Pelícano

El encuentro estaba pautado para las tres, pero como siempre llegué tarde. No tuve que tocar para entrar. Tenía la puerta de su despacho abierta, lo que me motivó por extrañas razones a elaborar una disculpa por mi tardanza mientras entraba en la habitación con lentitud. Lo encontré desnudo frente al espejo. Mi presencia no perturbó para nada su concentración. Tenía una pose taciturna, y su cuerpo se tambaleaba como rama golpeada por el viento. Di las buenas tardes y me senté en la silla que daba a su escritorio. Y no fueron mis palabras sino el rechinar de la silla lo que desvío su mirada hacia mí: Pelícano tenía la cara demacrada, como trasnochado, como aquel que lleva varios días luchando a muerte contra el sueño. Le pregunté cómo estaba, y me volví a disculpar por la demora. No dijo nada, pero su mirada esgrimía con fuerza y me quebraba la voz. Giró de nuevo su cuerpo hacia el espejo y volvió a concentrarse en él. Se contempló con mirada severa y rompió el silencio del despacho con tono apacible:

«Nunca me he considerado un tipo atractivo. Tengo una delgadez natural que no es cotizada ni despreciada. No soy voluptuoso como metrosexual adicto al gimnasio, ni tan enteco como ser descuidado que se pierde en el mundo de las drogas. Tengo el pelo malo, por lo que mis opciones de corte de cabello sólo se limitan a pasadas parejas de máquina, sin mencionar claro, los interminables cortes patentados por alguna tendencia modista idiota. No soy tan alto pero tampoco soy tan chato, digamos que tengo una estatura un tanto normal: Aceptable. Lo que se entiende por belleza en este mundo, parece que a mi cuerpo no le interesa. No tengo facetas de niño lindo coqueto, mi cara sería un absurdo en un cuadro de óleo. Tengo las orejas pequeñas, y mi nariz está sólo a pocos centímetros de ser aguileña. Un mentón alargado y puntiagudo, ideal para interpretar un papel de brujo medieval en una obra teatral. Soy vergüenza. Tengo caspa en las cejas, la cara reseca y los labios rotos por falta de manteca. Cutículas rotas, tengo esas hilachas casi ondeando encima de mis dedos, como banderines de feria, por falta de no sé qué en el organismo. Raro. No soy experto en colocar sangrías para iniciar tácticas de seducción. Suelo ser torpe porque recuerdo que carezco de ciertas cualidades, dignas de la normalidad de Occidente. Los soliloquios me están matando, tengo días que no como ni escribo».

Hizo una pausa y caminó con parsimonia hacía su escritorio y se sentó detrás de él. Se veía cansado. Mientras hurgaba la gaveta de su mesa de trabajo dirigió sus palabras hacia mí:

«No tengo aspiraciones de poeta, a pesar de ser un fingidor, una suerte de hipocondriaco que inventa desde la pura nada; tampoco tengo pretensiones de artista, porque sabes, existe una ligera línea entre un artista y un huevón. Un artista y una celebridad. Una distancia mínima entre una coherencia discursiva y una grama seca: entre un best-seller y un ejemplar destinado a coger polvo y olvido. No puedo concebir un mundo donde la máxima realización radique en la aprobación de los otros. No lo sé. Quizá con esta incongruente petulancia justifique mi ruindad. Mi odio por el mundo: mi resentimiento eterno por haber dedicado mi vida a este oficio, no el de escribir, sino el de querer entretener a la gente por medio de las palabras».

Pelícano hizo una pausa, y a la mitad de su sorna se prendió un cigarro de alegría. El humo se elevaba por los aires haciendo formas arabescas, y ya con sus pupilas rojas como dos cerezas prosiguió con su Delirio sobre el Chimborazo:

«No es cuestión de certezas –dijo con voz seca después de haber tosido–, sino más bien, una descarga de infinitas dudas. Un cuestionamiento rimbombante. Ese estudio a fondo de mí. Esas respuestas encontradas que no aclaran nada, sino que engendran camada de incertidumbre. Emano interrogación por los poros. Soy un ser incompleto. No soy más que estas funestas palabras. Mi pensamiento está plasmado ahora en tu recuerdo: No me vayas a olvidar. Punto y aparte».

Pelícano retiene el humo en su boca y se marea. La realidad para él se torna especiosa. Disfruta el sosiego. Sonríe al destino. Hace aros de humo. En la pausa del dictado contemplé a aquel hombre terminal. Pensé en su soledad de concreto, de pastillas, de vagón, de caspa y mosquitos, de gastritis y cefalea. En ese espacio de silencio logré percibir su infinita tristeza: su soledad. Soledad de vagón, de cola de banco, de cigarro detallado, de sudoku, de adornos cogiendo polvo y olvido. Pelícano, entró en hueco y salió. Hizo una que otra mueca rara, y en un burdo movimiento de autómata levanto el brazo, y en su mano había un revólver. Pelícano miró al vacío, hizo catarsis y luego a mitad del trance, perdió los estribos, pero siguió hablando:

«Cuántas veces me quise perder en una nube y surcar como corsario sin rumbo los cielos. Cuántas veces pensé en otra cosa mientras reposaba mi cara en la bisagra entre el hombro y el cuello de un amante. Cuántas veces me he perdido en cavilaciones sinsentido. Estoy lleno de tanto miedo. Y, ahora que lo pienso mejor, me resulta ridículo confesarme de este modo: contigo, un joven que vino hasta mi despacho sólo a buscar consejos para escribir. Ya no importa. No siento culpa por nada pero sé, que en el fondo hay algo que perturba mi conciencia. Una idea que envenena, y justifica todo acto impulsivo. Cuántas veces he querido embalsamar el orgullo. Pienso en la soledad como un síntoma de moda. Para endurecer los huesos y elaborar ficciones. Para el ocaso de la estirpe. Para el olvido que, inevitablemente, tú y yo seremos».

Cerró su idea y hubo una antesala de silencio. Todo pasó tan rápido que resultó imposible evitar la desgracia. Suspenso. Fuego. Quiebre y Detonación. En el resplandor de un instante el suicida bañó con sangre mi rostro. El punto final de su obra. Pelícano en un balazo directo al cerebro, se quedó dormido.

 Alexander Urrieta Solano

 0217

Plan de desalojo

El brindis

Refinerias

Botellas

Sobre llegar temprano

Moverse por Caracas resulta una especie de ritual permanente. El viaje a la universidad me lo sé de memoria. Me levanté tarde. Tomé un desayuno que no me llegó a ninguna parte. Agarré la camioneta en la plaza Madariaga, con la esperanza de llegar temprano a clase de estadística. Por una mínima diferencia de minutos puedes encontrar la avenida despejada y cero rollo pero, a veces por mala suerte tienes que lidiar con la cola más rancia de tu vida. Caracas es impredecible: hoy me tocó tráfico; típico, cuando hay urgencia el viaje se alarga más.

La ciudad produce trastornos. Los psicotrópicos también. En una cola interminable llegando a Roca Tarpeya el conductor consideró apropiado poner algo de música: bachata para variar; perdido en una lírica misógina me adentré en el paisaje de mi ventana con salida de emergencia. En la acera del frente había un tarantín que vendía instrumentos musicales y hamacas de moriche. Pasando por el Helicoide vi un indigente vestido como Superman: en calzoncillo y capa roja iba inspirando lástima a los transeúntes que salían de la estación del Bus Caracas.

Semáforo en rojo.  Amarillo y verde. La camioneta entre frenazos y cambios de primera a segunda llegó a la avenida Victoria. En la primera esquina, la Funeraria Nazareth estaba colapsada de gente. Hice la señal de la cruz por respeto a las lágrimas y los muertos. La camioneta hizo su primera de tantas paradas frente al centro comercial Multiplaza, donde se llenó hasta reventar. En aquel destartalado transporte no entraba nadie pero igual había espacio para uno más. Del clima frío pasamos al caliente. El catire empezó a salir con su calor mañanero. Me sentí bien por estar sentado en la ventana, porque evité verme en la obligación de darle el puesto a una vieja convaleciente. Había tanta gente que no se podía ceder el espacio. El tiempo corría. Ya tenía como media hora perdida de clase. Rodando llegamos a la altura de las Acacias. El sol calentaba y la camioneta parecía una caja china por dentro.

La avenida Victoria se caracteriza mucho por sus edificios de diseño, entre cuatro y cinco pisos. Edificios estancados en el tiempo: de los cincuenta y setenta, épocas donde la obsesión monomaníaca era ser moderno como fuera. Los nombres de las residencias van desde Arturo Michelena hasta Auyantepui. Raros contrastes. Mi mirada alucinaba con las pequeñas construcciones, los incomprensibles grafitis que no se saben si son arte o vandalismo, las largas colas para el banco y el supermercado. Había un puesto de shawarma que exhibía su enorme trompo de milanesas girando en su propio eje. Recordé que tenía hambre. Quería distracción y al mismo tiempo deseaba llegar rápido a mi destino.

La bachata seguía sonando y trataba de no darle importancia a la voz llorona de Romeo. Poco a poco la camioneta se fue vaciando, pero sin dejar de estar llena. A paso lento pero seguro llegamos a otra tranca. Había sido provocada por un choque: una moto contra un Twingo. El moto taxista atravesó el parabrisas provocando su muerte instantánea. Desde mi enorme ventanal con papel ahumado pude ver la mitad del cuerpo, con las piernas suspendidas como maniquí parecía una espina enterrada en el carrito. Como a veinte pasos, en la mitad de la calle, una señora rodeada de fiscales y paramédicos fumaba cigarrillo desesperadamente. Lloraba y maldecía de forma desquiciada: cada imprecación seguida de una bocanada de humo. Asumí que era la conductora del Twingo. Otra mujer se daba a la labor de limpiarle la frente ensangrentada. La atención de todos los pasajeros por un momento estaba en ese terrible accidente. Se asomaron tantas cabezas que la camioneta se inclinó hacia la izquierda, como con ganas de voltearse. Todo era un morbo provocado por el espectáculo, por una desgracia ajena.

Superado ya el tráfico la avenida se acabó. La camioneta se metió por un breve túnel y caímos justo al frente de la iglesia San Pedro. Esta vez me persigné por inercia. Miré con detalle las cuatro estatuas de los evangelistas que oteaban desde la cornisa. Cerca de allí se bajó casi toda la gente, muchos iban para el Clínico. En esa parada saqué mi celular del bolsillo: hora y media tarde. En dos cuadras me tenía que bajar. Ya para esa hora la calle estaba llena de vida: bachilleres, corredores, dueños y perros, quioscos abiertos y ambulantes vendiendo café. La camioneta me dejó en la parada de las Tres Gracias. Era el último pasajero. Andaba a pasos acelerados. Llegué a la entrada de Ciudad Universitaria. Cruce por el pasillo de ingeniería hasta el edificio de Faces. Subí las escaleras hasta piso seis. El salón seiscientos treinta dos estaba vacío. Había una nota en la puerta: “Suspendida la clase de las siete, el preparador sufrió un accidente, nos vemos la semana que viene”. En vista de mi circunstancia bajé obstinado las escaleras de nuevo. Volví a repetir mi periplo pero esta vez a la inversa. Estaba molesto. Sin embargo, sabía que todavía era temprano para mí.

Alexander Urrieta Solano

0013En la parada por favor…

Rasgos Magnéticos

Prosa del Cadalso

Inventario del veintitrés 

Anzuelos

En un país donde hay más milicos que profesores es más fácil morir que aprender. Es más rentable armar al pueblo que educarlo; y si se le educa, preferiblemente ponerlo únicamente a memorizar pero nunca a razonar: prohibido pensar distinto.

Mientras menos información se domine más feliz se puede ser. Mientras más se ignore, más radicales y absurdas pueden ser nuestras conclusiones, por muy incongruentes que sean siempre serán válidas para cualquier audiencia poco informada: alucina que podemos reducir el mundo a nuestra fútil existencia. Nadie nos juzgará por hablar el idioma del odio. Insisto: cuanto menos se sepa mejor. La ignorancia nos vuelve sabiondos a pequeña escala. Tontos felices: terriblemente felices. En sociedad aquel que intente profundizar será tildado de enfermo y loco. Así que arriba las armas y al carajo el saber. Cuando poco se indaga, hasta la cola se puede volver la quinta pata del gato. Los análisis de la realidad se limitarán a meras quejas, y en ellas encontrarán las soluciones. Soluciones limitadas, ya que sólo encuentran esperanza en la violencia, o quizá en la solución de otros: la culpa la tendrá siempre el otro: ese que piensa distinto a mí: ese que manda a la mierda el país.

Es evidente que en un país donde se hacen más tomas de plazas que de conciencia es más rentable, y es una pena admitirlo, vivir de pan y circo toda la vida…mientras se siga inculcando que la culpa la tiene ese que no soy yo, pues, larga vida a la estupidez que vive en nosotros, por los siglos de los siglos…

Amén.

Alexander Urrieta

0216

Ser moderno

Querido lector:

La característica fundamental de este mundo quizá radique en su caducidad. Arranco mi disparate discursivo, estando consciente de que los tiempos cambian y que todo en esta vida consta de un principio y un fin. Las cosas cambian y el hecho de que yo cambie no me puede parecer extraño. El mañana con su violencia, ha descolorido la historia del ayer, volviendo el presente una estadía efímera para cumplir satisfacciones instantáneas, vivir en una sociedad como meros autómatas, disfrutando de las atracciones que nos ofrece un mundo que tiene la apariencia de ser tan ilimitado como para saciar el hambre voraz del ser humano.

El mundo de hoy jamás podrá ser el mismo de ayer querido amigo. El mundo avanza y crece, sin embargo no puedo afirmar que crecimiento sea sinónimo de madurez: superación y trascendencia; nos hablan ahora del hombre nuevo: del hombre moderno. Y es entonces cuando caigo en el cuestionamiento: ¿Qué es para mí la modernidad? ¿Qué es ser moderno? ¿Qué implica que algo sea adjetivado como moderno? Tal vez todo sea un invento ideológico que aparentemente surgió en el “Siglo de las Luces”, o incluso mucho antes, y que con el pasar del tiempo, dicho discurso se compenetró tanto en nosotros que ahora se entiende como una enorme cosmovisión: un estilo de vida: una forma de interpretar y hacer las cosas… No lo niego, esta afirmación arrastra consigo sus propias dudas, así que mi entendimiento sobre la modernidad es una de tantas versiones aprendidas en algunos libros, de algunas bocas ajenas, que cuando no están presentes, sus ideas si fueron de mi agrado las vuelvo mías y puedo crear  a mi antojo, mi propia perorata intelectual.

La modernidad, tal vez en una definición un tanto laxa, puede definirse como la codicia de los enanos. La modernidad no se puede precisar en un punto en el tiempo, sino que más bien, es el resultado de una acumulación: una sedimentación de experiencias, que ponen como personaje estelar al hombre y su prometeico intento de dominación sobre todas las cosas. Digamos que la modernidad es un discurso secular que arrancó cuando el hombre empezó a interpretar el mundo a través de la razón, aunque, también hay que ver qué impulsos auspician ciertas acciones, que no son únicamente movidas por la razón, porque hasta el día de hoy por muy superior que se crea el ser humano, tendrá por encima de él la estupidez y el egoísmo también, que bien puede ser la piedra angular de la acción individual. La modernidad puede ser entonces ese gran discurso que nos atraviesa en la actualidad.

Los problemas empezaron cuando se creyó tener la razón.

Difícil tratar de abarcarlo todo querido amigo. Me he dado cuenta que a medida que voy lucubrando y escribiendo para perpetuarme en esta carta, me resulta complicado llegar a comprender en una totalidad este asunto llamado modernidad. Con lo poco que tengo de conocimiento he llegado a concluir que la modernidad no es más que una de tantas invenciones del hombre, como todo. El ideal cosmopolita de la ilustración y el positivismo lo confía todo al monopolio de una sola cultura: la cultura occidental, que construye toda una gama de discursos que derivan de la Modernidad: justificación que tiene el hombre –con auspicio de la razón– de poder ejercer su control sobre todas las cosas, incluyendo la vida misma. Se nos enseña dentro de la cotidianidad que la modernidad es una especie emancipación, una salida de la inmadurez por el esfuerzo de la razón, como un proceso critico que encamina a la humanidad a un nuevo desarrollo del ser humano. Pero yo me pregunto qué quieren decir con desarrollo, ¿qué implica que el hombre ha madurado?

Si la madurez se entiende por un mejoramiento de técnica de dominación y formas de sumisión entonces quizá todo puede quedar explicado, pero la cuestión por desgracia no es tan simple.

El porvenir todavía para nosotros sigue siendo difuso. Estas ideas ya expuestas quizás se conserven; de lo contrario se irán olvidando con el tiempo para luego aferrarse a otras ideas que tal vez puedan resultar más sólidas y válidas para el entendimiento. Por ahora, es el saber que se lleva acumulado.

 Alexander Urrieta

0062

El brindis

Primero que nada, quiero hacer un brindis por la prostitución de la verdad. Brindo por la ignorancia, y por aquél que anhela la paz mundial y sin embargo le compra a sus hijos pistolas y ballestas de plástico; por aquél que repudia la violencia pero le fascina entrarse a tiros en su consola y soledad de apartamento. Por los implantes de silicona, y el precursor de la pornografía. Brindo por la carga del hombre blanco, por esta ropa que tengo puesta, y ese sueño de tener lo que el otro tiene. Brindo por el egoísmo, la piedra angular de la acción. Por esa mujer que habla de independencia pero que todavía busca la aprobación en la mirada del hombre. Brindo por el consumismo, porque el hacer del día se traduce en mercancía. Brindo por el revolucionario wannabe, que poco sabe de todo, y que repite al caletre lo que otro le explicó de una idea incompleta. Brindo por la juventud que se hunde en las drogas y el alcohol. Por esos padres que maltratan a sus hijos dándole todo lo que piden. Brindo por el resentido, que cada día tiene más facilidades en el mundo: un día no es nada y al otro día es político. Brindis especial por la guerrilla mediática, la deformación de los hechos para beneficio de pocos, para embrutecer a toda una audiencia. Un aplauso a los partidos de izquierda y derecha que buscan cerebros de plastilina en los primero semestres de universidad. Brindo por los intelectuales de red social, que confunden cultura con urbanidad, que alaban épocas de antaño que nunca conocieron, para menospreciar el presente. Por nuestros contemporáneos parásitos con complejos seculares, que somos latinos, el tercer mundo, el mito de progreso…y la lista sigue. Brindo por los dogmáticos y por el sistema educativo que me enseñó a ser vil e individual; que me obligó a memorizar pero nunca a razonar. Brindo por la televisión y nuestros comunicadores sociales, que han promovido la estupidez colectiva, con sus programas de farándula y peleas familiares, con su «salud es belleza», con su aberrante guerra de los sexos. Brindo por el macho, el estado mágico, y por aquéllos que creen ciegamente en la viveza criolla, porque resulta más sencillo resumir nuestras penas a discursos racistas, para no entrar en contradicción con nosotros mismos: «nosotros somos así porque sí» «es típico de nosotros» «así somos los venezolanos». No pensemos tan a fondo las cosas que nos vamos hacer más daño. Brindo por la desigualdad, las fobias, las manías y el cinismo. Brindo por un Dios que cada día se parece más a mí. Por la burocracia. La ineficacia ministerial. Por la pereza intelectual, porque nos enseñan desde párvulos que pensar nos hace daño, mejor echarle la culpa al otro. Brindo por la normalidad, porque ser normal es ver las cosas como la ven los demás, de lo contrario te pueden tildar de loco, raro, enfermo… anormal. Brindo por la contradicción, por los gobiernos populistas, por el pan y circo, por la apatía ciudadana. Brindo, porque nunca hemos tenido tanta información a nuestro alcance, y es tanta que la evitamos para ser felices, la sabiduría  resulta asquerosa. Brindo por un año más juzgando al otro, a ese bicho raro, que no es lo que soy yo. Brindo por esta vuelta al sol, por seguir vivo, en este mundo tan inverosímil, que abarca todos los matices… gustos y colores. Brindo por un mundo que cada día se parece más a una bola de grasa carne y destrucción. Brindo por mí, otro ladrillo más en el muro: otro huevón más: pobre individuo, sin importancia colectiva. Feliz año, querida realidad que más de uno quiere ocultar, que no conviene comentar. Feliz año, maravilloso mundo en aparente ascenso, hermoso mundo en movimiento.

Alexander Urrieta

0055

“Cada día trae la misma batalla, el mismo vacío, el mismo deseo de olvidar y de no olvidar. Comienza siempre aquí, nunca en otro sitio que esté límite donde el lápiz comienza a escribir. La historia nace y se detiene, sigue adelante y luego se pierde y, en medio de cada palabra, cuántos silencios, cuántas expresiones se escapan y desaparecen para no volver nunca más”.

0166  Paul Auster – El país de las ultimas cosas

Ella

Ha pasado el tiempo pero todavía Ella vive con miedo. Vive insegura, empeñada y temerosa de que los días se le agotan, de que la juventud se pierde en la monotonía. Olvida el momento, ignora el instante que respira porque vive frustrada en su porvenir. Muchacha ilusa, que no sabe que el futuro deja de existir cuando pretende saltar el Ahora. Impulsiva. Inmadura. Tan ansiosa de querer volar, ni siquiera saber mantenerse de pie: la siento tan inestable. Con Ella estoy más convencido de que el dinero y la buena vida no garantizan plenitud sino que refinan los dramas: dramas tontos, de burbuja: porque en esta vida existen cosas más terribles que el rechazo; tanta gente que anda sumergida en la miseria, que en vez de buscar aprobación lo que buscan desesperados es el pan de cada día. Dramas existenciales, que buscan y se rebuscan en el Ego. A falta de visión recurro siempre a mi Yo. Desencanto. Ella todavía no sabe mirarse con sus ojos todavía. Por mucho que aparente que es otra, igual sigue siendo sumisa, la misma, porque todavía se mide con la mirada severa del misógino: del idiota occidental. Tanta reflexión resulta inútil para Ella, pues sigue siendo insegura. El valor de su cuerpo es dado por otros, aunque no lo reconozca y le moleste mucho que se lo digan. Es una lástima, es complicado querer a alguien que no se quiere. Ella vive un mundo de fantasía, de plástico, de niños lindos, de más cuenta corriente que sentido común. Ella es superficial por mucho que lo niegue y le moleste. No es su culpa, lo aprendió en la escuela, la televisión, el cine, el internet, las buenas y malas juntas, las modas, las fiestas, los amigos y la familia. Lo aprendido a veces resulta un impedimento para seguir adelante. No es fácil vernos al espejo. El valor más incongruente y banal está en el estatus: Dinero y belleza van de la mano pero no se hablan. Tristes uniones engendran una mujer triste, depresiva, que no sabe quererse. Que es maltrata por una sociedad enferma; pero lo más irónico del asunto, es que su mayor enemiga, resulta siempre ser ella misma. Mujer de muchos medios y poco entendimiento. De más “el tipo está bueno, y dice cosas inteligentes, se ve como maduro, porque es diferente”. Cualquier vaina. Qué mundo tan extraño vivimos. Cuánta incongruencia nos separa el uno del otro. Quizá por estos mínimos detalles será que nunca estaremos juntos. Desde esta isla que es mía, su continente me parece absurdo. Dudo que algún día Ella me entienda en una totalidad. Ella no encuentra afinidad en sí misma, difícil que la encuentre en otro. Le preocupa tanto su apariencia que descuida su lado más fuerte, su mente. Parece que por donde Ella vive nadie se lo dice, porque más fácil es tener la compañía de alguien que sea de más busto que de seso. Ella se intoxica con libros de Autoayuda. Ella es hermosa, hasta el punto que demuestra que es débil y se contradice. Reproduce esos dilemas de mujeres tontas que tanto me han disgustado, no puedo negar que hay ciertas cosas que me decepcionan. Me costaría mucho poder enamorarme de alguien así. Aunque, admito que si lo estuve, sólo que con el tiempo me he dado cuenta de que, cuando no se trabaja desde tuétano la esencia de uno, el río vuelve a su cauce, y por consentimiento te dejas llevar por la estupidez del mundo, para luego convertirte en esa cosa rara que en un principio nunca quisiste ser. Todo para ser aceptada. Mi última charla con Ella fue un desencanto total. Creo que poco a poco me va dejando de gustar. Ella también a lo mejor en su fantástico país en movimiento me irá olvidando… quizá estoy siendo demasiado severo, pero es que uno sin querer se termina aburriendo. Debo entender que la gente siempre cambia, para variar… Ella al final del día, verá mi tarea cumplida.

Alexander Urrieta

La Casa de Asterión

por Jorge Luis Borges

Y la reina dio a luz un hijo

que se llamo Asterión.

APOLODORO, Biblioteca, III, 1

Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aqui ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la Tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el Sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo; aunque mi modestia lo quiera.

El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda trasmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Las enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro porque las noches y los días son largos.

Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos). Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya veras cómo el sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.

No sólo he imaginado esos juegos; también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce (son infinitos) los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce (son infinitos) los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado Sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el Sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo.

Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que, alguna vez llegaría mi redentor. Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara todos los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?

El Sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.

-¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió.

  El Aleph (1949)

0030

Fragmento de Molestias

Necesito un nuevo orden en mi vida. No puedo seguir mezclando la realidad con la ficción. Debo mantener una estructura, y que mejor cosa que un diario para dejar constancia de mi búsqueda de orden. Sin comentarios. Patético, lo sé. Pero creo que todos necesitamos una especie de impulso para empezar a hacer las cosas. Por qué habría de sentirme temeroso de exponerme. Nadie mira de reojo a esa gente rancia que gasta dinero en libros esotéricos, que hablan acerca de la culpabilidad de una vaca, robos de queso, armaduras oxidadas, secretos, monjes y ferraris, leche y actitud, ley de atracción, gente tóxica, manuscritos perdidos, puro coelhismo de estantería, Walter Riso o cualquier vaina de Osho. Verga, cualquier vaina. Antes que recurrir a leer estas vainas. De pana. Antes que meterme basura editorial, antes que caer en la Heroína Autoayuda, bueno, prefiero sumirme en mi propio peo. Si nadie se mete con esta gente que tiene graves problemas de gusto y autoestima, por qué meterse con un marginado adicto sin remedio como yo. Qué me pasa vale, no la estoy soportando. Debo evitar la exaltación. Paciencia Alexander, relájate. Antes que nada debo tener las ideas claras. Apuntar en la dirección correcta. No desviar el curso inicial fijado para este cuaderno de espiral. Dejar el vicio a un lado y ponerme a trabajar de verdad. Porque esto de querer ser poeta en estos tiempos fue la peor elección que pude haber tomado en mi vida. Esto de querer ser escritor tampoco sirve, para qué. Cada día la gente tiende a leer menos; o quizá no a leer menos sino a leer más mierda, lo que lleva a pensar menos. Escuché en estos días en clase que el profesor decía que “ahora somos la generación de ojo”, vivimos en un mundo dominado por las imágenes. La imagen, el concepto de imagen, creo que es lo más cercano que tenemos a un falo. Nos meten la imagen por todos lados, con un lubricante tan fino que apenas sentimos. Y Los procesos de pensamiento se limitan a captar, aceptar y digerir: analizar menos, y a crearnos un mundo superficial de fantasía limitado. Limitado, o en otras palabras lo que te ofrece un mercado de satisfacciones “ilimitadas”. Entretenimiento masivo. Gusto colectivo. Y sin desviarnos mucho del tema. Algo así como sagas misóginas-vampíricas-eróticas-zombies (pop-pop-pop-pop…porque ahora toda mierda es pop) que tanto me sacan la piedra: es que siempre es la misma vaina coño. Caen en el cliché perenne del mal gusto, de la fascinación desquiciada por las tramas tontas que son fáciles de adaptar en Hollywood, que no hacen más que ridiculizar la literatura, y todo lo demás; para luego simplemente, vender en masa, con ese cinismo editorial de que se promueve la lectura para no decir consumismo, para no decir moda temporal. Siento que caigo mal, pero qué chucha me importa. Ya será para otra vida. Buen fin para otro comienzo.

Alexander Urrieta

0201