Cómo estafar creyendo que salvas el planeta

para Nadiezhda y Z.

Sé que anoté esto en alguna parte pero igual te lo cuento para que no te jodan. Estaba desempleado. En Facebook vi un anuncio de trabajo: «Los Tres Reinos», de la Fundación Empatía y Evolución. Considerando en ese momento que era una buena idea llamé al número del flyer que solicitaba ayudantes para trabajar en el reino. Me dieron cita al día siguiente en el Tecni-ciencia del Sambil a la una de la tarde. Me puse formal para nada. Estaba disfrazado de evangélico entusiasmado por un día sábado; tenía que verme como tal, dar la impresión de portar encima una suerte de fe marcada en el sudor intenso de mis axilas, despotricando cierta marca acuosa de desodorante que compré al precio módico de No me queda otra opción. Tenía que seguir las señales del altísimo. La necesidad nos hace creer en los anuncios publicitarios más fantasiosos y ridículos. Una cosa así como Los Tres Reinos. Imagínate.

El viaje hasta Chacao fue rápido. La librería Tecni-ciencia es grande, tiene un segundo nivel tipo mezzanina que en sus días mozos, cuando el local se parecía a la juguetería Duncan de la película Home Alone 2, funcionaba un cafetín donde los clientes se sentaban a leer y comer cachitos rellenos de queso y fiambre. Ahora es un piso baldío lleno de sillas, cajas y mesas solas, y claro, un espacio mínimo ocupado por los Tres Reinos. La chica que suponía me había atendido por teléfono estaba sentada en una de las mesas donde hay una vista panorámica de la librería. Me sentí incómodo porque su mirada me siguió desde que entré. Al llegar saludé y dije que era el chico que había llamado por el trabajo. Sonrió y me dio la bienvenida.

—Antes que nada es importante que aprendas a jugar. Esta no es una entrevista convencional—decía mientras sacaba de un cilindro de polietileno un tablero circular.

Estaba con ella un chico pálido que parecía un personaje del laboratorio de Dexter, alto, macilento, frenos que indicaban una deuda pendiente y casi inútil de ortodoncia, con una moquera excesiva que me daba asco. Me dio la mano y una segunda bienvenida rinítica a los Tres Reinos. Entre el chico (Javier) y la entrevistadora (Ivana) me empezaron a contar el origen del juego que (in)formalmente se conocía como Ajetrez: un ajedrez para tres personas. Único en el mundo, según ellos.

—El juego es una iniciativa del Maestro Morrales. El Creador, como le decimos de cariño. El maestro se dio cuenta que el ajedrez es un juego que tradicionalmente se caracteriza por ser cruel y violento, promueve el maltrato y la confrontación entre los seres humanos. El maestro pensó en algo mejor y diseñó este juego. El ajedrez es convencional y aburrido, es acción y reacción sin llegar a nada, en cambio el ajetrez es acción + reacción = consecuencia.

¿Cruel? Nunca en mi vida había escuchado que el Ajedrez se tratara de un juego violento, ni siquiera recuerdo estando en el equipo del colegio sentir esa hostilidad con la que Ivana se expresaba. Por otra parte me llamaba la atención ese calificativo del Creador, que lo pronunciaban con un tono benévolo y exagerado, como de alguien que evoca en una reunión el nombre de Chayanne y todos asienten con condescendencia porque entendemos que está diciendo algo cierto, divino, cosa que de entrada, y en ese ambiente de entrevista laboral, era horrible.

El ajedrez para tres personas no se trataba de ninguna novedad como decían. Es un producto que existe desde hace mucho tiempo en el mercado, incluso hay hasta tableros para cuatro personas. Por puro morbo me quedé callado escuchando. Procedí a jugar siguiendo las indicaciones que me dieron sobre aquel juego que a primera vista era amorfo, por no decir fallidamente artesanal.

Mientras me decían esto llegó otro chico convocado a la misma hora para la entrevista. Para los fines prácticos del relato (pero sobre todo por respeto a su integridad y destino) lo llamé Randy. Era más joven que yo, pelo amarillo corto, estilo nickelodeon, también delgado y de piel tostada. La única referencia que tuve de él era su sonrisa nerviosa, no sé si por la extrañeza que le producía el juego, o porque al igual que yo no entendía un carajo de lo que estaba pasando, o porque simplemente estaba a la expectativa de encontrar algo mejor a su antiguo empleo que era vendiendo zapatos en Sabana Grande, punto que comentó en un momento que me dejaron jugando con él y Javier. Durante la inducción Ivana recalcó que los Tres Reinos era una versión del ajedrez en una mejor etapa evolutiva, que ha sido perfeccionado para ir más allá del convencional juego de dos, y que es el primero de tres personas que funciona de verdad. Ivana decía estas cosas bien locas mientras guiaba nuestra mirada con su dedo índice por una frase mayúscula impresa en una pancarta de diseño bastante cutre, frase que encima nos hizo pronunciar en voz alta en un tono que me hizo sentir de nuevo en preescolar.

EL JUEGO QUE LLEGÓ PARA RECUPERAR LAS CONDICIONES DE VIDA DEL PLANETA

El motivo del ser.

El trabajo consistía en vender tableros de los Tres Reinos. Fácil.

Era estar de lunes a viernes en horario de una a siete de la noche sentado en la mezzanina del Tecni-ciencia jugando, o en su defecto quedarme viendo el tablero como si estuviese jugando, mientras espero a Godot o la llegada de cualquier extraño que no tenga nada que hacer con su vida; alguien que entra a una librería sin saber por qué, levanta un poco la cabeza y ve a unos sujetos haciendo cosas raras con unas piecitas sobre una mesa; sin razón alguna el cliente potencial se llena de curiosidad y sube a la mezzanina para averiguar qué le pasa a la gente que está ahí tan sola; mientras se acerca sonríes cordialmente pidiendo auxilio en un mensaje encriptado en tu cara rota, te disculpas por la muestra falsa de alegría pues eres incapaz de ocultar que no crees en la estafa que estás vendiendo, por dentro le suplicas a ese alguien que si se valora se largue lo más pronto posible de allí; ese alguien por pena ajena se anima a jugar y pierde; después se le deja ganar y luego de ver lo increíble que es el juego lo compra. Mierda, ¿cómo se llega tan lejos? Por un instante crees que eres bueno vendiendo cosas a pesar de que todo sigue siendo igual. Vender lo que sea y al mismo tiempo sentirse así es (terriblemente) muy fácil de lograr. No sé, usted dígame si se ha sentido así alguna vez.

Como se suponía que íbamos a aprender a jugar saqué mi cuaderno para tomar notas de todas las instrucciones y tips. A Ivana no le pareció eso y me dijo que por políticas de la fundación estaba prohibido anotar cosas sobre el juego. Y que para evitar los plagios. Políticas, puras políticas.

— ¿Y cómo se supone que voy a aprender si no tengo las notas? — dije.

— La práctica hace al maestro — dijo Ivana— tienes que jugarlo varias veces.

— Tienes que repetirlo para que te acostumbres, no hay necesidad de anotar nada —secundó Javier Pinky.

Insistieron en que guardara mi cuaderno, cosa que me molestó mucho. Solo accedieron a que anotara los nombres de las piezas y las características del trabajo que me tocaba hacer. Tuve que economizar mucho espacio para mis observaciones, pues me limitaron a llevar todas estas notas en la parte de atrás de tarjetas de presentación de la Fundación que me dieron al llegar. Para no alargar el asunto les seguí el juego.

Mientras ordenaba las piezas Ivana arrancó con un discurso que se notaba lo había declamado tantas veces hasta creérselo para así poder transmitir su fe a los demás.

Érase una vez tres reinos que se reunieron para acordar quién sería el líder… (Ok. Cómo verán este principio de la historia que Ivana se sabe de memoria es una oración suficiente para darnos cuenta que este juego se vende como un vil plagio, que en la mente de los trabajadores y el supuesto creador se convencieron en conjunto que se trataba de algo inédito, porque ellos argumentan que registraron la historia en un formato de libro, forma de proteger la supuesta invención del juego ya que en Venezuela no existe, según ellos, forma de registrar el juego de mesa como tal. Por estas razones y falta de espacio en mi pequeño rectángulo no seguí transcribiendo el proceso mnemotécnico de Ivana).

Seguíamos jugando. Randy ni puta idea de dónde estaba y yo anotando los movimientos de las piezas y viendo que Javier se movía con un aire sobrado porque ya estaba, se le notaba, muy cansado de ganar siempre.

— Ahora voy a mover el caballo…

— NO ES CABALLO —Me gritó Javier como si lo hubiese ofendido—. Es Unicornio.

En otra mesa Ivana miraba y con una sonrisa de media asta asentía en señal de aprobación a Javier. Y la entrevista, si eso podía llamarse así todavía, tomó el tono de una secta enfermiza de esas descritas por Elias Canetti.

— Está bien. Entonces, si muevo el Unicornio para acá y me como esta pieza…

— AQUÍ NO SE COME, se captura. No hay violencia en los Tres Reinos.

Ajetrez era una versión cutre del magistral ajedrez, con una nomenclatura forzada donde por ejemplo el enroque se cambiaba por hechizo, los nombres de las piezas tallados en madera no hacían mérito tampoco a la falta de originalidad, sino a la existencia lamentable de un juego con una ausencia total de integridad, una carencia muy de moda en este país que casi siempre se aplaude. Anoté los nombres de las piezas: el saetero, el alférez, el hechicero, el teniente, el capitán, la catapulta, la emperatriz, el monarca… y no olvidemos al maldito unicornio. Solo por lo nombres había una diferencia mínima. Noté que las piezas, para efectos funcionales, podían moverse como lo hace la reina en el ajedrez, solo que por figuritas se limitaba el número de casillas por las que podían desplazarse. Es decir que todas las piezas hacían prácticamente lo mismo.

El juego era engorroso y aburrido, sin contar el afán de los feligreses de poner al juego como algo superior al ajedrez, al que le tenían un desprecio profundo porque hacían comparaciones que tampoco tenían mucho sentido, como haciendo entrever que el juego, aparte de antiguo, tenía defectos, unos que sólo el creador al darse cuenta los arregló y mejoró todo…

Hubo un momento extraño que nunca comprendí. Sucedió algo en el juego, que gracias a dios olvidé, en donde había que ponerse de pie y recrear una escena de película caballeresca donde se otorgan rangos y títulos (por parte de una doncella o reyezuelo) tocando con una espada los hombros de un caballero; este acto se recreó del mismo modo con mímicas en la mezzanina del Tecni-ciencia vacío del Sambil. Horrible. Pregunté si eso era algo necesario, a lo que Ivana me dijo que sí porque era parte de la dinámica particular del juego, algo que el ajedrez no tiene.

La entrevista se puso peor. Nuestro trabajo era venderle ese juego estéticamente poco atractivo a los incautos. Ahora los costos. Un tablero mediano tenía un costo de 45 dólares. El tablero grande, el que teníamos que vender con mayor énfasis, porque el primer modelo mediano como tal no existía, costaba 100 dólares.

(Increíble)

— ¿Hay gente que compra esto? —pregunté con incredulidad tomasina.

— Aunque no lo parezca, sí. El juego es casi de culto —decía Ivana mientras veía las piezas de madera calcadas que no tenían patente ni costaban cien dólares—. A partir de ahora ustedes forman parte de La Guardia. Deberán cumplir un horario, ser puntuales porque al maestro le gusta la puntualidad y la pulcritud. Aquí le daremos un uniforme que deberán conservar limpio. Una vez que lo tienen puesto es como si llevaran una armadura, un estatus, tendrán que comportarse como miembros de la Guardia de los Tres Reinos. Eso significa respeto, cruzar por el rayado, tener la franela por dentro, ser amable y no fumar. Ahora, no piensen que esto se queda aquí, si tienen constancia y se mantienen con nosotros podrán ir ascendiendo para obtener cosas grandes. Esto es un ganar-ganar. De Guardianes tienen la oportunidad (si se esmeran) de ascender a Teniente y luego a Capitán. Yo soy Teniente. Mi trabajo es supervisar los territorios del Sambil y el CCCT.

Ivana decía esto con una seriedad que me decepcionada (pero también era demasiado increíble su convicción) porque estaba logrando su cometido en mí: hacer que me uniera a la Guardia. En mis adentros, sin darme cuenta, sentaba las bases de un pequeño circo.

—Tienen que ser uno con el juego. Para ser Tenientes tienen que realizar diez ventas. Por cada una se les dará una comisión en dólares del 10%. Esto es un ganar-ganar. Pero la condición para el ascenso es que las ventas tienen que ser seguidas; si por lo menos haces siete ventas corridas y al día siguiente no vendes nada vuelves a empezar desde cero. Y así. Es como un incentivo para que den todo lo mejor de ustedes por esto.

Para ser Teniente el Guardián tenía que hacer un total de ventas acumuladas en 1.000 dólares, de lo que en teoría 100 le corresponden por comisión. Había que vender esos asquerosos tableros por diez días seguidos. Eso era imposible.

— Javier, ¿tú has vendido algún tablero? — volví a preguntar con incredulidad tomasina al cuadrado.

— Bueno, todavía no porque estoy empezando.

— ¿Pero cuánto tiempo tienes trabajando aquí en la mezzanina?

— Como seis meses…

— (!!!)

Sin comentarios. Ivana intervino comentando que en otras sedes se han vendido varios tableros. Tenían posiciones estratégicas en varios Tecni-ciencias, en otros lugares de la ciudad.

— ¿Y la librería recibe algún tipo de comisión de esto? ¿Le pagan el espacio de alguna manera?

—Fíjate, en este modelo evolutivo de negocio contamos con lo que llamamos «Aliados», ellos nos prestan el local y diversificamos con favores. El maestro tiene contactos en una emisora en el territorio del CCCT donde hace promoción a la librería. El WiFi que usamos, por ejemplo, nos lo facilita la gente de la tienda de zapatos del frente (Chapatitos), a cambio se le hace publicidad por la radio. Es un modelo de ganar-ganar.

Yo estaba algo claro sobre estas nuevas formas larvarias de emprendimientos insostenibles, pero esto iba demasiado en serio. En eso llegaron dos personas más convocadas también para la entrevista. Eran unos remitidos por Javier. Uno tenía un pelo largo y cargaba un casco de moto, tenía el semblante de un centauro de Fantasía 2000; el otro era un felino negro con suéter. Ivana con una sonrisa dijo que ahora había suficientes personas para jugar dos partidos simultáneos. Ordenó el otro tablero y nos volvieron a distribuir. Ivana se puso con Randy y el Felino. Yo me quedé con Javier y el Centauro. Escuchamos de nuevo la versión reprise de los Tres Reinos y las comisiones en dólares.

Luego de la perorata de Ivana sobre las comisiones y ventas el Centauro le preguntaba a Javier si esto valía la pena, en cuanto a las ganancias, claro. Javier en voz baja divagaba y le decía que aquí en el reino se movía mucha plata. Sí vale, aquí hay lucas, decía el pajúo ese. El Centauro se animó. Y luego comentó que estaba urgido de hacer algo pronto, había renunciado dos días atrás a su antiguo empleo.

— ¿En dónde trabajabas antes? — le pregunté al Centauro, que estaba a mi izquierda y jugaba piezas rojas.

— Trabajaba en la Alcaldía de Caracas, en el departamento de fraudes, estoy ahora a la expectativa de encontrar mejores ofertas laborales.

Sin duda el Centauro estaba en el lugar adecuado.

Creo que en ningún momento me preguntaron mi nombre. No mandé síntesis curricular porque según la Fundación eso no era necesario. Obviamente. Nos hablaron de la paga: una porquería. Pero Ivana Insistía con su Ganar-ganar. Luego de marearnos, ya para evadir el tema de la paga miserable, comentó que la Fundación Empatía y Evolución con la venta de los tableros tiene la misión de reunir fondos para reciclar todo lo que fuese reciclable, además de forestar todos los terrenos del país y del planeta con árboles frutales. Luego Ivana después dijo que la Fundación está cerrando grandes tratos con fábricas chinas para masificar los tableros y producirlos en formato de plástico para distribuir el juego a nivel internacional. Era algo paradójico, no había que pensarlo mucho. Para ellos tenía mucho sentido que el plástico fuese un aliado ecológico, pero más demencial era que con la venta del juego se podían garantizar las bases de la salvación del planeta. Evolución: quod erat demonstrandum.

—Este juego tiene reconocimiento internacional, cada tablero tiene un serial de identificación, además se adiciona a un certificado de autenticidad firmado por el maestro. El primer tablero de los Tres Reinos lo tiene un cliente en Ucrania. Ya ustedes adentro se darán cuenta que esto se trata de un juego de élites, no cualquiera puede jugarlo. En los próximos meses se celebrará un torneo de los Tres Reinos en el CCCT y la entrada para concursar son 400 dólares. Si ustedes siguen con nosotros podrán ser parte de ese evento. El premio será de 4.000 dólares. Para participar se necesitan patrocinantes, pero ustedes, como serán de los nuestros, ya tendrán automáticamente el privilegio de estar allí.

Todos los entrevistados: Randy, Felino, Centauro y yo nos mirábamos con una incredulidad tomasina integral. No sabía en qué palo ahorcarme. Uno cuando sabe que no hay desgracia imperoable piensa que la cosa no puede ser peor. Pero faltaba un par de moscas más en la mierda para tomar la decisión de convertirme en Guardián de los Tres Reinos al día siguiente.

—Para los guardianes constantes, fieles, que estén con nosotros desde el comienzo de este viaje podrán ser elegidos para el gran evento que se dará en los primeros meses del año que viene. Un evento de los Tres Reinos y la limpieza de las costas venezolanas. Estaremos recorriendo las playas en un barco, de esos parecidos a un ferry, pero uno mejor, uno mucho más grande…

— ¿Qué? ¿Un crucero?

— Sí, un crucero de los Tres Reinos. Solo los que se comprometan de lleno con la Fundación serán elegidos para ir con todo pago.

Me vi en el año 2020, después de la bajada de los reyes magos, siendo llevado en un autobús yutong de mi casa al puerto de la Guaira, donde me espera un comité de organizadores de las más importantes trasnacionales, especialmente en secuencia todas esas donde postulé sin recibir ninguna respuesta, haciendo una montonera de saludos y formalidades excesivas solo posibles en una fantasía tan ridícula como esta. En el puerto están presentes las grandes marcas de los juegos de mesa. Los colosos del ocio han venido para formar parte de un evento inédito en la historia de los confines absurdos del Caribe: miembros de la Remington Arms, Hasbro, Mattel y la Milton Bradley Company, llegan a estas tierras y el olor de playa y gasolina se mezclan con el jet-lag individual provocando una nostalgia que solo se alcanza en la expresión mayor de los sueños. Un polizonte del Smithsonian me comenta con jocosidad lo sabrosa que es la empanada de carne mechada. Asiento porque se trata de una verdad indiscutible. Lo pongo al tanto de la existencia de empanadas con rellenos más soberbios, camarón, pepitona, cangrejo y pabellón. Los ojos le brillan al musiú del Smithsonian. Me señala unos pelícanos descansando en las piedras. Nos golpea una brisa salada y me entra arena en el ojo. Comprendemos en esa suma de gestos que nunca seremos más felices que ahora. Vemos a los lejos llegar un puntito blanco que se acerca y se hace más grande, toma forma, se hace real como este sueño que es el crucero de los Tres reinos, el crucero de los premios de Cortázar. Escucho expresiones de alegría en tres idiomas distintos, los idiomas mínimos que en todas las bolsas de empleo te preguntan si dominas en niveles básico, intermedio o fluido. Llega la flota ecológica, un modelo pulcro de Oasis of the Seas, de 225 mil toneladas, con 5.400 habitaciones, todo equipado para el evento más importante del año, uno que gracias a mi constancia sobrenatural logré ser parte. Estoy dentro. Soy Teniente. Doy órdenes a inmigrantes antillanos y filipinos sobre cómo y dónde poner las infinitas mesas con sus respectivos tableros circulares, piezas y vasos rojizos donde se sirve exclusivamente Coca-Cola y Schweppes con hielos que tienen formas de hechiceros y unicornios, bebidas oficiales del reino. Para que nadie se confunda en qué locura se ha metido se ponen banditas plásticas con códigos de barra impresos en las muñecas para que ningún huésped se pierda en el exotismo de la fantasía. Me imagino a un grupo de disociados moviéndose de manera bovina por los pasillos de la flota, de proa a popa, amontonándose en las mesas para jugar ajetrez, unidos en una gran comunidad asexuada. Es hermoso. Todos moviendo las manos en ritmos sincronizados como los adictos de las máquinas tragamonedas, capturando tierras encantadas, eligiendo al próximo líder de la nada. La tripulación se somete a un estricto itinerario de filantropía que se balancea entre el lucro y la ruina del trópico, atracando en cada playa de las costas de Venezuela, dispuestos a hacer una jornada de limpieza extrema, pues no es casualidad que se necesite un barco tan grande sino para traerse consigo la basura que está dispuesto a buscar en cada orilla y pueblo olvidado por gobiernos y habitantes. Me vi por un instante en aquel reino de la decepción y en un coñazo volví a la mezzanina del Tecni-ciencia. Suficiente.

Por decoro busqué maneras rápidas y no tan groseras de irme de allí formulando las preguntas claves que hay que hacer siempre que se decide tomar un trabajo, en particular un trabajo de dudosas intenciones: ¿Hay pago de nómina? ¿Cotizan en el seguro social? ¿Dan bono alimenticio? Todas las respuestas de Ivanna fueron negativas y encima las argumentó de una manera descarada. Dio dos razones que explicaban por qué a la Fundación le valía verga tener las mínimas condiciones laborales establecidas por la ley: la primera es porque la Fundación pagaba por encima del sueldo mínimo (?) No; la segunda, y tal vez la más aborrecible, es porque pagaban comisiones en dólares.

Permanecí un rato más para los intereses de mis futuras ficciones. Era demasiado surreal. Como vi que en realidad no tenían ninguna clase de interés por mí aproveché en sacar algunos datos para ampliar los perfiles de los personajes. Ivana había estudiado derecho en la Universidad Santa María y dejó la carrera para dedicarse de lleno a la quimera piramidal de los Tres Reinos. Javier había estudiado música en la José Ángel Lamas y por su actitud parecía haber encontrado en la secta evolutiva un refugio para no hacer nada.

— Deberías dedicarte de nuevo a la música — le dije.

— La música no da plata, el dinero siempre está en otra parte.

— Es cierto, el dinero seguro está en los juegos de mesa.

Creo que Javier no entendió mi sarcasmo. Curioso por Ivana le pregunté por qué decía que el Ajedrez era un juego violento.

— Porque en ese juego matas, atacas, golpeas las piezas… te las comes.

Me imagino que para Ivana el dominó debe ser un juego de antaño para trogloditas, un juego de sadismo azteca para personas potencialmente violentas que gritan a las cajeras del supermercado y patean perros indefensos. En fin, un juego de terrorismo puro donde es inevitable partir mesas. Concluyo que estas ideas o son de un trauma familiar o de un lavado sutil de cerebro. Me inclino por la última opción, y lamentamos en el fondo que la susodicha haya tomado la decisión de abandonar las leyes.

Ivana estaba convencida de que estaría al día siguiente oliéndole los peos formando parte de la guardia nueva de la mezzanina. Prometí que volvería, cosa que nunca hice. Di las gracias y tomé mi bolso. Tomé las tarjeticas donde con disimulo logré tomar todos los apuntes de esta historia y las metí entre las páginas de mi ejemplar de Lo que me dijo Joan Didion. Me había pegado el hambre. Salí de la librería en mi nubecita de Gokú.

***

Debo agradecer el patético encuentro con los emprendedores de los Tres Reinos al descubrimiento del escritor alemán Botho Strauss. Antes de dejar la librería revisé el estante de los libros de segunda mano y encontré un ejemplar de El hombre joven. Me llamó la atención la portada: un fragmento del San Sebastián de Gerrit van Honthorst. El precio del libro era el equivalente a un mes de trabajo sentado frente a un tablero, un regalo. Regresando en el metro iba leyendo las páginas de este increíble hallazgo. Una cita azarosa me hizo el resumen de todo lo acontecido. Asumí que estas ideas seguían vigentes para la siguiente búsqueda errante de empleo.

¿Qué otra posibilidad le queda a un actor mal dirigido que no sea recaer en sus malos hábitos? No debes olvidar que los actores están hechos para una forma u otra de la representación humana. Todos los esfuerzos por educarlos en habilidades didáctico-formales conducen inexorablemente a una limitación paralizante de su talento. Siempre que el actor realiza conscientemente en el escenario algún ejercicio formal se advierte ante todo la violencia que ejerce sobre sí, y esto frena una parte importante del efecto, de la fuerza dramática; este exceso de despliegue corporal, maniatado y amenazado, hace muy opresivas esas ambiciosas representaciones, otorgándoles siempre algo de falsedad y violencia, de falta profunda de libertad.

***

Pasaron semanas y recuerdo estar caminando por el CCCT dirigiéndome a alguna parte. En uno de los pasajes de ese extraño centro comercial, por una de las tantas salidas debajo de unas escaleras, cerca de un puesto de alquiler de carritos de plástico para niños, alrededor de una mesa plegable, vi de lejos al bocabierta de Randy con los brazos cruzados, inclinado en una silla manaplas mirando al vacío obstinado, en compañía de dos elfos que dormían sobre un tablero circular de los Tres Reinos.

EL JUEGO QUE LLEGÓ PARA RECUPERAR LAS CONDICIONES DE VIDA DEL PLANETA

No supe distinguir si mis ganas de orinar venían de la burla o la tristeza. Espero que donde sea que estés ahora te haya ido mejor, querido Randy.

Alexander JM Urrieta Solano

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