Tanizaki en Las Vegas (reprise)

Había terminado de leer El elogio de la sombra, del escritor japonés Junichiro Tanizaki. El ensayo hablaba sobre las virtudes de la oscuridad como rasgo idiosincrático de la cultura japonesa. Al mismo tiempo, la sombra como complemento esencial dentro de las estéticas de los espacios y la belleza, que se presentan en los hallazgos expresivos de las artes y la vida cotidiana. El elogio es una crítica a la obsesión que tenemos los occidentales por la luz, por el deslumbramiento, sinónimo del progreso civilizatorio justificado en la razón, mito heredado del Siglo de las Luces.

Pensé entonces que las ciudades con exceso de luz tienen la desventaja de poner en evidencia con mayor claridad sus defectos. No dan cabida al ocultamiento, tan solo se hacen más evidentes y grotescos los lugares y detalles que no resultan gratos a la mirada. A raíz de todo esto pensé en una ciudad occidental referencial, una ciudad que dentro de sus dinámicas diera el ejemplo totalizador de lo que tanto criticaba Tanizaki: Las Vegas, una ciudad en medio del desierto que nos sugiere con su arquitectura artificial, con sus luces y espectáculos insaciables, el resultado de un hecho urbanístico novedoso. Un fenómeno espacial que le resultaría vulgar al escritor japonés.

Las Vegas, además de presentarse como una ciudad mensaje, diseñada completamente de signos, funciona para comunicar nostalgias, consumo, derroche y fantasía. Ella logra engañar con su espejismo lúdico, construido a partir de pruebas atómicas, neones y máquinas tragamonedas. Viéndolo de esta forma, la luz de Las Vegas, o nuestras ciudades, proponen una estrategia de la ilusión. La sombra, o la idea precisa de ella, es un elemento para pensar las ciudades, que llega a presentarse como una crítica incómoda.

Vivimos atados a rutinas dentro de tantos espacios lumínicos, que evitamos hasta el hastío cualquier clase de reflexión. Digamos, el apreciar en tanta aceleración el placer de las pausas, el placer que puede brindar la penumbra de tanta mecánica de soledades, trabajos aburridos, rutinas asesinas, rostros cansados por la costumbre que conduce al suicidio, rostros con necesidad de algún grado de templanza para ocultar el agotamiento propiciado por los espacios, que no dan consenso a la contemplación de nuestra propia oscuridad.

Todas las ciudades occidentales aspiran superar sus propias ficciones, para enmarcarse en el viaje a la hiperrealidad en donde la imaginación occidental quiere ante todo buscar la verdad, y para eso necesita construir lo falso en un sentido absoluto. Al fin y al cabo, nos vemos en la urgencia enfermiza de creer que creemos. ¿Cuántas veces nos hemos dejado seducir por esa búsqueda plástica y superficial de iluminación?

Elaborar nuestra propia poética del espacio, contrastando los lugares tanto luminosos como oscuros de nuestro día a día, también es una terapia válida para la afinación de la mirada, tan irritada por las imágenes brillantes. De aquí tal vez la virtud de aprender a mirar la ciudad con un grado de cautela mayor, como Tanizaki en Las Vegas.

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Alexander JM Urrieta Solano

 

El árbol de la ciencia

El árbol de la ciencia es una novela del escritor español Pío Baroja publicada en 1911. La he disfrutado mucho. Durante los días que abordé su lectura me hizo pensar en muchos temas relacionados con la incertidumbre y el estado de concentración que puede lograrse luego de tanto tiempo encerrado, evitando no pensar mucho sobre la misma incertidumbre, los oficios mal pagados y la repetición.

La vida de Andrés Hurtado, el personaje principal, me conmovió de tal manera que me llevó a sostener la idea de que las grandes novelas son esas que nunca terminan de decir lo que pretenden decir. Quedan a merced de lecturas perennes. Quedan abiertas para el deleite de lo infinito, para abrir debates en defensa o destrucción de la obra misma.

Con certeza Baroja al momento de publicar su novela llegó a comentar que su Árbol era el libro más acabado de todos. Los grandes libros se nos presentan como un manual de instrucciones que hay que leer con mucha cautela, porque cada oración, diálogo, detalle de un salto a otro son lecciones de un dominio pleno del estilo. Una enseñanza literaria.

Baroja es uno de los escritores más representativos de la generación del 98, conformada por personajes que al igual que él veían con angustia el panorama de su España decadente. Su texto muestra críticas contundentes, su dolor por España, que por muy contradictorio que fuera, era el lugar que amaba pero que al mismo tiempo no le gustaba.

Es triste todo eso. Siempre en este Madrid la misma interinidad, la misma angustia hecha crónica, la misma vida sin vida, todo igual.

La brevedad de los capítulos, que a su vez conforman el conjunto total de la novela, son un recorrido de diversos personajes que el narrador va presentando en todos sus defectos, raras veces destaca la virtud de alguno. Las descripciones de los lugares de España junto a las situaciones forman un interesante y jocoso acercamiento al siglo XX. El Árbol es una disección filosófica de la época.

Hay una dureza en Hurtado en la forma como se expresa de su gente. El doctor es un extranjero en una tierra que no entiende. Es severo con las diferencias que hay entre los ricos y pobres, injusticias donde los desamparados, los niños, las mujeres y los analfabetas son las alteridades despreciadas por el progreso; los personajes en su petulancia ibérica esconden sus miserias; la ignorancia que deriva de amnesias voluntarias de un país que poco interés tiene por su historia, donde la tradición cristiana ha conjugado todas las formas de hacer la vida, un rutina plagada de egoísmos sembrados en largas estirpes.

Las reflexiones se desarrollan de una manera lúcida en la temporada que Hurtado está en el pueblo de Alcolea, pueblo que termina despreciando. Alcolea es la representación de su España enferma, una población que fácilmente puede ser cualquier lugar del mundo. El diagnóstico médico de lo particular a lo general.

Las costumbres de Alcolea eran españolas puras, es decir, de un absurdo completo.

El pueblo no tenía ningún sentido social; las familias se metían en sus casas, como los trogloditas en su cueva. No había solidaridad; nadie sabía ni podía utilizar la fuerza de asociación. Los hombres iban al trabajo y a veces al casino. Las mujeres no salían más que los domingos a misa.

Por falta de instinto colectivo,  el pueblo se había arruinado.

Algo que me dejó también desconcertado era afán de la nostalgia, ese cuando antes éramos ricos lo sentí en la novela como un reproche a mi realidad. Ese orgullo que llena de tanto asco al médico Hurtado, en sus reflexiones sobre la decadencia de un país embobado por los prejuicios, la moral religiosa, la corrupciones de los políticos. Los españoles no eran muy distintos de los venezolanos. Madrid fácilmente podía ser Caracas.

El tema central del libro: el árbol de la ciencia, que tiene como contra parte el árbol de la vida, ambos referentes de los pasajes bíblicos que conforma una de las primeras narrativas de la Cultura Occidental. Los pasajes donde Hurtado mantiene discusiones filosóficas con su tío Iturrioz, tocan temas relacionados a desorientaciones existenciales, el sentido de la vida, el amor, las caducidad de los cuerpos y el porvenir de las cosas. Son las partes que junto a los pequeños relatos dotan de una fuerza única a la novela. Las lecturas de Kant y Schopenhauer son los puntos de referencia de las inquietudes filosóficas de Hurtado.

…Kant ha sido el gran destructor de la mentira grecosemítica. Él se encontró con esos dos árboles bíblicos de que usted hablaba antes y fue apartando las ramas del árbol de la vida que ahogaban al árbol de la Ciencia. Tras él no queda, en el mundo de las ideas, más que un camino estrecho y penoso: la Ciencia. Detrás de él, sin tener quizá su fuerza y su grandeza, viene otro destructor, otro oso del Norte, Schopenhauer, que no quiso dejar en pie los subterfugios que el maestro sostuvo amorosamente por falta de valor. Kant pide por misericordia que esa gruesa rama del árbol de la vida, que se llama libertad, responsabilidad, derecho, descanse junto a las ramas del árbol de la ciencia para dar perspectivas a la mirada del hombre. Schopenhauer, más austero, más probo en su pensamiento, aparta esa rama, y la vida aparece como una cosa oscura y ciega, potente y jugosa, sin justicia, sin bondad, sin fin; una corriente llevada por una fuerza X, que él llama voluntad y que, de cuando en cuando, en medio de la materia organizada, produce un fenómeno secundario, una fosforescencia cerebral, un reflejo, que es la inteligencia. Ya se ve claro en estos dos principios: vida y verdad, voluntad e inteligencia

La novela es una composición de pequeñas anécdotas que sumadas hacen la vida de Andrés Hurtado, médico melancólico, enfermo, confundido y aterrado por el alma de su tiempo, que confunde su vocación práctica de salvar o preservar la vida, a la par que desprecia el porvenir de la humanidad. En la novela quedé con la impresión que la amistad también es un terreno de camaradería repleto de vivencias, que también abre de manera inevitable los espacios para las rencillas y las envidias, porque es sabido que los amigos están para hablar mal siempre de uno, al menos los que tienen o comparten las mismas pasiones o disgustos, por muy distintos que sean. Los amigos se encuentran y se unen por esas mismas diferencias; entre esas posturas, hablar mal del otro, solo manifiesta un afán de proyección, de aprender a sentir placer en los fracasos de otros para evitar pensar en los propios.

Esta manera de retratar la amistad entre Hurtado, Montaner y Aracil me pareció muy honesta, porque toca un tema que muchos han sentido pero son incapaces de retratar. Esas pasiones oscuras que mueven los hilos entre los amigos, que no parecen cambiar con el paso de los años. Pero ellos también son movidos por esa lucha de convertirse en alguien, sentar cabeza, cumplir con las aspiraciones mínimas que dan acceso a lo mundano y material.

Ciertos personajes no tienen alternativa que la de soportar el peso que implica el desencanto del mundo. No tienen otra ley que la de sufrir eso que no entienden. Todo va mal porque el personaje no tiene otro destino. Lo llega a asumir de tal manera que termina optando por el suicidio escalonado, aquel en donde se tiene que seguir viviendo después de fracasar. Las grandes historias sobre la existencia parece que nos sugieren las mismas posturas, como si se concluyera, al igual que en el Proceso de Kafka, que es el miedo y la mentira los elementos que dan forma al mundo, y nosotros no tenemos otra opción que la de morir ¡como un perro!

Los hombres son egoístas por naturaleza y necesitan de paraísos artificiales de los cuales aferrarse, para moverse en conjunto porque la soledad sin contemplación puede llegar a ser insoportable. Esta forma de derrota junto con la intrascendencia son elementos universales que definen a los mejores (anti)héroes de la novela moderna.

Disociación

 —No sé, no sé, murmuró Iturrioz. Creo que vuestro intelectualismo no os llevará a nada. ¿Comprender? ¿Explicarse las cosas? ¿Para qué? Se puede ser un gran artista, un gran poeta, se puede ser hasta un matemático y un científico y no comprender en el fondo nada. El intelectualismo es estéril. La misma Alemania, que ha tenido el cetro del intelectualismo, hoy parece que lo repudia. En la Alemania actual casi no hay filósofos, todo el mundo está ávido de vida práctica. El intelectualismo, el criticismo, el anarquismo van de baja.

 — ¿Y qué? ¡Tantas veces han ido de baja y han vuelto a renacer! contestó Andrés.

 — ¿Pero se puede esperar algo de esa destrucción sistemática y vengativa?

 —No es sistemática ni vengativa. Es destruir lo que no se afirme de por sí; es llevar el análisis a todo, es ir disociando las ideas tradicionales, para ver qué nuevos aspectos toman, qué componentes tienen. Por la desintegración electrolítica de los átomos van apareciendo estos iones y electrones mal conocidos. Usted sabe también que algunos histólogos han creído encontrar en el protoplasma de las células granos que consideran como unidades orgánicas elementales y que han llamado bioblastos. ¿Por qué lo que están haciendo en física en este momento los Roentgen y los Becquerel y en biología los Haeckel y los Hertwig no se ha de hacer en filosofía y en moral? Claro que en las afirmaciones de la química y de la histología no está basada una política, ni una moral, y si mañana se encontrara el medio de descomponer y de transmutar los cuerpos simples, no habría ningún papa de la ciencia clásica que excomulgara a los investigadores.

 —Contra tu disociación en el terreno moral, no sería un papa el que protestara, sería el instinto conservador de la sociedad.

 —Ese instinto ha protestado siempre contra todo lo nuevo y seguirá protestando; ¿eso qué importa? La disociación analítica será una obra de saneamiento, una desinfección de la vida.

 —Una desinfección que puede matar al enfermo.

 —No, no hay cuidado. El instinto de conservación del cuerpo social es bastante fuerte para rechazar todo lo que no puede digerir. Por muchos gérmenes que se siembren, la descomposición de la sociedad será biológica.

 — ¿Y para qué descomponer la sociedad? ¿Es que se va a construir un mundo nuevo mejor que el actual?

 —Sí, yo creo que sí.

 —Yo lo dudo. Lo que hace a la sociedad malvada es el egoísmo del hombre, y el egoísmo es un hecho natural, es una necesidad de la vida. ¿Es que supones que el hombre de hoy es menos egoísta y cruel que el de ayer? Pues te engañas. ¡Si nos dejaran!; el cazador que persigue zorras y conejos cazaría hombres si pudiera. Así como se sujeta a los patos y se les alimenta para que se les hipertrofie el hígado, tendríamos a las mujeres en adobo para que estuvieran más suaves. Nosotros, civilizados, hacemos jockeys como los antiguos monstruos, y si fuera posible les quitaríamos el cerebro a los cargadores para que tuvieran más fuerza, como antes la Santa Madre Iglesia quitaba los testículos a los cantores de la Capilla Sixtina para que cantasen mejor. ¿Es que tú crees que el egoísmo va a desaparecer? Desaparecería la humanidad. ¿Es que supones, como algunos sociólogos ingleses y los anarquistas, que se identificará el amor de uno mismo con el amor de los demás?

 —No; yo supongo que hay formas de agrupación social unas mejores que otras, y que se deben ir dejando las malas y tomando las buenas.

 —Esto me parece muy vago. A una colectividad no se le moverá jamás diciéndole: Puede haber una forma social mejor. Es como si a una mujer se le dijera: Si nos unimos, quizá vivamos de una manera soportable. No, a la mujer y a la colectividad hay que prometerles el paraíso; esto demuestra la ineficacia de tu idea analítica y disociadora. Los semitas inventaron un paraíso materialista (en el mal sentido) en el principio del hombre; el cristianismo, otra forma de semitismo, colocó el paraíso al final y fuera de la vida del hombre y los anarquistas, que no son más que unos neocristianos; es decir, neosemitas; ponen su paraíso en la vida y en la tierra En todas partes y en todas épocas los conductores de hombres son prometedores de paraísos.

—Sí, quizá; pero alguna vez tenemos que dejar de ser niños, alguna vez tenemos que mirar a nuestro alrededor con serenidad. ¡Cuántos terrores no nos ha quitado de encima el análisis! Ya no hay monstruos en el seno de la noche, ya nadie nos acecha. Con nuestras fuerzas vamos siendo dueños del mundo.

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Alexander JM Urrieta Solano

Paprika y la interpretación de los sueños

por Alexander JM Urrieta Solano

Anoche tuve un sueño. ¿O debiera decir una pesadilla? Una pesadilla es algo que se eleva del subconsciente al inconsciente, plagado de sobresaltos y desazón, para castigar o asustarnos. Pero lo que me sucedió anoche fue un presentimiento frenético de felicidad. Si pienso en ello como una pesadilla es porque, contrariamente a los sueños comunes, que se elevan y desaparecen en las sombras, este era profundo y claro, y permanece todavía conmigo en lugar de desvanecerse.

Nietzsche – Mi hermana y yo

Siguiendo el mapa de lecturas de la cuarentena terminé la novela de Paprika, del escritor japonés Yasutaka Tsutsui, publicada en 1993. Tanto Paprika como otras novelas de Tsutsui han sido adaptadas al manga. También hace ya unos años había visto la película animada de Paprika, estrenada en el 2006 y dirigida por Satoshi Kon, cuya adaptación del libro es muy fiel a la trama, aunque siempre hay que tomar en cuenta que no hay acciones totalmente fieles en las artes. Tanto el libro como la película son gratas experiencias por igual.

En el Instituto de Investigaciones Psiquiátricas de Tokio se desarrollan tecnologías para el tratamiento de pacientes mediante la interpretación de sus sueños. Los principales investigadores del instituto son la doctora Atsuko Chiba y el doctor Kosaku Tokita, ambos nominados al premio nobel de fisiología y medicina por sus aportes al estudio de la psique humana. Tokita ha creado un dispositivo para introducirse en los ciclos REM de los enfermos mentales, el mini-DC, con el que mediante la terapia puede modificar sus comportamientos y aliviar trastornos.

La trama se dispara cuando empieza a correrse el rumor de que la esquizofrenia es contagiosa. Se presume que durante los tratamientos los terapeutas pueden asimilar los sueños dementes de los pacientes más crónicos.

En realidad no era cuestión de formación, sino de…fuerza mental. Algunos tenían lo suficiente para ser terapeutas, pero no para adaptarse a los sueños de los enfermos o transferir emociones en su subconsciente. Si intentaban hacerlo, corrían el peligro de quedar atrapados en la psique del enfermo, incapaces de volver al mundo real. (Tsutsui, 2011, p. 21).

Se mezclan rivalidades científicas para tomar el control de los sueños. Durante la novela estos se confunden con la realidad y llevan a los personajes a la atrofia de sus capacidades como doctores, y de poder dormir con normalidad. Hay todo un conflicto de ética en donde se cuestiona el uso de la tecnología en detrimento de las formas tradicionales aplicadas a los pacientes, mediante la terapia clásica del psicoanálisis. Lo que despierta rabias intelectuales, rencillas típicas en ambientes académicos, donde el genio despierta la envidia de los fracasados. Hay una repulsión de los antagonistas de la novela hacia Tokita, el genio creador, que detrás de su excesiva gordura, esconde un malestar de deseos reprimidos.

Los diversos traumas que poseía ese monstruo de la naturaleza lo había sublimado en un talento científico sin precedentes en la historia. Pero era un talento en crudo, desprovisto de ética o de moralidad. Las frustradas pulsiones sociales y sexuales de ese hombretón estaban por completo dirigidas a la elaboración de invenciones inhumanas (Tsutsui, 2011, p. 135).

Paprika, alter ego de la doctora Chiba, es la detective de los sueños. Su figura despierta un interés enorme en las personas que trata. Hay un componente lúdico en la novela en el tratamiento del erotismo a través del morbo que expresan los personajes. Los deseos sexuales, la ansiedad y la desesperación levantan escenarios oníricos donde Paprika transita y registra los sueños en una grabadora que en la realidad reproduce como una película.

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El autor hace breves paradas para comentar temas sobre teorías del psicoanálisis, los conceptos de la depresión y la angustia, vistas como casos clínicos que pueden analizarse desde la interpretación de los sueños, como en el caso del paciente Tatsuo Nose, un empresario que quiere ubicar el origen de su neurosis de angustia.

La angustia forma parte del ser humano. Heidegger la consideraba un mal necesario. Cuando seas capaz de domesticar esa angustia y encuentres una forma de convivir con ella o, incluso, de utilizarla, ya no necesitarás tratamiento alguno. Entonces conocerás la causa de tu ansiedad (Tsutsui, 2011, p. 38).

Otro de los personajes es Toshimi Konakawa, un policía que sufre de una depresión severa. A pesar de los éxitos obtenidos en una carrera profesional, la tristeza siempre proviene de otra parte. Me dio la impresión como lector que el autor hace un análisis sobre la obsesión que provoca la búsqueda del éxito y la perfección en las personas, las rivalidades laborales que definen la división de los oficios, y que al no obtener ni cumplir algunas expectativas, sin darnos cuenta, sucumbimos ante la frustración.

Un perfeccionista. La típica personalidad propensa a la depresión. Los perfeccionistas se ponen expectativas muy altas sin motivo. Trabajan para alcanzar metas inalcanzables y asumen demasiada responsabilidad. También intentan hacer demasiadas tareas al mismo tiempo con un alto nivel de calidad y, cuando se les dice que se exigen demasiado a sí mismos, contestan que no pueden trabajar de otra manera. Y siguen convencidos de que deben sacar todas esas responsabilidades adelante (Tsutsui, 2011, p. 153).

Una característica de las personalidades con tendencia a la depresión es la obsesión por el orden, y eso denota cierta debilidad de espíritu. La depresión hace que quien la sufre tienda a batirse en retirada cuando hay una pelea o si aparece una colisión de personalidades. Paprika pensó que su paciente no podía realizar su trabajo en esas condiciones. Salvo que con los delincuentes fuera más agresivo (Tsutsui, 2011, p. 157).

La obra de Tsutsui es una exploración de los trastornos más comunes de las sociedades modernas. La detective de sueños despierta deseo y morbosidades en lo demás, tal vez por su gran atractivo, del mismo modo que impresiona exponiendo sus métodos y experiencias en el desempeño de su profesión terapéutica, evocando a los autores de la tradición psicoanalista: desde Sigmund Freud hasta Carl Gustav Jung. Entre sus explicaciones toma el concepto de Endon, propuesto por el psiquiatra Hubert Tellebanch en 1966, que habla de la región del individuo donde convergen lo psicológico con lo biológico.

Paprika ya había experimentado cierto éxito en el tratamiento de la depresión con los aparatos PT. Su método consistía en identificar mediante el psicoanálisis el estado en el que habían vivido los pacientes antes de que aparecieran los síntomas clínicos de la depresión. Luego calculaba el punto en el que el llamado «estado de orientación del endon» provocaba una fluctuación, es decir, el punto en que perdía su estabilidad y equilibrio. El endon existe en una dimensión mixta, que no es mental ni física, de ahí que sea tan frágil. Por eso la depresión se llama también «melancolía derivada de los endones» o de la «endocosmogenidad», porque esta región sutil de los individuos participa de la naturaleza en su sentido más amplio (Tsutsui, 2011, p. 156).

Hay en Paprika un juego de representaciones de la pesadilla y el tratamiento del mal. El terror está en los sueños y los miedos de otros, que se mezclan y saltan del espacio onírico al real, y lastiman a quien se atraviese en ellos. Salen de los sueños personajes de mitología griega, arquetipos diabólicos de tratados de demonología y folklore japonés. Ya una vez llevado todo al extremo ambigüedades de cualquier clase son permitidas en la metaficción.

Algo estaba pasando. La gente sospechaba y quería saberlo pero, al mismo tiempo, tenía la vaga intuición de que querer saber era peligroso. Se estaban habituando a una presencia ominosa o a un estado mental concreto. No tenían medios para protegerse de la insidiosa propagación de la locura y, cuando perdían la cordura en la calle, era difícil saber si se debía a algún acontecimiento que acababan de vivir o a no haber podido resistir el constante goteo de pequeños sucesos absurdos. Muchos de estos sucesos solo se percibían de manera individual –como que aparecieran distorsionados los dígitos en un reloj de pulsera o que el rostro de una madre se cambiara, por un instante, por el de una foca– y podían ser suficientes para activar la locura en la gente. Las dolencias que se desencadenaban iban desde un complejo de inferioridad a otro de Edipo, pasando por todo un abanico de perversiones sexuales; los fantasmas de dichos trastornos se aparecían en las pesadillas de quienes los sufrían, irradiándose a su vez al exterior y generando nuevos enfermos. Así se estaba creando una cadena de montaje de la locura (Tsutsui, 2011, pp. 336-337).

La novela se lee con mucha facilidad. Me pareció que el autor japonés hace los saltos de una cosa a otra con bastante maestría, de la manera que narra una historia fantasiosa, en el fondo de la trama va dejando que el lector reflexione sobre temas como la intimidad, el erotismo, los deseos frustrados y la locura. La memoria como materia prima de los sueños, que nos permite concebir la posibilidad de existir en ellos estando ausentes en la realidad.

Los sueños suelen ofrecer pistas para resolver crímenes. Las pesadillas son caras de los mismos sueños, en versiones más desesperadas de nuestro interior, orquestadas con el miedo que nos define mejor. Los sueños son sucesiones de imágenes que parecen reclamos del inconsciente, y el esfuerzo por indagar más en ellos permite recordarlos. Es preciso hacer un seguimiento de sus significados, indagar en la memoria, en esa burla diabólica y vergonzosa, que atraviesa nuestras vidas y que empieza desde la infancia.

No se trata de que los sueños nos digan lo que ocurre afuera con exactitud, o que nos  den alguna noción clara de lo que sucederá; se trata de ver si esos sueños pueden servir para averiguar un poco más acerca de lo que acontece en nosotros, dentro de esa compleja máquina que es el cerebro, que hace de lo inverosímil posible mientras estemos dormidos.

Uno podría ponerse a pensar qué sería del mundo si se lograra por medio de prótesis controlar los sueños y dirigirlos. Si acaso ya estamos siendo discretamente manipulados dentro de un sueño profundo, del que todavía somos incapaces de despertar.

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Referencia:

-Tsutsui, Y. (2011). Paprika. España: Atalanta.

Tanizaki en Las Vegas

Últimamente he tenido inclinaciones por las reflexiones que pueden hacerse sobre el espacio. La lectura de dos ensayos me adentró en una discusión sobre la forma en que podemos percibir los lugares que habitamos, o que llegamos incluso a contemplar con fascinación en la velocidad que nos sugieren las imágenes, que percibimos con cierta irritación todos los días en nuestras pantallas solitarias, en rutinas que a veces no tienen mucho sentido como para prestarles atención.

Nuestras prácticas cotidianas están ritualizadas y esconden, en mayor o menor grado, ciertas actitudes neuróticas. Raras veces hacemos uso de la conciencia para nuestros movimientos generados por defecto en los lugares que habitamos: como cepillarnos los dientes, ponernos las medias, amarrarnos las trenzas y ponernos desodorante; son cosas que hacemos sin mucha contemplación ni demora. Tampoco nos detenemos en las acciones que acontecen en la rapidez de nuestros quehaceres: preparar el desayuno, ordenar la vianda, enlistar las prioridades. Ya fuera de casa es donde ocurre todo. A mitad del trance de tu viaje recuerdas haber olvidado algo. Ese algo provoca una falla en el sistema cognitivo. Son contadas las veces que has olvidado salir de tu casa sin ponerte desodorante. Se trata de un salto misterioso en el algoritmo de nuestros cuidados primitivos, una conspiración contra nosotros mismos. Da rabia. Pasa. Se asume la falla y se sigue adelante.

A veces solemos dirigirnos a un sitio cualquiera, pero lo hemos hecho tantas veces que importa poco si leemos los avisos o las señales del tren, si asimilamos las expresiones de la gente enturbiada que como tú acelera el paso porque va por igual tarde al trabajo. Tampoco nos preocupa detallar los rostros sombríos de la gente que apretada en los vagones participa de mala gana en un festival de máscaras. Las sugerencias de los espacios que creemos conocer por costumbre tampoco parecen decirnos algo, ni las inconsistencias del camino, de ese tránsito por tantos lugares cambiantes que mayormente no sabemos mirar. La escena parece la misma de todos los días. Y crees sabértela de memoria.

Con el hábito de la lectura sucede algo distinto que cambia toda la formulación de nuestro andar y de mirar los espacios. Ella te permite estar más consciente de los detalles de la rutina. Ciertas lecturas esconden un misterio que no sabemos explicar. Leer sin duda es pensar, ejercita el músculo de la lengua, el más fuerte del cuerpo. No es tampoco eso que leemos para pensar, sino que a veces leemos y encontramos algo que en algún momento llegamos a pensar, tal vez por mucho o quizá un instante de tiempo, pero lo hicimos y eso es lo que inquieta y emociona. El asombro está en ese hallazgo, en haber visto escrito eso que llegamos a pensar alguna vez, quizá de otra manera, pero lo vemos luego todo más claro, más sencillo y contundente; sin duda, algo que de no haber descubierto en esa lectura seguiríamos creyendo que es algo imposible retratar de tal forma. Son situaciones azarosas, accidentales, que dotan de un sentido especial al día entero. Luz. Cumplida la jornada regresamos turbios y contentos a casa, a nuestro rincón de universo. Hacemos cuenta en el cuaderno de nuestro nuevo descubrimiento. Mañana entonces, repetiremos los mismos procedimientos. Y así.

Me sucedió primero con la lectura de El elogio de la sombra, un lúcido ensayo del escritor Junichiro Tanizaki publicado en 1933, donde de manera magistral elabora unas reflexiones sobre las virtudes que definen la cultura japonesa en relación a un rasgo elemental: la oscuridad, la sombra. Vista desde los grandes relatos occidentales, la sombra es un concepto relacionado casi siempre a connotaciones negativas, antagónica a la luz, a lo que resulte luminoso; la luz es una alegoría de clarividencia, divinidad, ideas y ocurrencias.

Sin embargo, Tanizaki destaca las sombras no solo como un rasgo que brinda estéticas superiores a los espacios y las formas de conducir la vida, sino que exalta las particularidades de la idiosincrasia japonesa en función de ella; presenta lo japonés como una cultura que se vale de la oscuridad para destacar sus tradiciones y preservarlas dentro de sus prácticas cotidianas. Desde la arquitectura, para  la construcción de una casa hasta el empleo del papel y la tinta para escribir; del teatro, donde la falta de luz destaca la belleza de los personajes en la puesta en escena de una obra Bunraku (teatro de títeres),  hasta en la gastronomía, en la elaboración de diferentes platos usando instrumentos elaborados con materiales y técnicas propias de Japón.

En general, sin importar de dónde provengan, los cocineros se preocupan por los colores de la comida, combinándolos con los platos y las paredes del comedor, pero en el caso particular de la comida japonesa las vajillas blancas nos quitan el apetito. Tomando como ejemplo la sopa de miso con que desayunamos todos los días, su color nos confirma el hecho de que los platos típicos de nuestra comida han evolucionado para ajustarse al ambiente de penumbra de los hogares antiguos (Tanizaki, 2016, p. 33).

El autor hace una crítica contundente a la obsesión que los occidentales tienen por el exceso de luz. Ese afán está presente en los detalles cotidianos, nuestra obsesión por el deslumbramiento de las cosas, reflejado en la blancura de nuestras pocetas, por ejemplo, que para el autor resultan ser de mal gusto, porque en el uso diario se evidencian paulatinamente manchas sobre lo blanco, exaltando el deterioro y lo repugnante. Para Tanizaki el baño es un lugar de intimidad donde hacemos las más elaboradas reflexiones, por lo que su diseño tiene que ser meticuloso y casi sagrado.

No hay lugar más placentero para pensar que un baño japonés, donde todo está hecho con madera y en la medida que se usa se ennegrece, haciendo del lugar algo más apacible para realizar nuestras necesidades esenciales. Para Tanizaki en esa quietud tenebrosa contenida en la penumbra está el sentido misterioso y estético de los espacios. La oscuridad meditada resalta y embellece las cosas.

El malestar de Tanizaki está en el derroche de las energías lumínicas en detrimento del descuido de las tradiciones, su negativa al proceso de modernización radical; la  transformación obscena de su país con la llegada de las compañías eléctricas y las propuestas imperantes pautadas por los préstamos occidentales.

Me pregunto ahora por qué los orientales insistimos en la búsqueda de la belleza entre las sombras. Según mi modesto conocimiento del mundo, los occidentales no saben apreciar la sombra a pesar de que han atravesado, ciertamente, largos periodos sin electricidad, gas o petróleo. Desde la remota antigüedad los fantasmas japoneses carecen de piernas, mientras que los occidentales aparecen con sus cuerpos transparentes haciendo visibles sus extremidades. Este detalle tan trivial revela la tendencia fantasiosa de los japoneses hacia las sombrías tinieblas, en contraste con el gusto de los occidentales por la deslumbrante claridad. En cuanto a los utensilios cotidianos, los japoneses preferimos los colores asociados con los diversos grados de oscuridad, al tiempo que los occidentales se inclinan hacia la luminosidad solar. La herrumbre que apreciamos en los objetos metálicos, ya sea de bronce o de plata, les resulta repugnante por sucia y antihigiénica a los occidentales, que los pulen al máximo. Ellos blanquean las paredes y el cielo raso con el propósito de eliminar las manchas oscuras de los rincones. Siembran césped en los jardines, mientras nosotros sembramos árboles frondosos. ¿De dónde proviene esta diferencia de gustos? (Tanizaki, 2016, p. 61).

Más que preguntarnos como lectores en dónde están las diferencias, es mejor preguntarnos qué tanta importancia le damos a las sombras en nuestras vidas, y cómo ellas sugieren nuevas perspectivas de sensibilidad.

La segunda lectura fue el ensayo de Zerópolis, del filósofo francés Bruce Bégout, que habla sobre la ciudad de Las Vegas. Ciudad mensaje, de régimen ludocrático y economía del despilfarro. Destinada única y exclusivamente al consumo y la diversión, por medio de la irritación por imágenes y luces de neón. Pozo de energía, devoradora y risueña, la ciudad del juego se ha situado bajo el doble símbolo de la electricidad y del átomo, de la onda y del choque. Ella habita cómoda en nuestras mentes, se expresa en nuestros gestos y aspiraciones ordinarias. Todas las ciudades anhelan ser como Las Vegas: deslumbrantes.

La ciudad está ubicada en el desierto de Nevada. Lugar que durante un tiempo estuvo destinado a constantes ensayos atómicos que le dieron el título honorífico de Nuclear state.

En los años cincuenta, los casinos aprovecharon la proximidad geográfica de los ensayos nucleares para convertirlos en emblema de la ciudad: veladas atómicas, cortes de pelo atómicos (atomic hairdo), cócteles atómicos. Ignorando los riesgos de la radiación nuclear (el gobierno federal no los reveló oficialmente más que a comienzos de los años sesenta), algunos hoteleros llegaron incluso a organizar picnics en el norte de la ciudad para asistir en directo al espectáculo de las terribles explosiones en forma de seta. Por su parte, en 1953, el Atomic View Motel garantizaba en sus folletos una vista impecable, desde cualquiera de sus habitaciones, sobre el fenómeno (Bégout, 2007, p.19).

Es un hecho curioso que la bomba atómica simbolice la destrucción del último mito válido de la modernidad: el Sol. Elías Canetti escribió en 1945 que tras los eventos de Hiroshima y Nagasaki la luz solar es destronada por el poder nuclear. El hongo atómico se ha vuelto la medida de todas las cosas. Lo pequeño ha triunfado sobre la inmensidad indescriptible: una paradoja de poder (Horrocks, 2004). Y es más curioso que durante un tiempo miles de espectadores se reunieran en terrazas de hotel, en medio de un desierto, para contemplar con cierto deleite radiactivo la fiesta de la insignificancia humana. Nuestra capacidad destructiva, engendrada en la religiosidad del progreso, la ciencia y la razón.

Las Vegas por su exceso de luces puede verse desde los satélites que orbitan el espacio. Es la ciudad del desierto y de la nada. Simulacro urbano que atrae con sus edificios resplandecientes, y presagia el porvenir de todas las ciudades contemporáneas. El visitante se encuentra sumergido en un constante bombardeo de imágenes y distracciones que le impiden tener una noción clara de dónde está.

Es preciso abstenerse de cualquier ironía de la distancia. Es ahí donde reside el poder primordial de la alucinación espectacular de Las Vegas: en convencernos de que es mejor no dejar de creer […] Las Vegas se mofa de todo. Convierte toda realidad en escarnio. Sin preocuparse por la historia, tritura cualquier evento humano en un quimo electroquímico y paródico que no deja absolutamente nada intacto (Bégout, 2007, p.15).

El Strip de las Vegas, emblema de la ciudad en la que se concentra la descripción de Bégout, comprende una zona de casi siete kilómetros repleta de colosales y lujosos hoteles casino y luces neón. Estos complejos comprenden cadenas de restaurantes, espacios para toda clase de eventos musicales, pirotecnia y coreografías que se repiten diariamente hasta el cansancio, donde lo cotidiano gira en función de una actividad ancestral: el juego.

Uno se imagina qué impresión tendría el escritor japonés, tan arraigado a la belleza espectral de antaño, si visitara la ciudad de Las Vegas. ¿Reforzaría sus creencias concluyendo que Occidente desconoce la virtud que puede encontrarse en la contemplación de las tinieblas? Creo que estaría profundamente asqueado ante tanta exageración luminosa.

Contrastar los excesos con lo precario nos hace pensar en qué tipo de equilibrio podemos encontrar en los espacios que habitamos, hablando en términos de claridad.

Me quise hacer la imagen de Tanizaki caminando atónito por el Strip de Las Vegas, agitado por la multitud que no mira por dónde camina, hipnotizada por los anuncios de neón que indican a los viajeros cómo tienen que moverse. Me quise hacer la imagen de Tanizaki entrando al Caesar’s Palace, recorriendo los pasillos llenos de huéspedes moviéndose como autómatas frente a las máquinas tragamonedas, en medio de un espectáculo electrónico repetitivo donde se pierde la noción del tiempo. Me quise imaginar a Tanizaki dirigiéndose al personal del bar del hotel buscando sake, viendo que el exceso de luz y aire acondicionado han dotado de cualidades criogénicas al personal, que parece estar muerto en vida, cerrando sus ideas con una sonrisa artificial y un have a nice day. Me quise hacer la imagen de Tanizaki contemplando fijamente la Esfinge de Fremont Street, que con su aspecto monstruoso de parodia egipcia, vigila la entrada del downtown. Ella no logra seducirlo pues él sabe que tal inmensidad solo oculta una crueldad sin límites.

Rodeada de pantallas donde desfilan sumas astronómicas, sus enigmas consisten en series de números incomprensibles que suministra con aplicación. ¿Se trata acaso de la suma que pide? ¿O de la que ofrece? Todo el mundo vacila. Al cliente que osa al fin desafiarla, le lanza una mirada cargada de codicia y desgrana sin emoción su rosario numérico. Sin embargo, nadie ha podido todavía pagar su precio (Bégout, 2002, p 136).

Estas formas de mirar nos pueden servir para pensar nuestra ciudad que funciona a media máquina, en una cartografía urbana de dominios confusos y claroscuros.

La ciudad que vivimos ha hecho los mayores esfuerzos por convertirse en un parque temático, que asocia y recrea eventos de lugares que no le pertenecen. La vida mental de las metrópolis, desde el punto Zero, se encamina en la tarea de alcanzar un estado donde la velocidad y el consumo son los ritos que pretenden saciar todas las necesidades materiales y espirituales humanas. Bajo esta forma tan rudimentaria y superficial es difícil mirar la ciudad de otra manera. Es fácil perderse en la luminosidad de las apariencias o el terror de la oscuridad.

El ejercicio más complejo es pensar nuestra ciudad sopesando los extremos entre la oscuridad y la luz. La carencia y el despilfarro sin duda son parte de una ecuación para explicar la incógnita de lo que ha sido y son nuestras tradiciones, y la forma con que la ciudad se nos presenta en sus edificios deformes, callejones sin salida, grietas y comas. Una mezcla siniestra de incomprensión.

Con su avasallante estética las vallas publicitarias, postes titilantes y semáforos miopes, iluminan, si es que pueden, algún trozo de calle o autopista. Los espacios lumínicos fragmentan y restringen nuestros movimientos, entre los lugares posibles para estar y los que por la falta de luz nos advierten de posibles peligros. Nuestra ciudad con sus rutinas particulares no está exenta de los cambios drásticos propiciados por la aceleración de las cosas, ni el reemplazo de nuestra cultura de memoria urbana por una de consumo instantáneo, que no sabe de virtudes ni gradaciones.

De cualquier manera, tal vez un ejercicio de alto grado, sea aprender a mirar y movernos por nuestra ciudad con cierta reflexión y cautela, como Tanizaki en Las Vegas.

Alexander JM Urrieta Solano

Referencias:

Bégout, B. (2007). Zerópolis. Barcelona: Anagrama.

Horrocks, C. (2004). Baudrillard y el milenio. Barcelona: Gedisa.

Tanizaki, J. (2016). El Elogio de la sombra. Caracas: Bid & Co. editor.

 

La Broma infinita: sobre la experiencia lectora deportiva

He terminado de leer La Broma Infinita y me siento sumamente agotado.

Experimento una satisfacción ambigua que no puedo contener por la cantidad de ideas que rebotan en mi cabeza que no puedo, ni sé cómo digerirlas. Trataré de ordenar de la mejor manera en una entrada, como me había propuesto hace ya un tiempo, acerca de las cosas que me dejó la obra de David Foster Wallace. La lectura empedernida de esta obra de casi mil noventa y dos páginas no fue quizá el mejor inicio para mi registro lector durante el aislamiento-pandémico-global; aunque ahora que lo pienso mejor no me arrepiento de la imposición del azar: síntoma hermoso de la libertad.

En la Broma se hipoteca de una manera abismal el tiempo del lector. Son indispensables la concentración y la disciplina, no solo para seguir y terminar, sino para saber de qué va la trama y el cómo se expone esa trama y entender que la literatura no es más que un juego dentro de otro juego, lo que hace de la lectura y el ejercicio de escribir una experiencia lúdica, que difícilmente se pueda reemplazar por otras formas de placer y entretenimiento, porque la práctica de leer y escribir va dejando algo duradero: un testimonio de nuestros esfuerzos y derrotas personales.

La Broma es un libro difícil, no solo por su dimensiones sino por la exigencias exageradas que le pide el autor a su lector, que a veces por la estructura y el estilo de la novela, llegan a ser propuestas desconsideradas (malditeces discursivas), que pueden llevar a cualquiera a la situación más común cuando se encuentra con algo que le resulta engorroso: que es el abandono total del libro, y seguido viene la queja y después el trauma; sin embargo, debo admitir que en mi experiencia, una vez asimilado el reto y el intercambio, y al ir procesando las ideas que me iba dando la novela, se me hizo complicadamente amena, placenteramente perturbadora; se convirtió en una obsesión que me impedía llevar una rutina tranquila. Todo parecía tener una relación estrecha con la misma Broma, la realidad en sí misma se me fue esclareciendo en una horrenda Broma.

Estoy empezando a ver que la sensación que producen las peores pesadillas, una sensación que no se puede experimentar dormido ni despierto, es idéntica a la mismísima forma en que se manifiestan esas peores pesadillas: la toma de conciencia intraonírica y repentina de que la misma esencia y el mismo meollo de las pesadillas han estado siempre presentes en uno, incluso cuando se está despierto…simplemente…no se es consciente de ellos; y luego ese intervalo horroroso entre darse cuenta de lo que no se es consciente y volver el rostro para ver lo que siempre ha estado allí, todo el tiempo…La primera pesadilla lejos de tu casa y de tu familia, tu primera noche en la academia, todo eso ha existido siempre: el sueño es que te despiertas de un sueño profundo, te despiertas de repente sudado y aterrorizado y te sientes abrumado por la sensación imprevista de que a tu lado hay una destilación de mal absoluto en esta residencia desconocida y a oscuras, esa esencia y centro del mal está aquí mismo, en esta habitación, ahora mismo. Y en exclusiva para ti (Foster Wallace,2017:75-76).

Era difícil reservarme el proceso evolutivo de esta obsesión. Compartí cuanto pude cualquier detalle que me iba encontrando, mandaba páginas aleatorias a mis amistades cercanas. Tomaba notas forzando el día a día con las ideas que se me iban acumulando de la Broma, subía pisos, leía oraciones con pinza y rayaba los márgenes de ese papel biblia que nunca me ha gustado. Reportaba los hallazgos a mis amigos sin tener ninguna respuesta concisa, lo cual era entendible, era una fascinación que no sabía cómo expresar ni mucho menos transmitir.

Tampoco me hice una idea de que ellos, mis amigos, pudieran asimilar la magnitud de lo que me había encontrado y lo que me estaba sucediendo internamente; cómo me afané por compartir lo que sin duda era una suma de pequeñas alegrías. Sin darme cuenta estaba viviendo mi propio trance literario, y sentí un disgusto que más adelante agradecí al diagnosticar, durante el curso que me iba dando la Broma, que tenía serios problemas de concentración, y que mientras iba leyendo iba pensando cosas que no tenían nada que ver con lo que pasaba en la Broma, pero si tenían una relación implícita, parecía que las páginas me reprochaban bajo sus reglas una mirada introspectiva de mi vida, me obligaba a confrontarme conmigo.

La Broma Infinita, en el espectro común de las listas que uno se encuentra por Internet, se presenta siempre como un libro que «nadie» termina de leer. Esa declaración como primera impresión genera una alarma que despierta en quien lee esa reseña dos intenciones: la de evitarlo, o la de ir a leerlo. En estas reseñas no se indaga el por qué «nadie» termina la novela, con la excusa de tratarse de algo extenso y demasiado complicada para entenderla. El grosor es una razón para espantar a cualquiera, la grandeza intimida y más cuando hablamos de asuntos como el lenguaje. Pero la pregunta que hay que hacerse es qué tipo de lectores pueden terminar de hacerlo y dejar atrás todo prejuicio para contar su experiencia personal con otros de su lectura.

Como varios, yo también quiero compartir mi lectura, que no es más que una tosca invitación al libro y un testimonio para desmontar esa farsa de que «nadie» puede terminar algo.

El argumento de la novela es sencillo. Es un pretexto para desarrollar los intereses del autor que quiso llevarlo todo hasta sus últimas consecuencias, llevarlo todo a proporciones enciclopédicas y monstruosas. La obra transcurre en un tiempo ficticio de Años subsidiados que surgieron como alternativa para el mantenimiento de un Estado Ecologista Totalitario llamado ONAN, que es la unión entre Estados Unidos, Canadá y México. La época en que transcurren las historias datan del penúltimo año del tiempo subsidiado: El Año de la Ropa Interior para Adultos Depend, que es la referencia con que se divide el libro a modo de capítulos. La cronología del tiempo subsidiado se ordena bajo productos publicitarios de la siguiente manera:

  1. Año de las Hamburguesas Whopper
  2. Año del Parche Transdérmico Tucks
  3. Año de la Muestra del Snack de Chocolate Dove
  4. Año del Superpollo Perdue
  5. Año del Maytag Dishmaster Sup
  6. Año de la Actualización Fácil de Instalar para Placas Madre del Visor de Cartuchos de Resolución Mimética para Sistemas Caseros, de Oficina o Móviles Infernatron/InterLace Yushityu 2007
  7. Año de los Productos Lácteos de la América Profunda
  8. Año de la Ropa Interior para Adultos Depend
  9. Año de Glad

La gigantesca dama de Liberty Island en el puerto de Nueva York tiene el sol por corona y sostiene lo que parece un inmenso álbum de fotos bajo un brazo de acero y el otro sostiene un producto. Ese producto es cambiado cada 1 de enero por hombres valientes con grúas y clavos de escalada (Foster Wallace,2017: 419).

Cada año, si uno hace una búsqueda minuciosa, son representaciones de grandes empresas norteamericanas en el área de alimentos, productos de comunicación, fármacos y entretenimiento. Ya definido ese gran universo distópico, se nos exponen tres historias diferentes que a lo largo de la trama se van conectando, pero nada que ver. Nada parece tener sentido, pero eso es lo que menos importa. Lo interesante es ver cómo se exponen una cantidad de cosas en medio de ese sin sentido. Es una locura.

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La historia central: La Academia de Enfield de Tenis (AET), conformada por niños y adolescentes que se someten diariamente a una especie de régimen espartano de entrenamiento, tanto físico como intelectual, jornadas antidoping, estudios rigurosos de teorías de la imagen y técnicas de cinematografía experimental, en preparaciones constantes, donde todo gira en función de la competencia y la rivalidad entre los jugadores de tenis, deporte que parece una alegoría de la lucha; el tenis es llevado a expresiones metafísicas, estamos en un enfrentamiento infinito con nosotros mismos. La versión de un juego infinito contrasta con la agonía y el éxtasis que profesan todos los deportes de competición; más adelante está la fama, la gloria que no es duradera, y cuando se termina quema y mata.

Entonces[…], los que llegan a convertirse en étoiles, los afortunados a los que se les dedica reportajes y son fotografiados para los lectores y, en palabras de la religión estadounidense, lo logran, tienen que haberse creado en el camino algo que les permita trascenderlo o están perdidos. Lo vemos en la vida real. Lo constatamos en todas estas obsesivas culturas basadas en conseguir el éxito. Mira a los japonois y su tasa de suicidios de los últimos años […] Porque si logras el objetivo, pero no puedes encontrar la manera de trascender la experiencia de hacer que esa meta sea toda tu vida, tu raison de faire, entonces solo puede suceder una de dos cosas.

Una es que logras tu objetivo y te das cuenta con asombro de que ese logro no te completa ni te redime, no hace que todo esté bien en tu vida tal como eres, en esta cultura, educado para asumir que lo será. Y entonces afrontas el hecho de que lo que creías que tendría sentido no lo tiene y ese shock te empala. Vemos suicidios en las historias de gente que ha llegado a la cima.

[…]La otra posibilidad de perdición para las étoiles que lo logran. Logran el objetivo y ponen tanta pasión en celebrarlo como en el proceso de lograrlo. Esto se denomina el síndrome de la Fiesta Interminable. La fama, el dinero, los comportamientos sexuales, las drogas y las sustancias. La gloria. Se convierten en celebridades en vez de jugadores y, puesto que solo son celebridades en la medida en que satisfacen el hambre de triunfos de su cultura de victorias, están perdidos porque no se puede celebrar y sufrir al mismo tiempo, ya que el juego siempre es sufrimiento (Foster Wallace, 2017:768).

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El fundador de la Academia de Tenis es el prolífico productor cinematográfico James Incandenza, padre los hermanos Incandenza: Orin, Mario y Hal, los personajes principales de la obra. James, conocido también como la Cigueña Loca (The mad stork), o Él mismo (Himself), es al que se le atribuye la creación del Samizdat: La Broma Infinita V (¿o VI?), una de sus últimas producciones, una película cuyo contenido hipnotiza y vuelve idiota a quién lo ve por su alto contenido de entretenimiento, y cuya sinopsis es un misterio. A James lo envuelve toda una historia trágica de intelectualidad e intentos de producir audiovisuales experimentales, donde buscaba hacer disecciones de la cultura norteamericana a través de una mirada satírica a las prácticas de consumo capitalista y los sistemas de creencias. Luego de una actividad ininterrumpida James termina suicidándose al meter su cabeza dentro de un microondas. Todos giran en torno a su figura y producción.

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¿Dónde están esas fronteras si no son líneas de saque que contienen y dirigen su expansión infinita hacia dentro, lo que hace hermoso e infinitamente denso al tenis, como una especie de ajedrez a la carrera?[…]El verdadero rival, las fronteras contenedoras, no son más que uno mismo. Siempre y solo el yo que está ahí, en la pista, y allí se le debe combatir y se le debe llevar a la mesa para fijar los términos. El chico rival del otro lado de la red no es el enemigo: es más bien tu pareja de baile. Él te sirve de excusa u ocasión para afrontar al yo. Y tú eres la ocasión de él. Las infinitas raíces de la belleza del tenis son autocompetitivas. Compites con tus propios límites para transcender al yo limitado cuyos límites son los que hacen posible ese deporte en primer lugar. Es trágico y triste y caótico y hermoso. Toda la vida es igual, como ciudadanos del Estado humano: los límites animados están dentro para ser eliminados y llorados una y otra vez (Foster Wallace,2017: 100).

Guía de referencia de los personajes en sus tres escenarios, junto con el resto del elenco que da movimiento a la novela. Hay detalles que me resulta imposible abordarlo en la reseña.

También estaba la alegoría del mismo acto de escribir como actividad deportiva en donde la producción de un posible juego, donde se demuestran competencias y cualidades cerebrales y espirituales, en una confrontación constante con nuestro ego centrado en obtener la gloria eterna, conservarse en el recuerdo de todos como un tremendo jugador estrella, hace de todo ese proceso una encrucijada de frustraciones creativas, donde la práctica se enfoca en mantener al dente siempre nuestras posibilidades deportivas a la hora de competir, de jugar en un torneo hasta la muerte. El escritor no es más que un deportista entusiasta de la derrota. Alguien que puede olvidarse con facilidad.

Todos los jugadores están en la AET para aprender a jugar, aprender este sistema infinito de decisiones y ángulos y líneas que los hermanos de Mario trabajaron tan brutalmente para controlar, y que el deporte juvenil no es más que una faceta de la verdadera gema: la guerra inacabable de la vida contra el yo sin el cual no puedes vivir[…] Pero entonces, ¿combatir y aniquilar al yo equivale a destruirse? ¿Es lo mismo que decir que la vida es partidaria de la muerte?[…]Y así, ¿cuál es la diferencia entre tenis y suicidio, vida y muerte, deporte y su propio fin? (Foster Wallace, 2017: 101).

Infografía del juego de Escatón practicado por los chicos de la AET, que recrea una especie de simulador geopolítico en estado de guerra, con una serie de reglas que el autor explica durante casi 25 páginas, cuyo reglamento vademecúmico se hizo durante del Año del Superpollo Perdue

Por otra parte está el centro de Rehabilitación de la Ennet House, donde se exponen una serie de personajes que cuentan sus experiencias con las drogas y la lógica con que funcionan estos grupos de apoyo para mantenerse alejado de las Sustancias. En estos bloques en la casa de rehabilitación para drogadictos se hace una disección del funcionamiento del sistema de sanación que reúne a los desviados de la sociedad en congregaciones que viven rutinas de limpieza, charlas motivacionales, falsas esperanzas, y delirios de una vida irrecuperable, conformado por principiantes que están siempre al borde de la ruina y el suicidio, con infancias destrozadas por abusos y violaciones, por ese rechazo del sistema mismo, los marginados de la sociedad de consumo, adictos de cualquier clase, seres maltratados y solitarios, en donde están las figuras de los Cocodrilos, sujetos que llevan demasiado tiempo sobrios y se ganan el apelativo de los grandes lagartos, que no tienen otra rutina que la de lidiar con sus cuerpos gastados por el atropello de la experiencia. No tienen otra forma de concebir sus vidas.

...luego ataques menos suaves, delirium tremens durante los intentos de reducir el consumo demasiado rápido, aparición de insectos y roedores subjetivos, luego una recaída más y más insectos fornicantes; luego eventualmente un terrible reconocimiento de que había traspasado innegablemente algún límite y alzar el puño al cielo exclamando Dios es mi testigo, y jurar y rejurar que dejaba la bebida para siempre, luego quizá unos pocos días de nervios y de éxito inicial, luego una recaída, más juramentos, barrocas autorregulaciones, pendiente del reloj, repetidas recaídas en el suelo de la Sustancia tras dos días de abstinencia, resacas mortales, sentimientos aplastantes de culpa y de disgusto conmigo mismo, superestructuras de autorregulaciones adicionales (por ejemplo, no antes de las 09:00h., no en noches de trabajo, solo si la luna está en cuarto creciente, solo en compañía de suecos, etcétera) que también fracasaban…

…luego ultimátums vocacionales, incapacidad de encontrar trabajo, la ruina económica, pancreatitis, culpa abrumadora, vómitos de sangre, neuralgia cirrótica, incontinencia, neuropatía, depresiones tenebrosas, dolor lacerante y la Sustancia  que me permitía períodos más breves de alivio; y, al final, ningún alivio de ningún tipo, y al final así es imposible colocarse los bastante para congelar lo que sientes, y detestas la Sustancia, la odias, pero aun así eres incapaz de dejarla, al final lo que más deseas en el mundo es dejarla y ya no te divierte para nada y no puedes creer que te haya gustado alguna vez, pero aun así no puedes parar, es como si estuvieras completamente demente, es como si fueras dos personas; y cuando venderías a tu propia madre querida por dejar de beber y aun así no puedes parar, entonces se cae la última capa amistosa de la máscara y de repente ves a la Sustancia cara a cara, a tu vieja amiga, es medianoche y ya han caído todas las máscaras y de repente ves la Sustancia tal como es en realidad, y por primera vez ves la Enfermedad tal como es en realidad, y ha estado allí todo el tiempo, y te miras al espejo a medianoche y ves que te posee, en qué te ha convertido…(Foster Wallace,2017 : 396).

Son retratos de la adicción, de drogadictos que en su mayoría son travestis, y han padecido infancias con padres violadores, adictos al alcohol y la televisión. Cada bloque que se relaciona con los personajes de la Ennet House es el acercamiento con seres que salen y vuelven a entrar, o que nunca regresan, no tienen ninguna clase de remedio salvo el tener que anhelar por siempre volver a experimentar el placer, hasta que regresan de sutiles maneras y se pierden nuevamente. Toda la obra toca temas puntuales como el exceso del consumo de drogas, la muerte, la depresión, la soledad y el suicidio, y todo ese catálogo de Sustancias disponibles en el mercado que nos pueden acercar sin mucho problema a experimentar esas experiencias desquiciadas.

Madame Psicosis, personaje que sufre un irreparable trauma facial  provocado por su madre el día de Acción de Gracias, al caerle un ácido y seguido de eso la mamá se suicida metiendo los brazos en el mecanismo de succión de basura de la cocina. Por su condición, Madame Psicosis ingresa a un grupo de autoayuda: La Unión de los Horribles e Inverosímiles Deformes. También es famosa por su programa de radio friki donde hacía lecturas de textos depresivos a una audiencia que la seguía religiosamente. Es una de las tantas internas de la Ennet House.

La Broma Infinita parece ser un libro que se escribió con la intención de no ser leído. Está escrito bajo un estilo demencial donde entre líneas el autor estaba dejando su aporte a las reflexiones sobre la experiencia de una generación quemada en las sociedades posindustriales. Foster Wallace es meticuloso a la hora de explicarte desde los hábitos de los adictos, hasta los componentes de las drogas y hasta quiénes la fabrican, y por si te quedan dudas, las diferentes versiones en que puedes encontrar psicotrópicos, ansiolíticos, anfetaminas, estimulantes de clasificados y selectos grados de intensidad, que no son más que las Sustancias que se convierten en  la razón de vivir de estos seres.

Algunos pacientes psiquiátricos -además de un buen porcentaje de personas que dependen tanto del producto de productos químicos para sentir bienestar que  cuando tienen que abandonar la química pasan por un trauma de pérdida que les llega a los sistemas más profundos del alma- conocen de primera mano que hay más de un tipo de la llamada «depresión». Uno es de grado inferior y a veces se denomina «anhedonia» o «melancolía simple». Es una especie de sopor espiritual por el cual se pierde la capacidad de sentir placer o cariño por cosas que antaño eran importantes. El ávido jugador de bolera abandona la liga y se queda en casa viendo cartuchos de kick-boxing. El gourmand renuncia a comer. El sensual de repente descubre que su amada Unidad no es más que un apéndice que cuelga allí. La amante esposa y madre encuentra de improviso que su idea de la familia es tan conmovedora como el teorema de Euclides. Esta forma de depresión es una especie de novocaína emocional y, si bien no es abiertamente dolorosa, desconcierta y…bueno, deprime[…] Los términos que el no deprimido usa a diestro y siniestro como plenos y vitales -«felicidad», joie de vivre, «preferencia», «amor»- se quedan limitados al esqueleto y se reducen a ideas abstractas. Tienen, por así decirlo, denotación, pero ninguna connotación. El anhedónico aún puede hablar de felicidad y significado y todo eso, pero ha llegado a ser incapaz de sentir, de entender, de esperar algo de ellos o de creer que existen como algo más que como conceptos. Todo se convierte en el contorno de lo que era. Los objetos se convierten en esquemas. El mundo se vuelve un mapa del mundo. Un anhedónico puede orientarse, pero carece de posición propia […], un anhedónico es alguien que resulta imposible de Identificar (Foster Wallace, 2017:782).

El otro escenario de la novela son las conversaciones al noreste de Tucson-Arizona, entre Remy Marathe, uno de los miembros principales de un movimiento terrorista de Quebec: Los Asesinos de las Sillas de Ruedas (Les assassins des fauteuils), con un travesti que trabaja como reportera encubierta, llamado Hugh Steeply. Los Asesinos cuyo posible origen se remonta al sudoeste de Quebec, zona donde supuestamente habitan en sus bosques Infantes Salvajes, niños mutantes de gran tamaño, anómalos seres que crecen pero no se desarrollan, se alimentan con residuos comestibles de alta toxicidad, acumulados en la llamada Gran Concavidad, en donde va a parar toda la basura de la región, y habitan por la cercanías además de los enormes niños, hámsters mutantes, productos del exceso de radiación.

Imagen referencial del Juego de La Culte du prochain train (El culto del próximo tren). Práctica que se hizo famosa entre las líneas férreas de transporte de materias primas en Ottawa y Los Grandes lagos de Estados Unidos.  Su objetivo es ser el último de un grupo de seis en saltar de un lado al otro de las vías del tren antes de que este pase. Esta práctica, aparte de ser una alegoría de la fascinación por los norteamericanos a la cultura de deportes de alto riesgo, también es parte de un ritual de iniciación por parte de Les assassins des fauteuils, ya que en muchos casos la persona que no moría podía tras el impacto del tren perder las piernas o desmembrarse durante el salto incompleto, sobrevivir y adquirir un rango dentro de la organización paralítica. Este culto está detallado ampliamente en la nota 304 del libro, con relación a las páginas 173 y 487.

Cada segmento en donde salen ellos son conversaciones sobre el plan de poder encontrar el VHS de la Broma para poder tener el control de la sociedad y desatar el caos por medio del entretenimiento, quizá la tesis central que empapa todo el libro. La posibilidad de controlar a las naciones por medio del Entretenimiento.

Actualmente, aunque no se hable ya del VHS por su obsolescencia programada, la idea de espectáculo y entretenimiento tienen una vigencia que Foster Wallace vaticinó con sumo pesimismo en los años noventa. De ahí toda la cantidad de información que da el libro sobre el placer, los deseos, el embrutecimiento de las masas por medio de distribuciones masiva de calmantes y nichos digitales para enaltecernos en nuestra hoguera de vanidades, mientras el mundo, que apenas logramos asimilar, se va paulatinamente a la mierda.

– Los hechos de esta situación que hablan a las claras del miedo[…]a este samizdat: esto es lo que sucede cuando un pueblo no elige nada para amar por encima de cada uno de ellos mismos. Unos Estados Unidos que darían la vida (y las de sus hijos) por el llamado Entretenimiento, por esta película. Que morirían por la posibilidad de que se los alimentara con cucharaditas de esta muerte de placer, en sus cómodas cosas, a solas, sin moverse. Hugh Steeply, te digo con absoluta seriedad como ciudadano de un país vecino: olvídate por un momento del Entretenimiento y piensa en cambio en unos Estados Unidos donde una cosas así podría ser temida por vuestra oficina: ¿puede esperar un país así sobrevivir por mucho tiempo? ¿Sobrevivir como una nación de pueblos? ¿Y mucho menos ejercitar su dominio sobre otras naciones con otros pueblos? ¿Y si estos otros pueblos aún no saben lo que es elegir? ¿Y morirían por algo más grande? ¿Y sacrificarían la cómoda mansión, la mujer amada, sus piernas, incluso su vida, por algo más que los propios deseos sentimentales? ¿Y no elegirían morir solo de placer? (Foster Wallace, 2017: 364).

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El entretenimiento existe, y nosotros como seres narcisistas y racionales sabremos qué elegir entre sus infinitas ofertas. La más acertada es la opción que nos asegura una muerte cerebral provocada por el exceso de placer, por llevar lo superficial hasta convertirlo en un culto. La Broma Infinita es una obra que nos permite conocer desde los ojos del autor su sentir acerca de la sociedad norteamericana, cuyo estilo hemos acoplado con ciertas pasividad durante años, y en el contexto globalizado podemos trabajar y moldear estas ideas en nuestro contexto local, tal vez por hacer el ejercicio reflexivo de que la realidad ha superado a la ficción. Las reflexiones de Marathe, el hombre de la silla de ruedas, justifica su afán de poder valiéndose del uso mismo del Entretenimiento para dominar a naciones enteras, con el fin acabar con ellas.

Un ennemi commun. Pero no es alguien de fuera, este enemigo. Alguien o algunos en el seno de vuestra historia han asesinado ya a vuestra nación norteamericana, Hugh. Alguien que tenía autoridad o tenía que haber tenido autoridad y no la ejerció, no lo sé. Pero alguien os permitió en algún momento que vosotros olvidarais cómo elegir. Y que lo olvidarais tan completamente que cuando pronuncio la palabra «elegir» haces una mueca como diciendo: «Otra vez con la misma cantinela». Alguien os enseñó que los templos son para los fanáticos y se llevó los templos y os convenció de que ya no eran necesarios. Y ahora no hay dónde refugiarse. Y no hay ningún mapa para encontrar el refugio de un templo. Y vais dando tropezones en la oscuridad y en esta confusión de permisividad. La búsqueda incesante de la felicidad de la que alguien permitió que os olvidarais de los viejos valores que hacen posible la felicidad.

En vuestro país amurallado siempre clamáis «¡Libertad! ¡Libertad!», como si su significado fuera obvio para todos. Pero, mira, no es tan simple. Vuestra libertad es la falta de responsabilidades: nadie le dice a vuestro amado individuo norteamericano lo que debe hacer. Solo tiene ese significado para vosotros, esa libertad de compromisos y coacciones[…]Pero ¿qué pasa con la libertad-para? No solo la libertad-de. No toda la compulsión proviene de la exención. Tú finges no ver esto. ¿Qué pasa con la libertad-para?¿Y cómo elige una persona libremente? ¿Qué otras opciones hay salvo la de un niño egoísta y mimado si no existe un padre lleno de amor que guíe, informe y enseñe a elegir? ¿Cómo puede haber libertad de elección si no se aprende a elegir? (Foster Wallace, 2017: 365-366).

Todos los personajes están sumergidos en el deseo, en la incapacidad de salir de ellos porque no pueden concebir otra forma de vivir. La novela está escrita en un estilo acelerado donde hay presentes varios recursos narrativos, donde las vivencias de cada personaje dejan un rastro de reflexión y crítica a la sociedad de consumo capitalista, pero sobre todo: la exhibición de una profunda tristeza.

Hay una atmósfera de tristeza que empapa toda la Broma. Todo el abanico de personajes se define en su relación trivial con el deseo, la impotencia, los excesos, que luego se desdibujan en las contradicciones y las angustias. El autor se esmera demasiado por describirte cada detalle de las personalidades, sus gustos y defectos humanos, las justificaciones de sus miedos y antecedentes del por qué los espacios son de una u otra manera, como en un afán de no dejar ningún cabo suelto en la explicación de todo el universo que dejó. De ahí que la novela sea de corte enciclopédico. Como recomendación hay que leer la Broma con dos marcalibros: uno para la trama y otro para las 388 notas y erratas en las últimas páginas.

Son muy recurrentes las ideas que orbitan en el suicidio. Sus causas y consecuencias. En lo personal, la versión lúcida de un suicida, que lo fue el propio autor que sufría una fuerte depresión. En el 2008 (Año de los Productos Lácteos de la América Profunda(?)) se terminó ahorcando en su casa en California. Su obra es parte de un testamento ideológico sobre la depresión, la desesperación asfixiante que produce el exceso de conocimiento y la inmensa tristeza, registros del vacío que lo invadía por dentro, y que sin duda, bajo ese estado realizó quizá una de las producciones literarias más relevantes de finales del siglo XX y comienzos del siglo XXI. Es un autor imprescindible.

Entre los mitos perniciosos está el de que la gente siempre se comporta de forma optimista, generosa y abierta antes de quitarse de en medio. La verdad es que las horas anteriores a un suicidio son un intervalo generalmente de enorme egoísmo e idolatría (Foster Wallace, 2017: 253).

En 1996 en una entrevista que le hicieron al autor, con motivo de la publicación de su obra La Broma Infinita, se le pidió que describiera qué sentimientos le producía vivir en los Estados Unidos, a lo que respondió lo siguiente:

Hay algo especialmente triste en esa vivencia, algo que no tiene que ver mucho con el mapa físico, ni con la economía, ni con ninguna de esas otras cosas de las que se habla en las noticias. Es más bien una tristeza que se siente en el estómago. Lo veo en mis amigos, y también en mí, de diferentes maneras. Es como si nos sintiéramos perdidos. He de añadir que ignoro si esto le sucede únicamente a nuestra generación (Foster Wallace, 2005:267).

En el epílogo de una Antología de autores norteamericanos, la escritora Zadie Smith destaca que la obra de Foster Wallace tiene como características el interés por una búsqueda, por la exploración de una espiritualidad escondida que se ha tapiado asquerosamente por los valores de la sociedad de consumos, que se atribuye promesas insoportables, que pretende que por medio de lo material se puede llenar lo espiritual, cosa que nos revela también un panorama que se percibe no solo en la generación de Foster Wallace, la generación quemada, sino en la nuestra (también quemada): en una juventud agotada que pisa los treinta sin expectativa de muchas cosas, que se refleja en mecánicas unidades humanas, agrietadas emocionalmente, que no pueden aspirar a jubilaciones ni cotizaciones en el seguro social, porque no le interesan ni le encuentran sentido a la idea utópica de estabilidad. Unidades humanas, subcontratadas y explotadas, que aprendieron en la dureza del mercado que poco importa el crecimiento académico y personal, si a fin de cuentas se quiere una persona calificada que sea altamente productiva que no cuestione ni se queje, que rinda más a la compresión mientras descuida de manera grotesca su memoria, su capacidad de elegir.

Vemos ahora a profesionales exitosos que mueren lentamente bajo sus propios términos materiales. Contemporáneos irritados por un trabajo de mierda que llena los bolsillos de otros de maneras absurdas. Es normal encontrar estos síntomas de tristeza en nuestro tiempo. La tristeza es algo ligado profundamente a los contextos culturales de un lugar, y estos pueden ubicarse en los detalles más nulos, en las miradas opacas de nuestros amigos, en el andar de miles de personas que joroban el costo del esfuerzo, porque es también irrisorio aceptar con impotencia que el dinero honesto y la búsqueda por crecer, no alcanzan para lograr la vida plena que nos ofertan las fantasías de la televisión, esa estabilidad que parece la quimera que alcanzaron nuestros ancestros.

Es como esa reflexión que hace uno de los personajes que habla de las generaciones en la película de David Gordon Green, George Whashington (2000):

He just wanted greatness.
The grown-ups in my town,
they were never kids like me and my friends.
          [Dog Barking]
They had worked in wars and built machines.
It was hard for them to find their peace.
       [Crossing Bell Ringing]
  Don't you know how that feels?

Cita forzada dentro del contexto:

Es curioso que las artes de este Estados Unidos milenario traten la anhedonia y el vacío interior como algo que está de moda. Acaso se trate de vestigios de glorificación romántica de la Weltschmerz, que significa cansancio del mundo o hastío contemporáneo. Tal vez eso se deba al hecho de que aquí las artes son producidas por gente mayor cansada del mundo y refinada, y consumidas por gente más joven que no solo las consume, sino que las estudia a la búsqueda de claves para ir con los tiempos, lo cual implica ser aceptado, admirado o incluido y, por ende, no estar solo. Olvidémonos de la llamada presión de los pares. Es más como hambre de pares. ¿O no? Entramos en una pubertad espiritual en la que descubrimos el hecho de que el gran horror transcendental es la soledad, el enjaulamiento en el propio ser. Una vez que alcanzamos esa edad, damos o recibimos lo que sea y usamos cualquier máscara para encajar, para no Estar Solo, nosotros, los jóvenes. Las artes norteamericanas son nuestra guía a la inclusión. Una guía práctica. Nos enseñan a fabricarnos unas máscaras de hastío e ironía cansada a una edad en que el rostro es lo bastante dúctil como para asumir la forma de lo que lleva puesto. Y luego allí se queda ese cinismo fatigado que nos salva del sentimentalismo empalagoso y de la candidez no refinada. En este continente, sentimiento equivale a candidez (al menos desde la Reconfiguración)(Foster Wallace,2017:783-784).

[…]

La anhedonia de ojos vacíos solo es una rémora del flanco ventral del verdadero depredador, el Gran Tiburón del Dolor. Las autoridades denominan esta condición «depresión clínica» o «depresión involutiva» o «disforia unipolar». En realidad se trata de una incapacidad para los sentimientos, una muerte del alma […] Tiene muchos nombres -«angustia», «desesperación», «tormento», o citando a Burton, «melancolía», o la más autorizada «depresión psicótica» de Yevtuschenko-(Foster Wallace,2017:785).

Otra presentación de la cronología.

Sobre la vigencia de esta Broma Infinita, podemos hablar de ese sentimiento común para nuestras generaciones actuales. A veces uno habla con los mayores y no entienden la frustración que implica la pesada carga de Tener que convertirse en alguien. Ahora es normal sentirse insatisfecho, o poco reconocido por nuestros logros, y esa insistencia aplaca nuestra prioridad de volvernos supuestamente auténticos, reales, gastar tiempo y dinero en terapias semanales para detectar trastornos de ansiedad, desequilibrios emocionales, desórdenes alimenticios, contradicciones con nuestro cuerpo, esa pantalla suicida que es la búsqueda de atención en espacios de anonimato, donde somos mercancías y relaciones algorítmicas, donde el precio de encajar es igualarnos en gustos y tal vez tener en común las mismas aspiraciones. Nada más horrendo que sentir sosiego en la mediocridad de nuestros contemporáneos que no tienen ya nada que decir.

Las pasiones no se negocian, las defendemos con la misma rigurosidad malcriada como nos desvivimos por un dogma o productos enlatados, por una figura que no debe importarle ni un comino nuestra existencia feligresa; uno  puede sentirse representado en una figura comestible de acción y llamar a todo ese carnaval que te vende: arte. A la vez algo también puede ofenderte, o también ignorarte y silenciarte en la oscuridad de la desconexión y tu propia limitación por darte a entender. La expresividad es poder.

Podemos encontrar tranquilidad en los que piensan igual a nosotros y orientar nuestra vida estúpida a mejores manera de radicalizar nuestros pensamientos, sin sentir la obligación de tener que cambiar algo en nosotros. La apatía es gratuita y no requiere de talentos excesivos. Basta solo unas breves instrucciones egoístas para que un grupo de descerebrados se encarame y se proclamen ser los nuevos precursores de referencia de la cultura, nuestro modelos rancios a seguir. Nos rendimos ante el Entretenimiento mayúsculo.

La infelicidad tiene una relación misteriosa con la metafísica. Cuando nuestras necesidades metafísicas no son cubiertas por un programa televisivo o plataforma streaming, si la liberación de dopamina al tragar nuestras series favoritas no alcanza, una reacción nula o casi ignorada de nuestra selfie que subimos con alto esmero, en nuestros comentarios irrelevantes que pasan de largo en los muros digitales, si nada de eso alcanza, algo se desmorona en nosotros. Se activa una alarma en nuestro ego herido. Y viene la tristeza, que convive amistosamente con esa obligación despótica de tener que ser feliz, que encuentras en las vallas y comerciales de cosméticos y toallas sanitarias, en imágenes alegres de políticos efervescentes, con canciones positivas porque el mundo es para los tontos que no escatiman pensar, alegría tarada en congregaciones de tu iglesia favorita, de falsos pudores donde te dicen que debes temer a Dios, pero igual él te ama así que juega bien con tu libre albedrío, tienes que velar por sonreír ante la adversidad de la miseria que producen las deudas y creer en cosas que no existen salvo en la calamidad de tu cabeza, soportar los vacíos personales, cuando en un giro la desgracia te arrebata la inocencia y la fe, para entender que no hay más allá que nos cure del aquí.

¿Es esto lo que envuelve la Broma infinita de nuestras vidas?

No puedo abordar todos los temas que expone esta novela sin forma y de grandes proporciones, que después de todo un recorrido por sus páginas, su gran chiste es que al final tampoco hay nada. La decepción es un sentimiento menor comparado con la satisfacción de terminar y estar claro de lo cómico que es no encontrarse con nada (o con demasiado tal vez). Le di muchas vueltas al asunto. Iba y regresaba. Ante fragmentos y capítulos seguí los rastros de otros lectores más astutos y avezados que yo. Vi muchos por la redes que solo se hicieron un blog exclusivo para llevar una bitácora de la lectura que iban a haciendo. Una vez terminado el libro dejaron de escribir. Las entradas quedaron en el espacio digital, y parecen moteles baldíos en medio de la nada, con su contenido esperando sin reproche la pasada de algún nuevo viajero buscando direcciones. Hay todo un culto que custodia en secreto de la obra de David Foster Wallace. Al llevar un seguimiento de su obra se podía asumir que en cualquier momento este se iba a matar, la cosa era que no se sabía cuándo.

La persona llamada «psicóticamante deprimida» que trata de suicidarse no lo hace por «falta de esperanza» ni por una abstracta convicción de que el debe y el haber de la vida no cuadran. Y sin duda no lo hace porque de pronto la muerte le parece fascinante. Una persona en que la invisible agonía de Ello alcanza cierto nivel insufrible se mata del mismo modo que una persona atrapada salta en algún momento para escapar de las llamas. Que no haya dudas sobre la gente que salta al vacío. Su terror a lanzarse desde una gran altura es tan grande como el de otra persona que se asoma a esa ventana para ver el paisaje; es decir, el miedo a caer es una constante. La variable aquí es el otro terror, las llamas del incendio: cuando las llamas se acercan lo suficiente, arrojarse al vacío se convierte en un terror ligeramente inferior al otro. No se trata de ningún deseo de dejarse caer; es el terror a las llamas. Y, sin embargo, nadie en la acera que mira y grita que no se tire, que aguante, puede entender el salto. Realmente no. Se tiene que haber estado personalmente atrapado por las llamas para comprender realmente ese terror muy superior al de la caída (Foster Wallace, 2017:786).

Encontré en Reddit un foro donde discuten teorías especulativas, discusiones de nuevos significados, traídas por nuevos lectores, que se unen con otros empedernidos a discutir y recomendar novelas de complejidades cercanas o parecidas a la Broma Infinita. Los debates no acaban por las posibles relaciones que solo pueden dar las segundas y terceras lecturas, pues dada la extensión, la versiones logran, como cualquier obra monumental, interpretaciones infinitas. De mucha ayuda me sirvieron las opiniones de extraños. Y creo que tanta obsesión me hizo entender que en parte mi manera de leer tenía y sigue teniendo fallas, pero todo consiste en la práctica diaria.

Leer es como hacer piernas.

Para cerrar esta pequeña reseña comparto con ustedes uno de los fragmentos que más me gustó del libro. Animándolos a que si tienen la oportunidad, el tiempo y la paciencia, se lancen a la Broma, y experimenten al terminar ese raro privilegio de contemplar un universo iluminado por un torrente de luz negra.

…Dormir puede ser una forma de escape emocional y que con un esfuerzo sostenido se puede abusar de esa actividad […] Que la falta intencionada de sueño también puede ser un escape emocional del que abusar. Que la ludopatía también puede ser un escape del que abusar, y lo mismo pasa con el trabajo, el consumo, la cleptomanía en las tiendas, el sexo y su abstención, la masturbación, los alimentos y el ejercicio físico, la oración/meditación y sentarse tan cerca de la pantalla del viejo teleordenador[…]

Que una persona no te tiene que gustar para aprender algo de él/ella/ello. Que el aislamiento no es una función de la soledad. Que es posible enojarse tanto que realmente llegas a verlo todo rojo. Que alguna gente verdaderamente roba y que robará cosas que son tuyas. Que muchos de los adultos de Norteamérica no saben leer de verdad, ni siquiera con un equipo de ROM e hipertexto con funciones de AYUDA para cada palabra. Que las alianzas exclusivistas y la exclusión y el cotilleo pueden ser formas de escape. Que la validez lógica no es garantía de verdad. Que la gente mala nunca piensa que es mala, sino más bien que todos los demás son malos. Que es posible aprender cosas valiosas de una persona estúpida. Que requiere esfuerzo prestar atención a cualquier estímulo durante más de unos pocos segundos. Que de repente sin previo aviso quieres colocarte con tu Sustancia de forma tan imperiosa que piensas que seguramente te morirás si no lo haces y te puedes quedar sentado allí restregándote las manos en las piernas y en la cara, queriendo pero no queriendo, si eso tiene sentido, y si puedes aguantarte y no tocar la Sustancia durante el mono, ese mono pasará eventualmente, se irá, al menos por un rato. Que estadísticamente es más fácil para gente de bajo cociente de inteligencia dejar la adicción que para la gente con mayor poderío neuronal […] Que es posible abusar de medicamentos para el resfriado y las alergias de forma adictiva. Que el NyQuil tiene una graduación superior a 50. Que las actividades aburridas se convierten perversamente en mucho menos aburridas si te concentras lo suficiente en ellas. Que si hay bastante gente en una habitación en silencio bebiendo café es posible reconocer el sonido del vapor que sale del café. Que a veces los seres humanos solo tienen que sentarse en un sitio y eso ya les duele. Que te importará muy poco lo que los demás piensen de ti cuando te des cuenta de lo poco que piensan en ti. Que existe algo llamado bondad en estado puro, sin aleaciones y sin agendas. Que es posible caer dormido en un ataque de ansiedad.

Que concentrarse intensamente en cualquier cosa es un trabajo muy duro.

Que la adicción es una enfermedad o una enfermedad mental o una condición espiritual (como en los «pobres de espíritu») o un desorden neurológico o afectivo o de carácter[…]Que la mayoría de la agente adicta a una Sustancia también es adicta a pensar, lo cual significa que mantienen una relación compulsiva y enfermiza con su propio pensamiento[…] Que simplemente es mucho más agradable estar contento que indignado. Que el noventa y nueve por ciento del pensamiento de los pensadores compulsivos versa sobre sí mismos; que el noventa y nueve por ciento de este pensamiento sobre sí mismos consiste en imaginarse y luego aprestarse a las cosas que están a punto de sucederles, y luego, extrañamente, si dejan de pensar en eso, el cien por cien de las cosas en que ocupan el noventa y nueve por ciento de su tiempo y energía imaginando y preparándose para todas las contingencias y consecuencias  de que ellas se puedan derivar, jamás son buenas. Y que, por tanto, esto se relaciona de forma bastante interesante con la necesidad de los recién llegados a la sobriedad de rezar para perder literalmente la cabeza. En pocas palabras, que el noventa y nueve por cientos de la actividad de esa cabeza consiste en acojonarse a sí misma[…]  Que cada uno estornuda diferente. Que las madres de algunas personas no les han enseñado a cubrirse la boca o girarse antes de estornudar. Que nadie que haya estado en la cárcel vuelve a ser el mismo[…] Que a la gente a la que hay que tener más terror es a la gente aterrorizada. Que se necesita mucho valor para mostrarse débil. Que no hay que pegarle a nadie aunque se tengan muchas ganas de hacerlo. Que ningún instante individual y concreto es en sí mismo insoportable […]

Que casi todo el mundo se masturba

Y parece que bastante

Que el cliché «No sé quién soy» resulta ser, por desgracia, algo más que un cliché […] Que tener mucho dinero no inmuniza a nadie contra el sufrimiento o el miedo. Que tratar de bailar sobrio es algo muy diferente […]

Que con las cucarachas, hasta cierto punto, es posible convivir.

Que la «aceptación» es por lo general un asunto de cansancio más que otra cosa.

Que gente distinta tiene ideas radicalmente distintas sobre su propia higiene básica.

Que, perversamente, a menudo es más divertido querer algo que poseerlo.

Que si hacer algo por alguien sin hacerle saber a esa persona que fuiste tú y sin decirle a nadie lo que hiciste ni que fuiste tú ni de ninguna manera pretendes que se te dé crédito por ello, pues entonces lo que haces es una forma de intoxicación.

Que también se puede abusar de la generosidad gratuita.

Que hacer el amor con alguien que no te importa te hace sentir más solo que no haberlo hecho.

Que es permisible querer «algo».

Que todo el mundo es idéntico en su secreta y callada creencia de que en el fondo es distinto de todos los demás. Que eso no es necesariamente perverso.

Que acaso no existan ángeles, pero que hay gente que podrían ser ángeles.

Que Dios -a menos que seas Charles Hetson o estés confuso, o ambas cosas- habla y actúa exclusivamente por medio de los seres humanos, en el caso de que Dios exista.

Que Dios tiene el problema de si tú crees o no que existe Dios en un puesto bastante bajo de la lista de cosas que Él/Ella/Ello le interesan con respecto a ti.

Que una persona -una con el Des-Orden- bajo la influencia de Sustancias hace cosas que no haría sobrio y que algunas consecuencias de estas cosas no se pueden olvidar ni enmendar. Los delitos son un buen ejemplo.

Referencias:

Green, D. G. (Dirección). (2000). George Washinton [Película].

VV.AA. (2005). Generación quemada (una antología de autores norteamericanos). España: Siruela.

Wallace, D. F. (2017). La Broma Infinita. España: Penguin Random House.

Nota: Aquí se puede acceder a toda un wikipedia exclusiva de la obra.

Nota 2: Por acá hay otra reseña que les puede interesar.

Alexander JM Urrieta Solano

El Cuaderno de Blas Coll (Fragmentos)

En un remate de libros que nadie quería encontré por un precio absurdo «El cuaderno de Blas Coll», del caraqueño Eugenio Montejo.

Siempre en los encargos que me ha tocado hacer para otros este autor es muy difícil de conseguir. Pasé mucho tiempo buscando sus poemas para un cliente, y nunca me imaginé encontrarme con este libro que para mayor asombro estaba firmado por el autor: «A Irama y Carlos Tortilero, con el viejo afecto y la amistad de Eugenio Montejo, Caracas, 30.III.1981». Hay una extrañeza dentro de esos libros que el azar nos pone en nuestra ruta y que están dedicados a otras personas. Uno lleva en sus manos un artículo que parece venir de un relevo fantasmal, de un inmenso descuido, o simplemente un olvido. El libro vive un proceso de transmigración de alma, el azar lo conduce a su siguiente lector potencial.

La voz heterónima de Blas Coll adentra al lector en las reflexiones de un tipógrafo rural, que durante se estadía en Puerto Malo, se encaminó en la empresa del diseño de un nuevo lenguaje, una nueva forma de nombrar las cosas. En una parte hace mención del día que inventó la vocal @, «cuya pronunciación exacta nos es por desgracia desconocida». El cuaderno es un ejercicio de transcripción fallido que deja en el lector un tremendo enigma sobre nuestro idioma, cada más esotérico, difícil, e incompresible.

El cuaderno comprende una serie de inquietudes sobre nuestra forma de comunicarnos, y el lenguaje como el paisaje en donde nacen y se dan las cosas. Blas Coll, deja en hojas de plátano y márgenes su mensaje fragmentario y algebraico.

Antes de entregar el Libro, con mucho dolor, al cliente que solicitó mis servicios, hice unas notas apresuradas de lo que más me gustó en mi cuaderno de espiral. El libro puede leerse en un viaje caluroso de metro. Tal vez no lo vuelva a ver:

La palabra del hombre tiende en secreto a una extensión máxima de dos sílabas, aunque su ideal expresivo sea siempre la unidad monosilábica. Una sola sílaba traduce cabalmente el esfuerzo de un paso sobre la tierra. Se corresponde con la distancia imaginaria a que nos situamos de todo objeto, hecho o acción. Pero debemos conceder que se juzgue más natural servirse no sólo de un pie, sino de ambos, es decir, que se procure emplear el mayor movimiento posible sin repetición: sístole y diástole del corazón humano. Al nombrar una cosa con tres sílabas ya estamos añadiendo un paso de más que fatiga la imaginación.

***

Me río de los políticos que quieren ordenar las cosas de los hombres sin tocar su lenguaje. Tratan de ignorar adrede que las falacias de sus leyes es de índole lingüística más que jurídica.

***

Una conversación -reza otro de sus fragmentos- plantea un movimiento verbal parecido al de una partida de ajedrez, de modo que es fácil señalar, al primer movimiento de los labios, si se está en presencia de un gran maestro o de un mero aficionado.

***

No veo por qué el sustantivo verbal no ha de ser siempre el mismo que la primera persona de indicativo del verbo del cual derive: Un pienso, en vez de un pensamiento, pues no decimos un soñamiento sino sueño. Así también: un miro (por una mirada), un sufro (por un sufrimiento), etc.

***

Cada lengua concibe una idea diferente de Dios. La forma de su representación, por abstracta que sea, no se desliga nunca de las letras con que la palabra Dios se escribe en esa lengua. Quien niega esta verdad, niega el poder mágico de las letras, y la forma en que estas operan sobre la imaginación de los hombres.

***

Muchos se proclaman ateos ahora que Dios ha dejado de ser una moda. Nadie teme, a estas alturas del mundo, ser acusado de hereje, a no ser que se trate de las nuevas religiones políticas, sobre las cuales nada diremos por ahora. Y sin embargo, si lo miro bien, creo que el único hereje verdadero de estos tiempos soy yo. Al anunciar una lengua nueva, anuncio también, y todos lo saben, dioses inéditos.

***

Los hombres son fatalmente conservadores, no hay más que verlos cómo reaccionan ante el lenguaje. En todo tiempo se hallan prestos a demoler el mundo, para rehacerlo de cabo a rabo, aunque ello no sea más que engendro de su hastío metafísico. La lengua muestra, en cambio, con cuánta comodidad se adecúan a la indolencia de antiguas formas. «Pueden meterse con todo, pero no toquen lenguaje», decía el terrible Voltaire.

***

En un enunciado de cualquier lengua debe leerse la posibilidad expresiva más adecuada entre pensamiento y palabra, por lo que toda frase es una tentativa siempre perfectible. Es lo que tengo por expresión abierta, probada por la corrección y conveniencia del uso diario. Si algo puede ser dicho de un modo más conciso y eufónico, esta segunda fórmula se impone más naturalmente sobre toda otra menos perfecta, y ha de preferirse hasta que no se halle equivalente más eficaz. Se comprende así por qué los poetas, y no los académicos, son los mineros del idioma.

***

Toda frase debe reproducir en su construcción, tanto como sea posible, la forma de gravitación de los astros que conocemos. El sujeto debe rotar como el sol.

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Un pensamiento es tanto más verdadero si lo que expresa puede ser representado sin palabras en nuestra conciencia. El hábito verbal le agrega un peso tal a toda idea, que casi nos es imposible salir de las palabras para pensar. Y, sin embargo, el ajedrecista puede concebir una variada serie de movimientos de formulaciones no verbales, del mismo modo que el músico concibe una estructura puramente tonal. Se me da así clara la diferencia entre prosa y poesía, siempre confusamente planteada. Prosa es toda representación de conceptos; poesía, en cambio, es imagen pura, acecho de la palabra desde la zona de nuestra mente no contaminada aún de verbalidad

***

El cambio más importante en nuestra vida, del cual dependen casi todos los otros, será posible cuando dispongamos de una lengua que estimule el conocimiento no sólo por medio de ella, sino especialmente liberándonos de sus formas. Que el lenguaje sea el pensamiento, pero que nuestro pensamiento no desdeñe otras vías no implicadas en los hábitos lingüísticos y por ello más allá de este, tal como suele darse en algunos sistemas especializados: matemáticas, lógica simbólica, etc. Siendo que estos sistemas se hallan hoy suficientemente difundidos, sorprende que su influencia en los hábitos del pensamiento cotidiano aparezca tan reducida.

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El infierno debería ser esdrújulo.

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Los refranes y decires anónimos, hermosos y sintéticos, son las botellas que arroja al mar cada idioma de tiempo en tiempo.

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La estructura de la oración debería de variar con el transcurso del día, para señalarnos del modo más preciso el registro del tiempo. No conviene hablar por la mañana del mismo modo que lo hacemos por la noche.

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Los demasiados libros, o las virtudes del exceso de plástico

En el Diplomado de Edición de la Cámara Venezolana del Libro escuché por primera vez sobre Los demasiados libros, del ensayista mexicano Gabriel Zaid. Más tarde encontré el libro completo en formato digital y tomé todas las citas posibles sobre el asunto a tratar.

Los libros se multiplican en proporción geométrica. Los lectores, en proporción aritmética. De no frenarse la pasión de publicar, vamos hacia un mundo con más autores que lectores.

Prosperan los libros que no son para leer. Libros que se pueden tener a la vista impunemente, sin resentimientos de culpa: diccionarios, enciclopedias, atlas, guías, libros de arte y de cocina, obras completas. Libros que la gente discreta prefiere para hacer regalos porque son caros, lo cual demuestra aprecio, y porque no amenazan  con la cuenta pendiente de responder a la pregunta: “¿ya lo leíste? ¿Qué te pareció?” –lo cual demuestra lo mismo. El antieslogan más anticomercial del mundo pudiera ser: “Regale un libro. Es como regalar una obligación”.

Casi todos los libros se vuelven obsoletos desde el momento en que se publican, si no antes. Y la mercadotecnia está logrando imponer la planned obsolescence hasta de los autores clásicos (con nuevas y mejores ediciones críticas) para acabar con la ruinosa trasmisión de gustos de una generación a la siguiente, que tanta fuerza restaba al mercado.

La humanidad publica un libro cada medio minuto.

Se mencionó primero en una clase dictada por la directora general de la editorial Planeta, que nos hizo una introducción sobre mercadeo y formatos digitales, y en otra ocasión, en una clase sobre diseño de colecciones para una línea editorial. En otra clase sobre las diferentes rutas del libro, llegamos a Zaid porque la profesora sacó a relucir las bemoles del negocio: la crisis de las sociedades posindustriales que tienen como síntoma evidente «la producción excesiva de plástico», lo que muchos llaman producción de basura, de «anti-literatura», ese mercado agresivo de la cultura del best-seller que abarca un stock infinito de autores-marca que cada año lanzan al mercado un libro masticable, dotado de una vida escandalosa pero igual precaria, cuya fórmula mantiene cautivo y cercano a un gran número de lectores-consumidores, dispuestos a comprar «cualquier mierda que esté de moda». Si podemos también llamar mierda hasta las producciones levantadas con un grado de esfuerzo irreconocible, obras que pasan desapercibidas dentro de un mercado dominado por los oligopolios de grandes transnacionales, que ofrecen todo tipo de géneros para mantener un debate sostenido sobre qué libros son buenos y qué otros no.

Los libros se publican a tal velocidad que nos vuelven cada día más incultos. Si alguien lee un libro diario (cinco por semana), deja de leer 4.000 publicados el mismo día. Sus libros no leídos aumentan 4.000 veces más que sus libros leídos. Su incultura, 4.000 veces más que su cultura.

Decir: Yo sólo sé que no he leído nada, después de leer miles de libros, no es un acto de fingida modestia: es rigurosamente exacto, hasta la primera decimal de cero por ciento. Pero ¿no es quizá eso, exactamente, socráticamente, lo que los muchos libros deberían enseñarnos? Ser ignorantes a sabiendas, con plena aceptación. Dejar de ser simplemente ignorantes, para llegar a ser ignorantes inteligentes.

La medida de la lectura no debe ser el número de libros leídos, sino el estado en que nos dejan.

¿Qué importa si uno es culto, está al día o ha leído todos los libros? Lo que importa es cómo se anda, cómo se ve, cómo se actúa, después de leer. Si la calle y las nubes y la existencia de los otros tienen algo que decirnos. Si leer nos hace, físicamente, más reales.

La humanidad escribe más de lo que puede leer.

Que todo el mundo participe en una sola conversación, no la enriquece: la reduce.

Los libros reproducen la cosecha, no el proceso creador. En cambio, los discursos sembrados en la conversación, germinan y producen nuevos discursos.

Hoy resulta más fácil adquirir tesoros que dedicarles el tiempo que se merecen.

Ante la disyuntiva de tener tiempo o cosas, hemos optado por tener cosas. Hoy, es un lujo leer a Sócrates, no por el costo de los libros, sino del tiempo escaso. Hoy, la conversación inteligente, el ocio contemplativo, cuesta infinitamente más que acumular tesoros culturales. Hemos llegado a tener más libros de los que podemos leer.

Las credenciales del saber han llegado a pesar más que el saber.

La letra muerta no es un mal de la letra sino de la vida.

Queremos que los libros se democraticen, que puedan ser leídos por todos, que estén a la mano en todas partes, pero que sigan siendo sagrados.

Hay formas discretas de perder el tiempo, y una de esas consiste en fajarse por querer leer lo que ha leído todo el mundo. Cuando la verdadera libertad radica en que podemos leer todo lo que nos venga en gana. Leer es un hábito de placer y libertad. Tan íntimo y personal como la masturbación. Hace ya un tiempo, en un artículo que hice sobre lectores y escritores flojos, rescaté una reflexión de Harold Bloom: nuestra selección de lecturas, a fin de cuentas, no es problema de nadie. Por otra parte, Bloom en el prefacio de su libro «Cómo leer y Por qué», dice: leer bien es uno de los mayores placeres que puede proporcionar la soledad, porque, al menos según mi experiencia, es el más saludable desde el punto de vista espiritualLa invención literaria es alteridad, y por eso alivia la soledad. Leemos no sólo porque nos es imposible conocer a toda la gente que quisiéramos, sino porque la amistad es vulnerable y puede menguar o desaparecer, vencida por el espacio, el tiempo, la falta de compresión y todas las aflicciones de la vida familiar y pasional.

Abundan los buenos libros que no tienen nada que decirle al gran público. En el otro extremo, hay libros lamentables que tienen públicos masivos sin que por eso sean menos lamentables. Naturalmente, hay también libros excelentes para el gran público y libros lamentables para públicos selectos.

Lo deseable no es que todos los libros tengan millones de lectores, sino todos los lectores a los cuales tienen algo que decirles.

Habría que distinguir y medir separadamente un cúmulo de fenómenos distintos en la llamada influencia del libro. Una cosa es la importancia de ciertos libros y autores, otra su renombre, otra la venta efectiva de ejemplares, otra la lectura de los mismos, otra la asimilación y difusión del contenido, otra los nexos causales entre los fenómenos anteriores (importancia, renombre, venta, lectura, asimilación, difusión) y los hechos observables en el comportamiento social.

La gran barrera a la difusión del libro no es el precio (menos aún si hay buenas bibliotecas públicas), sino los intereses y limitaciones del autor y el lector. Aun suponiendo que a todo el mundo le interese la metalurgia o el surrealismo, hay libros surrealistas y de metalurgia que no todo el mundo puede seguir sin cierta preparación. Esto reduce enormemente el público de un libro, por barato que sea.

El mundo no está esperando a ver qué maravilla escribe uno para ir inmediatamente a comprarla y leerla, aunque se trate de metalurgia, surrealismo y otros temas centrales para el género humano. Pero si no fuera por esa ilusión, más o menos narcisista, de sentirse en el centro de una totalidad que nos llama, ¿cómo iba nadie a escribir, contra todas las evidencias estadísticas?

Al autor su libro le parece central, porque lo ve situado en una totalidad que a él le permite centrarse. ¿Pero cómo puede el lector recuperar esa totalidad desde tantos centros de atención que lo solicitan? Es difícil, sin compartir en buena parte preparación e intereses.

Dentro de estos grandes éxitos comerciales están los famosos libros de autoayuda, palabra categórica que como concepto aislado carece de sentido, pero que tampoco puede desviar los objetivos principales de las editoriales: el negocio.

Muchos compañeros de clase, al escuchar la palabra Auto-ayuda, cambiaron sus miradas para encontrar un reconocimiento común en el desprecio de aquellos libros que nos dan herramientas para ser felices, o para mejorar en algunos aspectos emocionales o financieros. Como si tal desprecio a ciertos títulos pusiera también en evidencia una petulancia lectora, porque hay libros cultos y otros no, y es claro que yo leo los mejores libros, por supuesto. Una trivialidad si hablamos de preferencias en la vida común, pero que resultan ser un grave error si aquel que desprecia pretende hacer vida dentro de la industria de los libros. Por otra parte, basta con hacer un pequeño ejercicio de reflexión sincera para saber si uno se puede considerar un lector, de la misma manera que puede considerarse un buen ladrón, un buen hijo o un buen actor.

Eso me llevó a pensar en las diferentes problemáticas que podemos tener como individuos, metidos en una gran bola de carne llamada sociedad. De manera inevitable pensé en el estado en que la Universidad gradúa todos los años profesionales que en su mayoría resultan ser recursos humanos capacitados para producir dinero, pero con claras deficiencias que pasan desapercibidas porque tampoco son tan importantes, como la de padecer analfabetismo funcional. El profesional sabe leer y escribir, pero no asimila ni procesa nada de lo que adquiere.

Esta crisis que tenemos, además de ser un dilema de irritación de los sentidos, puede también abarcarse desde la premisa de que somos una sociedad que sabe leer pero que muy pocas veces logra comprender e interiorizar lo que lee. Eso explica, de una manera muy somera, la poca amplitud reflexiva que podemos llegar a tener sobre lo que puede acontecer en nuestra rutina diaria, porque divagamos en lo obligatorio de los pensamientos positivos, o la misma exigencia de la realidad donde se tiene que lidiar con el costo de la vida. Nos mantenemos ocupados en tantas cosas que raras veces podemos tener un espacio ideal para dedicarnos a nosotros.

Millones de graduados universitarios con un nivel de ingresos superior al promedio de la población no son grandes lectores. ¿Y si las masas universitarias compran pocos libros, para qué hablar de masas pobres, analfabetismo, poco poder adquisitivo y precio excesivos?

El problema del libro no está en los millones de pobres que apenas saben leer y escribir, sino en los millones de universitarios que no quieren leer, sino escribir. Lo cual implica (porque la lectura hace vicio, como fumar) que nunca le han dado el golpe a la lectura: que nunca han llegado a saber lo que es leer.

Pasan los años, y la experiencia profesional y de la vida pueden hacer madurar a la persona, hasta en relación con el lenguaje, y se tiene gente universitaria que se desenvuelve con eficacia razonable en el orden profesional, que es capaz de sostener una conversación de cierto vuelo, pero que coge un libro y no sabe más que ir a ras de tierra, arrastrándose tortuosamente entre el follaje inabarcable de un golpe, desde su visión de reptil. ¿Y a quién le gusta sentirse un reptil, sobre todo si tiene la experiencia del vuelo inteligente en el orden oral?

Ese disgusto natural acentúa la diferencia entre el lado oral desarrollado y el lado escrito subdesarrollado; condena la lectura de libros al círculo vicioso del estancamiento. La persona no lee libros porque nunca aprendió a leerlos, porque nunca “les dio el golpe”, porque nunca les encontró el gusto, por lo cual nunca le gustarán. Y como, además, para tener éxito profesional y ser aceptado socialmente y ganar bien no es necesario leer libros…

La gran barrera a la difusión del libro está en las masas de privilegiados que fueron a la universidad y no aprendieron a leer un libro.

Los graduados universitarios tienen más interés en publicar libros que en leerlos.

Leer es difícil, quita tiempo a la carrera y no permite ganar puntos más que en la bibliografía citable. Publicar sirve para hacer méritos. Leer no sirve para nada: es un vicio, una felicidad.

Una premisa común que no se dice en voz alta. La exposición altanera de los capitales culturales, que igual no beneficia ni empobrece a nadie. A veces es patético cuando te das cuenta que hay tanta información circulando, y andas tú todo contento conforme con lo poco que tienes, que no sabes, no te das cuenta que como lector (supuestamente tan bueno como te crees que eres) pudiste haber pasado tu vida sin haber aprovechado el tiempo, leyendo quizá otras cosas no tan productivas pero que igual te gustaban, lo suficientemente buenas para expandir tu mundo hacia otros mundos, o lo terriblemente malas como para mantener el perfil de un consumidor por inercia, puliendo algún prejuicio estúpido de que eres un lector de lomito fino, de algo bueno (pero que no es así), porque caes en la falsa idea de que aquello que eliges lo sustentas con un criterio frágil y susceptible a cualquier opinión proveniente de cualquier parte.

El costo de leer se reduciría muchísimo si los autores y los editores respetaran más el tiempo del lector.

Llega a suceder que un libro de poemas venda millones de ejemplares.

Pero lo más común es que un libro de poemas venda menos de mil ejemplares.

A medida que aumenta la población universitaria, no aumenta el número de los que leen, sino de los que quieren ser leídos.

El narcisismo compartido del “si me lees, te leo” degeneró en un narcisismo que ni siquiera es recíproco: no me pidas atención: dámela. No tengo tiempo, ni dinero, ni ganas de leer lo que púbicas; quiero tu tiempo, tu dinero, tus ganas de leer. No me aburras con tus cosas, dedícate a las mías.

Una solución de welfare state sería crear un servicio nacional de geishas literarias, con maestría en letras y psicología autoral, que trabajaran a tiempo completo en leer, escuchar, elogiar y consolar a todos los autores no leídos.

La mayor parte de los libros nunca se comentan, nunca se traducen, nunca se reeditan. Se venden (si se venden) como novedad, pero después de la escasa venta de salida no hay venta de reposición. Quedan (si quedan) en las bibliotecas de los amigos, en algunas librerías de saldos, en algún registro bibliográfico, no en la Historia Universal.

Pero tú sigues escribiendo libros.

¿Qué paternidad es más irresponsable? ¿La del que quiere perpetuar su nombre en hijos o en libros?

Tu libro es una brizna de papel que se arremolina en las calles, que contamina las ciudades, que se acumula en los basureros del planeta. Es celulosa, y en celulosa se convertirá.

Hay más libros que estrellas en una noche en alta mar.

¿Cómo puede un libro, entre millones, encontrar sus lectores?

Tú te puedes hacer la idea que más cómodo te haga sentir contigo, después de todo, pensar demasiado es una molestia que puede evadirse de infinitas y gratas maneras. Total el cliente/lector siempre tiene la razón, claro, y con esa fuerza de consumidor nos podemos considerar superiores o poco lectores, porque podemos irnos a los extremos: sobreestimar o subestimar nuestras lecturas, y bajo esas pequeñas escalas personales, que bastan para cosas triviales pero que por igual no sirven para todo, juzgo a los demás, juzgo a todo lo que sea ajeno a mi parcela de ideas, juzgo al mundo de plástico cuando apenas sé leer y escribir.

Tú te puedes hacer la idea de que esto consiste en un negocio redondo, que no se ajusta de ninguna forma al criterio individual. Se trata de un riesgo, igual sometido a toda clase de pérdidas. Si no se es lo suficientemente abierto y activo a toda clase de propuestas, es mejor dedicarse a labores menos infames, donde no se juegue el destino del bolsillo ni el tiempo de la gente. En eso consiste este negocio, y para ser un buen editor, corrector, librero, o escritor, ante todo hay que ser un lector insaciable. Leer todo lo que caiga en nuestras manos, ya sea por azar o sugerencias. Ambas entradas son valiosas. Antes que divulgar nuestros gustos, resulta más nutritivo averiguar qué es lo que le gusta a los demás. Conocer los hábitos y posibles indicaciones de otros, para así también hacernos una idea de lo que posiblemente esté buscando la gente. Esa es la virtud más grande que puede tener un lector. O es lo que en mi opinión define a los grandes lectores: el espíritu inquieto…sense of inquisitiveness.

La amistad con un libro puede surgir por un accidente afortunado y extenderse a otros libros mencionados por el autor. O por el testimonio de amigos o personas con autoridad intelectual que contagian su entusiasmo por un libro, o apoyan el entusiasmo del joven lector: Si te gustó ese libro, estos otros pueden interesarte.

A los lectores (ya no se diga a los autores) nos molesta no encontrar los libros que quisiéramos ver: precisamente ahí, en el momento.

No es fácil adivinar en dónde sí o en dónde no va a producirse el encuentro feliz para el lector, para el librero y para el editor.

El librero imagina las constelaciones de libros ideales para sus clientes y va creando un perfil que atrae a clientes con expectativas afines.

Las probabilidades mejoran por la claridad del perfil, por la diligencia y puntería del librero, por el tamaño del conjunto.

Cada lector es un mundo: no hay dos bibliotecas idénticas. El número de libros es prácticamente infinito, pero los recursos del librero son finitos. Las probabilidades de asignar recursos a un conjunto de libros que nadie va a pedir son muy grandes. Por eso, las librerías son negocios difíciles.

Paradójicamente, los ejemplares sin movimiento del editor y la librería se contabilizan como activos en el balance financiero. Los árboles convertidos en basura se contabilizan como crecimiento económico. Los libros mediocres, innecesarios o francamente malos cuentan como créditos académicos para el capital curricular de los autores y las instituciones.

La experiencia editorial demuestra ampliamente qué fácil es equivocarse al juzgar un libro, tanto en sus méritos literarios como en su potencial vendedor.

Independientemente de las circunstancias tecnológicas y económicas, los lectores en acción (los mediadores) que intervienen para que se produzcan los encuentros felices seguirán haciendo la diferencia entre el caos que inhibe y la diversidad que dialoga. La cultura es conversación, y el papel de los mediadores es organizar la conversación, hacer que la vida del lector tenga más sentido, por el simple hecho de encontrar el libro que necesitaba leer.

Cuando la edición de libros se mira como un negocio podemos ver las cosas de una manera más rentable. Antes que despreciar todos esos libros que parecen rayar en un género de tontologías, debemos pensar primero que son buenos porque se venden mucho y muy bien. Son libros que cumplen su función porque no le piden exigencias mayores al lector. Logran su cometido de la manera más eficaz posible. Que se pueda pensar que esos libros no lleven a otra parte porque el plástico solo lleva a plástico es otra cosa, no es asunto que le interese a las editoriales. Considerando, además, que gracias a la venta exagerada de todo ese plástico se garantiza la quincena de los trabajadores. Un punto válido. Sumamente importante.  Hay que tomar en cuenta que es gracias a ese plástico quizá que las casas editoras puedan costear títulos que para algunos lectores exigentes son de lujo y difíciles de realizar.

El libro ha sido precursor de prácticas industriales y comerciales que se extendieron por el mundo de los negocios. La imprenta anticipó la producción repetitiva. Los libros estuvieron en la vanguardia de las ventas por suscripción, de las ventas por correo y de las ventas en línea.

Los buenos escritores, traductores, críticos, maestros, editores, correctores, tipógrafos, libreros y bibliotecarios suelen empezar como buenos lectores. Su afición los lleva a los oficios del libro, donde se ponen al servicio de la comunidad lectora según sus gustos y oportunidades. No hay un centro que coordine la división del trabajo comunitario, sino una especie de anarquía creadora, movida por iniciativas diversas y dispersas.

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Alexander JM Urrieta Solano

Referencias:

-Bloom, Harold. Cómo leer y por qué. España, Anagrama; 2002

-Zaid, Gabriel. Los demasiados libros. México, Random House Mondadori; 2011

Zerópolis

Hay que escribir sobre un libro que nos guste. Quiero convertir esta activad en un hábito de mayor seriedad. Siempre al terminar un libro se puede llegar a tener una sensación de alivio, una alegría muy personal, de plenitud porque tal recorrido lo vamos a conservar siempre. Eso depende si el libro resultó ser de nuestro agrado. Creo que he tenido la suerte de haber disfrutado todos los libros que han llegado a mis manos, salvo contadas excepciones, pero eso no es algo que tenga que escribir. Más que una reseña lo que uno puede hacer es hablar de su experiencia con el libro. No pretendo hacer una crítica literaria. Solo compartir mi vivencia personal como lector.

Después de casi tres años de búsqueda pude disfrutar de la lectura de un ensayo de Bruce Bégout: Zerópolis (Anagrama, 2007). Quizá uno de los mejores libros que leí este año. Creo que cumple con un tipo de libro que puede ser recomendado para todos: es corto y se lee muy rápido, pues se trata de un libro que dentro de la sencillez de su prosa expone grandes complejidades desde un enfoque poético, muy al estilo de una referencia literaria cercana: Las Ciudades Invisibles de Italo Calvino. El autor parte de un enfoque fenomenológico, una filosofía de la experiencia para exponer una visión de la ciudad de Las Vegas: «superpotencia del consumismo frenético, emblema del entretenimiento pueril, templo de la tiranía ludócrata…un simulacro urbano inmenso y hueco».

El estudio fenomenológico de la ciudad de las Vegas es un punto de apoyo para reseñar cualquier ciudad contemporánea. Las Vegas se alza como referencia máxima y final de todas nuestras ciudades modernas en su posible último estado, que raya en el paroxismo de las experiencias sensitivas y simbólicas, la exaltación exagerada de una parodia urbana. Las Vegas se presenta como una ciudad en medio de la nada, construida en medio del desierto expresa el sentido megalómano de los hombres por levantar cosas desde la nada. Ozymandias.

La ciudad está ubicada en el desierto de Nevada. Lugar que durante un tiempo estuvo destinado a constantes ensayos atómicos que le dieron el título honorífico de Nuclear state.

En los años cincuenta, los casinos aprovecharon la proximidad geográfica de los ensayos nucleares para convertirlos en emblema de la ciudad: veladas atómicas, cortes de pelo atómicos (atomic hairdo), coctéles atómicos. Ignorando los riesgos de la radiación nuclear (el gobierno federal no los reveló oficialmente más que a comienzos de los años sesenta), algunos hoteleros llegaron incluso a organizar picnics en el norte de la ciudad para asistir en directo al espectáculo de las terribles explosiones en forma de seta. Por su parte, en 1953, el Atomic View Motel garantizaba en sus folletos una vista impecable, desde cualquiera de sus habitaciones, sobre el fenómeno (Pág.15)

Es un hecho curioso que la bomba atómica simbolice la destrucción del último mito válido de la modernidad: el sol. Elías Canetti escribió en 1945 que tras los eventos de Hiroshima y Nagasaki la luz solar es destronada por el poder nuclear. El hongo atómico se ha vuelto la medida de todas las cosas. Lo pequeño ha triunfado sobre la inmensidad indescriptible: una paradoja de poder. Y es más curioso que durante un tiempo miles espectadores se reunieran en terrazas de hotel, en medio de un desierto, para contemplar con cierto deleite radiactivo la fiesta de la insignificancia humana. Nuestra capacidad destructiva, engendrada en la religiosidad del progreso, la ciencia y la razón.

Ciudad de régimen ludocrático. Destinada única y exclusivamente al consumo de diversión, por medio de la irritación por imágenes y luces de neón. «Pozo de energía, devoradora y risueña, la ciudad del juego se ha situado bajo el doble símbolo de la electricidad y del átomo, de la onda y del choque». Ella habita cómoda en nuestras mentes, y se expresa en nuestros gestos y aspiraciones ordinarias. Todas las ciudades aspiran ser como Las Vegas.

No estoy seguro de que si me quedara aquí durante meses, recorriendo la ciudad hasta sus más minúsculos intersticios, participando en todos sus eventos festivos y oficiales y nutriéndome sin moderación de sus baratijas irrealistas, llegaría a aprender algo más de lo que me han revelado mis primeras impresiones. Sofocadas las sensaciones violentas de las primeras horas, la ciudad se agota rápidamente. Además de los casinos y de los hoteles temáticos, pocas cosas hay para ver y menos aún por hacer. Todos los espectáculos se parecen en el fondo: variaciones alrededor de un parque de atracciones. Desde luego, no faltan las solicitaciones de toda clase. En cada recodo de la calle, los ganchos al servicio de los inmensos complejos de diversión que colindan con los casinos que proponen excursiones en barco al alba, fugas en diligencias de la época del Oeste perseguidas por una horda auténtica de apaches pintarrajeados, abigarrados y gritando como debe ser, o el descubrimiento aéreo del Gran Cañón en helicóptero, incluido desayuno con champán al borde de la sima, pero finalmente todo conduce a impresionar sin descanso en todos los sentidos hasta provocar una sensación de absoluta estupefacción (Pág. 59)

Es la irritación del instante. El visitante se encuentra sumergido en un constante bombardeo de imágenes y distracciones  que le impiden tener una noción clara de dónde está caminando. «Es preciso abstenerse de cualquier ironía de la distancia. Es ahí donde reside el poder primordial de la alucinación espectacular de Las Vegas: en convencernos de que es mejor no dejar de creer» (Pág. 81). El Strip de las Vegas, emblema de la ciudad en la que se concentra la descripción de Bégout, comprende una zona de casi siete kilómetros repleta de colosales y lujosos hoteles casino y luces neón. Estos complejos comprenden cadenas de restaurantes, espacios para toda clase de eventos musicales, pirotecnia y coreografías infinitas, donde todo gira en función de una actividad ancestral: el juego.

La experiencia lúdica y social propuesta en Las Vegas, con sus atracciones y sus espectáculos, sus casinos y sus cabarets, apenas cuentan en una vida. Una excitación pasajera de los sentidos, un frenesí de consumo de olvido que desemboca muy pronto en una náusea tenaz. Pero resulta significativo que, a pesar de su capacidad de hastío vertiginoso, la ciudad que nunca duerme logra siempre seducir de nuevo a los humildes y a los incautos, a los derrochadores y a los canallas. Después de todo, parece satisfacerse con ese estatus de ciudad superficial y hueca. Aunque es preciso añadir que ha construido todo un imperio sobre ese vacío. (Pág. 36)

Podemos pensar que la ciudad que vivimos ha hecho los mayores esfuerzos por convertirse en un parque temático. La vida mental de las metrópolis, desde el punto Zero, se encamina en la tarea de alcanzar un estado donde el consumo desmedido es la práctica religiosa que logra saciar todas nuestras necesidades materiales y espirituales. Donde las instituciones y tradiciones particulares o colectivas pueden ser llevadas a niveles de fetichismo y degradación. «Las Vegas se mofa de todo. Convierte toda realidad en escarnio. Sin preocuparse por la historia, tritura cualquier evento humano en un quimo electroquímico y paródico que no deja absolutamente nada intacto» (Pág.15). La cultura del cinismo que vivimos actualmente la podemos explicar en esta ciudad. Ella se extrapola a todas las ciudades que pretenden también superar sus propias distopías. Parte de la vida en la ciudad consiste en la idea de que uno se mueve con cierta libertad, cuando realmente la lógica de la ciudad es que está diseñada para conducirnos de forma totalitaria. El libre albedrío no existe.

La ilusión devora la realidad, el engaño jovial y colectivo se convierte en solidez y materia, pues, no hay duda, las atracciones existen. Ésa es precisamente una de las fuentes de placer de la fantasy en sí misma: pasa por verdadera. La ciudad juega tanto con sus propios espejismos que lo mantiene a distancia con una suerte de ironía trágica…la ilusión vampiriza la realidad o bien la realidad, nacida de la ilusión, desprecia todo artificio que no esté a la altura de su propia irrealidad. Expresado de otro modo, podría decirse que la verdadera quimera contenida en Las Vegas es la propia ciudad en sí misma y no los múltiples artificios que la componen. (Pág. 25)

La particularidad que tiene la Torre Eiffel es que puede verse desde cualquier parte del mundo. Así como París se convierte en un emblema de la modernidad, Las Vegas se convierte en un emblema de la banalidad. Y sin embargo esto no quita que la ciudad con sus propuestas nos resulte fascinante y nos idiotice con todas sus opciones estrafalarias. Parada obligatoria dentro de nuestro itinerario de viajero, de turista de imágenes, que contempla todo desde una sensación de benevolencia inducida por la misma idea artificial que sugiere el espacio.

Visitaremos Las Vegas como visitamos el Louvre o la National Gallery, con el mismo respeto exagerado por el genio de nuestros ancestros. Con la sola diferencia de que Las Vegas será su propio museo a cielo abierto. Nos inclinaremos hacia las vitrinas que reunirán las reliquias centelleantes que la sociedad del espectáculo de finales del segundo milenio dejó tras de sí…Todos los museos del mundo querrán desarrollar su propia colección de tubos de neón y letreros luminosos, poseer su sección con el sello Las Vegas, prolífica en máquinas tragaperras, en surtidores de estuco rosa caramelo, en puertas cocheras gigantes, como otros poseen su sección copta o fenicia…Al atravesar a paso las inmensas salas subterráneas de los casinos, al seguir hasta el final los múltiples espectáculos de luz y sonido, el echar un vistazo por doquier y sin tregua, a veces se tiene la impresión de que, tras la agitación incontrolable de Las Vegas, la momificación museística ha comenzado ya. (Pág. 75)

Todas las ciudades occidentales aspiran superar sus propias ficciones, para enmarcarse en el viaje a la hiperrealidad en donde la imaginación americana quiere ante todo buscar la verdad, y para eso necesita construir lo falso en un sentido absoluto. O como habrá dicho Umberto Eco en su Estrategia de la Ilusión, con relación a los museos: «donde los límites entre el juego y la ilusión se confunden, donde el museo de arte se contamina de la barraca de feria y donde la mentira se goza en una situación de “pleno”, de horror vacui» (Pág. 20). Eco hace una mención en relación en un apartado del libro que habla de la Ciudad de los autómatas. Las Vegas

posee una arquitectura totalmente artificial, que ha sido objeto de estudio por parte de Roberto Venturi, como un hecho urbanístico enteramente nuevo, una ciudad «mensaje», hecha toda de signos, no una ciudad como las demás, que comunican para poder funcionar, sino una ciudad que funciona para comunicar. (Pág. 61)

Las Vegas como gran espacio museístico del entretenimiento nos da la oportunidad de conectarnos con un pasado mágico sin tener que dejar de estar aquí. Es en principio la experiencia que brinda el museo. La repetición de la ciudad nos da la sensación de vivir atrapados en un loop eterno. Es llevar la rutina mecanizada hasta sus últimas consecuencias. No one does it better, cita el epígrafe de uno de los capítulos de Bégout, titulado Urbanidad Psicotrópica:

El terreno de juego de América. Antiguo lugar de la famiglia, Las Vegas se ha convertido en algunos años en el espacio favorito de las familias americanas. Vienen esencialmente al desierto de Nevada para divertirse un buen rato, para recibir, ellas también, algo de «polvo de neón» que produce el brillo de la vida y constituye, al final, hermosos recuerdos. La ciudad misma no es más que un gigantesco y continuo espectáculo. La tarjeta postal ha acabado absorbiendo toda la realidad y la ha expelido poco tiempo después como una papilla de iconos psicodélicos para la clase media: sensaciones extremas pero obtenidas por medios legales, seguros e inofensivos. Un trip en el Strip pero dentro de los límites de lo lícito. La aventura extrema sin peligro, la excitación total sin la angustia y el escalofrío absoluto sin el miedo; he aquí, en definitiva, la última discriminación social que ha producido América. (Pág. 64).

Libro de desencanto. Disección urbana. Zerópolis le ofrece al lector una visión perturbadora de aquella ciudad que por sus luces amontonadas puede verse desde el espacio. Es un libro que siempre su relectura parece decirnos algo distinto. El estado final de nuestras fantasías está en los contrastes oscuros de nuestras ciudades parque, todas buscan parecerse a otras, y en esa búsqueda de identidad los habitantes también encuentran el refugio en la diversión y en los enigmas que aguarda cada lugar. Libro altamente recomendado. Espero que esta reseña sirva como incentivo. Comparto con ustedes este cierre del libro titulado Vegas Vickie:

Con la regularidad de un metrónomo, la mujer de acero y de neones, la cowgirl ceñida en su sostén fosforescente, levanta la pierna eléctrica cada treinta segundos. Con sus ojos envueltos en oropel provoca a los transeúntes, que miran de reojo bajo sus faldas para ver si oculta algunas monedas que les permita recuperarse. Alta como un edificio parisino de cinco pisos, coloso femenino erótico-robótico, lanza guiños a la ciudad entera; puta celeste y mecánica que, al llegar la noche, se engalana con halos multicolores y calienta el propio desierto con sus maneras de chica fácil.

Con constancia, la Esfinge de Fremont Street vigila la entrada del downtown. Pero no debemos engañarnos: su aspecto seductor oculta una crueldad sin límites. Rodeada de pantallas donde desfilan sumas astronómicas, sus enigmas consisten en series de números incomprensibles que suministra con aplicación. ¿Se trata acaso de la suma que pide? ¿O de la que ofrece? Todo el mundo vacila. Al cliente que osa al fin desafiarla, le lanza una mirada cargada de codicia y desgrana sin emoción su rosario numérico. Sin embargo, nadie ha podido todavía pagar su precio. (Pág. 136)

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Alexander JM Urrieta Solano

Referencias:

-Bégout, Bruce. Zerópolis. España, Anagrama; 2007

-Eco, Umberto. La estrategia de la ilusión. España, De Bolsillo; 2012.

-Horrocks, Christopher. Baudrillard y el milenio. España, Gedisa; 2004

El brujo del cuervo

Mi primer encuentro con El brujo del cuervo fue en Lima. La contratapa del libro me había llamado la atención pero terminé comprando otro libro cuya prioridad en ese momento era vital. Entre las cosas que me llamaron la atención de aquel libro de bolsillo fue el nombre del autor que no supe pronunciar al principio: Ngũgĩ wa Thiong’o. Después de casi un año ya en Caracas el libro se me volvió a presentar. Por un impulso propiciado por las festividades decembrinas terminé comprándolo. El libro no dejaba de llamarme y me comprometí a leerlo durante el mes de enero.

Cada vez estoy más convencido que los libros a veces nos buscan. Ciertas obras se presentan en nuestra vida para dar sentido a nuestro presente, tal vez con el propósito de hacernos creer que nada se lee por casualidad. No puedo decir que esto sea un absoluto, la experiencia lectora de cada uno es única y diversa, de ahí lo rico y divertido de todo el asunto que envuelve el acto de leer. Para mí los libros han fluido de esa manera. Incluso me ha pasado que sueño con libros que estoy leyendo que ni siquiera he empezado a leer.

La compañía del brujo del cuervo fue hasta cierto punto esclarecedora. No sólo porque su lectura resulta amena desde principio a fin, sino que me resultaba imposible no contrastar la ficción del libro con la realidad triste de mi país. La imaginaria República Libre de Aburiria no dista mucho de la República Bananera de Venezuela. Las similitudes eran un reflejo de las atrocidades que se viven en gobiernos militares y totalitarios, donde la ignorancia se conjuga con el miedo y somete a los habitantes a vivir como poseídos, embrutecidos por la necesidad, la pobreza, la violencia del Estado, la tiranía del pensamiento que de forma injusta suprime a todo aquel que piense distinto.

Thiong’o escribe sobre un país regido bajo de figura asfixiante del Soberano, considerado  por antonomasia como la medida de todas las cosas. Dictador inamovible, que ejerce el poder a capricho y sobre las riendas de todo un pueblo. Tuve ciertos sentimientos encontrados con el libro de Thiong’o. En reseñas que busqué sobre el libro mencionan varias veces que se trata de una obra donde predomina el realismo mágico africano, pero más allá de los elementos fantasiosos que van hilando la obra, junto a una serie de personajes con voces que desde sus perspectivas van construyendo una trama, se trata de una obra que, como el autor lo menciona en voz de su personaje principal, abarca el tema pos-colonial.

El brujo del cuervo expone de forma lúcida y satírica las consecuencias de todo el proceso de colonización en África. A pesar de haber sido un proceso muy distinto a la colonización en América, se pueden encontrar que lo que tienen en común son los hechos históricos que envuelven la destrucción de la memoria: la domesticación del ser. Para dominar al otro lo primero que hay que quitarle es la lengua, la palabra, hacerlo olvidar por completo de dónde viene para manipularlo.

Thiong’o expone a la República de Aburiria como un país enfermo. La estructura del libro se compone de seis partes donde se expone cada síntoma de aquel lugar controlado por fuerzas demoníacas que alteran la aparente normalidad del país. Uno de los que más me desconcertó fue el segundo libro: Demonios de las colas. Por razones extrañas la gente empieza a hacer colas infinitas por toda Aburiria. No era difícil para mi imaginarme la cruda realidad en la que estamos actualmente, el cómo la desidia a modo de embrujo se había apoderado del control de todo.

Durante un tiempo fue como si todo el mundo en Eldares estuviera poseído. Si una persona se paraba a mirar un escaparate, se encontraba de pronto con que se había formado una cola detrás de él. La gente ni siquiera se molestaba en preguntar para qué era la fila; simplemente suponían que tenía que haber una razón para hacerla, y querían su parte de lo que fuera que se distribuyera…De vez en cuando una persona daba origen a una cola sin tener conciencia de haberlo hecho, se marchaba a su casa y al día siguiente se incorporaba a la misma cola, siempre sin saber que él había sido su inocente causa. Sencillamente, las filas tenían vida propia. (Thiong’o; p. 173)

Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Cada sociedad cuenta con sus reyezuelos y seguidores parasitarios, respaldados por la indiferencia del mundo y la carga del hombre blanco, que el autor desarrolla con la enfermedad de la blanquitis que padecen algunos personajes: la dificultad de las palabras, el rechazo hacía uno mismo, la ignorancia que suprime todo movimiento hacia adelante. Es una lectura recomendaba. Me agrada que esta novela haya sido mi introducción a la literatura africana donde, así como muchos otros textos escritos desde la periferia, ponen en tela de juicio la corrupción de las sociedades occidentales. La mirada del otro.

El brujo del cuervo me acompañó y seguirá estando conmigo en mis viajes por Caracas, una de las tantas Eldares con su realidad insignificante, donde el caos resulta ser la norma reguladora de todos los días, y a veces es tan aterradora que no hay que pensar dos veces en recurrir a los recursos que promete la magia. En la medida que me iba metiendo en las tramas desarrolladas en más de setecientas páginas, me terminó quedando esa inquietud de desde el inicio plantea el autor sobre el malestar de su pueblo. Fue una ironía sentir que Thiong’o con su realidad africana se había acercado de forma pertinente a la mía.

Invito al lector que se le presente la oportunidad a considerar la historia del Brujo del cuervo. Es un libro que vale la pena revisar así como el resto de la obra de este prolífico autor de Kenia: Ngũgĩ wa Thiong’o.

Esperando que mi casi reseña les haya servido de incentivo para sumergirse en el universo que promete la literatura africana… Hakuna Matata.

Era demasiado tarde para cambiar su historia. Tendría que seguir adelante con la mentira, fueran cuales fueran las consecuencias. A partir de ese momento se atendría a lo que mejor sabía hacer: deformar la verdad, en lugar de decir mentiras rotundas. (Ibíd; p. 561)

Alexander JM Urrieta Solano