Polarización y negación del otro en Venezuela

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No puedo pretender que el otro piense igual a mí, pero me conformo con saber que piensa algo, que macera ideas: que produce conocimiento. Me desagrada que el sentido común a veces lo utilizamos estrictamente como elemento decorativo, para alardear de que somos cultos y que estamos por encima de otros; un pequeño complejo de superioridad que, sin duda todos padecemos, pero en distintas proporciones.

Pedirle a los venezolanos un poco de lucidez en tiempos decadentes parece ser demasiado. Como ya en varias oportunidades lo he expresado, considero que vivimos en una sociedad saturada, ausente de valores, donde el otro ha pasado a ser el enemigo acérrimo de esta crisis que se conjuga con lamentos individuales y medios de comunicación modernos que han atomizado todo acontecimiento: mensajes e imágenes viniendo de todas direcciones, teniendo como objetivo claro moldear a las masas en un sentido político e histórico: distrayendo e impactando a todo un mundo, un país…una audiencia.

Hablando de forma general, los venezolanos tienen la curiosa costumbre de saltarse las normas mínimas de convivencia, y también algunas máximas. La virtud esconde los complejos, y la insana impotencia de todo lo que (como pueblo) no alcanzamos a ser: quizá una suerte de venezolano moldeado hasta el cansancio con un Manual de Carreño sea el fin de aquellos que hablan de Civilizado-Orden-Progreso… o esa palabra que se usa de forma tan laxa y nociva: Cultura. La estrategia de facilitación para actuar de esa manera, producida por nosotros, tiene al menos dos aristas: Según la primera, nos consideramos seres virtuosos cuando nos referimos a nosotros mismos. Según la segunda, consideramos al otro un ser cuestionable por donde se lo vea. El otro siempre hace cosas reprochables, mientras que uno no. Entonces, cuando uno comete una infracción, uno no está actuando como uno, sino como el otro, por eso es indispensable eliminarlo.

Esta forma de relacionarnos de los venezolanos implica una serie de presupuestos; el primero de ellos dice así: para ser bueno no hay que ser como otro, sino como nosotros; por otra parte, el segundo presupuesto tiene que ver con suprimir al otro, que siempre es malo, esto quiere decir que: si me comporto como el otro, es decir, si me comporto de manera negativa, no debo ser atacado por ello, pues una vez que yo lo elimine a él, nada de él podrá manifestarse en mí, y seguiré siendo tan bueno como siempre.

La consecuencia inmediata de esta manera radical de conducirse es un tipo de sociedad conformada por personas egoístas, centradas en sí mismas, y que de paso, viven al margen de la norma o, mejor dicho, se valen de la norma según su propia conveniencia… Esas personas, en definitiva, actúan como si en ellas no existiera ningún otro. Todo lo ajeno es indiferente. El venezolano no sabe ponerse en el zapato del otro.

El venezolano polarizado es un ser aturdido, confundido por los cambios bruscos de los líderes que idolatra, aferrado a una realidad donde los contrastes son inexistentes, en otras palabras, es un consumidor compulsivo de ideología, incapaz de producir criterio propio de aquello que le rodea. Esta polarización se ha extendido en distintos espacios de la vida cotidiana, donde las más diversas instituciones públicas y privadas (educativas, religiosas, policiales, militares, etc.) así como sectores sociales, se han puesto a favor y en contra de una de dos posiciones: gobierno y oposición, generando un agotador clima de tensión socioemocional, y distintas expresiones de violencia. La realidad de los venezolanos se ha convertido en un drama enervante.

Con la polarización se han multiplicado los estereotipos (el chavista es así y los opositores así, el fiscal de tránsito, la mujer operada, el político, el militar, el sifrino de acá es así y el que viene del barrio así), las descalificaciones, la discriminación y la exclusión a través de referencias a la condición de clase, etnia, raza u otras características grupales o partidistas, comprenden toda una visión del mundo dentro del imaginario de una mente radical, polarizada, que mira el espacio donde se encuentra con extrañeza porque no sabe dónde está.

La Viveza Criolla por ejemplo, es el resultado de una filosofía de vida impuesta por nuestra desconocida carga histórica construida a partir de epopeyas y Estados mágicos. Recordemos que una mentira dicha mil veces se vuelve verdad. Pienso que el individualismo es una condición presente en todas las sociedades capitalistas; el egoísmo no puede ser atribuido a una idiosincrasia perdida en América Latina. Si nuestro egoísmo existe, está para hacernos creer que somos los únicos que padecemos en el mundo, y eso está muy mal, porque nuestra percepción es inútil y limitada. Con una visión tan reducida del mundo ¿cómo aspiramos cambiar la realidad?

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Demasiada televisión inútil vendiéndole ilusiones a la gente, demasiadas cirugías embrutecedoras para los que no soportan aceptarse como son. Buscamos desesperados la identidad y reconocimiento por aquellos que piensen igual que uno. Demasiados «intelectuales» faranduleros haciendo estragos en sus seguidores, que andan buscando más rating que introspección en sus oyentes, nadie promueve a la autocrítica. Hacer un llamado a mirarnos en el espejo es promover al caos. El viaje al interior de nosotros mismos pronostica pesadilla y terror, por lo cual la libertad se hace costosa mientras emprendemos ese viaje. 

La idea de estabilidad es poderosa, y más cuando se busca en los confines de la ciudad. La libertad es el recurso indispensable de la imaginación: la ciudad tiene su propia concepción de ella, y cada individuo (racional-occidental) la asume como la única posible; en esta incongruencia de adaptar nuestras necesidades a un espacio reducido de universo, radica la mayor dificultad de la existencia; incongruencia espacial que nos mantiene sumidos a los límites establecidos de una cartografía urbana, que más allá de los peligros que la definen, son los rasgos opresivos, aquellos que nos mantienen con vida en la jungla de concreto y nos definen como ciudadanos.

La libertad, al igual que la democracia, son palabras que todos conocen pero nadie entiende, por el hecho de que ambas resultan ser ambiguas y por qué no decirlo, banalizadas. Nuestros políticos han sabido cómo lubricar al pueblo por medio de las palabras, porque el pueblo sufre de amnesia esporádica. Con la polarización cada sector se ha aferrado a las palabras dándoles un significado que para el otro No es válido, fuera de orden. Se rechaza automáticamente no por el significado, sino porque proviene del otro lado.

Tenemos el caso de la violencia en Venezuela, por tomar un ejemplo, donde dos visiones del mismo fenómeno a pesar de que buscan el mismo fin no pueden establecer diálogo entre ellas: “Queremos paz”, dice el Gobierno; “No queremos Violencia”, dice la oposición… unos están a favor de la paz y otros en contra de la violencia. Sin duda ambos buscan un fin, pero siempre y cuando no incluya al otro, que busca otra cosa. Resulta hasta tonto caer en este tipo de discusiones, tampoco es la idea.

Nadie sabe quién inició el conflicto entre los dos, pero como queríamos terminar rápido, lo iniciamos nosotros primero… y así funciona el ouroboro de la idiotez venezolana. Una masificación del odio, la verdadera dictadura del pensamiento. La no aceptación de nosotros y al mismo tiempo, la negación del otro, porque no existe: lo maté Yo.

Podemos hacer una gran lista del doble discurso llevado por la polarización política en Venezuela, respaldado por un nacionalismo que no ha hecho otra cosa que marcar las diferencias entre nosotros sobre el tema de: ¿Quién ama más a Venezuela, o ellos o nosotros? (Por tomar otro ejemplo) Se toma como referencia el mismo punto de partida: un amor exacerbado, pero limitado a cuestiones paisajistas y anacrónicas, de un pueblo nostálgico que habla siempre en pretérito. Anhelando cosas que nunca ha tenido, envidiándole los logros al otro, que siempre está mejor que nosotros. Cada uno como individuo legitima y perpetúa la narrativa del fracaso, evitando para nuestra tranquilidad la épica del desencanto: echándole siempre la culpa al Otro de los problemas que acontecen, porque uno hace todo lo puede para sacar a este país adelante (?). Estamos convencidos de nuestra condición irreversible, pero seguimos soñando con cambiar a cuesta de méritos propios, los demás que se jodan.

Uno no puede atribuir la razón a un tipo que te habla con tanta comodidad de una crisis. Los intelectuales hablan siempre desde su burbuja de saberes, nunca atacan a su gente, porque pierden aduladores, por eso he llegado a un punto donde no me los puedo tomar en serio, porque están marcados por la edad, son viejos, y me da tristeza escucharlos y justificar que loro viejo no aprende palabras nuevas, (me pregunto si ese es el destino de todos, llegar a un punto donde no nos interese aprender nada nuevo).

Demasiadas ideas al mismo tiempo… Reflexionar resulta un tormento que atenta contra la felicidad, con tanta información mejor recibir las cosas de otra boca no tan avezada en el asunto, o recibir la visión directa de alguna redacción mediocre proveniente de un medio de comunicación ultra-radical con temáticas frutales, que en vez de informar, lo que promueve es el odio, la homofobia, el machismo, el racismo, la marginalidad, la xenofobia, la idolatría política parasitaria: chasvistoide/bobositora-chabestia/escuálida, ambos grupos cada día se parecen más, pero están tan concentrados en su rabia visceral que ni cuenta se dan.

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Todo se vale, la gente normalmente suele publicar un dilema general que no necesariamente tiene que ver con ellos, simplemente lo hacen para sentirse a gusto compartiendo su miseria con otros que piensen igual. Una amputación del pensamiento. No existen conflictos si todos miramos el mismo color. La juventud venezolana, a la cual por ahora pertenezco, es patética y pusilánime. Los nuevos tiempos vienen pero el detalle es que se van quedando y acumulando los viejos. Todos quieren cambios pero nadie quiere cambiar. Es muy fácil introducir ideas volátiles en mentes en formación, y podemos ver el resultado, una generación vacía, que despotrica el ahora, desconoce el pasado, y se jacta del porvenir pero de una manera casi enfermiza porque ignora por completo su historia: no sabe de dónde viene. En una sociedad polarizada podemos ver líderes nefastos conduciendo a todo un grupo de borregos, que sólo por el hecho de ser jóvenes se creen dueños del mañana. Somos esa generación que dice que todo está en la mierda, pero que no rompe ningún plato, y sin embargo destruimos más de lo que creamos.

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Hay un placer desquiciado por la narrativa del fracaso. Ya no basta con que nos llamen latinos tercermundistas, sino que también entre nosotros nos echamos tierra encima… Lo único que faltaba para exacerbar nuestro estado bélico era tener conflictos con los vecinos, y los tenemos, al parecer: Con Colombia y Esequibo. Ahora buscamos echarle la culpa a toda una nación. Usando los medios para armar fiestas mediáticas, que llegan con total éxito a una audiencia ignorante, que responde siempre de la mejor manera; manera que le interesa a todos estos que nos gobiernan: invocar el oprobio entre los semejantes, distraer a las masas de los verdaderos problemas, de problemas concretos, que tienen que ver con el reconocimiento del uno y del otro.

La Guerra Económica, el acaparamiento, la escasez… todas, ficciones creadas por nosotros mismos. Nosotros llevamos la cuenta de nuestra miseria, no venezolana sino humana; la que contamos día a día y compartimos a unísono, en una soledad rectangular virtual, donde hay comedia y violencia conviviendo en armonía. El sadismo se ha normalizado, y no hay que poner en duda que nuestra idiotez también.

Un bombardeo de imágenes por todos lados. Nuestro ego-centrismo criollo se ha vuelto nuestro principal producto de exportación ¿Por qué como individuos sin importancia colectiva pretendemos que nuestros problemas son los más grandes del mundo? ¿Acaso nos hemos atrevido alguna vez en preguntarnos cómo piensa el otro, sin antes haber armado todo un prejuicio de Él? ¿Te has atrevido a mirar el mundo de otra forma? Preguntas incómodas, porque sabemos que ni el mínimo esfuerzo hacemos, a mí no me interesa que piensa ese Otro; pero sin embargo entra en conflicto con lo mío.

El odio no nos deja pensar. Lo más triste es que nos joden por los lados que desconocemos. El caos necesita de cómplices ignorantes, de autómatas estructurales, de gente resentida por los años. La negatividad con la que cada polo percibe al otro ha funcionado como repelente social para movilizarse políticamente. Hay que cuidarse de lo que dice o hace el otro, a la espera en vigilia del ataque y defensa. Las hazañas bélicas se concretan en la cartografía urbana. Desde cada extremo hay que movilizarse y demostrar la fuerza del grupo, ya sea tomando plazas o esquinas…siempre una lucha que termina en bailoterapia estafadora donde se reclama o se exalta lo que se desconoce.

La Polarización en Venezuela se sostiene a partir de un discurso que va siempre en contraposición al otro: a ese que piensa distinto a mí. La reducción de todas las problemáticas a un planteamiento dicotómico (entre ricos y pobres, chavistas y escuálidos, boliburguesía y burguesía), han re-planteado nuestra cosmovisión de lo que debería ser un país; el escenario de un país divido aparentemente (y de forma casi imperativa) en dos visiones de mundo.

Marchas, contramarchas, toldos y módulos donde vociferan la verdad unicolor; una conscripción de un modo de pensar incuestionable: uni-versal y radical. Las temáticas están diseñadas para que el individuo en su formación de identidad nunca abandone su grupo, y a su vez, evitar todo tipo de encuentros con el otro. El fin de la polarización es perpetuarse a sí misma, haciéndonos pensar que el otro es culpable de todo… ¿Algún radical en su libre voluntad se atreve a decir que ha intentado escuchar o dialogar? Mentira. Aquí nadie se ha tomado la molestia de saber qué piensan los demás.

Lo que más me molesta de este asunto es la aceptación constante de esta problemática, y la obligación de tener que escoger una visión del país: O estás con ellos o con nosotros… Vienen las elecciones, tienes que decidir el futuro del país… pues estamos del lado correcto de la historia. Los extremos no permiten contrastes grises. Para el radical es inaceptable llevarle la contraria, y mucho menos decirle que está equivocado…

En conclusión, pienso que hemos permitido que unos rancios determinen el curso de nuestro destino, y que en los últimos años no hemos hecho otra cosa que definirnos en posturas radicales, evitando por todos los medios contemplarnos en el espejo. Aquí yo no le pido a nadie que sea héroe y olvide todo lo aprendido, lo que sugiero es re-pensar; tarea compleja pero que tampoco es imposible. El problema radica en creer que cambiando la realidad podemos cumplir nuestros sueños, pero nadie nos ha sugerido que lo mejor es cambiar nuestras formas de soñar dentro de la realidad.

Nadie te pide que cambies el mundo, pero sí tu forma de verlo…

 Alexander Urrieta Solano

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Referencias:

– Fotos de las 2 gorras: BBCMundo «Opositores llevan una gorra. Oficialistas otra. Todos los días.» fuente:http://www.bbc.com/…/140829_venezuela_familia_dividida_dp

– Winnie de Pooh: «safely endangered meme viveza criolla» fuente:https://www.facebook.com/bananarepublicofvenezuela

– «En Venezuela no hay racistas…» Fuente: Twitter @ArrobaDanilo

– Sra con franela de chávez: «yo soy chávez» fuente:http://laiguana.tv/images/03_Marzo/11/YO-SOY-CHAVEZ-C.jpg

– Sras opositora: s/t’itulo fuente: http://factormm.com/…/2015/05/MarchaCcs6-150×150.jpg

– dibujo al final: «Polarización en Vzla» fuente:http://conceptodefinicion.de/…/PolarizaciC3B3nVenezuela…

Líneas de vagón

Dicen que el saber es poder, yo diría que más bien es incertidumbre.

Por lo menos vivir en Caracas es una incertidumbre. Creo que todas las ciudades tienen sus formas de enervar a sus habitantes. La ciudad nos asfixia con cualquier cosa… el detalle entonces está en saber cómo respirar sin partirte la tráquea. Al menos siendo intenso uno puede serlo.

Supongo que no puedes compartir mi locura querido amigo, pero si comprenderla.

Verás:
Uno se niega a morir de aburrimiento. Hay días donde prefiero dejarme secar por el sol. Caer en coma etílico. Desmayarme con el mejor orgasmo, de esos que vienen cada tantos días, cuando los pares están de humor y las hormonas hacen bien su trabajo; Mercurio retrógrado es cómplice de mi empresa, de mi afán por volverme loco en esta puta ciudad, tan cara… tan erógena.

Tú de algo tienes que estar seguro, los caraqueños estamos malditos de algún modo. Pobres ricos. El diablo supo criarnos y amarnos a su modo. Dios nos escucha, pero nunca admite que poco se esfuerza, porque él incluso duda de su propia existencia… es una ironía que así se mueva la fábula de la vida, supongo que así funcionan las cosas: en un perfecto caos orbitante.

Uno se pregunta cómo se logra abrazar la distancia. Escupir al piso y perforar los techos del infierno. Una saliva ácida como esa que se macera en nuestra boca es la que necesitamos en estos nuevos tiempos de cólera y estupidez contagiosa. Tiempo difíciles, que ya dentro de nada serán pasado e historia. Aquí estamos condenados al olvido. El instante nos quiere a todos autómatas cocainómanos. Ya el mañana no importa porque ya no existe el hoy. Estamos expuestos al caos inminente. Cavamos nuestra tumba.

No pongo en duda que la soledad es un síntoma que aparece cuando habitas en ciudad. Es como un cáncer que hace metástasis cuando te empiezas a acostumbrar a los muebles, a la televisión por cable, a las comidas instantáneas, a la comodidad permanente, a la servidumbre y los impuestos; lo cotidiano nos mata de forma silenciosa, pero no tenemos que preocuparnos por eso… se supone que es un proceso natural.

Como que todo esto ha sido planeado. Todo se ha hecho a medida de un mandato de los cielos. Digamos que fuerzas poderosas controlan los hilos de nuestro andar…entonces: a la mierda todo. Me pronuncio ante la codicia de los enanos.

Caracas ha estado enferma desde hace tanto tiempo. Cuántas ciudades padecen estados terminales. El mundo se ha vuelto un lugar caótico…tan incongruente, que lo ideal es no perder el tiempo buscándole un sentido. Vivimos en un mundo infestado de tanta información, que por ser tanta, nos da asco acercarnos a ella. El saber pronostica terror. Pocos se atreven a adentrarse en su interior para contemplar la sublime insignificancia del ser. Temo sentir la derrota en mis huesos, nada en este mundo se puede cambiar.

Cada día estoy más convencido de que  Caracas cuenta los días para que el Ávila se lo trague.

La fantasía de por medio calma la irritación producida por el odio. Es por eso que soy de vez en cuando feliz: ridículamente feliz. Saludos de nuevo, querido extraño. El valle a pesar de todo nos
sigue queriendo.

Alexander Urrieta Solano

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El fútbol y otros complejos de inferioridad

Los venezolanos queremos ser más desgraciados que los desgraciados, y los medios de comunicación con su despliegue de discursos petulantes masivos logran siempre su cometido: embrutecer al pueblo. Páginas de “información”, que me atrevería a decir que son más de tetas y farándula política y deportiva. La gente a falta de noticieros televisivos busca el respaldo a través de las redes sociales, porque también el periódico y la radio en este país son un compendio de los más sublimes radicalismos… digamos que las consecuencias por todos lados resultan ser desmotivadoras. Las redes sociales han cristalizado más la polarización en el país, y el criterio en la mayoría de los casos prefiere guardar silencio ante la aberrante búsqueda de pulgares arriba, que sólo sirven para la inflación del ego y la decepción paulatina del contexto país.

Con las redes sociales ahora cualquier idiota puede ser tomado como intelectual, hecho del cual yo, como mísero bloguero (si esa es la categoría donde me tengo que reducir), me resulta imposible escapar. Quizá como muchos pretendo la formación de un discurso con contrastes grises, donde pueda a lo sumo encontrarme con las diversas opiniones del lector. Pero saben, llega un punto donde uno se siente como imbécil por tratar de armar un discurso distinto, que no venga de una oposición boba desquiciada o de una fanaticada ortodoxa chavista. La verdad esta lucha por tener la razón me tiene sin cuidado. No me importa, porque siempre llegamos a un punto donde estamos totalmente equivocados y nadie nos dice nada. El precio de la idiotez de los poderosos, lo terminan pagando aquellos que nada tienen, los que no saben si comerán el día de mañana, ellos no tienen tiempo para las reflexiones, pero nosotros sí, todos aquellos que pueden recibir suficiente oxígeno en el cerebro para cavilar; creo que todos somos capaces de re-pensar. Triste el que no pueda. Pienso que uno desde su enfoque, armando ideas no desde una postura privilegiada pero si lo suficientemente pertinente como para establecer críticas a todo, puede de algún modo esgrimir al monstruo de la inconformidad, atacar con ilusión y rabia al fantasma de las causas perdidas; uno puede chocar el carro como mejor prefiera, pues nada está escrito en piedra, y la libertad de expresión es viable si te sabes expresar con propiedad.

Porque así como muchos venezolanos yo también me siento asqueado por la realidad que vivimos diariamente. Soy un ser humano, y por lo tanto, también mortal, con las mismas necesidades que otros: como-cago-tiro-y me quejo; el costo de la vida ha jodido la existencia de todos por igual. Sin embargo me cuesta sentirme identificado en este mega-relato de Derrota que es muy popular entre los venezolanos, que raras veces ponen en duda la realidad. Cuando no se cuestiona nada empiezan las declaraciones rotundas que más que nauseas provocan lástima, y más sobre todo si se pronuncian en voz alta. Uno puede hacer una recopilación de todas las ridiculeces que habla la gente en la cotidianidad, y tiene suficiente material como para hacer una antología de la idiotez del venezolano. Esa falta de tacto y sentido común, de egoísmo cegador. Pura idolatría partidista, con algo de trastorno consumista. Como si el consumo compulsivo fuese un derecho otorgado por la Divina Providencia, o un mandato estricto de los cielos. Desde cualquier ángulo estamos jodidos.

Imagínense a esas mujeres que andan en la vida con el autoestima por los suelos porque siempre creyeron que eran feas. Vivimos en un mundo donde la mujer tiene que convertirse en una suerte de mujer ficticia, irreal, que lucha contra el tiempo a punta de cirugías y cremas rejuvenecedoras, no olvidemos que “Salud es belleza”, hay que prestar atención al constante bombardeo mediático de aquellos productos que forman parte de nuestro consumo diario. Tanto que llegan a ser miembros de nuestra familia. Cosa terrible dejar que un niño pase más de diez horas viendo un canal de comiquitas, donde ahora gran parte de lo que mira el niño es tele-compra, el niño simplemente es un vaso siendo llenado por la baba ideológica del mercado. Con el paso del tiempo, que no nos extrañe que nuestras nuevas generaciones sean hasta cierto punto carentes de reflexión. Creo que lo mismo pasa con el discurso de la Derrota y el Fracaso. Se ha hecho populoso decir que a los venezolanos nunca nos ha ido bien, que allá afuera existe un mundo donde hay cosas mejores que nosotros, que es la primera vez que la gente sale para buscar la vida mejor… pero yo me pregunto ¿qué coño es la vida mejor? Unos indignados dirán, cualquier cosa que no esa esto, pero igual la respuesta me resulta ambigua todavía. Me molesta que desde las masas siempre hablen por uno; como si uno no tuviera la voluntad ni el suficiente raciocinio como para construir algo diverso y productivo (al menos para mí). En el intento de indagar uno corre el riesgo de ser tildado como comunista, loco, socialista, enfermo… también hippy o chavista, la gente está pendiente de encasillarlo siempre a uno. Hay que darle también nombre a las cosas que no podemos comprender.

Porque ahora cualquier cosa que evoque la izquierda es malo. Pensar distinto es malo. Las reflexiones nos sacan del marco de la cotidianidad caótica, y nos permite abarcar las problemáticas desde muchas vertientes. Pero, quién tiene tiempo para eso… “aquí lo que hay que hacer el tumbar el gobierno” “Aquí lo que hay que hacer es matarlos a todos” “aquí lo que falta es un demócrata preparado” “aquí lo que falta es un empresario que  ponga a producir” “aquí falta alguien de afuera que arregle este desastre”… y podemos seguir con nuestro rancio inventario de humanidad perdida en constantes vicisitudes. Complejos grandes arrastramos desde la colonia, con ese asunto de que hay mejores y peores. El cuento del mestizaje se quedó corto ante tantas desigualdades.

Así nos pasa. La cosa es que nos dijeron que había naciones por encima de nosotros. Recuerdo muchas veces en el colegio, la profesora nos mandaba a repetir que éramos un país sub-desarrollado pero en “vías de desarrollo”; tengo la certeza de que mi maestra no tenía idea del daño que nos estaba haciendo. Creernos menos porque carecemos de ciertas cosas; pensarnos como escoria, despreciar el saber producido en esta tierra, es síntoma de endorracismo: de no aceptación de uno mismo, ni de su cuerpo ni de su mente, desde una plancha de cabello para alisar el pelo malo, hasta las comparaciones con países “históricamente superiores” que lo que hacen es respaldar el hecho de que nosotros no servimos para nada: porque somos latinos, mano de obra para los extranjeros pero bazofia andante en su  propia tierra, ¿alguien me explica tan mutilada contradicción? Sin embargo nuestro estatus nos hace pensar que somos en algunos aspectos superiores a otros. Veamos un ejemplo, en el cual trataremos de hacer un breve análisis de discurso (a modo de aficionado) de un texto extraído de la página humorística: El Chigüire Bipolar, en donde hace comentarios respecto al partido de futbol de Venezuela contra Perú, en el cual salió victorioso por un gol el equipo blanqui-rojo. Definitivamente el fenómeno del futbol como evento globalizador y totalizador embrutece a más de uno, por eso con toda razón es el deporte rey por excelencia:

YA ESTÁ BUENO, ¿OK? LLEVAMOS AÑOS QUE SOLO NOS PASAN COSAS MALAS ¿Y AHORA ESTO? ¿Y CONTRA PERÚ? PRIMERO LAS COLAS, LA INFLACIÓN, LOS CAPTAHUELLAS Y AHORA PASA ESTO… YA YO NO VEO LA LUZ. Deberían llenar el Orinoco de helado de chocolate para que nos llegue a todos los venezolanos y se nos pase la depresión. O liberar el dólar o algo, pero que nos pase algo bueno POR FAVOR. Yo sé que seguimos clasificados, pero igual; me siento triste. Voy a emborracharme de todas formas, pero por tristeza… que es distinto. Mañana igual es viernes, los viernes no se trabaja”.

No sólo perdimos, sino que perdimos contra Perú, algo que al parecer resulta humillante. No es mentira para nadie la forma como se ha construido el estereotipo de los pueblos del sur en nuestra tierra caribeña, como si no faltara que en sistema mundo los latinos seamos la mucama predeterminada o la puta sexy de alguna película de acción norteamericana, para nosotros los peruanos son cotorros, sucios, feos, y el que más me gusta de todos…indios. Porque recordemos toda la carga que trae consigo el indio, asociado de una vez con retraso, o no civilizado. No es casualidad que en la serie popular de Isla Presidencial (por tomar un ejemplo obvio) el personaje de Evo Morales sea uno de los más chistosos de la serie, cumple con todos los requisitos para personificar el retraso de los pueblos: es indio, habla raro, tiene un acento cómico y es, en la mayoría de los casos, un poco tonto, pero lo importante es que nos hace reír. Nos entretiene y nos conmueve. Lo importante en occidente es aprender a reír. Reírnos de nuestras desgracias pero sobretodo, saber reírnos del otro. Cualquiera pensaría que soy un pusilánime, pero mis procesos me han enseñado que todo, de alguna forma u otra, tiene que ver con todo. La civilización funciona como una máquina titánica, máquina que  nunca se mueve de forma inocente. Sentirnos desdichados va más allá que un problema estatal; va incluso más allá de una politiquería infantiloide, o que no se consigan los productos de primera necesidad; o de que nuestros mesías se mueran de hambre, o que la vida de los seres humanos cada día valga menos que nada.

Lo foráneo que ante nuestra mirada viene a ser lo intrínsecamente perfecto. Asumiendo estas posturas que implican una connotación con respecto al marco geopolítico y racial, nos reducimos a la categoría latina, que encima se mezcla con el gentilicio venezolano: una criatura con severos problemas de identidad, que como otras sociedades se cree mejor que unos y peor otros. Más que diferencias, hay que buscar en qué nos parecemos al otro.

Mujeres, culitos, pasión, futbol y cerveza…tampoco olvidemos la arepa. El discurso de identidad que mueve a los venezolanos reducido a un eslogan corporativo. Lo disfrutamos, pero al mismo tiempo se le tiene un profundo desprecio. Una negación de aquello que ha definido lo que somos en el marco popular, que al negarlo lo legitimamos; suena paradójico, pero así funcionan las relaciones humanas. Parece imposible escapar de este círculo vicioso. Ahora que estamos en víspera de la Copa América puedo reafirmar que es un evento que hace brotar los peores sentimientos del hombre, me refiero al futbol como espectáculo somático y distractor. Ahora el destino de la nación está en manos de once jugadores. Si ganamos bien: Venezuela-es-el-mejor-país-del-mundo-cuanto-te-amo-estoy-orgulloso-de-haber-nacido-en-esta-tierra-rica-en-talento…

Pero si pierden pues, el país es una mierda-nunca-nos-pasa-nada-nuevo-maldita-sea-cuándo-nos-pasará-algo-nuevo-por-favor-Dios-mío-te-lo-pido-sálvanos-de-las-tinieblas-porque-aquí-nada-sirve-el-gobierno-acabó-con-todo-nunca-fuimos-felices.

Lo único que nos falta es cortarnos las venas y ambientar nuestra cólera con violines y dolores. Confuso el discurso mediocre del nacionalismo venezolano. Lo único que faltaba eran las motivadoras profesionales (ahora pongo en tela de juicio lo que hace un comunicador social) que por cada victoria de Venezuela harían un performance de desnudos, quizá con la finalidad de enaltecer el sentimiento patrio o el morbo de algunos pajizos. Todo tiene que irse al espectáculo y banalización del cuerpo. Porque quién no se motiva con las caderas de una mujer voluptuosa desnuda; a la gente le gustan los culos y las tetas porque no hablan. El fútbol como intento de reivindicación del patriotismo es un arma de doble filo, porque en la medida que nos une como “hermanos venezolanos” pone en evidencia nuestros altos niveles de ignorancia high class. El show como forma de hacer las cosas no nos lleva a ningún lado. Tampoco poner toda una carga llamada Nación en manos de un equipo que persigue un balón para anotar gol. Es tan desolador como sembrar esperanzas en eventos como el miss Venezuela, “porque después que nos han quitado todo, todavía somos el país de las mujeres más hermosas del universo”… coño, todavía queremos tapar el sol con un dedo.

Si seguimos pensando que todo es joda, quién carajo nos va a tomar en serio. A veces me pregunto para qué coño me formo como ciudadano si al final la decisión la toma el déspota seguido por sus borregos. Yo sé que esto no justifica nada, pero en un país donde la gente le cuesta pensar, difícil le resultará avanzar.  Puedo tener sentimientos encontrados con los escritores de esta página de humor insípido (el chigüire), que de vez en cuando atina en sus entradas. A veces me río bastante (porque siempre es un placer degustar de la ironía propia y ajena), otras veces siento repudio por los redactores de esta página. Es como ir al reino de Musipan, para disfrutar del parque hay aceptar las condiciones de la picota: asumir que la burla andante eres tú. Lo mismo ocurre en cualquier espacio donde se emite cualquier tipo de opinión. Se deja bien claro las influencias políticas, sociales y culturales de los administradores de esta página. El humor es una forma de atacar a través de la ironía, del cinismo y por qué no decirlo, desde el racismo, desde la denigración del otro y la negación de todo aquello distinto. La burla y el chiste son el punto de encuentro para la sedimentación de nuestro sentir trágico de la vida.

Los venezolanos somos payasos en esta vida a quién Dios destinó sufrir. Dudo que seamos las únicas criaturas en la tierra que reniegan la existencia y cada día exijen a través de la burla y el insulto, algo más accesible que la estabilidad y la paz. Una suerte de calidad de vida como la que tienen otros, de esas fantasías contadas desde la televisión por cable y el internet basura. Allá afuera hay un mundo que no se detiene por nada ni por nadie y eso nos frustra. Pensar que somos el país más atípico del mundo, donde lo insólito ocurre, donde la corrupción florece, los ignorantes son reyes, y los profetas escapan en avionetas, pensar que sólo nos pasa a nosotros… es de pajuos, o inocentes tal vez. Disculpen mi actitud lasciva, pero es la mierda con la que uno tiene que lidiar constantemente, la voz del pueblo es la voz del cielo; me pongo a pensar que esos hilos que mueven nuestras acciones están determinados por las presiones sociales, por movimientos parasitarios que idolatran a cualquier farsante que hable con la palabra de Dios, mientras normaliza su erección esperando cogerse al pueblo por donde más le duela; tampoco de esto no está desprovisto el revolucionario que al ponerse sus respectivos atuendos se hace llamar pueblo…hay para todos los gustos. El mundo está gobernado por los estúpidos. Por los violadores, depravados sexuales somos todos.

Vivir de lujos y comodidades, “poder ir a un supermercado y gastar mi plata en lo que me dé la gana”, siempre me salen con ese argumento, del cual nunca he estado en desacuerdo, pero vivir únicamente del consumo, solemos confundir la libertad con cosas tan baladíes como comprarse un teléfono o irse de viaje a Miami, pensamos que desarrollo es sinónimo de primer mundo. La globalización exacerba la superioridad de los países que aparentemente han llegado al fin de su historia, ¿pero qué pasa con los venezolanos? ¿Somos idiotas, somos tercermundista?, o la típica esa de que somos latinos, yo como individuo: ¿cómo puedo asumir que mis procesos son menos que los de otros?, qué afán de reprocharnos con todo lo foráneo, y lo peor de todo es asumir que lo foráneo es intrínsecamente mejor que nosotros ¿no damos la talla en el mercado mundial? ¿Será que somos fracasados por naturaleza?

Uno gracias a la globalización es un espectador pasivo del maravilloso mundo en movimiento, que cada día me resulta más deprimente, donde el gozo viene a ser una imposición. Si la democracia es placer y libre mercado, por lo tanto el socialismo es todo lo contrario (?), pongo en duda lo aprendido en los libros y lo expuesto por los maestros. Siempre en la praxis la gente la caga, pero demasiado; para que la teoría se cumpla necesario es siempre romper ciertas reglas, pisotear gente, destruir ecosistemas, aniquilar saberes, la idea de todo este proceso es reducir la conciencia hasta un odio puntual hacia el otro que por descarte siempre estará en lo errado, y hacia nosotros mismos, los pobres venezolanos, que hasta el día de hoy ignoramos todavía quiénes somos. Pero lo más grave y lamentable de todo este asunto, es que tampoco sabemos qué queremos.

Alexander Urrieta Solano

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La mirada violenta del no nacido

La monotonía los había convertido en autómatas. Se trataban como dos extraños que habían olvidado que se querían. Ella se había acostumbrado al borborigmo y las pastillas para la tensión. Él se volvió inmune al aliento pesticida de su esposa por las mañanas. Les resultaba divertido mirar desde la almohada su pequeño rincón de universo, donde los primeros rayos que entraban en la habitación revelaban las infinitas estrellas de polvo, que iban a parar a libros y adornos, que para limpiarlos salía mejor sumergirlos en agua que pasarles un trapito húmedo. Los caprichos del hogar le maltrataron las manos a ella, ya no tenía tiempo para rejuvenecer ni divertirse como antes. Los trastornos de la ciudad lo volvieron loco a él, con el tiempo aprendió los oficios del hombre común, se obligó a sentirse cómodo en no lugares, a disfrutar de la banalidad y el carnaval asfixiante de Caracas: las tascas el pan con ajo y la cerveza, el eructo y la distorsión del fumador pasivo, el etílico recorriendo el cuerpo, un hígado explotado trabajando por un bienestar insensato.

Ella poco a poco empezó a salir de la casa motivada por la lengua de sus amigas solteronas. Se abrazó a las prácticas esotéricas y los libros de autoayuda; entre quiromantes y coelhismos embrutecedores se ideó una filosofía de vida sintética, contaminada por novelas rosa y tramas vampíricas mediocres. Él se entregó a la fuga y al pay per view; pasaba horas contemplando mujeres voluptuosas inalcanzables, su historial se llenó de notificaciones de facebook y pornografía. Ninguno de los dos encontraba empatía en el otro, y sin embargo el mundo pensaba que todavía se querían con la misma intensidad del primer día. Era un amor de plástico. Pretendían ser jóvenes para ignorar que se estaban poniendo viejos, de que el tiempo se les acababa, que la piel se arrugaba y el sexo ya no tenía velo en este entierro. Se comportaban como carajitos. En intentos de salvación por los domingos subían al Ávila para bajar luego llenos de odio. La costumbre mata amor. Las pistoladas de la experiencia eventualmente se volvieron una realidad. Estaban asqueados de la sombra del otro.

Todo se volvió un círculo vicioso. Ella encontró el sosiego en los brazos de otro hombre. Él recreaba sus fantasías misóginas con muñecas inflables. Eran un par de ciegos que jugaban a hacerse daño, típico de los adultos que se encadenan en sus propios egoísmos. La soledad tomó consideración con los dos. En su desesperación, ella buscó muletilla en charlas de motivación personal dictadas por farsantes que dicen que el universo conspira para que nos vaya bien en la vida ¿Alguien puede concebir semejante mentira? En su resignación, él se escondió en la idiotez de la televisión por cable: los clásicos de fútbol, las series gringas de humor insípido que te indican cuando tienes que reírte, contemplar el reino animal desde un plasma se volvió una suerte de apoteosis para él. En ellos se maceraba la rabia.

Un día de abril, de forma casi inesperada, uno le terminó arrebatando la vida al otro. Qué razones motivan a los hombres a matar, y seguido en un acto cobarde matarse ellos también. Ciertos sofistas afirman que el azar determina estas desgracias. Otros menos doctos, sugieren que el occiso es el producto lógico, de una relación fermentada en ilusiones y molestias irreversibles. Creo que ella simplemente lo que intentó fue reclamar su libertad. Y él, en su complejo de kamikaze le siguió la corriente. En su locura inusitada, terminaron matándome a mí también.

Mis padres Reyes de Indias devorados por un monstruo amable llamado Ciudad. Si yo hubiera nacido me gustaría pensar que las cosas hubiesen sido distintas. De que mi presencia en esta relación hubiese marcado una pauta para evitar quizá esta inminente destrucción. No lo sé. Mi voz fue un susurro que se aferró al olvido. Después de todo, la mirada violenta del no nacido no es otra cosa que un grito absurdo, que se pierde en el vacío.

Alexander Urrieta Solano

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Pelícano

El encuentro estaba pautado para las tres, pero como siempre llegué tarde. No tuve que tocar para entrar. Tenía la puerta de su despacho abierta, lo que me motivó por extrañas razones a elaborar una disculpa por mi tardanza mientras entraba en la habitación con lentitud. Lo encontré desnudo frente al espejo. Mi presencia no perturbó para nada su concentración. Tenía una pose taciturna, y su cuerpo se tambaleaba como rama golpeada por el viento. Di las buenas tardes y me senté en la silla que daba a su escritorio. Y no fueron mis palabras sino el rechinar de la silla lo que desvío su mirada hacia mí: Pelícano tenía la cara demacrada, como trasnochado, como aquel que lleva varios días luchando a muerte contra el sueño. Le pregunté cómo estaba, y me volví a disculpar por la demora. No dijo nada, pero su mirada esgrimía con fuerza y me quebraba la voz. Giró de nuevo su cuerpo hacia el espejo y volvió a concentrarse en él. Se contempló con mirada severa y rompió el silencio del despacho con tono apacible:

«Nunca me he considerado un tipo atractivo. Tengo una delgadez natural que no es cotizada ni despreciada. No soy voluptuoso como metrosexual adicto al gimnasio, ni tan enteco como ser descuidado que se pierde en el mundo de las drogas. Tengo el pelo malo, por lo que mis opciones de corte de cabello sólo se limitan a pasadas parejas de máquina, sin mencionar claro, los interminables cortes patentados por alguna tendencia modista idiota. No soy tan alto pero tampoco soy tan chato, digamos que tengo una estatura un tanto normal: Aceptable. Lo que se entiende por belleza en este mundo, parece que a mi cuerpo no le interesa. No tengo facetas de niño lindo coqueto, mi cara sería un absurdo en un cuadro de óleo. Tengo las orejas pequeñas, y mi nariz está sólo a pocos centímetros de ser aguileña. Un mentón alargado y puntiagudo, ideal para interpretar un papel de brujo medieval en una obra teatral. Soy vergüenza. Tengo caspa en las cejas, la cara reseca y los labios rotos por falta de manteca. Cutículas rotas, tengo esas hilachas casi ondeando encima de mis dedos, como banderines de feria, por falta de no sé qué en el organismo. Raro. No soy experto en colocar sangrías para iniciar tácticas de seducción. Suelo ser torpe porque recuerdo que carezco de ciertas cualidades, dignas de la normalidad de Occidente. Los soliloquios me están matando, tengo días que no como ni escribo».

Hizo una pausa y caminó con parsimonia hacía su escritorio y se sentó detrás de él. Se veía cansado. Mientras hurgaba la gaveta de su mesa de trabajo dirigió sus palabras hacia mí:

«No tengo aspiraciones de poeta, a pesar de ser un fingidor, una suerte de hipocondriaco que inventa desde la pura nada; tampoco tengo pretensiones de artista, porque sabes, existe una ligera línea entre un artista y un huevón. Un artista y una celebridad. Una distancia mínima entre una coherencia discursiva y una grama seca: entre un best-seller y un ejemplar destinado a coger polvo y olvido. No puedo concebir un mundo donde la máxima realización radique en la aprobación de los otros. No lo sé. Quizá con esta incongruente petulancia justifique mi ruindad. Mi odio por el mundo: mi resentimiento eterno por haber dedicado mi vida a este oficio, no el de escribir, sino el de querer entretener a la gente por medio de las palabras».

Pelícano hizo una pausa, y a la mitad de su sorna se prendió un cigarro de alegría. El humo se elevaba por los aires haciendo formas arabescas, y ya con sus pupilas rojas como dos cerezas prosiguió con su Delirio sobre el Chimborazo:

«No es cuestión de certezas –dijo con voz seca después de haber tosido–, sino más bien, una descarga de infinitas dudas. Un cuestionamiento rimbombante. Ese estudio a fondo de mí. Esas respuestas encontradas que no aclaran nada, sino que engendran camada de incertidumbre. Emano interrogación por los poros. Soy un ser incompleto. No soy más que estas funestas palabras. Mi pensamiento está plasmado ahora en tu recuerdo: No me vayas a olvidar. Punto y aparte».

Pelícano retiene el humo en su boca y se marea. La realidad para él se torna especiosa. Disfruta el sosiego. Sonríe al destino. Hace aros de humo. En la pausa del dictado contemplé a aquel hombre terminal. Pensé en su soledad de concreto, de pastillas, de vagón, de caspa y mosquitos, de gastritis y cefalea. En ese espacio de silencio logré percibir su infinita tristeza: su soledad. Soledad de vagón, de cola de banco, de cigarro detallado, de sudoku, de adornos cogiendo polvo y olvido. Pelícano, entró en hueco y salió. Hizo una que otra mueca rara, y en un burdo movimiento de autómata levanto el brazo, y en su mano había un revólver. Pelícano miró al vacío, hizo catarsis y luego a mitad del trance, perdió los estribos, pero siguió hablando:

«Cuántas veces me quise perder en una nube y surcar como corsario sin rumbo los cielos. Cuántas veces pensé en otra cosa mientras reposaba mi cara en la bisagra entre el hombro y el cuello de un amante. Cuántas veces me he perdido en cavilaciones sinsentido. Estoy lleno de tanto miedo. Y, ahora que lo pienso mejor, me resulta ridículo confesarme de este modo: contigo, un joven que vino hasta mi despacho sólo a buscar consejos para escribir. Ya no importa. No siento culpa por nada pero sé, que en el fondo hay algo que perturba mi conciencia. Una idea que envenena, y justifica todo acto impulsivo. Cuántas veces he querido embalsamar el orgullo. Pienso en la soledad como un síntoma de moda. Para endurecer los huesos y elaborar ficciones. Para el ocaso de la estirpe. Para el olvido que, inevitablemente, tú y yo seremos».

Cerró su idea y hubo una antesala de silencio. Todo pasó tan rápido que resultó imposible evitar la desgracia. Suspenso. Fuego. Quiebre y Detonación. En el resplandor de un instante el suicida bañó con sangre mi rostro. El punto final de su obra. Pelícano en un balazo directo al cerebro, se quedó dormido.

 Alexander Urrieta Solano

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Plan de desalojo

El brindis

Refinerias

Botellas

Ser moderno

Querido lector:

La característica fundamental de este mundo quizá radique en su caducidad. Arranco mi disparate discursivo, estando consciente de que los tiempos cambian y que todo en esta vida consta de un principio y un fin. Las cosas cambian y el hecho de que yo cambie no me puede parecer extraño. El mañana con su violencia, ha descolorido la historia del ayer, volviendo el presente una estadía efímera para cumplir satisfacciones instantáneas, vivir en una sociedad como meros autómatas, disfrutando de las atracciones que nos ofrece un mundo que tiene la apariencia de ser tan ilimitado como para saciar el hambre voraz del ser humano.

El mundo de hoy jamás podrá ser el mismo de ayer querido amigo. El mundo avanza y crece, sin embargo no puedo afirmar que crecimiento sea sinónimo de madurez: superación y trascendencia; nos hablan ahora del hombre nuevo: del hombre moderno. Y es entonces cuando caigo en el cuestionamiento: ¿Qué es para mí la modernidad? ¿Qué es ser moderno? ¿Qué implica que algo sea adjetivado como moderno? Tal vez todo sea un invento ideológico que aparentemente surgió en el “Siglo de las Luces”, o incluso mucho antes, y que con el pasar del tiempo, dicho discurso se compenetró tanto en nosotros que ahora se entiende como una enorme cosmovisión: un estilo de vida: una forma de interpretar y hacer las cosas… No lo niego, esta afirmación arrastra consigo sus propias dudas, así que mi entendimiento sobre la modernidad es una de tantas versiones aprendidas en algunos libros, de algunas bocas ajenas, que cuando no están presentes, sus ideas si fueron de mi agrado las vuelvo mías y puedo crear  a mi antojo, mi propia perorata intelectual.

La modernidad, tal vez en una definición un tanto laxa, puede definirse como la codicia de los enanos. La modernidad no se puede precisar en un punto en el tiempo, sino que más bien, es el resultado de una acumulación: una sedimentación de experiencias, que ponen como personaje estelar al hombre y su prometeico intento de dominación sobre todas las cosas. Digamos que la modernidad es un discurso secular que arrancó cuando el hombre empezó a interpretar el mundo a través de la razón, aunque, también hay que ver qué impulsos auspician ciertas acciones, que no son únicamente movidas por la razón, porque hasta el día de hoy por muy superior que se crea el ser humano, tendrá por encima de él la estupidez y el egoísmo también, que bien puede ser la piedra angular de la acción individual. La modernidad puede ser entonces ese gran discurso que nos atraviesa en la actualidad.

Los problemas empezaron cuando se creyó tener la razón.

Difícil tratar de abarcarlo todo querido amigo. Me he dado cuenta que a medida que voy lucubrando y escribiendo para perpetuarme en esta carta, me resulta complicado llegar a comprender en una totalidad este asunto llamado modernidad. Con lo poco que tengo de conocimiento he llegado a concluir que la modernidad no es más que una de tantas invenciones del hombre, como todo. El ideal cosmopolita de la ilustración y el positivismo lo confía todo al monopolio de una sola cultura: la cultura occidental, que construye toda una gama de discursos que derivan de la Modernidad: justificación que tiene el hombre –con auspicio de la razón– de poder ejercer su control sobre todas las cosas, incluyendo la vida misma. Se nos enseña dentro de la cotidianidad que la modernidad es una especie emancipación, una salida de la inmadurez por el esfuerzo de la razón, como un proceso critico que encamina a la humanidad a un nuevo desarrollo del ser humano. Pero yo me pregunto qué quieren decir con desarrollo, ¿qué implica que el hombre ha madurado?

Si la madurez se entiende por un mejoramiento de técnica de dominación y formas de sumisión entonces quizá todo puede quedar explicado, pero la cuestión por desgracia no es tan simple.

El porvenir todavía para nosotros sigue siendo difuso. Estas ideas ya expuestas quizás se conserven; de lo contrario se irán olvidando con el tiempo para luego aferrarse a otras ideas que tal vez puedan resultar más sólidas y válidas para el entendimiento. Por ahora, es el saber que se lleva acumulado.

 Alexander Urrieta

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Pasajes

Una cosa es escribir bastante, y otra escribir algo productivo. A veces me resulta difícil cumplir ambas expectativas. Cuesta más cuando no se está seguro de nada. Cuando no se está seguro si se escribió bastante. Cuando uno no sabe si escribió algo de verdad interesante. Me refiero a algo que valga la pena leer. Admito que me da miedo quedarme en lo efímero, pero también me aterra encontrar la nimiedad dentro de la extensión: llegar al punto final y no haber dicho absolutamente nada. Concentración, cuando creo tenerla se me escapa. La práctica lleva a la perfección, pero la distracción opaca al pensador: no lo deja trabajar. Por eso debo mantenerme enfocado en mi oficio; no debo perder la compostura, si de esto quiero vivir pues, no me queda de otra. El trabajo lúcido y consciente acaso estimula esas ideas interesantes, o simplemente promueven una especie de locura. No lo sé. No debo pensar mucho. Sociedad nos ha enseñado que el pensar mucho nos hace daño: nos priva de ser estúpidos felices. Los más dichosos son los que menos saben, dicen por ahí. Y claro, tampoco podemos olvidar la máxima secular que dice que la voz del pueblo, es la voz del cielo. Ahora me pregunto si estas palabras tienen suficiente fuerza como para crear una voz. Por lo menos llegar a una aproximación: a una aparente exaltación poética. Si no escribo nada mejor. Debería mantenerme así. Divagando hasta darle un grosor sustancial a la prosa. Hacerle perder el tiempo al lector con cada palabra. Palabras que poco a poco van creando un disparate discursivo. Una palabra que tiene que ser explicada, y que a su vez necesita de otras palabras para ser explicada. Ideas provenientes de otra idea, Idea que a su vez se macera en una materia grisácea. Nunca las palabras pronunciadas se expondrán de la misma forma como se piensan. Porque una cosa es lo que se dice, y otra cosa es cómo se interpreta. Por eso hay que ser precavidos, aunque resulte inevitable no pasar por criaturas lascivas al hablar. Verán, cuando escribimos sólo dejamos un pequeño fragmento de totalidad. Totalidad ilusoria, porque se conserva dormitando en el pensamiento. De ahí la diversidad. De ahí el hecho de que cada cabeza es un mundo. Un mundo que busca perpetuarse en la realidad material: en el recuerdo de las cosas: en la memoria de las palabras. El ser humano en su intento de dominación ha sido maldecido; se le ha inducido una obsesión a través de los siglos: la absurda creencia de la inmortalidad. Lo que no es eterno tampoco es real. Nos han inducido una fobia al olvido. Qué será de nosotros, pobres soñadores, cuando el último rastro de existencia se haya borrado del recuerdo del mundo. Imposible saberlo. Nunca llegamos a decirlo todo, en qué momento o espacio podemos abarcar lo infinito. El conocimiento por muy grande que sea siempre se le podrá añadir la unidad, así como los números, así como la vida misma. Somos Individuos sin importancia colectiva. Seres trágicos y egoístas, que van desviando el curso del entendimiento a través de lenguaje. Todo un universo resumido en un conglomerado de oración: una prosa que intenta encaramarse en el adjetivo poético. Las palabras, secas y cortantes, no dejan rastro de dudas de lo que somos, o pretendemos ser.

Alexander Urrieta

Cuatro esquinas

Enloquecido por esa urdimbre de pasiones y miedos sigo la pauta de los dedos. Un manejo casi volátil de los sentidos. Emprendo mi periplo por tu cuerpo sin tener fecha exacta de regreso. Sin nociones del mañana ni certezas de la dicha o la desgracia. Me entrego a tu fauna, y me siento como pez en el agua, navegando a ciegas por ese líquido que emana tu sexo. En medio de la oscuridad voy degustando el exquisito manjar de la risa mezclada con llanto. Me fundo en ese trance invocado por tu mirada de basilisco, que provoca taquicardias insanas y calambres en las piernas; que no perdona, que hipnotiza y mata lentamente, como la vida misma, que se envenena y desvanece con cada paso déspota del tiempo. Te tomo en mis brazos como pereza aferrándose con fuerza al árbol. Con mi boca recito hechizos para erizar los pelos. Me impregno como tatuaje en los rincones más entrañables de la carne. En un suspiro violento refresco con cierta calidez tu cuello. Nos movemos entre las sábanas como serpientes mudando piel. Sin hacer mucho ruido nos decimos al oído que nos queremos. Haciendo una pausa retrocedo para apuntar mis intenciones a tu semblante, para decirte en silencio que nunca te he deseado tanto como ahora. Unimos las frentes, y provocamos una hecatombe a pequeña escala, chocando mundos distintos, violando toda ley de atracción y gravedad, porque es a través de esa intimidad exclusiva donde nos damos cuenta, que son los pequeños detalles traducidos en caricias los que dan sentido a la existencia. Intentamos descifrar nuestra desnudez en el matiz púrpura de la noche, pero divagamos tanto en nuestros anhelos que nos perdemos de nuevo en esta lucha salvaje de cuerpos. Ejecutando maniobras extravagantes en cuatro esquinas nos perpetuamos en el recuerdo. Jugamos esgrima con la lengua mientras el corazón bombea de forma desquiciada, al compás de la música, Animales de Cuentos Borgeanos. Nos agitamos desesperados buscando dosis vital en los labios del otro. Mordemos como locos. Arañamos por placer. No queda zona erógena baldía en este palpar incesante. Todo roce es un espasmo que fermenta un idilio que embriaga en magnitudes desconocidas, que aterra y fascina a la vez. Emoción que escupe fuego, y cicatriza heridas por dentro. Emoción que sube y baja. Emoción que motiva a escribir a mitad del insomnio, mientras miro tu cuerpo dormir, arropado, brotando tranquilidad por todo el cuarto. Dictando palabras a este hombre extasiado, sumergido en un delirio de madrugada, recreando eventos y reviviendo momentos. Buscando el sueño a tu lado, cierro los ojos, me entrego a Morfeo, y en un susurro digo tu nombre completo. Y es aquí, en la calma total de nuestra soledad de pares, donde afirmamos que hacer el amor arrebatados nos tiene sin cuidado, nos ha dejado cansados, y hermosamente noqueados.

Alexander Urrieta

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Misiva al olvido

Uno

Nos pasa a todos. Disfrutamos llevar la soga al cuello. Estar al borde del abismo para darnos cuenta de que estamos vivos. De que sentimos. Cómo ese vacío nos quita el aire y nos llena los pulmones con tanta pureza, que nos marea. Nos consuela ese sosiego, cuando perdemos los tiempos, y el equilibrio se convierte en una cuestión tan inverosímil. Como esa certeza del más allá, de inmortalidad, de cándida ínfula de eternidad, que nos fascina y nos tilda de soñadores. Nos acusa, pero no nos importa. Porque después de todo, también la oscuridad presenta síntomas de iluminación. Fuerza desorbitada mezclada con una inesperada alteración de la conciencia. Deformación irreversible de las emociones palpables que se manifiesta en palabras endemoniadas, que salen de la boca de una heroína literaria, forjadora de ideas, y demoledora de universos enteros.

Dos

Y aquí estamos, como si nada hubiera pasado. Como si nos hubiésemos quedado atrapados en esa mirada secular. Es ese estado de locura y contemplación. De asombro y miedo. Sumergidos en ese encantamiento invocado por la malicia escondida en el enigma del lenguaje. En ese paraíso lexical donde más de uno ha encontrado su redención, a costa de un poco de cordura: que asegura el viaje de ida, mas no de vuelta. Locura innata, que a modo de ultimátum, nos deja por escrito una misiva diciéndonos que estaremos estremecidos hasta el final de nuestros días. Tocados por las crepitaciones producidas por el incesante choque del cuerpo con la mente. De la razón y el corazón. De llegar hasta tal punto, que ya no sepamos distinguir lo bueno de lo malo. Que todo nos resulte tan irrelevante, pero al mismo tiempo tan imprescindible. Qué contradicción tan enfermiza. Cómo explicamos este hermoso estado de lucidez donde todo es tan literal. Cómo nos enfrascamos en causas perdidas. Qué impotencia el tener que buscarnos hasta el cansancio, y no encontrar ni un mínimo rastro de existencia.

Tres

Esas ganas desesperadas de lanzarnos al vacío del otro. Esa impotencia de querer y no poder. De sentir por enésima vez, e intentar describir hasta el más mínimo detalle, esa sensación tan mirífica, que domina la conciencia y está por encima de todo precepto y moral, ya que resulta ser una cuestión ineluctable. Inhalación agresiva de sustancia mezclada con insecticida y polvo de estrella. Demos gracias a la vida, por habernos dado tanto, y que a pesar de que nunca lo tuvimos todo, tampoco nos faltó nada. Agradezcamos por haber tenido la oportunidad de ser huéspedes en este hostal llamando mundo. Mundo mal querido y mal pagado. Mundo absurdo: el ideal para los locos astutos. Como éste que escribe, que en esta ocasión en particular desea ser la voz de ambos aquí. Con cierta redundancia en sus ideas. Sin temor a los amagos de su punzada. Sin ningún prejuicio atando la lengua. Una criatura sin vergüenza. Ungido de Dios, enaltecido por los menos doctos, y condenado por el gran poder: carcelero de la verdad y otras cosas que resultan bastante incómodas. Arremete contra mi semblanza querida amiga. Que este bicho hombre te espera sediento, y armado con prosa y poesía. Desnudo, sumiso en las sábanas, y envuelto en una oscuridad cómplice de nuestro acuerdo, nuestro juego: mi alma, a cambio de nada, sólo juntar palabras, para usted, anónima lectora, otro pez suelto en el mar.

Alexander Urrieta

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Psicotrópicos

“Para la conquista de la nueva hoja es necesario tener en cuenta que la clave está en pensar. Escribir y Escribir. Lo que sea, la clave está en aprender a dejar en el papel lo que se piensa.  Tampoco se debe olvidar que escribir tonterías también es una forma de expresión. Los borradores son los sazonadores de los relatos a futuro. Esta nota de servilleta quizá me sirva para controlar terreno. A modo de epígrafe: la voy a colocar al inicio de la prosa”.

Por asuntos de violencia grama y estilo, las palabras que quedarán en esta hoja a partir de ahora, vendrán un tanto nocivas: sin anestesia: sin pensar. Con prisa. Mediocres. Buscando afecto. Buscando la boca. Contando errores. Improvisando. Cortando ideas. Pegando oraciones. Para que una cosa tenga sentido con la otra. Definitivamente, divagar, nada más. A ver que sale. El Viajero emprende la ascesis en el momento que toca la hoja. Se percata, y siente como una extraña fuerza lo domina y lo obliga a escribir.  Se empieza a cuestionar, y arranca su dilema: “No es cuestión de certezas –dice–, sino más bien, una descarga de infinitas dudas. Un cuestionamiento rimbombante. Ese estudio a fondo de mí. Esas respuestas encontradas que no aclaran nada, sino que engendran camada de incertidumbre. Emano interrogación por los poros. Soy un ser confuso incompleto. No soy más que estas funestas palabras. Mi pensamiento está plasmado en esta hoja. Punto y aparte. Ahora, yo me pregunto si, en mi posición de ser vertebrado, puedo poner en duda mis propios pensamientos. Todas estas maniobras cognitivas, acaso estarán a la par con las demandas del espíritu. De esa exigencia. De ese sentir proveniente de tan adentro. El punto de partida de las ideas, con su respectiva sangría antes de empezar. La génesis del pensamiento. Releo… y pongo en duda estas palabras. De dónde habrán venido, de algún proceso de sinapsis, o del alma misma. Ahora no lo sé. Voy a tomarme el tiempo necesario. A ver qué sale. Tampoco la cosa es divagar en planteamientos inextricables”. El Viajero quiere dejar de pensar por un rato. Se prende un cigarro. Fuma y se marea. La realidad para él se torna especiosa. Disfruta el sosiego. Sonríe al destino. Hace aros de humo, seguido de figuras ambiguas y arabescas. Garabatea su cuaderno de espiral, y sin darse cuenta, ya tiene una iconografía de su imaginación, adornando los márgenes del cuaderno con tinta negra. Piensa en su soledad: de concreto, de pastillas, de vagón, de caspa y mosquitos, de gastritis y cefalea, de mentira, de absolutos. De innecesarios despidos. De cuenta regresiva. De praxis fugitiva. De lamento en balcón. Amargura de mausoleo. De placa de agradecimiento, recostada al pie de un altar. De viudas llorando. De cola de banco. De cigarro detallado. De sudoku. De adornos cogiendo polvo…  “De tú y yo haciéndonos los locos –piensa en voz alta–, soledad para ejercitar los párpados, después de una efímera temporada en la Ceguera, he sacado mis propias conclusiones. En la vida hay amores que se matan de repente. Cosas que se dicen una vez y nunca más. Personas que van y vienen. Encuentros casuales. Capricho juvenil. Adiós en Dolor mayor. Corazón en Fa sostenido por alambre. De tragedias convertidas en canciones. De carta perdida. En la vida, hay amores que nacen de todo y mueren de nada.  El silencio incómodo. La matanza rotunda del deseo. Siempre lo mismo. Los pequeños detalles que ya no cuentan. El pasado que deja de justificar el presente. El reclamo de lo que no se ha dado. En la vida hay amores como el nuestro: incompletos: jodidos: hermosos, pero tóxicos. Nada que ver con romance correspondido. Pura búsqueda de consuelo: Tú para sanar y yo para olvidar. Incondicionales pero al mismo tiempo egoístas. Ninguno le rinde cuentas al otro. En la vida hay amores como el nuestro: de altura. Inefable. Cosa de locos. La distancia es buena pero mala. En la ausencia, interpreto el papel de un personaje excéntrico y fantástico: demacrado por las ínfulas de querer estar enamorado”. El Viajero, entra en hueco, sale, hace catarsis y luego a mitad del trance, pierde el conocimiento: “Cuántas veces me quise perder en una nube y surcar como corsario sin rumbo los cielos. Cuántas veces pensé en otra cosa mientras reposaba mi cara en la bisagra entre el hombro y el cuello de un amante. Cuántas veces me he perdido en cavilaciones sinsentido. Estoy lleno de tanto miedo. Y, ahora que lo pienso mejor, me resulta ridículo confesarme de este modo. No siento culpa por nada pero sé, que en el fondo hay algo que perturba mi conciencia. Una idea que envenena, y justifica todo acto impulsivo. Cuántas veces he querido embalsamar el orgullo. Pienso en la soledad como un síntoma de moda. Para endurecer los huesos. Para hacernos daño. Para simular estados de ánimo. Para elaborar ficciones. Para perfeccionar el carisma. Para la invención del cariño. Para el ocaso de la estirpe. Para el olvido que, inevitablemente, seremos”. El Viajero, en un balazo directo al cerebro, se ha quedado dormido.

Alexander Urrieta

Gesto quebrado

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