Misiva al olvido

Uno

Nos pasa a todos. Disfrutamos llevar la soga al cuello. Estar al borde del abismo para darnos cuenta de que estamos vivos. De que sentimos. Cómo ese vacío nos quita el aire y nos llena los pulmones con tanta pureza, que nos marea. Nos consuela ese sosiego, cuando perdemos los tiempos, y el equilibrio se convierte en una cuestión tan inverosímil. Como esa certeza del más allá, de inmortalidad, de cándida ínfula de eternidad, que nos fascina y nos tilda de soñadores. Nos acusa, pero no nos importa. Porque después de todo, también la oscuridad presenta síntomas de iluminación. Fuerza desorbitada mezclada con una inesperada alteración de la conciencia. Deformación irreversible de las emociones palpables que se manifiesta en palabras endemoniadas, que salen de la boca de una heroína literaria, forjadora de ideas, y demoledora de universos enteros.

Dos

Y aquí estamos, como si nada hubiera pasado. Como si nos hubiésemos quedado atrapados en esa mirada secular. Es ese estado de locura y contemplación. De asombro y miedo. Sumergidos en ese encantamiento invocado por la malicia escondida en el enigma del lenguaje. En ese paraíso lexical donde más de uno ha encontrado su redención, a costa de un poco de cordura: que asegura el viaje de ida, mas no de vuelta. Locura innata, que a modo de ultimátum, nos deja por escrito una misiva diciéndonos que estaremos estremecidos hasta el final de nuestros días. Tocados por las crepitaciones producidas por el incesante choque del cuerpo con la mente. De la razón y el corazón. De llegar hasta tal punto, que ya no sepamos distinguir lo bueno de lo malo. Que todo nos resulte tan irrelevante, pero al mismo tiempo tan imprescindible. Qué contradicción tan enfermiza. Cómo explicamos este hermoso estado de lucidez donde todo es tan literal. Cómo nos enfrascamos en causas perdidas. Qué impotencia el tener que buscarnos hasta el cansancio, y no encontrar ni un mínimo rastro de existencia.

Tres

Esas ganas desesperadas de lanzarnos al vacío del otro. Esa impotencia de querer y no poder. De sentir por enésima vez, e intentar describir hasta el más mínimo detalle, esa sensación tan mirífica, que domina la conciencia y está por encima de todo precepto y moral, ya que resulta ser una cuestión ineluctable. Inhalación agresiva de sustancia mezclada con insecticida y polvo de estrella. Demos gracias a la vida, por habernos dado tanto, y que a pesar de que nunca lo tuvimos todo, tampoco nos faltó nada. Agradezcamos por haber tenido la oportunidad de ser huéspedes en este hostal llamando mundo. Mundo mal querido y mal pagado. Mundo absurdo: el ideal para los locos astutos. Como éste que escribe, que en esta ocasión en particular desea ser la voz de ambos aquí. Con cierta redundancia en sus ideas. Sin temor a los amagos de su punzada. Sin ningún prejuicio atando la lengua. Una criatura sin vergüenza. Ungido de Dios, enaltecido por los menos doctos, y condenado por el gran poder: carcelero de la verdad y otras cosas que resultan bastante incómodas. Arremete contra mi semblanza querida amiga. Que este bicho hombre te espera sediento, y armado con prosa y poesía. Desnudo, sumiso en las sábanas, y envuelto en una oscuridad cómplice de nuestro acuerdo, nuestro juego: mi alma, a cambio de nada, sólo juntar palabras, para usted, anónima lectora, otro pez suelto en el mar.

Alexander Urrieta

0080

Rasgos magnéticos

Tengo días que no escribo. Quizá se deba a que he estado un tanto distraído conmigo. Resolviendo misterios. Empatando cosas. Buscándome. Tratando de establecer mi nueva maniobra. Difícil. Difícil me resulta, y más cuando caigo en cuenta que mi vida se enaltece en tiempos de Tormenta. Me siento dichoso, pero al mismo tiempo tan desgraciado. Es la disyuntiva del placer. El precio que debo pagar para convertirme en un ser cósmico y maravilloso, pero también enfermo y maldito. Estoy claro, y admito que temeroso también. Que pendo de un hilo, que en cualquier momento me quedaré solo. Sin tener certeza de nada. Sin llegar a saber a ciencia cierta, qué razones me llevaron a querer desaparecer por completo de este mundo. Desvanecerme sin dejar rastro. Dejar todo en manos del azar. Que una decisión bala fría marque el punto final de mi vida. Poder desprenderme de todo. De un tajo liberarme de esos hilos que dominan mi destino: que controlan mis pasos. Desapego, sólo podemos alcanzarlo a través de la muerte. Digo yo. No lo sé. No me atrevo a hacer declaraciones rotundas. Todavía sigo aquí, vivo, escribiendo, en un sublime estado de éxtasis, dejándome llevar por los delirios, por las oraciones ambiguas, y ese absurdo deseo de morirme en tu recuerdo. Que mis palabras ya no tengan que ver contigo.

No sé si la muerte me esté esperando en algún pasaje de tu cuerpo. No tengo noción del dolor ni la alegría a sentir en un futuro. No tengo talento para amarte querida amiga. Perdóname. Yo, soy de vez en cuando, el ingrato más grande. Disculpa que pretenda ser sensato. Soy un perro andariego, que come fruta prohibida: cargada de exquisito y amargo veneno. Me pierdo en divagaciones. Me distraigo de nuevo. Te pienso, y una vez más, me dejo llevar por las quimeras de tu rostro. Dulce es la alborada de tus ojos por las mañanas. Cuando te despiertas en medio de un silencio escandaloso provocado por mi taquicardia de adicto. Momento catártico donde las pupilas se encuentran y las emociones del primer contacto se empiezan a fundir en el crisol del otro. Mujer incógnita, cómo agita mis sentidos. Me cansa la lengua, me eriza el tacto, me hipnotiza al oído, me sonroja la piel. Pero, sabes algo. Lo que más me gusta de ti, es la mirada. Esa mirada. Sí. Esa mirada que mueve el piso. Que apaga infiernos, y agrieta paredes. De saber que te llamabas sosiego, hubiera preferido quedarme durmiendo en tus brazos hace tiempo. De saber que andabas escondida en mi pensamiento, me hubiese pasado días enteros buscándote. En medio de un tormento descomunal, arrasando todo, excepto tu recuerdo. Curioso, ese momento apoteósico donde damos por sentado nuestro encuentro cercano de tercer tipo. Con tanta cercanía y cierto aire de extrañeza, lo puedo entender todo; existe una tierna calidez entre nosotros. Conocedora de universos atrapados en celuloide: nos hemos conocido hace tiempo, pero lo hemos olvidado por completo.

No cabe duda

Eres la armonía de las estrellas.

Alexander Urrieta

IMG-20140630-WA0003

“Y aquí estamos. El uno con el otro y sin embargo tan solos. Como si la otra existencia nada nos dijera de la propia, como si la otra voz fuera apenas un ruido extraño en el espacio, como si los otros brazos nos prodigaran caricias que en realidad no nos pertenecen”.

0031

Jorge Nunes – Fuego Sucesivo

Exordio para un vuelo

I

Antes de acostarme a dormir voy a escribir algo para ti. Voy a decir tu nombre como ese padrenuestro que se reza antes de acostarse: con cierta convicción y alto grado de ilusión. Empiezo. Dentro de mi enorme inventario, remarco las asignaturas que están pendientes todavía. Te invoco a partir de recuerdos borrosos y fragancias afrodisíacas impregnadas en sábanas. Vuelvo a sacar la cuenta de los besos vespertinos que me debes. Buscando en la memoria, voy leyendo los apuntes que tomé en clase de teoría poética; tiempos amenos, donde en más de una ocasión me dediqué a escribirte ditirambos desde el anonimato, perdido en ese estado de idiotez pasajera que muchos llegan a confundir con enamoramiento. Entre páginas, encuentro un pase de entrada para la función única de tu atención. Desde tan lejos, me das esa mirada que tanto me gusta, mientras voy preparando mi próximo ataque verbal. Con mis dedos hago un periplo por tu cuerpo, anotando cada maniobra erótica en mi vetusta bitácora de viajero. Con un corte agresivo, abriré ese telar de colores que envuelve tu coraza. Ropaje críptico, que resguarda la pureza de tu cariño rebelde, que para mi suerte particular, no cede con facilidad. Tengo una debilidad con los vestidos, debo admitirlo. Una atracción letal hacia las faldas. Cierta obsesión con tus piernas. De no ser por ese brillo solar que cargas encima que hipnotiza, ya me hubiera sumergido en ellas, hace tiempo. Tus muslos, tu forma, tu belleza, son cosas que, no pueden soslayarse. Si las palabras una vez más se prestan para escribir sobre lo obvio, por qué impedir que sigan con lo suyo. Necesito estar convencido de que otra vez este bicho hombre se volvió a quedar en tu pensamiento. Esta noche voy a dormir tranquilo, porque mis sueños saben dónde van a pernoctar. Como idea que nace y se hace, intento de algún modo consentirte desde tan lejos sin que te des cuenta; darte alegría y cariño  constante en estos tiempos  violentos, de saturación citadina y detrimento espiritual de apartamento. Porque no estás sola (comprenda, incomprendida), porque tienes un loco, que en este valle caraqueño te piensa desmedidamente. En medio del caos urbano, te recuerdo. En medio de un mundo descomunal cayéndome encima, te deseo. Porque es en tu cielo donde este demonio quiere reposar alas y cortar sus cuernos, así en el fondo no deje de ser un bicho hombre. Desnudarte debe ser un ritual ejecutado con cierta destreza. No me atrevo a declarar que tu ego femenino tenga relación directa con el sexo, pero estoy convencido que identificas el sexo con la conciencia. No cabe duda, es la entrega más pura de todas. Debo entender que tu zona más erógena es el oído. Que tu placer se estimula a punta de lengua y mordida. Estimulación, que debe perpetuarse en el principio. En un rol de heresiarca, que en un estado neurasténico, profane hasta el cansancio la intimidad que esconde tu falda, pero primero, claro, está el rico acto del habla, donde endulzamos a punta de besos el paladar de nuestros deseos más profundos. Por eso, te sigo escribiendo, para humedecer ese interior aliciente, que para muchos está prohibido, pero que para mí, sólo por esta noche, tendré permitido. Que los orgasmos surjan en cada punto y seguido. Que tus suspiros se pierdan en tres puntos suspensivos… Seducirte debe ser un verbo acorde siempre contigo, que alargue mi espera y al mismo tiempo mi premio. Seducirte debe convertirse en mi arte protestante, que en cada disturbio de breves palabras y extensa oración, logre agrietar y desmoronar hasta los confines más duros y olvidados de tu Corazón, que después de esta noche, dejará de ser mío, para siempre. Me planteo un futuro ficticio: te imagino en las mañanas emergiendo del lecho semidesnuda, calentando el cuerpo con las sábanas, mirando al techo, pensando, tratando de reconstruir el último sueño vivido. Felina que recién se levanta con el pelo alborotado, poquita ropa y curvas peligrosas por todos lados. Te imagino en las mañanas con una sonrisa sostenida: con una inmensa alegría desde mi cama.

Alexander Urrieta

Posdata

IMG-20140602-WA0002

Psicotrópicos

“Para la conquista de la nueva hoja es necesario tener en cuenta que la clave está en pensar. Escribir y Escribir. Lo que sea, la clave está en aprender a dejar en el papel lo que se piensa.  Tampoco se debe olvidar que escribir tonterías también es una forma de expresión. Los borradores son los sazonadores de los relatos a futuro. Esta nota de servilleta quizá me sirva para controlar terreno. A modo de epígrafe: la voy a colocar al inicio de la prosa”.

Por asuntos de violencia grama y estilo, las palabras que quedarán en esta hoja a partir de ahora, vendrán un tanto nocivas: sin anestesia: sin pensar. Con prisa. Mediocres. Buscando afecto. Buscando la boca. Contando errores. Improvisando. Cortando ideas. Pegando oraciones. Para que una cosa tenga sentido con la otra. Definitivamente, divagar, nada más. A ver que sale. El Viajero emprende la ascesis en el momento que toca la hoja. Se percata, y siente como una extraña fuerza lo domina y lo obliga a escribir.  Se empieza a cuestionar, y arranca su dilema: “No es cuestión de certezas –dice–, sino más bien, una descarga de infinitas dudas. Un cuestionamiento rimbombante. Ese estudio a fondo de mí. Esas respuestas encontradas que no aclaran nada, sino que engendran camada de incertidumbre. Emano interrogación por los poros. Soy un ser confuso incompleto. No soy más que estas funestas palabras. Mi pensamiento está plasmado en esta hoja. Punto y aparte. Ahora, yo me pregunto si, en mi posición de ser vertebrado, puedo poner en duda mis propios pensamientos. Todas estas maniobras cognitivas, acaso estarán a la par con las demandas del espíritu. De esa exigencia. De ese sentir proveniente de tan adentro. El punto de partida de las ideas, con su respectiva sangría antes de empezar. La génesis del pensamiento. Releo… y pongo en duda estas palabras. De dónde habrán venido, de algún proceso de sinapsis, o del alma misma. Ahora no lo sé. Voy a tomarme el tiempo necesario. A ver qué sale. Tampoco la cosa es divagar en planteamientos inextricables”. El Viajero quiere dejar de pensar por un rato. Se prende un cigarro. Fuma y se marea. La realidad para él se torna especiosa. Disfruta el sosiego. Sonríe al destino. Hace aros de humo, seguido de figuras ambiguas y arabescas. Garabatea su cuaderno de espiral, y sin darse cuenta, ya tiene una iconografía de su imaginación, adornando los márgenes del cuaderno con tinta negra. Piensa en su soledad: de concreto, de pastillas, de vagón, de caspa y mosquitos, de gastritis y cefalea, de mentira, de absolutos. De innecesarios despidos. De cuenta regresiva. De praxis fugitiva. De lamento en balcón. Amargura de mausoleo. De placa de agradecimiento, recostada al pie de un altar. De viudas llorando. De cola de banco. De cigarro detallado. De sudoku. De adornos cogiendo polvo…  “De tú y yo haciéndonos los locos –piensa en voz alta–, soledad para ejercitar los párpados, después de una efímera temporada en la Ceguera, he sacado mis propias conclusiones. En la vida hay amores que se matan de repente. Cosas que se dicen una vez y nunca más. Personas que van y vienen. Encuentros casuales. Capricho juvenil. Adiós en Dolor mayor. Corazón en Fa sostenido por alambre. De tragedias convertidas en canciones. De carta perdida. En la vida, hay amores que nacen de todo y mueren de nada.  El silencio incómodo. La matanza rotunda del deseo. Siempre lo mismo. Los pequeños detalles que ya no cuentan. El pasado que deja de justificar el presente. El reclamo de lo que no se ha dado. En la vida hay amores como el nuestro: incompletos: jodidos: hermosos, pero tóxicos. Nada que ver con romance correspondido. Pura búsqueda de consuelo: Tú para sanar y yo para olvidar. Incondicionales pero al mismo tiempo egoístas. Ninguno le rinde cuentas al otro. En la vida hay amores como el nuestro: de altura. Inefable. Cosa de locos. La distancia es buena pero mala. En la ausencia, interpreto el papel de un personaje excéntrico y fantástico: demacrado por las ínfulas de querer estar enamorado”. El Viajero, entra en hueco, sale, hace catarsis y luego a mitad del trance, pierde el conocimiento: “Cuántas veces me quise perder en una nube y surcar como corsario sin rumbo los cielos. Cuántas veces pensé en otra cosa mientras reposaba mi cara en la bisagra entre el hombro y el cuello de un amante. Cuántas veces me he perdido en cavilaciones sinsentido. Estoy lleno de tanto miedo. Y, ahora que lo pienso mejor, me resulta ridículo confesarme de este modo. No siento culpa por nada pero sé, que en el fondo hay algo que perturba mi conciencia. Una idea que envenena, y justifica todo acto impulsivo. Cuántas veces he querido embalsamar el orgullo. Pienso en la soledad como un síntoma de moda. Para endurecer los huesos. Para hacernos daño. Para simular estados de ánimo. Para elaborar ficciones. Para perfeccionar el carisma. Para la invención del cariño. Para el ocaso de la estirpe. Para el olvido que, inevitablemente, seremos”. El Viajero, en un balazo directo al cerebro, se ha quedado dormido.

Alexander Urrieta

Gesto quebrado

IMG-20140528-WA0003

Prosa del cadalso

Un calmante. Un engaño temporal. Porque sé que todo está en la mente. La rabia se va extinguiendo a medida que voy cayendo en cuenta de que nada es real: que nada de lo que estoy viviendo es cierto. Quiero verlo de esa forma. Ya faltando tan poco, me gusta pensar que las cosas son así: A mi modo. Pero no vale la pena. La duda siempre se nos presenta en una incómoda visita.  Ahora me invade la incertidumbre. Confieso. Mi mayor temor es llegar a pensar y aceptar que hasta el Gusto es una imposición. Que la voluntad y el pensamiento alternativo sólo sean una mera construcción fabricada como técnica de defensa hacia nosotros mismos: para hacernos sentir únicos en un mundo donde ya nada tiene ni el más mísero signo de originalidad. Quisiera pensar que estas ideas son mías y sólo mías. Que este sentir de pertenencia no tenga nada que ver con un rasgo egoísta proveniente de un triste ser humano en particular. Es algo frustrante –lo admito– mirarme en los ojos de la ignominia y caer en cuenta de que no me conozco por completo, y que no llegaré tampoco a hacerlo. Toda una cuestión lamentablemente desagradable. Surge de nuevo la rabia. Surge de nuevo el dolor. En un atentado me meto el dedo índice en la boca hasta el fondo. Expulso en un acto vomitivo todo rastro de mariposas en el estómago. Con los ojos aguados contemplo el suelo y miro aquel desastre sentimental mezclado con bilis y comida. Ahora no sé si me siento mejor que antes. Busco engañar al cuerpo. Este trago de culpa que suda y deja un rastro circular en la mesa ya no tiene ninguna razón para existir. Me lo bebo para pasar el mal sabor que queda y molesta en esta boca. De nuevo disfruto un alivio momentáneo. Otro calmante por favor. Sé que llevo dos pero, es una situación que lo amerita… ustedes deben comprender. El exceso forma parte del disfrute del momento. El vicio vive, traga y se harta de nosotros. El vicio llega a ser mucho más fuerte que la voluntad, y más en esta hora macabra donde la muerte tiene su mano huesuda sobre mi hombro. Ya estando tan cerca del fin, me pongo un tanto sentimental, un tanto arisco quizá, molesto conmigo, susceptible con el mundo, despreciado por el tiempo y mi gente, que me reprocha con pretéritos y condena con petulancia. Cargo una rabia que no me deja pensar, que no me deja escribir. Tengo la mente en blanco y creo que es lo que más me causa arrechera. En intersticios de hipo y punzada tengo pensamientos rondando, pero son de esos que no motivan a nada. Pienso en las cosas que son y no son. En las cosas que pude llegar a hacer mejor. En lo que tengo: nada concreto. Aparecen esos incómodos dilemas existenciales, donde caigo en cuenta de que estoy más solo que nunca: enclaustrado en un inmenso cuarto de olvido abarrotado de multitud y odio. Pienso en otra cosa, para no lastimarme por completo. Paciencia en tres puntos suspensivos… Todo lo que sirva para distraer al cuerpo estará permitido. Otro calmante, qué bueno, nadie me reprocha el tercero. Muchas gracias. Debo admitir que estoy empezando a sentirme mejor. Los efectos de este soma terminal me alivian el alma: me nublan la mirada: me duermen las piernas. Ya dejé de estar vivo, pero aún sigo despierto. Me aproximo al cadalso y en una ráfaga de pensamiento asumo esta cruda realidad. Me niego a escribir. Me niego a ser capricho esporádico. Me niego a jugar con estos dados. Me niego a confesar mi pena. Me niego a llorar la ausencia. Me niego a fumar. Me niego a reír. Me niego a tomar. Me niego a dedicar poemas. Me niego a otro soliloquio frente al espejo. Me niego a escoger un bando. Me niego a todo. Me niego y me entrego al vicio: a mi dios a mi juicio, al mundo entero. Me niego y me encierro, en mi cárcel espero, solo, con mi sombra, si acaso la puedo considerar compañía todavía. Me niego y regreso de nuevo: al caos al oprobio, al sadismo de este público, que me observa desnudo en estas tablas y es testigo de mi futura condena. Una soga al cuello se prepara para quitarme el aire. Y en medio de gritos de culpa, insultos, maldiciones y plañideros lamentos, caigo al vacío, y estrangulo la última oración que me queda con estos fatídicos puntos suspensivos…………………….

                                                                                   exponiendo sin modales mis ojos rojos infernales……… mi lengua morada………………………

                                             y doy por concluido el acto…………………donde me entregué sin reservas, al abrazo constrictor de la muerte.

Alexander Urrieta

IMG-20140602-WA0001

Sigue leyendo

Soliloquio del kamikaze

Inventario del veintitrés

Al Sur

Nuevas Ideas

Anónimas 

Botellas

Despedida en la casa de Libra

“Entonces sentí una tremenda opresión en el pecho, una opresión en la que no parecía estar afectado ningún otro órgano físico, pero que era casi asfixiante, insoportable. Ahí, en el pecho, cerca de la garganta, ahí debe estar el alma, hecha un ovillo”.

0004

Mario Benedetti – La Tregua

Apuntes sobre la inferencia

Sabes algo flaca, esto de las partidas inusitadas me resultan un tanto irritantes. No tengo nada que decir al respecto, las palabras no me fluyen; me cuesta escribirte con estos ánimos oscilando entre la rabia y la tristeza: nada bueno tendrá esta carta. Debo confesarlo, me tomaste por sorpresa, así que no esperes que me lo tome de otra forma. Te tengo un estima profundo, pero no pienso ceder. Esta insana necesidad de buscarte se ha convertido en un círculo vicioso. Basta. Me siento absurdo escribiendo a la ausencia: a lo que jamás he visto. He dejado de prestarle atención a la clase de Estadística para dedicar oraciones dirigidas a ninguna parte. Acto desesperante, debo admitirlo, porque estoy convencido (o eso quiero pensar yo), que mis palabras llegarán al punto, pero no darán por concluido nada. Porque no estoy de acuerdo: me parece irracional después de tanto, morir por causa de la nimiedad, de una torpeza cometida al hablar. Acaso se puede estar de acuerdo con algo, si al final nos quedamos hablando solos. Gracias a este evento fortuito aproveché en desconectarme: de zafarme de otra red social. Creo que por eso debo estar agradecido contigo. Pero no puedo engañarme: me molesta de todos modos. Es algo exasperante cómo a veces se dan por finalizada las cosas. Soy partidario de que no es más que egoísmo puro; y no hablo de ti, sino de mí.  Es complicado explicarte cómo me siento. Quisiera poder describir con minuciosidad cada detalle de este fuego interno que recorre mi cuerpo y que voy liberando en esta hoja de cuaderno. Ahora el sentir es otro. No te odio, sin embargo a medida que busco razones para detestarte caigo en cuenta de que te tomo mucha importancia: que me gustas en dimensiones desconocidas: que te quiero en demasía. Quisiera poder profundizar más pero, no quiero divagar en melodramas ni mucho menos caer en prolegómenos, sólo agradecer, por todo lo bueno que me has dado, y disculparme por todo lo malo que ha pasado. Nada más que contar, por ahora lo dicho, dicho está. Cuando baje la tensión quizá las cosas vayan mejor… o tal vez no. De más está decir que sigo estando por aquí. Más afecto no se puede tener.

Alexander Urrieta

2014-04-23_16-26-50_638

Onironauta

Escribe.

Escribe.

Escribe.

Escribe y no te detengas, que este músculo no crecerá si no lo ejercitas. Mide tus palabras y trata de que encajen en la idea creciente. Expándete sin reservas. No te guardes nada. No te reprimas de decir lo que piensas. Manda todo al carajo. Lánzate a este mar tormentoso sin ninguna certeza de volver a tocar tierra, ni volver a verte. Olvídate de quién eres. Quítate ese molesto disfraz de cordura que llevas cargando desde hace tiempo, y libera de una vez a esa criatura escamosa romanticona y voraz, que tanto te aterra, pero que siempre has querido tener al mando de tus actos. Sabes que lo puedes hacer, nada te lo impide. Ya ves que fácil es. Mírate. Qué bestia más extraña eres. No te pareces a ninguna criatura de Dios, si acaso existe alguno. La reconoces en el espejo. Es tu presente, que con recelo y miedo mantienes oculto de la gente. Es este tu interior: tu estado de furia y lamento, de alegría y pasión desmedida. Qué secretos fascinantes tienes guardados. Cuánta destreza escondes debajo de esa piel mefistofélica. Qué es lo que te motiva a escribir con tanto desenfreno. Canalla sin rumbo. Triste vagabundo. Quiénes le dan ese impulso mágico a tus palabras. Cuántas amantes marcan el rumbo de tu bolígrafo, porque es algo evidente que sólo con una musa tu alma no se llena por completo. Eres un espíritu libre: no le perteneces a nadie, ni tampoco exiges tener a alguien. Estás claro de que la gente al final termina haciendo lo que le da la gana. Cuántas veces te han lastimado por haber dado tanto. Cuántas veces has experimentado el placer de dar y recibir, a pesar de que nunca has dado crédito a la reciprocidad. Tiendes a ser tan patético pero al mismo tiempo tan hermoso. Onirorauta empedernido. Eres incrédulo, pero jamás te has privado de amar. Eres un fiel creyente, pero por nada del mundo te entregas por completo. Supongo que por esa razón te escondes en tu hermética fortaleza, para evitar represalias. Tienes miedo, pero no te preocupes, eso le ocurre a todos. El mundo tiende a ser cruel con aquellos que se exponen mucho, pero no por eso te vas privar. Cada silencio cuenta. Cada palabra también. Cada palabra que digas será un atentado a la realidad. Así que, criatura escamosa, ponte a trabajar. No des crédito al sosiego, sonríe hasta que la cara se canse de tu dicha. No espantes la tristeza, si hay que llorar, pues se llora querido amigo. Recuerda que la risa y el llanto provienen de un desbordamiento exacerbado de emociones; iguales, pero con orquestaciones distintas. Reclamos puros del espíritu: ejecutados por la eximia comisura de los labios y la indefectible compañía de las lágrimas. No vayas nunca a olvidar esto. Tu papel está en la tierra, no en los cielos. Acóplate siempre a las oraciones más sinceras, sin importar lo duras que puedan llegar a ser. No permitas que la soledad te destruya en un arrebato de emociones. Aléjate del vicio, que te está matando. Regocíjate viejo amigo, pero hazlo con cautela. Llénate de euforia cada vez que caigas en cuenta de que tu corazón a pesar de tanto sigue latiendo todavía. No perezcas: No te defraudes: No te descuides precioso idilio, que tu corazón errante y arrítmico por ahora no se detendrá. Consérvate en el tiempo, dejando rastros de memoria escrita en aquella boca que te invoque en la ausencia. Descarga sin arrepentimientos tu malicia por todos lados. Asume la carga de lo que eres, porque de algo tienes que estar seguro: si el diablo existe, entonces debes ser tú.

Alexander Urrieta

2014-04-20_09-04-10_527

Botellas

Querida brisa caribeña, hoy andas complaciente conmigo. Aciertas en todo, y me gusta mucho con qué facilidad detectas el vacío que esta compañía a mi lado jamás encuentra ni llena. Espuma de mar, tú sí que sabes llenar con pureza y habilidad. Atardecer colosal, con tu brillo solar si que sabes calmar a este demonio citadino, no como esta amante incierta que se asoma de vez en cuando; no como esta botella medio vacía incrustada en la arena; no como esos asuntos egoístas que surgen y se acumulan día tras día; no como esos caprichos formados en cuidad. Tú eres distinta. Siempre estás ahí, y jamás lo reprochas al mundo. Tu dulzura se propaga por todos lados. Eso lo sabes muy bien. No puedo explicar exactamente cómo me siento. No sé si es el hambre o el trasnocho. No sé si es la bebida que genera este estado mío tan susceptible. No sé si es la inmensidad de la playa que me dopa y me pone en un estado risueño, con mi cuerpo desnudo sobre la arena, sin nada de trapo molesto encima, manteniendo el vuelo alto con pensamientos sabrosos y amenos. Pienso, y en un susurro de piedras me pones la piel de gallina. Pienso otro poco más e intento recrearte. Cómo plasmo tus curvas en un verso; cómo te doy el encuentro en medio de este mar y cielo; cómo alargar un beso en estas orillas; cómo logro tener tu cuerpo entero; cómo logro zafarme de este caos interno provocado por tus tormentos. Vamos a ver. Voy a hacer el intento. En soledad escribo y no me detengo. Lo admito. A mí me gusta escucharte. No sé si se deba a una cuestión de acento, química o dialéctica, o porque siento que estas ahí para mí, trayendo contigo algo exclusivo que en un breve espacio de tiempo lo puedo considerar tuyo y mío, aunque, claro está, que el Nosotros jamás es un tema de conversación. Te imagino de muchas formas, me das el chance de ser creativo contigo y conmigo. Te dibujo en mis pensamientos como quiera, a pesar de que veces te siento caprichosa y temerosa pero, qué importa, así aprendo a quererte, más por defectos que por virtudes, porque es en los días malos querida mía, donde debo saber cómo darte cariño. De qué sirve tanta perfección en esta vida. Para mi eres divina tal y como eres, y digo divina porque eres algo único, exclusivo. Cómo con tanta distancia puedes sacudir mi universo caraqueño. Supongo que es tu palabra. Es por eso, debe ser tu boca. Sí. Porque así es como has atrapado a este bicho hombre: con hilos de ideas provenientes de tan lejos. No es que sea presa fácil pero, debo admitir que usted sabe cómo hechizar y encantar a este loco viajero. Ahora no sé si estoy delirando. Todo se intensifica. Este sabor de cerveza que cargo en mi boca. Este olor a cigarrillo impregnado en mis dedos. Este pensamiento rimbombante de tenerte en mis brazos. Esta impotencia desquiciada de saber que no vamos a ningún lado. Ese placer ilusorio de sentir tu frío de hielo mezclándose en mi saliva. Esta sensación de vértigo en cada proceso de combustión. Creo que la bebida está haciendo efecto, y te escribo sin remordimiento, confesando mi estado de náufrago, de lobo marino solitario, que en medio de estas botellas danzantes y bamboleantes pide perdón, arrastrándose en la arena.

Alexander Urrieta

IMG-20140401-WA0004

Sigue las huellas de las ficciones