El fin de los dirigibles

por Daniel Hernández

Van a cumplirse veinte años. Desde esa fecha –6 de mayo de 1937– ningún dirigible ha vuelto a surcar los cielos en misión comercial. Esa noche se derrumbó para siempre el creciente imperio de las aeronaves más livianas que el aire y se esfumó el sueño de un visionario.

La catástrofe del Hindenburg, que ahora recordamos, conmovió al mundo. Muy pocos acontecimientos han sacudido tan hondamente la sensibilidad pública. Desde el preciso instante en que la voz del locutor Herbert Morrison, que efectuaba una transmisión de rutina desde el aeropuerto de Lakehurst, se quebró para anunciar a millares de incrédulos oyentes: «¡Se incendia…! ¡Estalla… estalla!», desde ese instante una ola de asombro se propagó por los cuatro puntos cardinales. Y el asombro no ha cesado todavía.

El Hindenburg era la última maravilla de la ingeniería alemana. Algo colosal en sus dimensiones, bello en sus formas, ágil en su desplazamiento. Ni antes ni después ha remontado vuelo nada que se le pueda comparar. Medía 250 metros de largo y 45 de alto. Sostenido en el aire por ocho millones de pies cúbicos de hidrógeno, impulsado por cuatro poderosos motores Mercedes-Benz, con una autonomía de 8.700 millas y una capacidad de carga de 18 toneladas, era capaz de atravesar el Atlántico en dos días y medio, sorteando las peores tormentas con la facilidad de un gigantesco lebrel que ahuyentara una tribu de ardillas.

El Hindenburg era rápido. Cuatro veces más rápido que los buques que efectuaban la travesía transatlántica.

El Hindenburg era cómodo. Reunía las máximas posibilidades de confort para los pasajeros: cabinas individuales, grandes salones, ventanales de observación, calefacción, cocina perfecta.

El Hindenburg era seguro. Transportaba –es cierto– una mortífera carga de hidrógeno inflamable, pero el sistema de aislamiento se consideraba perfecto. Tanto que el Lloyd’s de Londres le había otorgado seguros por 500.000 libras a una tarifa muy baja.

El Hindenburg era hermoso, liviano, indestructible.

Hasta esa fatídica noche del jueves 6 de mayo.

Ya llevaba realizados diez viajes transatlánticos cuando el lunes 3, a las ocho de la mañana, zarpó por última vez de Frankfurt, Alemania.

Para esta travesía se designó comandante al capitán Max Pruss, en reemplazo del viejo Ernst Lehmann, que lo condujera en las anteriores. Lehmann, sin embargo, iba a bordo, quizá para completar la formación de su discípulo.

El dirigible debía llegar a la base aeronaval de Lakehurst, en Nueva Jersey, Estados Unidos, con las primeras horas del 6 de mayo. Vientos de frente lo retrasaron en el camino. Al amanecer, sin embargo, volaba sobre Nueva Escocia, y a las tres de la tarde era avistado en Nueva York, rumbo al sur. A las cuatro, el público y los reporteros congregados desde temprano en la base lo divisaban en el horizonte.

Pero el Hindenburg pasó sobre sus cabezas sin descender. El capitán Pruss acababa de comunicar al comodoro Charles Rosendahl, jefe de la base, que postergaría el descenso hasta las seis, porque no le gustaban las nubes de tormenta que se estaban acumulando en la zona. Y la aeronave siguió rumbo al sur. Poco más tarde cayó un chaparrón.

A las seis, Rosendahl informó por radio que a su juicio las condiciones atmosféricas habían mejorado lo bastante como para intentar el descenso. A las siete repitió el mensaje. Pero ya el zepelín se acercaba desde el sur, con las luces encendidas.

–Ahí viene –anunció el locutor Morrison a sus oyentes–, ahí viene hacia nosotros, como una gigantesca pluma, el Hindenburg

Los hombres que componían la dotación de amarre (150 en total) corrieron a sus puestos. Todavía lloviznaba ligeramente, pero el viento había disminuido y la visibilidad era bastante buena. La aeronave pasó sobre el campo, a 150 metros de altura, y viró en redondo para dirigirse a la torre de amarre.

El capitán Pruss y sus oficiales controlaban el descenso. Las válvulas comenzaron a expeler hidrógeno. El Hindenburg estaba ahora a sesenta metros de altura. Las hélices de los motores empezaron a girar en sentido inverso y el dirigible pareció detenerse de pronto.

Los fotógrafos lo enfocaban con sus cámaras. Los pasajeros se asomaban a los ventanales. A las 19:21 se soltó el primer cabo de amarre. Poco después, el segundo. Los hombres de tierra se apoderaron de ellos.

A las 19:22 la maniobra estaba prácticamente terminada. El dirigible flotaba seguro a unos 25 metros del suelo. Los pasajeros se aprestaban a descender cuando tocase tierra.

Al parecer, el Hindenburg había completado con éxito su undécimo viaje.

Pero faltaba exactamente un minuto para que se convirtiera en una gigantesca antorcha, y llegara a su término la era de los zepelines.

Era un orgulloso sueño el que iba a concluir allí, en las arenas de Nueva Jersey. Y un sueño al que se encuentra inevitablemente ligado el nombre del conde Fernando de Zeppelin.

El conde Zeppelin era un general alemán retirado, un hombre que ya casi había cerrado la órbita de su vida cuando a fines del siglo pasado empezó a soñar con una aeronave rígida, capaz de ser dirigida a voluntad, que reemplazara a los globos de incierto manejo. Y al servicio de esta fantasía, puso toda su tenacidad teutónica.

Otros hombres trabajaban en distintas direcciones para resolver el mismo problema. Faltaba poco para que en el taller de bicicletas de los hermanos Wright naciera el aeroplano. Las ascensiones en aeróstatos y planeadores se hacían cada vez más numerosas.

En 1900 terminó Zeppelin su primer aparato y lo hizo volar. Fue un desastre: se incendió en el aire. Pero él no se desanimó. Y tampoco se desanimaron los hombres que habían acogido con entusiasmo su idea.

A partir de entonces, la historia de los zepelines es una larga serie de esperanzas y fracasos, de hazañas y catástrofes.

Mientras el conde prosigue sus ensayos, los franceses construyen también un dirigible: el République. Se estrella en 1909, matando a sus cuatro tripulantes. En 1913 pierden otro: el L-2. Aquí los muertos son trece.

Pero viene la Primera Guerra Mundial. Y son los alemanes, naturalmente, los que creen ver en el zepelín un arma decisiva. Empiezan a construirlos afiebradamente. Y los lanzan sobre los campos de batallas y las ciudades enemigas cargados de bombas. Los resultados son catastróficos… para los zepelines. Los cañones antiaéreos y los cazas aliados los derriban fácilmente. En un solo «raid» sobre Londres intervienen doce de estos monstruos aéreos. Ninguno vuelve a su base.

Cuando termina la guerra, los alemanes han perdido cincuenta y siete dirigibles. Sólo les quedan tres. A partir de entonces se acepta que no sirven para la guerra.

Pero, ¿no servirían para fines de paz?

Los norteamericanos han recogido la idea. Y el saldo de desgracias que parece acompañarla. En 1922 se les estrella el Roma, con treinta y cuatro muertos. Más tarde construyen un gigante: el Shenandoah. Cuando estalla en el aire, mueren catorce hombres. El comodoro Rosendahl –a quien ya hemos nombrado como jefe de la base de Lakehurst– estaba allí. Fue uno de los sobrevivientes.

Tercian los ingleses. En 1930 pierden el enorme R-101. Cuarenta y ocho muertos.

Insisten los norteamericanos, esta vez con el Akron. En 1933 desaparece en el mar con setenta y dos tripulantes.

Y ya tenemos a los alemanes listos para volver a la brecha, a pesar de tantos contrastes. Ellos van a recoger la bandera de Zeppelin –ahora que los otros países parecen dispuestos a abandonarla–, la van a poner en manos de un genial conductor, el doctor Eckener, y tratarán de llevarla al triunfo. Si no lo consiguen, no será por falta de constancia y heroísmo.

Eckener construye el Graf Zeppelin, esa maravilla plateada que muchos porteños recuerdan haber visto hace veintitrés años sobre Buenos Aires. Con él se inaugura un servicio regular de Alemania a Sudamérica. Rápido y seguro, conquista inmediatamente la confianza del público.

Luego viene el Hindenburg. Representa un enorme avance sobre el Graf Zeppelin. Es, casi, la perfección. Y se lo destina a la travesía Alemania-Estados Unidos.

El Hindenburg acaba de terminar su undécimo viaje. Se halla junto a la torre de amarre, en Lakehurst. Son las 19:23…

Súbitamente una lengua de fuego nace de la quilla del dirigible, a popa, corre como una víbora, se extiende y en pocos segundos se propaga por todas partes. El Hindenburg se convierte en una pira colosal. Las llamas ascienden a más de cien metros de altura. El temible hidrógeno arde, arde furiosamente…

La aeronave empieza a inclinarse por la popa, hacia tierra, con lentitud de pesadilla.

La voz del locutor Morrison, que transmite a millares de oyentes, se ha llenado de espanto:

–¡Arde…! ¡Se estrella, se estrella…, terrible!

En la dotación de tierra y en los espectadores hay momentos de pánico. La inmensa mole incendiada se les viene encima. Fragmentos incandescentes llueven sobre ellos.

El comodoro Rosendahl está en la torre de amarre.

–¡Santo Dios! –exclama al ver el resplandor que ilumina el cielo.

El dirigible caía directamente sobre él. Tuvo que correr como un poseído para ponerse a salvo.

En su cabina, Morrison todavía tiene ánimo para seguir transmitiendo:

–¡Esto es espantoso! –grita–. ¡Se incendia y cae sobre la torre de amarre! ¡Esta es una de las peores catástrofes del mundo!

Entretanto, dentro del Hindenburg, donde hay cincuenta y nueve tripulantes y treinta y dos pasajeros, reina el caos más absoluto. Solamente los oficiales parecen mantener una extraordinaria serenidad. El capitán Pruss, en la cabina de control, ha sentido una explosión no muy fuerte y ha escuchado el clamor del público. Se asoma a la ventanilla de la góndola, pero en el primer momento no observa nada anormal.

–¿Qué sucede? –pregunta.
–¡La nave está en llamas! –le contesta un oficial.

El capitán obra con seguro instinto. Podría mantener durante algunos segundos la estabilidad de la nave, soltando el lastre de la popa, pero permite que ésta descienda a tierra, dando una oportunidad de salvación a los que se encuentran allí.

Al inclinarse el zepelín, pasajeros y tripulantes han rodado por pasillos y camarotes. Después empiezan a desprenderse como hormigas por cuanta escotilla o agujero deja la estructura en llamas. De los que logran salvarse, muy pocos sabrán más tarde cómo lo hicieron.

Algunos son despedidos, otros rompen ventanillas y se tiran, los más son arrancados de las llamas por las patrullas de salvamento rápidamente organizadas.

Joseph Spah, un acróbata profesional, permanece varios segundos colgado del marco metálico de una ventanilla, calentado a una temperatura que sólo él puede resistir… porque está acostumbrado a hacer una prueba semejante. Cuando cree llegado el momento oportuno, intenta un prodigioso salto desde quince metros de altura, corre por la arena húmeda –el chaparrón de la tarde resultó providencial– y se salva.

Un chico de catorce años, que trabaja de botones en la nave, se deja caer por una escotilla. Pero una masa de fuego desciende sobre él. Está perdido. En ese momento estallan los tanques de agua que sirven de lastre, lo empapan y le dan una increíble oportunidad de salvación, que el chico aprovecha corriendo como un gamo.

Una señora sale por el camino normal: por la planchada. No parece inmutarse. Dos marineros la arrebatan a los tirantes de acero incandescente que se precipitan sobre ella.

Un hombre surge caminando tranquilamente de las llamas, con todas las ropas quemadas. Alguien corre a su encuentro. El hombre habla pausadamente en alemán, sin dar muestras de excitación. De pronto, gira sobre sí mismo y se desploma, muerto.

Otro fugitivo del siniestro se ha sentado sobre la arena, con los codos apoyados en las rodillas. Y arde. Arde de pies a cabeza. Cuando se acercan a ayudarlo, tiene en el rostro incendiado un gesto de profunda concentración, como si reflexionara. Muere en seguida.

Entre las primeras víctimas llevadas a la enfermería de la base hay un joven tripulante del Hindenburg. Pide que envíen un cable a su joven esposa.

–¿Qué le decimos? –le preguntan.
–Que estoy bien. Que estoy con vida.

Apenas termina de decirlo, muere.

Los últimos en abandonar el Hindenburg fueron el capitán Pruss, el capitán Lehmann y diez oficiales más que estaban a proa, en la cabina de control. Lo hicieron cuando ya casi todo el resto de la aeronave estaba consumido por las llamas.

Pruss sobrevivió, a pesar de los numerosos viajes de regreso al siniestro que efectuó en busca de sobrevivientes. Sólo se le oía gritar:

–¡Los pasajeros…! ¡Los pasajeros…!

El capitán Lehmann, en cambio, se quebró la columna vertebral y sufrió terribles quemaduras al saltar de la góndola.

Murió esa misma noche, conservando plena lucidez hasta el último momento y sin que nadie le oyera quejarse de sus terribles dolores. Antes de expirar, habló largamente con su viejo amigo Rosendahl. El total de muertos causados por el accidente ascendió a treinta y seis, de los cuales trece eran pasajeros.

En cuanto a las causas del desastre, se han propuesto muchas explicaciones. Algunos opinaron que la electricidad estática había inflamado una pérdida de hidrógeno. Otros, que al saltar un fragmento de una hélice perforó la envoltura del dirigible, permitiendo la combustión espontánea del hidrógeno en contacto con el aire. Y no faltan quienes aseguran que antes de zarpar el Hindenburg para su último viaje, el gobierno alemán recibió denuncias anónimas de que se atentaría contra él.

Pero el misterio subsiste. Quizá la mejor respuesta sean aquellas palabras que pronunció el capitán Lehmann antes de cerrar los ojos para siempre:

Ich kann es nicht verstehen. «No puedo comprenderlo.»

 

[Este texto forma parte de la obra periodística de Rodolfo Walsh, que escribió en varias oportunidades bajo el seudónimo de Daniel Hernández. Abajo podrá encontrar un enlace para que pueda acceder al libro completo.]

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Rodolfo Walsh – El violento oficio de escribir

Tanizaki en Las Vegas (reprise)

Había terminado de leer El elogio de la sombra, del escritor japonés Junichiro Tanizaki. El ensayo hablaba sobre las virtudes de la oscuridad como rasgo idiosincrático de la cultura japonesa. Al mismo tiempo, la sombra como complemento esencial dentro de las estéticas de los espacios y la belleza, que se presentan en los hallazgos expresivos de las artes y la vida cotidiana. El elogio es una crítica a la obsesión que tenemos los occidentales por la luz, por el deslumbramiento, sinónimo del progreso civilizatorio justificado en la razón, mito heredado del Siglo de las Luces.

Pensé entonces que las ciudades con exceso de luz tienen la desventaja de poner en evidencia con mayor claridad sus defectos. No dan cabida al ocultamiento, tan solo se hacen más evidentes y grotescos los lugares y detalles que no resultan gratos a la mirada. A raíz de todo esto pensé en una ciudad occidental referencial, una ciudad que dentro de sus dinámicas diera el ejemplo totalizador de lo que tanto criticaba Tanizaki: Las Vegas, una ciudad en medio del desierto que nos sugiere con su arquitectura artificial, con sus luces y espectáculos insaciables, el resultado de un hecho urbanístico novedoso. Un fenómeno espacial que le resultaría vulgar al escritor japonés.

Las Vegas, además de presentarse como una ciudad mensaje, diseñada completamente de signos, funciona para comunicar nostalgias, consumo, derroche y fantasía. Ella logra engañar con su espejismo lúdico, construido a partir de pruebas atómicas, neones y máquinas tragamonedas. Viéndolo de esta forma, la luz de Las Vegas, o nuestras ciudades, proponen una estrategia de la ilusión. La sombra, o la idea precisa de ella, es un elemento para pensar las ciudades, que llega a presentarse como una crítica incómoda.

Vivimos atados a rutinas dentro de tantos espacios lumínicos, que evitamos hasta el hastío cualquier clase de reflexión. Digamos, el apreciar en tanta aceleración el placer de las pausas, el placer que puede brindar la penumbra de tanta mecánica de soledades, trabajos aburridos, rutinas asesinas, rostros cansados por la costumbre que conduce al suicidio, rostros con necesidad de algún grado de templanza para ocultar el agotamiento propiciado por los espacios, que no dan consenso a la contemplación de nuestra propia oscuridad.

Todas las ciudades occidentales aspiran superar sus propias ficciones, para enmarcarse en el viaje a la hiperrealidad en donde la imaginación occidental quiere ante todo buscar la verdad, y para eso necesita construir lo falso en un sentido absoluto. Al fin y al cabo, nos vemos en la urgencia enfermiza de creer que creemos. ¿Cuántas veces nos hemos dejado seducir por esa búsqueda plástica y superficial de iluminación?

Elaborar nuestra propia poética del espacio, contrastando los lugares tanto luminosos como oscuros de nuestro día a día, también es una terapia válida para la afinación de la mirada, tan irritada por las imágenes brillantes. De aquí tal vez la virtud de aprender a mirar la ciudad con un grado de cautela mayor, como Tanizaki en Las Vegas.

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Alexander JM Urrieta Solano

 

La normalidad relativa

Hace unas semanas en Cumaná los familiares de un fallecido tuvieron que trasladarse al cementerio con coronas y urna en transporte público, luego de que la carroza fúnebre a mitad del camino se quedara sin gasolina.

Una pimpina de gasolina puede conseguirse al módico precio de 20 dólares. Los distribuidores formalmente son miembros activos de la corporación militar. Muchos ciudadanos comunes, engendros de la viveza, han sido detenidos por andar vendiendo gasolina en divisas, siendo acusados de especuladores y traidores de la patria, porque es bien sabido que las transacciones en moneda extranjera están prohibidas.

La distribución de aguas es la explicación clara del socialismo en palitos: de circunstancias imprecisas y azarosas, cuestión de fluidos, igualdad relativa que tiene solo sentido en los que siguen creyendo en el cuento de la justicia social, o le es indiferente el asunto de la higiene. Un día puedes tener agua corriendo sin problema uno o dos días, y luego puedes pasar meses sin una gota de agua.

Una cisterna de agua puede abastecer con once mil litros al menos medio tanque de un edificio regular de 10 o 12 pisos. Se necesita por lo menos dos servicios que pueden salir al módico precio de 90 a 100 dólares en efectivo. Al no saber cuándo volverá a entrar el agua por las tuberías formales de la calle se tiene que regular el tiempo del agua, un tiempo coherente, insano, que obliga a los grupos familiares a la superación diaria en materias de velocidad y agilidad como aguadores: tener agua media hora por la mañana y media hora por la noche. Y así. Estas duraciones pueden variar pero nunca pueden ser corridas ni extensas. Eso es un privilegio inexistente.

Sobre la luz mejor no hablemos. Pensemos en el Elogio de la Sombra.

Un amigo sostiene que el chavismo es un fenómeno lingüístico.

Han manipulado el lenguaje de tal manera que el fracaso significa victoria no lograda. El dialecto visceral del corazón patrio es una retahíla de oraciones bélicas, de logros dudosos de un pueblo guerrero con la hemoglobina alta, sumamente enfermo, y con trastornos que van de la ansiedad a la depresión.

En su arrogancia los rojos comprendieron que había que cambiar todo desde las entrañas del lenguaje.

Construyeron una narrativa nacional omnipresente para convencernos a todos que después de ellos no sería posible plantearse el mañana.

Fusionaron el relato mítico con las técnicas del marketing, creando el rebranding de las identidades, muy conveniente con el fin del milenio y la crisis de los paradigmas.

Cada año desde 1999 hubo una implementación sutil de políticas respaldadas por decisiones semánticas y económicas.

La corrupción siempre estuvo presente en el abuso excesivo del lenguaje.

La clase dirigente opositora fue el resultado simultáneo de esos usos inconscientes del lenguaje. (Oposición que tiene años sin entender que su incompetencia para rivalizar es una cualidad congénita heredada de su creador).

De todos los ejemplos pensemos en un caso trivial, de pertinencia lingüística: el eslogan, frase breve, expresiva y fácil de recordar.

En revolución cada eslogan sugiere en sus composiciones cutres un radicalismo sistemático, místico, de interacción simbólica, que llevó a la población a padecer de síntomas de polarización, de una inclinación abismal a la vergüenza étnica, a negar con orgullo al otro, convertir la repugnancia por lo distinto en una normalidad aceptable, pues es obvio que donde hay que tomar postura un niní es una clase de monstruo que nadie quiere, convirtiéndonos en consumidores potenciales de propaganda pedagógica y religiosa. Ilustremos con ejemplos:

“Venezuela ahora es de todos”
“Patria socialismo o muerte…venceremos”
“Pueblo victorioso”
(«Estamos del lado correcto de la historia»)
“Unión Cívico Militar”
“Venezuela Indestructible”
“Venezuela Heroica”

“Hechos de verdad” (!!!)

El mes de junio arranca con el nuevo eslogan de la revolución permanente: «La nueva normalidad relativa». Abiertas las bombas de gasolina premium que aceptan sin mayor inconveniente divisas, sin mencionar la imposibilidad de pagar de otra manera, por lo que los expertos aconsejan a los usuarios que busquen la manera de resolver por su lado.

El supremo fue muy claro: «La gasolina que hemos traído la hemos pagado en dólares y debemos cobrarla, por eso estamos haciendo un grupo de encuestadores para determinar el monto de cobro de la gasolina». Este hombre no puede ocultar cuando se atraganta de inteligencia. Es admirable, con razón le gusta tanto la Casa de Papel.

Anoto una cita del periodista Martín Caparrós sobre las normativas:

«El mecanismo es conocido: sucede algo que nos parece intolerable (la medida que toma el gobierno), lo toleramos suponiendo que no va a durar mucho, dura mucho, nos olvidamos de que nos parecía intolerable, se convierte en la norma.»

El subsidio, como todos sabemos, es parte de la retórica revolucionaria que da luz verde a los mercados paralelos, acaparamientos, especulación y corrupción. Los subsidios son el negocio activo de la revolución.

Donde hay subsidio hay crimen.
Donde hay subsidio colapsa y escasea todo.
Esto es un refrito de lo bueno.

En estos días entregaron el bono de «Disciplina y conciencia». Antes fue el especial #QuedateEnCasa, el día de la madre, el día del trabajador, el bono 100% amor mayor… y la lista es infinita. Es la modalidad de pago que otorga la gran corporación del estado a sus dependientes. Un grillete numérico. No se trata de que el carnet de la patria tenga o no control sobre la vida, basta solo vender la idea de que lo hace. Esa sensación de control se hace verosímil en la necesidad, en la sumisión y el monopolio del miedo. Nadie puede negar que estas entradas de dinero aun siendo pírricas logra mantener a la población contenta, al menos en el instante que la plata como llega se va. El último bono fue de 500.000 bolívares, que esto al cambio promedio es de 2 dólares con cincuenta y cinco centavos.

Leí un tweet el día del pago:

«Yo @piensalobien: Gracias camarada presidente Nicolás Maduro (el mago) me llegó el bono disciplina y conciencia. No sé cómo lo hace en medio de tanta traición y saboteo interno, sanciones y bloqueos. Lo cierto es que el pueblo está protegido con su capacidad de servicio y sacrificio»

El arte de la adulancia. Quisiera aprender a chupar medias de esa manera tan pulcra y honesta.

Mientras acontece en versión streaming las consecuencias del Estado Mágico, donde el chavismo como mago saca ocurrencias de una boina, circula una imagen de una biblioteca de la Universidad de Oriente, reducida a cenizas por la ola de actos vandálicos cometidos a las universidades desde hace tiempo.

Hagamos memoria de todos los ataques a las casas de estudios que han quedado impunes, donde nadie supo nada ni vio nada. Y luego los miembros importantes terminan declarando en anuncios extraordinarios que hay que «mantener la calidad universitaria». El estudiante y el docente, los trabajadores universitarios, forman un gremio único por debajo del reino de las cucarachas. Todos esperan demasiado de ellos. Todos esperamos algo de lo que somos incapaces de dar: Empatía.

El bibliocidio es una de las tantas maneras violentas de borrar la memoria. De promover amnesias en lugares donde ha ganado la apatía.

Los ataques a las universidades, la guerra contra los oídos y cerebros, son una agenda de prioridad en los sistemas totalitarios. Aquí la solución es militarizar y hacer de lo tomado algo inservible. Que la gente deje de hacer sus cosas por acumulación de resignación. Una manera muy baja de ir devorando el alma a punta de decepciones.

Según palabras de los ministros que salen todos los días en las cadenas, que dedican un tiempo considerable a repetir las mismas peroratas, destacan la admirable labor del pueblo en un proceso de «lucha y de conciencia profunda producto de esta unión cívico militar» (¿conciencia profunda?), que se ha vuelto un rasgo distintivo para nuestro narcisismo heroico local, donde se nos repite hasta el agotamiento que somos ejemplo incuestionable para todos los países latinoamericanos.

La crisis humanitaria para que no duela se vuelve entretenimiento gratuito.

Razones nos sobran para sentirnos victoriosos, así no dispongamos de lo obvio que ahora es un lujo.

Alexander JM Urrieta Solano

El réquiem de Alejo

Hace un año el día de hoy era miércoles. Te enteras de la partida de un ser querido. Apenas es el comienzo de lo que dos meses más tarde te dirán es un cuadro depresivo. Decides no comentarlo con nadie, aunque resulte demasiado obvio. Perderás siete kilos y la sensibilidad de un diente. Te ascienden a Líder en tu trabajo y saturarte es la única forma de evadir la tristeza. Te mezclas en la indiferencia ruin de las multitudes y el transporte público. La crueldad global no distingue casos particulares, humilla a todos por igual. Empiezas a tomar xanax para suspender el cerebro, que necesita dormir para ser productivo, para dar resultados efectivos a los clientes extranjeros que ignoran la idea de tener que ser un subcontratado en un país incipiente del trópico. Será la primera vez que te quedarás dormido con la boca abierta en tu puesto de oficina, luego de los efectos rotundos de una dosis de clonazepam y una canción de los Bee Gees sonando en el fondo (To love somebody). Las crisis en serie te llevarán a cometer incoherencias demenciales que te llevarán eventualmente a perder tu empleo y arruinar tus relaciones. Habrá violencia y mucho insomnio. Todo en un promedio de tres meses se va a la mierda. Empiezas a rayar un cuaderno con una portada de fruticas que titulas “Soluciones Clínicas”. Escribes las frustraciones del día y las frases que más te gustan de los libros que el azar te impone. En esa forma de consuelo descubres que el hábito y la disciplina a veces se nos presentan de las maneras más infames. Es esa insistencia la que forma el estilo, el auténtico producto de una violación, de una atrofia emocional que no puedes explicarle a nadie. Vuelves a fumar con afán deportivo. La piel se te escamará más de la cuenta y las ronchas en la piel serán más frecuentes. Adquieres un aspecto de lagarto que da lástima. Duplicas el consumo de los antihistamínicos y el refresco veneno negro. Estarás ejerciendo a tiempo completo el oficio del desempleo, matando tigres en redacciones insípidas poniendo en mil quinientas palabras consejos para ser feliz, las cosas que debes llevarte a un viaje con tus amigos por Europa, el cómo ser ingenioso en el amor y ser divertido con tu pareja. Te parecerá ridículo cómo un contenido tan alegre y mediocre puede ser producido por alguien que se siente sumamente deprimido.

Hace un año el día de hoy era miércoles. Un cumpleaños será el pretexto para celebrar la vida y la muerte en unos chinos por Altamira. Entre esas refinerías negras etílicas no hay muchas cosas que decir. Esa náusea que sientes es mejor leerla de otros que sentirla. Maldices al virolito francés que engendró esa pieza que quiso llamar de primera mano “Melancolía”. La pesadilla tendrá pausas insoportables como la publicidad invasiva en los videos de youtube o la propaganda enfermiza del gobierno. Vendrán las lagunas en la Universidad y no sabrás cómo terminas llegando a ciertos lugares. La Sala de Humanidades de la Biblioteca será un escondite a largo plazo. Hay propuestas medicinales en la sección de narrativas teutónicas. Serán tiempos cruciales para sentir cosas que luego se entenderán mejor en otros estados de ánimo. Te darás cuenta de lo mucho que la gente te quiere y te estima. Muchos por intentar ayudarte te dirán cosas que te inquietan y quiebran el cántaro del pecho. Nunca te llegaste a imaginar la cantidad de personas que con una intención de ayudarte te confiesan que han intentado (o deseado) quitarse la vida en más de una ocasión. Mentalmente llevas estadísticas de todas las muertes frustradas por falta de práctica. Te sientes usado al sentir que los otros tratan de aliviarse revelando su tristeza y sus ganas de dejarse morir cuando el juego los pone en tres y dos. Asumirás que a veces uno tiene que ponerse a llorar de la misma forma que se ríe y no entiende por qué. De las situaciones menos esperadas comprobarás la existencia de ángeles y santos en episodios irrepetibles, que te obligan a indagar un poco más en la mística de las cosas. Hasta el final de tus días afirmarás que los amigos son la familia que uno escoge. Los amigos son como las costillas, contadas y puestas para protegernos las piezas más sensibles del cuerpo, abrazan y mantienen en su lugar el corazón y las entrañas. Anotarás en muchas hojas que tanto las relaciones, como los huesos y los juguetes tienen derecho a romperse. Que las personas tienen derecho a irse y no volver nunca más. Que hay mucha gente rota sin derecho a reparo. Que la tristeza es un sentimiento inherente al tiempo que nos tocó vivir. Que a veces nadie sabe cómo ayudarte, pero ese esfuerzo por intentarlo es tan valioso que solo queda de tu parte después de aliviarte retribuirle al mundo dedicándote a Dar y solo dar. Que no hay que hacer el bien a otros si no somos capaces de soportar la ingratitud, pero que también hacer el bien de manera interesada es una forma de bajeza y corrupción.

Hace un año el día de hoy era miércoles. Las noches blancas y las pobres gentes nunca serán las mismas. Aferrarse tanto solo puede conducirnos a una ruta segura de dolor. Acometer el dolor nos recompensa a largo plazo con una forma de lucidez particular. El recuerdo es la única forma de inmortalizar a las personas. Se es eterno mientras piensen en nosotros. La memoria conserva en pequeñas alegrías la esencia de las cosas que amamos con locura. Todo parece demostrar que la lección que deja la muerte es que podemos tener sobradas razones para aferrarnos un poco más a la vida. Tú que lees y compartes esta alegría que provoca el recuerdo, sueña conmigo y vela porque toda esta tragedia después de todo valga la pena. Solo queda decirle a los que quedan que no importa qué tan terribles se puedan poner las cosas, siempre podrán contar conmigo. Así como lo ha sido y será nuestro amado poeta kurdo, que debe andar por ahí, en alguna parte. Aprovecho esta impertinencia para compartir una frase del maestro ruso Lérmontov, digna de un epitafio potencial que le puede calzar a cualquiera. Qué valioso eso de otros que queda en nosotros:

Es posible que mañana muera, y en la tierra no quedará nadie que me haya comprendido por completo. Unos me considerarán peor y otros mejor de lo que soy. Algunos dirán que era una buena persona; otros, que era un canalla. Pero las dos opiniones serán igualmente equivocadas.

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Alexander JM Urrieta Solano

Tips para lidiar con la angustia (Apuntes para el diseño de un club de lectura a distancia)

«Ya resuelto, encendida la pipa y con la formidable arma de la inducción en la mano, me quedé irresoluto, sin saber qué hacer».

Un hombre muerto a puntapiés

1) Escribe sobre el estrés y las personas que te caigan mal, a ver si aprendes algo concreto de eso y por igual de ellas: las personas.

2) Bebe agua, lo suficiente como para que vayas varias veces al baño. Si eso no sucede hay problemas adentro.

3) Esnifa el aire, como alguien que sabe que tiene problemas y busca arreglarlos con un pase.

4) Eliminar las leyes mordaza, nada de control cambiario ni especulaciones inmobiliarias, ver porno cuando sea necesario, especialmente en momentos de extrema angustia y necesidad de contacto.

5) Masturbarse (si es posible, todos los días).

6) Merendar así sea un deseo inalcanzable.

7) Garabatear en hojas sueltas mientras hablas por teléfono.

8) Evitar la estulticia: retos y mensajes lapidarios de que «hay que ser productivo y aprovechar al máximo el tiempo», especialmente, evitar los comentarios de personas que conoces y sabes con certeza que no tienen (ni tuvieron nunca) nada inteligente que decir.

9) No matarás. En este reino de cobardes solo basta con ignorar o dejar de seguir. Un fenómeno trascendental y patético en la evolución humana es el paso del zapping al scrolling. Tantos avances y promesas del progreso para terminar arrastrando los dedos por una pantalla que emite ondas de cáncer, encripta la intimidad, y nos promete extorsiones futuras mediante el reproche de nunca haber leído los términos y condiciones de los productos que consumimos, todo por querer sentirnos parte de algo más grande que nos cobra con sadismo nuestro tiempo invertido en el juego de poder existir en alguna parte sin tener que estar.

10) En el momento que entiendas que la vida es un tesoro, y que la gente no piensa tanto en ti como tú piensas o crees que supuestamente lo hacen, las cosas cobran un sentido más grato y digerible, pues aceptas que tu existencia es irrelevante y que no le importas a nadie. Solo vales en los terrenos donde en verdad te quieren, y con eso es suficiente.

11) Qué importante es preguntarle a una persona que nos interesa cómo se siente. Y es más importante escuchar cómo se siente esa persona cuando le preguntas cómo se siente.

12) El mundo, para alivio de todos, no es ni tiene que ser como nos parece. Con mayor razón hay que trabajar en nuestra autoestima. Una cosa es el amor propio y otra el narcisismo. La primera es vital para funcionar de manera óptima; la segunda no sirve de nada, solo propicia nuestro consumo deliberado al plástico y los filtros para tapar los defectos.

13) La costumbre trae consigo anomalías atribuidas a la mala o buena suerte. La libertad más extraña está en el azar, ese no-se-qué que va más allá de la compresión.

14) Vivir el presente, sin preocuparte y convencerte que has venido a este mundo a ser feliz, es una energía alternativa para los que consideran que pensar demás es un maltrato innecesario para el organismo.

15) Desconfía de una persona que se jacte de no tener vicios, pues tiene el mayor vicio de todos: creerse mejor porque no tiene vicios. Hay que sentir lástima por las personas que hacen de la sobriedad una virtud. Algo ocultan.

16) Los amigos son como las costillas, son contados y sirven para proteger nuestros órganos más vitales. Los huesos como los juguetes también tienen derecho a romperse.

17) Asumir la insignificancia es el paso más grande para encontrar cosas significantes en los pequeños detalles. Un gesto como dar las gracias, perdonar o pedir disculpas otorga valores grandes de sanación. Cumplir penitencias y golpear tu pecho de rodillas en un templo no te exonera de ser un hipócrita rencoroso.

18) El coaching es la Desiderata líquida convertida en cháchara curricular de la felicidad. Es una forma de lucro que se obtiene por decirle a las personas que tan jodidas están mostrando una gran sonrisa.

19) Pensar sobre privilegios es casi un privilegio al cuadrado.

20) Cuantificar los privilegios es una maña enfermiza, como afanarse en mostrarle al mundo cuánto odias una cosa. No vale la pena.

21) No te convenzas mucho de que la felicidad está dentro de ti, pregúntate tal vez qué coño andas haciendo buscándola en lugares donde nunca ha estado.

22) No te detengas mucho contemplando la felicidad artificial de otros. La imagen de la felicidad tal vez sea el único elemento que tienen los otros para alardear de algo que no tienen, pero que desean tanto como para compartirlo.

23) Hay una tristeza inherente en todos los sistemas del mundo. Asumir con tanta convicción una postura es asumir el riesgo de vivir decepcionado todo el tiempo. Para un fanático las pasiones no se negocian. Por eso es casi un acto terapéutico aprender a conversar con personas que piensen distinto a nosotros. Sacar provecho de las diferencias.

24) No te sientas mal por sentirte desmotivado o sin ganas de hacer algo. El asunto es tratar de hacer algo. Vale más lo poco que puedes hacer que alardear de que andas haciendo mucho en esa nada de planes excesivos.

25) No viniste a este mundo a cambiar nada, solo a vivirlo. Lo que sí puedes hacer, como mínimo ser particular, es tratar de dejar las cosas mejor que como las encontraste.

 

Alexander JM Urrieta Solano

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La Broma infinita: sobre la experiencia lectora deportiva

He terminado de leer La Broma Infinita y me siento sumamente agotado.

Experimento una satisfacción ambigua que no puedo contener por la cantidad de ideas que rebotan en mi cabeza que no puedo, ni sé cómo digerirlas. Trataré de ordenar de la mejor manera en una entrada, como me había propuesto hace ya un tiempo, acerca de las cosas que me dejó la obra de David Foster Wallace. La lectura empedernida de esta obra de casi mil noventa y dos páginas no fue quizá el mejor inicio para mi registro lector durante el aislamiento-pandémico-global; aunque ahora que lo pienso mejor no me arrepiento de la imposición del azar: síntoma hermoso de la libertad.

En la Broma se hipoteca de una manera abismal el tiempo del lector. Son indispensables la concentración y la disciplina, no solo para seguir y terminar, sino para saber de qué va la trama y el cómo se expone esa trama y entender que la literatura no es más que un juego dentro de otro juego, lo que hace de la lectura y el ejercicio de escribir una experiencia lúdica, que difícilmente se pueda reemplazar por otras formas de placer y entretenimiento, porque la práctica de leer y escribir va dejando algo duradero: un testimonio de nuestros esfuerzos y derrotas personales.

La Broma es un libro difícil, no solo por su dimensiones sino por la exigencias exageradas que le pide el autor a su lector, que a veces por la estructura y el estilo de la novela, llegan a ser propuestas desconsideradas (malditeces discursivas), que pueden llevar a cualquiera a la situación más común cuando se encuentra con algo que le resulta engorroso: que es el abandono total del libro, y seguido viene la queja y después el trauma; sin embargo, debo admitir que en mi experiencia, una vez asimilado el reto y el intercambio, y al ir procesando las ideas que me iba dando la novela, se me hizo complicadamente amena, placenteramente perturbadora; se convirtió en una obsesión que me impedía llevar una rutina tranquila. Todo parecía tener una relación estrecha con la misma Broma, la realidad en sí misma se me fue esclareciendo en una horrenda Broma.

Estoy empezando a ver que la sensación que producen las peores pesadillas, una sensación que no se puede experimentar dormido ni despierto, es idéntica a la mismísima forma en que se manifiestan esas peores pesadillas: la toma de conciencia intraonírica y repentina de que la misma esencia y el mismo meollo de las pesadillas han estado siempre presentes en uno, incluso cuando se está despierto…simplemente…no se es consciente de ellos; y luego ese intervalo horroroso entre darse cuenta de lo que no se es consciente y volver el rostro para ver lo que siempre ha estado allí, todo el tiempo…La primera pesadilla lejos de tu casa y de tu familia, tu primera noche en la academia, todo eso ha existido siempre: el sueño es que te despiertas de un sueño profundo, te despiertas de repente sudado y aterrorizado y te sientes abrumado por la sensación imprevista de que a tu lado hay una destilación de mal absoluto en esta residencia desconocida y a oscuras, esa esencia y centro del mal está aquí mismo, en esta habitación, ahora mismo. Y en exclusiva para ti (Foster Wallace,2017:75-76).

Era difícil reservarme el proceso evolutivo de esta obsesión. Compartí cuanto pude cualquier detalle que me iba encontrando, mandaba páginas aleatorias a mis amistades cercanas. Tomaba notas forzando el día a día con las ideas que se me iban acumulando de la Broma, subía pisos, leía oraciones con pinza y rayaba los márgenes de ese papel biblia que nunca me ha gustado. Reportaba los hallazgos a mis amigos sin tener ninguna respuesta concisa, lo cual era entendible, era una fascinación que no sabía cómo expresar ni mucho menos transmitir.

Tampoco me hice una idea de que ellos, mis amigos, pudieran asimilar la magnitud de lo que me había encontrado y lo que me estaba sucediendo internamente; cómo me afané por compartir lo que sin duda era una suma de pequeñas alegrías. Sin darme cuenta estaba viviendo mi propio trance literario, y sentí un disgusto que más adelante agradecí al diagnosticar, durante el curso que me iba dando la Broma, que tenía serios problemas de concentración, y que mientras iba leyendo iba pensando cosas que no tenían nada que ver con lo que pasaba en la Broma, pero si tenían una relación implícita, parecía que las páginas me reprochaban bajo sus reglas una mirada introspectiva de mi vida, me obligaba a confrontarme conmigo.

La Broma Infinita, en el espectro común de las listas que uno se encuentra por Internet, se presenta siempre como un libro que «nadie» termina de leer. Esa declaración como primera impresión genera una alarma que despierta en quien lee esa reseña dos intenciones: la de evitarlo, o la de ir a leerlo. En estas reseñas no se indaga el por qué «nadie» termina la novela, con la excusa de tratarse de algo extenso y demasiado complicada para entenderla. El grosor es una razón para espantar a cualquiera, la grandeza intimida y más cuando hablamos de asuntos como el lenguaje. Pero la pregunta que hay que hacerse es qué tipo de lectores pueden terminar de hacerlo y dejar atrás todo prejuicio para contar su experiencia personal con otros de su lectura.

Como varios, yo también quiero compartir mi lectura, que no es más que una tosca invitación al libro y un testimonio para desmontar esa farsa de que «nadie» puede terminar algo.

El argumento de la novela es sencillo. Es un pretexto para desarrollar los intereses del autor que quiso llevarlo todo hasta sus últimas consecuencias, llevarlo todo a proporciones enciclopédicas y monstruosas. La obra transcurre en un tiempo ficticio de Años subsidiados que surgieron como alternativa para el mantenimiento de un Estado Ecologista Totalitario llamado ONAN, que es la unión entre Estados Unidos, Canadá y México. La época en que transcurren las historias datan del penúltimo año del tiempo subsidiado: El Año de la Ropa Interior para Adultos Depend, que es la referencia con que se divide el libro a modo de capítulos. La cronología del tiempo subsidiado se ordena bajo productos publicitarios de la siguiente manera:

  1. Año de las Hamburguesas Whopper
  2. Año del Parche Transdérmico Tucks
  3. Año de la Muestra del Snack de Chocolate Dove
  4. Año del Superpollo Perdue
  5. Año del Maytag Dishmaster Sup
  6. Año de la Actualización Fácil de Instalar para Placas Madre del Visor de Cartuchos de Resolución Mimética para Sistemas Caseros, de Oficina o Móviles Infernatron/InterLace Yushityu 2007
  7. Año de los Productos Lácteos de la América Profunda
  8. Año de la Ropa Interior para Adultos Depend
  9. Año de Glad

La gigantesca dama de Liberty Island en el puerto de Nueva York tiene el sol por corona y sostiene lo que parece un inmenso álbum de fotos bajo un brazo de acero y el otro sostiene un producto. Ese producto es cambiado cada 1 de enero por hombres valientes con grúas y clavos de escalada (Foster Wallace,2017: 419).

Cada año, si uno hace una búsqueda minuciosa, son representaciones de grandes empresas norteamericanas en el área de alimentos, productos de comunicación, fármacos y entretenimiento. Ya definido ese gran universo distópico, se nos exponen tres historias diferentes que a lo largo de la trama se van conectando, pero nada que ver. Nada parece tener sentido, pero eso es lo que menos importa. Lo interesante es ver cómo se exponen una cantidad de cosas en medio de ese sin sentido. Es una locura.

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La historia central: La Academia de Enfield de Tenis (AET), conformada por niños y adolescentes que se someten diariamente a una especie de régimen espartano de entrenamiento, tanto físico como intelectual, jornadas antidoping, estudios rigurosos de teorías de la imagen y técnicas de cinematografía experimental, en preparaciones constantes, donde todo gira en función de la competencia y la rivalidad entre los jugadores de tenis, deporte que parece una alegoría de la lucha; el tenis es llevado a expresiones metafísicas, estamos en un enfrentamiento infinito con nosotros mismos. La versión de un juego infinito contrasta con la agonía y el éxtasis que profesan todos los deportes de competición; más adelante está la fama, la gloria que no es duradera, y cuando se termina quema y mata.

Entonces[…], los que llegan a convertirse en étoiles, los afortunados a los que se les dedica reportajes y son fotografiados para los lectores y, en palabras de la religión estadounidense, lo logran, tienen que haberse creado en el camino algo que les permita trascenderlo o están perdidos. Lo vemos en la vida real. Lo constatamos en todas estas obsesivas culturas basadas en conseguir el éxito. Mira a los japonois y su tasa de suicidios de los últimos años […] Porque si logras el objetivo, pero no puedes encontrar la manera de trascender la experiencia de hacer que esa meta sea toda tu vida, tu raison de faire, entonces solo puede suceder una de dos cosas.

Una es que logras tu objetivo y te das cuenta con asombro de que ese logro no te completa ni te redime, no hace que todo esté bien en tu vida tal como eres, en esta cultura, educado para asumir que lo será. Y entonces afrontas el hecho de que lo que creías que tendría sentido no lo tiene y ese shock te empala. Vemos suicidios en las historias de gente que ha llegado a la cima.

[…]La otra posibilidad de perdición para las étoiles que lo logran. Logran el objetivo y ponen tanta pasión en celebrarlo como en el proceso de lograrlo. Esto se denomina el síndrome de la Fiesta Interminable. La fama, el dinero, los comportamientos sexuales, las drogas y las sustancias. La gloria. Se convierten en celebridades en vez de jugadores y, puesto que solo son celebridades en la medida en que satisfacen el hambre de triunfos de su cultura de victorias, están perdidos porque no se puede celebrar y sufrir al mismo tiempo, ya que el juego siempre es sufrimiento (Foster Wallace, 2017:768).

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El fundador de la Academia de Tenis es el prolífico productor cinematográfico James Incandenza, padre los hermanos Incandenza: Orin, Mario y Hal, los personajes principales de la obra. James, conocido también como la Cigueña Loca (The mad stork), o Él mismo (Himself), es al que se le atribuye la creación del Samizdat: La Broma Infinita V (¿o VI?), una de sus últimas producciones, una película cuyo contenido hipnotiza y vuelve idiota a quién lo ve por su alto contenido de entretenimiento, y cuya sinopsis es un misterio. A James lo envuelve toda una historia trágica de intelectualidad e intentos de producir audiovisuales experimentales, donde buscaba hacer disecciones de la cultura norteamericana a través de una mirada satírica a las prácticas de consumo capitalista y los sistemas de creencias. Luego de una actividad ininterrumpida James termina suicidándose al meter su cabeza dentro de un microondas. Todos giran en torno a su figura y producción.

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¿Dónde están esas fronteras si no son líneas de saque que contienen y dirigen su expansión infinita hacia dentro, lo que hace hermoso e infinitamente denso al tenis, como una especie de ajedrez a la carrera?[…]El verdadero rival, las fronteras contenedoras, no son más que uno mismo. Siempre y solo el yo que está ahí, en la pista, y allí se le debe combatir y se le debe llevar a la mesa para fijar los términos. El chico rival del otro lado de la red no es el enemigo: es más bien tu pareja de baile. Él te sirve de excusa u ocasión para afrontar al yo. Y tú eres la ocasión de él. Las infinitas raíces de la belleza del tenis son autocompetitivas. Compites con tus propios límites para transcender al yo limitado cuyos límites son los que hacen posible ese deporte en primer lugar. Es trágico y triste y caótico y hermoso. Toda la vida es igual, como ciudadanos del Estado humano: los límites animados están dentro para ser eliminados y llorados una y otra vez (Foster Wallace,2017: 100).

Guía de referencia de los personajes en sus tres escenarios, junto con el resto del elenco que da movimiento a la novela. Hay detalles que me resulta imposible abordarlo en la reseña.

También estaba la alegoría del mismo acto de escribir como actividad deportiva en donde la producción de un posible juego, donde se demuestran competencias y cualidades cerebrales y espirituales, en una confrontación constante con nuestro ego centrado en obtener la gloria eterna, conservarse en el recuerdo de todos como un tremendo jugador estrella, hace de todo ese proceso una encrucijada de frustraciones creativas, donde la práctica se enfoca en mantener al dente siempre nuestras posibilidades deportivas a la hora de competir, de jugar en un torneo hasta la muerte. El escritor no es más que un deportista entusiasta de la derrota. Alguien que puede olvidarse con facilidad.

Todos los jugadores están en la AET para aprender a jugar, aprender este sistema infinito de decisiones y ángulos y líneas que los hermanos de Mario trabajaron tan brutalmente para controlar, y que el deporte juvenil no es más que una faceta de la verdadera gema: la guerra inacabable de la vida contra el yo sin el cual no puedes vivir[…] Pero entonces, ¿combatir y aniquilar al yo equivale a destruirse? ¿Es lo mismo que decir que la vida es partidaria de la muerte?[…]Y así, ¿cuál es la diferencia entre tenis y suicidio, vida y muerte, deporte y su propio fin? (Foster Wallace, 2017: 101).

Infografía del juego de Escatón practicado por los chicos de la AET, que recrea una especie de simulador geopolítico en estado de guerra, con una serie de reglas que el autor explica durante casi 25 páginas, cuyo reglamento vademecúmico se hizo durante del Año del Superpollo Perdue

Por otra parte está el centro de Rehabilitación de la Ennet House, donde se exponen una serie de personajes que cuentan sus experiencias con las drogas y la lógica con que funcionan estos grupos de apoyo para mantenerse alejado de las Sustancias. En estos bloques en la casa de rehabilitación para drogadictos se hace una disección del funcionamiento del sistema de sanación que reúne a los desviados de la sociedad en congregaciones que viven rutinas de limpieza, charlas motivacionales, falsas esperanzas, y delirios de una vida irrecuperable, conformado por principiantes que están siempre al borde de la ruina y el suicidio, con infancias destrozadas por abusos y violaciones, por ese rechazo del sistema mismo, los marginados de la sociedad de consumo, adictos de cualquier clase, seres maltratados y solitarios, en donde están las figuras de los Cocodrilos, sujetos que llevan demasiado tiempo sobrios y se ganan el apelativo de los grandes lagartos, que no tienen otra rutina que la de lidiar con sus cuerpos gastados por el atropello de la experiencia. No tienen otra forma de concebir sus vidas.

...luego ataques menos suaves, delirium tremens durante los intentos de reducir el consumo demasiado rápido, aparición de insectos y roedores subjetivos, luego una recaída más y más insectos fornicantes; luego eventualmente un terrible reconocimiento de que había traspasado innegablemente algún límite y alzar el puño al cielo exclamando Dios es mi testigo, y jurar y rejurar que dejaba la bebida para siempre, luego quizá unos pocos días de nervios y de éxito inicial, luego una recaída, más juramentos, barrocas autorregulaciones, pendiente del reloj, repetidas recaídas en el suelo de la Sustancia tras dos días de abstinencia, resacas mortales, sentimientos aplastantes de culpa y de disgusto conmigo mismo, superestructuras de autorregulaciones adicionales (por ejemplo, no antes de las 09:00h., no en noches de trabajo, solo si la luna está en cuarto creciente, solo en compañía de suecos, etcétera) que también fracasaban…

…luego ultimátums vocacionales, incapacidad de encontrar trabajo, la ruina económica, pancreatitis, culpa abrumadora, vómitos de sangre, neuralgia cirrótica, incontinencia, neuropatía, depresiones tenebrosas, dolor lacerante y la Sustancia  que me permitía períodos más breves de alivio; y, al final, ningún alivio de ningún tipo, y al final así es imposible colocarse los bastante para congelar lo que sientes, y detestas la Sustancia, la odias, pero aun así eres incapaz de dejarla, al final lo que más deseas en el mundo es dejarla y ya no te divierte para nada y no puedes creer que te haya gustado alguna vez, pero aun así no puedes parar, es como si estuvieras completamente demente, es como si fueras dos personas; y cuando venderías a tu propia madre querida por dejar de beber y aun así no puedes parar, entonces se cae la última capa amistosa de la máscara y de repente ves a la Sustancia cara a cara, a tu vieja amiga, es medianoche y ya han caído todas las máscaras y de repente ves la Sustancia tal como es en realidad, y por primera vez ves la Enfermedad tal como es en realidad, y ha estado allí todo el tiempo, y te miras al espejo a medianoche y ves que te posee, en qué te ha convertido…(Foster Wallace,2017 : 396).

Son retratos de la adicción, de drogadictos que en su mayoría son travestis, y han padecido infancias con padres violadores, adictos al alcohol y la televisión. Cada bloque que se relaciona con los personajes de la Ennet House es el acercamiento con seres que salen y vuelven a entrar, o que nunca regresan, no tienen ninguna clase de remedio salvo el tener que anhelar por siempre volver a experimentar el placer, hasta que regresan de sutiles maneras y se pierden nuevamente. Toda la obra toca temas puntuales como el exceso del consumo de drogas, la muerte, la depresión, la soledad y el suicidio, y todo ese catálogo de Sustancias disponibles en el mercado que nos pueden acercar sin mucho problema a experimentar esas experiencias desquiciadas.

Madame Psicosis, personaje que sufre un irreparable trauma facial  provocado por su madre el día de Acción de Gracias, al caerle un ácido y seguido de eso la mamá se suicida metiendo los brazos en el mecanismo de succión de basura de la cocina. Por su condición, Madame Psicosis ingresa a un grupo de autoayuda: La Unión de los Horribles e Inverosímiles Deformes. También es famosa por su programa de radio friki donde hacía lecturas de textos depresivos a una audiencia que la seguía religiosamente. Es una de las tantas internas de la Ennet House.

La Broma Infinita parece ser un libro que se escribió con la intención de no ser leído. Está escrito bajo un estilo demencial donde entre líneas el autor estaba dejando su aporte a las reflexiones sobre la experiencia de una generación quemada en las sociedades posindustriales. Foster Wallace es meticuloso a la hora de explicarte desde los hábitos de los adictos, hasta los componentes de las drogas y hasta quiénes la fabrican, y por si te quedan dudas, las diferentes versiones en que puedes encontrar psicotrópicos, ansiolíticos, anfetaminas, estimulantes de clasificados y selectos grados de intensidad, que no son más que las Sustancias que se convierten en  la razón de vivir de estos seres.

Algunos pacientes psiquiátricos -además de un buen porcentaje de personas que dependen tanto del producto de productos químicos para sentir bienestar que  cuando tienen que abandonar la química pasan por un trauma de pérdida que les llega a los sistemas más profundos del alma- conocen de primera mano que hay más de un tipo de la llamada «depresión». Uno es de grado inferior y a veces se denomina «anhedonia» o «melancolía simple». Es una especie de sopor espiritual por el cual se pierde la capacidad de sentir placer o cariño por cosas que antaño eran importantes. El ávido jugador de bolera abandona la liga y se queda en casa viendo cartuchos de kick-boxing. El gourmand renuncia a comer. El sensual de repente descubre que su amada Unidad no es más que un apéndice que cuelga allí. La amante esposa y madre encuentra de improviso que su idea de la familia es tan conmovedora como el teorema de Euclides. Esta forma de depresión es una especie de novocaína emocional y, si bien no es abiertamente dolorosa, desconcierta y…bueno, deprime[…] Los términos que el no deprimido usa a diestro y siniestro como plenos y vitales -«felicidad», joie de vivre, «preferencia», «amor»- se quedan limitados al esqueleto y se reducen a ideas abstractas. Tienen, por así decirlo, denotación, pero ninguna connotación. El anhedónico aún puede hablar de felicidad y significado y todo eso, pero ha llegado a ser incapaz de sentir, de entender, de esperar algo de ellos o de creer que existen como algo más que como conceptos. Todo se convierte en el contorno de lo que era. Los objetos se convierten en esquemas. El mundo se vuelve un mapa del mundo. Un anhedónico puede orientarse, pero carece de posición propia […], un anhedónico es alguien que resulta imposible de Identificar (Foster Wallace, 2017:782).

El otro escenario de la novela son las conversaciones al noreste de Tucson-Arizona, entre Remy Marathe, uno de los miembros principales de un movimiento terrorista de Quebec: Los Asesinos de las Sillas de Ruedas (Les assassins des fauteuils), con un travesti que trabaja como reportera encubierta, llamado Hugh Steeply. Los Asesinos cuyo posible origen se remonta al sudoeste de Quebec, zona donde supuestamente habitan en sus bosques Infantes Salvajes, niños mutantes de gran tamaño, anómalos seres que crecen pero no se desarrollan, se alimentan con residuos comestibles de alta toxicidad, acumulados en la llamada Gran Concavidad, en donde va a parar toda la basura de la región, y habitan por la cercanías además de los enormes niños, hámsters mutantes, productos del exceso de radiación.

Imagen referencial del Juego de La Culte du prochain train (El culto del próximo tren). Práctica que se hizo famosa entre las líneas férreas de transporte de materias primas en Ottawa y Los Grandes lagos de Estados Unidos.  Su objetivo es ser el último de un grupo de seis en saltar de un lado al otro de las vías del tren antes de que este pase. Esta práctica, aparte de ser una alegoría de la fascinación por los norteamericanos a la cultura de deportes de alto riesgo, también es parte de un ritual de iniciación por parte de Les assassins des fauteuils, ya que en muchos casos la persona que no moría podía tras el impacto del tren perder las piernas o desmembrarse durante el salto incompleto, sobrevivir y adquirir un rango dentro de la organización paralítica. Este culto está detallado ampliamente en la nota 304 del libro, con relación a las páginas 173 y 487.

Cada segmento en donde salen ellos son conversaciones sobre el plan de poder encontrar el VHS de la Broma para poder tener el control de la sociedad y desatar el caos por medio del entretenimiento, quizá la tesis central que empapa todo el libro. La posibilidad de controlar a las naciones por medio del Entretenimiento.

Actualmente, aunque no se hable ya del VHS por su obsolescencia programada, la idea de espectáculo y entretenimiento tienen una vigencia que Foster Wallace vaticinó con sumo pesimismo en los años noventa. De ahí toda la cantidad de información que da el libro sobre el placer, los deseos, el embrutecimiento de las masas por medio de distribuciones masiva de calmantes y nichos digitales para enaltecernos en nuestra hoguera de vanidades, mientras el mundo, que apenas logramos asimilar, se va paulatinamente a la mierda.

– Los hechos de esta situación que hablan a las claras del miedo[…]a este samizdat: esto es lo que sucede cuando un pueblo no elige nada para amar por encima de cada uno de ellos mismos. Unos Estados Unidos que darían la vida (y las de sus hijos) por el llamado Entretenimiento, por esta película. Que morirían por la posibilidad de que se los alimentara con cucharaditas de esta muerte de placer, en sus cómodas cosas, a solas, sin moverse. Hugh Steeply, te digo con absoluta seriedad como ciudadano de un país vecino: olvídate por un momento del Entretenimiento y piensa en cambio en unos Estados Unidos donde una cosas así podría ser temida por vuestra oficina: ¿puede esperar un país así sobrevivir por mucho tiempo? ¿Sobrevivir como una nación de pueblos? ¿Y mucho menos ejercitar su dominio sobre otras naciones con otros pueblos? ¿Y si estos otros pueblos aún no saben lo que es elegir? ¿Y morirían por algo más grande? ¿Y sacrificarían la cómoda mansión, la mujer amada, sus piernas, incluso su vida, por algo más que los propios deseos sentimentales? ¿Y no elegirían morir solo de placer? (Foster Wallace, 2017: 364).

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El entretenimiento existe, y nosotros como seres narcisistas y racionales sabremos qué elegir entre sus infinitas ofertas. La más acertada es la opción que nos asegura una muerte cerebral provocada por el exceso de placer, por llevar lo superficial hasta convertirlo en un culto. La Broma Infinita es una obra que nos permite conocer desde los ojos del autor su sentir acerca de la sociedad norteamericana, cuyo estilo hemos acoplado con ciertas pasividad durante años, y en el contexto globalizado podemos trabajar y moldear estas ideas en nuestro contexto local, tal vez por hacer el ejercicio reflexivo de que la realidad ha superado a la ficción. Las reflexiones de Marathe, el hombre de la silla de ruedas, justifica su afán de poder valiéndose del uso mismo del Entretenimiento para dominar a naciones enteras, con el fin acabar con ellas.

Un ennemi commun. Pero no es alguien de fuera, este enemigo. Alguien o algunos en el seno de vuestra historia han asesinado ya a vuestra nación norteamericana, Hugh. Alguien que tenía autoridad o tenía que haber tenido autoridad y no la ejerció, no lo sé. Pero alguien os permitió en algún momento que vosotros olvidarais cómo elegir. Y que lo olvidarais tan completamente que cuando pronuncio la palabra «elegir» haces una mueca como diciendo: «Otra vez con la misma cantinela». Alguien os enseñó que los templos son para los fanáticos y se llevó los templos y os convenció de que ya no eran necesarios. Y ahora no hay dónde refugiarse. Y no hay ningún mapa para encontrar el refugio de un templo. Y vais dando tropezones en la oscuridad y en esta confusión de permisividad. La búsqueda incesante de la felicidad de la que alguien permitió que os olvidarais de los viejos valores que hacen posible la felicidad.

En vuestro país amurallado siempre clamáis «¡Libertad! ¡Libertad!», como si su significado fuera obvio para todos. Pero, mira, no es tan simple. Vuestra libertad es la falta de responsabilidades: nadie le dice a vuestro amado individuo norteamericano lo que debe hacer. Solo tiene ese significado para vosotros, esa libertad de compromisos y coacciones[…]Pero ¿qué pasa con la libertad-para? No solo la libertad-de. No toda la compulsión proviene de la exención. Tú finges no ver esto. ¿Qué pasa con la libertad-para?¿Y cómo elige una persona libremente? ¿Qué otras opciones hay salvo la de un niño egoísta y mimado si no existe un padre lleno de amor que guíe, informe y enseñe a elegir? ¿Cómo puede haber libertad de elección si no se aprende a elegir? (Foster Wallace, 2017: 365-366).

Todos los personajes están sumergidos en el deseo, en la incapacidad de salir de ellos porque no pueden concebir otra forma de vivir. La novela está escrita en un estilo acelerado donde hay presentes varios recursos narrativos, donde las vivencias de cada personaje dejan un rastro de reflexión y crítica a la sociedad de consumo capitalista, pero sobre todo: la exhibición de una profunda tristeza.

Hay una atmósfera de tristeza que empapa toda la Broma. Todo el abanico de personajes se define en su relación trivial con el deseo, la impotencia, los excesos, que luego se desdibujan en las contradicciones y las angustias. El autor se esmera demasiado por describirte cada detalle de las personalidades, sus gustos y defectos humanos, las justificaciones de sus miedos y antecedentes del por qué los espacios son de una u otra manera, como en un afán de no dejar ningún cabo suelto en la explicación de todo el universo que dejó. De ahí que la novela sea de corte enciclopédico. Como recomendación hay que leer la Broma con dos marcalibros: uno para la trama y otro para las 388 notas y erratas en las últimas páginas.

Son muy recurrentes las ideas que orbitan en el suicidio. Sus causas y consecuencias. En lo personal, la versión lúcida de un suicida, que lo fue el propio autor que sufría una fuerte depresión. En el 2008 (Año de los Productos Lácteos de la América Profunda(?)) se terminó ahorcando en su casa en California. Su obra es parte de un testamento ideológico sobre la depresión, la desesperación asfixiante que produce el exceso de conocimiento y la inmensa tristeza, registros del vacío que lo invadía por dentro, y que sin duda, bajo ese estado realizó quizá una de las producciones literarias más relevantes de finales del siglo XX y comienzos del siglo XXI. Es un autor imprescindible.

Entre los mitos perniciosos está el de que la gente siempre se comporta de forma optimista, generosa y abierta antes de quitarse de en medio. La verdad es que las horas anteriores a un suicidio son un intervalo generalmente de enorme egoísmo e idolatría (Foster Wallace, 2017: 253).

En 1996 en una entrevista que le hicieron al autor, con motivo de la publicación de su obra La Broma Infinita, se le pidió que describiera qué sentimientos le producía vivir en los Estados Unidos, a lo que respondió lo siguiente:

Hay algo especialmente triste en esa vivencia, algo que no tiene que ver mucho con el mapa físico, ni con la economía, ni con ninguna de esas otras cosas de las que se habla en las noticias. Es más bien una tristeza que se siente en el estómago. Lo veo en mis amigos, y también en mí, de diferentes maneras. Es como si nos sintiéramos perdidos. He de añadir que ignoro si esto le sucede únicamente a nuestra generación (Foster Wallace, 2005:267).

En el epílogo de una Antología de autores norteamericanos, la escritora Zadie Smith destaca que la obra de Foster Wallace tiene como características el interés por una búsqueda, por la exploración de una espiritualidad escondida que se ha tapiado asquerosamente por los valores de la sociedad de consumos, que se atribuye promesas insoportables, que pretende que por medio de lo material se puede llenar lo espiritual, cosa que nos revela también un panorama que se percibe no solo en la generación de Foster Wallace, la generación quemada, sino en la nuestra (también quemada): en una juventud agotada que pisa los treinta sin expectativa de muchas cosas, que se refleja en mecánicas unidades humanas, agrietadas emocionalmente, que no pueden aspirar a jubilaciones ni cotizaciones en el seguro social, porque no le interesan ni le encuentran sentido a la idea utópica de estabilidad. Unidades humanas, subcontratadas y explotadas, que aprendieron en la dureza del mercado que poco importa el crecimiento académico y personal, si a fin de cuentas se quiere una persona calificada que sea altamente productiva que no cuestione ni se queje, que rinda más a la compresión mientras descuida de manera grotesca su memoria, su capacidad de elegir.

Vemos ahora a profesionales exitosos que mueren lentamente bajo sus propios términos materiales. Contemporáneos irritados por un trabajo de mierda que llena los bolsillos de otros de maneras absurdas. Es normal encontrar estos síntomas de tristeza en nuestro tiempo. La tristeza es algo ligado profundamente a los contextos culturales de un lugar, y estos pueden ubicarse en los detalles más nulos, en las miradas opacas de nuestros amigos, en el andar de miles de personas que joroban el costo del esfuerzo, porque es también irrisorio aceptar con impotencia que el dinero honesto y la búsqueda por crecer, no alcanzan para lograr la vida plena que nos ofertan las fantasías de la televisión, esa estabilidad que parece la quimera que alcanzaron nuestros ancestros.

Es como esa reflexión que hace uno de los personajes que habla de las generaciones en la película de David Gordon Green, George Whashington (2000):

He just wanted greatness.
The grown-ups in my town,
they were never kids like me and my friends.
          [Dog Barking]
They had worked in wars and built machines.
It was hard for them to find their peace.
       [Crossing Bell Ringing]
  Don't you know how that feels?

Cita forzada dentro del contexto:

Es curioso que las artes de este Estados Unidos milenario traten la anhedonia y el vacío interior como algo que está de moda. Acaso se trate de vestigios de glorificación romántica de la Weltschmerz, que significa cansancio del mundo o hastío contemporáneo. Tal vez eso se deba al hecho de que aquí las artes son producidas por gente mayor cansada del mundo y refinada, y consumidas por gente más joven que no solo las consume, sino que las estudia a la búsqueda de claves para ir con los tiempos, lo cual implica ser aceptado, admirado o incluido y, por ende, no estar solo. Olvidémonos de la llamada presión de los pares. Es más como hambre de pares. ¿O no? Entramos en una pubertad espiritual en la que descubrimos el hecho de que el gran horror transcendental es la soledad, el enjaulamiento en el propio ser. Una vez que alcanzamos esa edad, damos o recibimos lo que sea y usamos cualquier máscara para encajar, para no Estar Solo, nosotros, los jóvenes. Las artes norteamericanas son nuestra guía a la inclusión. Una guía práctica. Nos enseñan a fabricarnos unas máscaras de hastío e ironía cansada a una edad en que el rostro es lo bastante dúctil como para asumir la forma de lo que lleva puesto. Y luego allí se queda ese cinismo fatigado que nos salva del sentimentalismo empalagoso y de la candidez no refinada. En este continente, sentimiento equivale a candidez (al menos desde la Reconfiguración)(Foster Wallace,2017:783-784).

[…]

La anhedonia de ojos vacíos solo es una rémora del flanco ventral del verdadero depredador, el Gran Tiburón del Dolor. Las autoridades denominan esta condición «depresión clínica» o «depresión involutiva» o «disforia unipolar». En realidad se trata de una incapacidad para los sentimientos, una muerte del alma […] Tiene muchos nombres -«angustia», «desesperación», «tormento», o citando a Burton, «melancolía», o la más autorizada «depresión psicótica» de Yevtuschenko-(Foster Wallace,2017:785).

Otra presentación de la cronología.

Sobre la vigencia de esta Broma Infinita, podemos hablar de ese sentimiento común para nuestras generaciones actuales. A veces uno habla con los mayores y no entienden la frustración que implica la pesada carga de Tener que convertirse en alguien. Ahora es normal sentirse insatisfecho, o poco reconocido por nuestros logros, y esa insistencia aplaca nuestra prioridad de volvernos supuestamente auténticos, reales, gastar tiempo y dinero en terapias semanales para detectar trastornos de ansiedad, desequilibrios emocionales, desórdenes alimenticios, contradicciones con nuestro cuerpo, esa pantalla suicida que es la búsqueda de atención en espacios de anonimato, donde somos mercancías y relaciones algorítmicas, donde el precio de encajar es igualarnos en gustos y tal vez tener en común las mismas aspiraciones. Nada más horrendo que sentir sosiego en la mediocridad de nuestros contemporáneos que no tienen ya nada que decir.

Las pasiones no se negocian, las defendemos con la misma rigurosidad malcriada como nos desvivimos por un dogma o productos enlatados, por una figura que no debe importarle ni un comino nuestra existencia feligresa; uno  puede sentirse representado en una figura comestible de acción y llamar a todo ese carnaval que te vende: arte. A la vez algo también puede ofenderte, o también ignorarte y silenciarte en la oscuridad de la desconexión y tu propia limitación por darte a entender. La expresividad es poder.

Podemos encontrar tranquilidad en los que piensan igual a nosotros y orientar nuestra vida estúpida a mejores manera de radicalizar nuestros pensamientos, sin sentir la obligación de tener que cambiar algo en nosotros. La apatía es gratuita y no requiere de talentos excesivos. Basta solo unas breves instrucciones egoístas para que un grupo de descerebrados se encarame y se proclamen ser los nuevos precursores de referencia de la cultura, nuestro modelos rancios a seguir. Nos rendimos ante el Entretenimiento mayúsculo.

La infelicidad tiene una relación misteriosa con la metafísica. Cuando nuestras necesidades metafísicas no son cubiertas por un programa televisivo o plataforma streaming, si la liberación de dopamina al tragar nuestras series favoritas no alcanza, una reacción nula o casi ignorada de nuestra selfie que subimos con alto esmero, en nuestros comentarios irrelevantes que pasan de largo en los muros digitales, si nada de eso alcanza, algo se desmorona en nosotros. Se activa una alarma en nuestro ego herido. Y viene la tristeza, que convive amistosamente con esa obligación despótica de tener que ser feliz, que encuentras en las vallas y comerciales de cosméticos y toallas sanitarias, en imágenes alegres de políticos efervescentes, con canciones positivas porque el mundo es para los tontos que no escatiman pensar, alegría tarada en congregaciones de tu iglesia favorita, de falsos pudores donde te dicen que debes temer a Dios, pero igual él te ama así que juega bien con tu libre albedrío, tienes que velar por sonreír ante la adversidad de la miseria que producen las deudas y creer en cosas que no existen salvo en la calamidad de tu cabeza, soportar los vacíos personales, cuando en un giro la desgracia te arrebata la inocencia y la fe, para entender que no hay más allá que nos cure del aquí.

¿Es esto lo que envuelve la Broma infinita de nuestras vidas?

No puedo abordar todos los temas que expone esta novela sin forma y de grandes proporciones, que después de todo un recorrido por sus páginas, su gran chiste es que al final tampoco hay nada. La decepción es un sentimiento menor comparado con la satisfacción de terminar y estar claro de lo cómico que es no encontrarse con nada (o con demasiado tal vez). Le di muchas vueltas al asunto. Iba y regresaba. Ante fragmentos y capítulos seguí los rastros de otros lectores más astutos y avezados que yo. Vi muchos por la redes que solo se hicieron un blog exclusivo para llevar una bitácora de la lectura que iban a haciendo. Una vez terminado el libro dejaron de escribir. Las entradas quedaron en el espacio digital, y parecen moteles baldíos en medio de la nada, con su contenido esperando sin reproche la pasada de algún nuevo viajero buscando direcciones. Hay todo un culto que custodia en secreto de la obra de David Foster Wallace. Al llevar un seguimiento de su obra se podía asumir que en cualquier momento este se iba a matar, la cosa era que no se sabía cuándo.

La persona llamada «psicóticamante deprimida» que trata de suicidarse no lo hace por «falta de esperanza» ni por una abstracta convicción de que el debe y el haber de la vida no cuadran. Y sin duda no lo hace porque de pronto la muerte le parece fascinante. Una persona en que la invisible agonía de Ello alcanza cierto nivel insufrible se mata del mismo modo que una persona atrapada salta en algún momento para escapar de las llamas. Que no haya dudas sobre la gente que salta al vacío. Su terror a lanzarse desde una gran altura es tan grande como el de otra persona que se asoma a esa ventana para ver el paisaje; es decir, el miedo a caer es una constante. La variable aquí es el otro terror, las llamas del incendio: cuando las llamas se acercan lo suficiente, arrojarse al vacío se convierte en un terror ligeramente inferior al otro. No se trata de ningún deseo de dejarse caer; es el terror a las llamas. Y, sin embargo, nadie en la acera que mira y grita que no se tire, que aguante, puede entender el salto. Realmente no. Se tiene que haber estado personalmente atrapado por las llamas para comprender realmente ese terror muy superior al de la caída (Foster Wallace, 2017:786).

Encontré en Reddit un foro donde discuten teorías especulativas, discusiones de nuevos significados, traídas por nuevos lectores, que se unen con otros empedernidos a discutir y recomendar novelas de complejidades cercanas o parecidas a la Broma Infinita. Los debates no acaban por las posibles relaciones que solo pueden dar las segundas y terceras lecturas, pues dada la extensión, la versiones logran, como cualquier obra monumental, interpretaciones infinitas. De mucha ayuda me sirvieron las opiniones de extraños. Y creo que tanta obsesión me hizo entender que en parte mi manera de leer tenía y sigue teniendo fallas, pero todo consiste en la práctica diaria.

Leer es como hacer piernas.

Para cerrar esta pequeña reseña comparto con ustedes uno de los fragmentos que más me gustó del libro. Animándolos a que si tienen la oportunidad, el tiempo y la paciencia, se lancen a la Broma, y experimenten al terminar ese raro privilegio de contemplar un universo iluminado por un torrente de luz negra.

…Dormir puede ser una forma de escape emocional y que con un esfuerzo sostenido se puede abusar de esa actividad […] Que la falta intencionada de sueño también puede ser un escape emocional del que abusar. Que la ludopatía también puede ser un escape del que abusar, y lo mismo pasa con el trabajo, el consumo, la cleptomanía en las tiendas, el sexo y su abstención, la masturbación, los alimentos y el ejercicio físico, la oración/meditación y sentarse tan cerca de la pantalla del viejo teleordenador[…]

Que una persona no te tiene que gustar para aprender algo de él/ella/ello. Que el aislamiento no es una función de la soledad. Que es posible enojarse tanto que realmente llegas a verlo todo rojo. Que alguna gente verdaderamente roba y que robará cosas que son tuyas. Que muchos de los adultos de Norteamérica no saben leer de verdad, ni siquiera con un equipo de ROM e hipertexto con funciones de AYUDA para cada palabra. Que las alianzas exclusivistas y la exclusión y el cotilleo pueden ser formas de escape. Que la validez lógica no es garantía de verdad. Que la gente mala nunca piensa que es mala, sino más bien que todos los demás son malos. Que es posible aprender cosas valiosas de una persona estúpida. Que requiere esfuerzo prestar atención a cualquier estímulo durante más de unos pocos segundos. Que de repente sin previo aviso quieres colocarte con tu Sustancia de forma tan imperiosa que piensas que seguramente te morirás si no lo haces y te puedes quedar sentado allí restregándote las manos en las piernas y en la cara, queriendo pero no queriendo, si eso tiene sentido, y si puedes aguantarte y no tocar la Sustancia durante el mono, ese mono pasará eventualmente, se irá, al menos por un rato. Que estadísticamente es más fácil para gente de bajo cociente de inteligencia dejar la adicción que para la gente con mayor poderío neuronal […] Que es posible abusar de medicamentos para el resfriado y las alergias de forma adictiva. Que el NyQuil tiene una graduación superior a 50. Que las actividades aburridas se convierten perversamente en mucho menos aburridas si te concentras lo suficiente en ellas. Que si hay bastante gente en una habitación en silencio bebiendo café es posible reconocer el sonido del vapor que sale del café. Que a veces los seres humanos solo tienen que sentarse en un sitio y eso ya les duele. Que te importará muy poco lo que los demás piensen de ti cuando te des cuenta de lo poco que piensan en ti. Que existe algo llamado bondad en estado puro, sin aleaciones y sin agendas. Que es posible caer dormido en un ataque de ansiedad.

Que concentrarse intensamente en cualquier cosa es un trabajo muy duro.

Que la adicción es una enfermedad o una enfermedad mental o una condición espiritual (como en los «pobres de espíritu») o un desorden neurológico o afectivo o de carácter[…]Que la mayoría de la agente adicta a una Sustancia también es adicta a pensar, lo cual significa que mantienen una relación compulsiva y enfermiza con su propio pensamiento[…] Que simplemente es mucho más agradable estar contento que indignado. Que el noventa y nueve por ciento del pensamiento de los pensadores compulsivos versa sobre sí mismos; que el noventa y nueve por ciento de este pensamiento sobre sí mismos consiste en imaginarse y luego aprestarse a las cosas que están a punto de sucederles, y luego, extrañamente, si dejan de pensar en eso, el cien por cien de las cosas en que ocupan el noventa y nueve por ciento de su tiempo y energía imaginando y preparándose para todas las contingencias y consecuencias  de que ellas se puedan derivar, jamás son buenas. Y que, por tanto, esto se relaciona de forma bastante interesante con la necesidad de los recién llegados a la sobriedad de rezar para perder literalmente la cabeza. En pocas palabras, que el noventa y nueve por cientos de la actividad de esa cabeza consiste en acojonarse a sí misma[…]  Que cada uno estornuda diferente. Que las madres de algunas personas no les han enseñado a cubrirse la boca o girarse antes de estornudar. Que nadie que haya estado en la cárcel vuelve a ser el mismo[…] Que a la gente a la que hay que tener más terror es a la gente aterrorizada. Que se necesita mucho valor para mostrarse débil. Que no hay que pegarle a nadie aunque se tengan muchas ganas de hacerlo. Que ningún instante individual y concreto es en sí mismo insoportable […]

Que casi todo el mundo se masturba

Y parece que bastante

Que el cliché «No sé quién soy» resulta ser, por desgracia, algo más que un cliché […] Que tener mucho dinero no inmuniza a nadie contra el sufrimiento o el miedo. Que tratar de bailar sobrio es algo muy diferente […]

Que con las cucarachas, hasta cierto punto, es posible convivir.

Que la «aceptación» es por lo general un asunto de cansancio más que otra cosa.

Que gente distinta tiene ideas radicalmente distintas sobre su propia higiene básica.

Que, perversamente, a menudo es más divertido querer algo que poseerlo.

Que si hacer algo por alguien sin hacerle saber a esa persona que fuiste tú y sin decirle a nadie lo que hiciste ni que fuiste tú ni de ninguna manera pretendes que se te dé crédito por ello, pues entonces lo que haces es una forma de intoxicación.

Que también se puede abusar de la generosidad gratuita.

Que hacer el amor con alguien que no te importa te hace sentir más solo que no haberlo hecho.

Que es permisible querer «algo».

Que todo el mundo es idéntico en su secreta y callada creencia de que en el fondo es distinto de todos los demás. Que eso no es necesariamente perverso.

Que acaso no existan ángeles, pero que hay gente que podrían ser ángeles.

Que Dios -a menos que seas Charles Hetson o estés confuso, o ambas cosas- habla y actúa exclusivamente por medio de los seres humanos, en el caso de que Dios exista.

Que Dios tiene el problema de si tú crees o no que existe Dios en un puesto bastante bajo de la lista de cosas que Él/Ella/Ello le interesan con respecto a ti.

Que una persona -una con el Des-Orden- bajo la influencia de Sustancias hace cosas que no haría sobrio y que algunas consecuencias de estas cosas no se pueden olvidar ni enmendar. Los delitos son un buen ejemplo.

Referencias:

Green, D. G. (Dirección). (2000). George Washinton [Película].

VV.AA. (2005). Generación quemada (una antología de autores norteamericanos). España: Siruela.

Wallace, D. F. (2017). La Broma Infinita. España: Penguin Random House.

Nota: Aquí se puede acceder a toda un wikipedia exclusiva de la obra.

Nota 2: Por acá hay otra reseña que les puede interesar.

Alexander JM Urrieta Solano

El planetario

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El recurso del método.

Identificar estrellas es un conocimiento indispensable para orientarse en la oscuridad. Muy conveniente para invocar situaciones de la nada, puntuales o abstractas. Parece que hay una confusión entre estabilidad general y dolarización de la economía, por ejemplo, Neoliberalismo rojo y Plan País. Corporación militar y Capitalismo popular. El rebranding revolucionario, con nuevos patrocinadores de la viveza criolla forestal, ha traído fanáticos religiosos montando templos para domesticar bestias y formar ejércitos de salvación momentánea; estoy harto de los evangélicos, esconden su miseria moral con faldas largas y corbatas que no combinan con su manera de vivir, vendedores de lavadoras viejas, dios detergente líquido, suavizante para todo tipo de trapo y mancha, y la biblia, depende de donde la compres, el único material bibliográfico que hay que leer para entenderlo todo y decirle a otros cómo se tiene que vivir. Tiene mucho sentido, pero en el fondo es aburrido cuando quieres justificar en versículos la inteligencia media y los prejuicios.

Hemos sido muy tolerantes con la intolerancia, por temor a ser tildados de intolerantes, cuando no pendejos o indiferentes. Hemos puesto nuestro grano de arena en el desvalijamiento y alcahueteo de la corrupción,  consorcios mineros con nómina indígena y milica que auspician el ecocidio a cambio de oro azul, impostores de vocación, quiromantes financieros, brujos de la propaganda, eruditos de la economía extranjera aplicada a regiones incongruentes, empresarios de la fe, movimientos kamikazes estudiantiles, cerebros destruidos por actualizaciones curriculares y la pérdida de visión de sus cualidades, fracasados laborales, juventudes depresivas, adultos infantilizados reproduciéndose como conejos porque desean ser padres y ser eternos, gurúes del consumo y el coaching ontológico, descarte y ampliaciones del slogan de la Soberanía y la Libertad, términos y condiciones que sean compatibles con la democracia y los intereses personales.

Cambian las palabras solo para perfeccionar las promesas y alargar las mentiras, alguna que otra inversión para llenar bolsillos de ladrones, dejando como prioridad última la conciencia (y que de clase, si ya nadie le interesa la clase, todos queremos dinero y que nos chupen la intimidad en la oscuridad).

Hay una guerra declarada contra el oído y el cerebro en la era del entretenimiento.

El éxito del hombre mediocre está en llegar a su casa después del trabajo y quemarse frente a la pantalla, pagando suscripciones para darle sentido a su vida, igualando sus gustos con los de todo el mundo, atrapado en esa pesadilla que producen los ansiolíticos, las horas pico, el zapping, la comida rápida, el insomnio y la fibra óptica.

Creo que ya entiendo de qué va la Broma Infinita, el meollo de su trama demencial: ¿Se puede dominar a la población por medio del entretenimiento, embrutecerla hasta hacerla una sola masa discreta, que pueda mantenerse quieta viendo miles de pantallas a la vez sin pensar nada más que en su placer individual mientras todo se desmorona? Sí.

El nuevo mundo feliz es donde los políticos, las estrellas artificiales, los estadistas y magnates del big data, pueden dejar que la opinión pública se destruya a sí misma sin llegar a nada, debatiendo sobre las tendencias más triviales, mientras el status quo sea toda una ola de acontecimientos cuya duración equivalga a un estado de whatsapp: veinticuatro horas. Del Super Bowl sacaremos estadísticas de cuántas toneladas de alitas de pollo se comen potenciales americanos promedio durante un partido, o cuántas personas escribieron la palabra Bunny desde su móvil para gastar el recurso ciudadano de poder expresarse, creyéndose parte del mundo, de otra fiesta de la Western Kulture Inc., sopesando las probabilidades de que cuando se acabe el chavismo, el capitalismo, el orden global o lo que sea, nos caiga como una plaga egipcia la pandemia total que nos obligue a perder toda esperanza en nosotros mismos, la poca que nos queda, cotizada en una moneda con el rostro de nuestro padre supremo Bolívar Simio, que ya no vale nada, pero que sigue siendo la referencia y modelo a seguir, pues su voluntad define nuestro trágico destino, que insiste en sobrellevar la realidad como una epopeya y un instinto de hipocondríaco. Sería muy triste pero hermoso que todo terminara así, aquí. Salir de una situación kafkiana para morirnos de gripe mientras bandeamos una bandera azulada de OMS, que junto a la ONU y otras entidades que ya convertidas en aberraciones extremas de la patafísica, en sus objetivos de desarrollo sostenible, promoviendo su guía de vagos para salvar el mundo, erradicarán en los próximos años la miseria y la pobreza en su totalidad. Estos planes quiméricos no aplican para ciertos lugares, pues no todos los lugares son parte de la humanidad y no todos los lugares tienen garantías de soluciones dentro de ese proyecto temático que es la humanidad.

El mundo ya no es importante, lo que importa es el nosotros, pero más que eso el Yo. Narcisos colectivos, podridos de soledad. Insisto, el mundo ya no es importante, el país menos. Un día se habla de la Tercera Guerra Mundial, sucesión de imágenes por segundo de algo lejano donde muere gente y hacemos de todo un enorme chiste que se vuelve la versión bola de nieve que se hilvana con las angustias generales, que con una actualización del muro se olvida; al otro día se muere un basquetbolista que le sobraba tanta plata para morirse en un helicóptero, y por un instante, durante la tendencia de la muerte todos son expertos de la materia hasta que la noticia deja de tener importancia para recibir otra, y así, se mueren en un incendio continental millones de especies y el mundo se lamenta, asesinan a un líder carismático con descargas explosivas, la fiesta es interminable, violaciones de niños simultáneas y paralelas a condecoraciones a otros niños con infancias más felices, feminicidios sin importancia, la selfie oportuna del político de nuestro agrado, fingiendo su vida tranquila costeada por sus seguidores pobres, derrames petroleros, linchamientos virtuales y pruebas nucleares, uso de juguetes que destruyen corales y condenan a poblados enteros a nacer y morir en la enfermedad, el deleite del poder, la virtud de sobrevivir y decidir quién se queda y se va…

Las inmensas desgracias y las pequeñas alegrías forman parte del mismo segmento del entretenimiento.

La ironía y el sentido de vivir están concentrados en la burla de aquellas cosas que no entendemos o que no nos interesan. La felicidad es asegurada en los lugares donde podamos evitar los conflictos compartiendo con aquellos que piensen igual a nosotros. Esa comodidad es suficiente para hacernos personas sin criterio, con pensamientos más homogéneos y radicales, cualidad eximia de la idiotez, que mueve a pueblos enteros a destruir la poca memoria que puede retener en sus libros escolares y monumentos, en sus calles deterioradas cuyo tránsito por el descuido se vuelven peligrosas.

No es sencillo explicar de una manera breve y concisa lo que pasa en Venezuela, menos explicar lo que pasa en el mundo. Lo que puede hacerse, mínimamente, es dejar en alguna parte un testimonio compartido de la pesadilla común, pero también la más personal, por lo que no tiene que interesarle a nadie.

En medio de la oscuridad aprendo a identificar estrellas. Por medio de un ejercicio de mnemotecnia las ubico en sus respectivas constelaciones. Algo parecido hacemos con las ideas, y a pesar de nuestros esfuerzos logramos apenas decir algo, muy distante de lo que pensábamos en un principio.

Alexander JM Urrieta Solano

Recortes de red social II

Registros de un huésped.

Crónica para Cangrejo (28 de febrero)

Me remito a la versión breve y perturbadora de mi padre. Una amiga cuenta que su Tía en Cabudare se encontró después de mucho tiempo con una señora que le limpiaba la casa. Hay saludos y extrañamiento: «Hola vale, ¿cómo estás? Tanto tiempo, ¿Qué pasó contigo? » – «Bueno nada, estaba perdida pero ahora estoy aquí. Cuando lo necesite puedo pasar y limpiarle la casa como antes» – «Está bien, en cualquier momento la llamo y cuadramos». A los días la señora de manera inusitada se aparece en casa de la Tía. «Pero si yo no te he llamado, además tampoco tengo como pagarle» – «Estoy aquí para ayudarla como le había dicho, por el dinero no se preocupe». La señora se ha puesto a limpiar la casa de la Tía. Pasan las horas y en eso se hacen las cuatro de la tarde y la señora ha terminado pero no se ha ido sino que se queda viendo televisión en la sala de lo más tranquila. La Tía inquieta le dice que ya es tarde y que después de las cinco ya no hay transporte para volver. La señora le dice que tiene razón que va a salir a ver si puede tomar el transporte, «en caso de que no encuentre me regreso para acá». Pasó el rato y como era esperarse (o no) la señora regresó a la casa. «No encontré transporte, me vine a quedar». En vista de esa situación la Tía y su esposo le preparan una cama para que pase la noche. Aquí en el relato se presenta una laguna, a la pareja les pegó el sueño y se durmieron. A la mañana siguiente la pareja despierta y ven que la señora los había mudado. Durante la noche según algunos testimonios confusos llegó un camión a la entrada de la casa con dos hombres, sombras que entraban y salían de la casa llevando cosas en medio de la oscuridad. Lo que al final quedó fue una casa vacía, la confianza desvalijada de un par de ancianos sin derecho a prórroga, y un retrato sutil de la miseria humana típica de este país.

Crónica para Cangrejo II (19 de marzo)

Venezuela después del apagón es un retrato decepcionante que vale la pena compartir. No puedo decir que luego de todo este episodio de malestar provocado por otro malestar me haya generado alguna expectativa de que algo mejorara. Aquí se puede vivir tranquilo sin expectativas porque aquel que no tiene expectativas es menos propenso a las decepciones que nacen cuando se tienen altas expectativas. Es claro que nada pasó, por suerte no me generé ninguna expectativa, no obstante vivo decepcionado porque antes me había creado grandes expectativas que llegaron incluso a darme cierto alivio esperanzador, porque en la vida uno no puede vivir sólo de realidades sino también de ilusiones, por muy mediocre que suene esto se trata de una verdad incómoda, nuestra vida es un compendio de mediocridades e ilusiones que en conjunto monstruoso nos plantan en la decepción más grande, que es la conciencia de seguir aquí, jugando a estar vivos, insistiendo en legados de milicos muertos. Hay una imagen desagradable del apagón que nunca me voy a poder quitar de encima. Un recuerdo insignificante para adornar la memoria revolucionaria. Ese día jueves, cuando estaba tratando de regresarme a mi casa, la noche me agarró por la altura de Bellas Artes. El regreso era agitado y desesperante, se trataba quizá de la marcha más honesta en la que todos, sin importar lo que pudiésemos creer o defender, estábamos juntos en masa moviéndonos hacía alguna parte, obligados a unirnos por una causa estúpida, porque aquí ya se hizo costumbre movilizarse por cuanta cosa hay de estúpida. Se trataba de la prueba empírica más aberrante de la igualdad, la evidencia de nuestra banalidad como país, de que no estamos preparados para lidiar con nada, y que el motor más poderoso de este proceso es las indiferencia y el miedo. Por la altura de la Hoyada, en la esquina los Chorros ya no se podía ver nada. El terror se había apoderado de mí. El hampa se aprovechaba de toda esa confusión para robar a los desprevenidos. Por instinto nadie quería quedarse solo. Ya llegando a Capitolio me esperaba lo peor. Por el Palacio de las Academias el caos estaba en su máxima expresión. Las únicas guías eran las sombras, provocadas por los destellos de luces intermitentes de los carros. Entonces allí estaba, en medio de toda esa oscuridad, al final lo único que podía verse era la llama soberbia del Cuartel de la Montaña. El terror de aquella escena me hizo sentir una rabia incomprendida y exagerada, sin darme cuenta me había convertido en otra sombra más dentro del todo, un sombra cuya opinión era irrelevante. Así se siente vivir en Venezuela. Pero eso ya no importa. Yo solo pienso en la Patria Grande, en que soy una pieza joven fundamental de algún proceso kafkiano, intentado llegar a alguna parte, ignorando todo principio y fin, sometido a las fuerzas de mi pequeñez. Lo que más puede dolerme son las formas en las que hemos perfeccionado nuestras maneras de perder el tiempo. Un oficio de entusiastas y tiranos individuales. El respaldo de que la Revolución de la conciencia crece y da frutos inesperados, sorpresas provenientes de la oscuridad. No habrá tiempo mejor para nosotros que este, el único posible.

Apuntes para Falke: el mercado (15 de abril)

Como todos los domingos me di una vuelta por el mercado de los corotos que hacen en los espacios de la sede principal del partido Acción Democrática, la Casa del Pueblo, ubicada en El Paraíso, un lugar repleto de nostalgia donde la basura de unos resulta ser el tesoro de otros. Espacio destinado a festividades, mercado andino itinerante, y alguna que otra celebración de militancia donde se vocifera sin asco las palabras Pueblo, Libertad, Democracia y otras tantas peroratas que alimentan el recurso de la imaginación de los hombres, un lugar de promesas donde se juega con los sueños de la gente. En los días sin importancia la Casa del Pueblo sirve como arena para ancianos que invierten su tiempo en partidas eternas de dominó. Atravesando el patio hay una parte techada con ventiladores colgantes que más que aire reparten una suciedad de años. Siempre al caminar por ahí me provoca una congestión nasal que es tolerable mientras encuentre algún coroto de interés. En medio de ese lugar hay un podio de madera con el logo del partido que se utiliza para todos los eventos donde resulta indispensable que alguien se pronuncie ante las multitudes. No le había prestado mucha atención al lema del partido, hasta que leí en el podio y pude detallar que faltaba una letra, la letra «y», entonces el mensaje curvilíneo decía: «Por una Venezuela libre _ de los venezolanos». Un pequeño detalle que carece de importancia, el descuido de las palabras, por no decir de todo un enunciado, que al final resulta convertirse en una forma de vida, una ley incuestionable que se impone desde las tinieblas letras, un descuido que refleja la realidad del país, donde pocos se toman la molestia de leer, porque esa actividad de resistencia requiere de un esfuerzo que no todos están dispuestos a tomar, mirar de otra forma es un trabajo doloroso pero necesario en tiempos tan difíciles y mediocres como estos. Resulta irónico que en los detalles más nimios se marque el destino trágico de todos. Tampoco hay consuelo en la corrección. El lema del partido con la letra que falta tiene un significado más inverosímil que el otro, una quimera discursiva que raya en el insulto de la inteligencia. En esa ausencia de letra es más cómodo vivir, porque es claro que Venezuela sería otra cosa sin los venezolanos. No puedo reprocharle nada a quien esté de acuerdo con eso. Yo he sentido asco de mi propia gente en la medida que siento asco de mi mismo. Y es algo terrible. El contraste del mensaje con el ambiente de abandono, los corotos regados en sábanas y tarantines improvisados, esa necesidad de buscar lucro en aquellas cosas inservibles eran síntomas de un presagio. Era el diagnóstico de una enfermedad personal. La radiografía de un país que no tiene noción de lo que fue ni mucho menos de lo que será, y que concluye que puede ser libre cuando por fin se libere de lo que aparentemente es.

Pa’la otra jorobado (16 de abril)

El incendio de la Catedral de Notre Dame ahora se trata de una «pérdida para la humanidad», «un fragmento de la humanidad». Se quemó la Catedral, «una tragedia para la humanidad». Ahora todos se muestran interesados porque es la «Historia de la Humanidad» la que se «ha perdido». Y ahora los conmovidos son todos, incluso los que no formamos parte interesante de esa «humanidad», incluso esos que aceptan que otros determinen cuando algo amerita ser tildado de «humanidad». Ahora es la Historia de todos, por un instante, una vez más. Lo más terrible de este asunto es tener la certeza que este evento la semana que viene perderá vigencia para ser reemplazado por otro, porque en el fondo no nos importa. Así de irritante es el siglo de la hiperinformación. La velocidad de los eventos no tiene concesiones ni siquiera con las cosas «sagradas». La hipocresía si es una cualidad clara de la Humanidad. Es curioso como ante tantos sucesos que ocurren a diario, en su mayoría terribles, devastadores, invisibles ante el totalitarismo insano de los medios de comunicación, de constantes destrucciones y pérdidas irremediables (a diferencia de la corona de Cristo), hayamos aprendido a diferenciar los casos que son de la Humanidad y los que sencillamente no lo son. Cuando a Europa le duele algo nos tiene que doler a todos. Expresar estas cosas bien puede caer muy mal, pero negarlas es de cínicos.

Apuntes para Falke II: Zerópolis (7 de mayo)

Caminar Caracas forma parte de una gimnasia de la decepción.
Fui a la Catedral de Caracas porque quería ver «La última cena» incompleta de Michelena. Una referencia precaria de nuestra realidad impregnada en las paredes de un templo. Llegué y sólo estaba abierta la parte de la capilla, pero entre rejas se podía ver todo el inmenso espacio a oscuras cerrado al público. Pregunté por qué estaba cerrado y me dijeron que ahora la Catedral no puede abrir todos los días porque se tenía «que ahorrar la luz de los bombillos, porque reponerlos sale muy costoso y no hay fondos para pagarlos». Qué tristeza, pensé. ¿Qué queda para el resto de las Iglesias? ¿Qué queda para el resto de Caracas? Por mucho entusiasmo que podamos tener al andar, los espacios sólo reflejan la derrota y el descuido de sus habitantes, la ingratitud de los rostros cansados, sometidos a un proceso monstruoso de humillaciones, producto de una mecánica de la soledad, de gestiones deportivas colectivas donde la regla es determinar cuánto tiempo hemos perdido lidiando con alguna banalidad, banalidad que luego contamos a nuestros conocidos como parte de nuestra épica urbana, nuestra narrativa personal de frustraciones y fracasos. Hay que aceptar una rutina donde no existe la planificación, la improvisación es nuestro método de primera necesidad. Uno puede diagnosticar las enfermedades de una Ciudad por sus esquinas rotas, sus calles y locales cerrados, sus estatuas y plazas amputadas por el olvido y el vandalismo de años, símbolos confusos impuestos que promueven la desmemoria y el delirio. La ciudad sugiere pequeños oasis para que la gente se distraiga mientras evade su tristeza y la confunde en una mofa, en una diversión breve porque aparentar es más sensato que aceptar la realidad incómoda de todos los días: que para llegar a todo nicho de placer hay que atravesar calles repletas de basura y respirar un aire de mierda, de sincera humanidad, de justicia social, palabras de las cuales se jactan muchos fanáticos cínicos, militantes conformistas. En anuncios revolucionarios gigantes se irrita la mirada de los transeúntes: vallas de odio que promueven amor, ministerios de burocracia, murales mutantes, toldos, consignas, bulla obligatoria, turbas unicolores, poblaciones armadas y colas infinitas, toda una feria de vanidades y abandono. El esfuerzo siempre ha consistido en producir imágenes eficaces y violentas. Hemos aprendido que la cotidianidad es una eterna guerra contra enemigos invisibles, el día a día es una adaptación absurda de nuestra lucha por seguir existiendo sin perder los estribos. Caracas es un reflejo molesto de una ciudad que aspiró siempre ser otra cosa.

Apuntes para Falke II: Escaleras (19 de junio)

Hoy en la estación de Plaza Venezuela vi algo que me dejó bien trastornado. Saliendo del vagón en dirección Propatria fui llevado por la inercia típica de la multitud a las escaleras. Mucha gente. Ya uno se acostumbra al verdadero olor de la humanidad: sudor y mierda. La opción es que no existe opción, sólo alternativas revolucionarias, las únicas posibles, las más terribles porque siempre logran, de forma asombrosa, decepcionarnos. Subía con lentitud. Vi que la gente se empezó a arrimar dejando despejado el lado izquierdo de las escaleras. Arriba, un hombre se ha salido de su silla de ruedas para bajar las escaleras a mano, arrastrándose de escalón en escalón. Lo seguía detrás un muchacho que cargaba la silla de ruedas. Mientras iba bajando la silla dejaba en cada escalón un rastro de jeringas y baquelitas. Regresé por donde había empezado. Recogí cada pieza que iba cayendo y se las di al hombre que las metió en su bolso tricolor colgando en la silla de ruedas. En el fondo los parlantes anunciaban con una voz femenina que a partir de la fecha «x» el sistema metro va a cobrar. Algo irónico, como si el metro en todo su sistema nefasto no le cobrara suficiente a sus usuarios. Hay que ver de qué manera nos han puesto a arrastrarnos hacia el vacío. ¿Qué diferencia son unos cuantos bolívares, cuando el precio más duro que pagamos en este país es nuestro insignificante, devaluado y asqueroso tiempo?

Línea de San Ruperto, un relato para Michel (24 de octubre)

En la camionetica para ir a la Universidad un señor venía hablando con una señora sobre la crisis política. Que este gobierno acabó con «todo lo bello que teníamos como país», los valores, la cultura y todas esas cosas abstractas que siempre nos dicen que se han perdido, y que nadie sabe dónde coño están.

El señor hablaba muy duro, lo que hacía que sus comentarios fueran más molestos, porque aparte que a nadie le interesa tu postura personal de la crisis en una camionetica, tampoco eran pertinentes ni constructivas las cosas que decía. Eran las ranciedades típicas de los adultos, de esos que parece que el cerebro no les da para más, como si la crisis la llevaran por dentro y la negaran ofendiendo a los demás. Eso lo comprobé más adelante.

La señora asentía y le respondía al señor cosas incomprensibles, y el señor la motivaba diciéndole: «usted sí sabe bastante, la felicito, me atrevo a decirle que sabe mucho, si quiere le hablo en términos económicos para que nadie me entienda, soy un egresado de la Universidad Central». Se ríe y sigue hablando, la señora hace una sonrisa de alguien que ha perdido su prótesis dental. Yo iba como siempre, tarde a alguna parte, y trataba de concentrarme en mi lectura.

El señor le preguntó a la señora si leía, y ella le decía que no tanto por problemas de la vista. El señor decía que él se consideraba un «lector empedernido», que había leído mucho y que en su casa habían demasiados libros. Le empezó a hacer un test a la señora: «¿Ha leído a Dostoyeski: El Jugador, Cumbres borroscosas, El Principito, Cien Años de Soledad? El Gabo, he leído casi todo lo del Gabo, Vargas Llosa también, claro… ¿Ha leído El Extranjero?, ¿El túnel? Todas esas joyas de la literatura…Ya los jóvenes no leen nada, son flojos, todo eso se perdió, ahora todo es el celular y reggaetón».

Por la altura de la Iglesia San Pedro se montó un señor y la conversación de literatura había cambiado de nuevo por la crisis. «Esta ciudad horrible, sucia, eso es culpa de la alcaldesa», dijo el señor lector, a lo que el otro señor recién llegado gritó un No sostenido y asertivo. Se metió en la conversación: «En la avenida Urdaneta hay treinta y ocho edificios invadidos, y todos respaldados por la Alcaldesa de Caracas»

«Esa alcaldesa», dijo el primer señor, «aparte de periquera, lesbiana…Bueno, lo de lesbiana se lo Perdono porque Yo no soy homofóbico». «Esas cosas igual se ven muy mal en una mujer», dijo la anciana. «Ellos siempre promueven lo malo».

Gracias por aclarar a todos sus puntos de vista, señores Pajúos. ¿Cuántos sujetos como estos andan todavía existiendo en esta ciudad, en este mundo asqueroso?

Al bajarme en Las Tres Gracias recordé una cita de Gabriel Zaid que me dio algo de alivio: «La medida de la lectura no debe ser el número de libros leídos, sino el estado en que nos dejan». No importa lo que hayas leído, lo imbécil no te lo quitan ni las mejores joyas de la literatura, ni mucho menos un egreso de la Universidad Central.

Sin título (11 de noviembre)

Me encantan tus memes, pero tus opiniones políticas son una mierda. Igual te sigo teniendo como amigo.

Hay una cosa que no entiendo. Esos venezolanos (por meterme exclusivamente con mi gente) en condición de inmigrantes que desde su marginalidad hablan con tanta propiedad de políticas exteriores, pero lo único que saben hacer (porque el cerebro no les da para otra cosa) es satanizar lo que ellos entienden por izquierda, (como una forma de explicarse a ellos mismos algo desde un trauma, una opinión visceral que inspira lástima y hasta da pena ajena) , pero lo que es peor, lo contraponen con eso que, a cosa de no saber cómo llamarla, no es para ellos izquierda, y algo que es mucho peor, lo que para ellos se trata en su lógica de algo que está bien: «El consumismo es libertad», «Democracia es lo que entiendo está bien», «el determinismo social es lo justo», «el aborto no debería ser gratuito porque eso lo pago con mis impuestos», «el pobre es pobre porque quiere», «La educación no debería ser gratuita, lo privado es mejor»…(usted lector ya se va haciendo la lista de comentarios en su memoria, si acaso tiene alguna).

Este venezolano no sabe conversar. No le interesa contrastar la banalidad de su vida con otras distintas a la de él, es demasiado feliz porque puede despotricar su tierra y la de otros sin que le quede nada por dentro. Son nuestro mejor producto de exportación. Expertos en cualquier materia que se acomode a sus terrenos. Todo lo que no le parezca es comunista, todo reclamo social es de izquierda, todo lo distinto parece entrar en una cajita feliz de inconformidades, y así viven tranquilos, insultando a todo el mundo. Su desmemoria la equilibran con su incapacidad de asimilar que el mundo donde viven no es una batalla minimalista entre socialistas y capitalistas. A estas alturas, y con tanta información y opiniones circulando, hay que ser demasiado idiota para creer que el mundo se puede reducir así.Somos demasiado tolerantes con la gente que se enorgullece de ser intolerante. Basta que ocurra algún evento polémico en alguna parte para que estas personas salgan a la luz con sus «opiniones constructivas» del panorama. Uno por respeto atiende y lee sus comentarios y lamenta que el paso del tiempo no les haya enseñado nada.

Comparto la cita de un compañero, cuyas palabras me dieron un alivio de que todavía hay personas que tienen la lucidez necesaria para estos momentos tan caóticos: «La gente en Latinoamérica se rebela contra el poder sea de derecha o de izquierda. Ojalá veamos los contextos con una visión periférica y así podremos entender la ira de la gente en la región, sin tanto fanatismo ramplón.»

Sin título (13 de noviembre)

En resumen: ¿Quién quiere asumir la responsabilidad de un grupo de gente que al perder la paciencia esperando a su artista termina arrojando sus zapatos a la tarima en señal de protesta, y que encima termina aplastándose y matando a unas cuantas personas? ¿Les parece justo que el «artista trap del año» tenga que pagar el costo elevado de su público?, ¿o será que los creadores del artista tienen que asumir por igual los frutos de su siembra? Tal vez lo mejor será olvidar el suceso, así como se supera cualquier atrocidad en este país. Mejor así.

¿Día del estudiante? (21 de noviembre)

El día del estudiante pasó a ser parte de otra celebración fetiche de nuestro calendario litúrgico. Hoy después de ser parte de otro espectáculo que no llevó a nada, pude ver que el día que celebran con tanta pomposidad mediocre es el día donde la universidad está más sola. Abandonada, a merced de una inmensidad que nadie quiere terminar de aceptar como la verdadera evidencia de la derrota. Una ironía, que parece que los movimientos estudiantiles pueden soslayar sin ningún tipo de problema.

Tal vez el acto de protesta exonera requisitos como la personalidad y la inteligencia individual. Es tan difícil tener un criterio propio en medio de un país donde se condena toda diferencia ajena a lo polarizado. Vi dentro de la marcha personas muy comprometidas, gente muy empática con la lucha, pero subordinadas a figuras que se esfuerzan más en quedar como celebridades destacadas y personalistas, como rudas piezas mandadas a hacer desde los partidos políticos que tanto daño le han hecho al país, jugando con las promesas de las personas que a pesar de tanta mala racha siguen creyendo en ellos. Vi muchas discusiones entre los mismos líderes. Era la misma fragmentación que producen los intereses y los caprichos personales. La gente comentaba estas incongruencias en la marcha, que prácticamente fue una procesión que culminó en la entrada de Bimbolandia.

Lo que resultaba más molesto es que en el país se celebraban dos versiones del día del estudiante. En Plaza Venezuela, estaba una gran fiesta con filas de autobuses estacionados, y allí estaba toda esa marea de jóvenes traídos de muchas partes con sus franelas rojas, con sus propias versiones del futuro, posando en la fuente activa de la plaza, mientras unas cornetas ponían música a todo volumen diciendo que hoy era un día de celebración porque estaban los estudiantes que luchaban por la paz. ¿Qué paz era esa?

En la Universidad Central, en Plaza del Rectorado, había otra fiesta, de banderas y gritos que justificaban los hechos del pasado, yo me pregunto hasta qué punto los venezolanos, al menos los que se jactan de ser estudiantes, usan el argumento del pasado para justificar la incompetencia del presente.

¿Qué se supone, según la versión del gobierno y la oposición, es ser estudiante? Creo que para ambos somos lo que con propiedad llaman unos pendejos generacionales. Se esperan grandes cosas de nosotros.

Las redes eran otra cosa, una versión hiperbólica de lo que en realidad estaba pasando. Las redes estaban encendidas exaltando una figura abstracta, casi idílica, de un Estudiante que difícilmente estudia, pero que constantemente se ve comprometido a luchar, se le exige que haga algo: el tomar protagonismo en eso que de manera irrisoria llamamos el futuro. Una serie de cargas sobre ese imbécil que si no participa en la vida política y descuida lo que realmente lo hace ser estudiante, lo convierte en un ser invisible, que viéndolo de esta manera tan descarnada, tal vez diste mucho de lo que muchas personas esperan de nosotros. Como siempre, solemos decepcionar a más de uno.

Pero mañana la fiesta sigue, y de seguro la universidad estará llena, porque la celebración también ofrece su circo de consuelo, para que tampoco nos sintamos tan mal, mientras nos ofrezcan la comida de un comedor que ahora solo sirve comida de manera exclusiva e itinerante, porque también se nos olvidó que no hay que esperar a cierta fecha lunar para ver que las cosas funcionen de vez en cuando, y que aparte tengamos que sentir una clase de orgullo por ello… Entonces, luego de estas incómodas conjeturas, me pregunto de nuevo: ¿qué se supone es ser un estudiante?

Fin de semestre sin novedades (3 de diciembre)

Todos los finales de semestre acaban siempre con una anécdota deprimente. Este oficialmente es para mí el penúltimo. El malestar personal y la empatía hacia mis compañeros me trasmiten otro malestar parecido pero elevado a la ene. Es algo triste decirlo pero sus problemas también son mis problemas. Es como una acción en cadena.

Los números no dicen nada de las personas, sus posturas y silencios sí. Esa es la lección más importante. Hay quienes deberían tener la decencia mínima de admitir que no sirven para ciertas cosas. No me interesa lidiar con personas cuyo afán esté en sacar buenas notas, y quedar bien con los maestros en su sentido jalabolista, mientras se olvidan del resto del mundo, y olvidan los principios de lo que es un trabajo en equipo. Creo que esos temas hay que superarlos como el bachillerato, la cuarta república y la gran Venezuela. Hay personas que pretenden liderar cuando apenas son capaces de liderarse a ellas mismas. Esto es una apreciación general que me da la experiencia de la universidad. Incluso hasta la vida real resulta ser hasta más grata, porque al menos no esconde su ruindad natural, que es la rutina. La Escuela es un simulacro de pequeñas proporciones.

Ayer un compañero fue a solicitar su kardex en la oficina de control de estudios de la Facultad. La visita fue bastante breve. La respuesta ante su solicitud fue esta: «Olvídate de eso»; mientras tanto los movimientos estudiantiles hacían el recorrido guiado a los nuevo ingreso por la Universidad, recorrido encabezado por unas personas que a convenio de los mismos partidos eran llamados «los imparciales», porque la muta política, sin personalidad, necesita etiquetar a las personas, porque el mundo se divide entre moluscos y mariscos.

El recorrido, anclado a nuestras tradiciones más elementales, difícilmente genera alguna inquietud. Lo que resulta irónico son los hechos simultáneos: por una parte la exaltación de la universidad en un lenguaje romance, que pierde su encanto durante el curso de la carrera, que no está mal, grave es mantener ese romance imposible con los espacios que nunca fueron nuestros; y por el otro lado el desgaste en su estado puro, de quien ya no es nuevo y tiene que «olvidarse de eso», porque ya todo ese culto al monumento solo es parte del protocolo de iniciación a la decepción. ¿Con qué motivaciones uno puede seguir estudiando? Ante este panorama lo mejor es que nos indiquen dónde queda la salida y agilizar la huida lo más pronto posible.

Mi compañero indignado hacía los contrastes de los eventos del día. Le parecía, con bastantes razones, alarmante que todo el mundo estuviese preocupado por figurar en la captación de los nuevo ingreso, y que nadie estuviera pendiente de problemas tan puntuales, como el que alguien no pueda sacar su kardex, y que la respuesta de las entidades competentes sea: «Olvídate de eso»; otra cosa peor está en que no hay una respuesta agradable que puedas darle a un nuevo ingreso cuando te pregunta dónde quedan los baños. A uno se lo come la vergüenza por dentro.

Cuando expresas una queja, tienes que incluso sentirte mal, nadie puede darte un respaldo, porque tú tampoco respaldas el movimiento, y uno piensa que solo bastaba con ser estudiante para sentir que alguien te representa sin ninguna clase de distinción. Entonces te haces enemigo de la institución que te repudia por reclamar y de aquellos que te dicen que te van a representar, mientras no los cuestiones bajo ningún concepto. Supongo que la política nunca será lo mío, cada vez la entiendo menos.

Comparto un cita de un ensayo de Thoreau: «Desobediencia civil», en donde me tomé la libertad de cambiar las palabras Gobierno y Estado por Universidad. Aunque en este punto todo viene a ser como lo mismo, todos por igual nos han dejado morir:

«Si la injusticia forma parte de la necesaria fricción de la máquina de [la universidad], dejadla así, dejadla. Quizás desaparezca con el tiempo; lo que si es cierto es que la máquina acabará por romperse. Si la injusticia tiene un muelle o una polea o una cuerda o una manivela exclusivamente para ella, entonces tal vez debáis considerar si el remedio no será peor que la enfermedad; pero si es de tal naturaleza que os obliga a ser agentes de la injusticia, entonces, os digo, quebrantad la ley. Que vuestra vida sea un freno que detenga la máquina. Lo que tengo hacer es asegurarme de que no me presto a hacer el daño que yo mismo condeno.

En cuanto a adoptar los medios que [la universidad] aporta para remediar el mal, yo no conozco tales medios. Requieren demasiado tiempo y se invertiría toda la vida. Tengo otros asuntos que atender. No vine al mundo para hacer de él un buen lugar para vivir, sino vivir en él, sea bueno o malo. Un hombre no tiene que hacerlo todo, sino algo, y debido a que no puede hacerlo todo, no es necesario que haga algo mal.”

La máquina de contenido (10 de diciembre)

Un amigo me manda un anuncio de trabajo. Redactores creativos de diversos temas: productores de plástico, ideas bajas en calorías y sintáxis, nada de exigencias para el lector. Cuatro mil palabras por un dólar. El anuncio era exclusivo para personas de Venezuela. «Preferred qualifications». Eso me molestó bastante.

«Native Spanish Speakers: no experience needed». Es claro que las únicas personas que se necesitan para esta clase de trabajo son venezolanos. Sacando la cuenta, cuatro mil palabras llegan a ser casi diez cuartillas de contenido. ¿De qué?, piensa cualquier cosa. No importa el tema del que tengas que escribir, es demasiado. Primero se ve la devaluación y la poca seriedad con que se asume el ejercicio de escribir, que no hay que tomárselo en serio.

Viéndolo así no es la gran cosa, cualquiera puede hacerlo, no hay exigencias para escribir sobre una banalidad y mandarla al hiperespacio, así no sepas qué decir, igual puede llegar a personas que apenas sepan leer. Claro que tampoco hay créditos. «Lots of work aviable». La segunda cuestión es más deprimente, y es que el venezolano no sabe el valor de su trabajo, no tiene idea de cómo ponerle un precio a su tiempo, algo que es irrecuperable, y que aquí resulta ser la medida de cambio para todas nuestras transacciones.

Todos sacan jugo de la misma situación. El sub-sub-sub-contratado dispuesto a servir, porque incluso, llegaría a producir a un ritmo endemoniado más de lo que haría en un horario normal de trabajo bajo sueldo mínimo ¿Pero a qué precio?. Y encima hay que agradecer porque esta forma posmoderna de trabajo resulta ser una arista de la ayuda humanitaria que aceptamos sin mucho escándalo. «Nos toman en cuenta».

El freelancer no es un emprendedor de nada (el cree que lo es), tampoco es dueño de su tiempo, simplemente es su propio esclavo y opresor. Nueve de cada diez enfermedades del ahora son producto del estrés y la irritación de las pantallas. Hay que conformarse con las compensaciones mínimas de esos esfuerzos demenciales. Te sientes mejor cuando mides la desgracia de otros. Luego ves a generaciones de personas agotadas, tragando series y consumiendo lo que pueden, como si se tratara de un lujo el poder costearse la fibra óptica.
Aprovecho en anotar en mi cuaderno algo sobre la «Sociedad del cansancio», de Byung Chul-Han, que no me hace sentir mejor:

«La sociedad disciplinaria de Foucault, que consta de hospitales, psiquiátricos, cárceles, cuarteles y fábricas, ya no se corresponde con la sociedad de hoy en día. En su lugar se ha establecido desde hace tiempo otra completamente diferente, a saber: una sociedad de gimnasios, torres de oficinas, bancos, aviones, grandes centros comerciales y laboratorios genéticos. La sociedad del siglo XXI ya no es disciplinaria, sino una sociedad de rendimiento. Tampoco sus habitantes se llaman ya «sujetos de obediencia», sino «sujetos de rendimiento». Estos sujetos son emprendedores de sí mismos.

La sociedad de rendimiento se desprende progresivamente de la negatividad. Justo la creciente desregularización acaba con ella. La sociedad de rendimiento se caracteriza por el verbo modal positivo poder (können) sin límites. Su plural afirmativo y colectivo «Yes, we can» expresa precisamente su carácter de positividad. Los proyectos, las iniciativas y la motivación reemplazan la prohibición, el mandato y la ley. A la sociedad disciplinaria todavía la rige el no. Su negatividad genera locos y criminales. La sociedad de rendimiento, por el contrario, produce depresivos y fracasados.»

La máquina de contenido II: El Samizdat (27 de diciembre)

Recordar para olvidar lo que nos conviene forma parte de una terapia de sanación. En una charla con unos amigos sobre la novela de David Foster Wallace: La Broma Infinita (Infinite Jest), estuvimos conversando el contexto en que transcurre la trama: una serie de Años subsidiados para el mantenimiento de un Estado Ecologista Totalitario llamado ONAN, que en la novela es la unión entre Estados Unidos, Canadá y México. La época en que transcurren las historias: El Año de la Ropa Interior para Adultos Depend. Esto es gracioso porque la Broma de Wallace nos llevó a conversar sobre nuestro contexto Venezuela, y nos pusimos a pensar que nosotros como país hemos vivido grandes periodos subsidiados gracias a la magia del rentismo.

El Estado Mágico nos convenció a largo plazo que podíamos ahorrarnos hasta la molestia de pensar, sobre todo pensar para ejercitar la memoria. Todo este asunto del Cesarismo, El Bolívar Dream, y la Gran Venezuela no fueron más que conspiraciones de mercadeo para domesticar el espíritu de la nación, que para muchos intelectuales consideraban enfermo y contraproducente, y que solo formando ciudadanos podíamos salir de ese trance de pesadilla que muchos llaman el Tercer mundo, un concepto que a estas alturas resulta de mal gusto porque solo sirve para destacar aspectos peyorativos de nuestra identidad. Hay que empeñar el culo para hablar de soberanía, esto también disgusta mucho a los que se consideran revolucionarios, o quieren hacerse la idea de que lo son o llegaron a serlo alguna vez. Nadie puede juzgar ni decirle a otros cómo tienen que vivir sus mentiras.

Duele aceptar que la libertad es un paquete que cuenta con suscripciones de pago. Ciertos productos nos sugieren un demo que después nos hace sentir peor que antes de haberlos consumido. En eso consiste el placer: el deseo de entretenimiento.

Los tiempos subsidiados son como el calendario de la Revolución Francesa, es decir que podemos inventar los meses y eventos que queramos, teniendo como única referencia el Recuerdo. Los tiempos son nuestros, nadie puede decirnos lo contrario. El orden no está del todo claro, depende del lector ordenarlos:

-El Año donde empezó el apocalisis local: el deslave de Vargas.
-El Año de la constitución pluricultural, vamos a poner el adjetivo Bolivariano porque ajá. Las Patentes.
-El Año de Oderbrecht.
-El Año del dólar a 4,30.
-El Año del paro petrolero.
-El Año de la polarización en su versión más primitiva (Ellos y nosotros).
-El Año del juicio popular a la Estatua de Cristóbal Colón.
-El Año que ganamos el certamen Miss Universo y fuimos considerados en el libro de Record Guinness como el país más feliz del mundo.
-El Año del Blackberry y las carpeticas Cadivi.
-El Año que Cerati se vino a morir aquí.
-El Año de la muerte de Chávez.
-El Año del fin del mundo, que fue antes del Año de la muerte de Chávez (Supuestamente).
-El Año del demonio de las colas.
-El Año de las ladronas de cabello.
-El Año de los puertos aduaneros llenos de comida podrida.
-El Año de Ay se robaron los reales otra vez. No tenemos pruebas pero tampoco dudas.

-El Año de las lentejas multiuso.
-El Año de las mafias de los consejos comunales y las utopías solipsistas conuqueras.
-El Año de los apagones y la Cosiata de las iguanas imperiales.

-El Año de la ayuda humanitaria, que consistió en una inflación meteórica de la moneda seguida de grandes cargamentos de chupetas para soportar los ratos amargos cuando el sueldo no te alcanzara para una mierda.
-El Año de los puestos de Cocadas y aparición de los cereales gringos y cerveza Corona.

-El Año en que la región de América Latina volvió a donde había empezado porque acordó que los monstruos que lo hacían sufrir eran los monstruos que a fin de cuenta lo hacían feliz. Alguna rabia de vez en cuando. Ya la (hipotética) juventud: el futuro, no puede pensar en la jubilación porque no la ven (difícilmente ven un mañana), y esto es algo que los adultos ni las grandes empresas les interesa entender.

-El Año de la hiperproletarización del mundo laboral venezolano.
-El Año del Ministerio de la Suprema Felicidad.
-El Año de los barriletes de menta.
-El Año de No vamos a seguir cobrando el metro ni tampoco vamos a invertir en él. (Así nadie se puede quejar de un servicio, porque no le cuesta).

-El Año que se atomizó el tema del aborto porque los conservadores recién se enteraron de que era una práctica que tenía mucho tiempo haciéndose, como la pedofilia y la trata de personas no consideradas humanas, y decidieron combatirla desde el recurso legislativo para prohibirla.

-El Año que internet fagocitó el periodismo, el pensamiento crítico y la política local, y la verdad se concentró en la opinión pública tribalista y xenofóbica.
-El Año de la minería ecológica y el instituto decolonial.

Este año, por ejemplo, fue:
-El Año del Cese de usurpación, la estafa de los Mantuanos y la Corporación militar que cambió ecosistema por coltán, guarimbas por Food Trucks.

Nadie puede ser tan cínico como para decir que no hubo ninguna transición considerable. Sí la hubo. Más pronto que nunca pasamos al siguiente nivel:

-El Año de la bodegonización de la vida y la expansión de los BRICS.

Una vez más, nuestra independencia la administran otros.

Recordar otros tiempos subsidiados nos ayuda a ubicarnos en lo complejo que ha sido la Revolución como Broma y su insistencia profunda a no cambiar de modelo bajo ningún sentido. Ahora sin mucho floro ya no se habla de Guerra Económica sino de Dolarización Chavista: “De recuperación”. El Socialismo parece una práctica deportiva llena de prórrogas y tiempos muertos, que nunca acepta sus fallas, su tramposería vital. Resulta más molesto reconocer que ningún sistema es compatible con el software de la democracia. El detalle aquí es que del sueño se sale al despertar sudando. Todos sabemos que si quitan los subsidios la revolución deja de existir. Estamos a la expectativa de algo que no sabemos pueda llegar a ser el país, pero mientras tanto esperemos al final de la época:

-El Año que Disney adquirió los derechos para trasmitir en 1080p todas las temporadas de Aló Presidente en su diversas plataformas streaming. Incluida una serie especial de Bolívar donde es homosexual y asesina cristianos. Gore, apto para todo público.

El subsidio carece de ética.

La última parada: el templo del cuerpo (31 de diciembre)

¿Se puede desarrollar una ética kamikaze en la Venezuela actual? Me refiero a dedicar la vida al servicio y la disciplina, así como estar consciente todos los días que estamos propensos a morir en cualquier momento, de que este día puede ser el último y que no deberíamos tener miedo. Esto es un ejercicio de pura estética, un oficio de construcción. La partida de muchos amigos y el fracaso por la independencia de mi país ante las potencias extranjeras me hicieron caer en cuenta que la esperanza es lo último que se pierde. La indiferencia también es otro estímulo para vivir.

Eso de creerse distinto es el lugar común de la distinción, que cada vez es más igualitaria y poco receptiva. Esto lo puede anteceder la depresión o el desquiciamiento sistemático, la fiebre y la toma de analgésicos para los dolores musculares y alguno que otro trastorno cerebral. Vivimos encerrados en comunidades imaginadas que hacemos llamar países. Vivimos una era de usuarios, cada vez más cínica y distanciada de las posibles soluciones a nuestros problemas en la vida real, la que cuesta porque hay que soportarla huyendo a otra vida configurada para nuestro entretenimiento.

Nos llenamos de deseos infernales que en esta inmutabilidad no vamos a ser capaces de cumplir. Compartir aspiraciones no es lo mismo que buscar cumplirlas. Nos llenamos la boca diciendo que nuestro espacio tiene suficientes virtudes para esconder incontables defectos, descartando la historia, el respeto a la memoria y ese culto a la amnesia, que cuenta con el patrocinio del entretenimiento globalizado: all you can eat. La distinción aterra, debe ser por eso que nos fascina el efecto dopante que propicia la costumbre, y nos hacemos esa idea de felicidad en rutinas de mierda, superándonos de maneras egoístas en una carrera repleta de enfermos emprendedores. Gran cosa. Esto claro, es una exageración.

La identidad propia es confusa. Eso me hizo pensar mucho que la vida se hace menos pesada cuando caemos en cuenta que nadie piensa tanto en nosotros como creemos que supuestamente lo hacen. No somos tan importantes como llegamos a creer en una modesta ceguera. Hay quienes hacen mucho alarde de su vida porque precisamente ese alarde es lo único que tienen. Eso da mucha lástima, porque la vanidad de la exposición solo es un estado constante de soledad espacial, un tipo de soledad que parece solo poder expresarse mediante ese alarde, esa llamada de atención tan superficial de selfie y desnudez virtual. Esto puede sonar cruel, pero tanto alarde da pena, y eso viene a ser mucho más cruel que darse cuenta de eso. Total, igual eso no tiene que ser nuestro problema. La mayoría de las personas en su mayoría no tienen realmente una vida interesante, son vidas guiadas por el aburrimiento que no sabe en qué palo ahorcarse. Hay personas que solo vinieron a este mundo a posar. No somos parte de tantos elencos como creíamos en un principio, el error es insistir en una creencia que no lleva a ninguna parte, como creerse el ombligo del mundo, de un parcializado y reducido mundo de nociones, muy pequeñas pero suficientes como para creernos la gran cosa, como si eso fuese la garantía de algo eterno, como si la tendencia nos diera de comer. Son pocos los agraciados que pueden vivir de eso, de su imagen. Hemos llegado a confundir de manera corrosiva el narcisismo con el amor propio. No es lo mismo. Esa exaltación del Yo ha empobrecido nuestra capacidad de mirar y escuchar al otro. Uno no asimila el horror hasta que se da cuenta que es uno mismo la raíz de las pesadillas. Cuesta mucho concentrarse con tanta irritación de notificaciones vibrantes y aparatos de litio.

Hay un apocalipsis personal que ya no vale la pena contar, sino soportarlo en grupo, con las personas que amamos, las únicas que valen la pena. El consumo de datos nos ofrece pequeños acercamientos a la felicidad. La Tecnocracia es la nueva Teocracia. Las religiones parece que han olvidado la finalidad de su existir, han permitido que sus fanáticos y burócratas vendan las doctrinas como productos de línea blanca, como si la fuerza centrífuga de las lavadoras nos pudiera llevar a un estado de transcendencia donde podamos sentir la presencia mezquina de Dios. Hay más milagros cumplidos en un agencia de viajes que en un espacio alquilado a medio tiempo, que de día es una tienda de cosméticos y de noche se vuelve una casa de oración, donde todos bailan y actúan como epilépticos que expulsan el mal de su cuerpo, incluso llevando una ropa incómoda, como si lo divino nos exigiera etiqueta para no hacernos sentir tan ridículos al depositar nuestra fe en el rezo y el diezmo (justo y necesario). Los cristianos insisten que la biblia nos dice que amemos a nuestro prójimo como a nosotros mismos, pero nunca nos dijeron Ámate. Hay promesas más gratas en los programas políticos que en los panfletos protestantes. Ambos se lucran de la miseria de las ilusiones. Ambos parecen exigirte un cambio radical de tu rutina que encima te hace sentir que todo lo que pudiste llegar a ser es aborrecible para ese nuevo Tú que ellos te dicen tienes que ser. Reformar no necesariamente es olvidar. No hay salvación sana ni gratuita, si esperamos hallarla en un grupo de liberación guiado por pastores y dementes entonces, tampoco nos pueden extrañar las bajezas de los vicios de otros, o en como otras personas crían a sus hijos o dirigen sus decisiones sin importar mucho el daño que puedan causar a los demás, porque son estas mismas personas que creen que todo está mal excepto ellos. Todo parece tan irónico cuando enlistamos ejemplos reales de gente que se esfuerza por ser normal y le dice a otros cómo tienen que ser normales. Si lo vemos de esa forma, tampoco nos debería sorprender el terrorismo del suicidio. Es comprensible que la gente pierda las esperanzas y se canse de seguir en este mundo. Pensar en la insignificancia me hizo se sentir muy bien, pero lleno de nuevas preguntas.

Hemos aprendido muchas formas de perder el tiempo sin sacar provecho de tales pérdidas. La comodidad más terrible es la que se tiene en lugares donde estás tan seguro de ti mismo porque todos piensan igual a ti, nadie va a contradecirte. En donde nadie piensa distinto la realidad disimula acercarse a la libertad, a la dictadura de las mayorías, la de los iguales, eso me da una noción pero no me explica por completo el país que vivimos, lleno de contradicciones que parecen no sugerirle inquietudes a muchos, y eso viene a ser lo más preocupante.

Hay mucha infelicidad concentrada en el esfuerzo por aparentar con los demás que eres feliz. La modernidad parece una gran conspiración en contra de la contemplación. Eso cuesta aceptarlo, cuando estamos tan metidos en nuestro narcisismo no tenemos ningún interés por lo que sucede en el mundo, tampoco tienes la obligación de tener intereses sobre el mundo, no importa en realidad si tienes algún tipo de interés distinto a la exaltación de ti mismo. La cosa es convencerte de que tu vida es interesante como para no sentir interés mínimo por otras cosas. No somos más que huéspedes que firman y después se van. Hay que tratar de dejar este mundo mejor que como lo encontramos. Dejo este templo del cuerpo sin sentirme bendecido. Agradezco por un año más en la tierra. Ya no tengo más espacio en la hoja. Listo.

Alexander JM Urrieta Solano

Recortes de red social I

Proyecciones meteorológicas

La ONU será una de las promotoras oficiales de la Tercera (y definitiva) Guerra Mundial.

El fin será establecer el sueño de la Industria de los recursos humanos: un Estado ultra-ecologista totalitario global, cuyo fundamento estará en que debemos apoyarnos en una lucha común, creada por nosotros mismos, la basura humana, inhabilitada para encarar el horror.

Necesitamos patrocinadores de moda, gurúes del entretenimiento que nos digan cómo tenemos que pensar de la manera más positiva posible. En medio de tanta incomodidad y pesadilla queda el refugio de la lucha por la preservación del oído y el cerebro.

Nuestra idea de la Libertad se trata de un acuerdo de censuras. Que aceptamos como cuando instalamos un programa: sin leer los términos y condiciones porque es demasiado extenso. La libertad es un postulado de la imaginación para evadir nuestras carencias individuales.

El discurso del desarrollo, el consumismo y libre mercado hay que llevarlos hasta que el cinismo por arte de magia sintáctica pueda justificar hasta las acciones más ruines, tanto en los países donde todo es maravillosamente ordenado (y nos fascinan porque nos hace sentir inferiores en nuestra amarga realidad), como en los países incapaces de gobernarse solos. No perdamos el tiempo enlistando los fracasos. Todos nos llevaríamos un reconocimiento por méritos al esfuerzo: dejar este mundo peor que como lo encontramos.

Se necesitan intervenciones absolutas para garantizar el bienestar de la humanidad, todos encaminados en una sola dirección: acabar con las diferencias. Hitler siempre fue para la humanidad el verdadero mesías de la cultura occidental. A diferencia del Cristo, hay evidencias claras de que existió en la historia un teutónico con ínfulas de sadismo.

La aniquilación de la crítica. Una política repugnante que poco a poco hemos ido aceptando con la inocencia de una criatura cuya imaginación fue diseñada por Walt Disney. Sin una capacidad de pensar situaciones más complejas que las que se venden todos los días en las pantallas, en las parodias para disfrutar mientras se eyacula y libera dopamina, porque reflejan algo oscuro de nosotros pero que no tienen nada que ver con lo que acontece en el ahora, la vida artificial que sugieren los anaqueles brillantes, plástico y circuitería innecesaria. Estas son las fronteras donde reposan las esperanzas.

El logro del progreso humano, la virtud de su estupidez, radica en su capacidad de superar en conjunto todas las distopías que tanto le aterraban en el pasado. Un pasado que no le interesa porque su contemplación se pierde en la infinita línea de novedades de ensamblaje.

La velocidad no permite dedicarle el tiempo adecuado a las cosas que pueden resultar vitales para entender lo que acontece todos los días. Estas inquietudes también son el resultado de un cinismo escandaloso, porque en el fondo, muy en fondo, poco nos interesa el porvenir de la humanidad, mucho menos la humanidad trivial de un país, que asumió hace rato su existir en la nostalgia.

Tenemos que estar enfocados en nosotros mismos, y eso tal vez resulta ser lo más molesto, cuando sabemos aparte que no le importamos a nadie.

Pero no se preocupe, siga en lo suyo. Sea feliz y tenga muchos hijos.

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Se solicita redactor creativo

No me gusta mucho la idea de construir oraciones tan largas. Eso requiere de casi un dominio innato de las pausas y ritmos, ser capaz de llevar un buen hilo conductual.

Hay que ver todas las veces en que tenemos que someternos a situaciones ridículas para que tomen en serio nuestro trabajo.

Puedo decir que vivo de lo que hago, pero no necesariamente hago lo que realmente me gustaría para vivir.

Ese es el dilema de una persona que busca trabajar por su cuenta, sin sucumbir ante las decepciones diarias, ni al peso de las molestias de obligarse a superar cuanto antes esta etapa de la vida: trabajar para otros.

Sin muchas metas logradas solo puedo contar con propiedad mis temporadas en un chalet de fracasos, repleto de ornamentos y lagunas mentales. Eso también es un contenido que vende.

Siempre alguien está dispuesto a leer con paciencia nuestras penas.

Casos como la escritura pueden llevarse de forma secreta y mezquina. Solo se expone lo que se considera necesario, lo que pueda compartir con algún extraño, o mejor, lo que requiera o necesite el cliente, asumiendo el riesgo de no conseguir ninguna oferta laboral mejor que la que se tiene ahora.

Solo puedes rendir cuentas contigo mismo, y a veces nos llegamos a sorprender de cómo nos descuidamos en este proceso de (y que) superación personal. Para eso los gurús del mercado inventaron profesiones ontológicas, de certificados falsos y pedagogías piramidales, que han sido el último avance en las formulaciones deterministas de la vida.

El ser humano quiere estar cuando ya no quede nadie que pueda apagar la luz. Así de esa manera aspira el cliente que suceda con la basura contenido que uno puede producir para él: que se multiplique en la infinita red de información.

A una velocidad ultra banda ancha resulta una tarea ingrata percatarse de los detalles que nos ocurren todos los días.

Es difícil jugar a detenerse. Parece que estamos atados a un bomba que parece amenazar con estallar si dejamos de movernos en el terror cósmico del espacio.

Se vive para trabajar y exprimir lo poco que se tiene de ocio en alguna adicción suicida, ligando alguna tarea en bolsas de empleo, aceptando hacer cualquier cosa que consuma tu tiempo de una manera desconsiderada.

Adornar el paisaje corporativo para empresas fantasmas, motivadores y estafadores, aspirantes a la supremacía de las costumbres líquidas.

Tener ideas positivamente tóxicas, de esas en las que visualizas un futuro próximo, futuro que ves cada vez más lejano desde un presente asalariado, donde logras alcanzar tus sueños en estados particulares de ebriedad.

Es tanta la dicha que hasta consideras reproducirte a veces. Perpetuarte con apuesta cínica a un mañana plagado de expectativas apocalípticas.

Es un poco cínico hablar con tanta ligereza de la felicidad. Es menos riguroso hablar mal de la felicidad, por eso se trata de un hábito terrible que algunos tildan de pesimista, pero es todo lo contrarío, es una disección de las alegrías. Es como si esa obligación de ser feliz se tratara de un supositorio que tienes que usar en situaciones de quiebre emocional.

En caso de emergencia existencial rompa el vidrio. Use el rastrillo y juegue con la arena meada de su jardín zen, sin escatimar costos de producción, porque el tiempo es dinero y lo material se recupera.

La educación prácticamente es un lujo para perdedores inmersos en un mercado global que no le interesa lo que realmente eres capaz de hacer.

El cliente quiere que le escribas sobre consejos financieros para idiotas que no saben leer. Que introduzcas la palabra “linea blanca” y “la mejor compra posible” en un texto ameno de dos cuartillas. Que hable de una experiencia anónima con detergentes y lavadoras en alguna región que nunca llegaste a pensar que existía.

Que escribas sobre el desconocimiento del valor que tiene tu trabajo en el mundo real. Sin que esto suene a reclamo o frustración.

Que escribas sobre los beneficios de sonreír y descomer por las mañanas.

Traduce esto, The Human Abstract, unos versos de William Blake:

Pity would be no more

if we did not make someboy Poor; and

Mercy no more could be

if all were as happy as we.

Escribe un artículo científico sobre diagramas de fluyo. Economía de hidrocarburos, o una introducción a la maternidad subrogada.

Defiende en un texto el aborto sin levantar polémica. En otro texto puedes desvirtuar la homosexualidad y sugerir al lector que pagando una donación Dios podrá financiar la hambruna y el sufrimiento del mundo.

Es fácil y contraproducente a nuestra inteligencia, escribir para un público potencialmente idiotizado, sin ninguna contemplación insultarlo porque solo importa el contenido, que metas de forma eficaz esta palabra clave aquí y otra palabra clave por acá, para poder aparecer en los generadores de búsqueda.

Posicionar la página. Contenido de marketing sin fondo. Hazme para ya dos reseñas deshonestas de consumo de softwares que nunca en tu vida has usado. Da la idea que sabes de lo que hablas, como para dar una opinión constructiva al respecto y robarle algún segundo de tiempo a alguien sin asco. Esa es tu forma de vengarte.

Inmobiliarias. Mil quinientas palabras sobre las cosas a considerar cuando vayas a comprar una casa autosuficiente, que no le de créditos a tu inutilidad.

Cuatrocientas palabras sobre las virtudes del aceite de oliva y algunos consejos para dejar de fumar sin tener que considerar que igual te vas a morir.

Las futuras guerras mundiales serán detonadas por reclamos históricos del espacio.

Escribe sobre técnicas éticas de ahorro. Privacidad de datos del usuario, el único culpable de querer compartir cada tanto estados poco interesantes de su soledad con el mundo. Aerosoles que no dañan la capa de ozono, igual ya tiene muchos agujeros que parece un rayador que derrite los polos. Repuestos de carros, componentes para paneles solares, artículos para pescar, cosméticos para mujeres histerizadas que están decididas a nunca envejecer, a esa máscara infantil para ocultar las grietas bien merecidas en el rostro, esa lucha tan injusta impuesta hacia todas las mujeres, la educación sentimental de princesas que asimilaron la dura idea de que Salud es belleza.

Hay que estar preparado para pensar creativamente sobre un contenido aleatorio que raras veces es de nuestro interés. Sacarle la vuelta, por muy absurdo que parezca todo lo que entre líneas no llegas a decir.

Pensar en lo que no puedes llegar a escribir es una trampa. Es caer en la monstruosa idea de que solo se avecinan dificultades más grandes. Eso es una bemol del oficio que no te enseñan en los cursos de emprendimiento y mercadeo digital. En parodias sobre leyes de atracción la verdad resulta ser abismal.

Odiar el trabajo también es uno de los tantos procesos espirituales que involucra el trabajo.

Hay que dejar espacios breves entre cada idea para no saturar al lector, para hacerlo sentir que está leyendo un contenido ligero, un contenido que no lo haga pensar mucho, un contenido que desvíe sus horizontes oculares, que vectorice su atención en el tema consumista que el texto quiere transmitir.

Todo esto es necesario para entender por qué lo sigues haciendo y que de alguna manera te funciona, tener la mente distraída en una actividad netamente esclavista intelectual. Es una mierda, pero cuando pasa la rabia y recibes el pago todo vuelve a ocurrir exactamente igual al principio. Es la mecánica de la irritación. La división social del trabajo llevada a sus consecuencias más mediocres.

Las asignaciones de los clientes son sencillas y pensadas como para que cualquier personas con ciertos dedos de frente pueda hacerlas.

Mientras más vacío sea el contenido del producto más satisfecho estará el cliente.

Hay tanta gente escribiendo lo mismo tan mal que llegas a entender que dentro de este trabajo, redactando contenidos, no se buscan aspiraciones de originalidad, sino la de llenar los espacios de la red con un constante bombardeo de básicamente lo mismo.

Para evitar los romanticismos incómodos (e innecesarios) del oficio, de manera ligera le llaman Redacción de Contenido a toda producción que no aspire a ser nada.

Eso de Redactor Creativo es un trabajo que no prescinde de nada bueno. Es repetitivo, pero como todo escrito no tiene que ser parecido a lo que vienes haciendo de manera rutinaria hasta el aburrimiento. De nuevo las oraciones largas.

La clave es generar un volumen irrisorio de información. Que sienta el lector que el contenido le brinda la información necesaria, la que ha visto escrita de mil quinientas formas diferentes en páginas corporativas que posiblemente sean del mismo dueño.

Sucede en el más irónico de los casos, que la competencia de la cual te tienes que diferenciar radicalmente, resulta ser tú mismo.

Alexander JM Urrieta Solano