La calle de los hoteles

“Most of life is so dull that there is nothing to be said about it, and the books and talk that would describe it as interesting are obliged to exaggerate, in the hope of justifying their own existence. Inside its cocoon of work or social obligation, the human spirit slumbers for the most part, registering the distinction between pleasure and pain, but not nearly as alert as we pretend. There are periods in the most thrilling day during which nothing happens, and though we continue to exclaim ‘I do enjoy myself’ or ‘I am horrified’ we are insincere. ‘As far as I feel anything, it is enjoyment, horror’ – it’s no more than that really, and a perfectly adjusted organism would be silent.”

E.M. Forster – A Passage to India

Hace un par de días estuve en el bar “La Barquita”, un anexo ubicado en un hotel asqueroso por Plaza Venezuela. Había quedado encontrarme con un tal señor Mendoza para entregarle un pedido cuyo encuentro se había postergado por tres meses a causa de la pandemia: Historia Natural, de Plinio el Viejo, dos tomos, biblioteca básica Gredos, tapa dura azul oscuro, dos mil uno. Aburrido pedí una Zulia. Agradecí que estuviera en una temperatura adecuada, una temperatura ideal para tomarse una birra decente en un espacio desolador como ese bar, que tenía el descaro de tener un letrero en la entrada que decía Lujoso Ambiente Familiar en letras de caligrafía palmer. Horrible, una estética condensada de un país que afortunadamente ya no existe.

La tipografía freudiana me trasladó a rincones oscuros de mi infancia, cuando intentaron en más de una ocasión obligarme a escribir con la mano derecha porque no era cosa digna de dios ni de dioses hacerlo con la izquierda. Contra todo pronóstico, gracias a la gestión de un papa alemán pederasta, se derogó aquel presupuesto medievaloso y se concluyó que a fin de cuentas los zurdos no tienen inclinaciones malignas. Quizá genocidas y megalómanas, pero nada de rastros infernales designados por un prejuicio divino. Al fin y al cabo todos somos malos, por lo tanto no podemos prescindir de las máscaras, del selfie, los estados, las apariencias líquidas, del azúcar y los amantes.

“Digamos la verdad: la tierra nos proporciona el remedio de los males, nosotros lo convertimos en el veneno de la vida” (Plinio el viejo).

La vida personal no tiene mucho para mostrar. Exageramos sobre aquello que consideramos de cierto interés solo para hacer alarde de una vanidad temporal: volver interesante algo que en definitiva no lo es: nuestras rutinas, los precarios logros, el pésimo sentido del gusto, nuestro ensombrecido ego cargado de filtros y fondos musicales, patético; pero eso no es lo importante, cada quien hace lo que quiera, no obstante ahí está el meollo del asunto, la costra deliciosa de la vida. Me interesa más eso que se oculta en las falsas maniobras, en la interacción excesiva, la realidad omnipresente: la del ser humano sufriente. Aquel “incapaz de vivir con plenitud, incapaz de lanzar por la borda los problemas autocreados, incapaz de ponerle fin al dolor; el ser humano víctima de su propia psique, de sus opiniones, sus ideas, sus prejuicios; el ser humano ahogado por su miedo –el telón de fondo real de su vida–; el ser humano crucificado por su existencia mecánica, vivida como repetición, llena de rigideces; el ser humano, que “proyecta” su angustia en todo lo que hace, creando división, sufrimiento, agonía; el ser humano atenazado por sus propios productos: odio, afán de notoriedad, deseo de poder, todo para no verse y para sentirse y para compensar su poca importancia en el cuadro de las cosas; el ser humano consciente del desastre que ha creado y sigue creando, pero como imposibilitado para detenerse”(Cadenas).

Así esperaba a Mendoza, retomando con tal grado de obsesión los temas triviales de una práctica pasajera. Era muy claro que el ambiente del antro me había alterado los estados de ánimo. Se había ido el año, pensaba, y ha sido todo un tanto espantoso pero muy grato. Las mejores anécdotas se resumen a encierros y lecturas, a una forma de trabajo esclavista, de tipo yo elijo mi horario pero apenas soy dueño de mi circunstancia. La universidad me enseñó unas cosas puntuales que en el mundo real no me sirven de mucho. “En la facultad nos enteramos de que estamos hechos de defensas, escudos y armaduras, de que somos ciudades cuya arquitectura se limita a murallas, torres y fortificaciones: un país de búnkeres” (Tokarczuk). No podemos aplicar nuestras lecciones de anatomía sin caer mal a los que conducen su destino con mediocridad. No se vive de las palabras ni mucho menos de las ilusiones que provienen de ellas.

Abrí al azar una página de Historia Natural porque no podía conformarme solo con pensar acerca de lo triste que es confundir la zurdera con un estado fijo del alma, una tendencia de la época que arrasó con la fiesta del pensamiento. “Advertimos por las tempestades que ha pasado una constelación, y no solo por las lluvias y las tempestades sino por otros muchos síntomas en los cuerpos y en el campo. Hay personas que resultan afectadas por el efluvio de la constelación, otras sufren en determinados momentos perturbaciones del intestino, músculos, cabeza y mente…Desde luego ya personas muy perspicaces averiguaron que por la influencia de la luna aumentaba y luego disminuía el tamaño de las ostras, de los moluscos y de las conchas en general, incluso los lóbulos del hígado de los ratones de campo respondían al ciclo de la luna y hasta un bicho minúsculo como es la hormiga notaba los influjos del astro”(Plinio el viejo).

¿Cuántas constelaciones de estrellas se han extinguido sin saberlo a razón de tantas destrucciones? Tal vez en la academia nos enseñan a desarrollar retóricas sobre esta serie de gestas, pero apenas nos dan tips para evadir o acometer con inteligencia los problemas más simples de lo recurrente: el peso variable de la existencia, el valor de nuestro conocimiento. Deberían proponer materias optativas donde enseñen a la gente a vivir estoicamente. La experiencia universitaria terminó siendo para mí una decepción. Debe ser por eso que muchos terminamos haciendo algo muy distinto a eso que durante mucho tiempo nos estuvimos preparando para ejercer. Vendo libros ahora de manera aficionada. No sé hacer otra cosa.

Hay una amargura mercantil en el hecho de terminar vendiendo tus libros. Esto claro, lo estuve pensando mientras esperaba al tal Mendoza, tomando mi Zulia a una temperatura adecuada, evadiendo que el haber estado allí en ese bar fue más por una búsqueda de emprendimiento que por un gusto sostenible: de que estoy desempleado, así que soy mi propio jefe. La única forma de sobrellevar la miseria diaria de izquierda es vender libros. Ser librero es un oficio ambidiestro y camaleónico, errante si no tienes local fijo del cual jactarte, al menos uno que te pertenezca de manera legal, sin la necesidad de ir buscando clientes fijos por WhatsApp o vías clandestinas, de boca en boca, como si lo que ofrecieras se tratara de potentes ácidos, como el libro de Plinio el Viejo, Historia Natural.

Había terminado la cerveza cuando se acercó a la barra un tipo que no era ni joven ni viejo. Asumí que era Mendoza. Dijo mi nombre y asentí. Nos presentamos formalmente, en el gesto tácito que no permite mayor extensión acerca de lo que en realidad somos. No me gusta quedar en hacer una cosa en dos lugares distintos el mismo día, dijo Mendoza, prefiero unir los asuntos en un mismo sitio por un tema de circunstancias. Usted comprenderá, el hotel es la razón principal de que usted esté aquí. Lamento haberlo hecho esperar tanto. No se preocupe, le dije mientras me daba cuarenta dólares en cuatro billetes de diez y se llevaba los libros. Afuera del bar dos mujeres escotadas y gruesas esperaban fumando.

¿Tienes más libros de Gredos a la venta?

Creo que sí, las Elegías de Propercio y otro de Lírica griega Arcaica ¿Le interesa alguno?

Ambos. El de lírica griega es interesante, en particular cuando hablan de Estesícoro, el poeta que contaba historias en las fiestas, fundador de la lírica coral internacional, puente que une los relatos épicos de Homero y Hesíodo, fue un poeta prolífico. Pero por los momentos me inclino más por las Elegías de Propercio. Es un libro raro y hermoso, difícil de encontrar: “¿Qué hombre cumple las promesas hechas en medio de la tempestad, cuando a menudo en el puerto flota un barco destrozado?” Sabes, el barco es el amor, todo lo que naufraga termina, incluso antes de haber empezado, no sale del puerto ni siquiera antes de emprender una tormentosa travesía, por eso a veces ciertos hombres sufren tormentos de amor en tierra y se vuelven locos. “¡Maldito el primero que equipó una nave con velas y se abrió camino contra la voluntad del mar!”. Me sé de memoria algunos versos. Sobre la primera maldición y la invención, protos heuretés, hay una larga tradición literaria sobre la navegación. Tienes a Sófocles con su Antígoga, las Odas de Horacio, la Medea de Séneca, las Silvas de Estacio…En fin, disculpa, ya no quiero quitarte más tiempo. Me están esperando. Quedamos pendiente con Propercio.

No supe qué responderle a Mendoza, lo único que pude decirle fue que por las Elegías podía ofrecerle un descuento, pero que el próximo encuentro no fuese en el bar de un hotel. Se negó ante esta condición. Dijo que solo en lugares así estos negocios tenían sentido. Se iba alejando a la puerta y las mujeres se palpaban sus robustos cabellos con ansiedad de rutina. Entienda mi preferencia a estos lugares desiertos y silenciosos para el lamento, decía. “Aquí se puede dar rienda suelta sin castigo a las penas calladas, con tal que solo las rocas puedan guardar el secreto”, le dejo esa última de Propercio. Feliz año.

Al salir se llevó a las dos mujeres en cada brazo extendido, en la entrada del hotel vi cómo le frotaba las nalgas a la que estaba a su derecha mientras ellas se meneaba con una lentitud que me dio hasta envidia. Tenía hambre. Pagué la cerveza y salí de la Barquita. Afuera la calle de los hoteles estaba como siempre, indiferente y cómplice. El cielo anunciaba un tiempo de lluvia.

El penúltimo día del año. Había olvidado ponerme el tapabocas. Me dio igual. En el camino estuve pateando una lata de soda. Llegué a la conclusión de que no tenía una vida interesante, con mayor razón debía volver a la calle de los hoteles, y que además si quería saber más sobre temas de navegación tenía que leer con más cautela a los griegos y latinos. Vivir sin duda es más importante que leer, pero leer ayuda a vivir. Desde las alturas siempre hay alguien observando. Hay que seguir construyendo.

«El hombre que imagina que a la deidad sus obras se le ocultan, cierto se engaña» (Píndaro).

Caracas, 30 de diciembre de 2020

Alexander JM Urrieta Solano

«Esta es la única certeza: peones somos de la misteriosa partida de ajedrez que juega Dios. Nos mueve, nos detiene, nos levanta y nos arroja después, uno a uno, al abismo de la Nada.»

Omar Khayyam – Rubaiyat

Recortes de red social III

 

La broma (18 de Marzo)

Un amigo en España me contó sobre su situación de encierro. Me habló de la echada de bolas al hombro del gobierno español y la irresponsabilidad de sus paisanos, que todavía no entiende qué otra cosa están esperando que suceda para que se tomen en serio su condición crítica. Por los momentos se encuentra bien.

Otro amigo en Canadá habla de que apenas ayer o anteayer decretaron estado de emergencia en Ontario. Que también el servicio de detección del virus toma mucho tiempo y que se le da prioridad a las personas que básicamente estén bien jodidas, así como también casos puntuales de personas con diabetes y problemas de la tensión; los demás tienen que esperar. Me dijo que la paranoia es grande, y que posiblemente la semana que viene no vaya a trabajar. Uno de sus compañeros, más que un posible caso de contagio, orbita su angustia en el pago de la renta: de dónde va a sacar el dinero.

En Perú se han registrado 145 casos. Un primo en sus estados comparte con la familia que la gran pregunta que se hacen todos sus compañeros inmigrantes, luego de asumir de tan mala gana la cuarentena, es el cómo van a hacer para pagar el alquiler. Uno dice que bueno, que las personas tienen que entender la situación y no deberían cobrar, pero esa persona que tiene que cobrar cómo hace para mantenerse, aparte que cómo hace luego para pagar los servicios elementales de agua y luz, que ya de por sí son más costosos que el mismo alquiler.

En Colombia han tomado la misma medida. Lo que tienen en común todos los países son las incongruencias que nos llegan a parecer absurdas e inhumanas, pero es la democracia occidental en acción. En el trabajo donde está mi hermana, en El Poblado, punto de referencia turístico en Medellín, luego de una reunión de jefes y personal se acordó que no iban a cerrar. Muchos locales y restaurantes por donde ella está han mandado a casa a su personal. El jefe de mi hermana en vista de la situación consideró que no están en posición para cerrar, y si se llega a la situación extrema de que sea obligatorio hacerlo, los días que manden a la gente a su casa no serán remunerados.

Otros locales han tomado la vía de liquidación de personal para seguir funcionando. Mi hermana junto a sus compañeros de trabajo están todos los días expuestos al trato de los extranjeros, que para colmo, uno que otro lanza regaños y malos tratos al personal: porque cómo es posible que no estén protegidos, irresponsables, y uno se pregunta qué coño hace ese saliendo a la calle; pero al final el cliente tiene la razón. La situación del personal es la misma: sin los pagos no sobreviven al próximo mes.

La mamá de una compañera de mi hermana ha estado enferma y parece que presenta los síntomas del virus. Hay un servicio telefónico para reportar el caso pero las líneas están colapsadas, dependiendo del caso, si es muy grave se manda a un médico a chequear la situación. Se les dijo que al cabo de dos horas se le devolvería la llamada, cosa que no ocurrió. La amiga comenta su situación en el trabajo y el jefe asume que lo que dice es una exageración, que eso tal vez se trate de una simple gripe, y que oficialmente en Medellín se han registrado 5 casos, por lo que es casi improbable que se haya contagiado. Ella quiere pasar más tiempo con su madre, a lo que le dicen que puede hacerlo, pero que esos días que falte le serán descontados. Se puede recurrir a un artificio laboral: como solicitar vacaciones de acuerdo a la ley, ¿pero después de eso qué?

Aquí en Venezuela se concentra la suma de todos los miedos. Un poquito de todo, dentro del marco de lo cabe contar, porque se comete el error de comentar lo mismo con otras palabras. Se resuelve como siempre se ha hecho: improvisando, evitando las trivialidades de conocidos que parecen haber empeñado la inteligencia el algún tweet o en un elogio al aburrimiento, pues la cuarentena ha sido un escenario para ver cuánta gente le ha resultado insoportable la pausa forzada. Encarar la soledad.

Ante esta situación pienso en Kafka. Todos los casos que cuento me llevan a su obra de «La Metamorfosis», en donde el argumento de la obra gira en torno a una situación igual de obvia pero que la reacción genera una situación más absurda que la otra: Una vez que Gregorio se despierta convertido en un monstruoso insecto, la preocupación más grande de la casa, del padre severo de Gregorio, no es que su hijo sea un monstruo, sino que ahora ante la idea de tener que lidiar con ese monstruo, ¿quién será ahora el que pague los gastos?, ¿quién pagará la renta?.

Es la ironía de la literatura, de la vida misma, que nos reprocha su condición absurda en las versiones personales de otros. Esa es la broma.

X Æ A-12 =qlq (8 de mayo)

Pusieron el agua en mi edificio cinco minutos y mientras llenaba los tobos pensé:

La oposición para su próximo evento, por respeto mínimo a los venezolanos, se tiene que poner de acuerdo seriamente y contratar los servicios de Denzel Washington. Mínimo. Que hagan de nuestra tristeza un producto digno de Hollywood, a ver si con el rating la gente se olvida de la deuda externa.

Por otra parte, el chavismo, mongoloide por afición, debería tomarse por lo menos un día de descanso para trabajar de verdad. Al menos un día que deje de vendernos propagandas de victoria y spameo bolivariano. Nunca se agobian por su labor de ponernos siempre la cara de estúpidos.

Uno se cansa de Venezuela pero a veces da la impresión que Venezuela se cansa de nosotros.

La actividad de extracción de oro y diamantes es un tema igual de irrelevante como nuestra soberanía económica y alimentaria. Tal vez si Adriana Azzi o Lacava hicieran alguna reflexión al respecto la opinión pública agregaría a sus discusiones de charco la destrucción de la fauna del país. Pero eso sería pedirle mucho seso al venezolano, porque igual no puede hacer nada encerrado, emprendiendo su negocio o haciendo ejercicio.

La expansión ecocida es un hecho. Mientras todos hablan de los pescadores, Adele Tintori y la falta de saldo de Guaidó, se declaran zonas estratégicas para la explotación de minerales en los ríos Caura, Cuchivero, Aro, Yuruari, Cuyuní y Caroní, como parte del gran proyecto del AMO, y esa fantasía llamada Minería Ecológica, donde claramente está la más horrenda intervención extranjera. (Pensemos el ahora sin esos ríos). No sabemos qué tanto lucubran los intelectuales de izquierda, cuando no admiten que los principales cachorros del imperio son los revolucionarios de sudaderas tricolor. El robo es en sí mismo una disciplina olímpica deportiva.

Militares hablando de virus y medicinas es igual de patético que ver al presidente recomendando por cadena nacional ver La Casa de Papel. Claro, con este internet que tengo puedo pasar todo el día viendo todas las series que usted recomiende mi presidente obrero, seriéfilo, rodilla en tierra ¿Será que alguien le presta la cuenta de Netflix al mandatario?

Al menos Chávez cuando estaba vivo recomendaba leer Nietzsche, Cervantes y Victor Hugo…pero eso ya no viene al caso porque el promotor de lectura está muerto. Queda su legado, y no precisamente es la lectura de algo. Queda es la generación bicentenaria, la que intercambia su oro por cualquier mierda.

Venezuela es como el nombre del hijo de Elon Musk: indescifrable, de irritación mediática y esoterismo digital. A falta de explicaciones decentes es mejor especular con el chiste. En nuestros rinconcitos podrá faltar la luz, el agua, la plata, el internet, o todas las cosas al mismo tiempo. Pero nunca, nunca faltarán los pajuos que repitan con orgullo libertad-hasta-la-victoria-siempre. Algo muy típico de los miserables.

«Este año los chamos no aprendieron nada» (4 de agosto)

La nueva modalidad de emprendimiento: combo de tapaboca y salvoconducto por el módico precio de 20$.

***
En una reunión del edificio unos padres hablaban con orgullo sobre la graduación de bachiller de su hija. No obstante aprovecharon en comentar con malestar la situación general de la educación en pandemia y del país, para mantener el status quo de las costumbres: «Este año los chamos no aprendieron nada, pero se graduaron; el fin de semana se reunieron para las fotos y un brindis, muy bonito todo, se extrañaban mucho, es lo menos que los padres podemos hacer, pero igual fue un año perdido». Yo algo en desacuerdo porque considero que siempre se aprende de cualquier situación, en eso radica la virtud de la docencia. «No», me replican, «lo que pasa es que no aprendieron nada. El colegio mandó una guía de trabajo para hacer en casa de todas las materias. Nuestra hija junto con otros compañeros del salón le pagaron a una profesora particular para que les hiciera los ejercicios de las guías. Luego todos entregaron y sacaron veinte» – «Por eso la educación de este país no sirve», dijo otro vecino secundando a los padres, que asentían como los perritos de adorno que se ponen en los carros. La situación me pareció de lo último. «¿Pero ustedes estaban al tanto de que esa profesora les estaba haciendo los ejercicios?» – «Claro, si nosotros le dimos el dinero a la niña, su parte que había quedado pagar con sus compañeros, lo bueno es que se organizaron para eso» – «Me van a perdonar, pero aquí el problema de que su hija no haya aprendido nada este año es culpa de ustedes, fueron los principales cómplices en el fracaso de la enseñanza, no entiendo de qué se quejan». Ellos me miraron como si hubiese dicho algo fuera de lugar, y lo estaba haciendo, no sé si esperaban que dijera algo sobre que Este país no sirve y que la educación y los valores blablablá. Era demasiado deprimente escuchar a esos padres hablando como si nada sobre una anécdota que no era la primera vez que contaban, y que lo hicieran con tanta normalidad y nadie se diera cuenta de lo triste del asunto. Se quedaron mudos. Y en ese silencio otra vecina, la típica descerebrada católica, intervino con otra barbaridad: «¿Pero los muchachos pudieron hacer su caravana? No sé, como están la cosas a mi me da pena que se priven de hacer un evento tan bonito. Lo importante es que se pudieron graduar ¡Dios mio, los jóvenes son el futuro del país!». Como en tantas situaciones perdí otro gramo de esperanza. Los padres no me dirigieron más la palabra. El país es muy condescendiente con la mediocridad. Aplaude la viveza y promueve el narcisismo como alternativa para salir adelante. Luego los padres se pusieron a hablar con otros de las Maravillas de tener pasaporte extranjero, y que su hija está presionando para que todos se muden a Madrid, «porque allá es otra cosa, hay orden y valores».

Estas son las menudencias de la familia venezolana. Usted ya tendrá sus propias versiones.

Alexander JM Urrieta Solano

Recortes de red social II

Recorte de red social I

Leer y escribir en un país invisible

¿Cómo aprendemos a leer desde una mirada más atenta y respetuosa hacia lo desconocido? ¿Cómo recuperamos el sentido cohesionador que tiene la lectura, y que nos brinde la posibilidad de afrontar la realidad y luchar para poder cambiarla?

“Es difícil que una literatura importante se escriba y, aún más difícilmente se lea, en una sociedad sin madurez política, sin una práctica efectiva de su existencia. En ese tipo de sociedades, y la nuestra no es la única, es posible dejar pasar toda una vida sin conocer la pertinencia de la palabra propia. Al igual que con la comida y otros productos, la economía de importación resta posibilidades y acumulaciones, limita los números, los consumidores. Es esta otra pobreza: la de sólo estar en el mapa como un pedazo de tierra, como una dirección postal que despierta únicamente asociaciones geográficas. El restringido gran catálogo de la sociedad de consumo convierte casi todo en fiesta folklórica, en formas de desposesión. Tenemos cosas: los Burger King, los sistemas políticos, los ejércitos, las películas, los libros que desposeedores de la globalización hacen que estén en todas partes. La posmodernidad es un experimento en claustrofobia.

Eduardo Lalo – Donde

—Mira Bubú, están anunciando la FILVEN…

—Pero si en Venezuela no hay una feria internacional del libro. Eso no existe. En tal caso el nombre del evento está mal. En vez de FILVEN eso tiene que llamarse la FILChVEn: Feria internacional del libro Chavista de Venezuela. Las cosas como son. Ese nombre es una exageración literaria. Internacional los gatos que asumen las posturas revolucionarias, los que vienen a este Hotel con todo pago y les hacen el tour por el mausoleo y el cuartel de la montaña, esos invitados son lo más internacional que podemos tener; aquí nunca vamos a ver novedades ni editoriales transnacionales, sabes, esa experiencia orgiástica del mundo real, de ese mercado grosero del libro, donde hay más chance que los autores lleguen a los lectores que se merecen, ya sea por exceso de plástico o puro azar mercadotécnico, donde no hay bloqueos ni sanciones, donde no hay necesidad de consignas necrófilas, ni de poner televisores empotrados en los puestos con el canal oficial del Estado transmitiendo propaganda en mute; aquí nos sale la pura resistencia miope, la edición gratuita y panfletaria, porque no hay presupuesto para cuestiones opíparas. Aquí lo que da la talla son los libros de segunda mano, siempre (nojoda).

—El negocio del libro es muy parecido al de las hortalizas. Un buen editor sabe que los productos se encuentran en los grandes mercados.

—Bueno Máximo, al final tenemos derecho a nuestra propia versión de lo Internacional. Tú sabes que la revolución es siempre alternativa, siempre haciendo un spin off de lo incipiente.

—Nos podemos pasar por el forro la literatura, igual las altas gamas están convencidas que en este país la gente no lee, no necesita hacerlo. Nunca lo han hecho, aparentemente. Total, aquí la gobernanza cultural es administrada por un gremio de cafishios, esos que otorgan presupuestos a las iniciativas culturales pertinentes, a las afinidades selectivas de ciertas posturas ideológicas.

—Aquí no lavan ni prestan la batea. Hablar de lo politizada que está la vida es casi una obviedad.

—Primero la política, luego lo otro, si es que sigue importando.

—Este país está enfermo. La polarización es una unidad métrica infalible, una vara para medir toda circunstancia. En ella se mide el precio diario del pan, el infravalor del bolívar, la factura de los servicios, la servidumbre voluntaria, la colas de ministerios y bancos, las condiciones de los espacios, los monopolios de la memoria y también, ¿por qué no?, nuestras inclinaciones a ciertos autores y eventos, a una fascinación por cierto tipo de creatividad, una atracción fatal a ciertas formas de inteligencia. Un caso concreto son las ferias del libro, por no hablar de las tantas aristas culturales del país, precarizadas por la negligencia bola de nieve.

—Un verdadero librero en este país le sale un oficio ambulante.

—El Gobierno tiene su feria, sus productos, sus eventos y sus intelectuales; la oposición también tiene sus adláteres y su reinvención de estéticas, bajo las mismas lógicas, pero juegan a la irreverencia; es lo más justo, que cada quien tenga su idea de lo que es democracia. Si no tienes chance en la FILVEN tal vez puedas tener sitio en la FLOC, si no te agrada La Feria del libro de Caracas te vas a la Feria del libro de Chacao, en algún lugar hay sitio para venderse.

—Usted es Team Cerlarg o Team FCU. Imagina un simposio organizado por ambas instituciones. Un híbrido fabular que quiera vendernos la esperanza de posibles cohesiones a través de una congregación de cerebros que al menos pretenda haber aprendido a dialogar con los distinto.

—Unos hacen poesía revolucionaria, otros de la resistencia. Unos hablan de una ley contra el odio, otros de la violación de los derechos humanos. Hacen antologías poco memorables de su versión del país. Ambos sin mucha contemplación han aprendido a censurarse entre ellos mismos. Pues así funcionan las élites, por no decir ciertas mafias, que creen que la cultura es una maniobra de control, y en parte lo es. Cada uno tiene su tolete para la comodidad de sus consumidores polares.

—Las fiestas de la cultura son privadas. Cuando estás adentro es muy difícil que entiendas lo que ocurre afuera. Sucede que ahora muchos artistas afanados en un ejercicio de vanidad le dan más importancia a su imagen, descuidando terriblemente su obra. Ahora los versos para que tengan fuerza necesitan la compañía de un selfie, una historia de 24 horas ¿Eso es necesario?

—El narcisismo pone en evidencia toda falta de originalidad. Afortunadamente olvidamos con facilidad todo. Cosa horrenda es un artista narcisista al servicio de un régimen, porque obviamente no vas a morder nunca la mano de aquel que publica tus menudencias. No sé si sea por la polarización lo que propugne que se publique poesía tan mala, y de ambos lados, tal vez porque lo político, la rencilla y el oportunismo, antecede a los versos.

—Tantos libros que se publican solo para existir, de esos que no necesitan ser leídos.

—Hay que contar con cierto cinismo para moverse en ciertos medios.

—Si quieres anular la estima que tienes por cierto escritor síguelo en Twitter, para que veas que es otro pendejo, un cómplice más de la circunstancia; contrasta su obra con la insistencia que tiene de opinar en toda clase de tendencias (incluso en lo temas donde no tiene la menor idea de nada), a ver si altera la cifra personal de seguidores con alguna frase-cita precoz. Y más si se relacionan a la política. Y mucho más si se trata de la cultura, que cuando conviene le duele a todos.

—Pasa también con los autores que se dedican a hablar mal de un autor, o destruir un libro. Imagina qué fuerza hay que tener para dedicarse a concatenar ideas que no sirven para nada. Pero más si ese autor tiene inclinaciones opuestas.  

—¿Lo dices por el premio Rómulo Gallegos? Ayer me entusiasmó mucho que  compartieran el veredicto y el libro del premio de este año. No lo he leído todavía, pero vi varios hilos despotricando la novela en redes. Pero creo que va más por las inconformidades políticas, porque es un premio sucio que otorga un dinero sucio a obras que hablan de temas sucios que van en concordancia con el discurso sucio de un gobierno sucio, que además tiene una fama bien consolidada de jugar siempre sucio. Igual creo que la novela tiene que defenderse sola. Que el premio sea otro espacio para el chavisteo y que digan que se perdieron los valores, otra vez, es algo ajeno, pero en contraste con los demás premios que hemos mencionado acá, la diferencia es desde dónde se anuncia el premio y su contexto, que es caótico igual, y lo vemos por las reacciones tan agresivas. Un resentimiento de años, muy nocivo para la salud y el desarrollo de talentos.

—Los premios ya no importan. Ese en particular valió verga, se chavisteó. Los premios no hacen que un libro sea mejor. Aquí parece que les duele otra cosa, les duele el dinero, les duele en el fondo saber que no pueden ganar tal rubro simbólico porque no están las condiciones dadas para ganarlo. Sin embargo, «los grandes premios -digámoslo ya- están siempre dados, pero en jugar contra «dados marcados» consiste la pericia de un verdadero maestro». Y en este país desgraciadamente, aunque no se diga duro, no hay todavía ese tipo de maestro. Un maestro que logre captar lectores por encima de las preferencias religiosas y la ofensa. Un maestro total para buenos lectores, con tal destreza en su voz que sea capaz de cohesionar. Un maestro que se dedique tanto a su obra que los lectores se fulminen en ella. Un maestro apto para todo público, uno que logre ganarse el desprecio de los mediocrezuelos de ambos lados, caras de la misma moneda. O es que no entiendes Bubú, que somos un país marginal, varado creativamente, mientras en el mundo real circulan con arrogancia las historias a base de polietileno. Actualmente no hay algo que pueda decirse con propiedad literatura venezolana, hay literaturas pero de segundas divisiones, de riñas de gallo, que pasan muy desapercibidas. Es un tema poroso, me refiero que como tal no hay a una literatura mayúscula, comprometida consigo misma, que le brote la espuma entre las páginas, que despierte admiración y envidias a base del talento, no de la suerte ni la situación política. Hay de sobra, eso sí, obras ensimismadas, autores vanidosos, que a conciencia han reducido la industria creativa local a una disputica de junta de condominio. Y todo igual se mueve. Hay que estar atentos a los ninguneados. Ellos están por ahí, acumulando una rabia de años, un vómito verbal para desquitarse en el momento menos pensado. O tal vez no. No hay que armarse expectativas acerca de la obra que tampoco somos capaces de escribir.

—Se tiene que sopesar reconocimiento con calidad.  Llevar un seguimiento minucioso.

—Esto me recordó el lamentable caso del Bot Poeta venezolano galardonado. Eso fue un chiste cruel, tristecruel, porque de repente a todo el mundo le interesaba la poesía y la opinión pública en su taradez hablaba de los valores inmersos en ella, pero el interés por algo se confunde con la tendencia del momento, importa porque se habla de eso al momento. Al día siguiente había muerto todo. Es más, el 12 de octubre se hizo la entrega del dinero y la publicación del libro y no pasó nada. Luego salió una entrevista, que no sabemos si fue real, donde el Bot-Poet decía que había recibido bullying en Venezuela por parte de los poetas venezolanos… ¿Qué poetas?

—A nadie le importa la poesía, lo que indigna es la plata, esa forma infame de ganarse la vida escribiendo, duelen los 20 mil euros porque no son para uno. A la semana siguiente vino la redención. La España imperial compensaba esa amarga ironía otorgando el García Lorca a Yolanda Pantin, 20 mil euros igual. Si hacemos esa comparación resulta hasta más lamentable todavía. Todo el asunto de los premios. Desde allá se otorgan títulos sagrados para toda clase de textos. Así se calman a las masas virtuales de humillados y ofendidos. Cómo la sutileza de un premio le calla la boca a todos. El mercado ha cambiado las formas de leer. Con relación a los premios, he tenido que hacer el seguimiento comunicacional del premio Planeta 2020. Y no hay mucha diferencia, Planeta va siempre por lo seguro. Luego te basta con leer o escuchar las entrevistas tanto de la ganadora como de la finalista para perder todo interés en las obras. En este segmento literario no se habla de la obra como tal (eso en realidad no tiene ni la más mínima importancia), se habla es de cifras, de superventas, de followers y que las mujeres también pueden escribir, de estrellas televisivas que en su tiempo libre y en secreto hacen novelas de supuestos temas tabúes que nadie habla, de obras que igual no sabemos si son buenas, pero si que venden mucho. Aquí no hay censura pero si formas de edulcorar la realidad, solo tienes las referencias métricas, una numerología y algoritmos que te dan una idea del termómetro lector de España (y hasta del mundo hispanohablante en general).

—España es el Silicon Valley de la literatura, las reseñas de los libros parecen claramente payolas, si es como la música, todas dicen lo mismo, cifras, reseñas de contratapa, pero ahí medianamente ves las reseñas de los pequeños blogs, de los lectores que destruyen las obras porque no tienen nada que perder, pero que igual quedan sepultados por toda esta maquinaria de mercadeo. Desde España, y digamos desde sus grandes oficinas transatlánticas corporativas, se “crean” –hablando como un lector de Bourdieu– escritores y escrituras para el denso mercado de la lectura; en ese stock está aquel servicio apartado: los  “latinoamericanos”, una marca registrada aparte.

—Nuestra región es vulnerable a la dependencia, a cualquier estornudo geopolítico, a la asignación de prestigio literario. Nos quitan y ponen. Las literaturas latinoamericanas son organizadas y jerarquizadas de acuerdo con estándares estomacales que responden a las necesidades de una aceptación internacional, pero en base al filtro arbitrario de la industria cultural española, a sus dinámicas de consumo básicamente. Nosotros no estamos invitados a ese circo editorial. No hay promociones, no hay inversión porque el país tomó el libro para perpetuar su propaganda, haciendo que la producción de otros productos se cercene, se deprima, por eso deliramos cuando alguien fija la lupa en nuestro territorio. Da igual si es un artista creado por los algoritmos o un artista que ha dedicado toda su vida al cuidado de las palabras.

—Aquí la región la tiene ruda. Hay una industria fragmentada en un duelo a muerte por la circulación. Están las editoriales independientes que se mueven en una lógica de emprendimiento duro, frente a esas grandes maquinarias editoriales que apuestan por la circulación transnacional del libro, inyectando ejemplares al mayor en franquicias y redes. Se rinde cuenta a los horizontes externos. Pasa que para ser leído en tu país tienes que hacer tu nombre en otro lado, volverte una marca de importación, junto a las aceitunas y el cacao para hacer chocolates ferrero. Entonces las pequeñas casas tienen que hacerse una peña entre ellos, hacerse notar ante las grandes agencias que imponen sus cánones, una hegemonía de la lectura.

—Pero hablar de Venezuela es un caso aparte, un paréntesis. Aquí no hay industria, ni franquicia, y los autores parece que se han desentendido de los lectores. Cuesta llegar a ellos, ¿pero acaso ellos logran acercarse? Se depende del Estado, que lleva sin asco un autoritarismo de la cultura que vuelve mierda todo lo que toca. Aliarse al Estado es condenarse al olvido, a que solo te lean los amigos; eso no es mercado, es solidaridad, y la revolución abusa mucho de esa palabra.

—Entonces piensan que lo gratuito a pérdida hace lectores. Entonces piensan que un eslogan como #LeerDesbloquea es una buena idea publicitaria. Entonces el género totalitario es una tendencia de las circunstancias. Entonces la literatura de diáspora es un género de moda superficial porque parece que no se puede vender otra cosa. Este último junto con la poesía motivacional de café y lluvia son géneros aburridos y de mal gusto.

—Para ser una verdadera molestia tendrías que ganar tanto el Gallegos como el Transgenérico. Tiene que ser una promesa, una criatura sumamente enferma y concentrada en la construcción.

—Pero eso ahorita lo veo muy difícil. Primero hay que sobresalir. Entregarse a una gimnasia de la ingratitud. Esos son los escenarios disponibles dentro de un totalitarismo corporativo: un país embrutecido por la política.

—Mucha atención estanca y atrofia la creación.

—Hay que recibir al fracaso con los brazos abiertos.

—Habría que reflexionar con mayor tacto acerca de nuestros problemas de manera introspectiva y crítica, sin caer en fanatismos, tan comunes en esta era de tribalismos, donde nos sentimos muy cómodos opinando en espacios donde se piensa igual y las ideas se vuelven más radicales y homogéneas, ignorando las virtudes del diálogo (que solo es posible con el otro) en medio de tantas incertidumbres y crisis. En Venezuela planificamos un porvenir que con dificultad apenas logramos descifrar: salir del subdesarrollo, estabilizar nuestras economías, superar las corrupciones institucionales y construir democracias más sólidas; todas parecen decantar en quimeras que alimentan una nostalgia que obstruye otras formas de contemplar horizontes más lúcidos. ¿Desde cuántas lecturas intercaladas podríamos sacar soluciones más acordes a nuestros contextos y problemas nacionales? ¿Cómo aprendemos a leer desde una mirada más atenta y respetuosa hacia lo desconocido? ¿Cómo recuperamos el sentido cohesionador que tiene la lectura, y que nos brinde la posibilidad de afrontar la realidad y luchar para poder cambiarla?

—Me parece que como la política implica que todos te quieran entonces se puede prescindir del compromiso. Se escribe para llamar la atención, para que te quieran, que reaccionen pero que se limiten a comentar la entradas, por eso hay autores tan irresponsables, por eso abunda la producción de contenidos incesante que no llegan a ninguna parte. Hay una nueva literatura que está saliendo de aquellos que están ladillados del secuestro del país, esa por supuesto es una expresión ninguneada, raya en la mofa del espectáculo, y ese tipo de expresión es tal vez por lo que vale la pena apostar. No sé.

— ¿Apostar por otras formas de lucro?

—Claro. Escribir es un ejercicio de prostitución. Es una actividad voluntaria y muy mal vista, si te pones a escribir sobre lo que piensas realmente. Cuando se hace al margen, o al otro lado como tú mencionas, es una maniobra de libertad. Pero si lo quieres hacer desde la institución literaria es una impostura, tus palabras rebotan como en un juego de squash. Alguien se ofende. Caes mal porque tienes el alcance para hacerlo, sabiendo que en tus palabras puedes plomear tanto a ladrones como gente inocente. Pero si te pones a pensar en lo colateral de las palabras, es mejor no escribir nada y hacer memes. Es más rentable a nivel simbólico, porque no hay esfuerzo mayor que comprometa las partes. Aquello que no implique mayor esfuerzo no molesta a nadie. Por algo escribir sobre el desarraigo y la crisis del país resulta hasta un ejercicio cómodo, porque se produce en función de lo que la gente quiere leer, quieren sentirse representados en la miseria del texto. Una literatura complaciente solo tiene un destino a largo plazo: el olvido.

—El mejor superpoder que tiene un escritor periférico es su invisibilidad, su insignificancia. Y este País Hotel, así nos parezca irrisorio, es una mina de coltán.

—Hay que tener paciencia: enferma disciplina.

—Hay que entregarse a la limpieza dedicada de la baldosita. Piezas únicas. Like Zima Blue.

***

Alexander JM Urrieta Solano

That astonishing thing

I

La versión de los tres amigos sobre el suicidio fue verificada y adjuntada al expediente oficial. Cándido fue el primero en llegar y en irse: estuvo desde las dos hasta las siete de la noche. César y Cicerón llegaron juntos y se fueron respectivamente a las ocho y el otro a las nueve y media.

Según el informe de autopsia Vizcaya se quitó la vida entre las diez y once de la noche del día jueves.

Cándido regresando a su apartamento permaneció detenido por tres horas en una alcabala por presentar estado de ebriedad y aptitud violenta hacia el personal de seguridad; después de tantos disgustos llegó a casa y se quedó dormido a eso de las dos de la mañana. César se había ido caminando hasta la estación del metro Chacaíto y se bajó en Gato Negro; pasó la noche en la residencia de su amante, Cálcifer. Cicerón manejó sin problema por la autopista sin tráfico y llegó a su casa a las diez; tomó una ducha más dos barbitúricos y se acostó a las once, olvidando apagar el televisor que transmitía un programa donde bendecían vasos de agua.

Los tres amigos habían estado en casa de Rogi Vizcaya celebrando su cumpleaños y la publicación de su último libro: La Escolopendra. En la suma de alegrías ninguno sospechó las intenciones siniestras del poeta.

La declaración de los amigos coincidía con la versión de la empleada doméstica, la señora Nilde. Ella vivía en un anexo cerca de la casa Vizcaya; se fue a la misma hora que Cándido. Más tarde regresó a la casa, antes de la partida de Cicerón, para pedirle al poeta que se acordara de ponerle una dedicatoria al ejemplar de La Escolopendra que le había regalado. Entregó el poemario y aprovechó en salir con Cicerón por el portón, regresó al anexo y se acostó.

Según el primer informe el orden de las posibles acciones una vez culminada la reunión fue el siguiente: Vizcaya recogió los platos y los apiló en el fregadero de la cocina. Subió al estudio y se cambió la ropa. Se sirvió un vaso corto de Ron Mantuano con agua y le agregó medio gramo de cianuro de potasio a la mezcla. Bebió sentado en su escritorio mientras hacía la dedicatoria de la señora Nilde. Al saberse morir anotó en su cuaderno aparte una cita lapidaria, que luego de averiguaciones atribuimos a Wittgenstein: La muerte no es un acontecimiento de la vida. No se vive la muerte. Se levantó y dio unos breves pasos. Cayó rendido en el piso del estudio con La Escolopendra entre sus dedos artríticos.

Una conclusión puede ser lógica pero no por eso tiene que ser verdadera. El orden hipotético de los sucesos estaba lleno de muchas inconsistencias. Luego de una revisión junto con mi compañero Blas consideramos inverosímil el suicidio del poeta. No obstante, él tuvo que haber sido el único en colocar el cianuro en el trago, o tal vez no. Se hizo el análisis de la botella de ron y no se encontró veneno. Tampoco se encontró nada en el agua. Consideramos que el polvo ya estaba en el fondo del vaso, pero así como nos planteamos la idea la descartamos porque habían muchos vasos en la vitrina de la casa, y el presunto asesino, si es que hubo, no podía acertar al vaso que terminaría escogiendo Rogi. Se hicieron los análisis respectivos a todos los envases y tampoco se encontró ningún rastro de cianuro.

El asunto me causaba ruido. Una prueba que parecía obvia era la cita encontrada en el cuaderno hecha ese mismo día, que en palabras de Blas: era un anticipo de las acciones poéticas de Vizcaya. Pero la idea que escribiera una dedicatoria a su empleada doméstica mientras se tomaba el trago me parecía absurda. No se relacionaba la situación con el perfil psicológico de un potencial suicida. Al menos en los casos que he trabajado muchos llegan a coincidir en ciertos patrones de conducta.

Contrastando el informe con los testimonios no cabía duda que el veneno estaba en el vaso. Para la hora que Rogi murió no había nadie en la casa. Estaba algo contrariado, entre una situación que parecía superficial y las costuras que sobresalían de los hechos. Pero más allá de eso, en el fondo, tenía temor de aceptar mi fracaso como investigador. Me aferraba a la idea de los elementos simples del crimen. Tras revisar con minuciosidad la casa no encontramos el recipiente donde podía estar el resto del cianuro. Esto evidentemente se tratada de un indicio. También estaban otras constantes en la ecuación Vizcaya: los tres amigos, cuyas historias tampoco eran las mejores referencias.

II

Los tres amigos, durante casi veinte años, se lucraron de los bienes de Rogi: hijo único, poseedor de una cuantiosa herencia de sus padres, lo que le permitió dedicarse de lleno al oficio de la poesía y obtener en varias ocasiones reconocimiento por sus creaciones. Actualmente ellos llevaban estilos de vida un tanto inestables.

Cándido Plaza era un artista plástico que hacía esculturas con técnicas de bronce patinado. Su nombre puede encontrarse en la lista de becarios del Programa Ayacucho que mandó a varios artistas prometedores a residencias al exterior por los años ochenta. Su conducta en el medio era sospechosa, se le tildaba de envidioso y petulante, no fue hasta que lo suspendieron del programa cuando se corroboró que había plagiado una tesis de maestría sobre las visiones de fatalidad en la obra de Joan Miró. Después de eso perdió credibilidad y se dedicó al oficio de la herrería y las apuestas de caballos, contrayendo exorbitantes deudas que eran liquidadas por Rogi; este hacía los “préstamos”, cuando no de mala gana, sí con cierta benevolencia ramplona, cosa que irritaba mucho al artista del hambre Cándido.

César Dávila era fotógrafo. Trabajaba medio tiempo en un laboratorio de revelados por los Chaguaramos. Tenía un matrimonio fracturado por la costumbre. Eso lo animó a participar en unos talleres dictados por su amigo el poeta, a fin de despejar su mente con la lectura de versos anglosajones. Allí conoció a Cálcifer y empezaron a verse en secreto. Esta situación tensó la relación entre los dos amigos. Presuntamente Rogi también se sentía atraído por Cálcifer. Escondía sus celos infantiles bajo el pretexto de que solo quería que César arreglara su matrimonio; este lo llegó a considerar una sutil forma de amenaza, temiendo después que su coartada fuese descubierta por su esposa. Considerando además que Vizcaya era una criatura influyente, que vivía una soledad extrema y se sentía en el derecho de saciar sus deseos cuando quisiera, valiéndose siempre del manejo tenaz de las palabras.

Cicerón Ospina era un pediatra especialista en alergias. Mientras ejercía la docencia en la Universidad Central se ligó con un estudiante de su clase de inmunología. El joven al caer en cuenta que Cicerón no quería algo más que encuentros casuales se sintió ofendido y usado, razones suficientes para acusarlo públicamente de abuso. Cicerón no le quedó otra alternativa que renunciar. Perdió su puesto privilegiado y manchó su reputación. Sus inclinaciones sexuales despertaron suposiciones entre los colegas del gremio: de que había elegido dicha profesión para tener mayor contacto con los menores; comentarios desagradables que despertaban toda clase de dudas. De manera precaria conservaba un consultorio en el Instituto Diagnóstico cuyo alquiler era pagado por el poeta. Cicerón se dedicaba a la venta de récipes a pacientes adictos a los ansiolíticos. Era una persona reprimida y prepotente, cualidades que distaban mucho del código hipocrático y el trato con los niños. En varias oportunidades se llegó a sentir humillado por los comentarios de Rogi, donde este le reprochaba su falta de normalidad, no sin hacer un inventario de sus fracasos y la urgencia de corregirse cuanto antes.

Estos eran los amigos de Rogi Vizcaya.

III

El día que se “suicidó” el poeta estaba cumpliendo 63 años. Su semblanza era bastante buena, muy acorde a su estilo de vida burgués, repleto de artículos de lujo y comodidades: una despensa llena, acabados de mármol y caoba, biblioteca sublime y una serie de animales exóticos disecados, soberbios y mejor conservados que los mamotretos del Museo de Ciencias; de no haber ocurrido aquel incidente el bardo caraqueño hubiese podido vivir cuarenta años más. Se había divorciado cinco veces. Al sentirse más viejo escatimaba esperanzas de encontrar el amor. Direccionaba su fuerza en la construcción metódica de una obra fragmentaria, o lo que consideraba en sus ínfulas megalómanas como su legado literario: Oh Cristo de cien mil pies/dolor nuestro que pisas la tierra, dicen los versos sueltos de su Escolopendra.

Llegó a comentar a sus amigos que los apreciaba tanto que les dejaría su herencia. Estas cosas las decía Rogi medio en broma y medio en serio, tal vez porque estaba muy consciente de la dependencia enfermiza que provocaba en ellos. Engendró en los tres amigos, que llevaban a su modo vidas larvarias y miserables, la idea que podían vislumbrar un futuro próspero, de expectativas económicas. Las circunstancias que daban sentido a esa amistad los convencieron que la fortuna se trataba de un hecho consumado. La muerte del poeta beneficiaba por igual a los tres parásitos. Dar por sentado entonces que una persona extravagante como Vizcaya podía matarse era desconocer, en cierto grado, las formas ambiguas de la vileza humana.

La empleada doméstica era una señora muy devota. Ante cada declaración que daba se hacía la señal de la cruz y buscaba el cielo. Ella fue la que descubrió el cadáver a eso de las ocho de la mañana, hora que empezaba su jornada y le llevaba el desayuno al poeta. No lo encontró en su cuarto y se dirigió al estudio. Golpeó la puerta y no tuvo respuesta, quiso abrir pero la cerradura tenía puesto el seguro. En su desesperación buscó una llave maestra que tenía reservada para casos de emergencia. El olor a encierro y muerte la puso en estado de trance religioso. Llamó a las autoridades que llegaron a eso de las once de la mañana. La hallaron recostaba en la columna carmesí del pórtico, con los brazos extendidos diciendo frases incoherentes al aire; más tarde Blas me comentó que se trataba de un latín precario, de los que recitan algunos curas al cierre de las homilías.

Como expuse en el informe estuve con Blas y el equipo de análisis hasta las cinco de la tarde del día viernes. Pasé un rato intrigado contemplando el vaso, sacando conclusiones descabelladas que le dieran algún sentido al enigma. Conclusiones típicas de las novelas policiacas que tanto me gustaban. Al final de la tarde me quedé sin conjeturas. Decepcionado salí de la casa Vizcaya deseando que me aplastara la noche. Estaba perdido en mis pensamientos, sin percatarme que el asunto Vizcaya me inquietaba y me robaba el sueño de los ojos; ya no se trataba de un mero caso policial sino de una obsesión literaria, que me llenaba de una angustia deportiva. Entre mis objetos de valor recordé mi pila de libros y me sentí un mal Quaresma, incapaz de descifrar misterios. Era un pésimo aprendiz del Padre Brown y Mario Conde.

IV

Quedé con Blas para cenar por una tasca española en La Candelaria. Llegué primero al local, me senté en la barra y pedí un jugo de naranja. Al rato llegó mi compañero, que se disculpó por la demora, mientras sacaba de su bolso un ejemplar de La Escolopendra que había sacado de la casa.

—No sé nada de poesía, pero me llamó la atención. Te lo puedes quedar.

Tomé el ejemplar rústico y con sorna vi la portada: un monstruoso ciempiés hecho en aguafuerte. Revisé las primeras páginas, pasando la dedicatoria (A mis 3C con afecto/esta fatalidad para ustedes), hasta llegar al epígrafe que daba apertura al libro:

That astonishing thing that happens when you crack a needle-awl into a block of ice…

-C.K. Williams-

Curioso. Miré la extensión de la barra y los estantes que exhibían diferentes botellas con licores de marcas nacionales e importadas. Nos trajeron los platos que pedimos y empezamos a comer. Pedí una recarga de jugo y Blas pidió un cuba libre.

—Blas, ¿tú con qué frecuencia bebes?

—Solo cuando la situación lo amerita, depende. Bebo ahora porque estamos comiendo. ¿Tú aparte del jugo no te tomas nada?

—No bebo…Oye, cuando se trata de un buen trago, en este caso un ron, por ejemplo, ¿cómo hay que tomárselo?

—Si es por lo que me estoy tomando no tiene mucha importancia, es un trago barato y mejor es ligarlo con cualquier cosa. Normalmente, si se trata de un buen ron, uno de calidad, se recomienda tomarlo seco para degustar todos los sabores. Yo lo prefiero así. Ahora, hay personas que también lo beben a las rocas, con una conchita de limón; también le agregan un poco de agua normal o gasificada. Depende del gusto.

—A las rocas…

—Sí, con un poco de hielo. —Blas tomaba sorbos largos de su trago negro.

A block of ice. Hielo… ¡¡Hielo!!

Una idea me surgió de repente ¿Cómo no lo había pensado antes?

Me agité en el asiento de patas largas de la barra. Llamé al mesonero y pedí la cuenta. Le dije a Blas que teníamos que volver a la casa Vizcaya. En el camino una nueva hipótesis me taladraba el cerebro. Al llegar tenían a la señora Nilde detenida en la biblioteca. Estaba ensimismada con los ojos cerrados rezando un rosario.

—Disculpe señora, por favor…le tengo que hacer una pregunta y quiero que sea clara. El señor Vizcaya: ¿cómo tomaba sus tragos, con hielo o sin hielo?

—Con hielo. El señor solía tomar las cosas con hielo.

—¿El hielo lo compraban en alguna parte?

—No. En la casa hay una dispensadora que los hace en cubitos.

—¿Dónde está? Llévenos.

La máquina dispensadora estaba en un pequeño cuarto en la parte trasera de la casa. Estaba junto a los suplementos de jardinería y alimentos de conserva. Era un modelo Hoshizaki, de tamaño mediano, parecido a esos que ponen al final de los pasillos de algunos hoteles. Mientras mirábamos por encima la máquina la señora Nilde tuvo un breve lapso de lucidez:

—No les había comentado, señores, pero esa máquina estuvo un buen tiempo dañada; fue antes de ayer que el señor Dávila vino a repararla con un técnico y la puso de nuevo a funcionar. Dios lo bendiga. Es un buen hombre, aunque siempre que lo veo está triste.

Nos miramos todos en silencio. De inmediato se llamó al personal de análisis para revisar el agua que estaba depositada en la máquina. Los resultados mostraron la presencia de partículas tóxicas en el vital líquido. El veneno se concentraba en el hielo.

Miré a Blas con emoción cómplice. El caso se había resuelto. Solo quedaba ordenar los hechos del crimen para reescribir el informe. El día miércoles el ciudadano César Dávila fue con un técnico a la residencia de Rogi Vizcaya con excusa de reparar la dispensadora. El técnico ubicó la falla en un condensador que se había quemado en algún pico de corriente. Dávila aprovechó las pruebas para poner en el depósito una cantidad considerable de cianuro en polvo que pasó a disolverse en el líquido. Confirmamos después, al revisar el inventario, que el químico había sido extraído del depósito del laboratorio fotográfico donde trabajaba. Al quedarse solo Rogi se preparó el trago de ron agregando los cubos de hielo al vaso, volviendo a estrenar después de mucho tiempo la máquina. Haciendo la dedicatoria el hielo se derretía lentamente. El cianuro es miscible en agua y alcohol, por lo que el trago se convirtió en una dosis sumamente letal para matarlo rápido. No le dio tiempo de hacer nada.

Por el trazo ilegible de la cita de Wittgenstein comprobamos que Rogi no había terminado la frase. El compañero Blas ubicó las oraciones faltantes para completar el informe: Si por eternidad se entiende, no una duración temporal infinita, sino intemporalidad, entonces vive eternamente quien vive en el presente. Nuestra vida es tan infinita como ilimitado es nuestro campo visual (Tractatus, prop. 6.4311).

Ciertamente, más allá de las demostraciones lógicas (que están presentes en el uso del lenguaje cotidiano), para la resolución de ciertos casos son necesarias las proposiciones místicas (que están presentes en las disoluciones más simples).

That astonishing thing…

Fuimos a buscar al fotógrafo. Ni su esposa ni los empleados del laboratorio sabían su paradero. Agotadas las opciones quedaba solo la referencia de Cálcifer. Ella vivía en un complejo residencial de torres grises gastado por las filtraciones y el descuido del granito. Los pasillos que conectaban un edificio con otro me provocaban una sensación de asfixia. Sorprendimos a Dávila entrando al apartamento. Al vernos hizo un sonido extraño, incomprensible, seguido de un:

Maldito Cicerón…me jodieron…            Ella...

Dio un paso en falso, tropezó y cayó por las escaleras. El sonido del quiebre es inolvidable. En el fondo se oyó un grito de horror: el lamento de Cálcifer. Lloraba sobre el cuerpo tendido de César, mientras los vecinos se amontonaban confusos alrededor de esa pequeña isla de carne y sangre. Un derrame cerebral lo mató al instante.

En el apartamento entre los cosméticos de Cálcifer, encima de un ejemplar corroído de La Escolopendra, estaba el recipiente del veneno.

Alexander JM Urrieta Solano

Caracas, 30 de agosto de 2020

Insensatez

He terminado de leer Insensatez de Horacio Castellanos Moya. Una novela que retrata el horror y la desesperación a través de la ironía. Un juego de humor negro y erotismo entretejido en prosas interminables que trasmiten la sensación de asfixia, la velocidad del narrador, un joven que acepta un trabajo de corrección de estilo de un informe monumental donde están plasmados los testimonios de indios sobrevivientes de una masacre ejecutada por grupos militares. «Yo no estoy completo de la mente, decía la frase que subrayé con el marcador amarillo, y que hasta pasé en limpio en mi libreta personal, porque no se trataba de cualquier frase, mucho menos de una ocurrencia, de ninguna manera, sino de la frase que más me impactó en la lectura realizada durante mi primer día de trabajo, de la frase que me dejó lelo en la primera incursión en esas mil cien cuartillas impresas casi de a renglón seguido, depositadas sobre lo que sería mi escritorio por mi amigo Erick, para que me fuera haciendo una idea de la labor que me esperaba». Así empieza la novela.

En la Insensatez hay una relación clara entre la crítica y la ficción, el relato testimonial como documento histórico, así como el uso del poder mediante el ejercicio de la escritura, práctica que moldea la memoria de las víctimas y los hechos violentos, en la medida que legitima la postura de quien escribe, sometiendo al lector a cuestionar la brecha que existe entre los hechos reales y la manera en que se narran las cosas. De igual forma, la estructura de la novela responde a necesidades no solo técnicas sino también estéticas, ajustadas a los fines de presentación de la obra: largos párrafos que prescinden de manchas de texto, un ejercicio bernhardiano que sirve para transmitir una forma acelerada y paranoica de conducir una trama, mediante una voz que solo puede desenvolverse en un terreno monolítico, sin ningún tipo de interrupciones. Donde la coma no solo establece ritmos sino que engancha al lector con la angustia del narrador, junto a su oficio de corrección en un lugar donde la realidad misma comprende una trama incorregible.

Era la totalidad de los habitantes de ese país la que no estaba completa de la mente, lo cual me condujo a una conclusión aun peor, más perturbadora, y es que sólo alguien fuera de sus cabales podía estar dispuesto a trasladarse a un país ajeno cuya población estaba incompleta de la mente para realizar una labor que consistía precisamente en editar un extenso informe de mil cien cuartillas en el que se documentaban las centenares de masacres, evidencia de la perturbación generalizada. Yo tampoco estoy completo de la mente, me dije entonces.

La violencia es un género ampliamente abordado en la narrativa latinoamericana. Este acercamiento al escritor Horacio Castellanos Moya nos plantea, además de una propuesta estilista y argumental desde Centro América, un bosquejo de la realidad de los países en el continente hispano en general; no solo tenemos en común el idioma y las torturas, también la condición reverberante de la invisibilidad, posible gracias a la docilidad con que permitimos que fuerzas mayores narren nuestra historia, que se amputan y carnavalizan en medios de comunicación irresponsables (mediáticamente insensatos), y que para colmo definen lo que podemos llegar a ser, un cúmulo de testimonios narrados en tercera persona, editados por la censura.

Insensatez es una novela muy recomendable para problematizar acerca de la producción discursiva de la violencia y la hipocresía global, así como las formas de presentar dichos reclamos desde el dominio consciente del estilo. El autor se vale de esto para asumir mediante el sarcasmo escrito la responsabilidad del arte, desclasificar las versiones oficiales en medio de tanta confusión; ataca la triada encabezaba por la Iglesia, el Estado encabezado por sus dirigente y servidores de izquierda y la ONG, que también desde su aparente labor desinteresada, solo puede abordar desde cierta distancia institucional lo irreparable. Porque no es mentira para nadie que la miseria y la desgracia, son a toda voces, una forma insensata de lucro y entretenimiento.

El trasfondo es doloroso, apenas podemos asimilar la monstruosidad de los hechos, aquellos que surgen de las descripciones horrendas del narrador, en la que mezcla sus impresiones, su temperamento regulado por un sarcasmo proporcional a su paranoia, que empata con las oraciones que saca del informe y recopila en su libreta. El corrector queda fascinado por la sintaxis de aquellos testimonios, a los que atribuye de cualidades poéticas congénitas en los indígenas sobrevivientes, atrofiados por el maltrato irreversible que nadie puede reparar: Yo no estoy completo de la mente; Porque para mi el dolor es no poder enterrarlo yo; ¡Pero siempre me siento muy cansado de que no puedo hacer nada!; Que siempre los sueños allí están todavía; Si yo me muero, no sé quién me va a enterrar; Hay momentos en que tengo ese miedo y hasta me pongo a gritar; Eran personas como nosotros a las que teníamos miedo…

Alexander JM Urrieta Solano

«Habían destruido el viejo mundo y aspiraban a uno nuevo que aún no habían construido. Los corazones de esos hombres, que habían inundado la tierra de tanta sangre, que habían odiado con tanto ardor, estaban infantilmente privados de rencor: corazones de fanáticos, tal vez de dementes. Odiaban por amor.»

Vasili Grossman Todo Fluye

Taller de reparación IV

Rüya después de seis días pudo darle un entierro religioso a su abuela. Falleció un viernes; dos días antes había sufrido una caída que le había sacado un hematoma en la frente. Comía con normalidad pero estaba sudando frío. Por la madrugada se quedó dormida para siempre. La primera complicación estuvo en sacar el cadáver: bajar nueve pisos por la escalera porque el ascensor de la residencia era inexistente. Además de la carta de defunción, que la vecina del ocho, que era doctora, se había negado a firmar, argumentando que necesitaba un supuesto permiso de un capitán de bomberos, cosa que no era cierta. Tales evasiones complicaron el trámite porque sin expresarlo en voz alta se presumía que la abuela no había muerto por causas naturales, sino que la habían matado, dado al golpe escandaloso que tenía el rostro de aquel cuerpo reducido de noventa y siete años. La cosa es que la abuela siempre se estaba cayendo. Rüya tuvo que lidiar con las especulaciones maliciosas de la vecina, especialista en pediatría, que terminaba sus observaciones con Solo Dios sabrá lo de uno, como para justificar su profesión y las creencias enervantes de la comunidad entera. Al final un conocido, no sin cobrar lo suyo, firmó el acta. Luego buscar el terreno y el servicio fúnebre adecuado al presupuesto, considerando que los muertos pueden prescindir de los lujos cuando no de los ritos. Yo nunca había ido como tal al Cementerio del Sur. Usted asimila que el abandono de los muertos se asemeja al abandono de muchos a su memoria. A lo lejos los mausoleos en ruinas evocaban un tiempo jurásico, uno tal vez mejor y más dichoso que este. Caracas es una ciudad de pocos siglos pero de incontables dinastías. La administración del cementerio se llevaba en una precaria garita, custodiada por dos estatuas angelicales de yeso masacradas por el tiempo. Las jornadas laborales están estructuradas para que ninguna maniobra pueda lograrse en un día. Es preciso que la gente pierda varios días, tanto como su energía y su dinero, gestionando una sola cosa. La tristeza se balancea entre una burocracia criminal y un dolor tantálico. No podemos, ni queriendo con furia, comprender el todo. Un sepelio en pandemia se celebra con la suma discreción de una barrica. En el dolor todos se abrazan alrededor de una urna iluminada por un sistema de velas artificiales, de llamas que varían en bombillos blancos y amarillos. En esa atmósfera de pesar me daba la impresión que los zancudos, junto a los dolientes, habían agarrado un gusto excesivo por el café y las lágrimas. Los hombres de antaño no lloran pero se esconden detrás de un Pontiac a beber un miche que después de probarlo me supo a diablo. Yo no creo en virus, decía uno, de igual manera nos vamos a morir. Yo no temo morir, decía otro, pero lo que me da pavor es sufrir; la muerte es una cosa segura, pero el sufrimiento es impredecible, algo por azar, como una lotería de animalitos. Adentro, sentada en una silla de plástico, el rostro de Rüya contra toda esperanza reflejaba grietas, constancia de una gimnasia de la decepción y el cansancio. Ahora estoy completamente sola, decía, mientras el rímel de los ojos se le descorría marcando sendas negras en la cara. Uno en esos momentos no sabe qué decir, basta un gesto de la mano y la mirada para expresar aquellas palabras que no existen, las que tal vez puedan curar.

Alexander JM Urrieta Solano

3120-5699-1184 (Lenguaje universal cifrado)

por Daniel Hernández

A mediados de setiembre último los diarios locales publicaron una noticia curiosa. Tratábase de un lenguaje universal creado por dos profesores italianos, los doctores Allioni y Boella, quienes asignando a cada palabra un número intentaban quebrar en forma sorprendente las barreras idiomáticas que hasta ahora dividen a los hombres.

Agregan los cables, fechados en Turín, que dichos investigadores habían publicado ya códigos de un millar de palabras en distintos idiomas, y preparaban otros con el objeto de lograr la difusión mundial del sistema.

Así nos enteramos en este país del intrigante enfoque de un problema que durante siglos ha preocupado a gramáticos y filólogos.

Lo curioso es que podíamos habernos enterado antes. Porque el verdadero creador del sistema es argentino y vive en La Plata.

Allí acudimos a verlo. El profesor Salvador De Luca es un hombre de aire modesto y hablar pausado, catedrático de cosmografía y matemáticas, y autor de numerosos trabajos de su especialidad.

—Llegan con más de tres años de retraso –dice refiriéndose jovialmente a los lingüistas italianos (y quizá también a nosotros). Luego nos aclara:

—Las bases del sistema las expuse a comienzos de 1953 en un folleto que se titulaba, precisamente, «Sobre un Lenguaje Universal Cifrado».

—¿Atribuye usted a simple coincidencia –preguntamos– el hecho de que los profesores italianos anuncien como propio el descubrimiento?

—¿Qué otra cosa podría ser? Es probable que el principio que me sirva de base, que «las ideas son comunes a todos los pueblos de la tierra», se haya vuelto contra mí. Sin embargo, creo que la prioridad que me corresponde está suficientemente documentada, no sólo por los folletos que publiqué en 1953 y los comentarios periodísticos locales que aparecieron ese año, sino también por la numerosa correspondencia que he recibido de universidades extranjeras a las que remití mis trabajos. Y finalmente, porque la iniciativa está registrada a mi nombre en la UNESCO con fecha julio de 1953 y espero que sea tratada en alguna de las próximas reuniones de ese organismo.

—¿En qué consiste su método? –inquirimos.

—Es muy simple. Desde la torre de Babel y la confusión de las lenguas, que nos refiere la Biblia, los hombres vienen buscando un medio de expresión que sea común a todos. Los esfuerzos realizados en ese campo son numerosos. El más conocido es el esperanto, creado por el ruso Zamenhof. Pero hubo otros anteriores, como el volapuk. La verdad es que todos ellos han fracasado.

—¿A qué atribuye tal fracaso?

—A que son creaciones artificiales. Y si bien están basadas en un impulso natural, el deseo de comunicación, contrarían otro impulso natural que ha demostrado ser más fuerte: la adhesión a la lengua materna, consustanciada con la adhesión al suelo nativo.

—Pero –objetamos–, ¿no es acaso imposible establecer una lengua universal sin que todos renunciemos precisamente a nuestros idiomas particulares?

—No. Ese idioma universal puede establecerse sin que nadie renuncie al propio ni aprenda otro nuevo.— No ocultamos nuestra sorpresa.

—Es muy simple –repite sonriendo–. Lo que pasa es que ese idioma universal ya existe, sólo que nosotros le damos una aplicación limitada. Es el antiquísimo lenguaje del número. Más precisamente el número natural, escrito en símbolos arábigos.

«Sostengo y éste es uno de los fundamentos de mi trabajo, que para obtener un lenguaje de carácter universal hay que prescindir en absoluto del sonido, o de la palabra hablada. En otros términos, dicho lenguaje sólo puede ser escrito. Pero no es necesario inventar los símbolos de tal escritura, puesto que ya disponemos del número arábigo, familiar a todos los pueblos del planeta.

«Si por ejemplo escribimos el número 7, cualquier habitante del mundo, a menos que sea analfabeto, entenderá lo que quiere decir. Pero no sucede lo mismo con la palabra escrita en su forma literal, puesto que si escribimos manzana, vgr., no nos entenderá un francés que ignore el castellano; para él esa fruta se llama pomme, para un inglés se llama apple, etcétera.

«Ahora bien, es posible reemplazar cada palabra escrita en forma literal por un número que equivalga a ella en cualquier idioma.

«Dicho de otro modo, las ideas o conceptos son comunes a todos los pueblos de la Tierra. Lo que difiere son las palabras que los expresan. Numerar las ideas o conceptos es crear un lenguaje universal.

—¿Cómo se logra eso?

—Basta asignar un mismo número a las palabras de distintos idiomas que designen una misma cosa. Por ejemplo, atribuir el número 133 a las palabras manzana, pomme, apple, etc., que en castellano, francés, inglés, etc., nombran la fruta que todos conocemos.

El número 133 sería así el equivalente de «manzana» en cualquier idioma conocido.

—¿Sería necesario, entonces, crear una tabla de equivalencias?

—Naturalmente.

Nos muestra el primer ensayo de tablas publicadas por él en marzo de 1953. Abarcaban el castellano, inglés, francés e italiano y constaban de doscientas nueve palabras. Posteriormente el profesor De Luca elaboró tablas más completas en los idiomas antedichos. Constan de seis mil vocablos.

Para poner en práctica el sistema es conveniente elegir un idioma «director». En la tabla correspondiente a él, o tabla «directriz», las palabras se hallan ordenadas alfabéticamente y sus equivalentes numéricos siguen el orden progresivo normal, en este caso de 1 a 6.000. Suponiendo que el idioma director sea el castellano, extractamos algunas equivalencias para que sirvan de ejemplo.

a (letra) …………1
a (preposición).2
abajo…………….3
…………………….
amo………………375
amoníaco ……..376
amor ……………377
…………………….
fanatismo………2597
fantasía …………2598
…………………….
pampa. ………….4298
pan……………….4290
…………………….
y (conjunción) .5936

Si escribimos, pues:
4290 -377 – 5936 -2598

y consultamos la tabla castellana, obtenemos: «Pan, amor y fantasía», título de una película que elegimos con fines de simplificación.

La tabla directriz es única y equivale a lo que se llama en criptografía un «código ordenado». En cambio, para los otros idiomas, hace falta una tabla doble. La primera o tabla cifrante es para transmitir mensajes; tiene las palabras ordenadas alfabéticamente y los números que les corresponden no conservan, por supuesto, el orden progresivo. La segunda, o tabla descifrante, tiene ordenados los números y no las palabras; sirve para interpretar los mensajes recibidos. El conjunto de ambas es lo que llaman los criptógrafos un código á bátons rompus («sin ton ni son»). Supongamos que un italiano quiera interpretar el texto numérico arriba citado. Consultará su tabla descifrante y hallará:

4290……………………pane
………………………………….
375…………………padrone
376……………ammoniaco
377……………………amore
………………………………….
5938 ….o (congiunzione)
………………………………….
2598 ……………….fantasía

El resultado le permitirá una inmediata (e inútil) evocación de Gina Lollobrigida…

—Estas tablas –preguntamos al profesor De Luca–, ¿no serían demasiado voluminosas e incómodas?

—Un código de seis mil palabras ocuparía el lugar de una libreta de bolsillo –nos responde inmediatamente.

—Aun así –objetamos–, ¿no es mejor un simple diccionario de bolsillo, un diccionario bilingüe?

—No, porque usted necesitaría un diccionario bilingüe para cada idioma ajeno al suyo, y hay varios centenares… La tabla tiene justamente el carácter de un diccionario universal. Con ella usted podría hacerse entender por escrito tanto en Francia como en Japón, en Inglaterra como en la India, porque en todos esos países, un mismo concepto sería expresado por un mismo número.

—¿Cuál sería la utilidad concreta de este método, en caso de que fuera aceptado internacionalmente?

—Supongamos que usted se halla en Londres, y no sabe una palabra de inglés, pero lleva consigo su libreta-código en castellano. Un agente de tránsito provisto de otro similar, en inglés, interpretará en pocos segundos cualquier mensaje escrito en números que usted le presente, y por el mismo procedimiento le dará la información que usted necesite. O usted entra en un negocio porque necesita comprar algo, digamos un sombrero. Hojea usted su libreta, busca la palabra «sombrero» y encuentra junto a ella el número 5342. Lo escribe en un papelito y lo entrega al vendedor. Este busca en su tabla el número 5342 y junto a ella encuentra la palabra hat, que le basta para saber lo que usted pide. El mismo resultado obtendrá usted en Estambul, en Tokio o en Moscú, porque, vuelvo a decirlo, la tabla es un diccionario polígloto universal. La primera ventaja, pues, sería para el turista o el viajero. Pero no la única. La clave numérica le permitiría a usted comunicarse por carta con personas de otros países que hablen cualquier idioma distinto del suyo. Sería aplicable también a las traducciones técnicas o científicas, donde la comunicación gramatical o la belleza literaria ocupan un lugar secundario. Un trabajo científico, por ejemplo podría ser comunicado en veinticuatro horas a todos los centros de estudio y universidades del mundo, mientras que su traducción a los distintos idiomas individuales absorberían un tiempo y un esfuerzo considerablemente mayores. Por último, el lenguaje numérico sería el vehículo ideal para las comunicaciones telegráficas de toda índole, desde el simple telegrama de felicitación hasta los extensos despachos cablegráficos de las agencias noticiosas, no sólo porque elimina la traducción de un idioma a otro, sino porque reduce el costo de los despachos.

—¿Qué ocurre con las diferencias de construcción en los distintos idiomas?

—La verdad es que ellas no pueden salvarse. La traducción que dan las tablas es literal, y por lo tanto, sujeta a imperfecciones gramaticales. Pero la finalidad del sistema no es obtener versiones literarias impecables, sino simplemente hallar equivalencias inteligibles.

—¿Cuántas palabras podrían codificarse? –averiguamos.

—Tantas como números existen. Y le recuerdo –añade– que la serie de los números naturales es infinita.

—¿Sería necesario codificar todas las flexiones verbales? –inquirimos–. El verbo «amar», por ejemplo, en sus distintos tiempos y modos, tiene unas ciento veinte formas. Si multiplicamos por los varios millares de verbos existentes, ¿no le parece que obtenemos un resultado más bien catastrófico?

—He pensado en esa dificultad y creo que la he solucionado –contestó sonriendo–. Una raya colocada bajo el número que reemplaza al verbo indicará que éste se halla en tiempo pasado. Una raya colocada arriba denota futuro. La ausencia de este signo indica infinitivo o presente. En cuanto a los demás accidentes del verbo, modo, número y persona, se desprenderían naturalmente del contexto. Por ejemplo, en este breve mensaje: 5947 – 5267.

«El número 5267 equivale a ser en infinitivo o en presente. Pero como el número 5947 que lo precede equivale a yo, deducimos automáticamente que el verbo se halla en primera persona del singular: soy yo.

«En cambio, 5947 – 5267 significaría yo fui. Y 5947 – 5267 debería traducirse por yo seré.

«Otras convenciones similares permitirían diferenciar el masculino de femenino o el singular del plural en sustantivos y adjetivos.

La explicación del profesor De Luca es convincente. Nuestra curiosidad periodística decide someterlo a una última inquisición. Le recordamos la existencia de códigos diplomáticos, militares, financieros y hasta telegráficos que utilizan la clave numérica.

—¿En qué se diferencia su método de esos otros, que la criptografía llama en general sistema de repertorio y que incluyen también códigos, tablas y diccionarios?

—Se diferencia en ser justamente lo contrario, no en cuanto al principio teórico utilizado, que puede ser el mismo, sino en cuanto a la aplicación que se les da. Fíjese usted: un código diplomático o militar es un instrumento secreto. Su fin es comunicar algo a una sola persona, el destinatario del mensaje, que por otra parte habla el mismo idioma del remitente. Mi sistema, en cambio, tiene por finalidad comunicar cualquier cosa a cualquier persona, aunque yo no conozca su idioma y él no conozca el mío. La verdad es que un principio muy simple ha sido colocado hasta ahora al servicio de la violencia, el engaño o el disimulo.

«Yo propongo», concluye el profesor De Luca, «que se lo coloque al servicio de la armonía y la inteligencia entre los seres humanos».*

* La nota incluía una transcripción de las tablas de recepción y transmisión (con 209) términos cada una) que aquí hemos omitido. (N. del E.)

[Este texto forma parte de la obra periodística de Rodolfo Walsh, que escribió en varias oportunidades bajo el seudónimo de Daniel Hernández. Abajo podrá encontrar un enlace para que pueda acceder al libro completo.]

El violento oficio de escribir.jpg

Rodolfo Walsh – El violento oficio de escribir

 

 

 

Falacia lorquiana

Un día como hoy en 1936 mataron a Federico García Lorca.

Esto me recordó cuando hace más de un año hice un taller de argumentación. En una de las clases se habló de la falacia: un argumento falso, que tiene la apariencia de ser coherente pero que termina siendo una trampa de la cual nos valemos mucho a la hora de conversar, sirve para disociar o persuadir a los demás. El orientador nos habló de que existen más de cien tipos de falacias, pero destacó por temas de tiempo las más comunes. Entre tantas estaba la falacia ad hominem, el ataque personal, se presenta cuando alguien descalifica al otro para debilitar su postura y ganar terreno sin ninguna justificación. Para ejemplificar la falacia el orientador nos contó una anécdota:

—Cuando estudiaba letras en la Universidad Católica la materia de Literatura española era dictada por un profesor eminente, muy respetado en el gremio, del cual me voy a reservar el nombre, porque sigue dando clase y tiene mucha influencia intelectual. Al comienzo del semestre se nos presentó el programa de trabajo y una lista de autores correspondientes al Siglo de Oro español. Luego de revisarlo levanté la mano y le pregunté al profesor por qué dentro del programa de estudio no estaba García Lorca. A lo que el profesor me respondió: «¿Para qué? Si ese era un pobre marico.»

¿Cuántas veces vemos situaciones como esta en la incomunicación de todos los días? Basta una revisión mínima de lo que hemos dicho alguna vez para caer en cuenta que han sido pocas las veces que hemos dicho algo inteligente, sin contar las veces que hemos aplaudido los comentarios falaces de los demás. Llevo un registro de las falacias que (escandalosamente) son más comunes y abundantes que las opiniones constructivas. Desde ese día me reservo muchos comentarios y tengo entre mis libros de cabecera el Poeta en Nueva York.

Ciudad sin sueño

(Nocturno del Brooklyn Bridge)

No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.
No duerme nadie.
Las criaturas de la luna huelen y rondan sus cabañas.
Vendrán las iguanas vivas a morder a los hombres que no sueñan
y el que huye con el corazón roto encontrará por las esquinas
al increíble cocodrilo quieto bajo la tierna protesta de los astros.

No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie.
No duerme nadie.
Hay un muerto en el cementerio más lejano
que se queja tres años
porque tiene un paisaje seco en la rodilla;
y el niño que enterraron esta mañana lloraba tanto
que hubo necesidad de llamar a los perros para que callase.

No es sueño la vida. ¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta!
Nos caemos por las escaleras para comer la tierra húmeda
o subimos al filo de la nieve con el coro de las dalias muertas.
Pero no hay olvido, ni sueño:
carne viva. Los besos atan las bocas
en una maraña de venas recientes
y al que le duele su dolor le dolerá sin descanso
y al que teme la muerte la llevará sobre sus hombros.

Un día
los caballos vivirán en las tabernas
y las hormigas furiosas
atacarán los cielos amarillos que se refugian en los ojos de las vacas.

Otro día
veremos la resurrección de las mariposas disecadas
y aún andando por un paisaje de esponjas grises y barcos mudos
veremos brillar nuestro anillo y manar rosas de nuestra lengua.
¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta!
A los que guardan todavía huellas de zarpa y aguacero,
a aquel muchacho que llora porque no sabe la invención del puente
o a aquel muerto que ya no tiene más que la cabeza y un zapato,
hay que llevarlos al muro donde iguanas y sierpes esperan,
donde espera la dentadura del oso,
donde espera la mano momificada del niño
y la piel del camello se eriza con un violento escalofrío azul.

No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.
No duerme nadie.
Pero si alguien cierra los ojos,
¡azotadlo, hijos míos, azotadlo!

Haya un panorama de ojos abiertos
y amargas llagas encendidas.

No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie.
Ya lo he dicho.
No duerme nadie.
Pero si alguien tiene por la noche exceso de musgo en las sienes,
abrid los escotillones para que vea bajo la luna
las copas falsas, el veneno y la calavera de los teatros.