisa nerviosa, no sé si por la extrañeza que le producía el juego, o porque al igual que yo no entendía un carajo de lo que estaba pasando, o porque simplemente estaba a la expectativa de encontrar algo mejor a su antiguo empleo que era vendiendo zapatos en Sabana Grande, punto que comentó en un momento que me dejaron jugando con él y Javier. Durante la inducción Ivana recalcó que los Tres Reinos era una versión del ajedrezen una mejor etapa evolutiva, que ha sido perfeccionado para ir más allá del convencional juego de dos, y que es el primero de tres personas que funciona de verdad. Ivana decía estas cosas bien locas mientras guiaba nuestra mirada con su dedo índice por una frase mayúscula impresa en una pancarta de diseño bastante cutre, frase que encima nos hizo pronunciar en voz alta en un tono que me hizo sentir de nuevo en preescolar.
EL JUEGO QUE LLEGÓ PARA RECUPERAR LAS CONDICIONES DE VIDA DEL PLANETA
El motivo del ser.
El trabajo consistía en vender tableros de los Tres Reinos. Fácil.
Era estar de lunes a viernes en horario de una a siete de la noche sentado en la mezzanina del Tecni-ciencia jugando, o en su defecto quedarme viendo el tablero como si estuviese jugando, mientras espero a Godot o la llegada de cualquier extraño que no tenga nada que hacer con su vida; alguien que entra a una librería sin saber por qué, levanta un poco la cabeza y ve a unos sujetos haciendo cosas raras con unas piecitas sobre una mesa; sin razón alguna el cliente potencial se llena de curiosidad y sube a la mezzanina para averiguar qué le pasa a la gente que está ahí tan sola; mientras se acerca sonríes cordialmente pidiendo auxilio en un mensaje encriptado en tu cara rota, te disculpas por la muestra falsa de alegría pues eres incapaz de ocultar que no crees en la estafa que estás vendiendo, por dentro le suplicas a ese alguien que si se valora se largue lo más pronto posible de allí; ese alguien por pena ajena se anima a jugar y pierde; después se le deja ganar y luego de ver lo increíble que es el juego lo compra. Mierda, ¿cómo se llega tan lejos? Por un instante crees que eres bueno vendiendo cosas a pesar de que todo sigue siendo igual. Vender lo que sea y al mismo tiempo sentirse así es (terriblemente) muy fácil de lograr. No sé, usted dígame si se ha sentido así alguna vez.
Como se suponía que íbamos a aprender a jugar saqué mi cuaderno para tomar notas de todas las instrucciones y tips. A Ivana no le pareció eso y me dijo que por políticas de la fundación estaba prohibido anotar cosas sobre el juego. Y que para evitar los plagios. Políticas, puras políticas.
— ¿Y cómo se supone que voy a aprender si no tengo las notas? — dije.
— La práctica hace al maestro — dijo Ivana— tienes que jugarlo varias veces.
— Tienes que repetirlo para que te acostumbres, no hay necesidad de anotar nada —secundó Javier Pinky.
Insistieron en que guardara mi cuaderno, cosa que me molestó mucho. Solo accedieron a que anotara los nombres de las piezas y las características del trabajo que me tocaba hacer. Tuve que economizar mucho espacio para mis observaciones, pues me limitaron a llevar todas estas notas en la parte de atrás de tarjetas de presentación de la Fundación que me dieron al llegar. Para no alargar el asunto les seguí el juego.
Mientras ordenaba las piezas Ivana arrancó con un discurso que se notaba lo había declamado tantas veces hasta creérselo para así poder transmitir su fe a los demás.
Érase una vez tres reinos que se reunieron para acordar quién sería el líder… (Ok. Cómo verán este principio de la historia que Ivana se sabe de memoria es una oración suficiente para darnos cuenta que este juego se vende como un vil plagio, que en la mente de los trabajadores y el supuesto creador se convencieron en conjunto que se trataba de algo inédito, porque ellos argumentan que registraron la historia en un formato de libro, forma de proteger la supuesta invención del juego ya que en Venezuela no existe, según ellos, forma de registrar el juego de mesa como tal. Por estas razones y falta de espacio en mi pequeño rectángulo no seguí transcribiendo el proceso mnemotécnico de Ivana).
Seguíamos jugando. Randy ni puta idea de dónde estaba y yo anotando los movimientos de las piezas y viendo que Javier se movía con un aire sobrado porque ya estaba, se le notaba, muy cansado de ganar siempre.
— Ahora voy a mover el caballo…
— NO ES CABALLO —Me gritó Javier como si lo hubiese ofendido—. Es Unicornio.
En otra mesa Ivana miraba y con una sonrisa de media asta asentía en señal de aprobación a Javier. Y la entrevista, si eso podía llamarse así todavía, tomó el tono de una secta enfermiza de esas descritas por Elias Canetti.
— Está bien. Entonces, si muevo el Unicornio para acá y me como esta pieza…
— AQUÍ NO SE COME, se captura. No hay violencia en los Tres Reinos.
Ajetrez era una versión cutre del magistral ajedrez, con una nomenclatura forzada donde por ejemplo el enroque se cambiaba por hechizo, los nombres de las piezas tallados en madera no hacían mérito tampoco a la falta de originalidad, sino a la existencia lamentable de un juego con una ausencia total de integridad, una carencia muy de moda en este país que casi siempre se aplaude. Anoté los nombres de las piezas: el saetero, el alférez, el hechicero, el teniente, el capitán, la catapulta, la emperatriz, el monarca… y no olvidemos al maldito unicornio. Solo por lo nombres había una diferencia mínima. Noté que las piezas, para efectos funcionales, podían moverse como lo hace la reina en el ajedrez, solo que por figuritas se limitaba el número de casillas por las que podían desplazarse. Es decir que todas las piezas hacían prácticamente lo mismo.
El juego era engorroso y aburrido, sin contar el afán de los feligreses de poner al juego como algo superior al ajedrez, al que le tenían un desprecio profundo porque hacían comparaciones que tampoco tenían mucho sentido, como haciendo entrever que el juego, aparte de antiguo, tenía defectos, unos que sólo el creador al darse cuenta los arregló y mejoró todo…
Hubo un momento extraño que nunca comprendí. Sucedió algo en el juego, que gracias a dios olvidé, en donde había que ponerse de pie y recrear una escena de película caballeresca donde se otorgan rangos y títulos (por parte de una doncella o reyezuelo) tocando con una espada los hombros de un caballero; este acto se recreó del mismo modo con mímicas en la mezzanina del Tecni-ciencia vacío del Sambil. Horrible. Pregunté si eso era algo necesario, a lo que Ivana me dijo que sí porque era parte de la dinámica particular del juego, algo que el ajedrez no tiene.
La entrevista se puso peor. Nuestro trabajo era venderle ese juego estéticamente poco atractivo a los incautos. Ahora los costos. Un tablero mediano tenía un costo de 45 dólares. El tablero grande, el que teníamos que vender con mayor énfasis, porque el primer modelo mediano como tal no existía, costaba 100 dólares.
(Increíble)
— ¿Hay gente que compra esto? —pregunté con incredulidad tomasina.
— Aunque no lo parezca, sí. El juego es casi de culto —decía Ivana mientras veía las piezas de madera calcadas que no tenían patente ni costaban cien dólares—. A partir de ahora ustedes forman parte de La Guardia. Deberán cumplir un horario, ser puntuales porque al maestro le gusta la puntualidad y la pulcritud. Aquí le daremos un uniforme que deberán conservar limpio. Una vez que lo tienen puesto es como si llevaran una armadura, un estatus, tendrán que comportarse como miembros de la Guardia de los Tres Reinos. Eso significa respeto, cruzar por el rayado, tener la franela por dentro, ser amable y no fumar. Ahora, no piensen que esto se queda aquí, si tienen constancia y se mantienen con nosotros podrán ir ascendiendo para obtener cosas grandes. Esto es un ganar-ganar. De Guardianes tienen la oportunidad (si se esmeran) de ascender a Teniente y luego a Capitán. Yo soy Teniente. Mi trabajo es supervisar los territorios del Sambil y el CCCT.
Ivana decía esto con una seriedad que me decepcionada (pero también era demasiado increíble su convicción) porque estaba logrando su cometido en mí: hacer que me uniera a la Guardia. En mis adentros, sin darme cuenta, sentaba las bases de un pequeño circo.
—Tienen que ser uno con el juego. Para ser Tenientes tienen que realizar diez ventas. Por cada una se les dará una comisión en dólares del 10%. Esto es un ganar-ganar. Pero la condición para el ascenso es que las ventas tienen que ser seguidas; si por lo menos haces siete ventas corridas y al día siguiente no vendes nada vuelves a empezar desde cero. Y así. Es como un incentivo para que den todo lo mejor de ustedes por esto.
Para ser Teniente el Guardián tenía que hacer un total de ventas acumuladas en 1.000 dólares, de lo que en teoría 100 le corresponden por comisión. Había que vender esos asquerosos tableros por diez días seguidos. Eso era imposible.
— Javier, ¿tú has vendido algún tablero? — volví a preguntar con incredulidad tomasina al cuadrado.
— Bueno, todavía no porque estoy empezando.
— ¿Pero cuánto tiempo tienes trabajando aquí en la mezzanina?
— Como seis meses…
— (!!!)
Sin comentarios. Ivana intervino comentando que en otras sedes se han vendido varios tableros. Tenían posiciones estratégicas en varios Tecni-ciencias, en otros lugares de la ciudad.
— ¿Y la librería recibe algún tipo de comisión de esto? ¿Le pagan el espacio de alguna manera?
—Fíjate, en este modelo evolutivo de negocio contamos con lo que llamamos «Aliados», ellos nos prestan el local y diversificamos con favores. El maestro tiene contactos en una emisora en el territorio del CCCT donde hace promoción a la librería. El WiFi que usamos, por ejemplo, nos lo facilita la gente de la tienda de zapatos del frente (Chapatitos), a cambio se le hace publicidad por la radio. Es un modelo de ganar-ganar.
Yo estaba algo claro sobre estas nuevas formas larvarias de emprendimientos insostenibles, pero esto iba demasiado en serio. En eso llegaron dos personas más convocadas también para la entrevista. Eran unos remitidos por Javier. Uno tenía un pelo largo y cargaba un casco de moto, tenía el semblante de un centauro de Fantasía 2000; el otro era un felino negro con suéter. Ivana con una sonrisa dijo que ahora había suficientes personas para jugar dos partidos simultáneos. Ordenó el otro tablero y nos volvieron a distribuir. Ivana se puso con Randy y el Felino. Yo me quedé con Javier y el Centauro. Escuchamos de nuevo la versión reprise de los Tres Reinos y las comisiones en dólares.
Luego de la perorata de Ivana sobre las comisiones y ventas el Centauro le preguntaba a Javier si esto valía la pena, en cuanto a las ganancias, claro. Javier en voz baja divagaba y le decía que aquí en el reino se movía mucha plata. Sí vale, aquí hay lucas, decía el pajúo ese. El Centauro se animó. Y luego comentó que estaba urgido de hacer algo pronto, había renunciado dos días atrás a su antiguo empleo.
— ¿En dónde trabajabas antes? — le pregunté al Centauro, que estaba a mi izquierda y jugaba piezas rojas.
— Trabajaba en la Alcaldía de Caracas, en el departamento de fraudes, estoy ahora a la expectativa de encontrar mejores ofertas laborales.
Sin duda el Centauro estaba en el lugar adecuado.
Creo que en ningún momento me preguntaron mi nombre. No mandé síntesis curricular porque según la Fundación eso no era necesario. Obviamente. Nos hablaron de la paga: una porquería. Pero Ivana Insistía con su Ganar-ganar. Luego de marearnos, ya para evadir el tema de la paga miserable, comentó que la Fundación Empatía y Evolución con la venta de los tableros tiene la misión de reunir fondos para reciclar todo lo que fuese reciclable, además de forestar todos los terrenos del país y del planeta con árboles frutales. Luego Ivana después dijo que la Fundación está cerrando grandes tratos con fábricas chinas para masificar los tableros y producirlos en formato de plástico para distribuir el juego a nivel internacional. Era algo paradójico, no había que pensarlo mucho. Para ellos tenía mucho sentido que el plástico fuese un aliado ecológico, pero más demencial era que con la venta del juego se podían garantizar las bases de la salvación del planeta. Evolución: quod erat demonstrandum.
—Este juego tiene reconocimiento internacional, cada tablero tiene un serial de identificación, además se adiciona a un certificado de autenticidad firmado por el maestro. El primer tablero de los Tres Reinos lo tiene un cliente en Ucrania. Ya ustedes adentro se darán cuenta que esto se trata de un juego de élites, no cualquiera puede jugarlo. En los próximos meses se celebrará un torneo de los Tres Reinos en el CCCT y la entrada para concursar son 400 dólares. Si ustedes siguen con nosotros podrán ser parte de ese evento. El premio será de 4.000 dólares. Para participar se necesitan patrocinantes, pero ustedes, como serán de los nuestros, ya tendrán automáticamente el privilegio de estar allí.
Todos los entrevistados: Randy, Felino, Centauro y yo nos mirábamos con una incredulidad tomasina integral. No sabía en qué palo ahorcarme. Uno cuando sabe que no hay desgracia imperoable piensa que la cosa no puede ser peor. Pero faltaba un par de moscas más en la mierda para tomar la decisión de convertirme en Guardián de los Tres Reinos al día siguiente.
—Para los guardianes constantes, fieles, que estén con nosotros desde el comienzo de este viaje podrán ser elegidos para el gran evento que se dará en los primeros meses del año que viene. Un evento de los Tres Reinos y la limpieza de las costas venezolanas. Estaremos recorriendo las playas en un barco, de esos parecidos a un ferry, pero uno mejor, uno mucho más grande…
— ¿Qué? ¿Un crucero?
— Sí, un crucero de los Tres Reinos. Solo los que se comprometan de lleno con la Fundación serán elegidos para ir con todo pago.
Me vi en el año 2020, después de la bajada de los reyes magos, siendo llevado en un autobús yutong de mi casa al puerto de la Guaira, donde me espera un comité de organizadores de las más importantes trasnacionales, especialmente en secuencia todas esas donde postulé sin recibir ninguna respuesta, haciendo una montonera de saludos y formalidades excesivas solo posibles en una fantasía tan ridícula como esta. En el puerto están presentes las grandes marcas de los juegos de mesa. Los colosos del ocio han venido para formar parte de un evento inédito en la historia de los confines absurdos del Caribe: miembros de la Remington Arms, Hasbro, Mattel y la Milton Bradley Company, llegan a estas tierras y el olor de playa y gasolina se mezclan con el jet-lag individual provocando una nostalgia que solo se alcanza en la expresión mayor de los sueños. Un polizonte del Smithsonian me comenta con jocosidad lo sabrosa que es la empanada de carne mechada. Asiento porque se trata de una verdad indiscutible. Lo pongo al tanto de la existencia de empanadas con rellenos más soberbios, camarón, pepitona, cangrejo y pabellón. Los ojos le brillan al musiú del Smithsonian. Me señala unos pelícanos descansando en las piedras. Nos golpea una brisa salada y me entra arena en el ojo. Comprendemos en esa suma de gestos que nunca seremos más felices que ahora. Vemos a los lejos llegar un puntito blanco que se acerca y se hace más grande, toma forma, se hace real como este sueño que es el crucero de los Tres reinos, el crucero de los premios de Cortázar. Escucho expresiones de alegría en tres idiomas distintos, los idiomas mínimos que en todas las bolsas de empleo te preguntan si dominas en niveles básico, intermedio o fluido. Llega la flota ecológica, un modelo pulcro de Oasis of the Seas, de 225 mil toneladas, con 5.400 habitaciones, todo equipado para el evento más importante del año, uno que gracias a mi constancia sobrenatural logré ser parte. Estoy dentro. Soy Teniente. Doy órdenes a inmigrantes antillanos y filipinos sobre cómo y dónde poner las infinitas mesas con sus respectivos tableros circulares, piezas y vasos rojizos donde se sirve exclusivamente Coca-Cola y Schweppes con hielos que tienen formas de hechiceros y unicornios, bebidas oficiales del reino. Para que nadie se confunda en qué locura se ha metido se ponen banditas plásticas con códigos de barra impresos en las muñecas para que ningún huésped se pierda en el exotismo de la fantasía. Me imagino a un grupo de disociados moviéndose de manera bovina por los pasillos de la flota, de proa a popa, amontonándose en las mesas para jugar ajetrez, unidos en una gran comunidad asexuada. Es hermoso. Todos moviendo las manos en ritmos sincronizados como los adictos de las máquinas tragamonedas, capturando tierras encantadas, eligiendo al próximo líder de la nada. La tripulación se somete a un estricto itinerario de filantropía que se balancea entre el lucro y la ruina del trópico, atracando en cada playa de las costas de Venezuela, dispuestos a hacer una jornada de limpieza extrema, pues no es casualidad que se necesite un barco tan grande sino para traerse consigo la basura que está dispuesto a buscar en cada orilla y pueblo olvidado por gobiernos y habitantes. Me vi por un instante en aquel reino de la decepción y en un coñazo volví a la mezzanina del Tecni-ciencia. Suficiente.
Por decoro busqué maneras rápidas y no tan groseras de irme de allí formulando las preguntas claves que hay que hacer siempre que se decide tomar un trabajo, en particular un trabajo de dudosas intenciones: ¿Hay pago de nómina? ¿Cotizan en el seguro social? ¿Dan bono alimenticio? Todas las respuestas de Ivanna fueron negativas y encima las argumentó de una manera descarada. Dio dos razones que explicaban por qué a la Fundación le valía verga tener las mínimas condiciones laborales establecidas por la ley: la primera es porque la Fundación pagaba por encima del sueldo mínimo (?) No; la segunda, y tal vez la más aborrecible, es porque pagaban comisiones en dólares.
Permanecí un rato más para los intereses de mis futuras ficciones. Era demasiado surreal. Como vi que en realidad no tenían ninguna clase de interés por mí aproveché en sacar algunos datos para ampliar los perfiles de los personajes. Ivana había estudiado derecho en la Universidad Santa María y dejó la carrera para dedicarse de lleno a la quimera piramidal de los Tres Reinos. Javier había estudiado música en la José Ángel Lamas y por su actitud parecía haber encontrado en la secta evolutiva un refugio para no hacer nada.
— Deberías dedicarte de nuevo a la música — le dije.
— La música no da plata, el dinero siempre está en otra parte.
— Es cierto, el dinero seguro está en los juegos de mesa.
Creo que Javier no entendió mi sarcasmo. Curioso por Ivana le pregunté por qué decía que el Ajedrez era un juego violento.
— Porque en ese juego matas, atacas, golpeas las piezas… te las comes.
Me imagino que para Ivana el dominó debe ser un juego de antaño para trogloditas, un juego de sadismo azteca para personas potencialmente violentas que gritan a las cajeras del supermercado y patean perros indefensos. En fin, un juego de terrorismo puro donde es inevitable partir mesas. Concluyo que estas ideas o son de un trauma familiar o de un lavado sutil de cerebro. Me inclino por la última opción, y lamentamos en el fondo que la susodicha haya tomado la decisión de abandonar las leyes.
Ivana estaba convencida de que estaría al día siguiente oliéndole los peos formando parte de la guardia nueva de la mezzanina. Prometí que volvería, cosa que nunca hice. Di las gracias y tomé mi bolso. Tomé las tarjeticas donde con disimulo logré tomar todos los apuntes de esta historia y las metí entre las páginas de mi ejemplar de Lo que me dijo Joan Didion. Me había pegado el hambre. Salí de la librería en mi nubecita de Gokú.
***
Debo agradecer el patético encuentro con los emprendedores de los Tres Reinos al descubrimiento del escritor alemán Botho Strauss. Antes de dejar la librería revisé el estante de los libros de segunda mano y encontré un ejemplar de El hombre joven. Me llamó la atención la portada: un fragmento del San Sebastián de Gerrit van Honthorst. El precio del libro era el equivalente a un mes de trabajo sentado frente a un tablero, un regalo. Regresando en el metro iba leyendo las páginas de este increíble hallazgo. Una cita azarosa me hizo el resumen de todo lo acontecido. Asumí que estas ideas seguían vigentes para la siguiente búsqueda errante de empleo.
¿Qué otra posibilidad le queda a un actor mal dirigido que no sea recaer en sus malos hábitos? No debes olvidar que los actores están hechos para una forma u otra de la representación humana. Todos los esfuerzos por educarlos en habilidades didáctico-formales conducen inexorablemente a una limitación paralizante de su talento. Siempre que el actor realiza conscientemente en el escenario algún ejercicio formal se advierte ante todo la violencia que ejerce sobre sí, y esto frena una parte importante del efecto, de la fuerza dramática; este exceso de despliegue corporal, maniatado y amenazado, hace muy opresivas esas ambiciosas representaciones, otorgándoles siempre algo de falsedad y violencia, de falta profunda de libertad.
***
Pasaron semanas y recuerdo estar caminando por el CCCT dirigiéndome a alguna parte. En uno de los pasajes de ese extraño centro comercial, por una de las tantas salidas debajo de unas escaleras, cerca de un puesto de alquiler de carritos de plástico para niños, alrededor de una mesa plegable, vi de lejos al bocabierta de Randy con los brazos cruzados, inclinado en una silla manaplas mirando al vacío obstinado, en compañía de dos elfos que dormían sobre un tablero circular de los Tres Reinos.
EL JUEGO QUE LLEGÓ PARA RECUPERAR LAS CONDICIONES DE VIDA DEL PLANETA
No supe distinguir si mis ganas de orinar venían de la burla o la tristeza. Espero que donde sea que estés ahora te haya ido mejor, querido Randy.