Locura y creación

por Ludovico Silva

En una entrevista publicada en el «Papel literario» con José Solanes, el médico del gran Antonin Artaud, decía Solanes: «Las drogas no sugieren nada que no esté ya dentro de nosotros. Y el delirio como tal, tampoco». Solanes tuvo oportunidad de tratar frecuentemente a Artaud, como médico y amigo, durante sus años de sanatorio. Pudo ver de cerca a aquel cerebro privilegiado, con todos sus delirios creadores. Subsiste una pregunta: ¿Son asimilables la locura y la creación artística? La pregunta es vieja, y aún sin respuesta definitiva. Es más: las diversas escuelas poéticas han dado diferentes respuestas a la misma pregunta. Para los surrealistas, por ejemplo, el estado creador estaba rayano en la locura, pues se trataba de hacer un inmenso «desarreglo de los sentidos» (según la consigna de Rimbaud) para poder captar las irradiaciones del inconsciente y transmitirlas mediante la escritura automática, en un proceso del cual quedaba desterrada la «razón», según lo declarara expresamente André Breton en su definición de escritura automática. En efecto, su definición reza así: «Surrealismo. s.m. Automatismo psíquico puro por el cual nos proponemos expresar, ya sea verbalmente, ya por escrito, ya de cualquier otra manera, el funcionamiento real del pensamiento. Dictado del pensamiento, en ausencia de todo dominio ejercido por la razón fuera de toda preocupación estética y moral».

Este automatismo era capaz de producir, en una especie de delirio visionario, expresiones poéticas como estas:

El gran frigorífico blanco en la noche de los tiempos

que distribuye escalofríos en la ciudad canta para él solo

y el fondo de su canción se parece a la noche que hace bien todo lo que hace.

O bien, expresiones como estas:

Un poco antes de medianoche junto al desembarcadero

si una mujer desmelenada te sigue no hagas caso.

Es el azul…

Los surrealistas reivindicaban, y reivindican aún hoy (pues el surrealismo no ha muerto, es una respuesta constante y perenne) el papel de la locura y el delirio en el proceso de la creación literaria. Sin duda, las drogas tienen allí una puesto destacado, pues las drogas provocan estados de delirio. Pero si, como dice, José Solanes, las drogas no sacan de nosotros nada que no estuviera ya en nosotros, podemos preguntarnos: ¿son necesarias las drogas para el proceso creador? Personalmente, no creo que sean necesarias ni que hayan producido jamás ninguna obra de arte o literaria de significación por sí solas. Las encargadas de producir esas grandes obras del espíritu son la imaginación y la fantasía. Lo que ha ocurrido con esto es un quid pro quo. Como el artista necesita elevar su sensibilidad a alturas e intensidades inusuales, insólitas, el artista termina casi siempre por convertirse en un personaje extraño, extraviado, distinto del resto de los mortales, y con inclinación a las drogas, especialmente el alcohol. No se soporta tan fácilmente esa tensión de la fantasía creadora que exige el arte. Hace falta un gran temple. Sin embargo, hay tipos de artistas que realizan grandes esfuerzos imaginativos y de intuición y sin embargo, son capaces de conservarse perfectamente normales. Tal es el caso de Valéry, quien trabajaba sus versos no de acuerdo a un delirio, sino de acuerdo a una razón constructora.

El Nacional, 20 de octubre de 1976

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Vida y destina (Fragmento)

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Las secta de los treinta

Ensayo sobre el Lugar Silencioso

por Alexander JM Urrieta Solano

Paso una buena parte de mi vida leyendo, aunque no lo suficiente, en el baño. La poceta es un objeto indispensable, no solo porque sirve para cubrir las urgencias físicas, sino porque además permite la apertura de asentarse sobre dicho objeto y asimilar nuestra íntima vulnerabilidad. El baño se convierte, dependiendo de cuál sea, en un lugar para meditar acerca de nuestras flaquezas espirituales. Allí, en el baño, las angustias más comunes, las ansiedades más diversas, los pesares y secretos del alma se conjugan con actos primitivos.

Al terminar el Ensayo sobre el Lugar Silencioso de Peter Handke me pareció necesario poner en práctica la experiencia que el mismo autor propone en su breve apología del cuarto de baño. Lugar alejado de todo, de las multitudes, del ruido, donde hay una experiencia muy específica de soledad, una soledad recubierta de humedad y sonidos sostenidos de tubería, de hongos que se acumulan en las esquinas, de sobras de pasta de diente, una soledad de cuentagotas, en la que uno puede escucharse a sí mismo, auscultarse, esconderse, divagar, imaginar. Un espacio donde nace, de manera insospechada, una revelación creativa.

Me puse a enlistar los baños en los que me sentí tranquilo y particularmente reflexivo en diferentes momentos de mi vida; o en muchos otros casos, aquellos baños en donde asistía lleno de miedo, preocupado porque me llegara a pasar algo, tratando de orinar de manera incómoda y apresurada, atento a las amenazas más amargas, a las precariedades más comunes, como la falta de papel, jabón y agua; también, y siempre como elemento memorable, atento de los mensajes improvisados en papeles con alguna observación para el usuario insolente: Apunte bien; No hay agua, así que no haga del número 2; Rollo de papel a 1 bolívar; Orine contento pero orine adentro; Jesús te ama, pero lávate las manos

Ensayo sobre el Lugar Silencioso es una exploración de los lugares aislados para la contemplación. Las reflexiones de Handke van ligadas a situaciones autobiográficas y cómo las experiencias de los espacios remotos han despertado en él un incentivo para la introspección, para desarrollar una poética del espacio: donde la ensoñación amplía las posibilidades del lenguaje con el que se describen las cosas más banales de la existencia. El hilo conductor entre un baño y otro son las sensaciones que ha experimentado en cada lugar, llevando esa descripción de los detalles a una expansión de la escritura de los márgenes, a desarrollar en el lector un ejercicio luminoso de encontrar nuevas formas expresivas en aquellas cosas que tomamos por triviales. Para mí esta ha sido la mayor virtud de leer a Handke. Es un escritor que propone una experiencia en la que es inevitable que mientras lo estemos leyendo vayamos haciendo contrastes con las vivencias personales. Handke invita al lector a indagar en sus recuerdos mediante la exposición de los suyos, algo que logra con agradable sencillez.

Lugar Silencioso: retretes, evacuatorios, sanitarios, inodoros, cagaderos, sinónimos de esos lugares ubicados en espacios de tránsito como sitios estáticos, predeterminados, fuera de servicio o apenas funcionales. Lugares de paso, como los baños de los terminales y aeropuertos, de centros comerciales, clínicas y universidades. Todos pensados para una finalidad puntual, y sin embargo, reconocerse en esos espacios permite exaltar sus particularidades, en la medida que somos capaces de extraer alguna fascinación, algún recuerdo que nos dispare a un descubrimiento que revela un posible hallazgo de sensibilidad espacial.

Handke expone un recuento de los comentarios que Tanizaki hace en su maravilloso ensayo El elogio de la sombra, en donde dedica varias páginas a la importancia del baño dentro de la composición de un lugar, y su especial diseño en la cultura japonesa. Este comenta sobre los baños de los templos budistas. Su visita al baño, señala, lo hizo renovar su afecto por la arquitectura japonesa.

Escribe Tanizaki: En el retrete japonés reina una tranquilidad reconfortante que calma los nervios. Como está instalado casi siempre en un anexo, a cierta distancia de la casa principal, a la sombra de algún bosquecillo con olor a hojas reverdecidas o musgo fresco, se llega allí por un largo pasillo que atraviesa el jardín. Una vez agachado en esa penumbra, se disfruta de un inefable placer, meditando bajo el tenue reflejo de la ventana forrada de papel o contemplando el paisaje del jardín a través del cristal. Dicen que el maestro Soseki experimentaba un intenso goce fisiológico mañana tras mañana cuando acudía a sentarse en el retrete. A mi modo de ver, no hay nada mejor que el retrete al estilo japonés, rodeado de paredes silenciosas y veta pulcras de madera, y con una vista del cielo azul y las hojas verdes, para disfrutar de aquel placer fisiológico. Insisto que son indispensables cierto grado de penumbra, una limpieza impecable y un silencio absoluto que haría resaltar incluso el zumbido de un mosquito. ¡Cómo me agrada permanecer atento al sonido pausado de la lluvia en esos retretes! …Para mí, el retrete es un sitio ideal para apreciar la belleza de las estaciones, ya sea el canto de grillos y de pájaros o la luna llena, y sospecho que en aquel lugar era donde se inspiraban los antiguos poetas del haikú. Me parece incluso pertinente afirmar que el retrete es el punto más refinado de la arquitectura japonesa. Nuestros ancestros, que poetizaban todo cuanto estuviese a su alcance, convirtieron el lugar supuestamente más repugnante en un sitio de lujo, asociándolo con la belleza de la naturaleza, para envolverlo en un aura de nostalgia. En comparación con los occidentales, que lo detestan a tal grado que evitan mencionarlo en público, los japoneses somos más sabios y expertos en lo que se refiere a la elegancia.

Justo cuando leí ese ensayo por primera vez me impactó mucho la reflexión sobre el baño y la diferencia entre las pocetas japonesas y las occidentales, la superioridad de la primera sobre la otra en cuanto a su estética, el desgastado que se embellece por el uso diario. Básicamente el asunto estaba en el color, en el veredicto del tiempo. Las pocetas occidentales, como todos sabemos, es sin excepción alguna de porcelana blanca con manivelas metálicas relucientes. Para mi gusto personal, la taza más bella, tanto masculina como femenina, es la de madera, preferentemente con barniz de cera, que se ennegrece paulatinamente según el uso, extrayendo de las vetas un encanto singular que nos infunde serenidad. En particular, me fascina la que tiene forma de flor de enredadera, rellena de hojas de cedro, que posee una apariencia grata y un efecto amortiguado que apaga los ruidos más leves. Sin aspirar a semejante lujo, me hubiera gustado idear a mi propio contento algún recipiente aplicable al retrete de agua corriente, pero no me quedó más remedio que renunciar a esta idea debido al notable aumento en los costos y al tiempo requerido para su realización. Sin embargo, no pude dejar de preguntarme, desde luego sin la menor intención de oponerme a la aplicación de la última tecnología, por qué no se investigaba hasta dar con los utensilios, ya sea de iluminación, calefacción o higiene, acordes con nuestros hábitos y nuestra estética.

Las casas de mi familia en Lima tienen algo en común: están dotadas de una reverberación excesiva. Hay eco en todas partes. En particular los baños de estas casas me delataban como una persona ruidosa. Los sonidos de las páginas eran parecidos a los ruidos de mis problemas, si se me permite, claro, jugar con las metáforas. Como en la ciudad no llueve nunca (tal vez a lo mucho acontece lo que llamamos acá garúa) se estila en los diseños la puesta de varios tragaluces, algo muy bueno para el verano, pero muy violento en el invierno. Esos tragaluces atraviesan los baños en una fila intestinal vertical hasta el fin de la tierra. Esa luz cuadriculada entrando por las mañanas o durante la tarde ofrece una iluminación espectral y apacible, que no solo brinda una sensación nostálgica, sino que da el grado de luz preciso para leer mientras se caga. Algún tragaluz está puesto justo debajo de la poceta, dando al objeto rodeado de oscuridad un grado sugestivo de magnificencia, como esa luz lineal que atravesaba los templos e iluminaba una reliquia en las películas de Indiana Jones. Al final los mitos se reflejan en los rincones cotidianos, y nosotros solo tenemos que jugar, asociar una cosa con la otra. La poceta blanquecina al recibir esa luz, puesta o no de manera intencionada, otorga una cualidad museística que evitaba el gasto innecesario de electricidad durante el día.

En dos ocasiones tuve que ir a un centro de fertilidad motivado por un dolor testicular que luego se me diagnosticó como varicocele. Para los exámenes se me pedía una muestra de esperma. Una enfermera me llevó a un baño que se encontraba dentro del mismo laboratorio, que daba a un estante donde los trabajadores calentaban su almuerzo en un microondas. En una pared al lado de la entrada del baño había un letrero que pedía guardar silencio mientras la luz del baño estuviera apagada. En el baño había una silla giratoria de cuero negra y una pequeña pantalla rectangular empotrada en la pared, cerca del lavamanos. Me dijeron que me tomara mi tiempo, que me sintiera cómodo y que tratara de acabar dentro del pote todo lo que pudiera. En particular la pulcritud de ese baño era sospechosa, me daba grima sentarme en la silla, sentir que mis nalgas tuvieran contacto con aquel cuero tibio. Ese Lugar Silencioso en particular concentraba todas las cualidades de nuestra sociedad fármaco-pornográfica. El silencio era absoluto. Al encender la pantalla se reproducía una película porno en un loop infinito, una producción deprimente y de bajo presupuesto, que no despertaba ningún apetito y que conspiraba junto con el aire frío del laboratorio que fuera capaz de ponerme duro. Estaba allí por temas de salud, pensaba, y el clima del baño se me hacía cuesta arriba, a pesar de la extrema calma que sentía, a tal punto que, con la luz apagada, en medio de la oscuridad, podía percibir el sonido mínimo de la pantalla, los orgasmos falsos con un fondo musical ochentoso. Las escenas variaban, un encuentro casual en escritorio de oficina y luego un altar de sacrificio con antorchas alrededor. Mientras más rato estaba en aquella silla peor era la experiencia. Eran escenas donde era inevitable ver los horrendos cortes de cabello, los tatuajes en los pectorales de esos hombres excesivamente bronceados con mujeres deformadas por cirugías plásticas y abuso de botox, donde afortunadamente la pésima resolución del video mostraba los sexos pixelados, algo así como una censura por defecto. Dichas condiciones, a oscuras, solo me llevaban a trabajar la imaginación. Masturbarme con mis propias fantasías, lo que hacía más amena la frialdad de aquel baño. Al salir era extraña la sensación de entregar mi pequeña muestra. Aunque, por otro lado, la semblanza de esas personas era una formación establecida por la rutina y la costumbre, por lo que mi vergüenza se anulaba de una manera contundente en el momento que me despedía y daba las gracias, atento a que me mandaran los resultados por correo, en un plazo no mayor a quince días.

Durante una temporada a finales de la primaria me regresaba con unos vecinos que estudiaban conmigo en el mismo colegio. Antes de ir a casa nos íbamos al club deportivo de los Cocodrilos a unas sesiones de tenis, en la que ellos y sus padres estaban metidos. Yo me quedaba esperando con mi hermana sentados en algún cafetín del club, sin hacer gran cosa. Me daba por caminar por las instalaciones. En ese rato que paseaba me quedaba en las áreas comunes del club que daban a las canchas de bowling, y luego me iba por los pasillos que daban a las canchas de arcilla. En esos ratos tenía una atracción en particular por los vestidores. En la entrada de esos baños había una figura de cocodrilo vestido de tenista blanco, sin hacer evocaciones forzadas a la marca Lacoste. El lugar en sí era muy calmado, los huecos de los baños daban la impresión de entrar en un enorme laberinto. Las baldosas eran verdes y de formas geométricas intercaladas. La pulcritud de aquel lugar me fascinaba, y llegué a establecer una relación especulativa entre el silencio y lo que está muy limpio. Los bancos de madera tenían ese brillo que luego de haber recibido mucha humedad y aceite de teca, decretaban una forma de seguridad. Pasaba mucho rato en los vestidores. En fila estaban los cubículos, y el silencio del espacio era emocionante, el vapor del agua era un rasgo por igual de inmensidad, de instante pleno de relajación. En esos vestidores fue la primera vez que vi a dos hombres besándose. Eran unos hombres tonificados que habían terminado su ronda de squash. Ya los había visto jugar a través de los vidrios en otras ocasiones. Al verme se separaron con brusquedad, como si mi presencia infantil hubiese roto un equilibrio natural, un pacto secreto de los vestidores. Mi impresión fue de susto y salí corriendo del lugar. Luego cerca del cafetín mientras nos daban de comer tequeños, pude ver al rato salir a los dos amantes. Cada uno tomando una dirección opuesta como si no se conocieran. Mientras me colgaba un hilo de queso en la boca hice contacto visual con uno de los hombres. Su mirada me transmitía una culpa distante. No había reproche, solo la vergüenza de haber sido descubierto. Mientras se alejaba vi que iba al encuentro de su esposa, que estaba sentada en uno de los bancos, junto a un pequeño cochecito de bebé y una pila de raquetas.

Un Lugar Silencioso memorable son los pozos sépticos de Cayo Sombrero, en el Parque Nacional Morrocoy. Unos cubículos en forma de cilindros en medio de uvas de playa. Uno cuando está en la playa normalmente se orina a mar abierto, se va a lo hondo, buscando el frío, naturalmente, buscando cierta confianza en la profundidad. Cuando no se puede hacer eso quedan los baños que ofrece el cayo. El cilindro no tiene puertas, por lo que la privacidad es de acuerdo a cuánto tiempo esté la próxima persona acercándose al cilindro, es decir: que la privacidad es relativa. Entras en él y apenas tiene una forma de cierre como de caracol, en espiral, donde al doblar te encuentras con el hueco de una oscuridad y terror cósmicos. Hay que ponerse de cuclillas y mantener el equilibrio, con el riesgo de que durante ese acto un calambre te descompense y termines cayendo en hueco. De ahí que se presenten pensamientos de angustia, y la alerta de no ser sorprendidos mientras pensamos sobre lo mal que comemos durante las vacaciones, de que no hay que gastar tanto dinero en camarones o vuelve-a-la-vida. La forma del cilindro concentra su propio silencio, junto al sonido de la brisa, las olas del mar, el motor de las lanchas trayendo y llevándose a turistas escandalosos. La ausencia de puerta, de una barrera protectora, incrementa el riesgo, si uno está urgido o apurado podría encontrarse con alguien cagando. Y entre esa preocupación de que te sorprendan agachado también nace en paralelo caerse en el hueco. Ese lugar, de todas las experiencias del cayo, generaba en mí una preocupación tremenda. Y más cuando incluso los que alquilaban los toldos y sillas en el cayo comentaban entre dientes, mientras uno se comía una oblea con chispas de chocolate y arena, que más de uno se había caído en el hueco. Unos se salvaban, otros no volvían. El cilindro quedó como un recuerdo de necesidad hostil. Algún día volveré al cayo y haré las paces con el cilindro, si es que todavía existe, o si todavía seguiré existiendo yo.

Los baños de mi infancia los pude asociar a los recuerdo que exponía Handke. Los encierros estaban reservados también para huir, una búsqueda de paz temporal en medio del caos. Los baños de primaria no se parecían a los de bachillerato; luego vinieron los baños de la universidad, siempre oscuros, sin fluxómetros, sin futuro. Los diferenciaba por la altura y la forma de los urinarios. Creí haber olvidado el tedio que me generaba el colegio y después la universidad, las salidas urgentes al baño para pasar un tiempo considerable sentado haciendo nada, mirando al techo, escuchando el sonido del lavamanos y el paso de otros. El baño es un sitio de reflexión. Para mí es una suerte de privilegio, saben, leer hasta que se me duerman las piernas. Caer en cuenta de que he pasado demasiado tiempo sentado sin hacer más que deambular en alguna página, divagando en mi propio vacío. Es sentado allí donde podemos dar testimonio claro de lo insignificante que somos.

Lo que ahora, mientras estaba escribiendo estas notas, me he estado preguntando en secreto me lo pregunto ahora por escrito: mi búsqueda de los Lugares Silenciosos, a lo largo de mi vida, algo así como por todo el mundo, muchas veces, además, sin una especial necesidad, ¿era una expresión, si no de huir del grupo, sí, no obstante, de una aversión al grupo, de un hastío de esta sociabilidad? El hecho de que, estando en medio de los otros, me levantara de repente y me marchara de su compañía, a ser posible doblando varias esquinas y pasando por más de nueve veces treinta escalones: ¿un acto asocial, antisocial? Sí, éste es el caso, y lo es a veces de un modo incontestable. Pero por regla general esto era así sólo en los primeros momentos, al levantarme de repente y marcharme. Ya durante el trayecto, a ser posible con rodeos, hacia allí, diciendo al mismo tiempo: «¡Nada como ir hacia allí!», al Lugar Silencioso, la cosa podía llegar a ser de otra manera; la univocidad podía transformarse en plurivocidad. Y además era verdad también que el hecho de cerrar la puerta del servicio fuera una sola cosa con un gran suspiro: «¡Al fin solo!».

Misceláneas para leer en el baño:

Tanizaki en Las Vegas

Selección Natural

La calle de los hoteles

Cómo estafar a otros y creer que salvas el planeta

El poeta en el mundo

La Broma infinita: sobre la experiencia lectora deportiva

Los demasiados libros, o las virtudes del exceso de plástico

El mago del surrealismo*

por Alexander JM Urrieta Solano

En 1971 Anna Balakian publicó lo que se consideró la primera biografía total (full-scale) del fundador del movimiento surrealista André Breton. Siguiendo el ejercicio de leer las publicaciones de la Colección Estudios de Monte Ávila Editores encontré que la primera traducción en español de Magus of Surrealism fue realizada por Julieta Sucre y publicada en Venezuela en 1976.

A

El siglo XX fue una apertura de las fronteras del arte. Se hacen frecuentes las publicaciones de manifiestos, prefacios, proclamas, catálogos y panfletos, donde los artistas, ya no limitados sólo a producir novelas y lienzos, ahora le explican al público el sentido de sus producciones: la finalidad de lo que hacen. Los artistas se vuelven teóricos de sus prácticas. Fenómeno que ocurre cuando el hombre moderno ha conquistado el derecho de disponer libremente de sí mismo, ejerciendo de manera deliberada su tiempo y movimiento en el orden de las cosas, porque ha obtenido el poder demiúrgico de organizar todo a su manera, según las leyes internas que exige su propia obra[1]. Crear se convierte en una operación consciente, dirá el maestro Kandinsky. El surrealismo es un modelo referencial de este proceso organizativo de las artes que pasó a convertirse en una actitud ante la vida, dejando marcada la continuidad de una forma de pensamiento universal.

André Breton: Mago del surrealismo es una biografía literaria que logra mediante la técnica borrar las fronteras entre la vida y el arte. Dentro de sus incontables hallazgos expresivos precisa una realidad psíquica y moral. El libro realiza una conexión de las distintas ramas en las que Breton se vio interesado para concebir el surrealismo: una mezcla de magia, ocultismo, socialismo utópico, psicoanálisis, marxismo, sociología y antropología. Estas corrientes del pensamiento sirvieron de caldo de culto para la sensación y emociones de los surrealistas.

En los primeros años de Breton hay cuatro poetas de suma importancia para su formación literaria: Rimbaud, Lautréamont, Valéry y Apollinaire.

Con la lectura de Les Illuminations de Rimbaud Breton percibe que la poesía puede extenderse y desarrollarse en todas las demás artes. «El artista no escribe para llenar las horas de ocio de los demás hombres; por el contrario, sus escritos o cuadros son los indicios, palos de ciego, en la búsqueda de soluciones a los problemas de la vida»[2]. Con la lectura de Les Chants de Maldoror de Lautréamont, obra incomprendida de su tiempo, a la que Breton llegó a través de Apollinaire, vio con admiración cómo el autor le dio a la palabra imaginación una nueva dimensión, de una fantasía exacerbada de horror marino. Maldoror fue un texto referencial de los surrealistas cincuenta años después de su publicación, donde vieron la expresión precursora de un espíritu inquieto que animaba tanto al Breton lector como al movimiento.

René Magritte | Les Chants de Maldoror (1948) | Artsy
René Magritte
Les Chants de Maldoror, 1948
Lithograph, on brown wove paper

Con Apollinaire mantuvo una amistad paternal hasta sus últimos días. Encontró en la figura del poeta asesinado los versos más acabados y hermosos de la época.

La importancia de la relación de Breton con Apollinaire es indudable, aun sólo por el hecho de que este último lo puso en contacto con los pintores que luego habrían de ser sus compañeros permanentes, tal como lo fueron de Apollinaire; a través de ellos, Breton vinculó en términos mucho más específicos que Apollinaire los propósitos metafísicos comunes del arte y la poesía. Fue también Apollinaire, como ya lo hemos señalado, el que le abrió los ojos a los misterios de las calles de París; también restauró el amor como objeto poético tras su virtual desaparición después del movimiento romántico, comunicó su ansia de vivir en su vibrante inmediatez y su ilusión de eterna juventud, y orientó a Breton hacia la magia de los viejos hechiceros que podían revelar los secretos de la vida…Apollinaire describe al poeta como un mago descomponiéndose en su urna en un estado de muerto en vida. Había anunciado la resurrección del viejo mago, simbolizado por Merlín y todo lo que este representaba. Si uno sigue el curso que tomó Breton se percibe la identificación íntima con la imagen del poeta creada por Apollinaire, y con su esfuerzo por despertar de nuevo al mago en el siglo XX. Al dedicar un ejemplar de Alcools desde su cama de hospital al aspirante a poeta, Apollinaire le estaba pasando la antorcha, inculcando en Breton un urgente sentido de la misión literaria, que es fácil de detectar en él pese a sus repetidos repudios de toda meta literaria. Breton emuló calladamente a su predecesor al combinar el espíritu de la aventura personal con la conciencia que tenía de su destino de poeta.[3]

Desde la lectura de Rimbaud Apollinaire aportó algunas observaciones en la discusión: se puede ser poeta en cualquier área de la creación gracias a los avances progresivos de los ingenieros y científicos, poniendo al poeta «literario» en una jerarquía menor en cuanto aportes materiales. Breton no le satisfacía esa idea, la consideraba simplista pero no la descartó. De igual manera el espíritu de exploración y automutilación que profesaba Rimbaud fue de mayor influencia en él. Breton destacaba que Rimbaud había logrado en su obra expresar la inquietud de una generación que todavía sigue vigente en nosotros. Por otra parte, sentía una fascinación por el poeta que sostuvo hasta su muerte un rechazo a toda forma de profesión para ganarse la vida, y por encima de todas, la profesión de escribir.

El sentido de compromiso con los problemas de la vida antes que los de la literatura, que había sido la causa de la predilección de Breton por ciertos escritores y de su rechazo a otros, se agudizó aún más. A través de las venenosas palabras de Lautréamont quiso vengarse vicariamente de una sociedad que se preparaba para ir a la guerra. El deseo de ir un poco más allá que Lautréamont y Rimbaud se convirtió en un ansia profunda: borrar las barreras artificiales entre los hombres, quitar las vendas de los ojos, abrir labios sellados con una nueva definición no sólo de la poesía sino de la libertad humana, se convirtió en un impulso urgente y vital, en una misión de rescate que no podía llevar a cabo uno solo, y que no podía rumiarse amargamente en solitario aislamiento.[4]

Consciente que el cambio no podía hacerlo solo Breton emprendió la búsqueda de sus contemporáneos, coincidiendo con los reclutamientos del ejército donde pasó a ser asistente médico en 1915. “No fue una época de protestas contra la guerra, sino de unir fuerzas para futuras protestas y sanar mentes perturbadas en los hospitales mentales del ejército”[5]. Fue la época también de los desencantos donde el nacionalismo, como enfermedad pública no declarada, tomada terreno en las posturas de los escritores que Breton más admiraba, como Anatole France, Henri Bergson, Maurice Barrès, Charles Péguy y Paul Claudel.  Esta postura ante la libertad de toda forma de nacionalismo la mantendrá Breton toda su vida, siendo un elemento característico de su postura como artista y orientación filosófica del surrealismo, que tenía una concepción antinacionalista del mundo que aspiraba transformar.

N

La amistad surreal. A pesar de la relación tutelar entre Breton y Apollinarie habrá una relación más contundente para el mago durante la guerra. Breton es asignado a trabajar en el hospital de Nantes y luego a un centro psiquiátrico de Saint Dizier como asistente del doctor Raoul Leroy. Es en estos espacios donde Breton combina sus inquietudes literarias con la medicina. Es en Nantes donde conoce a un joven soldado que personifica lo irreverente y subversivo. Tal es el impacto que produjo este ser en Breton que incluso llegó a sentir que la escritura era una actividad fútil comparada con la cuestión mucho más urgente de vivir.

Jacques Vaché era un año mayor que Breton. Tenía el pelo rojo y una cara que parecía hecha a la medida para expresar su escarnio de la humanidad. Breton lo había encontrado en una cama en el hospital militar durante una de sus rondas; herido de cuerpo y mente, Vaché era, por su rebelión contra la sociedad, una encarnación de Lautréamont y Sade combinados, y por su evasión a través del ajenjo recordaba a Alfred Jarry, cuyo Ubu Roi había decapitado a la sociedad de la manera más brutal y total, aunque sólo verbalmente, que Marat, Robespierre y Saint-Just juntos. Aunque Breton nació demasiado tarde para haber conocido a Jarry personalmente, encontró un sustituto en Vaché, más plenamente ubuesco que el propio Jarry, pues en Vaché la dedicación personal a la protesta total no estaba mitigada por ningún tipo de expresión literaria. Sus escritos se reducen a unas pocas cartas escritas durante la guerra a Breton y a sus amigos, que fueron luego revisadas, y es fácil imaginar con qué cuidado, por Breton.[6]

Balakian advierte al lector hasta qué punto la imagen de Vaché no es un producto de la imaginación de Breton. Si bien hay registros de la existencia de un soldado moribundo, atrofiado mental y físicamente por las heridas de batallas, entregado a las drogas y al alcohol, vemos que se trata del perfil extraordinario de un ser en la piedra, idealizable en potencia. ¿Hasta qué punto –se pregunta Balakian– estas cualidades de Vaché se ajustan moral y socialmente a las proyecciones de Breton, que tiene a esta figura intermediaria entre sus posibilidades y deseos, y quizá un tanto más o menos alterada con su propia mitología personal? Al parecer Vaché es la representación en carne y hueso de un personaje literario de André Gide: Lafcadio. ¿Acaso tales semejanzas no son indicios de una elaborada invención? ¿Una modificación alternativa a sus esperanzas? Nunca lo sabremos.

La figura de Vaché fue inmortalizada por Breton; lo convirtió en símbolo generacional. Vaché representa su alter-ego, “tenía los bríos que su estricta crianza vedaban a Breton. Se enfrentaba a las imbecilidades del mundo, no con rabia o indignación, sino con violencia. Fue a través de Vaché como el revólver se convirtió para Breton en el emblema de la protesta”[7]. El soldado tiene un temperamento imprevisible, se burla del mago que anda por las calles de Nantes con su libro de Rimbaud en la mano. Por medio de las burlas que el soldado le hace al mago le enseña un nuevo mecanismo de defensa: el humor, que él denominó como umour: el humor negro. Breton desarrolló así un tipo particular de protesta contra la condición humana, presentando más adelante su famosa Anthologie de l’humour noir (1940), libro imprescindible en la historia del surrealismo.

Livre de Poche 2739 - André Breton - Anthologie de l'humou… | Flickr

El concepto editorial fue idea de Edouard Roditi, quien fue traductor de una colección de poemas reunidos por Breton en inglés. “La idea de la antología era genial porque suponía la existencia –como la veta del gnosticismo que Breton había percibido en la historia de la literatura– de una señal discernible, no en un racimo de autores diversos, sino en toda una corriente ininterrumpida que supera las barreras temporales y geográficas y convierte el Verbo en un arma para la rebelión”[8]. Es una selección de textos de autores increíbles como Swift, Sade, Carroll, Nietzsche, Lautréamont, Rimbaud, Jarry, Roussel, Picabia, Picasso, Kafka, Duchamp, Dalí…

Destacamos un extracto de su prólogo que sintetiza la fuerza de la publicación, y además brinda una referencia adicional de los presupuestos generales del surrealismo.

Para participar en el torneo negro del humor es indispensable haber salido victorioso de numerosas eliminatorias. El humor negro tiene demasiadas fronteras: la tontería, la ironía escéptica, la broma sin gravedad… (la enumeración sería larga), pero, sobre todo, es el enemigo mortal del sentimentalismo con aire perpetuamente acorralado –el eterno sentimentalismo sobre fondo azul– y de una cierta fantasía de corto vuelo, que se toma demasiado a menudo por poesía, persiste vanamente en querer someter el espíritu a sus caducos artificios, y no dispone ya de mucho tiempo para alzar sobre el sol, entre las demás semillas de adormidera, su cabeza de grulla coronada.[9]

Con una noción incierta del mañana Breton aprende de Vaché la satisfacción eléctrica de vivir el momento. A pesar de las represalias burlonas del soldado el mago no deja de escribir. No obstante, lo que sí cambia en el mago es su concepto del propósito de escribir. “En tanto que Rimbaud le enseñó a Breton a escribir para descubrir el significado de la vida individual, Vaché le enseñó el valor del inconformismo, la conquista de la soledad y la magia de los encuentros humanos”[10]. Concluye ante esta unión de posturas que uno publica para buscar a los hombres, nada más.

Escritores del mundo: Cartas de Guerra, de Jacques Vaché
Dibujo de Vaché enviado en una carta a Breton.

Si Vaché, o la personalidad de Vaché inventada por Breton, dio fuerzas a Breton, este en cambio no hizo otro tanto por Vaché. Se daba cuenta del deterioro mental de Vaché, pero la amistad que le brindaba aparentemente no bastó para impedir que Vaché se suicidara. A Vaché lo encontraron muerto por exceso de drogas: se había tomado cuarenta gramos de opio, y nadie supo si deliberada o accidentalmente. Había abandonado la vida de forma ambigua, pues ¿no se identifica a menudo el propósito con el accidente, o no es el azar una necesidad dentro del proceso fenomenal? Durante muchos años Breton reflexiona sobre este problema clínico en su dogma filosófico. La muerte de Vaché, ocurrida en enero de 1919, fue tan absurda como su vida; su nihilismo había alcanzado su paroxismo en la total auto-destrucción; su conducta había sido un preludio a Dadá –este movimiento que Vaché no habría de ver nunca, pero del cual había sido por sí solo la ilustración.

Breton perdió a Vaché y Apollinaire en el espacio de dos meses. Desde polos diferentes, ambos le habían preparado como poeta y como hombre para el nuevo siglo. Apollinaire intuyó que el automóvil en el que anduvo por primera vez en 1915 como soldado representaba un adiós no solo de una época, sino a todo un mundo que nunca sería el mismo otra vez. Con la muerte de Vaché algo murió también en Breton: los modales desenvueltos y desdeñosos del que vive sin pensar en el mañana, la desfachatez de llevar a cabo sueños en pleno día, la conducta de “alegres terroristas” exentos del juicio de la sociedad y viviendo al ritmo de una película de Charlie Chaplin: “Ah, habíamos muerto, los dos”.[11]

El soldado se volvió de una manera indirecta en el precursor de la imagen dadaísta. Da la casualidad de que luego del suicidio de Jacques Vaché aparece justamente en la vida de Breton la figura de Tristan Tzara, en la que vio un posible reemplazo espiritual cuyo vacío podía ser llenado de nuevo.

D

El movimiento dadaísta fue una suerte de prólogo para el Surrealismo. El Dadá está entre los movimientos de vanguardia más importantes a pesar de su corta duración. Iniciado en 1916, en las sesiones del Cabaret Voltaire en Zúrich, por un grupo de jóvenes que huían de la recluta, dejando sus países de origen para radicarse en el territorio neutral suizo. Este rechazo rotundo hacia la guerra lo iban a materializar en prácticas subversivas cuasi-artísticas. Lo fines del movimiento reposaban en una rebeldía común: destruir todos los valores.

Escogieron como su arquetipo al idiota, y lo que escribían, escenificaban o pintaban tenía como meta la dramatización de la idiotez del género humano tal como se evidencia en la fragmentación del lenguaje, en la construcción desconectada con su inherente destrucción denominada collage, en la irrisión exhibicionista dirigida contra las costumbres y los atuendos sociales –los cuellos almidonados, las chisteras, los lentes de marco de carey. El Panfleto N°2 de Dadá gritaba: “Somos un viento enfurecido que desgarra las nubes y las plegarias, que prepara el gran espectáculo del desastre, la ira y la descomposición”.[12]

Para 1918 tanto la obra de Breton, en cuanto a su poética, estaba en amplio proceso de gestación; por otro lado, Tzara ya había escrito considerables versos en rumano y francés, escribió manifiestos y organizaba en parte los contenidos de la revista que llevaba de manera colaborativa junto a un grupo considerable de figuras que daban al movimiento Dadá un tinte internacional: Richard Huelsenbeck, Marcel Duchamp, Max Ernst, Hans Arp (conocido luego como Jean Arp), Francis Picabia y Hugo Ball, quizá el miembro más importante de esta primera formación, pues fue el artífice conceptual del dadaísmo, el que le dio su sustento formal; también fue el primero en abandonar las filas dadaístas.

-Hugo Ball en el Cabaret Voltaire, en mayo de 1916-
He inventado un nuevo género de versos, “versos sin palabras” o poemas fonéticos, en los que el equilibrio de las vocales sólo se pondera y distribuye según el valor de la secuencia de la que se parte. Esta noche he leído los primeros versos de este tipo. Para ello me había construido un vestuario especial. Mis piernas estaban metidas en una columna redonda de cartón azul brillante, que me llegaba esbelta hasta la cadera, de modo que hasta allí tenía el aspecto de un obelisco. Por encima llevaba una enorme capa hasta el cuello, recortada con cartón, forrada de escarlata por dentro y de oro por fuera; estaba sujeta al cuello de tal manera que, subiendo y bajando los codos, podía moverla como si se tratara de unas alas. En esto había que añadir un sombrero de chamán con forma de chistera, alto, a rayas azules y blancas.[13]

Tzara se atormenta por la revista. Mi propuesta de llamarla Dadá ha sido aceptada. En la redacción se podría alternar: un consejo de redacción conjunto, que deje al cuidado de cada uno de sus miembros la selección y composición de un número cada vez. En rumano Dadá quiere decir “sí, sí”; en francés “balancín” y “caballito de madera”. Para los alemanes es un signo de simpleza e ingenuidad y está unido prolífica e íntimamente al cochecito de niño.[14]

Lo que llamamos Dadá es un juego de locos a partir de la nada en el que se enredan todas las cuestiones elevadas; un gesto de gladiadores; un juego con los despojos raídos; una ejecución de la moralidad y la plena pose.

El dadaísta ama lo extraordinario, incluso lo absurdo. Sabe que la vida se afirma en la contradicción y que su época tiende a la aniquilación del generoso como ninguna otra anteriormente. Por ello, da por bienvenido cualquier tipo de máscara. Cualquier juego del escondite al que vaya aparejada una fuerza embaucadora. Lo directo y primitivo le parecen lo auténticamente increíble en medio de la enorme desnaturalización.[15]

El protagonismo lúcido de Hugo Ball, así como vino, se fue. Estuvo sólo siete meses después de la inauguración del Cabaret Voltaire. Estaba agotado y desencantado por la forma en que estaba cambiando el dadaísmo. Tuvo sus desencuentros con Tzara, que tenía dentro de sus ambiciones convertir el dadaísmo en un movimiento de vanguardia internacional. Al salirse, Hugo desde afuera percibió que el movimiento le había dado la bienvenida al irracionalismo como vía para alcanzar lo “sobrenatural”, poniendo el recurso del sensacionalismo como método terrorista para acabar con las academias. Ball llegó a confesar su vergüenza y lamentó que el dadaísmo por esa búsqueda de atención terminara rayando en el eclecticismo charlatán.

Esta laguna de diferencias opacó la figura de Ball, erigiéndose después la creencia de que la figura central máxima del dadaísmo fue Tzara. No fue sino hasta la aparición del diario de Ball en 1927, La Huida del tiempo, texto imprescindible por su alto contenido de lucidez, donde el autor aborda una serie de reflexiones y vivencias escritas entre 1914 hasta 1921. La publicación desmontó una serie de mitos sobre el dadaísmo, en particular esa atribución al protagonismo total de Tristan Tzara en el origen del movimiento, pero también sobre la aparente falta de fundamento intelectual en la fórmula dadá.

En julio de 1917, bajo la dirección de Tzara, el dadaísmo era lanzado oficialmente como movimiento total, con su propia editorial, manifiestos y campaña de promoción. Tzara era un organizador incansable, un verdadero vanguardista al estilo de Marinetti, y al final, con la ayuda de Picabia y Serner, fue apartando el dadaísmo de las ideas originales del Cabaret Voltaire, de lo que Elderfierd denomina acertadamente “el primitivo equilibrio de construcción-negación”, y acercándolo a la osadía de un anti-arte.  Pocos años más tarde, se produjo una nueva escisión en el movimiento y el dadaísmo se dividió en dos facciones: el grupo alemán, liderado por Huelsenbeck, George Grosz y los hermanos Herzefelde, con un enfoque fundamentalmente político, y el grupo de Tzara, que se trasladó a París en 1920 y abogó por el anarquismo estético que a la postre desembocó en el surrealismo.

Si Tzara dio al dadaísmo su identidad, también es cierto que le sustrajo el propósito moral al que había aspirado Ball. Al convertirlo en doctrina, al aderezarlo con una serie de ideales programáticos, Tzara llevó el dadaísmo a una contradicción consigo mismo y a la impotencia. Lo que para Ball había sido un auténtico clamor que partía del corazón se convirtió en una organización más entre otras muchas. La postura del anti-arte, que abrió camino a incesantes ataques y provocaciones, era esencialmente una idea inauténtica, porque el arte que se opone al arte no deja por ello de ser arte; no se puede ser y no ser a un tiempo. Tal como Tzara escribió en uno de sus manifiestos: “Los auténticos dadaístas están en contra del dadaísmo”. La imposibilidad de establecer este principio como dogma resulta evidente, y Ball, que tuvo la perspicacia de advertir en cuanto vio los signo de que el dadaísmo estaba convirtiéndose en un movimiento. Para los demás, sin embargo, el dadaísmo se convirtió en una especie de farsa que iba cada vez más lejos. Pero la auténtica motivación había desaparecido, y cuando el dadaísmo finalmente murió no lo hizo tanto por la batalla que había librado como por su propia inercia.[16]

Cuando los dadaístas llegaron a París la expectativa de Breton era grande. Como se había mencionado antes, este busco en Tzara un potencial reemplazo espiritual de su difunto Vaché, así como encontró en Picabia un reemplazo para Apollinaire. El mago se entrega con entusiasmo a las manifestaciones Dadá, organiza encuentros y ataques a celebridades literarias. Breton aprendió mucho de Tzara. Sin embargo, no pasó mucho tiempo para que surgieran las diferencias que luego terminarían en el desencanto. Las diferencias no estaban sólo en el carácter sino en la formación de ambos.

Tzara estaba por la abolición de todas las escuelas literarias y de toda la tradición; Breton, en cambio, desde el comienzo y aun en los momentos más intensos de su rebelión, sintió que pertenecía a un linaje intelectual: el de los grandes rebeldes del pasado, los herejes religiosos, los esoteristas y ciertos moralistas…Era un rebelde dentro de un determinado marco. Tzara estaba por la demolición de todo marco, por la total alienación respecto a la literatura. Su intención no había sido nunca la de crear una escuela literaria propia, y protestaba contra los periodistas que convertían a Dadá, en un espíritu sin trabas, en un dadaísmo sistematizado. Sofocaba cualquier tendencia en Breton en conferir un carácter de seriedad a las manifestaciones que organizaban. Dadá había sido recibido como una puerta abierta por los rebeldes franceses, pero la protesta estaba perdiendo su efecto por falta de un propósito específico, y se estaba volviendo redundante. “Uno descubre que las puertas abiertas de par en par de 1918 llevaban a un corredor que no conduce a ninguna parte”.[17]

Los intentos de Breton de liderar el movimiento dadaísta en la medida que le intentada dar una forma conceptual rigurosa fracasaron. Le molestaba la falta total de seriedad de Tzara, señalándolo incluso de extranjero oportunista. Estos arrebatos de ira le hicieron perder algunas amistades, incluyendo su despedida del dadaísmo. Un punto álgido de la disputa que terminó en divorcio estuvo luego de juicio polémico al escritor Maurice Barrès. Este escritor en particular fue elegido por los surrealistas para ser parodiado en un juicio donde el escritor, al no estar presente, o mejor dicho, tras haberse negado (por obvias razones) a asistir, es reemplazado por un maniquí. Se le acusa a Barrès el haberse vuelvo un personaje rancio del nacionalismo francés. El Affaire Barrès es un texto que comprende el testimonio realizado por el surrealista-suicida Jacques Rigaut en lo que respecta del “Caso Barrès”, o lo que terminó siendo la escenificación del juicio Barrès por Dadá, celebrado el 13 de mayo de 1921.

Louis Aragon, Pierre Deval, André Breton, Tristan Tzara, Philippe Soupault, Thédore Fraenkel, ‘Maurice Barrès’, Georges Ribemont-Dessaignes, Benjamin Péret, Jacques Rigaut, René Hilsum, Serge Charchourne

Sucedió entonces que al terminar el juicio al maniquí se produjo la escisión donde nacerían los primeros surrealistas. Todo terminó muy mal. El juicio fue organizado por Breton, con el fin de denunciar los textos de Maurice, compendio de exaltaciones a la moral de la burguesía y el sentir patriótico francófono. La teatralización del juicio duró dos semanas, concluyendo con la condena de Maurice-Maniquí a 20 años de trabajo forzoso.

A pesar de los esfuerzos comediográficos de Breton bastó con sopesar la inutilidad del evento para despertar disputas con los dadaístas, pero en particular con Tzara, que era alguien que sostenía que no había que tomarse nada en serio, en otras palabras, se podría decir que Tristan Tzara era un tipo de artista cuya postura ante la vida era que todo era pa’la-joda, prácticamente, caso distinto al intenso de Breton, que llevaba cualquier actividad artística con suma seriedad. Esta actitud lo llevó a enemistarse con más de un surrealista. El “Caso Barrès” Se trata de uno de los momentos resaltantes del dadaísmo, uno de sus puntos finales, donde incluso todo terminó en intervención policial y coñazos. El testimonio de Rigaut apareció en el número 20 de Littérature, en agosto de 1921.[18]

Breton ataca a DADA, 6 de julio de 1923
En el teatro Michel de París, Gran función DADA, con música de Satie, danzas con vestuario de Sonia Delaunay, decorados de van Doesburg y Granovsky, películas de Hans Richter y Man Ray, poemas fonéticos de Illiazde y en el centro de la velada la pieza de Tzara, El Corazón a Gas. Pero cuando empieza El Corazón, Breton y Péret suben al escenario (momento que recoge la imagen) y de improviso empiezan a dar bastonazos a los actores, que trabados en sus trajes de Delaunay, hechos de cartón rígido, no pueden huir, Breton le rompe el brazo a Pierre de Massot (con disfraz y sombrero), Péret intimida al público, se les une Aragón, pero el público por fin reacciona, los apalea y los arrastra hacia la calle. (Fuente: Historia Ilustrada de Dada)

En otra oportunidad el mago reflexionaría luego acerca de la relevancia que tuvo Dada en su vida: “No se puede decir que Dadá haya servido otro propósito que el de mantenernos en el estado de disponibilidad perfecto en el que nos encontramos actualmente, y desde el cual partiremos, con toda la lucidez, hacia lo que nos llama.”[19]

R

Breton se vio influenciado por los estudios en medicina, la magia y las matemáticas. Como asistente médico Breton estuvo cerca de sus influencias literarias. Las descripciones de los pacientes terminales, sus aberraciones mentales, sus delirios, la narración de pesadilla de los soldados en estado de shock se hicieron materiales de investigación clave en ese laboratorio humano para el mago. Fueron los primeros acercamientos al psicoanálisis, los exámenes interpretativos de los sueños, la libre asociación de ideas, lo que sirvió de fundamento para el surrealismo.

Aunque Breton menciona a menudo a Freud y a su precursor Charcot cuando reconoce su deuda al psicoanálisis, Charcot ya había muerto; los surrealistas le rindieron un homenaje histórico en el cincuentenario de su muerte como pionero en el estudio de la histeria. Y pese a la admiración de Breton por Freud, y sus esfuerzos por llamarle la atención sobre las aplicaciones que había descubierto para la interpretación de los sueños desde el punto de vista poético, Freud mantuvo siempre cierto desapego científico frente a las implicaciones místicas de su método en el campo de las artes, tal como lo admite en una carta a Breton. No fue él quien sugirió la posibilidad de un puente entre procesos normales y procesos patológicos de la mente, como el camino para determinar la noción de leyenda en las realidades normales de la mente humana. Freud consideraba el mito y la superstición como fenómenos sociológicos y no eslabones en la cadena que va de la magia antigua a la magia moderna.

Pero existía otra fuente más cercana a Breton y escrita en la única lengua que leía con facilidad: la obra de Pierre Janet, profesor de medicina psiquiátrica, y el intermediario entre Charcot y los científicos puros de una parte, y Freud y los pragmáticos de la medicina por la otra. El profesor Janet había sido maestro de Jung, y sus obras estaban en la lista de lecturas requeridas para los estudiantes de medicina de la generación de Breton. La semejanza entre el concepto de Jung del yo colectivo y la noción surrealista de lo que Paul Éluard llamó “Les dessous d’une vie” se desprende del hecho de que ambos se derivan de Pierre Janet, cuyo carácter como psicólogo es bastante diferente al de Freud. Si examinamos la monumental obra de Janet, nos topamos con el mismo vocabulario que André Breton transformó luego en un léxico para los surrealistas al atribuir palabras como “realidad”, “naturaleza”, “angustia”, “amour fou”, “automatismo” y “libertad humana” significados que nunca antes habían tenido en literatura.[20]

La invención más atrevida por parte de Breton es el poema-objeto: combinación de textos, palabras escritas con objetos encontrados, símbolos que viajan desde lo mítico y espiritual hasta lo libidinoso, sentimental y fetichista… El poema-objeto, probablemente la infección más significativa de la poesía moderna, tiene como propósito intrigar y divertir –como dice Paz con exactitud – y su valor estético es central: maravillarse con signos, imágenes, palabras. El poema-objeto es simbolismo sublime en cuanto que afecta nuestro ánimo y amplía nuestra imaginación hasta el tamaño del mundo. Los objetos son metáforas que nombran solamente un aspecto: la imagen, pero la metáfora y su significación se juntan, se empalman, pero no se tocan. Por mor del lenguaje poético ese espíritu ahonda en la intuición de objetos y desnuda las imágenes culminando con el festín orgiástico de la fantasía. (Fuente: Breves sobre el poema-objeto)

La innovación de Breton fue que tomó los términos clínicos y los convirtió en conceptos literarios. Un concepto clave está en los fundamentos de la escritura automática: asociación psíquica de palabras para elaborar frases iluminadoras, concepto ya trabajado por Janet como medio terapéutico en sus pacientes. Implica que es posible evadir el mecanismo de censura de la razón y poder acceder a los pensamientos almacenados y escribir desde ese territorio inaccesible de la mente. Los surrealistas concluyeron que podía entonces establecerse una comunicación automática de orden mediúmnico para la construcción. Esto quiere decir que tanto el científico, como el poeta, o el artista asumen el rol de médium, uno que sin ningún medio divino o facultad extrasensorial logra desinhibir los lazos lógico-mecánicos de la mente, permitiendo que esta pueda maniobrar de una manera más espontánea. Por medio del automatismo psíquico nace una brecha por donde es posible adentrarse a los lugares más recónditos del yo: permite el acceso al funcionamiento secreto de la mente, umbral del autoconocimiento, donde se aniquilan las fronteras que ha creado el hombre entre la existencia espiritual y material.

Para Janet, el estudio del automatismo psíquico podría llevar a una nueva concepción de la relación entre el pensamiento consciente y el subconsciente a través del descubrimiento de una actividad mental común de la que surgen tanto las percepciones sensoriales como los conceptos. “El estudio de las formas elementales de esa actividad sería para nosotros”, dice, “el estudio de las formas de sensibilidad y de la conciencia”. El médico, el médium, reemplazados por el poeta, en el sentido amplio de Baudelaire y Rimbaud, como investigadores de lo desconocido, convertirán este mismo campo de investigación en el objeto del arte, cuyo descubrimiento Breton habría de llamar vases communicants.

Los estudios médicos de Janet no sólo de los médiums, sino también de los histéricos, cuyos movimientos convulsivos e incoherentes permitían el estudio del automatismo lo condujeron a una conclusión filosófica no muy distante de la hipótesis no demostrada de Hegel: “Toda idea es imagen, la representación interna de un acto”; y aun sacaba la conclusión de que la representación del acto es por tanto, el comienzo de la acción. Esto excluye la abstracción.

Para Breton, el surrealismo debía ser un esfuerzo por abolir todas las antinomias. Debía aspirar a cierta unidad de la mente y alma, que es una hipótesis de las meditaciones filosóficas de Hegel, casi demostrada en el laboratorio. El punto focal en este concepto de la vida humana es la imagen, tal como lo señaló Janet al descartar toda abstracción que no hubiese alcanzado la concreción. El poder purificador de la abstracción había sido la base de la escuela poética anterior, el simbolismo. La nueva era para el arte que iba a imponer el surrealismo estaba en su matriz filosófica: el rechazo de lo abstracto por lo concreto, la negación de la existencia de una realidad separada de la imagen y de la existencia de un pensamiento separado de la palabra. Y el culto a la imagen llegó a cobrar gran importancia cuando las intuiciones literarias de poetas como Rimbaud y Mallarmé quedaron confirmadas por la observación científica.[21]

Janet establece similitudes entre las mansiones de la mente y el mundo físico, no hay nada oculto. Para él la psicología es una herencia de los hipnotizadores y ocultistas de antaño, así como la astronomía provenía de la astrología y la química de la alquimia. Todas las ramas, aunque familiarizadas, se diferencian en la justificación de sus propósitos. La ciencia moderna busca, no tanto los tesoros de los ocultistas, pero si el saber inherente en esas posibles formas de tesoros. De ahí que Breton orientara su búsqueda pasando de la psiquiatría al ocultismo, al estudio de la magia, con el objetivo de explorar esas ricas canteras no para sanar las mentes destruidas de los hombres, sino encontrar los métodos para restituir dicha mente, llevarla hasta un estado de autonomía suprema donde el ser humano tiene derecho a la ausencia de todos los dioses.

Si Pierre Janet fue el sustento científico médico del surrealismo, la obra de Eliphas Lévi fue su sustento mágico. En el primer manifiesto surrealista Breton habla de una Alta Magia, así como una organización en las filas del movimiento parecidas a las sociedades secretas descritas por Lévi, cuyas ideas llegaron a ser atinadas al pensamiento del siglo XX. Logró expulsar todo misticismo de la magia, estableciendo la diferencia entre fe y conocimiento, rechazando la primera en defensa de la otra. Sostenía que lo ideal debe concebirse como realizable, aunque no aun realizado dentro de los límites de las leyes físicas.[22]

‘Aurora consurgens’. Iluminación, finales del siglo XIV
Para Breton la Magia “engloba el conjunto de operaciones humanas cuyo fin es dominar imperiosamente las fuerzas de la naturaleza mediante el recurso a unas prácticas secretas de carácter más o menos irracional.”

El hombre posee el poder de transformar lo opaco en translúcido; Eliphas Lévi define este poder como imaginación. “Imaginar es ver”, (Donner à voir reiteran los surrealistas), y ver es cristalizar, hacer diáfano o “transparente”; o sea, la imaginación no crea una ilusión, sino que ilumina la realidad. “La imaginación, en efecto, es como el ojo del alma; en ella las formas se delinean y se preservan; por ella contemplamos el reflejo del mundo invisible; es el espejo de las visiones y el instrumento de la vida mágica”.

En este sentido el poder del habla es evidente: el pensamiento tiende a la realización en el habla: “hablar es crear”. Eso es precisamente lo que Rimbaud quería decir con la alquimia de la palabra y lo que Breton iba a reiterar en el desarrollo de la estética surrealista. El adepto que quieren avanzar en el auto-dominio puede aprender a detectar las fuerzas del universo, según Eliphas Lévi: “La multitud creerá que uno es Dios”. Y otra vez el eco de Rimbaud y la estipulación de Breton de que el hombre puede a fin de cuentas apropiarse los poderes que durante tanto tiempo atribuyó a los dioses.

Eliphas Lévi contribuyó a la formación de Breton tanto como sus estudios científicos; y de hecho el puente entre los psicólogos modernos y la magia tal como la interpretaron los iluministas del siglo XIX es extraordinario. La naturaleza del magnetismo personal, la espontaneidad de los sueños, la naturaleza del sueño, la participación a través de los sueños en la “vida universal”, todo esto era lo que los psicólogos exploraban para llegar a definir las honduras del ego universal. Eliphas Lévi señaló tres niveles de magnetismo, que es el fortalecimiento de la voluntad, el despertar de la lucidez; las relaciones con el otro; la inducción del sueño en el otro, o sea, la hipnosis y sus peligros.[23]

Hay otros tres conceptos en los escritos de Eliphas Lévi que tuvieron gran importancia en la formación de Breton: su concepto de la libertad, del amor y de la muerte. En las postrimerías de la Revolución francesa, Lévi no aceptaba como valores equivalentes “la libertad, la igualdad y la fraternidad”. En su opinión, la libertad excluye a la igualdad, pues para él la desigualdad estaba en la naturaleza, y consideraba que la tendencia a nivelar las desigualdades era un ataque a la libertad personal y que la defensa de la libertad amenazada podría llegar a destruir, a través de la lucha, toda fraternidad. “Las palabras claves de la república que ha de venir serán Humanidad, Justicia, Solidaridad: es este el enigma de la esfinge moderna, que hay que descifrar si no queremos perecer”.[24]

Un concepto fundamental para los ocultistas está en la versión de Lucifer, la reformulación de lo demoniaco en la literatura, o mejor dicho, su recurrencia dentro de su historia. Lucifer, (del latín lux y ferre: ‘portador de luz’) es una figura disociada del mal y representa más la aventura y el riesgo. Apollinaire lo denominaba el “peregrino de perdición”. Esto sirve para comprender la definición que Breton le da también a lo “negro” basándose en la definición que tiene Eliphas de Lucifer. ¿Cómo lo negro termina siendo iluminador y al mismo tiempo una fuente exenta de pecado? Lucifer es la rebeldía. Según Eliphas es el ángel que regenera e ilumina: “La inteligencia negra es la adivinación de los Misterios de la noche, la atribución de realidad a formas de lo invisible”. Lucifer es la fuente de la esperanza, fuerza de luz proveniente de la oscuridad, cuya rebeldía es un indicio de salvación, ¿pero entonces dónde encontrar dicha salvación?, ¿en el interior de nosotros?, ¿en la exploración de los misterios? Es precisamente en lo desconocido donde yace la revelación luminosa, y puede llegarse a ella a partir de una postura luciférica, reconociendo nuestra condición negra. Eliphas Lévi invita al lector a sobreponerse a la oscuridad más grande de todas: la muerte. Hay que contemplar

la vida y la muerte como un continuo y aun como la conciliación de todas las demás antinomias, una metamorfosis que debe tomarse como un despojarse de vestiduras, un movimiento de las moléculas hacia la liberación. La analogía que hace Breton del movimiento está expresada en el Primer Manifiesto por medio de la imagen de un camión de mudanza en movimiento, que era el único vehículo en que quería que lo llevaran al cementerio cuando muriese.[25]

Breton ya en una edad muy temprana a través de sus lecturas descubre dos vías para el estudio riguroso de la mente. Una vía fue dada por los científicos de hoy y otra fue otorgada por los magos del pasado. Ambas figuras, aunque extremas y antagónicas manejan distintos conceptos que coinciden curiosamente. La mente es mucho más profunda y compleja de lo que se cree, no es cerrada, sino que se conecta de múltiples maneras con otras formas de inteligencia dentro de la estructura universal de la naturaleza. Existen muchas maneras de reforzar esos vínculos, pero es solo a través del autoconocimiento que es posible alcanzar una mayor compresión del mundo exterior.

Esta formulación de la hermenéutica del sujeto, el conócete a ti mismo (gnothi seauton), comprende uno de tres preceptos délficos de la antigüedad, que en un principio no era más que un llamado a la prudencia a la hora de consultar el oráculo (no hagas votos ni te comprometas con cosas que no puedas más adelante cumplir: examina bien en ti lo que vas a hacer). Más adelante el concepto adquiere interpretaciones filosóficas de la mano de alquimistas y avezados en los tratados de las ciencias ocultas, como un requisito indispensable para la revelación de los secretos del mundo, adquiere una interpretación metafísica, valiosa para la gestación de textos místicos y religiosos. Este precepto, en la transición de usos y justificaciones, fue tomado y recalificado filosóficamente por los cartesianos y el desarrollo de las revoluciones científicas. El gnothi seauton, como sangría del pensamiento occidental, es la fórmula fundacional de la cuestión de relaciones entre el sujeto y la verdad. Precepto grabado en piedra en el centro de la comunidad griega que pasó a ser el punto de anclaje de la comunidad humana.

Como último elemento fundacional están las matemáticas, sinergia que une los procedimientos de exploración mental y los fenómenos externos de la realidad. Las probabilidades se convierten en otro pilar de sustentación surrealista, en el que definieron el “azar objetivo”.

El movimiento browniano es el proceso aleatorio que realizan las partículas dentro de un medio fluido, la multiplicidad de movimientos que siguen un impulso único, imposible de codificar en una fórmula, pero si mostrarse en un diagrama gráfico que aborde todas sus posibilidades estadísticas. Es inevitable como lector no compartir la exposición de la autora en este punto tan interesante del libro:

Los primeros experimentos de Brown fueron con partículas de agua; luego llegó a incluir los movimientos erráticos de las moscas, las rutas arbitrarias de los conductores de taxi, y los resultados irregulares del jugador de dados a quien llama un “aleatorio” pues su pretendida buena o mala suerte está determinada por factores accidentales (o aleatorios), que aun con toda la experiencia del mundo no pueden reducirse a esquema constante.

Simulación del movimiento browniano que realiza una partícula de polvo que colisiona con un gran conjunto de partículas de menor tamaño (moléculas de gas) las cuales se mueven con diferentes velocidades en direcciones aleatorias. (Fuente: Wikipedia)

El determinismo materialista tanto como el fatalismo pagano y el janseismo cristiano acepta el factor predeterminante tanto para las actividades mentales como para las físicas. Por otra parte, la ley matemática de las probabilidades presupone la incertidumbre en cuanto a la causa y la multiplicidad de los efectos. Implica la independencia de los acontecimientos unos respecto a otros, la posibilidad de una pluralidad de relaciones, el elemento sorpresivo inherente y la coincidencia.

De esto se desprende que la relación de los acontecimientos entre sí no es un circuito cerrado, sino un campo de asociaciones libres, lo cual hace de la noción de libertad, no una obsesiva aspiración, sino una realidad física y necesaria. En otras palabras, es falso el supuesto filosófico de que la busca humana de la libertad implica una batalla contra las fuerzas naturales del universo, ya que la autonomía del hombre dentro de los límites del universo es un atributo natural de su condición física y humana. El azar, que habitualmente dividimos en buena y mala suerte según el resultado eventual de un movimiento particular, queda más específicamente identificado como el lugar geométrico de las coincidencias, y sin la intervención de las impresiones afectivas.

A comienzo del siglo XX, el físico Jean Perrin, de la Sorbona, había experimentado con el movimiento browniano de partículas y lo había sometido a las leyes de la probabilidad. El científico Pierre Vendryes, continuó los experimentos de Perrin con los movimientos aleatorios de las moscas y los esquemas casuales que trazaban los taxis en sus recorridos de París, y quedó impresionado por los paralelos entres sus estudios de la aplicación de las leyes de la probabilidad y el concepto surrealista del Azar Objetivo. Llegó a la conclusión de que “la manera como un ser viviente utiliza su autonomía motora en total independencia le permite establecer relaciones de probabilidad con su medio ambiente”. Al observar directamente el intento de Breton de buscar un estado de gracia a través del Azar Objetivo, Vendryes señaló su pertinencia respecto a la preocupación matemática de las leyes de la probabilidad.

Simulación del movimiento browniano de 5 partículas (amarillas) que colisionan con un gran conjunto de 800 partículas. (Fuente: Wikipedia)

Si, como lo señaló Vendryes, la civilización occidental había sacado la conclusión de que el pensamiento científico es, por definición, determinista, y tendía por consiguiente a robarle al hombre su libertad, entonces la interpretación probabilística de la autonomía plantea nuevamente dos cuestiones fundamentales: la de la libertad y de la intervención del azar en la autodeterminación. “Dar al azar un lugar en el dominio de la ciencia es insertar a la vez un elemento de misterio”. La matemática estaba entonces a la par de la psiquiatría en la aceptación del misterio en el estudio del mundo material, lo cual restauraba el sentido de lo inusitado que, con el debilitamiento de la fe religiosa, había quedado destruido en el hombre moderno. “La existencia, real y probada, de encuentros puramente aleatorios en la vida, le añade a esta un elemento de misterio y ansiedad”.[26]

Nos preguntamos entonces ¿cómo el conocimiento de las leyes probabilísticas afecta el ejercicio de la libertad humana?  Este hace posible la acción automática, permite el acceso a los recursos pasivos del pensamiento, haciendo posible el ejercitar de la escritura automática. Vendryes, como los surrealistas, sostuvieron que los procesos estrictamente racionales del pensamiento mantienen bloqueada la despensa de imágenes y deseos de la mente; la rutina de engranajes de la civilización, mecanizada y urbana, con la regulación de la vida mental y los esquemas de conducta, impide la acción del azar en nuestras vidas. Esto quiere decir que el proceso lógico de pensar mecánicamente (con el sentido común, rasgo exaltado por las taras perennes de la domesticación), se contrapone al proceso automático, lo imprevisible del movimiento. Los surrealistas ven entonces en las leyes de la probabilidad una vía para la exploración paralela a la escritura automática, ven en las coincidencias y el azar la posibilidad de restaurar la condición autónoma del ser humano, y concluyen entonces que el obstáculo más grande para lograr esos propósitos está en la rutina misma de la vida.

La libertad que el esclavo Sísifo afirmaba disfrutar después de haber empujado la piedra, no era suficiente compensación para lo que había perdido; los escuetos límites de esa libertad no son aceptables para el hombre moderno que conoce la abundancia de las experiencias disponibles en él a su alrededor. El plan del trabajo debe ser tan errático como el del ocio y debe estar dirigido a abrir la mayor cantidad de vías posibles al azar.

Es bajo esta perspectiva como debe mirarse los paseos que, con Breton a la cabeza, los surrealistas hacían a los largo y ancho de París. Qué otra ciudad que París podía ofrecer tantas intervenciones aleatorias de acontecimientos y escenas a esta ambulación automática y sin destino fijo, tan exenta de preconcepción como la escritura automática.

El destino, bajo la influencia de las matemáticas, iba a tomar una nueva definición: las coincidencias de las necesidades naturales del mundo físico con las necesidades espontáneas del hombre, el cual tiene que abrirse a sus propias motivaciones interiores y dejarse guiar solo por la intuición y el deseo. Si, como veremos, el modo de comunicación en los escritos verdaderamente surrealistas es analógico antes que lógico, la estructura de la obra, en particular la de Breton, es brownista: su clima está identificado con las chispas del encuentro y la coincidencia. La intervención del azar, para el hombre moderno, reemplaza la intervención divina, como lo descubrió Breton. Inevitablemente el accidente es el amor, pues ¿qué experiencia de la vida humana, si descontamos la muerte, es tan incontrolable, tan dependiente de lo imprevisto, de lo indeterminable en todos sus aspectos, tiempo, lugar y forma, como un encuentro amoroso?[27]

Sus obras transitan en el ejercicio constante de estos tres elementos que desembocan al final en una exaltación misma de la vida, la posibilidad del amor conjuga lo inconsciente, lo mágico y los azaroso al mismo tiempo. Si pensamos, como el maestro Mallarmé, que la poesía es enigma y la convertimos en una parte vital de nuestra vida, entonces la vida como contienda inevitable se hace menos inútil, hay un propósito para seguir aquí, algo parecido a esa búsqueda bretoniana del amor casual o perdido, someterse a fin de cuentas a las demandas aleatorias de la misma vida, pero asimilada con intensa pasión. Tal ampliación del vivir mediante el enigma permite iluminar el camino del ser humano, lo convierte en un ser capaz de amar de nuevo, de alcanzar su libertad. “La capacidad de amar forma parte de la total comprensión irracional de los seres, de la apertura al poder convulsivo de la belleza”[28]. Desde sus primeros trabajos de escritura automática –como Les Champs Magnetiques y Poisson Soluble–, hasta obras más maduras –como Nadja, Les Vases Communicants, L’Amour fou y Arcane 17– demuestran en su conjunto total una relación de triple dimensión: 1) el concepto psicológico de la liberación respecto a las inhibiciones psíquicas; 2) el concepto ocultista de la función ocular del poeta-médium, y 3) el concepto matemático de las coincidencias y encuentros verbales regidos por el azar.

É

La libertad es un estado constante de rebelión mental. Hay que rebelarse contra todo lo que impida el ejercicio pleno del potencial humano, su comprensión y conocimiento. El concepto de rebelión de Breton no fue quizá el más acorde de su tiempo. La relación mecánica con que el hombre se mueve por el espacio encuentra refuerzos en la definición de alienación de Marx, autor que tuvo gran influencia en Breton, haciéndose participante en los movimientos comunistas de la época, pero hasta cierto punto, porque al igual que los dadaístas los socialistas también fueron a la larga otra decepción[29].

Marx concluyó que el trabajo impide el desarrollo de las capacidades intelectuales del hombre. Una vida atareada no permite el espacio para la contemplación y, por lo tanto, ningún sitio de resistencia para la reflexión acerca de uno mismo. La rebelión surrealista buscaba atacar desde distintos flancos la mediocridad del mundo. Breton cultiva la semilla de la protesta política que se hizo popular a través de la prensa y el compromiso personal de cada uno de los surrealistas, no solo desde la escritura, también desde la pintura y las artes plásticas. “No sería aventurado afirmar que no hubo ningún pintor importante, surgido entre 1925 y 1950, en ninguna parte del mundo, que no hubiese tenido contacto con Breton o sentido el impacto de su pensamiento metafísico”[30], considerando también que en muchos casos la relación haya sido muy breve.

Surrealismo: características y principales artistas - Cultura Genial
Manifiesto Surrealista – André Breton – 1924
Portada: versión de Le Viol – óleo sobre tela, 1934 – René Magritte, MoMa, NY

De todas las actividades realizadas por Breton en pro del Arte no hubo una tan importante como la que desempeñó por la pintura, por el papel que jugó al lado de los artistas. Además de convertirse en su medio para ganarse la vida, en la medida que iba descubriendo pintores los alentaba y promocionada a través de exposiciones que el mismo organizaba y supervisaba. La influencia que generó en lo pintores llegó a ser mucho mayor que en los escritores. La virtud del mago fue que orientó las vagas aspiraciones de muchos de estos artistas, plasmando en palabras sus intenciones en una forma que ellos no hubiesen podido hacerlo nunca. Desempeñó para fines prácticos el papel de un crítico entusiasta, pero también de asesor, cuya opinión era vital para los artistas.

Max Ernst - Ubu Imperator (1923)
Max Ernst, 
Ubu Imperator (1923)

Le Surréalisme et la Peinture fue escrito durante el mismo periodo creador durante el cual Breton produjo sus colecciones de poemas más importantes y los escritos semi-autobiográficos…En estos años de creación, desde 1923 hasta 1936, Breton exploró simultáneamente distintos campos: poesía, arte, política. La naturaleza variada de sus preocupaciones entre los treinta y cuarenta años no indica diversificación o indecisión, más bien subraya cierta unidad de sus actividades mentales. Las artes son la expresión del incesante esfuerzo del hombre por entender el mundo, ese mundo por donde su paso es tan breve y, sin embargo, tan absorbente. El ejercicio de un arte, para Breton, forma parte tanto como de la creación de relaciones sociales, de la vida en su totalidad.

Joan Miró: El carnaval del arlequín. 1924-1925. Óleo sobre lienzo. 66 x 93 cm.
Museo Albright-Knox. Para esta obra, Miró se entrega totalmente al programa surrealista que tenía en mente. Dijo en alguna oportunidad haberse sometido a grandes períodos de hambre para usar las alucinaciones producidas por la inanición. Aun así, la obra fue el resultado de un proceso meticuloso de reflexión artística y no mero automatismo. (Fuente:  Joan Miró: 20 obras fundamentales)

Las primeras actividades surrealistas en la rue Fontaine y en los cafés tenían que ver con la escritura automática y el análisis psíquico y erótico. Con la llegada de pintores como Max Ernst[31] y Man Ray, y unos pocos años después Miró, Salvador Dalí, René Magritte, Yves Tanguy y Marc Chagall, el grupo comenzó a interesarse más y más en el dibujo automático y el problema de la función psíquica del objeto –lo que Max Ernst habría de llamar “la crisis del objeto”. Cuando Breton se puso a la cabeza de la revista, La Révolutión surréaliste, empezó a escribir artículos sobre los pintores que había descubierto y que habían trabajado con él en el laboratorio en que se había convertido su casa. Estos artículos fueron recogidos en su volumen, Le Surréalisme et la Peinture, o sea “Surrealismo y pintura”, que no es exactamente lo mismo que “Pintura surrealista”. La distinción es importante y una vez más resalta el hecho de que para Breton el surrealismo es una etiqueta genérica que define una actitud mental, y que cualquier forma de arte se relacione con ella constituye una de sus subdivisiones.[32]

Object to Be Destroyed is a work by American artist Man Ray, originally created in 1923. The work consists of a metronome with a photograph of an eye attached to its swinging arm. After the piece was destroyed in 1957, later remakes in multiple copies were renamed Indestructible Object.

Los surrealistas utilizaron el concepto de readymade como punto de partida para la creación de esculturas y ensamblajes. Pienso en este instante en Cadeau y en Objeto indestructible, de Man Ray, en el Teléfono langosta y El esmoquin afrodisiaco, de Salvador Dalí. En los cuatro casos, la plancha, los clavos, el metrónomo, la fotografía del ojo, el teléfono, la langosta de plástico, la chaqueta y los vasos llenos de licor de menta se combinan en sus respectivas obras para crear unos objetos que destilan un extraña e insólita forma de poesía objetual que no reniega la función de los propios objetos, lo que hace que, en muchos casos, los veamos más como variantes sugerentes y delirantes de los diseños originales, que como readymades.[33]

Man Ray demostró, estando en relación con los surrealistas, que la fotografía podía imitar lo representativo por excelencia dentro de las artes plásticas, convertir el resultado de un producto destinado a un supuesto destino de uso en una forma distinta y sugerente de lenguaje. La fotografía, junto a la pintura, podían unirse en la demolición de las técnicas de representación, haciendo que la fotografía sirva para propósitos distintos. Esto se relaciona con la proposición fundamental de Breton: “el ojo existe en un estado salvaje”, la libertad está asociada a las diversas formas que tiene el ser humano de percibir el mundo. Es crucial que la libertad o amplitud de percepciones sea realizable tras una refinación de la mirada, aprender a ver implica regresar a un punto de partida, pero ¿cuál sería ese punto?

Retrato de Rrose Sélavy y «Erotique voilée»
Man Ray: el objeto es el sujeto

Breton consideraba que el objetivo del arte está en devolver al ojo domesticado su estado “salvaje” que ha perdido con las estimulaciones enervantes de la vida moderna, tal retorno a lo primitivo tiene como fin alcanzar la no distinción entre las funciones sensoriales e intelectuales de la mente y convertirlas en una sola. Este interés por comprender la mente primitiva ya era tema de investigación por parte de sociólogos como Lévy-Bruhl, psicólogos como C.G. Jung, y antropólogos como Claude Lévi-Strauss, este último desarrolló ideas claves en La Pensée Sauvage, uno de los textos más relevantes en la materia. Lévi-Strauss planteó que el pensamiento salvaje es la capacidad que tiene el ser humano de poder clasificar el mundo a través del lenguaje; a partir de estas asociaciones construye los mitos que dan explicaciones inmediatas de los fenómenos externos que no pueden explicarse de otra manera, fenómenos como el cambio de las estaciones junto a sus consecuencias inmediatas en la trasformación del ambiente, por poner un ejemplo específico. Desde los juegos de palabras, los relatos originarios, se van hilvanando en una memoria colectiva, sedimentando el terreno que justifica las sociedades míticas, a partir del uso de recursos narrativos como la metáfora, alegoría y símiles el habla configura una poética de la comunicación, su vínculo en la transmisión simultánea del saber, en el que surgen las leyendas, el folclore, el traspaso de conocimientos de un pueblo a otro, estructurando el sistema de creencias que comprenden una de las tantas definiciones que podemos darle hoy en día a la palabra Cultura. (Este tema podemos abordarlo en otra oportunidad).

René Magritte
Variante de la tristesse, 1957
Oil on canvas

Este desmontaje de la domesticación de la mirada, el regreso al estado autónomo de la mente, era parte de un programa de rebelión no solo contra el establishment del mundo, sino de otros aspectos de la cultura occidental. Entre las posiciones más importantes estuvieron los ataques contra la guerra, el sentido del patriotismo y el colonialismo, despertando una creciente impopularidad en la opinión pública, sin mencionar la tensión interna que había dentro del grupo. “El surrealismo fue un movimiento extraño que predicó la libertad extrema, pero creó reglas con las que pretendió normar las creaciones y hasta las creencias de sus afiliados. Tal actitud llegó a niveles infamantes”[34].

El activismo y la legitimación del surrealismo como movimiento llevó también a las enemistades y bajas rotundas. Un espacio donde Breton había tomado el papel encarnado de un papa, entidad ministerial sagrada: un mago, “tal vez porque los que le rodeaban recurrían a él para que estableciera la altura de sus aspiraciones y la norma de su anormalidad”.[35] Es importante tomar en cuenta cómo la relación de los que se rodearon con Breton influyó en la producción del arte de cada uno, partiendo del paradigma surrealista y la postura de la impostura ante la vida. Tampoco se puede dejar de lado que una de las cualidades del mago estaba en su mojigatería, derivada paradójicamente de la seriedad aplicada a su propia vocación literaria. Su temperamento puritano, sumado a las altas expectativas que tenía en las personas, instituciones e ideas, en las que depositaba su confianza, lo hacían muy propenso a cualquier tipo de decepción. Bajo estos principios dirigió el surrealismo, evitando, en el criterios de sus rigideces, sucumbir a un sensacionalismo parecido al que detestaba en los dadaístas.

Desde el comienzo del movimiento surrealista Breton comenzó a tener diferencias con sus amigos en otros puntos también. Uno de estos era el problema de las drogas. Breton, que tenía una personalidad estable y era, además, un hombre de medicina, prohibió su uso, bajo cualquier pretexto, en los experimentos para explorar la psique que llevaban a cabo. Su inconmovible posición acarreó la ruptura con Antonin Artaud en particular; Breton nunca dejó de sentir conmiseración por la vida atormentada de este amigo suyo, enfermo y desequilibrado, pero muy pronto lo eliminó como posible colaborador en los descubrimientos experimentales en el campo de la psique humana. Esto proporciona una convincente ilustración del hecho de que su interés no era la psicología clínica o anormal, sino el poder visionario de una mente lúcida; el desequilibrio mental de Artaud y el hecho de que fuese un drogómano lo hacían objeto de compasión y no de exploración.

Finalmente, el mayor número de desacuerdos dentro de las filas surrealistas se debió a las sospechas de Breton sobre la utilización del surrealismo. Temía que al surrealismo se le explotase para obtener beneficios personales, que se le prostituyes e involucrara en las manipulaciones y negocios de la sociedad capitalista. Fue dentro de este contexto que Breton llamó a Salvador Dalí Avida Dollars[36], apelación que Dalí con buen humor habría de capitalizar en beneficio propio.[37]

Esta aberración por el lucro obtenido mediante el arte era una cualidad inalterable en la personalidad de Breton. Algo contradictorio, puesto que era el mismo arte lo que durante un tiempo le permitió sustentarse económicamente. Tal vez el detalle estaba en sus intenciones casi prometeicas de llevar un control moderado y consciente de su movimiento, algo que resultó imposible por las mismas oposiciones internas de los miembros que daban el sentido lúdico e intelectual al surrealismo, incluso, yendo más allá, si esta misma búsqueda de control estaba en conceptualizar su visión de la fórmula de la libertad, que quedaba irónicamente restringida a términos y condiciones impuestas por el mismo movimiento.

La bemol del surrealismo, personificada en Breton, estaba en que al formalizar su propia institución se vio incluso implicado en sus propias contradicciones fundacionales, pretendiendo que la misma rebeldía que se promovía desde las filas surreales también debía estar regulada bajo criterios morales y creativos. Pretendía que el artista debía encarnar la rebeldía absoluta, sin buscar mediante sus producciones una forma de ingreso que rayara en la espectacularización de su obra, y de manera respectiva añadirle esta cualidad demagógica a la idea del surrealismo. Eso explica por qué Breton de una manera proporcional generaba amistades al mismo tiempo que las enemistaba. En su intransigencia estaba la fortaleza de su personalidad, su versión totalizadora de rebeldía que llevó hasta sus últimas consecuencias.

Arcane 17 en la tradición del tarot hebraico-bohemio egipcio es conocido como el Gran Secreto. En las cartas del tarot es la decimoséptima de la veintidós, viene después de 15 y 16, atribuidas a la obra del diablo: la guerra y las tinieblas. Pero después de la caída de Lucifer, bruscamente, el firmamento vuelve a ser luminoso, y triunfa el amor y la paz.

La rebelión metafísica del Arcane 17 (una de las publicaciones más logradas y maduras del mago) es muy distinta a la que Camus plantea en El hombre rebelde, obra contemporánea con la de Breton, que destacaremos a modo de cierre para esta reseña. Para Camus la rebelión metafísica del hombre es resultado de una frustración, una decepción por la condición humana, lo que justifica una confrontación hostil entre hombres y dioses celosos por el poder sobre el dominio humano. Para Breton no hay presencia de hostilidad, “su rebelión es contra la miopía humana y el elemento de riesgo (como la caída emblemática de Satanás hacia las tinieblas) es una catarsis que eventualmente lleva hacia la luz –o sea, la elucidación del papel desempeñado por lo humano dentro de un universo bien integrado”[38]. Tras el logro del hombre por salir del laberinto, será capaz de devolverle a la vida la pasión en toda su extensión. El optimismo esperanzador era una versión casi antagónica, tildada hasta de imposible, por las doctrinas fatalistas y oscuras que se pusieron de moda en el siglo XX, por razones bastante comprensibles, estamos hablando de reflexiones que se fueron macerando y dilucidando en el proscenio de dos Guerras Mundiales, la fe en la humanidad estaba desmembrada, la misma razón dio las bases epistémicas y fácticas para llevar a la raza humana a su destrucción, poniendo a las vanguardias del arte en jaque, en un estado de sitio donde la postura irracional era una forma de resistir a los estragos provocados por el sentimiento del progreso sacralizado.

Las corrientes pesimistas fueron engendradas por una tradición que puso en tela de juicio la versión decadente de la vida y la búsqueda de transcendencia mediante la muerte de ídolos, colocando al hombre en un estado de soledad devastador, oscilando entre la existencia y la nada, perpetuando en su contradicción la expresión absurda de la vida, que ya no puede justificarse en pretextos religiosos ni explicaciones ambiguas de lo divino, porque aparte de que Dios ha muerto…a nadie le importa. No es sino por esas diferentes formas de abordar la condición humana que Breton, ya en sus últimos años de vida, fuese atacado por las principales corrientes del existencialismo francés, representadas en personalidades como Albert Camus y Jean-Paul Sartre.

La peor de forma de esclavitud consiste en estar encadenado a un modo de pensamiento que, al darle al mundo un aspecto falso, artificial y cómodo, nos impide vivir libremente; podemos decir incluso que el conformismo y la indiferencia son formas violentas de opresión, pues son posturas voluntarias que se toman al aceptar el mundo sin verse en la necesidad de cuestionarlo, un mundo que afortunadamente no es ni podrá ser como nos parece.

Los surrealistas y existencialistas, a pesar de sus desacuerdos, coinciden en que la libertad es posible en la ausencia de entidades superiores. Una vez liberados de un Dios imaginario, cuyo papel es el de justificar otro mundo en el que por medio de nuestros actos se nos reservará un palco seguro en ese más allá celestial (si es que tal expectativa va anclada a nuestras creencias particulares), mientras nos sometemos a cualquier forma de servidumbre cerebral en este asilo provisional de perezas y miedos del más acá…. una vez liberados de una moral cuyos imperativos no son sino los hermanos perversos de los imperativos de la razón, el ser humano, mediante la visión poética del mundo, volverá a encontrarse a sí mismo en su totalidad: en medio de –y no frente a– un mundo renovado cuya íntima fraternidad habrá vuelto a encontrar. Habrá descubierto la magia interior presente en la complejidad del mundo.

Me atrevo a decir que todas las corrientes del pensamiento, independientemente de los ingredientes que la conforman, hasta en sus explicaciones más radicales y elaboradas, dedican un apéndice siempre discreto a la esperanza. Los surrealistas, con sus discrepancias e invenciones, hasta el día de hoy, han dejado en nosotros mucho material para infinitos collages, modelos para armar en conjunto nuestra propia versión de la libertad.

Teclea/Elige

*Artículo presentado para la Sociedad de Entomólogos y Lexílogos de la Plaza Omar Khayyam, con motivo de la conmemoración del 55 aniversario de la muerte de André Breton: Mago del surrealismo, que estuvo tan cerca pero igual muy lejos de conocer Venezuela personalmente. Dicho evento se celebró, contra todo pronóstico y expectativa, en la ciudad mercurial de Santiago de León de Caracas, Distrito Capilar, el día 28 de septiembre del año 2021, bajo el dominio de Libra, el signo del zodiaco más civilizado y amable.

Notas:

[1] G. Lipovetsky, La Era del vació: Ensayos sobre el individualismo contemporáneo, Anagrama, 2002.

[2] A. Balakian, André Breton: Mago del surrealismo, Monte Ávila Editores, 1976, p.35.

[3] Ibid., pp.42-43.

[4] Ibíd., pp.38-39.

[5] Ibíd., p. 39.

[6] Ibíd., p. 43.

[7] Ibíd., p. 45.

[8] Ibíd., p. 360.

[9] A. Breton, Antología del humor negro, Anagrama, 1991, p.13.

[10] A. Balakian, André Breton: Mago del surrealismo, Monte Ávila Editores, 1976, p.45.

[11] Ibíd., p. 46.

[12] Ibíd., p. 87.

[13] H. Ball, La huida del tiempo, Acantilado, 2005, p. 137.

[14] Ibíd., p. 124.

[15] Ibíd., p. 129.

[16] P. Auster, Huesos Dadá, en: H. Ball, La huida del tiempo, Acantilado, 2005, pp.13-14.

[17] A. Balakian, André Breton: Mago del surrealismo, Monte Ávila Editores, 1976, pp. 92-93.

[18] J. Rigaut, Agencia general del suicidio, interZona Editores, 2019.

[19] A. Breton, Les pas perdus, Gallimard, 1970, p.136.

[20] A. Balakian, André Breton: Mago del surrealismo, Monte Ávila Editores, 1976, pp. 50-51.

[21] Ibíd., pp. 54-55.

[22] La magia se diferencia del misticismo porque no juzga nada a priori antes de haber establecido a posteriori el fundamento de sus juicios, es decir, antes de haber aprehendido la causa por los efectos contenidos en la energía de la causa misma, por medio de la ley universal de la analogía. De allí que en las ciencias ocultas todo lo leído, y las teorías se establecen sólo con base en la experiencia…y el Mago no admite nada como cierto en el dominio de las ideas a menos que quede demostrado a través de su realización (E. Lévi, Transcendental Magic.Its Doctrine and Ritual, Dutton, S/F, p.105).

[23] A. Balakian, André Breton: Mago del surrealismo, Monte Ávila Editores, 1976, pp. 63-64.

[24] Ibíd., p. 64.

[25] Ibíd., p. 66.

[26] Ibíd., pp. 68-69.

[27] Ibíd., pp. 70-71.

[28] Ibíd., pp. 191

[29] Hubo una serie de acontecimientos que enemistó a Breton, no con el comunismo, sino con el estalinismo: el primero fue el destierro de Trotsky; el segundo, su propia exclusión del Congreso Internacional por la defensa de la Cultura, patrocinado por los comunistas en París en 1935. Se le hacía difícil perdonar el que Moscú imitase el tipo de hipocresía y complicidad que siempre había asociado con los regímenes capitalistas. (Ibíd., p.133).

[30] Ibíd., p. 232.

[31] Max Ernst se había apropiado de todas las ilustraciones que traía su colección de revistas publicadas en los últimos años del siglo XIX. Con unas tijeras brillantes y afiladas, recortó los detalles que le interesaban y los clasificó según los motivos que representaban: animales, damas, caballeros, máquinas, medios de transporte, mobiliario, instrumentos musicales, detalles arquitectónicos…Más tarde, con un frasco de pegamento y unas pinzas precisas, fue utilizando esos fragmentos para crear unas nuevas composiciones. El resultado es una impecable colección de collages, cuya estética es engañosa. A simple vista parecen grabados perfectos, ilustraciones serias dignas de una publicación científica o filosófica, pero, al detallarlas, nos damos cuenta de que en cada lámina palpita algo extraño, algo que se traduce en unas imágenes divertidas, hechas de retazos (como en los sueños) que van creando una historia llena de personajes y ambientes absurdos. Max Ernst unió todos esos collages y formó, al menos, tres novelas gráficas cuyos títulos son La mujer 100 cabezas, Sueño de una niña que quiso entrar en el Carmelo y Una semana de bondad o Los Siete elementos capitales (En R. Echeto, Maniobras Elementales, Fundación para la cultura Urbana, 2016, pp. 194-195).

[32] A. Balakian, André Breton: Mago del surrealismo, Monte Ávila Editores, 1976, p. 232-233.

[33] R. Echeto, Maniobras elementales, Fundación para la Cultural Urbana, 2015, p. 190-191.

[34] Ibíd., pp. 192.

[35] A. Balakian, André Breton: Mago del surrealismo, Monte Ávila Editores, 1976, p. 126.

[36] Nunca sabremos con exactitud en qué momento Salvador Dalí se dejó crecer los bigotes. Suponemos que al ser expulsado de la Real Academia de Bellas Artes y abandonar la Residencia de Estudiantes de Madrid le crecieron solos, sin que mediara premeditación alguna. Más tarde, en 1940, se mudó a Nueva York. En esa ciudad pudo trabajar a sus anchas: pintó, dibujó, modeló, escribió, diseñó, jugó, disertó, fue respetado, temido y querido como el gran artista que siempre fue. Eso sí: para lograrlo, convirtió sus bigotes en la escultura portátil más poderosa que hubo creado hasta entonces: una escultura-radiofaro de dos antenas simbólicas, que irradiaba espectáculo y atraía al público. Con razón Dalí siempre refería que antes de trabajar en un cuadro, pringaba sus bigotes con miel para que las abejas lo acompañaran y los protegieran siempre (En: R. Echeto, Maniobras elementales, Fundación para la Cultura Urbana, 2016, pp.191-192).

[37] A. Balakian, André Breton: Mago del surrealismo, Monte Ávila Editores, 1976, pp. 133-135.

[38] Ibíd., pp. 316.

El poeta en el mundo

por Alexander JM Urrieta Solano

Denise Levertov, a mediados de 1973, hizo una selección de varios textos suyos en prosa para reunirlos en un hermoso libro. La publicación de The Poet in the world fue recibida por los lectores como un suceso comparable con la publicación de The Sacred Wood de T.S. Eliot y ABC of reading de Ezra Pound. Investigando vi que la primera traducción (?) en lengua española fue realizada por Ugo Ulive. El libro fue editado y publicado por Monte Ávila Editores en 1979. Ignoro si se realizó alguna otra edición posterior o anterior en español, tema que me desconcierta, pues se trata de un libro maravilloso y conmovedor, con un valor y fuerza imprescindibles cuyo título es casi de culto; uno de tantos títulos que tuvimos el lujo de tener en los anaqueles de nuestro país al módico precio (grabado en la contraportada) de 35 bolívares.

Para Denise la prosa en los poetas establece un estrecho vínculo entre la vida interior y exterior que sirve como un recurso más autorevelador que los mismos poemas. En la prosa se concentran los aspectos de la vida meditativa de quien escribe, mientras que los versos son la manifestación de los impulsos espirituales. Los grandes maestros logran en sus escritos enlazar ambos estados creativos, dándoles esa particularidad en la voz que resuena indefinida en la conciencia de una época. Denise Levertov es ese tipo de maestra cuyas palabras resuenan todavía en pequeños rincones de resistencia.

El poeta en el mundo está divido en cinco secciones temáticas donde la autora estableció sus intenciones acerca de la relación vital entre la poesía y su vida. En Trabajo e inspiración, primera sección del libro, reúne una serie de conferencias y reflexiones sobre la teoría poética. Las maneras de componer, bajo el presupuesto de lo que ella concibe como la forma orgánica, concepto que está detrás de todas las cosas, donde el poeta es aquel capaz de revelar aquello que está oculto. La forma orgánica consiste en un método de percepción basado en la intuición de cierto orden, una forma más allá de las formas, donde la poesía, como obra creativa, es una actividad exploratoria. A grandes rasgos, la condición del poeta está en un entrecruzamiento o constelación de experiencias que despiertan en él una necesidad, mejor dicho una exigencia mayor, que vendría a materializarse en el poema.

El comienzo de la satisfacción de esta exigencia es contemplar, meditar, palabras que denotan un estado en el que el calor del sentimiento va caldeando el intelecto. Contemplar proviene de «templum, temple, lugar, espacio de observación indicado por el augur». No significa simplemente observar, advertir, sino hacer estas cosas en presencia de un dios. Y meditar es «mantener la mente en estado de contemplación»; su sinónimo en inglés es «to muse«, que proviene de una palabra que significa «estar con la boca abierta», algo que no es tan cómico si pensamos en «inspiración»: llevar aire a los pulmones. (pp. 18-19)

Denise en un texto incluido en la primera sección, Una definición más amplia, sintetiza, a petición de un alumno, tres categorías que luego la autora explica de manera concisa. Me veo en la necesidad de transcribir toda la página.

—There is a poetry that seeks to invent, for thought and feeling and perception not experienced as form, forms to contain them; or to make appropriate re-use of existing metric form.

[Hay una poesía que trata de inventar, para el pensamiento y el sentimiento y la percepción no experimentados como forma, formas que los contengan o trata de reutilizar apropiadamente formas métricas existentes]

— There is a poetry that seeks to invent, for thought and feeling and perception not experienced as form, a mode of expression that shall maintain that formlessness, avoiding the development of rhythmic and sonic patters.

[Hay una poesía que busca, para el pensamiento y el sentimiento y la percepción no experimentados como forma, un modo de expresión que conserve esta carencia de forma, evitando el desarrollo de modelos rítmicos y sonoros]

— There is a poetry that in thought and in feeling and in perception seeks the forms peculiar to these experiences.

[Hay una poesía que en el pensamiento y en el sentimiento y en la percepción busca las formas peculiares de estas experiencias]

La primera de estas tres categorías implica el concepto de síntesis de forma y contenido como un acontecimiento producido por el ejercicio del poder y la astucia del artista, pero no como un acontecimiento orgánico, como el agua que fluye tiene el dibujo de sus ondas como si fuesen inherentes al contenido. Por el contrario, la tercera categoría sí implica una fe en la inmanencia de la forma dentro del contenido y trata de descubrirla y revelarla.

La segunda categoría tiende hacía el flujo, y no hacia algún tipo de forma. Frecuentemente tiene un dibujo, como el agua que fluye tiene un dibujo de sus ondas, pero no se permite al dibujo que se fije en el ojo o en oído porque caería en el peligro de convertirse en forma. Esta categoría es lo que verdaderamente podemos llamar «verso libre».

También la poesía de la tercera categoría, que en otra parte denominé poesía de «forma orgánica» es llamada comúnmente verso libre. ¿De qué manera el término es aplicado correcta o incorrectamente? Comparte con la segunda categoría su libertad ante moldes métricos pre-existentes y re-utilizables. Pero a partir de allí usa su libertad para lograr fines diferentes: donde el verdadero «verso libre» se preocupa por mantener su libertad frente a todas las trabas, la poesía «orgánica», una vez liberada de formas impuestas se somete voluntariamente a otras leyes: las leyes variables, impredecibles pero sin embargo estrictas del paisaje interno, descubierto mediante la tensión interior. Su disciplina comienza con el desarrollo de la máxima atención, y en esto se relaciona más estrechamente con la primera categoría, la «tradicional» (donde es esencial el sentido lo más preciso posible de la adecuación de una forma para un contenido) que en el «verso libre» el cual, al aborrecer todo confinamiento, corre o serpentea sin prestar mayor atención a los detalles o a las implicaciones.

Levertov se vinculó con las actividades literarias de la revista Origin, así como compartir las ideas de otro gran poeta contemporáneo como lo fue Charles Olson: el contenido determina la forma. La obra de Denise Levertov está relacionada con las guerras, el sufrimiento, la perversión humana. Estaba convencida del compromiso del artista en revelar los hallazgos de la conciencia. Muy vinculada a la poesía de vanguardia de los Estados Unidos, Denise concibe el poema como un misterio, y el poeta como un artesano que prioriza el valor de cada espacio, cada verso, cada coma y cada palabra, en donde cada elemento cumple una función vital para el funcionamiento del poema en su totalidad. Insiste y secunda la idea de otro maestro, Ibsen:

La tarea del poeta es aclarar para sí y por lo tanto para los demás las interrogantes temporales y eternas que estén activas en la época y comunidad a la que pertenece.

La obra que se concibe no tiene ningún fin social, lo que sí tiene es un destino social, ese no depende del creador porque va más allá de sus capacidades mortales, esa es la cualidad implícita en las grandes construcciones del arte, en la poesía que a modo de elipsis penetra en la semblanza de ese lector extraño que está presente y del que vendrá. Para Denise no debería haber una contradicción entre el oficio de poeta ante los fenómenos de la sociedad esquizofrénica capitalista: las guerras que provoca, las injusticias contra las diferencias, como las que están presentes todos los días, por ejemplo, contra los pueblos de color y las mujeres; el poeta al asumir un compromiso pleno con la vida está al tanto de las exigencias e implicaciones de luchar y resistir ante los atropellos que afligen la existencia. Vocera de un feminismo lúcido insistía que la verdadera revolución era en sí una lucha que involucrara todas las luchas.

Los buenos poetas escriben malos poemas políticos sólo si se permiten escribir retórica deliberada, terca, malusando su arte como propaganda. El poeta no usa la poesía sino que está al servicio de la poesía. Usarla es malusarla. Un poeta que siente el impulso de hablar consigo mismo, de mantener un diálogo consigo mismo sobre el tema político puede esperar escribir tan bien sobre ese tema como sobre otro cualquiera. No puede separarla de todas las demás cosas de su vida. Pero lo que está en cuestión no es la posibilidad de hacer buenos poemas «políticos». Lo que está en cuestión es el papel del poeta como observador o como participante en la vida de su época. (pp.147-148)

Hypocrite women

Hypocrite women, how seldom we speak   
of our own doubts, while dubiously   
we mother man in his doubt!

And if at Mill Valley perched in the trees   
the sweet rain drifting through western air   
a white sweating bull of a poet told us

our cunts are ugly—why didn’t we   
admit we have thought so too? (And   
what shame? They are not for the eye!)

No, they are dark and wrinkled and hairy,   
caves of the Moon …          And when a   
dark humming fills us, a

coldness towards life,
we are too much women to   
own to such unwomanliness.

Whorishly with the psychopomp   
we play and plead—and say
nothing of this later.             And our dreams,

with what frivolity we have pared them   
like toenails, clipped them like ends of   
split hair.

[Mujeres Hipócritas

Mujeres hipócritas, ¡qué pocas veces hablamos
de nuestras propias dudas, mientras que dudando
protegemos a los hombres de sus dudas!

Y si en Mill Valley posado en un árbol 
la lluvia dulce deslizándose por el viento del oeste
un blanco y sudoroso poeta toro nos dijera

que nuestros coños son feos -¿por qué no
admitir que hemos pensado así alguna vez (Y 
por qué sentir vergüenza? ¡Si no son para mirar!)

No, son oscuros y arrugados y peludos,
cuevas de la Luna … Y cuando un
zumbido oscuro nos llena, una

frialdad hacia la vida,
somos demasiado mujeres para
confesar tan poca feminidad.

Putamente con la sicopompa
jugamos y suplicamos para luego
No decir nada de esto.    Y nuestros sueños,

con qué frivolidad los hemos cortado
como uñas, como puntas de
pelo horquillado.]

Versión de Marcela Garay

El poeta, al ser un ente poseedor de un don, tiene como trabajo concientizar una disciplina diaria entre la acción y las palabras. Los poetas son, como dijo Blas Coll, los mineros del idioma. En el ámbito de una literatura, cuando se escribe, se estudia o se enseña, como el caso de Levertov, esta se convierte en una parte inseparable de la vida. Implica que las decisiones, tanto espirituales como existenciales, están mediadas por una condición literaria, es decir que ya se ha tomado una decisión contundente en cuanto a la manera de conducirse en la vida. Rilke, siendo una de las voces mayores de la creación, entregado de pleno al arte llegó a escribir que

…en última instancia el arte no tiende a producir más artistas. No trata de incorporar a nadie y siempre he adivinado que no le preocupa en absoluto ningún efecto. Pero una vez manado de una fuente inagotable, cuando sus creaciones están ahí, extrañamente silenciosas y superables entre las cosas, puede ocurrir que involuntariamente se convierta en algo ejemplar para toda actividad humana en virtud de su innato desinterés, libertad e intensidad…

Pues por más que el artista dentro de nosotros se preocupe por la obra, por la realización de ella, su existencia y duración completamente separadas de nosotros, solo actuaremos correctamente cuando comprendamos que incluso esta muy urgente realización de una realidad superior aparece, desde algún punto altísimo, último y extremo, solo como el medio de obtener algo nuevamente invisible, algo interior y nada espectacular: un estado más sano en medio de nuestro ser.

En ambos fragmentos Rilke nos dice que el arte como tal no es precisamente un efecto sino que es una cosa imbuida en la vida, no conduce a ninguna parte pero nos llena de algo incomprensible. Está presente en las acciones y el entorno, y dicho arte pretende dar un acercamiento bajo sus propias reglas. En las reglas del arte aquello que es pertinente se encuentra mediante una afinación discreta de la mirada. Escribir también es escuchar. Es tomarse la lectura y la escritura (tomando ambas acciones como referentes de la construcción) con un mayor grado de seriedad. Levertov dice que

La obligación del escritor es: asumir responsabilidad personal y activa por sus palabras, sean las que sean, y reconocer su influencia potencial sobre las vidas de los demás. La obligación de profesores y críticos es: no bloquear las consecuencias dinámicas de las palabras que tratan de acercar a estudiantes y lectores. Y la obligación de los lectores es: no caer en la hipocresía de la experiencia meramente sustitutiva, reduciendo así a la literatura al concepto de «solo palabras», en última instancia una frivolidad y una irrelevancia a la hora de la verdad…Cuando las palabras penetran en nosotros cambian la química del alma, de la imaginación. No tenemos derecho de hacer eso a la gente si no compartimos las consecuencias. (pp.146-147)

What My House Would Be Like If It Were A Person

This person would be an animal.
This animal would be large, at least as large
as a workhorse. It would chew cud, like cows,
having several stomachs.
No one could follow it
into the dense brush to witness
its mating habits. Hidden by fur,
its sex would be hard to determine.
Definitely it would discourage
investigation. But it would be, if not teased,
a kind, amiable animal,
confiding as a chickadee. Its intelligence
would be of a high order,
neither human nor animal, elvish.
And it would purr, though of course,
it being a house, you would sit in its lap,
not it in yours.

[Cómo sería mi casa si fuera una persona

Esa persona sería un animal.
Y ese animal sería grande; por lo menos,  grande
como un caballo de tiro. Rumiaría, como las vacas,
con varios estómagos.
Nadie podría seguirlo 
hasta la espesura del matorral para presenciar
sus hábitos de apareo. Escondido por el pelaje,
el sexo sería difícil de determinar.
Definitivamente desalentaría
la investigación. Pero, si no lo molestaran,
sería un animal bueno, amigable,
confiado como un pichoncito. Su inteligencia
sería de un orden superior,
ni humana ni animal, élfica.
Y ronronearía. Aunque, claro,
tratándose de una casa, tendrías que sentarte en su regazo
y no al revés.]

Versión de Sandra Toro

La tarea del poeta, como declaró Robert Duncan, es guardar en custodia la sabiduría de que el lenguaje no es un mazo de fichas para manipular, sino que es un Poder. Solo en el resguardo de esa sabiduría se alcanza esa musicalidad presente en el habla.

Tenemos la lucha diaria, inevitable y mortalmente seria de apoderarnos de la palabra y ponerla en el contacto más directo posible con todo lo que se siente, ve, piensa, imagina y experimenta (Goethe).

Escribir (poesía) es un proceso de descubrimiento muy doloroso, revelación de la música inherente en el paisaje de nuestro interior. Existe una obra latente en nosotros que bien podemos encontrar mediante este proceso, no siempre de una manera satisfactoria, pues este afán de plasmar palabras desde cada ocurrencia de esta hipotética obra interior conlleva a la más horrenda de las decepciones. De otra manera más lúcida Malcom Lowry, en esa prosa infernal que compone su novela-reloj Bajó el volcán, dirá que: Hay un poeta frustrado en cada hombre. Aunque en las circunstancias actuales tal vez sea buena idea fingir cuando menos que está uno realizando la gran obra personal sobre «Sabiduría secreta» y entonces puede uno alegar, si nunca se publica, que el título explica esta deficiencia.

¿Bajo qué métodos o alquimias cada uno por su cuenta puede concebir esa sabiduría secreta? ¿Qué costo trae ese pacto délfico que encamina la acción rudimentaria de la perfección suprema: la de conocernos a nosotros mismos?

¿En este espacio de confusión serán pertinentes los versos de Paul Goodman?:

What is the message?—

an artist is lucky who is busy

with what is necessary!…

Misceláneas

Insensatez

Cómo estafar a otros y creer que salvas el planeta

Los demasiados libros, o las virtudes del exceso de plástico

Tanizaki en Las Vegas

El árbol de la ciencia

Vida y destino (Fragmento)

La Broma infinita: sobre la experiencia lectora deportiva

Un mundo inmóvil (Fragmentos)

por Christian Ferrer

Espectáculo

Cada época promueve una determinada distribución corporal de la energía psíquica. El alcance personal y social de la memoria, la percepción y la imaginación queda, por tanto, subordinado al organigrama energético que la cultura inocula en cada cuerpo; y a la celeridad e intensidad con que éste logre repelerlo. Guy Debord llama “espectáculo” al advenimiento de una nueva modalidad de disponer de lo verosímil y de lo incorrecto mediante la imposición de una separación fetichizada del mundo de índole tecnoestética. Prescribiendo lo permitido y conveniente así como desestimando en lo posible la experimentación vital no controlada, la sociedad espectacular regula la circulación social del cuerpo y de las ideas. El espectáculo, si se buscan sus raíces, nace con la modernidad urbana, con la necesidad de brindar unidad e identidad a las poblaciones a través de la imposición de modelos funcionales a escala total. Sería necesario volver a la segunda década del siglo XX para fijar el lugar de emergencia tecnológico e institucional del espectáculo actual. El nazismo, el stalinismo y el fascismo sólo se adelantaron a su época, y lo hicieron con la torpeza política y la brutalidad disciplinaria que definen a todo régimen emergente: hoy, es preciso rastrear esas ambiciones totalitarias (a saber, la gestión total de la vida desde la regulación del lenguaje hasta el mapeo genético) en sociedades legitimadas por maquinarias electorales.

No es este un mundo desencantado. La ilusión es más resistente y necia que cualquier análisis de los hechos. Los “saltos” tecnológicos son nuestros actuales milagros; la conexión diaria a las redes y pantallas, nuestra comunión en misa; los nostálgicos del general Ludd, nuestros herejes; la adquisición de accesorios para el hogar, el progreso en la pureza de nuestra fe; el rechazo a creyentes y nacionalistas, nuestra prueba espiritual; el forzamiento acelerado de las fuerzas productivas globales, nuestra última cruzada; la antena parabólica, nuestra aguja de la cruz; las veinticuatro horas continuas de transmisión, nuestro carillón canónico; si antes nos redimía el cielo, hoy nos emancipamos por control remoto. Una nueva cosmogonía. La historia humana ha conocido diversas concepciones y experiencias del tiempo y el espacio; ahora, las cartas náuticas son sustituidas por frecuencias de ondas; las proyecciones planisféricas, por scaneos satelitales instantáneos; las medidas espaciales, por ritmos informáticos y audiovisuales; los aparatos ideológicos de Estado, por el montaje y diseño de imágenes preprogramadas; la guerra de trincheras en el frente de la “conciencia”, por batallas de audiencias que culminan en sanciones estéticas. En todas partes, la diagramación de la mirada y la transformación de la velocidad en tiempo inmóvil requieren de nuevas estrategias de control social y de nuevos guardarropas para la verdad. No sería desacertado llamar al espectáculo una fe perceptual. El sistema de dominio espectacular se expande autocráticamente, al igual que lo hacía el sistema pedagógico para anteriores generaciones, es decir, como avanzadillas militares sobre espacios humanos no regulados: a todos quiere concernir, a nadie quiere dejar librado a sus propias potencialidades. El imperativo autocrático de nuestra época requiere de tecnologías sofisticadas y de burocracias especializadas en el arte de la vigilancia, tanto como de mnemotécnicas específicas para el olvido de la historia. En el extremo, la memoria histórica es forzada a pasar a la clandestinidad y el ojo a despegarse de su cuenca.

Es lugar común académico juzgar al pensamiento sobre el espectáculo, la tecnología o la televisión partiendo de oposiciones del estilo público y privado, mercado y estado, abierto y cerrado, apocalipsis e integración, soslayando la inclusión de la barra que regula los extremos en un dominio mayor. Así también, los analistas políticos perfilan a las opciones partidarias y los teólogos al legado de Maniqueo. Esas oposiciones confunden el pensamiento sobre las relaciones entre técnica y sociedad. No se trata de fomentar el pesimismo cultural sino de pensar el modo en que ese vínculo es absorbido por las instituciones así como el modo en que mundos hablados o sentidos son enviados a su ocaso, pues la misión de la sociedad tecnoespectacular no consiste en permitir o retrasar el progreso, sino en conducir a la humanidad a un estadio diferente de dominación. Es nuestra imagen de mundo el material que forja los barrotes del pensamiento binario. Retraído hacia el lado oscuro de lo pensable, el espectáculo guarda el secreto que lo explica, tanto como el Estado guarda el suyo, y la mercancía también. Cuando se afirma que los medios masivos amplían las posibilidades comunicativas del género humano y sacian su sed de saber se le concede sex-appeal a los recursos tecnológicos de una época. Pero la sociedad audiovisual es una lingua franca que debilita modos de sentir previos y descalifica, por principio, a la comunicabilidad humana misma. Esta misma no se sostiene en la capacidad fisiológica de hablar, ni en definiciones de diccionario, ni en la estructura lógica de las proposiciones sino en los rastros de memoria y de significatividad que fluyen y despliegan el mundo. El espectáculo desdeña la experiencia vivida, la actividad conversacional y la sociabilidad espontánea, es decir, desestima la reunificación de la comunidad como movimiento inventivo de sí mismo. Por eso, en la interpretación del espectáculo, lo que define a las políticas de la teoría es la lucha entablada a favor o en contra de la representación separada de la experiencia humana. Guy Debord pertenece a la estirpe de aquellos que suponen que lo que es experimentable no puede ser representado, y que la contemplación de simulacros o la estimulación sensorial por medios técnicos son sucedáneos vitales decididamente insuficientes.

Visión

El espectáculo es tan obligatorio como lo sería una ley social, lo cual no remite a trabajos forzados como lo son la participación electoral, el servicio militar o el testimonio judicial; más bien propone el problema de la indistinción entre deseo y obligación. El espectáculo se impone como obligatorio porque está en posición de ejercer el monopolio de la visualidad legítima. Un régimen de visibilidad es un régimen político como cualquier otro, con la salvedad de que la cámara de vigilancia es una de sus metáforas privilegiadas: en ese molde se vacían conductas y creencias. Y la criminología también. Los estadistas se prueban nuevas vestiduras y sus fuerzas de seguridad renuevan personal y métodos, pero después de tantos siglos la división del género humano entre víctimas y verdugos ha registrado muy escasas variantes. Cañones o grandes angulares, gatillos u obturadores, brigadas ligeras o movileros, generales o editores, el ocaso de unos señala el advenimiento de un principio de control que convierte a cada cuerpo en un efecto de iluminación.

La subjetividad propia de la época está vinculada a aparatos modelizadores de índole audiovisual, estadístico y psicofarmacológico. El régimen de visibilidad que la regula propone una paradoja: no deja ver. En tanto propedéutica y prescripción para la vista, no sólo fuerza a la perspectiva visual personal a ajustarse a modos de ver dominantes, también señala imágenes-tabú, un reino de lo inimaginable. La mirada carece de caminos de acceso o de antecedentes perceptivos para reconocerlo. El espectáculo es una gran máquina disuasiva de la vista: procede a la manera del jugador de ajedrez, disolviendo la estrategia del adversario por adelantado. Se trata siempre de la antigua veda política: “no intervendrás”.

La historia del ojo es la historia del régimen escópico al que está engarzado. Pero una visibilidad hegemónica también puede ser definida por aquello que huye de sus lindes y no solamente por el campo visual que controla. Pero nuestro saber sobre los efectos producidos por la luz y el color sobre la visión es misérrimo. El ojo es un cristal sobre el cual se proyectan dos rayos: el que emana imprime un catastro visual, y el aura que emerge desde una selva de imágenes interior; así también, un ojo de agua aflora a la superficie desde napas ocultas. ¿Qué otra cosa es el sentido de la vista sino un drama visual? La visión no es meramente una actividad fisiológicosocial, sino también un arte para el cual es preciso educarse. De ello se infiere que del arte de ojos parte un camino del conocimiento revelatorio: un vidente no ve los mismos objetos que un espectador.

A la geografía más inexplorada y más impredecible la ocupa el reino imaginal: desde allí se destilan imágenes que forjan la “realidad”. El ojo es tanto el campo de la batalla como órgano templado para su reconocimiento: del resultado incierto del combate depende el grado de autonomía personal. La expansión del mundo visual siempre ha sido consecuencia del ingreso y exploración en atlas raros o vedados; de las sondas lanzadas hacia lo todavía invisible e inaudible. Aquí centellean las viejas instigaciones del surrealismo, y Guy Debord las ha visto; con ellas desplegó una teoría de la emancipación. Quizás por eso se describía a sí mismo no sólo como un revolucionario profesional sino también como un cineasta.

(Fragmento utilizado para trabajos de promoción de lectura. No tiene fines comerciales. Si desea leer el texto completo puede acceder a este enlace)

Misceláneas

La Broma infinita: sobre la experiencia lectora deportiva

El Cuaderno de Blas Coll (Fragmentos)

El fin de los dirigibles

La calle de los hoteles

Los demasiados libros, o las virtudes del exceso de plástico

Vida y destino (Fragmento)

por Vasili Grossman

18

Vitia, estoy segura de que mi carta te llegará, a pesar de que estoy detrás de la línea del frente y detrás de las alambradas del gueto judío. Yo no recibiré tu respuesta, puesto que ya no estaré en este mundo. Quiero que sepas lo que han sido mis últimos días; con este pensamiento me será más fácil dejar esta vida.

Es difícil, Vitia, comprender realmente a los hombres… Los alemanes irrumpieron en la ciudad el 7 de julio. En el parque la radio transmitía las noticias de última hora. Salía de la policlínica, después de las consultas, y me detuve a escuchar a la locutora, que leía en ucraniano un boletín sobre los últimos combates. Oí un tiroteo a lo lejos. Luego algunas personas cruzaron corriendo el parque. Seguí mi camino a casa, sin dejar de sorprenderme por no haber oído la señal de alarma aérea. De repente vi un tanque y alguien gritó: « ¡Los alemanes están aquí!».

«No siembre el pánico», le advertí. La víspera había ido a ver al secretario del sóviet de la ciudad y le había planteado la cuestión de la evacuación; él montó en cólera: «Todavía es pronto para hablar de eso; no hemos comenzado siquiera a redactar las listas». En una palabra, los alemanes habían llegado. Aquella noche los vecinos se la pasaron yendo de una habitación a otra; los únicos en mantener la calma éramos los niños y yo. Había tomado una decisión: que me suceda lo que haya de suceder a los demás. Al principio tuve un miedo espantoso; comprendí que no te volvería a ver, y me entraron unas ganas locas de volver a verte, de besarte la frente, los ojos una vez más. Entonces me di cuenta de la suerte que tenía de que estuvieras a salvo.

Me quedé dormida de madrugada y, al despertar, me embargó una terrible melancolía. Estaba en mi habitación, en mi cama, pero me sentí en tierra extraña, perdida, sola. Aquella misma mañana me recordaron lo que había logrado olvidar durante los años de régimen soviético: que yo era judía. Los alemanes pasaban en sus camiones y gritaban: «Juden kaputt!».

Y los vecinos también me lo recordaron más tarde. La mujer del conserje, que se encontraba bajo mi ventana, le decía a una vecina: «Por fin, a Dios gracias, nos libraremos de los judíos». ¿Qué es lo que le pudo llevar a decir eso? Su hijo está casado con una judía; la vieja solía ir a visitarlos y me hablaba después de sus nietos.

Mi vecina de apartamento, una viuda con una hija de seis años llamada Aliónushka, de maravillosos ojos azules (ya te he escrito alguna vez sobre ella), pues bien, esta vecina vino a verme y me dijo:

—Anna Semiónovna, le pido que para la tarde haya retirado las cosas de su habitación, voy a instalarme en ella.

—Muy bien —le respondí—, entonces yo me instalaré en la suya.

—No, usted se instalará en el cuarto trasero de la cocina. Me negué en redondo; allí no había estufa, ni ventana siquiera.

Me fui a la policlínica y, al volver, resultó que me habían forzado la puerta y mis cosas habían sido arrojadas en el interior de aquel cuartucho. Mi vecina me dijo: «Me he quedado su sofá, de todas maneras no cabe en su nuevo cuarto».

Asombroso, se trata de una mujer con estudios, diplomada en una escuela de artes y oficios, y su difunto marido era un hombre bueno y tranquilo, que trabajaba de contable en la Ukoopspilka. «Usted está fuera de la ley», me dijo la mujer como si aquello supusiera un gran provecho para ella. Su pequeña Aliónushka se sentó conmigo toda la tarde y yo le estuve contando cuentos. La niña no quería irse a dormir, de modo que su madre se la llevó en brazos. Así fue la fiesta de inauguración de mi nuevo hogar. Luego, Vítenka, abrieron de nuevo la policlínica. A mí y a otro médico judío nos despidieron. Fui a pedir la mensualidad que no había cobrado pero el nuevo responsable me dijo: «Stalin le pagará lo que usted haya ganado bajo el régimen soviético; escríbale, pues, a Moscú». Una enfermera, Marusia, me abrazó lamentándose con voz queda: «Dios mío, Dios mío, qué va a ser de usted, qué va a ser de todos ustedes». El doctor Tkachev me estrechó la mano. No sé lo que resulta más duro, si la alegría maliciosa de unos o las miradas compasivas de otros, como si estuvieran ante un gato sarnoso, moribundo. Nunca imaginé que me tocaría vivir algo semejante.

Muchas personas me han dejado estupefacta. Y no sólo personas ignorantes, amargadas, analfabetas. He aquí, por ejemplo, un profesor jubilado, de setenta y cinco años, que siempre preguntaba por ti, me pedía que te diera saludos de su parte, y decía hablando de ti: «Es nuestro orgullo». En estos días malditos, al encontrarse conmigo por la calle, no me saludó, me dio la espalda. Luego me enteré de que en una reunión en la Kommandantur había declarado: «Ahora el aire se ha purificado, al fin ha dejado de oler a ajo». ¿Por qué? ¿Por qué ha hecho eso? Esas palabras le ensucian. Y en la misma reunión cuántas calumnias vertidas contra los judíos… Sin embargo, Vítenka, no todos participaron en esa reunión. Muchos rehusaron. Y, ¿sabes?, por mi experiencia de la época zarista siempre había pensado que el antisemitismo estaba ligado al patrioterismo de los hombres de la Liga del Arcángel San Miguel. Pero ahora he constatado que los hombres que claman por liberar a Rusia de los judíos son los mismos que se humillan ante los alemanes y se comportan como deplorables lacayos, estos hombres están dispuestos a vender Rusia por treinta monedas de plata alemanas. Gentes zafias llegadas de los arrabales se apoderan de los apartamentos, las mantas, los vestidos; personas como ellos, con total seguridad, son los que mataban a los médicos durante las revueltas del cólera. Y hay también otros seres, cuya moral se ha atrofiado, seres dispuestos a consentir cualquier crimen con tal que no se sospeche que están en desacuerdo con las autoridades.

Vienen a verme amigos a cada momento para traerme noticias, todos tienen mirada de loco, deliran. Una extraña expresión se ha puesto de moda: «esconder las cosas». Por alguna razón, el escondite del vecino parece más seguro que el propio. Todo eso me recuerda a cierto juego infantil.

Pronto se anunció la creación de un gueto judío; cada persona tenía derecho a llevar consigo quince kilos de objetos personales. En las paredes de las casas fijaron unos pequeños carteles amarillos: «Se ordena a todos los judíos que se trasladen al barrio de Ciudad Vieja antes de las seis de la tarde del 15 de julio de 1941». Para todo aquel que no obedeciese, la pena capital.

Así que, Vítenka, yo también me puse a preparar mis cosas. Cogí una almohada, algo de ropa blanca, la tacita que un día me regalaste, una cuchara, un cuchillo, dos platos. ¿Acaso necesitábamos mucho más? Cogí parte del instrumental médico. Cogí tus cartas, las fotografías de mi madre y del tío David, y también aquella donde sales tú con papá, un pequeño volumen de Pushkin, las Lettres de mon moulin, otro de Maupassant, donde está Une vie, un pequeño diccionario… Cogí Chéjov, el libro aquel donde aparece Una historia trivial y El obispo, y eso es todo: mi cesta estaba llena. Cuántas cartas te he escrito bajo este techo, cuántas noches me he pasado llorando, sí, ahora puedo decírtelo, por mi soledad.

Dije adiós a la casa, al jardincito; me senté algunos minutos bajo el árbol; dije adiós a los vecinos. Hay personas que son realmente extrañas. Dos vecinas, en mi presencia, se pusieron a discutir por mis pertenencias: cuál se quedaría con las sillas, cuál con mi pequeño escritorio; pero, en el momento de la despedida, las dos lloraron. Les pedí a unos vecinos, los Basanko, que si después de la guerra venías a buscarme te lo contaran todo con detalle. Me prometieron que así lo harían. Me conmovió Tóbik, el perro de la casa, que se mostró especialmente cariñoso conmigo la última noche. Si vuelves dale de comer por la ternura dispensada a una vieja judía.

Cuando me disponía a emprender el camino y me preguntaba cómo me las iba a apañar para cargar con mi cesta hasta la Ciudad Vieja, apareció de improviso un antiguo paciente mío llamado Schukin, un hombre sombrío y, creía yo, de corazón duro. Se ofreció a llevarme la cesta, me dio trescientos rublos y me dijo que una vez por semana me llevaría pan a la alambrada. Trabaja en una imprenta; no lo habían llamado a filas debido a una enfermedad ocular. Antes de la guerra había venido a curarse a mi consulta, y si me hubieran propuesto que diera nombres de personas puras y sensibles, habría dado decenas de nombres antes que el suyo. Sabes, Vítenka, después de su visita volví a sentir que era un ser humano. Los perros ya no eran los únicos que mostraban una actitud humana.

Schukin me contó que en la imprenta de la ciudad se estaba imprimiendo un bando: se prohíbe a los judíos andar por las aceras; deben llevar una estrella amarilla de seis puntas cosida en el pecho; no tienen derecho a utilizar el transporte colectivo ni los baños públicos, no pueden acudir a los consultorios médicos ni ir al cine; se les prohíbe comprar mantequilla, huevos, leche, bayas, pan blanco, carne y todas las verduras excepto patatas; las compras en el mercado se autorizan sólo después de las seis de la tarde (cuando los campesinos han abandonado ya el mercado). La Ciudad Vieja será rodeada de alambradas y se prohibirá toda salida, salvo bajo escolta para realizar trabajos forzados. Cualquier ruso que cobije en su casa a un judío será fusilado, de la misma manera que si hubiera escondido a un partisano.

El suegro de Schukin, un viejo campesino procedente de Chudnov, un shtetl cercano a la ciudad, había visto con sus propios ojos cómo los alemanes llevaron en manada hasta el bosque a todos los judíos del lugar, provistos de sus hatillos y maletas; durante todo el día no dejaron de oírse disparos y gritos terribles. Ni un solo judío regresó. Los alemanes, que se alojaban en casa del suegro de Schukin, regresaron bien entrada la noche; estaban borrachos y siguieron bebiendo y cantando hasta la madrugada mientras se repartían broches, anillos, brazaletes delante de las narices del viejo. No sé si se trata de un hecho aislado y fortuito o del presagio de lo que nos depara el futuro.

Qué triste fue, hijo mío, mi camino hacia el gueto medieval. Atravesaba la ciudad donde había trabajado durante veinte años. Primero pasamos por la calle Svechnaya, completamente desértica. Pero cuando llegamos a la calle Nikólskaya vi a cientos de personas, todas ellas dirigiéndose al maldito gueto. La calle se tornó blanca por los hatillos y las almohadas. Los enfermos eran llevados del brazo por sus acompañantes. Al padre del doctor Margulis, paralítico, lo transportaban sobre una manta. Un joven llevaba a una viejecita en brazos, le seguían su mujer e hijos cargando con los hatillos a la espalda. Gordon, un hombre entrado en carnes y que respiraba con dificultad, responsable de una tienda de ultramarinos, se había puesto un abrigo con cuello de piel y el sudor le corría por la cara. Me impresionó especialmente un joven: caminaba sin llevar fardo alguno, con la cabeza erguida, manteniendo ante sí un libro abierto, el rostro sereno y altivo. Pero ¡qué locas y aterrorizadas parecían las personas que estaban a su lado! Avanzábamos por la calzada mientras los habitantes de la ciudad permanecían de pie en las aceras, mirándonos pasar.

Durante un rato anduve al lado de los Margulis y oí los suspiros de compasión de las mujeres. Pero había quien se reía de Gordon y de su abrigo de invierno, aunque te aseguro que el aspecto que presentaba era más espantoso que divertido. Vi muchas caras conocidas. Algunos me hacían un ligero gesto con la cabeza, despidiéndose; otros desviaban la mirada. Me parece que en aquella muchedumbre no había miradas indiferentes; había ojos curiosos, despiadados y, algunas veces, vi ojos anegados de lágrimas.

Yo veía a dos gentíos: uno constituido por los judíos, hombres enfundados en abrigos, con los gorros calados y mujeres con pañuelos en la cabeza, y otro, en las aceras, con ropa de verano. Blusas claras, hombres sin chaquetas, algunos con camisas bordadas a la ucraniana. Parecía incluso que para los judíos que desfilaban por la calle el sol se negara a brillar, como si caminaran a través del frío de una noche de diciembre.

En la entrada del gueto me despedí de mi acompañante y él me señaló el lugar de la alambrada donde nos encontraríamos.

¿Sabes, Vítenka, lo que sentí al hallarme detrás de las alambradas? Esperaba sentir terror. Pero, figúratelo, en realidad me sentí aliviada dentro de aquel redil para ganado. No pienses que es porque tengo alma de esclava. No, no. Me sentía así porque todo el mundo a mi alrededor compartía mi destino. En el gueto ya no estaba obligada a andar por la calzada, como los caballos; la gente no me miraba con odio; y los que me conocían no apartaban los ojos de mí ni evitaban toparse conmigo. En este redil todos llevamos el sello con el que nos han marcado los fascistas, y por esa razón el sello no me quema tanto en el alma. Aquí ya no me siento como una bestia privada de derechos, sino como una mujer desdichada. Y es más fácil de sobrellevar.

Me instalé junto a un colega, el doctor Sperling, en una casita de adobe compuesta por dos cuartuchos. Sperling tiene dos hijas ya adultas y un varón de unos doce años llamado Yura. Muchas veces me quedo contemplando la cara delgaducha de ese niño, sus grandes ojos tristes. Dos veces por equivocación le llamé Vitia y él me corrigió: «No soy Vitia, mi nombre es Yura».

¡Qué diferentes son los hombres entre sí! Sperling, a sus cincuenta y ocho años, rebosa energía. Se las ha arreglado para conseguir colchones, queroseno y una carretada de leña. Por la noche le trajeron a casa un saco de harina y medio de judías. Se alegra de sus éxitos como un jovenzuelo. Ayer colgó en las paredes unos pequeños tapices. «No es nada, no es nada, sobreviviremos —repetía—. Lo más importante es hacerse con reservas de comida y leña.»

Me dijo que era preciso organizar una escuela en el gueto. Me propuso incluso que impartiera clases de francés a Yura y me pagaría un plato de sopa por clase. Estuve conforme.

Fania Borísovna, la gorda mujer de Sperling, suspira: «Estamos perdidos, todo está perdido»; pero eso no quita para que siga de cerca a su hija mayor, Liuba, un ser amable y bondadoso, no vaya a ser que dé a alguien un puñado de judías o una rebanada de pan. La menor, Alia, el ojito derecho de la madre, es un verdadero engendro de Satanás —autoritaria, avara, recelosa—, se pasa el día gritando a su padre y a su hermana. Antes de la guerra vino a hacerles una visita desde Moscú y quedó aquí atrapada.

¡Dios mío, qué miseria por todas partes! ¡Que vengan esos que hablan de las riquezas de los judíos y que afirman que siempre tienen guardado dinero para los malos tiempos, que vengan a la Ciudad Vieja! Aquí están los malos tiempos, peores no puede haberlos. Pero en la Ciudad Vieja no se concentran únicamente los recién mudados con sus quince kilos de equipaje, aquí han vivido siempre artesanos, viejos, obreros, enfermeras… ¡En qué terribles condiciones de hacinamiento viven estas gentes! ¡Y qué clase de comida se llevan a la boca! Si pudieras ver las chozas medio en ruinas, ya casi forman parte de la tierra.

Vítenka, veo aquí a tantas personas malas, codiciosas, deshonestas, capaces de las más pérfidas traiciones. Anda por ahí un hombre espantoso, un tal Epstein, que vino a parar aquí desde alguna ciudad polaca; lleva un brazalete en la manga y acompaña a los alemanes durante los registros, colabora en los interrogatorios, se emborracha con los politsai  ucranianos y lo envían por las casas a extorsionar vodka, dinero, comida. Lo he visto una o dos veces; es un hombre de estatura alta, apuesto, elegante en su traje color crema, incluso la estrella amarilla cosida a su americana parece un crisantemo.

Pero quería contarte otra cosa. Yo nunca me he sentido judía; de niña crecí rodeada de amigas rusas, mis poetas preferidos eran Pushkin y Nekrásov, y la obra de teatro con la que lloré junto a todo el auditorio de la sala, en el Congreso de Médicos Rurales, fue Tío Vania, la producción de Stanislavski. Una vez, Vítenka, cuando era una chiquilla de catorce años, mi familia se disponía a emigrar a América del Sur. Yo le dije a papá: «No abandonaré Rusia, antes preferiría ahogarme». Y no me fui.

Y ahora, en estos días terribles, mi corazón se colma de ternura maternal hacia el pueblo judío. Nunca antes había conocido ese amor. Me recuerda al amor que te tengo a ti, mi querido hijo.

Visito a los enfermos en sus casas. Decenas de personas, ancianos prácticamente ciegos, niños de pecho, mujeres embarazadas, todos viven apretujados en un cuartucho diminuto. Estoy acostumbrada a buscar en los ojos de la gente los síntomas de enfermedades, los glaucomas, las cataratas. Pero ahora ya no puedo mirar así en los ojos de la gente, en sus ojos sólo veo el reflejo del alma. ¡Un alma buena, Vítenka! Un alma buena y triste, mordaz y sentenciada, vencida por la violencia pero, al mismo tiempo, triunfante sobre la violencia. ¡Un alma fuerte, Vitia! Si pudieras ver con qué consideración me preguntan sobre ti las personas ancianas. Con qué afecto me consuelan personas ante las que no me he lamentado de nada, personas cuya situación es peor que la mía.

A veces me parece que no soy yo la que está visitando a un enfermo, sino al contrario, que las personas son amables doctores que curan mi alma. Y de qué manera tan conmovedora me ofrecen por mis cuidados un trozo de pan, una cebolla, un puñado de judías.

Créeme, Vítenka, no son los honorarios por una consulta. Se me saltan las lágrimas cuando un viejo obrero me estrecha la mano, mete en una pequeña bolsa dos o tres patatas y me dice: «Vamos, doctora, vamos, se lo ruego». Hay en esto algo puro, paternal, bueno; pero no puedo transmitírtelo con palabras.

No quiero consolarte diciendo que la vida aquí ha sido fácil para mí, te sorprenderá que mi corazón no se haya desgarrado de dolor. Pero no te atormentes pensando que he padecido hambre. No he pasado hambre ni una sola vez. Tampoco me he sentido sola.

¿Qué puedo decirte de los seres humanos, Vitia? Me sorprenden tanto por sus buenas cualidades como por las malas. Son extraordinariamente diferentes, aunque todos conocen un idéntico destino. Imagínate a un grupo de gente bajo un temporal: la mayoría se afanará por guarecerse de la lluvia, pero eso no significa que todos sean iguales. Incluso en esa tesitura cada cual se protege de la lluvia a su manera…

El doctor Sperling está convencido de que la persecución contra los judíos es temporal y cesará cuando concluya la guerra. Muchos, como él, comparten ese parecer, y he observado que cuanto más optimistas son las personas más ruines y egoístas se vuelven. Si alguien entra mientras están comiendo, Alia y Fania Borísovna esconden enseguida la comida.

Los Sperling me tratan muy bien, tanto más cuanto que yo soy de poco comer y aporto más comida de la que consumo. Pero he decidido marcharme, me resultan desagradables. Estoy buscándome un rinconcito. Cuanta más tristeza hay en un hombre y menor es su esperanza de sobrevivir, mejor, más generoso y bueno es éste.

Los pobres, los hojalateros, los sastres que se saben condenados a morir son más nobles, desprendidos e inteligentes que aquellos que se las ingenian para aprovisionarse de comida. Las maestras jovencitas; Spielberg, el viejo y estrambótico profesor y jugador de ajedrez; las tímidas chicas que trabajan en la biblioteca; el ingeniero Reivich, débil como un niño, que sueña con armar al gueto con granadas de fabricación casera… ¡Qué personas tan admirables, qué poco prácticas, agradables, tristes y buenas!

Me he dado cuenta de que la esperanza casi nunca va ligada a la razón; está privada de sensatez, creo que nace del instinto.

Las personas, Vitia, viven como si les quedaran largos años por delante. Es imposible saber si es estúpido o inteligente, es así y basta. Yo también he acatado esa ley. Dos mujeres procedentes de un shtelt cuentan exactamente lo mismo que contaba mi amigo. Los alemanes están exterminando a todos los judíos del distrito, sin compadecerse de niños o ancianos. Los alemanes y los politsai llegan en vehículos, toman a algunas decenas de hombres para hacerlos trabajar en el campo, les ordenan cavar fosas, y luego, dos o tres días más tarde, los alemanes conducen a todos los judíos hasta esas fosas y fusilan a todos sin excepción. Por doquier, en los alrededores de la ciudad, están surgiendo estos túmulos judíos.

En la casa de al lado vive una chica polaca. Cuenta que en su país las masacres de judíos no se interrumpen ni un instante, son aniquilados del primero al último. Sólo han logrado sobrevivir judíos en algunos guetos de Varsovia, Lodz, Radom. Cuando me he parado a pensarlo, he comprendido perfectamente que no nos han congregado aquí para conservarnos con vida, como bisontes en la reserva del bosque de Biarowieia, sino como ganado que enviarán al matadero.

Conforme al plan, nuestro turno debe de estar previsto para dentro de una o dos semanas. Pero, imagínatelo, aún comprendiendo eso, sigo curando a los enfermos y les digo: «Si se lava el ojo regularmente con esta loción, dentro de dos o tres semanas estará curado». Examino a un viejo que dentro de seis meses o un año podría ser operado de cataratas. Continúo dando clases de francés a Yura, me desmoraliza su pésima pronunciación.

Entretanto los alemanes irrumpen en el gueto y desvalijan, los centinelas se divierten disparando contra los niños detrás de las alambradas y cada vez más gente corrobora que nuestro destino se decidirá el día menos pensado. Y así es, la vida continúa. Hace unos días se celebró incluso una boda. Los rumores se multiplican por decenas. Ahora un vecino me informa, ahogándose de alegría, de que nuestras tropas han tomado la ofensiva y que los alemanes se retiran. O bien circula el rumor de que el gobierno soviético y Churchill han presentado a los alemanes un ultimátum, y que Hitler ha dado la orden de que no se mate a más judíos.

Otras veces dicen que los judíos serán intercambiados por prisioneros de guerra alemanes.

Así, en ningún otro lugar del mundo hay más esperanza que en el gueto. El mundo está lleno de acontecimientos, y todos esos acontecimientos tienen el mismo sentido y el mismo propósito: la salvación de los judíos. ¡Qué riqueza de esperanza! Y la fuente de esa esperanza es sólo una: el instinto de vida que, sin lógica alguna, se resiste al terrible hecho de que todos vamos a perecer sin dejar rastro. Miro a mi alrededor y simplemente no puedo creerlo: ¿es posible que todos nosotros seamos sentenciados a muerte, que estemos a punto de ser ejecutados? Los peluqueros, los zapateros, los sastres, los médicos, los fumistas…, todos siguen trabajando. Se ha abierto incluso una pequeña maternidad, o para ser exactos, algo que se le parece. Se hace la colada y se tiende en cordeles, se prepara la comida, los niños van a la escuela desde el primero de septiembre y las madres preguntan a los maestros sobre las notas de sus hijos.

El viejo Spielberg ha llevado varios libros a encuadernar. Alia Sperling realiza a diario su gimnasia matutina; cada noche, antes de acostarse, se enrolla el cabello en bigudíes; y riñe con su padre por dos retales de tela que quiere para hacerse unos vestidos de verano.

También yo mantengo mi tiempo ocupado de la mañana a la noche. Visito a los enfermos, doy clases, zurzo mi ropa, hago la colada, me preparo para hacer frente al invierno: le pongo relleno de guata a mi abrigo de otoño. Escucho los relatos sobre los terribles castigos que se infligen a los judíos: la mujer de un consultor jurídico que conozco fue golpeada hasta perder el conocimiento por haber comprado un huevo de pato para su hijo; a un niño, el hijo de Sirota, el farmacéutico, le dispararon en el hombro cuando trataba de deslizarse por debajo de la alambrada para recuperar su pelota. Y luego, otra vez, rumores, rumores, rumores…

Lo que ahora te cuento, sin embargo, no es un rumor. Hoy los alemanes vinieron y se llevaron a ochenta jóvenes para trabajar el campo, supuestamente para recoger patatas. Algunos incluso se alegraron imaginando que podrían traer unas pocas patatas para la familia. Pero yo comprendí al instante a qué se referían los alemanes con patatas.

La noche en el gueto es un tiempo aparte, Vitia. Tú sabes, querido hijo, que siempre te he enseñado a decirme la verdad, un hijo siempre debe decir la verdad a su madre. Pero también una madre debe decir la verdad a su hijo. No te imagines, Vítenka, que tu madre es una mujer fuerte. Soy débil. Me da miedo el dolor y tiemblo cuando me siento en el sillón del dentista. De niña me daban miedo los truenos y la oscuridad. Ahora que soy vieja, tengo miedo de las enfermedades, de la soledad; temo que si enfermara no podría trabajar más y me convertiría en una carga para ti y que tú me lo harías sentir. Tenía miedo de la guerra. Ahora, por las noches, Vitia, se apodera de mí un terror que me hiela el corazón. Me espera la muerte. Siento deseos de llamarte, de pedirte ayuda.

Cuando eras pequeño, solías correr a mí en busca de protección. Ahora, en estos momentos de debilidad, quisiera esconder mi cabeza entre tus rodillas para que tú, inteligente y fuerte, me defendieras, me protegieras. No siempre soy fuerte de espíritu, Vitia, soy débil. Pienso a menudo en el suicidio, pero algo me retiene, no sé si es debilidad, fuerza o bien una esperanza absurda…

Pero ya es suficiente. Me estoy durmiendo y comienzo a soñar. A menudo veo a mi madre, hablo con ella. La pasada noche vi en sueños a Sasha Sháposhnikova en la época que vivimos juntas en París. Pero contigo no he soñado ni una sola vez, aunque pienso en ti sin cesar, incluso en los momentos de angustia más terrible. Me despierto y de repente veo el techo, entonces recuerdo que los alemanes han ocupado nuestra tierra, que soy una leprosa, y me parece que no me he despertado sino, al contrario, que me acabo de dormir y estoy soñando.

Pero pasan algunos minutos y oigo a Alia discutir con Liuba sobre a quién le toca ir al pozo por agua, oigo a alguien contar que durante la noche, en la calle de al lado, los alemanes fracturaron el cráneo a un viejo.

Una chica que conozco, alumna del Instituto Técnico de Pedagogía, vino a buscarme para que fuera a examinar a un enfermo. Resulta que la chica escondía a un teniente con una herida en un hombro y un ojo quemado. Un joven dulce, demacrado, con un fuerte acento del Volga. Había pasado por debajo de las alambradas durante la noche y había hallado refugio en el gueto. La herida del ojo no era demasiado grave y pude cortar la supuración. Me habló largo y tendido sobre los combates, la retirada de nuestras tropas; sus historias me deprimieron. Quiere restablecerse cuanto antes y volver, cruzando la línea, al frente. Varios jóvenes tienen la intención de partir con él, uno de ellos fue alumno mío. ¡Ay, Vítenka, si pudiera ir con ellos! Fue un enorme placer ayudar a ese joven: sentí que también yo participaba en la guerra contra el fascismo. Le llevamos patatas, pan, judías, y una anciana le tricotó un par de calcetines de lana.

Hoy se ha vivido un día lleno de dramatismo. Ayer Alia se las ingenió, a través de una conocida rusa, para hacerse con el pasaporte de una joven rusa, muerta en el hospital. Esta noche Alia se irá. Y hoy hemos sabido de boca de un campesino amigo que pasaba cerca del recinto del gueto que los judíos a los que enviaron a recoger patatas están cavando fosas profundas a cuatro kilómetros de la ciudad, cerca del aeródromo, en el camino a Romanovka. Vitia, recuerda ese nombre: allí encontrarás la fosa común donde estará sepultada tu madre.

Incluso Sperling lo ha comprendido. Ha estado pálido todo el día, los labios le temblaban y me ha preguntado, desconcertado: « ¿Hay esperanza de que dejen con vida al personal cualificado?». Se dice, en efecto, que en algunos lugares no han ejecutado a los mejores sastres, zapateros y médicos.

A pesar de todo, esta misma noche, Sperling ha llamado al viejo que repara las estufas y éste le ha habilitado un escondrijo en la pared para la harina y la sal. Yura y yo estuvimos leyendo Lettres de mon moulin. ¿Te acuerdas de cuando leíamos en voz alta mi cuento favorito, «Les vieux», e intercambiábamos miradas, nos echábamos a reír y se nos llenaban los ojos de lágrimas? Después le dicté a Yura las clases que tenía que aprender para pasado mañana. Así debe ser. Pero qué dolor sentí cuando miré la carita triste de mi alumno, sus dedos anotando en la libretita los números de los párrafos de gramática que le había puesto de deberes.

Y cuántos niños hay aquí: ojos maravillosos, cabellos rizados oscuros. Entre ellos habría, probablemente, futuros científicos, físicos, profesores de medicina, músicos, incluso poetas.

Los veo cuando corren a la escuela por la mañana, tienen un aire serio impropio de su edad y unos trágicos ojos desencajados en la cara. A veces comienzan a armar alboroto, se pelean, se ríen a carcajadas, pero entonces, más que producirme alegría, el espanto se adueña de mí.

Dicen que los niños son el futuro, pero ¿qué se puede decir de estos niños? No llegarán a ser músicos ni zapateros ni talladores. Y esta noche me hice una idea clara de cómo este mundo ruidoso, de papás barbudos, atareados, de abuelas refunfuñonas que hornean melindres de miel y cuellos de ganso, el mundo entero de las costumbres nupciales, los proverbios, las celebraciones del sabbat, desaparecerá para siempre bajo tierra, y después de la guerra la vida se reanudará, y nosotros ya no estaremos, nos habremos extinguido al igual que se extinguieron los aztecas.

El campesino que nos trajo la noticia de la preparación de las fosas comunes nos contó que su mujer se había pasado la noche llorando y lamentándose: «Saben coser y fabricar zapatos, curten la piel, reparan relojes, venden medicinas en la farmacia… ¿Qué pasará cuando los hayan matado a todos?».

Con qué claridad me imaginé a alguien, una persona cualquiera, pasando delante de las ruinas y diciendo: « ¿Te acuerdas? Aquí vivía un judío, un reparador de estufas llamado Boruj. Las tardes de los sábados su vieja mujer se sentaba en un banco y, alrededor de ella, los niños jugaban». Y otro diría: «Y allí, bajo el viejo peral, se solía sentar una doctora, no recuerdo su apellido, pero una vez fui a verla para que me curara los ojos. Después del trabajo sacaba una silla de mimbre y se ponía a leer un libro». Así será, Vitia.

Después fue como si un soplo de espanto hubiera atravesado los rostros de las gentes: todos comprendimos que se acercaba el final.

Vítenka, quiero decirte… no, no es eso, no es eso.

Vítenka, termino ya la carta y voy a llevarla al límite del gueto, se la entregaré a mi amigo. No es fácil interrumpir esta carta, ésta es mi última conversación contigo, y cuando la haya entregado me habré apartado de ti definitivamente, nunca sabrás lo que han sido mis últimas horas. Ésta es nuestra última despedida. ¿Qué puedo decirte antes de separarme de ti para siempre? en estos últimos días, como durante toda mi vida, tú has sido mi alegría. Por la noche me acordaba de ti, de la ropa que llevabas de niño, de tus primeros libros; me acordaba de tu primera carta, tu primer día de escuela; todo, me acordaba de todo, desde tus primeros días de vida hasta la más nimia noticia que recibí de ti, el telegrama que recibí el 30 de junio. Cerraba los ojos y me parecía, querido mío, que me protegías del horror que se avecinaba sobre mí. Pero cuando pienso lo que está ocurriendo, me alegro de que no estés a mi lado y que no tengas que conocer este horrible destino.

Vitia, yo siempre he estado sola. Me he pasado noches en blanco llorando de tristeza. Pero nadie lo sabía. Me consolaba la idea de que un día te contaría mi vida. Te contaría por qué tu padre y yo nos separamos, por qué durante todos estos largos años he vivido sola. Pensaba a menudo: « ¡Cuánto se sorprenderá Vitia al saber que su madre ha cometido errores, ha hecho locuras, que era celosa y que inspiraba celos, que su madre era igual que todas las jóvenes!». Pero mi destino es acabar la vida sola, sin haberla compartido contigo. A veces pensaba que no debía vivir lejos de ti, que te quería demasiado, que ese amor me daba derecho a vivir mi vejez junto a ti. A veces pensaba que no debía vivir contigo, que te quería demasiado.

Bueno, en fin… Que seas feliz siempre con aquellos que amas, con los que te rodean, con los que han llegado a estar más cerca de ti que tu madre. Perdóname.

De la calle llegan llantos de mujer, improperios de los policías, y yo, yo miro estas páginas y me parece que me protegen de un mundo espantoso, lleno de sufrimiento.

¿Cómo poner punto final a esta carta? ¿De dónde sacar fuerzas, hijo mío? ¿Existen palabras en este mundo capaces de expresar el amor que te tengo? Te beso, beso tus ojos, tu frente, tu pelo.

Recuerda que el amor de tu madre siempre estará contigo, en los días felices y en los días tristes, nadie tendrá nunca el poder de matarlo.

Vítenka… Ésta es la última línea de la última carta de tu madre. Vive, vive, vive siempre…

MAMÁ.

(Fragmento utilizado para trabajos de promoción de lectura. No tiene fines comerciales)

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He terminado de leer Insensatez de Horacio Castellanos Moya. Una novela que retrata el horror y la desesperación a través de la ironía. Un juego de humor negro y erotismo entretejido en prosas interminables que trasmiten la sensación de asfixia, la velocidad del narrador, un joven que acepta un trabajo de corrección de estilo de un informe monumental donde están plasmados los testimonios de indios sobrevivientes de una masacre ejecutada por grupos militares. «Yo no estoy completo de la mente, decía la frase que subrayé con el marcador amarillo, y que hasta pasé en limpio en mi libreta personal, porque no se trataba de cualquier frase, mucho menos de una ocurrencia, de ninguna manera, sino de la frase que más me impactó en la lectura realizada durante mi primer día de trabajo, de la frase que me dejó lelo en la primera incursión en esas mil cien cuartillas impresas casi de a renglón seguido, depositadas sobre lo que sería mi escritorio por mi amigo Erick, para que me fuera haciendo una idea de la labor que me esperaba». Así empieza la novela.

En la Insensatez hay una relación clara entre la crítica y la ficción, el relato testimonial como documento histórico, así como el uso del poder mediante el ejercicio de la escritura, práctica que moldea la memoria de las víctimas y los hechos violentos, en la medida que legitima la postura de quien escribe, sometiendo al lector a cuestionar la brecha que existe entre los hechos reales y la manera en que se narran las cosas. De igual forma, la estructura de la novela responde a necesidades no solo técnicas sino también estéticas, ajustadas a los fines de presentación de la obra: largos párrafos que prescinden de manchas de texto, un ejercicio bernhardiano que sirve para transmitir una forma acelerada y paranoica de conducir una trama, mediante una voz que solo puede desenvolverse en un terreno monolítico, sin ningún tipo de interrupciones. Donde la coma no solo establece ritmos sino que engancha al lector con la angustia del narrador, junto a su oficio de corrección en un lugar donde la realidad misma comprende una trama incorregible.

Era la totalidad de los habitantes de ese país la que no estaba completa de la mente, lo cual me condujo a una conclusión aun peor, más perturbadora, y es que sólo alguien fuera de sus cabales podía estar dispuesto a trasladarse a un país ajeno cuya población estaba incompleta de la mente para realizar una labor que consistía precisamente en editar un extenso informe de mil cien cuartillas en el que se documentaban las centenares de masacres, evidencia de la perturbación generalizada. Yo tampoco estoy completo de la mente, me dije entonces.

La violencia es un género ampliamente abordado en la narrativa latinoamericana. Este acercamiento al escritor Horacio Castellanos Moya nos plantea, además de una propuesta estilista y argumental desde Centro América, un bosquejo de la realidad de los países en el continente hispano en general; no solo tenemos en común el idioma y las torturas, también la condición reverberante de la invisibilidad, posible gracias a la docilidad con que permitimos que fuerzas mayores narren nuestra historia, que se amputan y carnavalizan en medios de comunicación irresponsables (mediáticamente insensatos), y que para colmo definen lo que podemos llegar a ser, un cúmulo de testimonios narrados en tercera persona, editados por la censura.

Insensatez es una novela muy recomendable para problematizar acerca de la producción discursiva de la violencia y la hipocresía global, así como las formas de presentar dichos reclamos desde el dominio consciente del estilo. El autor se vale de esto para asumir mediante el sarcasmo escrito la responsabilidad del arte, desclasificar las versiones oficiales en medio de tanta confusión; ataca la triada encabezaba por la Iglesia, el Estado encabezado por sus dirigente y servidores de izquierda y la ONG, que también desde su aparente labor desinteresada, solo puede abordar desde cierta distancia institucional lo irreparable. Porque no es mentira para nadie que la miseria y la desgracia, son a toda voces, una forma insensata de lucro y entretenimiento.

El trasfondo es doloroso, apenas podemos asimilar la monstruosidad de los hechos, aquellos que surgen de las descripciones horrendas del narrador, en la que mezcla sus impresiones, su temperamento regulado por un sarcasmo proporcional a su paranoia, que empata con las oraciones que saca del informe y recopila en su libreta. El corrector queda fascinado por la sintaxis de aquellos testimonios, a los que atribuye de cualidades poéticas congénitas en los indígenas sobrevivientes, atrofiados por el maltrato irreversible que nadie puede reparar: Yo no estoy completo de la mente; Porque para mi el dolor es no poder enterrarlo yo; ¡Pero siempre me siento muy cansado de que no puedo hacer nada!; Que siempre los sueños allí están todavía; Si yo me muero, no sé quién me va a enterrar; Hay momentos en que tengo ese miedo y hasta me pongo a gritar; Eran personas como nosotros a las que teníamos miedo…

Alexander JM Urrieta Solano

3120-5699-1184 (Lenguaje universal cifrado)

por Daniel Hernández

A mediados de setiembre último los diarios locales publicaron una noticia curiosa. Tratábase de un lenguaje universal creado por dos profesores italianos, los doctores Allioni y Boella, quienes asignando a cada palabra un número intentaban quebrar en forma sorprendente las barreras idiomáticas que hasta ahora dividen a los hombres.

Agregan los cables, fechados en Turín, que dichos investigadores habían publicado ya códigos de un millar de palabras en distintos idiomas, y preparaban otros con el objeto de lograr la difusión mundial del sistema.

Así nos enteramos en este país del intrigante enfoque de un problema que durante siglos ha preocupado a gramáticos y filólogos.

Lo curioso es que podíamos habernos enterado antes. Porque el verdadero creador del sistema es argentino y vive en La Plata.

Allí acudimos a verlo. El profesor Salvador De Luca es un hombre de aire modesto y hablar pausado, catedrático de cosmografía y matemáticas, y autor de numerosos trabajos de su especialidad.

—Llegan con más de tres años de retraso –dice refiriéndose jovialmente a los lingüistas italianos (y quizá también a nosotros). Luego nos aclara:

—Las bases del sistema las expuse a comienzos de 1953 en un folleto que se titulaba, precisamente, «Sobre un Lenguaje Universal Cifrado».

—¿Atribuye usted a simple coincidencia –preguntamos– el hecho de que los profesores italianos anuncien como propio el descubrimiento?

—¿Qué otra cosa podría ser? Es probable que el principio que me sirva de base, que «las ideas son comunes a todos los pueblos de la tierra», se haya vuelto contra mí. Sin embargo, creo que la prioridad que me corresponde está suficientemente documentada, no sólo por los folletos que publiqué en 1953 y los comentarios periodísticos locales que aparecieron ese año, sino también por la numerosa correspondencia que he recibido de universidades extranjeras a las que remití mis trabajos. Y finalmente, porque la iniciativa está registrada a mi nombre en la UNESCO con fecha julio de 1953 y espero que sea tratada en alguna de las próximas reuniones de ese organismo.

—¿En qué consiste su método? –inquirimos.

—Es muy simple. Desde la torre de Babel y la confusión de las lenguas, que nos refiere la Biblia, los hombres vienen buscando un medio de expresión que sea común a todos. Los esfuerzos realizados en ese campo son numerosos. El más conocido es el esperanto, creado por el ruso Zamenhof. Pero hubo otros anteriores, como el volapuk. La verdad es que todos ellos han fracasado.

—¿A qué atribuye tal fracaso?

—A que son creaciones artificiales. Y si bien están basadas en un impulso natural, el deseo de comunicación, contrarían otro impulso natural que ha demostrado ser más fuerte: la adhesión a la lengua materna, consustanciada con la adhesión al suelo nativo.

—Pero –objetamos–, ¿no es acaso imposible establecer una lengua universal sin que todos renunciemos precisamente a nuestros idiomas particulares?

—No. Ese idioma universal puede establecerse sin que nadie renuncie al propio ni aprenda otro nuevo.— No ocultamos nuestra sorpresa.

—Es muy simple –repite sonriendo–. Lo que pasa es que ese idioma universal ya existe, sólo que nosotros le damos una aplicación limitada. Es el antiquísimo lenguaje del número. Más precisamente el número natural, escrito en símbolos arábigos.

«Sostengo y éste es uno de los fundamentos de mi trabajo, que para obtener un lenguaje de carácter universal hay que prescindir en absoluto del sonido, o de la palabra hablada. En otros términos, dicho lenguaje sólo puede ser escrito. Pero no es necesario inventar los símbolos de tal escritura, puesto que ya disponemos del número arábigo, familiar a todos los pueblos del planeta.

«Si por ejemplo escribimos el número 7, cualquier habitante del mundo, a menos que sea analfabeto, entenderá lo que quiere decir. Pero no sucede lo mismo con la palabra escrita en su forma literal, puesto que si escribimos manzana, vgr., no nos entenderá un francés que ignore el castellano; para él esa fruta se llama pomme, para un inglés se llama apple, etcétera.

«Ahora bien, es posible reemplazar cada palabra escrita en forma literal por un número que equivalga a ella en cualquier idioma.

«Dicho de otro modo, las ideas o conceptos son comunes a todos los pueblos de la Tierra. Lo que difiere son las palabras que los expresan. Numerar las ideas o conceptos es crear un lenguaje universal.

—¿Cómo se logra eso?

—Basta asignar un mismo número a las palabras de distintos idiomas que designen una misma cosa. Por ejemplo, atribuir el número 133 a las palabras manzana, pomme, apple, etc., que en castellano, francés, inglés, etc., nombran la fruta que todos conocemos.

El número 133 sería así el equivalente de «manzana» en cualquier idioma conocido.

—¿Sería necesario, entonces, crear una tabla de equivalencias?

—Naturalmente.

Nos muestra el primer ensayo de tablas publicadas por él en marzo de 1953. Abarcaban el castellano, inglés, francés e italiano y constaban de doscientas nueve palabras. Posteriormente el profesor De Luca elaboró tablas más completas en los idiomas antedichos. Constan de seis mil vocablos.

Para poner en práctica el sistema es conveniente elegir un idioma «director». En la tabla correspondiente a él, o tabla «directriz», las palabras se hallan ordenadas alfabéticamente y sus equivalentes numéricos siguen el orden progresivo normal, en este caso de 1 a 6.000. Suponiendo que el idioma director sea el castellano, extractamos algunas equivalencias para que sirvan de ejemplo.

a (letra) …………1
a (preposición).2
abajo…………….3
…………………….
amo………………375
amoníaco ……..376
amor ……………377
…………………….
fanatismo………2597
fantasía …………2598
…………………….
pampa. ………….4298
pan……………….4290
…………………….
y (conjunción) .5936

Si escribimos, pues:
4290 -377 – 5936 -2598

y consultamos la tabla castellana, obtenemos: «Pan, amor y fantasía», título de una película que elegimos con fines de simplificación.

La tabla directriz es única y equivale a lo que se llama en criptografía un «código ordenado». En cambio, para los otros idiomas, hace falta una tabla doble. La primera o tabla cifrante es para transmitir mensajes; tiene las palabras ordenadas alfabéticamente y los números que les corresponden no conservan, por supuesto, el orden progresivo. La segunda, o tabla descifrante, tiene ordenados los números y no las palabras; sirve para interpretar los mensajes recibidos. El conjunto de ambas es lo que llaman los criptógrafos un código á bátons rompus («sin ton ni son»). Supongamos que un italiano quiera interpretar el texto numérico arriba citado. Consultará su tabla descifrante y hallará:

4290……………………pane
………………………………….
375…………………padrone
376……………ammoniaco
377……………………amore
………………………………….
5938 ….o (congiunzione)
………………………………….
2598 ……………….fantasía

El resultado le permitirá una inmediata (e inútil) evocación de Gina Lollobrigida…

—Estas tablas –preguntamos al profesor De Luca–, ¿no serían demasiado voluminosas e incómodas?

—Un código de seis mil palabras ocuparía el lugar de una libreta de bolsillo –nos responde inmediatamente.

—Aun así –objetamos–, ¿no es mejor un simple diccionario de bolsillo, un diccionario bilingüe?

—No, porque usted necesitaría un diccionario bilingüe para cada idioma ajeno al suyo, y hay varios centenares… La tabla tiene justamente el carácter de un diccionario universal. Con ella usted podría hacerse entender por escrito tanto en Francia como en Japón, en Inglaterra como en la India, porque en todos esos países, un mismo concepto sería expresado por un mismo número.

—¿Cuál sería la utilidad concreta de este método, en caso de que fuera aceptado internacionalmente?

—Supongamos que usted se halla en Londres, y no sabe una palabra de inglés, pero lleva consigo su libreta-código en castellano. Un agente de tránsito provisto de otro similar, en inglés, interpretará en pocos segundos cualquier mensaje escrito en números que usted le presente, y por el mismo procedimiento le dará la información que usted necesite. O usted entra en un negocio porque necesita comprar algo, digamos un sombrero. Hojea usted su libreta, busca la palabra «sombrero» y encuentra junto a ella el número 5342. Lo escribe en un papelito y lo entrega al vendedor. Este busca en su tabla el número 5342 y junto a ella encuentra la palabra hat, que le basta para saber lo que usted pide. El mismo resultado obtendrá usted en Estambul, en Tokio o en Moscú, porque, vuelvo a decirlo, la tabla es un diccionario polígloto universal. La primera ventaja, pues, sería para el turista o el viajero. Pero no la única. La clave numérica le permitiría a usted comunicarse por carta con personas de otros países que hablen cualquier idioma distinto del suyo. Sería aplicable también a las traducciones técnicas o científicas, donde la comunicación gramatical o la belleza literaria ocupan un lugar secundario. Un trabajo científico, por ejemplo podría ser comunicado en veinticuatro horas a todos los centros de estudio y universidades del mundo, mientras que su traducción a los distintos idiomas individuales absorberían un tiempo y un esfuerzo considerablemente mayores. Por último, el lenguaje numérico sería el vehículo ideal para las comunicaciones telegráficas de toda índole, desde el simple telegrama de felicitación hasta los extensos despachos cablegráficos de las agencias noticiosas, no sólo porque elimina la traducción de un idioma a otro, sino porque reduce el costo de los despachos.

—¿Qué ocurre con las diferencias de construcción en los distintos idiomas?

—La verdad es que ellas no pueden salvarse. La traducción que dan las tablas es literal, y por lo tanto, sujeta a imperfecciones gramaticales. Pero la finalidad del sistema no es obtener versiones literarias impecables, sino simplemente hallar equivalencias inteligibles.

—¿Cuántas palabras podrían codificarse? –averiguamos.

—Tantas como números existen. Y le recuerdo –añade– que la serie de los números naturales es infinita.

—¿Sería necesario codificar todas las flexiones verbales? –inquirimos–. El verbo «amar», por ejemplo, en sus distintos tiempos y modos, tiene unas ciento veinte formas. Si multiplicamos por los varios millares de verbos existentes, ¿no le parece que obtenemos un resultado más bien catastrófico?

—He pensado en esa dificultad y creo que la he solucionado –contestó sonriendo–. Una raya colocada bajo el número que reemplaza al verbo indicará que éste se halla en tiempo pasado. Una raya colocada arriba denota futuro. La ausencia de este signo indica infinitivo o presente. En cuanto a los demás accidentes del verbo, modo, número y persona, se desprenderían naturalmente del contexto. Por ejemplo, en este breve mensaje: 5947 – 5267.

«El número 5267 equivale a ser en infinitivo o en presente. Pero como el número 5947 que lo precede equivale a yo, deducimos automáticamente que el verbo se halla en primera persona del singular: soy yo.

«En cambio, 5947 – 5267 significaría yo fui. Y 5947 – 5267 debería traducirse por yo seré.

«Otras convenciones similares permitirían diferenciar el masculino de femenino o el singular del plural en sustantivos y adjetivos.

La explicación del profesor De Luca es convincente. Nuestra curiosidad periodística decide someterlo a una última inquisición. Le recordamos la existencia de códigos diplomáticos, militares, financieros y hasta telegráficos que utilizan la clave numérica.

—¿En qué se diferencia su método de esos otros, que la criptografía llama en general sistema de repertorio y que incluyen también códigos, tablas y diccionarios?

—Se diferencia en ser justamente lo contrario, no en cuanto al principio teórico utilizado, que puede ser el mismo, sino en cuanto a la aplicación que se les da. Fíjese usted: un código diplomático o militar es un instrumento secreto. Su fin es comunicar algo a una sola persona, el destinatario del mensaje, que por otra parte habla el mismo idioma del remitente. Mi sistema, en cambio, tiene por finalidad comunicar cualquier cosa a cualquier persona, aunque yo no conozca su idioma y él no conozca el mío. La verdad es que un principio muy simple ha sido colocado hasta ahora al servicio de la violencia, el engaño o el disimulo.

«Yo propongo», concluye el profesor De Luca, «que se lo coloque al servicio de la armonía y la inteligencia entre los seres humanos».*

* La nota incluía una transcripción de las tablas de recepción y transmisión (con 209) términos cada una) que aquí hemos omitido. (N. del E.)

[Este texto forma parte de la obra periodística de Rodolfo Walsh, que escribió en varias oportunidades bajo el seudónimo de Daniel Hernández. Abajo podrá encontrar un enlace para que pueda acceder al libro completo.]

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Rodolfo Walsh – El violento oficio de escribir

 

 

 

Las Correcciones

Las Correcciones (2001), del escritor norteamericano Jonathan Franzen, es un lúcido retrato de las sociedades perdidas en el consumo de las apariencias. La historia generacional de los Lambert es un reflejo de las angustias comunes de las familias contemporáneas, y la presencia imperante de una enorme tristeza, un tipo de tristeza inherente en el capitalismo, de los sueldos mínimos, televisión por cable, paraísos crediticios,  melancolía de espacios, soledad de multitudes, ofertas y antidepresivos.

Alfred Lambert, ingeniero de ferrocarriles retirado, paulatinamente se hace más inservible a causa del parkinson; pasa sus días encerrado en el sótano de su casa, en el conjunto residencial y gerontocrático de St. Jude. Enid, la mujer maniática y controladora, que luego de casi cincuenta años de matrimonio, está obsesionada con los hábitos del marido y el mantenimiento de una enorme casa imposible de administrar.  El enemigo visible de Enid era Alfred, pero quien hacía de ella una guerrillera era la casa que a ambos ocupaba. El mobiliario era de los que no admiten que nada se acumule…A Enid, por desgracia, le faltaba el temperamento necesario para mantener semejante casa, mientras que a Alfred le faltaban los recursos neurológicos. El matrimonio es una convivencia hostil basada en la corrección de los actos, en las críticas a la intimidad del otro, en la falta de cariño, en las constantes discusiones sobre cómo se deben hacer las cosas, en los riesgos y negligencias financieras, la hostilidad de la costumbre y la vejez decrépita.

Siguen los tres hijos. Gary, el mayor, el yuppie vicepresidente bancario, padre ejemplar de tres hijos mimados, con una esposa insoportable, Caroline, manipuladora y agobiante,  muy parecida a la madre de Gary, en cuanto esas vigilancias enfermizas de sus estados de ánimo. Este, a pesar de los éxitos alcanzados sufre una severa depresión y se mantiene oculto en el consumo de alcohol. Sufre en la abundancia.

El término médico, ANHEDONIA, se le presentó en uno de los libros que Caroline tenía en la mesilla de noche, titulado ¡Para sentirse estupendamente! (Ashley Tralpis, Doctora en Medicina, Doctora en Filosofía). Cuando leyó la definición de anhedonia en el diccionario, fue como si lo hubiera sabido desde siempre, como una especie de confirmación malévola: sí, sí. «Condición psíquica caracterizada por la incapacidad para obtener placer de actos normalmente placenteros» . La ANHEDONIA era algo más que una Señal de Aviso, era un síntoma con todas las de la ley. Una podredumbre seca que se extendía de placer en placer, un hongo que menoscababa el deleite del lujo y la alegría del ocio, los dos factores en que durante tantos años se había sustentado la resistencia de Gary al pensamiento de pobre de sus padres (Franzen, p. 199).

En su orden familiar busca la corrección del estilo de vida de sus padres, asumiendo una postura de control sobre su administración, ya que los considera unos inútiles, pero que  por igual pueden ser corregidos, y eso le trae un consuelo dentro de su matrimonio asfixiante. Como su padre, que pasa su depresión en un sótano, Gary se encierra en un cuarto oscuro, su laboratorio fotográfico, concentrado en la creación de un video compilatorio de Los Doscientos Mejores Momentos de los Lambert.

Gary regresó a Chestnut Hill con un notable empeoramiento de su ANHEDONIA. Como proyecto para el invierno, había estado destilando cientos de horas de vídeos caseros para recopilarlos en una cinta de dos horas, más manejable, una especie de Grandes Momentos de los Lambert de los que luego pudiera hacer buenas copias y tal vez enviarlos como tarjetas de Navidad. En la última fase de edición, según iba visionando una y otra vez sus escenas familiares preferidas y volviendo a sincronizar sus canciones preferidas (Wilde Horses, Time After Time, etc.), empezó a odiar las escenas y odiar las canciones. Y cuando, ya en el nuevo laboratorio fotográfico, puso la atención en los Doscientos Mejores Momentos de los Lambert, descubrió que tampoco le producía ningún placer la contemplación de imágenes estáticas. Se había pasado años dándole vueltas a la idea de los Grandes Momentos, pensando siempre que sería una especie de fondo mutuo perfectamente equilibrado y revisando una y otra vez, con gran satisfacción, las imágenes que a su entender mejor encajaban en el proyecto. Ahora se preguntaba a quién pretendía impresionar con esas imágenes. ¿A quién pretendía convencer, además de a sí mismo, y de qué? Sintió el extraño impulso de quemar sus viejas fotos preferidas. Pero su vida entera estaba estructurada como corrección o enmienda de la vida de su padre, y Caroline y él hacía mucho tiempo que habían llegado a la conclusión de que Alfred estaba clínicamente deprimido, y, dado que la depresión clínica tiene bases genéticas y es, en lo sustancial, hereditaria, Gary no tenía más remedio que seguir plantando cara a la anhedonia, seguir apretando los dientes, seguir haciendo todo lo posible por divertirse (Franzen, pp. 218-219).

Chip, el segundo hijo, el profesor universitario fracasado, crítico de la sociedad del consumo, amante de las tragedias de Shakespeare, envuelto en un romance con una estudiante arruina su carrera, aparentemente, ascendente como titular en un prestigioso instituto. No logra contrastar sus observaciones intelectuales con la ruina de su vida, tampoco en sus relaciones personales, es un vago itinerante. También en su trabajo está la insistente corrección de textos de un periódico incipiente, así como la dedicación a la escritura de un guión: La Academia Púrpura. Chip es el intelectual deprimido que busca la corrección en sus producciones, que por mucho que le aplique, no llega a tener resultados de calidad.

…cuando el teléfono empezó a sonar, lo primero que pensó fue que una persona deprimida debía permanecer con los ojos fijos en la pantalla del televisor, haciendo caso omiso de la llamada; y encender un cigarrillo; y, sin dar la menor muestra de afecto sentimental, verse otro episodio de dibujos animados, mientras el contestador se hacía cargo del mensaje de quienquiera que fuese.
Que su impulso consistiera, sin embargo, en ponerse en pie de un brinco y contestar el teléfono —que pudiera traicionar tan a la ligera todo un día de arduo desperdiciar el tiempo— ponía muy en tela de juicio la autenticidad de sus padecimientos. Pensó que le faltaba capacidad para quedarse sin volición y perder por completo el contacto con la realidad, como hacían todos los deprimidos en los libros y en las películas. Pensó, mientras quitaba el sonido del televisor y acudía corriendo a la cocina, que estaba fracasando hasta en la mísera tarea de fracasar como es debido (Franzen,p.98).

La vida de Chip tiene un giro cuando comienza a trabajar con Gitanas, el exesposo de su exnovia Julia, que es casi su doble, aceptando la administración de un ordenador para estafar a inversionistas occidentales que mandan dinero para la construcción y desarrollo de un país en Europa del Este, Lituania. En ese trabajo se confronta con la verdadera naturaleza del mercado, sin importar mucho sus principios y convicciones, comprende que el dinero fácil y corrupto dota de sentido las economías del mundo. No ve diferencia entre el libre mercado norteamericano y la rancia economía (pos)soviética. Ambas envilecen y degradan las sociedades con sus ofertas y regulaciones.

La tercera hija, Denise, mujer dedicada a la cocina, con fuertes confusiones acerca de su sexualidad, mezcla la hostilidad de sus relaciones con su carrera profesional, haciéndola un personaje inestable, con un fingimiento terrible y corrección constante de su pasado. Consigue una distracción saturándose de trabajo y perfeccionando sus platos, donde encuentra un forma ambigua de felicidad.

Le encantaban las horas de agobio demencial, la intensidad del trabajo, la belleza del resultado. Le encantaba la profunda quietud que seguía al barullo. Un buen equipo era como una familia electiva donde todos los integrantes del mundo culinario, tan pequeño y tan caluroso, funcionaban en pie de igualdad, donde todos los cocineros tenían un pasado o un rasgo de carácter extraño que ocultar y donde, incluso en medio de la más sudada intimidad, cada miembro de la familia disfrutaba de su ámbito privado y de su autonomía. Le encantaba todo eso (Franzen, p.446).

La mayor parte de las depresiones están formadas por sentimientos de mercado, escribe Eduardo Lalo en su novela Simone. Ciertamente que el consumo implica un entramado de relaciones que involucran un gasto exacerbado de las emociones, que oculta entre tantas experiencias sensoriales el hastío y el aburrimiento; tal vez de ahí que nuestro interés por ciertas cosas carezca de alguna consistencia, porque ya no nos resulta, ante tantas ofertas sensoriales, mantenernos concentrados en una cosa, por lo que el gasto mental por la necesidad de estar en todas partes nos deja muy cansados. En lugar de vivir las cosas, elegimos vivir la experiencia ilusoria de ellas. Alguien incapaz de gastar a cambio de placer es condenado al ostracismo del mercado.

…la burocracia se ha arrogado el derecho de adjudicar el calificativo de «patológicos» a ciertos estados mentales. La falta de ganas de gastar dinero se convierte en síntoma de una enfermedad que requiere una medicación carísima. Medicación que, luego, destruye la libido o, en otras palabras, elimina el apetito del único placer gratuito que hay en este mundo, lo que significa que el afectado tiene que invertir aún más dinero en placeres compensatorios. La definición de salud mental es estar capacitado para tomar parte en la economía de consumo. Cuando inviertes en terapia, inviertes en el hecho de comprar. Y lo que estoy diciendo es que yo, personalmente, en este mismísimo momento, estoy perdiendo la batalla contra una modernidad comercializada, medicalizada y totalitaria (Franzen, p.44).

La realidad amarga de las economías terminan corrigiendo las expectativas de los mercados, aplastando las expectativas de sus habitantes, que al mismo tiempo son corregidos mediante el consumo de antidepresivos. Tratamientos concentrados en cápsulas de felicidad, como el caso de la famosa droga Mexican-A, también conocida como Aslan (citrato de radamantina al 88% y cloruro de 3-metil radamantina al 12%),  una poderosa droga de éxtasis, cuya venta está prohibida en los Estados Unidos, pero se ofrece como producto gratuito dentro de un paquete de servicios de un Crucero. El nombre de la droga coincide de manera intencional con el personaje más importante del escritor C.S Lewis, el León Aslan. Esta y otras drogas avanzadas para corregir estados de ánimo llevan a sus consumidores a realidades falseadas por las alteraciones químicas, donde viven prácticamente en Narnia.

Uno queda perturbado por la escena de la consulta médica en el crucero donde Enid, preocupada por el estado mental de su marido, acude  al doctor Hibbard, que luego de una perorata comercial, termina convenciendo a la conservadora católica una garantía de plenitud mediante el consumo del Aslan, que ofrece a los huéspedes del crucero como tratamiento de los pesares a bordo. Gracias al Aslan Enid goza, después de muchos meses, la experiencia plena de un sueño ininterrumpido.

Aslan optimiza en dieciséis dimensiones químicas —dijo Hibbard, haciendo gala de gran paciencia—. Pero adivine qué. Lo óptimo para una persona que está disfrutando de un crucero marítimo no es óptimo para quien está funcionando en su puesto de trabajo. Las diferencias químicas son muy sutiles, pero también puede ejercerse un control muy calibrado, de modo que ¿por qué no hacerlo? Además del Aslan «Básico», Farmacopea comercializa otras siete presentaciones. Aslan «Esquí», Aslan « Hacker» , Aslan «Ultra Rendimiento» , Aslan «Adolescentes» , Aslan « Club Méditerranée» , Aslan «Años Dorados» … Y me olvido uno. Ah, sí: Aslan «California» . Con mucho éxito en Europa. En el transcurso de los dos próximos años está previsto elevar a veinte el número de presentaciones. Aslan «Súper Estudiante» , Aslan «Cortejo» , Aslan «Noches en Blanco» , Aslan «Desafío al Lector» , Aslan «Selecto» , blablá blablá. La aprobación en Estados Unidos por parte de los organismos competentes aceleraría el proceso, pero habrá que esperar sentados. Si me pregunta usted, ¿qué distingue «Crucero» de los demás Aslan?, la respuesta es: que pone el interruptor de la ansiedad en No. Baja ese pequeño indicador hasta situarlo en cero. Algo que no hace Aslan «Básico», porque en el funcionamiento cotidiano es deseable un moderado nivel de ansiedad. Yo, por ejemplo, estoy ahora con el «Básico», porque me toca trabajar (Franzen, pp. 379-380).

El Gunnar Myrlal, el crucero donde viajan la pareja de ancianos Lambert, de la Nordic Pleasurelines, es uno de los pasajes más interesantes del libro, con tributos a los autores europeos, donde las situaciones de los personajes a bordo orbitan en delicadas anécdotas y reflexiones sobre la angustia. Los huéspedes se reúnen a comer en el Salón común Søren Kierkegaard; está la Sala de Lectura Knut Hamsun, las salas Esfinge y Strindberg dedicadas a los juegos de azar, y el Bar Lagerkvist, donde Enid, junto con otra conocida, Sylvia, son atendidas por un enano con casco de cuernos y chaleco de cuero, quien logró convencerlas de que tomaran akvavit de frambuesa. Puras referencias literarias. Los tripulantes del Gunnar, casi todos mayores retirados, reflexionan sobre la tristeza, la soledad y la muerte:

El ex vicepresidente de Control de Calidad volvió a colocarse las gafas en su sitio de la nariz y miró a Alfred.
—Me gustaría saber si la razón de que estemos tan deprimidos está en la ausencia de fronteras. Ya no podemos seguir creyendo que hay a sitios donde nadie ha estado nunca. No sé si no estará creándose una especie de depresión colectiva, en el mundo entero (Franzen, p. 389).

…nuestra cultura otorga demasiada importancia a los sentimientos, […] que hemos perdido el control, que no son los ordenadores quienes están convirtiéndolo todo en virtual, que es la salud mental. Todos andamos empeñados en corregir nuestras ideas y en mejorar nuestros sentimientos y en trabajarnos las relaciones y la capacidad para educar a los hijos, en vez de hacer como se ha hecho toda la vida, es decir, casarnos y tener hijos y ya está […] Nos estamos dando con la cabeza en el último techo de la abstracción, porque nos sobran el tiempo y el dinero […] De modo que […] hemos dejado de estar de acuerdo en cuanto a qué es lo importante en esta vida. (Franzen, p.365)

¿Los hijos pueden corregir los errores de sus padres? ¿De qué manera ejercemos un laborioso trabajo de corrección sobre los hijos? Lo que se descubre sobre uno mismo cuando se educa a los hijos no es siempre agradable o atractivo. Pasamos mucho tiempo corrigiéndonos y corrigiendo a otros de manera a veces desconsiderada, para luego darnos cuentas que muchas cosas que dejamos por sentada las hicimos mal, todo lo que hemos hecho estuvo mal, y encima seguimos haciendo las cosas mal, y hacemos de la vida una versión falsa de lo que creímos haber corregido en otros y en nosotros. Queremos con insistencia corregir eso falso de nosotros, para evitar la espesura que convive a veces en nuestras rutinas de mentira, aplazando con cinismo la única y compleja corrección de nosotros: la corrección verdadera, la que nos hace seres auténticos dignos del error.

El tiempo pasa y tenemos que asumir después las consecuencias de tantos aplazamientos y demoras, padres e hijos, pensando ya muy tarde que se estuvo cerca, demasiado cerca de la corrección, sacando cuenta de los inventarios, de los sacrificios que llevó todo eso, pero que realmente nunca se hizo tal reparo. Honestamente, uno piensa que hay padres que no deberían existir, pero esas referencias son necesarias para asimilar lo complejo del asunto, y que el mundo afortunadamente no es como nos parece, sino que es como es, resultado de tantas empresas arduas de corrección, presente en nuestras economías patéticas, instituciones ortopédicas, rayados y semáforos, leyes domésticas, publicidades enervantes y manuales místicos, garantías posibles de felicidad, de soluciones provenientes de lineas de ensamblaje.

Conducimos nuestra vida en función de las correcciones, y el mundo se forja en la reducción de esos pequeños detalles, los regaños, las humillaciones, tantos silencios confusos de nuestras actitudes supuestamente neutrales ante una situación, de una manera de comunicarnos para hacer una observación de cualquier forma de corrección. Casi siempre la comunicación familiar es el resultado de un fracaso a la hora de comunicarse, basta solo un gesto y detalle impreso en alguna frase sencilla, en alguna cosa no dicha, para mandar abajo todo eso que pensamos se había corregido. Pero sucede que en los mejores momentos familiares, tal vez en los menos deprimentes, los que quedan en las anécdotas valiosas que pueden comentarse en voz alta, tratamos de comprender eso que anteriormente no supimos ver, y que luego de tanta divagación facturada en años, buscamos con suma discreción corregir una vez más.

Alexander JM Urrieta Solano

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La especie humana dominaba la tierra y aprovechaba este dominio para exterminar otras especies y calentar la atmósfera y, en general, estropearlo todo, modificándolo a semejanza del hombre; pero también pagaba su precio por tales privilegios: que el cuerpo animal de su especie, finito y concreto, contuviera un cerebro capaz de concebir lo infinito, y ansioso de serlo.

Llegó un momento, sin embargo, en que la muerte dejaba de ser quien imponía la finitud para trocarse en la última oportunidad de transformación radical, el único portal practicable que conducía al infinito.

Referencia:

Franzen, Jonathan. (2012). Las Correcciones. España: Salamandra

El fin de los dirigibles

por Daniel Hernández

Van a cumplirse veinte años. Desde esa fecha –6 de mayo de 1937– ningún dirigible ha vuelto a surcar los cielos en misión comercial. Esa noche se derrumbó para siempre el creciente imperio de las aeronaves más livianas que el aire y se esfumó el sueño de un visionario.

La catástrofe del Hindenburg, que ahora recordamos, conmovió al mundo. Muy pocos acontecimientos han sacudido tan hondamente la sensibilidad pública. Desde el preciso instante en que la voz del locutor Herbert Morrison, que efectuaba una transmisión de rutina desde el aeropuerto de Lakehurst, se quebró para anunciar a millares de incrédulos oyentes: «¡Se incendia…! ¡Estalla… estalla!», desde ese instante una ola de asombro se propagó por los cuatro puntos cardinales. Y el asombro no ha cesado todavía.

El Hindenburg era la última maravilla de la ingeniería alemana. Algo colosal en sus dimensiones, bello en sus formas, ágil en su desplazamiento. Ni antes ni después ha remontado vuelo nada que se le pueda comparar. Medía 250 metros de largo y 45 de alto. Sostenido en el aire por ocho millones de pies cúbicos de hidrógeno, impulsado por cuatro poderosos motores Mercedes-Benz, con una autonomía de 8.700 millas y una capacidad de carga de 18 toneladas, era capaz de atravesar el Atlántico en dos días y medio, sorteando las peores tormentas con la facilidad de un gigantesco lebrel que ahuyentara una tribu de ardillas.

El Hindenburg era rápido. Cuatro veces más rápido que los buques que efectuaban la travesía transatlántica.

El Hindenburg era cómodo. Reunía las máximas posibilidades de confort para los pasajeros: cabinas individuales, grandes salones, ventanales de observación, calefacción, cocina perfecta.

El Hindenburg era seguro. Transportaba –es cierto– una mortífera carga de hidrógeno inflamable, pero el sistema de aislamiento se consideraba perfecto. Tanto que el Lloyd’s de Londres le había otorgado seguros por 500.000 libras a una tarifa muy baja.

El Hindenburg era hermoso, liviano, indestructible.

Hasta esa fatídica noche del jueves 6 de mayo.

Ya llevaba realizados diez viajes transatlánticos cuando el lunes 3, a las ocho de la mañana, zarpó por última vez de Frankfurt, Alemania.

Para esta travesía se designó comandante al capitán Max Pruss, en reemplazo del viejo Ernst Lehmann, que lo condujera en las anteriores. Lehmann, sin embargo, iba a bordo, quizá para completar la formación de su discípulo.

El dirigible debía llegar a la base aeronaval de Lakehurst, en Nueva Jersey, Estados Unidos, con las primeras horas del 6 de mayo. Vientos de frente lo retrasaron en el camino. Al amanecer, sin embargo, volaba sobre Nueva Escocia, y a las tres de la tarde era avistado en Nueva York, rumbo al sur. A las cuatro, el público y los reporteros congregados desde temprano en la base lo divisaban en el horizonte.

Pero el Hindenburg pasó sobre sus cabezas sin descender. El capitán Pruss acababa de comunicar al comodoro Charles Rosendahl, jefe de la base, que postergaría el descenso hasta las seis, porque no le gustaban las nubes de tormenta que se estaban acumulando en la zona. Y la aeronave siguió rumbo al sur. Poco más tarde cayó un chaparrón.

A las seis, Rosendahl informó por radio que a su juicio las condiciones atmosféricas habían mejorado lo bastante como para intentar el descenso. A las siete repitió el mensaje. Pero ya el zepelín se acercaba desde el sur, con las luces encendidas.

–Ahí viene –anunció el locutor Morrison a sus oyentes–, ahí viene hacia nosotros, como una gigantesca pluma, el Hindenburg

Los hombres que componían la dotación de amarre (150 en total) corrieron a sus puestos. Todavía lloviznaba ligeramente, pero el viento había disminuido y la visibilidad era bastante buena. La aeronave pasó sobre el campo, a 150 metros de altura, y viró en redondo para dirigirse a la torre de amarre.

El capitán Pruss y sus oficiales controlaban el descenso. Las válvulas comenzaron a expeler hidrógeno. El Hindenburg estaba ahora a sesenta metros de altura. Las hélices de los motores empezaron a girar en sentido inverso y el dirigible pareció detenerse de pronto.

Los fotógrafos lo enfocaban con sus cámaras. Los pasajeros se asomaban a los ventanales. A las 19:21 se soltó el primer cabo de amarre. Poco después, el segundo. Los hombres de tierra se apoderaron de ellos.

A las 19:22 la maniobra estaba prácticamente terminada. El dirigible flotaba seguro a unos 25 metros del suelo. Los pasajeros se aprestaban a descender cuando tocase tierra.

Al parecer, el Hindenburg había completado con éxito su undécimo viaje.

Pero faltaba exactamente un minuto para que se convirtiera en una gigantesca antorcha, y llegara a su término la era de los zepelines.

Era un orgulloso sueño el que iba a concluir allí, en las arenas de Nueva Jersey. Y un sueño al que se encuentra inevitablemente ligado el nombre del conde Fernando de Zeppelin.

El conde Zeppelin era un general alemán retirado, un hombre que ya casi había cerrado la órbita de su vida cuando a fines del siglo pasado empezó a soñar con una aeronave rígida, capaz de ser dirigida a voluntad, que reemplazara a los globos de incierto manejo. Y al servicio de esta fantasía, puso toda su tenacidad teutónica.

Otros hombres trabajaban en distintas direcciones para resolver el mismo problema. Faltaba poco para que en el taller de bicicletas de los hermanos Wright naciera el aeroplano. Las ascensiones en aeróstatos y planeadores se hacían cada vez más numerosas.

En 1900 terminó Zeppelin su primer aparato y lo hizo volar. Fue un desastre: se incendió en el aire. Pero él no se desanimó. Y tampoco se desanimaron los hombres que habían acogido con entusiasmo su idea.

A partir de entonces, la historia de los zepelines es una larga serie de esperanzas y fracasos, de hazañas y catástrofes.

Mientras el conde prosigue sus ensayos, los franceses construyen también un dirigible: el République. Se estrella en 1909, matando a sus cuatro tripulantes. En 1913 pierden otro: el L-2. Aquí los muertos son trece.

Pero viene la Primera Guerra Mundial. Y son los alemanes, naturalmente, los que creen ver en el zepelín un arma decisiva. Empiezan a construirlos afiebradamente. Y los lanzan sobre los campos de batallas y las ciudades enemigas cargados de bombas. Los resultados son catastróficos… para los zepelines. Los cañones antiaéreos y los cazas aliados los derriban fácilmente. En un solo «raid» sobre Londres intervienen doce de estos monstruos aéreos. Ninguno vuelve a su base.

Cuando termina la guerra, los alemanes han perdido cincuenta y siete dirigibles. Sólo les quedan tres. A partir de entonces se acepta que no sirven para la guerra.

Pero, ¿no servirían para fines de paz?

Los norteamericanos han recogido la idea. Y el saldo de desgracias que parece acompañarla. En 1922 se les estrella el Roma, con treinta y cuatro muertos. Más tarde construyen un gigante: el Shenandoah. Cuando estalla en el aire, mueren catorce hombres. El comodoro Rosendahl –a quien ya hemos nombrado como jefe de la base de Lakehurst– estaba allí. Fue uno de los sobrevivientes.

Tercian los ingleses. En 1930 pierden el enorme R-101. Cuarenta y ocho muertos.

Insisten los norteamericanos, esta vez con el Akron. En 1933 desaparece en el mar con setenta y dos tripulantes.

Y ya tenemos a los alemanes listos para volver a la brecha, a pesar de tantos contrastes. Ellos van a recoger la bandera de Zeppelin –ahora que los otros países parecen dispuestos a abandonarla–, la van a poner en manos de un genial conductor, el doctor Eckener, y tratarán de llevarla al triunfo. Si no lo consiguen, no será por falta de constancia y heroísmo.

Eckener construye el Graf Zeppelin, esa maravilla plateada que muchos porteños recuerdan haber visto hace veintitrés años sobre Buenos Aires. Con él se inaugura un servicio regular de Alemania a Sudamérica. Rápido y seguro, conquista inmediatamente la confianza del público.

Luego viene el Hindenburg. Representa un enorme avance sobre el Graf Zeppelin. Es, casi, la perfección. Y se lo destina a la travesía Alemania-Estados Unidos.

El Hindenburg acaba de terminar su undécimo viaje. Se halla junto a la torre de amarre, en Lakehurst. Son las 19:23…

Súbitamente una lengua de fuego nace de la quilla del dirigible, a popa, corre como una víbora, se extiende y en pocos segundos se propaga por todas partes. El Hindenburg se convierte en una pira colosal. Las llamas ascienden a más de cien metros de altura. El temible hidrógeno arde, arde furiosamente…

La aeronave empieza a inclinarse por la popa, hacia tierra, con lentitud de pesadilla.

La voz del locutor Morrison, que transmite a millares de oyentes, se ha llenado de espanto:

–¡Arde…! ¡Se estrella, se estrella…, terrible!

En la dotación de tierra y en los espectadores hay momentos de pánico. La inmensa mole incendiada se les viene encima. Fragmentos incandescentes llueven sobre ellos.

El comodoro Rosendahl está en la torre de amarre.

–¡Santo Dios! –exclama al ver el resplandor que ilumina el cielo.

El dirigible caía directamente sobre él. Tuvo que correr como un poseído para ponerse a salvo.

En su cabina, Morrison todavía tiene ánimo para seguir transmitiendo:

–¡Esto es espantoso! –grita–. ¡Se incendia y cae sobre la torre de amarre! ¡Esta es una de las peores catástrofes del mundo!

Entretanto, dentro del Hindenburg, donde hay cincuenta y nueve tripulantes y treinta y dos pasajeros, reina el caos más absoluto. Solamente los oficiales parecen mantener una extraordinaria serenidad. El capitán Pruss, en la cabina de control, ha sentido una explosión no muy fuerte y ha escuchado el clamor del público. Se asoma a la ventanilla de la góndola, pero en el primer momento no observa nada anormal.

–¿Qué sucede? –pregunta.
–¡La nave está en llamas! –le contesta un oficial.

El capitán obra con seguro instinto. Podría mantener durante algunos segundos la estabilidad de la nave, soltando el lastre de la popa, pero permite que ésta descienda a tierra, dando una oportunidad de salvación a los que se encuentran allí.

Al inclinarse el zepelín, pasajeros y tripulantes han rodado por pasillos y camarotes. Después empiezan a desprenderse como hormigas por cuanta escotilla o agujero deja la estructura en llamas. De los que logran salvarse, muy pocos sabrán más tarde cómo lo hicieron.

Algunos son despedidos, otros rompen ventanillas y se tiran, los más son arrancados de las llamas por las patrullas de salvamento rápidamente organizadas.

Joseph Spah, un acróbata profesional, permanece varios segundos colgado del marco metálico de una ventanilla, calentado a una temperatura que sólo él puede resistir… porque está acostumbrado a hacer una prueba semejante. Cuando cree llegado el momento oportuno, intenta un prodigioso salto desde quince metros de altura, corre por la arena húmeda –el chaparrón de la tarde resultó providencial– y se salva.

Un chico de catorce años, que trabaja de botones en la nave, se deja caer por una escotilla. Pero una masa de fuego desciende sobre él. Está perdido. En ese momento estallan los tanques de agua que sirven de lastre, lo empapan y le dan una increíble oportunidad de salvación, que el chico aprovecha corriendo como un gamo.

Una señora sale por el camino normal: por la planchada. No parece inmutarse. Dos marineros la arrebatan a los tirantes de acero incandescente que se precipitan sobre ella.

Un hombre surge caminando tranquilamente de las llamas, con todas las ropas quemadas. Alguien corre a su encuentro. El hombre habla pausadamente en alemán, sin dar muestras de excitación. De pronto, gira sobre sí mismo y se desploma, muerto.

Otro fugitivo del siniestro se ha sentado sobre la arena, con los codos apoyados en las rodillas. Y arde. Arde de pies a cabeza. Cuando se acercan a ayudarlo, tiene en el rostro incendiado un gesto de profunda concentración, como si reflexionara. Muere en seguida.

Entre las primeras víctimas llevadas a la enfermería de la base hay un joven tripulante del Hindenburg. Pide que envíen un cable a su joven esposa.

–¿Qué le decimos? –le preguntan.
–Que estoy bien. Que estoy con vida.

Apenas termina de decirlo, muere.

Los últimos en abandonar el Hindenburg fueron el capitán Pruss, el capitán Lehmann y diez oficiales más que estaban a proa, en la cabina de control. Lo hicieron cuando ya casi todo el resto de la aeronave estaba consumido por las llamas.

Pruss sobrevivió, a pesar de los numerosos viajes de regreso al siniestro que efectuó en busca de sobrevivientes. Sólo se le oía gritar:

–¡Los pasajeros…! ¡Los pasajeros…!

El capitán Lehmann, en cambio, se quebró la columna vertebral y sufrió terribles quemaduras al saltar de la góndola.

Murió esa misma noche, conservando plena lucidez hasta el último momento y sin que nadie le oyera quejarse de sus terribles dolores. Antes de expirar, habló largamente con su viejo amigo Rosendahl. El total de muertos causados por el accidente ascendió a treinta y seis, de los cuales trece eran pasajeros.

En cuanto a las causas del desastre, se han propuesto muchas explicaciones. Algunos opinaron que la electricidad estática había inflamado una pérdida de hidrógeno. Otros, que al saltar un fragmento de una hélice perforó la envoltura del dirigible, permitiendo la combustión espontánea del hidrógeno en contacto con el aire. Y no faltan quienes aseguran que antes de zarpar el Hindenburg para su último viaje, el gobierno alemán recibió denuncias anónimas de que se atentaría contra él.

Pero el misterio subsiste. Quizá la mejor respuesta sean aquellas palabras que pronunció el capitán Lehmann antes de cerrar los ojos para siempre:

Ich kann es nicht verstehen. «No puedo comprenderlo.»

 

[Este texto forma parte de la obra periodística de Rodolfo Walsh, que escribió en varias oportunidades bajo el seudónimo de Daniel Hernández. Abajo podrá encontrar un enlace para que pueda acceder al libro completo.]

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Rodolfo Walsh – El violento oficio de escribir