Paul Éluard – Dignos de Vivir
Bocetos sin filtro
La descripción de un espacio que puedo llamar mío, que puedo sentirlo como mi rincón de universo, saberme mío y sólo mío, en esta soledad geométrica, de complejo residencial, de ascensores y bajantes, escalera y planta baja.
Es una ilusión, como la que brinda la tarjeta de crédito. Maldito invento: disponer de dinero que no se tiene. No debe extrañarme nada entonces. Vivimos en un mundo de espejismos y máscaras. De engaño y contradicción. Suspendidos en la nada. Según los locos que estudian, el origen ya no existe. Repetición. Repetición. Todo tiene que ver con la repetición. Con la producción en masa. Con la satisfacción instantánea. A veces temo volverme un bicho raro, de esos que dejan de pensar por cuenta propia, y se mueven con la torpeza de unos hilos dirigiendo sus acciones. Hay temor al olvido, a pesar de que el recuerdo me resulte pesado. Estoy algo confundido, debe ser el somnífero. Resistirse al sueño, provoca rayas en la visión, distorsión por todos lados. Confusión y alegría. No importa. Da igual si estas ideas no se entienden, después de todo esto se supone que es un ejercicio. Una prueba.
A nivel de la noche, aparece un dialogo distante. Se renueva. Al alcance de las manos, las imágenes van cobrando vida. Todo un lujo escribir desde la nada. Desde la burbuja, desde la prisión de conjunto residencial. Para escribir con agilidad, hay que ejercitar el músculo todos los días. Jugar con el tiempo, entretenerse quitando y amando. Esconderse en un modo de locura sutil, de esos que acalambran las piernas, que nos hace mansos y tiernos; digamos que condescendientes también. Sin embargo igual creo que somos hipócritas, urracas parlantes, que juegan a ser cuervos de paz. Animales de carroña, falsos diletantes. Que mi condena sea la vida, pues ya mi dicha está reservada en la muerte. Ella me espera contando los días. Pero todavía no me lleva.
Hay que macerar la concentración. La valiosa lección de observar. Escudo sortija y espada, afinación y entonación, cacofonía deísmo y dequeísmo. Fumando cigarro se retiene la desesperación, por eso es el peor de los vicios inventados por el diablo, perdón, por el hombre.
Naturaleza sembrada de terror y menudencia. A esta ciudad he venido a parar. Voces tenebrosas deambulan por la oreja, cuchichean y me hablan en palíndromos: la ruta natural, ese, atar a la rata. Todo es acogedora confusión. Creo que me estoy quedando ciego.
El estado de gracia es paciencia y por qué no decir, virtud de los que pretenden escribir poesía. Si a la larga me rompo un hueso no será por ustedes, querida audiencia. Audiencia necesitada de locos que narren sus experiencias a vox populi, con la potestad de elogiar y despotricar… así funciona la industria del espectáculo ¿no?
Unos contemplan el mundo desde un rectángulo que sobrevive a punta de litio… la apoteosis provocada por un safari o un viaje por el mar. Caos porque otros son teatro ejercido en tablas de destrucción. Desigualdad hay en todos lados. Todos los animales son iguales, pero unos son más irreales que otros. Venimos de lo mismo, pero somos diferentes… así nos enseñan a comprender el mundo. Improviso entre botellas y pastillas, polvo de rata y taurina. Pienso en ella sin recelo, mientras degusto la vida que todavía me queda. Lo ojos se cierran porque me entrego a la borrachera…es una pena que en los sueños no se pueda escribir.
Alexander Urrieta Solano
Fragmentos del Reino
Creo que no tengo la costumbre de escribir mis comentarios de las cosas que leo. Uno se ve más inclinado a las cosas que observa. Se supone que uno escribe sobre las cosas que lo cautivan constantemente. Es como un impulso nervioso, como esa necesidad que surge cuando quieres fumarte un cigarro. Digamos que uno anda criseado buscando calmarse con cualquier cosa. Supongo que por eso prefiero estar escondido en mis libros, en mis fantasías literarias: en mi libertad reducida a meras letras y tinta. Uno lee para aprehender, en un acto de placer incomprendido para aquellos que desconocen la soledad apacible. La locura se macera de forma extraña en nosotros. En lo particular, los cuentos vienen a ser dosis para la dislocación de los sentidos. Pequeños relatos que se leen de un tiro, la poesía también tiene sus virtudes. Sin intermedios uno disfruta un descargue violento de sanaciones y emociones internas.
Uno de los libros que más he disfrutado en lo que llevo de vida quizá sea la mirífica obra “Du Domaine”, del poeta francés Eugène Guillevic. En la versión traducida por Monte Ávila Editores, se presenta bajo el título “Del Reino”. Un poemario imprescindible que de forma inusitada llego a mis manos. Un libro de carácter esotérico, mágico por la complejidad de su sencillez. Poemas entrelazados a su suerte para promover la decapitación del lector.
Hay quienes duermen
Todas sus dimensiones.
Cierto encuentro cercano de orden mayor le da una estructura sólida al poemario. Uno se pierde en el trance de los vaivenes, orbitando en un espacio imaginario delimitado por el paso de las palabras breves, que juntas forma versos alucinantes y precipitados.
Mirarnos
Como nos miran
Las avispas
Cada palabra parece tener un sentido sagrado y cósmico. El misterio envuelve los versos de Guillevic. Las cosas concretas, aquellas que poseen carga de vida, quedan como ejemplo claro de que, en lo sencillo sin duda podemos encontrar lo divino. Es un libro que me ha enseñado bastante. Y por ello me encuentro agradecido.
Ella te preguntará
Si conoces su hora.
*
No tendrán que lanzarse
Desde lo alto de la torre.
*
Si desconfías de ella,
Teme
Por tu pasado en el reino
*
Ella no te desea otro mal
Sino confiarte el suyo.
Alexander Urrieta Solano
El fútbol y otros complejos de inferioridad
Los venezolanos queremos ser más desgraciados que los desgraciados, y los medios de comunicación con su despliegue de discursos petulantes masivos logran siempre su cometido: embrutecer al pueblo. Páginas de “información”, que me atrevería a decir que son más de tetas y farándula política y deportiva. La gente a falta de noticieros televisivos busca el respaldo a través de las redes sociales, porque también el periódico y la radio en este país son un compendio de los más sublimes radicalismos… digamos que las consecuencias por todos lados resultan ser desmotivadoras. Las redes sociales han cristalizado más la polarización en el país, y el criterio en la mayoría de los casos prefiere guardar silencio ante la aberrante búsqueda de pulgares arriba, que sólo sirven para la inflación del ego y la decepción paulatina del contexto país.
Con las redes sociales ahora cualquier idiota puede ser tomado como intelectual, hecho del cual yo, como mísero bloguero (si esa es la categoría donde me tengo que reducir), me resulta imposible escapar. Quizá como muchos pretendo la formación de un discurso con contrastes grises, donde pueda a lo sumo encontrarme con las diversas opiniones del lector. Pero saben, llega un punto donde uno se siente como imbécil por tratar de armar un discurso distinto, que no venga de una oposición boba desquiciada o de una fanaticada ortodoxa chavista. La verdad esta lucha por tener la razón me tiene sin cuidado. No me importa, porque siempre llegamos a un punto donde estamos totalmente equivocados y nadie nos dice nada. El precio de la idiotez de los poderosos, lo terminan pagando aquellos que nada tienen, los que no saben si comerán el día de mañana, ellos no tienen tiempo para las reflexiones, pero nosotros sí, todos aquellos que pueden recibir suficiente oxígeno en el cerebro para cavilar; creo que todos somos capaces de re-pensar. Triste el que no pueda. Pienso que uno desde su enfoque, armando ideas no desde una postura privilegiada pero si lo suficientemente pertinente como para establecer críticas a todo, puede de algún modo esgrimir al monstruo de la inconformidad, atacar con ilusión y rabia al fantasma de las causas perdidas; uno puede chocar el carro como mejor prefiera, pues nada está escrito en piedra, y la libertad de expresión es viable si te sabes expresar con propiedad.
Porque así como muchos venezolanos yo también me siento asqueado por la realidad que vivimos diariamente. Soy un ser humano, y por lo tanto, también mortal, con las mismas necesidades que otros: como-cago-tiro-y me quejo; el costo de la vida ha jodido la existencia de todos por igual. Sin embargo me cuesta sentirme identificado en este mega-relato de Derrota que es muy popular entre los venezolanos, que raras veces ponen en duda la realidad. Cuando no se cuestiona nada empiezan las declaraciones rotundas que más que nauseas provocan lástima, y más sobre todo si se pronuncian en voz alta. Uno puede hacer una recopilación de todas las ridiculeces que habla la gente en la cotidianidad, y tiene suficiente material como para hacer una antología de la idiotez del venezolano. Esa falta de tacto y sentido común, de egoísmo cegador. Pura idolatría partidista, con algo de trastorno consumista. Como si el consumo compulsivo fuese un derecho otorgado por la Divina Providencia, o un mandato estricto de los cielos. Desde cualquier ángulo estamos jodidos.
Imagínense a esas mujeres que andan en la vida con el autoestima por los suelos porque siempre creyeron que eran feas. Vivimos en un mundo donde la mujer tiene que convertirse en una suerte de mujer ficticia, irreal, que lucha contra el tiempo a punta de cirugías y cremas rejuvenecedoras, no olvidemos que “Salud es belleza”, hay que prestar atención al constante bombardeo mediático de aquellos productos que forman parte de nuestro consumo diario. Tanto que llegan a ser miembros de nuestra familia. Cosa terrible dejar que un niño pase más de diez horas viendo un canal de comiquitas, donde ahora gran parte de lo que mira el niño es tele-compra, el niño simplemente es un vaso siendo llenado por la baba ideológica del mercado. Con el paso del tiempo, que no nos extrañe que nuestras nuevas generaciones sean hasta cierto punto carentes de reflexión. Creo que lo mismo pasa con el discurso de la Derrota y el Fracaso. Se ha hecho populoso decir que a los venezolanos nunca nos ha ido bien, que allá afuera existe un mundo donde hay cosas mejores que nosotros, que es la primera vez que la gente sale para buscar la vida mejor… pero yo me pregunto ¿qué coño es la vida mejor? Unos indignados dirán, cualquier cosa que no esa esto, pero igual la respuesta me resulta ambigua todavía. Me molesta que desde las masas siempre hablen por uno; como si uno no tuviera la voluntad ni el suficiente raciocinio como para construir algo diverso y productivo (al menos para mí). En el intento de indagar uno corre el riesgo de ser tildado como comunista, loco, socialista, enfermo… también hippy o chavista, la gente está pendiente de encasillarlo siempre a uno. Hay que darle también nombre a las cosas que no podemos comprender.
Porque ahora cualquier cosa que evoque la izquierda es malo. Pensar distinto es malo. Las reflexiones nos sacan del marco de la cotidianidad caótica, y nos permite abarcar las problemáticas desde muchas vertientes. Pero, quién tiene tiempo para eso… “aquí lo que hay que hacer el tumbar el gobierno” “Aquí lo que hay que hacer es matarlos a todos” “aquí lo que falta es un demócrata preparado” “aquí lo que falta es un empresario que ponga a producir” “aquí falta alguien de afuera que arregle este desastre”… y podemos seguir con nuestro rancio inventario de humanidad perdida en constantes vicisitudes. Complejos grandes arrastramos desde la colonia, con ese asunto de que hay mejores y peores. El cuento del mestizaje se quedó corto ante tantas desigualdades.
Así nos pasa. La cosa es que nos dijeron que había naciones por encima de nosotros. Recuerdo muchas veces en el colegio, la profesora nos mandaba a repetir que éramos un país sub-desarrollado pero en “vías de desarrollo”; tengo la certeza de que mi maestra no tenía idea del daño que nos estaba haciendo. Creernos menos porque carecemos de ciertas cosas; pensarnos como escoria, despreciar el saber producido en esta tierra, es síntoma de endorracismo: de no aceptación de uno mismo, ni de su cuerpo ni de su mente, desde una plancha de cabello para alisar el pelo malo, hasta las comparaciones con países “históricamente superiores” que lo que hacen es respaldar el hecho de que nosotros no servimos para nada: porque somos latinos, mano de obra para los extranjeros pero bazofia andante en su propia tierra, ¿alguien me explica tan mutilada contradicción? Sin embargo nuestro estatus nos hace pensar que somos en algunos aspectos superiores a otros. Veamos un ejemplo, en el cual trataremos de hacer un breve análisis de discurso (a modo de aficionado) de un texto extraído de la página humorística: El Chigüire Bipolar, en donde hace comentarios respecto al partido de futbol de Venezuela contra Perú, en el cual salió victorioso por un gol el equipo blanqui-rojo. Definitivamente el fenómeno del futbol como evento globalizador y totalizador embrutece a más de uno, por eso con toda razón es el deporte rey por excelencia:
“YA ESTÁ BUENO, ¿OK? LLEVAMOS AÑOS QUE SOLO NOS PASAN COSAS MALAS ¿Y AHORA ESTO? ¿Y CONTRA PERÚ? PRIMERO LAS COLAS, LA INFLACIÓN, LOS CAPTAHUELLAS Y AHORA PASA ESTO… YA YO NO VEO LA LUZ. Deberían llenar el Orinoco de helado de chocolate para que nos llegue a todos los venezolanos y se nos pase la depresión. O liberar el dólar o algo, pero que nos pase algo bueno POR FAVOR. Yo sé que seguimos clasificados, pero igual; me siento triste. Voy a emborracharme de todas formas, pero por tristeza… que es distinto. Mañana igual es viernes, los viernes no se trabaja”.
No sólo perdimos, sino que perdimos contra Perú, algo que al parecer resulta humillante. No es mentira para nadie la forma como se ha construido el estereotipo de los pueblos del sur en nuestra tierra caribeña, como si no faltara que en sistema mundo los latinos seamos la mucama predeterminada o la puta sexy de alguna película de acción norteamericana, para nosotros los peruanos son cotorros, sucios, feos, y el que más me gusta de todos…indios. Porque recordemos toda la carga que trae consigo el indio, asociado de una vez con retraso, o no civilizado. No es casualidad que en la serie popular de Isla Presidencial (por tomar un ejemplo obvio) el personaje de Evo Morales sea uno de los más chistosos de la serie, cumple con todos los requisitos para personificar el retraso de los pueblos: es indio, habla raro, tiene un acento cómico y es, en la mayoría de los casos, un poco tonto, pero lo importante es que nos hace reír. Nos entretiene y nos conmueve. Lo importante en occidente es aprender a reír. Reírnos de nuestras desgracias pero sobretodo, saber reírnos del otro. Cualquiera pensaría que soy un pusilánime, pero mis procesos me han enseñado que todo, de alguna forma u otra, tiene que ver con todo. La civilización funciona como una máquina titánica, máquina que nunca se mueve de forma inocente. Sentirnos desdichados va más allá que un problema estatal; va incluso más allá de una politiquería infantiloide, o que no se consigan los productos de primera necesidad; o de que nuestros mesías se mueran de hambre, o que la vida de los seres humanos cada día valga menos que nada.
Lo foráneo que ante nuestra mirada viene a ser lo intrínsecamente perfecto. Asumiendo estas posturas que implican una connotación con respecto al marco geopolítico y racial, nos reducimos a la categoría latina, que encima se mezcla con el gentilicio venezolano: una criatura con severos problemas de identidad, que como otras sociedades se cree mejor que unos y peor otros. Más que diferencias, hay que buscar en qué nos parecemos al otro.
Mujeres, culitos, pasión, futbol y cerveza…tampoco olvidemos la arepa. El discurso de identidad que mueve a los venezolanos reducido a un eslogan corporativo. Lo disfrutamos, pero al mismo tiempo se le tiene un profundo desprecio. Una negación de aquello que ha definido lo que somos en el marco popular, que al negarlo lo legitimamos; suena paradójico, pero así funcionan las relaciones humanas. Parece imposible escapar de este círculo vicioso. Ahora que estamos en víspera de la Copa América puedo reafirmar que es un evento que hace brotar los peores sentimientos del hombre, me refiero al futbol como espectáculo somático y distractor. Ahora el destino de la nación está en manos de once jugadores. Si ganamos bien: Venezuela-es-el-mejor-país-del-mundo-cuanto-te-amo-estoy-orgulloso-de-haber-nacido-en-esta-tierra-rica-en-talento…
Pero si pierden pues, el país es una mierda-nunca-nos-pasa-nada-nuevo-maldita-sea-cuándo-nos-pasará-algo-nuevo-por-favor-Dios-mío-te-lo-pido-sálvanos-de-las-tinieblas-porque-aquí-nada-sirve-el-gobierno-acabó-con-todo-nunca-fuimos-felices.
Lo único que nos falta es cortarnos las venas y ambientar nuestra cólera con violines y dolores. Confuso el discurso mediocre del nacionalismo venezolano. Lo único que faltaba eran las motivadoras profesionales (ahora pongo en tela de juicio lo que hace un comunicador social) que por cada victoria de Venezuela harían un performance de desnudos, quizá con la finalidad de enaltecer el sentimiento patrio o el morbo de algunos pajizos. Todo tiene que irse al espectáculo y banalización del cuerpo. Porque quién no se motiva con las caderas de una mujer voluptuosa desnuda; a la gente le gustan los culos y las tetas porque no hablan. El fútbol como intento de reivindicación del patriotismo es un arma de doble filo, porque en la medida que nos une como “hermanos venezolanos” pone en evidencia nuestros altos niveles de ignorancia high class. El show como forma de hacer las cosas no nos lleva a ningún lado. Tampoco poner toda una carga llamada Nación en manos de un equipo que persigue un balón para anotar gol. Es tan desolador como sembrar esperanzas en eventos como el miss Venezuela, “porque después que nos han quitado todo, todavía somos el país de las mujeres más hermosas del universo”… coño, todavía queremos tapar el sol con un dedo.
Si seguimos pensando que todo es joda, quién carajo nos va a tomar en serio. A veces me pregunto para qué coño me formo como ciudadano si al final la decisión la toma el déspota seguido por sus borregos. Yo sé que esto no justifica nada, pero en un país donde la gente le cuesta pensar, difícil le resultará avanzar. Puedo tener sentimientos encontrados con los escritores de esta página de humor insípido (el chigüire), que de vez en cuando atina en sus entradas. A veces me río bastante (porque siempre es un placer degustar de la ironía propia y ajena), otras veces siento repudio por los redactores de esta página. Es como ir al reino de Musipan, para disfrutar del parque hay aceptar las condiciones de la picota: asumir que la burla andante eres tú. Lo mismo ocurre en cualquier espacio donde se emite cualquier tipo de opinión. Se deja bien claro las influencias políticas, sociales y culturales de los administradores de esta página. El humor es una forma de atacar a través de la ironía, del cinismo y por qué no decirlo, desde el racismo, desde la denigración del otro y la negación de todo aquello distinto. La burla y el chiste son el punto de encuentro para la sedimentación de nuestro sentir trágico de la vida.
Los venezolanos somos payasos en esta vida a quién Dios destinó sufrir. Dudo que seamos las únicas criaturas en la tierra que reniegan la existencia y cada día exijen a través de la burla y el insulto, algo más accesible que la estabilidad y la paz. Una suerte de calidad de vida como la que tienen otros, de esas fantasías contadas desde la televisión por cable y el internet basura. Allá afuera hay un mundo que no se detiene por nada ni por nadie y eso nos frustra. Pensar que somos el país más atípico del mundo, donde lo insólito ocurre, donde la corrupción florece, los ignorantes son reyes, y los profetas escapan en avionetas, pensar que sólo nos pasa a nosotros… es de pajuos, o inocentes tal vez. Disculpen mi actitud lasciva, pero es la mierda con la que uno tiene que lidiar constantemente, la voz del pueblo es la voz del cielo; me pongo a pensar que esos hilos que mueven nuestras acciones están determinados por las presiones sociales, por movimientos parasitarios que idolatran a cualquier farsante que hable con la palabra de Dios, mientras normaliza su erección esperando cogerse al pueblo por donde más le duela; tampoco de esto no está desprovisto el revolucionario que al ponerse sus respectivos atuendos se hace llamar pueblo…hay para todos los gustos. El mundo está gobernado por los estúpidos. Por los violadores, depravados sexuales somos todos.
Vivir de lujos y comodidades, “poder ir a un supermercado y gastar mi plata en lo que me dé la gana”, siempre me salen con ese argumento, del cual nunca he estado en desacuerdo, pero vivir únicamente del consumo, solemos confundir la libertad con cosas tan baladíes como comprarse un teléfono o irse de viaje a Miami, pensamos que desarrollo es sinónimo de primer mundo. La globalización exacerba la superioridad de los países que aparentemente han llegado al fin de su historia, ¿pero qué pasa con los venezolanos? ¿Somos idiotas, somos tercermundista?, o la típica esa de que somos latinos, yo como individuo: ¿cómo puedo asumir que mis procesos son menos que los de otros?, qué afán de reprocharnos con todo lo foráneo, y lo peor de todo es asumir que lo foráneo es intrínsecamente mejor que nosotros ¿no damos la talla en el mercado mundial? ¿Será que somos fracasados por naturaleza?
Uno gracias a la globalización es un espectador pasivo del maravilloso mundo en movimiento, que cada día me resulta más deprimente, donde el gozo viene a ser una imposición. Si la democracia es placer y libre mercado, por lo tanto el socialismo es todo lo contrario (?), pongo en duda lo aprendido en los libros y lo expuesto por los maestros. Siempre en la praxis la gente la caga, pero demasiado; para que la teoría se cumpla necesario es siempre romper ciertas reglas, pisotear gente, destruir ecosistemas, aniquilar saberes, la idea de todo este proceso es reducir la conciencia hasta un odio puntual hacia el otro que por descarte siempre estará en lo errado, y hacia nosotros mismos, los pobres venezolanos, que hasta el día de hoy ignoramos todavía quiénes somos. Pero lo más grave y lamentable de todo este asunto, es que tampoco sabemos qué queremos.
Alexander Urrieta Solano
“Para el hombre no hay preocupación más constante y atormentadora que la de buscar cuanto antes, siendo libre, ante quién inclinarse. Pero lo que el hombre busca es inclinarse ante algo que sea indiscutible, tanto, que todos los hombres lo acepten de golpe y unánimemente”.
Bailoterapias y otras estafas
Cortarme el cabello para solidarizarme con una celebridad política sería como robarme el performance de los seres que lo hacen por el cáncer; aunque viene a ser casi lo mismo. Si dejo claro que mi protesta no busca más que el espectáculo mediático, el reconocimiento de otros para ser tildado de Héroe Nacional que lucha sin cesar por la “libertad” y la “democracia” (ambas palabras difusas), pensaría que hago las cosas bien, que doy el ejemplo desde mi gastado título de “futuro del país”. La demagogia es la especialidad de nuestros políticos. Las bailoterapias masivas organizadas, el populismo absurdo, la afrenta constante en las redes sociales que ponen en evidencia la ranciedad de la gran mayoría de las personas, el racismo de ambos discursos que lanzan una campaña de unión pero sólo para los que estén de acuerdo con ellos.
Uno puede estar bien si elige estar inclinado religiosamente a un bando. Claro, todo esto si nos reducimos a una mera situación binaria entre chavistoides-bobositores (si se me permiten estas categorías discriminatorias) que van por la vida reclamando los derechos que desconocen pero desde su patético micro-universo de saberes. La polarización no ha hecho más que engendrar una militancia parasitaria mediocre, irreflexiva, sin aspiraciones a ningún tipo de cambio salvo el alcance o preservación de los poderes en una minoría elitista. Partidos políticos que ante cualquier leva en masa buscan armar un buen show para la perpetuación de la guerrilla mediática y la carnavalización de los hechos por el lente internacional, porque al final lo que importa es entretener y tener algún drama que poner, y más sobre todo, si tiene que ver con la desgracia ajena: la crisis de un pueblo que vive “en las garras de una dictadura militar castro-comunista-chavista que priva el derecho a la libertad de expresión” (Entonces qué es esto que escribo)…Las ideas bien pueden ser un obstáculo para la acción. A veces pienso que los venezolanos somos tan ridículos que pretendemos ser una excepción a la regla, como si estuviéramos en una tangente, como si el país estuviera alejado de todo el plano del sistema mundo. En nuestra vicisitud somos egoístas, y creo que quizá se deba a esa incapacidad de reconocimiento del otro; el otro que viene a ser eso contrario a nosotros.
Cada día estoy más convencido: la democracia es una estafa; la dictadura de la mayoría nos ha traído hasta los confines de una suerte de heterofobia (miedo a lo diverso), una radicalización hasta en la forma de pensar y de actuar. No está de más decir que uno como individuo sin importancia colectiva no escapa de esta problemática. Uno es racista todo el tiempo, uno desprecia al otro constantemente: “Porque es tierruo” “porque es chavista” “porque es un escuálido” “porque es comunista” “porque es socialista” “porque es negro” “es marginal” “es un burguesito” “es un alienado” “es un enchufado”…y podemos seguir. Es por esa razón que no volverán ni van a llegar tampoco. El gobierno se mantiene por la estupidez se sus oponentes, por la falta de sentido. Porque no podemos negar que el discurso opositor ha florecido y se ha acrecentado dentro de este marco de desprecio al otro. Discurso que busca chocar ante el populoso chavismo que reivindica al pobre: a ese “ignorante de los barrios que se conforma con un kilo de pollo, que se conforma haciendo una cola a cambio de nada”. Niños, estamos haciendo las cosas mal. No puedo ser chavista, y mucho menos puedo ser opositor. Opositor enfermo, lleno de odio, producto lógico de una división que ya va para dos décadas, con un desprecio exacerbado al otro. Sé que no son la mayoría, pero desgraciadamente son la minoría que mueve a la gente reseca de esperanza. Ellos son tan hipócritas como aquellos seres que nos gobiernan.
Esto resulta un tema delicado que tiende a ser tomado de forma laxa por aquellos gremios de intelectuales, que desde su postura definida suelen ser extremistas en sus declaraciones. El tinte político vuelve obtuso a más de uno, no importa la postura, porque la crítica va siempre para el otro, el del bando contrario. Porque hasta eso se reduce la visión de los venezolanos, a una confrontación con el que piense distinto ¿Cuánto nos falta para alcanzar la lucidez? Nunca he escuchado un programa de radio donde se haga autocrítica, es más fácil escuchar a uno de esos estafadores declarando desde su autoridad de élite que “vivimos en la edad media o en la edad de piedra”, porque al parecer escogen seguir mareando al pueblo antes que hacerlo entrar en reflexión: limitarnos a la ignorancia del preclaro licenciado que habla y opina sabiamente sobre la situación del país. Es más fácil sembrar odio que introspección. Es más fácil reproducir nuestro endorracismo (discriminación de uno mismo), es más fácil reírnos y asumir nuestro rol de inferioridad; es agradable compararnos con otros para justificar nuestra patética existencia: que si la democracia gringa, que si el anarquismo suizo, la dictadura cubana, el socialismo soviético, Europa es otra cosa, por allá todo funciona y es mejor. Hay una fascinación por extrapolar realidades. Es un complejo típico de criaturas colonizadas, que todavía están sumidas a los vaivenes de un modelo hegemónico, porque no debemos olvidar que todavía somos parte de este mundo que eventualmente se va a la mierda.
Podemos exceder la cuartilla para dar razones válidas por las que la oposición venezolana en materia discursiva no sirve para nada. La polarización ha bloqueado los mecanismos para luchar con el sentido común. Las deidades políticas que viven recluidas, el uso de la figura femenina católica como modelo predeterminado para la manipulación de aquellos borregos que quieren cambio pero que no quieren cambiar. El balurdo discurso mítico: “¿dónde está el país de las mujeres hermosas y las grandes riquezas con bellos paisajes?” ”La diáspora venezolana” “El mito del progreso” “pueblo libre y soberano”… Por favor, hasta cuándo vamos a seguir teniendo como referencia estos galimatías de antaño. Este falso nacionalismo que lo único que hace es embrutecer a la gente y desviarla de problemáticas concretas. Ya tenemos un rato largo viviendo a costa de estos relatos exóticos. Nos hemos acostumbrado a vivir de ilusión. Ya nuestros mesías no saben en qué palo ahorcarse.
¿A quién le importa todo esto? Pues a muy pocos.
Uno decide cómo chocar el carro. Así uno se puede jactar de decir por lo menos que hace algo por el país. Unos van a bailoterapias colectivas a tomarse selfies, para subir las ventas de helados y Nestea para luchar con el calor, junto con el negocio sin fines de lucro de gorritas con la bandera de Venezuela para estar uniformados y hacer bulto en la lucha por la paz y la democracia… yo simplemente me quejo. No estoy desprovisto de ser tildado de apátrida o indiferente. Igual eso nunca me ha importado, porque a ese otro al que me dirijo jamás se tomará la molestia de leer esta crítica. El anda en sus asuntos de guarimbero/revolucionario. Depende de cómo lo veas. Los enfoques determinan nuestra realidad.
Después de todo, una de las virtudes de la libertad de expresión es que cualquier vaina se vuelve tendencia. El país se puede caer en pedazos, la gente puede morir de hambre, morir de balas, morir de cola, de indiferencia o idiotez. Aquí todo se vale. Si hay tiempo para los rituales satánicos con lápices, totalmente válido que las actrices se rapen el pelo; es una forma de rebeldía donde el tema del Cabello es atacado por la oposición venezolana con muy poca creatividad. Sin embargo el mensaje llega, pero es como si te explicaran la gracia de un chiste.
Alexander Urrieta Solano
La mirada violenta del no nacido
La monotonía los había convertido en autómatas. Se trataban como dos extraños que habían olvidado que se querían. Ella se había acostumbrado al borborigmo y las pastillas para la tensión. Él se volvió inmune al aliento pesticida de su esposa por las mañanas. Les resultaba divertido mirar desde la almohada su pequeño rincón de universo, donde los primeros rayos que entraban en la habitación revelaban las infinitas estrellas de polvo, que iban a parar a libros y adornos, que para limpiarlos salía mejor sumergirlos en agua que pasarles un trapito húmedo. Los caprichos del hogar le maltrataron las manos a ella, ya no tenía tiempo para rejuvenecer ni divertirse como antes. Los trastornos de la ciudad lo volvieron loco a él, con el tiempo aprendió los oficios del hombre común, se obligó a sentirse cómodo en no lugares, a disfrutar de la banalidad y el carnaval asfixiante de Caracas: las tascas el pan con ajo y la cerveza, el eructo y la distorsión del fumador pasivo, el etílico recorriendo el cuerpo, un hígado explotado trabajando por un bienestar insensato.
Ella poco a poco empezó a salir de la casa motivada por la lengua de sus amigas solteronas. Se abrazó a las prácticas esotéricas y los libros de autoayuda; entre quiromantes y coelhismos embrutecedores se ideó una filosofía de vida sintética, contaminada por novelas rosa y tramas vampíricas mediocres. Él se entregó a la fuga y al pay per view; pasaba horas contemplando mujeres voluptuosas inalcanzables, su historial se llenó de notificaciones de facebook y pornografía. Ninguno de los dos encontraba empatía en el otro, y sin embargo el mundo pensaba que todavía se querían con la misma intensidad del primer día. Era un amor de plástico. Pretendían ser jóvenes para ignorar que se estaban poniendo viejos, de que el tiempo se les acababa, que la piel se arrugaba y el sexo ya no tenía velo en este entierro. Se comportaban como carajitos. En intentos de salvación por los domingos subían al Ávila para bajar luego llenos de odio. La costumbre mata amor. Las pistoladas de la experiencia eventualmente se volvieron una realidad. Estaban asqueados de la sombra del otro.
Todo se volvió un círculo vicioso. Ella encontró el sosiego en los brazos de otro hombre. Él recreaba sus fantasías misóginas con muñecas inflables. Eran un par de ciegos que jugaban a hacerse daño, típico de los adultos que se encadenan en sus propios egoísmos. La soledad tomó consideración con los dos. En su desesperación, ella buscó muletilla en charlas de motivación personal dictadas por farsantes que dicen que el universo conspira para que nos vaya bien en la vida ¿Alguien puede concebir semejante mentira? En su resignación, él se escondió en la idiotez de la televisión por cable: los clásicos de fútbol, las series gringas de humor insípido que te indican cuando tienes que reírte, contemplar el reino animal desde un plasma se volvió una suerte de apoteosis para él. En ellos se maceraba la rabia.
Un día de abril, de forma casi inesperada, uno le terminó arrebatando la vida al otro. Qué razones motivan a los hombres a matar, y seguido en un acto cobarde matarse ellos también. Ciertos sofistas afirman que el azar determina estas desgracias. Otros menos doctos, sugieren que el occiso es el producto lógico, de una relación fermentada en ilusiones y molestias irreversibles. Creo que ella simplemente lo que intentó fue reclamar su libertad. Y él, en su complejo de kamikaze le siguió la corriente. En su locura inusitada, terminaron matándome a mí también.
Mis padres Reyes de Indias devorados por un monstruo amable llamado Ciudad. Si yo hubiera nacido me gustaría pensar que las cosas hubiesen sido distintas. De que mi presencia en esta relación hubiese marcado una pauta para evitar quizá esta inminente destrucción. No lo sé. Mi voz fue un susurro que se aferró al olvido. Después de todo, la mirada violenta del no nacido no es otra cosa que un grito absurdo, que se pierde en el vacío.
Alexander Urrieta Solano
La ciudad de los crepúsculos
Valera está a ocho horas de Caracas. Estábamos en el terminal de La Bandera. El primer intento para irnos fue el sábado, fracasamos. Después de una cola de casi tres horas mandamos todo a la mierda. De regreso al apartamento quedamos en irnos el domingo temprano: tipo cinco.
Era Domingo de Ramos. En la Plaza Madariaga tomamos un autobús al terminal. Decidimos viajar haciendo escala en Barquisimeto para visitar al Guaro, un amigo de la facultad, para luego irnos el lunes temprano a Valera. Nos fuimos en una guagua, tuneada hasta el volante, amarilla, con cauchos que parecían sacados de una utilería de cine épico, una latonería con doble capa de pintura, llena de enigmáticas calcomanías arabescas, escarchadas, como barajita rara de álbum Panini. Era el autobús mágico en su versión psicodélica. Nos tocaron los últimos dos asientos de la izquierda, besando el woofer. En el pasillo, que daba a la puerta de atrás, había una montaña de sacos y maletas, parecía una trinchera. A lo lejos, estaban pasando en la pantalla un video de reggaetón. El conductor arrancó, subió el volumen. Elejota y yo comprendimos el privilegio de nuestros puestos. Fueron cuatro horas de estruendo de bajos: bachata y reggaetón, misoginia audiovisual para ambientar nuestros viajes por el interior de país.
Me acostumbré a la bulla y la vibración. Me quedé dormido. En un sueño intermitente iba ubicándome en el espacio. La salida de Caracas por occidente. La bajada de Tazón. El gran vertedero que se alza como imperio de basura. Parque Vinicio Adames. Sueño. Paracotos. Tejerías. La Victoria. Túnel. Recuerdo el lago de Valencia, las plantaciones de caña de azúcar, el puente en ruinas; una simetría de esferas y banderas nos dio la bienvenida: Carabobo. Los mensajes de “Peligro, ráfaga de viento”, los galpones comidos por el óxido, las tierras sembradas de olvido. Encrucijada, el pueblo de El Palito: los incontables puestos de empanadas, taguaras con maniquíes grises luciendo trajes de baño, combitos de pala rastrillo y tobo para la construcción de castillos de arena, cocodrilos inflables, lociones pal cuerpo, bronceado cigarros y habanos. Un local que sólo vende hielo, más puestos de empanadas. Olor a gasolina, aceite quemado, licorerías por todos lados. Refinería Morón. Elejota en su sueño me babeó el hombro. Al rato volví a cerrar los ojos con ella.
La autopista Centro occidental estaba adornada con manchas de colores. Según los sabios de pueblo, era primavera. Casi todos los árboles floreaban, y los que no, parecía que trataban de decirnos algo, o nosotros pretendíamos percibir algo en ellos. Era una obsesión contemplar el paisaje. Por fin habíamos llegado a la capital de Lara. En una colinita, unos ladrillos con pretensiones de figuras de Tetrix formaban la palabra “Barquisimeto”. El ouróboro musical de reggaetón y bachata había terminado. Mirábamos desde la ventana la Ciudad de los Crepúsculos, en silencio.
Nos libramos de la guagua mágica como a eso de las once. El Guaro nos pasó buscando en el terminal con su hermana y su papá. Llegamos a su casa. Dejamos los bolsos en su cuarto y comimos. Salimos de nuevo. Pasamos lo que quedaba de la tarde caminando por las enormes cuadrículas de Barquisimeto. Las calles estaban tranquilas, poco carro y nosotros tres. En una licorería compramos un six-pack de Pilsen. Nos llegamos a la Flor de Venezuela, un complejo arquitectónico alucinante, para ver el atardecer. Y mientras el tiempo corría, hicimos lo que cualquier grupo de carajos que toma curda encaletado en las faldas de una escalera hace: filosofar, hablar paja.
Se hizo la noche. El Guaro me dijo en la tarde que le escribiera a Jesús, otro pana de la facultad, para encontrarnos por ahí. Como a eso de las siete nos pasó recogiendo en su carro por la entrada del Sambil, que por cierto en un momento le hicimos una visita breve, es un centro comercial en forma de cuatro. Ya en el carro, fuimos a buscar a dos amigos más de él, una pareja, Andrés y Beatriz. Empezamos a dar vueltas buscando una licorería abierta. Llegamos a una y pedimos una caja de cerveza Zulia y un paquete de cigarros. Nos movimos a los espacios verdes dentro de las residencias de Andrés. Éste pana destapaba las botellas con yesquero. Nos empezamos a caer a birras. Prendieron un porro y dieron inicio a la rueda. Elejota estaba sentada a mi derecha. Todo nos daba igual así que fumamos también. Todo era euforia y distorsión.
Entre filosofía y nimiedades, fue una leyenda urbana la que atrapó mi atención. El Guaro y Beatriz nos contaron acerca de las Torres del Sisal. Un conjunto de edificios residenciales de veinticinco pisos cada uno, abandonados a su suerte, que se hicieron polémicos por ser un punto de encuentro para quitarse la vida. Los años de abandono que tienen las torres coinciden raramente con el número de suicidios. Con el tiempo se volvieron ruinas embrujadas. Las Torres del Sisal, el trampolín de la muerte. Dicen que entre los pisos sin paredes se han visto ánimas y espectros deambular, y que por las noches se escuchan gritos desgarradores, inspirando terror en los habitantes de la zona. También hablaron de rastros de rituales satánicos y sacrificio de animales. Eso me perturbó bastante. Pensé en el suicidio, el crepúsculo, domingo de ramos, psicotrópicos y etílicos… esta ciudad me había dislocado. Se hicieron las doce. Estábamos todos en el orto. Nos despedimos de Andrés y Beatriz. Jesús nos llevó hasta casa del Guaro.
Y eso fue todo. Al llegar me acosté con Elejota en la cama más grande del cuarto, ella se durmió al toque, yo la seguí después. Antes de cerrar los ojos el recuento del día sazonó mi delirio hasta quedarme dormido. Teníamos que pararnos en seis horas. Mi mente se perdió en la oscuridad y la luz de un televisor prendido. Caracas ya no existía para mí. Valera no estaba tan lejos. Todavía nos quedaban cuatro horas por recorrer.
“Y si doloroso es tener que dejar de ser un día, más doloroso sería acaso seguir siendo siempre uno mismo, y no más que uno mismo, sin poder ser a las vez otro, sin poder ser a las vez todos los demás, sin poder serlo todo”.
El cuerpo de la mujer
«Es difícil estar en medio de tanta carne y seguir con el pulso normal, las palpitaciones en regla, la actitud impasible. Es cuestión de costumbre, dirán algunos: tantos años viendo mujeres bellas (mujeronas, más coloquial; mamacitas, en la frontera de la ordinariez), curten al cuero más duro, amansan la curiosidad, calman las ansias más desbocadas. Otros, más deslenguados, podrán echar mano de la ironía y decir como el adalid de la belleza nacional se conoce todos los vericuetos -literalmente- de «sus» muchachas, sabe con detalle que esa carne , en algunos casos, no es tan fresca como parece. Los más destemplados dicen suponer que como se trata de una carnicería estética, al carnicero generalmente llega a repugnarle la carne. Comentarios a los que, por vulgares, no hay que prestarles atención».
El Nacional A/6, 26 de mayo de 2000
Reflexión de una muñeca
Cuerpos reducidos a fenómenos de circo, porque resulta casi imposible concebir el mundo con una mirada distinta a la del macho racional occidental. El cuerpo de la mujer ha pasado a convertirse en un burdo objeto de diversión sexual para fomentar el consumo, la decadencia y la estupidez del morbo colectivo. Los implantes y el bisturí propician la deformación del cuerpo; la incongruencia estética es una de las tantas consecuencias de la concepción de belleza dentro de la modernidad. Belleza irreal de certamen, de rating, de porno y plástico… simplemente inhumano. Mujeres que anhelan y buscan de forma casi insana una vaga perfección hasta reducirse a criaturas voluptuosas con ausencia de espíritu y seso.
En occidente se altera hasta tal punto la esencia de los seres humanos, que se llega a asumir la idiotez y la mofa como una ley imperante en estos tiempos.
Hay cosas que no pueden negarse, las mujeres todavía se contemplan a través de la mirada del hombre… Creo que hay que dedicar cierto tiempo a la reflexión.
¿Cómo apreciamos el mundo? ¿Cómo asumimos esta realidad?
¿En qué nos hemos convertido? ¿Qué somos?
Quizá es momento de repensar las cosas.
Alexander Urrieta













