La novela del totalitarismo

(Un comentario sobre la novela Alamut, de Vladimir Bartol)

Por Kenizé Mourad

Este libro es como una muñeca rusa. Dentro de un primer envoltorio aparece otra muñeca, luego otra y otra mas… Con los colores de un cuento oriental colmado de jovencitas, de fuentes y de rosas, bajo la apariencia de una notable reconstitución histórica de la vida de Hassan Ibn Sabbah, fundador de la secta de los «hashashins» —de donde proviene la palabra asesino—, surgida en el Irán musulmán del siglo XI, en realidad se trata de un viaje iniciático. Cuando crees haber llegado, haber comprendido, te das cuenta de que no es más que una etapa, que hay que seguir andando, cada vez más lejos, y que la búsqueda no tiene fin.

Sin embargo, dan ganas de detenerse en la fascinante epopeya del «Viejo de la montaña», este Hassan Ibn Sabbah que había fundado su poder en el adoctrinamiento político religioso y en sus «fedayines», comandos suicidas que lo obedecen ciegamente.

Escrito en 1938, el libro nos parece en efecto profético. Pero si la actualidad concentra hoy sus focos en los excesos de cierto ayatola, también iraní, habría que ser intelectualmente miope y no comprender nada de la obra de Vladimir Bartol para creer que el fundamentalismo islámico es el blanco de su ataque. Y ello por la sencilla razón de que en esa época los fanatismos religiosos estaban poco exacerbados. El problema era en cambio el de los fanatismos políticos, generadores de dictaduras.

En vísperas de la guerra, Bartol vive cerca de Trieste, ciudad en la que los todopoderosos fascistas italianos se miden con los estalinistas… Filósofo y erudito, Bartol rechaza todos lo totalitarismos, tanto de derecha como de izquierda, pero en ese clima de intolerancia política no podrá hacerles frente de manera directa. Tendrá que disfrazar su narración, y para ello deberá situarla en un Oriente medieval. Más tarde admitirá que, con los rasgos de Ibn Sabbah, era a Stalin, a Hitler, a Mussolini a quienes quería evocar, para trazar así el retrato del dictador de los tiempos modernos. Y éste es un dictador mucho más temible que el de antaño, porque si bien ya no hay esclavos, hay otro tipo de yugo, más terrible e insidioso: el yugo aceptado, que pasa por conocimiento y libertad.

Vladimir Bartol nos describe a los «fedayines» del «Viejo de la montaña», jóvenes idealistas que sólo sueñan con sacrificar sus vidas por «La Causa». Ciegos y sordos a todo lo que no es su creencia, son instrumentos dóciles en manos del amo. Exactamente como lo fueron las juventudes hitlerianas o estalinianas, o las falanges de Mussolini. Y como lo son hoy en día los extremistas de cualquier calaña que se matan recíprocamente agitando la bandera de la Virgen, de Mahoma, de Krishna o de Baader-Meinhoff —por no mencionar a las sectas, cada vez más numerosas, maestras consumadas en el arte de la manipulación psicológica.

Escena en la fortaleza de Alamut, donde Hassan-i Sabbah pide a sus fieles suicidarse delante el enviado de Malik Chah (Ridwân Fakhr Malik Châh), dibujo de Pierre Méjanel

En este fin del siglo XX podemos comprobar que la intolerancia es lo que está mejor repartido en el mundo. Hasta quienes se jactan de ser intelectuales parecen haber olvidado el gran principio que enunciara Spinoza: «No se trata de juzgar, se trata de comprender». Lo único que ha cambiado son los conformismos, y pocos son quienes se atreven a oponerse a las modas. Quizás ello se deba a que, en los países occidentales, la mayor parte de los intelectuales están integrados en el establishment, y no tienen ninguna urgencia en cortar la rama sobre la que se han posado.

Situación peligrosa, porque, como lo muestra Vladimir Bartol, el totalitarismo nace y se nutre de la cobardía de una sociedad. Desde luego, la mayoría siempre ha preferido la tranquilidad a la verdad, y su interés personal a la justicia. Amigos, si los muros de contención, que deberían ser los intelectuales, claudican, la puerta queda abierta a todos los extremismos.

¿Libro moral? No, por cierto, aunque su autor pertenezca al linaje de los grande moralistas. Porque el principio fundamental en el que se basa la secta de los «hashashins» es la conclusión a la que llegó Hassan Ibn Sabbah, ese héroe sombrío que Bartol termina por hacernos entrañable. «Nada es verdad, todo está permitido». Este es el vacío que transmitirá a sus discípulos más cercanos, aquellos que considera lo bastante fuertes como para soportar el escepticismo absoluto a partir del cual todo es posible —desde el sonriente hedonismo de un Omar Kayyam, el poeta amigo de Ibn Sabbah que pasó su vida bebiendo y celebrando el amor, hasta las más aterradoras construcciones del instinto de poder, como esa secta de asesinos.

Pero ni siquiera esta certidumbre es absoluta, eso sería demasiado fácil…y Bartol es demasiado fino como para dejarnos en esta verdad paradójica: «nada es verdad».

Así es que el «Viejo de la montaña» se retirará a su torre de marfil para «quedarse con sus últimos pensamientos». No sin antes enviar a su discípulo favorito a recorrer el mundo en búsqueda (¿loca?) de una verdad…

La última muñeca de este cuento filosófico es que lo importante es rehusar toda certidumbre.

Pero es claro, no hay última muñeca.

París, marzo de 1989.

»Resolví visitar a Omar en su propiedad de Nishapur. Me puse en camino, hace de esto unos veinte años, y encontré a mi viejo condiscípulo entre el vino, las mujeres y los libros. Mi rostro no debió de haberle inspirado confianza. En efecto, incluso aquel hombre indiferente tembló al verme. «¡Cómo has cambiado!», exclamó cuando por fin me reconoció. «Se diría que vuelves directamente del infierno, de tan demacrado y curtido que estás» Me abrazó y me invitó a quedarme en su casa. Me abandoné a aquella comodidad: tras tantos años de vagabundeo, por fin gozaba de reposo y de la sal de aquellas conversaciones libres que la gracia del vino volvía espirituales y eruditas. Nos contamos mutuamente todo lo que nos había sucedido. También nos confiamos nuestros hallazgos espirituales, nuestras experiencias vitales, sólo para constatar, ante nuestra mutua sorpresa, que ambos habíamos llegado por diferentes caminos a conclusiones asombrosamente similares. Por decirlo de alguna manera, él no había salido nunca de su casa, yo había recorrido la mitad del mundo. «Si estaba necesitado de una señal que me confirmara que he llevado mi investigación por el buen camino, pues bien, hoy la recibo de tu boca», le gustaba decir. Y yo no dejaba de responderle: «Cuando hablo contigo y veo que nos entendemos tan bien, me siento ahora como Pitágoras, que oía zumbar las estrellas en el universo, señal indiscutible de la armonía de las esferas…».

»Un tema nos gustaba por encima de los demás: el examen de las posibilidades del conocimiento. «Un conocimiento total y definitivo es imposible», proclamaba, «pues nuestros sentidos mienten. Pero son los únicos mediadores entre las cosas que nos rodean y lo que conoce de ellas nuestra razón». «Es exactamente lo mismo que afirman Demócrito y Pitágoras», observaba yo. «Por eso la gente los condenó por impiedad, mientras ponían por las nubes a Platón que los llenaba de fábulas.» «Así han sido siempre las multitudes», seguía Omar. «Temen la incertidumbre, por eso prefieren una mentira bien servida que cualquier conocimiento, por elevado que sea, que no les ofrezca un punto de apoyo sólido. En esto no se puede hacer nada. El que quiera ser un profeta para las multitudes debe actuar con ellas como los padres con sus hijos: debe alimentarlas de leyendas y de cuentos. Ésta es la razón para que el sabio se mantenga lejos de ellas.» «Sin embargo, Jesús y Mahoma querían el bien de las multitudes.» «Sí, sí, deseaban el bien para ellas pero también conocían su infinita pobreza. Sólo la compasión los empujó a prometerles el paraíso en pago de todo lo que sufrieran en este mundo, para recibirlo en el otro.» «¿Por qué, entonces según tú, permitió Mahoma que miles de hombres muriesen por su doctrina, una doctrina basada en una fábula?» «Creo que porque sabía que de todas maneras se matarían entre si por motivos mucho peores. Quiso garantizarles así una cierta felicidad en la tierra. Para conseguirlo inventó sus conversaciones con el ángel Gabriel…sino, no le habrían creído… Y prometerles después de la muerte todas la riquezas del paraíso…y así conseguido, convertirlos en hombres valerosos e invencibles.» «Me parece», seguía yo tras un momento de reflexión, «que hoy ya nadie correría alegremente a la muerte con la única promesa de entrar después en el paraíso». «También envejecen los pueblos», respondía él, «la idea del paraíso se ha difuminado en el espíritu de la gente y ya no suscita la exaltación de antaño. La gente ya sólo cree por pereza, por temor a tener que aferrarse a algo nuevo.» «¿Entonces piensas que en la actualidad, si un profeta anunciara el paraíso a las muchedumbres para ganar su adhesión, fracasaría?» Omar sonreía: «Ciertamente. Pues una misma antorcha no arde dos veces, de igual manera como no florece el tulipán marchito. El pueblo se contenta con sus pequeñas comodidades. Si tú no tienes la llave que les abra el paraíso en vida, mejor es que abandones toda esperanza de convertirte en profeta.»

»Cuando le oí pronunciar aquella frase, me tomé la cabeza con las dos manos como golpeado por el rayo. Omar había expresado en broma una idea que incendió mi alma. Sí, los pueblos buscaban fábulas y cuentos y amaban la ceguera en la que vagaban. Omar acababa de servirse una copa de vino. En ese momento nació en mí un plan, que sentí poderoso, inmenso, un plan que el mundo nunca había conocido: aprovechar la ceguera humana hasta sus últimos límites. Servirse de ella para alcanzar el cenit del poder y volverse independiente del resto del mundo. ¡Realizar la fábula! ¡Transformar la leyenda en realidad, de manera que la historia hablara de ella mucho tiempo después! ¡Hacer un gran experimento con el hombre!

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La Obra maestra desconocida

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En 1831, un escritor de apenas treinta años, Balzac, saca a la luz en dos partes, el 31 de julio y el 6 de agosto, en la importante revista parisiense L’Artiste, la primera versión de un relato que no tardaría en hacerse famoso: La Obra maestra desconocida. Concebido y publicado casi al mismo tiempo que La Piel de zapa, novela de la que su autor dirá en una carta a Montalambert, también de agosto de 1831, que «es la fórmula de la vida humana, abstracción hecha de las individualidades», añadiendo inmediatamente después que «todo en ella es mito y figura» y «por lo tanto, el punto de partida de mi obra», este extraordinario relato da forma literaria, en relación con un arte en particular: la pintura, a uno de los temas centrales no sólo de Balzac sino de muchísimos artistas a partir del romanticismo: el de las desastrosas consecuencias que para todo creador puede tener el exceso de especulación metafísica desligado del ejercicio de su arte. Se trata de una sumisión por parte del creador a lo que el anticuario de La Piel de zapa llama «visión interior» (y los románticos alemanes innere Vorstellung), es decir, de una postergación indefinida del acabamiento de la obra que se tiene entre manos debida a un exceso de pereza o de actividad cerebral, cosas que realmente constituyen un mismo fenómeno, pues el exceso de Pensamiento nos impide obrar, convirtiéndonos en eternos perezosos. El proceso creador puede, en efecto, ir minando al futuro artista, pues, cuando no alcanza a convertirse en lo que los alquimistas llamaban «imaginación verdadera», la fantasía se vuelve destructiva. Las creaciones artísticas no se nos dan enteras en una especie de visión interior milagrosa; tienen que ser realizadas por medio de esfuerzos constantes y dolorosos. No soñadas, como Gambara o Frenhofer soñaron sus respectivas obras, o, en nuestro siglo, como Malcom Lowry soñó las suyas, una vez publicada su diabólica novela Bajo el volcán.

En su primera versión, el relato que nos ocupa llevaba e subtítulo de «cuento fantástico» e insistía, según han hecho notar muchos críticos, en la extraña conducta de un personaje estrafalario: el pintor Frenhofer, figura que desde entonces no ha dejado de fascinar a un impresionante número de creadores geniales entre los que es preciso nombrar, siguiendo las observaciones de Dore Ashton en su ensayo A Fable of Modern Art, a Cézanne, Rilke, Schönberg y Picasso. Con respecto a ciertos pormenores de la trama y a ciertos rasgos del carácter de Frenhofer, se ha hablado, repetidas veces y no sin razón, de una influencia en Balzac de E.T.A Hoffmann, autor que, a partir de 1829 y gracias a las traducciones de Loève-Veimars, causaba furor en Francia. Pocos meses después de su primera aparición, sin embargo, una segunda versión del relato, muy retocada por el incansable Balzac, fue recogida en un volumen que llevaba el título general de Novelas y Cuentos filosóficos y estaba prologado por Félix Davin, uno de los tantos pseudónimos empleados por Balzac, y finalmente salió a la luz una vez más en el tomo XV de La Comedia Humana, correspondiente a la primera parte de los Estudios filosóficos.

No es éste el lugar adecuado para intentar una discusión exhaustiva de las afinidades y diferencias entre Hoffmann y Balzac. Pero sí me parece necesario señalar ciertas diferencias de temperamento entre esos dos escritores con el objeto de ver qué tipo de mundo nos ofrece cada uno de ellos.

Tanto Hoffman como Balzac, desde luego, coinciden en un punto esencial: se interrogan acerca del misterio de la creación artística y se preocupan por el siempre difícil diálogo entre el arte y la vida, o sea, por el modo como cada artista se enfrenta con el ambiente que lo rodea y con los productos de su propia imaginación. Antes de dedicarse a la narrativa, ese hombre atormentado en extremo que fue Hoffmann, ese individuo doble que se debatió entre una carrera de funcionario público y una carrera de artista, ese adolescente visionario continuamente desgarrado, solicitado a un tiempo por la música, la pintura y las letras, quiso ser músico y pintor, y es más que natural que haya escrito acerca de músicos y pintores en varias de sus narraciones. Son típicos artistas hofftmannianos el Berthold de La Iglesia de los Jesuitas de G., el Berklinger de La corte de Artur y el Ettlinger de El gato Murr: seres agobiados por los conflictos entre la realidad y la fantasía e impulsados por sueños más intensos y más elevados que sus capacidades artísticas, que terminan sus días, como tantos artistas románticos, hundidos en la locura. Por otra parte, además de fantástico, el universo hoffmanniano es grotesco e irónico-irónico, en el sentido que Friedrich Schlegel y su grupo le dieron al término de «ironía», a saber: una actitud distanciada en relación con los sentimientos propios, por más íntimos que fuesen. En el caso de Hoffmann nos hallamos —y quiero decir esto de la manera más clara posible, pues en este campo Hoffmann constituye una excepción notable— ante un mundo producido y alimentado por el alcoholismo de su creador, un alcoholismo que, como señala Gabrielle Wittkop-Ménardeau en su monografía sobre el autor de Kreisleriana, no escribía por él (ninguna droga puede crear por nadie), sino en él, desempeñando un papel microscópico que le permitía ver cosas que hasta entonces le resultaban invisibles. Querer disminuir, o incluso anular, la importancia que tuvo el constante consumo de bebidas alcohólicas en los procesos creadores de Hoffmann (como lo hizo Marcel Brion en el segundo tomo de su estudio L’Allemagne romantique) equivale a desconocer la naturaleza de la salamandra de este singular artista, que escribió toda su narrativa inspirado por las visiones que tenía en sus horas de embriaguez y murió, a la edad de cuarenta y seis años, abrasado por su propio fuego.

Dibujo de Picasso grabado en madera para la edición de Ambroise Vollar de La Obra maestra desconocida, 1931

Balzac, en contraposición a Hoffmann, tuvo una vocación literaria firme desde muy joven. Sus excesos no incluían ni el alcohol ni ninguna otra droga, cosa esta última confirmada por un testigo de primera calidad: Baudelaire, que, en la cuarta parte de su Poème du haschisch, comenta acerca de un encuentro con el autor de Louis Lambert en e Hôtel Pimodan, sitio donde se reunía un grupo de personas aficionadas al cáñamo indio, indicando burlonamente que Balzac se negó a la tentación de probar la «confitura verde». «En efecto». escribe Baudelaire, «Es difícil imaginarse al teórico de la voluntad, al gemelo espiritual de Louis Lambert, consintiendo en perder una partícula de esa preciosa substancia». Balzac, por lo demás, utilizó sus relaciones con pintores y músicos (relaciones que se reflejan en La Obra maestra desconocida, Gambara y Massimilla Doni) para pensar en la creación artística en general, pero muy especialmente acerca de sus propios problemas de construcción narrativa. No es sorprendente, por lo tanto, que los elementos grotescos y fantásticos que se encontraban en la primera versión del relato sobre Frenhofer y su cuadro fueran atenuados con el fin de dar cabida en la narración a problemas de índole filosófica o, dicho con mayor precisión, de psicología de la creación. Lo anterior, desde luego, no impide añadir que es imposible imaginarnos el realismo de Balzac, así como el naturalismo de Maupassant, sin el antecedente del «realismo fantástico» del autor de los Elixires del diablo, o, para emplear la terminología de la crítica alemana, si el serapiontische Prinzip: el principio del grupo llamado de los Hermanos de Serapio (Hoffmann, Salice-Contessa, Chamisso, Fouqué), según el cual no se debe narrar o describir nada con respecto a lo que no se posea una concepción interior (innere Vorstellung) completamente exacta, ya que es absurdo tratar de mostrarle a nadie nada que uno mismo no vea con toda claridad.

La Obra maestra desconocida, como ya he insinuado, no se encuentra aislada del monumental edificio de La Comedia Humana, y el propio Balzac en una carta a Mme. Hanska del 24 de mayo de 1837, en la que alude a sus obras filosóficas, se refiere al relato en los siguientes términos: «Massimilla Doni y Gambara constituyen, en los Estudios filosóficos, la aparición de la música bajo la doble forma de ejecución y composición, sometida a la misma prueba a que es sometido el pensamiento en Louis Lambert, es decir, la obra y su ejecución mueren debido a una abundancia demasiado grande del principio creador, cosa que me dictó La Obra maestra desconocida en relación con la pintura».

Este relato nos muestra, en efecto, a tres pintores de diversas edades que, por una de esas coincidencias inexplicables que se dan en la vida, se encuentran en el mismo lugar un buen día. El jovencísimo Poussin, figura histórica, que acaba de llegar a París con la intención de hacerse famoso como pintor, nos deja entrever ciertos aspectos del joven Balzac al comienzo de su carrera. Hay en Poussin la inseguridad de todo artista en cierne que cree ingenuamente que es posible llegar muy pronto a poseer el secreto de secretos, la posible fórmula mágica que habrá de permitirle la realización de obra maestra tras obra maestra. Es, claro está, el sueño dorado de todo adolescente que, desde le punto de vista del arquetipo del puer aeternus, cree poder alcanzar la perfección por medio de procedimientos mágicos sin tener que someterse a un lento y tedioso aprendizaje. Poussin, además, está más que dispuesto a mostrar su amante al anciano pintor Frenhofer, corriendo el riesgo de que Gillette deje de quererlo, con tal de descubrir el procedimiento misterioso y eficaz.

Toro y caballo, aguafuerte, edición Vollard,1931

El segundo pintor, Porbus, también una figura histórica, es un excelente artista de cuarenta años que encarna para el joven Poussin la maestría tan anhelada por él hasta el momento en que Frenhofer, una figura no histórica —un personaje surgido de las más abismales profundidades de inconsciente—, le demuestra al muchacho que el cuadro de Porbus intitulado María egipcíaca está incompleto. Ante los comentarios severamente críticos de Frenhofer, al igual que ante el demoníaco despliegue de habilidad técnica del anciano cuando corrige o, mejor dicho, cuando le infunde vida al trabajo de Porbus, la reacción de Poussin es de asombro.

Frenhofer le dice a Porbus: «Mira tu santa. A primera vista, parece admirable; pero, al mirarla por segunda vez, uno se da cuenta de que está pegada al fondo del lienzo y de que uno no podría abrazarla. Es una silueta que sólo tiene una cara, es una apariencia recortada, una imagen que no puede volverse ni cambiar de posición. No siento nada de entre ese brazo y el campo del cuadro; el espacio y la profundidad faltan; sin embargo, todo está correcto desde el punto de vista de la perspectiva, y la degradación aérea ha sido fielmente observada. Pero, a pesar de esfuerzos tan dignos de alabanza, nada me haría creer que ese bello cuerpo está animado por el tibio aliento de la vida. Pienso que, si acercase mi mano a ese cuello de tan firme redondez, lo encontraría frío como el mármol. No, querido amigo, por debajo de esa piel de marfil no corre sangre; la existencia no llena con su rocío de púrpura las venas de las fibrillas que entretejen formando redes bajo la transparencia ambarina de las sienes y del pecho. Este lugar palpita, pero este otro está inmóvil; la vida y la muerte luchan en cada pormenor; aquí hay una mujer; allá una estatua»- Frenhofer habla y actúa con una insolencia y una seguridad avasalladoras. Tanto Porbus como Poussin se muestran perplejos. ¿Qué es lo que lo hace actuar así? La respuesta nos la ofrece el anciano cuando prosigue sus críticas de este modo: «Has sabido insuflar sólo con una porción de tu alma a tu obra querida. La antorcha de Prometeo se ha apagado más de una vez entre tus manos y muchos lugares de tu cuadro no han sido tocados por la llama celeste».

Escultor ante su escultura, aguafuerte, Edición Vollard, 1931

No es posible oír el nombre de Prometeo pronunciado por el arrogante anciano sin que inmediatamente surja ante nosotros la imagen del propio Balzac hacia 1835, año en que publica Papá Goriot y aplica por primera vez la idea del «retorno de los personajes», descubriendo de esa manera el principio de unidad de La Comedia Humana. Así como Poussin nos ha mostrado ciertos aspectos adolescentes de Balzac, igualmente Frenhofer nos permite observar otros, que convergen en una noción de lo creador cuyo trasfondo arquetípico es la figura de Prometeo. El robo del fuego por parte de este titán fue una manera de hacer saber a los dioses que el ser humano —es decir, el ego— empezaba a desempeñar un papel en el mundo. Todos los pueblos tienen fuego, pero, como es sabido, ningún animal lo tiene. Por medio de este elemento las substancias de la naturaleza pueden ser transformadas y sus procesos acelerados. «Si todo lo que cambia despacio se explica por medio de la vida —escribe Bachelard en una página clave de su Psicoanálisis del fuego—,todo lo que cambia rápidamente se explica por el fuego». Gracias al fuego, el hombre puede inventar y descubrir cosas; puede, además. convertir misterios de la naturaleza en problemas susceptibles de ser resueltos, ampliando así el terreno dominado por la conciencia. «Lo creador—dice James Hillmann en The Myth of Anlysis, subrayando sus propias palabras—, tal y como es percibido por el ego, es una inveción que permite resolver todo problema, es todo aquello que puede contribuir al desarrollo o al enriquecimiento de la conciencia». Pero —y es preciso no engañarse respecto a esto— el nacimiento y el desarrollo del ego, cosas sin las que no es posible hablar de civilización, constituyen un proceso que se realiza contra los dioses, contra lo divino. Por ello, la creatividad proveniente del ego, aun cuando es necesaria, es también un robo, un pecado luciferino. Esta noción de creatividad no es exclusivamente romántica y es sumamente corriente en la actualidad, puesto que hace hincapié en la primacía del ego, pero podemos observarla en muchos artistas del pasado, cada vez que la realización de la obra ha exigido del individuo un trabajo de esclavo. Pensemos en Lope de Vega y su caudalosa obra; en Miguel Ángel, febrilmente pintando los frescos de la capilla Sixtina; en Saint-Simon y sus cuarenta mil páginas manuscritas; en el propio Balzac, escribiendo dieciséis horas diarias seguidas durante semanas enteras…o en Frenhofer, trabajando diez años obsesivamente con el objeto de captar en un lienzo sin par la belleza absoluta y desbordante de vida de una mujer perfecta.

Llegados a este punto, vemos con mayor claridad las diferencias entre Balzac y Hoffmann, pues el autor de Los Elixires del diablo parece haber trabajado predominantemente con una noción de creatividad relacionada con los aspectos sombríos del hombre en la que se invocan las fuerzas primigenias, lo oculto. Para Hoffmann, como para Rimbaud, era preciso descender a los abismos del desorden y lograr un desarreglo de los sentidos con el fin de que el genio y la locura se dieran la mano.

La actitud creadora de Frenhofer es completamente distinta y su locura proviene de otro lugar. Al hablar de este personaje, Dore Ashton hace notar que el anciano pintor tiene demasiada hybris, pero no profundiza en el punto. Hybris es un substantivo griego que se refiere a la arrogancia o a la insolencia ante lo sagrado. Cuando predomina en un individuo, éste tiende a identificarse con sus excesos, lo cual le impide la «reflexión», o sea, el instinto que determina la riqueza de nuestra psique y su carácter esencial. La «reflexión» es lo que nos permite volver a representar el proceso de excitación de un estímulo dado y transponerlo a una serie de imágenes, las cuales, si el ímpetu es lo suficientemente fuerte, son reproducidas de cierto modo. El hombre que se identifica con sus excesos —como hace notar Rafael López Pedraza en varios lugares de su libro Ansiedad cultural— no puede reflexionar. Sabemos, sin embargo, que toda obra de arte, todo logro científico y toda conducta ética son posibles solo mediante esta capacidad del hombre de volverse hacia dentro de sí mismo.

La hybris era, evidentemente, una constante tentación para el genio de Balzac y éste, como curándose en salud, la proyectó en el estrambótico pero igualmente trágico personaje de Frenhofer.

Todo creador sabe, de cierto modo, que los dioses se encuentran a su alrededor y pueden serle útiles. O tal vez deberíamos decir que el individuo creador no existe y que sólo los dioses son creadores pero necesitan ayuda humana para manifestarse. A través de toda la carrera literaria de Balzac, sin embargo, es posible percibir la presencia de Prometeo y un deseo muy fuerte del autor de La Comedia Humana de encarnarlo con el fin de rivalizar con los dioses, de substituirlos.

El mito de Prometeo, según hemos visto, es ambivalente. El titán robó el fuego a los dioses para entregarlo a los hombres. Se trata del «robo inevitable» del que habla Kerényi en su Prometheus.«El delito—leemos en el capítulo VII de su libro—era inevitable porque sin el fuego la humanidad habría perecido y esta acción inevitable fue un delito porque tener poder sobre el fuego —así como sobre todas las cosas que «crecen» y no son producidas por el hombre—era la prerrogativa del soberano del mundo». Pero ese robo necesario se convirtió en una incitación perenne a que el hombre, al entrar en la historia debido a él, se fuese entregando a excesos tecnológicos que cada día lo acercan más a su propia destrucción. Balzac sintió en su propia psique la insolencia prometeica de la usurpación prodigiosa al igual que la desesperación producida por el castigo divino. Balzac, en lo más hondo de su ser, sabía que Zeus había hecho encadenar a Prometeo en el monte Cáucaso, donde todas las mañanas un águila le roía el hígado, el cual volvía a crecer durante la noche; sabía también que el titán había alimentado al género humano con vanas esperanzas de inmortalidad. Frenhofer, el experimentado y reconocido artista, pasa sus últimos años inmerso en el horror de no poseer imágenes. En el transcurso de dos lustros de cavilaciones dictadas por su espíritu, Frenhofer ha ido perdiendo la imagen de la mujer que fervientemente desea retratar. Al final, de esa imagen queda solamente un pie. El pobre anciano se había vuelo ciego con respecto a esa zona existente entre las realidades sensibles y las realidades inteligibles platónicas que, al estudiar la mística shiíta del siglo XII, Henry Corbin ha llamado mundo imaginalis.

Relato de una profundidad pasmosa, La Obra maestra desconocida finaliza con el desconcierto absoluto de Porbus y Poussin (que huyen despavoridos de la casa del prometeico artista) y con la destrucción de Frenhofer, que anonadado por su arrogancia (caso muy parecido al doctor protagonista de la novela de Mary Shelley de 1818 titulada Frankenstein, or the Modern Prometheus), muere, no sin antes haber prendido fuego —un fuego robado a los dioses— a todas sus bellas pinturas, junto con aquel cuadro que, según él creía, estaba destinado a ser más palpitante que la vida misma.

1991

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La Habana inmortal de Cabrera Infante

por Juan Goytisolo

Servicio especial de El País Exclusivo para El Nacional

Hay que someter las novelas, las novelas que una vez nos gustaron, a la prueba de la relectura. Dejarlas cumplir años y repasarlas para comprobar si han envejecido o conservan intactos los elementos y rasgos que en su tiempo nos cautivaron.

Del dicho al hecho: para Tres tristes tigres (Seix Barral, Barcelona, 1994; 475 páginas) no pasan días. La obra maestra de Guillermo Cabrera Infante pasa, muy al revés, de ellos y, más joven, sabrosa e insolente que nunca, avejenta de golpe a las que , presumen de modernas porque apenas acaban de nacer, esto es, de asomarse a los escaparates de las librerías. La reedición sin cortes de «Tres tristes tigres» («TTT») muestra en contraste la endeblez, colorete e hilaza de mucho de lo que se vende por nuevo. Leámosla mano a mano con cualquier novedad del momento y ésta sufrirá de una senectud galopante, como la pobre esposa del conde Drácula cuando él —marido ejemplar— no alcanzaba a procurarle a tiempo la sangre regeneradora, pero de efectos pasajeros, de una virgen raptada al pie del altar.

Hace más de 20 años, en uno de mis cursillos de la New York University consagrado a Lezama Lima, Cabrera Infante y Severo Sarduy, me esforcé en subrayar la originalidad y riqueza de «TTT»: fruto de mis clases fue el ensayo titulado Lectura cervantina de Tres Tristes Tigres, incluido más tarde en mi libro Disidencias.

Frente a quienes le acusaban de «no haber dominado bien el tema» mostré su fidelidad, tal vez inconsciente, a la prodigiosa lección del Quijote: los episodios y lances que Cabrera Infante presenta de manera fragmentaria y deshilvanada, pueden ser reconstruidos poco a poco, con paciencia, a condición de que sigamos, como detectives, las pistas que siembra. Nuestra lectura es así una lectura activa. Nos corresponde a nosotros, los lectores, juntar las piezas dispersas del rompecabezas. Cabrera Infante tiene la cortesía de permitirnos colaborar, con nuestra sensibilidad e ingenio, en la reconstrucción del libro.

LECTURA EN VOZ ALTA

En la nueva aproximación a «TTT» lo que más me ha seducido de nuevo es su «galería de voces»: ese texto multiforme en el que léxico, ritmo y entonación desempeñan un papel primordial. La advertencia liminar del autor de que su escritura «no es más que un intento de atrapar la voz humana al vuelo como quien dice» debe ser tomada al pie de la letra. Ninguna lectura mejor de «TTT» que su lectura en voz alta.

En mis muy pocos académicos cursos de la New York University, invité a algunos estudiantes y estudiantas cubanas a que leyeran con acento y sin inhibición alguna diversos pasajes del prólogo de «Los Debutantes»: la parodia del presentador bilingüe —o plurilingüe— de Tropicana, la carta de Estelvina, el monólogo de Cuba Venegas, la «conversadera» de Livia y Mirtila sobre las cremas de belleza y perfumes franceses, etcétera.

El resultado de la experiencia fue transformar el aula del severo y vetusto edificio universitario contiguo a Washington Square en un teatro popular habanero durante un show o lectura protagonizados por émulos de Beny Moré o de La Lupe. Con un semblante de seriedad profesoral al comienzo —aguantando la risa como podía—, acabé arrastrado por la de mis estudiantes, presa de una hilaridad general que nos dejó al cabo exhaustos pero felices. Recuerdo que un compatriota de mente más estreñida que estrecha —miembro del claustro de profesores por más señas— asomó la cabeza al aula alarmado por el alboroto y la retiró a punto con un rictus esquinado de desaprobación.

Veinte años después, al repetir la experiencia a solas y sotto voce, me acometió también un pujo incontenible de risa al extremo de tener que cerrar el libro para recobrar el aliento, temeroso de que tal agitación me desbaratara el sueño.

EDÉN DE NOCTÁMBULOS

La fineza de oído de Cabrera Infante escenifica, según advierto ahora, las no menos agudas observaciones de otro cubano —o cubano español— apasionado como él del cine: Néstor Almendros. El desaparecido camarógrafo fue asimismo, aunque casi nadie lo sepa, un fonetista notable que, en un ensayo publicado en 1958 en el «Boletín de la Academia Cubana de la Lengua», toca el tema del español hablado en la isla con un rigor y nitidez ejemplares.

A Cabrera Infante y Néstor Almendros les conocí en La Habana a fines del 61: entonces yo formaba parte también de «este mundo de la gente que se sumergía en las noches y nadaba en cualquier hueco oscuro, aunque fuera artificial, en este mundo de los hombres rana de la noche», un mundo del que deserté, por razones de edad y cansancio, hace muchos años.

Pero La Habana nocturna de 1957 y 58 —ese edén de noctámbulos y noctivagos que es el protagonista real de la novela— estaba ya, cuando me asomé a ella, en vías de extinción. Pude ver y escuchar a Beny Moré interpretando «Santa Isabel de las Lajas» y platiqué en «gallego» con las Cuba Venegas del tiempo, pero Celia Cruz con su Sonora Matancera y el huracán de La Lupe acababan de emigrar al Norte.

Algunos de los nigth clubes citados o descritos por Cabrera Infante habían cerrado sus puertas. El mundo de bohemios, prostitutas y lumpen en el que penetraba con deslumbramiento era un mundo condenado a plazo fijo. «TTT» es así un canto de amor embebido de melancolía incurable al universo cubierto de lava y cenizas del fuego purificador de la revolución.

Cuando visité por última vez La Habana en julio de 1967, todo había sido barrido (la Taberna San Román, el Two Brothers, los barecitos de Jesús María). Al leer después el libro, comprendí que, bajo la máscara del humor y la risa, Cabrera Infante había escrito una novela infinitamente triste. «TTT» o la ciudad alegre y confiada en vísperas del apocalipsis: sus últimas noches pompeyanas.

Más que la proeza de ingeniería literaria de la novela y su polifonía espléndida, es ese dolor soterrado, tanto más acuciante cuanto nunca expuesto, el que vertebra y da su grandeza al libro.

Celebremos La Habana difunta, La Habana inmortal resucitada por Cabrera Infante con humor, cariño, ternura e impregnadora nostalgia, creación a la vez literaria y humana que nos arranca el muermo de tanta prosa inerte y nos devuelve a través de los cinco sentidos al nódulo y simiente de la vida: ¡la palabra!

El Nacional, Lunes, 9 de enero de 1995

Crítica y canon

por Alexander JM Urrieta Solano

Jorge Luis Borges en “El escritor argentino y la tradición” escribió que “la idea de que una literatura debe definirse por los rasgos diferenciales del país que la produce es relativamente nueva; también es nueva y arbitraria la idea de que los escritores deban buscar temas de sus países”(p.103). Dicho planteamiento, más allá de una novedad, se ha convertido en una obsesión, bien que podría contrastar con la demanda de escribir temas ligados al contexto donde el escritor vive. Responder a las inquietudes particulares de su contexto.

Dichas producciones literarias parecen estar obligadas a plantearse problemas de su representatividad y arraigo a la cultura a la cual pertenece. Los campos literarios operan, de una manera (más o menos discreta, declarada o abierta), bajo un conjunto de características deseables en un autor para darle o negarle carta plena de ciudadanía literaria. Estos criterios de selección también forman parte de los circuitos en donde las producciones realizadas por los escritores circulan. Bajo el panorama constante que exigen las tendencias se establecen los textos que son más relevantes por encima de otros. Se configura una suerte de canon, sectorizado por la coyuntura actual. “El canon, como ley escrita, no intenta sino homogeneizar gusto y producción estética”. (Montaldo, p. 74). La literatura que se prioriza responde al nivel de compromiso con el contexto social. Las temáticas dentro de la diversidad de lo distinto operan bajo la lógica de sus mecanismos internos. No se sabe hasta qué nivel dichas literaturas estás comprometidas consigo mismas, o lo están con un público potencial.

Ante esta necesidad de múltiples urgencias la calidad de la obra puede ser claramente discutible. Las obras que se hacen no tienen como tal un fin social, lo que sí pueden tener es un destino social, dependiendo de la capacidad que tenga la obra misma de defenderse y circular por su cuenta, con o sin ayuda de factores determinantes como la publicidad, o diversas estrategias de mercadeo que dan cierta vitalidad a la vigencia de dicha obra, que facilitan su acceso y consumo inmediato. Sin embargo, esto no garantiza que la obra se pueda sostener por méritos propios, es decir, que sea capaz de coexistir por su propia fuerza verbal, de manera independiente en los circuitos del mercado, ni siquiera bajo el respaldo de la figura del escritor-marca, que se presenta como una garantía de calidad; pero esto es un asunto cuestionable.

La literatura es una forma de conocimiento. El escritor se bandea dentro de esa producción de conocimiento en función de su nivel de compromiso a niveles históricos, políticos, lúdicos y sociales de una época. Escribir implica una responsabilidad. El escritor tiene quizá la obligación, a menos que decida hacer otra cosa, de analizar la realidad como si se tratara de un caso clínico del cual tiene que desarrollar una poética discursiva que pueda transmitirse al resto de sus semejantes, sea con dificultades en su presente, o en un futuro donde el novelista no exista físicamente pero su obra sea capaz, de manera independiente, de poder defenderse sola bajo su propia lógica constructiva, así como su formación estética, resultado de una memoria particular.

Los textos que responden a las necesidades de la circunstancia, que se ajustan a la particular imaginación de una época, pasan a una sistemática consagración que ya no queda solo limitada ni determinada por un grupo específico, sino que dentro de esa consagración se tejen redes de relaciones para la consolidación de un conjunto de textos que, pasando por las diversas redes de relaciones, pueden ser clásicos, concentrar en las propuestas (sin tomar para esta problemática la calidad de dicha obra) un conjunto de valores estéticos. Son esta suma de cualidades las que conforman la idea de corpus.

El corpus, es decir, el conjunto de textos que conforman lo que bajo el nombre de literatura una determinada época pone a circular de manera legítima, es aquella escritura permitida que ha pasado las pruebas de autorización de los agentes del campo intelectual. El canon es la forma en que se arma, con los textos del corpus, el conjunto del paradigma estético de una época, aunque en menor medida que el corpus, también está ligado a la idea de organización nacional de una cultura y tiene que ver con la constitución de los clásicos. Los clásicos son textos que cultural y convencionalmente se instituyen como modelos (Montaldo, p.74).

Los textos que conforman el corpus, y a su vez se clasifican en un orden canónico, o marginal, funcionan como una mediación de lenguaje. La pregunta que nace ante este panorama incesante es cómo producir una crítica de los textos que vendrán. Roland Barthes estableció una discusión entre la vieja crítica y la nueva crítica. La vieja crítica se basa de la noción de lo verosímil, planteada por Aristóteles, lo que proviene de aquello establecido por la tradición, que toma como punto de apoyo el pasado. El método abre una pregunta a eso que no sabemos. Quien tiene la verdad no se pregunta nada, no se cuestiona, solo establece. A través del método se impone la duda, una duda que se interroga por el azar y el sentido de la naturaleza. Sin preguntas no puede existir el método.

La crítica clásica ha concebido la idea de objetividad, al momento de abordar un texto, bajo un molde establecido. La obra bajo una nueva crítica, necesita ser medida en sus justas dimensiones, como un elemento autónomo.

Cada época puede creer, en efecto, que detenta el sentido canónico de la obra, pero basta ampliar un poco la historia para transformar ese sentido singular en un sentido plural y la obra cerrada en obra abierta. La definición misma de la obra cambia; ya no es un hecho, histórico: pasa a ser un hecho antropológico puesto que ninguna historia lo agota. La variedad de los sentidos no proviene pues de un punto de vista relativista de las costumbres humanas; designa, no una inclinación de la sociedad al error, sino una disposición de la obra a la apertura; la obra detenta al mismo tiempo muchos sentidos, por estructura, no por la invalidez de aquellos que la leen. Por ello es pues simbólica: el símbolo no es la imagen sino la pluralidad de los sentidos (Barthes, p.54).

El gusto está signado por la crítica tradicional en definiciones abstractas, como aquello que es bueno o malo, basados en modelos esenciales ¿cómo se adjudica lo bello y lo bueno en el lenguaje? ¿Cómo el texto en cuestión se somete a evaluaciones consolidadas con el paso de los años, donde han cambiado de manera simultánea las propuestas artísticas? Es lo que la crítica nueva busca cuestionar: cómo analizar una obra total a partir de la reducción entre lo bueno y malo, lo bello y lo feo. La nueva crítica busca analizar las obras desde enfoques distintos, más que las técnicas, consecuencias del lenguaje, no como algo estático, sino como un conjunto de procesos multifactoriales que la misma escritura genera y, a su vez, cómo se experimenta todo este conjunto de cualidades en una obra, en el lector.

La crítica se vale de su propia jerga, de su propio orden del discurso, su abordaje específico de los fenómenos; es ideológico, y se da como una verdad, establecida desde el poder (Focault). La jerga es el lenguaje del otro, pero cómo esta se legitima dentro de los espacios del saber, cuyas miradas, declaraciones, determina el porvenir de lo que se lee y lo que no puede, o no debería tenerse en cuenta. El lenguaje de la nueva crítica aboga por la presencia del otro, pero eso no la excluye de volverse, situación inevitable, con el paso del tiempo, en un discurso por igual hegemónico. Apertura a los sentidos del texto.

Consultas bibliográficas

Barthes, Roland. Crítica y Verdad. Buenos Aires: Siglo XXI Editores, 1992.

Borges, Jorge Luis. El Escritor argentino y la tradición. Barcelona: Círculo de lectores, 1975.

Focault, Michel. El orden del discurso. Barcelona: Tusquets Editores, 1999.

Montaldo, Graciela. Teoría Crítica. Teoría Cultural. Caracas: Equinoccio, Ediciones de la Universidad Simón Bolívar, 2001.

¿Lecturas para el día del libro?

Como una novela

Leer y escribir en un país invisible

El secreto del éxito japonés

Ministro, estuprista y beato

Los demasiados libros, o las virtudes del exceso de plástico

La esquina de barro

Tanizaki en Las Vegas

El intersticio primero

por Bastián Desidel Escurra

Metáfora de la nervadura en La surtidora de María Sol Pastorino

La poesía no resuelve. Tensiona. Bien se sabe al leer los versos de la poeta María Sol Pastorino, quien publicó su primer libro hace algunos años. La surtidora es muestra y producto de la elaboración consciente de una escritora que se sabe en condición y que despliega su lenguaje sin temor al nudo y al callejón sin salida. Doblemente válido es para La surtidora, poemario que ha sobrevivido a los retazos de los años, a la búsqueda de su decir poético y a la complejidad del mundo editorial en tanto publicación como distribución.

Cosas varias podrían decirse de este libro donde la sutileza no es un acierto inconsciente. La surtidora comienza sus páginas con el siguiente poema: 

Empeño en escribir, 
tarea que la surtidora realiza sin el menor esfuerzo. 
Si ella se esforzara, dejaría de juntar hojas de otoño, 
dejaría de creer en el ardor de los nervios. 
La página en blanco la enciende ella misma. 
Funda una metafísica propia 
la de arder en una nervadura. 

En el desglose del poema, sin abandonar la totalidad a la cual se debe, reconocemos el imaginario expuesto al servicio de un arte poética. El protagonismo de La surtidora, quien escribe y es escrita, a la manera de la heteronomía, nos presenta las siguientes preguntas: ¿El poema es escuchado por la poeta quien transmite el dictum de lo que llamamos inspiración? ¿O será que el poema es construido a la manera de una cuidada artesanía del alma? La dualidad gestacional del “poema” es la obertura de este libro. El “empeño” demuestra rápidamente la irónica sutileza de una escritura experimentada, y que busca desbaratar en el siguiente verso la complejidad e intencionalidad que denota la acción de escribir. La escritura no es la poesía. La surtidora intuye: responde más al hábito de quien mantiene un vínculo extraño y personal con los objetos, personas, estaciones de su vida cotidiana. Significante será la presencia silenciosa de los cuartos, las bolsas, las manecillas, los otoños y los lápices, en ellas se gesta la primera sílaba que remueve a la poeta. Esta poética denota una idea de la escritura antes de la escritura y el sacrificio implícito que conlleva la poesía y que llamará más adelante “la dificultad afectuosa del poema”. ¿Es capaz la escritura de esbozar este contacto tan personal de la “metafísica propia”? Vitalidad, en esencia: el hechizo poético y la particularidad del poema reside en su cierre. Retorno al último verso: “la de arder en la nervadura”; resulta llamativa la utilización de la palabra nervadura, en un doble vínculo con “las hojas de otoño” y “los nervios”, lo que permite el ingreso del lector al bagaje botánico que potencia esta metáfora. 

La condición de la nervadura es básica para la totalidad de la estructura biológica de una hoja. Su símil humano, el nervio

Si escarbamos en algunos tomos sobre la composición de las plantas, como el Diccionario de botánica redactado por Pío Font Quer, publicado el año 1953, podemos asociar la nervadura como el conjunto y disposición de nervios que componen la hoja en forma de redes —similar a las venas humanas. A través de esta se puede lograr una clasificación dependiendo de su estructura, lo que variaría la complejidad de su función, no obstante, su presencia se liga a ciertas funciones básicas: la óptima distribución del agua, la estabilización de la estructura, promover la robustez enfocada en reducción de daños, entre otras tantas bifurcaciones existentes en el tema; es reconocible que sus funciones se ligan a otras como los de la fotosíntesis. La condición de la nervadura es básica para la totalidad de la estructura biológica de una hoja. Su símil humano, el nervio, remite de igual manera al contacto entre el sujeto y su entorno, en este caso a la acción pre-cognitiva con la cual responde el sujeto ante su ambiente. La utilización metafórica de la nervadura posibilita el ingreso a la sensibilidad poética: apertura ante la recepción de la intemperie y contención de la luz, como también su apreciación de estructura casi irreducible. Para indagar como lo hacen estos poemas con su cotidianidad, hay que entrar en esa región primaria de la cual la nervadura es signo. Así, “arder en la nervadura” será un mandato primario.

Esta nervadura, pura metafísica poética, es la que sostiene a la poeta en la hoja de papel. Más que respuesta reflejo, es el espacio límpido de trampas cognitivas, espacio del misterio. En este punto se podría considerar la posibilidad de desovillar una esencia común respecto a este espacio poético con la del poema “En el coto de la mente” del poeta peruano Carlos Germán Belli, la cual cobra relevancia en sus últimos versos “aquel que los arneses despojóse,/ para con premeditación nadar,/ entre sedosas aguas, pero ajenas,/ sin pez siquiera ser, ni pastor menos.” Pero apuntalar un posible significado no basta para esclarecer los pliegues de un poemario como el presente. Posiblemente este resquicio biológico permite acoger la tensión entre el Poeta que intenciona la escritura (como un oficio a partir de la práctica) y el Poeta que recepciona la palabra poética y vuelca la inspiración en un ejercicio activo (nacimiento desde ese espacio primario) y sostener una dialéctica que no llega a contraponerse jamás, pues ambas formas se contienen en una mayor. Así el roce de estas dos formas hace pensar en la experiencia humana abierta a la sensibilidad de los estímulos cotidianos y su comunicación privada. Imagen que en cualquiera de los casos le es fiel a la autora. 

Imagen de portadilla. La surtidora. Ruinas Circulares, 2019.

La plena confianza en la metáfora y, con esto, confianza también en la palabra como medio de contacto con una Realidad que, ligera, se asoma en los objetos más cotidianos, es otro atributo de la poeta María Sol Pastorino. Si bien La surtidora, máscara sujeta a otra metáfora, alude constantemente que el verbo “escribir” es un puente incompleto o un objeto defectuoso si se erige con base en una razón ciega, la “dificultad afectuosa del poema”, principal constitutivo del poema como triunfo del lenguaje en su expresión últimaserá “realizable” desde el posicionamiento en la “nervadura”. Ante la escritura de La surtidora se evidencia la necesidad que el lenguaje toque, ingrese, remueva ese nervio, que se sepa estar dentro, vivir la metáfora, pues los textos aquí reunidos son constatación de la palpitación poética, el habitar desde la sensibilidad de ese intersticio primero y su constante contacto privado con la simbología cotidiana en que la experiencia humana se mueve. Es por eso que la necesidad de la “metafísica propia” se presente como un imperativo para quien se bate ante la página en blanco. La vitalidad mística que destella y estalla en el verbo poético. La poesía de la surtidora se siente y se descubre, es hallazgo, sólo se nos hace poeta al encontrarnos con la poesía, el ejercicio lógico en sí mismo imposibilita esta vitalidad basada en el sentir. Se nos dice: 

XI 

Las llaves buscan el giro dice la surtidora.
Las cerraduras no comprenden en el círculo, 
las bendiciones que nadie ve. 
Los mandalas de nuestros verbos 
se abren y cierran en la geometría 
del esfuerzo y la utilidad que sobregira. 
Las llaves se desgastan en la comprensión. 

El poema es la labor del poeta. El conocimiento del trabajo y la nervadura es la esencia que provee a La surtidora misma en la posibilidad de la escritura poética: la Poesía en el intento de escribir poesía, el intento de retornar a esa región única que provee. El ejercicio escritural, carente de finalidad como se nos demostrará en el poema que cierra el conjunto, sobrevive al por qué, se escribe porque se arde en la nervadura, sin más. En esta batalla de la comprensión y el sentir, lo posible y lo concreto diluyen su dialéctica. La surtidora descree de la respuesta objetiva. María Sol posee tinta escéptica, lo cual no nos aleja de esa región nerviosa a la cual nos llama a arder, la creación de la metafísica propia conlleva al distanciamiento del lenguaje común. Desde el escepticismo y la cotidianeidad la surtidora enseña a retornar a uno mismo luego del contacto con el otro. Me perdonará la autora por citar a Roberto Juarroz, poeta que no es de su predilección. El poeta argentino refiere a su interlocutor Guillermo Boido, en el libro Poesía y creación: “La única manera de recibir una creación es crearla de nuevo. Tal vez, crearse con ella”. Pienso que esa metafísica propia nos lleva a fundir los polos en el sacrificio único de la creación, la surtidora nace en la dificultad afectuosa del poema, luego de horas de intento aprendiendo el fallo, habitando la palabra dictada a la mano por una voz más profunda, —nacida en la nervadura y su crepitar— y que quizás no nos pertenece en su totalidad. 

XI

Los caminos de la tensión y la insistencia dice la surtidora, 
en el corazón de la nervadura. 
En la dificultad 
el color de la página en blanco.

Como la insistencia de la vida, hay que insistir dice la surtidora.
Llevar la colección de nervios y corazones más allá de lo tibio. 
Llevar la acción, 
sus tensiones y nacimientos, 
junto a la memoria 
y sus fundiciones en la muerte.

Misceláneas compartidas

El fin de los dirigibles

La calle de los hoteles

Un mundo inmóvil

Je me souviens

Pathei mathos

El Poeta en el mundo

La casa de Asterión

El Expediente H

por Alexander JM Urrieta Solano

En 1933 dos filólogos estadounidenses, Milman Parry y Albert Lord, realizaron un viaje a Kosovo. Especializados en las formas de literatura oral se propusieron recopilar las epopeyas medievales transmitidas de generación en generación. De este suceso Ismaíl Kadaré publicó El expediente H. (1981),novela que narra la llegada de dos investigadores irlandeses asentados en Nueva York (Max Roth y Willy Norton) a las montañas del norte de Albania. Tienen como objetivo registrar por medio de un innovador magnetófono (retenedor de memorias) los poemas épicos albaneses recitados por los últimos rapsodas (lahutarë) de la región.

La misión de los folcloristas irlandeses es cotejar las versiones de los relatos épicos albaneses y las semejanzas que hay con los poemas épicos de la Ilíada y la Odisea. A través del registro de las variantes dadas por los últimos hombres homéricos se pretende descifrar el misterio de la existencia de Homero. La reconstrucción oral de la épica albanesa y sus vinculaciones con el enigma H. La novela tiene como tema central los vínculos entre la memoria y el olvido como medios de indagación de la genealogía de los relatos.

El rapsoda constituye la pieza esencial en la maquinaria de la epopeya. Cuya versión oral va modificando a partir de sus olvidos. “El rapsoda es a la vez editor y librero, y también bibliotecario, pero al mismo tiempo es más que todo eso: es a la vez coautor tardío y en calidad de tal posee el derecho de modificar el texto” (Kadaré, 2001: p. 55) .Capitalizar los recuerdos también implica la gestión del olvido de ellos, una reescritura perenne de los principios. En la literatura los testimonios sirven para reconstruir una memoria bajo tratamientos estéticos.

La relación entre estética y memoria, literatura y testimonio, permite abordar aspectos que la historia y los trabajos de la memoria, por compromisos ideológicos u oficiales, no contemplan. Los discursos del arte y la literatura recogen “vocabularios de lo incompleto”, le otorgan al recuerdo “volumen expresivo”, en otras palabras, permiten “recordar por los huecos de la representación, por las fallas del discurso social y sus lapsus; por todo lo que entrecorta la sintaxis ordenadora de las recapitulaciones oficiales con el fuera-de-plano de motivos truncos, de señales difusas y visiones trizadas” (Richard, 2002: p. 191).

Parry returned to Yugoslavia from June 1934 to September 1935 and was assisted principally by Nikola Vujnović (a singer from Stolac) and Albert Lord (a former student at Harvard and future curator of the Milman Parry Collection). During those 15 months, they collected over 12,500 individual texts, mostly in written form, but many of them recorded on double-sided aluminum discs. These sound recordings of poetic performances represent a significant milestone in the collection of oral poetry, since the recording device they used, which consisted of two turntables connected by a toggle switch, allowed Parry and his assistants to record songs without interruption and indefinitely by alternating between turntables.
Source: https://mpc.chs.harvard.edu/milman-parry-collection-1933-35/

Las voces fragmentadas de los rapsodas, ordenadas en un sistema literario, pueden ir más allá de los efectos narrativos de las lógicas oficiales. Presentando una nueva versión de la memoria para resolver el enigma del pasado. Los folcloristas presentan sus indagaciones mediante breves reflexiones de sus posibles hallazgos y conclusiones.

Según parece no se trata únicamente de un mero problema de memoria. Está vinculado con otro elemento básico de la epopeya oral: el mecanismo del olvido. El cual, a su vez, tampoco es simple olvido sino un proceso bastante más complejo. Puede tratarse quizá de un olvido involuntario, pero a la vez también deliberado. Un supuesto olvido que legitima la intervención (Kadaré,2001: p. 55).

El olvido ya no se trata de una capacidad limitada de la memoria humana, sino que forma parte integrante del laboratorio de producción de la misma épica. “En resumen, como en los seres vivos, se trata de una muerte que garantiza la continuidad de la vida” (p. 107). El olvido se reivindica como un proceso no solo terapéutico sino también como un vínculo con el poder. Aquel que controla el pasado es capaz de editarlo, manipularlo. El olvido es la otra cara de la moneda. El olvido también es la dimensión donde habitan los destellos y las elipsis. En la medida que los rapsodas eliminan también añaden, alteran, en pequeñas o grandes claves, la versión de los relatos.

Estas observaciones hace a los folcloristas preguntarse por el índice de merma por unidad de tiempo que cambia en cada registro oral. Cuánta información se añade y se pierde en un periodo de diez semanas, diez años, un siglo, un milenio. Para los investigadores dichas variaciones no son más que “omisiones anteriores, corregidas después por el rapsoda, de igual modo que los olvidos no son más que adiciones transitorias que el rapsoda, por razones probablemente desconocidas para él mismo, decide excluir nuevamente del texto, y así sucesivamente, hasta el infinito” (p. 108).

En 1960 Albert Lord publicó The Singer of Tales. Allí analiza la tradición oral como teoría de la composición literaria y sus aplicaciones a la epopeya homérica y medieval. Tomando como referencia el trabajo previo realizado con Parry, grabando a los poetas balcánicos declamando, expone un conjunto de reflexiones sobre el impacto de la narración oral y su transición a la escritura.

Lord plantea que los relatos orales de los rapsodas son de naturaleza fluida, imágenes que acontecen, como el poema, en el instante del presente, por lo que cualquier registro escrito que tengamos de ellos solo nos puede dejar una interpretación (residual) de ellos. Lord parte de la definición que Parry hizo sobre la fórmula oral: conjunto de palabras usadas bajo unas mismas condiciones métricas, y que sirven para expresar una idea en cuestión. El rapsoda aprende a contar la epopeya no solo por un acto de repetición, también asimila estás epopeyas como si se tratara de un lenguaje vivo, establece un vínculo congénito con el relato; vida y memoria habitan dentro del relato. Con esto se podría explicar la capacidad que tenían dichos rapsodas, que recorrían grandes distancias de un sitio a otro, tuvieran la capacidad de memorizar e interpretar cuentos tan extensos; y sin embargo el rapsoda no cuenta la historia dos veces con las mismas palabras. Es el índice de merma que varía cada relato contado una y otra vez en el paso del tiempo. Lord entonces nos dice:

«…every performance is a separate song.»

[…cada interpretación es una canción aislada]

«What is important is not the oral perfor­mance but rather the composition during oral performance.»

[Lo que importa no es la interpretación oral, sino más bien la composición durante la interpretación oral]

«One of the reasons also why different singings of the same song by the same man vary most in their endings is that the end of a song is sung less often by the singer.»

[Una de las razones por las que diferentes interpretaciones de una misma canción cantadas por un mismo hombre varían, mayormente en sus finales, es porque el final de la canción es interpretado con menos frecuencia]

«… About three stages of learning for the singer: (A) period of listening and absorbing; (B) period of application; (C) period of singing before a critical audience.»

[Acerca de los estados de aprendizaje del poeta oral: (A) periodo de escucha y absorción; (B) periodo de prueba; (C) periodo de interpretar ante un público]

«The fact of narrative song is around him [= the singer] from birth; the technique of it is the possession of his elders, and he falls heir to it. Yet in a real sense he does recapitulate the experiences of the generations before him stretching back to the distant past. From meter and music he absorbs in his earliest years the rhythms of epic, even as he absorbs the rhythms of speech itself and in a larger sense of the life about him. He learns empirically the length of phrase, the partial cadences, the full stops.»

[Es un hecho que la canción narrativa lo rodea [= al rapsoda] desde su nacimiento; la técnica del canto es posesión de sus mayores, y él la hereda. Sin embargo, en un sentido real, él rememora las experiencias de las generaciones anteriores a él, que se remontan a un pasado lejano. A partir de la métrica y la música, absorbe en sus primeros años los ritmos épicos, al igual que absorbe los ritmos del habla misma y, en un sentido más amplio, de la vida que lo rodea. Aprende empíricamente la longitud de la frase, las cadencias parciales y las pausas completas]

«…we cannot correctly speak of a ‘variant,’ since there is no ‘original’ to be varied!»

[…no podemos hablar correctamente de una ‘variante’, ya que no hay un ‘original’ que pueda variarse]

«Usually the rhythms and melodies that the youth learns at this period of initial specific application will stay with him the rest of his life.»

[Generalmente los ritmos y melodías que el joven aprende en este período de aplicación específica inicial permanecerán con él por el resto de su vida]

«And the picture that emerges is not really one of conflict between preserver of tradition and creative artist; it is rather one of the preservation of tradition by the constant re-creation of it.»

[La imagen que nace (del poema) no es un conflicto entre la preservación de la tradición y el artista creativo; es preferible preservar la tradición mediante la constante re-creación de la imagen]

¿Qué vínculos hay entre la novela y el ensayo? ¿Cómo recrean el interés por las memorias y los olvidos?  La memoria es una facultad para resistir, preservarse. En la novela hay implícito no solo una demanda social del pasado, sino también el deber de memoria, un deber de los descendientes, la urgencia de reconstruir, “recordar el pasado como un presente, volver a él para reencontrar en las banalidades de la mediocridad la forma horrible de lo innombrable” (Augé, 1998, p.102).

La historia nace y se destruye en la oralidad.

La obra literaria es un mecanismo del recuerdo.

El texto nos recuerda que el pasado es un terreno de disputas.

Kadaré plantea los vínculos inseparables entre la capacidad de producir una forma de memoria en función de aquello que se olvida. Los rapsodas albaneses son capaces de ir más allá de las verdades oficiales impuestas por fuerzas estatales, conformando una forma de memoria autónoma en donde los cantos son la respuesta al enigma de Homero, al problema de la memoria como vínculo común entre los seres humanos que buscan dar con una mejor comprensión del presente desde el pasado. La memoria y el olvido son necesarios para nuestra asimilación del paso del tiempo. Es precisamente mediante ambos actos que el recuerdo se convierte en un hecho consumado y, sin embargo, un acto imperfecto y necesario.

«Multiformity is essentially conservative.»

[La multiformidad es esencialmente conservadora]

«The habit is hidden, but felt.»

[El hábito está oculto, pero se siente]

Referencias:

Augé, M. (1998). Las formas de olvido. Gedisa

Kadaré, I. (2001). El expediente H. Alianza Editorial.

Richard, N. (2002). La crítica de la memoria. Cuadernos de Literatura, 187-193.

Páginas de consulta:

A personal checklist of memorable wordings in Albert B. Lord’s The Singer of Tales

(Agradezco en particular al autor de este enlace, Gregory Nagy, del cual tomé los extractos del libro de Lord. Su selección me ha parecido grata y pertinente para complementar la lectura de la novela de Kadaré. Ignoro si existe alguna edición en español de Singer of Tales. Por otra parte, me disculpo quizá por las traducciones hechas por el administrador de esta página, las cuales pueden ser defectuosas)

The Milman Parry Collection, 1933–35

Pathei mathos

por Rick Marshall

Querido lector,

He comenzado a leer Moira: Fate, Good, & Evil in Greek Thought (Moira: el destino, el bien y el mal en el pensamiento griego), de William Chase Greene, y estoy impresionado con las cinco primeras páginas, que incluyen una de las revisiones más ágiles sobre las concepciones griegas básicas que yo haya leído. Esas páginas tamizan relaciones entre docenas de elementos cruciales, aunque la exploración más profunda de sus significado se deja al resto del libro. Para auxiliarme en el desmenuzamiento de este sustancioso material voy a explorar un tanto su vocabulario, de manera que me ayude a examinar el contexto cultural de sus filósofos, comenzando en este párrafo de la página 5:

El fuerte de Greene no está en sus prioridades, ni tampoco en sus conclusiones, sino en la riqueza del material con que trabaja. Es decir, a pesar de que no siempre interpreta de manera correcta ese material, acierta más o menos tanto como se equivoca -y en verdad, la mayoría de los modernos no llega a comprender el nivel de profundidad que los griegos demandan-. Lo importante, sin embargo, es que selecciona material clave para comprender las preocupaciones de la Grecia de la antigüedad. En ese capítulo introductorio enfoca, uno tras otro, términos centrales. Si de verdad se desea comenzar a comprender muchos de sus conceptos medulares, que de manera tan radical separan la visión clásica del mundo, de la actual, -si de verdad quiere uno entenderse a sí mismo y a su mundo-, tendremos que entrar y considerar, además de la cosmovisión que hoy se maneja, otra distinta y, a partir de ambas, cerrar un triángulo con la perspectiva individual; pues sin ella no se alcanzaría una percepción real. Y justo ahí, en esas páginas introductorias del libro, están esos conceptos y una visión ordenados secuencialmente y listos para que uno comience su propia investigación.

Y empezando como ejemplo por pathei mathos, hay que advertir que ni Greene ni la mayoría de los estudiosos de su significado lo han comprendido cabalmente. Este autor lo resume como: descubrir que la sabiduría puede provenir del sufrimiento (pathei mathos), lo cual es –implica– una escuela del carácter. Esto, apenas es el comienzo de lo que pathei mathos quiere decir. Se acerca a ello tanto como se aleja. Y el peculiar tono condicional de su interpretación, muestra la característica forma moderna de distanciarse de este concepto griego esencial, y que expone una sentencia acerca de la naturaleza humana en absoluto condicional o arbitraria. Por el contrario, señala algo que no es consustancial, un conflicto que nosotros mismos creamos, la razón por la que “Conócete a ti mismo” fue tan central para los griegos antiguos, que aparecía escrito a la entrada del Oráculo de Delfos.

Pathei mathos ha debido ser una expresión citada con frecuencia en la Grecia clásica, aunque hoy la conozcamos mayormente a través de Agamenón, la tragedia de Esquilo. En un contexto semejante, solo una reacción poderosa nos habrá impedido comprender el inequívoco que Esquilo se esmera en presentarnos.

Para los griegos, la piedra angular de la literatura fue la Ilíada de Homero, que selecciona una secuencia crucial del ciclo de historias sobre la guerra de Troya. Una guerra que cierra de manera definitiva los tiempos heroicos, con la aniquilación de sus hombres más brillantes sobre las llanuras troyanas; vidas desperdiciadas en una disputa doméstica.

La cultura que transformó este hecho de pérdida y vergüenza horrorosas, en su épica principal, añadió a esta, otra obra de Homero, la Odisea. Selección de historias sobre los retornos, en los que los “vencedores”, los sobrevivientes de aquella debacle, fueron muriendo, casi todos en el viaje de regreso a sus hogares o en el momento de hacerlo. La épica de Homero escoge los diez años de horror y desesperación en los que Odiseo añora regresar a su hogar; uno de los poquísimos personajes que sobrevivieron a la guerra terrible y, luego, al penoso retorno.

Este es el contexto del Agamenón, que trata sobre el gran rey de los griegos, el que comandó la fabulosa flota de mil barcos a su ruinosa victoria sobre Troya, y cuy retorno terminó mucho menos felizmente que el de Odiseo. Pero más allá del total y fútil desperdicio de la guerra misma, Agamenón regresó oliendo a sangre y a culpa por haber sacrificado a su propia hija, Ifigenia, en aras de cambiar los vientos que, en un comienzo, impedían a la flota griega partir hacia Troya. Regresó al hogar con su concubina Casandra, la profetisa troyana que adivinó los horrores por venir y quien era portadora de la maldición de no ser creída, incluso por los que más la querían; condenada a vivir sin remedia lo que inútilmente había predicho. Regresó para ser asesinada por su esposa Clitemnestra, en venganza por la muerte de Ifigenia, hija de ambos. Para provocar que su hijo Orestes asesinara a su madre Clitemnestra por haberlo asesinado a él.

El gran Gilbert Murray, en el prefacio de su traducción magistral del Agamenón (disponible gratuitamente en Proyecto Gutemberg), nos introduce de lleno en el asunto:

En el resumen de Murray, aunque no totalmente clara, está implícita la naturaleza de ese don: subsanar un defecto de la humana naturaleza, que hace posible que seamos tan abismalmente estúpidos como para cometer crímenes en nombre de la justicia sin darnos cuenta de que esto perpetúa inevitablemente el ciclo de crímenes. Este don no es uno más a recibir entre muchos otros, como parece implicar la interpretación de Greene en su Moira. El uso específico que le da Esquilo a pathei mathos, si se traduce de manera clara no deja lugar a dudas. Desafortunadamente, Murray, no entiende tan bien esta obra, oscurece un tanto el tema al moldearlo para su traducción en verso, pero la traducción de Herbert Weir Smith sí es bien clara:

Por distorsión, juzgamos a la cultura griega como foránea y ajena; pero el verdadero motivo es que choca con nuestros prejuicios modernos. Y así, optamos por pasar por alto o alterar intencionadamente lo más grave de sus sentencias. No nos molestamos en encarar el verdadero significado de esta ley.

Para empezar: únicamente el sufrir puede conducirnos al conocimiento. Mas, debido a los defectos de la naturaleza humana, haremos cualquier cosa para no desbancar nuestras más amadas ilusiones, y así, nuestra sabiduría sólo podrá sufrir metamorfosis, o cambios, en contra de nuestra voluntad y bajo la coacción del pathos.

Luego, la sabiduría ni siquiera siempre ni con frecuencia nos alcanza a través del sufrimiento, pues de ser así, hace mucho tiempo que habríamos roto la cadena de crímenes y castigos que constituye la justicia primitiva. Tal como se muestra en el Agamenón, quienes padecieron esas lecciones de sabiduría, sufrieron, pero no retuvieron la necesaria para romper ese ciclo de violencia. De modo que sea cual sea el conocimiento que un individuo pueda comprender, lo habrá obtenido a la fuerza. El hombre moderno se siente molesto con esta interpretación e insistirá en leer este pasaje aislado del resto de la obra y, por supuesto, de este ciclo de obras, pero ello es simplemente una ilustración del punto primero: que haremos cualquier cosa para no desbancar nuestras más amadas ilusiones.

Este don que Zeus trae a la humanidad no es un don cristiano, como la salvación ofrecida a todos los seres humanos (deducible de lo que Murray dice en su prefacio), ni un don moderno, del tipo de verdad evidente por sí misma y compartida por todos. Es un don tal y como lo entendían los griegos antiguos, para quienes los males eran muchos y los bienes escasos, y no enfatiza el que la sabiduría alcance gratuitamente a todos los hombres; es más bien al revés, lo hace en contra de nuestra voluntad. La concepción de pathei mathos de Esquilo de seguro contó con la aprobación de Heráclito: “Todos los animales son llevados a pastar a palos” y “Lo mejor para los hombres no sería conseguir lo que quieren”. Queremos las cosas erróneas y, dejados a nuestro capricho, nos alejamos de la sabiduría en favor de placeres fatuos y viciosos.

La lectura apresurada de Green del pathei mathos tuerce su significado característicamente griego, favoreciendo una lectura moderna: “Eh, hombre, haz lo que tú quieras, incluso puedes tratar de sufrir de manera que te hagas más sabio; esta es una manera de formar tu carácter”. Con todo, llama nuestra atención sobre este poderoso aserto y éste es un servicio por el que, con el mayor gusto, se perdona un lapsus de interpretación perfectamente comprensible. Como antídoto a la vaga versión de Greene ofrezco unos apuntes del curso de filosofía clásica griega del filósofo tejano Kenneth Smith.

Finalmente, a pesar de que hubo muchos intentos de traducir este pensamiento difícil y vital, quisiera llamar la atención sobre uno más: el artículo The Worst Week (La peor semana) apareció en el número del 19 de noviembre de 2007 de Newsweek. Allí, Evan Thomas discute las conexiones entre el colapso de la presidencia de Lyndon Johnson y los asesinatos de Martin Luther King Jr y Robert Kennedy. Narra la historia de cómo Kennedy buscó el respaldo de King a su campaña presidencial y estuvo a punto de obtenerla cuando King fue asesinado. El 4 de abril del 1968, en lo que se suponía debía ser un mitin de campaña en Indianápolis, sucedió que en su lugar le tocó a Kennedy transmitir la terrible noticia a la multitud que se había reunido para escucharle. Dejó de lado su charla preparada al efecto y habló basándose en las notas que tomó en el vuelo, las cuales capturan su conmoción y sufrir iniciales. El punto de quiebre de su alocución fue su interpretación del pasaje de Agamenón: “Mi poeta favorita fue Esquilo. Él escribió: ‘En nuestros sueños, el dolor que no se puede olvidar, cae gota a gota en el corazón hasta que, para desesperación propia, en contra de nuestra voluntad, la sabiduría nos alcanza por medio de la espantosa gracia de Dios.’”

Sinceramente suyo

Rick.

Texto original:

Verbal Medicine

*Para esta nota estamos agradecidos y a la búsqueda del traductor de este texto cuyo original está en inglés. Este texto llegó bajo unas circunstancias muy particulares pero gratas.

Botellas al mar:

Apuntes para Abraxas

Je me souviens

El poeta en el mundo

El secreto del éxito japonés

La correcciones

Tanizaki en Las Vegas

Selección natural

Como una novela

por Daniel Pennac

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Pocos objetos como el libro despiertan tal sentimiento de absoluta propiedad. Una vez han caído en nuestras manos, los libros se convierten en nuestros esclavos…, esclavos, sí, por ser de materia viva, pero esclavos que nadie pensaría en liberar, por ser hojas muertas. Como tales, padecen los peores tratos, fruto de los más locos amores o espantosos furores. Y te doblo las páginas (¡oh, qué herida, cada vez, la visión de la página doblada!, «¡pero es para saber dónde estooooooy!») y poso mi taza de café sobre la tapa, esas aureolas, esos relieves de tostadas, esas manchas de aceite solar…, y te dejo un poco en todas partes la huella de mi pulgar, el dedo con el que aprieto mi pipa mientras te leo… y esa Pléiade secándose miserablemente sobre el radiador después de haber caído en tu baño («¡tu baño, cariño, pero mi Swift!»)… y esos márgenes garrapateados de comentarios afortunadamente ilegibles, esos párrafos nimbados por rotuladores fluorescentes…, ese libro definitivamente inválido por haber pasado una semana entera abierto por el lomo, ese otro supuestamente protegido por una inmunda funda de plástico transparente con reflejos petrolíferos…, esa cama que desaparece debajo de un témpano de libros esparcidos como pájaros muertos…, ese montón de Folio abandonados al moho del granero… esos desdichados libros infantiles que ya nadie lee, exiliados en una casa de campo adonde ya nadie va…, y todos esos otros en los muelles, liquidados a los revendedores de esclavos…

Todo, a los libros se lo hacemos sufrir todo. Pero la manera como los maltratan los demás es la única que nos apena…

No hace mucho tiempo vi con mis propios ojos cómo una lectora arrojaba una enorme novela por la ventanilla de un coche que corría a toda marcha: era por haberla pagado tan cara, convencida por competentes críticos, y sentirse tan decepcionada. ¡El padre del novelista Tonino Benacquista llegó al extremo de fumarse a Platón! Prisionero de guerra en algún lugar de Albania, con un resto de tabaco en el fondo de su bolsillo, un ejemplar del Cratilo (¿qué diablos hacía allí?), una cerilla… ¡y crac!, una nueva manera de dialogar con Sócrates…, por señales de humo.

Otro efecto de la misma guerra, más trágico todavía: Alberto Moravia y Elsa Morante, obligados a refugiarse durante varios meses en una cabaña de pastor, sólo habían podido salvar dos libros, La Biblia y Los hermanos Karamazov. De ahí un terrible dilema: ¿cuál de los dos monumentos utilizar como papel higiénico? Por cruel que sea, una elección es una elección. Con gran dolor de corazón, eligieron.

No, por sagrado que sea el discurso trenzado en torno a los libros, no ha nacido quien impida a Pepe Carvalho, el personaje favorito de Manuel Vázquez Montalbán, prender cada noche un buen fuego con las páginas de sus lecturas predilectas.

Es el precio del amor, la contrapartida de la intimidad.

En cuanto un libro acaba en nuestras manos, es nuestro, exactamente como dicen los niños: «Es mi libro»…, parte integrante de mí mismo. Ésta es sin duda la razón de que devolvamos con tanta dificultad los libros que nos prestan. No es exactamente un robo… (no, no, no somos unos ladrones, no…), digamos un deslizamiento de propiedad, o, mejor dicho, una transferencia de sustancia: lo que era de otro bajo su mirada, se vuelve mío cuando se lo come mi ojo; y, caramba, si me ha gustado lo que he leído, siento cierta dificultad en «devolverlo».

Sólo me estoy refiriendo a la manera como nosotros, los particulares, tratamos los libros. Pero los profesionales no lo hacen mejor. Y yo te guillotino el papel a ras de las palabras para que mi colección de bolsillo sea más rentable (texto sin márgenes con las letras desmedradas de puro apretujadas), y yo te hincho como un globo esta novelita para hacer creer al lector que vale el dinero que paga por ella (texto ahogado, con las frases asustadas por tanta blancura), y te coloco unas «fajas» cuyos colores y cuyos títulos enormes cantan hasta ciento cincuenta metros de distancia: «¿Me has leído? ¿Me has leído?». Y yo te fabrico ejemplares «club» en papel esponjoso y portada acartonada adornada con ilustraciones deprimentes, y yo pretendo fabricarte unas ediciones «de lujo» con el pretexto de que adorno una falsa piel con una orgía de dorados…

Producto de una sociedad hiperconsumista, el libro está casi tan mimado como un pollo alimentado con hormonas y mucho menos que un misil nuclear. El pollo con hormonas de crecimiento instantáneo no es, por otra parte, una comparación gratuita si se aplica a los millones de libros «de circunstancias» que se escriben en una semana bajo el pretexto de que, esa semana, la reina la ha diñado o el presidente ha perdido su empleo.

Así pues, visto bajo esta perspectiva, el libro no es, ni más ni menos, que un objeto de consumo, y tan efímero como cualquier otro: inmediatamente destruido si no funciona, muere con mucha frecuencia sin haber sido leído.

En cuanto a la manera como la misma universidad trata los libros, sería bueno preguntar su opinión a los autores. He aquí lo que escribió al respecto Flannery O’Connor el día en que descubrió que hacían a los estudiantes estudiar su obra:

«Si los profesores tienen hoy por principio abordar una obra como si se tratara de un problema de investigación para el que sirve cualquier respuesta, con tal que no sea evidente, mucho me temo que los estudiantes no descubran jamás el placer de leer una novela…»

Dispersos:

El fin de los dirigibles

Los demasiados libros, o las virtudes del exceso de plástico

La calle de los hoteles

Un mundo inmóvil (fragmento)

Cómo estafar a otros creyendo que salvas el planeta

La esquina de barro

Ensayo sobre el lugar silencioso

LHK (Nota al pie)

Hay un antes y un después de leer a Dostoyevski. No se pueden ver las cosas de la misma manera. En sus libros este parece susurrarnos un secreto evidente, pero por igual difícil de ver: nos cuenta el funcionamiento del mundo a través de una compleja galería de personajes y situaciones imposibles de olvidar. Al terminar LHK puedo seguir afirmando que los grandes libros están ahí para hacernos (des)creer de la vida, en la medida que enseñan a aferrarnos a ella. Contradictorio, pero ¿qué importa eso? La función de la literatura consiste en abrir ventanas. Los libros difíciles son aquellos que llevan la pesada tarea de inquietarnos, de explicarnos, a través de la mirada de otros, lo difícil que es ser una persona, la pesada carga que implica existir en un mundo donde solo estamos de paso, donde el conflicto central radica en la extraña convivencia de sentimientos antagónicos dentro de nosotros. Los personajes de Dostoyevski son fascinantes porque son reales, tranquilamente pueden ser la parodia de algún vecino, que detrás de una imagen superflua y banal esconde en su espíritu un cúmulo de conflictos inimaginables. Uno sabe, si lo piensa bien, que la banalidad es un rasgo determinante. Establece una dura medida de valor en nosotros. Del peso que hacemos en la tierra. Desde esa primicia somos propensos a justificar el mal, aplaudir el oprobio, el egoísmo y la ignorancia; del mismo modo, y casi en un acto necesario, también nos vemos cometiendo los actos más triviales para alcanzar alguna forma de redención, en donde demostramos que a pesar de todo necesitamos al otro, que la vida espiritual se cultiva, se enseña, que Dios está en los detalles, y que el bien no solo combate al mal, sino que la existencia de ambos es necesaria para soportar la incoherencia del mundo. LHK es una exposición total del debate interior de la humanidad entre ambas fuerzas. Hemos sido ruines, hipócritas y cínicos, y cuando conviene carentes de toda responsabilidad moral. Pero también hemos sido buenos, generosos, capaces de tener bondad y sacrificio, sin entender que estas posturas cambiantes son un reflejo de la concepción del ser humano como campo de batalla donde lucha el bien con el mal.

El palacio de los sueños

Un gran escritor es aquel que asume una herencia para integrarla de la mejor manera en la tradición de la literatura—sea trasnacional, global, universal o multiétnica. El trabajo de una herencia luego se vincula a una literatura que permite el desarrollo de un estilo, teniendo como mayor logro la capacidad de hablar de una particularidad local para un modo universal. Kadaré sin duda es un escritor que ha logrado ese estilo personal, ofreciendo una obra incómoda y compleja, plagada de guiños sobre la tradición de los Balcanes: una historia fabulada de Albania. El palacio de los sueños me ha parecido un libro hermoso, pero también profundamente triste. Es inevitable vincular lo que el libro va narrando con alguna situación personal, de sentir que el libro habla de algo que vivo como lector en otro mundo lejano y ajeno.

Una de las mayores virtudes que tiene la literatura es que permite acceder al conocimiento de la existencia de otros mundos en el territorio de la conciencia. Nos ayuda a experimentar otras formas de vida que siendo inevitable transforman nuestra manera de mirar la realidad, cambia nuestra forma de ver la cosas que conviven en nuestro andar, rodeado de objetos cotidianos confusos que alteran nuestros delicados estados de ánimo. Me parece que los grandes textos otorgan esa recompensa al lector: la de enseñar a ver. Abogo por un elogio de la dificultad, la lectura de libros difíciles. El mejor texto es aquel que se me presenta como un problema-río. En otras palabras, un libro que me haga caer en cuenta de lo mucho que me falta por ver. Una vida no alcanza.

Kadaré expone en su texto una reflexión sobre la condición humana. Se ve en el autor, ya por las otras referencias que he encontrado de futuros libros que pienso leer, incluido El Palacio de los sueños, cómo presenta explicaciones sobre los mecanismos opresivos de los sistemas totalitarios, sistema que somete al individuo a una destrucción paulatina y sistemática de su relación con el mundo. Es a través de la fábula y la alegoría donde el escritor puede construir su crítica, en ese terreno que permite infinitas interpretaciones y lecturas. Escribir es el último ejercicio de la libertad ante los cimientos estatales que aplastan al ser humano. Pone en evidencia, en un lenguaje lúdico y accesible, la presentación de un aparato opresivo que lapida la conciencia humana.

En una clase de teoría política recuerdo una profesora que tuve en ese momento estableció algunas diferencias entre dictadura y totalitarismo. Mencionó que la primera busca eliminar toda clase de oposición para mantenerse en el poder, aspira una estadía prolongada aplicando cualquier medida de opresión. La dictadura en particular no busca convencer, simplemente elimina las oposiciones. Esa, decía la profesora, es la diferencia más destacada que la distingue del totalitarismo, pues este último, además de eliminar (porque también es su inevitable consecuencia), busca por todos los medios convencer lo que no puede destruir por razones diversas.

El totalitarismo no solo busca perpetuarse en el poder temporal, también busca apropiarse del ser, quiere controlar su esencia, fundirse en el alma. Quiere dominar la era entera, estar en ese momento donde ya nadie esté y solo quede él.

Aspira en su composición biopolítica una gestión total de la vida.

Él necesita apropiarse del tiempo y el espacio concebido para cada ser.

Transgrede la soledad ajena, con la excusa del bien común y colectivo, por el bien del pueblo se cometen crímenes que rayan en el paroxismo.

La estupidez se tolera como al tarado de una tribu sin remedio que comete errores irreversibles.

Dependiendo del malestar estomacal del partido unos son pueblo y otros no, unos son enemigos y otros revolucionarios. Divide. Impresiona ver cómo el sistema envilece hasta el punto de lograr que los habitantes se destruyan por su propia cuenta.

Multiplica cada particularidad por cero, la anula para beneficio de la mediocridad de una época fantástica: de un renacimiento nacional. La estupidez se convierte en una especie de ley que se escuda con intelectuales y camaradas, cínicos que aprendieron que algunos tratados sirven por igual para destruir conciencias, comunidades enteras, enfermar memorias.

Garantiza la eficacia de la muerte. El totalitarismo es tan imponente en sus intenciones que hace imposible para los pueblos que lo padecen pensar, o incluso imaginarse, una realidad distinta o diferente a la que él imponte.

La idea es que después de él no puede existir el mañana.

La dictadura es pragmática, autoritaria, no le interesa la discusión; el totalitarismo es metódico, siembra en el pueblo un cáncer. Es la enfermedad y la cura. Su sistema se asemeja el avance lento de una gangrena, destruyendo hasta el tuétano el espíritu de generaciones enteras, impone una tiranía de la costumbre. Se sostiene por medio de una propaganda pedagógica que orbita entre el culto y el miedo. Es un sistema que embrutece, inventa enemigos externos, crea y destruye, a conveniencia del partido, sus propios molinos de viento.

Kadaré ha escrito una larga obra donde expone las relaciones de los seres humanos con el poder totalitario. Su obra tiene la misma envergadura de autores del calibre de Kafka, cuya obra siniestra nos habla de una fuerza abstracta superior por encima del hombre que es condenado a una burocracia asfixiante, un poder desconocido; Orwell, en donde los personajes son sometidos a un olvido forzado, provocando vacíos de la memoria, pues un sujeto sin recuerdos fácilmente puede ser aniquilado, un ser sin memoria puede ser dominado; Huxley, la dictadura perfecta de la tecnocracia, donde los seres son producidos en tubos de ensayo, la humanidad se produce en una línea de ensamblaje sin afectos ni amor.

El palacio de Kadaré nos habla de un país que cuenta con un gran ministerio cuyo propósito es llevar un seguimiento de los sueños de sus habitantes. El palacio cuenta con divisiones y subdivisiones para cada propósito de clasificar, seleccionar e interpretar cada sueño. El Palacio tiene diversas extensiones con sucursales esparcidas por todo el imperio. Los sueños se resguardan es incontables montañas de cartapacios, objeto trivial de oficina, que me ha parecido una de las imágenes más perturbadoras y hermosas del resguardo del sueño como documento. Los trabajadores requisan cada imagen del sueño, elaboran una poética onírica al servicio de la burocracia, traducida en un informe meticuloso de posibles mensajes de interés crucial para el resguardo y perpetuidad del Estado. Lo sueños maestros son aquellos que de los miles de sueños registrados son llevados al Sultán, al supremo, por su alto nivel interpretativo, sueños que luego de ser leídos determinarán las decisiones vitales del Estado. Las matanzas y detenciones arbitrarias, la devaluación de la moneda, la persecución de enemigos potenciales… todos los crímenes se justifican porque cuentan con la base indiscutible de los sueños.

—Nuestro Palacio de los Sueños, creado por deseo expreso y directo del Sultán Soberano, tiene como misión clasificar y examinar no ya los sueños aislados de personas individuales las cuales, por una u otra razón, constituían antes una esfera privilegiada y detentaban en la práctica el monopolio de las predicciones mediante la interpretación de los signos divinos, sino el Tabir Total, dicho de otro modo, el sueño de todos los súbditos sin excepción. Se trata de una empresa colosal, ante la que todos los oráculos de Delfos o las castas de profetas y magos de antaño resultan minúsculos y ridículos. La idea concebida por el Soberano de crear el Tabir Total se apoya en el hecho de que Alá lanza su sueño premonitorio sobre la superficie del globo terráqueo con idéntico descuido con que arroja una estrella o un rayo, o acerca de pronto a nosotros un cometa extraído de quién sabe qué ignotas profundidades del cosmos. Así pues, El arroja su señal sobre la Tierra sin fijarse dónde cae, pues en las alturas donde Él se encuentra no presta la menor atención a estos detalles que para nosotros son vitales. Es tarea nuestra vigilar dónde cae ese sueño, buscarlo entre los millones y miles de millones de otros sueños, tal como se busca una perla extraviada en un desierto de arena. Porque descifrar ese sueño, caído como una chispa perdida en el cerebro de una entre los millones de personas dormidas, puede prevenir la desgracia del Estado y su Soberano, evitar la guerra o la peste, hacer que germinen ideas nuevas. Por eso este Palacio de los Sueños no es una quimera sino uno de los pilares del Estado. Aquí, mejor que mediante ninguna clase de estudio, atestado, informe de inspectores, relación policial o de los gobernadores de los bajalatos, se aprecia la verdadera situación del Imperio. Porque en el continente nocturno del sueño se encuentran tanto la luz como las tinieblas de la humanidad, su miel y su veneno, su grandeza y su miseria. Todo lo que se muestra confuso y amenazante, o lo que pueda llegar a serlo al cabo de los siglos, manifiesta su señal mediante los sueños de los hombres. No existe pasión o pensamiento maléfico, adversidad o catástrofe, rebelión o crimen, que no proyecte su sombra en los sueños antes de materializarse en el mundo. Por eso el Badijá Soberano dispone que ningún sueño, aunque haya sido visto en el más apartado confín del Estado el día más anodino o concebido por el más insignificante siervo de Alá, debe escapar a la vigilancia del Tabir Saray. En cuanto al otro mandato imperial, aún más importante si cabe, consiste en que el reflejo resultante de la reunión, ordenamiento y estudio de los sueños del día, de la semana o del mes, sea verídico y no deformado. Con ese fin, del enorme trabajo necesario para la elaboración del material, reviste importancia primordial el mantenimiento del más absoluto secreto. El hermetismo del Tabir Saray hacia el exterior. Sabemos a ciencia cierta que fuera de este Palacio existen fuerzas diversas que, por una u otra razón, están interesadas en introducir su influencia aquí, de modo que sus objetivos, ideas o concepciones aparezcan después como supuestas señales divinas depositadas por Alá en los cerebros humanos dormidos (pp. 54-55).

¿Qué tipo de poder tiene un régimen que vigila lo que sueña su gente? Si el Estado puede saber lo que soñamos puede también controlar nuestros destinos. Dominar lo más recóndito de nuestros deseos. Prevenir la fatalidad, donde la pesadilla estimula una política prospectiva de Estado. Es una alegoría fascinante, pero terrible. Cualquier imagen extraña provocada en el dormir puede ser peligrosa. Entonces el miedo se traduce en insomnio. Mark-Alem, el protagonista de la novela, piensa justo en esta idea: no es lo mismo el insomnio de un pueblo al insomnio de un solo hombre. La vigilia es un estado latente de alerta, otra forma de morir en un lugar donde no es posible soñar. Despiertos no hay otra alternativa que la pesadilla.

—Algunos piensan— prosiguió el Visir —que el mundo de las pesadillas y de los sueños, en una palabra, vuestro mundo, es el que dirige a este otro de acá. Mas yo tengo la convicción de que es este mundo el que lo dirige todo. Es él, a fin de cuentas, el que decide qué sueños, pesadillas o delirios, conviene sacar a la superficie, como un cubo saca el agua de un pozo profundo. ¿Entiendes lo que quiero decir? Es este mundo el que elige en ese abismo lo que… le interesa (p.156)

Sin descanso solo puede haber locura: pesadilla: creación contestaria. Esas son las cosas que me ha dejado la lectura del gran escritor albanés Ismaíl Kadaré. Si las personas no pueden soñar no pueden crear, y solo cuando caen dormidas, ya producto del cansancio extremo, tal estado de agotamiento abre la puerta a la creación de diversos materiales que transitan la delgada línea de la pesadilla, aquel que sueña solo puede proyectar un conjunto de paranoias enfermizas.

En mi opinión, de todos los mecanismos del Estado, el Palacio de los Sueños es el más ajeno a la voluntad de los hombres. ¿Entendéis los que quiero decir? Es el más ajeno a la razón de todos, el más ciego, el más fatal, por tanto, también el más propiamente estatal (p.93).

Hace un tiempo leí una conferencia del poeta brasilero João Cabral de Melo Neto titulada Consideraciones sobre el poeta durmiendo, en donde habla del acto del dormir como un momento crucial para el poeta y su creación. Durmiendo el poeta puede acceder a las construcciones imposibles de los sueños, palpitaciones de su alma, escamas de inquietudes, una esperanza escondida en sucesiones de imágenes confusas. Para João el dormir es una aventura que no se cuenta, que no puede ser documentada y de la cual no se puede traer, porque de este no existe percepción, esos elementos, esas visiones, que son la parte objetiva del sueño (me gustaría que fuese percibido sin otras explicaciones el sentido en que empleo aquí la palabra: objetiva). El dormir es un estado, un pozo en el que nos sumergimos, en el que estamos ausentes. Esa ausencia nos enmudece. Más adelante João dice que el dormir predispone a la poesía, permite crear al despertar. El verbo dormir es una palabra hecha por sonidos que parecen prolongarse en la oscuridad. Dormir implica acceder, por medio de los sueños, a otro nivel de percepción, al cultivo de cierta vocación sobrenatural. Los sueños son la mutación de infinitas pulsaciones esotéricas, todo eso habita en nosotros. Por alguna razón Dios o los Dioses hicieron que las bestias durmieran, necesitan un espacio creativo para invocar lo que despiertos no pueden ver. Estas ideas no sé de dónde vendrán, pero estoy seguro de que no son mías. No es una casualidad que los sueños aparte de un carácter poético también tengan un carácter predictivo, especulativo, de un sentido oculto, que una vez despiertos solo podemos interpretar apenas como fragmentos de piezas de un rompecabezas incompleto, incomprensible, que no tiene sentido armar. Es en esa impotencia de no saber descifrar los mensajes que provienen de nuestro interior la clave del macabro juego del existir. Ya que hablamos del puzzle pienso en los versos poderosos de Shel Silverstein:

Nothing has more possibilities

Than one old wet picture puzzle piece.

Así son nuestros sueños: una posibilidad abierta. Por eso dormir en tiempos caóticos es muy importante. El asunto es saber descifrar los mensajes que decanta nuestra desesperación al estar despiertos. En algún punto todos podemos ser como Mark-Alem, interpretando la realidad mientras nos brota una lágrima por nuestro ojo más lúcido, esa gota salada es el sueño que se escapa a un mejor lugar. Y de nuevo volviendo al asunto, João por otra parte nos dice: Puede decirse del dormir, que favorece la formación de una zona oscura (un tiempo oscuro), donde esa fusión se desarrolla (nuestros sentidos oficiales adormecidos), y de donde subirán más tarde esos elementos que serán los elementos del poema y que el poeta sorprenderá un día sobre su papel sin que los reconozca.

La lectura de Kadaré abre una discusión sostenida de los peligros del totalitarismo. Nunca había pensado con tanta contundencia de esos peligros que envuelven el acto de dormir, o de soñar despierto. Actualmente vivimos en un mundo donde tenemos una vigilancia de nuestros sueños por medio de nuestros deseos. Hay una tecnología específica y muy sofisticada, de la cual ignoramos su funcionamiento, a la que rendimos cuentas. Las redes sociales, tal vez. Aquí solo especulo. Ese metaverso, traducido como la nueva utopía, en la que ocupamos gran parte de nuestro tiempo, conforma el hipermercado del sueño. Y la clasificación es exhaustiva y predictiva, hasta el punto de sentir asombro por la capacidad asertiva de nuestras prótesis tecnológicas, que nos consuelan en medio de la angustia de las pantallas. Nos ofertan mejores sueños para seguir consumiendo, los clasificamos y juzgamos como mejor nos parezca hasta el hastío, como si se tratara de una patología cognitiva, el ser incapaz de salir de ese infierno artificial donde hemos querido creer que somos felices. Un algoritmo nos muestra casualmente las cosas que deseamos ver, ¿acaso no es el mismo sistema del que habla Kadaré en su libro? El archivo donde se guardan nuestros secretos ahora es una nube. Más allá de pensar en el régimen totalitario del país que vivimos (depende de cómo lo vea cada soñante), la lectura más aterradora sería la de ese conjunto de sistemas totalitarios tecnológicos abstractos e impersonales, que dilatan y mercantilizan nuestras vanidades y placeres, a cambio de nuestros bienes más preciados. Nuestros sueños están marcados en los términos y condiciones de todos los servicios gratuitos que usamos sin asco, con un grado enfermizo de esmero, nos encerramos a una sala de incomunicación. El palacio de los sueños puede ser una realidad palpable de la que todos disfrutamos ser parte, pues el insomnio general no es solo una norma amigable para asentarse humillado ante el bien común, sino la única forma de sobrevivir a esa maquinaria sin forma, triste y cruel.

La vida de un hombre queda perturbada para siempre una vez que se encuentra atrapada en los engranajes del poder, pero eso no tiene parangón con el drama de un pueblo entero prisionero de ese mecanismo (p. 99)

Detrás de las pantallas se ha formado una nueva zona oscura.

Son muchas lecturas para pensar antes de quedarnos dormidos.

Alexander JM Urrieta Solano

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El Cuaderno de Blas Coll (Fragmentos)

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