Zerópolis

Hay que escribir sobre un libro que nos guste. Quiero convertir esta activad en un hábito de mayor seriedad. Siempre al terminar un libro se puede llegar a tener una sensación de alivio, una alegría muy personal, de plenitud porque tal recorrido lo vamos a conservar siempre. Eso depende si el libro resultó ser de nuestro agrado. Creo que he tenido la suerte de haber disfrutado todos los libros que han llegado a mis manos, salvo contadas excepciones, pero eso no es algo que tenga que escribir. Más que una reseña lo que uno puede hacer es hablar de su experiencia con el libro. No pretendo hacer una crítica literaria. Solo compartir mi vivencia personal como lector.

Después de casi tres años de búsqueda pude disfrutar de la lectura de un ensayo de Bruce Bégout: Zerópolis (Anagrama, 2007). Quizá uno de los mejores libros que leí este año. Creo que cumple con un tipo de libro que puede ser recomendado para todos: es corto y se lee muy rápido, pues se trata de un libro que dentro de la sencillez de su prosa expone grandes complejidades desde un enfoque poético, muy al estilo de una referencia literaria cercana: Las Ciudades Invisibles de Italo Calvino. El autor parte de un enfoque fenomenológico, una filosofía de la experiencia para exponer una visión de la ciudad de Las Vegas: «superpotencia del consumismo frenético, emblema del entretenimiento pueril, templo de la tiranía ludócrata…un simulacro urbano inmenso y hueco».

El estudio fenomenológico de la ciudad de las Vegas es un punto de apoyo para reseñar cualquier ciudad contemporánea. Las Vegas se alza como referencia máxima y final de todas nuestras ciudades modernas en su posible último estado, que raya en el paroxismo de las experiencias sensitivas y simbólicas, la exaltación exagerada de una parodia urbana. Las Vegas se presenta como una ciudad en medio de la nada, construida en medio del desierto expresa el sentido megalómano de los hombres por levantar cosas desde la nada. Ozymandias.

La ciudad está ubicada en el desierto de Nevada. Lugar que durante un tiempo estuvo destinado a constantes ensayos atómicos que le dieron el título honorífico de Nuclear state.

En los años cincuenta, los casinos aprovecharon la proximidad geográfica de los ensayos nucleares para convertirlos en emblema de la ciudad: veladas atómicas, cortes de pelo atómicos (atomic hairdo), coctéles atómicos. Ignorando los riesgos de la radiación nuclear (el gobierno federal no los reveló oficialmente más que a comienzos de los años sesenta), algunos hoteleros llegaron incluso a organizar picnics en el norte de la ciudad para asistir en directo al espectáculo de las terribles explosiones en forma de seta. Por su parte, en 1953, el Atomic View Motel garantizaba en sus folletos una vista impecable, desde cualquiera de sus habitaciones, sobre el fenómeno (Pág.15)

Es un hecho curioso que la bomba atómica simbolice la destrucción del último mito válido de la modernidad: el sol. Elías Canetti escribió en 1945 que tras los eventos de Hiroshima y Nagasaki la luz solar es destronada por el poder nuclear. El hongo atómico se ha vuelto la medida de todas las cosas. Lo pequeño ha triunfado sobre la inmensidad indescriptible: una paradoja de poder. Y es más curioso que durante un tiempo miles espectadores se reunieran en terrazas de hotel, en medio de un desierto, para contemplar con cierto deleite radiactivo la fiesta de la insignificancia humana. Nuestra capacidad destructiva, engendrada en la religiosidad del progreso, la ciencia y la razón.

Ciudad de régimen ludocrático. Destinada única y exclusivamente al consumo de diversión, por medio de la irritación por imágenes y luces de neón. «Pozo de energía, devoradora y risueña, la ciudad del juego se ha situado bajo el doble símbolo de la electricidad y del átomo, de la onda y del choque». Ella habita cómoda en nuestras mentes, y se expresa en nuestros gestos y aspiraciones ordinarias. Todas las ciudades aspiran ser como Las Vegas.

No estoy seguro de que si me quedara aquí durante meses, recorriendo la ciudad hasta sus más minúsculos intersticios, participando en todos sus eventos festivos y oficiales y nutriéndome sin moderación de sus baratijas irrealistas, llegaría a aprender algo más de lo que me han revelado mis primeras impresiones. Sofocadas las sensaciones violentas de las primeras horas, la ciudad se agota rápidamente. Además de los casinos y de los hoteles temáticos, pocas cosas hay para ver y menos aún por hacer. Todos los espectáculos se parecen en el fondo: variaciones alrededor de un parque de atracciones. Desde luego, no faltan las solicitaciones de toda clase. En cada recodo de la calle, los ganchos al servicio de los inmensos complejos de diversión que colindan con los casinos que proponen excursiones en barco al alba, fugas en diligencias de la época del Oeste perseguidas por una horda auténtica de apaches pintarrajeados, abigarrados y gritando como debe ser, o el descubrimiento aéreo del Gran Cañón en helicóptero, incluido desayuno con champán al borde de la sima, pero finalmente todo conduce a impresionar sin descanso en todos los sentidos hasta provocar una sensación de absoluta estupefacción (Pág. 59)

Es la irritación del instante. El visitante se encuentra sumergido en un constante bombardeo de imágenes y distracciones  que le impiden tener una noción clara de dónde está caminando. «Es preciso abstenerse de cualquier ironía de la distancia. Es ahí donde reside el poder primordial de la alucinación espectacular de Las Vegas: en convencernos de que es mejor no dejar de creer» (Pág. 81). El Strip de las Vegas, emblema de la ciudad en la que se concentra la descripción de Bégout, comprende una zona de casi siete kilómetros repleta de colosales y lujosos hoteles casino y luces neón. Estos complejos comprenden cadenas de restaurantes, espacios para toda clase de eventos musicales, pirotecnia y coreografías infinitas, donde todo gira en función de una actividad ancestral: el juego.

La experiencia lúdica y social propuesta en Las Vegas, con sus atracciones y sus espectáculos, sus casinos y sus cabarets, apenas cuentan en una vida. Una excitación pasajera de los sentidos, un frenesí de consumo de olvido que desemboca muy pronto en una náusea tenaz. Pero resulta significativo que, a pesar de su capacidad de hastío vertiginoso, la ciudad que nunca duerme logra siempre seducir de nuevo a los humildes y a los incautos, a los derrochadores y a los canallas. Después de todo, parece satisfacerse con ese estatus de ciudad superficial y hueca. Aunque es preciso añadir que ha construido todo un imperio sobre ese vacío. (Pág. 36)

Podemos pensar que la ciudad que vivimos ha hecho los mayores esfuerzos por convertirse en un parque temático. La vida mental de las metrópolis, desde el punto Zero, se encamina en la tarea de alcanzar un estado donde el consumo desmedido es la práctica religiosa que logra saciar todas nuestras necesidades materiales y espirituales. Donde las instituciones y tradiciones particulares o colectivas pueden ser llevadas a niveles de fetichismo y degradación. «Las Vegas se mofa de todo. Convierte toda realidad en escarnio. Sin preocuparse por la historia, tritura cualquier evento humano en un quimo electroquímico y paródico que no deja absolutamente nada intacto» (Pág.15). La cultura del cinismo que vivimos actualmente la podemos explicar en esta ciudad. Ella se extrapola a todas las ciudades que pretenden también superar sus propias distopías. Parte de la vida en la ciudad consiste en la idea de que uno se mueve con cierta libertad, cuando realmente la lógica de la ciudad es que está diseñada para conducirnos de forma totalitaria. El libre albedrío no existe.

La ilusión devora la realidad, el engaño jovial y colectivo se convierte en solidez y materia, pues, no hay duda, las atracciones existen. Ésa es precisamente una de las fuentes de placer de la fantasy en sí misma: pasa por verdadera. La ciudad juega tanto con sus propios espejismos que lo mantiene a distancia con una suerte de ironía trágica…la ilusión vampiriza la realidad o bien la realidad, nacida de la ilusión, desprecia todo artificio que no esté a la altura de su propia irrealidad. Expresado de otro modo, podría decirse que la verdadera quimera contenida en Las Vegas es la propia ciudad en sí misma y no los múltiples artificios que la componen. (Pág. 25)

La particularidad que tiene la Torre Eiffel es que puede verse desde cualquier parte del mundo. Así como París se convierte en un emblema de la modernidad, Las Vegas se convierte en un emblema de la banalidad. Y sin embargo esto no quita que la ciudad con sus propuestas nos resulte fascinante y nos idiotice con todas sus opciones estrafalarias. Parada obligatoria dentro de nuestro itinerario de viajero, de turista de imágenes, que contempla todo desde una sensación de benevolencia inducida por la misma idea artificial que sugiere el espacio.

Visitaremos Las Vegas como visitamos el Louvre o la National Gallery, con el mismo respeto exagerado por el genio de nuestros ancestros. Con la sola diferencia de que Las Vegas será su propio museo a cielo abierto. Nos inclinaremos hacia las vitrinas que reunirán las reliquias centelleantes que la sociedad del espectáculo de finales del segundo milenio dejó tras de sí…Todos los museos del mundo querrán desarrollar su propia colección de tubos de neón y letreros luminosos, poseer su sección con el sello Las Vegas, prolífica en máquinas tragaperras, en surtidores de estuco rosa caramelo, en puertas cocheras gigantes, como otros poseen su sección copta o fenicia…Al atravesar a paso las inmensas salas subterráneas de los casinos, al seguir hasta el final los múltiples espectáculos de luz y sonido, el echar un vistazo por doquier y sin tregua, a veces se tiene la impresión de que, tras la agitación incontrolable de Las Vegas, la momificación museística ha comenzado ya. (Pág. 75)

Todas las ciudades occidentales aspiran superar sus propias ficciones, para enmarcarse en el viaje a la hiperrealidad en donde la imaginación americana quiere ante todo buscar la verdad, y para eso necesita construir lo falso en un sentido absoluto. O como habrá dicho Umberto Eco en su Estrategia de la Ilusión, con relación a los museos: «donde los límites entre el juego y la ilusión se confunden, donde el museo de arte se contamina de la barraca de feria y donde la mentira se goza en una situación de “pleno”, de horror vacui» (Pág. 20). Eco hace una mención en relación en un apartado del libro que habla de la Ciudad de los autómatas. Las Vegas

posee una arquitectura totalmente artificial, que ha sido objeto de estudio por parte de Roberto Venturi, como un hecho urbanístico enteramente nuevo, una ciudad «mensaje», hecha toda de signos, no una ciudad como las demás, que comunican para poder funcionar, sino una ciudad que funciona para comunicar. (Pág. 61)

Las Vegas como gran espacio museístico del entretenimiento nos da la oportunidad de conectarnos con un pasado mágico sin tener que dejar de estar aquí. Es en principio la experiencia que brinda el museo. La repetición de la ciudad nos da la sensación de vivir atrapados en un loop eterno. Es llevar la rutina mecanizada hasta sus últimas consecuencias. No one does it better, cita el epígrafe de uno de los capítulos de Bégout, titulado Urbanidad Psicotrópica:

El terreno de juego de América. Antiguo lugar de la famiglia, Las Vegas se ha convertido en algunos años en el espacio favorito de las familias americanas. Vienen esencialmente al desierto de Nevada para divertirse un buen rato, para recibir, ellas también, algo de «polvo de neón» que produce el brillo de la vida y constituye, al final, hermosos recuerdos. La ciudad misma no es más que un gigantesco y continuo espectáculo. La tarjeta postal ha acabado absorbiendo toda la realidad y la ha expelido poco tiempo después como una papilla de iconos psicodélicos para la clase media: sensaciones extremas pero obtenidas por medios legales, seguros e inofensivos. Un trip en el Strip pero dentro de los límites de lo lícito. La aventura extrema sin peligro, la excitación total sin la angustia y el escalofrío absoluto sin el miedo; he aquí, en definitiva, la última discriminación social que ha producido América. (Pág. 64).

Libro de desencanto. Disección urbana. Zerópolis le ofrece al lector una visión perturbadora de aquella ciudad que por sus luces amontonadas puede verse desde el espacio. Es un libro que siempre su relectura parece decirnos algo distinto. El estado final de nuestras fantasías está en los contrastes oscuros de nuestras ciudades parque, todas buscan parecerse a otras, y en esa búsqueda de identidad los habitantes también encuentran el refugio en la diversión y en los enigmas que aguarda cada lugar. Libro altamente recomendado. Espero que esta reseña sirva como incentivo. Comparto con ustedes este cierre del libro titulado Vegas Vickie:

Con la regularidad de un metrónomo, la mujer de acero y de neones, la cowgirl ceñida en su sostén fosforescente, levanta la pierna eléctrica cada treinta segundos. Con sus ojos envueltos en oropel provoca a los transeúntes, que miran de reojo bajo sus faldas para ver si oculta algunas monedas que les permita recuperarse. Alta como un edificio parisino de cinco pisos, coloso femenino erótico-robótico, lanza guiños a la ciudad entera; puta celeste y mecánica que, al llegar la noche, se engalana con halos multicolores y calienta el propio desierto con sus maneras de chica fácil.

Con constancia, la Esfinge de Fremont Street vigila la entrada del downtown. Pero no debemos engañarnos: su aspecto seductor oculta una crueldad sin límites. Rodeada de pantallas donde desfilan sumas astronómicas, sus enigmas consisten en series de números incomprensibles que suministra con aplicación. ¿Se trata acaso de la suma que pide? ¿O de la que ofrece? Todo el mundo vacila. Al cliente que osa al fin desafiarla, le lanza una mirada cargada de codicia y desgrana sin emoción su rosario numérico. Sin embargo, nadie ha podido todavía pagar su precio. (Pág. 136)

zeropolis

Alexander JM Urrieta Solano

Referencias:

-Bégout, Bruce. Zerópolis. España, Anagrama; 2007

-Eco, Umberto. La estrategia de la ilusión. España, De Bolsillo; 2012.

-Horrocks, Christopher. Baudrillard y el milenio. España, Gedisa; 2004

Crónica polar para una imagen

Una amiga me invitó a un foro sobre violencia y libertad de expresión. Un espacio repleto de diplomáticos blancos y mujeres emperifolladas al borde de la menopausia y el colapso de los antidepresivos, que hablaban en círculos sobre sus hijos fuera del país, de sus viajes esporádicos a Europa y Estados Unidos, de lo fascinante que es la cultura Disney, y de sus esperanzas a que todo en el país cambiara, de que nuestros héroes esparcidos por el mundo regresaran para arreglar todo lo que la dictadura había destruido. Gente sencilla. Habían criaturas de diversas organizaciones y en particular miembros del partido Vente. Luego de la charla trillada por expertos de los tiempos de oscuridad y precariedad nos llevaron a una gran terraza para disfrutar de un agasajo: vino y pasapalos.

Empecé a tomar sin moderación porque ese era el fin del foro sobre violencia y libertad de expresión. De un momento a otro mi amiga me había plantado en un círculo de adultos mayores y una contemporánea del partido Vente, que se jactaba de su carrera de estudios liberales. Mi amiga me presentó como sociólogo, cosa de la que no estuve de acuerdo.

Mientras tragábamos tequeños estas personas hablaron de la «falta de cultura del venezolano», «el tercemundismo, hay un libro buenísimo de Carlos Rangel: «Del buen salvaje al buen revolucionario», si todos pudieran leerlo», «no somos ni la sombra de lo que éramos antes», «este país tiene con qué», «la ignorancia de los pobres, esa gente sin oportunidades, de carencias», de que «los chavistas son una cuerda de borregos acomodados», «de que se habían perdido los valores, ¿dónde estaban los valores?», la pregunta estúpida que hacen muchos adultos siempre viene seguida de otra pregunta más estúpida: «¿Cuándo te vas del país?, aquí nada sirve». «Los jóvenes son verdaderos héroes». «Dios está de nuestro lado».

En medio de toda esa charla comenté que la polarización había cerrado toda forma de accionar, porque tenemos cierto asco por el otro. Que no tenía sentido el juego de nuestros políticos, que parece que conspiran juntos para desquiciarnos. ¿Por qué no se habló de eso en el foro? No querer pensar mucho también es una forma de violencia. Pensar igual no nos hace mejores.

La chica Vente me pregunta si soy de la Central. Le respondo que sí. Ella me mira con lástima y me dice que a ella le dijeron que ahí nunca ven clase, que siempre hay paros. Que ahí poco se estudia. «¿Sociología?», pregunta, «muchos de los que están en el gobierno estudiaron ahí. En esa carrera ven puro Marx e ideología, cosas obsoletas». Repetí en mi mente Marx e ideología. Pensé en mis amigos, en mis futuros colegas, me preguntaba cómo podía tolerar esta clase de comentarios. Los demás se rieron con sorna. Ella siguió: «¿Y como humanista, qué piensas de esto?». Humanista…bueno:

«Después de casi veinte años viviendo en un bucle, tengo la certeza de que el chavismo ha sido tan bueno (arrechísimo), que hizo creer a la población que apoyaba algo, y que a su vez ese algo tenía una oposición. Lo mejor que ha hecho el chavismo ha sido gestionar su propia oposición. Financió a sus propios enemigos, y los configuró en función de sus caprichos megalómanos. Creó personajes de acuerdo a las circunstancias que iban viniendo, una temporada aquí y luego otra por acá. Temporadas de clímax. Generó en el venezolano la idea de que por momentos breves de la historia era el ombligo del mundo, un esfuerzo colectivo, considerando que ya nuestro ombliguismo forma parte de una cualidad idiosincrática, porque somos, por supuesto, el mejor país del mundo, cuando nos conviene decirlo, en grandes tarimas, para profesar la buena conciencia de los que se hacen pasar por altruistas. Somos demasiado hipócritas. El producto mayor del chavismo fue la MUD, y su último lanzamiento fue el personaje Hasbro de Juan Guaidó, un heterosexual católico, ingeniero, con una familia nuclear que incluye un perro, que para la lucha nunca se desprende del traje formal, porque lo formal es sinónimo de esperanza, de sueño perenne, si se me permite la expresión. Parece que todo ha consistido en un guerrilla de marcas, de rebranding y turismo de disturbio. Todo con el respaldo de la opinión pública, siempre enferma y cínica, idiota porque no puede ser otra cosa. Usted por ejemplo, es una valla andante de una entidad política que tiene entrevistas con la revista Hola y habla de capitalismo popular, mientras se ensucia las manos con la tierra de su jardín. Te puedo asegurar que sus seguidores no tienen idea de lo que es eso. No me mires así, te desconcierta que no sea un fanático. El problema es que aquí ustedes creen que son los buenos, y lo que no les parezca es lo malo, lo despreciable. Pensar distinto siempre es algo despreciable».

Mi comentario le cambió el rostro a los que estaban conmigo. Mi amiga tenía una cara de Picasso. La chica Vente, disgustada, me dijo que el problema era que yo no entendía el proceso, que no estaba considerando muchas cosas. Era cierto, pero realmente no me importaba. No me interesaba lo que pudieran pensar, ya los había escuchado demasiado tiempo.

No estaba ahí para convencer a nadie, pues se supone que era un foro sobre violencia y libertad de expresión. Entre mis idas y vueltas para buscar vino, escuché que una señora le comentaba a la chica del partido que era obvio que en mi escuela me habían adoctrinado, que en esa carrera lo que salen son servidores del régimen. Comunistas. No entendí eso.

Tomé un par de tequeños y me despedí de la manera más respetuosa que me permitió la curda. Di las gracias por todo. Les dije que estos espacios eran necesarios para recordarnos las razones por las que «no volverán ni van a llegar tampoco». Comentario desagradable, de poca educación sentimental y tacto. Queda claro que a estas cosas no me van a volver a invitar jamás.

Alexander JM Urrieta Solano

Ciborgs, sociedad y deporte

I El concepto del ciborg

El fin de este ensayo es hacer un acercamiento a la idea del ciborg y su relación en el área de los deportes. Partiendo de los conceptos de Donna Haraway, en complemento con las ideas filosóficas de Fernando Broncano, con el que nos sustentaremos para darle una amplitud al concepto de prótesis, cualidad indispensable en la totalidad del ciborg, cuya identidad resulta ser la suma de humano y tecnológico. “La dicotomía entre lo natural y los artificial es la que separa las dependencias entre lo atribuible a lo humano y lo externo”.[1]

El ciborg según la teoría de Donna Haraway es una forma de existencia que combina lo humano (o supuestamente humano) con lo tecnológico. Se compone de prótesis que incorpora de forma estricta al cuerpo para alterarlo. El ciborg se vale del poder de las máquinas y la técnica para superar las limitaciones propias del cuerpo humano. Bajo estas premisas vivimos en una sociedad repleta de ciborgs.

Las prótesis son una suerte de exilio: las patrias, las infancias y aquellos otros lugares del que los humanos son expulsados son construcciones donde las raíces crecen en un suelo de hábitos, un trasfondo efervescente de creaciones y cambios impulsados por las diversas prótesis que nos habitan o habitamos y que nos empujan fuera de los orígenes. Todos los exilios se viven como expulsión, como malestar y como nostalgia de lo ido sin que quepa la esperanza de recobrar el lugar perdido, como cuando volvemos al pueblo y tras los saludos y los parabienes notamos el cambio irreversible de un sitio que ya no es nuestro: el viejo cine cerrado, la gente que se ha vuelto rica y engreída, no reconocemos al amigo entrañable en esa cara devastada por el tiempo, ni a la antigua adolescente que amamos en esa opulenta madre. Las prótesis producen el mismo efecto. Al caminar desnudos y descalzos por un momento sentimos el placer inmenso de la vuelta a nuestro cuerpo, pero al poco sentimos que ya no es nuestro estado, que nos dañan las piedras, que nos invade el pudor y que esa visita a lo natural no puede extenderse más allá de ese instante. Las vueltas del exilio no son las vueltas del hijo pródigo (tampoco sabemos qué sintió el hijo pródigo, acaso un inmediato arrepentimiento por la vuelta). El ciborg nunca vuelve de su exilio: las posibilidades ganadas le han transformado hasta un punto que el mundo se ha convertido en otro mundo.[2]

Las prótesis son la cualidad distintiva del ciborg, cuya totalidad se compone de elementos  externos que no le pertenecen. Las prótesis surgen como una necesidad de crear una identidad. Las prótesis son elementos que una vez adquiridos nos permiten ampliar nuestras capacidades del mundo. Los avances en el área de la microelectrónica ha permitido el desarrollo de implantes capaces de controlar, ampliar, expandir y mejorar las funciones naturales del cuerpo humano.

Por ejemplo tenemos los marcapasos, prótesis que mediante señales eléctricas regula los estímulos del corazón y equilibra las frecuencias cardíacas; las retinas artificiales, para las mejoras visuales; implantes auditivos para mejorar la percepción del oído, o incluso el marcapasos cerebral cuya implementación de electrodos dentro de ciertas zonas del cerebro regulan los impulsos anormales, para tratar la epilepsia, la distonía o el parkinson.

Las prótesis que conforman el cuerpo ciborg no solamente restauran funciones orgánicas dañadas, como ocurre con las gafas, los audífonos, las extremidades ortopédicas, los marcapasos y las rótulas artificiales: son también a veces creadoras de funciones vitales. Así el vestido, el calzado, la vivienda, la cocina, los animales domésticos, los vegetales cultivados, el universo entero de herramientas e instrumentos con los que nos rodeamos, los lenguajes escritos, las instituciones sociales, los códigos y las normas, las religiones y los rituales, el arte. Son artefactos que inducen transformaciones en el espacio de posibilidades, que comienzan como intrusión de una prótesis pero que más tarde transforman las trayectorias de acciones y planes futuros de esos seres.[3]

El ciborg, en su entorno de artefactos, símbolos, huellas, ve el mundo como un haz de historias por realizar y de sendas no escritas aún por el discurrir de la realidad. Ve el mundo como el pionero que huye de una historia y un paisaje de daño y maleficio, y llega a una frontera indeterminada, donde las cosas aún están por hacer… El ciborg melancólico sabe que está hecho de complejidades y entrelazamientos, que no puede acogerse a identidades pasadas ni a obligaciones necesarias. Sabe que el mundo es su responsabilidad y que no puede sustraerse a ella. Su perplejidad y melancolía es así la fuente de su saberse en una realidad que está trenzada por redes de posibilidades.[4]

La identidad del ciborg es un conjunto de patrones que asumimos. También es la apropiación de una serie de saberes, la apropiación de un saber cultural, ligado a la sociedad de consumo y conocimiento.  La identidad es el proceso en el cual el individuo se va definiendo, y nos da la cualidad de objeto, en donde somos capaces de construir la narrativa de nosotros mismos, en gran medida, por no decir toda, desde la mirada de los otros, y que a su vez comprende un proceso de asimilación y comprensión de uno, y donde se van construyendo relaciones íntimas con los otros.

El ciborgismo ofrece un mundo de ensueño para…adoptar el colapso de las distinciones limpias entre organismo y máquina y otras distinciones similares que estructuran la identidad occidental. Haraway insiste que…de debemos concebirnos a nosotros mismos como proyectos abiertos antes que como entidades terminadas, y buscar activamente nuevas formas y nuevas maneras de ser a fin de subvertir las normas culturales de nuestro tiempo

Los ciborgs rechazan absolutamente estas normas poniendo en duda, por ejemplo, la presunción de que lograr una identidad unificada es nuestro principal objetivo en tanto individuos…Pero, como insiste Haraway, ese dualismo de identidad y alteridad es desafiado por la cultura de “alta tecnología”, en la cual no queda claro quién hace y quién es hecho en la relación entre humano y máquina. Haraway habla del “estado de trance” al que pueden llegar los usuarios de ordenadores, quienes llegan a preguntarse de manera provocativa: “¿Por qué nuestros cuerpos terminan en la piel?”[5]

Los otros son aquellos cuyas opiniones acerca de nosotros internalizamos, y cuyas expectativas se transforman en nuestras propias auto-expectativas. Por otra parte los otros son aquellos con respecto a los cuales queremos diferenciarnos. Aquello que no somos nosotros. En esa diferencia se establece el primer conflicto humano, que transciende a un conflicto mayor cuando se introduce el fenómeno del ciborg dentro de la ecuación.

Existen tres elementos componentes de toda identidad: las categorías colectivas, las posesiones y los otros. El lenguaje hace posible las interacciones y es a través de los símbolos en donde se hacen posibles los procesos mentales y espirituales, no se trata sólo de un lenguaje hablado o escrito, sino un lenguaje total del cuerpo, cuya alteración por medio de las prótesis nos da una identidad única y nos define dentro de la sociedad.

La lógica del capitalismo estaría alcanzando a la propia esencia de lo humano convirtiendo a los seres humanos en ciborgs, productos destinados a quedar obsoletos en las diversas olas de consumo. Las fuerzas del capital, en su progresiva reificación, habrían convertido a los seres humanos en otra forma abstracta, en un nodo virtual de una red de objetos de intercambio producto de una máquina autónoma que todo lo transforma, no importa ya para quién.[6]

“La tecnociencia, presionada por su mecenas el desarrollo, está asombrosamente preocupada por mejorar la eficiencia operativa de sistemas tecnológicos hasta el punto de que lo humano se vuelve irrelevante para el proceso”.[7] La tecnociencia es el resultado de una ecuación que combina tecnología, ciencia, más capitalismo avanzado y empresas multinacionales, productos derivados, sociedades de consumo.

Distinguiréis a los ciborgs, como a los adolescentes, por esa sutil forma de inadaptación que produce el tedio más que la necesidad. Seres excedentes de la sociedad de consumo, ya no saben vivir en otras condiciones, no imaginan un mundo diferente: los viejos paraísos están habitados y amueblados por la necesidad. Se dice del paraíso musulmán que allí corren cuatro ríos: uno de agua dulce, uno de leche, uno de vino y el cuarto de miel. Se dice del paraíso comunista que cada uno recibe según sus necesidades y trabaja según sus posibilidades. Se dice del paraíso cristiano que las almas, abandonadas las exigencias del cuerpo, entran en un estado de contemplación eterna. Ninguno de estos paraísos se encuentra en los mapas ciborg, cuya topografía imaginaria nace de las construcciones híbridas del espacio y el tiempo.[8]

II El deporte y los ciborgs

El estudio del deporte ligado a la tecnociencia tiene importancia porque este surge como un rango de fuerza que se compromete con la tarea de extender los dominios de la tecnología a expensas de la humanidad y sus valores, en función del deporte, toda su estructura y práctica cultural, como pasatiempo y negocio de masas. Dicha extensión se manifiesta como un imperativo derivado del desarrollo capitalista avanzado y las empresas multinacionales.

La tecnociencia tiene como único interés ejercer un dominio sobre el medio ambiente  y humano de una forma hostil, por medio de un incremento masivo de la eficiencia de los sistemas, y esto nos lleva a una modificación del deporte desde diferentes ámbitos. Desde la condición de los atletas que también es entendido como un producto que se puede perfeccionar por medio de diferentes técnicas, el arbitraje, la promoción, la propaganda, los reglamentos, las estructuras de los espacios deportivos, los medios de difusión masivos, las reglas y el big data como forma de pronosticar y evaluar las condiciones de todo un juego.

El deporte como actividad dentro de la sociedad global a raíz de los nuevos avances tecnológicos ha cambiado. Los avances recientes en donde se combinan máquinas y seres vivos han dado lugar a nuevos debates por su enorme potencialidad industrial y mercantil, así como las diferentes preocupaciones éticas y lúdicas en el destino del deporte como práctica social.

El deporte tanto como fenómeno de negocio y espectáculo, como referente para la innovación y perfección del ejercicio físico y mental, se vuelve uno de los pilares fundamentales de la cultura occidental, el entretenimiento como parte de un negocio redondo y la inclusión de variables tecnológicas para las mejoras del deporte, su alteración y forma de procesarlo y entenderlo.

El deporte se asocia con el juego, y este asume la forma de la competición. En la sociedad del entretenimiento y el espectáculo la competición se convierte en un derroche de energías físicas e intelectuales, con la finalidad de satisfacer el sentido lúdico del mismo deporte como espectáculo, dentro de un orden global que reduce a los individuos a objetos de consumo. Las prácticas deportivas como elementos de entretenimiento maduran hasta llegar a los niveles de degeneración de la competición, donde se generan estrategias para la cría de seres humanos consagrados a la competición.

El atleta como monstruo nace cuando el deporte se eleva al cuadrado: es decir, cuando el deporte, de juego que era jugado en primera persona, se convierte en una especie de discurso sobre el juego, el juego como espectáculo para otros y por tanto, el juego jugado por otros y visto por mí. El deporte al cuadrado es el espectáculo deportivo.

Pero este deporte al cuadrado (objeto hoy de especulaciones y mercados, bolsas y transacciones, ventas y consumos coaccionados) genera un deporte al cubo, que es el discurso sobre el deporte en tanto que deporte visto. En primera instancia, ese discurso es el de la prensa deportiva, pero genera a su vez el discurso sobre la prensa deportiva, y por consiguiente un deporte elevado a la potencia n. El discurso sobre la prensa deportiva es el discurso sobre un discurso acerca del deporte ajeno como discurso.[9]

Estos cuerpos esculturales, perfeccionados por la misma actividad deportiva, habitan un mundo inconsistente, dominado por la propaganda y sometido a unas redes de poder. El hábitat del ciborg es la selva de la cultura, el espectáculo global, el gran teatro del mundo. El ciborg deportista es el resultado de implantes médicos, relaciones estrictas entre el cerebro y máquina, contrataciones, términos y condiciones, circuitos, adaptaciones robóticas que amplían las fronteras entre los seres vivos creados por la tecnología.

Las publicaciones deportivas y la prensa de masas, las campañas publicitarias y los programas de tertulia…han convertido a los jugadores en ídolos deportivos y celebridades. La realidad se ve relegada a un segundo plano en la génesis mítica de un personaje bien construido y desarrollado única y exclusivamente para su consumo público…los equipos se han convertido en vallas publicitarias humanas para el lanzamiento de bienes de consumo.[10]

 La combinación de máquinas y organismos vivientes se puede presenciar ahora en diversas disciplinas deportivas, que no sólo involucran ampliaciones mecánicas, tejidos artificiales, dopajes, sino también rutinas alimenticias extremas: calculadas y cronometradas, mejoras a nivel cognitivo por ingesta de ciertos productos. Esta figura del ciborg en el deporte produce una imagen nueva del superhombre de masas, una remasterización del concepto dentro de las sociedades poshumanas, una idealización de lo que podemos aspirar a ser: el resultado de una fusión entre la biología y la tecnología, la realidad y la ficción.

Para ilustrar mejor la relación que hay entre las prótesis y la actividad deportiva podemos exponer una serie de casos que, a modo de ejemplos, puedan servir como referencia de cómo en cada caso las prótesis producen fenómenos particulares y redefinen la identidad de los deportistas dentro de diferentes disciplinas, desarrollando en cada caso un tipo de ampliación en el cuerpo, que bien lo puede llevar a la exacerbación de sus capacidades o en el caso contrario, el deterioro sistemático de sus posibilidades.

El primer caso está dentro de la disciplina del atletismo y el fenómeno de Oscar Pistorius. Una deformación en las piernas lo sometió a la amputación de sus dos piernas durante la infancia. Para el desarrollo de su actividad deportiva como corredor Pistorius se dotó de unas piernas artificiales, a base de fibra de carbono que funcionan como resortes que sometidos a presión le dan impulso para correr.

Pistorius, también conocido como Blade Runner, es un caso destacado de lo que denominamos un ciborg atlético. Las prótesis simulan una par de piernas, diseñadas para acción de la articulación anatómica de los pies y el tobillo, y le dan la condición de hombre-máquina y una identidad dentro del mundo deportivo, que se debate entre si tales prótesis son una ventaja o desventaja para el atleta.

Otro caso lo encontramos en el alemán Gerd Bonk (1951-2014), doble medallista olímpico de la antigua República Democrática de Alemania (RDA) en la disciplina de la halterofilia. Durante casi treinta años Gerd estuvo sometido a unos métodos de dopaje sistemático, donde se le suministraban esteroides, anabolizantes, y estimulantes para alterar su peso y mejorar su rendimiento.

El dopaje entra en la categoría de prótesis química, pues altera paulatinamente el organismo, modificando su musculatura mediante la adulteración de los procesos hormonales, que se exteriorizaba en la robustez de su cuerpo, su deformación fue el resultado de esas constantes modificaciones protésicas, que ampliaban sus posibilidades humanas y lo convertían en un ciborg levantador de pesas.

El dopaje es el uso de ventajas indebidas para ganar. Es la alteración de una capacidad que brinda al deportista un atributo extra sobre el resto de los competidores. El dopaje nació con el deporte porque este existe como actividad humana competitiva. Esta alteración del cuerpo mediante el dopaje se puede clasificar en diferentes tipos, viendo el deporte como un negocio de la sociedad del espectáculo.

Como consecuencia de los esteroides, Gerd Bonk padeció de diabetes, problemas renales e insuficiencias hepáticas que lo imposibilitaron de seguir caminando. «Fui quemado por la RDA y olvidado por la Alemania unida, la RDA arruinó mi vida y mi cuerpo”[11], llegó a decir Bonk en sus últimos días cuando ya todo era irreversible. Vemos un ejemplo trágico de transición protésica, en donde el levantador de pesas convivió durante años bajo un régimen de dopajes para elevar sus capacidades deportivas, para luego de sufrir una completa atrofia de su cuerpo ciborg, y depender de otra prótesis externa: la silla de ruedas, y finalmente, cayendo en un coma irreversible, de las máquinas de oxígeno.

Tenemos el caso del dopaje genético que se aplica de forma terapéutica para mejorar las capacidades deportivas, un perfeccionamiento del cuerpo mediante la alteración de las estructuras genéticas, la inserción de genes artificiales para modificar los procesos de producción de proteína para elevar el rendimiento, que incluso puede provocar una hipertrofia muscular y un incremento de las fuerzas; por otra parte tenemos el dopaje cognitivo que es la estimulación del cerebro mediante el consumo de ciertos químicos

El deporte es el hombre, el deporte es la sociedad. El deporte deshumaniza al hombre. Si deshumanizar consiste en la modificación de esa humanidad. Si partimos de la idea de que la prótesis consiste en una ampliación de las capacidades humanas, la alteración del cuerpo en el escenario del deporte para ofrecer ventajas a los competidores.

La identidad del ciborg se define por el uso de artefactos que le dan un sentido a su identidad. El dopaje tecnológico viene a ser ampliaciones que a modo de prótesis mejoran los rendimientos de los deportistas, también puede tratarse de algún accesorio cuya función establezca una ventaja considerable y provoque desigualdad en la competencia.

Los tejidos para los trajes de baño evolucionaron a partir de la lana, del algodón recubierto de goma a la lycra y a los materiales de tipo spandex. Todos se volvieron más firmes, más adecuados a la forma y más planos en las curvas del cuerpo. Todos los materiales eran permeables al agua y estaban tejidos. En un primer intento técnico, Speedo se asoció con ingenieros de la NASA después de los Juegos Olímpicos de 2004 y crearon un traje de baño que reduce considerablemente la fricción. Speedo añadió paneles de poliuretano que repelen el agua. La cualidad resbaladiza del agua, en el traje de baño, eliminó la fricción causada cuando el agua se reúne e interactúa con las fibras. Los trajes de alta tecnología ofrecieron el modelo «amalgamado ultrasónicamente» que dejaba de tener costuras, lo cual enaltecía su efecto aerodinámico.[12]

La vestimenta en las disciplinas deportivas no sólo cumple una función estética sino también funcional, cuyo diseño permite mejoras tecnológicas en el deportista. En la natación tenemos el caso de los trajes de baños que se diseñan de tal manera que simulen cada vez las escamas de un pez, un sistema hidrodinámico que reduce la fricción e incrementa la velocidad.

Alexander JM Urrieta Solano

Notas:

[1] Broncano, Fernando. La melancolía del ciborg. España, Herder; 2009, p. 28

[2] Ibíd, pp. 23-24

[3] Ibíd, pp. 20-21

[4] Ibíd, pp. 277

[5] Sim, Stuart. Lyotard y lo inhumano. España, Gedisa; 2004, pp. 58-59

[6] Broncano, Fernando. La melancolía del ciborg. España, Herder; 2009, pp. 33-34

[7] Sim, Stuart. Lyotard y lo inhumano. España, Gedisa; 2004, p. 41

[8] Broncano, Fernando. La melancolía del ciborg. España, Herder; 2009, p. 46

[9] Eco, Umberto. La cháchara deportiva. En: La estrategia de la ilusión. España, De Bolsillo; 2012, pp. 236-237

[10] Trifonas, Peter Pericles. Umberto Eco y el futbol. España, Gedisa; 2004, pp. 46-47

[11] De Pedro, J.M. (2014, noviembre 15). «La RDA me arruinó la vida», la historia del medallista olímpico Gerd Bonk. https://www.libertaddigital.com/deportes/mas-deporte/2014-11-15/la-rda-me-arruino-la-vida-la-historia-del-medallista-olimpico-gerd-bonk-1276532920/ (Consulta: 21/04/2019)

[12] Sin autor. (2014, marzo 17). Nanotecnología en la natación. http://latecnonatacion.blogspot.com/2014/03/nanotecnologia-de-la-natacion.html (Consulta: 14/05/2019)

El ganado humano challenge

Expresiones como el #GuaidoChallenge (por poner uno de tantos ejemplos de la estupidez humana) son sólo un reflejo de lo susceptible y banal que podemos llegar a demostrar como población. Nos distraemos con facilidad. No se trata de una decepción (que es la bandera que acostumbramos a ondear todos los días en este país), sino la justificación de las reglas de un juego cruel del cual todos somos participantes, así nos esforcemos por no hacerlo. El que no participa prácticamente no existe.

No podemos escapar del espectáculo del plástico y la pendejada digital, la pérdida consensuada de nuestro tiempo a cambio del entretenimiento, de que cualquiera de los usuarios (desde el senador de Florida, hasta mi amigo en Facebook acomodado en el extranjero hablando del lugar donde ya no está, celebridades acéfalas, vecinos y enemigos) pueden sentirse incluidos en la alcahuetería global, sentirse criaturas listas, protagonistas libres, que luchan en la medida que se burlan y corrompen el sistema desde sus prótesis digitales.

Me hice una pregunta durante la tendencia del challenge: ¿las personas que se encapucharon estaban conscientes de lo que hacían?, por supuesto que sí, no hay acción más lúcida que la de buscar llamar la atención, así se trate de hacer el ridículo y reproducir lo superficial en proporciones clonables y alegres: cuando muchos lo hacen la vergüenza es un sentir mínimo, en la era del Yo todo acto mediocre es permitido hasta que muere y nace otro, así trabajan las modas, las actualizaciones que se hacen sin nuestro consentimiento y nos van configurando sutilmente. Lo terrible es que nuestra miseria sigue intacta o es incluso cada vez mayor. Y parecemos un país que no termina nunca de madurar.

Cuando quieres ser parte de la fiesta de la información eres una persona consciente, pero sobre todo feliz, muy feliz, porque en tu acto sencillo eres un agente del cambio.

No podemos tampoco medir la inteligencia ni el libre albedrío de estas acciones, ¿qué absurdo se esconde en el fenómeno del selfie y la aprobación de las palabras, en el reino monstruoso de las imágenes?, ¿será que cuando participas en la tendencia pierdes todo criterio y sentido del gusto? ¿Pierdes tu esencia de pensar por tu cuenta? ¿Es una proeza política? Totalmente. Igual no pasa nada. Lo que puede pasar es que aquel que cuestione y tilde estas acciones de patéticas puede caer bastante mal. Solo los heridos se molestan. Pero es que así trabaja el fanático, carece de todo sentido de perspectiva, cualquier cosa que atente los perímetros de su ombligo es violencia a la fragilidad.

Aplaudes o ignoras. Decide, recuerda que después de todo lo que importa es divertirse. Sacarle provecho a las circunstancias. Ganar seguidores. Alimentar a la fanaticada. Hundirnos en la pesadilla de los héroes y todo este simulacro llamado país. Estamos siendo dirigidos por fanáticos. El mundo se lo devoran los fanáticos. La crisis es un compendio de tendencias impuestas por los fanáticos.

El empleo del Bolívar (que también participó en el challenge) como lubricante multiuso para meter cualquier idea en el sentir hueco de la gente sirve y seguirá sirviendo hasta el fin del mundo (por supuesto, por los fanáticos). Aquí lo trillado pasa como novedad porque lo que cambia es la forma, el personaje de turno. Es claro que hacemos una exposición breve de temas delicados, temas creados por fanáticos, nuestro centro, porque estas ideas sólo pueden provenir y ser reproducidas por multitudes enfermas, viciadas por sus líderes y los medios de comunicación. Para el fanático no hay tonos grises, solo buenos y malos. Y en ese criterio sustenta su vida y obliga a los demás a vivir como él.

Ningún político toca el tema de la enfermedad del fanático, sería atentar contra su propia vida. ¿Porque cómo podemos exponer ante los grandes públicos nuestros defectos colectivos? ¿Cómo reaccionaría la masa ante un reproche de nuestras faltas, ante un político que no grite promesas sino que hable de forma lúcida y agresiva de la responsabilidad que tenemos cada uno? Que exprese de forma abierta su repudio a la fanaticada…

Vivimos en una era irritable de usuarios hiperinformados, o en el más horrendo de los casos (hiper)desinformados, porque el mundo entero entra por una pantalla y no da tiempo de procesar todos los sucesos. Es imposible. Esa velocidad sin duda tiene que idiotizar a más de uno. Quizá se trate de la misma huelga de los acontecimientos, la distorsión de la información que suma o resta importancia a los sucesos.

Las celebridades en su poder de difusión son conscientes (o tal vez no) del poder que su idiotez puede alcanzar a tener; los muertos, el dolor, la indignación y las tiranías pueden pasar por alto cuando las tendencias se imponen, y esto el chavismo desde su aparato comunicacional desquiciado lo ha trabajado durante años, y lo sabe usar demasiado bien, tan bien que le hace creer a las personas que están en contra del régimen que ellos también luchan por algo más real y sustancial: la democracia, la libertad, el pueblo, ellos y nosotros, recursos indispensables de la imaginación. Entelequias que mantienen salivando al ganado humano, mientras pierde su tiempo destruyéndose a sí mismo, en un círculo vicioso que se sustenta en la esperanza, una palabra muy bonita mientras tu vida no dependa de ella. Pero esto no es un tema de importancia. Aquí lo que importa es la lucha, la resistencia, recuperar… (Inserta el capricho que más se ajuste a tus creencias).

Recuperar el país. Claro, cada quién puede luchar a su manera, así sea guardando silencio. Ordenar de manera torpe nuestras palabras puede ser una forma de aparente resistencia ante una ola que al final nos traga. Guardar silencio ante las manifestaciones más soeces de nuestros semejantes es una forma de complicidad muy grave. Creo que parte de nuestra crisis como humanidad deriva de que somos muy condescendientes con la imbecilidad ajena. Andamos con ese temor de no ser tolerantes, hasta el punto que se trata de una excusa para no hacer ni decir nada. No está mal expresar tu intolerancia. Sólo un fanático se ofende ante cualquier nimiedad.

Pienso que ese ha sido el logro incuestionable de la Revolución, su orgullo supremo, en auspicio de la globalización: anular de todo sentido crítico a la población, polarizarla, embrutecerla hasta los niveles de la desesperación, donde el lujo de pensar es repudiable por cualquier parte. En constante distracción es difícil ponerse de acuerdo y pensar una realidad distinta.

Ese estado de confusión es vital para la llegada de nuevas celebridades y mesías,que se van construyendo en función de las necesidades de los fanáticos. Primero es crucial hacer reír y luego, si es posible, argumentar desde el desencanto. Atrapar al lector sin hacerle daño. La ventaja es que toda crítica puede quedar sepultada en la inmensidad de la información, entonces no debemos temer de que alguien desde la insignificancia nos haga reflexionar, o poner en duda nuestra forma ganadera de llevar nuestra existencia. Siempre habrá formas de distraerse y pretender ser feliz.

Alexander JM Urrieta Solano

Recortes de red social

Registros de un huésped.

Mi cuento breve a Mishima (6 de abril)

De regreso a mi casa por la esquina Aguacate, antes de llegar al puente, en la acera me encontré una paca de billetes de 1000. Los agarré con extrañeza y volteé pensando que podían ser de la señora que ya estaba muy lejos como para preguntarle. En eso veo que hay más billetes en el suelo. También los tomé. Desesperado caminé con rapidez hacia el puente creyendo que alguien me estaba siguiendo. Era la culpa que me atormentaba y me hacía creer que ojos testigos me juzgaban. Estaba oscureciendo. A mitad del puente me sentí seguro atribuyendo los hechos de nuevo al azar. Un alivio me calmó la arritmia y todo pesar dejó de importar. Llegué a mi casa y conté el ruin botín: 11.500 bolívares. No me sentí mal pero tampoco me sentí bien. Mi suerte, la sentí insignificante. Era una cantidad ridícula y banal, que a la vez se trataba de un lujo incomprendido y lamentable en esta ciudad de seres patéticos y miserables.

Boceto para Thomas Pynchon (10 de junio)

Hoy sucedió algo muy triste en el metro. Estaba regresando a mi casa. En la estación El Silencio, mientras esperaba sentado en un vagón acalorado modo sauna, un hombre decidido a montarse en otro lado se movió apresurado. Era ese tipo de apuro que no tolera las indecisiones. Justo antes de salir se le cayó un jugo de naranja que de forma absurda se fue por la grieta oscura que hay entre el vagón y el andén. El señor no dio crédito a la pérdida ni a la vergüenza. Todo sucedió muy rápido. Dijo una palabra incomprensible y se fue. Dentro del vagón hubo un lamento general. Entonces todos nos miramos unos a otros en silencio, y cada uno expresó en su rostro un Verga que mala suerte. Nadie emitió, como en muchas otras oportunidades, ninguna opinión sobre la desgracia ajena. Había un cansancio común y tantas ganas de volver a alguna parte que parecía que tal evento no era otra cosa que una réplica de la costumbre. Comprendí que el silencio también es una muestra sencilla de empatía. A más de uno en la rutina le ha tocado extraviar cosas quizá de formas más insólitas que esta.

 

Un corto invisible para Alf y Rafita (26 de junio)

Una amiga muy querida pasó por mi escuela para despedirse de mí. Al día siguiente atravesaría la frontera de Brazil para llegar a un sitio lejano y distinto de aquí. El tiempo en su contra hizo que todo se diera de forma breve, pero fue suficiente para decir lo puntual en última instancia. Le confesé mi tristeza y la angustia que tenía al sentir que no iba a volverla a ver. Se me hizo un revoltillo en el estómago y se gatilló en un instante el recuerdo de todas las personas que tuve que despedir de distintas maneras, como agregando a mi protocolo otra forma nueva de decir adiós. Surgió la pregunta de cuándo me iba yo. La interrogante se me había formulado tantas veces en distintos adioses. Caí en cuenta que todas eran diferentes y que ninguna era del todo certera, siempre divagando una respuesta, y a la vez sintiendo un alivio divino por saber que por tantas cosas buenas sería recibido de la mejor manera en cualquier parte del mundo. Supongo que son las cosas que a larga uno se gana. En la vida todo consiste en aprender a dar. La gratitud y el detalle más grande estaban en saber despedirse. Un detalle que cada quien expresa a su manera, y que no siempre se tiene la oportunidad de experimentar. El compromiso recae entonces en uno, que en tiempos mejores irá a todos los rincones del globo para ponerse al día. Con este repertorio me desentendí de los ausentes porque la gente que quiere perderse se pierde; es una forma sana de descartar a los que ya no nos piensan y que sin embargo nos duelen porque no logramos establecer una tregua con nosotros mismos. Es preciso poner por encima a todos esos que están presentes siempre a pesar de las distancias.

Regresando a mi casa en un vagón repleto de rostros y quejas lamentables me preguntaba: ¿Cuántos adioses se necesitan para lograr una tregua plena?¿Qué ansiolítico resulta eficaz para sobrellevar un guayabo y seguir adelante con nuestras vidas? Lo mejor es desear que el otro sea feliz, donde sea que esté.

Nota (in)oportuna sobre Abaddón el Exterminador (21 de agosto)

El temblor me agarró en la panadería. La cola estaba muy larga. Una señora detrás de mí buscaba conversación sobre los mismos temas mediocres del país, sobre su proyección personal de la mediocridad que ella ignoraba cargaba encima: que ahora los panes son más pequeños y más caros, que esta mierda no sirve, que la reconversión es paja, que esto antes no era así (pero claro, nada en este inmundo Hotel era así, todo era nostálgicamente mejor, había de todo, éramos (estúpidos) felices y no lo sabíamos)… que Dios proveerá (¿qué coño proveerá, más creyentes como ella?). Con el tiempo he aprendido que a Dios hay que tenerlo al lado, y no en el medio como hacen muchos idiotas, porque resulta un estorbo que impide pensar con claridad, sólo prospera aquel que se lucra de él estafando a otros soñadores, el que lo toma en serio vive una miseria hermosa (pero esto no hay que decirlo en voz alta porque más de uno se ofende, pero qué me importa ya la gente que se ofende con estas boberías, más ofendido estoy yo; cosas más repugnantes ocurren todos los días y la gente ni un pelo se le engrincha, así funciona la hipocresía global). Uno tiene que soportar las habladurías cotidianas de ancianos y jóvenes descerebrados. Ya casi llegando a la caja el suelo se empezó a mover. La señora que con sus comentarios detestaba me agarró por el brazo. Me soltó. Las botellas de refresco se balanceaban con mayor brusquedad en las vitrinas. El pánico se apoderó del local. La gente escandalizada salía apurada por las puertas de vidrio. Yo me quedé inmóvil, no sé si por miedo o porque había asumido mi destino. Los administradores del local se atravesaron en la entrada impidiendo que la gente saliera porque no se podían ir sin pagar. Era claro que varios aprovecharon el caos para irse, como siempre lo que sobra en este país son los oportunistas, las ratas que más abundan en este barco. La señora me había vuelto apretar el brazo. Le pedí que no me tocara en un tono serio y lleno de nerviosismo, la estaba odiando hasta el alma. Todo había terminado. La cola se empezó a ordenar con los movimientos de un parásito en las tripas de alguien. Muchos hablaron de haberse sentido mareados; otros lloraban de desesperación; otros menos lúcidos hablaban de una señal para los venezolanos. Un par de Guardias Nacionales volvieron a la cola y uno de ellos dijo que había corrido porque arriba de nosotros estaba una placa, cada quien justificando su cobardía. Luego vino el comentario más deprimente del guardia, después de tantas explicaciones dijo que esto del temblor “y todo lo que está pasando ya está escrito, que esto fue predicho en las sagradas escrituras”…lo que faltaba, la clarividencia barata de un militar cristiano. El miedo y la ignorancia son fáciles de reconocer porque no sólo andan juntas, sino que se expresan en una lengua extraña que igual todos entendemos. Por fin llegué a la caja. Pagué por dos panes veintitrés miserables soberanos. La patria es grande, mi existencia también. Al salir todos los vecinos estaban en las afueras de sus tristes edificios. Me sentí rancio pensando en la brevedad del caos y la reconversión del miedo, no estamos listos para absolutamente nada. Desmontando la existencia de Dios lamenté que el temblor no hubiese durado más tiempo.

Idea de cierre (22 de octubre)

Llegué empapado a mi casa. La porquería que se nos devuelve es la queda impregnada en la ropa, en las costumbres tristes que llamamos virtudes. La gripe creciente sirve como antesala para evidenciar enfermedades mayores, de esas terminales auspiciadas por los demonios, los malestares rutinarios y la precaria alimentación. Este ritmo constante de precipitaciones, en conjunto con la complicidad de habitantes asquerosos, que piensan que viven en un hotel y que su basura (junto con su actitud ignorante) no generan estragos considerables, porque la miseria no es capaz de medirse a si misma, más la negligencia parasitaria del Estado revolucionario, que mantiene tercamente la política irreductible de subsidiarlo todo, a devaluarlo todo, soslayando las mejoras y el mantenimiento, porque poco importa si las cosas funcionan realmente, porque aceptar la falla es aceptar el fracaso. A este paso ya no tenemos idea del valor que pueden llegar a tener las cosas, la especulación es la medida con que trazamos nuestros tratos con el otro. No es la costumbre sino el reproche de esa derrota descarada, que se evidencia en el rostro de la gente esperando bajo un toldo a que se calme el agua que ordeña el cielo, con una paciencia insoportable que inspira lástima porque hablamos de tiempos irrecuperables. Sin cartas bajo la manga, sin planes de contingencia, sólo aceptar el colapso de todo, y que estamos sumergidos en el mismo juego, en esa trivialidad que volvimos algo normal, lo cual resulta patético. A este ritmo improvisado y nauseabundo, una vez desbordado el Guaire y tapada todas las cloacas y las cabezas de cada habitante de esta ciudad, subirá tanto el agua que por fin tendremos nuestra Pequeña Venecia que tanto esfuerzo ha costado recrear.

«Rostros buenos, como formados para siempre» (1 de noviembre)

Ayer murió mi tía Julia. Su partida se me había anticipado en un sueño que tuve la noche anterior. Estaba ella en un gran salón, repleto de personas vivas y muertas que lo único que tenían en común era que ya no estaban conmigo. La vi sentada al lado de mi abuela, comiendo juntas un ligadito de mazamorra y arroz con leche; por razones desconocidas se me impedía acercarme a ellas. Saludaba a los ausentes de forma distante y alegre. Luego me vi obligado a salir de la fiesta apurado porque una voz desconocida me dijo al oído que yo no estaba invitado. Desperté sin darle mucha importancia a los sueños. Luego más tarde por un mensaje tardío de mi mamá fue que asimilé todas las piezas del día. Los muertos por parte de mamá siempre buscan la forma de manifestarse más extraña, todo un ritual de la despedida, señales para dejar a los vivos más confundidos que antes, sin derecho a ningún tipo de aclaratoria, porque es lo justo, vivir con esa inquietud hasta el día de nuestra partida. Uno logra comprender estas cosas demasiado tarde, cuando ya no se puede hacer nada salvo recordar todo los hermoso en un instante, invocar una vez más un poco de todo, antes de seguir con nuestras miserables vidas. Regresando a mi casa recordé fragmentos de la tía Julia. Recordé el pueblo de San Benito, aquel lugar sencillo de casas de barro, uvas y duendes, donde tantas veces fui feliz. La dicha de algunas familias, como la mía, está en sus comidas, en sus platos inolvidables; aprendí en el seno de poemas y cubiertos que ante todo se aprende a amar primero por el estómago y después por el corazón. Volver a los lugares de infancia nos obliga a aceptar con derrota que Dios se encuentra en los detalles. La última vez que vi a la tía Julia fue un día azaroso. Habíamos decidido pasar de visita casual antes de partir a Lima. Era el cumpleaños de un primo de mamá. Llegamos rezando a las ánimas, justo iban a servir el almuerzo. Habían preparado un pastel cuyos ingredientes seguirán siendo un misterio para mí. Luego el plato fuerte del día: sopa seca de camarones; es difícil explicar cómo se devora un plato con tanta parsimonia y placer; tuve una sensación de nostalgia porque supe al terminar que esto no se volvería a repetir. Hay cosas que no se pueden volver a comer. Luego la sobremesa, donde todos inflados oíamos la lucidez de noventa y cinco vueltas al sol. Mi tía a su edad tenía una memoria increíble, una memoria de árbol y estrellas. Nos habló de los días donde San Benito era zona de hacendados y la existencia de un río que ahora no es más que un canal de cloacas. La llegada de los militares y la Segunda Guerra Mundial. Que antes los camarones eran más grandes, que antes todo era mejor, que no hay más allá donde curarnos del aquí. Cuando empezó a hablar de la llegada del hombre a la luna me quedé dormido. Desperté de nuevo y tomé algunas fotos. Luego llegó la hora del postre. Mi hermana y yo estábamos felices por volver a comer el famoso pie de manzana. Mi hermana le pidió la receta de forma muy sutil. Todos estábamos ansiosos por saber el secreto del pie de manzana. La tía Julia mirando al vacío le dijo: «Todas las recetas las he olvidado, ya no sé cocinar, ya no me acuerdo de nada». Sus secretos se los llevará a la tumba, pensé. En la cocina había una vitrina con una puerta dañada que traté de mover con dificultad para meter unos platos. Vi que sólo había que ajustar un tornillo. «No te preocupes por esa puerta que no se puede arreglar», dijo la tía Julia. «Claro que sí», le repliqué, «mire…ya está arreglada, pruebe ahora, sólo había que ajustar acá y mover acá». – «Qué cosas hijo, y después de tantos años con esa puerta así. Ustedes los venezolanos son una especie de brujos» – «¿Por qué dice eso tía?» – «Porque arreglan las cosas que pensábamos ya no servían. Hacen magia con aquello que parece estar dañado». Esa fue nuestra última charla. Dejé el pueblo de mamá con extrañeza. Dejé el Sur. Me despedí de la tía Julia con la gratitud que sólo se puede demostrar cuando se tiene la sospecha de no volver a ver a alguien otra vez. Recuerdo que no supe responderle nada. Y todavía años después, en Caracas, recordándola en un vagón de regreso a casa todavía sigo sin encontrarle un sentido a sus palabras. ¿Qué habrá querido decirme con eso? ¿Por qué lo dijo de esa manera? Los venezolanos, ¿unos brujos? Reparar ¿Qué argumentos tenía mi tía para dar una declaración con tanta certeza? ¿Si teníamos esas cualidades por qué no éramos capaces de arreglarnos a nosotros? ¿Qué tipo de magia se necesita para reparar lo dañado y defectuoso que habita en nosotros? El fin era sólo el principio. Las palabras no hacen más que comprometernos a tareas de orden superior. Es una gimnasia de enfermedad y dolor. En la distancia brindé por la tía Julia y los ausentes del Sur. Siento que escribiendo sobre ella reparo con torpeza algún compromiso con la memoria. Nunca se logra escribir lo que se tiene en mente, y esto casi siempre es vergonzoso. Como brujo entusiasta, mi primer trabajo consistirá entonces en aprender a interpretar los sueños.

Fragmentos de apocalipsis (19 de noviembre)

Sucede que cuando llega el agua se va el internet. Está bien. Cuando pasa al revés la diferencia no es mucha tampoco. Se adquiere un control pleno del cuerpo a la hora de usar el baño y se tiene que recordar que a ciertas horas no hay que bajar la palanca porque el tanque no puede quedar vacío, siempre y cuando se trate de un caso extremo de podredumbre total, donde todo resulte insoportable y se acaben los suministros del tobo. No hay que ceder ante la molestia de sentirse sucio o medio limpio, es normal que a veces surja esa necesidad de destruir la poceta a batazos, pero ella no tiene la culpa, aparte que después cómo te puedes costear una nueva, y luego el predicamento del porvenir: ¿Dónde cagaré después? Hay que tener algo de honor. Dios mio. Caracas es el reino de las cucarachas y los zancudos. Apenas se distinguen personas, que con el paso de los días se acercan a las costumbres de las ratas y los monstruos de la basura. Uno se vuelve una persona metódica, medianamente útil en el soporte del hogar, paranoica, inmune a las arrecheras, pero cuando se pierde el equilibrio hay que saber drenar las molestias en alguna parte. Siempre está la opción de inmolarse en el metro, pero si se piensa fríamente no vale la pena, los venezolanos seguiremos existiendo por montones como clones y conejos. La vida tiene que seguir, así se cuente con internet y agua en momentos intermitentes del día a día.

 

Cierre de Tala (4 de diciembre)

Regresando a mi casa tuve una experiencia religiosa. Me bajé en la estación de Capuchinos. Por la esquina Albañales la gente estaba en la calle celebrando el día de Santa Bárbara, tomaban curda y fumaban tabacos, un señor con un micrófono cantaba baladas a un público ebrio que rendía ofrendas de fruta sobre un altar con unas Bárbaras de túnica azul y otra de rojo. Como andaba de paso me persigné tres veces. Le pedí a la santa que me cuidara a mi y a la gente que yo quería. La marcha siguió tranquila hasta llegar al puente Ayacucho para cruzar a El Paraíso. Iba pensando en el día que me dieron el muletazo y la maldad de la gente, la enfermedad y sus metáforas, Caracas y su frío decembrino. En mitad del puente una moto me viene de frente y se orilla, el tipo que va con el motorizado me golpea el vientre mientras cierra el puño como tratando de quitarme algo. En mi mano sólo llevaba un libro de Susan Sontag. «Mamahuevo», me dijo el motorizado mientras se perdía en la bajada del puente con lentitud. Otro que cruzaba el puente que estaba más adelante se devolvió y me preguntó si me habían hecho algo, «me golpearon», le dije, «pero no me quitaron nada». Una corriente de rabia me impedía mantenerme recto, era el miedo llegando tarde, demasiado tarde. Pensé en Santa Bárbara, en la eficacia de mis plegarias. Después de todo sentí un alivio ameno pero igual miserable. Basta este tipo de experiencias cotidianas para asimilar que sin importar nuestra suerte o destino, de que vuelan vuelan.

El Reloj de Arena: Fin de año en un hotel (31 de diciembre)

Logré reparar el reloj de la cocina que ya tenía meses marcando una hora que no era.  Atribuí el reparo a una buena señal del mañana. Salí a la calle un poco más tranquilo porque después de tanto pude sincronizar alguno de mis tiempos. Desprovisto de mi fascinación interior todo afuera seguía igual. Todo por igual muy caro, y comentar eso es algo irrelevante, siento que hemos llegado a un punto donde eso ya no importa. Si nos proyectamos siempre concluimos que todo gasto para ya mismo es mejor porque igual mañana no se sabe. Aquí concluimos que nuestro mayor pesar es el tiempo como idea que hay que evitar, y por otra parte nuestra poca noción de él. En el Hotel se tiene que vivir bajo esa condición de no saber lo que vendrá después. Año nuevo no es una excepción a las reglas: es un todo lo que puedas, mientras puedas. Ante la subida excesiva de la uva se reemplazan fácilmente por mandarinas, que para esta fecha están en temporada y resultan ser más baratas. Las uvas del tiempo son cambiadas por las mandarinas del tiempo, cuya efectividad para los deseos del año no presentan una variación, tal vez de forma y color. Siempre está permitido comerse más de una fruta por cada mes. Doce uvas para cada mes del año, cada propósito por cumplir. Doce mandarinas para no descartar el típico ritual y pasar por alto las adversidades. El acelerador de partículas cumple su función en la continuidad del año dos mil, entre mis deseos de uvas y mandarinas está la tranquilidad que no da la velocidad, la cual cada vez se convierte en un lujo inaccesible. Solo pienso en la rumba que acontece en mi tripas por mis descuidos alimenticios, mi decisión deliberada de beber hasta partirme el rostro mientras armo el guarapo de los ojos y me pongo a llorar por todas las personas que no se encuentran conmigo. Caracas recibe el año entre pirotécnicos y disparos. Ya con el tiempo conoces la diferencia descarada entre un sonido y el otro, el que detona y bota luces, al de los tiros repetidos que rebotan caos y muerte. Los vecinos del edificio del frente salen a la calle con sus maletas y mochilas, con la esperanza de poder estar más pronto que tarde en alguna otra parte, con la ventaja, tal vez, de volver siempre por donde han venido. En la fiesta todos los ruidos se toleran formando uno solo, un ruido sostenido sin fondo que evoca las pesadillas y aviva el tortuoso proceso de recordar. El defecto de volver atrás. Recordar la casa de antes tan alegre y llena de gente ante una casa ahora vacía y en silencio. Una mesa de adornos minimalista porque no sé cuenta con el sentido estético de una madre o de una hermana. Los detalles no han sido nunca mi fortaleza. Una tristeza es recordar, sentirme distante de aquello que sentía tan mío. Cada miembro de una inmensa familia buscando acercarse desde el otro extremo del mundo, dependiente de prótesis inteligentes. Y esa alegría de no estar aquí y de necesitarlos al mismo tiempo. En la ausencia se valora con mayor fuerza. Los detalles importantes de una mesa y la risa tras el sonido alegre de un brindis, la música que nos recuerda de donde somos, gatillos de instantes increíbles, efecto que no se logra asemejar a ninguna otra cosas creada. Basta solo un canción para desmoronarnos, para eyectarnos a las miles de formas que son la habitación de la vida. Basta sólo una canción para dar las gracias por tantas cosas buenas. Comprender es poder ver en el presente el pasado, asimilarlo como algo nuestro de la cual deriva todo pequeño traste de existencia.  El tiempo pasa y nos arrolla con sus enormes cascos sin ningún tipo de concesión,  y uno aquí todo borracho y contento como si no pasara nada.

Alexander JM Urrieta Solano

 

Canino caraqueño

“En la oscuridad, no podía distinguir a los amigos de los enemigos.”

Ralph Ellison

Soy un hombre invisible. Puede tomar un tiempo asimilar esta condición fantasmal, de cero a la izquierda, un sujeto sin importancia colectiva. Un animal cualquiera. En principio con lo único que se cuenta es con la voz. Una voz que puede ser distinta de acuerdo a las circunstancias. Mentir y sembrar rumores se vuelve una tarea sencilla porque nadie es capaz de verte. Si permanecemos en silencio podemos pasar desapercibidos.

Uno juega en la arena y otros pueden creer que se trata de una fuerza ejercida por el viento. Nuestra presencia no es más que aire sobre aire. Sospecha irrelevante. Así se tiene que vivir en esta ciudad de puercos y trasgos, volviéndose invisible. Lanzas una oración y la gente responde a ella, guiados por una rabia encuentran sentido en nuestra voz porque está presente en la de ellos. Voces parecidas que nadie sabe de dónde vienen. Ecos revoltosos de un mundo absurdo que nunca va a cambiar. Voces de arcilla, antiguas como el juego las ruedas. Voces presentes… ¿Qué tanto se acercan a lo que otros pueden sentir? Nos creemos astutos intermitentes porque nadie nos puede ver. De resto la vida es infame.

Mi jefe me pide semanalmente un escrito falaz sobre la ciudad. Yo acepto el compromiso como si se tratara de una tarea sencilla. La dificultad no está en la improvisación agitada de las palabras sino en la puntualidad de un tema específico. Tomar un tópico por el cuello para que hagamos un desastre que al final no sabemos si dará satisfacción al lector. Lo importante es sembrar una inquietud. Molestar porque no tenemos otro compromiso que exija cierta gimnasia de nuestra parte. Luchar contra la mediocridad de la hoja en blanco, evitar escabullirnos por las ramas, pues hay que respetar el tiempo valioso de quien nos lee, y más cuando se le introduce desde un principio una idea que concluida tal vez no lo deje tranquilo por un tiempo. Con un instante basta.

Caracas reclama velocidad. Cuesta todos los días llevar un ritmo impulsado por la taurina y la inflación meteórica. Cuesta concentrarse en un clima asfixiante que no garantiza que lo que hagamos ahora tenga sentido. El reto en esta ciudad se resume en un desafío diario a la derrota.

He escrito desde hace años en redacciones escandalosas que no llegan a ningún sitio, acosado por la obligación de una reseña cotidiana, de un fragmento íntimo y personal de lo que es vivir en una ciudad nefasta como Caracas. Aprendí con el tiempo que cuando se tiene algo que decir se puede escribir en cualquier parte. La indignación es más efectiva cuando se intenta describir con detalles cada molestia sin temor a las repeticiones. Las rabias se puedan evidenciar en las oraciones, pero eso ya no tiene porqué importarnos. Hay cosas más terribles que decir la verdad.

¿Qué les puedo decir? Vivimos en una ciudad enferma de costumbres deprimentes que nos hacen sentir un orgullo asqueroso, donde la gente escupe en cualquier parte y niega reconocerse en la mirada del otro. A la expectativa de un cambio drástico-celestial dejamos la empresa de la transformación a los mismos que de forma irresponsable nos gobiernan. Acusamos al universo por nuestra incapacidad de admitir el fracaso y seguir adelante. Muchos confunden esto con algo llamado resiliencia, cuando en realidad hablamos de un cinismo en estado puro. Aquí se condecora al payaso que nos haga reír más duro. Se suele ser hostil con aquel que nos conjugue ideas amargas con otras ideas más amargas. Si no hay chiste en el discurso no vale la pena tomarnos en serio nuestra miseria. Hay que darle prioridad a esos engendros de circo que nos recuerdan lo idiota y dóciles que podemos llegar a ser.

Esto es demasiado. Cuando se es invisible la voz de uno se confunde con la de otros. La invisibilidad permite que la voz alcance un tono abstracto de multitud. Hay una cualidad que compartimos y negamos con vergüenza: somos los reyes de la negligencia, no somos capaces de darle una continuidad a las cosas que empezamos. Es fácil deprenderse de los compromisos en un lugar donde nos han convencido que la felicidad duraría para siempre. Cuando no hay sentido del porvenir la esperanza es un analgésico desagradable, provoca piedras en los riñones, envilece a cualquier desgraciado.

La revolución me ha enseñado muchas cosas, entre ellas la pragmática y la virtud de ser ignorante. El valor de la disciplina y el estudio. La mediocridad cercana al poder de las masas se vuelve la medida de todas las cosas. Por otra parte, y esto creo que viene a ser lo más terrible, luego de acostumbrarte a la violencia de todos los días puedes soportar tiranías de orden superior, como la apatía o el silencio. Estas cualidades repugnantes se pueden concentrar en un grupo patético de hombres y mujeres que, con visiones cortas del porvenir, viven la inmediatez de una manera tan absurda y egoísta, que pueden prescindir tanto de su peso gravitacional como su propósito en la tierra. Son criaturas despreocupadas, concentradas en sí mismas. Estos seres logran generar un malestar tan grande que al ser tan repetitivo se hace común, y por una permisividad alcahueta se vuelven una ley, una aleación idiosincrática de fácil aprendizaje, porque la imbecilidad es contagiosa y es moda en todas las épocas. Aquí se aplaude al idiota y al payaso, ambos tienen méritos por igual. Al que piense distinto se le paga con ingratitud y desprecio.

En revolución aprendí que el fracaso está en los detalles. El pasado que impide comprender el presente. Todos los problemas que se puedan presentar en la sociedad se militarizan. Es muy sencillo. Caracas es una referencia de la derrota. Un proyecto inconcluso. Una ciudad que siempre está naciendo y que no aprende a caminar por su cuenta. Está viva y muerta a la vez. Es como un aborto, nadie le pidió que existiera, se hizo a punta de accidentes y violaciones. De campamento se hizo un Hotel. La sucursal de las prostitutas y los hombres embrutecidos por los electrodomésticos y el oro negro. Nuestra ciudad de plástico en eterna construcción. Un levantamiento que nunca termina de concretarse. Piensa en las alturas descuidando las bases.

Caracas parece ser la ciudad de las últimas cosas. Un día vemos que empiezan algo que promete ser útil para todos; mañana no es más que bloques y escombros, las cosas se pierden, se las roban, nadie reclama nada, todos enmudecen cuando la hipocresía se agranda, cuando sabemos que la culpa es nuestra y sólo nuestra. La ruina provisional se vuelve otro trofeo más en la estética de la ciudad. Los lugares se toman por un tiempo, luego se olvidan y se pierden, son tomados por el vandalismo y la oscuridad. El aire que se respira es una fusión de mierda con sangre, pilares indispensables para la creación del Hombre Nuevo. Observen con mayor atención, una vez que una puerta se cierra no se vuelve a abrir nunca más. Una vez que algo se daña no hay manera de repararlo. El parque temático es un sertón de chatarra de atracciones clausuradas en aparente recuperación. Todo hecho a la medida de una improvisación.

El secreto para vivir Caracas es imaginarse las cosas como si hubiesen funcionado alguna vez. Sólo la nostalgia le da sentido lúdico a nuestro caos, miseria en espiral. Aparentemente somos la generación de relevo que tiene que soportar esta tensión entre la fantasía y la impotencia de un recuerdo. Entre lo desconocido y lo que hubiese podido ser, lo que ya no es y que por mucho reproche que abunde no volverá a ser jamás. Nuestro dolor está en saber que no seremos suficientes para cambiar el presente, sin embargo está el compromiso titánico de evitar que este parque se nos derrumbe encima.

Hay que tratar de dejar las cosas mejor que como las encontramos. En esa primicia está la fuerza invisible de lo que somos ahora.

Si no, ¿qué más podemos hacer?

Pues de todo.

Alexander JM Urrieta Solano

El brujo del cuervo

Mi primer encuentro con El brujo del cuervo fue en Lima. La contratapa del libro me había llamado la atención pero terminé comprando otro libro cuya prioridad en ese momento era vital. Entre las cosas que me llamaron la atención de aquel libro de bolsillo fue el nombre del autor que no supe pronunciar al principio: Ngũgĩ wa Thiong’o. Después de casi un año ya en Caracas el libro se me volvió a presentar. Por un impulso propiciado por las festividades decembrinas terminé comprándolo. El libro no dejaba de llamarme y me comprometí a leerlo durante el mes de enero.

Cada vez estoy más convencido que los libros a veces nos buscan. Ciertas obras se presentan en nuestra vida para dar sentido a nuestro presente, tal vez con el propósito de hacernos creer que nada se lee por casualidad. No puedo decir que esto sea un absoluto, la experiencia lectora de cada uno es única y diversa, de ahí lo rico y divertido de todo el asunto que envuelve el acto de leer. Para mí los libros han fluido de esa manera. Incluso me ha pasado que sueño con libros que estoy leyendo que ni siquiera he empezado a leer.

La compañía del brujo del cuervo fue hasta cierto punto esclarecedora. No sólo porque su lectura resulta amena desde principio a fin, sino que me resultaba imposible no contrastar la ficción del libro con la realidad triste de mi país. La imaginaria República Libre de Aburiria no dista mucho de la República Bananera de Venezuela. Las similitudes eran un reflejo de las atrocidades que se viven en gobiernos militares y totalitarios, donde la ignorancia se conjuga con el miedo y somete a los habitantes a vivir como poseídos, embrutecidos por la necesidad, la pobreza, la violencia del Estado, la tiranía del pensamiento que de forma injusta suprime a todo aquel que piense distinto.

Thiong’o escribe sobre un país regido bajo de figura asfixiante del Soberano, considerado  por antonomasia como la medida de todas las cosas. Dictador inamovible, que ejerce el poder a capricho y sobre las riendas de todo un pueblo. Tuve ciertos sentimientos encontrados con el libro de Thiong’o. En reseñas que busqué sobre el libro mencionan varias veces que se trata de una obra donde predomina el realismo mágico africano, pero más allá de los elementos fantasiosos que van hilando la obra, junto a una serie de personajes con voces que desde sus perspectivas van construyendo una trama, se trata de una obra que, como el autor lo menciona en voz de su personaje principal, abarca el tema pos-colonial.

El brujo del cuervo expone de forma lúcida y satírica las consecuencias de todo el proceso de colonización en África. A pesar de haber sido un proceso muy distinto a la colonización en América, se pueden encontrar que lo que tienen en común son los hechos históricos que envuelven la destrucción de la memoria: la domesticación del ser. Para dominar al otro lo primero que hay que quitarle es la lengua, la palabra, hacerlo olvidar por completo de dónde viene para manipularlo.

Thiong’o expone a la República de Aburiria como un país enfermo. La estructura del libro se compone de seis partes donde se expone cada síntoma de aquel lugar controlado por fuerzas demoníacas que alteran la aparente normalidad del país. Uno de los que más me desconcertó fue el segundo libro: Demonios de las colas. Por razones extrañas la gente empieza a hacer colas infinitas por toda Aburiria. No era difícil para mi imaginarme la cruda realidad en la que estamos actualmente, el cómo la desidia a modo de embrujo se había apoderado del control de todo.

Durante un tiempo fue como si todo el mundo en Eldares estuviera poseído. Si una persona se paraba a mirar un escaparate, se encontraba de pronto con que se había formado una cola detrás de él. La gente ni siquiera se molestaba en preguntar para qué era la fila; simplemente suponían que tenía que haber una razón para hacerla, y querían su parte de lo que fuera que se distribuyera…De vez en cuando una persona daba origen a una cola sin tener conciencia de haberlo hecho, se marchaba a su casa y al día siguiente se incorporaba a la misma cola, siempre sin saber que él había sido su inocente causa. Sencillamente, las filas tenían vida propia. (Thiong’o; p. 173)

Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Cada sociedad cuenta con sus reyezuelos y seguidores parasitarios, respaldados por la indiferencia del mundo y la carga del hombre blanco, que el autor desarrolla con la enfermedad de la blanquitis que padecen algunos personajes: la dificultad de las palabras, el rechazo hacía uno mismo, la ignorancia que suprime todo movimiento hacia adelante. Es una lectura recomendaba. Me agrada que esta novela haya sido mi introducción a la literatura africana donde, así como muchos otros textos escritos desde la periferia, ponen en tela de juicio la corrupción de las sociedades occidentales. La mirada del otro.

El brujo del cuervo me acompañó y seguirá estando conmigo en mis viajes por Caracas, una de las tantas Eldares con su realidad insignificante, donde el caos resulta ser la norma reguladora de todos los días, y a veces es tan aterradora que no hay que pensar dos veces en recurrir a los recursos que promete la magia. En la medida que me iba metiendo en las tramas desarrolladas en más de setecientas páginas, me terminó quedando esa inquietud de desde el inicio plantea el autor sobre el malestar de su pueblo. Fue una ironía sentir que Thiong’o con su realidad africana se había acercado de forma pertinente a la mía.

Invito al lector que se le presente la oportunidad a considerar la historia del Brujo del cuervo. Es un libro que vale la pena revisar así como el resto de la obra de este prolífico autor de Kenia: Ngũgĩ wa Thiong’o.

Esperando que mi casi reseña les haya servido de incentivo para sumergirse en el universo que promete la literatura africana… Hakuna Matata.

Era demasiado tarde para cambiar su historia. Tendría que seguir adelante con la mentira, fueran cuales fueran las consecuencias. A partir de ese momento se atendría a lo que mejor sabía hacer: deformar la verdad, en lugar de decir mentiras rotundas. (Ibíd; p. 561)

Alexander JM Urrieta Solano

 

Un Relato polar para Falke

Por una sugerencia asistí con una amiga a un recital de poesía en el Celarg. Un encuentro de poetas que para mi asombro y casualidad, celebraba su quinto aniversario. Oficio Puro se llamaba el grupo, como el poema del Chino. Con un aforo que no llegaba a quince personas, cosa que me dio a entender el poco nivel de convocatoria, y a su vez la precaria situación del país y las dificultades que había para llegar al encuentro. Casi todos los miembros eran personas que pasaban los cincuenta: viejos, porque ahí lo que predominaba era eso. Hablaban de que querían incentivar a recuperar los espacios del Celarg para las nuevas generaciones de artistas.

La cosa es que fui por la iniciativa de otra amiga, con el fin de poder conocer a través de ese evento a un compañero de filosofía que está organizando un movimiento interdisciplinario, el cual por sus propuestas me vi inclinado a participar. Luego de conocernos por fin en persona, antes de que la sesión comenzara, nos comentó a mi amiga y a mi, el mismo asunto de que los viejos necesitaban de que los jóvenes asumieran la batuta de trabajar por el país. La idea es que como grupo interdisciplinario, se nos facilitaran los espacios para que pudiéramos realizar nuestras actividades: charlas, talleres, seminarios, discusiones…debates. Porque bien sabemos que hay mucha gente dispersa por ahí con ganas de trabajar, pero la cosa es dónde reunirnos.

Se dio inicio a la sesión extraordinaria. Nos presentamos. El filósofo planteó su propuesta y la necesidad de crear un grupo conformado por estudiantes de diferentes ramas del saber, con el interés común de generar un conocimiento nuevo con propuestas accesibles que motivaran a otras personas a acercarse a los espacios del Celarg. Cuando llegó mi turno manifesté la urgencia que hay de recuperar espacios y promover que personas de diferentes formas de pensamiento se llegaran, pues las coyunturas exigían un compromiso mayor por parte de los jóvenes, o al menos las personas que tuvieran la intención de formar parte de un cambio significativo.

Se veía que estas reuniones eran íntimas y herméticas, por la actitud confianzuda de los miembros y la calidez con que fuimos recibidos. Todo parecía tranquilo hasta que surgieron las palabras que en todo evento que asisto me da a entender que estoy sumergido en otro paraíso polar. Una participante, cuya profesión era maestra, luego de su agradecimiento y manifiesto de alegría por los años participando en Oficio Puro, en mitad de todo este entusiasmo tras una pausa, mencionó las palabras mágicas: «esto es posible sólo en revolución.» Algo por dentro me revolvía, pero decidí no darle vuelta a sus palabras, porque lo que importaba era el poesía. Yo me encontraba allí por ella.

Luego entre charlas de la constituyente vi que los que estaban reunidos allí apoyaban tal acción desmedida del gobierno, y luego una de las organizadoras mencionó que ella había vivido tiempos históricos y sacó a relucir el trillado 27 de febrero, «un día trágico donde vi que mataron a mucha gente…» Y entonces otra vez el malestar en el estómago, quise mencionar que cuál era la diferencia de lo que estaba pasando ahorita con lo que ocurrió en el Caracazo, porque parece que la fecha del 27 se volvió un fetiche discursivo que se ha usado tanto que resalta un cinismo ingrato y tenaz con el ahora. Y es que termina en una oda a la ceguera y el descaro que oculta aquello que acontece en el ahora, de jactarse y decir que unos hacen historia y otros no. Que hay luchas más importantes que otras. Que hay días donde unos son pueblo y otros no. Que la cuarta era terrible y tal…pero ni de vaina hablan de lo troglodita y asquerosa que es la quinta, ni de vaina hablan de la estrafalaria Corporación Militar que ha tiranizado (de una forma u otra) todas la rutinas de los habitantes del valle, y el resto del país. Y de nuevo esa amputación de la historia que transpiran los espacios polarizados. Obviamente no dije nada, porque lo que me importaba era la poesía. Podía de nuevo pasar estos comentarios por alto. Porque ya uno estaba acostumbrado a los lugares comunes, o cosa peor, asumir con vehemencia esa mala costumbre de calarse estos comentarios fuera de lugar. Pero pasó y listo. La poesía por encima de todas las cosas.

Tuve la oportunidad de presentar mis versos. Luego otros presentaron también sus creaciones e incluso una agrupación musical nos recordó en palabras de otra compañera que la espiritualidad también es política. Idea que me gustó bastante. Compartir versos con otros amantes es un privilegio sin importar tu inclinación política, pues el fin es la poiesis: la creación. He aquí el valor fundamental de la poesía. Luego de tantas reflexiones enriquecedoras y entre tanto compartir, la misma compañera que habló de la espiritualidad, en su éxtasis lanzó un random ¡Viva Chávez!, y como asumirá el lector, mi decepción fue tal que no pude ocultar mi indignación, y en silencio dejé que una rabia diminuta me quemara por dentro. Me pareció tan desubicado semejante consigna endémica de idolatría, que ya rayaba en lo absurdo y lo bochornoso, que para colmo fue respondida con un largo ¡Viva! que me hizo caer en cuenta que yo no pertenecía allí…pero la poesía era lo más importante, y quise rescatar las sabias palabras anteriores, espantando la niebla de aquel comentario final innecesario para un recital de poemas.

Mi amiga y yo nos vimos en silencio y nos dijimos de todo. No quise mirar al filósofo pero algo me decía que él también podía sentir aquella perturbación. Luego hubo un compartir en la terraza del piso seis donde nos encontrábamos, y en la celebración de una rifa me gané un libro que terminé dándoselo a mi acompañante. Los miembros de Oficio Puro sacaron frituras y pasapalos que repartieron entre todos. Una organizadora trajo una botella de guarapo que parecía cocuy con mango y le sirvió un shot en un vasito a cada uno.

En el brindis bohemio, se gritó al unísono:
¡Salud! (Salud… s-a-l-u-d)

¡Viva el oficio puro!
¡Viva!

Viva la poesía!
¡Viva!

¡VIVA CHÁVEZ! … (¿pero qué mierda?, pensé)
¡Viva!

Y miré a mi amiga y al compañero del grupo interdisciplinario, el filósofo, arrimado en la cornisa con vista al Wararia, que había rechazado el guarapo y no estaba brindando con nosotros. Una decepción tirana se había apoderado de mi.

Luego al concluir el compartir pidieron una foto grupal. La cual acepté por el mismo tema de la poesía… mentira, lo había hecho como parte de una cortesía protocolar, pues la poesía ya me valía verga. Entonces la fotógrafa cuadrando su plano, nos pidió que dijéramos Poesía…

¡Poesía! (Poesía…p-o-e-s-í-a)

Al tomar la foto seguida de otra…volvió a gritar:

Viva Chávez….y el grito rebotó en la sala.

Me quité de la foto y aceleré el paso con mi amiga para tomar el ascensor y bajar rápido de aquel sexto piso, no sin antes hacer una despedida a distancia, mientras las puertas del ascensor cerraban con lentitud. En la entrada del Celarg, dimos las gracias por todo y salimos con nuestro premio libro de consolación.

Acompañando a mi amiga a su casa, ya solos, hablamos del chavisteo que empapaba a todo el Celarg y todos los espacios «recuperados por la revolución»; la ciudad estaba polarizada de tal manera que los chavistas tenían sus espacios y la oposición tenía los suyos. Cada uno con su zona de confort y el respaldo de sus intelectuales, que con consentimiento o no, habían ya vendido sus palabras a la causa donde mejor se sentían cómodos. Y eso todo el mundo lo sabe.

No estábamos claros si al final esos viejos apoderados, después de cinco años no se habrán dado cuenta que su fanatismo, que parece estar por encima de la poesía misma, terminaba por espantar a todo aquel que pudiese pensar distinto, y ponía en evidencia el abandono de los espacios y el deterioro de las instituciones que supuestamente velaban por la promoción de la cultura. Por razones obvias, a nadie le interesaba acercarse a un recital donde al final de leer versos, se atribuyera toda la fuerza creativa y el amor que muchos tenemos por las palabras, a un carajo que aparentemente fue toda vaina en la vida, pero que nunca fue un poeta.

Alexander JM Urrieta Solano

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Apuntes sobre el club de la pelea.

«Death seed blind man’s greed
Poets’ starving children bleed
Nothing he’s got he really needs
Twenty first century schizoid man.»

King Crimson – 21st Century Schizoid Man

Para este ensayo tomaremos como punto de partida el estudio de la película Fight Club (El club de la pelea), dirigida por David Fincher en el año 1999. Articulándola con las ideas de Marx, Durkheim, Weber, Simmel y Marcel Mauss, trataremos de darle una explicación sociológica a esta narrativa cinematográfica.

I Sociedad de consumo. Metrópolis y vida mental

La saturación de la sociedad de consumo envuelve al protagonista del filme en una profunda soledad citadina. El personaje asume su condición de hombre absurdo que todos los días está condenado a cumplir las mismas tareas; lo alienan y producen en él una sensación de extrañamiento con el mundo. Una subordinación a los objetos: el fetiche de sus logros como hombre común. Según Marx, “esta dialéctica entre el sujeto (el hombre en sociedad) y el objeto (el mundo material), en el cual los hombres subordinan progresivamente el mundo material a los objetivos de ellas, con lo cual van transformando estos mismos objetivos en necesidades” (Giddens, 1998:61); el insomnio y la desesperación es uno de los tantos síntomas que padece el protagonista de Fight Club, un ser gastado por la rutina de su oficio. “Al alienarse de su propia actividad, entrega el poder sobre esa actividad a un extraño” (Marx, 1974:63).

La mayor parte de los hombres pasa su vida precariamente instalada en habitaciones transitorias y masivamente construidas…El ritmo de la vida individual pierde autonomía y espontaneidad y distinción cuando queda atrapado en una corriente de tránsito y debe marchar de acuerdo con la velocidad del camino…Semáforos que nos dicen cuándo parar y cuando seguir la marcha; parece que manejamos cuando en realidad somos manejados (Van den Haag, 1974:128).

El individuo es el objeto más cuidadosamente fabricado por el sistema capitalista. La cultura occidental parece montada sobre la nostalgia de “uno”, sobre la identidad (Ibañez, 1992). Los individuos se vuelven seres sin importancia colectiva, de ahí quizá la necesidad de definirnos a costa de los demás: de crear desesperadamente un otro que nos defina en los espacios de la metrópolis. La división burocrática del trabajo, en términos de Weber, constituye la “jaula” en que se obliga a vivir a los hombres modernos. La sociedad de consumo sumerge a los individuos al régimen de la rutina mecanizada, que altera la vida mental dentro de las metrópolis. Para el estudio del paradigma de la ciudad, George Simmel se apoya en un sistema de oposiciones, contrastes y conflictos:

En su opinión la ciudad metrópoli, sede de la división del trabajo, la economía de mercado y la compartimentación burocrática, fragmenta al sujeto colectivo. Los valores comunitarios revientan. La metrópoli afecta la vida mental del individuo, cercena su experiencia anímica: lo instala en la weberiana “jaula de hierro” de la cultura objetiva y, en ocasiones, en los intersticios de los mundos paralelos. Como en Durkheim, el advenimiento de la sociedad industrial, ocasiona en el sujeto en tránsito, de lo rural a lo urbano, de lo tradicional a lo moderno, un colapso de personalidad (Cajas, 2009:70).

El individuo está inserto en el colectivo y la deuda por definirse es endémica y grotesca. El viaje al interior de nosotros mismos pronostica pesadilla y terror. La libertad se hace costosa a medida que nos vamos adentrando en nosotros mismos. La idea de estabilidad es poderosa, y más cuando se busca en los confines de la ciudad. La libertad es el recurso indispensable de la imaginación. La ciudad es el espacio ilusorio por excelencia; es una suerte de parque temático que recrea lugares y tiempos que no le pertenecen. Condiciona a sus habitantes a la rutina mecanizada: a la máxima secular de que el tiempo es dinero.

La primera característica de la moderna civilización maquinista es su regularidad temporal. Desde el momento de despertar, el reloj marca el ritmo del día…la reducción del tiempo y el espacio, la normalización de la producción y los productos, la sustitución de la habilidad por el automatismo, y el aumento de la interdependencia colectiva son, en suma, las características esenciales de nuestra civilización maquinista (Mumford, 1974: 71).

Es necesario subrayar que la metrópolis es el terreno genuino de esta cultura que crece más que la personalidad (Simmel, 1974). La ciudad viene a ser la compresión del espacio. Es la síntesis vuelta estructura tangible de todo el discurso moderno, dotado de instituciones que tienen como finalidad amoldarnos y hacernos aptos para vivir en ella. Ajustarnos a un modo de vida racionalizado que está por encima de los impulsos y gustos individuales. Fight Club viene a ser una crítica a la condición esquizofrénica del hombre moderno dentro de la metrópolis, y sus últimas consecuencias.

Las ciudades son, en principio, la sede de la más elevada división económica del trabajo…Las condiciones decisivas de la división del trabajo…obligan al individuo a especializarse en una función de la que no pueda ser fácilmente desplazado por otros. Es decisivo que la vida ciudadana haya reemplazado la lucha contra la naturaleza por la supervivencia, por la lucha interhumana, por la ganancia…Todo esto constituye la transición hacia la individualización de los rasgos mentales y psíquicos, que la ciudad provoca en proporción a su tamaño (Simmel, 1974:114-115).

El protagonista en su condición absurda busca actividades somáticas para soportar el peso de su rutina, pasando de la autoayuda grupal, a la destrucción individual y colectiva. En este mismo orden de ideas, es importante mencionar la ruptura que sufre la cotidianidad del protagonista con la llegada de dos personajes cruciales para toda la trama del filme: Marla Singer, la otredad femenina, objeto de deseo negado y vínculo afectivo con la realidad; y por otra parte está Tyler Durden, un vendedor de jabón que conoce al protagonista en un avión, que viene a ser el antagonista y la representación del antihéroe moderno, el desviado por naturaleza.

II La casa, rincón de la trama.

Son interesantes las alegorías que podemos exponer a partir de una interpretación de los espacios dentro del filme. El protagonista, obsesionado con los productos de una compañía de inmuebles, construye su casa ideal: ilusión de estabilidad dentro de la sociedad de consumo. Un apartamento lujoso repleto de objetos, que luego es consumido por las llamas de un incendio. Este suceso marca un arranque crucial en el desarrollo de la historia, puesto que obliga al protagonista a desplazarse a otro lugar: al espacio de Tyler: una casa abandonada y en ruinas, relación directa que toca el deterioro mental del protagonista y su realidad.

La casa es un cuerpo de imágenes que dan al hombre razones o ilusiones de estabilidad. La casa es, más aún que el paisaje, un estado del alma (Bachelard, 2010). La Casa de la calle Paper se convierte en el espacio donde se desarrollan los personajes del filme. Esta viene a ser el rincón de universo donde el protagonista construye su ensueño y macera su locura. Todo esto en la medida que propugna su destrucción.

El interior de la casa adquiere un sentido real o imaginario de intimidad, de secreto o de seguridad. Cada rincón de la casa cumple un objetivo en particular donde conviven los personajes: habitaciones, el sótano, la cocina y el jardín. Dentro de sus límites está la posibilidad de construir toda una red de situaciones reales y ficticias. “El espacio adquiere un sentido emocional e incluso racional por una especie de proceso poético a través del cual las extensiones lejanas, vagas y anónimas se llenan de significaciones para nosotros, aquí” (Said, 2010:87).

Dedicamos un segmento especial a la casa puesto que es donde se desarrollan hechos puntuales que nos abren a la psique de los personajes y la continuidad de la historia. La casa, para los personajes, es un espacio que revela hechos y alberga recuerdos. Tenemos por ejemplo el baño: lugar íntimo y pequeño, donde Tyler y el protagonista hablan sobre su pasado. La ausencia del padre los une en un sentimiento común, cosa que explica tal vez la negación a toda figura de autoridad, producto del abandono, que a su vez define la soledad de los personajes, que se buscan y se necesitan mutuamente. Otra escena particular dentro del mismo espacio es la caída del diente del protagonista. Los dientes, se les podría designar como el primer ordenamiento, no siempre de manera visible, pero sí cuando se abre la boca. Los dientes al estar ordenados se traducen en la esencia del poder en general (Canetti, 2010). Que un diente del protagonista se desprenda y se pierda en el lavamanos señala el primer indicio de desorden en la identidad. La sugerencia de inestabilidad dentro del filme puede tocarse desde su extracción dental.

El sótano es uno de los espacios más sugerentes. Es ante todo el ser oscuro de la casa, el ser que participa de los poderes subterráneos (Bachelard, 2010).  En la casa de Tyler cuando llueve el sótano se inunda (se producen lagunas); hay una escena particular donde el protagonista dice: “every time it rained, we had to kill the power”, es decir, cortar la luz.  Todo se hace a oscuras. Lo subterráneo controla fuera de sus dominios. El sótano encuentra una totalidad por la profundidad: por el inconsciente.

III Los que se piensan como grupo

En la actualidad el cuerpo viene a ser un compendio de imágenes.  La inconformidad del protagonista lo lleva a construir una suerte de alter ego, dotado con todas las características que el mismo dentro de la realidad no puede cumplir. Crea un héroe ideal, o en este caso un antihéroe ideal. Desde un otro creado a partir de él, encuentra todos los recursos necesarios para que el mundo sea como él quiere. Produce un desplazamiento de la responsabilidad del yo. En sentido general, es dos veces otro: el hombre corriente preso de sus necesidades materiales; y está el otro, ser que se define por un apetito voraz por el caos.

Hay que prestar atención al discurso que se construye en torno al cuerpo dentro del filme. Diariamente se nos presentan cuerpos esculturales. El cuerpo es maltratado o manipulado en determinados acontecimientos sociales que lo toman estrictamente como objeto (Augé, 2004).

Gran parte de la actividad ritual guarda relación con el cuerpo individual. En algunos casos, este vínculo del cuerpo individual con el cuerpo social se inscribe por el propio cuerpo (circuncisión, excisión, escarificación, etcétera), que significa a la vez la identidad individual y la relación con los demás, precisamente por la relación con los demás (2004:68).

Tomamos por ejemplo todo el conjunto de órdenes que definen al Club de la Pelea: el enfrentamiento de los cuerpos entraman toda una economía del dolor, de liberación y catarsis colectiva. Podemos decir que los rituales constituyen una suerte de Potchland, cuyos elementos fundamentales son el honor, el prestigio, la riqueza y la obligación de devolver estos dones. “La relación del don envuelve tres obligaciones, de dar, de recibir y de devolver” (Mauss, 1971: 204). Esta intersección produce un círculo vicioso de derroche, una competencia agonística, pues está regulada por la ley de exceso y pérdida, recibir implica la obligación de devolver más (Ibañez, 1992). Los dones en el filme son traducidos en golpes y mezcla de sangre. Lastimar y ser lastimado, comprenden un conjunto de prácticas recíprocas que definen al Club, que después experimenta su metamorfosis al momento de definirse como Compañía. Todo esto, sin nunca perder su condición de secta, pues opera de manera subrepticia, y sus relaciones culturales se basan en el secreto y los actos vandálicos nocturnos, que afianzan los lazos de solidaridad mecánica dentro del grupo, usando el término de Durkheim. Estos vínculos de cohesión tienen una estructura agregada o segmentaria, es decir, se componen por grupos de clan que son muy semejantes entre sí por su organización interna: su unidad como un conjunto de ideas y sentimientos comunes (Giddens, 1998).

El hombre rebelde asume su papel como agente de caos, representado directamente en la figura de Tyler, personaje detonante que impulsa al protagonista a crear el Club de la Pelea. El Protagonista actúa como si en él no existiera ningún otro, sin embargo mientras se va desarrollando la película vemos cómo este construye una doble alteridad que le permite transgredir las normas, acto que se traduce en liberación. De ahí radica el poder que produce, y el estado de hipnosis en el que sumerge a todos los miembros del club, ya sea por su obsesión monomaníaca, o por la dominación que puede llegar a producir por su carisma. Carisma que Max Weber define como:

La cualidad de una persona individual considerada como una cualidad extraordinaria…El elemento que determina la efectividad del carisma es el reconocimiento de sus sometidos. Se trata de un reconocimiento libre, nacido de la entrega a una revelación, al culto del héroe, y garantizado por una prueba, que originariamente era siempre un milagro (2012: 121-122).

La primera barrera que hay que superar es la tiranía del cuerpo. Tyler como representación de la ruptura y desarrollo de  la trama, propone la autodestrucción como forma de liberación. La renuncia material como forma de resistencia. Hay que ver la relación simbólica que juega el jabón dentro de los sucesos en el filme. El jabón entendido como un objeto para purificar y limpiar el cuerpo, pero a su vez, un producto cuyos ingredientes también pueden provocar la destrucción: la glicerina como base de la higiene y la dinamita.

El club incrementa en la medida que viola sus propias reglas: “Do not talk about the fight club”. Se piensan como un grupo destinado a propagar el terror: el quiebre definitivo del sistema emprendido por el Proyecto Caos. El grupo opera en lo oculto, dentro de los límites de la casa en la calle Paper. La identidad individual de cada miembro se trasmuta a la identidad de la Compañía de Jabones (Paper Street Soap Company). Todos se piensan y se sienten como parte de una totalidad que auspicia su propia destrucción. Todo basado en su condición clandestina, rasgo característico de una secta.

Se distinguen por la concentración de un escaso número de mandamientos y prohibiciones; también sobre pequeños grupos de prosélitos que se conocen entre sí perfectamente bien. También está concentrada al máximo su disciplina, el reconocimiento y adoración de un Cristo viviente entre ellos (Canetti, 2010: 375).

Bibliografía

  • Augé, Marc. (2004). ¿Por qué vivimos? Por una antropología de los fines. Editorial Gedisa, España.
  • Bachelard, Gaston. (2010). La poética del espacio. Fondo de Cultura Económica, México.
  • Cajas, Juan. (2009). Los desviados: cartografía urbana y criminalización de la vida cotidana. MA Porrúa librero-editor, México.
  • Canetti, Elias. (2010). Masa y Poder. Alianza Editorial, España.
  • Giddens, Anthony. (1998). Capitalismo y la moderna Teoría Social. Idea Books, España
  • Ibañez, Jesús. (1992). Más allá de la sociología. El grupo de discusión: técnica y crítica. Siglo XXI Editores, España
  • Marx, Karl. (1974). “El trabajo alienado”, La soledad del hombre. Cuarta edición: Monte Ávila editores, Caracas.
  • Mauss, Marcel. (1971). “Ensayo sobre los dones, razón y forma del cambio en las sociedades primitivas”, Sociología y antropología. Tecnos, Madrid.
  • Mumford, Lewis. (1974) “La rutina mecanizada”, La soledad del hombre. Cuarta edición: Monte Ávila editores, Caracas.
  • Said, Edward. (2010). Orientalismo. Random House Mondadori, España.
  • Simmel, George. (1974) “Metrópolis y vida mental”, La soledad del hombre. Cuarta edición: Monte Ávila editores, Caracas.
  • Van den Hagg, Ernest. (1974) “No tenemos medida de la necesidad ni la desesperación”, La soledad del hombre. Cuarta edición: Monte Ávila editores, Caracas.
  • Weber, Max. (2012). Sociología del poder. Alianza Editorial, España.

Alexander Urrieta Solano

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Los Condenados del Paréntesis

Muchas veces uno expone ciertas ideas que lo comprometen al destierro. La realidad me da argumentos válidos para seguir viendo el futuro con escepticismo. No soporto esa forma imperativa y enfermiza de sujetarnos al pretérito ¿Por qué los viejos insisten tanto en atarnos con la misma soga con la que enrojecieron sus cuellos? No he conocido un pueblo tan nostálgico y avergonzado de su propia historia como el de este país mestizo; tan consecuente en su ejercicio de recordar falsas raíces, pues le sale sencillo imaginarse un país sintético, concebido por los delirios de los vejestorios enfrascados en su vicio de orden y progreso: única alternativa de vida, porque al parecer todo era prosperidad y alegría… “Éramos felices y no lo sabíamos”; si el lamento se esconde en esta irrisoria expresión popular, me atrevo a confirmar más bien que “nunca” fuimos libres de pensar otra felicidad. Éramos, y seremos felices, bajo los efectos somáticos de la sociedad de consumo. Lo más perturbador de todo es la incapacidad de problematizar el presente sin elaborar ningún tipo de reflexión lúcida, lejos de alguna presunción polarizada que propicie la niebla entre los séquitos, que necesitan el respaldo de una voz mayor para poder pensar. Si todo tiempo pasado fue mejor, eso refuerza la idea de un presente insostenible, pues hay una necesidad de alcanzar el porvenir, recuperando eso que quedó atrás. Anhelar no tiene sentido si hay ausencia de movimiento.

Tengo miedo de este letargo insomne que irradian mis contemporáneos. Vivimos en un mundo con poco sentido de lo real. El cinismo y la amnesia esporádica son indispensables para sobrellevar el ritmo escandaloso de la segunda década del milenio; a este paso vamos acelerando nuestra extinción ¿quién se atreve a negar que nosotros procuramos comenzar primero? Hicimos nuestro mejor esfuerzo para tocar el fondo: el monopolio militar y la hegemonía de los pranatos, junto con la ficción del mercado han llevado a este pueblo a la ruina. Creo que nos entregamos deliberadamente al papel del Mejor país del mundo; desde el principio el excremento del diablo logró satisfacer nuestros más insanos caprichos. La obsesión monomaníaca de salir del sub-desarrollo, sin mencionar la invención del otro y el tercer mundo, el proyecto de naciones, empresa y sociedad de castas, la tierrua y la sifrina, adecos y copeyanos, chavistas y opositores… me atrevo a decir que nuestra compleja identidad se concentra en los certámenes de belleza y las marcas de cerveza ¿Acaso fuimos otra cosa? ¿Tiene algún sentido cardinal rendirle culto a Bolívar o a una Arepa? ¿Cómo se piensa un País, desde el tuétano, o el reflejo? Matar a nuestros dioses conlleva toda una épica del desencanto. No podemos desprendernos de nuestras cicatrices culturales, pero si engendrar antihéroes, pues la epopeya se ha quedado corta para saciar nuestras necesidades. Tampoco la corona de Barbie idiota saciará este sentir trágico de país, mucho menos los clasificatorios del mundial. Para los venezolanos, la ingenuidad ha sido siempre nuestra mayor virtud; por la risa hemos aprendido a ocultarlo todo.

La desgracia de esta generación de los noventa fue haber nacido entre un paréntesis, fin de siglo, poco nos convencen los sueños de nuestros padres, y aparte nos decepciona todo ser nacido en el nuevo milenio. Igual no podemos soslayar el uso político que le han dado los poderosos al pasado; las tiranías más grandes no se han ejercido por el control de los fusiles, sino por el dominio de las palabras: la ventaja de poder re-inventar o deformar la historia, a gusto del opresor de turno.

La modernidad ha perfeccionado la creación de engranajes. El autómata estructural se ha convertido en un rasgo connatural: sujetos embrutecidos por el alcohol y la televisión, la industria del odio y el morbo, la soledad virtual y las falsas supremacías morales. No pongo en duda que nosotros por un desfase entre un milenio y otro padezcamos cierta anomalía decadente.  Igual ahora todos somos medidos por la misma vara del mercado, burdas piezas para perpetuar el caos, y sin embargo uno hace el intento de llevar la contraria, igual la contracultura se somete al gasto y al consumo. Empresa inútil, cuando de las contradicciones se produce movimiento vital. La ontología de la felicidad radica es su imposibilidad de conservarse estática. Maldito afán de los machos racionales, que pretenden alargar el instante con cualquier artilugio moderno, que no nos impresione que busquemos agregar más horas al tiempo. La existencia es la brevedad más cuestionada del ser.

Ese gusto de portarnos como hordas. Perros sin dueño. Nos organizamos sólo para despedazar, nunca para crear. Uno predica con el ejemplo, imaginen cuánta pedagogía pública puede ofrecernos el espectáculo de la picota, el desmembramiento del otro, vil ladrón que debe pagar su incomprendida existencia… ¿qué necesidad y desesperación lleva a los hombres a robar? El linchamiento tiene para muchos un sentido práctico y terapéutico, casi orgásmico, donde la rabia se descarga sin penas ni decoro. Se cuenta con la aprobación de una multitud desquiciada que vive a gusto con la violencia. El evento convoca a sus enfermos, los roles se asumen de forma casi premeditada, se improvisa la escena: los que golpean y buscan sangre, los que gritan Desnúdenlo y quémenlo, los voyeristas que graban, pues ahora todo queda registrado para el deleite de nuestra propia miseria…y luego el momento que todos esperan: La apoteosis del fuego: La quema de Judas. Cada grito del condenado en llamas es un demonio que sale por su boca; así la muta inquisidora alcanza su redención. Hay que prestar atención al clímax de la liturgia urbana: un ambiente tenso y excitante; una alegría terrorífica, casi incomprendida, proveniente de un público histérico que sin darse cuenta ha sido poseído por nuevos demonios; sólo falta que todos como grupo vayamos corriendo hacia el abismo, pues hay que concretar nuestra historia en un suicidio colectivo, para que nos recuerden como próceres prematuros. A veces tanta estupidez resulta insoportable. Duélale a quien le duela, los tiranos y malandros también van al cielo. La hipocresía y la mentira habitan en proporciones desiguales, pero existen en cada uno de nosotros. Ese profundo odio por el otro se ha vuelto la sustancia vital del ahora. Este país polar no es una excepción a la regla, es una prueba fehaciente.

No quiero sonar fatalista. Tampoco pretendo hablar con la verdad, no puedo hacerlo, ni quiero nunca jactarme de tenerla. Hay muchas personas que hacen parcela de su verdad y viven tranquilos hasta el fin de sus días, (egoístas innatos, como las bestias polares). Ideal  si no te empeñas en convencer a los demás, sin considerar que eso también es una forma de dominación. No sé cuánto tiempo me tome entender que puedo acercarme a cierta versión de la verdad, en la medida que acepte las infinitas versiones de los demás. Sé que resulta imposible abarcarlo todo, pero me sentiría nefasto si no hiciera por lo menos el intento de contemplar el mundo de otra manera. Pienso que es la virtud subrepticia de los nacidos en un paréntesis, la capacidad de colectar lo mejor de varios mundos, pues toda lógica de vida es divina. Uno quiere su cuerpo en la medida que acepta que no es como el de otros; uno abraza su cuerpo con la misma intensidad que necesita para aferrarse al otro.

Alexander Urrieta Solano

Valle de Caracas, 11 de abril de 2016

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