Bernardo Atxaga – Obabakoak
Incisos
Como si eso no bastara. Como si eso no fuera suficiente. Que todo ha quedado bien claro. Como no estamos presentes lo mejor será reservarnos en la espera. Mantenernos en silencio. Conservarnos en una distancia prudencial, para mantener nuestro secreto limitado y bien guardado. Ser cómplices ficticios. Dejar de existir en el cuerpo del otro. Burlarnos de las apariencias, haciéndole creer a todos que nos encontramos tan distantes y ajenos. Quedarnos bajo nuestro propio riesgo en los versos de un profeta, dejando recuerdos en pequeños rincones de mundo. Dejando rastros en una ciudad que nunca fue nuestra, de una ciudad estancada en el tiempo, que se mantiene viva únicamente con el poder de la memoria colectiva. Es irónico sentirse tan solo entre tanta multitud. La costumbre es el somnífero de los sentidos. Con la costumbre nos limitamos a percibir la verdadera esencia de las cosas. Porque el cuerpo da por sentado los roces constantes de lo cotidiano. Todo va perdiendo importancia con el tiempo. La gente se aburre, se cansa, se seca con el pasar de los años, y la novedad se reduce sólo a una exaltación material. A una búsqueda de satisfacción infinita desquiciada, que nunca termina de llenarnos. Aquí vemos el vacío medio lleno. Esperanzas carentes de sentido. Un miedo perenne que corre por las venas y nos congela. Hay que admitirlo, la Ciudad es un lugar aterrador. Ella me provoca de vez en cuando una soledad inusitada. Se acaba el día con el adiós de la tarde. Se viene la noche, y la oscuridad me provoca una infinita tristeza. Las palabras secas se quedan a mitad del camino recorrido por mi voz quebrada. Las imágenes no tienen fuerza. Las ideas parecen reducirse en un espectro de nimiedad, en esta hora maldita donde me veo impulsado por los demonios del pasado que me envuelven en sus tinieblas. La culpa hace ruido y golpea las puertas del pensamiento. Las palabras mundanas desean salir desesperadas para impregnarse en cualquier cosa: en una hoja, en una boca, en un recuerdo. Cosa inútil, innecesaria. Todo es un afán de inmortalidad. Acaso esto que anhelo es algo inducido por mi insensato ego, o es quizá, la suma de todos los miedos. Temor insano de olvidar: de ser olvidado. Qué necesidad de querer quedarse, por no creer que en ese más allá exista algo más absurdo e incongruente que la vida que estoy padeciendo en este instante. El miedo es un claro síntoma de estar vivo, no lo dudo. Quien no haya sentido incertidumbre al menos una vez en la vida, debe ser una criatura verdaderamente desgraciada, porque ha quedado más que demostrado que aquellas cosas que nos dan terror, son las que nos definen mejor.
Alexander Urrieta
Pasajes
Una cosa es escribir bastante, y otra escribir algo productivo. A veces me resulta difícil cumplir ambas expectativas. Cuesta más cuando no se está seguro de nada. Cuando no se está seguro si se escribió bastante. Cuando uno no sabe si escribió algo de verdad interesante. Me refiero a algo que valga la pena leer. Admito que me da miedo quedarme en lo efímero, pero también me aterra encontrar la nimiedad dentro de la extensión: llegar al punto final y no haber dicho absolutamente nada. Concentración, cuando creo tenerla se me escapa. La práctica lleva a la perfección, pero la distracción opaca al pensador: no lo deja trabajar. Por eso debo mantenerme enfocado en mi oficio; no debo perder la compostura, si de esto quiero vivir pues, no me queda de otra. El trabajo lúcido y consciente acaso estimula esas ideas interesantes, o simplemente promueven una especie de locura. No lo sé. No debo pensar mucho. Sociedad nos ha enseñado que el pensar mucho nos hace daño: nos priva de ser estúpidos felices. Los más dichosos son los que menos saben, dicen por ahí. Y claro, tampoco podemos olvidar la máxima secular que dice que la voz del pueblo, es la voz del cielo. Ahora me pregunto si estas palabras tienen suficiente fuerza como para crear una voz. Por lo menos llegar a una aproximación: a una aparente exaltación poética. Si no escribo nada mejor. Debería mantenerme así. Divagando hasta darle un grosor sustancial a la prosa. Hacerle perder el tiempo al lector con cada palabra. Palabras que poco a poco van creando un disparate discursivo. Una palabra que tiene que ser explicada, y que a su vez necesita de otras palabras para ser explicada. Ideas provenientes de otra idea, Idea que a su vez se macera en una materia grisácea. Nunca las palabras pronunciadas se expondrán de la misma forma como se piensan. Porque una cosa es lo que se dice, y otra cosa es cómo se interpreta. Por eso hay que ser precavidos, aunque resulte inevitable no pasar por criaturas lascivas al hablar. Verán, cuando escribimos sólo dejamos un pequeño fragmento de totalidad. Totalidad ilusoria, porque se conserva dormitando en el pensamiento. De ahí la diversidad. De ahí el hecho de que cada cabeza es un mundo. Un mundo que busca perpetuarse en la realidad material: en el recuerdo de las cosas: en la memoria de las palabras. El ser humano en su intento de dominación ha sido maldecido; se le ha inducido una obsesión a través de los siglos: la absurda creencia de la inmortalidad. Lo que no es eterno tampoco es real. Nos han inducido una fobia al olvido. Qué será de nosotros, pobres soñadores, cuando el último rastro de existencia se haya borrado del recuerdo del mundo. Imposible saberlo. Nunca llegamos a decirlo todo, en qué momento o espacio podemos abarcar lo infinito. El conocimiento por muy grande que sea siempre se le podrá añadir la unidad, así como los números, así como la vida misma. Somos Individuos sin importancia colectiva. Seres trágicos y egoístas, que van desviando el curso del entendimiento a través de lenguaje. Todo un universo resumido en un conglomerado de oración: una prosa que intenta encaramarse en el adjetivo poético. Las palabras, secas y cortantes, no dejan rastro de dudas de lo que somos, o pretendemos ser.
Alexander Urrieta
Refinerías
No es un dolor parecido a los de antaño. Este en un dolor visceral. Este es un dolor que sangra hasta los tuétanos. Este es un dolor que provoca de todo: que provoca mareo: que provoca cansancio: que provoca llanto. Saben, un dolor que dilata pupilas, y deja rastro de lágrimas. Un dolor para perder la compostura, para olvidarnos del porvenir: de ese Qué será de nosotros el día de mañana, cuando nos quedemos solos: completamente solos. Un dolor de soledad empolvada, que se asoma cada vuelta al sol. Un dolor agitador, lleno de espasmos y verdades. Un dolor así, nadie quiere tener. Un dolor que provoca sueño y a la vez tristeza. Melancolía tal vez, quizá euforia. Ambos se mezclan para dejar un colado de Ansiedad; este dolor se mantiene vivo, y se endulza dentro de una espesa contradicción.
Si bien ciertas cosas pueden hacernos daño. Si bien la memoria nos reprocha de vez en cuando. Tienen acaso algún valor las palabras. No debería tener vergüenza. Aceptar las cosas, no es sinónimo de sumisión: no es sinónimo de derrota. La mente se ejercita con los recuerdos. A veces este detalle lo pasamos por alto. Ignoramos que somos una suma total de pasado. De espesura histórica. De ascesis perenne. Atentos. Vamos recorriendo los infinitos pasillos de nuestro pensamiento: recordando cosas que creíamos haber olvidado: que pensábamos se habían desvanecido en el tiempo.
En un rincón solitario nos castiga el rencor. El dolor queda resumido a una expectativa: a la suma de decepciones y realizaciones. Listo. Ya quedó dicho. A partir de ahora dejo de pensar. De pensarte. Porque me haces tanto daño. Vicio divino, que tanta falta me haces. Tu ausencia provoca punzadas, que parecen antesalas de infarto. Infarto que se siente cual pisada de elefante astillando cada parte de mi vulnerable armazón, llevándome a un estado de exaltación, de sinrazón y sublime locura, dejándome impávido: listo para entregarme a los vaivenes de este mar de ebriedad, para convertirme en otro esclavo más del tirano etílico. Chapas y vidrio forman el pasaje de mi delirio. Marcas circulares va dejando mi botella borracha. Rastro de olvido va quedando en el mantel de la mesa. Queridos amigos, no existe nada más patético que un hombre bebiendo solo. Que no tiene donde morir, y se queda hasta tarde en algún local esperando a que lo boten, o en un larga espera desquiciada lo recojan las casualidades de una noche. Las ofertas para un hombre que no tiene nada que perder resultan ser infinitas pero vacías.
Cada náufrago bebiendo en su mesa. Somos islas rodeadas de olvido. Nos parecemos al metal carcomido por el salitre. Hemos dejado parte de nosotros en este mar de recuerdos. Seguimos lucubrando y nos inflamos hasta el tope de cándida vanidad. Así funciona la memoria. El presente lo justificamos con lo que una vez llegamos a ser. O creímos ser. Esa totalidad ilusoria, el rompecabezas incognoscible de nuestra vida. Nuestro espíritu infinito que nunca se llenará por completo. Entonces, si el pasado define lo que somos ahora, por qué tenerle miedo al porvenir. Ese más allá tan fascinante, donde la única certeza que se tiene es la de la muerte. Nada más queridos amigos. No perdamos el tiempo en los adioses del ayer. No podemos embalsamar el miedo desde el pasado. Hay que aferrarse al Ahora.
Nos acompaña la soledad. No parecemos a un lamento estereotipo de taberna, y al estar conscientes de ello, propiciamos la lástima y postergamos el consuelo. Consuelo que no tardará en venir en su presentación exquisita de soma para matar diez pasiones. Embotellado para comodidad y consumo. Nos encanta, a mí me encanta: me siento a gusto con mi fortaleza de vidrio en construcción. La mesa poco a poco se va llenando de refinerías negras. Y en cada sorbo, calmo una sed inventada por mis adicciones. Me ahogo en soliloquios. Me ahogo en esta pena.
Alexander Urrieta Solano
“En este estado no sabe nada de su edad, nada de su mujer, nada de sus hijos, nada de sus preocupaciones y, por lo tanto, no tiene miedo, porque la fuente del miedo está en el porvenir, y el que se libera del porvenir no tiene nada que temer”.
Variaciones de elejota
No sé si estoy haciendo lo correcto.
Ahora que esta brújula apunta de forma precisa donde quiero.
No tengo otra alternativa.
Tan imperfecto soy oh querido mundo en movimiento. Catador de sentidos. Amante de las emociones palpables. Fiel corsario y combatiente en días de Tormenta. Espina clavada en garganta. Bicornio olvidado cogiendo polvo. No hay nada nuevo en mí, salvo esto que siento por ti.
Somos tú y yo, en nuestro exclusivo infinito.
Su influencia aterra, pero gusta
Cara empapada
Me basta decir que estoy ebrio. Trastornado. Sucio. Perdido en la trama de un cuento, que no entiendo. No es que sea complejo, la cosa es que estoy lento y la mente no me funciona por completo: me falla, suda bastante y se retuerce; tenía tiempo sin llegar a estos estados de trance: donde me elevo por los aires y mi viaje se interrumpe por el choque de la cabeza con el techo. Bajo con brusquedad. Cuando toco tierra de nuevo siento los ojos pesados. La mente en blanco y quién sabe de donde habrá salido ese tono amarillo en mi ojo izquierdo. Ahora cierro los ojos. Oscuridad. Mente calibrada pero aun inquieta. Me busco.
Sudo un verso
Y seguido
una oración
para enunciar
Una prosa sentimental
Te conservo con intimidad y busco tu boca en cada punto y seguido. Con una motivación de adicto te pido que me sigas, o mejor dicho, que me acompañes en este juego de palabras que no hacen más que buscar tu atención: tu cotizada atención. En una toma de impulso se escapan algunos suspiros. Una emoción brota de tu semblante, se esparce por el aire y luego se pierde en la siguiente oración. Me vas invocando con la voz, y sin darte cuenta ya te has pintado una sonrisa en el marco de los labios. Y te ves preciosa, brillante, como fuego solar, como polvo de estrella. Me gustaría decírtelo un poco más de cerca. Que las próximas oraciones vayan a naufragar en los bordes del oído: Como pez agotado me revuelco en esta orilla, me entrego a los vaivenes de los cambios de humor, y le pido a Dios que me dé otro poquito más de vida, para seguir dando vueltas moribundo, entre la tierra y el mar.
Si algún día me lees
jamás lo sabré.
Alexander Urrieta
Cuatro esquinas
Enloquecido por esa urdimbre de pasiones y miedos sigo la pauta de los dedos. Un manejo casi volátil de los sentidos. Emprendo mi periplo por tu cuerpo sin tener fecha exacta de regreso. Sin nociones del mañana ni certezas de la dicha o la desgracia. Me entrego a tu fauna, y me siento como pez en el agua, navegando a ciegas por ese líquido que emana tu sexo. En medio de la oscuridad voy degustando el exquisito manjar de la risa mezclada con llanto. Me fundo en ese trance invocado por tu mirada de basilisco, que provoca taquicardias insanas y calambres en las piernas; que no perdona, que hipnotiza y mata lentamente, como la vida misma, que se envenena y desvanece con cada paso déspota del tiempo. Te tomo en mis brazos como pereza aferrándose con fuerza al árbol. Con mi boca recito hechizos para erizar los pelos. Me impregno como tatuaje en los rincones más entrañables de la carne. En un suspiro violento refresco con cierta calidez tu cuello. Nos movemos entre las sábanas como serpientes mudando piel. Sin hacer mucho ruido nos decimos al oído que nos queremos. Haciendo una pausa retrocedo para apuntar mis intenciones a tu semblante, para decirte en silencio que nunca te he deseado tanto como ahora. Unimos las frentes, y provocamos una hecatombe a pequeña escala, chocando mundos distintos, violando toda ley de atracción y gravedad, porque es a través de esa intimidad exclusiva donde nos damos cuenta, que son los pequeños detalles traducidos en caricias los que dan sentido a la existencia. Intentamos descifrar nuestra desnudez en el matiz púrpura de la noche, pero divagamos tanto en nuestros anhelos que nos perdemos de nuevo en esta lucha salvaje de cuerpos. Ejecutando maniobras extravagantes en cuatro esquinas nos perpetuamos en el recuerdo. Jugamos esgrima con la lengua mientras el corazón bombea de forma desquiciada, al compás de la música, Animales de Cuentos Borgeanos. Nos agitamos desesperados buscando dosis vital en los labios del otro. Mordemos como locos. Arañamos por placer. No queda zona erógena baldía en este palpar incesante. Todo roce es un espasmo que fermenta un idilio que embriaga en magnitudes desconocidas, que aterra y fascina a la vez. Emoción que escupe fuego, y cicatriza heridas por dentro. Emoción que sube y baja. Emoción que motiva a escribir a mitad del insomnio, mientras miro tu cuerpo dormir, arropado, brotando tranquilidad por todo el cuarto. Dictando palabras a este hombre extasiado, sumergido en un delirio de madrugada, recreando eventos y reviviendo momentos. Buscando el sueño a tu lado, cierro los ojos, me entrego a Morfeo, y en un susurro digo tu nombre completo. Y es aquí, en la calma total de nuestra soledad de pares, donde afirmamos que hacer el amor arrebatados nos tiene sin cuidado, nos ha dejado cansados, y hermosamente noqueados.
Alexander Urrieta
Mareas
Este cuento termina aquí, en el fondo del océano. Con zapatos de cemento sellando mi pacto. Mi entrega al reino de lo que no está vivo ni muerto, mis infiernos, mis dudas, mis flaquezas, mis fallas y heridas, todo un acontecer de promesas rotas palpitantes; un corazón gastado, nada más. Un rostro calcinante, perdido en juegos de espanto y tradiciones de camino. Con una espina enterrada en la garganta, voy tomando apuntes en la burbuja de soledad a medianoche, invocando a los súcubos y al molesto insomnio, que ataca y destruye cada rincón de mínima calma. Con la mano negra de la amargura marcando mi hombro, me doy por vencido, y me sumerjo a este vacío de agua salada. De incertidumbre suspendida, en lo más profundo de mis miedos. De un talón de Aquiles expandiéndose por todo el cuerpo. De cobardía pura. De resignación a la vida misma. Terror que me define mejor, a mí, el gran engañado, el loco ignoto. Entusiasta atorrante, melancólico bajo condición. Adicto a la fuga, con pocos planes a futuro; con un complejo de Ícaro, que olvida sus planes al tocar la dicha de los cielos. Que poco sabe ganar porque olvida perder. A mí, que a tanta altura, soy el primero en anticipar la lluvia caer. Y en un estallido de todo, me desmorono en mi débil fortaleza de naipes, bajo las armas, se me quiebra la voz, rompo el cántaro del pecho, y me pongo a llorar.
Alexander Urrieta
“¿Qué vale más? ¿Examinar nuestra conciencia ante la mesa de una taberna o prosternarnos en una mezquita con el alma ausente? No me preocupa saber si Dios existe ni el destino que me reserva”.
Diecisiete
A partir de ahora, deseo que las palabras pronunciadas por el corazón tengan como punto de partida tu nombre. Considero importante dejarlo bien claro. Sin entrar en divagaciones, sin caer en exordios, típicos en las cartas de amor, que a veces por tanta carga encomiástica pierden su objetivo, porque se tornan tan melosas que no llegan a ningún sitio. Aunque sabes algo, siento que de alguna forma terminé cayendo en lo mismo. Quizá en esa incesante cacería de ideas prefiero siempre atrapar la atención mucho antes que morder la boca. Porque al escribirle a un paladar tan exquisito como el tuyo, se requiere mucho más que destreza y talento. Y creo que por encima de todo, me resulta inverosímil resumir un inventario de emociones palpables y abstractas, y comprimirlas de forma salvaje en un Te Quiero. No me parece suficiente. Tampoco me atrevo a decir que lo que siento es una cuestión Inefable; sería el colmo de la pereza. Si la expresión de cariño no cabe en dos palabras mucho menos en una. Lo digo porque, sabes, estoy convencido de una situación. De un estado de plenitud vigente, que destruye barreras, que altera mi espíritu, y que por razones misteriosas deseo que me domine por completo. No sé si he llegado al meollo del asunto, te confieso que me gusta dejarme llevar. En las cartas se tiene esa libertad. La clave está en mantener la atención del lector. Ejercitar los labios. Preparar tus labios para la declamación de la oración final, que fue la que dio inicio a esta carta, o mejor dicho, a este pensamiento rimbombante y alegre que lleva correteando desesperado los pasillos de mi mente desde hace tiempo. Un pensamiento que duras penas, con un mérito al esfuerzo, se puede intentar plasmar en palabras, pero que sin duda, querida Amaranta, sólo en la mirada se puede leer con exactitud; pero ya que me encuentro limitado por los parámetros de la escritura, se lo digo en resumidas cuentas, sin tutear y con formalidad…
Creo que me he enamorado profundamente de usted.
Alexander Urrieta






