Se solicita redactor creativo

No me gusta mucho la idea de construir oraciones tan largas. Eso requiere de casi un dominio innato de las pausas y ritmos, ser capaz de llevar un buen hilo conductual.

Hay que ver todas las veces en que tenemos que someternos a situaciones ridículas para que tomen en serio nuestro trabajo.

Puedo decir que vivo de lo que hago, pero no necesariamente hago lo que realmente me gustaría para vivir.

Ese es el dilema de una persona que busca trabajar por su cuenta, sin sucumbir ante las decepciones diarias, ni al peso de las molestias de obligarse a superar cuanto antes esta etapa de la vida: trabajar para otros.

Sin muchas metas logradas solo puedo contar con propiedad mis temporadas en un chalet de fracasos, repleto de ornamentos y lagunas mentales. Eso también es un contenido que vende.

Siempre alguien está dispuesto a leer con paciencia nuestras penas.

Casos como la escritura pueden llevarse de forma secreta y mezquina. Solo se expone lo que se considera necesario, lo que pueda compartir con algún extraño, o mejor, lo que requiera o necesite el cliente, asumiendo el riesgo de no conseguir ninguna oferta laboral mejor que la que se tiene ahora.

Solo puedes rendir cuentas contigo mismo, y a veces nos llegamos a sorprender de cómo nos descuidamos en este proceso de (y que) superación personal. Para eso los gurús del mercado inventaron profesiones ontológicas, de certificados falsos y pedagogías piramidales, que han sido el último avance en las formulaciones deterministas de la vida.

El ser humano quiere estar cuando ya no quede nadie que pueda apagar la luz. Así de esa manera aspira el cliente que suceda con la basura contenido que uno puede producir para él: que se multiplique en la infinita red de información.

A una velocidad ultra banda ancha resulta una tarea ingrata percatarse de los detalles que nos ocurren todos los días.

Es difícil jugar a detenerse. Parece que estamos atados a un bomba que parece amenazar con estallar si dejamos de movernos en el terror cósmico del espacio.

Se vive para trabajar y exprimir lo poco que se tiene de ocio en alguna adicción suicida, ligando alguna tarea en bolsas de empleo, aceptando hacer cualquier cosa que consuma tu tiempo de una manera desconsiderada.

Adornar el paisaje corporativo para empresas fantasmas, motivadores y estafadores, aspirantes a la supremacía de las costumbres líquidas.

Tener ideas positivamente tóxicas, de esas en las que visualizas un futuro próximo, futuro que ves cada vez más lejano desde un presente asalariado, donde logras alcanzar tus sueños en estados particulares de ebriedad.

Es tanta la dicha que hasta consideras reproducirte a veces. Perpetuarte con apuesta cínica a un mañana plagado de expectativas apocalípticas.

Es un poco cínico hablar con tanta ligereza de la felicidad. Es menos riguroso hablar mal de la felicidad, por eso se trata de un hábito terrible que algunos tildan de pesimista, pero es todo lo contrarío, es una disección de las alegrías. Es como si esa obligación de ser feliz se tratara de un supositorio que tienes que usar en situaciones de quiebre emocional.

En caso de emergencia existencial rompa el vidrio. Use el rastrillo y juegue con la arena meada de su jardín zen, sin escatimar costos de producción, porque el tiempo es dinero y lo material se recupera.

La educación prácticamente es un lujo para perdedores inmersos en un mercado global que no le interesa lo que realmente eres capaz de hacer.

El cliente quiere que le escribas sobre consejos financieros para idiotas que no saben leer. Que introduzcas la palabra “linea blanca” y “la mejor compra posible” en un texto ameno de dos cuartillas. Que hable de una experiencia anónima con detergentes y lavadoras en alguna región que nunca llegaste a pensar que existía.

Que escribas sobre el desconocimiento del valor que tiene tu trabajo en el mundo real. Sin que esto suene a reclamo o frustración.

Que escribas sobre los beneficios de sonreír y descomer por las mañanas.

Traduce esto, The Human Abstract, unos versos de William Blake:

Pity would be no more

if we did not make someboy Poor; and

Mercy no more could be

if all were as happy as we.

Escribe un artículo científico sobre diagramas de fluyo. Economía de hidrocarburos, o una introducción a la maternidad subrogada.

Defiende en un texto el aborto sin levantar polémica. En otro texto puedes desvirtuar la homosexualidad y sugerir al lector que pagando una donación Dios podrá financiar la hambruna y el sufrimiento del mundo.

Es fácil y contraproducente a nuestra inteligencia, escribir para un público potencialmente idiotizado, sin ninguna contemplación insultarlo porque solo importa el contenido, que metas de forma eficaz esta palabra clave aquí y otra palabra clave por acá, para poder aparecer en los generadores de búsqueda.

Posicionar la página. Contenido de marketing sin fondo. Hazme para ya dos reseñas deshonestas de consumo de softwares que nunca en tu vida has usado. Da la idea que sabes de lo que hablas, como para dar una opinión constructiva al respecto y robarle algún segundo de tiempo a alguien sin asco. Esa es tu forma de vengarte.

Inmobiliarias. Mil quinientas palabras sobre las cosas a considerar cuando vayas a comprar una casa autosuficiente, que no le de créditos a tu inutilidad.

Cuatrocientas palabras sobre las virtudes del aceite de oliva y algunos consejos para dejar de fumar sin tener que considerar que igual te vas a morir.

Las futuras guerras mundiales serán detonadas por reclamos históricos del espacio.

Escribe sobre técnicas éticas de ahorro. Privacidad de datos del usuario, el único culpable de querer compartir cada tanto estados poco interesantes de su soledad con el mundo. Aerosoles que no dañan la capa de ozono, igual ya tiene muchos agujeros que parece un rayador que derrite los polos. Repuestos de carros, componentes para paneles solares, artículos para pescar, cosméticos para mujeres histerizadas que están decididas a nunca envejecer, a esa máscara infantil para ocultar las grietas bien merecidas en el rostro, esa lucha tan injusta impuesta hacia todas las mujeres, la educación sentimental de princesas que asimilaron la dura idea de que Salud es belleza.

Hay que estar preparado para pensar creativamente sobre un contenido aleatorio que raras veces es de nuestro interés. Sacarle la vuelta, por muy absurdo que parezca todo lo que entre líneas no llegas a decir.

Pensar en lo que no puedes llegar a escribir es una trampa. Es caer en la monstruosa idea de que solo se avecinan dificultades más grandes. Eso es una bemol del oficio que no te enseñan en los cursos de emprendimiento y mercadeo digital. En parodias sobre leyes de atracción la verdad resulta ser abismal.

Odiar el trabajo también es uno de los tantos procesos espirituales que involucra el trabajo.

Hay que dejar espacios breves entre cada idea para no saturar al lector, para hacerlo sentir que está leyendo un contenido ligero, un contenido que no lo haga pensar mucho, un contenido que desvíe sus horizontes oculares, que vectorice su atención en el tema consumista que el texto quiere transmitir.

Todo esto es necesario para entender por qué lo sigues haciendo y que de alguna manera te funciona, tener la mente distraída en una actividad netamente esclavista intelectual. Es una mierda, pero cuando pasa la rabia y recibes el pago todo vuelve a ocurrir exactamente igual al principio. Es la mecánica de la irritación. La división social del trabajo llevada a sus consecuencias más mediocres.

Las asignaciones de los clientes son sencillas y pensadas como para que cualquier personas con ciertos dedos de frente pueda hacerlas.

Mientras más vacío sea el contenido del producto más satisfecho estará el cliente.

Hay tanta gente escribiendo lo mismo tan mal que llegas a entender que dentro de este trabajo, redactando contenidos, no se buscan aspiraciones de originalidad, sino la de llenar los espacios de la red con un constante bombardeo de básicamente lo mismo.

Para evitar los romanticismos incómodos (e innecesarios) del oficio, de manera ligera le llaman Redacción de Contenido a toda producción que no aspire a ser nada.

Eso de Redactor Creativo es un trabajo que no prescinde de nada bueno. Es repetitivo, pero como todo escrito no tiene que ser parecido a lo que vienes haciendo de manera rutinaria hasta el aburrimiento. De nuevo las oraciones largas.

La clave es generar un volumen irrisorio de información. Que sienta el lector que el contenido le brinda la información necesaria, la que ha visto escrita de mil quinientas formas diferentes en páginas corporativas que posiblemente sean del mismo dueño.

Sucede en el más irónico de los casos, que la competencia de la cual te tienes que diferenciar radicalmente, resulta ser tú mismo.

Alexander JM Urrieta Solano

Amor y control

Mamá pica perejil y cebolla con una destreza digamos, casi congénita.

Papá afila sus cuchillos con la paciencia de un samurái que entre sus escamas de dragón prepara todo lo necesario para prender los fogones.

Mi hermana explica la diferencia entre un café tipo gesha y un tipo moka, de los tipos de tostión y el equilibrio entre los aromas y la acidez de un café bien preparado.

Los invitados observan a mis padres en sus maniobras a cuatro manos. Ellos preguntan de manera cordial si pueden ser útiles en algo.

Mamá pide entonces que pelen ajos y separen las semillas de café y que luego las pongan en el molino de piedra.

Otro invitado se asigna a voluntad en preparar los tragos de cada uno. El voluntario prepara cada coctel con la astucia y gravedad de un brujo.

Otro barre el espacio, como alguien decidido a combatir el cambio climático.

Hay cerveza fría en la nevera. Saca y pica hielo hasta que queden al tope los vasos que hace calor y el cielo promete lluvia.

Papá bebe whisky con un poco de agua y el amigo de infancia ron seco, su mujer, bien selectiva, pide al voluntario mojitos porque desde el primero que probó supo que todo lo hacía bien.

La casa gira en función de la comida. La cocina es el epicentro de la amistad y la tertulia.

La cocina es la medida de todas nuestras costumbres. Los rituales más importantes ocurren entre ollas, cubiertos, risas, aromas y sofritos.

Mis padres amados desterrados de Indias dan a probar los resultados de una salsa buscando sugerencias.

Un poquito más de sal para esto, algo de romero y tomillo, pica más ajo para el camarón, ya verán que todo junto queda mejor.

La cocina es pura inspiración, decía mi abuelo Cabeza de Vaca, que dedicó toda su vida a la venta de carne y se ponía detrás de la oreja una rama de ruda para la buena suerte.

Hay personas, opina un extraño, que no tienen criterio ni para comer ni dar consejos.

Ven la cocina como una actividad tortuosa que tienen que ejercer todos los días al igual que las palabras.

Todo les sabe igual, y se conforman con lo precario de sus esfuerzos al crear un plato que al menos engañe al hambre.

Uno tiene que ser puntual con los amigos que escoge. Se llega a conocer a las personas mejor comiendo y bebiendo.

Los amigos son la familia que elegimos para nuestro viaje hacia la eternidad culinaria.

Tal vez, concluye el extraño, se trate de un punto de vista personal, porque en casa mi madre me enseñó siempre que uno aprende a querer desde el estómago antes que por el corazón.

Y la lengua, dijo una amiga de años, tan importante resulta ser a la hora de pedir algo. También probar afina nuestro criterio para tomar decisiones. Cada quien con su opinión. Igual es comprensible que comer sea un acto prescindible para muchos.

Nosotros hablamos desde un romance de paladar. Es difícil, pero comer es tan placentero. Incluso siento que paso cosas por encima de este placer. Sin embargo, no tengo afán de imponerle gustos a nadie.

Esta es la forma de felicidad que elegimos como tribu, nada más.

Alexander JM Urrieta Solano

Los demasiados libros, o las virtudes del exceso de plástico

En el Diplomado de Edición de la Cámara Venezolana del Libro escuché por primera vez sobre Los demasiados libros, del ensayista mexicano Gabriel Zaid. Más tarde encontré el libro completo en formato digital y tomé todas las citas posibles sobre el asunto a tratar.

Los libros se multiplican en proporción geométrica. Los lectores, en proporción aritmética. De no frenarse la pasión de publicar, vamos hacia un mundo con más autores que lectores.

Prosperan los libros que no son para leer. Libros que se pueden tener a la vista impunemente, sin resentimientos de culpa: diccionarios, enciclopedias, atlas, guías, libros de arte y de cocina, obras completas. Libros que la gente discreta prefiere para hacer regalos porque son caros, lo cual demuestra aprecio, y porque no amenazan  con la cuenta pendiente de responder a la pregunta: “¿ya lo leíste? ¿Qué te pareció?” –lo cual demuestra lo mismo. El antieslogan más anticomercial del mundo pudiera ser: “Regale un libro. Es como regalar una obligación”.

Casi todos los libros se vuelven obsoletos desde el momento en que se publican, si no antes. Y la mercadotecnia está logrando imponer la planned obsolescence hasta de los autores clásicos (con nuevas y mejores ediciones críticas) para acabar con la ruinosa trasmisión de gustos de una generación a la siguiente, que tanta fuerza restaba al mercado.

La humanidad publica un libro cada medio minuto.

Se mencionó primero en una clase dictada por la directora general de la editorial Planeta, que nos hizo una introducción sobre mercadeo y formatos digitales, y en otra ocasión, en una clase sobre diseño de colecciones para una línea editorial. En otra clase sobre las diferentes rutas del libro, llegamos a Zaid porque la profesora sacó a relucir las bemoles del negocio: la crisis de las sociedades posindustriales que tienen como síntoma evidente «la producción excesiva de plástico», lo que muchos llaman producción de basura, de «anti-literatura», ese mercado agresivo de la cultura del best-seller que abarca un stock infinito de autores-marca que cada año lanzan al mercado un libro masticable, dotado de una vida escandalosa pero igual precaria, cuya fórmula mantiene cautivo y cercano a un gran número de lectores-consumidores, dispuestos a comprar «cualquier mierda que esté de moda». Si podemos también llamar mierda hasta las producciones levantadas con un grado de esfuerzo irreconocible, obras que pasan desapercibidas dentro de un mercado dominado por los oligopolios de grandes transnacionales, que ofrecen todo tipo de géneros para mantener un debate sostenido sobre qué libros son buenos y qué otros no.

Los libros se publican a tal velocidad que nos vuelven cada día más incultos. Si alguien lee un libro diario (cinco por semana), deja de leer 4.000 publicados el mismo día. Sus libros no leídos aumentan 4.000 veces más que sus libros leídos. Su incultura, 4.000 veces más que su cultura.

Decir: Yo sólo sé que no he leído nada, después de leer miles de libros, no es un acto de fingida modestia: es rigurosamente exacto, hasta la primera decimal de cero por ciento. Pero ¿no es quizá eso, exactamente, socráticamente, lo que los muchos libros deberían enseñarnos? Ser ignorantes a sabiendas, con plena aceptación. Dejar de ser simplemente ignorantes, para llegar a ser ignorantes inteligentes.

La medida de la lectura no debe ser el número de libros leídos, sino el estado en que nos dejan.

¿Qué importa si uno es culto, está al día o ha leído todos los libros? Lo que importa es cómo se anda, cómo se ve, cómo se actúa, después de leer. Si la calle y las nubes y la existencia de los otros tienen algo que decirnos. Si leer nos hace, físicamente, más reales.

La humanidad escribe más de lo que puede leer.

Que todo el mundo participe en una sola conversación, no la enriquece: la reduce.

Los libros reproducen la cosecha, no el proceso creador. En cambio, los discursos sembrados en la conversación, germinan y producen nuevos discursos.

Hoy resulta más fácil adquirir tesoros que dedicarles el tiempo que se merecen.

Ante la disyuntiva de tener tiempo o cosas, hemos optado por tener cosas. Hoy, es un lujo leer a Sócrates, no por el costo de los libros, sino del tiempo escaso. Hoy, la conversación inteligente, el ocio contemplativo, cuesta infinitamente más que acumular tesoros culturales. Hemos llegado a tener más libros de los que podemos leer.

Las credenciales del saber han llegado a pesar más que el saber.

La letra muerta no es un mal de la letra sino de la vida.

Queremos que los libros se democraticen, que puedan ser leídos por todos, que estén a la mano en todas partes, pero que sigan siendo sagrados.

Hay formas discretas de perder el tiempo, y una de esas consiste en fajarse por querer leer lo que ha leído todo el mundo. Cuando la verdadera libertad radica en que podemos leer todo lo que nos venga en gana. Leer es un hábito de placer y libertad. Tan íntimo y personal como la masturbación. Hace ya un tiempo, en un artículo que hice sobre lectores y escritores flojos, rescaté una reflexión de Harold Bloom: nuestra selección de lecturas, a fin de cuentas, no es problema de nadie. Por otra parte, Bloom en el prefacio de su libro «Cómo leer y Por qué», dice: leer bien es uno de los mayores placeres que puede proporcionar la soledad, porque, al menos según mi experiencia, es el más saludable desde el punto de vista espiritualLa invención literaria es alteridad, y por eso alivia la soledad. Leemos no sólo porque nos es imposible conocer a toda la gente que quisiéramos, sino porque la amistad es vulnerable y puede menguar o desaparecer, vencida por el espacio, el tiempo, la falta de compresión y todas las aflicciones de la vida familiar y pasional.

Abundan los buenos libros que no tienen nada que decirle al gran público. En el otro extremo, hay libros lamentables que tienen públicos masivos sin que por eso sean menos lamentables. Naturalmente, hay también libros excelentes para el gran público y libros lamentables para públicos selectos.

Lo deseable no es que todos los libros tengan millones de lectores, sino todos los lectores a los cuales tienen algo que decirles.

Habría que distinguir y medir separadamente un cúmulo de fenómenos distintos en la llamada influencia del libro. Una cosa es la importancia de ciertos libros y autores, otra su renombre, otra la venta efectiva de ejemplares, otra la lectura de los mismos, otra la asimilación y difusión del contenido, otra los nexos causales entre los fenómenos anteriores (importancia, renombre, venta, lectura, asimilación, difusión) y los hechos observables en el comportamiento social.

La gran barrera a la difusión del libro no es el precio (menos aún si hay buenas bibliotecas públicas), sino los intereses y limitaciones del autor y el lector. Aun suponiendo que a todo el mundo le interese la metalurgia o el surrealismo, hay libros surrealistas y de metalurgia que no todo el mundo puede seguir sin cierta preparación. Esto reduce enormemente el público de un libro, por barato que sea.

El mundo no está esperando a ver qué maravilla escribe uno para ir inmediatamente a comprarla y leerla, aunque se trate de metalurgia, surrealismo y otros temas centrales para el género humano. Pero si no fuera por esa ilusión, más o menos narcisista, de sentirse en el centro de una totalidad que nos llama, ¿cómo iba nadie a escribir, contra todas las evidencias estadísticas?

Al autor su libro le parece central, porque lo ve situado en una totalidad que a él le permite centrarse. ¿Pero cómo puede el lector recuperar esa totalidad desde tantos centros de atención que lo solicitan? Es difícil, sin compartir en buena parte preparación e intereses.

Dentro de estos grandes éxitos comerciales están los famosos libros de autoayuda, palabra categórica que como concepto aislado carece de sentido, pero que tampoco puede desviar los objetivos principales de las editoriales: el negocio.

Muchos compañeros de clase, al escuchar la palabra Auto-ayuda, cambiaron sus miradas para encontrar un reconocimiento común en el desprecio de aquellos libros que nos dan herramientas para ser felices, o para mejorar en algunos aspectos emocionales o financieros. Como si tal desprecio a ciertos títulos pusiera también en evidencia una petulancia lectora, porque hay libros cultos y otros no, y es claro que yo leo los mejores libros, por supuesto. Una trivialidad si hablamos de preferencias en la vida común, pero que resultan ser un grave error si aquel que desprecia pretende hacer vida dentro de la industria de los libros. Por otra parte, basta con hacer un pequeño ejercicio de reflexión sincera para saber si uno se puede considerar un lector, de la misma manera que puede considerarse un buen ladrón, un buen hijo o un buen actor.

Eso me llevó a pensar en las diferentes problemáticas que podemos tener como individuos, metidos en una gran bola de carne llamada sociedad. De manera inevitable pensé en el estado en que la Universidad gradúa todos los años profesionales que en su mayoría resultan ser recursos humanos capacitados para producir dinero, pero con claras deficiencias que pasan desapercibidas porque tampoco son tan importantes, como la de padecer analfabetismo funcional. El profesional sabe leer y escribir, pero no asimila ni procesa nada de lo que adquiere.

Esta crisis que tenemos, además de ser un dilema de irritación de los sentidos, puede también abarcarse desde la premisa de que somos una sociedad que sabe leer pero que muy pocas veces logra comprender e interiorizar lo que lee. Eso explica, de una manera muy somera, la poca amplitud reflexiva que podemos llegar a tener sobre lo que puede acontecer en nuestra rutina diaria, porque divagamos en lo obligatorio de los pensamientos positivos, o la misma exigencia de la realidad donde se tiene que lidiar con el costo de la vida. Nos mantenemos ocupados en tantas cosas que raras veces podemos tener un espacio ideal para dedicarnos a nosotros.

Millones de graduados universitarios con un nivel de ingresos superior al promedio de la población no son grandes lectores. ¿Y si las masas universitarias compran pocos libros, para qué hablar de masas pobres, analfabetismo, poco poder adquisitivo y precio excesivos?

El problema del libro no está en los millones de pobres que apenas saben leer y escribir, sino en los millones de universitarios que no quieren leer, sino escribir. Lo cual implica (porque la lectura hace vicio, como fumar) que nunca le han dado el golpe a la lectura: que nunca han llegado a saber lo que es leer.

Pasan los años, y la experiencia profesional y de la vida pueden hacer madurar a la persona, hasta en relación con el lenguaje, y se tiene gente universitaria que se desenvuelve con eficacia razonable en el orden profesional, que es capaz de sostener una conversación de cierto vuelo, pero que coge un libro y no sabe más que ir a ras de tierra, arrastrándose tortuosamente entre el follaje inabarcable de un golpe, desde su visión de reptil. ¿Y a quién le gusta sentirse un reptil, sobre todo si tiene la experiencia del vuelo inteligente en el orden oral?

Ese disgusto natural acentúa la diferencia entre el lado oral desarrollado y el lado escrito subdesarrollado; condena la lectura de libros al círculo vicioso del estancamiento. La persona no lee libros porque nunca aprendió a leerlos, porque nunca “les dio el golpe”, porque nunca les encontró el gusto, por lo cual nunca le gustarán. Y como, además, para tener éxito profesional y ser aceptado socialmente y ganar bien no es necesario leer libros…

La gran barrera a la difusión del libro está en las masas de privilegiados que fueron a la universidad y no aprendieron a leer un libro.

Los graduados universitarios tienen más interés en publicar libros que en leerlos.

Leer es difícil, quita tiempo a la carrera y no permite ganar puntos más que en la bibliografía citable. Publicar sirve para hacer méritos. Leer no sirve para nada: es un vicio, una felicidad.

Una premisa común que no se dice en voz alta. La exposición altanera de los capitales culturales, que igual no beneficia ni empobrece a nadie. A veces es patético cuando te das cuenta que hay tanta información circulando, y andas tú todo contento conforme con lo poco que tienes, que no sabes, no te das cuenta que como lector (supuestamente tan bueno como te crees que eres) pudiste haber pasado tu vida sin haber aprovechado el tiempo, leyendo quizá otras cosas no tan productivas pero que igual te gustaban, lo suficientemente buenas para expandir tu mundo hacia otros mundos, o lo terriblemente malas como para mantener el perfil de un consumidor por inercia, puliendo algún prejuicio estúpido de que eres un lector de lomito fino, de algo bueno (pero que no es así), porque caes en la falsa idea de que aquello que eliges lo sustentas con un criterio frágil y susceptible a cualquier opinión proveniente de cualquier parte.

El costo de leer se reduciría muchísimo si los autores y los editores respetaran más el tiempo del lector.

Llega a suceder que un libro de poemas venda millones de ejemplares.

Pero lo más común es que un libro de poemas venda menos de mil ejemplares.

A medida que aumenta la población universitaria, no aumenta el número de los que leen, sino de los que quieren ser leídos.

El narcisismo compartido del “si me lees, te leo” degeneró en un narcisismo que ni siquiera es recíproco: no me pidas atención: dámela. No tengo tiempo, ni dinero, ni ganas de leer lo que púbicas; quiero tu tiempo, tu dinero, tus ganas de leer. No me aburras con tus cosas, dedícate a las mías.

Una solución de welfare state sería crear un servicio nacional de geishas literarias, con maestría en letras y psicología autoral, que trabajaran a tiempo completo en leer, escuchar, elogiar y consolar a todos los autores no leídos.

La mayor parte de los libros nunca se comentan, nunca se traducen, nunca se reeditan. Se venden (si se venden) como novedad, pero después de la escasa venta de salida no hay venta de reposición. Quedan (si quedan) en las bibliotecas de los amigos, en algunas librerías de saldos, en algún registro bibliográfico, no en la Historia Universal.

Pero tú sigues escribiendo libros.

¿Qué paternidad es más irresponsable? ¿La del que quiere perpetuar su nombre en hijos o en libros?

Tu libro es una brizna de papel que se arremolina en las calles, que contamina las ciudades, que se acumula en los basureros del planeta. Es celulosa, y en celulosa se convertirá.

Hay más libros que estrellas en una noche en alta mar.

¿Cómo puede un libro, entre millones, encontrar sus lectores?

Tú te puedes hacer la idea que más cómodo te haga sentir contigo, después de todo, pensar demasiado es una molestia que puede evadirse de infinitas y gratas maneras. Total el cliente/lector siempre tiene la razón, claro, y con esa fuerza de consumidor nos podemos considerar superiores o poco lectores, porque podemos irnos a los extremos: sobreestimar o subestimar nuestras lecturas, y bajo esas pequeñas escalas personales, que bastan para cosas triviales pero que por igual no sirven para todo, juzgo a los demás, juzgo a todo lo que sea ajeno a mi parcela de ideas, juzgo al mundo de plástico cuando apenas sé leer y escribir.

Tú te puedes hacer la idea de que esto consiste en un negocio redondo, que no se ajusta de ninguna forma al criterio individual. Se trata de un riesgo, igual sometido a toda clase de pérdidas. Si no se es lo suficientemente abierto y activo a toda clase de propuestas, es mejor dedicarse a labores menos infames, donde no se juegue el destino del bolsillo ni el tiempo de la gente. En eso consiste este negocio, y para ser un buen editor, corrector, librero, o escritor, ante todo hay que ser un lector insaciable. Leer todo lo que caiga en nuestras manos, ya sea por azar o sugerencias. Ambas entradas son valiosas. Antes que divulgar nuestros gustos, resulta más nutritivo averiguar qué es lo que le gusta a los demás. Conocer los hábitos y posibles indicaciones de otros, para así también hacernos una idea de lo que posiblemente esté buscando la gente. Esa es la virtud más grande que puede tener un lector. O es lo que en mi opinión define a los grandes lectores: el espíritu inquieto…sense of inquisitiveness.

La amistad con un libro puede surgir por un accidente afortunado y extenderse a otros libros mencionados por el autor. O por el testimonio de amigos o personas con autoridad intelectual que contagian su entusiasmo por un libro, o apoyan el entusiasmo del joven lector: Si te gustó ese libro, estos otros pueden interesarte.

A los lectores (ya no se diga a los autores) nos molesta no encontrar los libros que quisiéramos ver: precisamente ahí, en el momento.

No es fácil adivinar en dónde sí o en dónde no va a producirse el encuentro feliz para el lector, para el librero y para el editor.

El librero imagina las constelaciones de libros ideales para sus clientes y va creando un perfil que atrae a clientes con expectativas afines.

Las probabilidades mejoran por la claridad del perfil, por la diligencia y puntería del librero, por el tamaño del conjunto.

Cada lector es un mundo: no hay dos bibliotecas idénticas. El número de libros es prácticamente infinito, pero los recursos del librero son finitos. Las probabilidades de asignar recursos a un conjunto de libros que nadie va a pedir son muy grandes. Por eso, las librerías son negocios difíciles.

Paradójicamente, los ejemplares sin movimiento del editor y la librería se contabilizan como activos en el balance financiero. Los árboles convertidos en basura se contabilizan como crecimiento económico. Los libros mediocres, innecesarios o francamente malos cuentan como créditos académicos para el capital curricular de los autores y las instituciones.

La experiencia editorial demuestra ampliamente qué fácil es equivocarse al juzgar un libro, tanto en sus méritos literarios como en su potencial vendedor.

Independientemente de las circunstancias tecnológicas y económicas, los lectores en acción (los mediadores) que intervienen para que se produzcan los encuentros felices seguirán haciendo la diferencia entre el caos que inhibe y la diversidad que dialoga. La cultura es conversación, y el papel de los mediadores es organizar la conversación, hacer que la vida del lector tenga más sentido, por el simple hecho de encontrar el libro que necesitaba leer.

Cuando la edición de libros se mira como un negocio podemos ver las cosas de una manera más rentable. Antes que despreciar todos esos libros que parecen rayar en un género de tontologías, debemos pensar primero que son buenos porque se venden mucho y muy bien. Son libros que cumplen su función porque no le piden exigencias mayores al lector. Logran su cometido de la manera más eficaz posible. Que se pueda pensar que esos libros no lleven a otra parte porque el plástico solo lleva a plástico es otra cosa, no es asunto que le interese a las editoriales. Considerando, además, que gracias a la venta exagerada de todo ese plástico se garantiza la quincena de los trabajadores. Un punto válido. Sumamente importante.  Hay que tomar en cuenta que es gracias a ese plástico quizá que las casas editoras puedan costear títulos que para algunos lectores exigentes son de lujo y difíciles de realizar.

El libro ha sido precursor de prácticas industriales y comerciales que se extendieron por el mundo de los negocios. La imprenta anticipó la producción repetitiva. Los libros estuvieron en la vanguardia de las ventas por suscripción, de las ventas por correo y de las ventas en línea.

Los buenos escritores, traductores, críticos, maestros, editores, correctores, tipógrafos, libreros y bibliotecarios suelen empezar como buenos lectores. Su afición los lleva a los oficios del libro, donde se ponen al servicio de la comunidad lectora según sus gustos y oportunidades. No hay un centro que coordine la división del trabajo comunitario, sino una especie de anarquía creadora, movida por iniciativas diversas y dispersas.

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Alexander JM Urrieta Solano

Referencias:

-Bloom, Harold. Cómo leer y por qué. España, Anagrama; 2002

-Zaid, Gabriel. Los demasiados libros. México, Random House Mondadori; 2011

«La verdad es precisa, como la circunferencia de cristal que mide el tiempo de las estrellas. Una leve distorsión y todo se ha perdido. Mentir ya no es una alteración ética, sino una falla en una especie de máquina de vapor del tamaño de esta uña. Quiero decir…la verdad es un artefacto microscópico que sirve para medir con precisión milimétrica el orden del mundo.»

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Ricardo Piglia – La Ciudad Ausente 

Zerópolis

Hay que escribir sobre un libro que nos guste. Quiero convertir esta activad en un hábito de mayor seriedad. Siempre al terminar un libro se puede llegar a tener una sensación de alivio, una alegría muy personal, de plenitud porque tal recorrido lo vamos a conservar siempre. Eso depende si el libro resultó ser de nuestro agrado. Creo que he tenido la suerte de haber disfrutado todos los libros que han llegado a mis manos, salvo contadas excepciones, pero eso no es algo que tenga que escribir. Más que una reseña lo que uno puede hacer es hablar de su experiencia con el libro. No pretendo hacer una crítica literaria. Solo compartir mi vivencia personal como lector.

Después de casi tres años de búsqueda pude disfrutar de la lectura de un ensayo de Bruce Bégout: Zerópolis (Anagrama, 2007). Quizá uno de los mejores libros que leí este año. Creo que cumple con un tipo de libro que puede ser recomendado para todos: es corto y se lee muy rápido, pues se trata de un libro que dentro de la sencillez de su prosa expone grandes complejidades desde un enfoque poético, muy al estilo de una referencia literaria cercana: Las Ciudades Invisibles de Italo Calvino. El autor parte de un enfoque fenomenológico, una filosofía de la experiencia para exponer una visión de la ciudad de Las Vegas: «superpotencia del consumismo frenético, emblema del entretenimiento pueril, templo de la tiranía ludócrata…un simulacro urbano inmenso y hueco».

El estudio fenomenológico de la ciudad de las Vegas es un punto de apoyo para reseñar cualquier ciudad contemporánea. Las Vegas se alza como referencia máxima y final de todas nuestras ciudades modernas en su posible último estado, que raya en el paroxismo de las experiencias sensitivas y simbólicas, la exaltación exagerada de una parodia urbana. Las Vegas se presenta como una ciudad en medio de la nada, construida en medio del desierto expresa el sentido megalómano de los hombres por levantar cosas desde la nada. Ozymandias.

La ciudad está ubicada en el desierto de Nevada. Lugar que durante un tiempo estuvo destinado a constantes ensayos atómicos que le dieron el título honorífico de Nuclear state.

En los años cincuenta, los casinos aprovecharon la proximidad geográfica de los ensayos nucleares para convertirlos en emblema de la ciudad: veladas atómicas, cortes de pelo atómicos (atomic hairdo), coctéles atómicos. Ignorando los riesgos de la radiación nuclear (el gobierno federal no los reveló oficialmente más que a comienzos de los años sesenta), algunos hoteleros llegaron incluso a organizar picnics en el norte de la ciudad para asistir en directo al espectáculo de las terribles explosiones en forma de seta. Por su parte, en 1953, el Atomic View Motel garantizaba en sus folletos una vista impecable, desde cualquiera de sus habitaciones, sobre el fenómeno (Pág.15)

Es un hecho curioso que la bomba atómica simbolice la destrucción del último mito válido de la modernidad: el sol. Elías Canetti escribió en 1945 que tras los eventos de Hiroshima y Nagasaki la luz solar es destronada por el poder nuclear. El hongo atómico se ha vuelto la medida de todas las cosas. Lo pequeño ha triunfado sobre la inmensidad indescriptible: una paradoja de poder. Y es más curioso que durante un tiempo miles espectadores se reunieran en terrazas de hotel, en medio de un desierto, para contemplar con cierto deleite radiactivo la fiesta de la insignificancia humana. Nuestra capacidad destructiva, engendrada en la religiosidad del progreso, la ciencia y la razón.

Ciudad de régimen ludocrático. Destinada única y exclusivamente al consumo de diversión, por medio de la irritación por imágenes y luces de neón. «Pozo de energía, devoradora y risueña, la ciudad del juego se ha situado bajo el doble símbolo de la electricidad y del átomo, de la onda y del choque». Ella habita cómoda en nuestras mentes, y se expresa en nuestros gestos y aspiraciones ordinarias. Todas las ciudades aspiran ser como Las Vegas.

No estoy seguro de que si me quedara aquí durante meses, recorriendo la ciudad hasta sus más minúsculos intersticios, participando en todos sus eventos festivos y oficiales y nutriéndome sin moderación de sus baratijas irrealistas, llegaría a aprender algo más de lo que me han revelado mis primeras impresiones. Sofocadas las sensaciones violentas de las primeras horas, la ciudad se agota rápidamente. Además de los casinos y de los hoteles temáticos, pocas cosas hay para ver y menos aún por hacer. Todos los espectáculos se parecen en el fondo: variaciones alrededor de un parque de atracciones. Desde luego, no faltan las solicitaciones de toda clase. En cada recodo de la calle, los ganchos al servicio de los inmensos complejos de diversión que colindan con los casinos que proponen excursiones en barco al alba, fugas en diligencias de la época del Oeste perseguidas por una horda auténtica de apaches pintarrajeados, abigarrados y gritando como debe ser, o el descubrimiento aéreo del Gran Cañón en helicóptero, incluido desayuno con champán al borde de la sima, pero finalmente todo conduce a impresionar sin descanso en todos los sentidos hasta provocar una sensación de absoluta estupefacción (Pág. 59)

Es la irritación del instante. El visitante se encuentra sumergido en un constante bombardeo de imágenes y distracciones  que le impiden tener una noción clara de dónde está caminando. «Es preciso abstenerse de cualquier ironía de la distancia. Es ahí donde reside el poder primordial de la alucinación espectacular de Las Vegas: en convencernos de que es mejor no dejar de creer» (Pág. 81). El Strip de las Vegas, emblema de la ciudad en la que se concentra la descripción de Bégout, comprende una zona de casi siete kilómetros repleta de colosales y lujosos hoteles casino y luces neón. Estos complejos comprenden cadenas de restaurantes, espacios para toda clase de eventos musicales, pirotecnia y coreografías infinitas, donde todo gira en función de una actividad ancestral: el juego.

La experiencia lúdica y social propuesta en Las Vegas, con sus atracciones y sus espectáculos, sus casinos y sus cabarets, apenas cuentan en una vida. Una excitación pasajera de los sentidos, un frenesí de consumo de olvido que desemboca muy pronto en una náusea tenaz. Pero resulta significativo que, a pesar de su capacidad de hastío vertiginoso, la ciudad que nunca duerme logra siempre seducir de nuevo a los humildes y a los incautos, a los derrochadores y a los canallas. Después de todo, parece satisfacerse con ese estatus de ciudad superficial y hueca. Aunque es preciso añadir que ha construido todo un imperio sobre ese vacío. (Pág. 36)

Podemos pensar que la ciudad que vivimos ha hecho los mayores esfuerzos por convertirse en un parque temático. La vida mental de las metrópolis, desde el punto Zero, se encamina en la tarea de alcanzar un estado donde el consumo desmedido es la práctica religiosa que logra saciar todas nuestras necesidades materiales y espirituales. Donde las instituciones y tradiciones particulares o colectivas pueden ser llevadas a niveles de fetichismo y degradación. «Las Vegas se mofa de todo. Convierte toda realidad en escarnio. Sin preocuparse por la historia, tritura cualquier evento humano en un quimo electroquímico y paródico que no deja absolutamente nada intacto» (Pág.15). La cultura del cinismo que vivimos actualmente la podemos explicar en esta ciudad. Ella se extrapola a todas las ciudades que pretenden también superar sus propias distopías. Parte de la vida en la ciudad consiste en la idea de que uno se mueve con cierta libertad, cuando realmente la lógica de la ciudad es que está diseñada para conducirnos de forma totalitaria. El libre albedrío no existe.

La ilusión devora la realidad, el engaño jovial y colectivo se convierte en solidez y materia, pues, no hay duda, las atracciones existen. Ésa es precisamente una de las fuentes de placer de la fantasy en sí misma: pasa por verdadera. La ciudad juega tanto con sus propios espejismos que lo mantiene a distancia con una suerte de ironía trágica…la ilusión vampiriza la realidad o bien la realidad, nacida de la ilusión, desprecia todo artificio que no esté a la altura de su propia irrealidad. Expresado de otro modo, podría decirse que la verdadera quimera contenida en Las Vegas es la propia ciudad en sí misma y no los múltiples artificios que la componen. (Pág. 25)

La particularidad que tiene la Torre Eiffel es que puede verse desde cualquier parte del mundo. Así como París se convierte en un emblema de la modernidad, Las Vegas se convierte en un emblema de la banalidad. Y sin embargo esto no quita que la ciudad con sus propuestas nos resulte fascinante y nos idiotice con todas sus opciones estrafalarias. Parada obligatoria dentro de nuestro itinerario de viajero, de turista de imágenes, que contempla todo desde una sensación de benevolencia inducida por la misma idea artificial que sugiere el espacio.

Visitaremos Las Vegas como visitamos el Louvre o la National Gallery, con el mismo respeto exagerado por el genio de nuestros ancestros. Con la sola diferencia de que Las Vegas será su propio museo a cielo abierto. Nos inclinaremos hacia las vitrinas que reunirán las reliquias centelleantes que la sociedad del espectáculo de finales del segundo milenio dejó tras de sí…Todos los museos del mundo querrán desarrollar su propia colección de tubos de neón y letreros luminosos, poseer su sección con el sello Las Vegas, prolífica en máquinas tragaperras, en surtidores de estuco rosa caramelo, en puertas cocheras gigantes, como otros poseen su sección copta o fenicia…Al atravesar a paso las inmensas salas subterráneas de los casinos, al seguir hasta el final los múltiples espectáculos de luz y sonido, el echar un vistazo por doquier y sin tregua, a veces se tiene la impresión de que, tras la agitación incontrolable de Las Vegas, la momificación museística ha comenzado ya. (Pág. 75)

Todas las ciudades occidentales aspiran superar sus propias ficciones, para enmarcarse en el viaje a la hiperrealidad en donde la imaginación americana quiere ante todo buscar la verdad, y para eso necesita construir lo falso en un sentido absoluto. O como habrá dicho Umberto Eco en su Estrategia de la Ilusión, con relación a los museos: «donde los límites entre el juego y la ilusión se confunden, donde el museo de arte se contamina de la barraca de feria y donde la mentira se goza en una situación de “pleno”, de horror vacui» (Pág. 20). Eco hace una mención en relación en un apartado del libro que habla de la Ciudad de los autómatas. Las Vegas

posee una arquitectura totalmente artificial, que ha sido objeto de estudio por parte de Roberto Venturi, como un hecho urbanístico enteramente nuevo, una ciudad «mensaje», hecha toda de signos, no una ciudad como las demás, que comunican para poder funcionar, sino una ciudad que funciona para comunicar. (Pág. 61)

Las Vegas como gran espacio museístico del entretenimiento nos da la oportunidad de conectarnos con un pasado mágico sin tener que dejar de estar aquí. Es en principio la experiencia que brinda el museo. La repetición de la ciudad nos da la sensación de vivir atrapados en un loop eterno. Es llevar la rutina mecanizada hasta sus últimas consecuencias. No one does it better, cita el epígrafe de uno de los capítulos de Bégout, titulado Urbanidad Psicotrópica:

El terreno de juego de América. Antiguo lugar de la famiglia, Las Vegas se ha convertido en algunos años en el espacio favorito de las familias americanas. Vienen esencialmente al desierto de Nevada para divertirse un buen rato, para recibir, ellas también, algo de «polvo de neón» que produce el brillo de la vida y constituye, al final, hermosos recuerdos. La ciudad misma no es más que un gigantesco y continuo espectáculo. La tarjeta postal ha acabado absorbiendo toda la realidad y la ha expelido poco tiempo después como una papilla de iconos psicodélicos para la clase media: sensaciones extremas pero obtenidas por medios legales, seguros e inofensivos. Un trip en el Strip pero dentro de los límites de lo lícito. La aventura extrema sin peligro, la excitación total sin la angustia y el escalofrío absoluto sin el miedo; he aquí, en definitiva, la última discriminación social que ha producido América. (Pág. 64).

Libro de desencanto. Disección urbana. Zerópolis le ofrece al lector una visión perturbadora de aquella ciudad que por sus luces amontonadas puede verse desde el espacio. Es un libro que siempre su relectura parece decirnos algo distinto. El estado final de nuestras fantasías está en los contrastes oscuros de nuestras ciudades parque, todas buscan parecerse a otras, y en esa búsqueda de identidad los habitantes también encuentran el refugio en la diversión y en los enigmas que aguarda cada lugar. Libro altamente recomendado. Espero que esta reseña sirva como incentivo. Comparto con ustedes este cierre del libro titulado Vegas Vickie:

Con la regularidad de un metrónomo, la mujer de acero y de neones, la cowgirl ceñida en su sostén fosforescente, levanta la pierna eléctrica cada treinta segundos. Con sus ojos envueltos en oropel provoca a los transeúntes, que miran de reojo bajo sus faldas para ver si oculta algunas monedas que les permita recuperarse. Alta como un edificio parisino de cinco pisos, coloso femenino erótico-robótico, lanza guiños a la ciudad entera; puta celeste y mecánica que, al llegar la noche, se engalana con halos multicolores y calienta el propio desierto con sus maneras de chica fácil.

Con constancia, la Esfinge de Fremont Street vigila la entrada del downtown. Pero no debemos engañarnos: su aspecto seductor oculta una crueldad sin límites. Rodeada de pantallas donde desfilan sumas astronómicas, sus enigmas consisten en series de números incomprensibles que suministra con aplicación. ¿Se trata acaso de la suma que pide? ¿O de la que ofrece? Todo el mundo vacila. Al cliente que osa al fin desafiarla, le lanza una mirada cargada de codicia y desgrana sin emoción su rosario numérico. Sin embargo, nadie ha podido todavía pagar su precio. (Pág. 136)

zeropolis

Alexander JM Urrieta Solano

Referencias:

-Bégout, Bruce. Zerópolis. España, Anagrama; 2007

-Eco, Umberto. La estrategia de la ilusión. España, De Bolsillo; 2012.

-Horrocks, Christopher. Baudrillard y el milenio. España, Gedisa; 2004

Aires de familia: cómo nos acostumbramos a los billetes de monopolio

La guerra económica la perdimos cuando los borrachos de plaza empezaron a pagar sus vicios con billetes arrugados de cinco dólares. Cuando las parejas de enamorados, por un tema de apariencias, empezaron a pagar sus merengadas de oreo con billetes sueltos de un dólar y la diferencia la pasaban por el punto. Es la ironía más grande de la economía socialista. Y esto lo digo sin ánimos de molestar, aunque igual la realidad no debería molestar a nadie. Hay que asumirla como un caso clínico.

El mercado de los corotos es un lugar de nostalgia y reflexión con aires de familia. En el mercado abunda el abuso de gente que quiere salir de sus cosas de una manera desesperada. No puede ser que uno se encuentre con precios exagerados y estar consciente de eso, a pesar de no estar del todo actualizado de los precios convencionales de cosas que quieren pasar por nuevas, pero que no pueden ocultar que son de segunda, tercera y hasta cuarta mano, hay todo un manoseo especulativo de objetos indispensables para la vida diaria.

La experiencia Venezuela nos lleva a entender dos cosas: 1) todas las sanciones son económicas, pero parece que esta primicia no es del todo comprendida por los que están convencidos del advenimiento de Cristo, o en su defecto, por los que aspiran o temen la llegada de un ejército mercenario transnacional, cuya imagen está concentrada en las expectativas que nos venden los estereotipos del cine norteamericano; y 2) la soberanía es una fachada para no aceptar que la batalla por la domesticación de la barbarie la perdimos hace tiempo. No tenemos una noción del concepto de perder. Nosotros reinventamos el concepto a la sana elocuencia del empate y el sabotaje. Aquí siempre hay alguien pendiente de jodernos.

Tales resistencias, al menos las propuestas ideológicas, forman parte de la retórica revolucionaria. Lo que impresiona es que todavía hay gente convencida de esta vaina. Todas las grandes revoluciones son un bastión de grandes relatos, habladeras de paja que al final solo encuentran consuelo en las grandes reuniones de intelectuales y estudiantes soñadores. Pienso en la estafa de lo decolonial y la supuesta liberación del pensamiento (esto me deprime mucho, a veces). Muy bonito todo, todo en los libros es maravilloso, son ideas pertinentes cuando necesitas distraerte, mientras llenas tu balde de agua con un cuentagotas miserable, ves tus aparatos electrónicos morir por algún pico inesperado de corriente, o velas porque te llegue una rayita de internet para tener la impresión de que sigues en sintonía con el mundo. Y no hablemos de la vida precaria de las pocetas y la pésima programación que ofrecen las televisoras nacionales, que nos educan para hacer de nosotros seres excepcionales.

Todo ideólogo sabe que las grandes empresas nacen de pequeños relatos. Relatos que provienen de revelaciones cósmicas y solipsistas de algún sujeto sin importancia, que sumergido en la masa se vuelve el eslogan de un pueblo. Normal. Tengo toda mi vida lidiando con un malestar histórico. Ya no me hago mala vida por el fanatismo político o religioso (también productos pasteurizados de la economía). Son enfermedades históricas que como el sida y el cáncer se pueden tratar pero no erradicar. Por eso no me extraña el funcionamiento del cerebro de algunos venezolanos actualmente. Hay muchos que quieren economizar en la medida que se devalúan.

Entiendo la decepción de los adultos por nuestra generación de poco esfuerzo cerebral y mucha selfie. Con sinceridad no deberían esperar nada de nosotros, nadie les exigió nada a ellos. Pero coño, no podemos darle la razón a todos. No tiene tampoco que haber un esfuerzo por tratar de convencer a alguien. Son momentos tan líquidos y voraces que lo que podamos decir hoy puede perder todo su sentido mañana. Tampoco pueden estar creyendo que la idea de reconstrucción y futuro motivan alguna maniobra extraordinaria por parte de la juventud. Ya nada debería asombrarnos.

Volviendo al mercado de los corotos. Tampoco nada de lo que podía encontrar allí me sorprendía. No es de extrañar que alguien me quiera vender un libro de la saga de Crepúsculo en 10$ porque «está en buen estado y es un libro muy bueno, un best seller». Siempre hay una primera vez. «Yo me leí todos los libros de García Márquez, qué maravilloso ese hombre». No me interesa. «Por acá tengo otra joya de la literatura: El Principito, en 5$», «las 7 leyes espirituales sobre el éxito de Chopra, Los hombres son de marte y las mujeres de Venus…este libro te puede servir para que nos entiendas a nosotras, las mujeres (me guiña un arrugado ojo derecho, qué pésima vendedora)…te lo dejo barato: 4$». Ok. Tengo que admitir que por un momento sentí que estas vendedoras me estaban viendo la cara de estúpido.

Por otra parte me quisieron vender una serie de enciclopedias Espasa (incompleta), a un precio tan trivial y lamentable que puse en consideración la compra de un par de medias, que viéndolo objetivamente resultaba una mejor inversión para mi futuro incierto, exento de dólares y billetes de monopolio. Internet acabó con el negocio de las enciclopedias. Ahora vivimos en un mundo de ignorantes que creen estar informados porque cuentan con una sesión abierta en alguna parte. Las enciclopedias ahora son pilas que forman parte de reliquias innecesarias en hogares fragmentados por las deudas y el milenio. Ante toda la situación de oferta en el fondo escucho una conversación de los mismos vendedores del mercado. Hablan de que hay personas que abusan (o tal vez no saben) sobre las conversiones de bolívares a dólares en los productos que ofrecen en sábanas extendidas: «la viveza criolla nos hace tanto daño». Oye, no lo sabemos, quizá se trate de lo mejor que nos ha pasado en la historia de las ideas. Eso y la idea del mestizaje, porque eso justifica que en este país no haya racismo, y eso es un verdadero alivio ¿Verdad?

En la panadería que está a una cuadra de mi casa venden muchas cosas ricas pero un pan asqueroso. Para que el pan sea rendidor le ponen más levadura a la masa y el sabor es dulzón y molesto, aparte que si no te lo comes rápido a los dos días el pan se convierte en un arma tiesa medieval. Como todos los locales prolíficos de la ciudad esta panadería cuenta con una caja que recibe dólares. El mostrador ofrece ofertas de Nutella y Pringles al mismo precio que estaba el libro de la saga de Crepúsculo en el mercado de los corotos: un frasco por 10$, tres Pringles por 15$, Nerds en 5$, y así. Los clientes típicos de la panadería me parecen una deformación grotesca del país. No se tratan de modelos absolutos, pero si sospechosamente endémicos. Las mujeres son una aleación entre plástico y cosméticos; los hombres son Hércules andantes de publicidad deportiva y exceso de gimnasio.

Creo que hay muchas familias que se están formando bajo el espectro de Htv, (insisto que esto no se trata de un prejuicio). Toda esta carnicería estética tiene como forma de pago el dólar, que humilla las pilas de bolívares, porque al final la lógica de la economía consiste en un amplio programa de juegos. Para poder gastar los bolívares en cualquier capricho debemos hacer como si no tuvieran ningún valor, eso incluye a las personas, lo que consumimos, lo que desechamos, incluso nosotros mismos ya convertidos en cachorros imperiales.

Una vez devaluado el billete solo queda el juego de los signos y las políticas públicas, fichas reducidas a elementos para facilitar nuestro andar por las casillas de monopolio en una ciudad donde los habitantes no tienen idea de lo que son. Es importante que bajo ningún concepto nos pongamos a pensar en el precio de las cosas. De esta manera resulta más sencillo ajustar los valores en función de la Necesidad, la única moneda de valor inalcanzable, medida de todas las circunstancias y las cosas. En este universo paralelo, inexplicable para aquellos que no viven aquí, el consumidor promedio se hace la idea de que vive en los límites de un cuerno de la abundancia ficticio, donde el contraste de la gente comiendo de la basura, y las bandas de mendigos que no llegan a los quince años, y las vitrinas repletas de cereales Trix y Captain Crunch dan la impresión de que todo es generosamente ofrecido. En el juego está permitido ver pero no poseer. Y sin embargo, a pesar de todas estas incongruencias seguimos estando mal.

Alexander JM Urrieta Solano

Crónica polar para una imagen

Una amiga me invitó a un foro sobre violencia y libertad de expresión. Un espacio repleto de diplomáticos blancos y mujeres emperifolladas al borde de la menopausia y el colapso de los antidepresivos, que hablaban en círculos sobre sus hijos fuera del país, de sus viajes esporádicos a Europa y Estados Unidos, de lo fascinante que es la cultura Disney, y de sus esperanzas a que todo en el país cambiara, de que nuestros héroes esparcidos por el mundo regresaran para arreglar todo lo que la dictadura había destruido. Gente sencilla. Habían criaturas de diversas organizaciones y en particular miembros del partido Vente. Luego de la charla trillada por expertos de los tiempos de oscuridad y precariedad nos llevaron a una gran terraza para disfrutar de un agasajo: vino y pasapalos.

Empecé a tomar sin moderación porque ese era el fin del foro sobre violencia y libertad de expresión. De un momento a otro mi amiga me había plantado en un círculo de adultos mayores y una contemporánea del partido Vente, que se jactaba de su carrera de estudios liberales. Mi amiga me presentó como sociólogo, cosa de la que no estuve de acuerdo.

Mientras tragábamos tequeños estas personas hablaron de la «falta de cultura del venezolano», «el tercemundismo, hay un libro buenísimo de Carlos Rangel: «Del buen salvaje al buen revolucionario», si todos pudieran leerlo», «no somos ni la sombra de lo que éramos antes», «este país tiene con qué», «la ignorancia de los pobres, esa gente sin oportunidades, de carencias», de que «los chavistas son una cuerda de borregos acomodados», «de que se habían perdido los valores, ¿dónde estaban los valores?», la pregunta estúpida que hacen muchos adultos siempre viene seguida de otra pregunta más estúpida: «¿Cuándo te vas del país?, aquí nada sirve». «Los jóvenes son verdaderos héroes». «Dios está de nuestro lado».

En medio de toda esa charla comenté que la polarización había cerrado toda forma de accionar, porque tenemos cierto asco por el otro. Que no tenía sentido el juego de nuestros políticos, que parece que conspiran juntos para desquiciarnos. ¿Por qué no se habló de eso en el foro? No querer pensar mucho también es una forma de violencia. Pensar igual no nos hace mejores.

La chica Vente me pregunta si soy de la Central. Le respondo que sí. Ella me mira con lástima y me dice que a ella le dijeron que ahí nunca ven clase, que siempre hay paros. Que ahí poco se estudia. «¿Sociología?», pregunta, «muchos de los que están en el gobierno estudiaron ahí. En esa carrera ven puro Marx e ideología, cosas obsoletas». Repetí en mi mente Marx e ideología. Pensé en mis amigos, en mis futuros colegas, me preguntaba cómo podía tolerar esta clase de comentarios. Los demás se rieron con sorna. Ella siguió: «¿Y como humanista, qué piensas de esto?». Humanista…bueno:

«Después de casi veinte años viviendo en un bucle, tengo la certeza de que el chavismo ha sido tan bueno (arrechísimo), que hizo creer a la población que apoyaba algo, y que a su vez ese algo tenía una oposición. Lo mejor que ha hecho el chavismo ha sido gestionar su propia oposición. Financió a sus propios enemigos, y los configuró en función de sus caprichos megalómanos. Creó personajes de acuerdo a las circunstancias que iban viniendo, una temporada aquí y luego otra por acá. Temporadas de clímax. Generó en el venezolano la idea de que por momentos breves de la historia era el ombligo del mundo, un esfuerzo colectivo, considerando que ya nuestro ombliguismo forma parte de una cualidad idiosincrática, porque somos, por supuesto, el mejor país del mundo, cuando nos conviene decirlo, en grandes tarimas, para profesar la buena conciencia de los que se hacen pasar por altruistas. Somos demasiado hipócritas. El producto mayor del chavismo fue la MUD, y su último lanzamiento fue el personaje Hasbro de Juan Guaidó, un heterosexual católico, ingeniero, con una familia nuclear que incluye un perro, que para la lucha nunca se desprende del traje formal, porque lo formal es sinónimo de esperanza, de sueño perenne, si se me permite la expresión. Parece que todo ha consistido en un guerrilla de marcas, de rebranding y turismo de disturbio. Todo con el respaldo de la opinión pública, siempre enferma y cínica, idiota porque no puede ser otra cosa. Usted por ejemplo, es una valla andante de una entidad política que tiene entrevistas con la revista Hola y habla de capitalismo popular, mientras se ensucia las manos con la tierra de su jardín. Te puedo asegurar que sus seguidores no tienen idea de lo que es eso. No me mires así, te desconcierta que no sea un fanático. El problema es que aquí ustedes creen que son los buenos, y lo que no les parezca es lo malo, lo despreciable. Pensar distinto siempre es algo despreciable».

Mi comentario le cambió el rostro a los que estaban conmigo. Mi amiga tenía una cara de Picasso. La chica Vente, disgustada, me dijo que el problema era que yo no entendía el proceso, que no estaba considerando muchas cosas. Era cierto, pero realmente no me importaba. No me interesaba lo que pudieran pensar, ya los había escuchado demasiado tiempo.

No estaba ahí para convencer a nadie, pues se supone que era un foro sobre violencia y libertad de expresión. Entre mis idas y vueltas para buscar vino, escuché que una señora le comentaba a la chica del partido que era obvio que en mi escuela me habían adoctrinado, que en esa carrera lo que salen son servidores del régimen. Comunistas. No entendí eso.

Tomé un par de tequeños y me despedí de la manera más respetuosa que me permitió la curda. Di las gracias por todo. Les dije que estos espacios eran necesarios para recordarnos las razones por las que «no volverán ni van a llegar tampoco». Comentario desagradable, de poca educación sentimental y tacto. Queda claro que a estas cosas no me van a volver a invitar jamás.

Alexander JM Urrieta Solano

«Vivimos simultáneamente varios relatos ¿qué duda cabe? Sabemos bien que en cada uno de ellos desempeñamos un papel distinto y que no siempre tenemos el mejor papel. Sabemos además que algunos de estos papeles son más íntimos que otros, que nos resultan más personales. No siempre nos resistimos al deseo de reinterpretarlos, remodelarlos, para adaptarlos a la situación actual.» 

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Marc Augé – Las formas del olvido

Ciborgs, sociedad y deporte

I El concepto del ciborg

El fin de este ensayo es hacer un acercamiento a la idea del ciborg y su relación en el área de los deportes. Partiendo de los conceptos de Donna Haraway, en complemento con las ideas filosóficas de Fernando Broncano, con el que nos sustentaremos para darle una amplitud al concepto de prótesis, cualidad indispensable en la totalidad del ciborg, cuya identidad resulta ser la suma de humano y tecnológico. “La dicotomía entre lo natural y los artificial es la que separa las dependencias entre lo atribuible a lo humano y lo externo”.[1]

El ciborg según la teoría de Donna Haraway es una forma de existencia que combina lo humano (o supuestamente humano) con lo tecnológico. Se compone de prótesis que incorpora de forma estricta al cuerpo para alterarlo. El ciborg se vale del poder de las máquinas y la técnica para superar las limitaciones propias del cuerpo humano. Bajo estas premisas vivimos en una sociedad repleta de ciborgs.

Las prótesis son una suerte de exilio: las patrias, las infancias y aquellos otros lugares del que los humanos son expulsados son construcciones donde las raíces crecen en un suelo de hábitos, un trasfondo efervescente de creaciones y cambios impulsados por las diversas prótesis que nos habitan o habitamos y que nos empujan fuera de los orígenes. Todos los exilios se viven como expulsión, como malestar y como nostalgia de lo ido sin que quepa la esperanza de recobrar el lugar perdido, como cuando volvemos al pueblo y tras los saludos y los parabienes notamos el cambio irreversible de un sitio que ya no es nuestro: el viejo cine cerrado, la gente que se ha vuelto rica y engreída, no reconocemos al amigo entrañable en esa cara devastada por el tiempo, ni a la antigua adolescente que amamos en esa opulenta madre. Las prótesis producen el mismo efecto. Al caminar desnudos y descalzos por un momento sentimos el placer inmenso de la vuelta a nuestro cuerpo, pero al poco sentimos que ya no es nuestro estado, que nos dañan las piedras, que nos invade el pudor y que esa visita a lo natural no puede extenderse más allá de ese instante. Las vueltas del exilio no son las vueltas del hijo pródigo (tampoco sabemos qué sintió el hijo pródigo, acaso un inmediato arrepentimiento por la vuelta). El ciborg nunca vuelve de su exilio: las posibilidades ganadas le han transformado hasta un punto que el mundo se ha convertido en otro mundo.[2]

Las prótesis son la cualidad distintiva del ciborg, cuya totalidad se compone de elementos  externos que no le pertenecen. Las prótesis surgen como una necesidad de crear una identidad. Las prótesis son elementos que una vez adquiridos nos permiten ampliar nuestras capacidades del mundo. Los avances en el área de la microelectrónica ha permitido el desarrollo de implantes capaces de controlar, ampliar, expandir y mejorar las funciones naturales del cuerpo humano.

Por ejemplo tenemos los marcapasos, prótesis que mediante señales eléctricas regula los estímulos del corazón y equilibra las frecuencias cardíacas; las retinas artificiales, para las mejoras visuales; implantes auditivos para mejorar la percepción del oído, o incluso el marcapasos cerebral cuya implementación de electrodos dentro de ciertas zonas del cerebro regulan los impulsos anormales, para tratar la epilepsia, la distonía o el parkinson.

Las prótesis que conforman el cuerpo ciborg no solamente restauran funciones orgánicas dañadas, como ocurre con las gafas, los audífonos, las extremidades ortopédicas, los marcapasos y las rótulas artificiales: son también a veces creadoras de funciones vitales. Así el vestido, el calzado, la vivienda, la cocina, los animales domésticos, los vegetales cultivados, el universo entero de herramientas e instrumentos con los que nos rodeamos, los lenguajes escritos, las instituciones sociales, los códigos y las normas, las religiones y los rituales, el arte. Son artefactos que inducen transformaciones en el espacio de posibilidades, que comienzan como intrusión de una prótesis pero que más tarde transforman las trayectorias de acciones y planes futuros de esos seres.[3]

El ciborg, en su entorno de artefactos, símbolos, huellas, ve el mundo como un haz de historias por realizar y de sendas no escritas aún por el discurrir de la realidad. Ve el mundo como el pionero que huye de una historia y un paisaje de daño y maleficio, y llega a una frontera indeterminada, donde las cosas aún están por hacer… El ciborg melancólico sabe que está hecho de complejidades y entrelazamientos, que no puede acogerse a identidades pasadas ni a obligaciones necesarias. Sabe que el mundo es su responsabilidad y que no puede sustraerse a ella. Su perplejidad y melancolía es así la fuente de su saberse en una realidad que está trenzada por redes de posibilidades.[4]

La identidad del ciborg es un conjunto de patrones que asumimos. También es la apropiación de una serie de saberes, la apropiación de un saber cultural, ligado a la sociedad de consumo y conocimiento.  La identidad es el proceso en el cual el individuo se va definiendo, y nos da la cualidad de objeto, en donde somos capaces de construir la narrativa de nosotros mismos, en gran medida, por no decir toda, desde la mirada de los otros, y que a su vez comprende un proceso de asimilación y comprensión de uno, y donde se van construyendo relaciones íntimas con los otros.

El ciborgismo ofrece un mundo de ensueño para…adoptar el colapso de las distinciones limpias entre organismo y máquina y otras distinciones similares que estructuran la identidad occidental. Haraway insiste que…de debemos concebirnos a nosotros mismos como proyectos abiertos antes que como entidades terminadas, y buscar activamente nuevas formas y nuevas maneras de ser a fin de subvertir las normas culturales de nuestro tiempo

Los ciborgs rechazan absolutamente estas normas poniendo en duda, por ejemplo, la presunción de que lograr una identidad unificada es nuestro principal objetivo en tanto individuos…Pero, como insiste Haraway, ese dualismo de identidad y alteridad es desafiado por la cultura de “alta tecnología”, en la cual no queda claro quién hace y quién es hecho en la relación entre humano y máquina. Haraway habla del “estado de trance” al que pueden llegar los usuarios de ordenadores, quienes llegan a preguntarse de manera provocativa: “¿Por qué nuestros cuerpos terminan en la piel?”[5]

Los otros son aquellos cuyas opiniones acerca de nosotros internalizamos, y cuyas expectativas se transforman en nuestras propias auto-expectativas. Por otra parte los otros son aquellos con respecto a los cuales queremos diferenciarnos. Aquello que no somos nosotros. En esa diferencia se establece el primer conflicto humano, que transciende a un conflicto mayor cuando se introduce el fenómeno del ciborg dentro de la ecuación.

Existen tres elementos componentes de toda identidad: las categorías colectivas, las posesiones y los otros. El lenguaje hace posible las interacciones y es a través de los símbolos en donde se hacen posibles los procesos mentales y espirituales, no se trata sólo de un lenguaje hablado o escrito, sino un lenguaje total del cuerpo, cuya alteración por medio de las prótesis nos da una identidad única y nos define dentro de la sociedad.

La lógica del capitalismo estaría alcanzando a la propia esencia de lo humano convirtiendo a los seres humanos en ciborgs, productos destinados a quedar obsoletos en las diversas olas de consumo. Las fuerzas del capital, en su progresiva reificación, habrían convertido a los seres humanos en otra forma abstracta, en un nodo virtual de una red de objetos de intercambio producto de una máquina autónoma que todo lo transforma, no importa ya para quién.[6]

“La tecnociencia, presionada por su mecenas el desarrollo, está asombrosamente preocupada por mejorar la eficiencia operativa de sistemas tecnológicos hasta el punto de que lo humano se vuelve irrelevante para el proceso”.[7] La tecnociencia es el resultado de una ecuación que combina tecnología, ciencia, más capitalismo avanzado y empresas multinacionales, productos derivados, sociedades de consumo.

Distinguiréis a los ciborgs, como a los adolescentes, por esa sutil forma de inadaptación que produce el tedio más que la necesidad. Seres excedentes de la sociedad de consumo, ya no saben vivir en otras condiciones, no imaginan un mundo diferente: los viejos paraísos están habitados y amueblados por la necesidad. Se dice del paraíso musulmán que allí corren cuatro ríos: uno de agua dulce, uno de leche, uno de vino y el cuarto de miel. Se dice del paraíso comunista que cada uno recibe según sus necesidades y trabaja según sus posibilidades. Se dice del paraíso cristiano que las almas, abandonadas las exigencias del cuerpo, entran en un estado de contemplación eterna. Ninguno de estos paraísos se encuentra en los mapas ciborg, cuya topografía imaginaria nace de las construcciones híbridas del espacio y el tiempo.[8]

II El deporte y los ciborgs

El estudio del deporte ligado a la tecnociencia tiene importancia porque este surge como un rango de fuerza que se compromete con la tarea de extender los dominios de la tecnología a expensas de la humanidad y sus valores, en función del deporte, toda su estructura y práctica cultural, como pasatiempo y negocio de masas. Dicha extensión se manifiesta como un imperativo derivado del desarrollo capitalista avanzado y las empresas multinacionales.

La tecnociencia tiene como único interés ejercer un dominio sobre el medio ambiente  y humano de una forma hostil, por medio de un incremento masivo de la eficiencia de los sistemas, y esto nos lleva a una modificación del deporte desde diferentes ámbitos. Desde la condición de los atletas que también es entendido como un producto que se puede perfeccionar por medio de diferentes técnicas, el arbitraje, la promoción, la propaganda, los reglamentos, las estructuras de los espacios deportivos, los medios de difusión masivos, las reglas y el big data como forma de pronosticar y evaluar las condiciones de todo un juego.

El deporte como actividad dentro de la sociedad global a raíz de los nuevos avances tecnológicos ha cambiado. Los avances recientes en donde se combinan máquinas y seres vivos han dado lugar a nuevos debates por su enorme potencialidad industrial y mercantil, así como las diferentes preocupaciones éticas y lúdicas en el destino del deporte como práctica social.

El deporte tanto como fenómeno de negocio y espectáculo, como referente para la innovación y perfección del ejercicio físico y mental, se vuelve uno de los pilares fundamentales de la cultura occidental, el entretenimiento como parte de un negocio redondo y la inclusión de variables tecnológicas para las mejoras del deporte, su alteración y forma de procesarlo y entenderlo.

El deporte se asocia con el juego, y este asume la forma de la competición. En la sociedad del entretenimiento y el espectáculo la competición se convierte en un derroche de energías físicas e intelectuales, con la finalidad de satisfacer el sentido lúdico del mismo deporte como espectáculo, dentro de un orden global que reduce a los individuos a objetos de consumo. Las prácticas deportivas como elementos de entretenimiento maduran hasta llegar a los niveles de degeneración de la competición, donde se generan estrategias para la cría de seres humanos consagrados a la competición.

El atleta como monstruo nace cuando el deporte se eleva al cuadrado: es decir, cuando el deporte, de juego que era jugado en primera persona, se convierte en una especie de discurso sobre el juego, el juego como espectáculo para otros y por tanto, el juego jugado por otros y visto por mí. El deporte al cuadrado es el espectáculo deportivo.

Pero este deporte al cuadrado (objeto hoy de especulaciones y mercados, bolsas y transacciones, ventas y consumos coaccionados) genera un deporte al cubo, que es el discurso sobre el deporte en tanto que deporte visto. En primera instancia, ese discurso es el de la prensa deportiva, pero genera a su vez el discurso sobre la prensa deportiva, y por consiguiente un deporte elevado a la potencia n. El discurso sobre la prensa deportiva es el discurso sobre un discurso acerca del deporte ajeno como discurso.[9]

Estos cuerpos esculturales, perfeccionados por la misma actividad deportiva, habitan un mundo inconsistente, dominado por la propaganda y sometido a unas redes de poder. El hábitat del ciborg es la selva de la cultura, el espectáculo global, el gran teatro del mundo. El ciborg deportista es el resultado de implantes médicos, relaciones estrictas entre el cerebro y máquina, contrataciones, términos y condiciones, circuitos, adaptaciones robóticas que amplían las fronteras entre los seres vivos creados por la tecnología.

Las publicaciones deportivas y la prensa de masas, las campañas publicitarias y los programas de tertulia…han convertido a los jugadores en ídolos deportivos y celebridades. La realidad se ve relegada a un segundo plano en la génesis mítica de un personaje bien construido y desarrollado única y exclusivamente para su consumo público…los equipos se han convertido en vallas publicitarias humanas para el lanzamiento de bienes de consumo.[10]

 La combinación de máquinas y organismos vivientes se puede presenciar ahora en diversas disciplinas deportivas, que no sólo involucran ampliaciones mecánicas, tejidos artificiales, dopajes, sino también rutinas alimenticias extremas: calculadas y cronometradas, mejoras a nivel cognitivo por ingesta de ciertos productos. Esta figura del ciborg en el deporte produce una imagen nueva del superhombre de masas, una remasterización del concepto dentro de las sociedades poshumanas, una idealización de lo que podemos aspirar a ser: el resultado de una fusión entre la biología y la tecnología, la realidad y la ficción.

Para ilustrar mejor la relación que hay entre las prótesis y la actividad deportiva podemos exponer una serie de casos que, a modo de ejemplos, puedan servir como referencia de cómo en cada caso las prótesis producen fenómenos particulares y redefinen la identidad de los deportistas dentro de diferentes disciplinas, desarrollando en cada caso un tipo de ampliación en el cuerpo, que bien lo puede llevar a la exacerbación de sus capacidades o en el caso contrario, el deterioro sistemático de sus posibilidades.

El primer caso está dentro de la disciplina del atletismo y el fenómeno de Oscar Pistorius. Una deformación en las piernas lo sometió a la amputación de sus dos piernas durante la infancia. Para el desarrollo de su actividad deportiva como corredor Pistorius se dotó de unas piernas artificiales, a base de fibra de carbono que funcionan como resortes que sometidos a presión le dan impulso para correr.

Pistorius, también conocido como Blade Runner, es un caso destacado de lo que denominamos un ciborg atlético. Las prótesis simulan una par de piernas, diseñadas para acción de la articulación anatómica de los pies y el tobillo, y le dan la condición de hombre-máquina y una identidad dentro del mundo deportivo, que se debate entre si tales prótesis son una ventaja o desventaja para el atleta.

Otro caso lo encontramos en el alemán Gerd Bonk (1951-2014), doble medallista olímpico de la antigua República Democrática de Alemania (RDA) en la disciplina de la halterofilia. Durante casi treinta años Gerd estuvo sometido a unos métodos de dopaje sistemático, donde se le suministraban esteroides, anabolizantes, y estimulantes para alterar su peso y mejorar su rendimiento.

El dopaje entra en la categoría de prótesis química, pues altera paulatinamente el organismo, modificando su musculatura mediante la adulteración de los procesos hormonales, que se exteriorizaba en la robustez de su cuerpo, su deformación fue el resultado de esas constantes modificaciones protésicas, que ampliaban sus posibilidades humanas y lo convertían en un ciborg levantador de pesas.

El dopaje es el uso de ventajas indebidas para ganar. Es la alteración de una capacidad que brinda al deportista un atributo extra sobre el resto de los competidores. El dopaje nació con el deporte porque este existe como actividad humana competitiva. Esta alteración del cuerpo mediante el dopaje se puede clasificar en diferentes tipos, viendo el deporte como un negocio de la sociedad del espectáculo.

Como consecuencia de los esteroides, Gerd Bonk padeció de diabetes, problemas renales e insuficiencias hepáticas que lo imposibilitaron de seguir caminando. «Fui quemado por la RDA y olvidado por la Alemania unida, la RDA arruinó mi vida y mi cuerpo”[11], llegó a decir Bonk en sus últimos días cuando ya todo era irreversible. Vemos un ejemplo trágico de transición protésica, en donde el levantador de pesas convivió durante años bajo un régimen de dopajes para elevar sus capacidades deportivas, para luego de sufrir una completa atrofia de su cuerpo ciborg, y depender de otra prótesis externa: la silla de ruedas, y finalmente, cayendo en un coma irreversible, de las máquinas de oxígeno.

Tenemos el caso del dopaje genético que se aplica de forma terapéutica para mejorar las capacidades deportivas, un perfeccionamiento del cuerpo mediante la alteración de las estructuras genéticas, la inserción de genes artificiales para modificar los procesos de producción de proteína para elevar el rendimiento, que incluso puede provocar una hipertrofia muscular y un incremento de las fuerzas; por otra parte tenemos el dopaje cognitivo que es la estimulación del cerebro mediante el consumo de ciertos químicos

El deporte es el hombre, el deporte es la sociedad. El deporte deshumaniza al hombre. Si deshumanizar consiste en la modificación de esa humanidad. Si partimos de la idea de que la prótesis consiste en una ampliación de las capacidades humanas, la alteración del cuerpo en el escenario del deporte para ofrecer ventajas a los competidores.

La identidad del ciborg se define por el uso de artefactos que le dan un sentido a su identidad. El dopaje tecnológico viene a ser ampliaciones que a modo de prótesis mejoran los rendimientos de los deportistas, también puede tratarse de algún accesorio cuya función establezca una ventaja considerable y provoque desigualdad en la competencia.

Los tejidos para los trajes de baño evolucionaron a partir de la lana, del algodón recubierto de goma a la lycra y a los materiales de tipo spandex. Todos se volvieron más firmes, más adecuados a la forma y más planos en las curvas del cuerpo. Todos los materiales eran permeables al agua y estaban tejidos. En un primer intento técnico, Speedo se asoció con ingenieros de la NASA después de los Juegos Olímpicos de 2004 y crearon un traje de baño que reduce considerablemente la fricción. Speedo añadió paneles de poliuretano que repelen el agua. La cualidad resbaladiza del agua, en el traje de baño, eliminó la fricción causada cuando el agua se reúne e interactúa con las fibras. Los trajes de alta tecnología ofrecieron el modelo «amalgamado ultrasónicamente» que dejaba de tener costuras, lo cual enaltecía su efecto aerodinámico.[12]

La vestimenta en las disciplinas deportivas no sólo cumple una función estética sino también funcional, cuyo diseño permite mejoras tecnológicas en el deportista. En la natación tenemos el caso de los trajes de baños que se diseñan de tal manera que simulen cada vez las escamas de un pez, un sistema hidrodinámico que reduce la fricción e incrementa la velocidad.

Alexander JM Urrieta Solano

Notas:

[1] Broncano, Fernando. La melancolía del ciborg. España, Herder; 2009, p. 28

[2] Ibíd, pp. 23-24

[3] Ibíd, pp. 20-21

[4] Ibíd, pp. 277

[5] Sim, Stuart. Lyotard y lo inhumano. España, Gedisa; 2004, pp. 58-59

[6] Broncano, Fernando. La melancolía del ciborg. España, Herder; 2009, pp. 33-34

[7] Sim, Stuart. Lyotard y lo inhumano. España, Gedisa; 2004, p. 41

[8] Broncano, Fernando. La melancolía del ciborg. España, Herder; 2009, p. 46

[9] Eco, Umberto. La cháchara deportiva. En: La estrategia de la ilusión. España, De Bolsillo; 2012, pp. 236-237

[10] Trifonas, Peter Pericles. Umberto Eco y el futbol. España, Gedisa; 2004, pp. 46-47

[11] De Pedro, J.M. (2014, noviembre 15). «La RDA me arruinó la vida», la historia del medallista olímpico Gerd Bonk. https://www.libertaddigital.com/deportes/mas-deporte/2014-11-15/la-rda-me-arruino-la-vida-la-historia-del-medallista-olimpico-gerd-bonk-1276532920/ (Consulta: 21/04/2019)

[12] Sin autor. (2014, marzo 17). Nanotecnología en la natación. http://latecnonatacion.blogspot.com/2014/03/nanotecnologia-de-la-natacion.html (Consulta: 14/05/2019)