El motorizado

Hace unos años hice un diplomado de narrativas contemporáneas en la Universidad Católica. En una clase sobre escritura creativa nos mandaron a presentar un cuento. Por el volumen del curso cada sábado se presentaban varios participantes, leían en voz alta y luego el resto del grupo mediado por el profesor daba sus impresiones y críticas de los textos.

Recuerdo en particular un cuento donde las acciones y hechos eran realizados por un motorizado en la ciudad de Caracas: una rutina de envíos y humillaciones que terminaba en un asesinato confuso, como justificando una especie de venganza social, sin indicios de sátira ni enseñanzas morales.

El cuento en su estructura general tenía una serie de fallas a niveles técnicos, fallas que tenían soluciones muy puntuales; sin embargo tales observaciones tuvieron poca importancia cuando unos participantes empezaron a cuestionar la naturaleza del personaje.

Al parecer, como el protagonista era un mototaxista, no podía ser verosímil que este pudiera hablar de una manera «tan educada», este no podía decir «buenos días» ni «por favor» dentro de un diálogo con alguien, eso generaba extrañeza en los lectores. Para muchos la voz del personaje «no podía ser real» porque aparentemente un motorizado es alguien de por sí vulgar, y por supuesto: «negro y sucio», «alguien que no completa los estudios», una persona que por su condición jamás podría, ni siquiera en un relato de ficción, expresarse con tal grado de urbanidad. Alguien sugirió que para que fuera «todo más real» tenía que decir alguna que otra grosería (coño, mamahuevo, nojoda, marico). Otro dijo que le hacía ruido que un mototaxista «fuera capaz de expresarse con tanta formalidad; no podía ser caraqueño».

Lo malo de casi todos los talleres de escritura en los que llegué a participar, donde predominaba el frágil narcisismo de los que pagan para no escuchar a nadie, era muy difícil encontrar críticas constructivas sobre nuestras creaciones. Siempre la crítica más ambigua y severa es el silencio, y en el peor de los casos comentarios triviales como la incongruencia de las voces, o por qué un personaje decide tomar Nestea antes que café en un clima donde reina la asfixia y la desolación. ¿Por qué?

Los comentarios, como vemos en este caso, no solo ponen en evidencia la mirada poco atenta en grupos motivados por el entusiasmo de convertirse en escritores sin ninguna clase de esfuerzo ni disciplina mental, sino que además se constata la reproducción viral de nuestros prejuicios sobre el mundo, de la ciudad que se proyecta en nuestras opiniones vagas, un tipo de prejuicio que no permite, ni pagando todos los talleres del mundo, el desarrollo de facultades creativas.

Por supuesto al final de ese debate pedante donde se justificaba el endorracismo de las altas culturas de los participantes no se llegó a nada, solo que los motorizados no pueden expresarse «como la gente normal». El profesor sugirió cambiar los tonos para hacer más verídico el cuento. El autor, entre ofendido y decepcionado, no regresó más al diplomado. De más está decir que el texto falló en todos los sentidos de la composición. No tuvo la fuerza para defenderse solo.

Ese día al salir de clase decidí tomar una moto para regresar a mi casa rápido y olvidar la ranciedad de mis compañeros. En una línea estaban unos motoxistas esperando su salida, con sus chalequitos naranja se dedicaban a lidiar con los tiempos muertos que impone la velocidad, jugando cartas y fumando cigarros. Me fui con uno muy amable. Vi que estaba resolviendo un crucigrama.

En el tramo nos pusimos a hablar. Me contó de la carrera más larga que hizo, una vez rodando hasta Valencia ida y vuelta; luego me habló sobre el costo de los repuestos y su horario de trabajo dependiendo el estado del clima; me habló de sus hijas, de que el trabajo dignifica, ya que todas las ronchas tenían sentido por algo, pues hay que pensar siempre en el futuro; pero lo mejor de todo era su fascinación por los crucigramas. Me dijo que era bueno porque con eso aprendía cosas que no sabía antes, aprendía palabras nuevas para mejorar la labia porque uno al final tiene que hablar bien para defenderse en la calle. Esta situación me llevó al límite de la experiencia. La ciudad en los casos menos probables otorga gratis lecciones que luego debemos aplicar en nuestras narraciones, en nuestra vida en general. A pesar de lo corta que fue esa carrera pude jactarme al final del día que el motorizado de mi historia, contra todo pronóstico, se trataba de alguien real, de un ser humano.

Alexander JM Urrieta Solano

Selecciones

…Me salieron que necesitaba una solicitud de pasantías y les dije que, como estaba especificado en mi currículo, yo ya había realizado mis pasantías hace dos años, y que actualmente me encontraba en espera de defender mi tesis final de grado, por lo que la chica que me estaba entrevistando me dijo que así no se podía proceder, que la vacante era exclusivamente para pasantes, entonces faltaba algo, como no cumplía con todos los requisitos, a pesar de que mi síntesis de trabajo estaba acorde con todo lo que ellos estaban buscando, era necesaria la formalidad de la universidad para proceder en conjunto con la transnacional para darme el empleo. Les dije que igual no podía tramitar nada, ya les había explicado que hasta el día de hoy no he podido defender mi tesis porque necesito presentar una carga académica, donde sale reflejado que cumplí con todos los créditos de la carrera, pero que dicha Institución que me niega la defensa es la misma que tiene que otorgarme dichos papeles, pero dada la situación precaria no me lo pueden dar, porque no hay sistema, el personal no está dispuesto a trabajar, no hay condiciones, por lo que me sugieren que haga todo el trabajo de los ordenadores a mano, en fin, les expliqué la situación de manera innecesaria, algo disgustado por tener que justificarme con una persona que vive en el mismo país que yo, por lo que era medio soso ponerla al tanto del estado de las instituciones educativas del país, de la gangrenaria Universidad Central de Venezuela, cuya presencia opresiva volvía a sabotear, una vez más, otra nueva oportunidad laboral. La entrevistadora no sabía qué decirme porque al parecer las selecciones se hacen desde una sede en Costa Rica, desde allá se dan las órdenes, se pagan los sueldos y aquí aparentemente toman una decisión. Hay normas que cumplir, me dijo, los supervisores necesitaban definir todo con formalidad. Cosa comprensible, dije yo, considerando que en este país cada día todo es una informalidad formalizada porque solo así es posible existir sin tomarse la vida tan en serio. La entrevistadora me pregunta extrañada que cómo era posible que haya pasado todo los filtros de selección, ¿primera vez?, es que parece tratarse de un error, yo le dije que esta era la quinta vez que terminaba aquí, en una supuesta entrevista de contratación, pero por el tono de las negativas vi que era una selección de la selección, una vez más. Yo le comenté que tampoco entendía cómo terminé allí, luego de haber postulado casi nueve veces a diferentes cargos, si al final dentro de los requisitos no especifican cuando postulas que es necesario que aquel que presente tiene que tener en cuenta el formalizar un trámite con la universidad, cuando los cargos son de pasantías, le dije, ustedes solo me preguntaron cuándo me graduaba y si tenía conocimientos en la plataforma de canvas, entonces ella me preguntó que cuál era mi fecha estimada de graduación, le dije que por obvias razones no sabía, podía ser a fines de año, podía ser nunca, la universidad no está abierta ni para pedir el baño prestado, pero es que tampoco tienen baño, no exagero. Le dije, sin sentir ni una mínima empatía a la pantalla a quien dirigía mis palabras, que estaba entre una cosa y otra, por la misma universidad y la situación actual, no consigo trabajo o porque no tengo el título o porque no estoy en el proceso de estudio, ser tesista es prácticamente un status de purgatorio, no mamas ni silbas, no puedes ser mono ni ardilla, no eres estudiante, tampoco licenciado, en resumen no eres nada. Sentía que hablaba con una persona abstraída del contexto. Su indiferencia demostraba qué clase de personas necesitan las grandes empresas, tal vez la distancia puede pasar por alto la asertividad, yo por mi parte no la sentí. Su cargo de líder de contratación y selección del departamento de investigación y promoción cultural se quedó reducido al nombre, a un No sé desmotivador que evadía toda clase de confrontación, eso ya no depende de mí, decía, hay que presentar tu caso a la gente de Costa Rica, porque seguro como tú muchos postulantes deben tener el mismo problema ¿De verdad? Y entonces dijo que iba a discutir mi caso, por lo que asumí que eso no se iba a dar, porque la gente de Costa Rica, así como cualquier gente del resto del mundo no puede entender ni le interesa lo que pasa aquí, nuestra incapacidad de aparentar ser formales, porque queriendo somos una parodia, por eso nadie nos toma en serio y nos explotan de todas las formas posibles, porque no tenemos idea del valor de nuestro trabajo, de lo que cuesta construir un conocimiento decente en estas condiciones desquiciadas. Por mucho que desarrolles tu exposición no altera en ninguna forma El Proceso. Él está ahí, como una máquina que genera tareas, que evoca ascensos y angustias. Esta situación tan recurrente en mi vida y en la de muchos lectores desmotivados era una afirmación de que nuestra condición inestable le convenía a todo el mundo. La crisis es hasta cierto punto muy rentable. La burocracia impersonal está en todos lados, y nadie puede ayudarte, tantas pruebas para demostrarnos que siempre te quedas solo. Yo insistí desde el argumento de mis experiencias, la entrevistadora recalcó que igual iba a ver, pero su tono no me dio ninguna esperanza, cosa que me molestó bastante, no por ella sino por la suma de todas las circunstancias. Usé en mis explicaciones la palabra kafkiano dos veces, haciendo énfasis en lo absurdo de los procesos tan largos de selección y la incomunicación de las empresas, que velan por la integración cultural y formación de profesionales y toda esa cháchara que al final parece una formalidad artificial donde, a pesar de tener un “currículo impresionante”, no llevas chance. Ya sin nada que perder me desahogué hablando de los aprendizajes de la universidad. Mencioné los seminarios que hice hace unos años sobre los usos políticos del pasado y la ambigua definición de la cultura, el concepto amargo con que juegan los gobiernos y trasnacionales en la invención hipócrita de discursos friendly sobre la responsabilidad de aportar al folclore y a la historia del país Algo, en “acciones sociales” que sirvan “para el fomento de la cultura”, estas con el fin de perpetuar su control y hacer que los empleados sientan que la servidumbre es un bien mientras se mantengan contentos, esto se llama identidad empresarial, también militancia política, también conformismo, la responsabilidad social está en manos de banqueros, tabacaleras, distribuidoras de licores, milicos y máquinas grises de importación, los vicios, su ética de consumo, son parte de nuestra cultura tercerizada. Echen un vistazo a linkedin, la red social del desempleo positivo, lean todos esos testimonios de frustración edulcorada, usted quiere ver una tristeza chistosa, revise cualquier bolsa de empleo, sin mucha contemplación, para muchos queda morir en un Call Center, hay cosas peores, pero no quiero agobiar más al lector. Me preguntaba realmente quién era la chica que me atendía. Ya me daba lo mismo. Sentía que todo era un monólogo con una máquina, nadie prendió la cámara por “fallas con el internet”. Al terminar la entrevista cerré todo y postulé para otra cosa en otra organización, porque irónicamente, solo nos queda buscar formas menos vergonzosas de vender nuestra alma al diablo. Pero igual fue extraño. Les pedí que se tomaran la delicadeza, cosa que no han hecho en las cuatro oportunidades anteriores, de responderme para sacarme de la incertidumbre, si quedé o no quedé, dentro de un proceso de selección que parece las eliminatorias de la Uefa Champions League. Dije esto y la entrevistadora se rio, eso fue un alivio, ya que el momento incómodo no opacó nuestro sentido del humor, eso me dio un mínimo de esperanza, no de quedar en algo, pero sí de seguir sin problema con mi vida, porque siempre hay trabajo. En este país si no lidias con los rechazos estoicamente estás frito. Aquí la depresión prácticamente es una moda que perpetúa formas de mirar las cosas. Tienes que seguir buscando. Insistir, antes de pensar volarte la tapa de los sesos, porque quién sabe…

Alexander JM Urrieta Solano

Lo que nos queda

En la semana flexible hice la entrega de dos libros de poesía. La obra completa de Konstantino Kavafis y una antología de Andrée Chedid. Quedé con el señor Bondy en vernos por la Plaza Bolívar. Salí más temprano, aprovechando en hacer algunas vueltas. Fui a la farmacia buscando mi suplemento mensual de antihistamínicos. En la cola me puse a leer una página al azar de Chedid, queriendo memorizar algún verso que ya se me iba de las manos.

¿Dónde están las horas simples?/¿La fuente naciente bajo el guijarro,/La lámpara y su poder,/El campo de un verde cierto,/El instante donde acaricio el más tierno de sus rostros?//La angustia martilla las aceras ausentes,/El grito golpea los pozos de la indiferencia./Testigo de las grandes cacerías solitarias/El alma llama a combate;/Necesita el impulso, la gaviota, el trigo desnudo.//Con unas migajas de tiempo entre las manos,/Atormento la vida.

La gente pagaba las medicinas con billetes arrugados de cinco dólares. Una mujer paga la diferencia de una lata de leche con una tarjeta carcomida por las deudas. Tengo que cambiarla, pero en el banco me dicen que no hay plástico, ¿cómo se hace entonces? Ella comenta esto ante la mirada reprochable de la cajera que pasa el punto que está por igual gastado por tanta penetración. A veces nos sentimos urgidos a dar explicaciones que nadie nos ha pedido, como si en la justificación a los demás se aliviara el peso de nuestra miseria.

Recordaba las palabras de nuestro presidente estalinfático: la economía no está dolarizada, solo el comercio, el bolívar es nuestra moneda oficial. En mi corta vida no he conocido mayores aspiraciones en mi moneda (ni en mi futuro), siempre quedan como relleno de pasaje y paisajes, expectativas que no superan la retórica, a merced de los factores externos, al costo especulativo del transporte y el precio de las canillas, a las limosnas precarias que doy a músicos y mendigos en el metro, a los cigarrillos detallados de contrabando que me fumo con placer culposo, a las cosas indispensables de una rutina conducida por ruedas dentadas, ridiculizadas, en fin, por una asociación maligna de ideas.

Una agonía cristiana me obliga siempre a entrar a una iglesia si la veo abierta. Orar es una necesidad primaria, una forma de hacer stream of consciousness en un estado de sitio concebido para lo divino. Me senté en un banco, cerca del púlpito que evoca días de locura religiosa, de un fervor creyente que nunca pasa de moda. Inquieto antes de mi rezo leí unos poemas de Kavafis:

Voluptuosidad (LXXII).

La delicia y el perfume de mi vida es la memoria de esas horas/en que encontré y retuve el placer tal como lo deseaba./Delicias y perfumes de mi vida, para mí que odié/los goces y los amores rutinarios.

Recuerda, cuerpo…(LXXV)

Recuerda, cuerpo, no sólo cuando fuiste amado,/no solamente en qué lechos estuviste/sino también aquellos deseos de ti/que en los ojos brillaron/y temblaron en las voces — y que hicieron/vanos los obstáculos del destino./ Ahora que todos ellos son cosa del pasado/casi parece como si hubiera satisfecho/aquellos deseos— cómo ardían,/recuerda, en los ojos que te contemplaban;/cómo temblaron por ti, en las voces, recuerda, cuerpo.

Doy las gracias por estar vivo y tener salud, dije. A las alegrías que genera el tener la comodidad de poder pensar estas cosas. Pedí por mis padres, mi hermana y mi perro viejo con una catarata en su ojo izquierdo que recrea un galaxia en pequeña escala ocular. Pedí por mis amigos, los pocos que tengo y recuerdo en la extensión de la plegaria, que sus éxitos sean acertados a sus aspiraciones más grandes, que otros puedan exorcizar el demonio de la depresión. Pedí perdón una vez más por mis mentiras recurrentes, mi tendencia a usar los mismos juegos de máscaras. Agradecí la gracia que brinda la indiferencia, sin mucho revuelo ni vanidad se puede trabajar mejor, sin esperanza, concentrado en lo de uno. Como mi vida no es interesante he tenido la libertad de hacer lo que me ha dado la gana. No pude disculparme por eso, por seguir haciendo lo que me plazca no pretendo buscar perdón. Pedí fortaleza y paciencia para las situaciones desquiciadas, le comenté al eco del templo mi preocupación por las estadísticas: en el mundo cada cuarenta segundos una persona se quita la vida.

Me molesta cómo el pesimismo se volvió un negocio rentable en el país. El desarraigo lo empaquetan, los exhiben en grandes vallas publicitarias, la gente expande su dolor como una gripe, a veces de una manera tan frívola que enferma y pudre las neuronas. Para los momentos amargos pedí tener el valor de llorar de alegría porque asimilo que todo fin es inevitable. Pedí que mi optimismo cínico paulatinamente se convirtiera en una esperanza autentica, una que no me eche en cara el pasado. Luego pasé a mis peticiones caprichosas, las que me puedo permitir en mi sagrado egoísmo: un mejor trabajo, encontrar algo más decente que lo que tengo ahora, más apetito y oportunidades carnales, pues toda frustración sexual y económica conducen al desprecio de uno mismo, la mediocridad y la envidia se producen en cuerpos faltos de cariño. Le comenté al eco del templo que cada vez estoy más convencido que detrás de cada muestra de vanidad hay de fondo una tristeza inherente, una que busca reconocerse en otras tristezas ocultas. Un escalofrío me recorrió el cuerpo y fue así que reconocí una vez más la variedad de mi experiencia religiosa, una como las descritas en el libro de William James. Por una costumbre cerré con un padrenuestro, di las gracias y me sentí un poco más tranquilo conmigo. Me persigné y salí a la calle.

En la Esquina San Francisco al frente de la Iglesia, por una de las entradas del Capitolio, un grupo de personas esperaba detrás de una parcela negra la entrada y salida de alguien importante. Varios en el hombrillo de la acera, ubicada en el medio de la Avenida Universidad, a la sombra de una enorme ceiba, usaban sus piernas como apoyo para hacer los retoques finales de unos manuscritos inciertos, releyendo en voz alta, entre dientes, tachando con amargura lo irreparable de la tinta. La espera los ponía a muchos a mirar el vacío y comerse las uñas. Los textos han sido hechos con una caligrafía forzosa, concebidos en un estado de profunda desesperación, de una ortografía tosca donde casi todas las palabras por ausencia de tildes suenan graves.

Las cartas humildes hechas a mano son extensas peticiones personales. Todas las que pude revisar comienzan de la misma manera, sin sangrías, divagando plegarias para ir luego al grano. «Señor diputado, ante todo un cordial saludo revolucionario, siempre agradeciendo a Dios y a este proceso en el cual hemos sido tomados en cuenta»; «Excelentes representantes del nuevo parlamento, les envío un saludo patriótico y revolucionario, no sin antes bendecirlos con la gracia de nuestro señor Jesucristo»; «Estimada licenciada camarada, Dios la bendiga, muy contenta de que estas palabras lleguen a sus manos, gracias al favor de la virgen que desde lo alto protege el legado de nuestro comandante supremo»; «El sueño de Bolívar y Chávez pueden continuar con esta nueva asamblea, dispuesta a escuchar las demandas del pueblo». Las cartas tenían como remitente nombres y direcciones invisibles. Mis peticiones y las suyas tenían el mismo destino: no llegar a ninguna parte.

Seguí subiendo hasta la Esquina Gradillas. Tenía una llamada perdida del señor Bondy. Llegué a la Plaza y ahí estaba. Un señor vestido de negro, muy raro también, porque no parecía ni joven ni viejo. Nos estrechamos las manos y tomamos asiento en los bancos de granito. Hablamos sobre el tráfico, el retraso y lo engorroso que se ha vuelto conseguir efectivo, el mismo protocolo de personas que no saben qué decirse pero tienen que tratarse.

Oye, muchas gracias por los libros, dijo. Toma, lo que acordamos, la otra parte te la hice por transferencia.

Ahí me llegó la captura, le dije.

Perfecto. Mira, ahora que nos conocemos mejor, apenas, ¿será que me puedes conseguir otros libros de poesía?

Claro, ¿tiene los nombres? Sí vale, aquí te traje una listica. Luego cuando los consigas cuadramos.

La lista estaba escrita en la parte de atrás de una factura vieja. CKR: Corporación Koreana de Repuestos, C.A. En el 2007 el señor Bondy había comprado una Bobina y una Bujía ACDelco por un precio total de 170.000 bolívares. Me pareció una barbaridad caer en cuenta que este año el pasaje, al día de hoy, cuesta 150.000 bolívares. Por muy cercanas que parezcan las cifras escritas, en realidad dan una suma astronómicamente larga y patética. La suma del fracaso de nuestro valor estaba reflejada en esos detalles.

Nota: las piezas eléctricas no tienen garantía. No se devuelve dinero, se cambia mercancía.

Comparto con ustedes la lista de Bondy.

1)Eugenio Montejo – Antología

2) Hanni ossott – El circo roto

3) Miyó Vestrini – Todos los poemas

4) José Watanabe – Lo que queda

5) Antonio Carvajal – Extravagante jerarquía

6) Rafael Dieste – Rojo farol amante

7) Jenaro Talens – Proximidad del silencio

Doblé la factura y la guardé en el bolsillo. Nos dimos de nuevo la mano para despedirnos contra toda medida preventiva. Ya era demasiado tarde. El señor Bondy miró la estatua Ecuestre de Bolívar y dijo: «De modo que no hay nada que hacer», concluyó el general. « Estamos tan fregados, que nuestro mejor gobierno es el peor» ¿Has leído El general en su laberinto, de García Márquez? ¿No lo has leído? Recién la terminé en estos días y esa frase del libro se me quedó grabada. Es una ironía pertinente recitarla justo aquí, en la plaza donde el libertador recibe la cagada diaria de las palomas y los políticos de turno, que son como lo mismo: ratas voladoras. Las novelas históricas me dejan un mal sabor en la boca, me duelen, como todo esto. Por eso leo más poesía. Trato de aprender nuevos versos de memoria pero no lo consigo. Solo me sé uno, y es porque es el poema que me recuerda a una novia que tuve hace años. Recordarlo es una forma se aceptar cuando declamo que todavía la sigo amando, no como antes, pero de otra forma.

¿Va en esa dirección? Le dije. Yo también voy al metro, recíteme en el camino el poema que se sabe, da tiempo de sobra hasta que nos separemos.

Toma el libro de Kavafis, me dijo. Busca el poema de Ítaca. Léelo mientras me escuchas, así compruebas qué tan certera es mi memoria. No recuerdo la página, o tal vez sí, en esa edición creo que esta por la cuarenta y algo o la cincuenta y pico. Busca en el índice Ítaca. Vamos.

Aquí está. Cerca, página cuarenta y seis. Adelante.

«Si vas a emprender el viaje hacia Ítaca,
pide que tu camino sea largo,
rico en experiencias, en conocimiento.
A Lestrigones y a Cíclopes,
o al airado Poseidón nunca temas,
no hallarás tales seres en tu ruta
si alto es tu pensamiento y limpia
la emoción de tu espíritu y tu cuerpo.
A Lestrigones y a Cíclopes,
Ni al fiero Poseidón hallarás nunca,
Si no los llevas dentro de tu alma,
Si no es tu alma quien ante ti los pone.

Pide que tu camino sea largo.
Que numerosas sean las mañanas de verano
en que con placer, felizmente
arribes a bahías nunca vistas;
detente en lo emporios de Fenicia
y adquiere hermosas mercancías,
madreperla y coral, y ámbar y ébano,
perfumes deliciosos y diversos,
cuanto puedas invierte en voluptuosos y delicados perfumes;
visita muchas ciudades de Egipto
y con avidez aprende de sus sabios.

Ten siempre a Ítaca en la memoria.
Llegar allí es tu meta.
Más no apresures el viaje.
Mejor que se extienda largos años;
y en tu vejez arribes a la isla
con cuanto hayas ganado en el camino,
sin esperar que Ítaca te enriquezca.

Ítaca te regaló un hermoso viaje.
Sin ella el camino no hubieras emprendido.
Mas ninguna otra cosa puede darte.

Aunque pobre la encuentres, no te engañará Ítaca.
Rico en saber y en vida, como has vuelto,
comprendes ya que significan las Ítacas.»

Viste. Seguir amando lo que no tenemos es otra forma de recitar. Adiós viajero.

El señor Bondy desapareció por las escaleras grises con dirección Propatria. Ítaca después de todo tiene más de un sinónimo. Yo volví la mirada a torniquetes y columnas gastadas de la estación. Lo que me queda es solo esta memoria igual de gastada, mi cansancio alejandrino. Seguí mi ruta imprecisa y me perdí de nuevo entre la gente. Ese día no regresé a casa. 

Alexander JM Urrieta Solano

La calle de los hoteles

“Most of life is so dull that there is nothing to be said about it, and the books and talk that would describe it as interesting are obliged to exaggerate, in the hope of justifying their own existence. Inside its cocoon of work or social obligation, the human spirit slumbers for the most part, registering the distinction between pleasure and pain, but not nearly as alert as we pretend. There are periods in the most thrilling day during which nothing happens, and though we continue to exclaim ‘I do enjoy myself’ or ‘I am horrified’ we are insincere. ‘As far as I feel anything, it is enjoyment, horror’ – it’s no more than that really, and a perfectly adjusted organism would be silent.”

E.M. Forster – A Passage to India

Hace un par de días estuve en el bar “La Barquita”, un anexo ubicado en un hotel asqueroso por Plaza Venezuela. Había quedado encontrarme con un tal señor Mendoza para entregarle un pedido cuyo encuentro se había postergado por tres meses a causa de la pandemia: Historia Natural, de Plinio el Viejo, dos tomos, biblioteca básica Gredos, tapa dura azul oscuro, dos mil uno. Aburrido pedí una Zulia. Agradecí que estuviera en una temperatura adecuada, una temperatura ideal para tomarse una birra decente en un espacio desolador como ese bar, que tenía el descaro de tener un letrero en la entrada que decía Lujoso Ambiente Familiar en letras de caligrafía palmer. Horrible, una estética condensada de un país que afortunadamente ya no existe.

La tipografía freudiana me trasladó a rincones oscuros de mi infancia, cuando intentaron en más de una ocasión obligarme a escribir con la mano derecha porque no era cosa digna de dios ni de dioses hacerlo con la izquierda. Contra todo pronóstico, gracias a la gestión de un papa alemán pederasta, se derogó aquel presupuesto medievaloso y se concluyó que a fin de cuentas los zurdos no tienen inclinaciones malignas. Quizá genocidas y megalómanas, pero nada de rastros infernales designados por un prejuicio divino. Al fin y al cabo todos somos malos, por lo tanto no podemos prescindir de las máscaras, del selfie, los estados, las apariencias líquidas, del azúcar y los amantes.

“Digamos la verdad: la tierra nos proporciona el remedio de los males, nosotros lo convertimos en el veneno de la vida” (Plinio el viejo).

La vida personal no tiene mucho para mostrar. Exageramos sobre aquello que consideramos de cierto interés solo para hacer alarde de una vanidad temporal: volver interesante algo que en definitiva no lo es: nuestras rutinas, los precarios logros, el pésimo sentido del gusto, nuestro ensombrecido ego cargado de filtros y fondos musicales, patético; pero eso no es lo importante, cada quien hace lo que quiera, no obstante ahí está el meollo del asunto, la costra deliciosa de la vida. Me interesa más eso que se oculta en las falsas maniobras, en la interacción excesiva, la realidad omnipresente: la del ser humano sufriente. Aquel “incapaz de vivir con plenitud, incapaz de lanzar por la borda los problemas autocreados, incapaz de ponerle fin al dolor; el ser humano víctima de su propia psique, de sus opiniones, sus ideas, sus prejuicios; el ser humano ahogado por su miedo –el telón de fondo real de su vida–; el ser humano crucificado por su existencia mecánica, vivida como repetición, llena de rigideces; el ser humano, que “proyecta” su angustia en todo lo que hace, creando división, sufrimiento, agonía; el ser humano atenazado por sus propios productos: odio, afán de notoriedad, deseo de poder, todo para no verse y para sentirse y para compensar su poca importancia en el cuadro de las cosas; el ser humano consciente del desastre que ha creado y sigue creando, pero como imposibilitado para detenerse”(Cadenas).

Así esperaba a Mendoza, retomando con tal grado de obsesión los temas triviales de una práctica pasajera. Era muy claro que el ambiente del antro me había alterado los estados de ánimo. Se había ido el año, pensaba, y ha sido todo un tanto espantoso pero muy grato. Las mejores anécdotas se resumen a encierros y lecturas, a una forma de trabajo esclavista, de tipo yo elijo mi horario pero apenas soy dueño de mi circunstancia. La universidad me enseñó unas cosas puntuales que en el mundo real no me sirven de mucho. “En la facultad nos enteramos de que estamos hechos de defensas, escudos y armaduras, de que somos ciudades cuya arquitectura se limita a murallas, torres y fortificaciones: un país de búnkeres” (Tokarczuk). No podemos aplicar nuestras lecciones de anatomía sin caer mal a los que conducen su destino con mediocridad. No se vive de las palabras ni mucho menos de las ilusiones que provienen de ellas.

Abrí al azar una página de Historia Natural porque no podía conformarme solo con pensar acerca de lo triste que es confundir la zurdera con un estado fijo del alma, una tendencia de la época que arrasó con la fiesta del pensamiento. “Advertimos por las tempestades que ha pasado una constelación, y no solo por las lluvias y las tempestades sino por otros muchos síntomas en los cuerpos y en el campo. Hay personas que resultan afectadas por el efluvio de la constelación, otras sufren en determinados momentos perturbaciones del intestino, músculos, cabeza y mente…Desde luego ya personas muy perspicaces averiguaron que por la influencia de la luna aumentaba y luego disminuía el tamaño de las ostras, de los moluscos y de las conchas en general, incluso los lóbulos del hígado de los ratones de campo respondían al ciclo de la luna y hasta un bicho minúsculo como es la hormiga notaba los influjos del astro”(Plinio el viejo).

¿Cuántas constelaciones de estrellas se han extinguido sin saberlo a razón de tantas destrucciones? Tal vez en la academia nos enseñan a desarrollar retóricas sobre esta serie de gestas, pero apenas nos dan tips para evadir o acometer con inteligencia los problemas más simples de lo recurrente: el peso variable de la existencia, el valor de nuestro conocimiento. Deberían proponer materias optativas donde enseñen a la gente a vivir estoicamente. La experiencia universitaria terminó siendo para mí una decepción. Debe ser por eso que muchos terminamos haciendo algo muy distinto a eso que durante mucho tiempo nos estuvimos preparando para ejercer. Vendo libros ahora de manera aficionada. No sé hacer otra cosa.

Hay una amargura mercantil en el hecho de terminar vendiendo tus libros. Esto claro, lo estuve pensando mientras esperaba al tal Mendoza, tomando mi Zulia a una temperatura adecuada, evadiendo que el haber estado allí en ese bar fue más por una búsqueda de emprendimiento que por un gusto sostenible: de que estoy desempleado, así que soy mi propio jefe. La única forma de sobrellevar la miseria diaria de izquierda es vender libros. Ser librero es un oficio ambidiestro y camaleónico, errante si no tienes local fijo del cual jactarte, al menos uno que te pertenezca de manera legal, sin la necesidad de ir buscando clientes fijos por WhatsApp o vías clandestinas, de boca en boca, como si lo que ofrecieras se tratara de potentes ácidos, como el libro de Plinio el Viejo, Historia Natural.

Había terminado la cerveza cuando se acercó a la barra un tipo que no era ni joven ni viejo. Asumí que era Mendoza. Dijo mi nombre y asentí. Nos presentamos formalmente, en el gesto tácito que no permite mayor extensión acerca de lo que en realidad somos. No me gusta quedar en hacer una cosa en dos lugares distintos el mismo día, dijo Mendoza, prefiero unir los asuntos en un mismo sitio por un tema de circunstancias. Usted comprenderá, el hotel es la razón principal de que usted esté aquí. Lamento haberlo hecho esperar tanto. No se preocupe, le dije mientras me daba cuarenta dólares en cuatro billetes de diez y se llevaba los libros. Afuera del bar dos mujeres escotadas y gruesas esperaban fumando.

¿Tienes más libros de Gredos a la venta?

Creo que sí, las Elegías de Propercio y otro de Lírica griega Arcaica ¿Le interesa alguno?

Ambos. El de lírica griega es interesante, en particular cuando hablan de Estesícoro, el poeta que contaba historias en las fiestas, fundador de la lírica coral internacional, puente que une los relatos épicos de Homero y Hesíodo, fue un poeta prolífico. Pero por los momentos me inclino más por las Elegías de Propercio. Es un libro raro y hermoso, difícil de encontrar: “¿Qué hombre cumple las promesas hechas en medio de la tempestad, cuando a menudo en el puerto flota un barco destrozado?” Sabes, el barco es el amor, todo lo que naufraga termina, incluso antes de haber empezado, no sale del puerto ni siquiera antes de emprender una tormentosa travesía, por eso a veces ciertos hombres sufren tormentos de amor en tierra y se vuelven locos. “¡Maldito el primero que equipó una nave con velas y se abrió camino contra la voluntad del mar!”. Me sé de memoria algunos versos. Sobre la primera maldición y la invención, protos heuretés, hay una larga tradición literaria sobre la navegación. Tienes a Sófocles con su Antígoga, las Odas de Horacio, la Medea de Séneca, las Silvas de Estacio…En fin, disculpa, ya no quiero quitarte más tiempo. Me están esperando. Quedamos pendiente con Propercio.

No supe qué responderle a Mendoza, lo único que pude decirle fue que por las Elegías podía ofrecerle un descuento, pero que el próximo encuentro no fuese en el bar de un hotel. Se negó ante esta condición. Dijo que solo en lugares así estos negocios tenían sentido. Se iba alejando a la puerta y las mujeres se palpaban sus robustos cabellos con ansiedad de rutina. Entienda mi preferencia a estos lugares desiertos y silenciosos para el lamento, decía. “Aquí se puede dar rienda suelta sin castigo a las penas calladas, con tal que solo las rocas puedan guardar el secreto”, le dejo esa última de Propercio. Feliz año.

Al salir se llevó a las dos mujeres en cada brazo extendido, en la entrada del hotel vi cómo le frotaba las nalgas a la que estaba a su derecha mientras ellas se meneaba con una lentitud que me dio hasta envidia. Tenía hambre. Pagué la cerveza y salí de la Barquita. Afuera la calle de los hoteles estaba como siempre, indiferente y cómplice. El cielo anunciaba un tiempo de lluvia.

El penúltimo día del año. Había olvidado ponerme el tapabocas. Me dio igual. En el camino estuve pateando una lata de soda. Llegué a la conclusión de que no tenía una vida interesante, con mayor razón debía volver a la calle de los hoteles, y que además si quería saber más sobre temas de navegación tenía que leer con más cautela a los griegos y latinos. Vivir sin duda es más importante que leer, pero leer ayuda a vivir. Desde las alturas siempre hay alguien observando. Hay que seguir construyendo.

«El hombre que imagina que a la deidad sus obras se le ocultan, cierto se engaña» (Píndaro).

Caracas, 30 de diciembre de 2020

Alexander JM Urrieta Solano

Recortes de red social III

 

La broma (18 de Marzo)

Un amigo en España me contó sobre su situación de encierro. Me habló de la echada de bolas al hombro del gobierno español y la irresponsabilidad de sus paisanos, que todavía no entiende qué otra cosa están esperando que suceda para que se tomen en serio su condición crítica. Por los momentos se encuentra bien.

Otro amigo en Canadá habla de que apenas ayer o anteayer decretaron estado de emergencia en Ontario. Que también el servicio de detección del virus toma mucho tiempo y que se le da prioridad a las personas que básicamente estén bien jodidas, así como también casos puntuales de personas con diabetes y problemas de la tensión; los demás tienen que esperar. Me dijo que la paranoia es grande, y que posiblemente la semana que viene no vaya a trabajar. Uno de sus compañeros, más que un posible caso de contagio, orbita su angustia en el pago de la renta: de dónde va a sacar el dinero.

En Perú se han registrado 145 casos. Un primo en sus estados comparte con la familia que la gran pregunta que se hacen todos sus compañeros inmigrantes, luego de asumir de tan mala gana la cuarentena, es el cómo van a hacer para pagar el alquiler. Uno dice que bueno, que las personas tienen que entender la situación y no deberían cobrar, pero esa persona que tiene que cobrar cómo hace para mantenerse, aparte que cómo hace luego para pagar los servicios elementales de agua y luz, que ya de por sí son más costosos que el mismo alquiler.

En Colombia han tomado la misma medida. Lo que tienen en común todos los países son las incongruencias que nos llegan a parecer absurdas e inhumanas, pero es la democracia occidental en acción. En el trabajo donde está mi hermana, en El Poblado, punto de referencia turístico en Medellín, luego de una reunión de jefes y personal se acordó que no iban a cerrar. Muchos locales y restaurantes por donde ella está han mandado a casa a su personal. El jefe de mi hermana en vista de la situación consideró que no están en posición para cerrar, y si se llega a la situación extrema de que sea obligatorio hacerlo, los días que manden a la gente a su casa no serán remunerados.

Otros locales han tomado la vía de liquidación de personal para seguir funcionando. Mi hermana junto a sus compañeros de trabajo están todos los días expuestos al trato de los extranjeros, que para colmo, uno que otro lanza regaños y malos tratos al personal: porque cómo es posible que no estén protegidos, irresponsables, y uno se pregunta qué coño hace ese saliendo a la calle; pero al final el cliente tiene la razón. La situación del personal es la misma: sin los pagos no sobreviven al próximo mes.

La mamá de una compañera de mi hermana ha estado enferma y parece que presenta los síntomas del virus. Hay un servicio telefónico para reportar el caso pero las líneas están colapsadas, dependiendo del caso, si es muy grave se manda a un médico a chequear la situación. Se les dijo que al cabo de dos horas se le devolvería la llamada, cosa que no ocurrió. La amiga comenta su situación en el trabajo y el jefe asume que lo que dice es una exageración, que eso tal vez se trate de una simple gripe, y que oficialmente en Medellín se han registrado 5 casos, por lo que es casi improbable que se haya contagiado. Ella quiere pasar más tiempo con su madre, a lo que le dicen que puede hacerlo, pero que esos días que falte le serán descontados. Se puede recurrir a un artificio laboral: como solicitar vacaciones de acuerdo a la ley, ¿pero después de eso qué?

Aquí en Venezuela se concentra la suma de todos los miedos. Un poquito de todo, dentro del marco de lo cabe contar, porque se comete el error de comentar lo mismo con otras palabras. Se resuelve como siempre se ha hecho: improvisando, evitando las trivialidades de conocidos que parecen haber empeñado la inteligencia el algún tweet o en un elogio al aburrimiento, pues la cuarentena ha sido un escenario para ver cuánta gente le ha resultado insoportable la pausa forzada. Encarar la soledad.

Ante esta situación pienso en Kafka. Todos los casos que cuento me llevan a su obra de «La Metamorfosis», en donde el argumento de la obra gira en torno a una situación igual de obvia pero que la reacción genera una situación más absurda que la otra: Una vez que Gregorio se despierta convertido en un monstruoso insecto, la preocupación más grande de la casa, del padre severo de Gregorio, no es que su hijo sea un monstruo, sino que ahora ante la idea de tener que lidiar con ese monstruo, ¿quién será ahora el que pague los gastos?, ¿quién pagará la renta?.

Es la ironía de la literatura, de la vida misma, que nos reprocha su condición absurda en las versiones personales de otros. Esa es la broma.

X Æ A-12 =qlq (8 de mayo)

Pusieron el agua en mi edificio cinco minutos y mientras llenaba los tobos pensé:

La oposición para su próximo evento, por respeto mínimo a los venezolanos, se tiene que poner de acuerdo seriamente y contratar los servicios de Denzel Washington. Mínimo. Que hagan de nuestra tristeza un producto digno de Hollywood, a ver si con el rating la gente se olvida de la deuda externa.

Por otra parte, el chavismo, mongoloide por afición, debería tomarse por lo menos un día de descanso para trabajar de verdad. Al menos un día que deje de vendernos propagandas de victoria y spameo bolivariano. Nunca se agobian por su labor de ponernos siempre la cara de estúpidos.

Uno se cansa de Venezuela pero a veces da la impresión que Venezuela se cansa de nosotros.

La actividad de extracción de oro y diamantes es un tema igual de irrelevante como nuestra soberanía económica y alimentaria. Tal vez si Adriana Azzi o Lacava hicieran alguna reflexión al respecto la opinión pública agregaría a sus discusiones de charco la destrucción de la fauna del país. Pero eso sería pedirle mucho seso al venezolano, porque igual no puede hacer nada encerrado, emprendiendo su negocio o haciendo ejercicio.

La expansión ecocida es un hecho. Mientras todos hablan de los pescadores, Adele Tintori y la falta de saldo de Guaidó, se declaran zonas estratégicas para la explotación de minerales en los ríos Caura, Cuchivero, Aro, Yuruari, Cuyuní y Caroní, como parte del gran proyecto del AMO, y esa fantasía llamada Minería Ecológica, donde claramente está la más horrenda intervención extranjera. (Pensemos el ahora sin esos ríos). No sabemos qué tanto lucubran los intelectuales de izquierda, cuando no admiten que los principales cachorros del imperio son los revolucionarios de sudaderas tricolor. El robo es en sí mismo una disciplina olímpica deportiva.

Militares hablando de virus y medicinas es igual de patético que ver al presidente recomendando por cadena nacional ver La Casa de Papel. Claro, con este internet que tengo puedo pasar todo el día viendo todas las series que usted recomiende mi presidente obrero, seriéfilo, rodilla en tierra ¿Será que alguien le presta la cuenta de Netflix al mandatario?

Al menos Chávez cuando estaba vivo recomendaba leer Nietzsche, Cervantes y Victor Hugo…pero eso ya no viene al caso porque el promotor de lectura está muerto. Queda su legado, y no precisamente es la lectura de algo. Queda es la generación bicentenaria, la que intercambia su oro por cualquier mierda.

Venezuela es como el nombre del hijo de Elon Musk: indescifrable, de irritación mediática y esoterismo digital. A falta de explicaciones decentes es mejor especular con el chiste. En nuestros rinconcitos podrá faltar la luz, el agua, la plata, el internet, o todas las cosas al mismo tiempo. Pero nunca, nunca faltarán los pajuos que repitan con orgullo libertad-hasta-la-victoria-siempre. Algo muy típico de los miserables.

«Este año los chamos no aprendieron nada» (4 de agosto)

La nueva modalidad de emprendimiento: combo de tapaboca y salvoconducto por el módico precio de 20$.

***
En una reunión del edificio unos padres hablaban con orgullo sobre la graduación de bachiller de su hija. No obstante aprovecharon en comentar con malestar la situación general de la educación en pandemia y del país, para mantener el status quo de las costumbres: «Este año los chamos no aprendieron nada, pero se graduaron; el fin de semana se reunieron para las fotos y un brindis, muy bonito todo, se extrañaban mucho, es lo menos que los padres podemos hacer, pero igual fue un año perdido». Yo algo en desacuerdo porque considero que siempre se aprende de cualquier situación, en eso radica la virtud de la docencia. «No», me replican, «lo que pasa es que no aprendieron nada. El colegio mandó una guía de trabajo para hacer en casa de todas las materias. Nuestra hija junto con otros compañeros del salón le pagaron a una profesora particular para que les hiciera los ejercicios de las guías. Luego todos entregaron y sacaron veinte» – «Por eso la educación de este país no sirve», dijo otro vecino secundando a los padres, que asentían como los perritos de adorno que se ponen en los carros. La situación me pareció de lo último. «¿Pero ustedes estaban al tanto de que esa profesora les estaba haciendo los ejercicios?» – «Claro, si nosotros le dimos el dinero a la niña, su parte que había quedado pagar con sus compañeros, lo bueno es que se organizaron para eso» – «Me van a perdonar, pero aquí el problema de que su hija no haya aprendido nada este año es culpa de ustedes, fueron los principales cómplices en el fracaso de la enseñanza, no entiendo de qué se quejan». Ellos me miraron como si hubiese dicho algo fuera de lugar, y lo estaba haciendo, no sé si esperaban que dijera algo sobre que Este país no sirve y que la educación y los valores blablablá. Era demasiado deprimente escuchar a esos padres hablando como si nada sobre una anécdota que no era la primera vez que contaban, y que lo hicieran con tanta normalidad y nadie se diera cuenta de lo triste del asunto. Se quedaron mudos. Y en ese silencio otra vecina, la típica descerebrada católica, intervino con otra barbaridad: «¿Pero los muchachos pudieron hacer su caravana? No sé, como están la cosas a mi me da pena que se priven de hacer un evento tan bonito. Lo importante es que se pudieron graduar ¡Dios mio, los jóvenes son el futuro del país!». Como en tantas situaciones perdí otro gramo de esperanza. Los padres no me dirigieron más la palabra. El país es muy condescendiente con la mediocridad. Aplaude la viveza y promueve el narcisismo como alternativa para salir adelante. Luego los padres se pusieron a hablar con otros de las Maravillas de tener pasaporte extranjero, y que su hija está presionando para que todos se muden a Madrid, «porque allá es otra cosa, hay orden y valores».

Estas son las menudencias de la familia venezolana. Usted ya tendrá sus propias versiones.

Alexander JM Urrieta Solano

Recortes de red social II

Recorte de red social I

Insensatez

He terminado de leer Insensatez de Horacio Castellanos Moya. Una novela que retrata el horror y la desesperación a través de la ironía. Un juego de humor negro y erotismo entretejido en prosas interminables que trasmiten la sensación de asfixia, la velocidad del narrador, un joven que acepta un trabajo de corrección de estilo de un informe monumental donde están plasmados los testimonios de indios sobrevivientes de una masacre ejecutada por grupos militares. «Yo no estoy completo de la mente, decía la frase que subrayé con el marcador amarillo, y que hasta pasé en limpio en mi libreta personal, porque no se trataba de cualquier frase, mucho menos de una ocurrencia, de ninguna manera, sino de la frase que más me impactó en la lectura realizada durante mi primer día de trabajo, de la frase que me dejó lelo en la primera incursión en esas mil cien cuartillas impresas casi de a renglón seguido, depositadas sobre lo que sería mi escritorio por mi amigo Erick, para que me fuera haciendo una idea de la labor que me esperaba». Así empieza la novela.

En la Insensatez hay una relación clara entre la crítica y la ficción, el relato testimonial como documento histórico, así como el uso del poder mediante el ejercicio de la escritura, práctica que moldea la memoria de las víctimas y los hechos violentos, en la medida que legitima la postura de quien escribe, sometiendo al lector a cuestionar la brecha que existe entre los hechos reales y la manera en que se narran las cosas. De igual forma, la estructura de la novela responde a necesidades no solo técnicas sino también estéticas, ajustadas a los fines de presentación de la obra: largos párrafos que prescinden de manchas de texto, un ejercicio bernhardiano que sirve para transmitir una forma acelerada y paranoica de conducir una trama, mediante una voz que solo puede desenvolverse en un terreno monolítico, sin ningún tipo de interrupciones. Donde la coma no solo establece ritmos sino que engancha al lector con la angustia del narrador, junto a su oficio de corrección en un lugar donde la realidad misma comprende una trama incorregible.

Era la totalidad de los habitantes de ese país la que no estaba completa de la mente, lo cual me condujo a una conclusión aun peor, más perturbadora, y es que sólo alguien fuera de sus cabales podía estar dispuesto a trasladarse a un país ajeno cuya población estaba incompleta de la mente para realizar una labor que consistía precisamente en editar un extenso informe de mil cien cuartillas en el que se documentaban las centenares de masacres, evidencia de la perturbación generalizada. Yo tampoco estoy completo de la mente, me dije entonces.

La violencia es un género ampliamente abordado en la narrativa latinoamericana. Este acercamiento al escritor Horacio Castellanos Moya nos plantea, además de una propuesta estilista y argumental desde Centro América, un bosquejo de la realidad de los países en el continente hispano en general; no solo tenemos en común el idioma y las torturas, también la condición reverberante de la invisibilidad, posible gracias a la docilidad con que permitimos que fuerzas mayores narren nuestra historia, que se amputan y carnavalizan en medios de comunicación irresponsables (mediáticamente insensatos), y que para colmo definen lo que podemos llegar a ser, un cúmulo de testimonios narrados en tercera persona, editados por la censura.

Insensatez es una novela muy recomendable para problematizar acerca de la producción discursiva de la violencia y la hipocresía global, así como las formas de presentar dichos reclamos desde el dominio consciente del estilo. El autor se vale de esto para asumir mediante el sarcasmo escrito la responsabilidad del arte, desclasificar las versiones oficiales en medio de tanta confusión; ataca la triada encabezaba por la Iglesia, el Estado encabezado por sus dirigente y servidores de izquierda y la ONG, que también desde su aparente labor desinteresada, solo puede abordar desde cierta distancia institucional lo irreparable. Porque no es mentira para nadie que la miseria y la desgracia, son a toda voces, una forma insensata de lucro y entretenimiento.

El trasfondo es doloroso, apenas podemos asimilar la monstruosidad de los hechos, aquellos que surgen de las descripciones horrendas del narrador, en la que mezcla sus impresiones, su temperamento regulado por un sarcasmo proporcional a su paranoia, que empata con las oraciones que saca del informe y recopila en su libreta. El corrector queda fascinado por la sintaxis de aquellos testimonios, a los que atribuye de cualidades poéticas congénitas en los indígenas sobrevivientes, atrofiados por el maltrato irreversible que nadie puede reparar: Yo no estoy completo de la mente; Porque para mi el dolor es no poder enterrarlo yo; ¡Pero siempre me siento muy cansado de que no puedo hacer nada!; Que siempre los sueños allí están todavía; Si yo me muero, no sé quién me va a enterrar; Hay momentos en que tengo ese miedo y hasta me pongo a gritar; Eran personas como nosotros a las que teníamos miedo…

Alexander JM Urrieta Solano

Taller de reparación IV

Rüya después de seis días pudo darle un entierro religioso a su abuela. Falleció un viernes; dos días antes había sufrido una caída que le había sacado un hematoma en la frente. Comía con normalidad pero estaba sudando frío. Por la madrugada se quedó dormida para siempre. La primera complicación estuvo en sacar el cadáver: bajar nueve pisos por la escalera porque el ascensor de la residencia era inexistente. Además de la carta de defunción, que la vecina del ocho, que era doctora, se había negado a firmar, argumentando que necesitaba un supuesto permiso de un capitán de bomberos, cosa que no era cierta. Tales evasiones complicaron el trámite porque sin expresarlo en voz alta se presumía que la abuela no había muerto por causas naturales, sino que la habían matado, dado al golpe escandaloso que tenía el rostro de aquel cuerpo reducido de noventa y siete años. La cosa es que la abuela siempre se estaba cayendo. Rüya tuvo que lidiar con las especulaciones maliciosas de la vecina, especialista en pediatría, que terminaba sus observaciones con Solo Dios sabrá lo de uno, como para justificar su profesión y las creencias enervantes de la comunidad entera. Al final un conocido, no sin cobrar lo suyo, firmó el acta. Luego buscar el terreno y el servicio fúnebre adecuado al presupuesto, considerando que los muertos pueden prescindir de los lujos cuando no de los ritos. Yo nunca había ido como tal al Cementerio del Sur. Usted asimila que el abandono de los muertos se asemeja al abandono de muchos a su memoria. A lo lejos los mausoleos en ruinas evocaban un tiempo jurásico, uno tal vez mejor y más dichoso que este. Caracas es una ciudad de pocos siglos pero de incontables dinastías. La administración del cementerio se llevaba en una precaria garita, custodiada por dos estatuas angelicales de yeso masacradas por el tiempo. Las jornadas laborales están estructuradas para que ninguna maniobra pueda lograrse en un día. Es preciso que la gente pierda varios días, tanto como su energía y su dinero, gestionando una sola cosa. La tristeza se balancea entre una burocracia criminal y un dolor tantálico. No podemos, ni queriendo con furia, comprender el todo. Un sepelio en pandemia se celebra con la suma discreción de una barrica. En el dolor todos se abrazan alrededor de una urna iluminada por un sistema de velas artificiales, de llamas que varían en bombillos blancos y amarillos. En esa atmósfera de pesar me daba la impresión que los zancudos, junto a los dolientes, habían agarrado un gusto excesivo por el café y las lágrimas. Los hombres de antaño no lloran pero se esconden detrás de un Pontiac a beber un miche que después de probarlo me supo a diablo. Yo no creo en virus, decía uno, de igual manera nos vamos a morir. Yo no temo morir, decía otro, pero lo que me da pavor es sufrir; la muerte es una cosa segura, pero el sufrimiento es impredecible, algo por azar, como una lotería de animalitos. Adentro, sentada en una silla de plástico, el rostro de Rüya contra toda esperanza reflejaba grietas, constancia de una gimnasia de la decepción y el cansancio. Ahora estoy completamente sola, decía, mientras el rímel de los ojos se le descorría marcando sendas negras en la cara. Uno en esos momentos no sabe qué decir, basta un gesto de la mano y la mirada para expresar aquellas palabras que no existen, las que tal vez puedan curar.

Alexander JM Urrieta Solano

3120-5699-1184 (Lenguaje universal cifrado)

por Daniel Hernández

A mediados de setiembre último los diarios locales publicaron una noticia curiosa. Tratábase de un lenguaje universal creado por dos profesores italianos, los doctores Allioni y Boella, quienes asignando a cada palabra un número intentaban quebrar en forma sorprendente las barreras idiomáticas que hasta ahora dividen a los hombres.

Agregan los cables, fechados en Turín, que dichos investigadores habían publicado ya códigos de un millar de palabras en distintos idiomas, y preparaban otros con el objeto de lograr la difusión mundial del sistema.

Así nos enteramos en este país del intrigante enfoque de un problema que durante siglos ha preocupado a gramáticos y filólogos.

Lo curioso es que podíamos habernos enterado antes. Porque el verdadero creador del sistema es argentino y vive en La Plata.

Allí acudimos a verlo. El profesor Salvador De Luca es un hombre de aire modesto y hablar pausado, catedrático de cosmografía y matemáticas, y autor de numerosos trabajos de su especialidad.

—Llegan con más de tres años de retraso –dice refiriéndose jovialmente a los lingüistas italianos (y quizá también a nosotros). Luego nos aclara:

—Las bases del sistema las expuse a comienzos de 1953 en un folleto que se titulaba, precisamente, «Sobre un Lenguaje Universal Cifrado».

—¿Atribuye usted a simple coincidencia –preguntamos– el hecho de que los profesores italianos anuncien como propio el descubrimiento?

—¿Qué otra cosa podría ser? Es probable que el principio que me sirva de base, que «las ideas son comunes a todos los pueblos de la tierra», se haya vuelto contra mí. Sin embargo, creo que la prioridad que me corresponde está suficientemente documentada, no sólo por los folletos que publiqué en 1953 y los comentarios periodísticos locales que aparecieron ese año, sino también por la numerosa correspondencia que he recibido de universidades extranjeras a las que remití mis trabajos. Y finalmente, porque la iniciativa está registrada a mi nombre en la UNESCO con fecha julio de 1953 y espero que sea tratada en alguna de las próximas reuniones de ese organismo.

—¿En qué consiste su método? –inquirimos.

—Es muy simple. Desde la torre de Babel y la confusión de las lenguas, que nos refiere la Biblia, los hombres vienen buscando un medio de expresión que sea común a todos. Los esfuerzos realizados en ese campo son numerosos. El más conocido es el esperanto, creado por el ruso Zamenhof. Pero hubo otros anteriores, como el volapuk. La verdad es que todos ellos han fracasado.

—¿A qué atribuye tal fracaso?

—A que son creaciones artificiales. Y si bien están basadas en un impulso natural, el deseo de comunicación, contrarían otro impulso natural que ha demostrado ser más fuerte: la adhesión a la lengua materna, consustanciada con la adhesión al suelo nativo.

—Pero –objetamos–, ¿no es acaso imposible establecer una lengua universal sin que todos renunciemos precisamente a nuestros idiomas particulares?

—No. Ese idioma universal puede establecerse sin que nadie renuncie al propio ni aprenda otro nuevo.— No ocultamos nuestra sorpresa.

—Es muy simple –repite sonriendo–. Lo que pasa es que ese idioma universal ya existe, sólo que nosotros le damos una aplicación limitada. Es el antiquísimo lenguaje del número. Más precisamente el número natural, escrito en símbolos arábigos.

«Sostengo y éste es uno de los fundamentos de mi trabajo, que para obtener un lenguaje de carácter universal hay que prescindir en absoluto del sonido, o de la palabra hablada. En otros términos, dicho lenguaje sólo puede ser escrito. Pero no es necesario inventar los símbolos de tal escritura, puesto que ya disponemos del número arábigo, familiar a todos los pueblos del planeta.

«Si por ejemplo escribimos el número 7, cualquier habitante del mundo, a menos que sea analfabeto, entenderá lo que quiere decir. Pero no sucede lo mismo con la palabra escrita en su forma literal, puesto que si escribimos manzana, vgr., no nos entenderá un francés que ignore el castellano; para él esa fruta se llama pomme, para un inglés se llama apple, etcétera.

«Ahora bien, es posible reemplazar cada palabra escrita en forma literal por un número que equivalga a ella en cualquier idioma.

«Dicho de otro modo, las ideas o conceptos son comunes a todos los pueblos de la Tierra. Lo que difiere son las palabras que los expresan. Numerar las ideas o conceptos es crear un lenguaje universal.

—¿Cómo se logra eso?

—Basta asignar un mismo número a las palabras de distintos idiomas que designen una misma cosa. Por ejemplo, atribuir el número 133 a las palabras manzana, pomme, apple, etc., que en castellano, francés, inglés, etc., nombran la fruta que todos conocemos.

El número 133 sería así el equivalente de «manzana» en cualquier idioma conocido.

—¿Sería necesario, entonces, crear una tabla de equivalencias?

—Naturalmente.

Nos muestra el primer ensayo de tablas publicadas por él en marzo de 1953. Abarcaban el castellano, inglés, francés e italiano y constaban de doscientas nueve palabras. Posteriormente el profesor De Luca elaboró tablas más completas en los idiomas antedichos. Constan de seis mil vocablos.

Para poner en práctica el sistema es conveniente elegir un idioma «director». En la tabla correspondiente a él, o tabla «directriz», las palabras se hallan ordenadas alfabéticamente y sus equivalentes numéricos siguen el orden progresivo normal, en este caso de 1 a 6.000. Suponiendo que el idioma director sea el castellano, extractamos algunas equivalencias para que sirvan de ejemplo.

a (letra) …………1
a (preposición).2
abajo…………….3
…………………….
amo………………375
amoníaco ……..376
amor ……………377
…………………….
fanatismo………2597
fantasía …………2598
…………………….
pampa. ………….4298
pan……………….4290
…………………….
y (conjunción) .5936

Si escribimos, pues:
4290 -377 – 5936 -2598

y consultamos la tabla castellana, obtenemos: «Pan, amor y fantasía», título de una película que elegimos con fines de simplificación.

La tabla directriz es única y equivale a lo que se llama en criptografía un «código ordenado». En cambio, para los otros idiomas, hace falta una tabla doble. La primera o tabla cifrante es para transmitir mensajes; tiene las palabras ordenadas alfabéticamente y los números que les corresponden no conservan, por supuesto, el orden progresivo. La segunda, o tabla descifrante, tiene ordenados los números y no las palabras; sirve para interpretar los mensajes recibidos. El conjunto de ambas es lo que llaman los criptógrafos un código á bátons rompus («sin ton ni son»). Supongamos que un italiano quiera interpretar el texto numérico arriba citado. Consultará su tabla descifrante y hallará:

4290……………………pane
………………………………….
375…………………padrone
376……………ammoniaco
377……………………amore
………………………………….
5938 ….o (congiunzione)
………………………………….
2598 ……………….fantasía

El resultado le permitirá una inmediata (e inútil) evocación de Gina Lollobrigida…

—Estas tablas –preguntamos al profesor De Luca–, ¿no serían demasiado voluminosas e incómodas?

—Un código de seis mil palabras ocuparía el lugar de una libreta de bolsillo –nos responde inmediatamente.

—Aun así –objetamos–, ¿no es mejor un simple diccionario de bolsillo, un diccionario bilingüe?

—No, porque usted necesitaría un diccionario bilingüe para cada idioma ajeno al suyo, y hay varios centenares… La tabla tiene justamente el carácter de un diccionario universal. Con ella usted podría hacerse entender por escrito tanto en Francia como en Japón, en Inglaterra como en la India, porque en todos esos países, un mismo concepto sería expresado por un mismo número.

—¿Cuál sería la utilidad concreta de este método, en caso de que fuera aceptado internacionalmente?

—Supongamos que usted se halla en Londres, y no sabe una palabra de inglés, pero lleva consigo su libreta-código en castellano. Un agente de tránsito provisto de otro similar, en inglés, interpretará en pocos segundos cualquier mensaje escrito en números que usted le presente, y por el mismo procedimiento le dará la información que usted necesite. O usted entra en un negocio porque necesita comprar algo, digamos un sombrero. Hojea usted su libreta, busca la palabra «sombrero» y encuentra junto a ella el número 5342. Lo escribe en un papelito y lo entrega al vendedor. Este busca en su tabla el número 5342 y junto a ella encuentra la palabra hat, que le basta para saber lo que usted pide. El mismo resultado obtendrá usted en Estambul, en Tokio o en Moscú, porque, vuelvo a decirlo, la tabla es un diccionario polígloto universal. La primera ventaja, pues, sería para el turista o el viajero. Pero no la única. La clave numérica le permitiría a usted comunicarse por carta con personas de otros países que hablen cualquier idioma distinto del suyo. Sería aplicable también a las traducciones técnicas o científicas, donde la comunicación gramatical o la belleza literaria ocupan un lugar secundario. Un trabajo científico, por ejemplo podría ser comunicado en veinticuatro horas a todos los centros de estudio y universidades del mundo, mientras que su traducción a los distintos idiomas individuales absorberían un tiempo y un esfuerzo considerablemente mayores. Por último, el lenguaje numérico sería el vehículo ideal para las comunicaciones telegráficas de toda índole, desde el simple telegrama de felicitación hasta los extensos despachos cablegráficos de las agencias noticiosas, no sólo porque elimina la traducción de un idioma a otro, sino porque reduce el costo de los despachos.

—¿Qué ocurre con las diferencias de construcción en los distintos idiomas?

—La verdad es que ellas no pueden salvarse. La traducción que dan las tablas es literal, y por lo tanto, sujeta a imperfecciones gramaticales. Pero la finalidad del sistema no es obtener versiones literarias impecables, sino simplemente hallar equivalencias inteligibles.

—¿Cuántas palabras podrían codificarse? –averiguamos.

—Tantas como números existen. Y le recuerdo –añade– que la serie de los números naturales es infinita.

—¿Sería necesario codificar todas las flexiones verbales? –inquirimos–. El verbo «amar», por ejemplo, en sus distintos tiempos y modos, tiene unas ciento veinte formas. Si multiplicamos por los varios millares de verbos existentes, ¿no le parece que obtenemos un resultado más bien catastrófico?

—He pensado en esa dificultad y creo que la he solucionado –contestó sonriendo–. Una raya colocada bajo el número que reemplaza al verbo indicará que éste se halla en tiempo pasado. Una raya colocada arriba denota futuro. La ausencia de este signo indica infinitivo o presente. En cuanto a los demás accidentes del verbo, modo, número y persona, se desprenderían naturalmente del contexto. Por ejemplo, en este breve mensaje: 5947 – 5267.

«El número 5267 equivale a ser en infinitivo o en presente. Pero como el número 5947 que lo precede equivale a yo, deducimos automáticamente que el verbo se halla en primera persona del singular: soy yo.

«En cambio, 5947 – 5267 significaría yo fui. Y 5947 – 5267 debería traducirse por yo seré.

«Otras convenciones similares permitirían diferenciar el masculino de femenino o el singular del plural en sustantivos y adjetivos.

La explicación del profesor De Luca es convincente. Nuestra curiosidad periodística decide someterlo a una última inquisición. Le recordamos la existencia de códigos diplomáticos, militares, financieros y hasta telegráficos que utilizan la clave numérica.

—¿En qué se diferencia su método de esos otros, que la criptografía llama en general sistema de repertorio y que incluyen también códigos, tablas y diccionarios?

—Se diferencia en ser justamente lo contrario, no en cuanto al principio teórico utilizado, que puede ser el mismo, sino en cuanto a la aplicación que se les da. Fíjese usted: un código diplomático o militar es un instrumento secreto. Su fin es comunicar algo a una sola persona, el destinatario del mensaje, que por otra parte habla el mismo idioma del remitente. Mi sistema, en cambio, tiene por finalidad comunicar cualquier cosa a cualquier persona, aunque yo no conozca su idioma y él no conozca el mío. La verdad es que un principio muy simple ha sido colocado hasta ahora al servicio de la violencia, el engaño o el disimulo.

«Yo propongo», concluye el profesor De Luca, «que se lo coloque al servicio de la armonía y la inteligencia entre los seres humanos».*

* La nota incluía una transcripción de las tablas de recepción y transmisión (con 209) términos cada una) que aquí hemos omitido. (N. del E.)

[Este texto forma parte de la obra periodística de Rodolfo Walsh, que escribió en varias oportunidades bajo el seudónimo de Daniel Hernández. Abajo podrá encontrar un enlace para que pueda acceder al libro completo.]

El violento oficio de escribir.jpg

Rodolfo Walsh – El violento oficio de escribir

 

 

 

Falacia lorquiana

Un día como hoy en 1936 mataron a Federico García Lorca.

Esto me recordó cuando hace más de un año hice un taller de argumentación. En una de las clases se habló de la falacia: un argumento falso, que tiene la apariencia de ser coherente pero que termina siendo una trampa de la cual nos valemos mucho a la hora de conversar, sirve para disociar o persuadir a los demás. El orientador nos habló de que existen más de cien tipos de falacias, pero destacó por temas de tiempo las más comunes. Entre tantas estaba la falacia ad hominem, el ataque personal, se presenta cuando alguien descalifica al otro para debilitar su postura y ganar terreno sin ninguna justificación. Para ejemplificar la falacia el orientador nos contó una anécdota:

—Cuando estudiaba letras en la Universidad Católica la materia de Literatura española era dictada por un profesor eminente, muy respetado en el gremio, del cual me voy a reservar el nombre, porque sigue dando clase y tiene mucha influencia intelectual. Al comienzo del semestre se nos presentó el programa de trabajo y una lista de autores correspondientes al Siglo de Oro español. Luego de revisarlo levanté la mano y le pregunté al profesor por qué dentro del programa de estudio no estaba García Lorca. A lo que el profesor me respondió: «¿Para qué? Si ese era un pobre marico.»

¿Cuántas veces vemos situaciones como esta en la incomunicación de todos los días? Basta una revisión mínima de lo que hemos dicho alguna vez para caer en cuenta que han sido pocas las veces que hemos dicho algo inteligente, sin contar las veces que hemos aplaudido los comentarios falaces de los demás. Llevo un registro de las falacias que (escandalosamente) son más comunes y abundantes que las opiniones constructivas. Desde ese día me reservo muchos comentarios y tengo entre mis libros de cabecera el Poeta en Nueva York.

Ciudad sin sueño

(Nocturno del Brooklyn Bridge)

No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.
No duerme nadie.
Las criaturas de la luna huelen y rondan sus cabañas.
Vendrán las iguanas vivas a morder a los hombres que no sueñan
y el que huye con el corazón roto encontrará por las esquinas
al increíble cocodrilo quieto bajo la tierna protesta de los astros.

No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie.
No duerme nadie.
Hay un muerto en el cementerio más lejano
que se queja tres años
porque tiene un paisaje seco en la rodilla;
y el niño que enterraron esta mañana lloraba tanto
que hubo necesidad de llamar a los perros para que callase.

No es sueño la vida. ¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta!
Nos caemos por las escaleras para comer la tierra húmeda
o subimos al filo de la nieve con el coro de las dalias muertas.
Pero no hay olvido, ni sueño:
carne viva. Los besos atan las bocas
en una maraña de venas recientes
y al que le duele su dolor le dolerá sin descanso
y al que teme la muerte la llevará sobre sus hombros.

Un día
los caballos vivirán en las tabernas
y las hormigas furiosas
atacarán los cielos amarillos que se refugian en los ojos de las vacas.

Otro día
veremos la resurrección de las mariposas disecadas
y aún andando por un paisaje de esponjas grises y barcos mudos
veremos brillar nuestro anillo y manar rosas de nuestra lengua.
¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta!
A los que guardan todavía huellas de zarpa y aguacero,
a aquel muchacho que llora porque no sabe la invención del puente
o a aquel muerto que ya no tiene más que la cabeza y un zapato,
hay que llevarlos al muro donde iguanas y sierpes esperan,
donde espera la dentadura del oso,
donde espera la mano momificada del niño
y la piel del camello se eriza con un violento escalofrío azul.

No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.
No duerme nadie.
Pero si alguien cierra los ojos,
¡azotadlo, hijos míos, azotadlo!

Haya un panorama de ojos abiertos
y amargas llagas encendidas.

No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie.
Ya lo he dicho.
No duerme nadie.
Pero si alguien tiene por la noche exceso de musgo en las sienes,
abrid los escotillones para que vea bajo la luna
las copas falsas, el veneno y la calavera de los teatros.

Las Correcciones

Las Correcciones (2001), del escritor norteamericano Jonathan Franzen, es un lúcido retrato de las sociedades perdidas en el consumo de las apariencias. La historia generacional de los Lambert es un reflejo de las angustias comunes de las familias contemporáneas, y la presencia imperante de una enorme tristeza, un tipo de tristeza inherente en el capitalismo, de los sueldos mínimos, televisión por cable, paraísos crediticios,  melancolía de espacios, soledad de multitudes, ofertas y antidepresivos.

Alfred Lambert, ingeniero de ferrocarriles retirado, paulatinamente se hace más inservible a causa del parkinson; pasa sus días encerrado en el sótano de su casa, en el conjunto residencial y gerontocrático de St. Jude. Enid, la mujer maniática y controladora, que luego de casi cincuenta años de matrimonio, está obsesionada con los hábitos del marido y el mantenimiento de una enorme casa imposible de administrar.  El enemigo visible de Enid era Alfred, pero quien hacía de ella una guerrillera era la casa que a ambos ocupaba. El mobiliario era de los que no admiten que nada se acumule…A Enid, por desgracia, le faltaba el temperamento necesario para mantener semejante casa, mientras que a Alfred le faltaban los recursos neurológicos. El matrimonio es una convivencia hostil basada en la corrección de los actos, en las críticas a la intimidad del otro, en la falta de cariño, en las constantes discusiones sobre cómo se deben hacer las cosas, en los riesgos y negligencias financieras, la hostilidad de la costumbre y la vejez decrépita.

Siguen los tres hijos. Gary, el mayor, el yuppie vicepresidente bancario, padre ejemplar de tres hijos mimados, con una esposa insoportable, Caroline, manipuladora y agobiante,  muy parecida a la madre de Gary, en cuanto esas vigilancias enfermizas de sus estados de ánimo. Este, a pesar de los éxitos alcanzados sufre una severa depresión y se mantiene oculto en el consumo de alcohol. Sufre en la abundancia.

El término médico, ANHEDONIA, se le presentó en uno de los libros que Caroline tenía en la mesilla de noche, titulado ¡Para sentirse estupendamente! (Ashley Tralpis, Doctora en Medicina, Doctora en Filosofía). Cuando leyó la definición de anhedonia en el diccionario, fue como si lo hubiera sabido desde siempre, como una especie de confirmación malévola: sí, sí. «Condición psíquica caracterizada por la incapacidad para obtener placer de actos normalmente placenteros» . La ANHEDONIA era algo más que una Señal de Aviso, era un síntoma con todas las de la ley. Una podredumbre seca que se extendía de placer en placer, un hongo que menoscababa el deleite del lujo y la alegría del ocio, los dos factores en que durante tantos años se había sustentado la resistencia de Gary al pensamiento de pobre de sus padres (Franzen, p. 199).

En su orden familiar busca la corrección del estilo de vida de sus padres, asumiendo una postura de control sobre su administración, ya que los considera unos inútiles, pero que  por igual pueden ser corregidos, y eso le trae un consuelo dentro de su matrimonio asfixiante. Como su padre, que pasa su depresión en un sótano, Gary se encierra en un cuarto oscuro, su laboratorio fotográfico, concentrado en la creación de un video compilatorio de Los Doscientos Mejores Momentos de los Lambert.

Gary regresó a Chestnut Hill con un notable empeoramiento de su ANHEDONIA. Como proyecto para el invierno, había estado destilando cientos de horas de vídeos caseros para recopilarlos en una cinta de dos horas, más manejable, una especie de Grandes Momentos de los Lambert de los que luego pudiera hacer buenas copias y tal vez enviarlos como tarjetas de Navidad. En la última fase de edición, según iba visionando una y otra vez sus escenas familiares preferidas y volviendo a sincronizar sus canciones preferidas (Wilde Horses, Time After Time, etc.), empezó a odiar las escenas y odiar las canciones. Y cuando, ya en el nuevo laboratorio fotográfico, puso la atención en los Doscientos Mejores Momentos de los Lambert, descubrió que tampoco le producía ningún placer la contemplación de imágenes estáticas. Se había pasado años dándole vueltas a la idea de los Grandes Momentos, pensando siempre que sería una especie de fondo mutuo perfectamente equilibrado y revisando una y otra vez, con gran satisfacción, las imágenes que a su entender mejor encajaban en el proyecto. Ahora se preguntaba a quién pretendía impresionar con esas imágenes. ¿A quién pretendía convencer, además de a sí mismo, y de qué? Sintió el extraño impulso de quemar sus viejas fotos preferidas. Pero su vida entera estaba estructurada como corrección o enmienda de la vida de su padre, y Caroline y él hacía mucho tiempo que habían llegado a la conclusión de que Alfred estaba clínicamente deprimido, y, dado que la depresión clínica tiene bases genéticas y es, en lo sustancial, hereditaria, Gary no tenía más remedio que seguir plantando cara a la anhedonia, seguir apretando los dientes, seguir haciendo todo lo posible por divertirse (Franzen, pp. 218-219).

Chip, el segundo hijo, el profesor universitario fracasado, crítico de la sociedad del consumo, amante de las tragedias de Shakespeare, envuelto en un romance con una estudiante arruina su carrera, aparentemente, ascendente como titular en un prestigioso instituto. No logra contrastar sus observaciones intelectuales con la ruina de su vida, tampoco en sus relaciones personales, es un vago itinerante. También en su trabajo está la insistente corrección de textos de un periódico incipiente, así como la dedicación a la escritura de un guión: La Academia Púrpura. Chip es el intelectual deprimido que busca la corrección en sus producciones, que por mucho que le aplique, no llega a tener resultados de calidad.

…cuando el teléfono empezó a sonar, lo primero que pensó fue que una persona deprimida debía permanecer con los ojos fijos en la pantalla del televisor, haciendo caso omiso de la llamada; y encender un cigarrillo; y, sin dar la menor muestra de afecto sentimental, verse otro episodio de dibujos animados, mientras el contestador se hacía cargo del mensaje de quienquiera que fuese.
Que su impulso consistiera, sin embargo, en ponerse en pie de un brinco y contestar el teléfono —que pudiera traicionar tan a la ligera todo un día de arduo desperdiciar el tiempo— ponía muy en tela de juicio la autenticidad de sus padecimientos. Pensó que le faltaba capacidad para quedarse sin volición y perder por completo el contacto con la realidad, como hacían todos los deprimidos en los libros y en las películas. Pensó, mientras quitaba el sonido del televisor y acudía corriendo a la cocina, que estaba fracasando hasta en la mísera tarea de fracasar como es debido (Franzen,p.98).

La vida de Chip tiene un giro cuando comienza a trabajar con Gitanas, el exesposo de su exnovia Julia, que es casi su doble, aceptando la administración de un ordenador para estafar a inversionistas occidentales que mandan dinero para la construcción y desarrollo de un país en Europa del Este, Lituania. En ese trabajo se confronta con la verdadera naturaleza del mercado, sin importar mucho sus principios y convicciones, comprende que el dinero fácil y corrupto dota de sentido las economías del mundo. No ve diferencia entre el libre mercado norteamericano y la rancia economía (pos)soviética. Ambas envilecen y degradan las sociedades con sus ofertas y regulaciones.

La tercera hija, Denise, mujer dedicada a la cocina, con fuertes confusiones acerca de su sexualidad, mezcla la hostilidad de sus relaciones con su carrera profesional, haciéndola un personaje inestable, con un fingimiento terrible y corrección constante de su pasado. Consigue una distracción saturándose de trabajo y perfeccionando sus platos, donde encuentra un forma ambigua de felicidad.

Le encantaban las horas de agobio demencial, la intensidad del trabajo, la belleza del resultado. Le encantaba la profunda quietud que seguía al barullo. Un buen equipo era como una familia electiva donde todos los integrantes del mundo culinario, tan pequeño y tan caluroso, funcionaban en pie de igualdad, donde todos los cocineros tenían un pasado o un rasgo de carácter extraño que ocultar y donde, incluso en medio de la más sudada intimidad, cada miembro de la familia disfrutaba de su ámbito privado y de su autonomía. Le encantaba todo eso (Franzen, p.446).

La mayor parte de las depresiones están formadas por sentimientos de mercado, escribe Eduardo Lalo en su novela Simone. Ciertamente que el consumo implica un entramado de relaciones que involucran un gasto exacerbado de las emociones, que oculta entre tantas experiencias sensoriales el hastío y el aburrimiento; tal vez de ahí que nuestro interés por ciertas cosas carezca de alguna consistencia, porque ya no nos resulta, ante tantas ofertas sensoriales, mantenernos concentrados en una cosa, por lo que el gasto mental por la necesidad de estar en todas partes nos deja muy cansados. En lugar de vivir las cosas, elegimos vivir la experiencia ilusoria de ellas. Alguien incapaz de gastar a cambio de placer es condenado al ostracismo del mercado.

…la burocracia se ha arrogado el derecho de adjudicar el calificativo de «patológicos» a ciertos estados mentales. La falta de ganas de gastar dinero se convierte en síntoma de una enfermedad que requiere una medicación carísima. Medicación que, luego, destruye la libido o, en otras palabras, elimina el apetito del único placer gratuito que hay en este mundo, lo que significa que el afectado tiene que invertir aún más dinero en placeres compensatorios. La definición de salud mental es estar capacitado para tomar parte en la economía de consumo. Cuando inviertes en terapia, inviertes en el hecho de comprar. Y lo que estoy diciendo es que yo, personalmente, en este mismísimo momento, estoy perdiendo la batalla contra una modernidad comercializada, medicalizada y totalitaria (Franzen, p.44).

La realidad amarga de las economías terminan corrigiendo las expectativas de los mercados, aplastando las expectativas de sus habitantes, que al mismo tiempo son corregidos mediante el consumo de antidepresivos. Tratamientos concentrados en cápsulas de felicidad, como el caso de la famosa droga Mexican-A, también conocida como Aslan (citrato de radamantina al 88% y cloruro de 3-metil radamantina al 12%),  una poderosa droga de éxtasis, cuya venta está prohibida en los Estados Unidos, pero se ofrece como producto gratuito dentro de un paquete de servicios de un Crucero. El nombre de la droga coincide de manera intencional con el personaje más importante del escritor C.S Lewis, el León Aslan. Esta y otras drogas avanzadas para corregir estados de ánimo llevan a sus consumidores a realidades falseadas por las alteraciones químicas, donde viven prácticamente en Narnia.

Uno queda perturbado por la escena de la consulta médica en el crucero donde Enid, preocupada por el estado mental de su marido, acude  al doctor Hibbard, que luego de una perorata comercial, termina convenciendo a la conservadora católica una garantía de plenitud mediante el consumo del Aslan, que ofrece a los huéspedes del crucero como tratamiento de los pesares a bordo. Gracias al Aslan Enid goza, después de muchos meses, la experiencia plena de un sueño ininterrumpido.

Aslan optimiza en dieciséis dimensiones químicas —dijo Hibbard, haciendo gala de gran paciencia—. Pero adivine qué. Lo óptimo para una persona que está disfrutando de un crucero marítimo no es óptimo para quien está funcionando en su puesto de trabajo. Las diferencias químicas son muy sutiles, pero también puede ejercerse un control muy calibrado, de modo que ¿por qué no hacerlo? Además del Aslan «Básico», Farmacopea comercializa otras siete presentaciones. Aslan «Esquí», Aslan « Hacker» , Aslan «Ultra Rendimiento» , Aslan «Adolescentes» , Aslan « Club Méditerranée» , Aslan «Años Dorados» … Y me olvido uno. Ah, sí: Aslan «California» . Con mucho éxito en Europa. En el transcurso de los dos próximos años está previsto elevar a veinte el número de presentaciones. Aslan «Súper Estudiante» , Aslan «Cortejo» , Aslan «Noches en Blanco» , Aslan «Desafío al Lector» , Aslan «Selecto» , blablá blablá. La aprobación en Estados Unidos por parte de los organismos competentes aceleraría el proceso, pero habrá que esperar sentados. Si me pregunta usted, ¿qué distingue «Crucero» de los demás Aslan?, la respuesta es: que pone el interruptor de la ansiedad en No. Baja ese pequeño indicador hasta situarlo en cero. Algo que no hace Aslan «Básico», porque en el funcionamiento cotidiano es deseable un moderado nivel de ansiedad. Yo, por ejemplo, estoy ahora con el «Básico», porque me toca trabajar (Franzen, pp. 379-380).

El Gunnar Myrlal, el crucero donde viajan la pareja de ancianos Lambert, de la Nordic Pleasurelines, es uno de los pasajes más interesantes del libro, con tributos a los autores europeos, donde las situaciones de los personajes a bordo orbitan en delicadas anécdotas y reflexiones sobre la angustia. Los huéspedes se reúnen a comer en el Salón común Søren Kierkegaard; está la Sala de Lectura Knut Hamsun, las salas Esfinge y Strindberg dedicadas a los juegos de azar, y el Bar Lagerkvist, donde Enid, junto con otra conocida, Sylvia, son atendidas por un enano con casco de cuernos y chaleco de cuero, quien logró convencerlas de que tomaran akvavit de frambuesa. Puras referencias literarias. Los tripulantes del Gunnar, casi todos mayores retirados, reflexionan sobre la tristeza, la soledad y la muerte:

El ex vicepresidente de Control de Calidad volvió a colocarse las gafas en su sitio de la nariz y miró a Alfred.
—Me gustaría saber si la razón de que estemos tan deprimidos está en la ausencia de fronteras. Ya no podemos seguir creyendo que hay a sitios donde nadie ha estado nunca. No sé si no estará creándose una especie de depresión colectiva, en el mundo entero (Franzen, p. 389).

…nuestra cultura otorga demasiada importancia a los sentimientos, […] que hemos perdido el control, que no son los ordenadores quienes están convirtiéndolo todo en virtual, que es la salud mental. Todos andamos empeñados en corregir nuestras ideas y en mejorar nuestros sentimientos y en trabajarnos las relaciones y la capacidad para educar a los hijos, en vez de hacer como se ha hecho toda la vida, es decir, casarnos y tener hijos y ya está […] Nos estamos dando con la cabeza en el último techo de la abstracción, porque nos sobran el tiempo y el dinero […] De modo que […] hemos dejado de estar de acuerdo en cuanto a qué es lo importante en esta vida. (Franzen, p.365)

¿Los hijos pueden corregir los errores de sus padres? ¿De qué manera ejercemos un laborioso trabajo de corrección sobre los hijos? Lo que se descubre sobre uno mismo cuando se educa a los hijos no es siempre agradable o atractivo. Pasamos mucho tiempo corrigiéndonos y corrigiendo a otros de manera a veces desconsiderada, para luego darnos cuentas que muchas cosas que dejamos por sentada las hicimos mal, todo lo que hemos hecho estuvo mal, y encima seguimos haciendo las cosas mal, y hacemos de la vida una versión falsa de lo que creímos haber corregido en otros y en nosotros. Queremos con insistencia corregir eso falso de nosotros, para evitar la espesura que convive a veces en nuestras rutinas de mentira, aplazando con cinismo la única y compleja corrección de nosotros: la corrección verdadera, la que nos hace seres auténticos dignos del error.

El tiempo pasa y tenemos que asumir después las consecuencias de tantos aplazamientos y demoras, padres e hijos, pensando ya muy tarde que se estuvo cerca, demasiado cerca de la corrección, sacando cuenta de los inventarios, de los sacrificios que llevó todo eso, pero que realmente nunca se hizo tal reparo. Honestamente, uno piensa que hay padres que no deberían existir, pero esas referencias son necesarias para asimilar lo complejo del asunto, y que el mundo afortunadamente no es como nos parece, sino que es como es, resultado de tantas empresas arduas de corrección, presente en nuestras economías patéticas, instituciones ortopédicas, rayados y semáforos, leyes domésticas, publicidades enervantes y manuales místicos, garantías posibles de felicidad, de soluciones provenientes de lineas de ensamblaje.

Conducimos nuestra vida en función de las correcciones, y el mundo se forja en la reducción de esos pequeños detalles, los regaños, las humillaciones, tantos silencios confusos de nuestras actitudes supuestamente neutrales ante una situación, de una manera de comunicarnos para hacer una observación de cualquier forma de corrección. Casi siempre la comunicación familiar es el resultado de un fracaso a la hora de comunicarse, basta solo un gesto y detalle impreso en alguna frase sencilla, en alguna cosa no dicha, para mandar abajo todo eso que pensamos se había corregido. Pero sucede que en los mejores momentos familiares, tal vez en los menos deprimentes, los que quedan en las anécdotas valiosas que pueden comentarse en voz alta, tratamos de comprender eso que anteriormente no supimos ver, y que luego de tanta divagación facturada en años, buscamos con suma discreción corregir una vez más.

Alexander JM Urrieta Solano

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La especie humana dominaba la tierra y aprovechaba este dominio para exterminar otras especies y calentar la atmósfera y, en general, estropearlo todo, modificándolo a semejanza del hombre; pero también pagaba su precio por tales privilegios: que el cuerpo animal de su especie, finito y concreto, contuviera un cerebro capaz de concebir lo infinito, y ansioso de serlo.

Llegó un momento, sin embargo, en que la muerte dejaba de ser quien imponía la finitud para trocarse en la última oportunidad de transformación radical, el único portal practicable que conducía al infinito.

Referencia:

Franzen, Jonathan. (2012). Las Correcciones. España: Salamandra