Las Correcciones

Las Correcciones (2001), del escritor norteamericano Jonathan Franzen, es un lúcido retrato de las sociedades perdidas en el consumo de las apariencias. La historia generacional de los Lambert es un reflejo de las angustias comunes de las familias contemporáneas, y la presencia imperante de una enorme tristeza, un tipo de tristeza inherente en el capitalismo, de los sueldos mínimos, televisión por cable, paraísos crediticios,  melancolía de espacios, soledad de multitudes, ofertas y antidepresivos.

Alfred Lambert, ingeniero de ferrocarriles retirado, paulatinamente se hace más inservible a causa del parkinson; pasa sus días encerrado en el sótano de su casa, en el conjunto residencial y gerontocrático de St. Jude. Enid, la mujer maniática y controladora, que luego de casi cincuenta años de matrimonio, está obsesionada con los hábitos del marido y el mantenimiento de una enorme casa imposible de administrar.  El enemigo visible de Enid era Alfred, pero quien hacía de ella una guerrillera era la casa que a ambos ocupaba. El mobiliario era de los que no admiten que nada se acumule…A Enid, por desgracia, le faltaba el temperamento necesario para mantener semejante casa, mientras que a Alfred le faltaban los recursos neurológicos. El matrimonio es una convivencia hostil basada en la corrección de los actos, en las críticas a la intimidad del otro, en la falta de cariño, en las constantes discusiones sobre cómo se deben hacer las cosas, en los riesgos y negligencias financieras, la hostilidad de la costumbre y la vejez decrépita.

Siguen los tres hijos. Gary, el mayor, el yuppie vicepresidente bancario, padre ejemplar de tres hijos mimados, con una esposa insoportable, Caroline, manipuladora y agobiante,  muy parecida a la madre de Gary, en cuanto esas vigilancias enfermizas de sus estados de ánimo. Este, a pesar de los éxitos alcanzados sufre una severa depresión y se mantiene oculto en el consumo de alcohol. Sufre en la abundancia.

El término médico, ANHEDONIA, se le presentó en uno de los libros que Caroline tenía en la mesilla de noche, titulado ¡Para sentirse estupendamente! (Ashley Tralpis, Doctora en Medicina, Doctora en Filosofía). Cuando leyó la definición de anhedonia en el diccionario, fue como si lo hubiera sabido desde siempre, como una especie de confirmación malévola: sí, sí. «Condición psíquica caracterizada por la incapacidad para obtener placer de actos normalmente placenteros» . La ANHEDONIA era algo más que una Señal de Aviso, era un síntoma con todas las de la ley. Una podredumbre seca que se extendía de placer en placer, un hongo que menoscababa el deleite del lujo y la alegría del ocio, los dos factores en que durante tantos años se había sustentado la resistencia de Gary al pensamiento de pobre de sus padres (Franzen, p. 199).

En su orden familiar busca la corrección del estilo de vida de sus padres, asumiendo una postura de control sobre su administración, ya que los considera unos inútiles, pero que  por igual pueden ser corregidos, y eso le trae un consuelo dentro de su matrimonio asfixiante. Como su padre, que pasa su depresión en un sótano, Gary se encierra en un cuarto oscuro, su laboratorio fotográfico, concentrado en la creación de un video compilatorio de Los Doscientos Mejores Momentos de los Lambert.

Gary regresó a Chestnut Hill con un notable empeoramiento de su ANHEDONIA. Como proyecto para el invierno, había estado destilando cientos de horas de vídeos caseros para recopilarlos en una cinta de dos horas, más manejable, una especie de Grandes Momentos de los Lambert de los que luego pudiera hacer buenas copias y tal vez enviarlos como tarjetas de Navidad. En la última fase de edición, según iba visionando una y otra vez sus escenas familiares preferidas y volviendo a sincronizar sus canciones preferidas (Wilde Horses, Time After Time, etc.), empezó a odiar las escenas y odiar las canciones. Y cuando, ya en el nuevo laboratorio fotográfico, puso la atención en los Doscientos Mejores Momentos de los Lambert, descubrió que tampoco le producía ningún placer la contemplación de imágenes estáticas. Se había pasado años dándole vueltas a la idea de los Grandes Momentos, pensando siempre que sería una especie de fondo mutuo perfectamente equilibrado y revisando una y otra vez, con gran satisfacción, las imágenes que a su entender mejor encajaban en el proyecto. Ahora se preguntaba a quién pretendía impresionar con esas imágenes. ¿A quién pretendía convencer, además de a sí mismo, y de qué? Sintió el extraño impulso de quemar sus viejas fotos preferidas. Pero su vida entera estaba estructurada como corrección o enmienda de la vida de su padre, y Caroline y él hacía mucho tiempo que habían llegado a la conclusión de que Alfred estaba clínicamente deprimido, y, dado que la depresión clínica tiene bases genéticas y es, en lo sustancial, hereditaria, Gary no tenía más remedio que seguir plantando cara a la anhedonia, seguir apretando los dientes, seguir haciendo todo lo posible por divertirse (Franzen, pp. 218-219).

Chip, el segundo hijo, el profesor universitario fracasado, crítico de la sociedad del consumo, amante de las tragedias de Shakespeare, envuelto en un romance con una estudiante arruina su carrera, aparentemente, ascendente como titular en un prestigioso instituto. No logra contrastar sus observaciones intelectuales con la ruina de su vida, tampoco en sus relaciones personales, es un vago itinerante. También en su trabajo está la insistente corrección de textos de un periódico incipiente, así como la dedicación a la escritura de un guión: La Academia Púrpura. Chip es el intelectual deprimido que busca la corrección en sus producciones, que por mucho que le aplique, no llega a tener resultados de calidad.

…cuando el teléfono empezó a sonar, lo primero que pensó fue que una persona deprimida debía permanecer con los ojos fijos en la pantalla del televisor, haciendo caso omiso de la llamada; y encender un cigarrillo; y, sin dar la menor muestra de afecto sentimental, verse otro episodio de dibujos animados, mientras el contestador se hacía cargo del mensaje de quienquiera que fuese.
Que su impulso consistiera, sin embargo, en ponerse en pie de un brinco y contestar el teléfono —que pudiera traicionar tan a la ligera todo un día de arduo desperdiciar el tiempo— ponía muy en tela de juicio la autenticidad de sus padecimientos. Pensó que le faltaba capacidad para quedarse sin volición y perder por completo el contacto con la realidad, como hacían todos los deprimidos en los libros y en las películas. Pensó, mientras quitaba el sonido del televisor y acudía corriendo a la cocina, que estaba fracasando hasta en la mísera tarea de fracasar como es debido (Franzen,p.98).

La vida de Chip tiene un giro cuando comienza a trabajar con Gitanas, el exesposo de su exnovia Julia, que es casi su doble, aceptando la administración de un ordenador para estafar a inversionistas occidentales que mandan dinero para la construcción y desarrollo de un país en Europa del Este, Lituania. En ese trabajo se confronta con la verdadera naturaleza del mercado, sin importar mucho sus principios y convicciones, comprende que el dinero fácil y corrupto dota de sentido las economías del mundo. No ve diferencia entre el libre mercado norteamericano y la rancia economía (pos)soviética. Ambas envilecen y degradan las sociedades con sus ofertas y regulaciones.

La tercera hija, Denise, mujer dedicada a la cocina, con fuertes confusiones acerca de su sexualidad, mezcla la hostilidad de sus relaciones con su carrera profesional, haciéndola un personaje inestable, con un fingimiento terrible y corrección constante de su pasado. Consigue una distracción saturándose de trabajo y perfeccionando sus platos, donde encuentra un forma ambigua de felicidad.

Le encantaban las horas de agobio demencial, la intensidad del trabajo, la belleza del resultado. Le encantaba la profunda quietud que seguía al barullo. Un buen equipo era como una familia electiva donde todos los integrantes del mundo culinario, tan pequeño y tan caluroso, funcionaban en pie de igualdad, donde todos los cocineros tenían un pasado o un rasgo de carácter extraño que ocultar y donde, incluso en medio de la más sudada intimidad, cada miembro de la familia disfrutaba de su ámbito privado y de su autonomía. Le encantaba todo eso (Franzen, p.446).

La mayor parte de las depresiones están formadas por sentimientos de mercado, escribe Eduardo Lalo en su novela Simone. Ciertamente que el consumo implica un entramado de relaciones que involucran un gasto exacerbado de las emociones, que oculta entre tantas experiencias sensoriales el hastío y el aburrimiento; tal vez de ahí que nuestro interés por ciertas cosas carezca de alguna consistencia, porque ya no nos resulta, ante tantas ofertas sensoriales, mantenernos concentrados en una cosa, por lo que el gasto mental por la necesidad de estar en todas partes nos deja muy cansados. En lugar de vivir las cosas, elegimos vivir la experiencia ilusoria de ellas. Alguien incapaz de gastar a cambio de placer es condenado al ostracismo del mercado.

…la burocracia se ha arrogado el derecho de adjudicar el calificativo de «patológicos» a ciertos estados mentales. La falta de ganas de gastar dinero se convierte en síntoma de una enfermedad que requiere una medicación carísima. Medicación que, luego, destruye la libido o, en otras palabras, elimina el apetito del único placer gratuito que hay en este mundo, lo que significa que el afectado tiene que invertir aún más dinero en placeres compensatorios. La definición de salud mental es estar capacitado para tomar parte en la economía de consumo. Cuando inviertes en terapia, inviertes en el hecho de comprar. Y lo que estoy diciendo es que yo, personalmente, en este mismísimo momento, estoy perdiendo la batalla contra una modernidad comercializada, medicalizada y totalitaria (Franzen, p.44).

La realidad amarga de las economías terminan corrigiendo las expectativas de los mercados, aplastando las expectativas de sus habitantes, que al mismo tiempo son corregidos mediante el consumo de antidepresivos. Tratamientos concentrados en cápsulas de felicidad, como el caso de la famosa droga Mexican-A, también conocida como Aslan (citrato de radamantina al 88% y cloruro de 3-metil radamantina al 12%),  una poderosa droga de éxtasis, cuya venta está prohibida en los Estados Unidos, pero se ofrece como producto gratuito dentro de un paquete de servicios de un Crucero. El nombre de la droga coincide de manera intencional con el personaje más importante del escritor C.S Lewis, el León Aslan. Esta y otras drogas avanzadas para corregir estados de ánimo llevan a sus consumidores a realidades falseadas por las alteraciones químicas, donde viven prácticamente en Narnia.

Uno queda perturbado por la escena de la consulta médica en el crucero donde Enid, preocupada por el estado mental de su marido, acude  al doctor Hibbard, que luego de una perorata comercial, termina convenciendo a la conservadora católica una garantía de plenitud mediante el consumo del Aslan, que ofrece a los huéspedes del crucero como tratamiento de los pesares a bordo. Gracias al Aslan Enid goza, después de muchos meses, la experiencia plena de un sueño ininterrumpido.

Aslan optimiza en dieciséis dimensiones químicas —dijo Hibbard, haciendo gala de gran paciencia—. Pero adivine qué. Lo óptimo para una persona que está disfrutando de un crucero marítimo no es óptimo para quien está funcionando en su puesto de trabajo. Las diferencias químicas son muy sutiles, pero también puede ejercerse un control muy calibrado, de modo que ¿por qué no hacerlo? Además del Aslan «Básico», Farmacopea comercializa otras siete presentaciones. Aslan «Esquí», Aslan « Hacker» , Aslan «Ultra Rendimiento» , Aslan «Adolescentes» , Aslan « Club Méditerranée» , Aslan «Años Dorados» … Y me olvido uno. Ah, sí: Aslan «California» . Con mucho éxito en Europa. En el transcurso de los dos próximos años está previsto elevar a veinte el número de presentaciones. Aslan «Súper Estudiante» , Aslan «Cortejo» , Aslan «Noches en Blanco» , Aslan «Desafío al Lector» , Aslan «Selecto» , blablá blablá. La aprobación en Estados Unidos por parte de los organismos competentes aceleraría el proceso, pero habrá que esperar sentados. Si me pregunta usted, ¿qué distingue «Crucero» de los demás Aslan?, la respuesta es: que pone el interruptor de la ansiedad en No. Baja ese pequeño indicador hasta situarlo en cero. Algo que no hace Aslan «Básico», porque en el funcionamiento cotidiano es deseable un moderado nivel de ansiedad. Yo, por ejemplo, estoy ahora con el «Básico», porque me toca trabajar (Franzen, pp. 379-380).

El Gunnar Myrlal, el crucero donde viajan la pareja de ancianos Lambert, de la Nordic Pleasurelines, es uno de los pasajes más interesantes del libro, con tributos a los autores europeos, donde las situaciones de los personajes a bordo orbitan en delicadas anécdotas y reflexiones sobre la angustia. Los huéspedes se reúnen a comer en el Salón común Søren Kierkegaard; está la Sala de Lectura Knut Hamsun, las salas Esfinge y Strindberg dedicadas a los juegos de azar, y el Bar Lagerkvist, donde Enid, junto con otra conocida, Sylvia, son atendidas por un enano con casco de cuernos y chaleco de cuero, quien logró convencerlas de que tomaran akvavit de frambuesa. Puras referencias literarias. Los tripulantes del Gunnar, casi todos mayores retirados, reflexionan sobre la tristeza, la soledad y la muerte:

El ex vicepresidente de Control de Calidad volvió a colocarse las gafas en su sitio de la nariz y miró a Alfred.
—Me gustaría saber si la razón de que estemos tan deprimidos está en la ausencia de fronteras. Ya no podemos seguir creyendo que hay a sitios donde nadie ha estado nunca. No sé si no estará creándose una especie de depresión colectiva, en el mundo entero (Franzen, p. 389).

…nuestra cultura otorga demasiada importancia a los sentimientos, […] que hemos perdido el control, que no son los ordenadores quienes están convirtiéndolo todo en virtual, que es la salud mental. Todos andamos empeñados en corregir nuestras ideas y en mejorar nuestros sentimientos y en trabajarnos las relaciones y la capacidad para educar a los hijos, en vez de hacer como se ha hecho toda la vida, es decir, casarnos y tener hijos y ya está […] Nos estamos dando con la cabeza en el último techo de la abstracción, porque nos sobran el tiempo y el dinero […] De modo que […] hemos dejado de estar de acuerdo en cuanto a qué es lo importante en esta vida. (Franzen, p.365)

¿Los hijos pueden corregir los errores de sus padres? ¿De qué manera ejercemos un laborioso trabajo de corrección sobre los hijos? Lo que se descubre sobre uno mismo cuando se educa a los hijos no es siempre agradable o atractivo. Pasamos mucho tiempo corrigiéndonos y corrigiendo a otros de manera a veces desconsiderada, para luego darnos cuentas que muchas cosas que dejamos por sentada las hicimos mal, todo lo que hemos hecho estuvo mal, y encima seguimos haciendo las cosas mal, y hacemos de la vida una versión falsa de lo que creímos haber corregido en otros y en nosotros. Queremos con insistencia corregir eso falso de nosotros, para evitar la espesura que convive a veces en nuestras rutinas de mentira, aplazando con cinismo la única y compleja corrección de nosotros: la corrección verdadera, la que nos hace seres auténticos dignos del error.

El tiempo pasa y tenemos que asumir después las consecuencias de tantos aplazamientos y demoras, padres e hijos, pensando ya muy tarde que se estuvo cerca, demasiado cerca de la corrección, sacando cuenta de los inventarios, de los sacrificios que llevó todo eso, pero que realmente nunca se hizo tal reparo. Honestamente, uno piensa que hay padres que no deberían existir, pero esas referencias son necesarias para asimilar lo complejo del asunto, y que el mundo afortunadamente no es como nos parece, sino que es como es, resultado de tantas empresas arduas de corrección, presente en nuestras economías patéticas, instituciones ortopédicas, rayados y semáforos, leyes domésticas, publicidades enervantes y manuales místicos, garantías posibles de felicidad, de soluciones provenientes de lineas de ensamblaje.

Conducimos nuestra vida en función de las correcciones, y el mundo se forja en la reducción de esos pequeños detalles, los regaños, las humillaciones, tantos silencios confusos de nuestras actitudes supuestamente neutrales ante una situación, de una manera de comunicarnos para hacer una observación de cualquier forma de corrección. Casi siempre la comunicación familiar es el resultado de un fracaso a la hora de comunicarse, basta solo un gesto y detalle impreso en alguna frase sencilla, en alguna cosa no dicha, para mandar abajo todo eso que pensamos se había corregido. Pero sucede que en los mejores momentos familiares, tal vez en los menos deprimentes, los que quedan en las anécdotas valiosas que pueden comentarse en voz alta, tratamos de comprender eso que anteriormente no supimos ver, y que luego de tanta divagación facturada en años, buscamos con suma discreción corregir una vez más.

Alexander JM Urrieta Solano

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La especie humana dominaba la tierra y aprovechaba este dominio para exterminar otras especies y calentar la atmósfera y, en general, estropearlo todo, modificándolo a semejanza del hombre; pero también pagaba su precio por tales privilegios: que el cuerpo animal de su especie, finito y concreto, contuviera un cerebro capaz de concebir lo infinito, y ansioso de serlo.

Llegó un momento, sin embargo, en que la muerte dejaba de ser quien imponía la finitud para trocarse en la última oportunidad de transformación radical, el único portal practicable que conducía al infinito.

Referencia:

Franzen, Jonathan. (2012). Las Correcciones. España: Salamandra

«Yo antes quería ser los otros para conocer lo que no era yo. Entonces entendí que yo había sido los otros y que eso era fácil. Mi experiencia más grande sería ser el otro de los otros: el otro de los otros soy yo.»

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Clarice Lispector – Para no olvidar

El fin de los dirigibles

por Daniel Hernández

Van a cumplirse veinte años. Desde esa fecha –6 de mayo de 1937– ningún dirigible ha vuelto a surcar los cielos en misión comercial. Esa noche se derrumbó para siempre el creciente imperio de las aeronaves más livianas que el aire y se esfumó el sueño de un visionario.

La catástrofe del Hindenburg, que ahora recordamos, conmovió al mundo. Muy pocos acontecimientos han sacudido tan hondamente la sensibilidad pública. Desde el preciso instante en que la voz del locutor Herbert Morrison, que efectuaba una transmisión de rutina desde el aeropuerto de Lakehurst, se quebró para anunciar a millares de incrédulos oyentes: «¡Se incendia…! ¡Estalla… estalla!», desde ese instante una ola de asombro se propagó por los cuatro puntos cardinales. Y el asombro no ha cesado todavía.

El Hindenburg era la última maravilla de la ingeniería alemana. Algo colosal en sus dimensiones, bello en sus formas, ágil en su desplazamiento. Ni antes ni después ha remontado vuelo nada que se le pueda comparar. Medía 250 metros de largo y 45 de alto. Sostenido en el aire por ocho millones de pies cúbicos de hidrógeno, impulsado por cuatro poderosos motores Mercedes-Benz, con una autonomía de 8.700 millas y una capacidad de carga de 18 toneladas, era capaz de atravesar el Atlántico en dos días y medio, sorteando las peores tormentas con la facilidad de un gigantesco lebrel que ahuyentara una tribu de ardillas.

El Hindenburg era rápido. Cuatro veces más rápido que los buques que efectuaban la travesía transatlántica.

El Hindenburg era cómodo. Reunía las máximas posibilidades de confort para los pasajeros: cabinas individuales, grandes salones, ventanales de observación, calefacción, cocina perfecta.

El Hindenburg era seguro. Transportaba –es cierto– una mortífera carga de hidrógeno inflamable, pero el sistema de aislamiento se consideraba perfecto. Tanto que el Lloyd’s de Londres le había otorgado seguros por 500.000 libras a una tarifa muy baja.

El Hindenburg era hermoso, liviano, indestructible.

Hasta esa fatídica noche del jueves 6 de mayo.

Ya llevaba realizados diez viajes transatlánticos cuando el lunes 3, a las ocho de la mañana, zarpó por última vez de Frankfurt, Alemania.

Para esta travesía se designó comandante al capitán Max Pruss, en reemplazo del viejo Ernst Lehmann, que lo condujera en las anteriores. Lehmann, sin embargo, iba a bordo, quizá para completar la formación de su discípulo.

El dirigible debía llegar a la base aeronaval de Lakehurst, en Nueva Jersey, Estados Unidos, con las primeras horas del 6 de mayo. Vientos de frente lo retrasaron en el camino. Al amanecer, sin embargo, volaba sobre Nueva Escocia, y a las tres de la tarde era avistado en Nueva York, rumbo al sur. A las cuatro, el público y los reporteros congregados desde temprano en la base lo divisaban en el horizonte.

Pero el Hindenburg pasó sobre sus cabezas sin descender. El capitán Pruss acababa de comunicar al comodoro Charles Rosendahl, jefe de la base, que postergaría el descenso hasta las seis, porque no le gustaban las nubes de tormenta que se estaban acumulando en la zona. Y la aeronave siguió rumbo al sur. Poco más tarde cayó un chaparrón.

A las seis, Rosendahl informó por radio que a su juicio las condiciones atmosféricas habían mejorado lo bastante como para intentar el descenso. A las siete repitió el mensaje. Pero ya el zepelín se acercaba desde el sur, con las luces encendidas.

–Ahí viene –anunció el locutor Morrison a sus oyentes–, ahí viene hacia nosotros, como una gigantesca pluma, el Hindenburg

Los hombres que componían la dotación de amarre (150 en total) corrieron a sus puestos. Todavía lloviznaba ligeramente, pero el viento había disminuido y la visibilidad era bastante buena. La aeronave pasó sobre el campo, a 150 metros de altura, y viró en redondo para dirigirse a la torre de amarre.

El capitán Pruss y sus oficiales controlaban el descenso. Las válvulas comenzaron a expeler hidrógeno. El Hindenburg estaba ahora a sesenta metros de altura. Las hélices de los motores empezaron a girar en sentido inverso y el dirigible pareció detenerse de pronto.

Los fotógrafos lo enfocaban con sus cámaras. Los pasajeros se asomaban a los ventanales. A las 19:21 se soltó el primer cabo de amarre. Poco después, el segundo. Los hombres de tierra se apoderaron de ellos.

A las 19:22 la maniobra estaba prácticamente terminada. El dirigible flotaba seguro a unos 25 metros del suelo. Los pasajeros se aprestaban a descender cuando tocase tierra.

Al parecer, el Hindenburg había completado con éxito su undécimo viaje.

Pero faltaba exactamente un minuto para que se convirtiera en una gigantesca antorcha, y llegara a su término la era de los zepelines.

Era un orgulloso sueño el que iba a concluir allí, en las arenas de Nueva Jersey. Y un sueño al que se encuentra inevitablemente ligado el nombre del conde Fernando de Zeppelin.

El conde Zeppelin era un general alemán retirado, un hombre que ya casi había cerrado la órbita de su vida cuando a fines del siglo pasado empezó a soñar con una aeronave rígida, capaz de ser dirigida a voluntad, que reemplazara a los globos de incierto manejo. Y al servicio de esta fantasía, puso toda su tenacidad teutónica.

Otros hombres trabajaban en distintas direcciones para resolver el mismo problema. Faltaba poco para que en el taller de bicicletas de los hermanos Wright naciera el aeroplano. Las ascensiones en aeróstatos y planeadores se hacían cada vez más numerosas.

En 1900 terminó Zeppelin su primer aparato y lo hizo volar. Fue un desastre: se incendió en el aire. Pero él no se desanimó. Y tampoco se desanimaron los hombres que habían acogido con entusiasmo su idea.

A partir de entonces, la historia de los zepelines es una larga serie de esperanzas y fracasos, de hazañas y catástrofes.

Mientras el conde prosigue sus ensayos, los franceses construyen también un dirigible: el République. Se estrella en 1909, matando a sus cuatro tripulantes. En 1913 pierden otro: el L-2. Aquí los muertos son trece.

Pero viene la Primera Guerra Mundial. Y son los alemanes, naturalmente, los que creen ver en el zepelín un arma decisiva. Empiezan a construirlos afiebradamente. Y los lanzan sobre los campos de batallas y las ciudades enemigas cargados de bombas. Los resultados son catastróficos… para los zepelines. Los cañones antiaéreos y los cazas aliados los derriban fácilmente. En un solo «raid» sobre Londres intervienen doce de estos monstruos aéreos. Ninguno vuelve a su base.

Cuando termina la guerra, los alemanes han perdido cincuenta y siete dirigibles. Sólo les quedan tres. A partir de entonces se acepta que no sirven para la guerra.

Pero, ¿no servirían para fines de paz?

Los norteamericanos han recogido la idea. Y el saldo de desgracias que parece acompañarla. En 1922 se les estrella el Roma, con treinta y cuatro muertos. Más tarde construyen un gigante: el Shenandoah. Cuando estalla en el aire, mueren catorce hombres. El comodoro Rosendahl –a quien ya hemos nombrado como jefe de la base de Lakehurst– estaba allí. Fue uno de los sobrevivientes.

Tercian los ingleses. En 1930 pierden el enorme R-101. Cuarenta y ocho muertos.

Insisten los norteamericanos, esta vez con el Akron. En 1933 desaparece en el mar con setenta y dos tripulantes.

Y ya tenemos a los alemanes listos para volver a la brecha, a pesar de tantos contrastes. Ellos van a recoger la bandera de Zeppelin –ahora que los otros países parecen dispuestos a abandonarla–, la van a poner en manos de un genial conductor, el doctor Eckener, y tratarán de llevarla al triunfo. Si no lo consiguen, no será por falta de constancia y heroísmo.

Eckener construye el Graf Zeppelin, esa maravilla plateada que muchos porteños recuerdan haber visto hace veintitrés años sobre Buenos Aires. Con él se inaugura un servicio regular de Alemania a Sudamérica. Rápido y seguro, conquista inmediatamente la confianza del público.

Luego viene el Hindenburg. Representa un enorme avance sobre el Graf Zeppelin. Es, casi, la perfección. Y se lo destina a la travesía Alemania-Estados Unidos.

El Hindenburg acaba de terminar su undécimo viaje. Se halla junto a la torre de amarre, en Lakehurst. Son las 19:23…

Súbitamente una lengua de fuego nace de la quilla del dirigible, a popa, corre como una víbora, se extiende y en pocos segundos se propaga por todas partes. El Hindenburg se convierte en una pira colosal. Las llamas ascienden a más de cien metros de altura. El temible hidrógeno arde, arde furiosamente…

La aeronave empieza a inclinarse por la popa, hacia tierra, con lentitud de pesadilla.

La voz del locutor Morrison, que transmite a millares de oyentes, se ha llenado de espanto:

–¡Arde…! ¡Se estrella, se estrella…, terrible!

En la dotación de tierra y en los espectadores hay momentos de pánico. La inmensa mole incendiada se les viene encima. Fragmentos incandescentes llueven sobre ellos.

El comodoro Rosendahl está en la torre de amarre.

–¡Santo Dios! –exclama al ver el resplandor que ilumina el cielo.

El dirigible caía directamente sobre él. Tuvo que correr como un poseído para ponerse a salvo.

En su cabina, Morrison todavía tiene ánimo para seguir transmitiendo:

–¡Esto es espantoso! –grita–. ¡Se incendia y cae sobre la torre de amarre! ¡Esta es una de las peores catástrofes del mundo!

Entretanto, dentro del Hindenburg, donde hay cincuenta y nueve tripulantes y treinta y dos pasajeros, reina el caos más absoluto. Solamente los oficiales parecen mantener una extraordinaria serenidad. El capitán Pruss, en la cabina de control, ha sentido una explosión no muy fuerte y ha escuchado el clamor del público. Se asoma a la ventanilla de la góndola, pero en el primer momento no observa nada anormal.

–¿Qué sucede? –pregunta.
–¡La nave está en llamas! –le contesta un oficial.

El capitán obra con seguro instinto. Podría mantener durante algunos segundos la estabilidad de la nave, soltando el lastre de la popa, pero permite que ésta descienda a tierra, dando una oportunidad de salvación a los que se encuentran allí.

Al inclinarse el zepelín, pasajeros y tripulantes han rodado por pasillos y camarotes. Después empiezan a desprenderse como hormigas por cuanta escotilla o agujero deja la estructura en llamas. De los que logran salvarse, muy pocos sabrán más tarde cómo lo hicieron.

Algunos son despedidos, otros rompen ventanillas y se tiran, los más son arrancados de las llamas por las patrullas de salvamento rápidamente organizadas.

Joseph Spah, un acróbata profesional, permanece varios segundos colgado del marco metálico de una ventanilla, calentado a una temperatura que sólo él puede resistir… porque está acostumbrado a hacer una prueba semejante. Cuando cree llegado el momento oportuno, intenta un prodigioso salto desde quince metros de altura, corre por la arena húmeda –el chaparrón de la tarde resultó providencial– y se salva.

Un chico de catorce años, que trabaja de botones en la nave, se deja caer por una escotilla. Pero una masa de fuego desciende sobre él. Está perdido. En ese momento estallan los tanques de agua que sirven de lastre, lo empapan y le dan una increíble oportunidad de salvación, que el chico aprovecha corriendo como un gamo.

Una señora sale por el camino normal: por la planchada. No parece inmutarse. Dos marineros la arrebatan a los tirantes de acero incandescente que se precipitan sobre ella.

Un hombre surge caminando tranquilamente de las llamas, con todas las ropas quemadas. Alguien corre a su encuentro. El hombre habla pausadamente en alemán, sin dar muestras de excitación. De pronto, gira sobre sí mismo y se desploma, muerto.

Otro fugitivo del siniestro se ha sentado sobre la arena, con los codos apoyados en las rodillas. Y arde. Arde de pies a cabeza. Cuando se acercan a ayudarlo, tiene en el rostro incendiado un gesto de profunda concentración, como si reflexionara. Muere en seguida.

Entre las primeras víctimas llevadas a la enfermería de la base hay un joven tripulante del Hindenburg. Pide que envíen un cable a su joven esposa.

–¿Qué le decimos? –le preguntan.
–Que estoy bien. Que estoy con vida.

Apenas termina de decirlo, muere.

Los últimos en abandonar el Hindenburg fueron el capitán Pruss, el capitán Lehmann y diez oficiales más que estaban a proa, en la cabina de control. Lo hicieron cuando ya casi todo el resto de la aeronave estaba consumido por las llamas.

Pruss sobrevivió, a pesar de los numerosos viajes de regreso al siniestro que efectuó en busca de sobrevivientes. Sólo se le oía gritar:

–¡Los pasajeros…! ¡Los pasajeros…!

El capitán Lehmann, en cambio, se quebró la columna vertebral y sufrió terribles quemaduras al saltar de la góndola.

Murió esa misma noche, conservando plena lucidez hasta el último momento y sin que nadie le oyera quejarse de sus terribles dolores. Antes de expirar, habló largamente con su viejo amigo Rosendahl. El total de muertos causados por el accidente ascendió a treinta y seis, de los cuales trece eran pasajeros.

En cuanto a las causas del desastre, se han propuesto muchas explicaciones. Algunos opinaron que la electricidad estática había inflamado una pérdida de hidrógeno. Otros, que al saltar un fragmento de una hélice perforó la envoltura del dirigible, permitiendo la combustión espontánea del hidrógeno en contacto con el aire. Y no faltan quienes aseguran que antes de zarpar el Hindenburg para su último viaje, el gobierno alemán recibió denuncias anónimas de que se atentaría contra él.

Pero el misterio subsiste. Quizá la mejor respuesta sean aquellas palabras que pronunció el capitán Lehmann antes de cerrar los ojos para siempre:

Ich kann es nicht verstehen. «No puedo comprenderlo.»

 

[Este texto forma parte de la obra periodística de Rodolfo Walsh, que escribió en varias oportunidades bajo el seudónimo de Daniel Hernández. Abajo podrá encontrar un enlace para que pueda acceder al libro completo.]

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Rodolfo Walsh – El violento oficio de escribir

Tanizaki en Las Vegas (reprise)

Había terminado de leer El elogio de la sombra, del escritor japonés Junichiro Tanizaki. El ensayo hablaba sobre las virtudes de la oscuridad como rasgo idiosincrático de la cultura japonesa. Al mismo tiempo, la sombra como complemento esencial dentro de las estéticas de los espacios y la belleza, que se presentan en los hallazgos expresivos de las artes y la vida cotidiana. El elogio es una crítica a la obsesión que tenemos los occidentales por la luz, por el deslumbramiento, sinónimo del progreso civilizatorio justificado en la razón, mito heredado del Siglo de las Luces.

Pensé entonces que las ciudades con exceso de luz tienen la desventaja de poner en evidencia con mayor claridad sus defectos. No dan cabida al ocultamiento, tan solo se hacen más evidentes y grotescos los lugares y detalles que no resultan gratos a la mirada. A raíz de todo esto pensé en una ciudad occidental referencial, una ciudad que dentro de sus dinámicas diera el ejemplo totalizador de lo que tanto criticaba Tanizaki: Las Vegas, una ciudad en medio del desierto que nos sugiere con su arquitectura artificial, con sus luces y espectáculos insaciables, el resultado de un hecho urbanístico novedoso. Un fenómeno espacial que le resultaría vulgar al escritor japonés.

Las Vegas, además de presentarse como una ciudad mensaje, diseñada completamente de signos, funciona para comunicar nostalgias, consumo, derroche y fantasía. Ella logra engañar con su espejismo lúdico, construido a partir de pruebas atómicas, neones y máquinas tragamonedas. Viéndolo de esta forma, la luz de Las Vegas, o nuestras ciudades, proponen una estrategia de la ilusión. La sombra, o la idea precisa de ella, es un elemento para pensar las ciudades, que llega a presentarse como una crítica incómoda.

Vivimos atados a rutinas dentro de tantos espacios lumínicos, que evitamos hasta el hastío cualquier clase de reflexión. Digamos, el apreciar en tanta aceleración el placer de las pausas, el placer que puede brindar la penumbra de tanta mecánica de soledades, trabajos aburridos, rutinas asesinas, rostros cansados por la costumbre que conduce al suicidio, rostros con necesidad de algún grado de templanza para ocultar el agotamiento propiciado por los espacios, que no dan consenso a la contemplación de nuestra propia oscuridad.

Todas las ciudades occidentales aspiran superar sus propias ficciones, para enmarcarse en el viaje a la hiperrealidad en donde la imaginación occidental quiere ante todo buscar la verdad, y para eso necesita construir lo falso en un sentido absoluto. Al fin y al cabo, nos vemos en la urgencia enfermiza de creer que creemos. ¿Cuántas veces nos hemos dejado seducir por esa búsqueda plástica y superficial de iluminación?

Elaborar nuestra propia poética del espacio, contrastando los lugares tanto luminosos como oscuros de nuestro día a día, también es una terapia válida para la afinación de la mirada, tan irritada por las imágenes brillantes. De aquí tal vez la virtud de aprender a mirar la ciudad con un grado de cautela mayor, como Tanizaki en Las Vegas.

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Alexander JM Urrieta Solano

 

El árbol de la ciencia

El árbol de la ciencia es una novela del escritor español Pío Baroja publicada en 1911. La he disfrutado mucho. Durante los días que abordé su lectura me hizo pensar en muchos temas relacionados con la incertidumbre y el estado de concentración que puede lograrse luego de tanto tiempo encerrado, evitando no pensar mucho sobre la misma incertidumbre, los oficios mal pagados y la repetición.

La vida de Andrés Hurtado, el personaje principal, me conmovió de tal manera que me llevó a sostener la idea de que las grandes novelas son esas que nunca terminan de decir lo que pretenden decir. Quedan a merced de lecturas perennes. Quedan abiertas para el deleite de lo infinito, para abrir debates en defensa o destrucción de la obra misma.

Con certeza Baroja al momento de publicar su novela llegó a comentar que su Árbol era el libro más acabado de todos. Los grandes libros se nos presentan como un manual de instrucciones que hay que leer con mucha cautela, porque cada oración, diálogo, detalle de un salto a otro son lecciones de un dominio pleno del estilo. Una enseñanza literaria.

Baroja es uno de los escritores más representativos de la generación del 98, conformada por personajes que al igual que él veían con angustia el panorama de su España decadente. Su texto muestra críticas contundentes, su dolor por España, que por muy contradictorio que fuera, era el lugar que amaba pero que al mismo tiempo no le gustaba.

Es triste todo eso. Siempre en este Madrid la misma interinidad, la misma angustia hecha crónica, la misma vida sin vida, todo igual.

La brevedad de los capítulos, que a su vez conforman el conjunto total de la novela, son un recorrido de diversos personajes que el narrador va presentando en todos sus defectos, raras veces destaca la virtud de alguno. Las descripciones de los lugares de España junto a las situaciones forman un interesante y jocoso acercamiento al siglo XX. El Árbol es una disección filosófica de la época.

Hay una dureza en Hurtado en la forma como se expresa de su gente. El doctor es un extranjero en una tierra que no entiende. Es severo con las diferencias que hay entre los ricos y pobres, injusticias donde los desamparados, los niños, las mujeres y los analfabetas son las alteridades despreciadas por el progreso; los personajes en su petulancia ibérica esconden sus miserias; la ignorancia que deriva de amnesias voluntarias de un país que poco interés tiene por su historia, donde la tradición cristiana ha conjugado todas las formas de hacer la vida, un rutina plagada de egoísmos sembrados en largas estirpes.

Las reflexiones se desarrollan de una manera lúcida en la temporada que Hurtado está en el pueblo de Alcolea, pueblo que termina despreciando. Alcolea es la representación de su España enferma, una población que fácilmente puede ser cualquier lugar del mundo. El diagnóstico médico de lo particular a lo general.

Las costumbres de Alcolea eran españolas puras, es decir, de un absurdo completo.

El pueblo no tenía ningún sentido social; las familias se metían en sus casas, como los trogloditas en su cueva. No había solidaridad; nadie sabía ni podía utilizar la fuerza de asociación. Los hombres iban al trabajo y a veces al casino. Las mujeres no salían más que los domingos a misa.

Por falta de instinto colectivo,  el pueblo se había arruinado.

Algo que me dejó también desconcertado era afán de la nostalgia, ese cuando antes éramos ricos lo sentí en la novela como un reproche a mi realidad. Ese orgullo que llena de tanto asco al médico Hurtado, en sus reflexiones sobre la decadencia de un país embobado por los prejuicios, la moral religiosa, la corrupciones de los políticos. Los españoles no eran muy distintos de los venezolanos. Madrid fácilmente podía ser Caracas.

El tema central del libro: el árbol de la ciencia, que tiene como contra parte el árbol de la vida, ambos referentes de los pasajes bíblicos que conforma una de las primeras narrativas de la Cultura Occidental. Los pasajes donde Hurtado mantiene discusiones filosóficas con su tío Iturrioz, tocan temas relacionados a desorientaciones existenciales, el sentido de la vida, el amor, las caducidad de los cuerpos y el porvenir de las cosas. Son las partes que junto a los pequeños relatos dotan de una fuerza única a la novela. Las lecturas de Kant y Schopenhauer son los puntos de referencia de las inquietudes filosóficas de Hurtado.

…Kant ha sido el gran destructor de la mentira grecosemítica. Él se encontró con esos dos árboles bíblicos de que usted hablaba antes y fue apartando las ramas del árbol de la vida que ahogaban al árbol de la Ciencia. Tras él no queda, en el mundo de las ideas, más que un camino estrecho y penoso: la Ciencia. Detrás de él, sin tener quizá su fuerza y su grandeza, viene otro destructor, otro oso del Norte, Schopenhauer, que no quiso dejar en pie los subterfugios que el maestro sostuvo amorosamente por falta de valor. Kant pide por misericordia que esa gruesa rama del árbol de la vida, que se llama libertad, responsabilidad, derecho, descanse junto a las ramas del árbol de la ciencia para dar perspectivas a la mirada del hombre. Schopenhauer, más austero, más probo en su pensamiento, aparta esa rama, y la vida aparece como una cosa oscura y ciega, potente y jugosa, sin justicia, sin bondad, sin fin; una corriente llevada por una fuerza X, que él llama voluntad y que, de cuando en cuando, en medio de la materia organizada, produce un fenómeno secundario, una fosforescencia cerebral, un reflejo, que es la inteligencia. Ya se ve claro en estos dos principios: vida y verdad, voluntad e inteligencia

La novela es una composición de pequeñas anécdotas que sumadas hacen la vida de Andrés Hurtado, médico melancólico, enfermo, confundido y aterrado por el alma de su tiempo, que confunde su vocación práctica de salvar o preservar la vida, a la par que desprecia el porvenir de la humanidad. En la novela quedé con la impresión que la amistad también es un terreno de camaradería repleto de vivencias, que también abre de manera inevitable los espacios para las rencillas y las envidias, porque es sabido que los amigos están para hablar mal siempre de uno, al menos los que tienen o comparten las mismas pasiones o disgustos, por muy distintos que sean. Los amigos se encuentran y se unen por esas mismas diferencias; entre esas posturas, hablar mal del otro, solo manifiesta un afán de proyección, de aprender a sentir placer en los fracasos de otros para evitar pensar en los propios.

Esta manera de retratar la amistad entre Hurtado, Montaner y Aracil me pareció muy honesta, porque toca un tema que muchos han sentido pero son incapaces de retratar. Esas pasiones oscuras que mueven los hilos entre los amigos, que no parecen cambiar con el paso de los años. Pero ellos también son movidos por esa lucha de convertirse en alguien, sentar cabeza, cumplir con las aspiraciones mínimas que dan acceso a lo mundano y material.

Ciertos personajes no tienen alternativa que la de soportar el peso que implica el desencanto del mundo. No tienen otra ley que la de sufrir eso que no entienden. Todo va mal porque el personaje no tiene otro destino. Lo llega a asumir de tal manera que termina optando por el suicidio escalonado, aquel en donde se tiene que seguir viviendo después de fracasar. Las grandes historias sobre la existencia parece que nos sugieren las mismas posturas, como si se concluyera, al igual que en el Proceso de Kafka, que es el miedo y la mentira los elementos que dan forma al mundo, y nosotros no tenemos otra opción que la de morir ¡como un perro!

Los hombres son egoístas por naturaleza y necesitan de paraísos artificiales de los cuales aferrarse, para moverse en conjunto porque la soledad sin contemplación puede llegar a ser insoportable. Esta forma de derrota junto con la intrascendencia son elementos universales que definen a los mejores (anti)héroes de la novela moderna.

Disociación

 —No sé, no sé, murmuró Iturrioz. Creo que vuestro intelectualismo no os llevará a nada. ¿Comprender? ¿Explicarse las cosas? ¿Para qué? Se puede ser un gran artista, un gran poeta, se puede ser hasta un matemático y un científico y no comprender en el fondo nada. El intelectualismo es estéril. La misma Alemania, que ha tenido el cetro del intelectualismo, hoy parece que lo repudia. En la Alemania actual casi no hay filósofos, todo el mundo está ávido de vida práctica. El intelectualismo, el criticismo, el anarquismo van de baja.

 — ¿Y qué? ¡Tantas veces han ido de baja y han vuelto a renacer! contestó Andrés.

 — ¿Pero se puede esperar algo de esa destrucción sistemática y vengativa?

 —No es sistemática ni vengativa. Es destruir lo que no se afirme de por sí; es llevar el análisis a todo, es ir disociando las ideas tradicionales, para ver qué nuevos aspectos toman, qué componentes tienen. Por la desintegración electrolítica de los átomos van apareciendo estos iones y electrones mal conocidos. Usted sabe también que algunos histólogos han creído encontrar en el protoplasma de las células granos que consideran como unidades orgánicas elementales y que han llamado bioblastos. ¿Por qué lo que están haciendo en física en este momento los Roentgen y los Becquerel y en biología los Haeckel y los Hertwig no se ha de hacer en filosofía y en moral? Claro que en las afirmaciones de la química y de la histología no está basada una política, ni una moral, y si mañana se encontrara el medio de descomponer y de transmutar los cuerpos simples, no habría ningún papa de la ciencia clásica que excomulgara a los investigadores.

 —Contra tu disociación en el terreno moral, no sería un papa el que protestara, sería el instinto conservador de la sociedad.

 —Ese instinto ha protestado siempre contra todo lo nuevo y seguirá protestando; ¿eso qué importa? La disociación analítica será una obra de saneamiento, una desinfección de la vida.

 —Una desinfección que puede matar al enfermo.

 —No, no hay cuidado. El instinto de conservación del cuerpo social es bastante fuerte para rechazar todo lo que no puede digerir. Por muchos gérmenes que se siembren, la descomposición de la sociedad será biológica.

 — ¿Y para qué descomponer la sociedad? ¿Es que se va a construir un mundo nuevo mejor que el actual?

 —Sí, yo creo que sí.

 —Yo lo dudo. Lo que hace a la sociedad malvada es el egoísmo del hombre, y el egoísmo es un hecho natural, es una necesidad de la vida. ¿Es que supones que el hombre de hoy es menos egoísta y cruel que el de ayer? Pues te engañas. ¡Si nos dejaran!; el cazador que persigue zorras y conejos cazaría hombres si pudiera. Así como se sujeta a los patos y se les alimenta para que se les hipertrofie el hígado, tendríamos a las mujeres en adobo para que estuvieran más suaves. Nosotros, civilizados, hacemos jockeys como los antiguos monstruos, y si fuera posible les quitaríamos el cerebro a los cargadores para que tuvieran más fuerza, como antes la Santa Madre Iglesia quitaba los testículos a los cantores de la Capilla Sixtina para que cantasen mejor. ¿Es que tú crees que el egoísmo va a desaparecer? Desaparecería la humanidad. ¿Es que supones, como algunos sociólogos ingleses y los anarquistas, que se identificará el amor de uno mismo con el amor de los demás?

 —No; yo supongo que hay formas de agrupación social unas mejores que otras, y que se deben ir dejando las malas y tomando las buenas.

 —Esto me parece muy vago. A una colectividad no se le moverá jamás diciéndole: Puede haber una forma social mejor. Es como si a una mujer se le dijera: Si nos unimos, quizá vivamos de una manera soportable. No, a la mujer y a la colectividad hay que prometerles el paraíso; esto demuestra la ineficacia de tu idea analítica y disociadora. Los semitas inventaron un paraíso materialista (en el mal sentido) en el principio del hombre; el cristianismo, otra forma de semitismo, colocó el paraíso al final y fuera de la vida del hombre y los anarquistas, que no son más que unos neocristianos; es decir, neosemitas; ponen su paraíso en la vida y en la tierra En todas partes y en todas épocas los conductores de hombres son prometedores de paraísos.

—Sí, quizá; pero alguna vez tenemos que dejar de ser niños, alguna vez tenemos que mirar a nuestro alrededor con serenidad. ¡Cuántos terrores no nos ha quitado de encima el análisis! Ya no hay monstruos en el seno de la noche, ya nadie nos acecha. Con nuestras fuerzas vamos siendo dueños del mundo.

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Alexander JM Urrieta Solano

La normalidad relativa

Hace unas semanas en Cumaná los familiares de un fallecido tuvieron que trasladarse al cementerio con coronas y urna en transporte público, luego de que la carroza fúnebre a mitad del camino se quedara sin gasolina.

Una pimpina de gasolina puede conseguirse al módico precio de 20 dólares. Los distribuidores formalmente son miembros activos de la corporación militar. Muchos ciudadanos comunes, engendros de la viveza, han sido detenidos por andar vendiendo gasolina en divisas, siendo acusados de especuladores y traidores de la patria, porque es bien sabido que las transacciones en moneda extranjera están prohibidas.

La distribución de aguas es la explicación clara del socialismo en palitos: de circunstancias imprecisas y azarosas, cuestión de fluidos, igualdad relativa que tiene solo sentido en los que siguen creyendo en el cuento de la justicia social, o le es indiferente el asunto de la higiene. Un día puedes tener agua corriendo sin problema uno o dos días, y luego puedes pasar meses sin una gota de agua.

Una cisterna de agua puede abastecer con once mil litros al menos medio tanque de un edificio regular de 10 o 12 pisos. Se necesita por lo menos dos servicios que pueden salir al módico precio de 90 a 100 dólares en efectivo. Al no saber cuándo volverá a entrar el agua por las tuberías formales de la calle se tiene que regular el tiempo del agua, un tiempo coherente, insano, que obliga a los grupos familiares a la superación diaria en materias de velocidad y agilidad como aguadores: tener agua media hora por la mañana y media hora por la noche. Y así. Estas duraciones pueden variar pero nunca pueden ser corridas ni extensas. Eso es un privilegio inexistente.

Sobre la luz mejor no hablemos. Pensemos en el Elogio de la Sombra.

Un amigo sostiene que el chavismo es un fenómeno lingüístico.

Han manipulado el lenguaje de tal manera que el fracaso significa victoria no lograda. El dialecto visceral del corazón patrio es una retahíla de oraciones bélicas, de logros dudosos de un pueblo guerrero con la hemoglobina alta, sumamente enfermo, y con trastornos que van de la ansiedad a la depresión.

En su arrogancia los rojos comprendieron que había que cambiar todo desde las entrañas del lenguaje.

Construyeron una narrativa nacional omnipresente para convencernos a todos que después de ellos no sería posible plantearse el mañana.

Fusionaron el relato mítico con las técnicas del marketing, creando el rebranding de las identidades, muy conveniente con el fin del milenio y la crisis de los paradigmas.

Cada año desde 1999 hubo una implementación sutil de políticas respaldadas por decisiones semánticas y económicas.

La corrupción siempre estuvo presente en el abuso excesivo del lenguaje.

La clase dirigente opositora fue el resultado simultáneo de esos usos inconscientes del lenguaje. (Oposición que tiene años sin entender que su incompetencia para rivalizar es una cualidad congénita heredada de su creador).

De todos los ejemplos pensemos en un caso trivial, de pertinencia lingüística: el eslogan, frase breve, expresiva y fácil de recordar.

En revolución cada eslogan sugiere en sus composiciones cutres un radicalismo sistemático, místico, de interacción simbólica, que llevó a la población a padecer de síntomas de polarización, de una inclinación abismal a la vergüenza étnica, a negar con orgullo al otro, convertir la repugnancia por lo distinto en una normalidad aceptable, pues es obvio que donde hay que tomar postura un niní es una clase de monstruo que nadie quiere, convirtiéndonos en consumidores potenciales de propaganda pedagógica y religiosa. Ilustremos con ejemplos:

“Venezuela ahora es de todos”
“Patria socialismo o muerte…venceremos”
“Pueblo victorioso”
(«Estamos del lado correcto de la historia»)
“Unión Cívico Militar”
“Venezuela Indestructible”
“Venezuela Heroica”

“Hechos de verdad” (!!!)

El mes de junio arranca con el nuevo eslogan de la revolución permanente: «La nueva normalidad relativa». Abiertas las bombas de gasolina premium que aceptan sin mayor inconveniente divisas, sin mencionar la imposibilidad de pagar de otra manera, por lo que los expertos aconsejan a los usuarios que busquen la manera de resolver por su lado.

El supremo fue muy claro: «La gasolina que hemos traído la hemos pagado en dólares y debemos cobrarla, por eso estamos haciendo un grupo de encuestadores para determinar el monto de cobro de la gasolina». Este hombre no puede ocultar cuando se atraganta de inteligencia. Es admirable, con razón le gusta tanto la Casa de Papel.

Anoto una cita del periodista Martín Caparrós sobre las normativas:

«El mecanismo es conocido: sucede algo que nos parece intolerable (la medida que toma el gobierno), lo toleramos suponiendo que no va a durar mucho, dura mucho, nos olvidamos de que nos parecía intolerable, se convierte en la norma.»

El subsidio, como todos sabemos, es parte de la retórica revolucionaria que da luz verde a los mercados paralelos, acaparamientos, especulación y corrupción. Los subsidios son el negocio activo de la revolución.

Donde hay subsidio hay crimen.
Donde hay subsidio colapsa y escasea todo.
Esto es un refrito de lo bueno.

En estos días entregaron el bono de «Disciplina y conciencia». Antes fue el especial #QuedateEnCasa, el día de la madre, el día del trabajador, el bono 100% amor mayor… y la lista es infinita. Es la modalidad de pago que otorga la gran corporación del estado a sus dependientes. Un grillete numérico. No se trata de que el carnet de la patria tenga o no control sobre la vida, basta solo vender la idea de que lo hace. Esa sensación de control se hace verosímil en la necesidad, en la sumisión y el monopolio del miedo. Nadie puede negar que estas entradas de dinero aun siendo pírricas logra mantener a la población contenta, al menos en el instante que la plata como llega se va. El último bono fue de 500.000 bolívares, que esto al cambio promedio es de 2 dólares con cincuenta y cinco centavos.

Leí un tweet el día del pago:

«Yo @piensalobien: Gracias camarada presidente Nicolás Maduro (el mago) me llegó el bono disciplina y conciencia. No sé cómo lo hace en medio de tanta traición y saboteo interno, sanciones y bloqueos. Lo cierto es que el pueblo está protegido con su capacidad de servicio y sacrificio»

El arte de la adulancia. Quisiera aprender a chupar medias de esa manera tan pulcra y honesta.

Mientras acontece en versión streaming las consecuencias del Estado Mágico, donde el chavismo como mago saca ocurrencias de una boina, circula una imagen de una biblioteca de la Universidad de Oriente, reducida a cenizas por la ola de actos vandálicos cometidos a las universidades desde hace tiempo.

Hagamos memoria de todos los ataques a las casas de estudios que han quedado impunes, donde nadie supo nada ni vio nada. Y luego los miembros importantes terminan declarando en anuncios extraordinarios que hay que «mantener la calidad universitaria». El estudiante y el docente, los trabajadores universitarios, forman un gremio único por debajo del reino de las cucarachas. Todos esperan demasiado de ellos. Todos esperamos algo de lo que somos incapaces de dar: Empatía.

El bibliocidio es una de las tantas maneras violentas de borrar la memoria. De promover amnesias en lugares donde ha ganado la apatía.

Los ataques a las universidades, la guerra contra los oídos y cerebros, son una agenda de prioridad en los sistemas totalitarios. Aquí la solución es militarizar y hacer de lo tomado algo inservible. Que la gente deje de hacer sus cosas por acumulación de resignación. Una manera muy baja de ir devorando el alma a punta de decepciones.

Según palabras de los ministros que salen todos los días en las cadenas, que dedican un tiempo considerable a repetir las mismas peroratas, destacan la admirable labor del pueblo en un proceso de «lucha y de conciencia profunda producto de esta unión cívico militar» (¿conciencia profunda?), que se ha vuelto un rasgo distintivo para nuestro narcisismo heroico local, donde se nos repite hasta el agotamiento que somos ejemplo incuestionable para todos los países latinoamericanos.

La crisis humanitaria para que no duela se vuelve entretenimiento gratuito.

Razones nos sobran para sentirnos victoriosos, así no dispongamos de lo obvio que ahora es un lujo.

Alexander JM Urrieta Solano

«Pienso en las circunstancias del pasado: guerras, pactos, facciones, etc. Es tan nimio el interés que sentimos por ellas, que nos preguntamos cómo es posible que el hombre se hubiera ocupado y consternado por cosas tan transitorias. Miro el tiempo presente, los humores, al respecto, son los mismos y seguimos sin cuestionarnos.»

Jonathan Swift – La conjura de los necios

Paprika y la interpretación de los sueños

por Alexander JM Urrieta Solano

Anoche tuve un sueño. ¿O debiera decir una pesadilla? Una pesadilla es algo que se eleva del subconsciente al inconsciente, plagado de sobresaltos y desazón, para castigar o asustarnos. Pero lo que me sucedió anoche fue un presentimiento frenético de felicidad. Si pienso en ello como una pesadilla es porque, contrariamente a los sueños comunes, que se elevan y desaparecen en las sombras, este era profundo y claro, y permanece todavía conmigo en lugar de desvanecerse.

Nietzsche – Mi hermana y yo

Siguiendo el mapa de lecturas de la cuarentena terminé la novela de Paprika, del escritor japonés Yasutaka Tsutsui, publicada en 1993. Tanto Paprika como otras novelas de Tsutsui han sido adaptadas al manga. También hace ya unos años había visto la película animada de Paprika, estrenada en el 2006 y dirigida por Satoshi Kon, cuya adaptación del libro es muy fiel a la trama, aunque siempre hay que tomar en cuenta que no hay acciones totalmente fieles en las artes. Tanto el libro como la película son gratas experiencias por igual.

En el Instituto de Investigaciones Psiquiátricas de Tokio se desarrollan tecnologías para el tratamiento de pacientes mediante la interpretación de sus sueños. Los principales investigadores del instituto son la doctora Atsuko Chiba y el doctor Kosaku Tokita, ambos nominados al premio nobel de fisiología y medicina por sus aportes al estudio de la psique humana. Tokita ha creado un dispositivo para introducirse en los ciclos REM de los enfermos mentales, el mini-DC, con el que mediante la terapia puede modificar sus comportamientos y aliviar trastornos.

La trama se dispara cuando empieza a correrse el rumor de que la esquizofrenia es contagiosa. Se presume que durante los tratamientos los terapeutas pueden asimilar los sueños dementes de los pacientes más crónicos.

En realidad no era cuestión de formación, sino de…fuerza mental. Algunos tenían lo suficiente para ser terapeutas, pero no para adaptarse a los sueños de los enfermos o transferir emociones en su subconsciente. Si intentaban hacerlo, corrían el peligro de quedar atrapados en la psique del enfermo, incapaces de volver al mundo real. (Tsutsui, 2011, p. 21).

Se mezclan rivalidades científicas para tomar el control de los sueños. Durante la novela estos se confunden con la realidad y llevan a los personajes a la atrofia de sus capacidades como doctores, y de poder dormir con normalidad. Hay todo un conflicto de ética en donde se cuestiona el uso de la tecnología en detrimento de las formas tradicionales aplicadas a los pacientes, mediante la terapia clásica del psicoanálisis. Lo que despierta rabias intelectuales, rencillas típicas en ambientes académicos, donde el genio despierta la envidia de los fracasados. Hay una repulsión de los antagonistas de la novela hacia Tokita, el genio creador, que detrás de su excesiva gordura, esconde un malestar de deseos reprimidos.

Los diversos traumas que poseía ese monstruo de la naturaleza lo había sublimado en un talento científico sin precedentes en la historia. Pero era un talento en crudo, desprovisto de ética o de moralidad. Las frustradas pulsiones sociales y sexuales de ese hombretón estaban por completo dirigidas a la elaboración de invenciones inhumanas (Tsutsui, 2011, p. 135).

Paprika, alter ego de la doctora Chiba, es la detective de los sueños. Su figura despierta un interés enorme en las personas que trata. Hay un componente lúdico en la novela en el tratamiento del erotismo a través del morbo que expresan los personajes. Los deseos sexuales, la ansiedad y la desesperación levantan escenarios oníricos donde Paprika transita y registra los sueños en una grabadora que en la realidad reproduce como una película.

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El autor hace breves paradas para comentar temas sobre teorías del psicoanálisis, los conceptos de la depresión y la angustia, vistas como casos clínicos que pueden analizarse desde la interpretación de los sueños, como en el caso del paciente Tatsuo Nose, un empresario que quiere ubicar el origen de su neurosis de angustia.

La angustia forma parte del ser humano. Heidegger la consideraba un mal necesario. Cuando seas capaz de domesticar esa angustia y encuentres una forma de convivir con ella o, incluso, de utilizarla, ya no necesitarás tratamiento alguno. Entonces conocerás la causa de tu ansiedad (Tsutsui, 2011, p. 38).

Otro de los personajes es Toshimi Konakawa, un policía que sufre de una depresión severa. A pesar de los éxitos obtenidos en una carrera profesional, la tristeza siempre proviene de otra parte. Me dio la impresión como lector que el autor hace un análisis sobre la obsesión que provoca la búsqueda del éxito y la perfección en las personas, las rivalidades laborales que definen la división de los oficios, y que al no obtener ni cumplir algunas expectativas, sin darnos cuenta, sucumbimos ante la frustración.

Un perfeccionista. La típica personalidad propensa a la depresión. Los perfeccionistas se ponen expectativas muy altas sin motivo. Trabajan para alcanzar metas inalcanzables y asumen demasiada responsabilidad. También intentan hacer demasiadas tareas al mismo tiempo con un alto nivel de calidad y, cuando se les dice que se exigen demasiado a sí mismos, contestan que no pueden trabajar de otra manera. Y siguen convencidos de que deben sacar todas esas responsabilidades adelante (Tsutsui, 2011, p. 153).

Una característica de las personalidades con tendencia a la depresión es la obsesión por el orden, y eso denota cierta debilidad de espíritu. La depresión hace que quien la sufre tienda a batirse en retirada cuando hay una pelea o si aparece una colisión de personalidades. Paprika pensó que su paciente no podía realizar su trabajo en esas condiciones. Salvo que con los delincuentes fuera más agresivo (Tsutsui, 2011, p. 157).

La obra de Tsutsui es una exploración de los trastornos más comunes de las sociedades modernas. La detective de sueños despierta deseo y morbosidades en lo demás, tal vez por su gran atractivo, del mismo modo que impresiona exponiendo sus métodos y experiencias en el desempeño de su profesión terapéutica, evocando a los autores de la tradición psicoanalista: desde Sigmund Freud hasta Carl Gustav Jung. Entre sus explicaciones toma el concepto de Endon, propuesto por el psiquiatra Hubert Tellebanch en 1966, que habla de la región del individuo donde convergen lo psicológico con lo biológico.

Paprika ya había experimentado cierto éxito en el tratamiento de la depresión con los aparatos PT. Su método consistía en identificar mediante el psicoanálisis el estado en el que habían vivido los pacientes antes de que aparecieran los síntomas clínicos de la depresión. Luego calculaba el punto en el que el llamado «estado de orientación del endon» provocaba una fluctuación, es decir, el punto en que perdía su estabilidad y equilibrio. El endon existe en una dimensión mixta, que no es mental ni física, de ahí que sea tan frágil. Por eso la depresión se llama también «melancolía derivada de los endones» o de la «endocosmogenidad», porque esta región sutil de los individuos participa de la naturaleza en su sentido más amplio (Tsutsui, 2011, p. 156).

Hay en Paprika un juego de representaciones de la pesadilla y el tratamiento del mal. El terror está en los sueños y los miedos de otros, que se mezclan y saltan del espacio onírico al real, y lastiman a quien se atraviese en ellos. Salen de los sueños personajes de mitología griega, arquetipos diabólicos de tratados de demonología y folklore japonés. Ya una vez llevado todo al extremo ambigüedades de cualquier clase son permitidas en la metaficción.

Algo estaba pasando. La gente sospechaba y quería saberlo pero, al mismo tiempo, tenía la vaga intuición de que querer saber era peligroso. Se estaban habituando a una presencia ominosa o a un estado mental concreto. No tenían medios para protegerse de la insidiosa propagación de la locura y, cuando perdían la cordura en la calle, era difícil saber si se debía a algún acontecimiento que acababan de vivir o a no haber podido resistir el constante goteo de pequeños sucesos absurdos. Muchos de estos sucesos solo se percibían de manera individual –como que aparecieran distorsionados los dígitos en un reloj de pulsera o que el rostro de una madre se cambiara, por un instante, por el de una foca– y podían ser suficientes para activar la locura en la gente. Las dolencias que se desencadenaban iban desde un complejo de inferioridad a otro de Edipo, pasando por todo un abanico de perversiones sexuales; los fantasmas de dichos trastornos se aparecían en las pesadillas de quienes los sufrían, irradiándose a su vez al exterior y generando nuevos enfermos. Así se estaba creando una cadena de montaje de la locura (Tsutsui, 2011, pp. 336-337).

La novela se lee con mucha facilidad. Me pareció que el autor japonés hace los saltos de una cosa a otra con bastante maestría, de la manera que narra una historia fantasiosa, en el fondo de la trama va dejando que el lector reflexione sobre temas como la intimidad, el erotismo, los deseos frustrados y la locura. La memoria como materia prima de los sueños, que nos permite concebir la posibilidad de existir en ellos estando ausentes en la realidad.

Los sueños suelen ofrecer pistas para resolver crímenes. Las pesadillas son caras de los mismos sueños, en versiones más desesperadas de nuestro interior, orquestadas con el miedo que nos define mejor. Los sueños son sucesiones de imágenes que parecen reclamos del inconsciente, y el esfuerzo por indagar más en ellos permite recordarlos. Es preciso hacer un seguimiento de sus significados, indagar en la memoria, en esa burla diabólica y vergonzosa, que atraviesa nuestras vidas y que empieza desde la infancia.

No se trata de que los sueños nos digan lo que ocurre afuera con exactitud, o que nos  den alguna noción clara de lo que sucederá; se trata de ver si esos sueños pueden servir para averiguar un poco más acerca de lo que acontece en nosotros, dentro de esa compleja máquina que es el cerebro, que hace de lo inverosímil posible mientras estemos dormidos.

Uno podría ponerse a pensar qué sería del mundo si se lograra por medio de prótesis controlar los sueños y dirigirlos. Si acaso ya estamos siendo discretamente manipulados dentro de un sueño profundo, del que todavía somos incapaces de despertar.

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Referencia:

-Tsutsui, Y. (2011). Paprika. España: Atalanta.

Tanizaki en Las Vegas

Últimamente he tenido inclinaciones por las reflexiones que pueden hacerse sobre el espacio. La lectura de dos ensayos me adentró en una discusión sobre la forma en que podemos percibir los lugares que habitamos, o que llegamos incluso a contemplar con fascinación en la velocidad que nos sugieren las imágenes, que percibimos con cierta irritación todos los días en nuestras pantallas solitarias, en rutinas que a veces no tienen mucho sentido como para prestarles atención.

Nuestras prácticas cotidianas están ritualizadas y esconden, en mayor o menor grado, ciertas actitudes neuróticas. Raras veces hacemos uso de la conciencia para nuestros movimientos generados por defecto en los lugares que habitamos: como cepillarnos los dientes, ponernos las medias, amarrarnos las trenzas y ponernos desodorante; son cosas que hacemos sin mucha contemplación ni demora. Tampoco nos detenemos en las acciones que acontecen en la rapidez de nuestros quehaceres: preparar el desayuno, ordenar la vianda, enlistar las prioridades. Ya fuera de casa es donde ocurre todo. A mitad del trance de tu viaje recuerdas haber olvidado algo. Ese algo provoca una falla en el sistema cognitivo. Son contadas las veces que has olvidado salir de tu casa sin ponerte desodorante. Se trata de un salto misterioso en el algoritmo de nuestros cuidados primitivos, una conspiración contra nosotros mismos. Da rabia. Pasa. Se asume la falla y se sigue adelante.

A veces solemos dirigirnos a un sitio cualquiera, pero lo hemos hecho tantas veces que importa poco si leemos los avisos o las señales del tren, si asimilamos las expresiones de la gente enturbiada que como tú acelera el paso porque va por igual tarde al trabajo. Tampoco nos preocupa detallar los rostros sombríos de la gente que apretada en los vagones participa de mala gana en un festival de máscaras. Las sugerencias de los espacios que creemos conocer por costumbre tampoco parecen decirnos algo, ni las inconsistencias del camino, de ese tránsito por tantos lugares cambiantes que mayormente no sabemos mirar. La escena parece la misma de todos los días. Y crees sabértela de memoria.

Con el hábito de la lectura sucede algo distinto que cambia toda la formulación de nuestro andar y de mirar los espacios. Ella te permite estar más consciente de los detalles de la rutina. Ciertas lecturas esconden un misterio que no sabemos explicar. Leer sin duda es pensar, ejercita el músculo de la lengua, el más fuerte del cuerpo. No es tampoco eso que leemos para pensar, sino que a veces leemos y encontramos algo que en algún momento llegamos a pensar, tal vez por mucho o quizá un instante de tiempo, pero lo hicimos y eso es lo que inquieta y emociona. El asombro está en ese hallazgo, en haber visto escrito eso que llegamos a pensar alguna vez, quizá de otra manera, pero lo vemos luego todo más claro, más sencillo y contundente; sin duda, algo que de no haber descubierto en esa lectura seguiríamos creyendo que es algo imposible retratar de tal forma. Son situaciones azarosas, accidentales, que dotan de un sentido especial al día entero. Luz. Cumplida la jornada regresamos turbios y contentos a casa, a nuestro rincón de universo. Hacemos cuenta en el cuaderno de nuestro nuevo descubrimiento. Mañana entonces, repetiremos los mismos procedimientos. Y así.

Me sucedió primero con la lectura de El elogio de la sombra, un lúcido ensayo del escritor Junichiro Tanizaki publicado en 1933, donde de manera magistral elabora unas reflexiones sobre las virtudes que definen la cultura japonesa en relación a un rasgo elemental: la oscuridad, la sombra. Vista desde los grandes relatos occidentales, la sombra es un concepto relacionado casi siempre a connotaciones negativas, antagónica a la luz, a lo que resulte luminoso; la luz es una alegoría de clarividencia, divinidad, ideas y ocurrencias.

Sin embargo, Tanizaki destaca las sombras no solo como un rasgo que brinda estéticas superiores a los espacios y las formas de conducir la vida, sino que exalta las particularidades de la idiosincrasia japonesa en función de ella; presenta lo japonés como una cultura que se vale de la oscuridad para destacar sus tradiciones y preservarlas dentro de sus prácticas cotidianas. Desde la arquitectura, para  la construcción de una casa hasta el empleo del papel y la tinta para escribir; del teatro, donde la falta de luz destaca la belleza de los personajes en la puesta en escena de una obra Bunraku (teatro de títeres),  hasta en la gastronomía, en la elaboración de diferentes platos usando instrumentos elaborados con materiales y técnicas propias de Japón.

En general, sin importar de dónde provengan, los cocineros se preocupan por los colores de la comida, combinándolos con los platos y las paredes del comedor, pero en el caso particular de la comida japonesa las vajillas blancas nos quitan el apetito. Tomando como ejemplo la sopa de miso con que desayunamos todos los días, su color nos confirma el hecho de que los platos típicos de nuestra comida han evolucionado para ajustarse al ambiente de penumbra de los hogares antiguos (Tanizaki, 2016, p. 33).

El autor hace una crítica contundente a la obsesión que los occidentales tienen por el exceso de luz. Ese afán está presente en los detalles cotidianos, nuestra obsesión por el deslumbramiento de las cosas, reflejado en la blancura de nuestras pocetas, por ejemplo, que para el autor resultan ser de mal gusto, porque en el uso diario se evidencian paulatinamente manchas sobre lo blanco, exaltando el deterioro y lo repugnante. Para Tanizaki el baño es un lugar de intimidad donde hacemos las más elaboradas reflexiones, por lo que su diseño tiene que ser meticuloso y casi sagrado.

No hay lugar más placentero para pensar que un baño japonés, donde todo está hecho con madera y en la medida que se usa se ennegrece, haciendo del lugar algo más apacible para realizar nuestras necesidades esenciales. Para Tanizaki en esa quietud tenebrosa contenida en la penumbra está el sentido misterioso y estético de los espacios. La oscuridad meditada resalta y embellece las cosas.

El malestar de Tanizaki está en el derroche de las energías lumínicas en detrimento del descuido de las tradiciones, su negativa al proceso de modernización radical; la  transformación obscena de su país con la llegada de las compañías eléctricas y las propuestas imperantes pautadas por los préstamos occidentales.

Me pregunto ahora por qué los orientales insistimos en la búsqueda de la belleza entre las sombras. Según mi modesto conocimiento del mundo, los occidentales no saben apreciar la sombra a pesar de que han atravesado, ciertamente, largos periodos sin electricidad, gas o petróleo. Desde la remota antigüedad los fantasmas japoneses carecen de piernas, mientras que los occidentales aparecen con sus cuerpos transparentes haciendo visibles sus extremidades. Este detalle tan trivial revela la tendencia fantasiosa de los japoneses hacia las sombrías tinieblas, en contraste con el gusto de los occidentales por la deslumbrante claridad. En cuanto a los utensilios cotidianos, los japoneses preferimos los colores asociados con los diversos grados de oscuridad, al tiempo que los occidentales se inclinan hacia la luminosidad solar. La herrumbre que apreciamos en los objetos metálicos, ya sea de bronce o de plata, les resulta repugnante por sucia y antihigiénica a los occidentales, que los pulen al máximo. Ellos blanquean las paredes y el cielo raso con el propósito de eliminar las manchas oscuras de los rincones. Siembran césped en los jardines, mientras nosotros sembramos árboles frondosos. ¿De dónde proviene esta diferencia de gustos? (Tanizaki, 2016, p. 61).

Más que preguntarnos como lectores en dónde están las diferencias, es mejor preguntarnos qué tanta importancia le damos a las sombras en nuestras vidas, y cómo ellas sugieren nuevas perspectivas de sensibilidad.

La segunda lectura fue el ensayo de Zerópolis, del filósofo francés Bruce Bégout, que habla sobre la ciudad de Las Vegas. Ciudad mensaje, de régimen ludocrático y economía del despilfarro. Destinada única y exclusivamente al consumo y la diversión, por medio de la irritación por imágenes y luces de neón. Pozo de energía, devoradora y risueña, la ciudad del juego se ha situado bajo el doble símbolo de la electricidad y del átomo, de la onda y del choque. Ella habita cómoda en nuestras mentes, se expresa en nuestros gestos y aspiraciones ordinarias. Todas las ciudades anhelan ser como Las Vegas: deslumbrantes.

La ciudad está ubicada en el desierto de Nevada. Lugar que durante un tiempo estuvo destinado a constantes ensayos atómicos que le dieron el título honorífico de Nuclear state.

En los años cincuenta, los casinos aprovecharon la proximidad geográfica de los ensayos nucleares para convertirlos en emblema de la ciudad: veladas atómicas, cortes de pelo atómicos (atomic hairdo), cócteles atómicos. Ignorando los riesgos de la radiación nuclear (el gobierno federal no los reveló oficialmente más que a comienzos de los años sesenta), algunos hoteleros llegaron incluso a organizar picnics en el norte de la ciudad para asistir en directo al espectáculo de las terribles explosiones en forma de seta. Por su parte, en 1953, el Atomic View Motel garantizaba en sus folletos una vista impecable, desde cualquiera de sus habitaciones, sobre el fenómeno (Bégout, 2007, p.19).

Es un hecho curioso que la bomba atómica simbolice la destrucción del último mito válido de la modernidad: el Sol. Elías Canetti escribió en 1945 que tras los eventos de Hiroshima y Nagasaki la luz solar es destronada por el poder nuclear. El hongo atómico se ha vuelto la medida de todas las cosas. Lo pequeño ha triunfado sobre la inmensidad indescriptible: una paradoja de poder (Horrocks, 2004). Y es más curioso que durante un tiempo miles de espectadores se reunieran en terrazas de hotel, en medio de un desierto, para contemplar con cierto deleite radiactivo la fiesta de la insignificancia humana. Nuestra capacidad destructiva, engendrada en la religiosidad del progreso, la ciencia y la razón.

Las Vegas por su exceso de luces puede verse desde los satélites que orbitan el espacio. Es la ciudad del desierto y de la nada. Simulacro urbano que atrae con sus edificios resplandecientes, y presagia el porvenir de todas las ciudades contemporáneas. El visitante se encuentra sumergido en un constante bombardeo de imágenes y distracciones que le impiden tener una noción clara de dónde está.

Es preciso abstenerse de cualquier ironía de la distancia. Es ahí donde reside el poder primordial de la alucinación espectacular de Las Vegas: en convencernos de que es mejor no dejar de creer […] Las Vegas se mofa de todo. Convierte toda realidad en escarnio. Sin preocuparse por la historia, tritura cualquier evento humano en un quimo electroquímico y paródico que no deja absolutamente nada intacto (Bégout, 2007, p.15).

El Strip de las Vegas, emblema de la ciudad en la que se concentra la descripción de Bégout, comprende una zona de casi siete kilómetros repleta de colosales y lujosos hoteles casino y luces neón. Estos complejos comprenden cadenas de restaurantes, espacios para toda clase de eventos musicales, pirotecnia y coreografías que se repiten diariamente hasta el cansancio, donde lo cotidiano gira en función de una actividad ancestral: el juego.

Uno se imagina qué impresión tendría el escritor japonés, tan arraigado a la belleza espectral de antaño, si visitara la ciudad de Las Vegas. ¿Reforzaría sus creencias concluyendo que Occidente desconoce la virtud que puede encontrarse en la contemplación de las tinieblas? Creo que estaría profundamente asqueado ante tanta exageración luminosa.

Contrastar los excesos con lo precario nos hace pensar en qué tipo de equilibrio podemos encontrar en los espacios que habitamos, hablando en términos de claridad.

Me quise hacer la imagen de Tanizaki caminando atónito por el Strip de Las Vegas, agitado por la multitud que no mira por dónde camina, hipnotizada por los anuncios de neón que indican a los viajeros cómo tienen que moverse. Me quise hacer la imagen de Tanizaki entrando al Caesar’s Palace, recorriendo los pasillos llenos de huéspedes moviéndose como autómatas frente a las máquinas tragamonedas, en medio de un espectáculo electrónico repetitivo donde se pierde la noción del tiempo. Me quise imaginar a Tanizaki dirigiéndose al personal del bar del hotel buscando sake, viendo que el exceso de luz y aire acondicionado han dotado de cualidades criogénicas al personal, que parece estar muerto en vida, cerrando sus ideas con una sonrisa artificial y un have a nice day. Me quise hacer la imagen de Tanizaki contemplando fijamente la Esfinge de Fremont Street, que con su aspecto monstruoso de parodia egipcia, vigila la entrada del downtown. Ella no logra seducirlo pues él sabe que tal inmensidad solo oculta una crueldad sin límites.

Rodeada de pantallas donde desfilan sumas astronómicas, sus enigmas consisten en series de números incomprensibles que suministra con aplicación. ¿Se trata acaso de la suma que pide? ¿O de la que ofrece? Todo el mundo vacila. Al cliente que osa al fin desafiarla, le lanza una mirada cargada de codicia y desgrana sin emoción su rosario numérico. Sin embargo, nadie ha podido todavía pagar su precio (Bégout, 2002, p 136).

Estas formas de mirar nos pueden servir para pensar nuestra ciudad que funciona a media máquina, en una cartografía urbana de dominios confusos y claroscuros.

La ciudad que vivimos ha hecho los mayores esfuerzos por convertirse en un parque temático, que asocia y recrea eventos de lugares que no le pertenecen. La vida mental de las metrópolis, desde el punto Zero, se encamina en la tarea de alcanzar un estado donde la velocidad y el consumo son los ritos que pretenden saciar todas las necesidades materiales y espirituales humanas. Bajo esta forma tan rudimentaria y superficial es difícil mirar la ciudad de otra manera. Es fácil perderse en la luminosidad de las apariencias o el terror de la oscuridad.

El ejercicio más complejo es pensar nuestra ciudad sopesando los extremos entre la oscuridad y la luz. La carencia y el despilfarro sin duda son parte de una ecuación para explicar la incógnita de lo que ha sido y son nuestras tradiciones, y la forma con que la ciudad se nos presenta en sus edificios deformes, callejones sin salida, grietas y comas. Una mezcla siniestra de incomprensión.

Con su avasallante estética las vallas publicitarias, postes titilantes y semáforos miopes, iluminan, si es que pueden, algún trozo de calle o autopista. Los espacios lumínicos fragmentan y restringen nuestros movimientos, entre los lugares posibles para estar y los que por la falta de luz nos advierten de posibles peligros. Nuestra ciudad con sus rutinas particulares no está exenta de los cambios drásticos propiciados por la aceleración de las cosas, ni el reemplazo de nuestra cultura de memoria urbana por una de consumo instantáneo, que no sabe de virtudes ni gradaciones.

De cualquier manera, tal vez un ejercicio de alto grado, sea aprender a mirar y movernos por nuestra ciudad con cierta reflexión y cautela, como Tanizaki en Las Vegas.

Alexander JM Urrieta Solano

Referencias:

Bégout, B. (2007). Zerópolis. Barcelona: Anagrama.

Horrocks, C. (2004). Baudrillard y el milenio. Barcelona: Gedisa.

Tanizaki, J. (2016). El Elogio de la sombra. Caracas: Bid & Co. editor.

 

El réquiem de Alejo

Hace un año el día de hoy era miércoles. Te enteras de la partida de un ser querido. Apenas es el comienzo de lo que dos meses más tarde te dirán es un cuadro depresivo. Decides no comentarlo con nadie, aunque resulte demasiado obvio. Perderás siete kilos y la sensibilidad de un diente. Te ascienden a Líder en tu trabajo y saturarte es la única forma de evadir la tristeza. Te mezclas en la indiferencia ruin de las multitudes y el transporte público. La crueldad global no distingue casos particulares, humilla a todos por igual. Empiezas a tomar xanax para suspender el cerebro, que necesita dormir para ser productivo, para dar resultados efectivos a los clientes extranjeros que ignoran la idea de tener que ser un subcontratado en un país incipiente del trópico. Será la primera vez que te quedarás dormido con la boca abierta en tu puesto de oficina, luego de los efectos rotundos de una dosis de clonazepam y una canción de los Bee Gees sonando en el fondo (To love somebody). Las crisis en serie te llevarán a cometer incoherencias demenciales que te llevarán eventualmente a perder tu empleo y arruinar tus relaciones. Habrá violencia y mucho insomnio. Todo en un promedio de tres meses se va a la mierda. Empiezas a rayar un cuaderno con una portada de fruticas que titulas “Soluciones Clínicas”. Escribes las frustraciones del día y las frases que más te gustan de los libros que el azar te impone. En esa forma de consuelo descubres que el hábito y la disciplina a veces se nos presentan de las maneras más infames. Es esa insistencia la que forma el estilo, el auténtico producto de una violación, de una atrofia emocional que no puedes explicarle a nadie. Vuelves a fumar con afán deportivo. La piel se te escamará más de la cuenta y las ronchas en la piel serán más frecuentes. Adquieres un aspecto de lagarto que da lástima. Duplicas el consumo de los antihistamínicos y el refresco veneno negro. Estarás ejerciendo a tiempo completo el oficio del desempleo, matando tigres en redacciones insípidas poniendo en mil quinientas palabras consejos para ser feliz, las cosas que debes llevarte a un viaje con tus amigos por Europa, el cómo ser ingenioso en el amor y ser divertido con tu pareja. Te parecerá ridículo cómo un contenido tan alegre y mediocre puede ser producido por alguien que se siente sumamente deprimido.

Hace un año el día de hoy era miércoles. Un cumpleaños será el pretexto para celebrar la vida y la muerte en unos chinos por Altamira. Entre esas refinerías negras etílicas no hay muchas cosas que decir. Esa náusea que sientes es mejor leerla de otros que sentirla. Maldices al virolito francés que engendró esa pieza que quiso llamar de primera mano “Melancolía”. La pesadilla tendrá pausas insoportables como la publicidad invasiva en los videos de youtube o la propaganda enfermiza del gobierno. Vendrán las lagunas en la Universidad y no sabrás cómo terminas llegando a ciertos lugares. La Sala de Humanidades de la Biblioteca será un escondite a largo plazo. Hay propuestas medicinales en la sección de narrativas teutónicas. Serán tiempos cruciales para sentir cosas que luego se entenderán mejor en otros estados de ánimo. Te darás cuenta de lo mucho que la gente te quiere y te estima. Muchos por intentar ayudarte te dirán cosas que te inquietan y quiebran el cántaro del pecho. Nunca te llegaste a imaginar la cantidad de personas que con una intención de ayudarte te confiesan que han intentado (o deseado) quitarse la vida en más de una ocasión. Mentalmente llevas estadísticas de todas las muertes frustradas por falta de práctica. Te sientes usado al sentir que los otros tratan de aliviarse revelando su tristeza y sus ganas de dejarse morir cuando el juego los pone en tres y dos. Asumirás que a veces uno tiene que ponerse a llorar de la misma forma que se ríe y no entiende por qué. De las situaciones menos esperadas comprobarás la existencia de ángeles y santos en episodios irrepetibles, que te obligan a indagar un poco más en la mística de las cosas. Hasta el final de tus días afirmarás que los amigos son la familia que uno escoge. Los amigos son como las costillas, contadas y puestas para protegernos las piezas más sensibles del cuerpo, abrazan y mantienen en su lugar el corazón y las entrañas. Anotarás en muchas hojas que tanto las relaciones, como los huesos y los juguetes tienen derecho a romperse. Que las personas tienen derecho a irse y no volver nunca más. Que hay mucha gente rota sin derecho a reparo. Que la tristeza es un sentimiento inherente al tiempo que nos tocó vivir. Que a veces nadie sabe cómo ayudarte, pero ese esfuerzo por intentarlo es tan valioso que solo queda de tu parte después de aliviarte retribuirle al mundo dedicándote a Dar y solo dar. Que no hay que hacer el bien a otros si no somos capaces de soportar la ingratitud, pero que también hacer el bien de manera interesada es una forma de bajeza y corrupción.

Hace un año el día de hoy era miércoles. Las noches blancas y las pobres gentes nunca serán las mismas. Aferrarse tanto solo puede conducirnos a una ruta segura de dolor. Acometer el dolor nos recompensa a largo plazo con una forma de lucidez particular. El recuerdo es la única forma de inmortalizar a las personas. Se es eterno mientras piensen en nosotros. La memoria conserva en pequeñas alegrías la esencia de las cosas que amamos con locura. Todo parece demostrar que la lección que deja la muerte es que podemos tener sobradas razones para aferrarnos un poco más a la vida. Tú que lees y compartes esta alegría que provoca el recuerdo, sueña conmigo y vela porque toda esta tragedia después de todo valga la pena. Solo queda decirle a los que quedan que no importa qué tan terribles se puedan poner las cosas, siempre podrán contar conmigo. Así como lo ha sido y será nuestro amado poeta kurdo, que debe andar por ahí, en alguna parte. Aprovecho esta impertinencia para compartir una frase del maestro ruso Lérmontov, digna de un epitafio potencial que le puede calzar a cualquiera. Qué valioso eso de otros que queda en nosotros:

Es posible que mañana muera, y en la tierra no quedará nadie que me haya comprendido por completo. Unos me considerarán peor y otros mejor de lo que soy. Algunos dirán que era una buena persona; otros, que era un canalla. Pero las dos opiniones serán igualmente equivocadas.

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Alexander JM Urrieta Solano